El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

23 de septiembre de 2001 No. 324

SUMARIO

bullet La gran derrota
bullet EL RINCÓN DEL PAPA El corazón del hombre es un abismo
bullet TEMAS PARA NUESTROS TIEMPOS La sublime dignidad de la persona humana
bullet REPORTAJE Ya no se puede tolerar más el escándalo de la división
bullet La posición de la Santa Sede en la Conferencia Mundial contra el Racismo
bullet MIRADA CRÍTICA Las batallas del libro
bullet LOS OJOS DE ARGOS Fuego sobre Babilonia
bullet La mayor tragedia del terrorismo mundial nació en mi corazón
bullet CORRESPONDENCIA Vivan los héroes (los santos) que nos dieron patria
bullet DILEMAS ÉTICOS El despilfarro: Una enfermedad peligrosa
bullet ALACENA Once de septiembre de 2001: la caída de los ídolos
bullet ¿Cómo sanciona la Iglesia al aborto?
bullet OPINIÓN La violencia en nuestros corazones
bullet ORIENTACIÓN FAMILIAR Mi marido quiere tiempo para pensar
bullet PINCELADAS Asno con piel de león

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La gran derrota
Por Rolando García Alonso


Mi columna no se añadirá a la ya larguísima lista de reseñas de la que hemos sido bombardeados desde el 11 de septiembre por la mañana. El objetivo de mis participaciones es más bien el de presentar una visión con cierta profundidad de un acontecimiento actual en la escena internacional. Dejemos lo cotidiano a los especialistas de la inmediatez.

De todos los títulos que periódicos y revistas han dado a sus primeras planas y portadas, la que más me impresionó es una que titulaba en inglés: «El día en que el mundo cambió».

En efecto, ni siquiera las plumas más imaginativas habían siquiera pensado un escenario como el que sucedió en la dolorosísima realidad.

¿Qué pasó? ¿Qué salió mal? Y la pregunta más importante, a la que todos debemos dedicar nuestro más lúcido espíritu, ¿qué hacer para que esto no vuelva a pasar?

No sabemos aún quiénes fueron los responsables exactos. Las pistas indican un origen en movimientos fundamentalistas islámicos.

Lo cierto es que esto surge de una percepción, cada vez más generalizada en Europa y en Medio Oriente, de que Islam y Occidente no pueden convivir juntos en armonía. Lo decía claramente el ex primer ministro de Israel Ehud Barak en una entrevista publicada en Le Monde: «la separación es el único medio para conservar un Israel judío y democrático. Sin lo cual, viviremos en un volcán, o en un país de apartheid [haciendo referencia al régimen segregacionista sudafricano], o en ambos».

Esta percepción de enemistad ha llegado hoy a los Estados Unidos y al mundo occidental. Hoy, bien que mal, escuchamos a contravoz lo que nadie se atreve a pronunciar y lo piensa: «¡Acabemos con el Infiel o practiquemos la separación absoluta!». Por eso aplaudo las declaraciones de George Bush y del Primer Ministro francés Lionel Jospin. El primero, pidiendo a sus compatriotas tratar con respeto a los árabo-estadounidenses y a los musulmanes en general; el segundo, aclarando que Francia luchará contra el terrorismo, no contra el Islam.

No podemos revivir, después de este terrible día que permanecerá siempre en nuestro corazón, el espíritu de demonización de un enemigo. Nada construyó el movimiento anticomunista en los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el senador McCarthy podía acusar a cualquier ciudadano de ser pro comunista, y con esto bastaba para que se le quitara la vida o se le hundiera en la derrota.

Nada consiguió la Guerra Fría con la demonización a ultranza del otro bando.

Ninguna civilización ha sido capaz de resistir a la patología del odio, del desprecio y de la destrucción. Es por ello que hoy, más que ayer, debemos de afinar los reflejos más altos del ser humano para responder a esta afrenta con un sólo objetivo en mente: responder construyendo el mundo en el que queremos vivir.

Lo que hagan los Estados Unidos y la gran alianza que se está construyendo en torno suyo serán los cimientos del mundo que cambió el 11 de septiembre de 2001.

Vale la pena intentar un mundo diferente. Esta gran derrota del humanismo puede abrir una nueva oportunidad.

EL OBSERVADOR 324-1

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EL RINCÓN DEL PAPA
El corazón del hombre es un abismo

El Papa sustituyó el tiempo de la catequesis de su penúltima audiencia general, celebrada en la plaza de San Pedro, para hablar sobre la tragedia de Estados Unidos. Ofrecemos a continuación parte del texto leído por Juan Pablo II:

«No puedo iniciar esta audiencia sin expresar profundo dolor por los ataques terroristas que en la jornada de ayer han ensangrentado América, causando miles de víctimas y numerosísimos heridos. Expreso mi más vivo pésame al presidente de los Estados Unidos y a todos los ciudadanos estadounidenses. Ante eventos tan horribles no se puede sino permanecer profundamente afligidos. Me uno a los que en estas horas han expresado su condena indignada, reafirmando con fuerza que las vías de la violencia nunca conducen a verdaderas soluciones de los problemas de la humanidad.

«El corazón del hombre es un abismo del que emergen a veces designios de ferocidad inaudita, capaces de trastornar en un momento la vida serena y laboriosa de un pueblo. Pero la fe viene a nuestro encuentro en estos momentos en los que cualquier comentario es inadecuado. La palabra de Cristo es la única que puede dar una respuesta a los interrogantes que se agitan en nuestro ánimo. Si la fuerza de las tinieblas parece prevalecer, el creyente sabe que el mal y la muerte no tienen la última palabra. Aquí descansa la esperanza cristiana; aquí se alimenta, en este momento, nuestra oración confiada». (VIS)

EL OBSERVADOR 324-2

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TEMAS PARA NUESTROS TIEMPOS

La sublime dignidad de la persona humana
Primera parte
Por Francesc Torralba i Rossello, doctor en filosofía y en teología



Noción de dignidad.-
El termino dignidad es un termino polisémico cuyo contenido difiere según contextos y según autores. En primer lugar, se puede definir como un atributo o característica que se predica universalmente de la persona humana. Decir de una realidad que es digna o que tiene dignidad significa, “a priori”, reconocerla como superior a otra realidad e implica, por consiguiente, un trato de respeto. El respeto y la dignidad son conceptos mutuamente correlacionados. La dignidad conlleva el respeto y el respeto es el sentimiento adecuado frente a una realidad digna como la persona.

La dignidad no es, evidentemente, un atributo de carácter físico o natural, sino un atributo que se predica universalmente de toda persona indistintamente de sus caracteres físicos y de sus manifestaciones individuales. En este sentido, la dignidad no es algo que se tiene, como un elemento cuantificable, sino que es algo que se predica del ser. Filosóficamente hablando, la dignidad no se tiene, sino que uno es o no es digno.

El término dignidad indica un atributo universalmente común a todos los hombres, sin cuyo reconocimiento no se puede ejercer la libertad y menos aún la justicia. Se trata de una característica específica que coloca al ser humano en un nivel superior de la existencia según el cual debe ser respetado por todos los existentes.

Existen distintas formas de comprender la idea de dignidad: la dignidad ontológica que se refiere al ser, la dignidad ética que se refiere al obrar y la dignidad teológica que se refiere a Dios.

Dignidad ontológica.- La dignidad ontológica se refiere al ser. Decir que la persona tiene una dignidad ontológica es afirmar que goza de una dignidad y, por lo tanto, es merecedora de un respeto y de una consideración. La dignidad de la persona humana, desde este punto de vista, radica en su ser y no en su obrar. Puede actuar de una forma indigna, pero, a pesar de ello, tiene una dignidad ontológica que se refiere a su ser. Es digno por el mero hecho de ser persona. Dice R. Guardini que “sacrificar la integridad de la persona por un fin cualquiera, incluso el mas elevado, significaría, visto en la realidad, no solo un crimen, sino también una dilapidación. La persona posee una dignidad absoluta”.

Dignidad ética.- Existe una dignidad arraigada al ser y una dignidad arraigada al obrar. La dignidad del obrar es la dignidad ética y se refiere a la naturaleza de nuestros actos. Hay actos que dignifican al ser humano, mientras que hay actos que lo convierten en un ser indigno.

La dignidad ética no debe identificarse ni confundirse con la dignidad ontológica. La primera se relaciona con el obrar; la segunda, en cambio, se relaciona con el ser. Hay seres que, por su forma de obrar y de participar en el seno de la comunidad, se hacen dignos de una dignidad moral, mientras que los hay que, por su forma de vivir, son indignos desde un punto de vista moral. Sin embargo, ambos, por el mero hecho de ser personas, tienen una dignidad ontológica.

Dignidad teológica.- La dignidad teológica se elabora por referencia a Dios. Desde el punto de vista bíblico, en el Génesis, la persona se define como imagen y semejanza de Dios. No esta o aquella persona, sino toda persona. Esto significa que la persona es un ser heterogéneo en el conjunto de la creación, pues solo ella es icono de Dios.

Esta particularidad en el conjunto de la creación es la base de su dignidad. Desde un punto de vista teológico, lo que hace a la persona un ser digno no es su naturaleza, su inteligencia, su libertad o su capacidad de amar, sino el hecho de ser imagen de Dios. La razón ultima, pues, de su dignidad radica en que es imagen de la Bondad Suprema.

Santo Tomas de Aquino, la figura más sobresaliente del pensamiento cristiano medieval, hace radicar la superioridad de la persona sobre el resto de la creación material en el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, y ese mayor grado de similitud se debe a que el hombre posee una voluntad libre, por la que puede dirigirse a sí mismo hacia su propia perfección. Con palabras de la Suma Teológica: “el hombre es imagen de Dios en cuanto es principio de sus obras por estar dotado de libre albedrío y dominio de sus actos”.

Esta fundamentacion de la dignidad, que en la historia del pensamiento occidental ha tenido tanto influjo, pertenece a una tradición simbólica muy determinada: el universo judeocristiano.

En nuestra próxima entrega hablaremos de la relatividad, de las caracterizaciones filosóficas y de las manifestaciones de la dignidad humana.


Contacte con el doctor Francesc Torralba i Roselló en nuestra dirección de internet: “Francesc Torralba i Resolló” <rodobooks@yahoo.com>

EL OBSERVADOR 324-3

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REPORTAJE

«Ya no se puede tolerar más el escándalo de la división»


Extracto del mensaje del Papa para el encuentro de grandes religiones por la paz

Del 2 al 4 de septiembre de 2001, con motivo del XV Encuentro Internacional de Oración por la Paz, se reunieron en Barcelona los representantes de las grandes religiones mundiales. Juan Pablo II no pudo estar presente, pero envió un mensaje que a continuación resumimos:

«El presente Encuentro significa una etapa importante, no sólo por haber llegado a su XV edición, sino también porque con él quieren subrayar cómo entrar en este nuevo tiempo. No sólo con los debates y las reflexiones que se han tenido estos días, sino, sobre todo, con la presencia de ustedes, manifestan al mundo que es bueno iniciar el siglo XXI no con discrepancias sino con una visión común: el sueño de la unidad de la familia humana.

«Yo hice mío este sueño cuando, en octubre de 1986, invité a Asís a mis hermanos cristianos y a los responsables de las grandes religiones mundiales para orar por la paz: uno junto al otro, ya no uno contra el otro. En efecto, quería que todos, jóvenes y mayores, mujeres y hombres, en un mundo divido aún en dos bloques y condicionado por el miedo a la guerra nuclear, se sintieran llamados a construir un futuro de paz y prosperidad. Tenía ante mis ojos como una gran visión: todos los pueblos del mundo en camino desde diversos puntos de la Tierra para congregarse ante el único Dios como una sola familia. Aquella tarde memorable, en la ciudad natal de san Francisco, aquel sueño se hacía realidad: era la primera vez que representantes de diversas religiones del mundo se encontraban juntos.

«Han pasado quince años desde entonces. Aprovecho esta ocasión para agradecer vivamente a la Comunidad de San Egidio haber secundado aquella iniciativa y haber seguido proponiéndola con esperanza, año tras año, para que los esfuerzos por la paz perseveren sin desfallecer, aun en medio de grandes adversidades. Estas jornadas se llevan a cabo en un clima de fraternidad, que yo quise denominar el 'espíritu de Asís'. En estos años ha crecido una amistad entrañable que se ha extendido a tantas partes del mundo y ha dado no pocos frutos de paz. Muchas personalidades religiosas se han unido a los primeros que vinieron, a través de la oración y la reflexión. Han asistido también personas no creyentes que, buscando honradamente la verdad, han participado con el diálogo en estos encuentros, hallando en ellos gran ayuda. El diálogo entre las diversas religiones no sólo 'aleja el espectro funesto de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos períodos en la historia de la humanidad' (Novo millennio ineunte, n. 55), sino que establece, sobre todo, condiciones más seguras para la paz. Todos nosotros, como creyentes, tenemos un deber grave y al mismo tiempo apasionante, además de urgente: 'El nombre del único Dios tiene que ser cada vez más, como ya es de por sí, un nombre de paz y un imperativo de paz' (ibíd.).

«Juntos, queridos hermanos y hermanas, 'rememos mar adentro' en el diálogo ecuménico. Que el tercer milenio sea el de la unión en torno al único Señor: Jesucristo. Ya no se puede tolerar más el escándalo de la división: es un 'no' repetido al amor de Dios. Demos voz a la fuerza del amor que Él nos ha mostrado para tener la audacia de caminar juntos.

«Junto con vosotros, representantes de las grandes religiones mundiales, debemos también 'remar mar adentro' hacia el gran océano de este mundo para ayudar a todos a levantar la mirada y dirigirla hacia lo Alto, hacia el único Dios y Padre de todos los pueblos de la Tierra. Reconoceremos que las diferencias no nos empujan al enfrentamiento sino al respeto, a la colaboración leal y a la edificación de la paz. Todos debemos apostar por el diálogo y el amor como las únicas vías que nos permiten respetar los derechos de cada uno y afrontar los grandes desafíos del nuevo milenio».

Manifiesto de la Paz, Barcelona 2001


El XV Encuentro Internacional de Oración por la Paz concluyó con la proclamación del Manifiesto de la Paz, firmado por líderes de unas 150 religiones procedentes de los cinco continentes. Éste es el texto íntegro del Manifiesto:


En este siglo que acaba de comenzar, hombres y mujeres de religiones distintas, provenientes de muchas partes del mundo, nos hemos reunido en Barcelona para invocar a Dios el gran don de la paz. A orillas de este Mediterráneo que ha conocido conflictos y cohabitación, se ha elevado una oración intensa para que de muchas partes del mundo se aleje la guerra. En la conciencia de las diferentes religiones resuena el eco de una convicción: Dios ama la paz y no quiere la guerra, y quien invoca el nombre de Dios descubre que su nombre quiere decir paz. Esta convicción y esta oración son una riqueza para el mundo.

Nos han alcanzado las demandas de los pueblos en guerra, de los pobres, de las víctimas del odio. A los hombres de religión se han unido algunos testigos de la búsqueda de lo humano. Sentimos que es común el desafío de hacer crecer un alma pacífica en nuestro mundo globalizado. El alma permite descubrir los muchos rostros del mundo.

La paz es el nombre de Dios y quien usa el nombre de Dios para odiar al hombre o para usar la violencia abandona la religión pura. Ninguna razón ni ninguna injusticia padecida justifican nunca la eliminación del otro.

Hemos vivido días de diálogo. Estamos convencidos de que el diálogo entre las religiones y las culturas debe continuar en el siglo que se ha abierto. El camino para superar los recelos y los conflictos es el diálogo, porque no sólo no debilita la identidad de ninguno sino que permite redescubrir lo mejor de uno mismo y del otro. Sí, nunca se pierde nada con el diálogo. El diálogo es la medicina que ayuda a purificar la memoria de las injusticias padecidas y a soñar un futuro para las jóvenes generaciones. En una sociedad en la que cada vez más la gente distinta vive junta, es necesario aprender el arte del diálogo. Las religiones están comprometidas en este camino, que se nutre de esperanza, de sentido de misericordia y de disponibilidad.

No queremos dejar solos a los pueblos en una globalización sin rostro. No queremos dejar solos a los pueblos víctimas de la guerra, madre de todas las pobrezas. No queremos dejar sola a África mientras afronta la pobreza, la enfermedad y la guerra. Sentimos que su destino es decisivo para Europa y el mundo. No queremos dejar a nuestros hijos huérfanos de la esperanza en un medio ambiente que se va degradando de manera irresponsable hacia el futuro.

En estos días, en Barcelona, ha crecido una comunidad de buscadores de paz que procede de historias, tradiciones, religiones y lenguas diferentes. Es nuestra riqueza y nuestra fuerza. Sólo tenemos la fuerza débil de la fe, de la oración y de la amistad. La oración y la amistad purifican nuestro corazón y nos ayudan a decirnos mutuamente la palabra difícil y comprometedora del perdón, gran camino de paz. Nos ayudan a soñar un nuevo siglo sin guerras, respetuoso con los pueblos, atento al medio ambiente y unido en su diversidad.

Entonces, ¡nunca más la guerra! ¡Que Dios conceda al mundo entero y a cada hombre y a cada mujer el maravilloso don de la paz!

EL OBSERVADOR 324-4

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La posición de la Santa Sede en la Conferencia Mundial contra el Racismo



Del 31 de agosto al 7 de septiembre se celebró en Durban (Sudáfrica) la Conferencia Mundial contra el Racismo. La Santa Sede fue representada por una importante delegación, que distribuyó entre los participantes la segunda edición del documento titulado «La Iglesia frente al racismo - Por una sociedad más fraterna», escrito por el cardenal François-Xavier Nguyen Van Thuân en su calidad de presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. El documento se resume a continuación:

«Es posible interrogarse sobre la contribución específica que la Iglesia católica está llamada a ofrecer, no sólo a toda la Conferencia de Durban, sino más generalmente a la lucha contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia.

«La primera repuesta obligada es que del corazón del hombre nacen homicidios, maldad, envidia, y soberbia (Mc 7,21) y, por tanto, a este nivel la contribución de la Iglesia es particularmente importante e insustituible, con sus constantes llamamientos a la conversión personal. De hecho, hay que dirigirse ante todo y sobre todo al corazón del hombre, pues hay que purificar continuamente el corazón para que ya no sea el miedo o el espíritu de dominio los que le subyuguen, sino más bien la apertura hacia el otro, la fraternidad y la solidaridad. Aquí está el papel fundamental de las religiones y, en particular, de la fe cristiana, que enseña la dignidad de todo ser humano y la unidad del género humano. Y si la guerra o situaciones graves tuvieran que hacer de otro hombre un enemigo, el primer y más radical mandamiento cristiano es precisamente el del amor al enemigo y el de responder al mal con el bien.

«Al cristiano no le está permitido tener propósitos y comportamientos racistas o discriminatorios, aunque, por desgracia, no siempre es así en la práctica ni lo ha sido siempre ha través de la historia. En ciertas ocasiones, puede suceder que el mal sobrevive a quien lo ha realizado, a través de las consecuencias de los comportamientos, y éstos últimos pueden convertirse en un pesado fardo que pesa sobre la conciencia y la memoria de los descendientes. Entonces se hace necesaria una purificación de la memoria: 'Purificar la memoria significa eliminar de la conciencia personal y común todas las formas de resentimiento y de violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de un juicio histórico-teológico nuevo y riguroso, que funda un posterior comportamiento moral renovado [...] con vistas al crecimiento de la reconciliación en la verdad, en la justicia y en la caridad entre los seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en relación' (Comisión Teológica Internacional, Memoria y reconciliación - La Iglesia y las culpas del pasado, capítulo V, 1).

«Acto de amor gratuito, el perdón tiene sus exigencias: es necesario reconocer el mal que se ha hecho y, en la medida de lo posible, poner remedio. La primera exigencia es el respeto de la verdad. La mentira, la deslealtad, la corrupción, la manipulación ideológica o política hacen imposible la estabilización de relaciones sociales pacíficas. Aquí reside la importancia de procedimientos que permitan establecer la verdad, procedimientos necesarios pero delicados, pues la búsqueda de la verdad corre el riesgo de transformarse en sed de venganza. A la exigencia de la verdad se le añade otra: la justicia. Dado que 'el perdón, lejos de excluir la búsqueda de la verdad, la exige. El mal cometido debe ser reconocido y, en lo posible, reparado. Precisamente esta exigencia ha llevado a establecer en varias partes del mundo, ante los abusos entre grupos étnicos o naciones, procedimientos oportunos de búsqueda de la verdad, como primer paso hacia la reconciliación' (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1º de enero 1997, n. 5).

«La Santa Sede es bien consciente de la importancia y, al mismo tiempo, de la delicadeza de los problemas ligados a la 'exigencia de reparación', especialmente cuando se traduce en peticiones de indemnización. Pero no le corresponde proponer una solución técnica a un problema tan complejo. Sin embargo, la Santa Sede expresa la convicción de que hay que mirar cada vez más hacia el pasado con una memoria purificada para afrontar serenamente el futuro».

EL OBSERVADOR 324-5

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MIRADA CRÍTICA

Las batallas del libro
Por Santiago Norte



Cuando el escritor mexicano Carlos Fuentes describió la belleza del libro, su esperanza del pasado y su memoria del futuro, durante la presentación del Plan de Cultura del CNCA, hablaba del libro en abstracto, es decir, sin considerar las características actuales de la sociedad mexicana.

Se ha dicho hasta el cansancio que a los mexicanos nos toca medio libro leído por año. Creo que es una exageración, a no ser que por libro leído se cuente a las novelas semanales de vaqueros, de matones y de ligues. A lo mejor, sí. Lo cierto es que las grandes capas de la población de nuestro país no leen ni en defensa propia.

Todo el mundo recuerda, con malsana frescura, la campaña que emprendió José Vasconcelos, siendo ministro de Instrucción Pública, durante el cuatrienio de Alvaro Obregón. Hace casi 80 años, y a la sombra de un generalote.... Desde entonces ninguno de los gobiernos «emanados de la Revolución» ha hecho nada significativo para que el libro, el buen libro, llegue a las manos de los mexicanos. Porque libros si le llegan, pero la mayoría ni le hacen (al mexicano) ser él mismo, ni le hacen ser de otro modo y, mucho menos, le hacen ser más, que es lo que hacen los buenos libros.

Gabriel Zaid ha escrito maravillas sobre cómo difundir el libro en México. La industria editorial se muerde las uñas para sacar libros de calidad. Acaban triunfando Cohelo y Cornejo, Harry Potter y Marcial Lafuente Estefanía. Ahora le quieren poner el IVA. También a los periódicos y a las revistas. Con IVA o sin IVA, la verdad es que la gente no lee. Y, por lo que se ve, tampoco tendrá muchas ganas de leer. Razones hay muchas, pero me quedo con una: porque la gente prefiere ver la televisión.

La campaña que dicen los manuales de historia que emprendió Vasconcelos era doble: poner buenos libros, con buenas traducciones, en las manos de todos y a precios bajos, subvencionados por un gobierno que, además de entender de cañonazos de a 50 mil pesos, entendía de iniciativas populares, o que al menos le daba cuerda a su ministro de Instrucción.

Es posible que si tienen IVA los libros circulen menos. Pero no demasiado posible. De medio libro a ningún libro al año leído por cada mexicano existe poca diferencia. La verdadera batalla por el libro pasa por el amor a la lectura. Y una vez «enganchados» en aquello que formaba el título de un libro que leyó mi generación en la secundaria, El galano arte de leer, con IVA o sin IVA habrá lectores.

EL OBSERVADOR 324-6

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LOS OJOS DE ARGOS

Fuego sobre Babilonia
Por Diego García Bayardo



El mundo contempla sorprendido los resultados de un ataque terrorista sin precedentes; un novedosa y macabra versión del fenómeno kamikaze se abatió nada menos que sobre el país que se suponía inexpugnable: los Estados Unidos.

Dos aviones secuestrados, convertidos en proyectiles, destruyeron de forma directa las Torres Gemelas de Manhattan y provocaron el derrumbe de dos edificios más, mientras otro avión arrasaba la quinta parte del Pentágono y uno más se desplomaba en Pittsburg.

Como es obvio, el espíritu cristiano rechaza la violencia y condena no sólo el asesinato de miles de civiles inocentes, sino también la muerte de centenares de militares que laboraban en el Pentágono y no estaban participando en una guerra abierta. Dios ama también a los soldados.

Pero hay que recordar que el ataque terrorista de la semana pasada en EU no es una acción que puede inducir una reacción; este atentado ya fue en sí una reacción ante años de intervención armada, a veces directa, a veces solapada, perpetrada por EU contra diversas naciones soberanas de todos los continentes. En el golpe directo que recibió la sede del Departamento de Defensa estadounidense se trasluce el deseo de revancha de alguna de tantas víctimas de la política intervencionista que de ahí ha emanado por tanto tiempo. Ahora, el edificio en el cual se gestaron y ordenaron los bombardeos a Trípoli y Bagdad, los genocidios en El Salvador y Guatemala, el asesinato de Mons. Arnulfo Romero, los 17 errores de bombardeo sobre Kosovo e infinidad de crímenes más, ese edificio se convierte en el blanco de un ataque devastador.

Después de bombardear Veracruz, Dresden, Hiroshima y Nagasaki, Bagdad y mil lugares más, el poder militar de Babilonia recibe lo que tantas veces sembró. Pero no lo va a reconocer. Miles de voces estadounidenses piden a su gobierno una venganza apocalíptica que demuestre de un vez por todas cómo EU puede hacerle lo que quiera a quien quiera, en nombre de la libertad, la justicia y todo lo demás. Ya dijo el presidente Bush que su país fue atacado por ser “el faro más brillante de la libertad”. Disculpe, pero a nadie se le bombardea nada más por que sí. ¿Puede hablar de libertad el imperio más cruel que ha existido nunca?

La re-reacción estadounidense se desarrollará en varios sentidos. Primero, ostenta el desastre civil en Nueva York y soslaya el ataque de su centro militar para atraer la simpatía, que bien puede merecer sin necesidad de manipulaciones. Segundo, olvida y hace olvidar que todos los autores materiales del crimen ya están muertos (se trató de ataques suicidas) y que sólo resta buscar a cómplices o autores intelectuales, involucrados en mayor o menor medida. Con esto, Babilonia la Grande insiste en que los atentados no han sido castigados en modo alguno, y se arroga el derecho de devastar el o los países que considere relacionados de alguna forma con el incidente. Ya los afganos empiezan a temer por sus vidas. Palestina pagará caro sus festejos. Tercero, se ve venir un recrudecimiento de la vieja xenofobia que tanto ha influido en la política interna y externa de Estados Unidos. En conclusión, este ataque, tan lamentable de por sí como drama humano y moral, parece que ha de convertirse en el origen de mayores y más duraderas tragedias para quién sabe cuantas naciones e individuos, a menos que los EU, en contra de todo su ser y sus tradiciones, decidan perdonar, se atrevan a cuestionar sus propios actos y acepten, al fin, el derecho a la existencia de todos los no-americanos, o sea, de usted, de mí y de nuestro prójimo.

EL OBSERVADOR 324-7

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La mayor tragedia del terrorismo mundial nació en mi corazón
Por Guadalupe Chávez Villafaña



Nueva York, en caos. Los Estados Unidos, aterrorizados. Y todo el mundo en la mayor conmoción de la reciente historia.

A todos nos estrujó hasta lo más profundo de nuestro ser. ¿Cómo pueden existir seres humanos capaces de causar tanta maldad, de provocar tanto daño, de ser tan insensibles?

No dábamos crédito a lo que veíamos, el infierno se hacía una realidad para muchas personas, confirmábamos la tristemente frase de un tristemente célebre mexicano: los demonios andan sueltos. ¿Pero sólo en Nueva York? ¿Sólo en Washington? ¿Sólo en Pensilvania?

No, desgraciadamente, no. El origen de esas barbaries se encuentra precisamente en el corazón del hombre. Quizás nazca en ciertos hombres barbados y morenos, como los palestinos extremistas, de quienes en un principio se sospechó; quizás en el interior del ejército rojo japonés, que en un inicio reivindicó el atentado como venganza de la bomba atómica de Hiroshima.

Estoy segura de que todos, en medio de nuestra sorpresa, indignación y dolor nos pusimos un espejo interior para mirarnos por dentro, y nos preguntamos: ¿Cuántos odios escondidos guardo en mi corazón? ¿Cuántas palabras hirientes han lastimado a quienes me rodean? ¿Cuántos momentos de impaciencia han lesionado la autoestima de mis compañeras de trabajo? ¿Cuántos regaños han humillado a mis hijos?

¡Cuánto para reflexionar, cuánto para enmendar!… Y es que cualquier acto terrorista nace en un corazón triste y rencoroso. Cualquier guerra tiene su origen en un desprecio, en un acto de superioridad o racismo, en un “no quiero nada contigo”, en un acto de egoísmo.

Cualquier batalla y violencia proviene de la envidia, del orgullo, de la soberbia, de sentirme el centro del mundo. En el fondo, la raíz nace de olvidar el auténtico sentido de la vida, de perder la brújula, de alejarme de Dios.

Testimonio: luchar por la paz, empezando por mí

Justo dos horas después del peor ataque terrorista en la historia del mundo me llamó una amiga con la que teníamos que resolver algunos “problemillas” de trabajo que urgían y que nos venían distanciando emocionalmente. Ante la magnitud de la tragedia que ambas teníamos frente a las pantallas de la televisión, nuestros problemas, nuestros malos entendidos, todo tomó su justa dimensión.

Nos percatamos, también, de que requeríamos un examen urgente de conciencia para intentar borrar cualquier “manchita” de rencor, que requeríamos pedirnos perdón desde el fondo del alma. Borrón y cuenta nueva, nos dijimos, después de una sentida disculpa; nos dimos cuenta que no había por qué desgastar tiempo y emociones en bagatelas, y que de hoy en adelante hemos de luchar denodadamente por la paz, empezando por mí; porque, en última instancia, todas las tragedias, todos los terrorismos, todas las guerras nacen dentro del corazón humano.

EL OBSERVADOR 324-8

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CORRESPONDENCIA

Vivan los héroes (los santos) que nos dieron patria



Pensando en la Iglesia de antaño, la Iglesia de nuestros padres y nuestros abuelos, fácilmente cometemos una lamentable equivocación. Pensamos en una Iglesia oscurantista, anticuada, aburrida, ociosa, estéril, ingenua. En una Iglesia de viejitas calientabancas (como las ha llamado por ahí algún infeliz) y de curas de mesa y breviario (como los ha llamado otro infeliz). Vemos con indulgente compasión a aquella Iglesia preconciliar, y nos sentimos satisfechos de nuestra Iglesia moderna, eficaz y proactiva.

De cierto tiempo para acá han caído en nuestras manos notas sobre la vida de nuestros mártires y un libro de memorias de un general cristero. Independientemente de la legitimidad del movimiento cristero, basta asomarse un poquito a estos testimonios para percibir una imagen muy distinta de la Iglesia. Una imagen de una Iglesia valiente, dinámica, comprometida.

Cada biografía es un testimonio de trabajo por el Reino de los Cielos y de trabajo por los hombres de la Tierra. Encontramos entre estos antecesores nuestros, hombres y mujeres para quienes lo primordial en la vida era su fuerte y sincero compromiso con Dios y con el hombre. Padres de familia, jóvenes, mujeres, sacerdotes y laicos comprometidos que con gran valentía dieron su vida gritando sin vacilación «¡Viva Cristo Rey!». Cristianos que tuvieron a Cristo como centro de su vida  no solo al momento de la muerte, sino a lo largo de toda su existencia. Una fe verdaderamente admirable para nosotros los católicos ¡light! de estos tiempos. Tal vez a algunos de nosotros nos han llegado historias de nuestros abuelos ayudando o escondiendo a sacerdotes, poniendo en peligro sus vidas y las de sus familias. Los mártires oficialmente reconocidos son 26. Los santos y héroes fueron muchos más.

Hombres libres que no pudieron ser esclavizados por la búsqueda de riqueza, comodidad o seguridad. Que no pudieron ser dominados por el miedo o por las pasiones. Hombres libres que, aun encadenados o colgando de una cuerda, mantuvieron su voluntad de predicar a Cristo. Fue más fácil matarlos que esclavizar sus espíritus. Esa libertad queremos algún día para todos los mexicanos. Lucharon con las armas de la fe contra las armas de la violencia y salieron triunfadores.  Sus enemigos han ido desapareciendo. Su testimonio vive para siempre. Esa dolorosa época de la persecución religiosa (malamente llamada guerra cristera) hoy resulta gloriosa tanto para la Iglesia como para México.

Nuestra historia nacional es una lista de grandes hombres luchando los unos contra los otros por el poder de gobernar sobre los hombres pequeños. La historia de nuestros mártires es una lucha de un pueblo por servir a Dios contra la voluntad de un dictador.  Es lo más parecido que hay en nuestra historia a una verdadera revolución.  Tal vez por eso no aparece en los libros oficiales de historia nacional.

Oficialmente, tiempo después la persecución terminó. Hasta los enemigos de Dios se dan cuenta de que la sangre de los mártires es el mejor abono para la fe. Las estrategias cambiaron. La nueva estrategia consistió en combatir a la fe por medios sutiles. Por medio de adoctrinamiento antireligioso en la escuela obligatoria. Por medio de la propagación de ideologías marxistas en escuelas superiores y centrales obreras. Por medio de la explotación de la inmoralidad. Por medio de la promoción de la cultura moderna materialista, hedonista y competitiva, diametralmente contraria al Evangelio. Y, lo que son las cosas, esta vez sí les funcionó. Fue más efectivo desacreditar la religión que prohibirla. Después de muchas décadas de deseducación, hoy somos (me incluyo) una inmensa mayoría de mexicanos tibios y materialistas que solo respetan la ley del mayor placer con la menor responsabilidad. Nada más mencionar la palabra ¡valores! hace temblar al hombre de mundo. Un pueblo difícil de gobernar pero fácil de explotar. Por eso nuestro actual gobierno está teniendo tantas dificultades. Hoy la persecución no se hace por medio de soldados, sino de intelectuales, liberales y publicistas en los libros, las revistas, los programas, los anuncios y los discursos.

Sean bienvenidas todas las brillantes manifestaciones actuales del celo apostólico, todos los nuevos movimientos de evangelización, que son la única esperanza de esta sociedad. Pero que, lejos de compadecer a nuestra Iglesia, vivamos orgullosos de una Madre y Maestra que siempre ha hecho en su tiempo lo que en ese momento era necesario hacer, y que también lo va a hacer mañana. Y demos gracias a Dios por esos padres espirituales que nos dio. Por esos hombres que trabajaron por darnos una patria física y una patria espiritual. Por esos hombres que hasta el último minuto fueron libres para gritar con su voz y con su ejemplo: ¡Viva Cristo Rey!. Permita Dios que algún día alcancemos su nivel de fe y de compromiso.
Walter Turnbull

EL OBSERVADOR 324-9

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DILEMAS ÉTICOS

El despilfarro: Una enfermedad peligrosa
Por Sergio Ibarra



Se ha anunciado la expropiación de 27 de los 59 ingenios. Es pertinente señalar que este grupo, que bien pudiese llamarse “el de los 59”, se ha ocupado de crear un club, desde varios lustros, dedicado a poner de rodillas a la economía. Ha puesto en jaque a gobiernos, a ciudadanos y a industrias con un insumo que es, por su naturaleza y su importancia económica, estratégico: el azúcar.

A decir del secretario de Agricultura, Javier Usabiaga: “La decisión de expropiar 27 ingenios azucareros se tomó por las prácticas indebidas de un grupo de personas dedicadas a la agroindustria que han afectado profundamente al sector”.

¿Qué hay detrás de esta decisión? Un dilema ético, por varias razones:

Por un lado, para el gobierno federal el tener que tomar una decisión de esta naturaleza es echar atrás el modelo neoliberal, que propone quitar del escenario productivo al gobierno.

Para los azucareros, el haber incurrido en el despilfarro contra la modernización del sector. El haber obtenido ganancias en cantidades extratosféricas, que difícilmente el lector se podría imaginar, sin haber devuelto en inversiones cantidades proporcionales que preparasen hacia el futuro, hacia el DESARROLLO. Estos industriales son una pobre muestra o una muestra pobre de que la producción creativa de una mente humana, sumada a la producción creativa de otras mentes humanas, en torno a una visión, a un propósito común compartido, ha sido ignorada con todo lujo, ha sido su mayor despilfarro. Lo anterior constituye la base del corazón y la mente de la empresa ultramoderna.

¿Por qué en pleno 2001 se tienen que tomar estas medidas? ¿Por qué no terminamos de ver y no queremos ver que no podemos seguir en el mismo modelo anterior?

Jesús nos regaló la parábola del “Hijo pródigo” no para que despilfarremos nuestras vidas, nuestras riquezas, nuestras empresas. Nos la regaló para que nos anticipemos, como católicos, a nuestros actos, a nuestros juicios en relación a cuanto tenemos bajo nuestra responsabilidad. Bien dice la Biblia: “Al que más se le dé más se le va a exigir”.

Esta decisión del Gobierno Federal pone en entredicho su credibilidad, pero nos deja a usted y a mí una reflexión: ¿Estaremos despilfarrando?

EL OBSERVADOR 324-10

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ALACENA

Once de septiembre de 2001: la caída de los ídolos
Por Humberto M. Marsich, misionero javeriano



Hoy el terrorismo ganó su guerra. Logró humillar a la humanidad entera. Quienes pertenecemos a la raza humana, hoy nos sentimos indignados. Hemos superado toda imaginación y todo límite. El mal, diabólicamente diseñado, ha desplazado su misma perversidad. Hemos caído en lo absurdo, asistiendo, impotentes y consternados, a la escenografía más alucinante: el desplome calculado de aviones y torres gemelas, llenas de humanidad inocente.

Truncar la vida a miles de inocentes, destrozar la existencia de un sinnúmero de familias y lastimar el alma de todo ser humano ha sido obra del «demonio humano». Hoy el «demonio humano» se ha disfrazado de Dios y ha tomado su lugar. No puede ser auténtico un Dios que justifica la catástrofe; no puede ser auténtico un Dios que bendice la venganza; no puede ser auténtico un Dios que alimenta el odio y sacraliza la guerra. No es verídico un Dios de muerte.

Nuestro Dios cristiano es vida, es amor, es fraternidad, es perdón, es justicia. Sin embargo, este nuestro Dios, hoy, se ha eclipsado... pero su impotencia es debida al hombre. Dios, hoy, ha llorado con nosotros. Dios, quien nos ha creado libres y racionales, por amor respeta nuestra libertad e inteligencia y soporta el uso que de ellas hagamos.

Osama Bin Laden, el sospechoso número uno de todos los atentados de este infeliz día, no es más que el símbolo de toda la humanidad enfermiza y alocada. No puede ser tal una humanidad que, poco a poco, ha reemplazado a Dios con falsos ídolos. Las fetichizaciones, más o menos inconscientes, del dinero, del poder y del placer desordenado han socavado hábilmente el corazón del hombre y mermado los grandes valores del espíritu. El homo demens (el hombre demente) es el resultado de esta obra nefasta de destrucción de Dios y de su proyecto.

Hoy, con las torres gemelas, se nos han caído los ídolos. Se nos ha quitado la tierra bajo nuestros pies y padecemos el vértigo de existir... no hay donde atraparnos porque a Dios lo hemos marginado. La perspectiva de un tercer conflicto global nos angustia y nos apanica. El mal nunca se acaba hasta que sobrevive el hombre. Un mal moral trae siempre otro males.

La satanización del enemigo se convierte en un estímulo poderoso para acabar con él. Dentro de las psicopatologías sociales, el fanatismo religioso es, sin lugar a dudas, el más nefasto: la persona se convence de que su tétrico deseo de venganza y destrucción coincide con la voluntad de Dios, y a Dios no se le debe desobedecer.

El espejismo de un paraíso hermoso en el más allá, donde el hombre podrá, finalmente, gozar de todo lo que el enemigo humano no le ha permitido, es propuesta onírica suficiente para lanzarse, dentro de un avión, contra el enemigo. El fanatismo, de la religión que sea, siempre será cínico e inhumano. Siempre será condenable. Dos mil años de cristianismo no han sido suficientes para bendecir a la humanidad y sanar su espíritu.

Hoy, más que nunca sacudidos por el desplome del World Trade Center de New York, trastornados por el gigantismo de la perversión del hombre sin Dios, angustiados por lo que podrá suceder, nos hincamos a los pies de Jesús, manso y humilde de corazón, suplicando su intervención. Que detenga la mano de Caín.

Mañana volveré a jugar con mis niños de la escuela para recobrar el optimismo perdido y recuperar la esperanza frustrada. Sólo su inocencia y su candor, hoy, pueden reconciliarnos con la vida. Sus sonrisas son presencia de Dios y aliento a seguir luchando por otra humanidad.

EL OBSERVADOR 324-11

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¿Cómo sanciona la Iglesia al aborto?

Uno de los aspectos más ignorados de la doctrina de la Iglesia son las penas fulminantes dirigidas contra quienes promueven, cooperan o practican el aborto.



¿Cuál es el pensamiento de la Iglesia católica sobre el aborto? Unánimemente, a lo largo de toda la historia, los Padres de la Iglesia, sus pastores y sus doctores han condenado el aborto al que calificaron de homicidio. Los más antiguos documentos de la Iglesia denunciaron al aborto con severísimas palabras por ser contrario a la ley natural y a la ley divina. Pueden consultarse al respecto: la Didaché apostolorum; Atenágoras, En defensa de los cristianos, 35, P.G. 6, 970; Tertuliano, Apologeticum, IX, 8, P.L. I, 371-372, y santo Tomás de Aquino, Comentario sobre las Sentencias, Libro IV, dist. 31, exposición del texto.

¿Qué sanciones prevé la Iglesia contra quienes practican el aborto? «Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión 'latae sententiae', es decir, automática (sin que medie sentencia). La excomunión afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena» (cfr. Código de Derecho Canónico, canon 1398; Enc. Evangelium vitae, n. 62).

La excomunión significa que un católico queda privado de recibir los sacramentos mientras no le sea levantada la pena: no se puede confesar válidamente, no puede acercarse a comulgar, no se puede casar por la Iglesia, etc.

La Iglesia reserva el levantamiento de la excomunión al obispo diocesano o al sacerdote en quien éste delegue.

¿Y qué penas reciben quienes aconsejaran, incitaran o directa e indirectamente provocaran un aborto? Conforme la Encíclica “Evangelium vitae” (n. 62), «la excomunión afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido».

Tómese en consideración que el Código de Derecho Canónico no establece ninguna excepción referida a los motivos que llevaron a practicar el aborto. La excomunión, por lo tanto, alcanza también a quienes realizan el aborto en todos aquellos casos muchas veces presentados como excepcionales: violación o peligro de vida de la mujer, deformidades en el no nacido, etc.

Dicha pena recae sobre todos los que conscientemente han prestado colaboración indispensable para que se cometa el aborto, tanto de forma material (profesionales médicos y personal sanitario), como moral o psicológica (marido, novio, padres, etc.)

(Fuente: Cristiandad.org)

EL OBSERVADOR 324-12

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OPINIÓN

La violencia en nuestros corazones
Por Yusi Cervantes



Vemos las imágenes y no podemos creerlo. Parecieran escenas tomadas de una película con brillantes efectos especiales. ¡Estamos tan acostumbrados a esa violencia que los Estados Unidos promueven en sus películas y series de televisión! Cuesta trabajo caer en la cuenta de que son reales.

Como real ha sido la violencia en el Pérsico, en el Medio Oriente, en Europa Oriental… Tantas guerras, tantos atentados, tanto odio entre hermanos.

Pero ahora el atentado fue en territorio de Estados Unidos, en puntos verdaderamente estratégicos. Y el mundo está consternado. Y de pronto cabe preguntarse: ¿Por qué no nos consternamos así por los actos de violencia cometidos en otras partes del mundo? ¿Por qué no nos consternamos, por ejemplo, ante ese otro tipo de violencia que provoca que miles de niños mueran a causa de la pobreza?

Estados Unidos ha sembrado violencia. Eso no justifica la violencia contra ellos. Dos males jamás serán un bien.

Aunque hablar del bien respecto a Estados Unidos es delicado, puede prestarse a confusiones. Preocupa el discurso de Bush acerca de que «Esta es una lucha monumental del bien contra el mal, pero el bien prevalecerá».  Es esa ceguera impresionante respecto al resto de la humanidad. Ellos son los buenos, los representantes del bien, como en una mala película de vaqueros. Esta posición, sin embargo, no es exclusiva de los líderes del país vecino. Desgraciadamente es una posición frecuente en nuestra vida cotidiana. ¿Cuántos padres de familia hay que enseñan a sus hijos que ellos, los padres, son quienes saben lo que es bueno y lo que es malo, lo que les conviene y lo que no, sin tomarlos realmente en cuenta? ¿Cuántas parejas hay que asumen la arrogancia de creerse los poseedores de la verdad y se imponen y someten a su cónyuge? ¿Cuántas personas hay, “las buenas conciencias”, que condenan y rechazan a quienes consideran que están mal? Pensemos también en las agresiones en el tráfico citadino, en la competencia laboral desleal, en la pobreza, en la corrupción, en el narcotráfico; por supuesto, en la violencia intrafamiliar… en las muchas formas de violencia cotidiana, en las muchas formas que encontramos para imponernos al prójimo y pasar sobre él.

No hemos entendido que el hombre se humaniza a través del diálogo; y que el diálogo implica amor, respeto y humildad. Diálogo no significa depositar en la mente del otro mi verdad, sino juntos encontrar una parte de la verdad que nos trascienda y nos permita construir el mundo.

En este panorama, surgen sin embargo voces de conciencia, como la de Scott Saunders, director asociado de psicología traumática de la Universidad de California, que dijo: «Pienso que esto cambia nuestra perspectiva.  La pregunta es si esto nos va a hacer más humildes o incluso más arrogantes y nos llevará a querer salir y hacer algo realmente terrible a la gente». 

Estos hechos dramáticos deben llamar nuestra atención respecto a que violencia no es sólo la que ocurrió allá, en las Torres Gemelas y el Pentágono; ni siquiera la de todas las guerras y atentados. Debemos condenar esa violencia, es evidente. Pero tenemos también que luchar por erradicar la violencia que se manifiesta de muchas maneras en la sociedad contemporánea, por erradicar la violencia que hiere a nuestras familias y que anida en nuestros corazones.

EL OBSERVADOR 324-13

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ORIENTACIÓN FAMILIAR

Mi marido quiere tiempo para pensar
Por Yusi Cervantes Leyzaola

Estoy separada de mi marido. El vive en  USA y yo en México. Me pidió tiempo para pensarlo, pero él está con amistades que son solteros y les gusta la fiesta y el vino. Yo no sé que hacer, a veces me desespero y le llamo y le digo que cuándo regresa, pero él jamás me dice. ¿Que se supone que debo hacer?



Es muy poca información la que me das, habría que analizar más detenidamente algunas situaciones. Por ejemplo, si tuvieron una buena relación de noviazgo, si se casaron muy seguros de lo que estaban haciendo y si esto significa que hay cierta solidez en la relación, tal vez valga la pena esperar. Pero todo parece indicar que no es así. Que él no toma en serio está relación ni le importa gran cosa lo que tú estés sufriendo. Eso de irse a pensarlo es antes del matrimonio, no después. Tú no tienes por qué sufrir esta incertidumbre. Aun si tienes hijos, incluso por ellos, ya que su padre los abandonó, al menos que tengan una madre tranquila, feliz. Cómo tú sabes, la Iglesia no permite el divorcio —estoy suponiendo que están casados por la Iglesia—, pero sí admite la separación cuando es el mal menor. Y en tu caso, tu tranquilidad es sumamente importante.

Yo te aconsejo que le llames y le digas que se acabó su tiempo para pensar, que tú ya no vas a seguir esperando. Dile que si tienen problemas con su matrimonio, hay que enfrentarlos y resolverlos, no huir de ellos. Si te pregunta que si ya no lo quieres, dile que sí, que lo quieres mucho (supongo que así es, ¿no?) Pero que también te quieres mucho a ti misma y no puedes permitir que él pase por encima de tu dignidad como persona.

No te olvides de que eres hija de Dios y mereces respeto.

EL OBSERVADOR 324-14

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PINCELADAS

Asno con piel de león
Justo López Melús *



Con frecuencia resulta muy cómica la realidad. Hay personas que visten lujosos vestidos, pero son un maniquí que está vacío por dentro. Todo es falsedad y oropel. Se pintan y repintan, y dentro no hay nada. Sepulcros blanqueados, los llamó el Señor. Bonitos por fuera y podredumbre en el interior. Ensanchan sus filacterias para lucirse y aparentar. Dan risa. Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

Puede ocurrir lo que le sucedió a aquel asno, que se cubrió con la piel de un león que encontró en el camino. Todos decían: «¡Qué león!». Hombres y bestias huían. Pero sopló el viento, la piel se levantó y todo el mundo pudo ver que se trataba de un asno. El pobre fue por lana y salió trasquilado. No sólo se rieron todos de él, sino que lo acorralaron furiosos y lo molieron a palos. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

(FIN)

EL OBSERVADOR 324-15

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