El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
22 de septiembre de 2002 No.376

SUMARIO

bulletREPORTAJE ESPECIAL - Una radiografía de la delincuencia y la violencia en el México del año 2002
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Leer la verdad
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - Sólo de la verdad y de la justicia pueden nacer la libertad y la paz.
bulletCardenal François-Xavier Nguyen van Thuan: testigo de la gracia, testigo de esperanza
bulletAL PASO DE DIOS - Amigos del tiempo
bulletDOCUMENTOS - El turismo como ocasión de contemplación y de encuentro con Dios
bulletDILEMAS ÉTICOS - ¿Militantes o vividores?
bulletDEBATE - ¿Es pecado la anticoncepción?
bulletCONTEXTO ECLESIAL - ¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México!
bulletTESTIMONIO - «¡El Demonio es protestante!»

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REPORTAJE ESPECIAL

Una radiografía de la delincuencia y la violencia en el México del año 2002
A los 18 años, un joven ya ha visto 200 mil actos violentos en la televisión


Delincuencia es una palabra que hoy repetimos los mexicanos como una especie de salmo doloroso. Nos sabemos de rodillas ante un fenómeno que azota diariamente nuestras familias, nuestros bienes, nuestra esperanza. En varias ocasiones, a lo largo de sus 18 meses 22 días de mandato, el presidente Vicente Fox le ha «declarado la guerra». Declaración necesaria, pero no suficiente. A la delincuencia se le gana con una organización social que en México apenas comienza a verse.

La Constitución, en su artículo 21, da al Estado la obligación de proteger a todos los ciudadanos en sus bienes y en sus personas. Si hay seguridad habrá condiciones para el desarrollo. Sin embargo, el Estado mexicano ha fallado clamorosamente en su obligación. Los datos permiten sacar esta conclusión que en lugar de atemorizarnos, deberían ponernos a trabajar, cada uno desde su trinchera, para conseguir una sociedad justa para los 102 millones 200 mil habitantes que somos -a septiembre de 2002-en este país. Cada uno: empezando por el gobierno y por nosotros mismos.

Aumenta el robo y la violencia sobre las víctimas

En el territorio nacional se registran aproximadamente 200 mil presuntos delincuentes. Uno de cada ocho que cometen delitos (por lo que se podría hablar de un millón 600 mil delitos por año). De 1980 a 2000, el número de presuntos delincuentes aumentó 142 por ciento. Sobre todo en delitos considerados como del fuero común (123 por ciento), es decir, los delitos que se cometen en agravio de otro ciudadano y no contra la federación (como el narcotráfico). Lo cual implica que mejor que «combatir al crimen organizado», habría que enfocar las baterías a combatir el crimen «desorganizado», el que cometen individuos o pequeñas bandas urbanas.

El robo sigue siendo el rey de los delitos del fuero común, seguido por las lesiones, los daños, los homicidios, los fraudes, las violaciones, los despojos, la portación de armas prohibidas y los allanamientos. Llama la atención que el delito de lesiones sea el segundo de los del fuero común en nuestro país. Esto quiere decir que está creciendo significativamente la violencia, sobre todo en los robos de vehículos, viandantes, casas o fábricas. Y lesiones quiere decir doble saña con la víctima. Lo cual es un argumento para buscar el origen de tanta violencia en causas diferentes a la pobreza. Por ejemplo: en la televisión. Un joven de 18 años ha visto 200 mil actos violentos en su vida de televidente. ¿Podemos esperar que sea un adulto pacífico?

La herencia de impunidad que arrastramos

Indudablemente, el robo tiene una raíz económica. Esta es la otra fase del fracaso del Estado mexicano. Las crisis de 1982 (todavía con José López Portillo) y la de 1994 (con Ernesto Zedillo y el empujón de Carlos Salinas) produjeron aumentos significativos en la tasa de robos: 72 y 45 por ciento, respectivamente. Esta responsabilidad en la delincuencia recaería en los hombros del gobierno en turno. En ambos casos se hicieron a un lado, pasándole la factura a la sociedad.

En otras palabras: la pésima conducción de la economía mexicana ha traído consigo un costo social de sufrimiento ciudadano que el Estado debería haber reconocido. Pero no lo hizo. La impunidad que dejó como herencia: se calcula que de cada cien delitos que se cometen, 88 quedan impunes en México; es decir, no se denuncian. Por ello, además de mejorar las leyes y endurecer las penas (para lo que necesitamos mejores diputados que los 500 que ahora tenemos en la 57 legislatura), México precisa un marco laboral, productivo, energético y fiscal moderno, ajeno al puro poder ideológico o al chanchullo politiquero.

Geografía y perfil del crimen y de los criminales

Distrito Federal, Veracruz y Estado de México son las entidades con mayor número de presuntos delincuentes del país. Esto en números absolutos. En números relativos, por cada 100 mil habitantes, las entidades con mayor número de presuntos delincuentes son Sonora, Baja California Sur, Colima, Baja California y Tamaulipas. Mientras que las de menor proporción son Hidalgo, Estado de México, Puebla, Guanajuato y Durango. Llama poderosamente la atención de que la criminalidad se haya corrido a los estados fronterizos con Estados Unidos, mientras que el centro occidente del país permanece en (relativa) calma.

En cuanto al perfil de los delincuentes, esta es una aproximación: sexo masculino, 24 años, consignado por robo, con una ocupación profesional, estudios escolares hasta segundo de secundaria y con auto de formal prisión ya dictado sobre su persona. Al ser tantos los delitos que se cometen en México, las consecuencias obvias son el bajo crecimiento económico y la falta de competitividad. O sea, quedarnos muy retrasados con respecto a lo que se está produciendo en las economías occidentales.

*Con datos del INEGI y el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado.

EL OBSERVADOR 376-1

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CARTAS DEL DIRECTOR

Leer la verdad
Por Jaime Septién Crespo


La Santa Biblia es el único libro que no puede ser cualquier libro. Una mínima desviación, un error leve de doctrina o de moral y el lector puede caer en un mar de confusiones. A la larga, puede, incluso, comprometer la rectitud de su camino de salvación.

Por ello, como católico y como familia, debemos tener mucho cuidado en elegir una Biblia aprobada por la Iglesia católica. Yo tengo para mi que la mejor edición, la más accesible al público mexicano (y de las más baratas), es la Biblia de América, terminada en 1994.

El Concilio Vaticano ll exhorta “a todos los fieles con insistencia a que, por la frecuente lectura de las Escrituras, aprendan la ciencia eminente de Cristo”. En efecto, la vecindad con la Palabra de Dios trae consigo el alimento que necesita nuestra alma para sanar de su herida vital: la ciencia humana puede prolongar un par de años la vida, la ciencia de Cristo da la eternidad.

Aunque suene un poco descabellado, leer la Biblia es orar. Por lo tanto, aprender a amar. La brecha que Cristo nos abre en el corazón es la misma brecha que nosotros abrimos en el corazón de Cristo por medio de la humildad orante. Para leer la Biblia es precisa la humildad, el vacío que penetra el rayo de luz de la Verdad.

La Iglesia recomienda a los católicos orar sin descanso, sin fatiga, todos los días. San Jerónimo recomendaba leer con mucha frecuencia las divinas Escrituras, no abandonarlas nunca: es el modo que tenemos de llegar al cielo; el boleto del tren que conduce el Santo de Dios hacia la eternidad. Ello habrá de reflejarse, por fuerza, en la vida del lector de la Verdad. “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación -escribió el beato, en octubre santo, José María Escrivá de Balaguer— que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: ése lee la vida de Jesucristo”.

EL OBSERVADOR 376-2

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EL RINCÓN DEL PAPA

Sólo de la verdad y de la justicia pueden nacer la libertad y la paz.


Juan Pablo II rezó el miércoles pasado en la audiencia general por las víctimas de los atentados del 11 de septiembre y pronunció una durísima condena del terrorismo durante una ceremonia conmemorativa que presidió en el Vaticano.

«(...)Un año después, queremos recordar nuevamente a estas víctimas del terrorismo y encomendarlas a la misericordia de Dios. Deseamos al mismo tiempo renovar a sus familias y seres queridos la expresión de nuestra cercanía espiritual. Pero queremos interpelar también la conciencia de quien ha planeado y ordenado un hecho tan bárbaro y cruel.

A un año del 11 de septiembre de 2001 repetimos que ninguna situación de injusticia, ningún sentimiento de frustración, ninguna filosofía o religión pueden justificar tal aberración. Cada persona humana tiene derecho al respeto de la propia vida y dignidad, que son bienes inviolables. Lo dice Dios, lo sanciona el derecho internacional, lo proclama la conciencia humana, lo exige la convivencia civil.

El terrorismo es y será siempre una manifestación de crueldad inhumana, que precisamente por eso nunca podrá resolver los conflictos entre seres humanos. El abuso, la violencia armada, la guerra son decisiones que siembran y generan sólo odio y muerte. Sólo la razón y el amor son medios válidos para superar y resolver los acuerdos entre las personas y los pueblos.

Es necesario y urgente un esfuerzo común y decidido para llevar a cabo nuevas iniciativas políticas y económicas capaces de resolver las escandalosas situaciones de injusticia y de opresión que siguen afligiendo a tantos miembros de la familia humana, creando condiciones favorables a la explosión incontrolable del deseo de venganza (...).

Quisiera repetir a todos las palabras de la Biblia: «El Señor... viene a juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia y con verdad a todos los pueblos» (Salmo 95,13). Sólo de la verdad y de la justicia pueden nacer la libertad y la paz. Sobre estos valores es posible construir una vida digna del ser humano. Sin ellos sólo hay ruina y destrucción.

En este tristísimo aniversario elevamos a Dios nuestra oración para que el amor pueda suplantar al odio y, con el esfuerzo de todas las personas de buena voluntad, puedan afirmarse la concordia y la solidaridad en todos los rincones de la tierra».

EL OBSERVADOR 376-3

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Cardenal François-Xavier Nguyen van Thuan: testigo de la gracia, testigo de esperanza
Rodrigo Guerra López


El lunes 16 de septiembre de 2002 falleció el Card. F. X. Nguyen van Thuan, Presidente del Consejo Pontificio “Justicia y Paz”. El Card. Van Thuan fue consagrado obispo de Nhatrang (Vietnam) en 1967, fue nombrado arzobispo coadjutor de Saigón – ahora Ciudad de Ho Chi Minh – en 1975. Pocos meses después fue arrestado y pasó 13 años en la cárcel, 9 de los cuales en régimen de aislamiento.

Estos hechos sin lugar a dudas colocan al Card. Van Thuan como un testigo singular de la verdad sobre el hombre revelada por Cristo que en ocasiones es aplastada por las estructuras del poder. Sus impresionantes textos sobre espiritualidad tuvieron una feliz culminación durante el retiro que predicó al Papa y a la Curia romana del 12 al 18 de marzo del año 2000.

En ellos, la primacía de la gracia, la primacía de la esperanza donada por Cristo aparece con extraordinaria sencillez y vigor. Esta primacía lo conduce a afirmar lo importante que es no ceder ante las continuas tentaciones que todos poseemos al intentar construir el Reino con nuestras propias fuerzas. Quienes pensamos tácita o explícitamente que la plenitud del hombre y de la historia son un proyecto de la voluntad tendemos a hablar con la grandiosidad propia de lo fastuoso, de lo impresionante, de lo titánico: ¡una gran visión, una gran tarea, solo los mejores lo lograrán, el mundo nos espera, es necesario preparar un ejército dispuesto a la batalla…!

Sin embargo, el Evangelio es diverso. El Card. Van Thuan le dice al Papa en una meditación:

“Dirijamos la mirada a Jesús (…) Su atención se centra sobre todo en los «pequeños», en los pecadores: en Zaqueo, en la samaritana, la pecadora perdonada, la adúltera… En su enseñanza sobre el Reino de Dios no emergen figuras grandiosas o llamativas: «¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza (Lc 13, 18)» Jesús no compara al grupo de sus discípulos con un ejército dispuesto para el combate o exultante en las victorias, sino que dice: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino (Lc 12, 32)» (…) En sus parábolas y en sus narraciones saltan a la vista más bien pequeños números y cosas menudas, que indican su atención a los individuos, a las cosas humildes y esenciales.”

A lo que Juan Pablo II responde:

“Cristo crucificado y resucitado es nuestra única y verdadera esperanza. Fortalecidos con su auxilio, también sus discípulos se convierten en hombres y mujeres de esperanza. No de esperanzas a breve término y fugaces, que luego dejan cansado y frustrado el corazón humano, sino de la verdadera esperanza, don de Dios que, sostenida desde lo alto, tiende a alcanzar el sumo Bien y está segura de lograrlo”.
Hoy que la tristeza causada por la ausencia del Card. Van Thuan nos aflige a muchos hemos de mirar nuevamente el Don de la amistad que hemos recibido de lo Alto y ensanchar el corazón para una disponibilidad nueva que en comunión sea servicio a todos los hombres, en especial, a los más pobres, pequeños y marginados, “con los que Cristo se identifica” (Juan Pablo II).

EL OBSERVADOR 376-4

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AL PASO DE DIOS

Amigos del tiempo
Por Amadeo Rodríguez Magro


Hacemos todo tan aprisa que parecemos enemigos del tiempo; parece que nos estorba para nuestros proyectos, para lo que queremos que todo sea dicho y hecho. Si es preciso, eliminamos etapas, aunque con ello comprometamos el producto; es decir, hagamos más pobre la vida. Hoy día tendemos más a lo intensivo que a lo extensivo, sin darnos cuenta de que para ser de verdad hay que madurar, es decir, esperar pacientemente que pasen los plazos necesarios. Sólo así se percibe la verdad y belleza de las cosas: el ser humano necesita nueve meses para que escuchemos su llanto y nos asombremos con su sonrisa; la flor madura lentamente hasta que se abre y nos deleita con sus colores y olores; los polluelos se incuban en periodos de tiempo antes de que disfrutemos de ese maravilloso milagro que es verles salir revoloteando.

Es necesario que los hombres y mujeres de esta época volvamos a ser amigos del tiempo, sin querer forzar los plazos para buscar fáciles conquistas. Hemos de saber practicar la paciencia activa, la que hace sus trabajos sólidos y lentamente, sabiendo que los frutos llegarán y serán más auténticos en la medida en que apuntalemos bien, en el día a día de nuestra tarea, aquello que hacemos. ¿Nuestras pobres cosechas actuales en lo religioso y hasta en lo vocacional no serán la consecuencia de haber acelerado excesivamente los procesos y de no haber tenido paciencia en el acompañar a las personas en el recorrido por las etapas de su crecimiento? Al menos en la vida espiritual y en la acción pastoral no podemos hacer como aquéllos que manipulan los procesos para aumentar la producción a costa de la calidad.

EL OBSERVADOR 376-5

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DOCUMENTOS

El turismo como ocasión de contemplación y de encuentro con Dios
El próximo viernes 27 de septiembre se celebra la XXIII Jornada Mundial del Turismo. El papa Juan Pablo II ha emitido este mensaje para la ocasión


1. La celebración de la Jornada Mundial del Turismo, que tendrá lugar el próximo día 27 de septiembre, sobre el tema: “Ecoturismo, clave del desarrollo sostenible”, me brinda la grata oportunidad de hacer algunas reflexiones sobre el fenómeno de la movilidad humana (...). El turismo permite emplear parte del tiempo libre para contemplar la bondad y la belleza de Dios en su creación y, gracias al contacto con los demás, ayuda a profundizar el diálogo y el conocimiento recíproco. De este modo, el tiempo libre y la práctica del turismo pueden colmar las carencias de humanidad, que a menudo se experimentan en la existencia cotidiana.

La Sagrada Escritura considera la experiencia del viaje como una oportunidad peculiar de conocimiento y sabiduría, puesto que pone a la persona en contacto con pueblos, culturas, costumbres y tierras diversos. En efecto, afirma: “El hombre que ha corrido mundo sabe muchas cosas; el que tiene experiencia se expresa con inteligencia. Quien no ha pasado pruebas poco sabe; quien ha corrido mundo posee gran destreza. Muchas cosas he visto en el curso de mis viajes; más vasta que mis palabras es mi inteligencia” (Sir 34, 9-11).

En el Génesis, y luego en la visión renovadora de los profetas, en la contemplación sapiencial de Job o del autor del libro de la Sabiduría, así como en las experiencias de fe testimoniadas en los Salmos, la belleza de la creación constituye un signo revelador de la grandeza y la bondad de Dios. Jesús, en las parábolas, invita a contemplar la naturaleza circunstante para aprender que la confianza en el Padre celestial debe ser total (cfr. Lc 12, 22-28), y la fe, constante (cfr. Lc 17, 6).

La creación ha sido encomendada al hombre para que, cultivándola y conservándola (cfr. Gn 2, 15), provea a sus necesidades y se procure el “pan de cada día”, don que el mismo Padre Celestial destina a todos sus hijos. Es preciso aprender a contemplar la creación con ojos limpios y llenos de asombro. Sucede, por desgracia, que en ocasiones falta el respeto debido a la creación; y cuando, en vez de ser custodios de la naturaleza, nos convertimos en tiranos, ésta, antes o después, se rebela al descuido del hombre.

2. Entre los innumerables turistas que todos los años “recorren el mundo” hay muchos que viajan con la finalidad explícita de descubrir la naturaleza, explorándola hasta en sus rincones más ocultos. Un turismo inteligente tiende a valorar las bellezas de la creación y orienta al hombre a acercarse a ellas con respeto, gozando pero sin alterar su equilibrio.

Sin embargo, no se puede negar que, por desgracia, la humanidad vive hoy una emergencia ecológica. Cierto tipo de turismo salvaje ha contribuido, y sigue contribuyendo, a ese estrago, entre otras causas, por los establecimientos turísticos construidos sin una planificación que respete el medio ambiente.

(...) En efecto, el desequilibro ambiental muestra con evidencia algunas de las consecuencias de las opciones realizadas según intereses particulares, que no responden a las exigencias propias de la dignidad del hombre. A menudo prevalece el afán desenfrenado de acumular riquezas, que impide escuchar el grito alarmante de pobreza de pueblos enteros. En otras palabras, la búsqueda egoísta del propio bienestar lleva a ignorar las legítimas expectativas de las generaciones actuales y de las futuras. La verdad es que, cuando el hombre se aparta de los proyectos de Dios sobre la creación, con mucha frecuencia falla la atención hacia los hermanos y el respeto a la naturaleza.

3. Con todo, no faltan razones de esperanza. Muchas personas, sensibles a este problema, desde hace tiempo se están esforzando por resolverlo. Se preocupan, ante todo, de recuperar la dimensión espiritual de la relación con la creación, gracias al redescubrimiento de la tarea encomendada desde el principio por Dios a la humanidad (cfr. Gn 2, 15). En efecto, la “ecología interior” favorece la “ecología exterior”, con consecuencias positivas inmediatas no sólo para la lucha contra la pobreza y el hambre de los demás, sino también para la salud y el bienestar personales (...). Así pues, es necesario fomentar formas de turismo más respetuosas del medio ambiente, más moderadas en el uso de los recursos naturales y más solidarias con las culturas locales. Son formas que, como resulta evidente, implican una fuerte motivación ética, basada en la convicción de que el medio ambiente es la casa de todos y que, por consiguiente, los bienes naturales están destinados tanto a las generaciones actuales como a las futuras.

4. Se va consolidando, además, una nueva sensibilidad, por lo general denominada “ecoturismo”. En sus planteamientos, ciertamente es buena. Con todo, es preciso velar para que no se desvirtúe, convirtiéndose en un medio de explotación y discriminación. En efecto, si se promoviera la defensa del medio ambiente como fin en sí mismo, se correría el peligro de suscitar formas modernas de colonialismo, que conculcarían los derechos tradicionales de las comunidades residentes en un territorio determinado. Se impediría la supervivencia y el desarrollo de las culturas locales y se sustraerían recursos económicos a las autoridades de los gobiernos locales, que son las primeras responsables de los ecosistemas y de las ricas bio-diversidades presentes en los respectivos territorios.

Cualquier intervención en un área del ecosistema no puede por menos de tener en cuenta las consecuencias que de ella derivarían en otras áreas y, más en general, los efectos que tendría sobre el bienestar de las futuras generaciones. El ecoturismo, por lo común, lleva a las personas a lugares, ambientes o regiones donde el equilibrio natural requiere atenciones constantes para no sufrir perjuicio. Por tanto, conviene promover estudios y controles rigurosos encaminados a combinar el respeto a la naturaleza y el derecho del hombre a usar de ella para su desarrollo personal.

5. ”Esperamos nuevos cielos y una nueva tierra” (2 P 3, 13). Frente a la explotación imprudente de la creación, originada por la insensibilidad del hombre, la sociedad actual no encontrará una solución adecuada si no revisa seriamente su estilo de vida (...). Una actitud menos agresiva con respecto al ambiente natural ayudará a descubrir y apreciar mejor los bienes encomendados a la responsabilidad de todos y cada uno. Conocer de cerca la fragilidad de muchos aspectos de la naturaleza dará una mayor conciencia de la urgencia de medidas adecuadas de protección, para poner fin a la explotación imprudente de los recursos naturales. La atención y el respeto a la naturaleza podrán favorecer sentimientos de solidaridad con los hombres y mujeres cuyo ambiente humano es agredido constantemente por la explotación, la pobreza, el hambre o la falta de educación y salud. Corresponde a todos, pero sobre todo a los agentes del sector turístico, actuar de forma que esos objetivos se conviertan en realidades.

El creyente encuentra en su fe un impulso eficaz que lo orienta en su relación con el medio ambiente y en su compromiso de conservar su integridad para bien del hombre de hoy y de mañana. Por tanto, me dirijo especialmente a los cristianos, para que aprovechen el turismo también como una ocasión de contemplación y de encuentro con Dios, Creador y Padre de todos, y así se fortalezcan en el servicio a la justicia y a la paz, en fidelidad a Aquel que prometió cielos nuevos y una tierra nueva (cf. Ap 21, 1).

Espero que la celebración de la próxima Jornada Mundial del Turismo ayude a redescubrir los valores que entraña esta experiencia humana de contacto con la creación e impulse a cada uno al respeto del hábitat natural y de las culturas locales. Encomiendo a la intercesión de María, Madre de Cristo, a los que se interesan por este sector específico de la vida humana, invocando sobre todos la bendición de Dios todopoderoso

EL OBSERVADOR 376-6

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DILEMAS ÉTICOS

¿Militantes o vividores?
Por Sergio Ibarra


La militancia en los partidos políticos presupone conocimiento, conciencia y compromisos que debiesen rebasar las instancias de los intereses personales. Es decir, formar parte de un partido político — quizás yo esté equivocado, nadie batea de mil— implica, de entrada, una vocación de servicio a la institución a la que se afilia el militante. Y uno se pregunta: ¿al servicio de quién? Pues debiese responder en ese sentido a la ideología que propone ese instituto político al que el militante ha quedado suscrito. La democracia exige, dado el formato que prevalece en el mundo, que en la inmensa mayoría de los casos sean estas instituciones los catalizadores de las convergencias ideológicas de los miembros de la sociedad. Y es entendible que existan grupos con diversas posturas, con diferentes enfoques, con distintas maneras de interpretar la política y su quehacer. Pero nos queda claro que, por encima de estas posturas individuales, se encuentran, en primera instancia, las de la sociedad misma; es decir, la responsabilidad número uno de un partido político es responder con entereza moral y ejecutiva a la sociedad a la cual finalmente se debe.

Se avecinan tiempos políticos en nuestro país. Es prácticamente inevitable escuchar en los medios las diversas declaraciones, postulaciones y cosas por el estilo.

Muchos personajes se encuentran en campañas anticipadas, atentando ya no contra los principios democráticos, sino hasta contra los lineamientos de sus propios partidos. No se dan cuenta que es como darle de comer un rib eye a quien acaba de comer un new york, es decir, nos pueden empachar y hasta hastiarnos. Hay tiempos para todo. No sean ilusos pensando que la estrategia seguida por Fox es posible microreproducirla; al menos, si fuesen lo que creen ser, debiesen ser creativos.

Para quienes son militantes, si lo son en serio, el dilema es decirles la verdad de frente, de velar antes que nada por los principios que una institución tiene, de mantenerse unidos hacia el interior de su partido, de pensar, de gestar, de imaginar las soluciones que requiere nuestra comunidad, antes de intentar sorprender con posturas arribistas. No les vaya a sorprender el partido mayoritario del pasado...el abstencionismo.

EL OBSERVADOR 376-7

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DEBATE

¿Es pecado la anticoncepción?
Por el Pbro. Matthew Habiger OSB, Ph.D.


Ningún anticonceptivo es totalmente seguro y esa es la razón por la cual nuestro mundo hedonista pide a gritos el mal llamado “derecho” al aborto. El aborto es, sencillamente, la consecuencia de la falla de los anticonceptivos.

Un matrimonio que practica la anticoncepción hace dos cosas: 1) decide conscientemente practicar la anticoncepción y 2) utiliza métodos concretos para impedir la concepción, como, por ejemplo, las píldoras anticonceptivas y los preservativos. Podemos darnos cuenta con claridad de que estos matrimonios se rebelan con toda intención contra su fertilidad, al frustrar deliberadamente la dimensión procreadora del acto conyugal.

Hay razones válidas para que un matrimonio (y sólo dentro del matrimonio) decida que ahora no es el momento oportuno para tener un bebé. Por ejemplo, la salud de la madre puede ser precaria. Pero el fin no justifica los medios. Hay una diferencia enorme entre la anticoncepción y la planificación natural de la familia (PNF). La PNF es aceptable moralmente, cuando los esposos tienen motivos para espaciar los nacimientos de sus hijos, porque respeta íntegramente la dignidad de las personas y el carácter del acto conyugal. A propósito, los modernos métodos de PNF no cuestan nada o muy poco, son fáciles de aprender, son eficaces y no dependen, para su efectividad, de que la esposa tenga ciclos regulares o irregulares.

La doctrina de la Iglesia católica sobre la anticoncepción ha llegado a ser casi única entre los diferentes grupos religiosos. Esta situación no era así hasta hace poco en la historia. Desde que surgió el protestantismo todas las denominaciones condenaron la anticoncepción, pero fueron cambiando su postura con el tiempo.

En la encíclica de Pablo VI, Humanae vitae, publicada en 1968, el Papa escribe que “todo acto conyugal debe permanecer abierto a la trasmisión de la vida”. Con esto el pontifice enseña que el aborto está total y absolutamente excluido como método de regulación de la natalidad, así como también la esterilización y todo tipo de anticonceptivos y usos anti-naturales del acto conyugal. “Igualmente queda excluida toda acción que haga imposible la procreación, ya sea antes del acto conyugal, durante el acto o en el desarrollo de sus consecuencias naturales”. Aquí el Papa nos enseña que los dos significados esenciales del acto conyugal son el unitivo (dador de amor) y el procreador (dador de vida).

Juan Pablo II ha hablado mucho sobre este tema. Por ejemplo, el 14 de marzo de 1988 se refirió al problema de los sacerdotes que apoyan la anticoncepción, practicando así una falsa «comprensión pastoral»: “Realmente no puedo callar ante el hecho de que muchos, todavía hoy, no ayudan a las parejas casadas en esta grave responsabilidad suya (...). Esto puede llevar consigo graves y destructivas consecuencias, cuando la doctrina de la encíclica [Humanae vitae]se pone en duda, como ha sucedido algunas veces, hasta con teólogos y pastores de almas. Esta actitud de hecho puede inspirar dudas con respecto a una enseñanza cierta de la Iglesia y de esta manera se nubla la percepción de la verdad que no admite discusión. Esto no es un signo de comprensión pastoral sino una equivocación con respecto al verdadero bien de las personas. La verdad no puede basarse en una mayoría de opiniones”.

Por lo tanto, la persona que haya usado anticonceptivos no puede recibir la Eucaristía sin verdadero arrepentimiento, confesión y firme propósito de enmendarse. Y si caemos en el pecado, Dios siempre nos perdonará si con sinceridad nos arrepentimos, nos confesamos y tratamos de vivir una vida cristiana. No tiene sentido recibir al Autor mismo de toda vida y de todo amor en la Eucaristía y al mismo tiempo, conscientemente, estar obrando en contra del don de Dios de la fertilidad y correr el riesgo de abortar en las primeras etapas del embarazo a uno de los hijos o hijas de Dios.

La mentalidad anticonceptiva es pecaminosa por muchos motivos: Rompe la conexión intrínseca entre las dimensiones unitiva y procreadora del acto conyugal. Considera erróneamente que el período de abstinencia que requiere la planificación natural de la familia hace daño al matrimonio, y que el acto sexual por puro instinto es virtuoso. Considera el auto-sacrificio una molestia y eleva la búsqueda del placer al nivel de la principal finalidad del matrimonio, despreciando la auto-disciplina y el sacrificio. Reduce la persona amada a un objeto, a una fuente siempre lista para el placer, y considera la fertilidad como una especie de enfermedad. Abusa de la medicina y de la profesión médica. Lleva directamente al aborto; de hecho, muchos anticonceptivos, como, por ejemplo, la píldora, el Norplant, el dispositivo intrauterino (DIU) y la Depo-provera, causan abortos al comienzo del embarazo.

La anticoncepción le dice a Dios: “No eres el Señor de la Vida en nuestro matrimonio ni colaboraremos Contigo para traer nuevas vidas para tu Reino”. Es un ejemplo terrible para los jóvenes, quienes, lógicamente, preguntan por qué ellos no pueden gozar de una vida sexual estéril, ya que los adultos lo hacen. Da legitimidad a otros actos sexuales estériles, como los actos homosexuales y otras perversiones. La anticoncepción es, en verdad, un ataque al matrimonio y a la familia, que lleva a la sociedad a la corrupción.
(Resumido de vidahumana.org)

EL OBSERVADOR 376-8

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CONTEXTO ECLESIAL

¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México!

“Esta noble tarea de edificar un México mejor, más justo y solidario, requiere la colaboración de todos. En particular es necesario apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico. ¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México!” Juan Pablo II, homilía del 31 de julio de 2002.

Al pueblo de Dios, a todas las mujeres y hombres de buena voluntad:

Hermanos y Hermanas, una vez más nos dirigimos a ustedes en el amor que Jesucristo nos ha mostrado, para unir nuestros corazones en la fe y la esperanza de una sociedad cada vez más fraterna y solidaria, cada vez más fiel y comprometida con Dios que se presenta en nuestro prójimo.

Ante las resoluciones que fueron hechas publicas el viernes pasado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación queremos dar nuestra palabra y nuestra propuesta.

Ahora toca a la sociedad mexicana toda, pronunciarse a un dialogo nacional en torno a las formas y acciones éticas actuales y de largo plazo mediante las cuales debemos lograr que se cumplan las palabras dichas por Su Santidad el Papa a las y los mexicanos: “¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México”.

Todos tenemos una responsabilidad en construir con sus indígenas este México.

¿Cómo vamos a lograr este objetivo nacional de la mayor importancia para nuestro destino? ¿Qué implicaciones tiene para un desarrollo humano integral de las y los mexicanos, para el estado y la nación que queremos crear para la vida de todos?

Por nuestra parte:

Estamos en disposición de contribuir a un Diálogo Nacional sobre estos temas.

Particularmente contribuyendo con la aportación de la Iglesia y su doctrina social y su experiencia, tanto en México como en otros países a la reconciliación y a la justicia y la paz en su diversidad cultural.

Invitamos a todos los laicos a trabajar por la paz justa y digna, asumiendo su responsabilidad como cristianos, en este momento de definiciones.

También queremos pedir a la Iglesia en otros países que comparta con nosotros sus experiencias de construcción de la paz y resolución de conflictos y por ello próximamente habremos de convocar a un Seminario Integral sobre Cultura de Paz.

Reiteramos que, como Iglesia, queremos fortalecer nuestro compromiso con los indígenas. No es posible seguir viviendo en un México dividido por el racismo y la discriminación; los pueblos indios merecen con justicia un reconocimiento a sus culturas, a su modo de ver y a su autonomía (La Iglesia ante la emergencia de los pueblos indígenas). Por ello invitamos a nuestros hermanos indígenas a un diálogo para que nos planteen, ante las circunstancias actuales de México, las mejores formas en las que la sociedad mexicana toda, puede contribuir a su desarrollo humano y social.

Reiteramos nuestro llamado a todos los mexicanos a trabajar y nuestro compromiso con los 10 puntos de apoyo que se especifican en el “Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Indígena y la Comisión Episcopal de Pastoral Social, con ocasión de la 5ª. Visita del Papa Juan Pablo II”.

Ofrecemos asimismo apoyar iniciativas que favorezcan los procesos de paz y de reconciliación nacional.

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social queremos seguir construyendo, junto con todo el pueblo, un país justo, reconciliado, democrático y fraterno; deseamos que el diálogo siga siendo instrumento de la democracia y que el compromiso compartido sea fuente de paz y de progreso equitativo. Reconocemos nuestra historia que ha nacido y se ha sostenido en las tradiciones populares, en las distintas etnias que representan los primeros pobladores de estas tierras mexicanas. “Toda la sociedad y todos sus representantes debemos buscar un consenso sobre lo que tenemos que lograr, basados en la identidad y pluralidad que poseemos como sociedad, en la dignidad humana y en el bien común. Dicho de otra manera, el pueblo mexicano, en un clima de diálogo y respeto a los derechos y deberes que brotan de la naturaleza humana, tiene la oportunidad de construir un proyecto solidario, plural e incluyente, al servicio de las personas, de las familias, de sus valores y de su historia”. (Carta Pastoral “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos” ).

Confiados en la presencia cariñosa de Nuestra Santísima Madre María de Guadalupe que siempre nos recuerda, pues estamos “bajo su sombra y su regazo”, mantenemos nuestro espíritu de fe, esperanza y solidaridad con nuestros pueblos indígenas.

México, D.F. a 8 de septiembre de 2002, Fiesta de la Natividad de María.

+ Sergio Obeso, arzobispo de Xalapa
Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

EL OBSERVADOR 376-9

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TESTIMONIO

«¡El Demonio es protestante!»
Por Luis Miguel Boullón


El español don Luis Miguel Boullón habla de su proceso de conversión al catolicismo. De ministro protestante a fervoroso católico, sufrió el abandono de su familia y de sus amistades. Gracias a la juiciosa participación de un buen sacerdote conoció a Cristo y a su Iglesia sin mancha.

Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en la revista Cristiandad.org. Me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.

Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas, hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un «cura nuevo», con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.

Yo aprovechaba —Dios me perdone—de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros [los protestanes], que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.

Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan «cálido» en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana. A cambio del párroco de siempre, salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo. Lo habían «castigado» relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.

El Padre M. me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.

Logramos charlar casi de todo. Casi... porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura. En un aprieto que me puso, le dije: «Padre M... comencemos desde el principio» Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: «De acuerdo: al principio era el Verbo y...»

Me largué a reír nerviosamente. ¡Imitaba mi voz citando la Biblia!

«Pastor Boullón —me dijo luego—, no avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen... y por eso también fue el primer evangélico».

Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:

— Sí... fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!
— Pero Cristo le respondió con la Biblia...
— Entonces usted me da la razón, Pastor... los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien... y le tapó la boca.

Llegué a casa rabioso. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca, consulté a varios autores tan «evangélicos» como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas pese a que todos utilizábamos la Biblia para demostrar que los otros se equivocaban.

A la primera oportunidad caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Le largué un discurso sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré leyendo Hechos XVI, 31: «¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús – respondió Pablo – y te salvarás tú y toda tu casa».

El sacerdote me dijo:
— ¿Continuará la lectura de San Pablo?
— Ya terminé, Padre M.»
— ¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 32.
Leí en voz alta: «Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy»
— Entonces la fe...
— La fe... la fe... la fe es lo que salva
— ¡Vaya novedad! —me dice riendo— ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios, que ahora encontraron un buen medio para salvarse. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? «Como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta» (c.II) Y aun así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice: «Si quieres salvarte, guarda los mandamientos». Ahí tiene usted la respuesta completa.

Me acompañó hasta la puerta y me dijo: «Vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica (una me basta) en que se pruebe que sólo debe enseñarse lo que está en la Biblia.

Eso sería fácil. «Sólo la Biblia».

Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. «Si es sólo la Biblia —me dije—, entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba».

Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente, no encontré nada. En años de ministerio jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición. Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M.

Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica para hablar sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas «no estrictamente ecuménicas». Notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.

Pasada una semana de angustias me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.

Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto... para ella.

Traté de cumplir con todo. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma.

Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia. Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.

Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que visitara al sacerdote en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía —jamás dio muestras de sufrir— y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.

Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia. Desde ese día le acompañé a diario.

Reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. «¡El Demonio es protestante!» les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.

Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el padre M. Desde entonces, y después de pasados años de mi conversión, nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma... y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado.

Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que, a su tiempo y forma, vivan la vida de gracia de la santa fe.

EL OBSERVADOR 376-10

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FIN

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