El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
27 de abril de 2003 No.407

SUMARIO

bulletLa Iglesia vive de la Eucaristía
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - La Presencia verdadera
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - ¡Paz a ustedes! ¡Oh Buena Noticia tan esperada y deseada!
bulletVIENTOS DE HOLANDA - «Fuego amigo»
bulletA ese niño iraquí
bulletFAMILIA - La vida familiar y su valor permanente
bulletPINCELADAS - Aguda «banderilla»
bulletDOCUMENTOS - Un católico vota así
bulletLOS VALORES DE LOS MEXICANOS - El amor como valor en la familia
bulletCULTURA - La lucha
bulletPICADURA LETRÍSTICA - Los títulos, obstáculos a la comunicación

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La Iglesia vive de la Eucaristía
Decimocuarta carta encíclica de Juan Pablo II


El pasado Jueves Santo el papa Juan Pablo II firmó su decimocuarta carta encíclica, Ecclesia de Eucharistia (La Iglesia vive de la Eucaristía), durante la Misa In Cena Domini, en el marco litúrgico del comienzo del Triduo Pascual. Esta nueva encíclica es relativamente breve pero densa en sus aspectos teológicos, disciplinares y pastorales.

Bien puede decirse que Ecclesia de Eucharistia es la encíclica más personal que ha escrito el actual pontífice; presenta pasajes de fuerte carga poética, armonizados por momentos en los que el pontífice, ofreciendo notas autobiográficas, «confiesa» al lector su pasión por la Eucaristía. Se trata de un estilo testimonial que no es común a este tipo de documentos pontificios.

También hace aportaciones inesperadas, como la decisión de dedicar el último capítulo a María, a la que define mujer «eucarística».

Aquí se explica muy brevemente el contenido de cada uno de los seis capítulos y la conclusión de que consta este documento.

Primer capítulo, «Misterio de la fe»

Explica el valor sacrificial de la Eucaristía que, por el ministerio del sacerdote, hace sacramentalmente presente en cada Misa el cuerpo «entregado» y la sangre «derramada» para la salvación del mundo. La celebración de la Eucaristía no es una repetición de la Pascua de Cristo, su multiplicación en el tiempo y los diversos lugares, sino el único sacrificio de la Cruz que se hace presente hasta el fin de los tiempos. Es «fármaco de inmortalidad», como afirma san Ignacio de Antioquía. Como prenda del Reino futuro, la Eucaristía estimula el sentido de responsabilidad de los creyentes respecto al mundo presente, donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres esperan la atención de alguien que, con su solidaridad, les ayude a esperar.

Segundo capítulo, «La Eucaristía edifica la Iglesia»

Cada vez que el fiel participa en el Sagrado Banquete, no sólo recibe a Cristo, sino que es recibido a su vez por Cristo mismo. El Pan y el Vino son la fuerza que da unidad a la Iglesia. Ésta se une a su Señor que, bajo la apariencia de las especies eucarísticas, habita en ella y la edifica. Lo adora no solamente durante la Santa Misa, sino en todo momento, custodiándolo como su más preciado «tesoro».

Capítulo tercero, «Apostolicidad de la Eucaristía y de la Iglesia»

Así como no se da la integridad de la Iglesia sin la sucesión apostólica, tampoco hay verdadera Eucaristía sin el Obispo. Quien «hace» la Eucaristía actúa en persona de Cristo Cabeza; por eso no posee ni puede disponer de la Eucaristía, sino que es siervo para el bien de la comunidad de los redimidos. De esto se sigue que la comunidad cristiana no «posee» la Eucaristía, sino que la recibe como don.

Capítulo cuarto, «La Eucaristía y la comunión eclesial»

La Iglesia, al administrar el Cuerpo y la Sangre para la salvación del mundo, se atiene a lo que Cristo mismo ha establecido. Fiel a la doctrina de los Apóstoles, unida en la disciplina sacramental, debe manifestar incluso de manera visible la unidad invisible que la caracteriza. La Eucaristía no puede ser «usada» como instrumento de comunión, sino que, más bien, la presupone y la convalida. En esta perspectiva se ha de considerar el camino ecuménico que atañe a todos los discípulos del Señor: la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión cuando se celebra en la verdad. No puede estar a merced del arbitrio de los individuos o de comunidades particulares.

Quinto capítulo, «Decoro de la celebración eucarística»

La celebración de la «Misa» comprende aspectos exteriores cuyo cometido es subrayar la alegría que embarga todos los que se reúnen en torno al don inconmensurable de la Eucaristía. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la literatura y, en general, el arte en todas sus manifestaciones, dan testimonio de cómo la Iglesia a lo largo de los siglos no ha tenido reparos en «derrochar» para mostrar así el amor que la une con su divino Esposo. También en las celebraciones de hoy se ha de recuperar el gusto por la belleza.

Sexto capítulo, «En la escuela de María, mujer 'eucarística'»

Se centra con original actualidad en la sorprendente analogía entre la Madre de Dios, que gestó el cuerpo de Jesús y se convierte en el primer tabernáculo, y la Iglesia, que en su seno custodia y da al mundo la carne y la sangre de Cristo. La Eucaristía se da a los creyentes para que su vida sea un perenne Magnificat a la Santísima Trinidad.

Conclusión

Quien desea seguir el camino de la santidad no necesita nuevos «programas». El programa ya existe: es el mismo Cristo. La puesta en práctica de este programa pasa a través de la Eucaristía. Lo atestiguan los santos, que en cada instante de su vida han saciado su sed en la fuente inagotable de este Misterio.

EL OBSERVADOR 407-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
La Presencia verdadera

Por Jaime Septién


¡Qué emocionante encíclica ha publicado el Papa! Su tema: la Eucaristía; su importancia: la vida misma de la Iglesia. Y es que los católicos hemos abandonado, en mayor o menor medida, la intensidad del momento eucarístico, la comunión con Cristo, como fundamento de toda nuestra vida.

El pensador alemán Nietszche se burlaba de los católicos porque cuando salíamos de la misa en lugar de tener cara de resucitados nos poníamos a hablar del tiempo, de si iba a llover o del último escándalo de la política. Una señora mexicana, protestante, le dijo a un sacerdote católico español que la razón de peso por la que ella no creía que Cristo estaba en la Sagrada Forma es que ella no veía congruencia entre nosotros. Decía: "Si de verdad estuviera, los católicos se la pasarían todo el día frente al Sagrario; si yo creyera lo que creen ustedes, no saldría nunca del templo".

Es, por desgracia, muy cierto. Cuánta falta nos hace a los católicos hablar, hablar mucho, hablar muchísimo de la Eucaristía: ¡ahí está Dios con nosotros! En el fondo, como que no nos la creemos. Como que forzamos las cosas para recibir con devoción un pedazo simbólico de pan, bromeando, incluso, sobre su consistencia, sobre la Presencia divina en él.

A la gente de la Adoración Nocturna, por ejemplo, no se nos ocurre admirarlos. Nos parece que "pierden" un poco el tiempo. Nosotros salimos a "ganarlo", transformándolo en dinero. Ellos se quedan ahí, adorando al Amor, como diría San Francisco de Asís. Marta y María; pero la que se queda con Cristo, lo dijo Él mismo, se lleva la mejor parte.

Sin la Eucaristía, la Iglesia sería una especie de museo, ha dicho el cardenal Ratzinger. Agrego: un museo desolado y desolador. Juan Pablo ll va a la esencia misma del ser de la Iglesia: sin la Eucaristía, esta amada Iglesia nuestra, que congrega a mil 300 millones de seres humanos, sería —¿me permiten el término?—una gran impostura.

La Iglesia verdadera, la que fundó Cristo y de la cual Pedro fue cabeza, no está sustentada en simbolismos, metáforas, realidades supuestas. En la Sagrada Forma está Cristo. No, no es un cuento de hadas ni un ejercicio para atraer señoritas casaderas: es la historia de amor más grande de la Historia, encerrada en el signo visible y tangible de un trozo de pan.

EL OBSERVADOR 407-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
¡Paz a ustedes! ¡Oh Buena Noticia tan esperada y deseada!


Así habló Juan Pablo II durante su tradicional mensaje Urbi et Orbi en el Domingo de Resurrección, ante más de cien mil peregrinos que se congregaron en la plaza San Pedro a pesar de la fuerte lluvia:

«¡Aleluya! Resuena alegre el anuncio pascual: ¡Cristo ha resucitado, ha resucitado verdaderamente!

«Con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la férrea ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa.

«'¡Paz a ustedes!'. Éste es el primer saludo del Resucitado a sus discípulos; saludo que hoy repite al mundo entero. ¡Oh Buena Noticia tan esperada y deseada! ¡Oh anuncio consolador para quien está oprimido bajo el peso del pecado y de sus múltiples estructuras! Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, proclamamos hoy la esperanza de la paz, de la paz verdadera, basada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad.

«Que se trunque la cadena del odio que amenaza el desarrollo ordenado de la familia humana. Que Dios nos conceda ser liberados del peligro de un dramático choque entre las culturas y las religiones. Que la fe y el amor a Dios hagan a los creyentes de cada religión valientes artífices de comprensión y perdón, pacientes constructores de un provechoso diálogo interreligioso, que inaugure un era nueva de justicia y de paz.

«Como a los Apóstoles asustados en la tempestad del lago, Cristo repite a los hombres de nuestro tiempo: '¡Ánimo, soy yo, no teman!'. Si Él está con nosotros, ¿por qué tener miedo? Aunque parezca muy oscuro el horizonte de la humanidad, hoy celebramos el triunfo esplendoroso de la alegría pascual. Si un viento contrario obstaculiza el camino de los pueblos, si se hace borrascoso el mar de la historia, ¡que nadie ceda al desaliento y a la desconfianza! Cristo ha resucitado; Cristo está vivo entre nosotros».

EL OBSERVADOR 407-3

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VIENTOS DE HOLANDA
«Fuego amigo»

Por Javier Menéndez Ros / Rotterdam


Una de las expresiones ahora en boca de todos es la curiosa expresión de «fuego amigo» que tantos estragos causó entre las filas anglosajonas en la guerra de Iraq. Por ella entendemos cuando, por error, accidente o simple mala casualidad, herimos o matamos a alguno de nuestros soldados, personal sanitario, periodistas, etc., con nuestras propias armas.

Parece que ya en la anterior guerra de Iraq se produjeron más muertos en filas británicas por este motivo que las causadas por el propio enemigo. Indudablemente en una guerra, y pese al avance de la tecnología, la posibilidad de accidentes de este tipo se multiplica enormemente. Pero ya nos advertían desde bien pequeñitos que no jugásemos con fuego, pues «acabaría quemándonos», y que tuviésemos cuidadito con las armas de fuego, pues de todos es sabido «que las carga el diablo».

Hace pocos días me sorprendió en el telediario la noticia de que en Iraq soldados británicos habían rescatado con vida de un incendio a una pequeña de seis meses, aunque su cara estaba seriamente dañada. Como gran gesto humanitario habían decidido trasladarla a Inglaterra y rodearla de todos los cuidados requeridos en la unidad especial de quemados de un famoso hospital. Parece ser también que algunos ingleses habían donado dinero y se habían interesado por la niña y por el gesto. Y a mí no es que me extrañe el hecho en sí, pues de lo contrario pensaría que los soldados aliados son unos salvajes inhumanos, sino lo que no entiendo es que nos quieran vender lo acaecido como una luz de esperanza en medio de las sombras de esta guerra, cuando cabe pensar que la niña nunca estaría quemada si no fuera porque «alguien» decidió bombardear su casa.

Creo que mucho dinero en ayuda humanitaria, mucho, muchísimo dinero en reconstrucción, y mucho, muchísimo dinero en medicinas, atención médica, etc., nos lo podíamos haber ahorrado si esta guerra no hubiera empezado.

El «fuego amigo» ha matado soldados británicos y estadounidenses. Ha matado kurdos y periodistas. Ha matado a mucha población civil. Para ellos sobra el calificativo de «amigo», pues el fuego les ha arrebatado su último soplo de vida. Los incendios no se apagan sólo con agua y tiempo. Las quemaduras posiblemente quedarán sin cicatrizar en muchos corazones que no han entendido la razón de tanta violencia y tanta muerte. En algunos no hará sino alimentar el «fuego» de la venganza y del odio. Alguno podría preguntarse en el futuro: ¿qué haré yo cuando, tarde o temprano, el fuego que encendí se abalance, voraz, sobre mí?

EL OBSERVADOR 407-4

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A ese niño iraquí

Por Pilar González, «una madre rica occidental» / La Haya

A ti, que me miras con esos intensos ojos negros, quiero decirte:

Perdona, porque este mundo está loco, y tú, desde luego, no tienes la culpa. ¿Por qué yo te puedo ver sentada desde mi cómodo sillón mientras tú estás en un colchón mugriento en medio de una calle bombardeada? ¿Por qué tú y no yo? Me siento una privilegiada y quiero que tu imagen no se me olvide nunca. Yo tengo mucho, y tú, casi nada... sólo a tu madre que, vestida de negro, te da la mano...

Escucha: Dios no quiere tu dolor, no pienses que Él es malo porque la guerra te escupe su fuego. La guerra la hace el hombre porque es libre, y parece que a menudo prefiere elegir el mal antes que el bien. Dios nos regaló la creación perfecta y sin pecado, nos dio un mundo precioso para estrenarlo y disfrutarlo, pero nosotros nos empeñamos en estropearlo.

Mira esos edificios que se desmoronan a tu alrededor, ahora están horribles, pero muy pronto —¡eso esperamos!— volverá a florecer la primavera en Iraq. Tus padres, tus hermanos y todo el pueblo iraquí ayudarán a reconstruir nuevas casas, nuevos hospitales, nuevas mezquitas, y hasta tendréis un nuevo campo de futbol enorme para que tú puedas jugar en él. Pero se necesitará más que tiempo y dinero para reconstruir los corazones heridos, los corazones destrozados por la guerra. Y para eso te necesitarán.

Mientras... mira a los ojos de tu madre, también oscuros como los tuyos. Ella te cuidará siempre, haya guerra o paz, esté cansada o no, porque te quiere incondicionalmente. Mírala fijamente, pues sólo en ella encontrarás paz.

Y... gracias porque hoy, al verte sufrir —y lo siento hondamente— me he cuestionado muchas cosas. He pensado en mis pequeños dolores y malestares, y de repente se han vuelto minúsculos. Desde hoy voy a querer más a mis hijos, valoraré más las camas mullidas en las que pueden descansar, sus edredones calientes que los cubren, su casa confortable que los acoge, que no será bombardeada esta noche, y voy a intentar que ellos lo valoren también. Gracias porque cada día, al levantarme, apreciaré más el cantar de los pájaros. Y cuando mis hijos griten o se peleen por las mejores galletas de chocolate, pensaré que quizá tú nunca te las puedas llevar a tu boca.

EL OBSERVADOR 407-5

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FAMILIA
La vida familiar y su valor permanente

Por Marisela Enríquez de Ledesma (Asociación Internacional para la Educación Familiar)


"No hay malas hierbas ni hombres malos.
No hay más que malos cultivadores".
Víctor Hugo

Nadie se atreve a dudar que la familia es la mas grande influencia en la formación y construcción de la personalidad del ser humano. Es en ella donde se forman las actitudes que el futuro adulto habrá de tener ante la vida. Es la primera escuela que nos permite abrirnos a la vida, relacionarnos con otras personas. La familia nos brinda la más grandiosa oportunidad de trascender, de dejar huella, de conformar cotidianamente nuestra biografía personal. Es el campo de cultivo más fértil de la persona.

De la familia recibimos el ser, la identidad. En ella —donde se cubren nuestras primeras necesidades de alimentación, afecto, seguridad, apoyo y ayuda incondicional— se reciben las primeras normas de conducta, de convivencia; se aprenden las pautas morales y religiosas, se adquieren valores y virtudes que nos preparan para integrarnos a la sociedad.

La familia humaniza el ser biológico, ya que es donde el hombre encuentra la oportunidad de perfeccionamiento y crecimiento desde lo más íntimo de su ser.

Es en la familia donde, indudablemente, se viven los momentos de mayor felicidad, pero también de mayor angustia; donde se conoce más de cerca la alegría y el dolor, donde se aprende a dar y recibir, donde se es plenamente persona.

Las actitudes de cada uno de nosotros nacen y se hacen primordialmente en la vida familiar, en la convivencia cotidiana con cada uno de los miembros que la conforman.

En las personas con las que convivimos fuera del ámbito familiar podemos apreciar diferentes formas de pensar respecto a una misma situación, y es que cada uno de nosotros ha sido educado en un ambiente familiar único: nuestros conocimientos, habilidades, aprendizajes, gustos, planes, aficiones, todo ello esta condicionado por la educación que se ha recibido en la familia.

La apreciación del mundo, el optimismo o pesimismo para realizar proyectos y tareas, la confianza o desconfianza en los demás seres humanos, y la actitud y los sentimientos o resentimientos ante la vida, tienen sus más profundos cimientos en la vida familiar.

Es la familia la que nos enseña a enfrentar situaciones adversas; es en ella donde se conforma una personalidad fuerte o débil, donde las alas de la libertad toman forma o se deforman. Es en la familia donde se aprende la mejor partitura musical, que habrá de hacer de nuestra vida una obra maestra excepcional que nos encamine al éxito o una pieza mediocre que deje en nosotros un sentimiento de frustración con un vacío espiritual asfixiante.

Este artículo es una invitación a todos los padres de familia para que hagan de su vida familiar el más extraordinario campo de cultivo del ser humano.

Agradezco sus comentarios y sugerencias,y los invito a visitar la página de la ASI: www.educacionfamiliar.org.mx Consultoría: 014421909243 E. Mail: www.consultoriafamiliar@hotmail.com.mx

EL OBSERVADOR 407-6

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PINCELADAS
Aguda «banderilla»

Por Justo López Melús *


Un escritor indio nos obsequia con esta aguda «banderilla»: «Un día estaba yo a la orilla de un río. Saqué del agua una piedra y la rompí. Su interior estaba completamente seco. Llevaba siglos en el agua, pero el agua no había penetrado en ella. Igual sucede con los hombres de Europa. Llevan siglos inmersos en el cristianismo, pero no ha penetrado en ellos. La culpa no está en el cristianismo, sino en los corazones cristianos».

Gandhi lo remachó: « «He visto al mundo pendiente de una revolución que inició Cristo y que los cristianos no han sabido continuar». Bernanos lanzó este desafío: «¿Son capaces de reformar el mundo?, ¿sí o no? El Evangelio siempre es joven. Son ustedes los viejos».

* Operario Diocesano en San José de Gracia en Querétaro.

EL OBSERVADOR 407-7

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DOCUMENTOS
Un católico vota así

Instrucción Pastoral sobre las Elecciones


La democracia no se sustenta sin la verdad. Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente (Juan Pablo II).

I. ENSEÑANZA DE LA IGLESIA:

1. La Iglesia católica no tiene partido. Como institución, la Iglesia acoge a todos los bautizados y no apoya a ningún partido político; más aún, acepta que una misma fe puede inspirar opciones políticas diversas.
2. Los fieles católicos pueden afiliarse y votar libremente por el partido político y por el candidato que, sin contradecir sus convicciones morales y religiosas, mejor responda al bien común de los ciudadanos.
3. La jerarquía de la Iglesia, es decir, los diáconos, presbíteros y obispos, no pueden afiliarse a ningún partido político, ni apoyar públicamente a un candidato en particular. Es su derecho y deber proponer los principios morales que deben regir el orden social y, en privado, votar por quien quieran.
4. Los fieles católicos están obligados a ser coherentes con su fe en público y en privado; no pueden, por tanto, sin traicionarse a sí mismos, adherirse o votar por un partido o por un candidato contrario a sus convicciones religiosas y a sus exigencias morales.

II. POR TANTO, UN CATÓLICO:

5. No puede votar por un partido o por un candidato que esté en contra del respeto absoluto que se debe a la vida humana desde la concepción hasta su desenlace natural, como serían los que propician el aborto, la eutanasia o la manipulación de los embriones.
6. No puede votar por un partido o por un candidato que no respete la dignidad de la persona humana, como serían los que defienden o promueven la prostitución, las uniones homosexuales o lesbianas, los anticonceptivos físicos o químicos, la pornografía especialmente la infantil, la clonación humana, el uso o tráfico de drogas, la venta indiscriminada de alcohol, el machismo, la discriminación étnica y racial.
7. No puede votar por un partido o por un candidato que no respete el derecho primario de todo hombre o mujer a practicar, en privado o en público, individualmente o en grupo, sus creencias religiosas; o que obstaculice de cualquier manera la enseñanza de la religión, prohíba las manifestaciones públicas de fe o se oponga a la instalación de los lugares para el culto que pida la comunidad.
8. No puede votar por un partido o por un candidato que se oponga o niegue el derecho inalienable de los padres de familia a escoger el tipo de educación que, de acuerdo a sus convicciones, quieran para sus hijos.
9. No puede votar por un partido o por un candidato que no le garantice, con certeza moral, que utilizará honestamente los dineros y bienes públicos; que va a cumplir lo que promete; que buscará el bien común y no el provecho propio y de sus colaboradores.
10. No puede votar por un partido o por un candidato que no se comprometa a promover la dignidad de la familia fundada sobre el matrimonio monogámico entre personas de opuesto sexo; a combatir la violencia, la drogadicción, la injusticia institucionalizada, la corrupción pública y que no haga propuestas creíbles en favor de los más necesitados.

III. AL CONTRARIO, UN CATÓLICO:

11. Debe votar, preferentemente, por un candidato que respalde con su ejemplo las virtudes humanas y cristianas como son el respeto a los demás, el saber escuchar, el diálogo, el decir la verdad, la honestidad, la vida morigerada, la fidelidad conyugal y el amor a su familia.
12. Debe votar, preferentemente, por un candidato que demuestre con hechos su espíritu de servicio a los demás, con especial preferencia hacia los pobres y que en todo y sobre todo defienda la dignidad de la persona humana.
13. Debe votar, preferentemente, por un candidato que tenga cualidades de gobierno y que garantice la vigencia del estado de derecho mediante la aplicación de la ley, sin excepción de personas o de cargos.
IV. POR ESO, UN CATÓLICO CUMPLE ASÍ LOS DIEZ MANDAMIENTOS:


14. 1°) Amar a Dios sobre todas las cosas. El partido político o el candidato no pueden ser amados más que Dios: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (S. Pedro: Hechos 5,2).
2°) No jurar el nombre de Dios en vano: No se puede usar a Dios o la religión para hacer propaganda política o para ganar votos.
3°) Santificar las fiestas: El domingo es día de guardar, de descanso y dedicado a la familia; es Día del Señor, para ir a misa.
4°) Honrar a tu padre y a tu madre: El respeto a los padres está sobre el respeto a los jefes y a los compañeros de partido. A la mujer, en su condición de madre, esposa, hermana e hija, se le debe sumo respeto.
5°) No matar: Están prohibidas las venganzas, "ajustes de cuentas", muertes políticas y, sobre todo, el matar las esperanzas de los más débiles con políticas económicas equivocadas o acumulando riquezas injustas.
6°) No fornicar: Está prohibido aprovecharse del puesto o de las influencias para obtener servicios y favores sexuales de cualquier persona.
7°) No robar. Tomar o retener injustamente los bienes ajenos o los dineros públicos y emplearlos para el bien personal, es robar. El pecado de robo no se perdona si no se devuelve lo robado.
8°) No levantar falso testimonio ni mentir: El falso testimonio, la calumnia y los anónimos denotan cobardía y son pecado. No hay mentiras piadosas ni es verdad que en política todo se vale. Pensar así es fomentar el cinismo y el deterioro social.
9°) No desear la mujer de tu prójimo. El tener dinero, prestigio o poder no da derecho a repudiar a la esposa legítima y a juntarse con otra: Quien se casa con un(a) divorciado(a) comete adulterio (Jesús: Mt 5,12).
10°) No codiciar los bienes ajenos: La codicia se refiere al deseo de tener, por cualquier medio, los bienes del prójimo o los bienes públicos. Éste sería el caso de quien busca un puesto político con la intención de enriquecerse y no de servir.

V. UN CATÓLICO SABE:

15. Que, si bien la democracia no se agota en el proceso electoral, su fe lo compromete a colaborar en el bien del país emitiendo su voto libre, secreto, personal e informado. El abstencionismo es un pecado de omisión.
16. Que está obligado a conocer los principios morales y la doctrina de los partidos y candidatos y a no dejarse manipular. Es pecado grave comprar o vender votos y colaborar de cualquier manera en un fraude electoral.
17. Que debe conocer su fe y formar su conciencia de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia y de la moral católica, y emitir su voto pensando en el bien común y no según intereses personales o de partido.
18. Que si no encuentra un partido o candidato que concuerde con sus principios religiosos y morales, debe votar, según su juicio y en conciencia, por el menos malo.
19. Que debe brindar a las instituciones ciudadanas que participan y cuidan de los procesos democráticos su respeto y apoyo. La democracia es un bien que todos debemos proteger.

VI. UN CATÓLICO DEBE TENER EN CUENTA:

20. Que estos principios doctrinales son válidos para los católicos de cualquier parte y no tienen dedicatoria particular, más que la que cada uno le quiera dar. Por tanto, el católico que actúa según estos criterios, contribuye de manera sustancial al bien del país, y nadie puede sentirse ofendido, porque se trata de la aplicación de principios que emanan de la ley natural común a todo ser humano. La Iglesia, además, es anterior a cualquier partido político y la fe trasciende las ideologías; en todo caso, quienes podrían sentirse ofendidos son los católicos que pagan impuestos y son usados con frecuencia para atacar los principios fundamentales de su fe y de la moral católica.
21. Que estos principios, por ser expresión de la ley natural y estar grabados por Dios en el corazón humano, obligan a todos por igual. Si algunos coinciden con la moral católica -y muchos coinciden-, esto se debe a que la verdad es una y no a querer imponer un estado católico o un gobierno confesional. Esta coincidencia con la fe católica de ninguna manera los vuelve confesionales. Un gobernante católico gobierna, sin renegar de su fe, no desde sus postulados religiosos sino desde los preceptos de la ley natural centrados en la dignidad inviolable de la persona humana.
22. Que el querer apartar a los católicos de la vida política por el hecho de manifestarse coherentes con su fe es una forma de intolerancia y discriminación religiosa, violatoria de los derechos humanos. Por tanto, un católico que vota según estos principios está contribuyendo a la maduración de un auténtico estado laico y democrático.

VII. UN CATÓLICO ORA ASÍ:

23. Dios todopoderoso y eterno, en cuya mano está mover el corazón de los hombres y defender los derechos de los pueblos, mira con bondad a nuestros gobernantes, para que, con tu ayuda, promuevan una paz verdadera, un auténtico progreso social y una verdadera libertad religiosa (Liturgia del Viernes Santo).

Santiago de Querétaro, Qro., abril 27 del 2003.

+ Mario De Gasperin Gasperin, obispo de Querétaro.

Nota: Esta doctrina se encuentra principalmente en el Catecismo de la Iglesia Católica, en las encíclicas del Papa Juan Pablo II: El Evangelio de la Vida y El Esplendor de la Verdad; además, en la carta pastoral de los obispos mexicanos: Del encuentro con Jesucristo vivo a la solidaridad con todos (25 de Marzo del 2000) y responde a lo que pide la reciente Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al comportamiento y conducta de los católicos en la vida política, de la Congregación para la Doctrina de la Fe (24 de Nov. del 2002). También está de acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de la Organización de las Naciones Unidas (1948)

EL OBSERVADOR 407-8

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LOS VALORES DE LOS MEXICANOS
El amor como valor en la familia

Por Antonio Maza Pereda / amaza@att.net.mx 


Creo que para todos es claro, o debería serlo, que el amor es un valor fundamental para la familia. La familia es la escuela del amor, donde primero aprendemos a amar de pequeños; y de este aprendizaje primario del amor muchas veces depende si, más adelante en nuestra vida, nuestro amor es completo, íntegro, y enriquecedor. Si no hay amor en la familia, ¿en donde lo habrá?

Por eso resulta extraño que el amor, al menos en algunos estudios sobre los valores, no ocupe el primer lugar en los valores familiares. Más todavía, cuando he trabajado sobre los valores de la familia en grupos focales, con frecuencia el amor no está entre las primeras menciones y se olvida jerarquizarlo hasta que algún miembro del grupo dice: "Oigan, se nos está olvidando el Amor"

Creo, además, que hay una gran confusión en cuanto a qué cosa es el amor. En algunos grupos, sobre todo de jóvenes, se usa la palabra como un sinónimo de relaciones sexuales. Claro, el ideal es que las relaciones sexuales sean por amor (aunque muchas veces el amor no tenga nada que ver), pero indudablemente el amor va mucho más allá. "El sexo sin amor", decía una joven conocida mía, "entra en la categoría del ejercicio". ¡Qué triste!

En la Edad Media los estudiosos distinguían varias facetas del amor. Hablaban de la Cupididad, o la atracción sexual. Hablaban del Ágape, o la amistad, afecto y cariño entre amigos, y también de la Caridad, el nivel más elevado y sobrenatural del amor, una de las virtudes teologales.

La atracción sexual, por supuesto, es un importante componente del amor entre los esposos y es, en sí misma, un bien que promueve la unidad y la comunicación entre los cónyuges. También entre los esposos es muy importante la amistad, el cariño, el afecto; ambos son el mejor amigo del otro, en quien depositan toda la confianza y el respeto por cada uno. Y, por supuesto, cuando hablamos del matrimonio cristiano, es fundamental la caridad, el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. ¿Y quién más prójimo o próximo que el cónyuge? El amor entre padres e hijos, y con la familia extendida, también debería incluir la amistad, cariño, afecto, y, sobre todo, la caridad.

Tal vez, a estas alturas, muchos lectores estarán pensando: "Eso es muy idealista; muchas familias a veces no logran más que sobrellevarse o tal vez soportarse, pero ahí no hay amor como este señor lo describe".

Cuán cierto, y cuán triste. ¿Será que tienen razón los que ponen el amor en el cuarto lugar entre la jerarquía de los valores familiares? ¿Será que el amor cuenta menos que el bienestar material? ¿Será cierto que la tendencia es a que el amor sea cada vez menos importante en la familia mexicana? ¿Será que nos hemos vuelto tan escépticos que no creemos siquiera en la posibilidad de un amor amplio, rico y enriquecedor, que nos eleve y nos haga mejores? Y si no lo creemos posible, ¿cómo lo valoraremos?

Este escepticismo sobre el amor en la familia, que muchos prefieren llamar realismo, es una verdadera plaga. Sin amor, ¿Qué mantiene unida a la familia? ¿Serán el bienestar o la solidaridad motivos suficientemente fuertes para que la familia se mantenga unida? Más importante: ¿Serán lo suficientemente fuertes para dar felicidad a sus miembros?

¿O será, me pregunto, que las familias que se aman profundamente no hacen mucho ruido y no se notan, mientras que las familias que son infelices por falta de amor, son mucho más visibles y nos llaman más la atención? No tengo la respuesta, y no sé si sea importante tenerla. Lo importante, en mi opinión, es hacernos conscientes de lo importante que es este valor y que le demos un lugar más importante en la jerarquía de nuestros valores. Sí, se puede hacer mucho por las familias, pero nada será más importante que decidirnos a vivir este valor en nuestra circunstancia personal y concreta. Decidirnos a amar a nuestra familia profundamente es la acción más efectiva que podemos hacer, no sólo a favor de nuestra familia, sino también en favor de otras familias. No hay testimonio más importante que el del amor. Cuando los paganos veían a los cristianos, decían: "Miren como se aman". Y querían ser así, se convertían. ¿Cuántas familias se decidirían a amarse profundamente si vieran a su alrededor a familias que se aman?

EL OBSERVADOR 407-9

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CULTURA
La lucha

Por Carlos Díaz


La vida es una lucha entre las personalidades múltiples y complejas que cada cual lleva dentro. Como cristalizaciones inestables y estructuras frágiles, las personas cambiamos: hoy estamos arriba, mañana abajo. A cada día le basta su afán, y a la vez hay que preparar bien el mañana que llama ya a nuestras puertas. Quien se duerme es arrastrado por la corriente. Se trata de estar sobrios y vigilantes para llevar el timón cada día a buen puerto. Pero hasta el final nadie es dichoso.

El tránsito hacia la verdadera madurez de la senectud no es tarea fácil, se empieza a lograr cuando se comienza a morir, y no siempre, porque hay ancianos que son el prototipo del egoísmo y otros que son la primera palabra de la maduración definitiva. El tiempo es escuela de maduración o inmaduración. Los más pesimistas, como Baltasar Gracián, afirman que el hombre es pavo a los veinte años, león a los treinta, camello a los cuarenta, serpiente a los cincuenta, perro a los sesenta, mono a los setenta, y nada a los ochenta. De todos modos, esto es exagerado y no se corresponde con la realidad, mucho menos aún con la evolución de cada persona. Según un viejo proverbio chino, más esperanzador, la vida humana se divide en tres fases: veinte años para aprender, veinte años para combatir, y veinte años para ser sabio. También se ha afirmado que a los veinte años el joven piensa que es pronto para conocerse y que a los treinta lo habrá conseguido, a los treinta se da cuenta de que la cosa no era tan fácil y espera conseguirlo a los cuarenta, a los cuarenta el demonio le hace creer que hay que esperar a los cincuenta, y a los cincuenta la mayoría pierde toda esperanza. De nuevo la visión negativista. En realidad, todas ellas son formas de decirnos que para que el individuo no madure tan sólo se necesita vivir mal la vida, lo cual es fácil, basta con dar rienda suelta al egoísmo. O al altruísmo, si se va hacia el bien.

En no pocas gentes, la presión de la lucha por la vida es tan grande, que ni se imaginan que, cuando se van haciendo viejas, a lo único que aspiran es a la autoconservación inmediata, y entonces aparece el feo fenómeno del egoísmo senil que se agarra a lo que todavía queda con el afán de imponerse, con la tiranía y la exigencia respecto de quienes se están desviviendo por ellos: son personas que odian a la juventud por envidia y resentimiento, que la critican por no compartir sus valores, etc: de ese viejo no cabe esperar ni el consejo.

Pero están también los viejos sabios, aquellos que saben que están en la recta final y lo aceptan, no solamente con resignación estoica o con falsas esperanzas de salirse de ella, sino con la conciencia de que están en esa recta final y agradecen cualquier momento para el encuentro, para el agradecimiento, para decir verdades, para regalar su experiencia vital. Estas personas viven la vejez como un regalo, como una intensificación y clarificación de lo que ha sido su existencia anterior; ya no atacan sino que irradian, no dominan ni se someten sino que iluminan, aceptan y agradecen todo lo que han vivido, como el vino del mejor roble. ¡Que suerte tener un viejo, un mayor, un anciano de éstos al lado de uno!

EL OBSERVADOR 407-10

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PICADURA LETRÍSTICA
Los títulos, obstáculos a la comunicación

Por J. Jesús García y García / jjgar2003@yahoo.com.mx 


¡Majestad! ¡Ilustrísima! ¡Alteza! No encaja bien llamar así a los
hombres, cuando a Dios le decimos, sencillamente, Padre.
JOSÉ RUBÉN ROMERO

Entre las numerosas acepciones de la palabra título, está la siguiente: "nombre que expresa un grado académico, una profesión, una dignidad nobiliaria o un cargo", condiciones que, cuando viene al caso, es bueno que sean conocidas como personales antecedentes, pero nunca deben ser enarboladas para impresionar.

Parece fuera de duda que, todavía hoy, muchos de los individuos que tienen grados y blasones para ostentar no están especialmente conscientes de que sus títulos son obstáculos naturales para una efectiva comunicación con los demás. ¿Usted no se apantallaría con algo como esto?: "Don Carlos, por la divina clemencia emperador semper augusto, rey de Alemania, doña Juana, su madre, y el mismo don Carlos, por la misma gracia reyes de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algecira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias, islas y tierra firme del mar océano, condes de Barcelona, de Flandes y de Tirol, etcétera". A esa letanía agreguémosle la observancia de un protocolo que estaba hecho para que el hombre común y corriente no entrara en contacto con el soberano (¿quién soy yo para estar ante tan augusta presencia?).

Claro que hay que considerar la situación actual: ya casi no hay reyes... pero hay toda clase de jefes y ministros de Estado, con iguales o superiores pretensiones que los monarcas; hay militares (imagine usted estar ante un general de división); y hay los muy poco accesibles directores generales de empresa. ¿Qué clase de comunicación puede darse entre mí y ellos?

También hay dignatarios eclesiásticos, entre los cuales fue siempre posible encontrar unos que eran cordiales y otros que (al fin humanos) no lo eran; pero hasta hace pocos años casi todos ellos eran seres distantes. El tratamiento que había que darles era impresionante: "Excelentísimo y reverendísimo señor doctor (casi todos eran doctores)...". Quien llegaba a la presencia de uno de ellos debía arrodillarse para besar el anillo pastoral. La visita del prelado a una parroquia alejada de la sede episcopal era más que improbable. Hasta se decía de las cosas que sucedían muy lejanamente o casi nunca: "cada visita de obispo". Hay sobra de ejemplos de obispos que no llegaron a conocer más o menos ampliamente su circunscripción episcopal o que apenas si supieron algo de ella por el informe de un sumario recorrido que, en su nombre, había hecho un coadjutor o vicario. Gracias a El Observador podemos darnos cuenta de que actualmente los señores obispos conviven más con su pueblo, hoy que ya ni siquiera el Papa suele usar la silla gestatoria, la tiara u otros signos de preeminencia. Hoy puede decírseles a los obispos Don Luis o Don Humberto, y, gracias al proceso de planificación diocesana, las visitas pastorales se producen y recobran sentido.

Pero lo cierto es que la comunicación es difícil entre personas que guardan entre sí diferencias notables de rango, hasta llegar a los que ninguno tienen. Ésa es una barrera comunicacional de las que los expertos llaman administrativas. La persona que no temería hablar con el señor Godínez o con el señor Ramírez tiembla ante la idea de entrevistarse con el Director General Godínez o el General Ramírez. Recepcionistas inquisidoras, oficinas lujosas, diplomas en las paredes, uniformes, medallas en los pechos, mitras, son todos ellos obstáculos entre los que los poseen y los que no los poseen. Son símbolos de un logro y pretenden —lográndolo en la mayoría de los casos— imponer respeto. Pero, debido a la "titulitis", los que por tener mayor influencia sobre la gente debieran ser sensibles a una influencia recíproca, frecuentemente caen en un estéril aislamiento y llega un día en que se sorprenden desagradablemente al descubrir que su comprensión de los demás, de la que se enorgullecían, es inexistente.

"El que es bastante afortunado para ganar un honor —nos dice Lawrence A. Appley— o recibe uno cuyo resultado sea que le permite anteponer a su nombre un título significativo, adquiere con ello la responsabilidad de superar el obstáculo que eso pone en su camino. Debe ejercer mucho más esfuerzo y talento para tratar de mantener una comunicación saludable con los demás, del que los demás deben o pueden ejercer para mantener la comunicación con él".

EL OBSERVADOR 407-11

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FIN

 
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