El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
16 de febrero de 2003 No.397

SUMARIO

bulletPORTADA - ¿Qué líderes queremos para nuestra patria?
bulletEl decálogo ciudadano contra la corrupción
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - La oración no es un asunto solitario
bulletDILEMAS ÉTICOS - Ser padre compromete
bulletVIENTOS DE HOLANDA- Tu mano, Señor
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR - ¿Debo estar en el parto?
bulletPINCELADAS - Con tacones o de puntillas
bulletREPORTAJE - La imaginación católica de Tolkien
bulletCULTURA - La persona al centro (I)
bulletCULTURA - La alargada sombra de Davos: liberalización no es liberación
bulletDEBATE - Laicismo intolerante: automarginación católica
bulletPICADURA LETRÍSTICA - La mejor lengua, la española (o castellana)
bulletTEMAS DE HOY - La globalización: desafío ético (II)

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PORTADA
¿Qué líderes queremos para nuestra patria?
Por Rosa Martha Abascal de Arton


El liderazgo es hoy en día un asunto para reflexionar. ¿Qué líderes queremos para nuestra patria? ¿Qué concepto de país y de sociedad queremos?

La concepción antropológica del hombre afecta definitivamente los conceptos sociales, culturales, políticos y económicos. Así el concepto de liderazgo también sufre graves alteraciones:

El hedonismo Búsqueda desordenada del placer y el éxito a costa de lo que sea: Elvis Presley.

El pragmatismo. El utilitarismo no se detendrá en utilizar a la gente como piezas de ajedrez con tal de conseguir una meta. Algunos líderes sindicales mexicanos son claro ejemplo.

El materialismo. La negación del espíritu verá en el ser humano un «animal consumista» al cual hay que saciarlo: Stalin, Marx y Fidel Castro.

El existencialismo. El pesimismo que autolesiona. Así líderes como Jones, quien llevó a un grupo de 913 seguidores a suicidarse junto con el.

El superhombre. Desprecio de los débiles: Hitler.

El sociologismo. Despersonalización, la sociedad sobre la persona: Mao Tse Tung, Lenin.

El pansexualismo. Animalidad. No hay voluntad, solo instintos, generando líderes pro aborto, pro «liberación sexual», pro eutanasia.

El filantropismo. Respetuoso pero no incluyente de Dios: John F. Kennedy.

Las concepciones antropológicas equivocadas dan lugar a:

Maquiavelismo. El fin justifica los medios. Imposición del control natal so pretexto de bienestar económico. La paz social, aun cuando haya que «desaparecer» a algunos: Carlos Salinas de Gortari es un claro ejemplo.

Tecnocratismo. El conocimiento técnico es suficiente para guiar sin referencias de valores. El ser humano no cuenta, cuentan los números: Carlos Salinas de Gortari.

Autoritarismo. El abuso del poder, al estilo Echeverría.

Amoralismo. La ética universal y la política son antagónicos en la clara línea de José López Portillo.

En una concepción antropológica humanista e integral el hombre es un ser inteligente, voluntario, libre, cuyo destino es la felicidad. En este sentido, el líder debe ser un arquitecto social; por lo tanto debe obedecer a un principal estímulo, que es el que le ofrece la posibilidad de alcanzar su propia realización y la de los demás: servir.

Todos somos potencialmente líderes, todos debemos servir con justicia, con valores humanos sólidos, con solidaridad y subsidiariedad, para lograr el bien común.

Es preciso que en esta época de elecciones analicemos a fondo las características de las personas que deseamos que sean los líderes de la Cámara de Diputados. Dependiendo de sus características y de su calidad moral, serán las leyes que aprueben y que nos apliquen a todos.

México requiere de:
1. Más personas que mejoren el mundo y menos personas que lo condenen.
2. Más trabajadores y menos habladores.
3. Más personas que digan lo que es posible, y menos que digan esto es imposible.
4. Más inspiradores de confianza y menos desalentadores.
5. Más gente que haga algo y menos que busque faltas en los demás.
6. Más gente que subraye lo bueno y menos gente que grite lo malo.
7. Más gente que encienda velas y menos gente que las apague.
¿Tú qué estás haciendo para ser sal de la tierra y luz del mundo? Sé líder: ser líder es servir; quien no vive para servir no sirve para vivir ( Carlos M. Abascal Carranza).

EL OBSERVADOR 397-1

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El decálogo ciudadano contra la corrupción
Por Benjamín Hill Mayoral*


Los ciudadanos contamos con numerosas armas para detener la corrupción en nuestro propio ámbito de vida. Tenemos en las manos la capacidad y el poder para detener y prevenir la corrupción en nuestra relación con las autoridades y ante los demás miembros de la sociedad. Para poder utilizar esas herramientas debemos reconocer que hay aspectos de nuestra conducta que podemos cambiar. He aquí un decálogo para arrancarle un eslabón a esta cadena infinita que parece ser la corrupción en México.

1) Conoce tus derechos.
2) Respeta las reglas.
3) Predica con el ejemplo.
4) Identifica los actos de corrupción.
5) ¡Ya no más mordidas!
6) Papeles en regla.
7) Planear para prevenir.
8) Denuncia la corrupción.
9) Participa en el mejoramiento de tu comunidad.
10) No pierdas la convicción.

*Publicado en Entorno, revista mensual de Coparmex. Año 15, número 173, Enero de 2003.

EL OBSERVADOR 397-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
La oración no es un asunto solitario

Juan Pablo II, en audiencia general, comentó el salmo 116, que es una invitación a alabar a Dios por su amor.

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.
Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

«El más breve del salterio es el salmo 116, una especie de pequeño himno, o de jaculatoria que se convierte en una alabanza universal al Señor. Expresa lo que quiere proclamar con dos palabras fundamentales 'amor' y 'fidelidad'. Con estos términos el salmista ilustra sintéticamente la alianza entre Dios e Israel, subrayando la relación profunda, leal y confiada que existe entre el Señor y su pueblo.

«A pesar de su carácter breve y esencial, el salmo 116 penetra en el corazón de la oración, que consiste en el encuentro y en el diálogo vivo y personal con Dios. En este acontecimiento, el misterio de la divinidad se revela como fidelidad y amor.

«El salmista añade un aspecto particular de la oración: la experiencia de oración debe irradiarse en el mundo, transformándose en testimonio para quien no comparte nuestra fe. De hecho, al inicio, el horizonte se amplía a 'todas las naciones' y 'todos los pueblos', para que ante la belleza y la alegría de la fe se dejen también conquistar por el deseo de conocer, encontrar y alabar a Dios.

«En un mundo tecnológico, minado por un eclipse de lo sagrado; en una sociedad que se complace en una cierta autosuficiencia, el testimonio de quien ora es como un rayo de luz en la oscuridad.

En un primer momento puede que sólo despierte curiosidad, después puede inducir a la persona reflexiva a plantearse el sentido de la oración y, por último, puede suscitar un creciente deseo de hacer la experiencia. Por este motivo, la oración no es nunca un acontecimiento solitario, sino que tiende a dilatarse hasta involucrar al mundo entero».

EL OBSERVADOR 397-3

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DILEMAS ÉTICOS
Ser padre compromete
Por Sergio Ibarra


Hay pensamientos que a uno le hubiese encantado firmar. A continuación comparto con usted estos pensamientos con un profundo dilema que alguien me compartió y cuyo autor es anónimo.

«No es extraño que el mundo parezca de locos y que todo se esté desmoronando. ¡Formar a los hijos y conducir el hogar está resultando una labor titánica! Por ahí se está resquebrajando el mundo, ¡ y por ahí hay que empezar a salvarlo!

Se necesita armazón en el hogar, claridad en los criterios y sostén en los hijos. Los padres están perdiendo las armas espirituales y no saben luchar. El padre, y muy probablemente la madre, salen desde temprano. El día es para el trabajo. La mente, para la oficina. La tarde, para lo más urgente de la casa. Y la noche para el cansancio. A los hijos les toca lo que sobra de todo este oleaje, la resaca de todas estas tormentas y tensiones. Ése es el hueco que nadie puede llenar ni suplir. Se rompen ligamentos en la estructura del hogar y todo queda como desarticulado.

«No es extraño que el hijo declare tantas guerras dentro del hogar si está acostumbrado a ver guerrear desde que nace. No es extraño verlo apartado de la religión si en casa nadie practica la Palabra de Dios. No es extraño que pierda los frenos a la edad de los amarres y la pasión lo tiente y el vicio se lo lleve si nadie lo está aconsejando ni pasando su crisis junto a él. Hacemos rendir el dinero, ¡pero pasamos impasibles la vida!

«Yo sé que los padres tienen dentro un caudal enorme, pero lo están abasteciendo muy poco. Yo sé que el hijo es un campo para mucho fruto, pero, regado a cuentagotas, ni madura bien ni crece a tiempo. El problema no es de leyes, sino de padres. El problema no es de escuela, sino de hogares. El problema no es de sermones, sino de ejemplo. El problema no es el ambiente que reina afuera, es el clima moral que se respira dentro... El hogar pasa tantas horas vacío que ya no es una frontera protectora. Si tu hijo no tiene a sus padres a su lado... ¿de qué te sirve haberlo tenido?

«A los hijos los hacemos sentir niños-maleta, que van de aquí para allá, de una casa a otra, de una guardería a otra, porque no podemos atenderlos, porque el trabajo es muy importante, porque no podemos quedarnos en casa o no disfrutamos de una fiesta si los llevamos porque se portan mal o hacen travesuras.

«Nos olvidamos que la infancia es algo maravilloso, que debemos cuidar como a un bello jardín, y que las tormentas, los huracanes les hacen daño a sus flores y que muchas veces las debilitan tanto que ya no vuelven a brotar. Y luego no entendemos por qué nuestro hijo en algún momento de su vida decide evadirse, autoeliminarse, encerrarse, aislarse, o se relaciona con personas que no lo ayudan a crecer... Y nosotros, como padres, ¿qué hicimos con las flores de ese jardín?».

EL OBSERVADOR 397-4

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VIENTOS DE HOLANDA
Tu mano, Señor
Por Javier Menéndez Ros


Hoy, Señor, de nuevo me he parado a admirar. Esta vez he fijado mi vista en la manita pequeña de un bebé agarrando con sus deditos el dedo de un hombre adulto. Es algo que no deja de sorprenderme y no puedo evitar que ese sea siempre el primer gesto que hago cuando tengo a un pequeño a mi alcance.

Pero mi mano, Señor, aunque a menudo creo que es grande y fuerte, en realidad es como la manita de un recién nacido: pequeña, débil, frágil y necesita asirse a la tuya grande y fuerte.

Señor, ya es de noche, llueve y estoy solo, pero se que siempre tendré tu mano ahí, disponible, abierta para que la mía repose en silencio como el ave que encuentra su rama. Tu mano me espera con paciencia para darme confianza, para darme ternura, para darme calor, para pedirme exigencia y para darme tu amor.

Señor, ayúdame a poder ver siempre mi mano como lo que realmente es: la mano de un bebé que nada puede por sí solo. Ayúdame a pedirte siempre tu mano. Se que por amor a mí la tienes clavada a un madero, manantial que no cesa, reguero de sangre que no cesa y que no se moverá hasta que agarre mis dedos.

Señor, que no me dé miedo mirarte a los ojos cuando me acerques tu mano abierta, suplicante en el cuerpo de un mendigo que sólo espera unas monedas. Que no sea indiferente al dolor de mis hermanos, que sepa tender mi mano al que lo necesite.

Esta noche, Señor, te abro mi mano, te la extiendo sin abrir mis ojos para que Tú la agarres con fuerza y no la sueltes jamás.

EL OBSERVADOR 397-5

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
¿Debo estar en el parto?
Por Yusi Cervantes Leyzaola


PREGUNTA:
Después de dos años de matrimonio, con plena conciencia, mi esposa y yo decidimos tener un hijo. La gran noticia es que ya estamos embarazados. Lo digo así, aunque hay quien me ha dicho que la embarazada es ella. Pero no es así. Ella lleva a nuestro hijo en su vientre, pero yo también lo espero y lo llevo en el corazón. Hasta aquí todo está bien.
La inquietud que tengo es que, como es natural, mi esposa espera que la acompañe durante el parto. Yo le pongo mil pretextos: que si voy a estorbar, que no sirvo para estas cosas... Pero la verdad es que tengo miedo. Eso no se lo he dicho a ella. ¿Cómo un hombre fuerte, como yo, decidido a cuidar y proteger a su mujer y a sus hijos, se acobarda como niño asustado ante la idea de entrar a la sala de expulsión?
La pregunta es: ¿en verdad es muy importante la presencia del padre durante el parto?, ¿tanto como para que yo venza este miedo?

RESPUESTA:
La presencia del padre durante el parto es valiosísima. Aun si tu mujer es de las que viven serenamente la experiencia, tu apoyo hará que el momento sea de mayor plenitud. Pero, si es como la mayoría de las mujeres, tiene o va a tener miedo. Probablemente más que tú. De modo que si la estás acompañando tan íntimamente durante el embarazo, lo lógico es que estés presente, junto a ella, durante el gran acontecimiento. No te lo pierdas, porque también es un gran acontecimiento para ti.

¿Están tomando un curso psicoprofiláctico? Eso les ayudaría mucho a prepararse en varios sentidos para la llegada del bebé. Saber de antemano lo que va a ocurrir y aprender el mejor modo de apoyar a tu esposa te va a ayudar a enfrentar el miedo que tienes. Y créeme, vale mucho la pena hacerlo.

Acompañar a tu esposa durante el parto, desde que comienzan las contracciones hasta que tienen al bebé en brazos, tiene muchos beneficios para el bebé, para ella y para ti. Tu apoyo puede ser emocional, verbal y físico. Para una mujer saber que el hombre que ama está ahí, presente, saberse amada y apoyada por él, le da tranquilidad y seguridad. Si él, además, le habla, la alienta, le recuerda qué hacer, cómo respirar... Si además le informa acerca de lo que está pasando más allá del campo de visión que ella tiene, esa tranquilidad y seguridad aumentan. Mención aparte merece el contacto físico. Es impresionante cómo éste disminuye la ansiedad y el dolor.

Algunos de los beneficios de la presencia del padre en el parto son:

-La madre tiene menos miedo al parto; por tanto, disminuyen las complicaciones derivadas de la tensión y el nerviosismo, como más dolor del normal o la necesidad de más anestesia.
-La madre puede dar a su hijo una mejor bienvenida.
-Se acorta el período de expulsión.
-Se fortalece el vínculo de la pareja.
-Tanto el padre como la madre forman lazos más estrechos con su hijo.
-El vínculo padre-madre-hijo es más profundo y equilibrado -obviamente, a partir de una mayor y mejor presencia del padre-.
-Al bebé se le transmite seguridad, apoyo y tranquilidad. Él o ella percibe que su llegada es un acontecimiento gozoso. Esto repercutirá en forma positiva en su desarrollo emocional.
-Así que, como ves, vale mucho la pena que enfrentes ese miedo. Vale mucho la pena que vivas con tu mujer y tu hijo esta experiencia de amor.

Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com 

EL OBSERVADOR 397-6

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PINCELADAS
Con tacones o de puntillas
Por Justo López Melús *


Hay personas que se pasean por el mundo con los tacones puestos. Son unos perdonavidas. Tenemos que pedirles permiso hasta para respirar, pues piensan que todo el aire es suyo. Miran siempre por encima del hombro. Inflados, tiesos, prepotentes... Como el fariseo de la parábola.

Otros caminan de puntillas. Quieren ser eficaces sin hacerse notar. «Largos en facellas y cortos en contallas», como se decía de algunos conquistadores. No quieren humillar a nadie. Sólo ellos se humillan, como el publicano de la parábola. Ponerse de puntillas es también tratar de estirarse, de superarse, para no defraudar a Dios ni a los hermanos.

* Operario Diocesano en San José de Gracia en Querétaro.

EL OBSERVADOR 397-7

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REPORTAJE
La imaginación católica de Tolkien
Por Jason Boffetti


Los grandes libros tienen mucho que temer a las películas de Blockbuster. Y la adaptación cinematográfica de Peter Jackson de El Señor de los Anillos podría no ser la excepción. Los nuevos fanáticos de Tolkien que ingresan al mundo de la Tierra Media podrían no preocuparse por leer su obra, y lo más triste es que podrían dejar de conocer la imaginación católica que la inspiró.

Aun entre los fantasiosos devotos que reconocen a Tolkien como el padre del género moderno, pocos saben que Tolkien insistía en que El Señor de los Anillos es "fundamentalmente un trabajo religioso y católico". Los lectores de El Señor de los Anillos probablemente no encuentren una "Tierra Media Católica" buscando las sutiles referencias al Evangelio cristiano o símbolos católicos ocultos —Tolkien rechazaba este tipo de análisis—, pero podrían encontrar esto al contemplar las motivaciones de Tolkien como escritor.

Un caballero de Oxford

Para el mundo exterior, Tolkien fue un caballero profesor de la Universidad de Oxford, brillante, jovial,bien parecido, un poco regordete, detallista al escoger su vestuario. Los estudiantes sostenían que apenas podían entender una palabra suya porque murmuraba todo desde su omnipresente pipa. En muchas formas él representa la figura de los hobbits, sobre los cuales escribió, quienes preferían la comodidad del hogar a las grandes aventuras.

Desde su niñez Tolkien amaba inventar lenguajes e historias imaginarias para continuarlas. La historia de la Tierra Media surgió de su fértil imaginación a medida que iba creando esos lenguajes ficticios. A lo largo de su vida,Tolkien escribió, reescribió y perfeccionó episodios principales de esa historia, pero nunca estaba completamente satisfecho con ellos.

Creando mitología

Tolkien advirtió que era común, a través de la historia de la humanidad, crear mitologías de manera que transmitan las creencias más elementales. Esto lo inspiró a crear nuevas mitologías para nuestro tiempo. Si Dios usaba narrativa para comunicar su revelación al hombre, y el hombre es llamado a ser imagen de Dios en la tierra, entonces la más noble vocación del hombre es crear nuevos "mundos secundarios" en la narrativa.

Para el católico Tolkien lo más importante era que la Tierra Media fuera un acto de divina glorificación. Creía que si sus lectores eran conscientes de las muchas conexiones entre nuestro mundo y "los mundos secundarios" de la ficción, el hechizo literario se rompía. Por eso quiso que sus lectores creyesen de verdad en la Tierra Media y no la concibiesen como un mero instrumento de evangelización.

La Tierra Media, con su inspiración heroica y advertencias sobre el peligro de tener el poder, fue creada para preservar un legado único cultural inglés de los terribles y contagiosos errores de la modernidad. Con esto en mente, podemos entender por qué la Tierra Media parece abrazar la magia y un suave paganismo. El marco histórico de la imaginación de Tolkien fue la antigua Inglaterra pre-cristiana, las leyendas anglosajonas y nórdicas. Tolkien se propuso establecer la Tierra Media antes de la venida del cristianismo, ya que temía que cayese en una especie de alegoría enervada.

La Tierra Media es explícitamente católica

Pese a su aversión de mostrar públicamente la religiosidad en sus historias, Tolkien siempre afirmó que su trabajo enseña la buena moral y alienta a su lectores a volver a la fe católica. El autor simplemente se resistió a admitir que éste debería ser el propósito principal de un hacedor de mitos.

Entonces, mientras Tolkien no intentó predicar la teología moral católica, la arquitectura moral de la Tierra Media es explícitamente católica.

Por ejemplo, Tolkien evitó ilustrar la lucha entre los libres habitantes de la Tierra Media y las criaturas del villano jefe de Sauron como una estricta batalla entre el "bien y el mal". La aproximación de Tolkien es, sobre todo, agustiniana: los personajes de la Tierra Media se distinguen, ante todo, por lo que aman, no por donde viven. En las ciudades-fortalezas de los habitantes libres, Minas Tirith y Edoras, uno encuentra tanto al hombre como al corrupto. Cada uno de los personajes puede ser arruinado por la vanidad; pero incluso el más débil tiene la capacidad de redención.

Tolkien describe esta tensión más explícitamente en el personaje de Gollum, un obsequioso y malévolo buscador del Anillo Único, quien vacila constantemente entre poseer el anillo y su lealtad a los hobbits. Tolkien cuidadosamente retrata a Gollum como un traidor asesino y como una víctima de su propia voluntad salvaje. Incluso Sauron, el Satán de la Tierra Media, fue en un tiempo un poderoso ángel guardián antes de ser corrompido por sus deseos de maldad.

Los héroes de Tolkien tuvieron sus fallas también, y somos testigos de sus desafíos morales. El mago Gandalf y Boromir son tentados por la promesa de gloria a través del poder del Anillo. Y los hobbits deben luchar contra su propio deseo de abandonar el sufrimiento y retornar a la comodidad de su hogar, la Comarca, en lugar continuar con su misión de llevar el anillo para su destrucción al Monte del Destino.

Siguiendo las enseñanzas de la Summa Contra Gentiles, de santo Tomás de Aquino, Tolkien nunca cayó en la trampa de describir a un personaje u objeto como algo inherentemente bueno o malo. El mal, después de todo, es la ausencia del bien, por lo que no puede ser atribuido a una persona o cosa.

Incluso el Anillo Único, forjado por el poder mágico de Sauron, no es nunca caracterizado como el mal en sí mismo. Por el contrario, el poder de liderar a los fantasmas del anillo y la invisibilidad que confiere son considerados como tentaciones que hacen del anillo algo muy peligroso para quien lo use. Los hobbits resisten a esta fuerte tentación de pecado mortal que representa sólo porque parecen carecer de la capacidad para la vanagloria, pero eventualmente son disminuidos, física y espiritualmente, por los pecados veniales que éste inspira.

La Eucaristía y la Virgen en El Señor de los Anillos

Tolkien rehusó los intentos para encontrar un simbolismo católico en su trabajo ya que detestaba las "alegorías en todas las manifestaciones". Sin embargo, reconoció que su inconsciente sensibilidad católica inspiraba los personajes y objetos en su mundo imaginario. Admitió de buena gana que la Virgen María forja las bases para todas sus "pequeñas percepciones de belleza tanto en majestuosidad y simplicidad". No es sorprendente, admite el autor, que el personaje de Galadriel —dotada con radiante belleza, impecable virtud y poderes curativos— resuena con el personaje de la Virgen María.

Asimismo, Tolkien no puede negar que la Eucaristía aparece en El Señor de los Anillos como el "pan de camino" (lembas), dado por los elfos a los hobbits para comer durante su viaje. Las "lembas" refuerzan la voluntad de los hobbits y les provee del sustento físico necesario para atravesar las tierras oscuras en su viaje al Monte del Destino. Como enseña la Iglesia, mientras la Eucaristía aún parece y sabe como pan y vino, nuestras sensaciones abrigan un profundo misterio: la Eucaristía es verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo. Por lo que en El Señor de los Anillos, la Virgen María y la Eucaristía aparecen ocultas en los misteriosos elementos de la Tierra Media.

La mejor manera de entender esto es ver estos ejemplos del simbolismo católico como "accidentes literarios". Dejarlos a un lado podría restar validez a la historia, ya que ellos son parte del esfuerzo de Tolkien para hacer que su mundo sea completo, verdadero para todos los tiempos y lugares.

(Fuente: ACI)

EL OBSERVADOR 397-8

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CULTURA
La persona al centro (I)
Derechos humanos, organizaciones y responsabilidad social
Por Rodrigo Guerra López


Uno de los lugares comunes del pensamiento político y empresarial contemporáneo es precisamente colocar a la persona humana en el centro de todo dinamismo y preocupación. Ya sea para afirmar que las acciones gubernamentales se realizan por el beneficio de todos, ya sea para sostener que el recurso más importante de una organización es el ser humano, el tema del valor que posee la persona aparece recurrentemente. Sin embargo, la vuelta a la persona no siempre está acompañada de un regreso igualmente entusiasta por la vigencia y promoción de los derechos humanos. El tema de los derechos humanos resulta en ocasiones incómodo debido a que con singular fuerza coloca las exigencias básicas de la justicia en la mesa de discusión. A continuación trataremos de presentar algunas razones por las que pensamos que un auténtico enfoque centrado en la persona exige que todos ingresemos a un nuevo compromiso a favor de los derechos humanos.

1. Una época paradójica

La conciencia sobre la importancia que posee la dignidad humana es connatural a nuestra especie. Si bien es cierto que en ocasiones las maneras de expresar esta conciencia pueden ser rudimentarias o imprecisas, es un hecho que todo ser humano descubre en la relación con los demás que posee ciertas libertades y posesiones originarias que han de ser respetadas y afirmadas siempre. Baste mirar con atención el fenómeno de la indignación para percatarnos que existen experiencias concretas a través de las cuales no nos puede caber la menor duda que el ser humano merece ser respetado en su ser y en sus capacidades. Estas experiencias revelan no sólo que el hombre y la mujer somos seres racionales y libres sino que además muestran que poseemos un valor altísimo que designamos con el nombre de dignidad. La dignidad impone una obligación, un deber que, al ser reconocido por la razón, se convierte en norma fundamental de acción.

No podemos negar que ha sido un avance importante en la historia de la humanidad que este tipo de convicciones hayan permitido lograr un acuerdo fundamental entre la gran mayoría de las naciones de la tierra denominado Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, "la nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes". La paradoja de nuestro tiempo consiste, pues, en haber ampliado nuestra conciencia sobre la dignidad inalienable de la persona y no haber correspondido en los hechos a este redescubrimiento.

2. No basta la ley, no basta el consenso

Durante buena parte del siglo XX, gracias a las obras de diversos autores, entre los que destacó Hans Kelsen, una gran cantidad de personas creyeron que el derecho y la justicia eran reducibles a la ley positiva promulgada e impuesta por la autoridad pública. Un gobernante bajo el paradigma iuspositivista se encontraba en una posición particularmente privilegiada al momento de exigir el cumplimiento de la ley: en la vida pública no hay otra moral, no hay otro principio vigente más que la ley positiva. Sin embargo, los horrores de la II guerra mundial reinsertaron la pregunta fundamental que todo legislador y juez se hace día con día: ¿acaso no es posible pensar al derecho como derecho justo? El derecho ha legitimado los peores crímenes, ¿acaso no es necesario buscar nuevamente el derecho que debe-ser?

No es difícil descubrir que cuando la ley positiva no reconoce otro parámetro más que a ella misma lo legal puede devenir en injusto. Así es como en la segunda mitad del siglo veinte aparecen nuevos intentos para tratar de revitalizar los fundamentos del Derecho y para tratar de justificar con mayor fuerza los mismísimos derechos humanos. Sin embargo, más pronto que tarde, un nuevo problema apareció en la discusión: ¿será posible encontrar un fundamento para los derechos humanos o sólo será posible lograr un acuerdo práctico sobre ellos? Esta pregunta es resuelta de un modo consensualista por Norberto Bobbio. El famoso filósofo italiano dirá que el único fundamento posible de los derechos humanos es el que brota del consenso. Esta es una posición sumamente seductora ya que en la sociedad contemporánea la vida democrática y la discusión plural de las ideas se presta para buscar el consenso antes que la violencia al momento de contrastar posiciones y dirimir diferendos. Sin embargo, la idealización del consenso fácilmente vuelve a recaer en las contradicciones del iuspositivismo recién abandonado. Dicho brevemente: las personas podemos ponernos de acuerdo en cosas benéficas para todos o en cosas particularmente perversas, lo cual muestra que el consenso no basta para asegurar la justicia de los acuerdos.

Así podemos mirar que ambos elementos - la vigencia de la ley positiva y el consenso como mecanismo para lograr acuerdos - son condiciones necesarias pero no suficientes para la vigencia de los derechos humanos. Los derechos humanos no se fundan en la ley positiva o en el acuerdo de las partes sino que, precisamente, la ley y el acuerdo son justos si se basan en los derechos humanos. Los derechos humanos, a su vez, no tienen otro fundamento que la dignidad inalienable de la persona humana. La dignidad humana no es una abstracción, una utopía o un proyecto. La dignidad humana es un dato encontrable en la experiencia concreta que todos tenemos de nuestra propia humanidad y de la humanidad de los demás. La común humanidad nos hermana y nos permite afirmar que existe una ley anterior a toda ley positiva que brota de la condición personal. Esta ley natural no es una fantasía, no es un constructo arbitrario sino que es una exigencia objetiva que busca salvaguardar a la persona de cualquier instrumentalización o cosificación: "El derecho natural da al legislador normas particulares que hay que perfeccionar constantemente. No pretende ser un código de comportamiento social eterno y desligado de cualquier tipo de relación con la historia. Pero exige que, en los diversos terrenos de la existencia, la dignidad humana esté asegurada. Más bien que ejercer un control sobre el derecho positivo, el derecho natural tiende a expresarse concretamente en él y a vivificarlo. Por eso sigue siendo siempre válido cuando las más vergonzosas violaciones hieren al hombre...". De este modo, los derechos humanos son derechos naturales que posibilitan que lo legal sea, además de legal, legítimo, es decir, justo.

EL OBSERVADOR 397-9

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CULTURA
La alargada sombra de Davos: liberalización no es liberación
Por Carlos Díaz


Como dijera —junto a muchos otros— el sacerdote jesuita Ignacio Ellacuría, asesinado en El Salvador, una cosa es la liberalización y otra cosa muy distinta es la liberación. Los procesos de liberalización sólo son posibles si han antecedido procesos de liberación. Aquélla es cuestión de élites y para élites, mientras que ésta es proceso de mayorías populares, que empieza por la satisfacción de las necesidades básicas y construye después condiciones positivas para el disfrute razonable de las libertades. Querer plantear el problema de la libertad al margen de la liberación es querer evadir el problema. La libertad social y política supone una liberación de estructuras opresoras; supone, además, la creación de condiciones para que la capacidad y el ideal de la libertad política y social puedan ser compartidos equitativamente. No es aceptable la libertad de unos pocos sustentada en la esclavitud de los demás, o en la fáctica dependencia de la mayoría. Por ello la libertad debe verse desde su historización en las mayorías populares dentro de cada país y de los pueblos oprimidos en el conjunto del mundo. Es la entera humanidad la que debe alcanzar la libertad, y no unos cuantos privilegiados de la humanidad, sean individuos, clases sociales o naciones.

Desde esta perspectiva el problema de la prioridad de la justicia sobre la libertad o de la libertad sobre la justicia se resuelve por la unidad de ambas en la liberación. No puede darse justicia sin libertad ni a la inversa, aunque en el orden social y político haya una prioridad de la justicia sobre la libertad, pues no se puede ser libre injustamente, mientras que la justicia, al dar a cada uno lo que le es debido, no sólo posibilita la libertad, sino que la moraliza y justifica. La liberación de toda forma de opresión, cualquiera que ésta fuere, es, como proceso real de justificación, el medio real de potenciar la libertad y las condiciones que la hacen posible. La liberación es un proceso de «ajuste», en cuanto busca romper las cadenas interiores y exteriores; es un proceso «justo», en cuanto trata de superar lo injusto; y es un proceso «justificador» en cuanto busca crear condiciones adecuadas para el desarrollo pleno de todos y para un equitativo uso de las mismas.

Así las cosas, concluye Ellacuría, «la liberación no puede consistir en un paso de la pobreza a la riqueza haciéndose ricos con la pobreza de los otros, sino en una superación de la pobreza por la vía de la solidaridad. Se trata, eso sí, de los pobres con espíritu, de los pobres que asumen su situación como fundamento en la construcción del hombre nuevo. Desde la materialidad de la pobreza de los pobres con espíritu, ésta se levanta activamente hacia un proceso de liberación solidaria, que no deja fuera a ningún ser humano. Dicho de otro modo, se trata de unos pobres activos, a quienes la propia necesidad aguijonea para salir de una situación injusta. De ahí que este hombre nuevo se defina en parte por la protesta activa y la lucha permanente, que buscan superar la injusticia estructural dominante, considerada como un mal y pecado, pues mantiene a la mayor parte de la población en condiciones de vida inhumana. Lo negativo es esta situación que, en su negatividad, lanza como un resorte a salir de ella; pero lo positivo es la dinámica de superación».

Nosotros, seguidores de Jesús, no somos fans del liberalismo capitalista: no se puede servir a dos señores. Hasta mentira parece tener que recordarlo, antes y después de Davos.

EL OBSERVADOR 397-10

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DEBATE
Laicismo intolerante: automarginación católica
+ Mario De Gasperin Gasperin, obispo de Querétaro

La Congregación para la Doctrina de la Fe, que preside el cardenal Joseph Ratzinger, acaba de publicar, con la aprobación del papa Juan Pablo II, una Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, que será muy comentada, silenciada o desvirtuada por la prensa, según conveniencia, como suele pasar.

La Nota señala que la democracia es el sistema que mejor expresa la participación de los ciudadanos en las opciones políticas hoy en día y que no es tarea de la Iglesia formular propuestas concretas, mucho menos soluciones únicas, para las cuestiones temporales. Éstas Dios las ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno e invita a los fieles católicos a participar de manera activa en los asuntos públicos.

En México los católicos no sólo se han visto marginados de la vida pública, sino que ellos mismos se han retraído, automarginado. Esto es consecuencia del laicismo intolerante, como lo llama el documento, que se ha impuesto durante el último siglo. La laicidad debe entenderse como la aconfesionalidad del Estado, basada en el respeto y promoción de la dignidad de la persona. Laicismo no es sinónimo de neutralidad y mucho menos de hostilidad hacia las expresiones religiosas, sino reconocimiento y tutela. El derecho a la libertad religiosa, como la misma democracia, se asienta en la dignidad de la persona humana, es anterior al Estado y éste lo debe proteger. Es su deber.

La "laicidad", señala la Nota, indica, en primer lugar, la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Este párrafo explica la confusión que hemos padecido. Se ha llegado a pensar que el católico quiere o debe imponer su fe al gobernar. No. Una doctrina o norma específicamente religiosa no debe convertirse en una ley del Estado, pues no sólo viola otros derechos inalienables sino que se revierte contra la misma libertad religiosa. El bien común se edifica no sobre valores confesionales sino en exigencias éticas que radican en la naturaleza humana y pertenecen a la ley moral natural.

Pero llega a suceder, como es el caso del cristianismo, que los principios de la ética natural también coinciden con los postulados religiosos. Esta convergencia es feliz y apunta hacia la veracidad de la fe, pues la verdad es una; pero no se debe gobernar desde la fe como tampoco en contra de la fe, sino desde la ley natural común a todos los hombres. Es sana la sintonía entre fe y razón, pero perniciosa la mezcla de religión y política. Cuando se ha dado esta confusión se han provocado enfrentamientos dolorosos y los católicos han optado por distanciarse de la vida pública nacional, causando un inmenso daño al país y a sus conciencias.

En efecto, dice la Nota, cuando se niega la relevancia política y cultural de la fe cristiana se termina negando la misma posibilidad de la ética natural. Esta es una verdad que ha traído gravísimas consecuencias hasta el punto de producir una anarquía moral. Se rechaza la doctrina de la Iglesia en asuntos vitales del comportamiento social, pensando que son pretensión e imposición católica, cuando se trata de la mera ley natural y de los derechos fundamentales del hombre. La Iglesia rechaza el divorcio, la prostitución, el aborto, la eutanasia, la clonación y manipulación de los embriones humanos y enseña la observancia del decálogo, no porque sean valores confesionales (que también lo son), sino porque pertenecen al ámbito de la ley natural y a la inviolable dignidad de la persona. Valen, por tanto, para todos los hombres y en todas las circunstancias.

Un ejemplo notable de esta confusión está en el campo de la educación. Cuando la Iglesia exige el respeto a la libertad de los padres para educar a sus hijos según sus convicciones, no lo hace porque quiera enseñar a todos el catecismo, sino porque es un derecho inalienable de los progenitores respecto a sus hijos. Está consignado en las declaraciones internacionales de los derechos del hombre. Un Estado democrático sólo es posible si se fundamenta en una recta concepción de la persona humana y en el respeto irrestricto a su dignidad y a sus derechos en todos los campos de su existencia. No se puede ser demócrata en un campo y en otro intolerante.

El laicismo intolerante que se nos impuso violentando las conciencias, aunado a la automarginación de los católicos del compromiso público, están en la raíz de la omnipresente descomposición social que nos agobia. Tenemos ya, en ciernes, una democracia formal; necesitamos ahora una educación capaz de brindarle sustento y católicos decididos a darle cumplimiento.

EL OBSERVADOR 397-11

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PICADURA LETRÍSTICA
La mejor lengua, la española (o castellana)
Por J. Jesús García y García


Cada cual llama cisnes a sus gansos
CHARLES DICKENS

Entre los acontecimientos interesantes de que se tiene exacto registro cronológico hay dos curiosísimos que marcan los días precisos en que desaparecieron sendas lenguas: 26 de diciembre de 1777 y 10 de junio de 1898. Dice Bertil Malmberg (La lengua y el hombre) que en la primera de estas fechas murió una mujer de 102 años de edad, llamada Dolly Pentreath, la última persona que hablaba el córnico, lengua céltica que en los tiempos antiguos había sido la materna de la población de Cornualles, Inglaterra; y en la segunda fecha murió Antonio Udina, el postrer hablante del dálmata, lengua románica que antaño se habló a lo largo de la costa oriental del Adriático y en sus islas. Ciertamente alguien podría interponer un argumento contrario: una lengua hablada sólo por una persona no es, en realidad, una lengua, pues ésta es un medio de comunicación y se exigen, por lo menos, dos personas para que pueda darse una situación lingüística. Pero los finados de que se habla podían, al menos, pensar en aquella lengua que se había vuelto privativa suya; podían hablar consigo mismos, lo cual es también un tipo de comunicación lingüística, en la que el hablante resulta a la vez emisor y receptor.

Es posible, pues, conocer el momento en que una lengua muere. Pero, puestos en la banda contraria, nos es absolutamente imposible determinar en caso alguno la fecha en que una lengua nace: todas son un tesoro de propiedad colectiva, acumulado durante siglos. Lengua, dice la Academia, es un "sistema de comunicación y expresión verbal propio de un pueblo o nación, o común a varios". Y aquí hay un punto de teoría muy digno de tomarse en cuenta: "cada lengua segmenta la realidad de una manera particular... una vez que una comunidad idiomática está acostumbrada a organizar la realidad a través de su lengua, le resulta difícil considerarla a través de otra: la lengua condiciona su manera de ver el mundo" (Raúl Ávila, La lengua y los hablantes).

De los orígenes de esta lengua española que a nosotros nos hace ver el mundo de un modo particular, muy querido; que hoy vemos esplendorosamente viva, situada en algo así como el cuarto lugar entre las más importantes del mundo, hablada en más de veinte países por casi 400 millones de personas, lo más que podemos relatar es que empezó a desarrollarse hacia el siglo IX, que en el siglo XII hizo una triunfal aparición en la literatura con el famoso Poema del Cid, y que su forma moderna data del siglo XVI, proyectándose tal vez para siempre. Su prosapia queda ilustrada con aquella anécdota atribuida a Carlos I de España y V de Alemania, quien habría dicho que para hablar a su caballo siempre usaba la lengua alemana; para hablar a una mujer, la italiana; para hablar a un hombre, la francesa; mas para hablar a Dios, la castellana. Un juicio muy compatible con el anterior fue recogido en cierto círculo por Gonzalo Correas y llegó a nosotros versificado por Juan de Iriarte:

"Silbido es la lengua inglesa,
es suspiro la italiana,
canto hermoso la hispana,
conversación la francesa,
y relincho la alemana".

De donde resulta que somos —a mucha honra— apasionados irreductibles de nuestra lengua.

Personas hay que calculan entre seis mil quinientas y diez mil (sin contar los dialectos) el número de lenguas que se hablan en el mundo: unas, en grandes naciones; otras, entre pequeños grupos étnicos. Estas últimas están, lógicamente, más propensas a la muerte. ¿Llegará el día en que el mundo hable una sola lengua universal? Dos son, por su proliferación actual, las más lógicas candidatas a ese puesto: el mandarín, hablado en China, y el inglés, hablado en muchas partes del mundo. Pero la elección sería sumamente difícil y, cualquiera que fuese la lengua elegida, hallaría serias oposiciones tanto en el plano político como en el cultural.

EL OBSERVADOR 397-12

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TEMAS DE HOY
La globalización: desafío ético (II)
Por Humberto M. Marsich, m.x.


Implicaciones de la globalización.-

a) La sociedad planetaria.- En los últimos años el término globalización se transforma cualitativamente: del campo económico pasa también al político, afectando, fundamentalmente, la misma noción de soberanía nacional y el concepto tradicional de "estado-nación". Una primera consecuencia es la supremacía de la Organización Mundial de Comercio (OMC): sus acuerdos se convierten en vinculantes y por encima de las normas de cada país. Se pasa, así, del concepto original de "mercados globales" a la "globalización política", en la cual los estados-nación deben adaptarse a los cambios tecnológicos y al funcionamiento de redes de las empresas y corporaciones transnacionales. Se presenta a la globalización como una gran oportunidad histórica y a la cual deben sujetarse las políticas de todos los estados para evitar la exclusión. Desaparece el estado-nación para dar espacio a una "sociedad planetaria" de desiguales, donde las grandes decisiones son de las corporaciones transnacionales y de los países más fuertes. Los estados, o sus remanentes, son obligados a ser guardianes de este nuevo "orden internacional". La nueva realidad social nos obliga, poco a poco, a superar el concepto tradicional de soberanía nacional.

Lo que sobresale, entonces, en este nuevo panorama de la economía mundial es la extraterritorialidad del poder, o sea, el auge y el encumbramiento de una nueva autoridad sobrenacional (FMI, Banco Mundial, Transnacionales, Organización Mundial del Comercio, etc.) que dicta las leyes de la economía, las normas del mercado y la reglamentación del trabajo desplazando el "poder político" y reduciéndolo a un papel de segundo orden y menor relevancia. Mejor: de sujetamiento y dependencia. Las democracias, con su imagen de un poder participativo y dialogante, difícilmente podrán enfrentarse a este nuevo e "impersonal" poder global, que se manifiesta renuente a todo cuestionamiento y a toda regla. Lo demuestra la reiterada represión de todo intento cuestionador de los organismos inconformes y no gubernamentales como los globalifóbicos.

Lo cierto es que hoy no tenemos ninguna estrategia capaz de oponerse a los efectos desestabilizadores de este economicismo global y aplastante de toda dignidad humana, de todo poder político y de toda soberanía nacional.

b) La financiarización de la economía.

Lo que más se está "globalizando", o sea, extendiendo entre todas las naciones del mundo "forzosamente", son las finanzas (financiarización de la economía), el mercado, la competencia, los modelos de consumo de productos impuestos y al alcance sólo de ciertas clases sociales y un cierto tipo de cultura consumista y sin límites éticos. Es así como, progresivamente, los estados nacionales van debilitándose y subordinándose a los "actores sobrenacionales", a sus decisiones y a su poder. Las transnacionales globalizan los productos, o sea, los producen y los venden por todo el mundo, pero concentran siempre más en menos manos, las utilidades y la consecuente riqueza. Conquistados los mercados mundiales operan cínicamente en términos de inversiones. Se invierte donde más barata es la mano de obra, convirtiendo el trabajo en un espacio de explotación; donde la transportación es más eficiente y de menor costo y donde la tecnología es más avanzada. El único fin de esta economía es el "provecho", o sea, el enriquecimiento de pocos y el empobrecimiento de muchos.

Esto significa que las inversiones "en acciones"de los países industrializados se han orientado hacia "mercados emergentes" facilitándoles fuertes ganancias. El Norte del mundo es quien se está enriqueciendo y a como dé lugar. El capitalismo, hoy, se ha globalizado porque extiende sus tentáculos en todo el mundo. La financiarización de la economía representa un poderoso instrumento de amplificación de la capacidad de especular sobre los movimientos de mercado y de divisas, convirtiéndose, así, en un factor decisivo del destino de muchos países, sobre todo de los más pobres, porque más indefensos y también más corruptos. Observadores atentos, como S. Latouche, han llegado a afirmar que, con la globalización, ha muerto el desarrollo y se han profundizado las desigualdades sociales.

La polarización de la riqueza entre las naciones y entre los individuos alcanza, hoy, niveles nunca conocidos. La riqueza del planeta ha aumentado seis veces más, desde el 1950; sin embargo, ha disminuido en 100 países sobre 170; las 32 personas más ricas del mundo tienen un rédito igual al producto interno de toda el Asia del Sur. En estas condiciones no es ya actual hablar de desarrollo.

El hombre, hoy, vive en una situación dramáticamente precaria, o sea, sin seguridades y dependiente de las frágiles burbujas de la especulación. Hay, aquí, un nuevo dato: mientras, en el pasado, las desigualdades podían implicar dinámicas de absorción y de reducción de pobreza, hoy los fenómenos de abandono y de marginación, propios de la sociedad global, son definitivos y estructurales. La familia humana, si no pone remedio a esta situación, está encaminada hacia su inevitable destrucción.

Hoy la convivencia debe ser de todo el género humano como también lo debe ser el concepto del "bien común"; está naciendo una nueva "polis", no como summa de estados, sino como "familia humana"; sin embargo, encuentra aún muchos obstáculos.

En lugar de haber globalizado un auténtico bien común, se han globalizados fines privados y bienes particulares de grupos financieros, de algunas personas y de pocos países.

EL OBSERVADOR 397-13

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FIN

 
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