El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
19 de enero de 2003 No.393

SUMARIO

bulletLas congregaciones religiosas han perdido más de 50 mil sacerdotes desde el concilio Vaticano II
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Cristianos de la parroquia
bulletTernura infinita
bulletFAMILIA - El dinero como generador de poder
bulletFAMILIA - La estrella brilla todo el año
bulletPINCELADAS - Un joven de ochenta años
bulletCULTURA - Carta a un niño recién nacido
bulletENTREVISTA - La moral católica no prevé el ataque «preventivo»
bulletUganda vence al SIDA sin preservativos
bulletCOMUNICACIÓN - Los que están a la espera
bulletCUESTIONES DE BIOÉTICA - Control responsable de la natalidad y contracepción
bulletCONTEXTO ECLESIAL - El Papa, impresionado por el "sentimiento de miedo"


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Las congregaciones religiosas han perdido más de 50 mil sacerdotes desde el concilio Vaticano II
Por Álex Navajas - Madrid.

¿Qué ocurre con las congregaciones religiosas? ¿Por qué casi todas ellas han sufrido un descalabro vocacional desde el Concilio Vaticano II que no tiene parangón en la historia de la Iglesia? Es frecuente ver seminarios que se han convertido en colegios o en facultades universitarias, y por los pasillos de numerosos monasterios sólo pasean ahora turistas. Francisco José Fernández de la Cigoña, especialista en temas eclesiales y autor de varios libros, acaba de publicar en la revista «Verbo» un ingente trabajo que recoge la caída de las principales congregaciones religiosas de la Iglesia. En tan solo un cuarto de siglo institutos del peso de los jesuitas, los franciscanos y La Salle han llegado a perder a la mitad de sus miembros.

La de los jesuitas, la orden más afectada

En su pormenorizado trabajo, Fernández de la Cigoña ha recogido los datos publicados en los anuarios pontificios y en las guías de comunidades religiosas. Según consta en las cifras que maneja la Santa Sede, una congregación tan señera como la de los jesuitas "la más numerosa entre las masculinas" ha perdido en todo el mundo más de 15 mil sacerdotes desde los años 50, un 40% de sus efectivos. La segunda congregación en número de miembros, los franciscanos, ha perdido un 24% de sus religiosos desde 1974, cayendo hasta los 17 mil 615 en 1999. De las congregaciones con más renombre, la caída más dramática es la de los hermanos de La Salle, que ha perdido el 57% de sus miembros desde 1974 (de 14 mil 517 ha pasado a 7 mil 7). Los maristas también han sufrido un descalabro significativo, perdiendo el 38% de sus hermanos.

En total, aunque no hay cifras oficiales, tomando en consideración las cifras facilitadas por los anuarios pontificios, se puede estimar que las congregaciones religiosas masculinas han perdido alrededor de 50 mil miembros desde el concilio Vaticano II.

Vocaciones en el claustro

Según Fernández de la Cigoña, «las ordenes rigurosas suelen conservarse mejor que las mundanas». Así, si nos atenemos a las cifras, las órdenes de clausura no han perdido tantos frailes como las congregaciones religiosas dedicadas al apostolado. Los cistercienses han sufrido una merma del 6% de sus miembros; un 15% los trapenses; un 11% los cartujos, y un 9% los carmelitas calzados. Y algunas, incluso, crecen: los carmelitas descalzos son 350 más en todo el mundo desde 1974, y también aumentan los somascos y los teatinos.

Otras congregaciones comenzaron cayendo tras el concilio Vaticano II, pero lograron corregir su tendencia. Así, los salesianos perdieron más de tres mil sacerdotes entre los años 1974 y 1987, pero en la actualidad son 200 más que a finales de los 80. De hecho, la congregación fundada por Don Bosco, que en los años 60 era la tercera más grande de la Iglesia tras jesuitas y franciscanos, ocupa ahora el segundo lugar tras la Compañía de Jesús.

Las nuevas congregaciones son las que crecen

Son muy pocas las congregaciones masculinas que crecen en número de efectivos. Y lo sorprendente es que la recuperación viene de mano de las congregaciones religiosas más jóvenes. Ya hemos visto lo que ocurre con los salesianos, fundados a finales del siglo XIX. A este caso hay que añadir el de los misioneros de Verbum Dei, congregación española fundada en 1969, y que ya tiene más novicios que sacerdotes: 75 y 60. Lumen Dei, también española y creada en 1985 por un jesuita, ya cuenta con más de un centenar de efectivos. Los Legionarios de Cristo, fundación de 1941 del sacerdote mexicano Marcial Maciel, crece un 94% desde 1974. También aumentan levemente los combonianos y los javerianos.

Las femeninas también caen

Las congregaciones femeninas no corren mejor suerte. Las Hijas del Corazón de María han perdido un 52% de sus religiosas desde 1975; un 45% las Damas Negras; un 28% la congregación de Jesús María y un 20 las escolapias. Sorprende que, tanto en los institutos masculinos como en los femeninos, los que se dedican a la enseñanza "y que, por tanto, son los que tienen más contacto con los jóvenes, que son susceptibles de sentirse atraídos por la vida religiosa", son los que cosechan las mayores pérdidas. Pero entre las congregaciones femeninas también existen motivos para ver con cierta esperanza el futuro. Las Misioneras de la Caridad "fundadas por la madre Teresa de Calcuta?" han experimentado un espectacular crecimiento desde 1975: son un 463% más las religiosas que visten el sari. Muy significativo también es el aumento de las monjas de Verbum Dei (un 191% más) y de la Obra Misionera de Jesús y María (crecen un 66%).

¿Existe una solución a esta desbandada que han sufrido las congregaciones religiosas? El propio Juan Pablo II dio el pasado 10 de mayo las pautas para superar la crisis de vocaciones a la vida consagrada. Según informa la agencia Zenit, el Santo Padre aseguró que los institutos crecerán en tanto cuanto sean fieles al Magisterio de la Iglesia. «¿Han procurado (las congregaciones) seguir fielmente (las directrices del Vaticano II) y han producido los frutos de santidad y celo apostólico que se esperaban?», se preguntó. Quizás en esta pregunta radique la solución a la crisis vocacional.

EL OBSERVADOR 393-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Cristianos de la parroquia
Por Jaime Septién


No soy la persona indicada para decir por qué la desbandada de vocaciones que en el reportaje central de este número reseñamos a los lectores de El Observador. Mi visión de la historia de la Iglesia, y de las consecuencias del Concilio Vaticano ll es, todavía, muy limitada. Pero sí puedo intuir "junto con los lectores" que el problema de la unidad está debajo de muchas de las fisuras que sufre nuestra Santa Madre en este principio del tercer milenio. Y es que "déjenme usar un juego de palabras" el problema de la unidad es problema en la medida en que la mayoría de los cristianos no lo sentimos como problema alguno.

Estamos instalados, cómodamente, en nuestra profesión de fe, en nuestro Credo, y poco conocemos del daño que hace a la expansión en la historia del Cuerpo Místico de Cristo despreocuparnos por alimentar la unidad, como base de la esperanza cristiana. Recordemos: "creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica"??. Pero, ¿de verdad creo que la Iglesia es una? Si creyera con suficiente firmeza, estaría dispuesto a luchar por la concordia al corazón mismo de la Iglesia y hacia fuera, hacia el exterior, con los hermanos separados y con los demás hombres y mujeres que habitan mi mundo.

Luchar es un verbo muy usado, del que desconocemos su dimensión práctica. El que lucha lo hace con las armas de la esencia de aquello de lo que parte. ¿Conocemos bien las armas de la esencia del cristianismo? ¿Hemos tenido un encuentro verdadero con Cristo, con el rostro de Cristo en el hermano, en el vecino, en el que nos sirve, en el que nos pide ayuda? Si así fuera, en la casa, en la fábrica, en el taller, en la escuela, en los medios de comunicación, en la política, nuestra acción correspondería a lograr "que todos seamos uno" como Cristo y el Padre lo son, a partir del Espíritu Santo.

No es cierto. No nos preocupa la unidad. Quizá desde las palabras sí abriguemos la idea de la Iglesia como una; pero en la vida cotidiana recelamos de todo: los sacerdotes de los laicos, los laicos de los sacerdotes, las órdenes de los obispos. "Aun la unidad con el Papa es llevada de manera muy ligera por el pueblo de Dios. Manera que se expresa diciendo: "estoy con el Papa pero no con lo que dice, por ejemplo, sobre la vida sexual de los matrimonios", porque vivir en castidad no se puede", etcétera.

Unidad es una bella palabra inútil si no está en el centro de mi actuación como católico de cada día. Cuando desprecio la vida, cuando desdeño al otro, cuando pago malos sueldos, cuando provoco violencia en mi casa, cuando abuso de la sociedad, cuando combino catolicismo con flojera del alma, sépalo o no, estoy trabajando contra la unidad de la Iglesia, de los cristianos y en contra de Cristo.

Y el antídoto contra esta flojera del alma (característica de los católicos del tercer milenio) no es nada complicado: significa ser "un cristiano de la parroquia", como quería serlo el "anticlerical" Charles Péguy.

EL OBSERVADOR 393-2

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Ternura infinita
Por Francisco Prieto


La dignidad de la persona humana tiene como fundamento que en la naturaleza humana están inscritos los trascendentales del ser, a saber, las nociones de belleza, bien, verdad y búsqueda de la unidad. De ahí que la dimensión religiosa que se manifiesta en la búsqueda del Absoluto es connatural al ser del hombre. El ser humano se resiste a morir, a la nada.

Hay en el núcleo de su ser el impulso a «religarse», es decir, a encontrarse a sí mismo en un ser superior al que, oscuramente, presiente pertenecer. Así, la vida de un ser humano cualquiera es un proceso de construcción y deconstrucción en busca de una oscura unidad originaria, ese sueño persistente del paraíso perdido que ha acompañado a las culturas más disímiles. De aquí que una herida de origen signifique siempre un sinsentido que mueve al ser a la violencia, que genera una agresividad que exige ser atendida. La ira consecuente con una sensibilidad herida sólo puede sanarla la ternura, y la ternura sólo se despierta cuando la criatura victimada es mirada a los ojos y escuchada, es decir, cuando se la hace sentir persona.

Pues bien, la diferencia de una persona con discapacidad física o intelectual ¿o ambas? con otra que no tiene ninguna visible es que aquélla no puede eludir su condición o, dicho de otro modo, quien no la carga puede vivir haciéndose de la vista gorda, muerto el intelecto, hacia sus limitaciones. Pero no sólo esto, pues sucede que quien carga una discapacidad que no puede ocultar provoca una reacción en los otros que, no pocas veces, conlleva el rechazo. He aquí algo que hizo reflexionar a Jean Vanier, filósofo canadiense y fundador de las comunidades de El Arca, lugares éstos donde se acoge a personas con discapacidad intelectual.

Vanier ha escrito: «Todas esas personas parecen obligadas a protegerse. A defenderse de todas las fuerzas hostiles que existen en una sociedad. ¡Cuántos muros interiores hemos construido para defendernos de los demás, sencillamente porque cuando éramos niños alguien hirió nuestra sensibilidad».

A esas personas, enseña Vanier, hay que aprender a escucharlas. Son frágiles... Su gran grito, su gran interrogante es saber si son amadas, si tienen un lugar. La pregunta, por tanto, que uno tiene que hacerse es si se les ama; si las amamos y vemos en ellas a alguien que nos puede cambiar...

Y es que, si bien muchas personas, amadas desde el nacimiento, rodeadas de ternura, remontan la hostilidad del mundo armadas de una confianza básica que propicia el vencimiento de todas las adversidades, muchas otras, quizá la mayoría, han sido cercenadas en la posibilidad misma de amar, ésa que es una necesidad, el núcleo mismo de su persona, de la afirmación de su dignidad esencial, que no pueden suprimir y que, por ello mismo, desengancha la violencia, la violencia que apaga su sed infinita de ternura, que no pocas veces la disparan contra ellas mismas, en esos suicidios que hacen pensar en no pocos creyentes en el silencio o la ausencia de Dios.

Con cuánta infinita poesía, con cuánto amor han enfrentado este misterio interpelando a Dios desde una plegaria que es un grito del corazón François Mauriac y Georges Bernanos en sendas novelas que son dos obras maestras de la literatura creada por cristianos: El mico y Nueva historia de Mouchette. Con qué lucidez Kenzaburo Oé nos hizo vivir en Una cuestión personal la redención de una pareja destruida, de un hombre victimado por el alcoholismo a partir del nacimiento de un hijo con discapacidad, lo más asombroso: en la vida real, el hijo del novelista japonés, Hikari Oé, autista, con cierta discapacidad intelectual "pocas cosas más misteriosas que la inteligencia que muchos necios identifican con el llamado cociente intelectual" por el amor de sus padres y a partir de ese amor la atención puesta en él por ellos, llegó a ser, en y desde sus limitaciones, un músico de calidad cuyas obras se interpretan en no pocas salas dedicadas a la música de cámara.

El ser humano, aun en los casos extremos de discapacidad en que para el no advertido semeja una cosa, es sensible a la ternura y hay en su mirada, cuando la percibe, un agradecimiento que hace presente a Dios.

Sucede, por otra parte, que cada quién, discapacitado o no, es distinto a cada cuál. Un yo propio e intransferible atrapa a todos, sea cual sea nuestra discapacidad. Y nos guste o no, el yo es una prisión. De esa prisión sólo salimos cuando nos dejamos tocar por el otro, cuando llegamos a amar al otro más que a nosotros mismos, cuando ya no podríamos explicarnos sin la presencia del otro. Por eso, y no por otra cosa, no ha habido cultura que haya escapado de la representación, o sea, del rito religioso, el teatro, la novela, el cinematógrafo, ahí donde la persona, aunque hubiese sido de una forma ilusoria, al proyectarse en otro y otra, se olvida de sí y de sus limitaciones. Descanso del yo al experimentar la liviandad por el desprendimiento o desasimiento de una carga demasiado pesada.

Y pienso en los casos de discapacidad extrema, en esos seres que morirían sin el cuidado de otro y otros, en esos seres sin movimiento, cuya inteligencia es casi inexistente y sólo se manifiesta en la mirada cuando el otro y los otros les dan el calor que da aliento al espíritu; pienso en ellos y reencuentro la presencia de Dios porque ellos, si es verdad que «quien me conoce a Mí conoce al Padre» como cree todo cristiano, serán transfigurados y de ellos será el grado más alto en el Reino de los Cielos, porque sobre los publicanos y las prostitutas y, acaso también, sobre los seres que, como Francisco de Asís, Teresa de Ávila o Vicente de Paúl, ardieron en vida en el amor de Cristo y por el Cristo en el Amor del Padre.

EL OBSERVADOR 393-3

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FAMILIA
El dinero como generador de poder

Por Jesús Escamilla González


El dinero va más allá del poder adquisitivo en el aspecto material: también es la herramienta o instrumento de poder entre los miembros de muchas familias, en donde aquél que lo tiene, aquél que suministra este recurso, puede llegar a ser el amo y señor de la situación emocional de los demás, no pudiendo percatarse de que sin el dinero y sin la violencia que encierra la forma en que lo maneja, estaría verdaderamente desarmado y destruido, ya que esto es lo único que lo sostiene, lo único que puede generar su valentía y su fuerza, enmascarando su miedo y su desesperación. Usa el dinero como fuente única de satisfacción y de poder, incluso para tratar de "comprar" el respeto, el afecto, y la estima, sin darse cuenta de que estos sentimientos no son auténticos y de que es el dinero quien genera esa ilusión.

Es evidente que en muchos momentos, en nuestros hogares, hay un miembro más en la familia, al cual hay que tratar con mucha delicadeza, con el cual nunca hay que estar enojado; por el cual, eso sí, con frecuencia nos enojamos unos con otros. Un miembro a quien hay que cuidar todos los días y no permitir que se enferme, por quien pareciera que hay que vivir y que aparenta ser nuestra fuente de inspiración, placer y orgullo o infortunio, desgracia o desilusión.

Aquel miembro de la familia por el cual algunos otros están celosos y por el cual se sienten desplazados y con poca atención, aquel por el cual todos están preocupados siempre, como si en cualquier momento fuera a sufrir un infarto o una enfermedad incurable, es el dinero.

Lo más curioso del asunto es que ese miembro de la familia no habla, no siente, no piensa, y sin embargo parece ser en muchos momentos el más "poderoso".

Cuantas veces no hemos visto familias enteras amordazadas y atadas de pies y manos, debido al gran poder que el dinero ha generado en sus vidas, especialmente en un "ser querido de la familia", el cual o cobra el precio que es igual al sometimiento o bien retira "todo el apoyo".

Hablar del dinero no es fácil, es un tema oscuro y escabroso; no obstante, es un tema del cual es necesario hablar. Hay que enfrentar y encarar lo que ocurre en nuestras familias respecto al dinero, sobre todo cuando éste está convirtiéndose en el mayor motivo de nuestra forma de vivir. Es imprescindible que revisemos nuestras prioridades, el sentido de nuestra vida, la forma de nuestras relaciones. Hace falta que regresemos al dinero al lugar que le pertenece, no como herramienta de poder, sino como herramienta al servicio de las personas. Que no ocupe nunca más el lugar prioritario en nuestras familias.

Nota.- las personas interesadas pueden localizar al psicólogo Jesús Escamilla González en la Av. 5 de mayo No. 123, Col. Centro, San Juan del Río Qro., tel. 272 6798

EL OBSERVADOR 393-4

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FAMILIA
La estrella brilla todo el año
Por Yusi Cervantes Leyzaola


Guardo las esferas en sus cajas. El arbolito se ve cada vez más vacío. Se acabaron las fiestas, los colores navideños, las reuniones, las vacaciones.

Envuelvo cuidadosamente cada pieza del nacimiento. Hasta el año que entra? bueno, no, hasta dentro de once meses, cuando comiencen nuevamente los preparativos para otra Navidad.

Quito los signos externos, pero sé que Navidad ocurrió nuevamente en mi corazón.

Atesoro los buenos deseos, las palabras cariñosas, los reencuentros? son para todo el año, parte de mi vida. Acepto gozosa el amor que recibo.

Los nuevos propósitos de año nuevo, aunque hay algunos distintos, se parecen en su mayoría a los del año pasado, y a los de hace dos y tres y más años. No importa, siguen siendo válidos. Noto que hay un avance, que todavía me falta, que estoy en el camino. Noto también más profundidad y más claridad en lo que me propongo para este año. Los años no pasan en balde. He anotado mis propósitos en una agenda nueva. Estas páginas en blanco renuevan mi esperanza y me hacen saber que todavía tengo una oportunidad para ser mejor persona en todos los sentidos.

Las cajas con los adornos navideños están nuevamente en el armario, pero el encuentro con Jesús, la reconciliación y la paz que recibí por su gracia siguen aquí.

Navidad ocurrió de nuevo, y es bueno que ocurra cada año, porque tendemos a olvidar las buenas noticias. Los noticieros y los medios de comunicación en general están llenos de desastres, de problemas, de malas noticias, pero ninguna de ellas, ni siquiera todas en conjunto pesan más que la maravillosa novedad de que Jesús ha venido al mundo. La fuerza del mensaje cristiano es tan puro y cristalino como el primer día. Y es un mensaje de amor.

Busca en la profundidad del cielo. ¿La ves? Ahí está. La estrella sigue brillando para guiarte a ti, personalmente, hasta donde se encuentra Jesús. Que por cierto no está lejos.

EL OBSERVADOR 393-5

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PINCELADAS
Un joven de ochenta años
Por Justo López Melús *


La vejez, más que de la edad, es cuestión del corazón. Muchas personas no son nunca jóvenes. Algunas jamás son viejas. «Nunca seré viejo. Para mí la vejez es y será siempre tener quince años más de los que tengo». Esos viejos que se sientan a esperar la muerte ya no viven. Mientras se vive hay que esperar la vida. No depende de nosotros tener un año más; pero sí que este año más sea el que nos hace viejos, o simplemente un año que se añade a nuestra vida.

Los que criticaron la elección de un anciano de 80 años, como Juan XXIII, enmudecieron pronto ante la paz y alegría que irradiaba su humanidad. «Yo he llegado al postre -decía con humor-, pero les aseguro que es sabroso». «Mientras tenemos tiempo, hagamos el bien» (Gal 6, 10).

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 393-6

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CULTURA
"Carta a un niño recién nacido"


<<Ha muerto el laureado escritor católico José María Gironella: A consecuencia de una embolia nos ha dejado, a los 85 años de edad, José María Gironella, el autor de Los cipreses creen en Dios, acaso su novela más representativa. Entre sus libros nos queda también el muy estimable Cien españoles y Dios, en el cual documenta la relación de un amplio espectro de intelectuales y artistas españoles con la religión. EL OBSERVADOR engalana sus páginas transcribiendo uno de los muchos conceptuosos artículos de Gironella>>

Acabas de nacer viscoso, morado y rosa. Has brotado de un vientre que sufre y, ¡hala!, a vivir. Te levantan como una bandera, te abofetean y te cubren con paños: quieren que llores y respires y que te acostumbres al pudor. Ya no eres organismo acuático, ya no puedes volverte atrás. Empiezas a ser una profecía de muerte.
Deberías llamarte Adán, pues cada niño que nace es un poco el primer hombre que nace. Por otra parte, el mundo deposita en ti sus esperanzas. Necesita un hombre nuevo, incontaminado, que rebautice las cosas. ¡Tú puedes ser ese hombre! Adán posible, crece, desarróllate...

Sobre la cuna, y en el mapa de la urbe, eres un bulto mínimo. Pero así y todo ya tienes tu facha. Los hombres te miden, te pesan y querrían saber si serás triste o si les traerás felicidad.. Su vida se ha ensanchado en ti. Por eso al mirarte sonríen y parodian tus guiños: se infantilizan. Mientras, tus dientes se preparan para ser.

Te miro: eres un temblor inmóvil. Paso un objeto delante de tus ojos: no lo ves. Suena una campanilla: no la oyes. Ignoras que tu corazón late, desconoces el reloj y la brújula. ¡Pero existes! Eres un claustro remoto y al mismo tiempo una violenta proximidad.

Me obsesionan tus manos y, de ellas, tus dedos meñiques. Son lo más hermoso de tu persona. Lo más coqueto de la coquetería que tú eres.

Eres hijo de Dios. Te has desprendido de su plenitud. Dios es una célula que se parte en dos constantemente. Acaso la palabra Dios sea el único silbido que te es familiar.

Hay millares de cunas a tu alrededor... ¡No importa! Eres inconfundible. El sol brilla para ti, la luna muere para ti, tú le tienes miedo al mar, pero las ballenas te envidian. La ventana te contempla y las sábanas te rozan con particular admiración.

«La tierra es tuya...» Sin embargo, no te forjes ilusiones. A medida que crezcas, tú mismo te fragmentarás. De entre todas las ciudades habitables, tú mismo elegirás una. De entre todos los oficios posibles, tú mismo escogerás uno. De entre todas las mujeres, ¡ésta!, exclamarás. Irás renunciando, trazándote límites, hasta convertirte en una realidad diminuta y gloriosa. «Tus cabellos están cortados».

«Honrarás a tu padre y a tu madre.» Es éste un mandamiento rojo, puesto que cumplirlo cuesta sangre. Te darás cuenta de ello cuando descubras el mal. El mal es llamado también concupiscencia. Es lo negativo en acción, el invierno del alma. Un día descubrirás que tienes alma y que has de honrar a tu padre y a tu madre...

Eres el resultado de millones de existencias anteriores que han ido pasándose la antorcha hasta culminar en ti. Cierras un ciclo y ello te hace responsable. Abres otro ciclo y ello te responsabiliza más aún. El pasado late en el menor de tus gestos e inclinaciones, las cuales irán prolongándose hasta la manera de reír o la capacidad de náusea.

Te vacunarán contra la polio, contra la meningitis, contra el cáncer y contra la locura. De estos cuatro azotes el más vasto es la locura. Sin embargo, me gustaría vacunarte contra esa campana neumática que es la egolatría. Me gustaría que cantaras en un coro, que fueras enérgico y a la vez pobre de espíritu, que te dieras sin saber por qué.
«No matarás». He aquí otro precepto necesario. Se multiplicarán tus uñas, te crecerán garras y un cuervo se instalará en lo alto de tu cabeza. Domínate. No dañes. Se puede dañar hasta a lo que no existe. Hay asesinos por omisión. Matar es un suicidio. No crucifiques a nadie.

Te miro otra vez: lloras, sin estar triste. Más adelante te ocurrirá lo contrario. Será el momento difícil. Te dirán que respires hondo: no te servirá. Te hablarán de la psique: inútil. El dolor «es», y sufren incluso las montañas. Empieza a arrodillarte sobre el libro de Job.

Te amo. Te amo porque eres un niño y estás indefenso y porque puedes ser un gran músico o, simplemente, un hombre o Cristo. Te amo porque yo también fui ese pingajo inicial, viscoso y rosa. Te amo porque me reemplazas, porque tu sola presencia me está rectificando. Te amo porque tu modo de encoger las piernas es cómico. Te amo porque eres una incógnita, porque duermes en paz.

Te amo porque de ti fue dicho: «En el día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo creó».

EL OBSERVADOR 393-7

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ENTREVISTA
La moral católica no prevé el ataque «preventivo»


Las amenazas de George Bush contra Iraq sobre una posible intervención armada plantean inevitablemente preguntas éticas: ¿Se trata de una «guerra justa»? La idea de un «ataque preventivo», ¿está contemplada por la moral? La agencia católica Zenit ha entrevistado al respecto al padre jesuita Michele Simone, s.j., subdirector de Civiltà Cattolica.

¿Hasta qué punto la doctrina cristiana puede legitimar un acto de «guerra justa»? La estremecedora potencia destructiva alcanzada por las armas modernas ha cambiado radicalmente la naturaleza y la calidad de la guerra con respecto al pasado, especialmente con la presencia de las armas nucleares. Por tanto, la tradicional definición de guerra «justa» hoy ha quedado superada. Sin embargo, ésta subrayaba, entre otras cosas, un elemento que mantiene hoy toda su actualidad: me refiero a la obligación de evaluar las consecuencias de una intervención armada sobre la población civil. Por otra parte, incluso la Carta de las Naciones Unidas sólo justifica una reacción provocada por la legítima defensa, que en todo caso debe ser evaluada como tal, aunque sea inmediatamente después de que haya comenzado, por el Consejo de Seguridad de la ONU.

El terrorismo fundamentalista que utiliza «kamikazes», ¿es una amenaza capaz de justificar una guerra? Dejo a un lado la situación que se da en la guerra israelo-palestina, donde una vez más se puede comprobar cómo el recurso a la violencia, en ese caso inspirado por la venganza, es un proceso sin salida, que no resuelve los problemas; al contrario, los engangrena, aumentando el odio recíproco. Además, no me parece que se den las pruebas de la participación de un Estado en la financiación y en la organización del terrorismo internacional, inspirado por personas que manipulan el fundamentalismo islámico. Por tanto, no veo justificación alguna bélica. Más bien, el terrorismo internacional debe ser combatido por los Estados que se han adherido a la alianza lanzada por el presidente de los Estados Unidos a través de un uso más intenso y más coordinado de los servicios de inteligencia y del control de las transacciones financieras internacionales, ligadas a los grupos terroristas.

Estados Unidos podrían atacar a Iraq. La idea de un «ataque preventivo» contra un «mal seguro», ¿es contemplada por la moral católica? Pero, ¿quién decide que Iraq constituye un «mal seguro»? ¿El país que detenta el potencial económico y bélico más fuerte del mundo? ¿Puede justificarse un ataque preventivo basándose en la «propaganda» de los países que lanzan el ataque y del que sacan mayores ventajas? La así llamada «guerra preventiva» contra Iraq, entre otras cosas, tendría costos humanos inaceptables y graves efectos desestabilizadores sobre todo Oriente Medio. Además, la guerra «preventiva» no sirve a la paz, pone más bien a la humanidad en un estado de guerra permanente (después de Iraq, habría que pensar en Irán, Corea del Norte, etc.). De todos modos es de desear que las Naciones Unidas ejerzan todas las medidas de presión posibles para evitar el recurso de Iraq a posibles «armas de destrucción de masa».

La moral católica sólo justifica la legítima defensa contra una intervención armada injustificada. Ciertamente no justifica la guerra «preventiva». En Iraq muchos prevén que tenga lugar un ataque «preventivo» occidental, pero será la enésima vez en la historia de la humanidad en la que el más fuerte utiliza la fuerza para hacer prevalecer sus propios intereses, en perjuicio del menos fuerte.

¿Cuál es la idea cristiana de paz y cómo se diferencia del «pacificismo» que ve en los estadounideses la causa de todos los males del mundo? No sólo un católico, sino cualquier ciudadano del mundo que reflexione con un mínimo de objetividad y racionalidad rechaza como un simple prejuicio ideológico injusto la tesis de que los estadounidenses son la causa de todos los males del mundo. Es una tesis sin fundamento, fruto de baja propaganda.
Por otra parte, para un católico, la paz es algo positivo, que hay que construir día a día, dentro de toda comunidad humana y en el conjunto de las naciones. Se funda, como ha repetido varias veces Juan Pablo II, en la justicia y en el perdón recíproco. Esto la distingue también del pacifismo, que se inspira en la no violencia absoluta.

EL OBSERVADOR 393-8

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Uganda vence al SIDA sin preservativos
Por Guillermo Murillo-Godínez


En contra de todo lo previsto -y por eso guardado en silencio por los medios de comunicación-, Uganda se ha convertido en el primer país de África que está venciendo al SIDA por los medios que pide la Iglesia.

El Instituto Católico para la Familia y los Derechos Humanos ha puesto en internet una información que merece ser aireada todo lo posible por razones de humanitarismo y solidaridad evidentes: Uganda es el único país del mundo que, tras haber adoptado una política de lucha contra la promiscuidad sexual e impulso de la fidelidad matrimonial, ha rebajado en diez puntos la tasa de infectados de SIDA, del 15% al 5%. La efectividad de esta política se considera parangonable a la que habría tenido la existencia y aplicación masiva de una hipotética vacuna contra el VIH.

Se conoce muy bien el mecanismo de transmisión del virus, y se sabe cuáles son los comportamientos de riesgo. Salvo en accidente, transfusiones de sangre o transmisión intrauterina de madres a hijos, el SIDA es una enfermedad evitable al cien por ciento. Manteniendo relaciones sexuales sólo con una pareja monógama no infectada se puede tener la completa seguridad de no ser víctima del virus. Pero los patrocinadores del preservativo como principal instrumento de prevención del SIDA se obstinan en las políticas de extensión del uso del condón, que lleva inevitablemente consigo la implícita invitación a la promiscuidad sexual bajo la mentirosa promesa de "sexo seguro".

EL OBSERVADOR 393-9

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COMUNICACIÓN
Los que están a la espera

Por Santiago Norte


Con el acceso al mundo, a prácticamente todos los asuntos del mundo, excepto aquellos que deberíamos conocer, nuestro límite de conciencia moral no se ha ensanchado. Antes lo contrario: se ha encogido, al grado tal que ya no es que no seamos capaces de mirar con dolor el sufrimiento de 14 millones de etíopes que se mueren de hambre, es que ni siquiera somos buenos para reconocer el sufrimiento en nosotros mismos.

La información global, la de Internet y la televisión, nos permite conocerlo todo en el instante: la hambruna de África, la bancarrota de Argentina, los bombazos contra McDonalds en Indonesia o la India, y la última incursión del ejército de Israel en Gaza o el último kamikaze palestino.

Pero solamente es la sensación de conocerlo todo. Porque el conocimiento verdadero es aquél que transforma los hechos a los que se refiere. Y la comunicación global, al tiempo que nos muestra las situaciones por las que atraviesa en este momento el planeta, nos da la seguridad de que nosotros nada, absolutamente nada, podemos hacer para cambiarlas. Nos muestra el mundo y nos ata al sofá. Vivimos, pues, en eterna espera de que "algo" suceda, de que "alguien haga algo"; nos conmina a ser testigos silentes de un mundo que cae.

La pasividad de ver y escuchar, aunada a la limitación moral de nuestra conciencia adormecida por la rápida sucesión de las informaciones, nos mantiene a la expectativa, como si dependiéramos de una fuerza ominosa e invisible, encaramada en quién sabe dónde, que va a poner fin a tanto relajo. Y ese pensamiento de impotencia se extiende a ámbitos en los que, de ordinario, no solamente podemos sino debemos intervenir. Por ejemplo, en los asuntos de la conducción política, de la participación pública, de la sociedad, y los temas de la "polis", de la ciudad, que es nuestra segunda casa.

Estar a la espera es la condición de gran parte de nuestra vida actual. Nuestra condición es la de espectadores. El mundo es el espectáculo. Y el dolor ajeno la trama de la obra que nos tocó ver. Por lo demás, el espectáculo no exige nada a nadie. Ver la hambruna de África significa sólo eso: "ver".

Si pasamos del "ver" al "actuar" ya estaremos dando un salto muy amplio, descender a los compromisos concretos, para dejar de ser "audiencia" y comenzar a ser "ciudadanía". Entiendo que es difícil que los medios, tal y como hoy operan, alcancen algún día a transmitir este mensaje.

Pero aún en el uso continuo de los medios, si somos sagaces, lo podremos encontrar. Está ahí, donde hay "otro", y donde hay "otro" que se duele de algo, que sufre alguna ausencia, algún dolor del que yo soy capaz de imaginar. Porque también es (y soy) hombre, y no una imagen. Porque detrás de la imagen hay corazón. Y en mí, también

EL OBSERVADOR 393-10

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CUESTIONES DE BIOÉTICA
Control responsable de la natalidad y contracepción
Por Humberto M. Marsich, m.x.


Volviendo a la definición real, o científica, de bioética, "la ciencia que reflexiona sistemáticamente sobre las intervenciones y los problemas que se ponen en el campo de la biomedicina, con la finalidad de establecer criterios y límites entre lo lícito y lo ilícito", nos damos cuenta de que los objetos de esta ciencia son, propiamente, las intervenciones biomédicas. Éstas, a su vez, abarcan todas las acciones médicas dirigidas a sanar de ciertas enfermedades (ingeniería genética, trasplantes), a mejorar ciertas especies (transgénicos), a permitir que se logre procrear en casos de infertilidad (las nuevas formas de nacer, clonación incluida), pero también a quitarla arbitrariamente (aborto y eutanasia) o a impedir que se dé vida (la contracepción).

Control de la natalidad y contracepción

Por "control de la natalidad" entendemos la decisión y la acción que los esposos asumen, responsablemente, para limitar y espaciar, naturalmente, la transmisión de la vida; por "contracepción" entendemos la decisión y la acción que los esposos asumen, irresponsablemente, de impedir o suprimir, a como dé lugar y sin justas razones, la transmisión de la vida. Se trata de dos actitudes diametralmente opuestas: en la primera sí se desea ser ministros del proyecto de vida de Dios, pero, con responsabilidad y, justamente, se hablará de maternidad y paternidad responsable; en la segunda los esposos asumen una actitud de rechazo de la vida y se convierten, indebidamente, en árbitros de ella. Hablaremos, en este caso, de maternidad y paternidad irresponsable.

Contextualización social

Desde hace algunas décadas el control de la natalidad se ha convertido, mundialmente, en un problema prioritario y urgente. La "profecía" de Malthus, aun cuando no se ha históricamente realizado, seguramente ha alarmado y angustiado al mundo obligando así a todos los países a buscar estrategias eficaces para limitar la población. La obsesión de los países ricos por el problema de la explosión demográfica ha dado origen a una política mundial de control radical de la natalidad imponiendo a los países del tercer mundo métodos preventivos, esterilizantes y hasta abortivos. Se ha extendido, así, una mentalidad anticonceptiva que conlleva un rechazo a la vida y el propósito decidido de llevar a la práctica la mentalidad antinatalista. Lo de resolver, así, el problema del hambre en el mundo, es sólo un pretexto.

En el pasado la gente se casaba para crear una familia, y el tener hijos era el resultado natural de esa decisión. Ahora prevalece la idea de formar pareja y la dimensión procreativa está condicionada por múltiples circunstancias sociales, ideológicas, laborales, educacionales y personales. Tanto es así que, en algunos ambientes, el concepto de procreación responsable equivale prácticamente a contracepción y exclusión de la dimensión procreativa de la vida sexual.

Los dos momentos de una procreación responsable

El problema que estamos analizando comprende dos momentos:

a) El proyecto de fecundidad (momento deliberativo).- La pareja se interroga sobre el tiempo (el cuándo), la oportunidad para procrear (las razones) y los números de hijos (el cuántos). Dice la Gaudium et Spes: "Los esposos deben sentirse, desde luego, cooperadores de Dios e intérpretes de su proyecto de vida con responsabilidad y empeño común" (N. 50). Este empeño común da una indicación: que no le corresponde al hombre o a la mujer solamente tomar decisiones, sino a la "pareja". Se pide corresponsabilidad para planificar la familia. Cuando no se da corresponsabilidad y ni siquiera existen condiciones culturales, económicas y religiosas para llevar a cabo la paternidad responsable, desde luego disminuye la culpabilidad o desaparece totalmente, aun cuando la pareja recurra a algún método artificial para no tener hijos, puesto que no existen los elementos básicos para que un acto sea considerado plenamente moral.

Ahora esta recta decisión de los esposos ¿en cuáles valores-criterios deberá inspirarse? Proponemos los siguientes: el propio bien personal de la pareja; el bien de los hijos nacidos y por nacer; las condiciones de vida en sus aspectos materiales y espirituales, y el bien de la sociedad y de la Iglesia. Este juicio lo deben formular delante de Dios los esposos mismos. Debe de ser una decisión de conciencia, libre de juicios condicionados por el egoísmo, el hedonismo y la cultura contraceptiva dominante.

b) La decisión acerca del método (momento ejecutivo).- Después de haber elaborado su propio "proyecto de fecundidad", los esposos, ahora, tendrán que decidir cómo llevarlo a la práctica, o sea, cómo realizarlo. Es el problema del método: ¿natural o artificial?

Tal vez sea éste el problema más discutido. No todos están de acuerdo con las indicaciones que sugiere la misma naturaleza biológica, o sea, con los métodos naturales, ni con las disposiciones del Magisterio de la Iglesia, el cual considera lícito sólo el uso de éstos (método del ritmo, de la temperatura y, el más conocido y eficaz: el método de ovulación Billings). La gran mayoría de las parejas, también cristianas, de hecho, recurren a los métodos no indicados por la naturaleza, o sea, artificiales (píldoras o inyecciones, diafragma o condones, jaleas, espumas o esponjas, vasectomia varonil o ligadura femenil, onanismo, o sea, interrupción brusca del acto sexual antes de la eyaculación, dispositivos y aborto provocado).

Este momento ejecutivo pide a los esposos dos cosas: respetar las finalidades intrínsecas del acto sexual, o sea, pide no disociar las finalidades unitiva y procreativa del acto sexual; y respetar la naturaleza del mismo amor conyugal que es, por sí mismo, unitivo y potencialmente procreativo.

El objetivo de estas sabias normas "óntico-finalísticas" es impedir que los cónyuges se dejen llevar, en el ritmo de sus encuentros sexuales, por los impulsos instintuales, disminuyendo así el sentido humano de la sexualidad y de la procreación y denigrando su dignidad de esposos y el carácter dialógico y fecundo del amor esponsal.

No es lícito, en el amor conyugal auténtico, separar su carácter y significado unitivo del procreativo. De esto se deduce la licitud sólo de la continencia periódica, o sea, de los métodos naturales, y la ilicitud moral de toda manipulación que suprima algunos de los significados del acto sexual conyugal, como la contracepción o la esterilización masculina y femenina. El aborto, como método de control de la natalidad, trastoca esencialmente el problema confiriéndole otra calidad y otro peso moral.

EL OBSERVADOR 393-11

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CONTEXTO ECLESIAL
El Papa, impresionado por el "sentimiento de miedo"


Juan Pablo II, al pronunciar su tradicional discurso ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, señaló que «me impresiona personalmente el sentimiento de miedo que atenaza frecuentemente el corazón de nuestros contemporáneos. El terrorismo pertinaz que puede atacar en cualquier momento o lugar; el problema no resuelto del Medio Oriente, con Tierra Santa e Iraq; los vaivenes que conmueven Sudamérica, particularmente Argentina, Colombia y Venezuela".

También se preocupó por "los conflictos que impiden a numerosos países africanos dedicarse a su propio desarrollo; las enfermedades que propagan contagio y muerte; el grave problema del hambre, sobre todo en Africa; las conductas irresponsables que contribuyen al empobrecimiento de los recursos del planeta". Se trata, en todos los casos, de "calamidades que amenazan la supervivencia de la humanidad, la serenidad de las personas y la seguridad de las sociedades".

Dirigiéndose a los embajadores de 174 naciones, Juan Pablo II manifestó su esperanza de que "todo puede cambiar. Depende de cada uno de nosotros. Depende también, evidentemente, de los responsables políticos, llamados a servir el bien común. No se sorprenderán si, ante un plantel de diplomáticos, enuncio a este respecto algunos imperativos que me parece necesario seguir si se quiere evitar que pueblos enteros, y quizá también la humanidad misma, se hundan en el abismo".

Sí a la vida

Reclamó ante todo "un sí a la vida. Respetar la vida y las vidas: todo empieza aquí, puesto que el más fundamental de los derechos humanos es, ciertamente, el derecho a la vida. El aborto, la eutanasia o la clonación humana, por ejemplo, amenazan con reducir la persona humana a un simple objeto: en cierto modo, ¡la vida y la muerte por encargo! Cuando carece de todo criterio moral, la investigación científica referente a las fuentes de la vida es una negación del ser y de la dignidad de la persona. La guerra misma atenta contra la vida humana, pues conlleva el sufrimiento y la muerte. ¡La lucha por la paz es siempre una lucha por la vida!".

Llamó a decir "no a la muerte", para repudiar "todo lo que atenta a la incomparable dignidad de cada ser humano, comenzando por la de los niños por nacer. Si la vida es realmente un tesoro, hay que saber conservarlo y hacer que fructifique sin desnaturalizarlo". También hay que decir "no a lo que debilita la familia, célula fundamental de la sociedad", y "no al egoísmo", o sea, "a todo lo que induce al hombre a refugiarse en el círculo de una clase social privilegiada o en una comodidad cultural que excluye a los demás".

Juan Pablo II exhortó a decir "no a la guerra", que "es siempre una derrota de la humanidad. El derecho internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre los Estados, el ejercicio tan noble de la diplomacia, son los medios dignos del hombre y las naciones para solucionar sus contiendas". Sobre la crisis de Medio Oriente, enfatizó que "su solución nunca podrá ser impuesta recurriendo al terrorismo o a los conflictos armados". Y se preguntó luego "¿qué decir de la amenaza de una guerra que podría recaer sobre las poblaciones de Irak, tierra de los profetas, poblaciones ya extenuadas por más de doce años de embargo? La guerra nunca es un medio como cualquier otro, al que se puede recurrir para solventar disputas entre naciones".

Al referirse a lo que acontece en Europa y ante la redacción del futuro tratado constitucional de la Unión Europea, solicitó que ?respetando plenamente la laicidad, se reconozcan tres elementos complementarios: la libertad religiosa, no sólo en su dimensión individual y cultual, sino también social y corporativa; la oportunidad de que haya un diálogo y una consulta organizada entre los gobernantes y las comunidades de creyentes; el respeto del estatuto jurídico del que ya gozan las Iglesias y las instituciones religiosas en los Estados miembros de la Unión. Una Europa que renegara de su pasado, que negara el hecho religioso y que no tuviera dimensión espiritual alguna quedaría desguarnecida ante al ambicioso proyecto que moviliza sus energías: ¡construir la Europa de todos!".

En cuanto a Africa, sostuvo que "nos da esta una vez ocasión de júbilo. Angola ha comenzado su reconstrucción; Burundi ha emprendido el camino que podría conducir a la paz, y espera comprensión y ayuda financiera de la comunidad internacional; la República Democrática de Congo se ha comprometido seriamente en un diálogo nacional que debería conducir a la democracia. También Sudán ha dado prueba de buena voluntad, si bien el camino hacia la paz es largo y arduo. Hay que felicitarse sin duda por estos progresos y animar a los responsables políticos a no escatimar esfuerzos para que, poco a poco, los pueblos de Africa lleguen a un principio de pacificación y, por tanto, de prosperidad, libres de las luchas étnicas, la arbitrariedad y la corrupción". Como contrapartida, deploró los graves acontecimientos que estremecen Costa de Marfil y la República Centroafricana, e invitó a sus habitantes a "deponer las armas, a respetar sus respectivas Constituciones y a poner las bases de un diálogo nacional".

Dos exigencias

Sobre el final de su mensaje, Su Santidad señaló que «para evitar caer en el caos se han de respetar dos exigencias. La primera es que en el seno de los Estados se redescubra el valor primordial de la ley natural. En segundo lugar, la acción perseverante de hombres de estado honrados y desinteresados. En efecto, sólo la adhesión a profundas convicciones éticas puede legitimar la indispensable competencia profesional de los responsables políticos. El bienestar material y espiritual de la humanidad, la tutela de las libertades y los derechos de la persona humana, el servicio público desinteresado, la cercanía a las situaciones concretas, prevalecen sobre cualquier programa político y constituyen una exigencia ética, que es a la vez lo mejor para asegurar la paz interior de las naciones y la paz entre los Estados".

A tales motivaciones se añaden "la fe en un Dios creador y padre de todos los hombres. Es como decir que el Estado tiene sumo interés en cuidar de que la libertad religiosa -individual y social al mismo tiempo- sea efectivamente garantizada a todos". Asimismo expresó que "el diálogo ecuménico entre cristianos y los contactos respetuosos con las otras religiones, en particular con el Islam, son el mejor antídoto contra las desviaciones sectarias, el fanatismo y el terrorismo religioso".

En tal sentido se refirió muy afligido al trato dado a las comunidades católicas en la Federación Rusa que, "desde hace meses, por razones administrativas, ven cómo algunos de sus pastores están imposibilitados para llegar hasta ellas. La Santa Sede espera que las autoridades gubernativas tomen decisiones concretas que pongan fin a esta crisis y que obren en conformidad a los compromisos internacionales suscritos por la Rusia moderna y democrática. Los católicos rusos quieren vivir como sus hermanos del resto del mundo, con la misma libertad y la misma dignidad".
Actualmente 174 Estados tienen relaciones diplomáticas plenas con la Santa Sede. En 2002 se establecieron relaciones diplomáticas con la República de Timor Oriental y con el Estado de Qatar. A estos se añaden la Unión Europea y la Soberana Orden Militar de Malta, la Misión de la Federación Rusa y la Oficina de la Organización para la Liberación de Palestina.

(Fuente: AICA)

EL OBSERVADOR 393-12

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FIN

 
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