El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
29 de septiembre de 2002 No.377


SUMARIO

bulletPORTADA - Fray Bartolomé de las Casas: ¿profeta de los indios o demagogo?
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - «Lolo»: periodista y santo
bulletCRITERIOS - El canto del hombre (I)
bullet¿Se puede dejar de sufrir?
bulletTEMAS DE HOY - Carta de María
bulletHabla Kiko Argüello de su conversió
bulletCOMUNICACIÓN - ¿Qué pueden hacer los padres de familia contra los abusos de la Internet?

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PORTADA

Fray Bartolomé de las Casas: ¿profeta de los indios o demagogo?
EL OBSERVADOR/ Reportajes especiales


El miércoles 2 de octubre, en la parroquia de Santa María Magdalena (Sevilla, España), comenzará uno de los procesos de canonización más polémicos: el de Fray Bartolomé de las Casas, de la Orden de los Predicadores, nacido en Sevilla hacia 1474 y muerto en el Convento de Atocha, en Madrid, el 31 de julio 1566, tras una vida de contrastes.

Para llegar a la gloria de la santidad, Las Casas depende del padre Innocenzo Venchi, que trabaja en Roma, y del vicepostulador, el padre Fernando Aporta, que trabaja en Sevilla. El uno frente a los archivos vaticanos, el otro frente a los archivos de Indias, donde se acumula, entre el polvo y el olvido, la documentación de una de las historias más apasionantes de la Conquista y la Evangelización de lo que, a ojos del siglo XVl, era el Nuevo Mundo. «El conquistador conquistado» como le llamara el escritor mexicano Agustín Yáñez, inició su camino a los altares 436 años después de su último suspiro terrestre, en la misma Iglesia dominicana del convento de San Pablo en la que fue consagrado primer obispo en 1543, al erigirse el obispado de Ciudad Real, en Chiapa (hoy Chiapas) y Guatemala, en la Nueva España. Compañero de Cristobal Colón en su segundo viaje a América, el de 1502. Hijo de acaudalada familia, se convirtió al fuego del sacerdocio y a la defensa de los indios, cuando oyó predicar a un fraile dominicano, renunciando a todos los privilegios con tal de defender la igualdad de seres racionales y de hijos de Dios de los naturales. A esta conversión se le llamó, por influjo del propio Las Casas, el «pentecostés del encomendero».

En 1515 se hizo misionero por amor a los despojados señores de estas tierras. Y, arrastrado por la predicación, se hizo de la orden de Santo Domingo un día de 1522, apenas un año después que las tropas de Hernán Cortés se alzaran con un triunfo clamoroso e impensable, sobre la gran Tenochtitlan. Era tal su celo que pidió que trajeran esclavos negros del África para substituir a los indios, pero luego se arrepintió, porque supo ver en el alma de los negros, la mano divina, la igualdad y la dignidad de todos los hombres.

Un año antes de ser consagrado obispo, en 1542, el entonces padre Las Casas discute en España los criterios de apostolado en las Indias y logra convencer, no sin apuros y tragos amargos, al emperador Carlos V, y con la oposición acérrima de Juan Ginés de Sepúlveda, de promulgar la ley que prohibe la esclavitud de los naturales, estableciendo la igualación de impuestos a todos los habitantes del Nuevo Mundo.

Bandera y blanco de extremismos. Gabriel Mendez Plancarte, el malogrado humanista católico mexicano, no tuvo empacho en definir a Las Casas como «protector universal de los indios americanos». La pasión de su defensa le ganó ser -como dijo Fray Gabriel de Cepeda, hacia 1670-»odiado con (por) medio mundo». Fue y vino infinidad de veces «de Castilla a las Indias y de las Indias a Castilla», por lograr que no murieran «tantas multitudes de seres racionales», como dejó redactado en su testamento. Esta defensa, este celo hizo una leyenda negra. Motolinia (Fray Toribio de Benavente), en una carta dirigida a Carlos V, el 2 de enero de 1555, lo definía como mal hombre, mal religioso, «inquieto e importuno, y bullicioso y pleitista en hábito de religión, tan desasosegado, tan mal criado y tan injuriador y perjudicial, y tan sin reposo» que debería ser mandado a un monasterio y encerrado a piedra y lodo, «porque no sea causa de mayores males». Pero Carlos V, lejos de mandarlo a un monasterio, le dejó seguir siendo «signo de contradicciones», «Y la idea que en él alentó con indómita pujanza —ha escrito Méndez Plancarte— fue la de la dignidad trascendente de la persona humana, dueña de sus destinos eternos; el valor que en él encarnó con invencible tesón fue la justicia, meta y norma suprema de toda humana sociedad y de toda autoridad legítima». En su disertación sobre «el único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión», Las Casas adelanta buena parte del contenido teológico de lo que hoy llamamos «nueva evangelización», o sea, la inculturación del Evangelio: «La Providencia divina —escribió en esta obra capital del siglo XVl-estableció para todo el mundo y para todos los tiempos, un solo, mismo y único modo de enseñarles a los hombres la verdadera religión, a saber: la persuasión del entendimiento por medio de razones y la invitación y suave moción de la voluntad».

Su vida y su obra humanista quedaron plasmadas en sus Memoriales al Consejo de Indias, que pueden ser resumidos así: 1. Todas las guerras de conquista son injustas y propias de tiranos. 2. La conquista de las Indias es usurpación de las Indias. 3. La repartición de tierras y de indios es tiranía. 4. Todos los que hayan tomado o dado tierras e indios están en pecado mortal. 5. Ni el rey ni nadie pueden justificar el robo que se les hace a los indios. 6. Todo el oro y la riqueza de las Indias venida a España es un robo. 7. El que no devuelva a los indios lo robado, no podrá salvarse. 8. Los indígenas tienen derecho «hasta el día del Juicio» a hacerle la guerra a sus conquistadores, y a borrarlos de la faz de la Tierra.

No resulta raro que quien así defendía a los indios fuera calificado de mal español y de mal misionero. Entonces y ahora, como, seguramente, se verá a lo largo de la defensa de su causa. Fray Bartolomé de las Casas sigue siendo, como escribió Agustín Yáñez, «bandera y blanco de opuestos extremismos».

EL OBSERVADOR 377-1

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CARTAS DEL DIRECTOR

«Lolo»: periodista y santo

Por Jaime Septién Crespo


Un gran amigo, y admirado periodista, Jesús Colina, junto a Paloma Gómez Borrero (la decana de los corresponsales iberoamericanos en El Vaticano) y Alex Rosal (director de «Fe y razón» en España), le entregaron al papa Juan Pablo II hace 15 días, una petición con 200 firmas para que inicie el proceso de beatificación de Manuel Lozano Garrido, «Lolo»: periodista, inválido y maravilloso cristiano.

«Lolo» nació en Linares (Andalucía) en 1920. Estudio para maestro de escuela, pero a los 22 años, un reumatismo articular agudo le fue minando el cuerpo hasta dejarlo totalmente paralítico (y ciego) los últimos 15 años de su vida. Fueron éstos los más fecundos: con «su segunda alma» (su hermana Lucy) escribió nueve libros, cuentos, ensayos y muchos artículos para periódicos españoles. Nada más morir (1971), inició su proceso de beatificación (1974) que hoy entra en su etapa final.

Sin perder nunca el sentido del humor, «Lolo» consagró su vida al periodismo cristiano. Uniendo amor con dolor (o dolor con amor), enseñó que no hay imposibles para un corazón entero, entregado a Cristo.

He aquí su credo personal: «Creo en el amor y en la solidaridad de los hombres que hay más allá de las paredes de mi cuarto. Creo en el poder y la fertilidad de la bondad y la verdad. Creo en la esperanza de los niños que se estrenan y en la de los viejos que, si se curvan, es sólo en el cuerpo, porque supieron mantener encendida y avivar la lámpara de su corazón. Creo en el perdón, porque todos los odios mueren en el olvido de Dios que no se ofende. Creo en mi capacidad de supervivencia sobre la muerte».

La fe cristiana de «Lolo» era casi tan grande -dicen quienes le conocieron-como su amor por la verdad. Dos fuentes genuinas de definición del periodista católico. Si para ser buen político se necesita ser santo, para ser buen periodista se necesita ser doblemente santo. Porque el poder marea y porque el orgullo de saberse «en la cresta de la ola» hace perder piso. «Lolo» no lo perdió: su amor por Jesús y su silla de ruedas se lo impidieron.

«Quien no aspira a ser santo es tonto», escribió. Creo una asociación (Sinaí) de personas enfermas que ofrecen sus sufrimientos por la prensa católica. Y un decálogo del periodista católico que se resume en esta frase: «Cuando escribas, lo has de hacer de rodillas para amar; sentado para juzgar, erguido y poderoso para combatir y sembrar».

Como periodista católico, nada me agradaría más que ver a «Lolo» (quien murió cuando yo tenía 11 años) en los altares. Para amar más mi profesión, y ser «luz del mundo», aunque sea de mi mundo pequeñito.
O

EL OBSERVADOR 377-2

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CRITERIOS

El canto del hombre *
(Primera de tres partes)
Por Rolando García Alonso


Escribir sobre el nexo entre libertad y religión es aventurarse entre dogmas y prejuicios permanentes. En este ensayo el autor trata de ofrecer al lector un camino razonado de convergencia entre ambos, difícil tarea en el siglo XXI.

«Imaginemos que un grupo de niños juega sobre la florida cumbre de una isla eminente: mientras haya un muro que cerque la cumbre, pueden entregarse a sus locos juegos y poblar el sitio de rumores. Supongamos ahora que el muro se derrumba, dejando a la vista los precipicios: los niños no caen necesariamente; pero cuando, poco después, venimos a buscarlos, los hallamos amontonados en el vértice de la isla cónica, mudos de horror: ya no se les oye cantar». (G. K. Chesterton, Ortodoxia).

No hay imagen más cercana a la de la alegría que la de un grupo de niños jugando durante un recreo escolar. Como escribe Gilbert Chesterton, el muro protector les permite saltar, cantar y jugar, haciendo caso omiso del precipicio aledaño o de la transitada avenida que circunda la escuela.

Es difícil hablar, a inicios del siglo XXI, del nexo entre libertad y religión. El pensamiento filosófico imperante y la práctica social nos han hecho concebirlos como conceptos contrarios, léase antagónicos, en donde la existencia de uno imposibilita la permanencia del otro.

El siglo XX, sin lugar a dudas, ha sido un período de la historia en el que los hombres no han cesado de buscar la libertad. Aún no terminaba su primera década y los campesinos mexicanos se alzaban en armas contra la dictadura del porfirismo. Un año más tarde, el doctor Sun Yat Sen inicia la liberación del pueblo más grande del mundo, el chino, finalizando con el reinado del último emperador manchú, aunque décadas más tarde este mismo pueblo sufriría los rigores de una esclavitud quizá más fuerte de la que se liberó en 1911.

Vladimir Ilich Ulianov Lenin contra la rusia zarista, Kemal Ataturk acabando al Imperio Otomano, son otros ejemplos de pueblos que buscan liberarse de gobiernos opresores formados por hombres de su propia nación.

Vendrán luego las sangrientas guerras mundiales que buscaron, revolucionando la forma de hacer la guerra, la liberación de los pueblos conquistados por las dictaduras del nacionalismo y del fascismo en Europa y en Asia. En algunos de estos países, sin embargo, la liberación se dio entre comillas, intercambiando a los detestados ocupantes por otros que implantaron un sistema no más liberal que el anterior: el comunismo. Éstos, a su vez, serán liberados cuatro décadas y media más tarde por una pléyade de hombres y mujeres arduos en la conquista de ideales.

La lucha por la independencia de las antiguas colonias en África, Medio Oriente y Asia se inscribe en esta búsqueda permanente del siglo XX por conseguir la libertad del mayor número de hombres y mujeres sobre la tierra, aunque en muchos de estos países sólo se logró sustituir la dominación de unos por el yugo de otros. El sufragio de la mujer, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, el reconocimiento de los derechos de la gente de color en los Estados Unidos de América, son episodios ilustres de esta búsqueda, de ésta que podríamos llamar la ansiedad del siglo XX.

Jamás en la historia del hombre la lucha por la libertad había abarcado a tanta gente y había alcanzado a tantas tierras y continentes. ¿Y qué vemos hoy? Al hombre ya no se le oye cantar. vive más tiempo y más cómodo, conoce más (aunque tal vez no sepa más), elige a sus gobernantes en un número cada vez mayor de países, pero ya no canta. Es como aquel grupo de niños que evocaba al inicio, «amontonados y mudos de horrror», que ya no juega ni corre ni canta.

* Tomado de la publicación Bien Común y Gobierno, agosto de 2002.

EL OBSERVADOR 377-3

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¿Se puede dejar de sufrir?
Por el Pbro. Roberto Visier.


Jesús dijo: “Vengan a Mí todos los que están cansados y agobiados, que Yo les aliviaré”. Pero Jesús no vino a llevarse el sufrimiento de este mundo, sino a cargarlo sobre sus hombros y darle un sentido nuevo.

Por mas que busco en el Evangelio y en todo el Nuevo Testamento, no encuentro por ninguna parte la promesa de que vamos a dejar de sufrir mientras estemos en este mundo. Debe ser que cuando lo dijo Jesús no había ningún apóstol, ni evangelista pendiente para recordarlo y escribirlo. Es cierto, Jesús dijo: “Vengan a Mí todos los que están cansados y agobiados, que Yo les aliviaré” (Mt. 11,28), y dijo que había venido a “vendar los corazones desgarrados” (Lc. 4,18); pero nunca les dijo: “Vengan conmigo y no tendrán enfermedades, ni pasarán hambre y todo les saldrá bien y Yo les solucionaré todos los problemas”. Sin embargo, sí dijo: “El que quiera venirse conmigo que cargue con su cruz y me siga, y el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por Mí la ganará” (Mt. 16,24); Y también nos enseñan los apóstoles: “Estén contentos cuando comparten los sufrimientos de Cristo, para que cuando se manifieste su gloria rebosen de gozo” (I Pe. 4,13); “Me gozaré en las debilidades, las privaciones, las humillaciones y las angustias sufridas por Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12, 10).

No es un masoquismo absurdo, sino el modo de asumir una realidad de este mundo, el sufrimiento, que Jesús no vino a llevarse de este mundo sino a cargarlo sobre sus hombros y darle un sentido nuevo. Es como si nos hubiese dicho: “El que quiera venirse conmigo que cargue su cruz y me siga y el que no quiera... que no me siga, pero de cualquier modo tendrá que cargar su cruz, porque de eso no se libra nadie”.

Muy bien, Dios es bueno y quiere aliviar nuestro sufrimiento. Consolar al que sufre, confortarlo en el dolor y luchar contra el sufrimiento de cualquier hombre, es una hermosa obra de caridad muy agradable a Dios. La historia de la Iglesia católica está llena de testimonios de esos “héroes de la virtud” que llamamos santos que se han gastado y desgastado por servir a los demás. El beato Pío de Pieltrelcina, beatificado recientemente por Juan Pablo II, construyó con los donativos de los peregrinos que de todo el mundo venían a verle un hospital enorme llamado “Casa de alivio del sufrimiento”. Se han comprobado asombrosas curaciones obradas por medio de este santo del siglo XX. Sí, creemos en los milagros porque creemos en el poder y en la bondad de Dios; pero es una falsa promesa ofrecer la curación de todos los males y la solución de todos los problemas. Esa felicidad plena vendrá cuando llegue el fin de este mundo. Primero es la pasión y después la resurrección: “Enjugará las lágrimas de sus ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor porque el primer mundo ha pasado” (Ap. 21,4). Pretender alcanzar la gloria y la felicidad perfecta sin pasar por la cruz no es EL CAMINO DE JESÚS. Recordemos que debemos seguir sus pasos: “El que no carga su cruz y me sigue no es digno de Mí” (Mt. 10,38).

Todo este florecimiento de iglesias “milagreras” tiene mucho que ver con un modo desviado de entender la fe, muy semejante a la “fe” que se pone en el brujo o curandero de turno, o en la famosa metafísica que ha promovido la “Nueva Era”. Se trata de encontrar esa fuerza superior que es capaz de librarme de todos los males. Es indiferente que esa fuerza se llame Dios, Jesucristo, yoga, sábila, azabache, María Lionza o Negro Felipe. Todos “ellos” son simples instrumentos, medios que yo utilizo para mi bien. Dios es entonces una medicina, un desodorante para quitar los malos olores de mi vida, un analgésico o un paño de lágrimas.

(Fuente: Periodismocatólico.com)

EL OBSERVADOR 377-4

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TEMAS DE HOY

Carta de María


Carta abierta para que, cuando seas anciano, no tengas que ir a un asilo y puedas permanecer en tu propia casa


Tengo casi setenta y cinco años, vivo sola en mi casa, la misma en que estaba con mi marido, la que dejaron mis dos hijos cuando se casaron. Siempre he estado orgullosa de mi autonomía, pero desde hace un tiempo ya no es como antes, sobre todo cuando pienso en mi futuro. Aun soy autosuficiente, pero ¿hasta cuando? Me doy cuenta de que los gestos son cada vez menos desenvueltos, aunque todavía me dicen: «Si yo fuera como usted a su edad…». Salir para las compras y ocuparme de la casa me cansa cada vez más. Entonces pienso: «¿Cual será mi futuro?». Cuando era joven la respuesta era sencilla: con mi hija, con el yerno, con los nietos. Pero ahora, ¿qué hacer con las casas pequeñas y las familias en las que todos trabajan? También ahora la respuesta es sencilla: el asilo. Todos repiten lo mismo. Pero todos saben, y no lo dicen, que nadie quisiera dejar su casa para ir a vivir a un asilo.

Realmente no creo que sea mejor una mesita de noche, un espacio estrecho, una vida anónima que la propia casa, donde cada objeto, un cuadro, una foto recuerdan y llenan un día sin muchas novedades.

Con frecuencia oigo decir: «Lo ingresamos en un buen asilo, por su bien». Tal vez son sinceros, pero ellos no viven ahí. Ni siquiera es un «mal menor» pero necesario.

Admitamos que no es uno de aquellos lugares de que habla el telediario, donde hasta les cuesta darte agua si tienes sed, o te maltratan solamente porque se sienten frustrados por el trabajo que hacen. No creo que un instituto sea la respuesta para quien está un poco mal y, sobre todo, está solo.

Encontrarse de repente viviendo con personas desconocidas, no queridas y no elegidas ¿es realmente una manera para vencer la soledad?

Sé bien como se vive en un asilo. Si quieres descansar no logras hacerlo porque no soportas el ruido de los demás, el vecino que tose, las costumbres distintas. Se dice que cuando uno es viejo es exagerado. Pero no es exageración imaginarse que si quieres leer hay quien quiere la luz apagada, o que si quieres ver un programa o miran otro o no es la hora. En un asilo también los problemas más banales llegan a ser difíciles: poder tener todos los días el periódico, que te arreglen en seguida las gafas cuando se rompen, comprar la cosas que necesitas si no puedes salir. Sucede a menudo que confundan tu ropa con la de otra persona después de lavarla y que no puedes guardar nada tuyo. Lo peor —admitiendo que la comida no sea mala— es que no se puede decidir casi nada: cuándo levantarse y cuándo quedarse en la cama, cuándo encender y cuándo apagar la luz, cuándo y qué comer. Además, cuando uno es más anciano (y tiene más problemas, porque se siente menos vigoroso que antes), está obligado a tener todo en común: enfermedades, debilidades físicas, dolor, sin ninguna intimidad y ningún pudor. Hay quien dice que en el asilo «tienes todo y no eres un peso para nadie». Pero no es verdad. Uno no tiene todo y no es la única manera para no molestar a los propios seres queridos. Existe una alternativa: poder permanecer en casa con un poco de asistencia cuando uno está peor o se enferma. Poder ser ayudados en casa durante el tiempo necesario. Este servicio ya existe, pero más en el papel que en realidad. Todas las administraciones tendrían que garantizar la asistencia sanitaria a domicilio (el fisioterapeuta, el médico, la enfermera).

Y no es verdad que el costo sea excesivo. Estos servicios valen tres o cuatro veces menos que si tengo que ingresar en un asilo o en un hospital de crónicos. Pero sucede que terminas en un asilo y que ni siquiera lo decidiste tú. No comprendo por qué se respeta un testamento y en cambio no lo escuchan a uno en vida si no quiere ir a un asilo.

Se ha dicho que se han destinado millones para construir asilos nuevos para que haya más camas. Si viviera en una barraca estaría contenta por esto. Pero yo tengo una casa y una cama, «mi cama» ya la tengo. No hace falta crear nuevas cocinas para preparar la comida, pueden utilizar mi cocina. No necesito que me construyan una sala grande para ver la televisión, ya tengo mi televisión en el cuarto. Mi baño aún funciona bien. Mi casa tal vez necesita solamente algún pasamanos y manillas para cogerse en la pared: costaría mucho menos.

Lo que deseo para mi futuro es la libertad de poder elegir si vivir lo últimos años de mi vida en casa o en un asilo. Hoy no tengo esta libertad. Hacer uso de la asistencia domiciliaria es muy difícil, casi imposible: la demanda es muy grande y el servicio es aún demasiado limitado. Pero si esta asistencia domiciliaria se desarrollase más y fuese para todos los que la necesitan, no necesitarían construir tanto asilos nuevos y costosos. Y hasta los hospitales estarían menos llenos.

Por esto, aunque ya no soy joven, quiero hacer escuchar mi voz y decir que no quiero ir a un asilo y que no lo deseo para nadie. Ayúdenme a mí y a todos los ancianos a permanecer en casa y a morir entre las cosas propias. Quizás viviré más. Seguramente viviré mejor.
María.

Fuente: www.santegidio.org 

EL OBSERVADOR 377-5

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Habla Kiko Argüello de su conversión

«Me puse a gritar a este Dios que no conocía. Le gritaba: ¡Ayúdame! ¡No sé quién eres! Y en aquel momento el Señor tuvo piedad de mí».

Kiko Argüello (Francisco José Gómez de Argüello es su nombre completo), iniciador del Camino Neocatecumenal, platica su testimonio de conversión a cientos de jóvenes reunidos en un encuentro en Asís, el 1º de noviembre de 1996.


Soy hijo de una familia normal, burguesa, de Madrid. Mis padres eran católicos. Después de entrar a la universidad entré en crisis con mi familia y conmigo mismo, sobre todo por el ambiente en la facultad de Bellas Artes de Madrid, que era completamente ateo, marxista. En seguida me di cuenta de que la formación que yo había recibido, tanto en la familia como en el colegio, no me servía de nada para responder a los problemas que tenía de todo tipo. Me preguntaba: ¿quién soy yo?, ¿por qué existe la injusticia en el mundo?, ¿por qué las guerras? Me fui alejando de la Iglesia hasta dejarla totalmente. En Bellas Arte hice teatro y me dediqué a pintar, a hacer exposiciones.

Dios permitió que yo hiciese una experiencia de ateísmo. Todas las personas de mi alrededor eran personas que iban a Misa, pero, en definitiva, su vida no era profundamente cristiana... Desde mi familia, en la que mi madre iba a Misa todos los días y mi padre era católico. Pero el dios de mi casa era el dinero.

Entonces intenté ser coherente con un tipo de existencialismo: con el absurdo total de la existencia humana. Y comencé a sufrir mucho porque no tenía interés por nada, ni siquiera por pintar. Y tuve la fortuna , o si quieren la desgracia, de ganar un premio nacional de pintura muy importante en España. Entonces salí en televisión, en los periódicos; me había abierto camino profesionalmente, y esto ya fue la «última gota» porque veía que aquello no daba ningún sentido a mi vida. Había muerto interiormente y sabía que mi fin seguramente sería el suicidio.

Entonces me ayudó mucho —por eso leer es siempre bueno— un filósofo que se llama Bergson. Dice que la intuición es un método de conocimiento superior a la razón. Me di cuenta de que, para negar que todo tenía un sentido, para negar que Dios existe, se necesitaba tanta fe como para creer que existía. Y yo había dado el paso de aceptar que Dios no existía. Entonces me dije: «Mira que la razón no lo es todo, que en el hombre también está la intuición». Entonces con la intuición llegaba a reconocer que todo tenía un sentido, que existía Dios. Pero no sabía cono encontrarlo.

Luego leía el Evangelio que dice: no oponer resistencia al malvado..., si alguno te abofetea en la mejilla derecha..., si alguno te roba... Recuerdo que una vez mi padre se enfadó y le dije: «Mira lo que dice aquí. Tú eres católico ¿no?» Y él me dijo que eso eran cosas de los santos, de san Francisco, y no sé de quién... Entonces le contesté: «Este libro, la Biblia, lo puedes tirar por la ventana porque he entendido que no tiene ninguna relación con la realidad. Me niegas que esto se pueda vivir».

Entré entonces en mi cuarto, y me puse a gritar a este Dios que no conocía. Le gritaba: «¡Ayúdame! ¡No sé quién eres!». Y en aquel momento el Señor tuvo piedad de mí, pues tuve una experiencia profunda de encuentro con el Señor, que me sobrecogió. Recuerdo que lloraba amargamente, me caían las lágrimas, lágrimas a ríos. Sorprendido me preguntaba: ¿por qué lloro? Me sentía como agraciado, como uno a quien, delante de la muerte, cuando le van a disparar, le dijesen: «Quedas libre, gratuitamente quedas libre». Fue un toque profundo que me decía no sólo que Dios existe, sino que Cristo es Dios.

De hecho, me presenté a un sacerdote y le dije que quería hacerme cristiano, y él me dijo: «¿Cómo?, ¿es que no estás bautizado?». «Sí estoy bautizado», le contesté. «Entonces, ¿qué quieres?, ¿hiciste la Primera Comunión?». «¡Si!, pero mira que yo...». «Ah, que quieres confesarte!...» No me entendía. Pero yo sabía que lo que quería era hacerme cristiano; yo sabía que hacerse cristiano tenía que ser algo muy serio. Así es como por fin hice Cursillos de Cristiandad, una iniciativa que surgió en España por aquellos años. Y me ayudó. Comencé una verdadera búsqueda del Señor. Iba a la iglesia y decía a los demás: «Ayúdenme a hacerme cristiano!».

Comencé a pintar arte religioso. Arquitectos, escultores y pintores nos pusimos a reconstruir la Iglesia, un poco como empezó san Francisco. Pero me di cuenta de que no servía nada reconstruir la Iglesia exteriormente cuando había tanta gente, como yo me había encontrado, en una terrible situación.

Lo dejé todo y a todos. También mi prometedora carrera de pintor. Me fui a vivir a las barracas. Encontré una que servía para los perros vagabundos y me metí allí. Mis vecinos, la mayoría gitanos, me preguntaban quién era yo. Tenía barba, hablaba de forma distinta a la de ellos, pero hacía la misma vida: pedía limosna, trabajaba ocasionalmente como obrero... Entonces ellos me preguntaban, pero yo no quería hablarles. De Foucauld había aprendido la imagen de la vida oculta de Cristo: estar silenciosamente a los pies del Cristo-desecho de la humanidad, destruido. Ser el último es estar ahí, a sus pies. Pero el Señor empezó a llevarme, en primer lugar, a dos chicos perseguidos por la policía por vender droga, y después a un indigente borracho. Al poco tiempo éramos un grupo de diecisiete personas en mi barraca de tres metros cuadrados. Lleno total. Allí me encontré con la sorpresa de que tenía que hablarles, darles una razón de mi fe.

Un día el jefe de un clan de gitanos, que estaba en lucha con otro clan, me preguntó qué decía la Biblia sobre los enemigos. Me contó que él había golpeado a la madre del jefe de otro en la cabeza. Como entre ellos rige la «ley del Talión», pasados dos años había llegado el otro con deseos de venganza. Yo abrí la Escritura y le leí el Sermón de la Montaña, donde se invita a no poner resistencia al mal. «¿Entonces, debo dejar que me mate a bastonazos?». La única solución era ir sin el bastón en son de paz. Yo me puse de rodillas a rezar el rosario para que la Virgen María salvase la vida de aquel chico. El tiempo pasaba. Las dos, las tres de la madrugada. Pensé que habría muerto, cuando le vi llegar. Al verlo sin el bastón, su adversario decidió resolver la disputa económicamente. Me amigo se llama José Agudo.

Un día José me llevó a hablar a su ´tribu´ en una cueva enorme llena de gitanos. Me dijo: «Háblales». Así que empecé por el principio, y me puse a hablarles de Adán y Eva, cuando de repente la madre de José Agudo se levantó: «Yo se que en el Cielo hay una mano potente, que es Dios. ¿Pero lo de la otra vida, lo del infierno, todas esas cosas de los curas? ¡Yo lo único que sé es que mi padre murió y no ha vuelto a casa! ¡Cuando yo vea a un muerto volver del cementerio creeré!». Se levantaron todos y se fueron, y yo me quedé sin saber que hacer. Aquella mujer, sin embargo, sin quererlo, me había dado la clave, porque me había dicho que estaba dispuesta a escucharme cuando yo hubiese encontrado un hombre que hubiese salido del cementerio. Y efectivamente, buscando en la predicación primitiva y en los Hechos de los Apóstoles, lo encontré: es Cristo resucitado.

EL OBSERVADOR 377-6

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COMUNICACIÓN

¿Qué pueden hacer los padres de familia contra los abusos de la Internet?


En definitiva, la mejor protección contra los abusos de la internet es la presencia, en el hogar, de una atmósfera de oración y valores cristianos compartidos, dentro de la cual todos los miembros de la familia tendrán la confianza de discutir abiertamente estas preocupaciones. En esta atmósfera su interés permanente y su involucrarse en el uso que sus hijos hacen de la internet llegará a ser perfectamente natural, incluso si usted no sabe mucho de computación.

El primer punto en el uso adecuado de la internet es reconocer que las reglas vividas en el mundo real se aplican también en el ciberespacio. Si usted recomienda a sus hijos no hablar con extraños, lo mismo se aplica en la internet. Así como ordinariamente espera de sus hijos saber a dónde salen, pregúnteles con quién(es) se conectan cuando “salen” a la internet. Así como usted escucha a sus hijos hablar acerca de sus amigos, escúchelos también cuando ellos comenten qué han encontrado en la internet.

Los esfuerzos por vencer a la computadora para alcanzar una internet sana en el hogar pueden parecer inalcanzables para muchos padres de familia. A continuación, cuatro sugerencias que pueden ayudar:

1) En lo posible, obtenga el acceso a internet a través de un ISP que excluya de su servidor —la computadora que ofrece el acceso a la internet— al menos parte del material inapropiado. Revise el directorio telefónico y llame para preguntar si cuentan con ese servicio.
2) Elija un ISP que ofrezca opciones de control para los padres de familia y actívelas. Estas opciones pueden usarse para restringir el acceso a los chat rooms, a los newsgroups (de los cuales unos pocos contienen los peores materiales) y a cierto sitios.
3) Algunos ISPs ofrecen la posibilidad de mantener un registro de los sitios visitados. Si el suyo cuenta con este servicio, actívelo. Puede usarse para revisar los sitios que los niños han visitado cuando tenga motivos para preocuparse.
4) Asegúrese de instalar filtros. Algunos filtros populares son: CyberPatrol, CyberSitter, Net Nanny, Surfwatch, X-Stop, Rated-PG. Recuerde que los métodos (por ejemplo, los juicios individuales de páginas) y criterios difieren de un paquete a otro.

Ninguna de estas posibilidades asegura plenamente que los niños permanecerán alejados de los contenidos inconvenientes, pero son un buen inicio. Incluso en un mundo imperfecto son importantes porque comunican sus propios valores a sus hijos. Si los padres no se preocupan por el uso de la internet, los niños pensarán que ellos tampoco necesitan preocuparse. Aunque la protección es esencial, es importante añadir que los filtros también restringirán las posibilidades de hacer investigación en internet y que, incluso, pueden restringir inadvertidamente el acceso a sitios benéficos.

Cuando hablamos de computadoras, no se sienta cohibido si sus hijos llevan la batuta y usted se limita a seguirlos. Disfrute de sus conocimientos así como usted disfruta sus éxitos en el deporte, la música o cualquier otro campo. Incluso puede llegar a ser enriquecedor y divertido: existe en la internet una cantidad impresionante de información sana sobre fe, religión y muchos otros temas. Profundizar juntos en estos intereses es preferible a pasarse el tiempo tumbado frente a la televisión.

Una responsabilidad compartida

Algunas personas argumentan que la internet es demasiado grande y compleja como para ser controlada. Existen fallas en cada solución sugerida, incluso en aquella que pone totalmente del lado de los padres el problema de proteger a sus niños, como si fuera posible (o incluso deseable) estar con los hijos las 24 horas del día. La complejidad de la internet, sin embargo, no significa necesariamente darse por vencido. Significa que existe la responsabilidad conjunta no sólo de proteger a los niños, sino también la responsabilidad por asegurarse que la internet contribuya al civismo y la armonía de la sociedad, y al mantenimiento de los valores morales. De otra manera puede convertirse fácilmente en el principal vehículo de los propagadores del odio, la violencia y la obscenidad.

No es ni justo ni realista que los padres carguen con el paquete entero. Sin embargo, los padres ciertamente juegan un papel muy importante, empezando por la atmósfera cristiana que procuran en sus hogares y, después, con su interés y con su involucrarse en el uso que los hijos hacen de la internet. Y justo como algunos padres restringen el uso de la televisión en sus hogares hasta una hora o menos al día, o hay incluso quien saca la televisión de su casa, así también los padres tienen la opción de circunscribir el uso de la internet en el hogar a ciertos periodos diarios de tiempo.

(Fuente: Encuentra.com)

Más consejos sobre la internet

+ Ponga la computadora con acceso a la internet en una zona común de la casa, no en una recámara o despacho.
+ Pase tiempo en internet con sus hijos, aun cuando usted apenas sea un principiante.
+Enseñe a sus hijos a usar responsablemente el correo electrónico.
+Anime a sus hijos a que le pregunten todo lo cuestionable o dudoso.
+ Advierta a sus hijos sobre nunca dar información personal (como el nombre, la dirección, el número telefónico) a nadie en la internet sin su autorización, y que nunca envíen sus fotografías.
+ Pida a sus hijos que no llenen cuestionarios de la internet sin su autorización.
+ Pida a sus hijos que jamás respondan a contactos sospechosos o sugestivos, ni a nada que les resulte incómodo, y que si algo así sucediera lo platiquen con usted.
+No permita encuentros reales (personales) con personas que hayan conocido en la internet, a menos que exista una buena razón para ello y que usted o alguien de su confianza esté presente.
+No tenga una reacción desproporcionada si sus hijos le muestran algo inapropiado: podrían cohibirse y dejar de contarle las cosas.
+No olvide cuán significativos pueden ser los diskettes escondidos. El uso de material pornográfico o provocativo tiende a ser secreto.
+Recuerde a sus hijos que estas reglas también se aplican siempre que usen una computadora fuera del hogar, como en las librerías o en la escuela.

EL OBSERVADOR 377-7

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