El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

22 de julio de 2001 No. 315

SUMARIO

bulletDiez razones para tener otro hijo
bullet¿CÓMO DIJO? La dignidad de la Mujer poco importa
bulletEN EL PRINCIPIO, LA PALABRA El eclipse de la obediencia
bulletCarlos Fuentes o el despotismo intelectual
bulletDEBATE Mitos de la «psicología pop»
bulletDILEMAS ÉTICOS Los colombianos evitaron que los malos se salieran con la suya
bulletPENSAR EN CRISTIANO Hacer de esto un apostolado
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR Una hija terrible

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Diez razones para tener otro hijo
Steve Mosher, experto en demografía y presidente del Population Research Institute, publicó un artículo en el que da a los cristianos diez razones para pensar seriamente en la posibilidad de tener más hijos que el promedio actual. Aquí se condensan:
1. Tener otro hijo, permite unirse a Dios en la creación de un alma inmortal». «Los padres tienen la oportunidad increíble de asistir a Dios en la creación de un alma inmortal y, como lo dijera el cardenal Mindszenty, ni los ángeles recibieron tal gracia.
2. Un nuevo hijo trae alegría a la vida. Uno se maravilla ante la perfección de ese pequeño ser y de la facilidad con la que uno lo ama. Uno queda encantado con cada pequeño aspecto de su apariencia. El color del cabello, la forma de la nariz, su sonrisa.
3. Un nuevo hijo permite crecer en santidad y virtud. Los niños dan la oportunidad de practicar la misericordia corporal y espiritual. Llegan al mundo desnudos y los vestimos, hambrientos y los alimentamos, sedientos y les damos de beber.
4. Los niños son cada vez menos debido a la contracepción y el aborto; segmentos completos de la sociedad se vuelven menos sensibles al gozo y la esperanza que sólo los niños pueden brindar. En este clima, la anticoncepción y el aborto se alimentan a sí mismos.
5. Tener otro hijo da un hermano a los hijos que ya tiene la pareja, y así pueden aprender a compartir, a poner las necesidades de los demás por encima de las propias. La unión entre los hermanos es para toda la vida.
6. Los hijos permiten que en la ancianidad no se esté solo. La gente que tiene hijos no tiene que buscar extraños para que cuiden de ella cuando es anciana. Además, los hijos se convierten en padres de los nietos, y los nietos traen gozo, alegría y risas.
7. Los humanos son bendecidos con los regalos del intelecto y la libertad, y así descubren soluciones creativas a los problemas. Las personas sin hijos deben recordar que el hijo de otros es el médico que les salva la vida, el bombero que ayuda, o el ingeniero del tren.
8. La familias con hijos inyectan la economía. Sin jóvenes que ingresen a la fuerza laboral el sistema de seguridad social falla. Sin niños que asistan al colegio los maestros no tienen empleo. Muchas industrias descansan en negocios de y para niños.
9. Tener un hijo más ayuda a enfrentar la despoblación global adveniente. América no está superpoblada; toda la población del mundo puede vivir en Texas, en casas adecuadas a cada familia. El problema a largo plazo no será por tener muchos niños, sino pocos.
10. Tener un hijo ayuda a poblar el Cielo. El niño que se tiene con generosidad se acepta de Dios y regresará a Él, después de una vida de amor, servicio y obediencia en la Tierra para pasar la eternidad con Dios en el Cielo.

EL OBSERVADOR 315-1

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¿CÓMO DIJO?
La dignidad de la Mujer poco importa
(Columna colectiva. Responsable: Jaime Septién)
* Utilizan a la mujer y luego lo justifican con frases huecas. * ¿Puede llamarse «trabajo» a la prostitución? * Y, por supuesto, los medios de información, felices.
La prostitución de la mujer es una de las lacras más dolorosas y denigrantes de la historia humana. Se hacen chistes, burlas, y se zahiere de mil maneras a quienes han tenido que padecer este mal social. Ha sido siempre un buen negocio para lenones y proxenetas, a veces bajo el amparo del poder. De la culpabilidad de la mujer y la villanía machista que esconde ya Sor Juana ha disertado con agudeza y talento. Pero la villanía mayor es el querer justificar la utilización sexual de la mujer amparándola con un reconocimiento social. Ahora la prostitución ya no se tiene como abuso y ofensa a la dignidad de la mujer, sino que se le justifica como un trabajo o servicio sexual.
José Luis Martín Descalzo refiere que fue objeto de una regañina de un lector porque escribió que «a Dios se le puede agradar en todos los trabajos»; que «al menos —le increparon— debía decir trabajos honestos, pues seguramente los carteristas y médicos abortistas no agradan a Dios mucho con su trabajo». Y él comenta: «¡Pero, hombre! ¿Y usted se atreve a manchar la palabra trabajo aplicándola a esos menesteres? Los carteristas roban, no trabajan. Los abortistas asesinan, no trabajan. Trabajar es construir, elevar el mundo, imitar la labor de Dios en su creación. Y añadir el adjetivo honesto al sustantivo trabajo es tan innecesario como colocar tras el vocablo nieve los epítetos de fría y blanca» (Razones para la esperanza, p.132).
Llamar trabajo a la prostitución es no sólo envilecer el trabajo, sino justificar a los explotadores de la dignidad de la mujer. ¡Ahora los lenones y proxenetas resultan ser empresarios y contratistas! Hasta este punto de cobardía e hipocresía hemos llegado en nuestro vocabulario oficial, político, demagógico, social y laboral. Y, lo que es peor, en nuestro corazón. Así intenta justificar nuestro sistema político, social y laboral la ofensa inferida a la mujer. Y, por supuesto, los medios informativos, felices.
San Agustín: gobernantes culpables
San Agustín tiene una observación aguda y certera para los gobernantes paganos, pero que es válida para nuestro tiempo: «Buscan, dice, que haya prostitutas públicas en abundancia, bien sea para todos los que deseen disfrutarlas o, sobre todo, para aquellos que no pueden mantener una privada» (De Civ. Dei. II, XX). La pura verdad. Los poderosos pueden mantener mozas y concubinas; el pueblo, que acuda a los burdeles. La dignidad de la mujer poco importa. Nuestro sistema social supera esta vileza: le da un estatuto y reconocimiento social: ¡Sexoservidoras! ¿Habremos podido caer más bajo? El olvido de Dios, ha dicho el Papa, lleva al envilecimiento de la humanidad. Ahí estamos.

EL OBSERVADOR 315-2

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EN EL PRINCIPIO, LA PALABRA
El eclipse de la obediencia
Por Jaime Septién Crespo
La obediencia es una virtud a la baja en el mundo de hoy. Obedecer es, más bien, signo de debilidad. Se rebelan los hijos contra los padres, los alumnos contra los maestros, los católicos contra el magisterio, los ciudadanos contra el Estado, los hombres contra Dios. Es un torneo de fuerza: el que desobedece más lleva el premio del reconocimiento de su gremio: será llamado (por unos minutos) el más valiente, el mejor, el ejemplo a seguir... Hasta que venga otro y lo sustituya con una desobediencia superior.
Es cierto: la desobediencia del hombre con el hombre puede tener mil justificantes. Los padres que no educan, los maestros que no enseñan, los sacerdotes que no dan testimonio, los gobernantes que roban, Dios que permanece en silencio... Todas ellas valen, sí, pero solamente para los espíritus débiles, los que se conforman con el lado negativo de la obediencia, los que siempre, siempre, siempre han de formular la misma pregunta: ¿por qué yo debe hacer caso, contra mi voluntad, de aquél que me manda hacer esto o lo otro?
El católico ama, si es católico, la obediencia. Es Cristo, «el obediente», el que le señala el camino. Y es que en Cristo —como señala Raniero Cantalamessa— la obediencia engloba toda su vida. Él no vino a la Tierra a hacer su voluntad sino la voluntad del Padre. Él no vino a ser servido sino a servir. Obedeciendo encontró la libertad más sublime: la que consiste en hacer la voluntad de Dios.
No pierdo de vista que la duda del católico, la duda que a todos nos corroe, persiste: ¿debo obedecer a aquel que tiene la autoridad pero la ejerce en contra de mi voluntad? Es, desde luego, una duda razonable. Jesucristo, en su extremo dolor del Gólgota, le grita al Padre que por qué lo ha abandonado. Antes, en Getsemaní, pidió ser apartado del cáliz amargo que iba a beber. Pero en la cruz encomienda a su padre el Espíritu, y en el huerto reconoce que es la voluntad del Padre la que debe llevarse a cabo (para nuestra salvación).
La regla de oro, la que Cristo enseñó y practicó, es la que debe regir nuestros débiles pasos: obedece la voluntad del Padre, encarnada en una autoridad. Si la autoridad no encarna la voluntad de Dios, sigue obedeciendo la voluntad de Dios por encima de la autoridad. Que no se haga tú voluntad ni la de ellos (de las autoridades), sino la Suya. Obviamente esto es muy difícil de llevar a cabo en un entorno —como el nuestro—, que otorga galardones ala irreverencia y que privilegia, por encima de todo, el placer y lo visible. ¿Cómo obedecer la voluntad de Dios a quien no se ve? Sirviendo al otro, al que sí se ve. Como apunta el padre Cantalamessa: La medida y el criterio de la obediencia a Dios es el sufrimiento.

EL OBSERVADOR 315-3

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Carlos Fuentes o el despotismo intelectual
Qué bueno que lea a san Juan de la Cruz, a Pascal, a Simone Weil y a san Juan; pero su inteligencia agnóstica le impide entenderlos en su justa medida.
Por el Pbro. Prisciliano Hernández Ch., ORC
El inefable novelista Carlos Fuentes, ilustrado decimonónico, exponente de la narrativa mexicana, autor de varias obras, entre las que se pueden enumerar “La región más transparente”, “La muerte de Artemio Cruz”, “Zona sagrada”, “Tiempo mexicano” y otros cuentos y ensayos, en un artículo aparecido en el periódico Reforma (6 de julio del 2001) confunde las líneas divisorias entre la realidad y la fantasía, entre el saber y el respeto que merece todo interlocutor, porque la Iglesia no es una abstracción.
El tolerante deviene en intolerante cuando habla de la Iglesia. ¡Qué pena! Pareciera que el improperio lo coloca en un lugar destacado dentro de los ilustrados que ofrecen la tiranía de sus juicios, más allá de los cuales no se puede traspasar porque están sellados con el non plus ultra del intelectual despótico, aunque novelista.
Predeterminar la realidad desde la fantasía, la ideología liberal y la narrativa ágil, presta un huero servicio a la historia, a la verdad y al mismo presidente Fox que busca defender. Se eleva en este artículo como el Goliat de la desmesura.
Su visión parcializada absolutiza su narrativa como el repetidor de mitos sacralizados por el poder, del cual ha pretendido desmarcarse, quedándose en él, para recibir el aplauso de los vencedores.
Con su lenguaje pontifical y definitorio habla de la obra de David Brading “Mexican Phoenix” como “el estudio definitivo sobre el guadalupanismo”. La declaración tajante es necesaria para su seguridad, como si ya sobre este tema no se pudiera decir o escribir nada más: adiós a Miguel León Portilla, a José Luis Guerrero, a todos los testimonios guadalupanos del S. XVI hasta el inicio del tercer milenio y los que habrán de venir: no más. Carlos Fuentes detiene el pensamiento y la historia, porque se introduce otra vez en el mito de lo definitivo, lo insuperable, como si, ontológicamente, de momento su escritor Brading fuera dios, porque él —otro dios—, se codea sólo con dioses del Olimpo, de Meztlixico-Tenochtitlan, o de los astros de Holywood. El Imperator verborum, dixit seu loqui.
Por supuesto que toda love story ha de respetarse en cuanto vida de personas, por todo aquello de Nouwen: “Toda historia humana es sagrada”. Pero ni el Vaticano —de donde dependen y donde trabajan hoy bajo el carisma de Juan Pablo II cerca de 3500 personas que tilda de fanáticos e hipócritas por servir a la catolicidad con amor y respeto—, ha condenado a Fox, ni Fox se ha desmarcado de la Iglesia —porque sigue yendo a Misa, aunque no comulgue—, a la que nuestro ilustrado escritor, ataca: a la Iglesia de ayer y a la de hoy, que al parecer no conoce, sino en pasquines.
Qué bueno que lea a san Juan de la Cruz, el sereno de la espesura de la noche; a Pascal; a Simone Weil y a san Juan; pero parece que su inteligencia agnóstica le impide entenderlos en su justa medida porque “es parte del honor del hombre crear la idea de Dios”, como escribe en dicho artículo; más bien tal tesis es del materialista Feuerbach, de la izquierda hegeliana, nada espiritual por cierto.
Al autodefinirse agnóstico o ateo por la gracia de Dios para disculpar su cinismo, entiendo que más bien es un gnóstico; eso sí, ilustrado en la noche del racionalismo, pues juguetea con la fantasía de su gnosis como otrora los gnósticos contra los que polemizó san Ireneo de Lyon; gnosis que le permite mitificar a la historia, a Dios; o denostar al Vaticano o reducir las leyes sólo al ámbito civil, cuando existen otros ámbitos, como el deportivo o el religioso, que también tienen sus leyes; para los católicos se compendian en el Derecho Canónico, porque así se llama el conjunto de normas de la Iglesia donde se fundamenta jurídicamente la comunión de la Iglesia católica.
La Iglesia, don Carlos, no se aggiornó a partir de su homónimo expresidente Salinas, sino, gracias a Dios, con el concilio Vaticano II. Es de sabios corregir. Si su amor a la verdad le da tiempo, lea al menos la constitución Gaudium et Spes para conocer la postura de la Iglesia ante el mundo moderno; de paso, no le vendría mal leer la “Familiaris consortio” y la “Poenitemini”, de Juan Pablo II, y así pasmarse con las indicaciones misericordiosas y paternales sobre los divorciados vueltos a casar.
Por la eclesiología —perdóneme pero, por su artículo, noto que la ignora— entendemos que la Iglesia es el Pueblo de Dios, pastores y creyentes. Por eso la Iglesia es ese niño travieso y devoto que reza el Padrenuestro; el joven que vitorea a Juan Pablo II, urbi et orbi; el enfermo que abraza su crucifijo como expresión de su vinculación con el Jesús, no sólo de la historia —que usted dice conocer—, sino el Cristo de la fe; la religiosa que atiende amorosamente al enfermo de SIDA, como la madre Teresa de Calcuta, que también es la Iglesia que usted dice conocer; los matrimonios que son fieles a la palabra dada a pesar de las cruces de la vida, o de aquellos que han sufrido el trauma de la separación; o los pastores —obispos, presbíteros—, que quizá han leído alguna de sus novelas, cuentos o ensayos, que saben de literatura, de filosofía, de historia y son especialistas en humanidad; que hasta tienen un concepto mejor que el de usted sobre el hombre porque lo entienden persona, con el peso específico de una dignidad que reconocen desde la concepción hasta la muerte; por eso son fanáticos del antiaborto; fanatismo que los ennoblece, porque defienden a los sin voz, y entienden, con san Ambrosio y santo Tomás de Aquino, que “todo lo verdadero, no importa quién lo diga, vine del Espíritu Santo” (S. Th. I-II, q.109, a.1,ad 1) y que la mentira no es huérfana, pues tiene por padre a Satán y por madre a la soberbia. Que es Iglesia de santos y pecadores, de pobres, de mártires, de reyes, de presidentes y de intelectuales, como Chesterton o nuestra Edith Stein —santa Teresa Benedicta de la Cruz—, discípula de Husserl, conocedora y traductora de santo Tomás y de san Juan de la Cruz, entre otros; religiosa carmelita martirizada por los nazis intolerantes ante la diferencia. Hasta la casa editorial Fondo de Cultura Económica tuvo a bien publicar “Ser finito y ser eterno” de esta intelectual, mártir y santa Patrona de Europa con santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena. Ojalá la lea usted, señor Fuentes; le recomiendo esta obra majestuosa del pensamiento: puede ayudarle a sanarse definitivamente de su autodiagnóstico de agnosticismo —aunque nadie es buen juez en su propia causa, menos médico— pues creo, más bien, que su enfermedad es un delirium gnosticum.
Sobre Pío XII y el nazismo, bástele conocer el testimonio de Paolo Mieli, director de la “RCS”, la casa editorial más grande de Italia e ilustre periodista italiano, quien recientemente afirmó ( Zenit. org. Roma, 30 de junio del 2001) al hablar en la presentación del libro de Andrea Tornielli Pío XI,. el Papa de los judíos: “Vengo de una familia de origen judío y he tenido parientes que murieron en los campos de concentración ... Ese Papa y la Iglesia que tanto dependía de él, hicieron muchísimo por los judíos. Se calcula que algo menos de un millón, entre 700 y 800 mil judíos fueron salvados por la Iglesia y por ese pontífice. Cuando se recuerda a las personas que hicieron algo para salvar físicamente a los judíos, muy pocos pueden enorgullecerse de lo que hizo la Iglesia de Pío XII.”
Pienso con Paul Jonson, en su obra “Los Intelectuales” (Vergara, 2000), que a los intelectuales como a Rousseau, Marx, Sartre, Hemingway, Ibsen, Bertolt Brecht, y otros: “no hay que darles importancia a sus juicios sobre líderes políticos o acontecimientos importantes. Debemos recordar lo que los intelectuales habitualmente olvidan: que las personas importan más que los conceptos y deben ser colocadas en primer lugar. El peor de todos los despotismos es la tiranía desalmada de las ideas”. ¿No lo cree, señor Fuentes?

EL OBSERVADOR 315-4

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DEBATE
Mitos de la «psicología pop»
Por Andrés Silva
Cuando uno entra en una librería cualquiera se encuentra en los estantes de autoayuda con numerosos libros que promueven, entre otras muchas cosas, una suerte de «psicología pop». Estos libros, que son el éxito editorial absoluto de los últimos años, están llenos de medias verdades y de mitos.
Mito 1: No han nada malo en los seres humanos.- Melody Beattie, autora del exitoso Codependent No More («No más co-dependencia»), dice que «estamos bien. Es maravilloso ser quienes somos. Nuestros pensamientos están bien. Nuestros sentimientos son apropiados. Estamos exactamente donde debemos estar hoy, en este momento. No hay nada malo en nosotros. No hay nada fundamentalmente malo en nosotros».
Cuando leemos la Sagrada Escritura comprendemos que no somos, en principio, buenos, como enseñan los psicólogos pop, ni tampoco somos esencialmente malos, como algunas corrientes protestantes desean hacernos creer. Nosotros somos pecadores y podemos corregirnos.
Mito 2: Valgo porque existo.- En el libro titulado Autoestima, Matthew McKay y Patrick Fanning afirman: «yo valgo la pena porque respiro y siento y estoy consciente». Bien, ¿no se aplica también esto a los animales? ¿Y pierdo mi autoestima si detengo la respiración? En cierto sentido, esta afirmación está tomada de la declaración de René Descartes, «pienso, luego existo». Ellos parecen decir: «yo soy, por consiguiente, valgo la pena».
La autovaloración, sin embargo, es diferente. Nuestro valor como seres humanos tiene que ver con el hecho de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Nuestro valor nunca fluctúa porque está anclado en el hecho de que el Creador nos hizo.
Mito 3: No debemos juzgar a nadie.- En su libro titulado Autoestima, Matthew McKay y Patrick Fanning sostienen que los juicios morales sobre la gente son inaceptables: «Duro como suena, usted debe abandonar las opiniones morales sobre las acciones de otros. Cultive, en cambio, la actitud de que ellos han elegido la mejor opción disponible, dado su conocimiento y necesidades del momento. Comprenda que, aunque su conducta puede no parecer o ser buena para usted, no es mala». Según esto no existe el mal salvo cuando se tratar de distinguir lo que está mal de lo que no. Por eso, esto debe ser erradicado dejando la más completa libertad a los errores del prójimo.
Obviamente, debemos evitar caer en una constante crítica de los defectos del prójimo, pues no es caritativo y está completamente mal. Pero esa crítica desmesurada de la que debemos escapar, es muy diferente a la comprensión cabal de qué está bien y qué no para intentar eliminar todo aquello que es contrario al Espíritu de Dios y, por consiguiente, a todos nosotros.
Mito 4: No hay que sentir culpa.- Según el psicólogo Dyer, «la culpa no es una conducta natural», y nuestras «zonas de culpa» deben ser «exterminadas, lavadas y esterilizadas para siempre», pues la culpa es «una herramienta conveniente para la manipulación» y una «fútil pérdida de tiempo».
La Sagrada Escritura hace una distinción entre dos tipos de culpa: la culpa verdadera y la culpa falsa. En 2 corintios 7,10 san Pablo dice: «Pues la tristeza según Dios es causa de penitencia saludable, de que jamás hay por qué arrepentirse; mientras que la tristeza según el mundo lleva a la muerte». Cuando no existe culpa, no hay arrepentimiento.

(Resumido de un artículo de Cristiandad.org)

EL OBSERVADOR 315-5

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DILEMAS ÉTICOS
Los colombianos evitaron que los malos se salieran con la suya
Por Sergio Ibarra
En estos días se ha estado jugando la Copa América de futbol en su edición número 40, resultado de que hubo un hombre que tuvo las agallas de asumir el liderazgo que le corresponde a todo presidente de un pueblo, que particularmente ha “cargado” con una mala fama a nivel mundial.
Seguramente que Juanito, ahora convertido en “che” y en asesor de algún dirigente de futbol argentino, hizo de las suyas para evitar que el representativo de aquel país, ante los hechos ocurridos en forma previa a este hechos de impacto internacional, se aprovechó para ganar protagonismo. En este sentido me refiero al secuestro, no de uno, sino del encargado de organizar la Copa América en Colombia. Como era de esperarse, inmediatamente hubo una reacción contra aquel país, y en menos de 24 horas ya Brasil estaba más que apuntado, y hasta se llegó hablar de México. Afortunadamente el presidente colombiano se echó su país a las espaldas, como le corresponde, sacó la cara y no sólo evitó que le retiraran la sede, no sólo evitó que la cambiaran de fecha, logró algo que me parece inédito: que la Copa América se llevara a cabo como estaba previsto. Y no faltó quién afirmara que había sido por cuestiones de los intereses económicos de una cadena televisora. Imagínese usted, amigo lector, que en un acto de estos, ante el tremendo dilema que significó este momento político-deportivo, se tomaran estas decisiones por algún contrato televisivo. No pienso que haya sido así. Evitaron que los malos se salieran con la suya.
Defender una nación es una las máximas causas que podemos tener los seres humanos durante nuestra vida, es uno de los valores que se nos han inculcado desde nuestra infancia, y así los hacemos con nuestros hijos. No me diga que estaría usted de acuerdo en educar a su hijo como “gringo”. Vaya, defender a nuestra nación es una obligación.
Sin excepción, las naciones acumulan defectos y cualidades. Pero tampoco puede uno descalificar a una nación como si cualquier colombiano fuera un narcotraficante armado.
Bien por los colombianos. Nos han dado un estupendo ejemplo ante un dilema ético. Que Dios les bendiga y que esta competencia deportiva concluya sin sobresaltos. Bien por los países que se solidarizaron con nuestros hermanos colombianos, entre ellos el nuestro, que ni siquiera se cuestionó si se asistiría o no. ¿Y los argentinos? Que luego no se quejen de la fama que se han granjeado de arrogancia.

EL OBSERVADOR 315-6

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PENSAR EN CRISTIANO
Hacer de esto un apostolado
Por Rodrigo Guerra López
Uno de los aspectos en los que la cultura cristiana se ha retraído con mayor fuerza es el ámbito del pensamiento. Hubo épocas en las que la vanguardia en la física, en la química, en la biología, en la astronomía, en la genética, en la matemática, en la política, en la historia, en la pintura, en la música, en la poesía y en la filosofía era una vanguardia cristiana. No me refiero aquí solo a la Edad Media, sino que, aun en épocas posteriores, como el Renacimiento y la modernidad, para hombres como Miguel Angel, Mendel, Novalis, Heisenberg o Adenauer la experiencia de la fe no solo no era ajena a su desempeño sino que era precisamente el fundamento de éste.
La desvinculación entre fe cristiana y pensamiento muchos la explican como parte del proceso de secularización que ha vivido la sociedad moderna. Desde este punto de vista, la ciencia no puede desarrollarse con propiedad si existe la influencia o interferencia de un dato que provenga de una instancia no-científica. Sin embargo, conforme han pasado los años, hombres tan diversos como Max Horkheimer, Samuel Huntington o Alesdair MacIntyre han descubierto que el pensamiento científico, aparentemente aséptico a la fe, recayó en ella aceptando de manera acrítica un conjunto de mitos que conformaron buena parte del paradigma reinante en los dos últimos siglos al interior de muchas ciencias. Evidentemente esta recaída no consistió en el redescubrimiento de una fe como la cristiana, centrada en el encuentro con la persona de Jesucristo, sino en una fe natural que, con confianza ciega, afirmaba que la razón humana es capaz de dar explicación de toda realidad. Esta seguridad racional, curiosamente, no logró encontrar un fundamento convincente en la propia ciencia o en la filosofía que nació para justificarla (Kant). Muy por el contrario, la racionalidad moderna se tornó mítica y se desplomó (teórica y prácticamente) manifestando su insuficiencia radical.
La caída de este paradigma científico-racional ha engendrado una poderosa reacción: la postmodernidad. Con este nombre se trata de encuadrar una gran cantidad de tendencias que rechazan el ideal científico-racionalista, que gobernó hasta hace muy poco prácticamente todos los espacios de pensamiento en nuestro país y en el mundo. El rechazo al que hacemos mención en ocasiones va acompañado de un giro irracionalista sumamente radical, lo que invita a pensar que, si bien el racionalismo se agotó, su contraparte irracional no constituye una salida auténtica al problema.
Este escenario de crisis es una importante llamada de atención para los cristianos. Si nuestra fe no ilumina activamente el pensamiento en sus expresiones de mayor vanguardia en la actualidad no es porque no pueda, sino porque los propios cristianos nos hemos automarginado aceptando, tácita o explícitamente, que si Dios existe, no cabe en el mundo actual, no cabe en la complejidad de sus problemas, no cabe en la tecnicidad de sus soluciones. Los cristianos tenemos que reaprender dos cosas: a vivir la secularidad, la inserción en el mundo, como nuestra manera ordinaria de ser cristianos, y a pensar en cristiano. Esta última expresión es una invitación a que todos, especialmente los fieles laicos, trabajemos con nuestra inteligencia en el esclarecimiento del misterio del mundo, del hombre y de Dios. Trabajar con nuestra inteligencia, pensar en cristiano, hacer de esto un apostolado, es uno de los retos que tenemos por delante.. Dejar este campo vacío no solo desplaza la fe del escenario cultural, sino que dificulta que Cristo sea una propuesta creíble para nuestra sociedad, tan cargada de preguntas y tan urgida de respuestas.

EL OBSERVADOR 315-7

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
Una hija terrible
Por Yusi Cervantes Leyzaola
Estoy casada y bien con mi esposo, pero me preocupan mucho mis papás. Los recuerdo con amorosísimos cuidados, dándonos una vida digna para que pudiéramos llegar a servir y amar a Dios. Un día una hermana –que ahora tiene 25 años- comenzó a tratar mal a mamá: le contestaba, la remedaba, no aceptaba amonestaciones sin gritos maldicientes. Comenzó a alejarse de todos nosotros y a manipularnos. A la menor le aconsejaba que no hiciera caso a lo que mamá le decía, ya que mamá sólo quería amargarle la vida, no dejarla tener amigos y que no se vistiera como quisiera. Mi hermana siempre ha dicho que nunca la dejé platicar con mamá. Siempre mi madre ha sido mi confidente y tal vez la acaparaba un poco, pero nunca con el afán de ofender a mi hermana.
Mi hermana tenía relaciones sexuales con su novio y dejó de estudiar, engañando a mis papás con que aún asistía a clases. Mamá habló con papá, pero él no le hizo caso, le creyó más a mi hermana. Se agravó la tensión; mi hermana no aceptó que mi mamá la quisiera cuidar y la insultaba de mil maneras. Le decía que mamá le envidiaba su cuerpo, que no era mujer para mi papá, que ojalá se muriera, y unos insultos que no puedo reproducir aquí. Más de una vez mamá la golpeó en la cara o le tiró una cubeta de agua para ver si reaccionaba, de cómo se ponía a vociferar y gritar y llorar con rencor. También tuvo pleitos con mis hermanos, con golpes e insultos. Cuando por fin papá se dio cuenta, la corrieron de la casa. La llevaron con un psicólogo, quien dijo que estaba enferma en su afectividad y que no sólo ella estaba mal, sino toda la familia.
Mi hermana continuó su vida disipada y hablando mal de mamá. Papá la buscaba y le ayudaba con dinero, tiempo, carro, cosas. Un día mi hermana regresó a la casa, pidió perdón a todos. Contó que su novio se masturbaba todos los días, que ella lo había engañado con otros hombres, que sentía gran miedo de tener SIDA, que una amiga había abortado y casi moría… Dijo que ella no sabía que esas cosas estaban mal y por eso hizo caso al maravilloso mundo que el novio le mostró. Mamá dijo que ella había recibido toda la formación del mundo, y mi hermana respondió que no, que nunca había recibido tal información. Mi hermana volvió con el novio, comenzó a mentir diciendo que estaba estudiando, pero en realidad salía con él a robar cosas de la casa... Papá tuvo que sacarla de nuevo de la casa.
Papá le ha retirado el dinero a mamá. La humilla. Se enoja si preguntamos sobre mi hermana. Dice que la quiere salvar, pero a mamá no le quiere dar para ayudar a mis hermanas en sus estudios. Siempre está tenso o enojado. Culpa a mamá porque mi hermana no puede volver a la casa. Le dice que es de un corazón muy duro, y él se culpa del comportamiento de mi hermana. Veo cómo están sufriendo, cómo se pierde el respeto y se llega a la violencia en un matrimonio donde hubo amor y ahora hay ruptura. A todos nos afecta esta situación. Quisiera ayudarlos.

Hay un problema grave, evidentemente, y la que paga el más alto costo es tu hermana. Parece la villana de la película, y en realidad ha cometido muchos errores, pero es, tal vez, también la parte más sensible, donde recayeron los problemas de la familia.
Entiendo tu posición; sin embargo, me parece que tu punto de vista es parcial, favorable a tu mamá, a quien pareces ver como la víctima inocente. No sé qué paso ahí, pero sí puedo decirte que una hija así no sale de la nada —sería realmente extraordinario que así ocurriera— y que los errores son responsabilidad de los dos padres. Para tener una opinión más justa, tendrías que escuchar realmente a tu padre y a tu hermana. Aunque no es a ti a quien le corresponde afrontar este problema.
El de tu hermana parece ser un grito desesperado, por caminos equivocados, por encontrar afecto y aceptación. Tal vez a tu papá le ha faltado firmeza y a tu mamá le ha sobrado dureza. Por ejemplo, ese momento que cuentas donde tu hermana regresa pidiendo perdón no era el indicado para acusarla diciendo que tenía la formación necesaria. Ahí había que acogerla y comprenderla. Quizá tu hermana sienta que su peor enemiga es su madre, y eso es terrible para un corazón humano. Tu mamá podrá decir que fue tu hermana quien se rebeló y se puso contra ella, es cierto; pero no hay que olvidar quién es la madre y quién la hija. Es decir, yo pienso —tal vez me equivoco— que tu madre, desde su mayor madurez y su amor de madre, pudo haber encontrado caminos para llegar al corazón de su hija.
En cuanto a tus padres, esta situación me hace pensar que hay un viejo problema de falta de comunicación y que no hubo tal vez nunca una verdadera relación de pareja. Al resumir tu larga carta quité la parte donde recuerdas a tu mamá “pronta, amando todo lo que el hacía, apoyándolo y callada”. Después mencionas que tu papá no la escuchaba y ahora hasta la humilla. Son estas cosas las que me hacen pensar que lo primero que tus padres tienen que hacer es reconstruir o construir su relación de pareja. Tendrán mejores posibilidades de ayudar a tu hermana si ellos están unidos. Creo que el psicólogo que vieron tiene razón. Toda la familia necesita ayuda. Tal vez puedan encontrar en tu ciudad un psicólogo especialista en terapia familiar. Sería muy bueno para todos. Una de las primeras cosas que este especialista haría sería ayudarles a entender que tu hermana no es la mala del cuento. Esto es importante, porque para aceptar cualquier ayuda, tu hermana necesita sentir que se le valora y respeta. Y esto puedes hacerlo tú, desde ahora.
Pidan mucho a Dios por toda la familia y procuren verse unos a otros con los ojos con que El los ve.

La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá las preguntas que se le envíen a la dirección de El Observador; Reforma 48, apdo. 49, Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68 

EL OBSERVADOR 315-8

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