El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
22 de diciembre de 2002 No.389

El pueblo de los que caminan en la noche divisó una Gran Luz; habitaban el oscuro país de la muerte, pero fueron iluminados... Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado». (Is 9, 1.5)

¡Feliz navidad!

SUMARIO

bulletEl diezmo navideño: un milagro entre todos
bulletLaudanza del pesebre
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - El niño de Belén es el «nuevo Adán»
bulletPaz en la tierra
bulletINTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Abuso y dudas sexuales
bulletPINCELADAS - Hoja de calendario
bulletCuriosidades de Navidad
bulletREPORTAJE - Viviendo los días de Navidad junto a la Sagrada Familia
bulletTESTIMONIO - Paul Claudel: de ateo a católico en una Navidad
bulletPICADURA LETRÍSTICA - Tierno mensaje navideño de un ateo
bulletCada vez más «cristianos» deciden no celebrar el cumpleaños de Cristo
bulletLos festejos litúrgicos en la ciudad del Vaticano para el tiempo de Navidad

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El diezmo navideño: un milagro entre todos
Miguel Rivilla San Martín *


Millones de personas se están muriendo de hambre. El contraste con nuestro modo de vivir en occidente, no puede ser más llamativo y escandaloso. Derroche y gastos superfluos por doquier, especialmente en estas épocas navideñas. ¿Y si damos un diezmo (10%) del gasto navideño para ayuda contra el hambre?

Lo evidente no necesita demostración. Nadie puede alegar desconocimiento o ignorancia de lo que está pasando en nuestro mundo. El bochornoso espectáculo nos entra por los ojos a diario. Millones de personas —con los mismos derechos humanos que tú y yo— se están, literalmente, muriendo de hambre en el tercer mundo, en tu estado, en tu ciudad...

Los supermercados, a tope. Los hogares, en general, abarrotados. Casi todas las familias, con gastos innecesarios. Las personas no carecen de nada.

Vergüenza colectiva nos debería causar este injusto contraste que clama al Cielo

No hay justificación que valga. En nuestras manos está el acabar con esta lacra mundial. Nadie se debe evadir de su responsabilidad y de romper, de una vez por todas, la costra de su “justificado” egoísmo. Desde los organismos internacionales y nacionales. Desde los gobernantes y políticos. Desde los de arriba, del medio y los de abajo. Desde la Iglesia católica y demás confesiones religiosas del mundo. Desde los creyentes, ateos y hombres de buena voluntad, debemos ponernos todos manos a la obra cuanto antes. No tenemos derecho a celebrar alegre e inconscientemente las próximas fiestas si no arrimamos el hombro todos a esta humanitaria labor. Sería un crimen de lesa humanidad.

Segurísimo que no faltarán iniciativas de todo tipo y a todos los niveles. Nuestra ciudad (sea la que sea) podría dar la campanada estas Navidades ante el mundo entero si nos tomamos en serio la cosa.

La reacción en cadena podría producirse en el mundo entero

Propongo una sencilla cosa al alcance de todos y con los cauces, colaboración y controles debidos de instituciones, organismos ciudadanos de todo color y eclesiásticos: dar el diezmo cada persona del gasto navideño para ayuda contra el hambre en el mundo.

¡Por favor, que nadie se excluya, lo desprecie como un sueño inútil o mire para otro lado!

Con fe y corazón se hacen los milagros. Intentémoslo entre todos. Quizás puedan ser para casi todos, de verdad, unas felices fiestas.

* Agradecemos a nuestro colaborador el Pbro. Miguel Rivilla San Martín esta iniciativa que, por su interés, hacemos nuestra y, quiera Dios, de usted.

EL OBSERVADOR 389-1

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Laudanza del pesebre

Si una esfera de luz o un tibio aroma
me pudiera llevar de aquella gruta,
si el nevado silencio de su noche
tempestuosa de arcángeles ardiendo,
tu vigilante sueño escogería,
vaso de Dios y atril de su palabra,
escaparate que a la luz expones
la transparencia del azul más limpio,
copa del mar y estuche de su perla,
sostén de quien los aires acomoda
y eje por una vez del universo.


Por la dulzura del rastrojo viene
enamorado el pecho del Cordero,
por el pesebre en flor, por la madera
de la última cuna prevenida.
Donde el sueño la oveja reclinaba
al calor exclusivo de su espuma,
donde la lengua elemental ardía
brasas de estrella y nubes de incensario,
a palpitar se tiende toda y pura,
toda el hambre de amor acumulada.

A campo hueles y a inocencia sabes,
reclinatorio de la primavera,
donde despunta Dios como los higos
que en pañales de paja vas dorando.

Por el llanto de un niño henchida cuenca,
violento cráter que su amor activa,
cauce donde navega la esperanza,
cavidad que se colma de infinito,
pequeño nido del inmenso sueño;
sobre cojín de yerba la grandeza,
la pequeñez apenas extendida:
basta un temblor de niño entre la paja
para llenar de Dios el universo.

Joaquín Antonio Peñalosa (1923-1999)

EL OBSERVADOR 389-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
El niño de Belén es el «nuevo Adán»


«'El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo; el último Adán, en espíritu que da vida' (1 Corintios 15, 45). Esto es lo que afirma el apóstol Pablo resumiendo el misterio de la humanidad redimida por Cristo. Misterio oculto en el designio eterno de Dios, misterio que, en cierto modo, se ha hecho historia con la Encarnación del Verbo eterno del Padre. En su nacimiento se han encontrado el tiempo y la eternidad: Dios en el hombre y el hombre en Dios.

«El genio inmortal de Miguel Angel ha representado en la bóveda de la Capilla Sixtina el instante en el que Dios Padre da la energía vital al primer hombre, haciendo de él un 'ser vivo'. Entre el dedo de Dios y el del hombre, acercándose uno a otro hasta casi tocarse, parece pasar una corriente invisible: Dios infunde en el hombre un latido de su misma vida, lo crea a su propia imagen y semejanza. En ese soplo divino está el origen de la singular dignidad del ser humano, de su inagotable nostalgia de infinito. A aquel instante del misterio insondable, en que la vida humana comienza sobre la Tierra, se dirige la mente en este tiempo contemplando al Hijo de Dios que se hace hijo del hombre, contemplando el rostro eterno de Dios que brilla en el rostro de un Niño.

«En el recién nacido, recostado en un pesebre, saludamos al 'nuevo Adán'. Toda la historia del mundo está dirigida hacia Él, nacido en Belén para devolver esperanza a cada hombre sobre la faz de la Tierra.

«Por más densas que parezcan las tinieblas, es más fuerte aún la esperanza del triunfo de la Luz surgida en la Noche Santa de Belén».

EL OBSERVADOR 389-3

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Paz en la tierra

Paz en la tierra a los hombres y mujeres de buena voluntad. Es decir, a los hombres y mujeres buenos, aunque cometan errores, aunque sean imperfectos.

Paz en el corazón de los hombres y mujeres que en sus vidas buscan a Dios, aun cuando a veces sea a ciegas. Aun cuando en ocasiones no lo sepan.

La buena voluntad es voluntad dirigida a lo auténticamente humano, que es precisamente donde Dios nos toca con su gracia. La buena voluntad busca el bien, el amor, la bondad, la belleza. En palabras más concretas, una buena voluntad busca el servicio, el trabajo productivo, el bienestar de la familia, la solidaridad con otros seres humanos, el crecimiento personal y de quienes están a nuestro lado, la creación en el arte, el encuentro profundo con la pareja, el amor a los hijos, la amistad... La lista es larga, y anotamos apenas algunos puntos significativos, todos ellos con algo en común: responden a lo que el ser humano es, a su vocación, a la razón por la cual fue creado.

Tener buena voluntad, por supuesto, no nos dispensa de seguir procurando ser cada día mejores, de seguir luchando contra el egoísmo, de sanar día a día nuestra conciencia para que nos permita ver dónde estamos mal y por qué. Pero tener buena voluntad abre nuestros corazones de modo que pueden recibir la paz que Dios nos da.

Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres y mujeres que ama el Señor. Con ternura, con delicadeza infinitas. Dios nos ama tanto que envió a su Hijo para manifestarlo. Esta Navidad nos lo recuerda, porque parece ser que se nos olvida que somos amados de esta manera. Los ángeles anuncian la llegada de Jesús proclamando la Gloria de Dios y la paz para los hombres. Paz que, por cierto, tiene una profunda relación con sabernos amados por Dios. (YCL)

EL OBSERVADOR 389-4

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INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Abuso y dudas sexuales
Por Yusi Cervantes Leyzaola


PREGUNTA

Desde hace un tiempo vivo en una situación crítica. En la infancia fui violado, y desde entonces vivo con un desorden sexual y personal sobre mis preferencias sexuales. Creo que soy homosexual, pero no lo quiero admitir por temor a ser rechazado por mi familia. He entrado en una depresión constate y no le encuentro el sentido a la vida. Quisiera contárselo a mi familia pero no puedo. A veces pienso que sería adecuado no decirlo nunca y esconderme para siempre: siento que estoy vacío por dentro. Soy católico y para esta religión es rechazado el homosexualismo. Yo creo que desde pequeño lo soy. No sé qué hacer. A veces pienso que sí llegará el día en que conozca a una persona igual que yo, que me quiera como soy sin importar nada. Nunca he sentido que alguien me quiera. Siempre me he sentido solo aunque esté mi familia. Creo que por lo que pasó en mi infancia he tomado una actitud defensiva contra los demás. Desde hace dos meses cada noche me pongo a llorar; quisiera salir de esta depresión. Tengo un amigo pero no me siento con la plena confianza de contarle mis problemas.

RESPUESTA

En unas cuantas líneas has manifestado un problema existencial profundo que va más allá de la homosexualidad o de la violación. Tener un problema de homosexualidad o haber sido violado son asuntos graves, pero tú los vives de una forma todavía más terrible a causa de haber carecido de un ambiente seguro que te ayudara a elaborar tus experiencias, emociones y pensamientos negativos. Es decir, cuando un niño sufre una violación, pero siente la confianza necesaria para contarlo a sus padres, y éstos le dan o le procuran la ayuda que necesita, el niño supera el trauma sufrido sin que le afecte demasiado o permanentemente. ¿Por qué no lo contaste? Seguramente porque no había entre tú y tus padres el ambiente necesario de comprensión, cariño y respeto. De ahí que te sientas tan perdido, solo, deprimido, sin un sentido para tu vida. Esto es lo que tienes que sanar, antes que cualquier otra cosa. Necesitas tener confianza en ti mismo y en el mundo que te rodea, necesitas saberte amado y amarte a ti mismo. Por aquí, me parece, tendría que arrancar una psicoterapia, algo muy importante para ti.

Dices no saber si eres homosexual. Cuando hay una violación es frecuente que surjan dudas como ésta, acerca de la identidad sexual. Pero una violación no lleva necesariamente a la homosexualidad. Ahora que, si hay una homosexualidad latente antes, este abuso puede hacerla presente. Tú necesitas una terapia larga y profunda que te ayude a quitar todo lo que te está dañan do y que te ayude a encontrarte verdaderamente a ti mismo. Si en este análisis de ti mismo descubres que eres homosexual, debes enfrentar con serenidad esta situación.

Lo primero que tienes que entender es que no es tu culpa. Tú no lo decidiste así. Por lo tanto, no estás en contra de Dios ni de la Iglesia. Es un grave error, por desgraciada demasiado difundido, el pensar que la Iglesia rechaza a los homosexuales. No es así. Los homosexuales son hijos de Dios y miembros de la Iglesia como cualquier otro católico. Los homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición” (Catecismo de la Iglesia Católica de diciembre de 1992, número 2358). Lo que la Iglesia rechaza, clara y definitivamente, son los actos homosexuales. Es decir, la Iglesia pide castidad a los homosexuales. Cosa que, por cierto, pide a todos los cristianos. Pero, claro, no voy a tratar de minimizar el problema, ya que los heterosexuales escogemos tener pareja o no, mientras que los homosexuales que quieren ser fieles a la doctrina de la Iglesia no tienen alternativa: no pueden tener una pareja. Esto es algo difícil de aceptar, pero créeme, es liberador. La castidad de las personas homosexuales protege su verdadera dignidad. Y esto no significa renunciar al amor. Está en primer lugar el amor inmenso, infinito, de Dios. Y luego hay mil formas de amor humano válidos para los homosexuales: el amor a los padres, a los hermanos, a los amigos, a los sobrinos, a los desamparados; así como el amor a la humanidad a través de un trabajo bien desempeñado.

Si confirmas tus sospechas y descubres que eres homosexual, no pierdas la esperanza de recuperarte. Aun cuando la American Psychiatric Association considera que la homosexualidad no es una enfermedad, muchos psicólogos y psiquiatras sí la consideran como tal y se abocan a su tratamiento. Es muy difícil lograr la heterosexualidad; algunos reportan éxito en algo así como el 15% de los casos. Y aun para esto es imprescindible que el trabajo psicológico sea constante, profundo y serio.

Si eres como la mayoría que no lo logra, o no estás dispuesto a emprender esta tarea, aun así puedes tener paz y ser feliz. Porque ser homosexual no es suficiente para cancelar tu vida. Tienes que encontrar el sentido de tu vida.

Necesitas hablar de tu problema con un sacerdote que elijas como director espiritual, y con un psicoterapeuta. Requieres esta ayuda. Vence el miedo que te impide buscarla, y verás cómo tu vida cambia. Hay una organización católica, aprobada por el Vaticano, que se dedica precisamente a apoyar a las personas homosexuales. Busca en el internet su página: http://www.couragerc.net/

EL OBSERVADOR 389-5

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PINCELADAS
Hoja de calendario
Por Justo López Melús *

Cada hoja del calendario no es un número, sino una noticia: «Te informo de que Dios y tus hermanos esperan algo bueno de ti. No los defraudes». Dios escribe cada día la crónica de nuestra vida: aportemos buenos materiales para que la crónica sea hermosa. Al final del año hacía este balance Eva Lavallière, famosa actriz convertida: «Amé a Dios cada día más. Luego le amo 365 veces más que el año pasado».

Conviene descubrir en cada aurora las posibilidades que se me ofrecen. «Graba esto en tu corazón: cada día es el mejor del año». «Hoy es siempre todavía». «Y aunque mañana fuera el fin del mundo, yo todavía plantaría mis manzanos en el día de hoy». Hay que embarcarse en el santo viaje de la entrega total.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 389-6

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Curiosidades de Navidad

- Las tarjetas navideñas fueron inventadas por sir Henry Cole, quien en el año 1843 encargó a un amigo pintor que le dibujara y pintara una escena navideña, que luego mandaría a reproducir en una imprenta, para después escribirles unos breves deseos de felicidad y firmarlas y enviarlas a los amigos y familiares.

- El árbol navideño es una costumbre proveniente de los países nórdicos, donde éstos son símbolo de vida. Por ello, para conmemorar la Navidad en estos países, adornan los árboles con guirnaldas, regalos y adornos de colores; costumbre que rápidamente se ha extendido por todo el mundo.

- Los villancicos son cantos que se entonan en Navidad para celebrar el nacimiento del Niño Jesús. Esta costumbre tiene su origen en la Edad Media y se mantiene en recuerdo de los muchos profetas que anunciaban el nacimiento del Salvador.

- La tradición de poner el nacimiento se remonta al año 1223, en una Navidad de la villa italiana de Grecio, cuando san Francisco de Asís lo montó por vez primera para la Misa de medianoche.

- A la actual Misa de las 12 de la noche del 24 de diciembre se le llama «Misa de gallo» porque en el pasado solía caer ad galli cantus (al canto del gallo), de donde le quedó su sugestivo nombre.

EL OBSERVADOR 389-7

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REPORTAJE

Viviendo los días de Navidad junto a la Sagrada Familia


Una investigación histórica y teológica realizada por la revista católica Cristiandad saca a la luz las más impresionantes revelaciones. Costumbres, testimonios, descubrimientos arqueológicos, visiones y doctrina nos introducen en este místico viaje que acompaña paso a paso a la Sagrada Familia hasta Belén.

Cuando el Hijo de Dios encarnó, la tierra se hallaba sometida bajo la autoridad del romano César Augusto. El emperador quiso saber cuántas provincias, ciudades, poblaciones, campamentos y personas vivían bajo su autoridad. Esa fue la razón de que promulgara un edicto, ordenando, como dice la Historia escolástica, que todos cuantos socialmente estaban considerados como cabezas de familia se empadronasen en el lugar de donde eran oriundos y que cada uno de ellos entregase al gobernador de su provincia de origen un denario de plata en calidad de tributo y en testimonio de su condición de súbdito al emperador de Roma.

El viaje de san José

José vivía en Nazaret, pero como descendía de David tuvo que ir a empadronarse a Belén. No podía saber de antemano si tardaría poco o mucho en regresar; el alumbramiento de María era inminente; no quería él dejar en manos extrañas aquel tesoro que Dios le había confiado, por eso llevó a su esposa consigo.

Llegados a Belén, como eran pobres y los alojamientos que hubieran podido estar al alcance de sus menguados recursos ya estaban ocupados por otros, venidos como ellos de fuera y por idéntico motivo, tuvieron que cobijarse bajo un cobertizo público, situado, según la Historia escolástica, entre dos casas. Tratábase de un albergue o cobertizo para ganado que había a las afueras del pueblo en un sitio al que acudían los habitantes de Belén a divertirse los días de fiesta, y, si hacía mal tiempo, se refugiaban bajo su techumbre.

Así nacía un judío

Se sabe que, cuando nacía un hijo a una familia judía se avisaba normalmente al pueblo o al barrio, advirtiéndole que pronto se celebrarían regocijos, a los que serían convidados allegados, amigos y vecinos. Evidentemente no fue éste el caso de la Sagrada Familia, que se encontraba lejos de sus familiares y amigos.

Bien fuese que José preparara un pesebre para dar de comer a su asno y a un buey que había llevado consigo, o bien, como opinan otros, que estuviese allí ya de antes, a disposición de los campesinos de la comarca para alimentar a sus ganados cuando acudían a Belén, el caso es que en dicho cobertizo había un pesebre.

Aquel mismo día, en la noche, la Bienaventurada Virgen dio a luz a su Hijo, y lo reclinó sobre el heno del pesebre.

En relación con el nacimiento de Cristo debemos comentar dos cosas: primera, que fue un hecho milagroso; segunda, que todas las criaturas concurrieron maravillosamente para notificarlo a los hombres.

Hecho milagroso

El nacimiento de Cristo fue un hecho milagroso.

Milagroso en cuanto a la generante, porque María fue Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Esto se comprueba:

1) Por la profecía de Isaías, que en su capítulo 7 dice: «He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo...».

2) Por los símbolos que lo prefiguraron: la vara de Aarón y la puerta de Ezequiel. De la vara de Aarón se dice que «florecerá sin asistencia humana alguna». De la puerta de Ezequiel se asegura que «siempre permanecerá cerrada».

3) Por la calidad del custodio, que fue san José, solícito guardián que constituyó por sí mismo un testimonio de la virginidad de su esposa.

4) Por el reconocimiento experimental que unas mujeres practicaron a la recién parida, según una tradición de la Iglesia. En la Compilación de san Bartolomé, probablemente inspirada en el Libro de la Infancia, se dice que al presentársele a María los primeros síntomas del parto, José, ateniéndose a las costumbres de la época, requirió la asistencia de dos comadronas. Una de ellas se llamaba Zebel y la otra Salomé. Zebel, después de examinar a la parturienta, al comprobar que conservaba íntegra su virginidad, exclamó: «¡Ha parido una virgen!». Salomé se resistió a creerlo y quiso verificar por sí misma mediante el tacto de su mano; mas, al intentar hacerlo, su brazo se le secó. Momentos después se le apareció un ángel, le indicó que tocara con su mano seca el cuerpo del Niño recién nacido, hízolo así la incrédula partera y en aquel preciso instante su brazo quedó sano. Sin embargo estos sucesos no están corroborados, y hay quienes sostienen que María y José se encontraban solos en el momento del alumbramiento.

5) Por un milagro ocurrido en Roma. Los romanos construyeron un templo magnífico dedicado a la paz, colocaron en él una estatua de Rómulo, y preguntaron a Apolo (a través de un oráculo) cuánto tiempo duraría aquella simulación. Como Apolo les contestara que hasta que una virgen pariera, ellos comentaron: «En ese caso durará eternamente, porque es imposible que una virgen para». Por eso grabaron sobre la puerta principal del templo esta inscripción: «Templo de la paz eterna». Pero durante la noche en que la Virgen dio a luz a su Hijo el templo misteriosamente se derrumbó. Sobre su antiguo solar se alza actualmente la iglesia de Santa María la Nueva.

El nacimiento de Cristo fue un hecho milagroso en cuanto al modo de su generación. Efectivamente, la concepción del Señor se produjo superando las leyes naturales, puesto que una virgen, sin menoscabo de su virginidad, concibió por intervención espiritual divina, por obra del Espíritu Santo.

Anunciado por las criaturas

El nacimiento de Cristo fue un hecho milagroso en cuanto que todos los tipos de criaturas intervinieron en la notificación del mismo a los hombres:

1) Las criaturas meramente corpóreas (las que tienen ser pero sin vida; por ejemplo, las piedras, las estrellas, el agua) contribuyeron a notificar al mundo el nacimiento de Cristo mediante el desmoronamiento del templo de los romanos de que antes hemos hablado, y el de muchas estatuas que, en diferentes partes de la tierra, en aquella ocasión, repentinamente cayeron de sus pedestales y por sí mismas se deshicieron.

La noche en que Cristo nació una estrella apareció anunciando el acontecimiento.Y según Orosio y el papa Inocencio II, las aguas de una fuente que había en Roma se convirtieron en aceite, que fluía a chorros, se desbordó, formó arroyos por las calles y desembocó en el Tíber.

2) Las criaturas que tienen ser y vida, como las plantas y los árboles, colaboraron igualmente en la publicación del nacimiento de Cristo. San Bartolomé, en su Compilación, refiere que, durante la noche de la Natividad del Salvador, las viñas de Engadia, que producen bálsamo, florecieron, fructificaron y destilaron vino.

3) He aquí como contribuyeron a la divulgación del extraordinario hecho los animales, es decir, las criaturas que tienen ser, vida y sensibilidad. Según la leyenda, el buey y el asno, dándose milagrosamente cuenta de la calidad del recién nacido, se arrodillaron y le rindieron adoración.

4) Los hombres, criaturas que tienen ser, vida, sensibilidad y discernimiento, intervinieron también en la propagación de la noticia, a través de los pastores y del César. La noche en que Jesús nació a varios pastores que permanecían en vela guardando sus ganados se les apareció un ángel comunicándoles que el Salvador había nacido. A continuación, multitud de espíritus celestiales comenzaron a cantar a coro, glorificando a Dios.

5) Finalmente, intervinieron también los ángeles, criaturas que tienen ser, vida, sensibilidad, discernimiento e inteligencia. Ellos fueron, precisamente, quienes, como ya hemos dicho, anunciaron a los pastores que el Salvador había nacido.

(Resumido de Cristiandad.org)

EL OBSERVADOR 389-8

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TESTIMONIO
Paul Claudel: de ateo a católico en una Navidad


Este gran poeta y dramaturgo francés nació en 1868. Licenciado en derecho y en ciencias políticas, después empezó la carrera diplomática, representando a su país brillantemente por todo el mundo.

Hijo de un funcionario y de una campesina, el ambiente en que se desarrolla su vida le marcará con fuerza en su infancia y adolescencia. Siempre recordará sus primeros años con cierta amargura: un ambiente familiar muy frío le lleva a replegarse sobre sí mismo y, como consecuencia, a iniciarse en la creación poética. También incidirá con fuerza en su espíritu el ambiente de Francia en su época: profundamente impregnado por la exaltación del materialismo y por la fe en la ciencia. La visión de la muerte de su abuelo crean en él un estado de angustia en el que la única certeza es la de la nada en el más allá. Allí se hunde en el pesimismo y la rebeldía.

Luego llegó el acontecimiento clave en su vida: es la Navidad de 1886. Él mismo narrará, veintisiete años después, lo sucedido:

«Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.

«Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: '¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!'. Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción.

«¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco (...). Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo más repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado tenía que acomodarme. ¡Ah! ¡Al menos no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!

«Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían.

«Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación. ¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el Infierno, pues en él había pasado yo mi 'temporada'. Esas pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?».

EL OBSERVADOR 389-9

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PICADURA LETRÍSTICA
Tierno mensaje navideño de un ateo
Por J. Jesús García y García


Es triste que la gente pierda la fe y abandone la Iglesia,
pero es más triste que los que hayan perdido la fe permanezcan
dentro de la Iglesia royendo los cimientos de la fe cristiana.
DIETRICH VON HILDEBRAND .


Uno de los pensadores más impíos y encaminadores hacia el ateísmo que hubo en el siglo XX fue, sin duda, Jean-Paul Sartre, el mismo que, prisionero en un campo de concentración y a petición de otro recluso (un religioso), redactó en el invierno de 1940 el siguiente mensaje que fue hecho circular en toda la prisión:

“Como hoy es Navidad, tiene usted derecho a exigir que se le muestre el nacimiento. Aquí está. Aquí está la Virgen y aquí está José y aquí está el Niño Jesús. Pero escuche: no tiene más que cerrar los ojos y le diré cómo los veo dentro de mí. La Virgen está pálida y mira al Niño. Lo que habría que pintar sobre su rostro sería una admiración ansiosa que sólo apareció una vez sobre una figura humana porque Cristo es su Hijo, la carne de su carne y el fruto de sus entrañas. Lo llevó nueve meses y le dará el seno, y su leche se convertirá en la sangre de Dios. Y, por momentos, es muy fuerte la tentación de que olvide que Él es Dios. Lo aprieta en sus brazos y dice: ¡Mi pequeño! Pero en otros momentos permanece toda sobrecogida y piensa: Dios está aquí. Todas las madres se detienen así por momentos ante ese fragmento de su carne que es su hijo y se sienten en exilio ante esa vida nueva que se ha hecho con su vida y a la que habitan pensamientos extraños. Pero ningún hijo ha sido más rápidamente arrancado a su madre, porque Él es Dios y sobrepasa por todas partes lo que ella puede imaginar.

“Hay otros momentos, rápidos y escurridizos, en que siente a la vez que Cristo es su hijo, su pequeño de ella, y que es Dios. Lo mira y piensa: 'Este Dios es mi hijo. Esta carne es mi carne. Está hecho de mí, tiene mis ojos y esta forma de su boca es la forma de la mía. Se me parece. Es Dios y se me parece'. Y ninguna mujer ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios pequeñito al que se puede tomar en sus brazos y cubrir de besos, un Dios que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar y que vive. Y es en esos momentos cuando yo pintaría a María, si fuera pintor, y trataría de expresar el aire de intrepidez tierna y de timidez con la cual adelanta el dedo para tocar la suave pielecita de su Hijo-Dios, del que siente sobre las rodillas el peso tibio y que le sonríe.

“Esto en cuanto a Jesús y en cuando a la Virgen María. ¿Y José? A José no lo pintaría. Sólo mostraría una sombra al fondo de la granja y dos ojos brillantes. Porque no sé qué decir de José y José no sabe qué decir de sí mismo. Adora y es feliz de adorar. Y toda la vida de José, me imagino, será para aprender a aceptar.

“José no sabe qué decir de sí mismo. Adora y es feliz de adorar”.

Pasma y sobrecoge la ternura mística que aquí muestra este hombre que murió postulando el existencialismo ateo; que describe al hombre como angustioso descubridor de que nada en su vida está motivado ni justificado, y que, sin embargo, esa gratuidad no lo libera ni de su libertad ni de su responsabilidad, que él (el hombre) se pertenece y que es él quien debe crear sus justificaciones; que, rechazando que haya algo que preceda al hombre y rechazando, en suma, todas las convenciones de la civilización y especialmente las barreras morales, predicó que todo es permitido con tal de obrar libremente (a la sombra de este pensamiento surgieron el “hippismo” y otras barbaridades); que dio su más acabada expresión a una filosofía que nos presenta el mundo como cubierto por el cáncer del absurdo y de la nada, lo cual nos lleva a la náusea; que, para remate, profesó el marxismo, aunque de manera veleidosa. Menos mal que, a su propio riesgo, acabó declarándose enemigo frontal de la fe. No fue un adversario emboscado, enmascarado, combatiente en quinta columna, como algunos que la Iglesia ha tenido que padecer. En México hasta tuvimos un obispo claramente filomarxista quien, con variadas actitudes, causó muchas infidelidades doctrinarias dentro y fuera de su grey.

El caso es que, por una vez, en un campo nazi de concentración, hace poco más de 60 años, un olmo dio una deliciosa pera.

EL OBSERVADOR 389-10

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Cada vez más «cristianos» deciden no celebrar el cumpleaños de Cristo
Por Diana Rosenda García Bayardo


Los papeles se están inviritiendo: mientras que los pseudocristianos de la secta de los Testigos de Jehová parecen ablandarse, cada vez más protestantes condenan la celebración de la Navidad.

La celebración de la Navidad ya no es lo que era. Hasta hace algunos años entre las pocas cosas que unían al mundo cristiano estaba el festejo del nacimiento de Cristo. Sólo grupos pseudocristianos se abstenían de participar en la fiesta, condenándola como de origen satánico. Los jehovistas, es decir, los miembros de la secta Testigos de Jehová, cada año en sus revistas Atalaya y Despertad de diciembre se empeñaban en desprestigiar la Navidad. El odio los llevó a declarar que a la estrella de Belén la hizo brillar Satanás. En el libro infantil Mi libro de historias biblicas escribieron: «¿Quién crees que hizo que aquella nueva estrella brillara? ... Satanás tiene que haber hecho que aquella estrella brillara» (Pag. 86).

Pues bien, hace un año, el 25 de diciembre de 2001, un grupo de jehovistas, repartidos en pareja, tocaron casa por casa y dejaron este mensaje: «Venimos a decirles que estamos muy contentos porque estamos celebrando el nacimiento de Cristo». Sí, leyó usted bien, éso fue lo que dijeron.

Claro que con el jehovismo uno nunca puede estar seguro de nada: lo que hoy considera la más grande verdad de la fe, mañana puede convertirse en basura. Quizá dentro de tres días vuelvan a visitar las casas y nos tachen una vez más de hijos del diablo por tener algún adorno navideño a la vista.

Pero lo que sí desconcierta es la expansión del movimiento anti-Navidad que se está dando en el mundo protestante. Cada vez son más las sectas que atacan la celebración del nacimiento de Cristo. Por ejemplo, el pastor Michael Schneider, miembro de una secta evangélica, escribe: «Después de luchar con la pregunta por varios años, escudriñando las Escrituras y la historia de la Iglesia, he llegado a la conclusión de que no hay nada cristiano en la Navidad». Y el bautista José Luis Torres dice: «En su afán de 'cristianizar' al mundo pagano, el catolicismo romano ha intentado a través de la historia sustituir costumbres idólatras paganas con equivalentes 'cristianas', y las deidades falsas, con santos o vírgenes 'cristianos'. Tal es el caso ... de la Navidad».

Los «cristianos» anti-Navidad aducen que el origen de la fiesta tiene sus raíces en religiones paganas; y que la Iglesia, al escoger el día 25 de diciembre para celebrar el nacimiento de Cristo, por el hecho de emplear una fecha en la que el mundo pagano celebraba el solsticio de invierno y a su dios sol, automáticamente también está adorando al sol. Si a esas vamos, no vaya usted, por ejemplo, a casarse el 20 de noviembre, porque cuando esté en la Misa creyendo que celebra el sacramento del matrimonio, realmente no se estará casando sino festejando la revolución mexicana, y sus esponsales no serán válidos.

Decir, como otro protestante, Luis Pérez Aguirre, que «Jesús no nació en Navidad», es harto absurdo, ya que el nombre de Navidad o Natividad fue puesto precisamente para referirse a la fiesta del nacimiento de Cristo. El 25 de diciembre puedo celebrar la venida de Santa Claus, la paz universal o la visita de un familiar, pero no estaré festejando la Navidad. Navidad es sólo y exclusivamente la fiesta del nacimiento de Cristo.

Que la Biblia no pide que se celebre el Natalicio, dicen. Sin embargo, aunque no lo ordena expresamente, hay cosas implícitas. Los ángeles hicieron fiesta e involucraron a los hombres (los pastores) en ella.Y es que no todo en el mundo cristiano se hace porque lo ordene la Biblia. ¿Dónde dice que se construyan templos y que se enseñe en seminarios? En ningún lado; sin embargo, el mundo protestante lo hace.

Pero quizá lo que más impresionó a los modernos anti-Navidad fue el descubrimiento que hicieron de la palabra inglesa Christmas. «¿Qué significa? —escribe Schneider— Mucha gente ni siquiera sabe que es una combinación de Christ y mass. Christmas es la celebración católica romana de una misa en particular en honor del nacimiento de Cristo... En esencia, la misa católica romana... es una negación del Evangelio». Suficiente para revolverle el estómago a un protestante que odie con todo su corazón y toda su alma a la Iglesia católica. Y suficiente para que ahora también odie la Navidad.

EL OBSERVADOR 389-11

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Los festejos litúrgicos en la ciudad del Vaticano para el tiempo de Navidad

* Algunos de ellos podrá verlos usted en directo por televisión.


El tiempo de Navidad, es decir, la fiesta por el nacimiento de Cristo, no dura 24 horas. Así como la fiesta de la Pascua de Resurrección se prolonga (dura 50 días), la de la Natividad del Señor se extiende desde las vísperas de Navidad (la tarde-noche del 24 de diciembre) hasta la celebración del Bautismo del Señor, que tiene lugar el domingo posterior a la celebración de la Epifanía (la fiesta de los Reyes Magos).

El papa Juan Pablo II presidirá las largas y comprometedoras celebraciones de esta Navidad en el Vaticano, como lo ha hecho en sus más de 24 años de pontificado. En un comunicado publicado el 20 de noviembre pasado, la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice revelaba ya que el Papa presidirá en la medianoche del 24 de de diciembre la Misa de gallo en la solemnidad de la Natividad del Señor. La celebración será transmitida por decenas de canales de televisión de todo el mundo.

El día de Navidad el Papa dormirá muy poco, pues a mediodía del 25 de diciembre se asomará al balcón central de la basílica vaticana para impartir la bendición Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo) y felicitar por la Navidad en más de 60 idiomas. Su saludo también será transmitido en directo a los cinco continentes por numerosos canales de televisión.

Como ya es tradición, el Papa celebrará el último día del año con una liturgia de Vísperas en la basílica de San Pedro del Vaticano, que concluirá con el Te deum, himno de acción de gracias por el año recién transcurrido.

A las 10 de la mañana del primer día del año, el Papa presidirá la Eucaristía con la que celebrará la Jornada Mundial de la Paz, que en esta ocasión llevará por lema «Pacem in terris: Empeño constante». De este modo Juan Pablo II quiere recordar, además, el cuadragésimo aniversario de la publicación de la la famosa encíclica del beato Papa Juan XXIII «Pacem in terris», la primera en la que un pontífice se dirigía no sólo a los creyentes, sino a «los hombres de buena voluntad».

El 6 de enero, día de la Epifanía del Señor, como ya es costumbre, el Papa ordenará a nuevos obispos de varios continentes.

El vicario de Cristo clausurará el período litúrgico de la Navidad el 12 de enero, bautizando a varios niños de diferentes países, rodeado por los impresionantes frescos de Miguel Ángel de la capilla Sixtina.

EL OBSERVADOR 389-12

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FIN

 
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