El Observador de la Actualidad

 

Periodismo católico para la familia de hoy

21 de octubre de 2001 No. 328

SUMARIO

bullet SÍNODO DE Y PARA LOS OBISPOS «Con ustedes soy cristiano, y para ustedes soy obispo»
bullet EN EL PRINCIPIO, LA PALABRA ¡Felicidades, Santidad!
bullet MATRIMONIOS CATÓLICOS DEL SIGLO XXI La comunicación en la vida afectiva de la pareja: Las cuñadas
bullet DOCUMENTOS «Es necesario ponerse en camino»
bullet COMUNICACIÓN ¿Qué futuro queremos construir?
bullet DEBATE ¿Una «guerra justa» contra el terrorismo?
bullet ¿USTED QUÉ OPINA? Después de las elecciones, ¿qué?
bullet INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN- No sirvo para nada
bullet ¿Qué puedo hacer ante un acoso sexual?
bullet A un padre primerizo

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SÍNODO DE Y PARA LOS OBISPOS

«Con ustedes soy cristiano, y para ustedes soy obispo»
Por Jaime Septién/ EXCLUSIVO PARA EL OBSERVADOR

CIUDAD DEL VATICANO.- «Todos los obispos estamos necesitados de reflexionar sobre nuestra propia misión. Vamos a ver lo que el Espíritu Santo va a decirnos sobre el futuro de la Iglesia. Será un mensaje de esperanza, y por eso vamos a escuchar al Espíritu», afirmaba hace algunas semanas el célebre cardenal y arzobispo de Milán, Carlo Maria Martini.Y en verdad había necesidad de los obispos de reflexionar sobre su misión de comunión en la Iglesia. Los 230 padres sinodales que participaron en los trabajos previos a los círculos de estudio (la participación más copiosa en la historia de los sínodos de la Iglesia católica) han mostrado con creces que la nueva realidad del catolicismo en el siglo XXl necesita no solamente obispos buenos, que cumplan como guías de la pastoral de sus respectivas diócesis, sino que hoy más que nunca —frente a los desafíos de la indiferencia religiosa— la propagación del Evangelio necesita de obispos santos.

El viento del Espíritu Santo

Con la presencia y el seguimiento permanente del Santo Padre Juan Pablo ll en el aula sinodal, los padres sinodales han tocado una y otra vez, desde diferentes matices, la frase de un sermón de san Agustín: «Con ustedes soy cristiano, y para ustedes soy obispo», queriendo significar que el obispo, antes que nada, es un servidor de Cristo-Evangelio; un hermano y un legítimo «sucesor de los apóstoles» (que, para el cardenal arzobispo de Génova, Dionigi Tettamanzi, es la mejor definición posible de un obispo). Esta reiteración muestra hasta qué punto ha habido autocrítica en este Sínodo: los obispos, o cuando menos muchos obispos aquí presentes, no quieren seguir repitiendo el esquema distante del pastor alejado de su rebaño. El obispo se ha representado a sí mismo, en este gran encuentro, como un hombre de fe y un hombre de visión; como un hombre de esperanza y de lucha; como un hombre de mansedumbre y de estrategia: un cristiano que debe dar la buena-bella batalla por el Evangelio; es decir, por la Verdad.

Ante las amenazas a la paz y a la convivencia humana, los obispos, junto con el Papa, han enfrentado el reto mediante una palabra sencilla y complejísima de ser llevada a cabo: comunión. Esto es: volver a la identidad de la Iglesia para, desde ahí, mostrar al mundo atribulado nuevos caminos de unidad. Los padres sinodales han estado atentos a un párrafo del Instrumentum laboris (Instrumento de trabajo) que se difundió previamente, en el que se señala con claridad: «La fuerza de la Iglesia está en la comunión, su debilidad en la división y la contraposición».

Comunión hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, hacia la vida de ésta y hacia la actualidad del mundo. Si estamos llamados —como lo estamos todos los bautizados— a ser «luz del mundo», la mejor forma de cumplir ese mandato de Cristo, han pensado los padres sinodales, es mediante la comunión. Sistematizada por los cardenales arzobispo Edward Michael Eagan (de Nueva York) y Jorge Mario Bergoglio (de Buenos Aires) en cuatro líneas:

  1. El obispo en comunión con el Señor.
  2. El obispo al servicio de la comunión en la Iglesia universal.
  3. El obispo al servicio de la comunión en la Iglesia particular.
  4. El obispo al servicio de la comunión en el mundo.

El obispo en comunión con el Señor.- La vida espiritual del obispo ha sido tocada en numerosas ocasiones. Antes que nada, han dicho los padres sinodales, el obispo es un hombre de oración: solamente el obispo que está en verdadera comunión con Dios puede estar al servicio de la esperanza. Esta comunión lo hace pertenecer a la Iglesia en una triple dimensión remarcada por las intervenciones del Sínodo: el obispo debe ser padre, hermano y amigo como respuesta al misterio de la Trinidad.

En virtud de la sacramentalidad del episcopado, el obispo está llamado —ni más ni menos— a ser santo; cada obispo se santifica en y con el ejercicio de su ministerio, pero, también, con cada uno de los actos de su vida que guían a los fieles a la santidad: él está íntimamente identificado con el Buen Pastor, aquél que dona la vida por sus ovejas. Con la Cruz de fondo, han dicho los padres sinodales, el obispo ha de abrazar dos pasiones: la del Evangelio de Jesucristo y la del amor a su pueblo.

Ejercer el ministerio episcopal que reclama este nuevo tiempo de zozobra universal (el Sínodo ha estado jalonado por la guerra) exige del obispo una formación permanente para establecer un puente transitable para los fieles entre el Evangelio y el mundo. Y más aún, subrayado en bastantes ocasiones, sobre todo por el obispo de Riobamba (Ecuador), Víctor Alejandro Corral Mantilla, está el tema de la pobreza: «quienes tienen puestas sus esperanzas en la Iglesia, y por tanto en los obispos, son los pobres», ha dicho este prelado, quien concluyó su intervención con el apunte indiscutible de que «la pobreza evangélica no sólo predicada sino vivida y testimoniada por los obispos es uno de los requisitos indispensables para que el anuncio del Evangelio sea escuchado y acogido por el hombre de hoy».

El obispo al servicio de la comunión en la Iglesia universal.- Uno de los rasgos de este Sínodo es que ninguno de los padres ha puesto en duda el primado de Pedro: «con Pedro y bajo Pedro» ha sido la sentencia repetida todos los días, como parte esencial de la dimensión universal del obispo. Incluso el arzobispo de San Luis Potosí y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, Luis Morales Reyes, señaló: «El primado de Pedro es un don de Dios a su pueblo». Sin embargo, por decirlo de alguna forma, Pedro no lo puede todo. El obispo debe gobernar bien su diócesis y en la verdad y la caridad, estar al servicio de la Iglesia Universal. Un servicio subsidiario: la hermandad episcopal debe tomar una dimensión de equilibrio entre diócesis ricas y diócesis pobres tanto en lo económico como en vocaciones, ha dicho en conferencia de prensa el cardenal arzobispo de Abiyán (Costa de Marfil), Bernard Agré.

Los obispos, por tanto, no se ven constreñidos al espacio de sus diócesis, sino que deben estar consagrados a la salvación de todos los hombres. La naturaleza íntima del obispo es misionera; naturaleza que debe inflamar a la Iglesia particular en la promoción de los valores fundamentales como el reconocimiento al prójimo, el respeto a la diversidad y la interacción entre culturas diversas.

Ante todo, el obispo debe estar en comunión con el Vicario de Cristo y con sus colaboradores, la Curia Romana, que, como indicó el cardenal Secretario de Estado, Angelo Sodano, son 25 obispos al servicio de los más de cuatro mil 500 que hay en el mundo y que pertenecen a las 112 Conferencias Episcopales existentes, a quienes, por cierto, el «número dos» de El Vaticano les pidió que no exigieran cosas imposibles a los seis italianos, los seis del área de lengua española, los tres del área anglófona y los tres del área germánica así como a los jefes de Dicasterios para las áreas francesa, portuguesa, polaca, árabe, japonesa, vietnamita y al sirio que dirige las Iglesias Orientales.

Obviamente al estar abierto al servicio de la Iglesia Universal, el obispo debe ser un promotor decidido del diálogo ecuménico. Como en su momento señaló el cardenal Karl Lehmann, obispo de Maguncia y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, «la misión del obispo hacia todos los hombres, que nace de la comunión, tiene que ser percibida (...) para la relación con el ecumenismo, con las religiones no cristianas y con los no creyentes».

El obispo al servicio de la comunión en la Iglesia particular.- Quizá sea este aspecto de la comunión episcopal el que mayor número de intervenciones haya visto. Pareciera ser que el obispo, si bien se encuentra muy consciente de su papel, quiere ser decisivo en la conversión de los fieles de su diócesis. Por eso se ha impuesto a sí mismo el ser un maestro de oración, un maestro de la fe y un amante de los pobres.

En lo que respecta a su presbiterio, los obispos han sido extraordinariamente enfáticos: debe haber una atención privilegiada, convirtiéndose en padre y hermano de los sacerdotes de su diócesis. Como padre debe guiar, como hermano comprender. «Creo, según mis años de experiencia —dijo el cardenal Edmund Casimir Szoka, presidente de la Comisión para el Estado de la Ciudad de El Vaticano y presidente de la prefectura de la Ciudad del Vaticano—, que el obispo sería más efectivo en su ministerio diocesano si dedicara su tiempo y su atención principal a atender a sus sacerdotes (...) Aunque muchos sacerdotes no usarían estas palabras, ellos quieren un obispo que sea como su padre».

En otro ámbito no menos importante de la vida diocesana, los padres sinodales han pedido al obispo que cuide al seminario y dé seguimiento a sus seminaristas, a la vida consagrada y a los fieles laicos, a quienes debe encontrar sobre todo en la parroquia, núcleo fundamental en la vida de las diócesis. Para ello, debe construir un plan diocesano de pastoral en el que se fijen metas concretas, objetivos determinados, que hagan fuerte y no débil a la diócesis, cuidando —como en su momento expusiera el obispo de Querétaro, Mario De Gasperín Gasperín— de evitar eventuales pastorales paralelas.

Parte muy importante del trabajo episcopal la constituye la inculturación, es decir, la introducción de la fe en la cultura; la transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración al cristianismo y la radicación del cristianismo en la cultura dominante de un pueblo. Para ello es necesaria una pastoral de la cultura y el anuncio del Evangelio a través de lo que el Papa ha llamado «los nuevos areópagos», es decir, los medios de comunicación. Varios padres sinodales tocaron este espinoso tema. Algunos, como el obispo de Innsbruck, Austria, Alois Kothgasser, se atrevieron a sugerir maneras de presentarse el obispo en público: «La capacidad de hacer declaraciones breves, esenciales y con abundancia de imágenes favorece la credibilidad y promueve la imagen pública de la Iglesia», dijo en su presentación. De lo que se trata es de que el obispo no falle en su función primordial: la de mensajero de la verdad y comunicador del Evangelio.
El obispo al servicio de la comunión en el mundo.- La Iglesia, como el obispo, son fuerzas que, constantemente, salen de sí mismas para preñar de esperanza al mundo. Iglesia y obispo asumen su papel profético y, por tanto, misionero. Son puentes de paz en tiempo de crisis y de concordia en tiempos de odio. Con la pasión del Buen Pastor, el obispo busca la oveja perdida, desenmascara las falsas concepciones del hombre y somete todo al ámbito de la Revelación. Esta pasión fue puesta en palabras muy sencillas por el arzobispo de Kisnangani (República Democrática del Congo) y presidente del Simposio de Conferencias Episcopales de África y Madagascar, Laurent Monsengwo Pasinya: «Ante un mundo cansado y, sobre todo, destruido por las guerras y los conflictos armados, con su secuela de odio, agresividad y violencia reprimidos, ante hombres desorientados por el genocidio y otras clases de atentados contra la vida, el obispo proclama el Evangelio de la vida y de la paz; la vida que Cristo ha venido a darnos en abundancia (cfr. Jn 10,10); la verdadera paz, la que sólo Cristo puede dar (cfr. Jn 14, 27). Este Evangelio le obliga al obispo a que integre, de forma armoniosa, el nacionalismo y el patriotismo, por un lado, y la hermandad universal y la caridad pastoral por otro, ejerciendo lo mejor posible su ministerio de mediación y reconciliación entre hermanos que se han vuelto enemigos».

En la comunión del obispo en el mundo, aquél se ha de concebir a sí mismo como un operador de justicia y paz, como un promotor del diálogo y como el anunciador genuino de la esperanza que nace de la cruz de Cristo. Misión genuina y, al mismo tiempo, difícil. Los obispos han respondido al llamado del Papa poniendo muy en lo alto el listón de lo que deben saltar para servir al Evangelio de Jesucristo y dar esperanza al mundo. Quizá no había de otra. Con un Papa como Juan Pablo ll y con un mundo como el de hoy, o el obispo entrega hasta la última gota de su sangre, o no hay obispo digno de llamarse así.

EL OBSERVADOR 328-1

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EN EL PRINCIPIO, LA PALABRA

¡Felicidades, Santidad!
Por Jaime Septién Crespo

ROMA.- Tres fechas importantes se cumplieron esta semana para el papa Juan Pablo II. Primera: los 23 años de su pontificado. Segunda: los 20 años de la encíclica Familiaris consortio. Tercera: la beatificación de un matrimonio cristiano, hoy domingo 21 de octubre.
Primera: gritando paz y justicia en un mundo atribulado, Juan Pablo II llega a 23 años de un pontificado que, como nunca, ha cumplido con la raíz etimológica de esta palabra: tender puentes. Sin conceder nada a los extremistas de un ala y de la otra, con la fuerza y la esperanza de la fe en Cristo, el Papa se alza hoy como el único faro de esperanza en el orbe; como la única voz sensata, que no cesa de rezar ni de trabajar para lograr la paz entre los hombres.

Segunda: defendiendo a la familia, se cumplen dos décadas de ese gran testamento de la doctrina de la Iglesia que es la Familiaris consortio, un verdadero camino hacia la santidad a la que estamos llamados todos los que hemos constituido el sacramento del matrimonio cristiano. Hoy día la Iglesia, con el Papa y con esta encíclica que ha sido puesta de relieve en el encuentro de ayer y hoy de Juan Pablo II con las familias de Italia, es la única institución coherente del mundo en la defensa de la familia.

Tercera: la tan esperada beatificación de un matrimonio cristiano, el de Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi. Por primera vez en la historia llega a los altares una pareja al mismo tiempo, y por primera vez asisten tres (de sus cuatro) hijos a su beatificación. Casados en la hermosa basílica de Santa María la Mayor el 25 de noviembre de 1905, esta pareja colma la esperanza de Juan Pablo II de mostrarle a las familias católicas lo grandioso que es ejercer el carisma matrimonial de acuerdo con la voluntad de Dios.Le he visto estos días doblado por el enorme peso de sus malestares físicos, pero enhiesto como una roca. Santidad: Dios le guarde muchos años.

EL OBSERVADOR 328-2

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MATRIMONIOS CATÓLICOS DEL SIGLO XXI

La comunicación en la vida afectiva de la pareja
Segunda parte: las cuñadas
Por el Pbro. Ignacio Díaz de León, M. Sp. S.

¿ Que es la comunicación? Se la puede describir como un intercambio continuado de todo lo que son y tienen los que se aman; y lo hacen sintiéndose felices de dar y recibir. La comunicación, por ejemplo, entre papá y mamá, consiste en regalarle desde un clavel y decirle "te amo", hasta su entrega amorosa, total y reciproca.

Hay que tener en cuenta que la comunicación es fruto de un autentico aprendizaje en el intercambio afectivo; que se trata de un proceso lento de maduración pero que en virtud del supuesto amor reciproco de los esposos esto no es un problema mayor. Ese amor de los principios que se encamina a formar una comunión conyugal y luego la comunión familiar habrá de evolucionar con el tiempo en sus expresiones y en su intensidad: menos sentimentales cada día pero más autenticas, mas sinceras y profundas con el correr del tiempo. Un proverbio francés lo dice bien: "(te amo) mas que ayer, menos que mañana".

Aquí viene oportuno un texto de Juan Pablo II para reforzar esta idea:
"La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cuál se va edificando la más amplia comunión de la familia; de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás familiares.

Esta comunión, radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre, y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunión y la comunidad familiar" (FC no. 21).

De la psicología distinta de la mujer y del varón se desprende que la comunicación las manifestaciones del amor: dádivas, caricias, piropos, etc., le pedirá al hombre un poco más de esfuerzo ya que éste es más seco y menos sensible y detallista que la mujer, pero esos esfuerzos son siempre una buena inversión.

Después de esta breve introducción sobre el concepto de comunicación, abordemos el tema de la presente entrega; más a menudo, son problema las cuñadas para con la esposa que los cuñados, por la mayor proclividad a los celos, a las envidias, de mujer a mujer. Si, desde el principio, cuando Alberto eligió a Maritere como novia y la presento a sus padres y hermanas, no hubo aceptación mutua, la relación de Maritere con sus cuñadas va a ser difícil.

De aquí la importancia de crear una relación de simpatía con las cuñadas desde el primer encuentro. Alberto, puede y debe hacer mucho a favor de esa buena relación entre su novia y sus hermanas, apoyándola y señalando sus cualidades. Tal vez a Maritere, por el éxito de su amor para con Alberto le toque ser tolerante, y pasar por alto ciertos desaires o pullas de las hermanas de su novio. Luego de pasar la prueba puede desarrollarse entre ella y sus cuñadas una gran amistad; ojalá fuera así siempre.

Con los demás familiares políticos: los tíos, los primos y los sobrinos, no hay generalmente mayores problemas. La regla de oro para el trato con todos ellos es buscar decididamente la integración gradual en el clima de amabilidad en que se debe vivir esa gran familia, la de ambos. Después de todo son familia justamente por eso, porque son la familia del cónyuge, que ahora y por siempre será el primero (el number one) en la dimensión del amor.
Si deseas comunicarte con el P. Díaz de León, lo puedes hacer por medio de la siguiente dirección de Internet: "Ignacio Díaz de León" <rodobooks@yahoo.com>

EL OBSERVADOR 328-3

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DOCUMENTOS
«Es necesario ponerse en camino»

Hoy se celebra la Jornada Mundial de las Misiones y 75 años de que el papa Pío XI la instituyera. El papa Juan Pablo II dirige, por este motivo, el siguiente mensaje al pueblo cristiano:

«Misericordias Domini in aeternum cantabo» (Sal 89 [88], 2)
¡Queridos hermanos y hermanas!

bulletCon íntima alegría hemos celebrado el Gran Jubileo de la salvación, tiempo de gracia para toda la Iglesia. La misericordia divina, que cada fiel ha podido experimentar, nos impulsa a «remar mar adentro», haciendo memoria grata del pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndonos con confianza al futuro, con la convicción de que «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8) (cfr. carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 1). Este impulso hacia el futuro, iluminado por la esperanza, debe ser la base del actuar de toda la Iglesia en el nuevo milenio. Éste es el mensaje que deseo dirigir a cada fiel en ocasión de la Jornada Misionera Mundial.

bulletEs tiempo, sí, de mirar hacia adelante, manteniendo los ojos fijos en el rostro de Jesús (cfr. Heb 12,2). El Espíritu nos llama a «proyectarnos hacia el futuro que nos espera» (Novo millennio ineunte, n. 3), a testimoniar y confesar a Cristo, dando gracias «por las «maravillas» que Dios ha realizado por nosotros: «Misericordias Domini in aeternum cantabo» (Sal 89 [88], 2)» (ibid., 2). Con ocasión de la Jornada Misionera Mundial del año pasado, he querido recordar cómo el compromiso misionero surge de la ardiente contemplación de Jesús. El cristiano que ha contemplado a Jesucristo no puede no sentirse raptado por su fulgor (cfr. Vita consecrata, n. 14) para comprometerse a testimoniar su fe en Cristo, único Salvador del hombre.

La contemplación del rostro del Señor suscita en los discípulos la «contemplación» también de los rostros de los hombres y mujeres de hoy: el Señor, en efecto, se identifica «con sus hermanos más pequeños» (cfr. Mt, 25, 40.45). El contemplar a Jesús, «primero y más grande evangelizador» (Evangelii nuntiandi, n. 7), nos transforma en evangelizadores. Nos hace tomar conciencia de su voluntad de dar la vida eterna a aquellos que el Padre le ha confiado (cfr. Jn 17,2). Dios quiere que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4), y Jesús sabía que la voluntad del Padre para Él era que anunciara el Reino de Dios también a otras ciudades: «para esto he sido enviado» (Lc 4,43).

Fruto de la contemplación de los «hermanos más pequeños» es el descubrir que cada hombre, incluso en un modo para nosotros misterioso, busca a Dios, porque es creado y amado por Él. Así lo descubrieron los primeros discípulos: «Señor, todos te buscan» (Mc 1,37). Y los «griegos», en nombre de las generaciones por venir, exclaman: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Sí, Cristo es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cfr. Jn 1,9): todo hombre lo busca «andando como a ciegas» (Hch 17,27), impulsado por una atracción interior de la cual ni siquiera él conoce bien el origen. Ésta está escondida en el corazón de Dios, donde palpita una voluntad salvadora universal. De ella Dios nos hace testigos y heraldos. Para este fin nos invade, como en un nuevo Pentecostés, con el fuego de su Espíritu, con su amor y con su presencia: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta al final del mundo» (Mt 28,20).

bulletFruto, pues, del Gran Jubileo también es la actitud que el Señor pide a cada cristiano, la de mirar hacia adelante con fe y esperanza. El Señor hace el honor de volver a poner en nosotros su confianza y nos llama al ministerio mostrándonos misericordia (cfr. 1 Tim 1, 12.13). No es un llamado reservado a algunos, sino que es para todos, cada uno en su propio estado de vida. En la carta apostólica Novo millennio ineunte he escrito al respecto: «Esta pasión no dejará de suscitar en la Iglesia un nueva misionariedad, que no podrá ser exigida a una porción de 'especialistas', sino que deberá involucrar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado realmente a Cristo, no puede guardárselo para sí, debe anunciarlo.

«Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos... La propuesta de Cristo es hecha a todos con confianza. Se dirigirá a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin nunca esconder las exigencias más radicales del mensaje evangélico, sino saliendo al encuentro de las exigencias de cada uno en cuanto a sensibilidad y lenguaje, según el ejemplo de Pablo, el cual afirmaba: 'Me he hecho todo para todos, para salvar a toda costa a algunos' (1 Cor 9,22)» (n. 40).

De manera especial, la llamada a la misión adquiere singular urgencia, si miramos a aquella porción de la humanidad que no conoce o no reconoce a Cristo. Sí, queridos hermanos y hermanas, la misión ad gentes es hoy más válida que nunca. Conservo impreso en el corazón el rostro de la humanidad que he podido contemplar en el curso de mis peregrinajes: es el rostro de Cristo reflejado en el de los pobres y de los sufrientes; el rostro de Cristo que reluce en cuantos viven como «ovejas sin pastor» (Mc 6, 34). Cada hombre y cada mujer tienen pleno derecho a que se les enseñe «muchas cosas» (ibid.).
Ante la evidencia de la propia fragilidad e insuficiencia, la tentación humana, incluso del apóstol, es la de despedir a la gente. En cambio, es propio en aquel instante que, poniéndose en contemplación del rostro del amado, se requiere que cada uno vuelva a escuchar las palabras de Jesús: «no es bueno que se vayan: vosotros mismos dadles de comer» (cfr. Mt 14,16; Mc 6,37). Se experimenta así al mismo tiempo la debilidad humana y la gracia del Señor. Conscientes de la infaltable fragilidad que nos signa profundamente, descubrimos la necesidad de dar gracias a Dios por lo que Él ha realizado por nosotros y por lo que, en su gracia, realizará.

bullet¿Cómo no recordar, en esta circunstancia, a todos los misioneros y los misioneras, sacerdotes, religiosos, religiosos y laicos, que han hecho de la misión ad gentes y ad vitam la razón de su propio existir? Ellos con su misma existencia proclaman «sin fin las gracias del Señor» (Sal 89). No pocas veces este «sin fin» ha llegado incluso hasta la efusión de la sangre: ¡cuántos han sido los «testigos de la fe» en el pasado siglo! Es también gracias a su generosa donación que el Reino de Dios ha podido extenderse. A ellos va nuestro agradecido pensamiento, acompañado por la oración. Su ejemplo es estímulo y sustento para todos los fieles, quienes pueden tomar valor al verse «rodeados por un número tan grande de testigos» (Heb 12,1), que con su vida y su palabra han hecho y hacen resonar el Evangelio en todos los continentes.

Sí, queridos hermanos y hermanas, no podemos callar aquello que hemos visto y oído (cfr. Hch 4,20). Hemos visto la obra del Espíritu y la gloria de Dios manifestarse en la debilidad (cfr. 2 Cor 12; 1 Cor 1). También hoy tantos hombres y mujeres, con su dedicación y con su sacrificio, son para nosotros manifestación elocuente del amor de Dios. De ellos hemos recibido la fe y nos vemos impulsados a ser, a nuestra vez, anunciadores y testigos del Misterio.

bulletLa misión es «anuncio gozoso de un don que es para todo, y que es propuesto a todos con el más grande respeto de la libertad de cada uno: el don de la revelación del Dios-Amor que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo unigénito» (Jn 3,16)... La Iglesia, por tanto, no se puede sustraer a la actividad misionera hacia los pueblos. Y sigue siendo una tarea prioritaria de la missio ad gentes el anuncio de que es en Cristo, «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6), en quien los hombres encuentran la salvación» (Novo millennio ineunte, n. 56). Es una invitación para todos, es un llamado urgente al que se le da pronta y generosa respuesta. ¡Es necesario marchar! Es necesario ponerse en camino sin vacilaciones, como María, la Madre de Jesús; como los pastores despertados por el primer anuncio del ángel; como la Magdalena a la vista del Resucitado. «Nuestro paso, al inicio de este siglo nuevo, debe hacerse más expedito en el marchar por las calles del mundo... Cristo resucitado nos vuelve a dar como una cita en el Cenáculo, donde la tarde del 'primer día después del sábado' (Jn 20,19), se presentó a ellos para 'aletear' sobre ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización» (ibid., n. 58).

bullet¡Queridos hermanos y hermanas! La misión exige oración y compromiso concreto. Tantas son las necesidades que la difusión capilar del Evangelio comporta.

Este año se conmemora el 75° aniversario de la institución de la Jornada Misionera por parte del papa Pío XI, que acogió el pedido de la Pontificia Obra para la Propagación de la Fe para «establecer una jornada de oraciones y de propaganda para los misioneros» a celebrarse en un mismo día en todas las diócesis, las parroquias y los institutos del mundo católico... y para solicitar el óbolo para las misiones» (Sagrada Congregación para los Ritos: Institución de la Jornada Misionera Mundial, el 14 de abril de 1926: AAS 19 (1927), p. 23s).

Desde entonces, la Jornada Misionera constituye una ocasión especial para recordar a todo el Pueblo de Dios la permanente validez del mandato misionero, ya que «la misión involucra a todos los cristianos, todas las diócesis y parroquias, las instituciones y asociaciones eclesiales» (Carta encíclica Redemptoris missio, 2). Es al mismo tiempo circunstancia oportuna para reafirmar que «las misiones no piden sólo una ayuda, sino un compartir con el anuncio y la caridad hacia los pobres. Todo aquello que hemos recibido de Dios –la vida y los bienes materiales– no es nuestro» (ibid., n. 81). Esta jornada es importante en la vida de la Iglesia, «también porque enseña cómo donar: en la celebración eucarística, es decir como ofrecimiento a Dios, y para todas las misiones del mundo» (ibid.). Sea, por tanto, este aniversario ocasión propicia para reflexionar sobre la necesidad de un mayor esfuerzo común en la promoción del espíritu misionero y en la búsqueda de las necesarias ayudas materiales que los misioneros necesitan.

bulletEn la homilía de conclusión del Gran Jubileo, el 6 de enero del 2001, he dicho: «Es necesario recomenzar desde Cristo, con el impulso de Pentecostés, con entusiasmo renovado. Recomenzar desde Él, ante todo, en el compromiso cotidiano por la santidad, poniéndonos en actitud de oración y en escucha de su Palabra. Recomenzar desde Él para testimoniar el amor» (n. 8). Por tanto: «Recomienza de Cristo, tú que has encontrado misericordia. Recomienza de Cristo, tú que has perdonado y acogido el perdón. Recomienza de Cristo, tú que conoces el dolor y el sufrimiento. Recomienza de Cristo, tú tentado por la tibieza: el año de gracia es tiempo ilimitado. Recomienza de Cristo, Iglesia del nuevo milenio. ¡Canta y camina! (cfr. Ritos de conclusión de la Santa Misa en la Epifanía del Señor 2001).

Que María, Madre de la Iglesia, Estrella de la evangelización, nos afiance en este camino, como permaneció junto a los discípulos en el día de Pentecostés. A Ella nos dirigimos confiados para que, por su intercesión, el Señor nos conceda el don de la perseverancia en la tarea misionera, que concierne a toda la comunidad eclesial.
Con tales sentimientos, os bendigo a todos.

EL OBSERVADOR 328-4

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COMUNICACIÓN

¿Qué futuro queremos construir?

¿Qué queremos en nuestros hogares? ¿Qué queremos en nuestras familias? ¿Qué queremos de nuestros hijos? ¿En qué sociedad y en qué país queremos vivir?

Queremos en nuestros niños y niñas admiración, inocencia, ternura... Queremos en nuestros jóvenes y en nuestras jóvenes dignidad, virtudes, ideales... Queremos en nuestras familias respeto y responsabilidad de todos, apoyo mutuo, comprensión, afecto... Queremos que en los hogares se aprecie el valor del matrimonio, la fidelidad de los cónyuges, la necesidad de la autoridad de la madre y el padre, los buenos modales, el decoro del lenguaje... Queremos vivir en una sociedad y en un país en el que se respete nuestra dignidad, en el que prevalezca la libertad y la paz y en el que sea posible una convivencia democrática plenamente humana...

Hoy esto que queremos no lo estamos construyendo sólidamente. La vida social está sufriendo un deterioro moral que ya es motivo de seria preocupación. Son manifestaciones de ello la violencia, la inseguridad, los vicios, la deshonestidad, la corrupción y la falta generalizada de respeto a la ley y a la autoridad. Incluso muchas personas ya no se atreven a pronunciar ciertas palabras que tienen una connotación moral. Por ejemplo: bien, bondad, buenas costumbres, deber, virtud, nobleza, recato, vergüenza, decoro, decencia... y hasta se rehuye el uso de la palabra «moral» y se prefiere decir «ética».

Ya con gran visión Octavio Paz decía: «Cuando la virtud flaquea y nos dominan las pasiones —casi siempre las inferiores: la envidia, la vanidad, la avaricia, la lujuria, la pereza— las repúblicas perecen. Cuando ya no podemos dominar nuestros apetitos, estamos listos para ser dominados por el extraño. A medida que la virtud se debilita crece el río de sangre».
¿A qué se debe esta situación? Mucha gente, y entre ella los estudiosos de la materia, piensan que al descuido, a la falta de educación moral de los niños y los jóvenes en el hogar por causa de la desintegración de la familia y, como consecuencia de ello, al debilitamiento de su importante papel de educadora y formadora de los hijos. La desintegración de la familia se debe, en gran parte, al deterioro del matrimonio, fomentado por un libertinaje generalizado que acepta, justifica y alienta la relación sexual fuera del matrimonio.

La violencia y el desorden sexual que se exhiben indiscriminadamente en películas, programas de televisión y publicaciones, presentándose como algo natural y aceptado socialmente, han contribuido al debilitamiento del matrimonio con el consecuente deterioro social. Así, la relación amorosa, con todo lo que significa de entrega, delicadeza y plenitud, queda reducida a un deseo de placer sin límites, muy lejano a las manifestaciones de verdadero amor.

Algunas veces los medios de comunicación, para conseguir circulación o ratings, han recurrido al uso irresponsable y morboso de temas sexuales, de violencia y vulgaridad, sin apego a la ley y sin consideración para la sensibilidad y convicciones de la mayoría de la gente.

La comunicación moderna entra sin permiso, tira la puerta, se mete por la ventana o la antena y se ubica en cualquier parte y a cualquier hora. Como lo señalan innumerables estudios, hay que reconocer su creciente influencia en la formación de la conciencia y la conducta de las personas. Por ello es imperativo que las empresas de los medios de comunicación se den plena cuenta y acepten su responsabilidad en lo que está ocurriendo.
www.afavordelomejor.org.mx

EL OBSERVADOR 328-5

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DEBATE

¿Una «guerra justa» contra el terrorismo?
Las implicaciones éticas de la respuesta a los ataques del «martes negro»
Por Jesús Colina / Roma

Los ataques terroristas contra Estados Unidos han mostrado de manera trágicamente plástica la fragilidad de la paz y la terrible tragedia de la pérdida de vidas inocentes. Una de las primeras consecuencias ha sido el amplio apoyo de la opinión pública de diversos países a acciones militares orientadas a combatir la amenaza planteada por el terrorismo. Pero, ¿es posible justificar moralmente esta postura?

¿Guerra justa?
La enseñanza tradicional de la Iglesia sobre el concepto de «guerra justa» tiene en cuenta dos interrogantes: ¿cuándo se puede justificar el uso de la fuerza?, y ¿cuáles son los principios que deben guiar el uso de la fuerza?
Según el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2308), «una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa».
Ahora bien, para que se pueda dar «una legítima defensa mediante la fuerza militar» el mismo Catecismo (n. 2309) presenta rigurosas condiciones que deben garantizar la legitimidad moral:

—Que la acción sea emprendida por una autoridad legítima.
—Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
—Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
—Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
—Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

Este último principio ha adquirido un gran peso en los últimos tiempos, dada la experiencia de destrucción masiva causada por las guerras del siglo XX.

¿Cómo responder al terrorismo?

No debería caber la menor duda sobre el carácter inmoral de los atentados terroristas. La Congregación para la Doctrina de la Fe, en su «Instrucción sobre la libertad y la liberación cristiana» de 1986, afirmaba en el número 79 que «no se puede aprobar nunca —aunque fueran cometidos por poderes establecidos o rebeldes— crímenes como las represalias contra la población en general, la tortura, o los métodos terroristas».

En la audiencia general pronunciada al día siguiente a los ataques en Estados Unidos, Juan Pablo II declaró: «Ante acontecimientos como éstos de un horror inenarrable es imposible no quedar consternados. Me uno a todos los que en estas horas han expresado su indignada condena, reafirmando con vigor que los caminos de la violencia nunca pueden llevar a auténticas soluciones de los problemas de la humanidad».

Asimismo, el Papa exhortó también a Estados Unidos a «no ceder a la tentación del odio y la violencia», sino a responder con «justicia».

Responder con «justicia» a la amenaza que plantea el terrorismo no es una tarea fácil. Identificar y presentar ante la justicia a los terroristas es algo muy diferente a una operación militar convencional.

Muchos analistas plantean, además, los problemas que causa una acción militar de gran escala en Afganistán, recordando el largo conflicto que obligó a la retirada a la Armada rusa. Además, se plantea la cuestión de cómo actuar sin masacrar a una población civil, que ya ha sido víctima de una guerra, y que depende para vivir de la ayuda alimentaria internacional que ahora puede perder a causa de la amenaza de un conflicto inminente.

Además, no es seguro que la captura de Bin Laden sirviera para acabar con el problema. Su organización parece contar con una estructura muy elástica que podría seguir funcionando incluso sin su dirección. Además, otros países hostiles a Occidente en Oriente Medio podrían fácilmente ponerse del lado de Afganistán, ofreciendo refugio a los grupos terroristas que quieran continuar lanzando atentados.

Todos los síntomas llevan a pensar que la situación no se resolverá a corto plazo.

EL OBSERVADOR 328-6

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¿USTED QUÉ OPINA?

Después de las elecciones, ¿qué?
Por Genaro Alamilla Arteaga

El pasado siete del presente en algunas entidades tuvieron lugar los actos electorales para que los ciudadanos eligieran autoridades municipales y legisladores. Fue ésta una magnífica oportunidad para que los ciudadanos ejercieran ese derecho y cumplieran esa obligación con una sana conciencia cívica, de modo que dieran su voto a favor de los mejore hombres del lugar.

El resultado no podía ser más que éste: algunos candidatos lograron la victoria, y otros, no; éstos no deben sentirse derrotados sino estimulados para reiniciar el camino de la preparación: más conocimiento de la situación real del país, más enterados de los principios de su partido político para lograr mayor convicción de su pertenencia a él, y un serio examen de su proceder durante la campaña electoral para decidir incrementar lo positivo y evitar lo negativo, quizá causa de no haber obtenido la victoria. Pero siempre y en todo caso no tener como enemigo permanente al contrincante que logró salir adelante en la contienda electoral,. No debe considerarse como enemigo, sino como compañero en una lid democrática por México, no por intereses personales o de partido. Si así piensa el luchador que no triunfó, felicitará—como un gesto de nobleza que mucho lo honrará— al que fue su compañero de lucha cívica por un México mejor.

Y el candidato que haya obtenido el número de votos requerido para ocupar un puesto público deberá pensar que le llegó la hora de servir al país no tanto por méritos propios cuanto por voluntad democrática de los ciudadanos para que, en su nombre, ejerciera determinada autoridad. Y también ha de echar una mirada a su interior y evitar lo negativo que de seguro tiene, y esforzarse por adquirir o incrementar las cualidades positivas para servir a la nación desde el puesto al que fue llamado. Recordará que no hay crisis de autoridad sino modo de ejercerla. El autoritarismo y la corrupción son los peores destructores de la democracia, y el respeto a los derechos humanos, así como la honestidad, deben ser preclaras cualidades de todo funcionario, como tampoco le deben faltar habilidad y prudencia al que ejerce el poder; esto le pide que se rodee de capaces consejeros y deseche a los halagadores interesados. Es difícil ejercer una función pública, pero es satisfactorio ejercerla con dignidad. ¿Usted qué opina?

EL OBSERVADOR 328-7

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INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN-

No sirvo para nada
Por Yusi Cervantes Leyzaola

Soy una chica de 19 años. Actualmente curso el nivel superior. Siempre he sentido que tengo problemas psicológicos; soy muy antisocial, callada, tímida, y hasta la fecha no he experimentado la sensación de tener un novio; sin embargo, a mis «amigas» les he hecho creer que sí. Como desde los 15 años sufro mucho de depresiones, yo pensé que era normal; pero ahora se hacen más fuertes e incluso he pensado en morir. Le he reprochado a Dios por qué yo vine a este mundo si no sirvo para nada, e incluso ahora estoy sufriendo una de mis crisis. Soy recién ingresada a la escuela superior, y mis padres decidieron apoyarme económicamente. Ahora ya llevo casi un mes de clases y está muy fuerte y sinceramente no sé si pueda; pero me siento obligada pues mis padres trabajan muchísimo para darme lo necesario para que yo estudie. Mi mamá es obrera y mi papá es albañil.


No vale la pena que sufras tanto, en verdad. Esta enorme inseguridad que tienes y esas depresiones pueden superarse. Tú puedes tener una mejor vida.

Entiendo que la situación económica en que vives es difícil, pero hay alternativas. No sé dónde vives, pero, por ejemplo, en Querétaro la facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro tiene varias centrales de servicios a la comunidad (CESECO), donde atienden casos como el tuyo. Hay también un teléfono de asesoría psicológica (278-01-84), donde te pueden canalizar a donde puedan atenderte. Si no radicas aquí, investiga en donde vives. Tal vez las universidades, el DIF o el municipio tengan servicios similares.
Urge que busques ayuda. Cuando te sientas mejor descubrirás lo valiosa que eres. Por lo pronto, haz una lista de tus valores y tus logros. Por lo poco que sé de ti —lo que manifiestas en unas cuantas líneas—, yo veo que eres inteligente, sensible, responsable, considerada… Pese a todas las dificultades, que me imagino has de haber tenido muchas, has logrado llegar a la escuela superior... Eso no es cualquier cosa, hay muchos que con menos obstáculos se quedan atrás mucho antes. No te rindas ahora. Es normal que al iniciar los estudios en este nivel nos sintamos preocupados y presionados. Algunos maestros empeoran la situación insistiendo en que ahora sí ya nada va a ser fácil. Pero, una vez que vayas tomando el ritmo, verás que sí puedes. Estás ahí por tus méritos, creas o no en ellos. Ésa es la realidad.

Por otro lado, está bien que valores el esfuerzo de tus padres y que lo agradezcas, pero ten presente que en primer lugar que tienes que estudiar y desarrollarte como persona por ti misma, como parte de tu vocación humana, como una forma de cumplir con el plan de Dios para ti.

Por cierto que no importa que cuando te sientes mal le reclames a Dios. Él es Padre y comprende. Aun cuando te sientas mal sigue acercándote a Él. Pronto vas a descubrir que Dios está perfectamente convencido de que eres valiosa y maravillosa porque eres no sólo una criatura suya, sino también su hija. El asunto es que tú debes creerlo también. Cuídate mucho. Toma la decisión de amarte, aunque no sepas cómo hacerlo. Que Dios te bendiga.

EL OBSERVADOR 328-8

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¿Qué puedo hacer ante un acoso sexual?

No tuviste tiempo de decirme más que eso. En espera de otra llamada tuya, donde me expliques mejor de qué se trata, me adelanto a decirte algunas cosas.

• La primera es que debes decir clara y firmemente a esa persona que no quieres que continúe con esa actitud. Que se te note el enojo. Hazlo con mucha seguridad. Si no  sientes esa seguridad en ti misma, fíngela. Pero si es peligroso hacer esto, no lo hagas.

• Acude a la autoridad correspondiente. Si es en la escuela, a la dirección. Si es en la familia, a tus padres. Si es en el trabajo, a tu jefe. O al jefe de tu jefe, si es el caso. Haz una denuncia penal si lo consideras necesario.

• Cuídate de no estar a solas con esa persona. Pide la ayuda de tus amigos para que te acompañen. 

• No aceptes culpas que no te corresponden. Este tipo de personas con frecuencia acusan a su víctima diciendo que ellas son las que provocan el problema porque son coquetas o por la ropa que usan. Generalmente son mentiras, pero si fuera cierto, corrige ese error. Pero, aun cuando fuera cierto, si caes en esas conductas, eso no le da derecho a tratarte de esa manera.

EL OBSERVADOR 328-9

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A un padre primerizo

Me encanta tu ilusión por el nacimiento de tu hijo y los planes que haces en relación a él. Me conmueve tu amor por él. Sin embargo, creo que sería conveniente que tomaras en cuenta algunas cosas:

-        Cuando nazca, el bebé no va a poder jugar futbol. Tendrá que pasar un año para que camine y unos tres para que más o menos, torpemente, patee la pelota con algún sentido. Tal vez tendrás que esperar unos diez años para que él entre al equipo escolar. 

-        Mientras todo esto ocurre, haz a un lado tus planes y concéntrate en el presente. Disfruta al bebé como es hoy y como sea cuando nazca. Acarícialo, háblale, cárgalo, juega con él a lo que tu hijo quiera jugar. Haz esto en cada etapa de su vida.

-        Conforme crezca,  cambia tu forma de comunicarte con él y de darle amor, a una adecuada a su edad.   

-        Es muy poco probable, pero existe la posibilidad, lamento mucho decírtelo, de que a tu hijo, llegado el momento, no le guste el futbol.  Si esta remota situación se llegase a presentar, tendrías que aceptar los hechos con buen ánimo para hacer lo que es más importante: respetar a tu hijo.

EL OBSERVADOR 328-10

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