El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

15 de abril de 2001 No. 301

SUMARIO

bullet El Señor ha resucitado verdaderamente
bullet¿Qué necesidad tienes de lo que no amas?
bulletEL RINCÓN DEL PAPA Cristo no ha tenido miedo de elegir a sus ministros de entre los pecadores
bulletAÑO DE LA VIDA Paternidad y verdad
bulletDEBATE A los enfermos humanitariamente tratados no les interesa la eutanasia
bulletTEMAS DE HOY Momento de reflexión
bulletPROTAGONISTAS
bulletAlgo así como un pudorómetro
bulletSperlings y tatuajes

 

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El Señor ha resucitado verdaderamente
Joseph Ratzinger
Joseph Ratzinger
¡Qué conmoción sacudiría al mundo si leyéramos un día en la prensa: «se ha descubierto una hierba medicinal contra la muerte»! Desde que la humanidad existe, se ha estado buscando tal hierba. Ella espera una medicina contra la muerte, pero, al mismo tiempo, teme a esa hierba. Sólo el hecho de que en una parte del mundo la esperanza de vida se haya elevado de 30 a 70 años ha creado ya problemas casi insolubles.
La Iglesia nos anuncia hoy con triunfal alegría: esa hierba medicinal contra la muerte se ha encontrado ya. Existe una medicina contra la muerte y ha producido hoy su efecto: Jesús ha resucitado y no volverá ya a morir. Lo que es posible una vez, es fundamentalmente posible, y así esta medicina vale para todos nosotros. Todos nosotros podemos hacernos cristianos con Cristo e inmortales. ¿Pero cómo? Esto debería ser nuestra pregunta más viva. Para encontrar la respuesta, debemos, sobre todo, preguntar: ¿cómo es que resucitó? Pero, sobre eso, se nos da una simple información que se nos confía a todos: Él resucitó porque era no sólo un hombre, sino también hijo de Dios. Pero era también un hombre real y lo fue por nosotros.
Y así sigue, por su propio peso, la próxima pregunta: ¿cómo aparece este «ser-hombre» que une con Dios y que debe ser el camino para todos nosotros? Y parece claro que Jesús vive toda su vida en contacto con Dios. La Biblia nos informa de sus noches pasadas en oración. Siempre queda claro esto: él se dirige al Padre. Las palabras del Crucificado no se nos refieren en los cuatro evangelios de un modo unitario, pero todos coinciden en afirmar que él murió orando. Todo su destino se halla establecido en Dios y se traduce así en la vida humana. Y siendo así las cosas, él respira la atmósfera de Dios: el amor. Y por ello es inmortal y se halla por encima de la muerte. Y ya tenemos las primeras aplicaciones a nosotros: nuestro pensar, sentir, hablar, el unir nuestra acción con la idea de Dios, el buscar la realidad de su amor, éste es el camino para entrar en el espacio de la inmortalidad.
Pero queda todavía otra pregunta. Jesús no era inmortal en el sentido en el que los hombres deseaban serlo desde tiempos inmemoriales, cuando buscaban la hierba contra la muerte. Él murió. Su inmortalidad tiene la forma de la resurrección de la muerte, que tuvo lugar primero. ¿Qué es lo que debe significar esto? El amor es siempre un hecho de muerte: en el matrimonio, en la familia, en la vida común de cada día. A partir de ahí, se explica el poder del egoísmo: él es una huída comprensible del misterio de la muerte, que se halla en el amor. Pero, al mismo tiempo, advertimos que sólo esa muerte que está en el amor hace fructificar; el egoísmo, que trata de evitar esa muerte, ése es el que precisamente empobrece y vacía a los hombres. Solamente el grano de trigo que muere fructifica.
El egoísmo destruye el mundo; él es la verdadera puerta de entrada de la muerte, su poderoso estímulo. En cambio, el Crucificado es la puerta de la vida. Él es el más fuerte que ata al fuerte. La muerte, el poder más fuerte del mundo, es, sin embargo, el penúltimo poder, porque en el Hijo de Dios el amor se ha mostrado como más fuerte. La victoria radica en el Hijo, y cuanto más vivamos como Él, tanto más penetrará en este mundo la imagen de aquel poder que cura y salva y que, a través de la muerte, desemboca en la victoria final: el amor crucificado de Jesucristo.

EL OBSERVADOR 301-1

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¿Qué necesidad tienes de lo que no amas?
¿Qué necesidad tienes de lo que no amas?
Comentario de san Agustín sobre la Resurrección
Los discípulos buscaron al Señor y no lo encontraron en el sepulcro, cosa que ya habían anunciado las mujeres, creyendo, no que hubiera resucitado, sino que había sido robado de allí. Llegaron dos discípulos, el mismo Juan evangelista y Pedro con él; entraron, vieron solamente las vendas, pero ningún cuerpo. ¿Qué está escrito de Juan mismo? Si lo habéis advertido, dice: Entró, vio y creyó (Jn 20,8). Oísteis que creyó, pero no se alaba esta fe; en efecto, se pueden creer tanto cosas verdaderas como falsas. Pues si se hubiese alabado el que creyó, no continuaría la Escritura con estas palabras: Aún no conocía las Escrituras, según las cuales convenía que Cristo resucitara de entre los muertos (Jn 20,9). Así, pues, vio y creyó. ¿Qué creyó? ¿Qué, sino lo que había dicho la mujer, a saber, que habían llevado al Señor del sepulcro?
Al verlo ausente del sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se fueron. La mujer se quedó allí y comenzó a buscar el cuerpo de Jesús con lágrimas y a llorar junto al sepulcro. Ellos, más fuertes por su sexo, pero con menor amor, se preocuparon menos. La mujer buscaba más insistentemente a Jesús, porque ella fue la primera en perderlo en el paraíso; como por ella había entrado la muerte, por eso buscaba más la Vida. Y ¿cómo la buscaba? Buscaba el cuerpo de un muerto, no la incorrupción del Dios vivo, pues tampoco ella creía que la causa de no estar el cuerpo en el sepulcro era que había resucitado el Señor. Entrando dentro vio unos ángeles. Observad que los ángeles no se hicieron presentes a Pedro y a Juan y sí, en cambio, a esta mujer. Esto, amadísimos, se pone de relieve, porque el sexo más débil buscó con más ahínco lo que había sido el primero en perder. Los ángeles la ven y le dicen: No está aquí, ha resucitado (Mt 28,6). Todavía se mantiene en pie llorando; aún no cree; pensaba que el Señor había desaparecido del sepulcro.
Vio también a Jesús, pero no lo toma por quien era, sino por el hortelano; todavía reclama el cuerpo de un muerto. Le dice: «Si tú le has llevado, dime dónde le has puesto, y yo lo llevaré (Jn 20,15). ¿Qué necesidad tienes de lo que no amas? Dámelo». La que así le buscaba muerto, ¿cómo creyó que estaba vivo? A continuación el Señor la llama por su nombre. María reconoció la voz y volvió su mirada al Salvador y le respondió sabiendo ya quien era: Rabí, que quiere decir «Maestro» (Jn 20,16).
(Del Sermón 229 L,1)

EL OBSERVADOR 301-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
Cristo no ha tenido miedo de elegir a sus ministros de entre los pecadores
«Cristo no ha tenido miedo de elegir a sus ministros de entre los pecadores. ¿No es ésta nuestra experiencia? Será también Pedro quien tome una conciencia más viva de ello, en el conmovedor diálogo con Jesús después de la Resurrección. Antes de otorgarle el mandato pastoral, el Maestro le hace una pregunta embarazosa: 'Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?' (Jn 21, 15). Se lo pregunta a uno que pocos días antes ha renegado de él por tres veces. Se comprende bien el tono humilde de su respuesta: 'Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero' (21, 17). Precisamente con base en este amor consciente de la propia fragilidad, un amor tan tímido como confiadamente confesado, Pedro recibe el ministerio: 'Apacienta mis corderos', 'apacienta mis ovejas' (vv. 15.16.17). Apoyado en este amor, corroborado por el fuego de Pentecostés, Pedro podrá cumplir el ministerio recibido.
«¿Acaso la vocación de Pablo no surge también en el marco de una experiencia de misericordia? Nadie como él ha sentido la gratuidad de la elección de Cristo. Siempre tendrá en su corazón la rémora de su pasado de perseguidor encarnizado de la Iglesia: 'Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios' (1 Co 15, 9). Sin embargo, este recuerdo, en vez de refrenar su entusiasmo, le dará alas. Cuanto más ha sido objeto de la misericordia, tanto más siente la necesidad de testimoniarla e irradiarla».
(Del mensaje de Juan Pablo II a los sacerdotes en el Jueves Santo 2001)

EL OBSERVADOR 301-3

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AÑO DE LA VIDA
Paternidad y verdad (extracto)
+ John J. Myers, obispo de Peoria

La paternidad esencialmente es relacional, es una manera en la que el hombre se pone al servicio de la comunidad humana. Por lo tanto no se puede entender el actual desafío de la paternidad aislado de la cultura en la que vivimos. Cuando una sociedad pierde de vista la verdadera dignidad del hombre, la cultura en sí misma empieza a enredarse.
Hoy se disputan acaloradamente los mismos principios que sustentan nuestra comprensión de la verdad y la dignidad de la persona humana. Incluso, a menudo se niega la convicción de que existe una verdad universal. Consecuentemente, muchos creen que podemos crear nuestra propia verdad y nuestra propia realidad, según nuestros propósitos.
Pero este enfoque no sólo degrada la inteligencia humana sino también mina nuestra habilidad de formar una comunidad humana e, incluso, de compartir un idioma común. Si los padres pueden justificar el abortar a sus hijos inocentes en nombre del amor, entonces estamos perdiendo rápidamente el sentido de lo que es el bien y el mal que forman la base de una creencia y una acción comunitaria.
En algunas naciones podemos disfrutar las grandes bendiciones de la libertad, pero la libertad trae consigo una gran responsabilidad: buscar la verdad, conocer la verdad y practicar las exigencias de la verdad. La libertad no puede ejercerse sin que la verdad la oriente. Hay que interponer la pregunta: libertad, sí, pero ¿para qué? Aunque las emociones juegan un papel importante en nuestras vidas, la vida emocional no siempre es una guía segura para las necesidades de la persona humana. La preocupación por los sentimientos puede transformarse en sentimentalismo, llevándonos a un mayor egoísmo e incapacidad de reconocer las verdaderas necesidades de los que están alrededor nuestro.

EL OBSERVADOR 301-4

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DEBATE
A los enfermos humanitariamente tratados no les interesa la eutanasia
Un estudio publicado por el diario italiano Avvenire, realizado por el Instituto de Tumores de Milán (Italia) entre los enfermos de cáncer, ha demostrado que el índice de suicidios es inferior a la media de la población sana. Tales resultados son un verdadero golpe para los promotores de la eutanasia, empeñados en que se les debe ayudar a los enfermos terminales a suicidarse.
Se investigó a 900 pacientes, de los cuales sólo uno pidió que se le ayudara a morir. Y este único enfermo, una vez sometido a tratamientos paliativos que mitigaron el dolor, cambió de idea.
Sumando este grupo de pacientes con otros que ha investigando el mismo instituto a lo largo de algunos años, la muestra es de 17 mil 964 investigados en Italia. Y entre todos ellos sólo cinco se han suicidado, es decir, apenas el 0.027%, y una media similar se da en otros países europeos.
Dicho de otro modo, mientras los medios de comunicación de todo el mundo hacen eco de las campañas en favor de la eutanasia para estos enfermos terminales, en los pasillos de los hospitales los pacientes no piensan en adquirir el «derecho» de suicidarse. Al contrario, según el estudio constata, el cáncer desarrolla en la persona un fuerte apego a la vida.
Entonces, ¿por qué tanta lucha en legalizar el llamado «suicidio asistido»? Porque es un negocio para las clínicas que practican la eutanasia, así como para las empresas de seguros y para el servicio sanitario que así se liberan del peso de la asistencia a un enfermo que, cuando no es asistido adecuadamente, la única cosa que pide es morir cuanto antes.

EL OBSERVADOR 301-5

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TEMAS DE HOY
Momento de reflexión
¡Hola! ¿Cómo estás? Yo me encuentro muy alegre, pues he resucitado y me gustaría platicar contigo de lo que ha pasado en estos días.
Resulta que el jueves, cuanto estaba con mis amigos, entre ellos estaba uno que me traicionó (me vendió); pues sí, horas después, sin razón alguna, vinieron unos representantes de la ley y me tomaron preso. En esos momentos en que me juzgaban y me acusaban, me preguntaba: «¿Dónde están mis amigos?».
El viernes por la mañana, cuando me azotaban, me escupían y me insultaban, yo me preguntaba: «¿Qué habrá sido de mis amigos?».
Por la tarde, como a eso de la 1:00, empecé a cargar una cruz en la que yo mismo sería crucificado; tuve que caminar mucho sintiendo el peso de los pecados del mundo, y, aunado a esto, los insultos, salivazos y burlas de la gente que sólo me veía como espectáculo. Y seguía preguntándome: «¿Dónde estarán mis amigos?».
Cuando llegué al Gólgota, los soldados comenzaron a clavar mis manos en la cruz, y mientras la multitud continuaba con las burlas, alcé la mirada y me di cuenta de que sólo me acompañaban mi amigo Juan; María, mi Madre, y algunas otras mujeres. Después de sufrir durante algunas horas, ofrecí mi dolor por tus pecados y morí.
Desde que fui entregado por Judas, negado por Pedro, crucificado por los soldados y acompañado por Juan y mi Madre, me preguntaba... ¿A cuál de ellos te pareces?
Reflexiona un momento en silencio y recuerda en qué acciones me entregas, me niegas, me crucificas o me acompañas.
Pero no te mortifiques. No me importa cuál haya sido tu actitud.
No te aflijas, porque hoy quiero que seas feliz, por eso me ofrecí y morí por ti. Porque te amo y te seguiré amando. Porque he resucitado en ti, quiero que sigamos juntos; quiero permanecer siempre en tu corazón. Que seas un vivo reflejo de mi amor; que ames a los demás como yo te he amado. Y que resucites en Mí como Yo he resucitado en ti.
Tu amigo de siempre
,
Jesús.

EL OBSERVADOR 301-6

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PROTAGONISTAS

«La evangelización del tercer milenio ha de afrontar la urgencia de una presentación viva, completa y exigente del mensaje evangélico. Se ha de proponer un cristianismo que no puede reducirse a un mediocre compromiso de honestidad según criterios sociológicos, sino que debe ser un verdadero camino hacia la santidad».
S.S. Juan Pablo II

«Nuestra tarea como Iglesia será siempre la de recordar a los responsables de la nación, a quien detenta el poder económico, y a la gente que vive en el país, a toda la sociedad, que vivan la solidaridad».
Cardenal Julio Terrazas Sandoval,
arzobispo de Santa Cruz, Bolivia.


«Sin la recta concepción de la persona humana, de su dignidad, de su dimensión social y del ejercicio de la autoridad política, resultaría difícilmente posible la democracia. Las sociedades democráticas han de mantener abierta la reflexión sobre el sentido de las formas políticas, porque sólo así garantizan que las distintas personas, familias y generaciones de la comunidad política reconozcan y valoren los principios de la convivencia democrática».
Mons. Agustín García-Gasco,
arzobispo de Valencia, España.

EL OBSERVADOR 301-7

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Algo así como un pudorómetro
Responde SÍ o NO a las siguientes preguntas:
- ¿Te gusta que te respeten, que te traten como persona y no como cosa?
- ¿Procuras, por tu parte, tratar a los demás como personas dignas de respeto?
- ¿Sabes distinguir entre esferas públicas y privadas?
- ¿Te molesta que se inmiscuyan sin permiso en tus asuntos, o que los demás te fuercen a participar en algo privado de la vida o la persona del otro?
- ¿Tienes algún amigo íntimo con el que compartes cosas que no ventilas ante los simples conocidos?
- Si está casado, ¿crees que son privados sus momentos de intimidad?
- ¿Sientes algo parecido a la vergüenza ajena ante el exhibicionismo, en lugares públicos, de funciones corporales, de conflictos familiares, de sentimientos descontrolados, de miserias humanas?
- ¿Consideras que el de enfrente merece un espacio de libertad en sus sentimientos, pensamientos, creencias, en su cuerpo y en su mente?
- ¿Piensas que en tu propia persona –física, psíquica y espiritual– hay zonas que no son de tránsito público?
- En caso de que seas creyente, ¿eres consciente de ser imagen de Dios y templo del Espíritu?
- ¿Crees que nadie debe ser invadido en lo que es más suyo, ni nadie tiene derecho a imponer a los demás la contemplación o escucha de sus intimidades?
- ¿Has dicho alguna vez que los trapos sucios se lavan en casa, o algo parecido?
- ¿Ves con ojos limpios, serenidad y equilibrio, el cuerpo humano, los afectos, las relaciones humanas que se muestran con limpieza, serenidad y equilibrio?
- ¿Te parece adecuado que haya formas sociales, de educación, que nos permitan proteger nuestra libertad e intimidad, y la libertad e intimidad de los otros frente a nuestras posibles intromisiones?
Si has respondido afirmativamente a todas o casi todas las preguntas, sencillamente, tienes un sano sentido del pudor, ya sea que le des ese nombre u otro.

(Fuente: Alfa y Omega)

EL OBSERVADOR 301-8

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Sperlings y tatuajes
Por Pbro. Clemente González
Los sperlings son objetos metálicos que atraviesan el cuerpo humano y tienen diversos significados para los jóvenes hoy día.
¿Es lícito utilizarlos sin connotaciones de tipo sexual o esotérico? ¿Y los tatuajes?
En el caso de los sperlings, como en otras muchas cosas, hay que saber discernir el significado profundo que tienen, porque en sí mismos no son buenos ni malos. Tú sabes, por ejemplo, que el arete en la oreja era antiguamente el símbolo de los marineros que cruzaban el Cabo de Hornos. Hoy puede ser que haya gente que se los ponga simplemente porque les gusta, porque aparecen más bellos ante los demás o porque está de moda, y esto, en sí mismo, no tiene ninguna connotación moral negativa. La maldad comienza cuando el ponérselos se convierte en una forma de expresar rebeldía o agresividad, o cuando se convierten en símbolos de sectas o de grupos de música que cantan contenidos inmorales. Entonces son inmorales no por el objeto en sí, sino por el significado que se le da.
Los sperlings no son en sí buenos o malos. La maldad o bondad está en lo que se quiere expresar con ellos, en la intención que se tiene al ponérselos. Se puede objetar el hecho de que es una estética que, como los tatuajes, produce daño al cuerpo y en ese sentido no es moral. El respeto cristiano por la persona humana nos debe llevar también al respeto del cuerpo y al equilibrio mesurado en su ornamentación. Además, los sperlings y los tatuajes muchas veces se sitúan más allá de la línea de la prudente y discreta moderación en el adorno personal y, en este caso, sin ser amorales, tampoco serían elementos muy propios de la cultura cristiana.
(Fuente: Catholic.net)

(FIN)

EL OBSERVADOR 301-9

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