El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

4 de febrero de 2001 No. 291

SUMARIO

bullet Un pueblo de testigos
bulletCOLUMNA HUÉSPED Querido amigo
bulletDILEMAS ÉTICOS ¿Pero si le pago dos salarios mínimos?
bulletMIRADA CRÍTICA Lo duro del oficio
bulletInternet al servicio de la Iglesia
bullet¿En camino hacia la soberanía?
bullet«Proclamar desde los terrados»
bulletEl colegio cardenalicio: sus funciones y su estructura actual
bulletPequeños detalles
bulletJÓVENES Las relaciones prematrimoniales
bulletPINCELADAS La oración como suspiro

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El siglo de los mártires
Un pueblo de testigos
Jesús Colina/ ROMA, para EL OBSERVADOR
Un catálogo con 13 mil 400 testigos de la fe en el siglo XX
Jesús Colina/ ROMA, para EL OBSERVADOR
Un catálogo con 13 mil 400 testigos de la fe en el siglo XX
El siglo XX pasará a la historia como el siglo de los mártires. El estudioso David B. Barrett sostiene, en la Christian World Encyclopedy, que durante los últimos 20 siglos ha habido cerca de 40 millones de mártires, 26 millones 685 mil de ellos en el siglo que acaba de concluir. Para que este legado único no se pierda, Juan Pablo II, en 1996, creó una Comisión para los Nuevos Mártires, que durante los años de preparación del Jubileo se encargó de hacer una especie de censo de esos hombres y mujeres de los cinco continentes que, en el último siglo, dieron su vida sangrientamente por Cristo. Por primera vez, en este estudio, la Iglesia católica tenía también en cuenta a los testigos de Jesús de otras iglesias y comunidades cristianas.
El mismo Pontífice, el 4 de diciembre pasado, recibió la lista de 13 mil 400 ejemplos de vida de personas que murieron a partir del 1 de enero de 1900. Se trata de un trabajo dirigido por el presidente de la Comisión, monseñor Michel Hrynchyshyn, exarca de los ucranianos de rito bizantino en Francia, con la ayuda de diez expertos. Estos mártires proceden de 106 países. El trabajo, recogido en dos volúmenes, que por el momento no se han publicado, recoge sus biografías y el contexto histórico en que dieron testimonio de Cristo.


¿Hay de mártires... a mártires?

El «problema» de los testigos de Cristo durante la guerra civil española


De los 13 mil 400 mártires del siglo XX registrados hasta el momento, el 70% dio su vida en la antigua Unión Soviética. En segundo lugar aparecen los testigos de la fe durante la guerra civil española.
Pero... ¿realmente se trata de mártires en el sentido canónico del término? El secretario de la Comisión responde: «Yo diría que no. Nosotros hemos recibido la orden de realizar un 'reconocimiento de la memoria' de los testigos de la fe que, en el sentido más amplio, han ofrecido su propia vida. Por ello, no hemos recurrido a los criterios canónicos propios del reconocimiento del martirio, que es algo muy diferente a lo que se nos ha pedido».
A pesar de las explicaciones, se ha suscitado una polémica en torno a lo que será la beatificación más numerosa de la historia, cuando el 11 de marzo, el Papa eleve a los altares a 233 mártires de la persecución religiosa española de la década de los treinta.
Según los cálculos de la Iglesia española, durante las persecuciones religiosas ocurridas en los años de la segunda República y durante la guerra civil, fueron asesinadas en todo el país unas diez mil personas, entre sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos.
Las voluminosas investigaciones requeridas por el exigente proceso de beatificación y canonización demuestran que estas personas no murieron por razones políticas, sino por testimoniar su fe.


No se beatifica a los cristeros combatientes
La persecución religiosa en México tuvo su punto culminante de 1926 a 1929, cuando el entonces presidente de la república, Plutarco Elías Calles, promulgó una ley sobre el culto que, entre otras cosas, restringía el número de ministros sagrados y prohibía los seminarios y conventos. La Iglesia de México, en señal de protesta, decidió suspender los actos de culto.
Sin embargo, en la parte occidental de México (especialmente en Jalisco, Aguascalientes, Michoacán, Guanajuato y Colima), muchos católicos tomaron las armas (los cristeros) para defender la libertad religiosa. Algunos sacerdotes —los estudiosos cuentan sólo 20— se unieron a ellos; pero la mayor parte optó por una resistencia pacífica. En las causas de canonización que se han abierto sobre la persecución se han excluido las de aquellos católicos que optaron por la violencia.


¿Para qué queremos tantos?
Haber recogido todos estos testimonios y publicarlos de manera ordenada no equivale a un proceso de canonización masivo, sino que responde al deber de la Iglesia de recuperar la memoria.
La Iglesia no hace memoria para guardar rencor, sino para aprender. La Iglesia en el siglo XX ha sido mártir como nunca antes en la historia, pues ha sufrido un martirio ingente. El Papa pide meditar en la lección de todo un pueblo de testigos, la mayoría de ellos desconocidos.

¿Por qué más en el siglo XX?
Quizá no sea sencillo entender por qué en el siglo XX hubo mayor número de testigos de sangre que en ningún otro, superando incluso a los primeros de nuestra era, cuando los cristianos eran arrojados a los leones. La respuesta es la siguiente: actualmente hay nada menos que mil millones de católicos en el mundo, y a su número hay que sumarle el del resto de los cristianos (ortodoxos y protestantes). Y, puesto que las perversas ideologías del nazismo y del comunismo se difundieron por todo el mundo, en más de 70 países fueron responsables de la eliminación de buena parte de los cristianos.

¿Quién faltó en la lista?
La lista está inconclusa: ahí faltan los nombres de los soldados desconocidos de la gran causa de Dios, como los ha denominado Juan Pablo II; por ello, el archivo se mantiene abierto.
Según estudiosos protestantes, los mártires del siglo XX (católicos, ortodoxos y protestantes) serían unos 165 mil cristianos. Pero el concepto de mártir que ellos suelen emplear es muy amplio y, sobre todo, difícil de verificar.

EL OBSERVADOR 291-1

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COLUMNA HUÉSPED
Querido amigo:
Quien tiene en ruina la propia casa... Observa el árbol: para crecer hacia arriba crece primero hacia abajo. El árbol echa primero raíces en el suelo, luego eleva las ramas al cielo. Si te preocupa que el árbol de tu vida tenga las ramas podridas, no pierdas el tiempo; cuida bien de la raíz, y no tendrás que andarte por las ramas.
¿Hay algo más tuyo que tú mismo? Y, sin embargo, si descuidando tu interior te dejas llevar por lo que está fuera de ti, ¿qué te ocurre?: que te vas convirtiendo sin darte cuenta en cuidador de los puercos de tus propias vanidades.
Así como quien tiene en ruina la propia casa se aleja de ella para no ser víctima de su posible derrumbamiento, así también quien se ve perseguido en su interior por una mala conciencia tiene miedo de sí mismo y se aleja de sí, porque no encuentra dentro la paz, y finalmente pasa la vida huyendo de sí mismo. Y, cuanto más huimos, tanto más nos persigue la voz de la verdad gritando y gritando para que nos detengamos. «Un día —dice un escrito tibetano— vi algo que se movía a lo lejos. Creí que era un animal. Me acerqué y me di cuenta de que era un hombre. Se acercó él entonces y vi que era mi hermano».
Cuida lo pequeño. ¿De qué están hechos los ríos que se desbordan e inundan los campos, sino de pequeñas gotas de agua? Una pequeña filtración no reparada a tiempo provoca, a la larga, el hundimiento del barco. La nieve recién caída se derrite con facilidad. Pero, si se libra de la acción del sol, se endurece. Y, si se acumula año tras año resistiendo los cambios del clima, se convierte en un glaciar, en una gran roca de hielo. Algo parecido ocurre con nuestros pequeños fallos. Fáciles de eliminar al principio, se van acumulando y endureciendo poco a poco y, cuando escapan por mucho tiempo a la acción correctora, se hacen casi incorregibles. Un león puede matar a un hombre de una sola dentellada; una avispa, no. Pero si un ser humano tiene la desgracia de caer en un avispero, ¿no es cierto que a la larga va también a morir a causa de las miles de picaduras de las pequeñas y frágiles avispas?
«Cuando empieza a amanecer —dice mi maestro Marcelino Legido— no cantan todos los pájaros, canta uno; después, al rato largo, canta otro y luego viene un momento en que cantan todos ya cuando se levanta la mañana al tiempo que se enciende la lumbre, pero no con palos gordos que no arden, sino con palos pequeños, medio rotos, para que puedan arder. Es una cosa preciosa, la semilla que crece sola. Y hay otra parábola, la del grano de mostaza. El grano de mostaza es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece se hace un arbusto y las aves se acogen a él. Esto podría ser lo nuestro ¿no? Un grano de mostaza donde las aves en vuelo vienen, se cobijan en la noche y se van. Una cosa pequeña para que cualquier ave en vuelo hacia los nuevos cielos y la nueva tierra tuviera eso, un trozo de pan, un cancionero, un libro de filosofía, para que podamos cantar a la mañana como la cantan todas las criaturas».
Carlos Díaz.

EL OBSERVADOR 291-2

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DILEMAS ÉTICOS
¿Pero si le pago dos salarios mínimos?
Por Sergio Ibarra
El patrón de Juanito afirma que le pagaba a nuestro personaje dos salarios mínimos. ¿Qué puede hacer Juanito con dos salarios mínimos para mantener a su esposa, sus dos hijos y a su suegra, que vive con ellos? El patrón de Juanito insiste: «Yo cumplo con más de lo que la ley me obliga. Si quiere ganar más, pues que se vaya a otro lado a trabajar». Y sabe que ha decidido Juanito irse a otra parte, y, en lo que consigue chamba, se fue con su compadre al tianguis a vender quesadillas tres días a la semana, con lo que “saca” más de lo que le pagaba el patrón.
Resultado: el patrón de Juanito perdió a un buen colaborador, perdió la experiencia y el aprendizaje que éste había adquirido. Juanito perdió el derecho a su antigüedad y a sus prestaciones, particularmente el Seguro Social. Y, claro, hay que buscar al sustituto de Juanito.
Si existe alguna decisión compleja para cualquier patrón o gerente o jefe es decidir cuánto debe ganar el personal. Sin duda alguna un asunto ético que involucra uno de los valores fundamentales para aspirar a ser una sociedad justa. La justicia se entiende como dar a cada quien lo suyo.
¿Sabe usted cuál es el dilema? Decidir qué es lo de cada quién y luego dárselo. Así, una política salarial implica de suyo una decisión. Mas también es cierto que cada quién gana lo que se merece, es decir, el dinero finalmente es fruto del esfuerzo individual que se acumula a lo largo del historial que cada quién se forja durante su vida. Si así fueran las cosas, cada patrón pudiese decidir cuanto pagar; pero, como somos una economía, debe existir un “precio” de la contribución humana a las organizaciones. De manera que si usted es un empleado o un patrón está en este asunto. Incluido el servicio doméstico.
De acuerdo con la Constitución mexicana, en el artículo 123, debe existir una política salarial, misma que choca contra 30 años de crisis continua. Hace poco se instaló la Comisión Consultiva para la Modernización del Sistema de Salarios Mínimos. El titular de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, Carlos Abascal, declaró «poco ético, que los patrones sólo paguen el mínimo». Señaló que el salario mínimo, para ser el equivalente de 1973, debería ser 6.53 veces.
Sabemos que la mano de obra de hoy en México es más calificada que la de aquella época por razones que están ligadas tanto al nivel educativo como al propio desarrollo industrial de nuestro país. ¡Vaya que en salario tenemos un problema ético del cual los católicos no solamente somos actores: estamos obligados a entrarle y hacer valer la filosofía que Jesús nos legó! Como dijo la Virgen María en las bodas de Cana: «Hagan lo que Él les diga». Y nos quedamos con un último dilema: ¿No vale la pena pagar un poco mejor y tener personal más estable en todos los sentidos y más comprometido con el changarro?

EL OBSERVADOR 291-3

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MIRADA CRÍTICA
Lo duro del oficio
Por Santiago Norte
Por Santiago Norte
Eliminar periodistas de la faz del planeta, así sea en Paraguay, Haití, Brasil o Colombia, parece estar llegando ya al rango de costumbre en América Latina. Al menos así lo plantea la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), con base en Miami, y a tal grado que ha creado -hace más de cinco años- un proyecto sobre crímenes sin castigo contra periodistas, que ha derivado en la Unidad de Respuesta Rápida (URR), para que crímenes en contra de informadores -asesinatos que se documenten como vinculados con su oficio- no conozcan el frío anaquel de los archivos ni duerman bajo toneladas de carpetas de casos «irresolubles».
La respuesta inmediata de la violencia institucionalizada, tanto la de Estado como la de grupos de poder, es cebarse sobre el que ejerce el papel de informador social. Punto directo de la mira de la intolerancia, recibe casi siempre el periodista los primeros fogonazos del rencor, ya sea mediante amenazas, ya sea mediante intimidación directa o, de plano, asesinato...
Casos como el homicidio de Salvador Medina -periodista y maestro- en Paraguay (5 de enero de 2001), o los de Gerard Denoze y Jean Leopold Dominique en Haití (ambos periodistas radiofónicos ultimados el 3 de abril y el 15 de diciembre de 2000) hablan con suficiente elocuencia del salario del miedo que devenga esta profesión, la más peligrosa de las profesiones del mundo, por encima de la de torero o corredor de autos en fórmula uno.
La URR de la SIP lleva funcionando un año, y, al decir del director de esta última entidad (la SIP), Danilo Arbilla, tiene trabajo pendiente de sobra. Por desgracia, los crímenes enlazados al ejercicio de relatar los entresijos del poder no ceden. Y es que no sólo repercute en la vida del periodismo o en el entorno de los periodistas, sino que limita -o, de plano, cercena- libertades y derechos de toda la sociedad. Podría decirse que cada bala disparada en contra de periodistas es, también, lanzada contra las libertades esenciales de un grupo humano, las de expresión y de información por principio de cuentas.
Un país que mira con disimulada satisfacción -cuando no con sospechosa ironía- el golpeteo a la libre expresión de medios y mediadores calificados es un país condenado al desánimo, a la ruina espiritual, a la decrepitud de su alma. Matar periodistas puede producirle «dividendos» a corto plazo al poder despótico: a la larga, sin embargo, será la cuerda de su propio ahorcamiento.

EL OBSERVADOR 291-4

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Internet al servicio de la Iglesia
* Se emplea más la internet para asuntos de caracter religioso que seculares.
* Ni siquiera la difundida pornografía tiene tanto éxito en la red como la Iglesia.
Internet se ha convertido en un medio de comunicación sumamente útil para la Iglesia. Existen tantos sitios en la red capaces de proporcionar toda suerte de información útil para los cristianos que, incluso, según un estudio de Pew Internet and American Life Projec, hay más gente que usa la internet por motivos religiosos que por razones seculares.
Se calcula que no menos del 21% de quienes navegan en la red ha buscado información espiritual o religiosa. En cambio, solamente el 18% ha realizado operaciones bancarias en la red, y el 15% ha participado en subastas vía internet.
Analizando las direcciones electrónicas de unas mil 300 congregaciones religiosas y sinagogas, se ha detectado que, cada día, sólo en los Estados Unidos, dos millones de usuarios o más buscan información religiosa o espiritual en dichos sitios.
Sin embargo, no hay que olvidar que muchos de los sitios cristianos no son católicos, y que también abundan los judíos, budistas, musulmanes e hindúes; los del zoroastrismo, el jainismo, y la New Age, así como un número indeterminado de “ministros” y “espiritualidades”, por lo que hay que aprender a discernir antes de dejarse atrapar por extrañas ideologías espirituales, a menudo bien disfrazadas.
A pesar de las deficiencias que internet pueda tener, también se convirtió en una ayuda en la búsqueda de vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada. La mayoría de los jovenes interesados en este estado de vida, el primer lugar que consultan es la internet.

(
Con información de Zenit)

EL OBSERVADOR 291-5

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¿En camino hacia la soberanía?
        Javier Algara Cossío
Todos los que nacimos en México en las décadas cercanas a la mitad del siglo XX o antes, y que fuimos expuestos al discurso político del período comprendido entre esas fechas y la mitad del zedillismo, encontramos que parte importante de ese discurso giraba en torno al concepto de soberanía. En ella se fundaban todas las decisiones gubernamentales respecto a asuntos internacionales difíciles de los que nuestros líderes querían zafarse o de aquellos internos y feos de los que no querían que el mundo exterior se enterara. México-gobierno soslayaba flagrantes violaciones de derechos humanos en otras naciones diciendo que tales violaciones eran ejercicio de soberanía. Y con la misma excusa nuestro gobierno mantenía a los extranjeros alejados de las violaciones que él cometía domésticamente. También se basaron en la palabra soberanía los “gobiernos de la Revolución” para negar la inversión extranjera, la educación particular, las concesiones a particulares de los productos energéticos y otros. La soberanía se equiparaba al ejercicio del gobierno, confundido dicho ejercicio con el Estado y éste, a su vez, con el presidente de la república… o lo que él tuviera a bien decidir. El concepto, así, se había alejado totalmente de su significado original, contenido en la Constitución y en la teoría política mundial. La sede por excelencia de la soberanía —el derecho de un pueblo de darse a si mismo las leyes que lo conduzcan a alcanzar el proyecto de nación que tenga para si mismo—, que es el Congreso, durante el tiempo del que hablamos era más bien un instrumento al servicio de un presidente que era él solo la soberanía. Cuando se “discutió” el aumento del IVA del 10 al 15 %, hace ya algunos años, Roque Villanueva, con su ya famosa señal, dejó en claro dónde estaba y cuál era la intención de esa “soberanía”.
Ya la legislatura anterior hizo un esfuerzo considerable por revivir la verdadera soberanía en contra del último de los presidentes-soberanos (y líderes, consecuentemente, de un pueblo no soberano). Pero Vicente Fox y la legislatura actual están dando ahora pasos muy claros, y en conjunto, para hacer de la soberanía la reina de las virtudes políticas del Estado mexicano. Fox afirmó la soberanía del Congreso en su famosa frase: “El presidente propone, pero el Congreso dispone”. Y este último no deja que ni el presidente ni el pueblo lo olvidemos. Ya se demostró eso durante la determinación del presupuesto federal 2001. Actualmente está debatiéndose el proyecto de gravar las medicinas con el IVA. Será el Congreso de la Unión quien diga la última palabra al respecto; la soberanía será ejercitada una vez más.
Pero en estas y todas las decisiones que sigan respecto del bien común de México, la soberanía sólo será ejercitada cabalmente cuando se fundamente en la verdad.
En otras palabras, la soberanía no pasará de ser una palabra bonita si en los debates sobre los diversos proyectos los legisladores y el jefe del Ejecutivo ocultan información, o la desvirtúan, o se niegan a escuchar los argumentos del interlocutor. Igualmente cuando la discusión y argumentación sólo vea en el futuro cifras electorales o preservación de cuotas de poder.
Tampoco es bien servida la soberanía cuando los partidos y/o sus legisladores dan al pueblo información trastocada acerca de la verdadera naturaleza de los proyectos de los otros partidos o de la presidencia. En esto juegan un papel importantísimo los medios de comunicación.
La soberanía mexicana requiere que continúe y se solidifique el cambio que ya está comenzando.

EL OBSERVADOR 291-6

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«Proclamar desde los terrados»
* La XXXV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales será el 27 de mayo.
* Desde los terrados significa hablar con las palabras de Jesús en y a través del mundo de las comunicaciones.

Siguiendo la tradición, en la festividad de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas, se publicó el mensaje de Juan Pablo II para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. El tema de la XXXV Jornada, que se celebrará el próximo 27 de mayo es: «'Proclamar desde los terrados': El Evangelio en la era de la Comunicación Global».
Explica el Papa en su escrito: «En el mundo de hoy todos los terrados casi siempre se nos presentan como un bosque de transmisores y antenas, enviando y recibiendo mensajes de todo tipo y desde los cuatro costados de la Tierra. Es de primordial importancia asegurarse de que, entre esos mensajes, no falte la Palabra de Dios. En la actualidad, proclamar la de fe desde los terrados significa hablar con las palabras de Jesús en y a través del dinámico mundo de las comunicaciones».
Agrega que «los cristianos no deben nunca permanecer callados, el Señor nos ha confiado la palabra de salvación que todo corazón humano anhela. En consecuencia, la Iglesia no puede dejar de estar cada vez más profundamente comprometida con el efervescente mundo de las comunicaciones».
También hace esta denuncia: «En el pasado los medios informaban sobre los acontecimientos; ahora, con frecuencia, son las necesidades de los medios las que dan forma a los acontecimientos. De este modo, la interacción entre la realidad y los medios se ha hecho cada vez más compleja dando lugar a un profundo fenómeno ambivalente».
El Papa escribe a continuación que «a veces el mundo de los medios puede parecer indiferente e incluso hostil a la fe y a la moral cristiana», y que, a menudo para los medios, «la única verdad absoluta admitida es la inexistencia de la verdad absoluta. Con una tal perspectiva, lo que acontece no es la verdad sino 'el relato'; si algo es noticia digna o entretenida, la tentación de apartar las consideraciones de la verdad se hace casi siempre irresistible».
Aunque el ambiente no sea amistoso para los cristianos, advierte el Papa, éstos no pueden retirarse sino recordar más bien las palabras de san Pablo: «¡Pobre de mí si no anunciara el Evangelio!».

EL OBSERVADOR 291-7

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El colegio cardenalicio: sus funciones y su estructura actual
El título de mayor dignidad en la Iglesia católica, después del de papa, es el de cardenal. Este último ya fue reconocido durante el pontificado de Silvestre I (314-335). El término viene de la palabra latina «cardo», que significa «bisagra».
Originalmente el título de cardenal se confería a las personas al servicio de una iglesia o diaconía, particularmente a los eclesiásticos en Roma que eran consejeros del papa. Después fue reservado a los responsables de las iglesias titulares «tituli cardinales» de Roma y de las iglesias más importantes de Italia y del extranjero, y fue adquiriendo el prestigio que lo caracteriza hoy.
El colegio cardenalicio fue instituido en su forma actual en 1150: cuenta con un decano y un camarlengo que administra los bienes de la Iglesia cuando la sede de Pedro está vacante. La creación de cardenales se lleva a cabo por decreto del romano pontífice, quien los elige para ser sus principales colaboradores y asistentes. El colegio se divide en tres órdenes: el episcopal —al que pertenecen los cardenales a quienes el romano pontífice asigna como título una Iglesia suburbicaria, y los patriarcas orientales adscritos al colegio—, el presbiterial y el diaconal. El decano se elige de entre los cardenales del orden episcopal que tienen el título de una de una de las Iglesias suburbicarias, o sea las seis más cercanas a Roma (Albano, Frascati, Ostia, Palestrina, Porto-Santa Ruffina y Velletri-Segni).
El canon 349 afirma: «Los cardenales de la Santa Iglesia Romana constituyen un colegio especial cuya responsabilidad es proveer a la elección del Romano Pontífice, de acuerdo con la norma del derecho peculiar; asimismo, los cardenales asisten al Romano Pontífice, tanto colegialmente —cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia— como personalmente, mediante las distintas funciones que desempeñan, ayudando sobre todo al Papa en su gobierno cotidiano de la Iglesia universal». Los requisitos para ser elegidos son, más o menos, los mismos que estableció el concilio de Trento: hombres que han recibido la ordenación sacerdotal y se distinguen por su doctrina, piedad y prudencia en el desempeño de sus deberes; aquellos que todavía no son obispos deben recibir la consagración episcopal. A los cardenales se les da el tratamiento de «eminencia».
A estos virtuales príncipes de la Iglesia se les pide que presenten la dimisión cuando cumplen los 75 años de edad. Aquellos que tienen más de 80 no pueden participar ya en el cónclave para elegir al papa y cesan como miembros de las oficinas de la curia romana o de cualquier otro organismo o dicasterio de la Santa Sede.
El número de los cardenales ha venido siendo sumamente cambiante y actualmente el colegio tiene gran internacionalidad. A partir del 21 de febrero de este 2001 su número será de 178, de los cuales 154 fueron nombrados por Juan Pablo II. De estos l78, 50 han superado los 80 años y no podrán participar en el cónclave. Los actuales miembros del colegio cardenalicio representan a todos los continentes y proceden de 63 países. Hay 92 de Europa, 18 de Norteamérica, 32 de Latinoamérica, 15 de Africa, 17 de Asia y 4 de Oceanía.

EL OBSERVADOR 291-8

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Desde el centro de América
Pequeños detalles
Claudio de Castro
Hoy he pasado media hora concentrado en una operación delicada: recortar figuritas con mi hijo y pegarlas en un álbum. No deben salirse de las líneas del marco.
Mientras lo hacíamos, mi hija se acomodó en el sofá sosteniendo mi computadora portátil y, con una sonrisa encantadora, me advirtió: «Ahora yo escribiré en tu libro».
Tenía tal alegría que la dejé continuar. Al rato abandonó la computadora y nos ayudó a recortar.
Encontré estos mensajes suyos:
* «Debemos parecernos a Jesús. Siendo el ser más poderoso del mundo es humilde y sencillo; su corazón está lleno de amor, por lo que no cabe el odio».
* «Muchas familias se desintegran por la falta de amor».
* «Las personas que no tienen a Dios son débiles y frágiles».
* «El mundo está lleno de odio, amargura, envidia y muchos males más. Pero también hay amor y esperanza».
Sí, mi pequeña, todo lo que has dicho es verdad. Sin Dios somos débiles y frágiles. Él es el puerto seguro donde podemos anclar nuestras vidas, cuando golpea la tormenta. Es nuestro refugio y nuestra salvación. Es nuestro Padre.
Mi esposa solía decirle a nuestro hijo: «Lo más importante es la familia». Al rato le preguntaba: «¿Qué es lo más importante?». Y él respondía: «La familia». Así fue por meses, hasta que un día se volvió a mirarla y agregó: «Dios y la familia».
Los niños son grandes maestros. Me gusta sentarme con ellos. Los escucho, aprendo y me divierto con sus ocurrencias.
Ayer el pequeño, con espíritu científico, gritaba desde la sala, invitándonos a participar: «Un pececillo de plata o una hormiga con pelos en la cola. ¡Sólo veinticinco centavos por persona!».
Vengo a ver la hormiga con pelos en la cola.
— Papi, tú eres grande, así que debes pagar cincuenta centavos.
Al final no me cobró la entrada y pude ver aquella hormiguita que tanto revuelo causó.
La vida está llena de pequeños detalles. Una palabra de aliento, un gesto, una sonrisa. Las cosas pequeñas son las que nos dan felicidad. No es el dinero ni los bienes materiales: es el amor.
Detalles pequeños, casi insignificantes, pero que nos brindan tanta felicidad.
Tengo en mi memoria aquél hermano de La Salle, con su larga sotana y su acento de francés. Era ya anciano, pero guardaba las energías y el entusiasmo de un joven. Cierta mañana entró muy contento al salón de clases. Sacó del bolsillo una pequeña tarjeta a colores, la mostró y nos dijo emocionado: «Un alumno me ha enviado esta postal desde Francia». La miraba ilusionado y agregó: «Ha recordado a su viejo profesor de francés». Nos leyó el contenido, disfrutando cada palabra. «¿Vieron qué buena ortografía?». Susurró admirado: «Un alumno mío en Francia». Y volvió a leerla para sí.

EL OBSERVADOR 291-9

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JÓVENES
Las relaciones prematrimoniales
Por Antonio Orozco *
«Relación o relaciones prematrimoniales» significa, sencillamente, el conjunto de relaciones que anteceden al matrimonio. Siendo el matrimonio una institución natural, divina, y además un gran sacramento, forzoso es decir que las relaciones prematrimoniales son necesarias para todos aquellos que estén llamados al matrimonio.
De otra parte, sucede que las más grandes palabras están sufriendo, desde hace algún tiempo, una bárbara manipulación: amor, por ejemplo, con la que suelen designarse actos de la más baja condición. De este modo «relaciones prematrimoniales», que habría de significar un tiempo de santificación previo y de iniciación a la santidad del matrimonio, suena, en cambio, a negación de toda norma moral en la relación entre dos personas que acaso pasen algún día -aunque no esté nada claro- por algo que recuerda en algunos momentos la vida matrimonial.
Todo lo humano debe ser salvado, necesita salvación. Y sin cruz no hay salvación, ni puede haber felicidad ni alegría duradera. En buena medida, la cruz del noviazgo es el sacrificio de la concupiscencia, que quisiera adelantarse a los acontecimientos y gozar de unos frutos que aún no existen. Es, si se quiere hablar así, una cruz, pero también una luz, una luz que impide caer en una gran mentira: la que identifica el amor con la relación genital. Aplazando la satisfacción del impulso sexual se logra algo muy esencial: la profundización en la dimensión espiritual del amor, que es la que está llamada a permanecer por encima de todos los avatares físicos o síquicos que una larga vida puede deparar. El sacrificio que supone la continencia enseña a amar con el alma, con la mente y con la voluntad, que es lo más perfecto y digno que hay en el hombre. Este sacrificio es la primera gran donación que se debe a la persona amada, la primera manifestación de un amor verdaderamente personal.
A veces uno de los novios -con más frecuencia él- exige del otro la entrega corporal como «prueba del amor». Ahora bien, un amor que exige pruebas está pronunciando su propio veredicto. Lo propio del amor es «dar», no «tomar» o «poseer». El que toma lo que no es todavía suyo sin esperar a que lo sea realmente -no sólo en el deseo- verá prematuramente agostada la ilusión, perderá la misma posibilidad del encanto antes de hallarlo.
¿Por qué no es lícito antes del matrimonio lo que en el matrimonio podrá ser bendito y santo? En muchas cosas de la vida el «qué» depende del «cómo» o del «cuándo». El «cómo» y el «cuándo» a menudo modifican el «qué» y lo transforman profundamente. Concretamente, si se usa la genitalidad en el contexto que le es propio, al servicio del amor auténtico, ordenado a la vida, entonces no sólo es algo bueno, sino que puede ser santo. Yendo más al fondo de la cuestión:
I. La peculiar estructura biológica manifiesta con deslumbrante claridad que la relación genital está intrínsecamente ordenada a la procreación. Incluso en el caso de matrimonios estériles; en éstos sucede algo semejante a la ceguera: los ojos no pueden ver, pero, en todo caso, la razón de ser del ojo es la vista; toda su estructura y contexto están ordenados intrínsecamente a la visión. Como hablamos de procreación «humana», esto conlleva la educación de los hijos que resulten concebidos. Y la dignidad de la persona humana exige que lo sean en el seno de una familia, es decir, con garantía de estabilidad y posibilidades de educación adecuada. Lo cual sólo se cumple en el matrimonio indisoluble.
II. La significación natural, profunda, unitiva del acto es la de una entrega personal plena, sin reservas y, en consecuencia, definitiva. Lo cual sólo sucede realmente por medio del compromiso matrimonial celebrado según el plan divino. La entrega total del cuerpo es también la entrega total de la persona. Lo cual sólo tiene sentido en el matrimonio.
La plena unión significa el hacerse «dos en una sola carne», según el lenguaje de la Sagrada Escritura.
        
* Resumido de www.encuentra.com

EL OBSERVADOR 291-10

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PINCELADAS
La oración como suspiro
Justo López Melús *
¿Cuál es la oración que más aprecia el Señor? Un zapatero le contaba a un rabino:
— No sé cómo hacer la oración de la mañana. Los pobres me traen sus zapatos, su único par, al atardecer. No los termino por la noche, y he de terminarlos por la mañana, para cuando van al trabajo que los tengan ya preparados. ¿Qué solución debo tomar para hacer la oración de la mañana?
El rabino, a su vez, le preguntó:
— ¿Qué hacías hasta ahora?
— A veces hago la oración de prisa y vuelvo al trabajo, pero eso me deja intranquilo. Otras veces dejo la oración, pero noto que me falta algo. Y otras veces, cada vez que golpeo el zapato, mi corazón suspira: «¡Qué desgraciado soy, pues no soy capaz de hacer mi oración de la mañana!».
Y el rabino le respondió:
— Si yo fuera Dios, apreciaría más ese suspiro que la oración.

* autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.
(FIN)

EL OBSERVADOR 291-11

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