El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
29 de junio de 2003 No.416

SUMARIO

bulletEDITORIAL - Ocho años en el camino del Evangelio
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - La verdadera new age
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - Los esponsales de Dios
bulletLOS LECTORES HABLAN - El Estado invade el ámbito legal de la Iglesia
bulletAL PASO DE DIOS - El cristiano se hace
bulletFAMILIA - Los niños y la Eucaristía: historia de amor que necesita ayuda al inicio
bulletINTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Mitomanía
bulletPINCELADAS - Miguel Ángel y los detalles
bulletREPORTAJE - Las catacumbas, testimonio arqueológico de los primeros cristianos
bulletPREGUNTAS CON RESPUESTA - ¿Es pecado el «desnudo artístico», por ejemplo, en cine o fotografía?
bulletCULTURA - La política, arte del bien común
bulletGRANDES FIRMAS - Fidelidad, fidelidad, fidelidad
bulletTESTIMONIO - Vivir con cáncer

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EDITORIAL
Ocho años en el camino del Evangelio

Con este número El Observador cumple su octavo aniversario de circulación sin interrupciones, semana a semana, fiel a la cita con usted y con su familia.

Ocho años dan un promedio de tres y medio millones de ejemplares puestos en las casas católicas del centro de México y, con nuestra versión electrónica, en los ojos de cientos, de miles de personas en todo el mundo de habla hispana.

Tres y medio millones de veces repitiendo el nombre sagrado de Cristo y tratando de ver los acontecimientos del mundo bajo su amparo, su mirada, su valentía infinita. El Observador es suyo, y de su santísima madre, como ofrenda que este grupo de periodistas laicos hemos decidido brindarle para que se conozca su Palabra y reine su Gloria entre nosotros.

Pero también es de usted, amigo lector, es suyo. Nada nos interesa más que darle luz -la luz de la fe-para iluminar un poco la oscuridad de vida que nos proponen hoy los medios de comunicación de masas. Es de los jóvenes, de los niños, de los ancianos, de todo aquél que cada semana nos invita a entrar en su intimidad con el Evangelio, es decir, con la Buena Noticia.

A nombre de nuestra directora adjunta Maité Urquiza de Septién, motor y pasión del periódico; de las dos Maricarmen, Rogelio, las tres Mónicas, Hilda, don Jesús, Diana y Diego, Héctor, el contador Joaquín, Jorge (Fédor), el padre Darío Pedroza en San Luis Potosí, Carlos Xavier en León , Agustín, Paty, Paco, Chava y don Alfonso, don José, Fabián, Carmelo, Clemente, Yusi Cervantes, Lety de Tamez, el padre Francisco Gavidia, el padre Prisciliano, el padre don Justo López Melús, el padre Reynaldo Huerta, el doctor Rodrigo Guerra, el doctor Carlos Díaz en Madrid, el incombustible Santiago Norte, los 150 escritores de periodismocatolico.com, don Antonio Maza, Jesús Colina en Roma, el padre Marsisch en San Juan del Río, Claudio de Castro en Panamá, don Amadeo Rodríguez Magro en Badajoz, el obispo emérito de Papantla don Genaro Alamilla en Ciudad Mante, nuestros patrocinadores, nuestros cientos de amigos sacerdotes, las religiosas, los religiosos, los laicos que nos ayudan en la circulación, a nombre de todos ellos (y perdón si alguno haya faltado), el director de este periódico les da a todos las gracias.

Gracias a don Mario De Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro, por habernos soportado y guiado espiritualmente todos estos años. Nuestro reconocimiento a su valor, a su corazón de pastor y amigo, a su pasión por comunicar la fe. A don Arturo Szimansky Ramírez, arzobispo emérito de San Luis Potosí, gran impulsor (y crítico) de este semanario. Al arzobispo don Luis Morales Reyes y a los obispos José Guadalupe Martín Rábago (León), Rodrigo Aguilar Martínez (Matehuala) y Domingo Díaz Martínez (Tuxpan).

Y a Cristo y a la santísima Virgen, nuestra promesa de seguir cumpliendo, modestamente, su mandato de predicar con amor desde los tejados, para la conversión del corazón de nuestro pequeño gran mundo; empezando por nosotros, los que hacemos El Observador.

 


Matehuala, SLP.
Envío un saludo afectuoso y una felicitación al semanario El Observador en su 8° aniversario de vida. Todos los que han colaborado en su elaboración y difusión, han ejercitado noblemente la libertad de expresión en la promoción responsable de la paz, según las virtudes que nos decía el beato papa Juan XXIII -la paz fundamentada en la verdad, la justicia, la libertad y el amor- camino que dignifica al ser humano en lo individual y en la convivencia humana.
Mi oración y bendición les sostenga en esta labor, ardua y con muchos sinsabores, pero también apasionante y con el gozo de colaborar en la construcción del Reino de Dios y su justicia, que es lo que vale la pena.
+ Rodrigo Aguilar M., Obispo de Matehuala
 


San Luis Potosí, SLP.
Al cumplirse este domingo, fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el VIII aniversario de El Observador, pido a Dios sigan teniendo la firmeza de Pedro y la audacia de Pablo para continuar proporcionando en ese medio de prensa católica orientaciones claras de nuestra fe.
Oro por ustedes y les bendigo.
+ Arturo A. Szymanski, Arzobispo Emérito de S.L.P.
 


Santiago de Querétaro, Qro.
Jaime y Maité:
Se cumple un aniversario más, el octavo, del semanario El Observador. Un triunfo más, a los muchos ya acumulados, a favor de la verdad, de la dignidad y de la coherencia cristiana.
El éxito editorial de El Observador, con su grupo de lectores cada día más numeroso y selecto, son prueba fehaciente que la verdad es más rentable que la mentira y que la sabiduría produce frutos más dulces que la insensatez. Crece más el hombre con una verdad que arraigue en su corazón que con mil mentiras que le hagan ruido a su alrededor.
El Observador nos ha hecho crecer a todos en humanidad y en cristiandad. Gracias por el servicio. ¡Muchos aniversarios más!
Con afecto.
+ Mario De Gasperín G., Obispo de Querétaro
 


San Luis Potosí, SLP.
Felicito, muy cordialmente, al semanario El Observador en su octavo aniversario al servicio de la comunicación, guiado siempre por la verdad, la justicia, el amor y la honestidad.
Semana tras semana lo he venido leyendo, desde hace más de cuatro años. He encontrado en él oportunas informaciones, profundas reflexiones y claros criterios para el comportamiento humano y cristiano. Palpita en sus páginas la vida de Iglesia universal, nacional y local, convirtiéndola en buena noticia. Aprecio mucho su sección «Comunión», que ayuda a las diócesis de la Región Pastoral Bajío a ser Iglesia fraterna y solidaria
Le auguro muchos años de vida. Tenemos necesidad de más medios de comunicación como El Observador, que sean hondamente humanos y cristianos para el servicio de la Iglesia y de «una sociedad que necesita ver curada de sus propios bloqueos de comunicación» (Card. C.M. Martín); que favorezcan el encuentro de todo hombre y mujer con Jesucristo, y aquél otro de la Iglesia con el mundo, encuentro tan anhelado por el Vaticano II, que hizo decir a Pablo VI: «La Iglesia debe entablar diálogo con el mundo en el que tiene que vivir» (ES, 60). Diálogo que él calificaba con estas características: claridad, mansedumbre, confianza, paciencia. (cfr. ES, 75). Dios bendiga y recompense, en abundancia a todos los que dan su tiempo, talento y amor para que a nosotros llegue El Observador nuestro de cada domingo.
+Luis Morales Reyes, Arzobispo de S.L.P.

EL OBSERVADOR 416-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
La verdadera new age
Por Jaime Septién

Hace pocos días el papa Juan Pablo II, en audiencia general, declaraba: «La auténtica nueva era es el descubrimiento de Dios enamorado del ser humano». O sea que la new age actual nada tiene que ver con la que nos venden ahora en la televisión como el último grito de una moda: que el hombre, cada uno de nosotros, es un dios de sí mismo, y que no hay verdades ni valores absolutos; que todo es relativo, desde la vida hasta la moral pública.

De verdad este Papa no se mide. Mire que venir a decirnos que lo nuevo, lo novísimo, no es el feng shui sino la alianza del amor «cercano» de Dios con los hombres y su verdadera pasión por la criatura que salió de sus manos, que lo negó, que entregó a su Hijo y que hoy lo intercambia por baratijas del mercado, como que no es, exactamente, lo que los oídos nuestros desean escuchar.

Porque el amor de Dios compromete a sus hijos a corresponderle. Todo amor compromete. Mejor una especie de dios como el de la new age que ni aprieta ni exige, que no ama: un dios pequeñito y modoso, bien portado, sobre todo cuando «ama» todo lo que nos da placer y «permite» cualquier cosa de los hombres, con tal de no exigirles ningún sacrificio. El dios hecho a imagen y semejanza de los hombres contra el Dios verdadero, del cual los hombres somos imagen y semejanza.

Claro: hoy jala más el dios pequeñito y modoso. Pero el Papa viene a descomponer esta agradable melodía. Y dice: Dios no es lejano y ausente de la vida íntima del hombre, de la sociedad, de los pueblos. Es cercano y enamorado. Es decir, interviene, llora nuestras injusticias, se duele del mal uso que hacemos de nuestra libertad. Llega al extremo de aceptar a sus hijos aunque lo cambien en el supermercado por una televisión, a la cual hoy se le rinde tributo en los altares de la casa. Jamás abandona su obra.

Y es que el papa Juan Pablo II es, por su cuenta, un enamorado de la fe que lo hizo sacerdote. Y esa fe es una fe viva, que ama razonablemente a quien es nuestro creador. Chesterton decía que cuando vamos a la Iglesia, se nos pide que nos quitemos el sombrero pero no la cabeza. La Iglesia piensa. Y siente. Y está guiada por un hombre que piensa y siente el cristianismo de a de veras. Tanto como para venir y de un plumazo borrar todas esas porquerías que nos venden hoy como si fueran la gran cosa, para endiosarnos y endiosar nuestro cuerpo o nuestro orgullo. Y de paso, poner en evidencia la gran promesa de la publicidad: hacernos creer que somos algo más que polvo.

EL OBSERVADOR 416-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
Los esponsales de Dios

Juan Pablo II, en audiencia general, comentó el cántico del profeta Isaías (cfr. Is 61,10-62,5): «El texto está engarzado en la tercera parte del libro del profeta Isaías, sección que los expertos enmarcan cuando Israel, al regresar del exilio de Babilonia, retoma su vida de pueblo libre en la tierra de los padres y reconstruye Jerusalén y el templo. Significativamente la ciudad santa se encuentra en el centro del cántico.

«El profeta evoca un símbolo expresión de vida, de alegría y de novedad: el símbolo vegetal del brote. Los profetas recurren a la imagen del brote de diferentes maneras para representar al rey mesiánico. El Mesías es un brote fecundo que renueva al mundo, y el profeta hace explícito el sentido profundo de esta vitalidad: 'el Señor hará brotar la justicia', por lo que la ciudad será como un jardín de justicia, es decir, de fidelidad y de verdad, de derecho y de amor.

«La ciudad es presentada como una novia que se prepara para celebrar las bodas. El simbolismo esponsal es utilizado en la Biblia como una de las imágenes más intensas para exaltar el lazo de intimidad y el pacto de amor que existe entre el Señor y el pueblo elegido.

«El elemento decisivo será el cambio de nombre, como sucede en nuestros días cuando se casa una muchacha. Asumir un 'nombre nuevo' es como revestirse de una nueva identidad, emprender una misión, cambiar radicalmente de vida. El nuevo nombre que asumirá la esposa Jerusalén es 'Mi Complacencia', 'Desposada' . Los nombres que indicaban la situación de desolación son sustituidos ahora por términos de amor y ternura, de fiesta y felicidad.

«Este simbolismo nupcial se aplicará en el Nuevo Testamento y será retomado y desarrollado por los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, san Ambrosio recuerda que 'el novio es Cristo y la esposa es la Iglesia, esposa por amor, virgen por su innata pureza'. Y en otro lado dice: 'La Iglesia es bella. Por ello el Verbo de Dios le dice: Eres preciosa, amiga mía, y en ti no hay motivo de reprobación (Cántico 4,7), porque la culpa ha sido enterrada'».

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LOS LECTORES HABLAN
El Estado invade el ámbito legal de la Iglesia

No es la primera ocasión en que el Estado, a través de sus organismos representativos, invade la esfera jurídica de los gobernados. Por ello, no es extraño para la sociedad civil que el gobierno federal vulnere la vida interna de las asociaciones religiosas de culto católico al enviar una misiva a la Conferencia del Episcopado Mexicano para que los obispos se «alineen» respecto de su actitud de cara a los procesos político-electorales.

Cuando los ministros de la Iglesia católica, como es el caso de los señores obispos, orientan a la población feligrés en el sentido de emitir un voto razonado en las elecciones próximas, sean estas locales o federales, no hacen otra cosa sino ejercer sus derechos consagrados en las garantías individuales contenidas en los artículos 1, 6, 7, 14, 16, 24 y 35 en relación con el artículo 130 de la Constitución de nuestro país; prerrogativas otorgadas a nosotros los gobernados y que ineludiblemente deben ser respetadas por los distintos órganos de gobierno en cualquiera de sus niveles competenciales.

Si la propia Constitución otorga a los ministros de cualquier culto el derecho a votar y, por tanto, de intervenir en la vida política del país, es claro que se encuentran legitimados para intervenir activamente en la vida democrática de nuestro México; claro está, con las restricciones que hasta el día de hoy han sido respetadas por la posición pública de los ministros católicos, quienes sólo se han manifestado en pro de la vida, de la libertad, de la dignidad de las personas, etc., en cumplimiento de un deber moral que la iglesia católica sigue en virtud de sus mandamientos.

Cuando la Iglesia católica invita a emitir un voto razonado destacando que se haga de manera libre y responsable, observando siempre el respeto a los derechos fundamentales del hombre, no hace otra cosa más que contribuir a los fines no sólo espirituales del mexicano sino, además, a preservar los bienes jurídicos que tutelan las normas jurídicas contenidas en las leyes que el propio Estado mexicano ha emitido a fin de regular nuestra convivencia política, económica y social. Es decir, se punga por un estado de derecho en el que se respeten los valores fundamentales de todos los mexicanos.

Dicha posición eclesial, soportada en una total legalidad, es ahora vulnerada por el Estado al cuestionar e intentar restringir la libertad de expresión de los ministros de culto católico y, más grave aún, juzgando como ilegales los pronunciamientos surgidos en el seno de la propia Iglesia por y para sus feligreses, lo que se traduce evidentemente en una incursión estatal en la vida interna de las asociaciones religiosas de nuestro credo, en franca contravención a lo dispuesto por el referido artículo 130 inciso b de la carta Magna de nuestra nación.

Pedro Luis Piña Calderón.

EL OBSERVADOR 416-4

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AL PASO DE DIOS
El cristiano se hace
Por Amadeo Rodríguez Magro

El cristiano no nace, se hace. Esta frase es de los primeros tiempos de la Iglesia, pero también vale para los nuestros. Es cierto que la mayoría de los niños se bautizan y muchos crecen en la fe de la Iglesia en una familia creyente, pero no sólo por eso son y se les reconoce como cristianos; hoy es especialmente necesario refrendar esa identidad cada día de nuestra vida. Ya no existe ese clima envolvente que convertía en indiscutible y universal el ser cristiano, hoy hay que ganarse esa identificación.

Pero no basta con una experiencia privada e individual de lo que somos. La mejor prueba de que la fe crece, madura y es auténtica es que se hace comunitaria: la vida cristiana se cultiva, se comparte, se celebra y se hace compromiso junto a otros hermanos y hermanas. Sólo el que participa demuestra de verdad su pertenencia a la Iglesia.

Tomemos conciencia de nuestra pertenencia eclesial por la participación activa. No somos de verdad miembros de la Iglesia si no nos reconocemos en su historia y trabajamos en su presente. Pero sólo la diócesis le da concreción a esa pertenencia: de ella es una parte nuestra comunidad parroquial y en ella está la Iglesia universal. Aunque lo más cercano es la parroquia, lo más real es la diócesis, porque hace presente y activa a la Iglesia de Cristo.

EL OBSERVADOR 416-5

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FAMILIA
Los niños y la Eucaristía: historia de amor que necesita ayuda al inicio
Según la responsable de la Reparación Infantil Eucarística

La relación de los niños y adolescentes con Jesús en el sacramento de la Eucaristía, cuando es adecuadamente promovida, constituye una auténtica sorpresa para los adultos, constata la responsable de la Reparación Infantil Eucarística (RIE) en España.

La hermana María Emilia Samit, responsable de la RIE, afirma: «Da gusto ver a niños de entre 8 y 13 años rezando de rodillas ante el Sagrario. No todos están igual de maduros para la oración continua, por esto se utilizan distintos recursos para ir introduciéndolos en ella poco a poco».

Los grupos de niños reparadores se forman preferentemente en las parroquias pues la intención es que los niños participen en la vida parroquial. «No se trata de hacer un trabajo paralelo al de la parroquia sino de atender a sus necesidades», aclara la religiosa. De hecho, muchos son monaguillos.

Los niños que forman parte de la RIE se sensibilizan poco a poco en la idea de que pese a que «Jesús Eucaristía está vivo, en muchos lugares nadie lo visita».

La hermana María Emilia está convencida al mismo tiempo de que «al darle la espalda a Dios nos hemos olvidado de los hermanos. El más eucarístico es después el más solidario, pero el que es solidario sin ser eucarístico carece de una dimensión».

La RIE se apoya en dos pilares, la oración y la formación. Poco a poco se introduce a los niños en la oración, sobre todo a través del Evangelio y ante la presencia del Sagrario, porque al explicar el Evangelio a la luz de la lámpara del Sagrario se ora «ante el que es el Evangelio vivo».

Para las reuniones de formación los niños pueden reunirse en un local parroquial o al aire libre, pero para orar debe quedar claro que el sitio es «donde está Jesús vivo».

Mónica María Yuan, colaboradora de la RIE, dice que, «sin quitar otras presencias como la naturaleza o la familia, el carisma de la RIE es que los niños encuentren siempre un tiempo para hablar con Jesús presente en la Eucaristía, en el Sagrario».

Por eso, «en los campamentos siempre tenemos una tienda para el Santísimo», continúa la hermana Mónica. Según ella, «los niños tienen una sensibilidad religiosa en ocasiones más desarrollada que la de los adultos; desde que se enteran que Jesús es un amigo que los quiere, es muy fácil».

Mónica Yuan recuerda que la frase evangélica de Jesús no dice «acercadme a los niños», sino «dejad que los niños se acerquen a mí, porque ellos solos, sin que se los obligue, van a Jesús una vez que lo descubren».

La hermana desmiente un tópico: «no es verdad que los niños no sean capaces de hacer silencio; no se les puede pedir una hora, pero en las oraciones de gratitud y de petición se dirigen a Jesús con más confianza e inocencia de las que son capaces muchos adultos que aguantarían tres horas frente al Sagrario, no siempre con auténtica fe».
El beato Manuel González García, fundador de la RIE, «estaba enamorado de los niños; esto y su gran amor a la Eucaristía» eran, según la hermana Mónica, características sobresalientes en él. La RIE ha adoptado como lema una frase de su fundador: «Que no haya Eucaristía sin niños ni niños sin Eucaristía».

El beato decía que los niños y la Eucaristía «son como enamorados que hay que poner en contacto y que luego se entienden».

La RIE edita una revista en la que los niños participan enviando cartas, dibujos y fotos. Una de las secciones de la revista, «Don Profe», enseña la Biblia a los niños; a través de otra, «Aprendemos a orar», se introduce a los niños en la oración; en la titulada «Hablemos de Jesús» se muestra su figura en el Evangelio; etc.

La RIE también prepara campamentos de verano llamados «campamentos aventura», en los que se intenta trasmitir que el cristianismo «no es sólo rezar, sino una cosa integral que tiene que ver con todas las cosas de la vida».

Aunque no haya RIE en todas las ciudades ni en todos los países, sería conveniente que los párrocos, vicarios y catequistas, junto con los padres de familia, establecieran porgramas semejantes para que los niños amen cada vez más a Cristo Eucaristía.

(Fuente: ZENIT)

EL OBSERVADOR 416-6

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INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Mitomanía
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA:
Leí uno de sus artículos que salieron en internet acerca de cómo conseguir novio. Lo que yo quiero preguntarle es que cómo le hago para conseguir novio sin mentir, ya que yo sufro de una enfermedad que se denomina mitomanía, así que miento con mucha facilidad y hay veces en las que me enredo en mis propias mentiras. Me siento tan sola que hay veces en las que quisiera morirme por que no tengo novio y porque, aparte, estoy algo sobrepasada de peso. Ya no se qué hacer y lo peor del caso es que no lo puedo comentar con mi familia por que me tiran de loca y no me hacen caso, y hasta a veces me regañan por pensar en eso; dicen que primero son mis estudios. Tengo miedo de quedarme sola ya que no quisiera quedarme sola como mis tías. Tengo 18 años y de verdad no se qué hacer.

RESPUESTA:
Lo primero que tienes que hacer es sanar. Mencionas varios problemas: la mitomanía, la soledad (todos necesitamos aprender a ser felices, aun cuando no tengamos pareja), el complejo por tu sobrepeso, la dificultad para comunicarte con tu familia, el miedo a quedarte sola... ¿Qué es lo que está pasando contigo? Mi consejo es que busques ayuda profesional para salir de todo esto. No te preocupes por ahora de conseguir novio. Eres muy joven todavía, así que el riesgo de quedarte sin pareja es por ahora lejano. Mejor lucha por tu salud emocional, y cuando seas una chica segura y feliz, estarás en una mejor situación para encontrar un muchacho sano como tú y dispuesto a hacer una pareja contigo. En estos momentos, si establecieras una pareja, lo más probable es que hicieras una mala elección, porque tú misma no te encuentras bien.

Habla con tus papás, diles que te hace falta esa ayuda psicológica. Ellos seguramente se han dado cuenta de tus mentiras, pero tal vez no han caído en la cuenta de que puede ser un trastorno psicológico. Diles que te interesa mucho salir de este problema. Seguramente te apoyarán.Verás que pronto la vida será distinta para ti.

EL OBSERVADOR 416-7

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PINCELADAS
Miguel Ángel y los detalles
Por Justo López Melús *

Hay que cuidar mucho los detalles. Cuando hay amor hay detalles, y cuando no hay detalles es que no hay amor. «Amor se escribe con hache, porque la hache es superflua, y lo superfluo es lo más importante en el amor». Un pan con una sonrisa vale más que dos sin ella.

Preguntaron un día a Miguel Ángel por qué tardaba tanto en terminar sus esculturas. «He estado retocando esta parte -decía-, he pulido aquélla, he centrado este músculo». «Pero ésas no son más que pequeñeces»- «Quizá lo son, pero gracias a esos detalles se llega a la perfección». Así le salió tan vivo el Moisés, que, al finalizar, le provocó: «¡Habla!» (Lo mismo hizo Pereira con su san Bruno, de la Cartuja de Miraflores. Pero san Bruno no habló porque era cartujo).

* Operario Diocesano en San José de Gracia en Querétaro.

EL OBSERVADOR 416-8

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REPORTAJE
Las catacumbas, testimonio arqueológico de los primeros cristianos


Las catacumbas son los antiguos cementerios subterráneos usados durante algún tiempo por las comunidades cristianas y hebreas, sobre todo en Roma. Las catacumbas cristianas tuvieron sus comienzos en el siglo segundo. En su origen fueron sólo lugar de sepultura. Los cristianos se reunían en ellas para celebrar los ritos de los funerales y los aniversarios de los mártires y de los difuntos.
Durante las persecuciones sirvieron, en casos excepcionales, como lugar de refugio momentáneo para la celebración de la Eucaristía. Terminadas las persecuciones se convirtieron en verdaderos santuarios de los mártires, centros de devoción y de peregrinación.
En aquel tiempo también había cementerios al aire libre en Roma, pero los cristianos prefirieron los subterráneos. Ante todo, los cristianos rechazaban la costumbre pagana de la incineración de los cuerpos. Siguiendo el ejemplo de la sepultura de Jesús, preferían la inhumación, por un sentido de respeto hacia el cuerpo destinado un día a la resurrección de los muertos.
Además las catacumbas permitían, especialmente durante las persecuciones, reuniones comunitarias reservadas y discretas, así como el uso libre de los símbolos cristianos.

Historia de las catacumbas

Durante el primer siglo los cristianos de Roma no tuvieron cementerios propios, sino que tenían que recurrir a los cementerios comunes que usaban también los paganos. Por eso san Pedro fue enterrado en la «necrópolis» (ciudad de los muertos) de la colina Vaticana, abierta a todos.
En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones, los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas.
Con el edicto de Milán, promulgado en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución. Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen. Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas.
Cuando los bárbaros invadieron Italia destruyeron sistemáticamente muchos de sus monumentos y saquearon muchos lugares, incluidas las catacumbas, razón por la que los papas hicieron trasladar las reliquias de los mártires y de los santos a las iglesias de la ciudad. Hecho esto, no se volvieron a visitar las catacumbas. Con el tiempo la vegetación obstruyó y escondió las entradas, hasta el punto de que se perdió su rastro. Y durante toda la Edad Media se ignoró dónde se encontraban.

Mirada a las catacumbas

Las catacumbas están formadas por galerías subterráneas que parecen laberintos y que en conjunto alcanzan a medir muchos kilómetros. En las paredes se excavaron filas de nichos rectangulares, llamados lóculos, capaces de albergar un cadáver, aunque no era raro que contuviesen dos o más. Por su colocación en filas superpuestas, las tumbas daban la idea de un gran dormitorio, llamado cementerio, término de origen griego que significa «lugar de descanso». De este modo los cristianos querían afirmar su fe en la resurrección de los cuerpos.
Además de los lóculos, había otras clases de tumbas:
El arcosolio, una tumba típica de los siglos tercero y cuarto, es un nicho mucho más grande con un arco encima. Generalmente servía de tumba a toda una familia.
El sarcófago es un sepulcro de piedra o de mármol, ordinariamente adornado con esculturas en relieve o inscripciones.
La forma es una tumba excavada en el suelo.
Los cubículos eran pequeñas piezas, verdaderas tumbas de familia, con capacidad para varios lóculos. Los cubículos y los arcosolios estaban con frecuencia decorados con frescos que tomaban escenas bíblicas y reproducían los temas del Bautismo, la Eucaristía y la Resurrección.
La cripta es una pieza más grande. En tiempos del papa San Dámaso muchas tumbas de mártires se transformaron en criptas, es decir, en pequeñas iglesias subterráneas.
Las catacumbas eran tarea exclusiva de una asociación especializada de trabajadores llamados fossores (excavadores). Excavaban una galería tras otra a la débil luz de sus lámparas y, para llevar la tierra a la superficie, se servían de cestos o sacos que hacían pasar a través de los lucernarios, que eran grandes pozos que llegaban hasta la superficie. Cuando concluía el trabajo de excavación, los lucernarios quedaban abiertos al aire y la luz como conductos de ventilación e iluminación.
Los antiguos cristianos no usaban el término de «catacumba». La palabra es de origen griego y significa «cavidad», «cuenca». Los romanos llamaban así a una localidad de la vía Appia, en la que se encontraban canteras; allí cerca se excavaron las catacumbas de San Sebastián. En el siglo IX el término se extendió a todos los cementerios con el significado específico de cementerios subterráneos.

(Resumido de www.larevista.com.mx/ed483)

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La leyenda de los niños extraviados en las catacumbas

Las catacumbas han constituido siempre un escenario ideal para tramas de películas y novelas, en que los cuentos legendarios y fantasiosos son descritos como si fueran hechos históricos. Y así ocurre que las historias más increíbles son creídas verdaderas. Por ejemplo, el 14 de enero de 2000 el director de las catacumbas de San Calixto recibió un correo elctrónico de una bibliotecaria de Palms (California, EU), quien escribía que en televisión el llamado Canal de la Historia difundió un servicio acerca de las catacumbas romanas narrando como verdadera la historia secreta de un grupo de alumnas que en los años treinta entraron en las catacumbas con su docente. «El grupo se extravió irreparablemente. A pesar de exhaustivas búsquedas, nunca se lo volvió a encontrar. Hasta el día de hoy no se hallaron ni siquiera sus restos», aseguró el programa de televisión.

La «triste historia de los pobres alumnos extraviados de Ancio» es solamente una leyenda. No hay evidencia de documentos que la avalen. Ningún arqueólogo o historiador hace mención de la misma, y es ridículo decir que las autoridades fascistas de la época pudieran haber silenciado semejante escándalo. Además no hay absolutamente ningún peligro de perderse en las catacumbas. Hay en Roma más de 60 catacumbas, pero de éstas tan sólo cinco están abiertas al público.

El caso se cita únicamente en un libro que fue en seguida sacado de la circulación por la crítica de los entendidos. Así dice el texto: «Es necesario recordar la tragedia de esos 40 alumnos, quienes con su docente se encontraros en una total oscuridad, desde cuando se apagaron sus antorchas... Después de una semana, tan solo tres muchachos lograron salir, medio ciegos, al aire libre, pero... en Ancio, a 35 kilómetros desde el punto de partida». Pero afirmar que tres muchachos salieron al aire libre en Ancio es simplemente ignorar la ley romana sobre la excavación de las catacumbas. La excavación estaba permitida únicamente en el área de una propiedad y no se podía ir más allá de los propios linderos metiéndose en otras propiedades, y por ningún motivo se podía atravesar una calzada pública.

(Fuente: www.catacombe.roma.it/es/ )

EL OBSERVADOR 416-9

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PREGUNTAS CON RESPUESTA
¿Es pecado el «desnudo artístico», por ejemplo, en cine o fotografía?

La desnudez no es en sí una cosa inmoral: Dios, después de haber formado el cuerpo humano, lo juzgó muy bueno (Gn 1,31). ¿De dónde viene el posible desorden? Lo tenemos expresado en las dos actitudes sucesivas que leemos en el Génesis: «Ambos estaban desnudos... sin avergonzarse de ello» (Gn 2,25). «Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos, cosieron una hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores» (Gn 3,7).

La aparición de la vergüenza muestra un cambio de estado en el hombre y la mujer. Ese cambio viene por el pecado original que introduce un desorden en la actividad humana. Ese desorden que queda como secuela del pecado se denomina «concupiscencia». La concupiscencia altera el orden y naturaleza de las cosas; en el plano de la sensualidad y sexualidad la concupiscencia hace que la tendencia sexual pase de ser «donación plena de amor» (que sólo es posible en el contexto conyugal) a «posesión egoísta», convirtiendo al cuerpo del otro en objeto de uso.

El problema del desnudo en el estado actual de la naturaleza humana (herida por el pecado) es que puede convertirse en ocasión de «mirada concupiscente»: la mirada que se posa en el cuerpo como objeto de deseo. El doble mal que se sigue es, por un lado, el pecado de la persona que mira rebajando el cuerpo a objeto de placer; y la pérdida de la dignidad en la persona que se expone a ser mirada como objeto.

Dentro del matrimonio, en cambio, guarda su dimensión original. Allí el cuerpo desnudo, al manifestarse como es, se convierte en palabra (todo gesto es una palabra). Mostrándose se dicen que se dan, que se complementan, que los dos no son más que uno.

Ha dicho Juan Pablo II en su catequesis del 6 de mayo de 1981: «Existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez; su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza de la masculinidad y feminidad... En contacto con estas obras -que por su contenido no inducen al 'mirar para desear' tratado en el Sermón de la Montaña-, de alguna forma captamos el significado esponsal del cuerpo... Pero hay también producciones artísticas -y quizás más aún reproducciones- que repugnan a la sensibilidad personal del hombre, no por causa de su objeto -pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su dignidad inalienable- sino por causa de la cualidad o modo en que artísticamente se reproduce, se plasma o se representa».

Como puede verse, el problema no es en primera instancia el «objeto material» representado porque el cuerpo en sí es algo bueno. Se trata de un problema que va al nivel del «objeto moral». Ese objeto (el cuerpo desnudo o semidesnudo) está plasmado, o representado o reproducido (este término «reproducir» es usado por Juan Pablo II para expresar el arte de la fotografía en contraposición con la pintura y la escultura que más bien representa, interpreta) con una intencionalidad que le infunde el «artista» a través de posturas, enfoques, gestos, etcétera.

De aquí que, cuando esa intencionalidad supone una reducción del cuerpo a rango de objeto de goce, se inserta en la «mirada concupiscente» que Jesucristo equipara con el adulterio del corazón: «Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5,28).

Ciertamente que hay una gran diferencia entre las artes que «representan» (pintura, escultura) y las que «reproducen» (fotografía, cine). Las primeras tienen la cualidad de poder «sublimar», «transfigurar» el cuerpo. De alguna manera pueden espiritualizarlo y hacer prevalecer el aspecto estético, la belleza, la verdad del cuerpo humano. Las segundas «reproducen» el cuerpo vivo y, por tanto, están más inmediatamente ligadas a la experiencia del hombre (experiencia herida por la concupiscencia). El problema no radica sólo en la mayor desnudez de la obra sino en la capacidad de insinuar un mensaje sobre la imaginación.

(Fuente: P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E., http://www.iveargentina.org/index.htm )

EL OBSERVADOR 416-10

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CULTURA
La política, arte del bien común
Por Carlos Díaz

Si las fuerzas se comparten, todo va mejor.- Cuando los ciervos tienen que cruzar un río se organizan de tal forma que cada uno de ellos lleva sobre su espalda la cabeza del que le sigue, mientras él reposa su cabeza sobre la espalda del que le precede. Y, como el primero no tiene a nadie delante sobre el que reposar su cabeza, su puesto es ocupado por turnos, de tal manera que, después de un rato, el segundo pasa a primero y el primero a último. Así, sobrellevándose y ayudándose mutuamente, son capaces de cruzar sin peligro anchos ríos y hasta brazos de mar.

Es, pues, falso aquello de que el poder corrompe y el poder absoluto absolutamente, y aquello otro de que el poder enloquece. Falso, porque allí donde hay poder hay ser; a más poder, más ser. Así pues, cuanto más poder compartido tanto mejor, más energía, más vitalidad. El poder compartido es el único que no corrompe. A más poder compartido, mejor bien común.

No cabe política al servicio de una minoría aislada.- Si politizarse significa plenificarse en la totalidad, entonces carece de sentido el egoísmo político a costa de la explotación del prójimo. Ni gentes buenas caben en estructuras perversas, ni estructuras perversas con gentes buenas. Un régimen político justo exige personas justas, y a la inversa; de ahí que «meterse en política» no signifique otra cosa que irse ajustando en comunidad con los demás no a costa de ellos ni ellos a costa de nosotros. Hacer política es hacer humanismo, no hacerla o hacerla mala es deshacer humanismo, esto es, hacer inhumanismo. El hombre tiene que ser político por ser hombre; no es que pueda, es que tiene que serlo.

Política es aquella actividad que te permite salir a la calle e intentar transformarla para mejorarla. Allí se pone definitivamente a prueba todo lo que uno dice creer y todos los valores que uno dice defender, y no llorando en casa.

Justicia, moral y política tienden todas juntas, no separadamente ni desde distintas esferas, al bien común; de lo contrario quedan deformadas. La comunión de ley es a la vez comunión de la ciudad y comunión del hombre, y tal comunión de comuniones sólo le resulta participable a quien la aprehende con más profundidad, a quien más responsable del todo logo/cosmo/polita se siente: en última instancia el cosmopolítico es el cosmopolita. Todos los individuos y grupos intermedios tienen el deber de prestar su colaboración personal al bien común, de donde se sigue que todos ellos han de acomodar sus intereses a las necesidades generales. Razones de justicia y de equidad exigen especial cuidado hacia los ciudadanos más débiles, que puedan hallarse en condiciones de inferioridad para defender sus propios derechos y asegurar sus legítimos intereses. Por eso los gobernantes que no reconozcan los derechos del hombre o los violen faltan a su propio deber.

Constituye, pues, un error (y no pequeño) separar la ética de la política, pues al fin y al cabo la política es indisociable de la ética social. Por eso resultan inaceptables posturas liberalburguesas como la siguiente: «una vez autonomizada, es decir, superada la fase infantil que espera premios o teme castigos por hacer lo que en conciencia cree que más le conviene, lo que distingue a la opción ética es que prescinde de la parafernalia de 'obligaciones' y 'sanciones'. También, por supuesto, del afán de 'mérito'... La política, en cambio, es el reino de la sanción, de la amenaza persuasiva, de la disuasión terrorífica y de la imposición por la fuerza. Aquí estriba la primera diferencia esencial con la ética, que es renuncia a la sanción y a la violencia. En política el otro puede estar de más y por eso hay que quitarle de circulación como sea; en ética, el otro siempre es insustituible como aquel en cuyo reconocimiento debo reconocerme. Además, la ética se preocupa por conseguir buenas personas y la política se ocupa de lograr buenas instituciones; y las buenas instituciones se distinguen porque logran funcionar bien aunque las personas que las encarnan no sean moralmente buenas. Así que la ética no puede ser el remedio de la política» (Savater, F: Diccionario de filosofía). No: porque, a la larga, o todos nos salvamos o todos perecemos; a la corta, casi todos, es decir, los más pobres.

EL OBSERVADOR 416-11

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GRANDES FIRMAS
Fidelidad, fidelidad, fidelidad
Por Mary Ann Glendon

No resulta sorprendente que Juan Pablo II, con su historial de estrecha colaboración con hombres y mujeres laicos, haga frecuentes referencias al laicado, equiparándolo a un gigante dormido. Ahora que el gigante dormido comienza a despertarse. Tras una larga espera, ¿podría ser ésta la hora del laico? ¿Están los aproximadamente 63 millones de católicos estadounidenses evangelizando la cultura, tal y como ha de hacer cada cristiano, o la cultura les está evangelizando a ellos?

Vargas Llosa ha escrito sobre los habladores, personas que recuerdan la historia, historia que ayudaba a la tribu a mantener su propia identidad, pasara lo que pasase. Gentes dispersas recuerdan quiénes son y, por tanto, lo que les hace ser personas. Es el problema central de las dificultades con las que se enfrenta la Iglesia.

Desde el principio, los católicos que llegaron a América del Norte eran extranjeros en una tierra protestante. A principios del siglo XX, con sus doce millones de miembros, la Iglesia católica era la comunidad religiosa más numerosa y la que crecía con mayor rapidez. Luchando por sobrevivir en un ambiente hostil, los católicos inmigrantes construyeron sus propios colegios, hospitales y universidades. Aprovechando la tendencia de los estadounidenses a asociarse, formaron innumerables organizaciones. Los protestantes tenían a los masones y a la Estrella del Este, y los católicos a los Caballeros de Colón y a las Hijas de Isabel.

En 1931, en el cuarenta aniversario de la histórica encíclica social Rerum novarum, Pío XI pidió ayuda a los católicos para que hicieran de contrapeso a la transformación comunista o fascista de la sociedad. La respuesta de los católicos en Estados Unidos fue todo lo positiva que el Papa hubiera podido desear. Fueron instrumentos para romper la influencia comunista en el movimiento obrero, y convirtieron al Partido Demócrata del norte urbano en el partido de los vecinos, de la familia y del trabajador. Fueron esas décadas en que los católicos estuvieron profundamente involucrados, como católicos, en la parroquia, en el trabajo y en el barrio.

A medida que los católicos escalaban peldaños sociales, cambiaron sus viejos barrios por casas en las afueras de las ciudades. Los padres empezaron a mandar a sus hijos a colegios públicos y a universidades no católicas. Las vocaciones religiosas decrecieron.

Con la llegada de los años 60, la gente católica se embarcó en lo que Morris describe con acierto como «un proyecto peligroso de cortar su conexión entre la religión católica y la cultura (...) individualista, que había sido siempre su dinamismo, su atractivo y su poder». La elección como presidente de John F. Kennedy, un católico muy integrado, enseñó a los descendientes de inmigrantes que todas las puertas estaba abiertas para ellos, siempre y cuando no fueran demasiado católicos.

Las sociedades católicas sufrieron presiones para tratar su religión como un asunto absolutamente privado. Muchos de sus habladores -teólogos, educadores religiosos y el clero- sucumbieron a la misma tentación. En este contexto era difícil que las exigentes demandas del concilio Vaticano II se escucharan. Por si eso fuera poco, los buenos mensajes llegaron, en multitud de ocasiones, distorsionados. En los años setenta Andrew Greeley observó que, «de todos los grupos minoritarios en este país, los católicos son los menos preocupados por sus propios derechos». Hasta que mi marido, que es judío, me hizo reflexionar sobre este tema, siento decir que soy un ejemplo de ello. En los años setenta yo daba clase en la Facultad de Derecho de Boston College; durante las vacaciones de verano alguien quitó los crucifijos de las paredes. Aunque la mayoría de los miembros del profesorado éramos católicos y el decano era un sacerdote jesuita, ninguno protestó. Cuando se lo conté a mi marido, no se lo podía creer. Me dijo: «¿Qué les pasa a los católicos? Si alguien hubiera hecho algo parecido con los símbolos judíos habría habido un escándalo. ¿Por qué los católicos aceptan estas cosas?». Ése fue un momento de cambio para mí. ¿Por qué les damos tan poca importancia a temas relacionados con la fe por los que nuestros antepasados hicieron tantos sacrificios?

En muchos casos la contestación tiene su base en la necesidad de progresar y de ser aceptados. Pero, para la mayoría de los católicos estadounidenses, el problema es más profundo: ya no saben hablar sobre lo que creen, o por qué creen. ¿Cuántos católicos laicos han leído cualquiera de las encíclicas que los papas les han enviado a lo largo de los años? ¿Cuántos saben dar una explicación lógica de temas elementales sobre lo que enseña la Iglesia en materias cercanas a ellos, como la Eucaristía o la sexualidad; o qué decir del apostolado laico?

El padre Richard John Neuhaus ha dicho que la crisis de la Iglesia católica tiene tres facetas: fidelidad, fidelidad y fidelidad. Los altavoces de la cultura de la muerte han subido el volumen a la hora de explotar la debilidad de la Iglesia. Hace más o menos treinta años aparecieron con uno de los eslóganes más destructivos jamás inventados: «Personalmente, estoy en contra de [el aborto, el divorcio, la eutanasia...], pero no puedo imponer mis opiniones a otros». Este eslogan es la anestesia moral que ofrecen quienes están preocupados por la decadencia moral, pero que no saben cómo exponer sus puntos de vista, especialmente en público. Pero la anestesia fue eficaz a la hora de silenciar el testimonio de innumerables hombres y mujeres de buena voluntad. Y, por supuesto, el eslogan fue un éxito para políticos cobardes y faltos de principios.

Si la educación religiosa se queda atrás en relación con la educación secular, los cristianos están perdidos en la defensa de sus creencias incluso ante sí mismos. Recientemente el doctor John Haas, presidente del Centro de Bioética Católica Nacional, se reunió con un conocido científico que está involucrado en la clonación humana. En el transcurso de esa reunión el científico le dijo a Haas que la formación que había recibido de pequeño había sido protestante evangélica, pero que hubo un momento en «el que supe que tenía que decidirme entre la religión y la ciencia, y opté por la ciencia». La respuesta del doctor Haas fue, obviamente: «Pero si no tiene que elegir...».

Ya es hora de que los católicos reconozcamos que hemos hecho poco caso a las obligaciones que tenemos en virtud de nuestra herencia intelectual, de la que somos custodios.

(Fuente: Alfa y Omega)

EL OBSERVADOR 416-12

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TESTIMONIO
Vivir con cáncer

Superada la palabra cáncer, hoy es todo distinto, incluso bueno. Cada época de la historia y de la vida de cada uno es evolutivamente diferente, y en la propia persona está el situar sus principios, criterios, sentimientos y conducta dentro de estos nuevos condicionantes -el tan ponderado El hombre y sus circunstancias, de Ortega-. Un ejemplo: de joven, nunca me gustaron las verduras, y mucho los churros; han pasado los años y ahora sucede todo lo contrario.

No recuerdo bien si es de Benavente o no el entremés teatral Los caracoles; en él un buen médico y su mujer, para celebrar sus bodas de oro, pasean por el Madrid castizo, donde una vez fueran novios. En un momento dado, dice él: «Ahora, a La Bombilla, a tomar caracoles, que tanto nos gustaban». Allí se sentaron y comieron sus caracoles con mucho amor; pero objetaron al camarero: «Estos caracoles no nos han gustado; los hacía mejor su abuelo»; a lo cual él respondió: «Pues son los mismos; lo que pasa es que ustedes tenían entonces cincuenta años menos».

Lo mismo pasa con la medicina, como con todo. Hasta mediado el siglo pasado había verdadero pavor a la poliomielitis y a la tuberculosis; hoy, apenas se oye algo de ellas, lo cual no quiere decir que no existan. Sin embargo, de forma algo subrepticia, surge el cáncer en los últimos años. Ya era conocido por la antigua medicina, pero en las últimas décadas se ha puesto en marcha una lucha universal en investigaciones y en atención sanitaria, y los artículos y libros publicados sobre el tema llenarían una extensa biblioteca.

Yo, que no soy oncólogo, en mi simple categoría de internista no pude sustraerme al interés por esta especialidad, y, muy joven, investigué sobre el tema en el Instituto de Oncología Regina Elena, en Roma, además de los estudios que realicé en mis últimos años de universidad. Creo que todo lo que suene a cáncer origina una inmediata y profunda sensibilidad en médicos, sanitarios y toda persona sensible y civilizada. Las organizaciones e instituciones públicas y privadas dedicadas a este asunto constituyen una numerosísima red científica extendida por todo el mundo. La prensa y los demás medios de comunicación social han contribuido -felizmente- a extender el interés.

En este tema, el interés más importante para el hombre es la posibilidad de curación. Se trata de un plato diario a ver, juzgar o sufrir en las amistades e, incluso, en la propia familia. Actualmente, su frecuencia es tan inusitada que mi mujer me decía hace veinte años: «Algo hay ahora para que haya tanto cáncer». A ello respondía yo: «Hay lo que siempre -exageraba-; lo que ocurre es que ya nadie se muere de enfermedades de alta mortalidad como neumonía, tifoidea o sepsis puerperal, y de algo hay que morir. ¡Nadie se queda aquí!» Siempre he dicho que hoy, si a uno no le atropella un coche, no se muere.

Pero hoy todo ha cambiado. Ni el cáncer es tan malo ni siempre es mortal. Ya no se dice, para quedar bien: «Ha remitido», sino, muchas veces: «Ha curado». Sin ir más lejos, yo mismo fui operado en 1997 de carcinoma bien diferenciado, y aquí estoy, creo que curado -esto no significa que jamás pueda enfermar-. Y, como yo, una legión de personas bien conocidas: cineastas, políticos nacionales y extranjeros, artistas, religiosos; y muchas otras personas que son conocidos nuestros. Todos siguen su vida: trabajan, viajan… En una palabra, se puede afirmar que han encontrado una nueva forma de vida: vivir con cáncer, que no es igual que vivir sin él, sino que, para mí, es mejor.

Analicemos eso de vivir mejor. ¿Por qué es así? Fundamentalmente, porque todas esas personas han aprendido y reconocido lo bello de la vida, y han reemprendido una fase nueva, sin prejuicios. Han variado su jerarquía de valores, separando lo que es básico e importante -por ejemplo, el amor- de lo que es totalmente secundario; ahora, llegan a arrepentirse de aquello que antes les encolerizaba, y que es totalmente baladí. Ya no somos tan hipercríticos con lo que nos rodea, ha aumentado nuestra tolerancia y cariño, y disfrutamos más del cónyuge, de los hijos, de las buenas amistades, de los libros, etc. Es una penosa transición que, sin embargo, nos devuelve una hermosa vida, con la experiencia de la antigua.

Si el que ha sido curado de cáncer es una persona religiosa, en relación a Dios dirá que se siente más cercano a Él, y, con ello, ganará en confianza y en su puesta a punto para el día de su encuentro definitivo con el Creador.

Dr. Enrique Romero Velasco

P.D.: En la vida nunca faltan competidores. Ayer -y, sobre todo, hoy- ha surgido con fuerza el SIDA; pero ésa es otra historia...

(Fuente: Alfa y Omega)

EL OBSERVADOR 416-13

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FIN

 
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