El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
4 de agosto de 2002 No.369

SUMARIO

bulletEn este momento decisivo de la historia de México...
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Querido Papa
bulletENTREVISTA - Juan Diego, un modelo de inculturación de la fe
bulletEL PAPA EN CANADÁ
bulletEL PAPA EN GUATEMALA
bulletEL PAPA EN MÉXICO
bulletÁguila que habla

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En este momento decisivo de la historia de México...
Homilía del Papa en la canonización de Juan Diego


1. «¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!» (Mateo 11, 25).

Queridos hermanos y hermanas: Estas palabras de Jesús en el Evangelio de hoy son para nosotros una invitación especial a alabar y dar gracias a Dios por el don del primer santo indígena del continente americano.

Con gran gozo he peregrinado hasta esta basílica de Guadalupe, corazón mariano de México y de América, para proclamar la santidad de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el indio sencillo y humilde que contempló el rostro dulce y sereno de la Virgen del Tepeyac, tan querido por los pueblos de México.

2. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido el señor cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de México, así como la calurosa hospitalidad de los hombres y mujeres de esta arquidiócesis primada: para todos mi saludo cordial. Saludo también con afecto al cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo emérito de México y a los demás cardenales, a los obispos mexicanos, de América, de Filipinas y de otros lugares del mundo. Asimismo, agradezco particularmente al señor presidente y a las autoridades civiles su presencia en esta celebración.

Dirijo hoy un saludo muy entrañable a los numerosos indígenas venidos de las diferentes regiones del país, representantes de las diversas etnias y culturas que integran la rica y pluriforme realidad mexicana. El Papa les expresa su cercanía, su profundo respeto y admiración, y los recibe fraternalmente en el nombre del Señor.

3. ¿Cómo era Juan Diego? ¿Por qué Dios se fijó en él? El libro del Eclesiástico, como hemos escuchado, nos enseña que sólo Dios «es poderoso y sólo los humildes le dan gloria» (3, 20). También las palabras de san Pablo, proclamadas en esta celebración, iluminan este modo divino de actuar la salvación: «Dios ha elegido a los insignificantes y despreciados del mundo; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios»(1 Co 1, 28.29).

Es conmovedor leer los relatos guadalupanos, escritos con delicadeza y empapados de ternura. En ellos la Virgen María, la esclava «que glorifica al Señor» (Lucas 1, 46), se manifiesta a Juan Diego como la Madre del verdadero Dios. Ella le regala, como señal, unas rosas preciosas y él, al mostrarlas al obispo, descubre grabada en su tilma la bendita imagen de Nuestra Señora.

«El acontecimiento guadalupano —como ha señalado el episcopado mexicano— significó el comienzo de la evangelización con una vitalidad que rebasó toda expectativa. El mensaje de Cristo a través de su Madre tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo sentido de salvación» (14.05.2002, n. 8). Así pues, Guadalupe y Juan Diego tienen un hondo sentido eclesial y misionero y son un modelo de evangelización perfectamente inculturada.

4. «Desde el cielo el Señor, atentamente, mira a todos los hombres» (Sal 32, 13), hemos recitado con el salmista, confesando una vez más nuestra fe en Dios, que no repara en distinciones de raza o de cultura. Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Así facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos. Por ello, el testimonio de su vida debe seguir impulsando la construcción de la nación mexicana, promover la fraternidad entre todos sus hijos y favorecer cada vez más la reconciliación de México con sus orígenes, sus valores y tradiciones.

Esta noble tarea de edificar un México mejor, más justo y solidario, requiere la colaboración de todos. En particular es necesario apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico. ¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México!

Amados hermanos y hermanas de todas las etnias de México y América: al ensalzar hoy la figura del indio Juan Diego, deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y del Papa hacia todos ustedes, abrazándolos con amor y animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan.

5. En este momento decisivo de la historia de México, cruzado ya el umbral del nuevo milenio, encomiendo a la valiosa intercesión de San Juan Diego los gozos y esperanzas, los temores y angustias del querido pueblo mexicano, que llevo tan adentro de mi corazón.

¡Bendito Juan Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha tenido siempre por varón santo! Te pedimos que acompañes a la Iglesia que peregrina en México, para que cada día sea más evangelizadora y misionera. Alienta a los obispos, sostén a los sacerdotes, suscita nuevas y santas vocaciones, ayuda a todos los que entregan su vida a la causa de Cristo y a la extensión de su Reino.

¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.

¡Amado Juan Diego, «el águila que habla»! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios. Amén.

EL OBSERVADOR 369-1

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CARTAS DEL DIRECTOR

Querido Papa:
Por Jaime Septién


Quiero ser la voz de muchos mexicanos: ¡gracias! Gracias por tu testimonio, por tus palabras, por tu presencia. Como siempre, gracias por recordarnos, con Santo Juan Diego, indígena y laico, que el llamado a la santidad es universal. Cuando nos has invitado a ser como Juan Diego, nos has invitado a vivir la opción radical y misionera de Cristo: negarnos a nosotros mismos, tomar la Cruz, seguir su huella. ¡Qué falta nos hace a los mexicanos reconocernos en nuestra identidad humilde, conciliadora, civilizadora y amorosa! ¡Nuestra identidad católica!

¿Te habrán escuchado los líderes políticos? ¿Habremos escuchado todos la belleza que resuena en las palabras dichas en la lectura del Evangelio de la canonización de Juan Dieguito: que Dios revela la Verdad a los que se hacen como niños, a los humildes de corazón? La fuerza de tu magisterio, basada en la entrega absoluta al Evangelio: tu fuerza misionera, ¿cabe en nuestra agenda personal, social, política, familiar? Nada más alejado. Trabajamos por nosotros, para nosotros, en función de nosotros. Hacer comunidad se nos da muy poco. No confiamos en nuestra identidad indígena y católica. Hemos visto nuestra fuerza como una debilidad. ¿Cuándo nos vamos a parecer a Juan Diego?

Tú, Juan Pablo ll, dignísimo sucesor de Pedro, nos enseñas que sólo Dios es poderoso; que a Él sólo los humildes dan gloria. Y que de los humildes es la paz, el perdón y la fidelidad al mensaje de Cristo. México está en camino —apenas en camino— de levantar cabeza. La herencia que ha dejado en nosotros un ominoso pasado político de negación de los valores de nuestra cultura, nos deja ver muy borrosamente la grandeza de nuestros orígenes indígenas (10 millones); la fortaleza de nuestros pobres (50 millones, de los que 10 millones son indígenas) y la fecundidad del cristianismo. Cuando queremos rebajar a alguien le decimos "¡eres un indio!"; "¡eres un muerto de hambre!" o "¡eres un mocho!". Ahora tú, queridísmo Papa, nos llamas a recuperar —desde Juan Diego— nuestra cuna, y proyectarla a manera de esperanza hacia el futuro. Es el gran desafío. Pero no es el imposible desafío. En este momento decisivo de la historia de México, cuando un santo eleva a otro santo a los altares, nuestra fidelidad a Cristo a través de María de Guadalupe, nos va a salvar, nos va a dar la luz de la gente, que es Cristo.

¡Gracias, santidad, por recordarle a México que Dios nos ama! ¡Gracias por recordarnos que "no hizo nada igual por otras naciones"!

EL OBSERVADOR 369-2

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ENTREVISTA

Juan Diego, un modelo de inculturación de la fe

Al canonizar al indio Juan Diego, testigo de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en 1531, Juan Pablo II lo propone este 31 de julio como modelo de inculturación. Así lo asegura en esta entrevista el padre Fidel González Fernández, rector de la Universidad Pontificia Urbaniana de Roma, historiador y consultor de la Congregación para la Causa de los Santos, quien, al ser abordado por la agencia ZENIT, acababa de declarar ante otros medios: «Me considero un historiador que ha examinado las cosas con espíritu muy crítico. El proceso inició en 1988 y durante el proceso encontré y examiné documentos, los comparé, cotejé las convergencias y divergencias de las fuentes españolas, indígenas y mestizas; todo se analizó de forma lógica. Ante la evidencia, uno se rinde, tiene que ser así. Soy un converso de Juan Diego».


ZENIT: ¿Por qué se llega a la canonización de Juan diego 454 años después de su muerte?

FIDEL GONZALEZ: Diría que por tres motivos. En primer lugar, porque la legislación canónica, establecida en tiempos de Urbano VIII, con exactitud en 1635, desanimaba la introducción de procesos de canonización en general. Las pocas causas que se iniciaban se referían a grandes fundadores de institutos u obras religiosas o a grandes figuras, muchas veces apoyadas por las monarquías o por otras autoridades religiosas. En segundo lugar, la corona española no era favorable a introducir causas de canonización. Por último, hay que tener presente que Juan Diego era indio. En el pasado se introducían las causas de grandes fundadores, como san Ignacio de Loyola, de grandes misioneros, como san Francisco Javier, y de grandes místicos, como santa Teresa de Jesús... Pero a nadie se le ocurría iniciar la causa de canonización de un indio.

Z: El fenómeno guadalupano ha sido concebido por algunos más bien como un símbolo. Con la canonización recupera su carácter histórico.

FG: El fenómeno guadalupano, como hecho histórico, no tuvo discusión durante tres siglos, hasta el XVIII. En la época de la independencia de México -momento en que la población pedía la intercesión de la Virgen de Guadalupe-, un español, Juan Bautista Muñoz, prefirió interpretar la aparición como un mito. Más adelante, con el liberalismo y el positivismo histórico, muchas cosas se pusieron en duda y algunos comenzaron a reducir el acontecimiento guadalupano a un símbolo. Hoy la documentación histórica a nuestra disposición nos lleva a dar la razón a quienes en el siglo XVII analizaron jurídicamente los hechos hasta lograr también la verificación histórica.

Z: ¿Cuál es el mensaje de Juan Diego y de nuestra Señora de Guadalupe?

FG: El mensaje es muy sencillo. Nuestra Señora se presenta como la «Madre de Aquél a través del cual se vive», que es una expresión empleada en las antiguas tradiciones indígenas para definir al Dios creador, omnipotente. La maternidad de María, por lo tanto, quiere abrazar y acoger entre sus brazos a toda la humanidad, bajo el signo de la presencia de Cristo encarnado en su seno, para hacer descubrir a los hombres el propio rostro, la propia dignidad de hijos de Dios y de hermanos entre ellos.

EL OBSERVADOR 369-3

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EN CANADÁ

«¡Gracias a ti, Canadá, por la acogida ofrecida a estos jóvenes!»

Discurso de llegada de Juan Pablo II a Canadá


Señor primer ministro Jean Chrétien. Queridos amigos canadienses:

1. Me siento profundamente agradecido, señor primer ministro, por sus palabras de bienvenida y al mismo tiempo me siento sumamente honrado por la presencia, a mi llegada, del primer ministro de Ontario, del alcalde de la gran ciudad de Toronto, y de numerosos importantes representantes del gobierno y de la sociedad civil. A todos les expreso de todo corazón un sentido «gracias»: gracias por haber respondido favorablemente a la idea de acoger la Jornada Mundial de la Juventud en Canadá, y gracias por todo lo que se ha hecho para que se convirtiera en realidad.

Queridos canadienses: guardo un recuerdo sumamente vivo de mi primer viaje apostólico en 1984 y de la breve visita que realicé en 1987 a los pueblos indígenas en la tierra de Denendeh. Esta vez tengo que contentarme con quedarme únicamente en Toronto. Desde este lugar, saludo a todos los ciudadanos de Canadá. Vosotros estáis presentes en mi oración de reconocimiento a Dios que ha llenado con sus bendiciones vuestro inmenso y espléndido país.

2. Ahora se están reuniendo los jóvenes de todos los puntos del mundo para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Con sus dones de inteligencia y de corazón, son el futuro del mundo. Pero llevan también la marca de una humanidad que, con demasiada frecuencia, no experimenta ni la paz ni la justicia.

Demasiadas vidas comienzan y concluyen sin alegría ni esperanza. Una de las principales razones de ser de las Jornadas Mundiales de la Juventud es ésta: los jóvenes se están reuniendo para comprometerse con la fuerza de su fe en Jesucristo a servir a la gran causa de la paz y de la solidaridad humana.

¡Gracias a ti, Toronto! ¡Gracias a ti, Canadá, por la acogida ofrecida a brazos abiertos a todos estos jóvenes!

3. En la versión francófona de vuestro himno nacional «Oh Canadá», vosotros cantáis: «Tu brazo sabe llevar la espada, sabe llevar la cruz». Los canadienses son herederos de un humanismo extraordinariamente rico, gracias a la asociación de numerosos elementos culturales diferentes. Pero el corazón de vuestra herencia es la concepción espiritual y trascendente de la vida, fundada sobre la Revelación cristiana, que da un impulso vital a vuestro desarrollo como sociedad libre, democrática, y solidaria, reconocida en el mundo entero como paladín de los derechos de la persona humana y de su dignidad.

4. En un mundo caracterizado por fuertes tensiones éticas y sociales, y por una especie de confusión sobre el objetivo mismo de la vida, los canadienses tienen, como contribución, un tesoro incomparable que ofrecer. Tienen que preservar todo lo que es profundo, bueno, y válido de su herencia. Rezo para que esta Jornada Mundial de la Juventud sea para todos los canadienses una ocasión de redescubrimiento de valores que son esenciales para una vida buena y para la felicidad humana.

Señor primer ministro, señoras y señores representantes de las autoridades, queridos amigos: que el lema de la Jornada Mundial de la Juventud pueda resonar de un lado al otro del país, recordando a todo cristiano su deber de ser «sal de la tierra y luz del mundo»!

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Martes 23 de julio

Juan Pablo II inició su viaje apostólico número 97 fuera de Italia. Partió a las 10:00 de la mañana del aeropuerto romano de Fiumicino y, tras nueve horas de vuelo, aterrizó en el aeropuerto internacional «Lester B. Pearson» de Toronto (Canadá) a las 13:00 hora local.

Los cardenales Jean Claude Turcotte, de Montreal; Aloysius Ambrozic, de Toronto, y James Francis Stafford, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, presidieron el grupo de prelados que dieron la bienvenida al Pontífice en el hangar principal del aeropuerto; donde se había instalado un podio con enormes telones blancos y azules.

Las autoridades civiles estuvieron, en cambio, encabezadas por el primer ministro Jean Chretienne, cuya presencia en la ceremonia de bienvenida había sido inicialmente puesta en duda hasta que la protesta de los católicos locales lo forzaron a despejar toda duda sobre su participación.

A la 1:07 p.m., hora local, el avión de Alitalia, con una bandera canadiense asomando por la ventana, se detuvo en la cabecera de la pista frente al hangar principal y a la 1:17 la figura blanca del Pontífice apareció por la portezuela, desde donde elevó su mano derecha para saludar a los presentes. Una salva de aplausos fue la respuesta.

El Papa con buen ánimo

A diferencia de su último viaje apostólico, cuando utilizó un ascensor para descender del avión, el Pontífice quiso claramente dar un signo de su voluntad de participar activamente en el encuentro que tiene por delante, y bajó caminando, lentamente y con apenas asistencia, las escaleras del avión.

Al pie de la escalera, un conmovido Chretienne le dio la bienvenida, tras la cual el Papa subió al ya habitual podio móvil para desplazarse saludando a los cientos de asistentes.

La ceremonia oficial al interior del hangar comenzó con la ejecución de los himnos pontificio y canadiense, tras la cual Chretienne tomó la palabra para darle al Pontífice la bienvenida.

Emotivos saludos

Una niña de Quebec ofreció al Pontífice un ramo de rosas, abriendo así el saludo de jóvenes de todo Canadá, incluyendo representantes de los grupos étnicos nativos.

Los saludos, que incluyeron algunos enfermos y mi-nusválidos, estuvieron marcados por episodios conmovedores, cuando algunos de los elegidos para encontrarse con el Pontífice se quebraron en un intenso llanto mientras eran consolados por el anciano Papa.

«Gracias por su saludo cordial y por acoger la Jornada Mundial de la Juventud. Gracias», dijo finalmente el Papa en francés, antes de dirigirse al helicóptero que lo llevó a la «Isla de las Fresas», donde descansó hasta la gran cita con los jóvenes.
(Fuentes: VIS y ACI)

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El Papa se tomó unas breves vacaciones

Juan Pablo II disfrutó el miércoles 24 de un día de descanso en la isla de Strawberry, situada a menos de cien kilómetros de Toronto. Dio un paseo de unas dos horas en un barco privado por el lago Simcoe, donde se encuentra la pequeña isla en la que estuvo albergado. Un grupo de niños disminuidos físicos que viven en un centro que se asoma al lago, al ver pasar al Papa se acercaron en unos patines acuáticos con sus acompañantes. El Papa saludó a cada uno de ellos —eran unos 20 ó 25—, los bendijo y les regaló un rosario.

El séquito que acompañó al pontífice en la isla fue reducido. Estuvo formado, entre otros, por su médico personal, Renato Buzzonetti, y la religiosa polaca sor Tobiana, quien atiende al Papa desde hace años en el Vaticano.

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Jueves 25 de julio

En medio de un mar de jóvenes que no dejó de celebrar su presencia con vítores, el papa Juan Pablo II se encontró con los participantes de la Jornada Mundial de la Juventud abrazando con sus palabras a todos los jóvenes del mundo.

A las 3 de esta tarde (hora local), tras dejar Strawberry Island, Juan Pablo II se dirigió al Exhibition Place de Toronto para la fiesta de la acogida de los jóvenes llegados para la XVII Jornada Mundial de la Juventud.

Después de las palabras de saludo del presidente de la Conferencia Canadiense de los Obispos Católicos, Mons. Jacques Berthelet, C.S.V., Obispo de St. Jean-Longueil, el Santo Padre dirigió el saludo inicial a los centenares de miles de jóvenes reunidos en el campo.

La fiesta de acogida (centrada en el tema de las Bienaventuranzas) tuvo saludos, cantos y testimonios. Luego de la procesión de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, y tras la lectura del Santo Evangelio, el Papa pronunció un discurso. Al final del encuentro de fiesta, Juan Pablo II regresó en helicóptero a Strawberry Island.
(Fuente: ACI)

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Viernes 26 de julio

El viernes 26 el obispo de Roma invitó a catorce jóvenes (de todos los continentes) a almorzar en la isla de Strawberry. Fueron llamados tres jóvenes de Canadá, uno de Alemania, uno de la India, uno de Estados Unidos, uno de Sudán, uno de China (Hong Kong ), uno de Kenia, uno de Haití, uno de Perú, uno de Australia, uno de Jordania y uno de Bosnia- Herzegovina.

La tarde de ese mismo día la moderna Toronto, con sus rascacielos y edificios de cristal, asistió a uno de los momentos más conmovedores de la Jornada Mundial de la Juventud: el Viacrucis.

El camino de la cruz inició en la central Nathan Philips Square, frente al Ayuntamiento de la ciudad. Cuatro jóvenes encendieron la llama perpetua que arde en el Peace Park, un símbolo inaugurado por el mismo Juan Pablo II durante su visita a Canadá de 1984, con brasas provenientes del Peace Memorial Park de Hiros hima.

La procesión recorrió las calles de la ciudad hasta converger, en torno a las 22:00 horas, ante el Royal Ontario Museum
(Fuentes: (Fuente: VIS y ZENIT)

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«El Papa, que los ama sinceramente, ha venido desde lejos para escuchar con ustedes las palabras de Jesús»
Saludo inicial del vicario de Cristo al encontrarse con los jóvenes


¡Queridos jóvenes amigos!

1. Han venido a Toronto desde todos los continentes para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. ¡Mi gozo y agradecimiento de corazón para todos ustedes! He estado esperando ansiosamente este encuentro, especialmente cuando día tras día recibí en el Vaticano buenas noticias de todas partes del mundo sobre las iniciativas que han marcado su peregrinación hasta aquí. Con frecuencia, aun sin habernos encontrado, los encomendé a cada uno en mis plegarias al Señor. Él los conoce desde siempre y ama personalmente a cada uno de ustedes.

Con afecto fraternal saludo a los cardenales y obispos que están aquí con ustedes; en particular al obispo Jacques Berthelet, Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Canadá; al cardenal Aloysius Ambrozic, arzobispo de esta ciudad, y al cardenal James Francis Stafford, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos. A todos ustedes les digo: que sus contactos con sus pastores les ayuden a descubrir y apreciar más y más la belleza de la Iglesia, experimentada como comunión misionera.

2. Al escuchar la larga lista de países de los que han venido, hemos hecho prácticamente un viaje alrededor del mundo. Detrás de cada uno de ustedes logro ver los rostros de todos los jóvenes con los que me he encontrado en el curso de mis viajes apostólicos y a quienes ustedes, en cierta forma, aquí representan. Los he imaginado peregrinando, caminando a la sombra de la Cruz Jubilar, en este gran peregrinaje joven que, mudándose de continente a continente, desea abrazar a todo el mundo en la fe y esperanza.

Hoy, este peregrinaje hace una escala aquí, en las orillas del Lago Ontario. Nos recuerda a otro lago, el lago Tiberiades, en cuyas orillas el Señor Jesús hizo una propuesta fascinante a los primeros discípulos, algunos de los cuales probablemente eran jóvenes como ustedes.

El Papa, que los ama sinceramente, ha venido desde lejos para escuchar con ustedes las palabras de Jesús. Como en el caso de los discípulos aquel día hace tanto tiempo, estas palabras pueden preparar los corazones de los jóvenes para que ardan y motiven todas sus vidas. Los invito a hacer de las numerosas actividades de la Jornada Mundial de la Juventud, que recién está comenzando, un tiempo especial en el que cada uno de ustedes escuche atentamente al Señor, con un corazón dispuesto y generoso, para convertirse en «sal de la tierra y luz del mundo».
(Traducción de ACI)

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«Cristo tiene el secreto de la victoria»
Discurso del Papa en la fiesta de acogida de los jóvenes


¡Queridos jóvenes!
1. Acabamos de escuchar la Carta Magna del Cristianismo: las Bienaventuranzas. Hemos visto una vez más, con los ojos del corazón, lo que sucedió en ese momento: una multitud de personas se reúne alrededor de Jesús en la montaña, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, venidos de Galilea, pero también de Jerusalén, de Judea, de las ciudades de Decápolis, de Tiro y Sidón. Todos esperaban una palabra, un gesto que les diera consuelo y esperanza.

Nosotros también nos hemos reunido aquí, esta tarde, para escuchar con atención al Señor. Él os mira con mucho cariño: venís de diferentes regiones de Canadá, de los Estados Unidos, de América Central y de América del Sur, de Europa, de África, de Asia, de Oceanía. He oído vuestras voces alegres, vuestros gritos, vuestras canciones, y he sentido el profundo anhelo que late en vuestros corazones: ¡queréis ser felices!

Queridos jóvenes, muchas y tentadoras son las voces que os llaman de todas las partes: muchas de estas voces os proponen una alegría que puede obtenerse con el dinero, con el éxito, con el poder. Principalmente, proponen una alegría que procede del placer superficial y efímero de los sentidos.

2. Queridos jóvenes, ante vuestro deseo joven de felicidad, el Papa anciano, con muchos años, pero aún joven de corazón, responde con palabras que no son suyas. Son palabras que resonaron hace dos mil años. Palabras que hemos escuchado nuevamente esta tarde: «Bienaventurados...». La palabra clave en la enseñanza de Jesús es un anuncio de alegría: «Bienaventurados...».

El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero Él os pide que confiéis en Él. La verdadera alegría es una victoria, algo que no puede obtenerse sin una larga y difícil lucha. Cristo tiene el secreto de la victoria.

Vosotros ya sabéis qué es lo que había pasado antes. Lo narra el Libro del Génesis: Dios creó al hombre y a la mujer en un paraíso, el Edén, porque quería que fueran felices. Desafortunadamente, el pecado arruinó sus planes iniciales. Pero Dios no se resignó a este fracaso. Él envió a su Hijo al mundo para devolvernos una perspectiva aun más hermosa del cielo. Dios se hizo hombre —lo han subrayado los Padres de la Iglesia— para que los hombres y las mujeres puedan convertirse en Dios. Éste es el viraje decisivo realizado en la historia humana por la Encarnación.

3. ¿De qué lucha estamos hablando? Cristo mismo nos da la respuesta: san Pablo escribió: Jesús «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo... se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Filipenses 2,6-8). Se trata de una lucha hasta la muerte. Cristo no venció esta batalla por sí mismo sino por nosotros. A partir de su muerte, surgió la vida. La tumba en el Calvario se ha convertido en la cuna de la nueva humanidad en camino hacia la verdadera felicidad.

El «Sermón de la Montaña» traza el mapa de este viaje. Las ocho Bienaventuranzas son las señales de tránsito que nos indican el camino. Es un camino cuesta arriba, pero Jesús lo ha caminado antes que nosotros. Un día dijo: «el que me siga no caminará en la oscuridad» (Juan 8,12). Y en otra ocasión agregó: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Juan 15,11).

Caminando con Cristo podemos encontrar la alegría, ¡la verdadera alegría! Precisamente por esta razón, hoy Jesús os hace nuevamente un anuncio de alegría: «Bienaventurados...».

Ahora que estamos por dar la bienvenida a su gloriosa Cruz, la Cruz que ha acompañado a los jóvenes en los caminos del mundo, dejemos que esta palabra de consuelo y exigente resuene en el silencio de nuestro corazón: «Bienaventurados...».

4. Reunidos alrededor de la Cruz del Señor, dirigimos nuestra mirada hacia Él: Jesús no se limitó a proclamar las Bienaventuranzas, ¡las vivió! Al recorrer de nuevo su vida, al releer el Evangelio, quedamos sorprendidos: Jesús es precisamente el más pobre entre los pobres, el más dócil entre los mansos, la persona con el corazón más limpio y más misericordioso. Las Bienaventuranzas no son más que la descripción de un rostro, ¡su rostro!

Al mismo tiempo, las Bienaventuranzas describen lo que un cristiano debería ser: son el retrato del discípulo de Jesús, la fotografía de quienes han aceptado el Reino de Dios y quieren que su vida esté en sintonía con las exigencias del Evangelio. Jesús se dirige a este hombre, llamándole «bienaventurado».

La alegría que prometen las Bienaventuranzas es la misma alegría de Jesús: una alegría buscada y encontrada en la obediencia al Padre y en la entrega de sí mismo al prójimo.

5. ¡Jóvenes de Canadá, de América y del mundo entero!: al mirar a Jesús, aprenderéis lo que significa ser pobres de espíritu, mansos y misericordiosos; lo que significa buscar la justicia, ser limpios de corazón, trabajadores por la paz.

Con vuestra mirada fija en Él, vosotros descubriréis el sendero del perdón y la reconciliación en un mundo a menudo devastado por la violencia y el terror. El año pasado vimos con una claridad dramática el rostro trágico de la malicia humana. Vimos lo que sucede cuando el odio, el pecado y la muerte toman control.

Pero hoy la voz de Jesús resuena en medio de nosotros. Su voz es una voz de vida, de esperanza, de perdón; una voz de justicia y de paz. ¡Escuchémosla!

6. Queridos amigos, la Iglesia os mira hoy con confianza y espera que vosotros seais gente de las Bienaventuranzas.

Bienaventurados vosotros si, como Jesús, sois pobres de espíritu, buenos y misericordiosos; si realmente buscáis lo que es justo y recto; si sois puros de corazón, si trabajáis por la paz, si amáis a los pobres y les servís. ¡Bienaventurados!

Sólo Jesús es el verdadero Maestro, sólo Jesús habla del mensaje inalterable que responde a los anhelos más profundos del corazón humano, porque solamente Él conoce «qué es lo que hay en cada persona» (Cf. Juan 2,25). Hoy os llama para ser sal y luz del mundo, para escoger el bien, vivir en la justicia, para convertiros en instrumentos de amor y paz. Su llamada siempre ha exigido una elección entre lo bueno y lo malo, entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte. Hoy os presenta la misma invitación a vosotros, reunidos aquí en las orillas del Lago Ontario.

7. ¿Qué llamada seguirán los centinelas de la mañana? Creer en Jesús es aceptar lo que Él dice, aunque esté en contra de lo que otros digan. Significa rechazar las solicitudes del pecado, por más atractivas que parezcan, siguiendo la exigente senda de las virtudes del Evangelio.

Jóvenes que me escucháis: ¡contestad al Señor con corazones fuertes y generosos! Él cuenta con vosotros. Nunca lo olvidéis: ¡Cristo os necesita para llevar a cabo su plan de salvación! Cristo tiene necesidad de vuestra juventud y de vuestro generoso entusiasmo para hacer resonar su proclamación de alegría en el nuevo milenio. ¡Responded a su llamada poniendo vuestras vidas al servicio de vuestros hermanos y hermanas! Confiad en Cristo, porque Él confía en vosotros.

8. Señor Jesucristo, proclama una vez más las Bienaventuranzas en presencia de estos jóvenes, reunidos en Toronto para la Jornada Mundial de la Juventud. Mírales con amor y escucha sus jóvenes corazones, Dispuestos a arriesgar por Ti su futuro.

Los has llamado a ser «sal de la tierra y luz del mundo». Sigue enseñándoles la verdad y belleza de la visión que Tú proclamaste en la Montaña.

¡Hazlos hombres y mujeres de tus Bienaventuranzas! Que la luz de tu sabiduría brille sobre ellos, de manera que con palabras y obras difundan en el mundo la luz y la sal del Evangelio.

¡Haz que toda su vida sea un reflejo luminoso de Ti, que eres la verdadera luz, venida a este mundo para que todo el que crea en Ti no perezca, sino que tenga vida eterna (Cf. Juan 3, 16).

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«La oración será la sal de sus vidas»
Saludo del Papa en la apertura de la vigilia de oración


Jóvenes del mundo, queridos amigos:

1. ¡En nombre del Señor, os saludo a todos con cariño! Me siento feliz de estar nuevamente entre vosotros, después de los días que habéis pa sado de catequesis, de reflexión, de encuentro y de fiesta. Nos estamos acercando a la fase final de vuestra Jornada Mundial, cuyo punto culminante será nuestra celebración eucarística de mañana.

En vosotros, reunidos en Toronto de las cuatro esquinas de la tierra, la Iglesia lee su futuro, y siente el llamado a la juventud con el que el Espíritu Santo siemp re la enriquece. El entusiasmo y alegría que mostráis son un signo seguro de vuestro amor por el Señor, y de vuestro deseo de servirlo en la Iglesia y en vuestros hermanos y hermanas.

2. Hace unos días, en Wadowice, mi ciudad natal, tuvo lugar el Tercer Foro Internacional de Jóvenes. Congregó a jóvenes católicos, greco-católicos y ortodoxos de Polonia y Europa Oriental. Hoy, miles de jóvenes de toda Polonia están allí reunidos y unidos a nosotros por medio de un enlace televisivo para celebrar esta vigilia de oración con nosotros. Permitidme saludarlos en polaco.

Saludo a los jóvenes que hablan polaco, venidos aquí en gran número de nuestra patria y de otros países del mundo, así como a los miles de jóvenes que se han reunido en Wadowice procedentes de toda Polonia y de los países de Europa del Este para vivir junto a nosotros esta vigilia de oración. A todos deseo que estos días traigan abundantes frutos de generoso empuje en la adhesión a Cristo y su Evangelio.

3. Durante la vigilia de esta noche daremos la bienvenida a la Cruz de Cristo, signo del amor de Dios por la humanidad. Alabaremos al Señor Resucitado, luz que brilla en las tinieblas. Rezaremos con los salmos, repitiendo las mismas palabras que Jesús utilizó durante su vida en la tierra cuando hablaba con su Padre. Los salmos siguen siendo hoy la oración de la Iglesia. Luego, escucharemos la Palabra de Dios, lámpara para nuestros pasos, luz para nuestro camino (cfr. Salmos 119,105). Os invito a que seáis la voz de los jóvenes de todo el mundo, para expresar vuestras alegrías, vuestras decepciones, vuestras esperanzas. Poned vuestra atención en Jesús, el Dios Viviente, y repetid lo que los apóstoles le pidieron: «Señor, enséñanos a orar». La oración será la sal que da sabor a vuestras vidas, y que os conduce a Él, verdadera luz de la humanidad.

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Sábado 27 de julio


Juan Pablo II se encontró con 600 mil jóvenes de 173 países en la vigilia de oración en la tarde del sábado en el Downsview Park de Toronto, es decir, el antiguo aeropuerto.

Juan Pablo II se encontraba en buen estado de forma física y no escondía su alegría al contemplar el océano multicolor de jóvenes que le escuchaban.

Al llegar al Downsview Park, los chicos y chicas le recibieron con interminables aplausos y gritos de entusiasmo, mientras el «papamóvil» atravesaba los pasillos humanos entre banderas ondeantes de todos los países.

El palco estaba presidido por una gran cruz de color amarillo de 55 metros de altura, que irradiaba luz a toda la enorme explanada. Al subir, el Papa se desplazó en él gracias a una peana móvil, que fue empujada por dos hombres con trajes regionales.

Particularmente conmovedores fueron los testimonios de tres jóvenes: un indígena, una canadiense, y un peruano, que narraron cómo la fuerza de la fe ha sido decisiva para sus vidas en medio de la marginación, la secularización, la pobreza y la violencia.

Cuando iba a concluir la vigilia, el Papa entregó a doce parejas otros tantos saquitos de sal, simbolizando su misión de ser sal y luz de la tierra, lema de esta Jornada Mundial de la Juventud.

Los jóvenes pasaron la noche en el Downsview Park, donde tuvieron que afrontar en la madrugada una tormenta. Pocos fueron los que pudieron dormir unas horas. Allí esperaron de nuevo al Papa para participar en la celebración de la Eucaristía del domingo, con la que se clausuró la Jornada Mundial de la Juventud.
(Fuente: ZENIT)

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Jóvenes, no esperen a tener más años para adentrarse en la santidad
Discurso de Juan Pablo II tras la liturgia de la Palabra en la vigilia de oración

Queridos jóvenes:

1. En 1985, cuando quería lanzar las Jornadas Mundiales de la Juventud, llevaba en el corazón las palabras del apóstol Juan que acabamos de escuchar: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, la Palabra de vida... os lo anunciamos» (1 Juan 1, 1.3). E imaginaba las Jornadas Mundiales de la Juventud como un momento intenso en el que los jóvenes del mundo pudieran encontrar a Cristo, que es eternamente joven, y aprender de Él ser evangelizadores de los demás jóvenes.

Esta noche, junto a vosotros, alabo a Dios y le doy gracias por el don otorgado a la Iglesia por medio de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Millones de jóvenes han participado, y como resultado se han vuelto mejores testigos de Cristo y más comprometidos. Os doy en especial las gracias a vosotros, que habéis respondido a mi invitación de venir aquí a Toronto para «contar al mundo vuestra alegría de haber encontrado a Cristo Jesús, vuestro deseo de conocerlo cada vez mejor, vuestro compromiso de anunciar el Evangelio de salvación hasta los extremos confines de la tierra» (Mensaje para la XVII Jornada Mundial de la Juventud 2002, N. 5)

2. El nuevo milenio se abrió con dos acontecimientos contrastantes: por una parte, la imagen de multitudes de peregrinos que fueron a Roma durante el gran Jubileo para pasar a través de la Puerta Santa que es Cristo, nuestro Salvador y Redentor; por otra, el terrible ataque terrorista en Nueva York, imagen de un mundo en el que la hostilidad y el odio parecen prevalecer.

La pregunta que surge es dramática: ¿sobre qué cimientos debemos construir la nueva era de la historia que está emergiendo de las grandes transformaciones del siglo veinte? ¿Es suficiente depender solamente de la revolución tecnológica que ahora está teniendo lugar, que parece responder únicamente a los criterios de productividad y eficiencia, sin referencia alguna a la dimensión espiritual del individuo o a los valores éticos compartidos universalmente? ¿Es correcto contentarse con respuestas provisorias para las preguntas fundamentales, y abandonar la vida a la merced de los impulsos, de los instintos, de las sensaciones efímeras o modas pasajeras?

La pregunta sigue en pie: ¿sobré qué cimientos, sobre qué certezas deberíamos construir nuestras vidas y la vida de la comunidad a la que pertenecemos?

3. Queridos amigos: de manera espontánea en vuestros corazones, en el entusiasmo de vuestros años jóvenes, conocéis la respuesta, y la estáis dando por medio de vuestra presencia aquí esta noche: Cristo sólo es la piedra angular sobre la que es posible construir de manera sólida nuestra existencia. Solamente Cristo —conocido, contemplado y amado— es el amigo fiel que nunca nos defrauda, que se convierte en nuestro compañero de viaje y que con sus palabras hace que arda nuestro corazón (cfr.. Lucas 24,13-35).
El siglo XX trató a menudo de prescindir de esa piedra angular, y trató de construir la civilización humana sin referencia a Dios. ¡En realidad terminó construyendo la civilización contra el hombre! Los cristianos son conscientes de que no es posible rechazar o ignorar a Dios sin correr el riesgo de degradar al hombre.
4. La aspiración que alimenta la humanidad, entre incontables injusticias y sufrimientos, es la esperanza de una nueva civilización caracterizada por la libertad y la paz. Pero para afrontar este desafío, se necesita una nueva generación de constructores. Movidos no por el temor ni la violencia sino por la urgencia de un amor genuino, tienen que aprender a construir, ladrillo por ladrillo, la civilización de Dios dentro de la civilización del hombre.

Queridos jóvenes, permitidme que os confíe mi esperanza: ¡tenéis que ser esos «constructores»! Vosotros sois los hombres y las mujeres del mañana. El futuro está en vuestros corazones y en vuestras manos. Dios os confía la tarea, difícil y entusiasmante, de trabajar con Él en la construcción de la civilización del amor.

5. De la Carta del apóstol san Juan —el más joven de los apóstoles, y quizás por esa precisa razón el más amado por el Señor— hemos escuchado estas palabras: «Dios es Luz, en Él no hay tiniebla alguna» (1 Juan 1,5). Pero —Juan también observa— nadie ha visto a Dios. Es Jesús, el Hijo único del Padre, quien nos lo ha revelado (cfr.. Juan 1,18). Por tanto, si Jesús ha revelado a Dios, ha revelado también la luz. Con Cristo, de hecho, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Juan1, 9) ha venido al mundo.

Queridos jóvenes, dejad que os invada la luz de Cristo, y difundir esa luz dondequiera que estéis. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: « La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres». (número 2715).

En la medida en que vuestra amistad con Cristo, vuestro conocimiento de su misterio, vuestra entrega a Jesús, sean genuinos y profundos, seréis «hijos de la luz», y a su vez «luz del mundo». Por esta razón, os repito las palabras del Evangelio: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 5, 16)

6. Esta tarde, el Papa, junto con todos vosotros, jóvenes de todos los continentes, reafirma ante el mundo la fe que sostiene la vida de la Iglesia. Cristo es la luz de las naciones. Murió y resucitó para devolver a los hombres, que caminan por la historia, la esperanza de la eternidad. Su Evangelio no aliena al hombre: todo valor auténtico, independientemente de la cultura en que se manifieste, es aceptado y elevado por Cristo. Conscientes de esta realidad, los cristianos no pueden dejar de sentir en sus corazones el orgullo y la responsabilidad de su llamado a ser testigos de la luz del Evangelio.

Precisamente por este motivo, os digo esta tarde: ¡que la luz de Cristo brille en vuestras vidas! ¡No esperéis a tener más años para adentraros en el camino de la santidad! La santidad siempre es juvenil, de la misma manera que la juventud de Dios es eterna.

Comunicad a todas las personas la belleza del encuentro con Dios que da sentido a vuestra vida. Que nadie os aventaje en la búsqueda de la justicia, en la promoción de la paz, en vuestro compromiso de hermandad y solidaridad.

Qué hermosa es la canción que hemos estado escuchando durante estos días: ¡Luz del mundo! ¡Sal de la tierra! / ¡Sed para el mundo el rostro del amor! / ¡Sed para la tierra el reflejo de su luz!

Este es el regalo más hermoso y preciado que podéis dar a la Iglesia y al mundo. Vosotros sabéis que el Papa está con vosotros, con su oración y bendición afectuosa.

7. Quisiera volver a saludar a los jóvenes en polaco:

Queridos jóvenes amigos, os doy las gracias por vuestra presencia. En Toronto, en Wadowice, y por doquier estáis espiritualmente unidos a los jóvenes del mundo que viven su XVII Jornada Mundial. Os quiero asegurar que os abrazo siempre con el corazón y la oración a cada uno de vosotros, pidiendo a Dios que podáis ser sal y luz de la tierra ahora y cuando seáis adultos. ¡Que Dios os bendiga!

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Domingo 28 de julio

Aproximadamente un millón de personas participó enDownsview Lands, bajo una repentina lluvia, en la Misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud.

Cubierta con paraguas, impermeables, plásticos, cajas y y hasta banderas, la gente soportó paciente mente el aguacero. «¡Eco, salió el sol!», dijo el Papa interrumpiendo su homilía cuando se percató de la presencia del astro ausente.

Además de los asistentes, docenas de cardenales y obispos que ayudaron en la celebración de la Misa final también se empaparon, y lo mismo ocurrió con los políticos canadienses que acudieron al acto.

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Hasta luego, muchachos; Cristo los espera en Colonia (Alemania) en el 2005

Juan Pablo II anunció oficialmente que las próximas Jornadas Mundiales de la Juventud se celebrarán en el año 2005 en la ciudad alemana de Colonia.

«Como peregrinos, vuestro camino espiritual a Colonia comienza hoy. ¡Cristo os espera allí para la XX Jornada Mundial de la Juventud! », afirmó el P apa al terminar la eucaristía conclusiva de la edición de esta Jornada celebrada en Toronto.

Las Jornadas Mundiales de la Juventud se celebran normalmente a nivel mundial cada dos años. Sin embargo, el Santo Padre ha preferido que el encuentro de Alemania sea precedido por tres años de preparación con el objetivo de que cuente con una mayor preparación sobre el terreno de manera que pueda dar los frutos espirituales deseados en los jóvenes. A este período de preparación, el pontífice le bautizó con el nombre de «peregrinación en la fe».

Juan Pablo II agradeció al mismo tiempo la extraordinaria labor desempeñada por la Iglesia católica y las autoridades canadienses a todos los niveles para acoger las Jornadas de Toronto.
(Fuente: ZENIT)

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«Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5, 13-14)
Homilía del Papa en la Misa conclusiva de la JMJ


Queridos jóvenes de la XVII Jornada Mundial de la Juventud, queridas hermanas y hermanos:

1. En una montaña cercana al lago de Galilea, los discípulos de Jesús escuchaban su voz dulce y apremiante: dulce como el paisaje mismo de Galilea, apremiante como un llamado a escoger entre la vida y la muerte, entre la verdad y la mentira. El Señor pronunció entonces palabras de vida que estarían llamadas a resonar para siempre en el corazón de los discípulos.

Hoy os dirige las mismas palabras, jóvenes de Toronto, de Ontario y de toda Canadá, de los Estados Unidos, del Caribe, de la América de lengua española y portuguesa, de Europa, África, Asia y Oceanía. ¡Escuchad la voz de Jesús en lo íntimo de vuestros corazones! Sus palabras os dicen quién sois en cuanto cristianos. Os muestran lo que tenéis que hacer para permanecer en su amor.

2. Jesús ofrece una cosa; «el espíritu del mundo» ofrece otra. En la lectura de hoy, tomada de la Carta a los Efesios, san Pablo afirma que Jesús nos ha hecho pasar de las tinieblas a la luz (cfr. 5, 8). Sin lugar a dudas el gran apóstol pensaba en la luz que le cegó, cuando perseguía a los cristianos en el camino de Damasco. Cuando recuperó la vista, ya nada era como antes. Pablo había vuelto a nacer y, a partir de entonces, nada podría haberle arrebatado la alegría que había inundado su espíritu.

Queridos jóvenes, vosotros también estáis llamados a ser transformados. «Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo» (Efesios 5, 14): sigue diciendo Pablo.

«El espíritu del mundo» ofrece muchas ilusiones, muchas parodias de la felicidad. Sin duda las tinieblas más espesas son las que se insinúan en el espíritu de los jóvenes, cuando falsos profetas apagan en ellos la luz de la fe, de la esperanza y del amor. El engaño más grande, el manantial más grande de la infelicidad, es la ilusión de encontrar la vida prescindiendo de Dios, alcanzar la libertad excluyendo las verdades morales y la responsabilidad personal.

3. El Señor nos invita a escoger entre dos caminos, que están en competencia, para apoderarse de vuestra alma. Esta opción constituye la esencia y el desafío de la Jornada Mundial de la Juventud. ¿Por qué os habéis reunido aquí procedentes de todas las partes del mundo? Para decir juntos a Cristo: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6, 68). Jesús, amigo íntimo de cada joven, tiene palabras de vida. El mundo que heredáis es un mundo que tiene desesperadamente necesidad de un sentido renovado de la fraternidad y de la solidaridad humana. Es un mundo que necesita ser tocado y curado por la bondad y por la riqueza del amor de Dios. El mundo actual tiene necesidad de testigos de este amor. Necesita que vosotros seáis la sal de la tierra y la luz del mundo.

[Hablando en castellano, añadió]
4. La sal se usa para conservar y mantener sanos los alimentos. Como apóstoles del tercer milenio os corresponde a vosotros conservar y mantener viva la conciencia de la presencia de Jesucristo, nuestro Salvador, de modo especial en la celebración de la Eucaristía, memorial de su muerte redentora y de su gloriosa resurrección. Debéis mantener vivo el recuerdo de las palabras de vidas que pronunció, de las espléndidas obras de misericordia y de bondad que realizó. ¡Debéis constantemente recordar al mundo que «el Evangelio es fuerza de Dios que salva» (Romanos 1,16)!.

La sal condimenta y da sabor a la comida. Siguiendo a Cristo, debéis cambiar y mejorar el «sabor» de la historia humana. Con vuestra fe, esperanza y amor, con vuestra inteligencia, fortaleza y perseverancia, debéis humanizar el mundo en que vivimos. El modo para alcanzarlo lo indicaba ya el profeta Isaías en la primera lectura de hoy: «Suelta las cadenas injustas... parte tu pan con el hambriento... Cuando destierres de ti el gesto amenazador y la maledicencia... brillará tu luz en las tinieblas» (Is 58, 6-10).

5. Incluso una pequeña llama aclara el pesado manto de la noche. ¡Cuánta luz podréis transmitir todos juntos si os unís en la comunión de la Iglesia! ¡Si amáis a Jesús, si amáis a la Iglesia! No os desalentéis por las culpas y las faltas de algunos de sus hijos. El daño provocado por algunos sacerdotes y religiosas a personas jóvenes o frágiles nos llena a todos de un profundo sentido de tristeza y vergüenza. ¡Pero, pensad en la gran mayoría de sacerdotes y religiosos generosamente comprometidos con el único deseo de servir y hacer el bien! Aquí hay hoy muchos sacerdotes, seminaristas y personas consagradas: ¡estad a su lado y apoyadles! Y, si en lo profundo de vuestro corazón sentís resonar la misma llamada al sacerdocio o a la vida consagrada, no tengáis miedo de seguir a Cristo en el camino de la Cruz. En los momentos difíciles de la historia de la Iglesia, el deber de la santidad se hace todavía más urgente. Y la santidad no es una cuestión de edad. La santidad es vivir en el Espíritu Santo, como hicieron Kateri Tekakwitha y muchos otros jóvenes.

Vosotros sois jóvenes, y el Papa está viejo y algo cansado. Pero todavía se identifica con vuestras expectativas y con vuestras esperanzas. Si bien he vivido entre muchas tinieblas, bajo duros regímenes totalitarios, he visto lo suficiente como para convencerme de manera inquebrantable de que ninguna dificultad, ningún miedo es tan grande como para poder sofocar completamente la esperanza que palpita siempre en el corazón de los jóvenes.

¡No dejéis que muera esa esperanza! ¡Arriesgad vuestra vida por ella! Nosotros no somos la suma de nuestras debilidades y nuestros fracasos; por el contrario, somos la suma del amor del Padre por nosotros y de nuestra real capacidad para convertirnos en imagen de su Hijo.

6. Señor Jesucristo, guarda a estos jóvenes en tu amor. Que escuchen tu voz y crean en lo que Tú dices, pues sólo Tú tienes palabras de vida eterna. Enséñales a profesar la propia fe, a dar el propio amor, a comunicar la propia esperanza a los demás. Hazles testigos convincentes de tu Evangelio, en un mundo que tanta necesidad tiene de tu gracia salvadora. Haz de ellos el nuevo pueblo de las Bienaventuranzas, para que sean sal de la tierra y luz del mundo al inicio del tercer milenio cristiano. María, Madre de la Iglesia, protege y guía a estos chicos y chicas del siglo XXI. Abrázales fuertemente en tu corazón materno. Amén.

EL OBSERVADOR 369-4

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EN GUATEMALA

Lunes 29 de julio


A las 3:00 de la tarde del lunes 29 de julio, el papa Juan Pablo II llegó a Guatemala en lo que es su tercera visita apostólica a aquella nación.

Fue recibido en el aeropuerto internacional de la ciudad de Guatemala por el presidente de aquel país, Alfonso Portillo; lo acompañaban los presidentes de otras naciones centroamericanas, que acudieron a presentar sus respetos al vicario de Cristo.

Al final de la ceremonia, el Papa se desplazó hasta la Nunciatura Apostólica, recibiendo en el camino el saludo de una multitud de peregrinos que salió a su encuentro y adornó todo el trayecto (unos catorce kilómetros) con preciosas alfombras florales y de aserrín colorido.

Cabe destacar que ya tuvo lugar el primer gran fruto de esta visita del sucesor de san Pedro: el presidente de Guatemala anunció, previamente a la llegada del Pontífice, una moratoria de la pena de muerte en los meses que le quedan de gobierno. Esto, en respuesta a una petición del papa Juan Pablo II.

Además, el presidente anunció que la próxima semana enviará al Congreso de la República una iniciativa de ley para derogar la pena capital en el país. Luis Amílcar Cetino Pérez y Tomás Cerrate Hernández, el 29 de junio del 2000.
La estancia de Juan Pablo II en Guatemala fue muy breve: de sólo 24 horas, tiempo suficiente para poder acudir a canonizar al beato Pedro de Betancur.

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«Tendré la dicha de proclamar santo al hermano Pedro»
Mensaje del Papa al llegar a Guatemala


Señor Presidente. Queridos hermanos en el episcopado. Excelentísimas autoridades. Miembros del cuerpo diplomático, Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Ante todo quiero expresar mi gran alegría al venir por tercera vez como peregrino de amor y de esperanza a esta querida tierra guatemalteca. Doy gracias a Dios por haberme permitido volver aquí para celebrar la canonización de un personaje tan querido y admirado por vosotros, el hermano Pedro de San José de Betancur, hijo de la isla canaria de Tenerife, el cual, impulsado por un gran espíritu misionero, vino a Guatemala, entregándose al servicio de los pobres y necesitados.

2. Me complace saludar, en primer lugar, al Presidente de la República, Excelentísimo Señor Alfonso Antonio Portillo Cabrera, al cual manifiesto mi más viva gratitud por las amables palabras que ha tenido a bien dirigirme dándome la cordial bienvenida. Aprecio mucho la presencia de los Presidentes de las otras Repúblicas hermanas de Centroamérica, de la República Dominicana y del primer ministro de Belice. Mi agradecimiento se hace extensivo al gobierno de la nación, a las demás autoridades y al cuerpo diplomático, por su grata presencia en este acto y por su preciosa colaboración en los preparativos de mi visita.

Saludo entrañablemente a mis hermanos en el episcopado, en particular al señor Arzobispo de Guatemala y presidente de la Conferencia Episcopal, así como a los demás arzobispos y obispos. Mi saludo fraterno se extiende también con gran afecto a los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, catequistas y fieles, a todos los guatemaltecos, dirigiéndome con afecto a las poblaciones indígenas, y también a las personas venidas de otros países latinoamericanos y de España.

3. Mañana tendré la dicha de proclamar santo al hermano Pedro de Betancur, que fue expresión del amor de Dios a su pueblo. Esta celebración ha de ser un verdadero momento de gracia y renovación para Guatemala. En efecto, el ejemplo de su vida y la elocuencia de su mensaje son un valioso aporte a la construcción de la sociedad que se abre ahora a los desafíos del tercer milenio. Deseo fervientemente que el noble pueblo guatemalteco, sediento de Dios y de los valores espirituales, ansioso de paz y reconciliación, tanto en su seno como con los pueblos vecinos y hermanos, de solidaridad y justicia, pueda vivir y disfrutar de la dignidad que le corresponde.

4. Encomendándome a la protección del Santo Cristo de Esquipulas, y sintiéndome muy unido a los amados hijos de toda Guatemala, inicio este viaje apostólico, mientras de corazón os bendigo a todos, de modo particular a los pobres, a los indígenas y campesinos, a los enfermos y a los marginados, y muy especialmente a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu. A todos mi saludo cordial.
¡Alabado sea Jesucristo!

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¿Quién es el hermano Pedro de San José de Betancur?

Nació en Tenerife, España, el día 19 de marzo de 1626. Creció en el seno de una familia pobre. Debido a su contacto con la naturaleza, desde muy pequeño reforzó su afición a la contemplación y a la experiencia de Dios.

El 18 de septiembre de 1649, a la edad de 24 años, dejó su tierra, Tenerife, y embarcó rumbo a América. Permaneció un año en Cuba. En1651 salió rumbo a Guatemala. Llegó a la ciudad de Santiago de los Caballeros en la Antigua Guatemala. Al llegar se hincó y besando el suelo dijo: «Aquí he de vivir y morir».

Estudió en la escuela de la Compañía de Jesús con el firme deseo de ser sacerdote. Durante 1654 se desanimo por las dificultades en los estudios y se dirigió a Patapa, donde, al ingresar en la iglesia para orar, oyó a la Virgen del Rosario que le mandó volver a La Antigua.

Conoció la vida dura de los indios y esclavos. Maduró la vocación de ser pobre y consagrarse a los pobres. Abrió su pequeña vivienda a los niños, a los cuales enseñaba el catecismo y nociones elementales del saber.

Guatemala ya era rica en conventos. Pedro se sintió atraído hacia el ideal franciscano. El 10 de enero de 1655 presentó una petición para ingresar a la Orden Franciscana Seglar (Tercera Orden Franciscana) y el 11 de junio de 1656 hizo su profesión; desde entonces se dedicó a la iglesia del Calvario, en la cual ayudó a terminar su construcción, y el 19 de marzo de 1657 en sus jardines sembró un árbol de Esquesúchil, el cual hoy en día es llamado «El árbol del hermano Pedro».

Promovió la devoción a la Virgen (Rosario cantado), la práctica del Vía Crucis, la posada navideña y otras fiestas y devociones populares.

El 24 de febrero de 1658 compró una casita que convirtió en sala de enfermería durante la noche; además, instaló un oratorio para la Virgen, que también se convertiría en escuela de doctrina cristiana y primeras letras para niños y adultos analfabetos.

Fue reconocido como el primer alfabetizador de Guate mala. A partir de 1658 empezó a reunir en su hospitalito a los primeros Hermanos Terciarios, fundando el cuarto hospital de Guatemala y el primero de convalecientes en América y el mundo.

Por la contemplación del sufrimiento de Cristo, el hermano Pedro desarrolló una actitud de reparación que lo llevó a sufrir con el Cristo paciente y a alimentar un vivo celo por la conversión de los pecadores. La continua ocupación del hermano Pedro fue la oración, la penitencia y el trabajo en beneficio de los más necesitados. Recorría las calles sonando su campanita, y diciendo: «Un alma tienes nomás. Si la pierdes, ¿qué harás?», y pedía indulgencias por las almas del purgatorio.

Una enfermedad repentina lo condujo al lecho. El 25 de abril de 1667, a las dos de la tarde, en el hospital de Belén, mirando un cuadro de san José, exclamó: «Ésta es mi gloria» y expiró.

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Dio a los pobres; su justicia permanece por los siglos de los siglos
Homilía del Papa en la canonización del hermano Pedro de San José de Betancur


«Un apremiante llamado a practicar la misericordia en la sociedad»

1. «Venid, vosotros, benditos de mi Padre; ...Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mateo 25, 34.40). ¿Cómo no pensar que estas palabras de Jesús, con las que se concluirá la historia de la humanidad, puedan aplicarse también al Hermano Pedro, que con tanta generosidad se dedicó al servicio de los más pobres y abandonados?

Al inscribir hoy en el catálogo de los santos al Hermano Pedro de San José de Betancur, lo hago convencido de la actualidad de su mensaje. El nuevo santo, con el único equipaje de su fe y su confianza en Dios, surcó el Atlántico para atender a los pobres e indígenas de América: primero en Cuba, después en Honduras y, finalmente, en esta bendita tierra de Guatemala, su «tierra prometida».

2. Agradezco cordialmente las amables palabras que me ha dirigido monseñor Rodolfo Quezada, arzobispo de Guatemala, presentándome a estas queridas comunidades eclesiales. Saludo a los señores cardenales, a los obispos guatemaltecos, al obispo de Tenerife y a los venidos de otras partes del continente americano.

También saludo con gran estima a los sacerdotes y a los consagrados y consagradas. Un saludo especial y afectuoso también a los hermanos de la Orden de Belén y a las hermanas Bethlemitas, fruto de la inspiración de la madre Encarnación Rosal, primera beata guatemalteca y reformadora del Beaterio donde fraguó la fundación para recuperar los valores fundamentales de los seguidores del Hermano Pedro.

Agradezco particularmente la presencia en esta celebración de los presidentes de las repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, del primer ministro de Belice y demás autoridades civiles. Aprecio también la participación en este acto de la misión oficial que el Gobierno Español ha querido enviar para esta feliz ocasión.

Deseo, asimismo, expresar mi aprecio y cercanía a los numerosos indígenas. El Papa no os olvida y, admirando los valores de vuestras culturas, os alienta a superar con esperanza las situaciones, a veces difíciles, que atravesáis. ¡Construid con responsabilidad el futuro, trabajad por el armónico progreso de vuestros pueblos! Merecéis todo respeto y tenéis derecho a realizaros plenamente en la justicia, el desarrollo integral y la paz.

3. «Que su Espíritu los fortalezca interiormente y que Cristo habite en sus corazones. Así, arraigados y cimentados en el amor, podrán comprender [...] la profundidad del amor de Cristo» (Ef 3, 16-19). Estas palabras de san Pablo que hemos escuchado hoy, manifiestan cómo el encuentro interior con Cristo transforma al ser humano, llenándole de misericordia para con el prójimo.

El hermano Pedro fue hombre de profunda oración, ya en su tierra natal, Tenerife, y después en todas las etapas de su vida, hasta llegar aquí, donde, especialmente en la ermita del Calvario, buscaba asiduamente la voluntad de Dios en cada momento.

Por eso es un ejemplo eximio para los cristianos de hoy, a quienes recuerda que, para ser santo, «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración» (Novo millennio ineunte, n. 32). Por tanto, renuevo mi exhortación a todas las comunidades cristianas, de Guatemala y de otros países, a ser auténticas escuelas de oración, donde orar sea parte central de toda actividad. Una intensa vida de piedad produce siempre frutos abundantes.

El hermano Pedro forjó así su espiritualidad, particularmente en la contemplación de los misterios de Belén y de la Cruz. Si en el nacimiento e infancia de Jesús ahondó en el acontecimiento fundamental de la Encarnación del Verbo, que le lleva a descubrir casi con naturalidad el rostro de Dios en el hombre, en la meditación sobre la Cruz encontró la fuerza para practicar heroicamente la misericordia con los más pequeños y necesitados.

4. Hoy somos testigos de la profunda verdad de las palabras del salmo que antes hemos recitado: el justo «no temerá. Distribuyó, dio a los pobres; su justicia permanece por los siglos de los siglos» (111, 8-9). La justicia que perdura es la que se practica con humildad, compartiendo cordialmente la suerte de los hermanos, sembrando por doquier el espíritu de perdón y misericordia.

Pedro de Betancur se distinguió precisamente por practicar la misericordia con espíritu humilde y vida austera. Sentía en su corazón de servidor la amonestación del apóstol Pablo: «Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Colosenses 3, 23). Por eso fue verdaderamente hermano de todo el que vive en el infortunio y se entregó con ternura e inmenso amor a su salvación. Así se pone de manifiesto en los acontecimientos de su vida, como su dedicación a los enfermos en el pequeño hospital de Nuestra Señora de Belén, cuna de la Orden Bethlemita.

El nuevo santo es también hoy un apremiante llamado a practicar la misericordia en la sociedad actual, sobre todo cuando son tantos los que esperan una mano tendida que los socorra. Pensemos en los niños y jóvenes sin hogar o sin educación; en las mujeres abandonadas con muchas necesidades que remediar; en la multitud de marginados en las ciudades; en las víctimas de organizaciones del crimen organizado, de la prostitución o la droga; en los enfermos desatendidos o en los ancianos que viven en soledad.

5. El hermano Pedro «es una herencia que no se ha de perder y que se ha de transmitir para un perenne deber de gratitud y un renovado propósito de imitación» (Novo millennio ineunte, n. 7). Esta herencia ha de suscitar en los cristianos y en todos los ciudadanos el deseo de transformar la comunidad humana en una gran familia, donde las relaciones sociales, políticas y económicas sean dignas del hombre, y se promueva la dignidad de la persona con el reconocimiento efectivo de sus derechos inalienables.

Quisiera concluir recordando cómo la devoción a la Santísima Virgen acompañó siempre la vida de piedad y misericordia del hermano Pedro. Que Ella nos guíe también a nosotros para que, iluminados por los ejemplos del «hombre que fue caridad», como se conoce a Pedro de Betancur, podamos llegar hasta su hijo Jesús. Amén.
¡Alabado sea Jesucristo!

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Martes 30 de julio

Juan Pablo II proclamó la santidad del hermano Pedro en el Hipódromo del Sur de la ciudad de Guatemala, en presencia de unas quinientas mil personas, durante una Eucaristía concelebrada por 800 sacerdotes, obispos y cardenales de diversos países.

Cuando el Papa hizo la declaración oficial, los campanarios de todos los templos de la ciudad de Guatemala y de Antigua Guatemala resonaron al unísono.

Miles de peregrinos, especialmente jóvenes, procedentes de varios países de América del Centro, habían participado la noche del lunes en una vigilia previa a la ceremonia de canonización. Esto ocurrió en el estadio nacional Mateo Flores, donde unos 30 mil participantes gritaron al unísono: «Jesús, Jesús».

Durante la vigilia se presentaron cantantes que representaban a parroquias, diócesis y prelaturas de todo el país. El principal intérprete de la noche fue Martín Valverde que despertó el fervor de los fieles, quienes, poco antes de las 3 de la madrugada del martes, salieron del estadio y emprendieron una caminata de unos 8 kilómetros hasta el Hipódromo del Sur, para la Misa de la canonización del hermano Pedro.

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Presente en la canonización el niño del milagro

De 22 años de edad, Adalberto González, prueba viviente de la santidad del hermano Pedro de San José Betancur, estuvo presente en la canonización. Cuando el joven contaba con 5 años de edad «tenía un linfoma intestinal; el intestino estaba invadido de tumores, de cáncer, y los médicos decían que era imposible mi curación». Sor Giorgina, una monja betlemita, le llevó una reliquia del hermano Pedro. «Me daban fuertes dolores, porque el estar acostado era terrible. Yo tomaba la imagen y me la pasaba, y se me quitaba el dolor», afirma el joven. Desde ese día la familia comenzó a rezar al hermano Pedro para que, por su intercesión, Dios sanara al niño.

«Después de un tiempo de estar con medicinas, los médicos iban a abrirme para ver si había mejorado aunque fuera poco», relata Adalberto. «La sorpresa fue cuando vieron que todo estaba limpio».
(Fuente. ZENIT)

EL OBSERVADOR 369-5

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EN MÉXICO

Martes 30 de julio

Llegado a México en vuelo de la compañía Taca, que había sido bautizado con el significativo nombre de «Mensajero de la esperanza», Juan Pablo II descendió en esta ocasión del avión utilizando un ascensor.

Fue recibido por el arzobispo de la arquidiócesis de México, Norberto Rivera Carrera; por el presidente de México, Vicente Fox Quesada, y por la pareja de éste, Martha Sahagún.

El presidente Fox le dirigió un amable pero largo discurso de bienvenida. Y el Pontífice respondió, a su vez, con otro, mucho más breve.

En ese primer discurso del Papa en su quinta visita apostólica a México, saludó a los miles de jóvenes que en ese momento se encontraban reunidos en una vigilia de oración en el Zócalo capitalino, quienes seguían desde pantallas gigantes de televisión la llegada de Juan Pablo II a nuestro país.

El Papa se despidió de los dos mil 600 presentes en el hangar presidencial con la fórmula que antiguamente se utilizaba en México: «Que Dios os haga como Juan Diego». E improvisando, volvió a exclamar: «¡México, siempre fiel». La respuesta de los presentes fue coreada al unísono: «Juan Pablo, hermano, ya eres mexicano».

Treinta y dos niños, vestidos con trajes típicos y que acudieron en representación de las entidades federativas que componen la nación mexicana, caminaron al lado del Papa mientras éste se desplazaba en plataforma hasta el «papamóvil» para iniciar un recorrido de varios kilómetros hasta la Nunciatura Apostólica. En las calles nueve millones de mexicanos pudieron ver al Papa.

Y luego, mientras México dormía, los aproximadamente 120 mil jóvenes que se encontraban reunidos en el Zócalo de la capital del país estuvieron en vigilia toda la noche, participando en una fiesta de fe y oración en el Zócalo de la capital del país.

Estos chicos y chicas, conocidos como «Generación Juan Pablo II», comenzaron a llegar a la plaza de la Constitución (el Zócalo) entre las 14:00 y las 23:00 del martes.

Durante la vigilia los jóvenes participaron en actividades como el rezo del Rosario, reflexiones sobre temas marianos, cantos, representaciones teatrales, evangelización y catequesis. También se dio lectura a la carta dirigida a Juan Pablo II, redactada por jóvenes mexicanos, que le fue entregada al día siguiente en la basílica de Guadalupe.
(Con información de ZENIT)

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«Que Dios les haga como Juan Diego»
Discurso de Juan Pablo II al llegar a México


Señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos. Señor cardenal arzobispo de ciudad de México. Queridos hermanos en el episcopado. Ilustres autoridades y miembros del cuerpo diplomático. Queridos mexicanos:

1. Es inmensa mi alegría al poder venir por quinta vez a esta hospitalaria tierra en la que inicié mi apostolado itinerante que, como sucesor del apóstol Pedro, me ha llevado a tantas partes del mundo, acercándome así a muchos hombres y mujeres para confirmarles en la fe en Jesucristo salvador.

Después de haber celebrado en Toronto la XVII Jornada Mundial de la Juventud, he tenido hoy la dicha de agregar al número de los santos a un admirable evangelizador de este continente: el hermano Pedro de San José de Betancur. Mañana, con gran gozo, canonizaré a Juan Diego, y al día siguiente beatificaré a o tros dos compatriotas vuestros: Juan Bautista y Jacinto de los Á ngeles, que se unen así a los hermosos ejemplos de santidad en estas queridas tierras americanas, donde el mensaje cristiano ha sido acogido con corazón abierto, ha impregnado sus culturas y ha dado abundantes frutos.

2. Agradezco las amables palabras de bienvenida que, en nombre de todos los mexicanos, me ha dirigido el señor presidente de la República. A ellas deseo corresponder renovando una vez más mis sentimientos de afecto y estima por este pueblo, rico de historia y de culturas ancestrales, y animando a todos a comprometerse en la construcción de una patria siempre renovada y en constante progreso. Saludo con afecto a los señores cardenales y obispos, a los queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, a todos los fieles que día a día se esfuerzan en practicar la fe cristiana y que con su vida hacen realidad la frase que es esperanza y programa de futuro: «México siempre fiel». Desde aquí mando también un saludo afectuoso a los jóvenes reunidos en vigilia de oración en la plaza del Zócalo de la Catedral Primada, y les digo que el Papa cuenta con ellos y les pide que sean verdaderos amigos de Jesús y testigos de su Evangelio.

3. Queridos mexicanos: Gracias por vuestra hospitalidad, por vuestro afecto constante, por vuestra fidelidad a la Iglesia. En ese camino, continuad siendo fieles, alentados por los maravillosos ejemplos de santidad surgidos en esta noble nación. ¡Sed santos! Recordando cuanto ya dije en la Basílica de Guadalupe en 1990, servid a Dios, a la Iglesia y a la nación, asumiendo cada cual la responsabilidad de trasmitir el mensaje evangélico y de dar testimonio de una fe viva y operante en la sociedad.

A cada uno os bendigo de corazón, utilizando para ello la fórmula con la que vuestros antepasados se dirigían a sus seres más queridos: «Que Dios os haga como Juan Diego».

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Miércoles 31 de julio

El papa Juan Pablo II, la mañana del miércoles, a las 8:55 horas, acompañado del arzobispo primado de México, Norberto Rivera Carrera, y del nuncio apostólico, Guissepe Bertello, inició su camino escoltado por elementos del Estado Mayor Presidencial y de la guardia vaticana.

El vicario de Cristo salió de la Nunciatura Apostólica con rumbo al Zócalo, donde bendijo a miles de jóvenes que participaron en la jornada de oración denomi nada «Generación Juan Pablo 2000, Unidos por la Fe», que duró 24 horas. El pontífice, quien llego a las 9:27 horas, y también bendijo la campana que llevará el nombre de Juan Diego y que se instalará en la Catedral Metropolitana.

A bordo del «papamóvil» y saludado a su paso por miles de personas que se dieron cita desde ayer para verlo pasar, Su Santidad dio una vuelta a la plancha del Zócalo para otorgar la bendición a los jóvenes católicos.

Después se dirigió a la basílica de Guadalupe, a donde llegó a las 9:50 horas. En la entrada del templo Mariano, fue recibido por el jefe del gobierno capitalino, Andrés Manuel López Obrador.

En el interior del templo se dieron cita diez mil personas, entre ellas el presidente Vicente Fox, su pareja, Mar tha Sahagún, y miembros del gabinete del gobierno federal.

Afuera, en el atrio, alrededor de 30 mil personas dieron seguimiento a la Misa, que inició con la interpretación del tema «La Guadalupana» por parte del connocido tenor Ramón Vargaqs.

El papa canonizó a Juan Diego en una majestuosa y conmovedora ceremonia, convirtiendo al vidente de la Virgen del Tepeyac en el primer santo indígena.

Las bellas palabras, tanto tiempo esperadas por el pueblo de México, fueron: «En honor de la Santísima Trinidad para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y la nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos santo al beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado».

Al término de la misa de canonización, Juan Pablo Segundo regresó a la Nunciatura.

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Todos, indígenas, criollos y los que llevamos orgullosamente nuestro mestizaje, nos fundimos en algo común, el amor y el agradecimiento a Santa María de Guadalupe

Saludo del cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México, a S.S. Juan Pablo II en la ceremonia de canonización de Juan Diego


Padre Santo: un estremecimiento de gozo recorre todo el territorio de nuestra patria mexicana, porque el dador de toda gracia ha permitido que llegue este día, por muchos motivos de bendición plena.

La presencia de Su Santidad, tan esperada, por quinta vez nos inunda de paz y de consuelo, pues a pesar de tantas dificultades físicas, de tantos dolores morales, de las múltiples tristezas que carga en sus hombros por los odios y violencias en los pueblos, Su Santidad está aquí tangible, palpable, cansado pero feliz y contento porque aquella Totus tuus, la Señora del Tepeyac, lo ha traído como un imán, y aquí está el día de hoy fiel a la cita, y aquí está México queriendo ser siempre fiel al amor de Cristo, al amor de la Morenita, al amor del Papa y de la Iglesia.

Su Santidad llega hoy para cumplir la promesa de Santa María de Guadalupe al más pequeño de sus hijos, a quien escogió como su mensajero diciéndole: "Ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello te enriqueceré, te glorificaré". La señora del Cielo, que un día hizo de una estéril colina un jardín de rosas y de un ayate su mejor pintura cumple, por la acción suprema del sumo pastor de la Iglesia, la promesa hecha a Juan Diego.

Por eso, Padre Santo, todo corazón exulta de alegría y da gracias a Dios por este don de su magnificencia. Juan Diego, el hermano indígena, hasta ahora el único, va a ser elevado al honor de los altares y permítanos a la Conferencia del Episcopado Mexicano en pleno, al eminentísimo señor cardenal Corripio, a mis obispos auxiliares y a mí, indigno sucesor de fray Juan de Zumárraga, lanzar nuestra voz ecuménica junto con toda la jerarquía americana, aquí dignamente representada, para agradecer a Su Santidad se haya dignado venir a la tierra de nuestros mayores a proclamar la santidad de un humilde laico contemplativo y evangelizador, de un indio sencillo y humilde que nos reveló el rostro dulce y sereno de nuestra Morenita.

Todas la etnias indígenas, centenariamente olvidadas y marginadas, le agradecen este gesto histórico y trascendente. Aquí resuenan las voces de los indígenas de nuestra América y de las islas remotas. Aquí nos llegan los ecos desde las tundras esquimales hasta las planicies de la Patagonia. Nuestra alegría es la alegría de los desiertos, de las serranías, de las selvas amazónicas cruzadas por los ríos impetuosos, de los majestuosos Andes coronados de altivos picos nevados. Aquí está también el gozo agradecido de la España fecunda que nos mandó apóstoles y evangelizadores, constructores y artistas, cultura y humanismo.

Padre Santo: todos, indígenas de piel morena, como el color de la tierra, criollos y los que llevamos orgullosamente nuestro mestizaje, nos fundimos en algo común, el amor y el agradecimiento a Santa María de Guadalupe, porque quiso escoger a Juan Diego Cuauhtlatoatzin como su mensajero dignísimo de confianza.

Gracias, Padre Santo, por el regalo que nos trae en la canonización de Juan Diego. Todos los habitantes de estas tierras, pero especialmente los laicos y los indígenas, tenemos ya un protector en los cielos y un ejemplo de vida cristiana. Cada hombre y cada mujer de este continente llevaremos en nuestro corazón la sangre de las rosas que el indio Juan Diego puso en su tilma, la esperanza que Santa María de Guadalupe sembró en nuestras tierras y la augusta presencia de Su Santidad que quiere gastar el último aliento de su vida en favor del Evangelio.

Santísimo Padre: que su apostólica bendición caiga como rocío fecundo sobre esta nación mexicana y sobre todos los pueblos de América. Bendiga, le pedimos, con una singular bendición a todos nuestros hermanos indígenas para que cesen sus carencias y sean reconocidos todos sus derechos humanos.
Gracias.

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Jueves 1º de agosto

Juan Pablo II bendijo el nuevo Santuario Nacional de San Juan Diego.

Este templo está emplazado en una edificación que el Gobierno del Distrito Federal otorgó en comodato a la Iglesia católica.

El recorrido que el Santo Padre hizo desde la Nunciatura hasta la basílica de Guadalupe fue ampliado un kilómetro, de manera que pudiera llegar a las avenidas Montevideo e Insurgentes, donde se sitúa el nuevo santuario, que probablemente pueda estar abierto al público el 9 de diciembre próximo, día dedicado en el santoral a san Juan Diego.

Después de bendecir el nuevo santuario, Juan Pablo II siguió su camino hacia la basílica del Tepeyac, donde, en otra Misa, con una cantidad de asistentes muy similar a la del día anterior, declaró beatos a los mártires de Oaxaca, Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, ambos indígenas de la etnia zapoteca.

Estos cristianos vivieron en el siglo XVII, y son un verdadero ejemplo de santidad.

Al terminar la ceremonia, en la que abundaron los fieles oaxaqueños, especialmente indígenas, el obispo de Roma, Juan Pablo II se desplazó al aeropuerto internacional de la ciudad de México para dar así por terminada esta visita apostólica por tres países americanos.

El avión que lo condujo de regreso a Roma, y que pertenece Aeroméxico, sobrevoló siete minutos sobre la gran ciudad para que la gente pudiera despedirse del Papa.

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La historia de Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles

Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, indígenas zapotecos de la Sierra Norte de Oaxaca, nacieron en el año de 1660 en S.Francisco Cajonos. Juan Bautista se casó con Josefa de la Cruz, con quien tuvo una hija llamada Rosa. Jacinto de los Ángeles se casó con Petrona de los Ángeles, con quien tuvo dos hijos llamados Juan y Nicolasa. Los dos pertenecían a la Vicaría de S. Francisco Cajonos, atendida por los padres dominicos Gaspar de los Reyes y Alonso de Vargas.

Fueron personas íntegras en su vida personal, matrimonial y familiar, así como en el cumplimiento de sus deberes ciudadanos, de modo que desempeñaron los diversos cargos civiles acostumbrados en su pueblo y en su tiempo, como topil, juez de tequio, mayor de vara, regidores, presidente, síndico y alcalde, mostrando así el aprecio por las tradiciones culturales y la responsabilidad para el cumplimiento de los deberes ciudadanos. Igualmente, consta que los dos fueron personas bautizadas, evangelizadas y catequizadas, desempeñando también los diversos cargos a los que tenían acceso los fieles en ese tiempo como acólito, sacristanes menor y mayor, y topilillo.

Finalmente desempeñaron el cargo civil y eclesiástico de fiscal, que los misioneros introdujeron o fomentaron entre los indígenas. Quiere el III Concilio Provincial Mexicano celebrado en 1585 «que en cada pueblo se elija a un anciano distinguido por sus irreprochables costumbres, quien, al lado de los párrocos, sea perpetuo censor de las costumbres públicas» (P. Antonio Gay, Historia de Oaxaca, II.V.2) «Es su oficio principal inquirir los delitos y vicios que perturban la moralidad, descubriendo al cura los amancebamientos, adulterios, divorcios indebidos, perjurios, blasfemias, infidelidades, etc.» (Ibídem; cfr. III Concilio Mexicano L I, Tít. IX, 1,23).

En la noche del 14 de septiembre de 1700 los dos fiscales descubrieron que un buen grupo de personas del pueblo de S.Francisco Cajonos y de los pueblos vecinos estaban realizando en una casa particular un culto de religiosidad ancestral; los fiscales avisaron a los padres dominicos; los fiscales y los padres, acompañados del capitán Antonio Rodríguez Pinelo, fueron al lugar de los hechos, sorprendieron a los autores, dispersando la reunión, recogiendo las ofrendas del culto y regresándose al convento. Al día siguiente el pueblo se amotinó exigiendo la entrega de las ofrendas confiscadas y de los fiscales. Refugiándose en el convento los padres, los fiscales y la autoridad, se pasaron la tarde entre exigencias y negociaciones. Finalmente, ante las amenazas y el peligro crecientes de matar a todos e incendiar el convento, el capitán Pinelo decidió entregar a los fiscales, bajo promesa de respetar sus vidas.

Los padres no aceptaron la entrega. Pero los fiscales depusieron sus armas aceptando la perspectiva de morir; se confesaron y recibieron la Comunión, diciendo Juan Bautista: «Vamos a morir por la ley de Dios; como yo tengo a su Divina Majestad, no temo nada ni he de necesitar armas»; y al verse en manos de sus verdugos dijo: «Aquí estoy, si me han de matar mañana, mátenme ahora». Cuando eran azotados en la picota de la plaza pública, dijeron a los padres que observaban desde la ventana: «Padres, encomiéndenos a Dios»; y cuando los verdugos se burlaban de ellos diciéndoles: «¿Te supo bien el chocolate que te dieron los padres?», ellos respondieron con el silencio.

El día 16 los verdugos condujeron a los fiscales a S. Pedro, donde de nuevo los azotaron y los encarcelaron. Cuando los verdugos invitaban a los fiscales a renunciar a la fe católica y les perdonarían, ellos contestaron: «Una vez que hemos profesado el Bautismo, continuaremos siempre a seguir la verdadera religión». Luego les llevaron bajando y subiendo por laderas, hasta el monte Xagacía antiguamente llamado «De las hojas», donde amarrados los despeñaron, casi los degollaron y los mataron a machetazos, les arrancaron los corazones y los echaron a los perros que no se los comieron. Los verdugos Nicolás Aquino y Francisco López bebieron sangre de los mártires, para recuperar ánimo y fortalecerse según costumbre de beber sangre de animales de caza, pero también como señal de odio y coraje, según un dicho ancestral que aún se escucha: «Me voy a tomar tu sangre». Y los sepultaron en el mismo monte, desde entonces llamado «Monte Fiscal Santos».

Algunos opinan que los fiscales no son mártires sino delatores de sus paisanos y traidores a su cultura; pero es claro que los fiscales estaban designados civil y religiosamente para el ejercicio de un cargo público en el pueblo y en la comunidad religiosa. Más aún, desde el principio en el proceso civil que se llevó a cabo entre 1700-1703 y en el proceso eclesiástico hasta el día de hoy, viene la fama de martirio y de santidad.
(Fuente: ACI)

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Sin mitificar costumbres ancestrales, se puede llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura, dejándose iluminar por la luz de Cristo
Homilía de Juan Pablo II en la beatificación de los mártires Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles.


Queridos hermanos y hermanas:

l. «Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,10). En el Evangelio de las Bienaventuranzas, esta última invita a no desalentarse ante las persecuciones que la Iglesia ha afrontado desde el inicio. En el Sermón de la Montaña Jesús promete la felicidad auténtica a quienes son pobres de espíritu, lloran o son mansos; también a los que buscan la justicia y la paz, actúan con misericordia o son limpios de corazón.

Ante el sufrimiento humano que acompaña el camino en la fe, san Pedro exhorta: «Alégrense de compartir ahora los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, el júbilo de ustedes sea desbordante» (1 Pe 4, 13). Con esta convicción Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles afrontaron el martirio manteniéndose fieles al culto del Dios vivo y verdadero y rechazando los ídolos.

Mientras sufrían el tormento, al proponerles renunciar a la fe católica y salvarse, contestaron con valentía: «Una vez que hemos profesado el Bautismo seguiremos siempre la religión verdadera». Hermoso ejemplo de cómo no se debe anteponer nada, ni siquiera la propia vida, al compromiso bautismal, como hacían los primeros cristianos que, regenerados por el Bautismo, abandonaban toda forma de idolatría (cfr. Tertuliano, De baptismo, 12, 15).

2. Saludo con afecto a los señores cardenales y obispos congregados en esta basílica. En particular al arzobispo de Oaxaca, monseñor Héctor González Martínez, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, especialmente a los venidos desde Oaxaca, tierra natal de los nuevos beatos, donde su recuerdo sigue tan vivo.

Vuestra tierra es una rica amalgama de culturas. Allí llegó el Evangelio en 1529 con los padres dominicos, sirviéndose de las lenguas nativas y los usos y costumbres de las comunidades locales. Entre los frutos de esta semilla cristiana destacan estos dos grandes mártires.

3. En la segunda lectura san Pedro nos ha recordado que, si alguno «sufre por ser cristiano, que le dé gracias a Dios por llevar ese nombre» (1 Pe 4, 16). Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, derramando su sangre por Cristo, son auténticos mártires de la fe. Como el apóstol Pablo, podrían preguntarse en su interior: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?» (Rm 8, 35).

Estos dos cristianos indígenas, intachables en su vida personal y familiar, sufrieron el martirio por su fidelidad a la fe católica, contentos de ser bautizados. Ellos son ejemplo para los fieles laicos, llamados a santificarse en las circunstancias ordinarias de la vida.

4. Con esta beatificación la Iglesia pone de relieve su misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes. Los nuevos beatos, fruto de santidad de la primera evangelización entre los indios zapotecas, animan a los indígenas de hoy a apreciar sus culturas y sus lenguas y, sobre todo, su dignidad de hijos de Dios que los demás deben respetar en el contexto de la nación mexicana, plural en el origen de sus gentes y dispuesta a construir una familia común en la solidaridad y la justicia.

Los dos beatos son un ejemplo de cómo, sin mitificar sus costumbres ancestrales, se puede llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura, pero dejándose iluminar por la luz de Cristo, que renueva el espíritu religioso de las mejores tradiciones de los pueblos.

5. «Estábamos alegres, pues ha hecho cosas grandes por su pueblo el Señor» (Sal 125, 3). Con estas palabras del salmista nuestro corazón se llena de gozo, porque Dios ha bendecido a la Iglesia de Oaxaca y al pueblo mexicano con dos hijos suyos que hoy suben a la gloria de los altares. Ellos, con ejemplar cumplimiento de sus encargos públicos, son modelo para quienes, en las pequeñas aldeas o en las grandes estructuras sociales, tienen el deber de favorecer el bien común con esmero y desinterés personal.

Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, esposos y padres de familia de conducta intachable, como fue reconocido entonces por sus conciudadanos, recuerdan a las familias mexicanas de hoy la grandeza de su vocación, el valor de la fidelidad en el amor y de la aceptación generosa de la vida.

Se alegra, pues, la Iglesia porque con estos nuevos beatos ha recibido muestras evidentes del amor que Dios nos tiene (cfr. Prefacio II de los Santos). Se alegra también la comunidad cristiana de Oaxaca y de México entero porque el Todopoderoso ha puesto sus ojos en dos de sus hijos.

6. Ante el dulce rostro de la Virgen de Guadalupe, que ha dado aliento constante a la fe de sus hijos mexicanos, renovemos el compromiso evangelizador que distinguió también a Juan Bautista y a Jacinto de los Ángeles. Hagamos partícipes de esta tarea a todas las comunidades cristianas para que proclamen con entusiasmo su fe y la trasmitan íntegra a las nuevas generaciones. ¡Evangelizad estrechando los lazos de comunión fraterna y dando testimonio de la fe con una vida ejemplar en la familia, en el trabajo y en las relaciones sociales! ¡Buscad el Reino de Dios y su justicia ya aquí en la tierra mediante una solidaridad efectiva y fraterna con los más desfavorecidos o marginados! (cfr. Mt 25,34-35) ¡Sed artífices de esperanza para toda la sociedad!
A nuestra Madre del Cielo expresamos el gozo que nos embarga por ver subir a los altares a dos hijos suyos, pidiéndole al mismo tiempo que bendiga, consuele y auxilie, como siempre ha hecho desde este santuario del Tepeyac, al querido pueblo mexicano y a toda América.

EL OBSERVADOR 369-6

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Águila que habla

«Águila que habla» o «el que habla como águila» dicen los nahuatlatos que significa Cuauhtlatoatzin, el nombre original de Juan Diego, ahora santo de la Iglesia universal. Como bien dijo el papa Juan Pablo II el día de la beatificación del vidente indígena, «Juan Diego representa a todos los indígenas que acogieron el Evangelio de Jesús, gracias a la ayuda maternal de María» (1990); y añadió: «Estamos ante un caso semejante al de aquellos antiguos personajes bíblicos, que eran una representación colectiva de todo el pueblo».

La alegría con la que los hermanos indígenas acogieron su reciente canonización parece comprobar esta intuición antropológica y teológica del Santo Padre. Han respondido con entusiasmo y gratitud a este llamado, y la Iglesia, con su solemne liturgia de canonización: una verdadera apoteosis del santo, y con el magisterio solemne del Papa, ha dado presencia universal y voz autorizada a Juan Diego, haciendo valedero el significado de su nombre. Es ahora san Juan Diego, y con él todos los pueblos indígenas, un águila que habla, y que habla con la voz sonora del Evangelio. Revalida su nombre y con él su personalidad, su dignidad y su identidad cristiana.

La Iglesia ha vuelto a ser —y ahora más que nunca— el recinto abierto en el que resuena esta voz, otrora apagada o acallada. No podrá ser más así. La voz del águila no se podrá silenciar, y menos impedir que remonte el vuelo. El devoto sincero de Santa María de Guadalupe asume este compromiso con el imperativo sagrado de un testamento. Para eso hizo venir a Pedro de Roma.

+Mario De Gasperin Gasperin,
Obispo de Querétaro.

EL OBSERVADOR 369-7

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FIN

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