El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
10 de agosto de 2003 No.422


SUMARIO

bulletPORTADA - Rotundo no de la Iglesia a los «matrimonios» homosexuales
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Pensar en Dios
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - «Misericordia, Dios mío»
bulletFAMILIA - Viviendo la castidad en el matrimonio
bulletFAMILIA - Consejos para evitar la crisis de la comunicación en el matrimonio
bulletPINCELADAS - Agitar el frasco
bulletREPORTAJE - La controvertida Biblia latinoamericana
bullet¿Padres viejos y achacosos?
bulletCULTURA - El laicismo contra la democracia
bulletCOMUNICACIÓN - La televisión debe respetar el sentido de la liturgia vaticana, dice un experto en celebraciones
bulletCRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN - La agenda de las emergencias
bulletNueva película sobre santa Teresita del Niño Jesús

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PORTADA
Rotundo no de la Iglesia a los «matrimonios» homosexuales
La Santa Sede aclaró hace pocos días que todas las leyes que buscan el reconocimiento legal de las uniones homosexuales constituyen un acto «gravemente inmoral» y no pueden recibir el voto de los políticos católicos. Lo afirma a través de un texto de diez páginas redactado por la Congregación para la Doctrina de la Fe y que lleva por título «Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales». A continuación presentamos un extracto:

El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ha sido fundado por el Creador, que lo ha dotado de una naturaleza propia, propiedades esenciales y finalidades. Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas.

La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de la naturaleza misma.

No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales están condenadas como graves depravaciones (cfr. Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados.

Sin embargo, según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Tales personas están llamadas, como los demás cristianos, a vivir la castidad. Pero la inclinación homosexual es objetivamente desordenada, y las prácticas homosexuales son pecados gravemente contrarios a la castidad.

Con respecto al fenómeno actual de las uniones homosexuales, las autoridades civiles asumen actitudes diferentes: a veces se limitan a la tolerancia del fenómeno; en otras ocasiones promueven el reconocimiento legal de tales uniones; en algunos casos favorecen incluso la equivalencia legal de las uniones homosexuales al matrimonio propiamente dicho.

Allí donde el Estado asume una actitud de tolerancia de hecho, es necesario discernir correctamente los diversos aspectos del problema. La conciencia moral exige ser testigo de la verdad moral integral, a la cual se oponen tanto la aprobación de las relaciones homosexuales como la injusta discriminación de las personas homosexuales. Por eso, es útil hacer intervenciones discretas y prudentes, cuyo contenido podría ser, por ejemplo, el siguiente: desenmascarar el uso instrumental o ideológico que se puede hacer de esa tolerancia; afirmar claramente el carácter inmoral de este tipo de uniones; recordar al Estado la necesidad de contener el fenómeno dentro de límites que no pongan en peligro el tejido de la moralidad pública y, sobre todo, que no expongan a las nuevas generaciones a una concepción errónea de la sexualidad y del matrimonio, que las dejaría indefensas y contribuiría, además, a la difusión del fenómeno mismo. A quienes a partir de esta tolerancia quieren proceder a la legitimación de derechos específicos para las personas homosexuales, es necesario recordar que la tolerancia del mal es muy diferente a su aprobación o legalización.

Ante el reconocimiento legal de las uniones homosexuales, o la equiparación legal de éstas al matrimonio con acceso a los derechos propios del mismo, es necesario oponerse en forma clara e incisiva. Hay que abstenerse de cualquier tipo de cooperación formal a la promulgación o aplicación de leyes tan gravemente injustas, y asimismo, en cuanto sea posible, de la cooperación material en el plano aplicativo. En esta materia cada cual puede reivindicar el derecho a la objeción de conciencia.

La comprensión de los motivos que inspiran la necesidad de oponerse a las instancias que buscan la legalización de las uniones homosexuales requiere algunas consideraciones éticas: De orden racional.- Las legislaciones favorables a las uniones homosexuales son contrarias a la recta razón porque confieren garantías jurídicas análogas a las de la institución matrimonial a la unión entre personas del mismo sexo. El Estado no puede legalizar estas uniones sin faltar al deber de promover y tutelar una institución esencial para el bien común como es el matrimonio.

Se podría preguntar cómo puede contrariar al bien común una ley que no impone ningún comportamiento en particular, sino que se limita a hacer legal una realidad de hecho que no implica, aparentemente, una injusticia hacia nadie. En este sentido es necesario reflexionar ante todo sobre la diferencia entre comportamiento homosexual como fenómeno privado y el mismo como comportamiento público, legalmente previsto, aprobado y convertido en una de las instituciones del ordenamiento jurídico. La legalización de las uniones homosexuales estaría destinada a causar el obscurecimiento de la percepción de algunos valores morales fundamentales y la desvalorización de la institución matrimonial.

De orden biológico y antropológico.- En las uniones homosexuales están completamente ausentes los elementos biológicos y antropológicos del matrimonio y de la familia que podrían fundar razonablemente el reconocimiento legal de tales uniones. Éstas no están en condiciones de asegurar adecuadamente la procreación y la supervivencia de la especie humana. El recurrir eventualmente a los medios puestos a disposición por los recientes descubrimientos en el campo de la fecundación artificial, además de implicar graves faltas de respeto a la dignidad humana, no cambiaría en absoluto su carácter inadecuado.

En las uniones homosexuales está además completamente ausente la dimensión conyugal, que representa la forma humana y ordenada de las relaciones sexuales. Y, como demuestra la experiencia, la ausencia de la bipolaridad sexual crea obstáculos al desarrollo normal de los niños eventualmente integrados en estas uniones. A éstos les falta la experiencia de la maternidad o de la paternidad. La integración de niños en las uniones homosexuales a través de la adopción significa someterlos de hecho a violencias de distintos órdenes, aprovechándose de la débil condición de los pequeños, para introducirlos en ambientes que no favorecen su pleno desarrollo humano.

De orden social.- La sociedad debe su supervivencia a la familia fundada sobre el matrimonio. La consecuencia inevitable del reconocimiento legal de las uniones homosexuales es la redefinición del matrimonio, que se convierte en una institución que pierde la referencia esencial a los factores ligados a la heterosexualidad, tales como la tarea procreativa y educativa. Para sostener la legalización de las uniones homosexuales no puede invocarse el principio del respeto y la no discriminación de las personas. Distinguir entre personas o negarle a alguien un reconocimiento legal o un servicio social es efectivamente inaceptable sólo si se opone a la justicia. No atribuir el estatus social y jurídico de matrimonio a formas de vida que no son ni pueden ser matrimoniales no se opone a la justicia, sino que, por el contrario, es requerido por ésta.

Tampoco el principio de la justa autonomía personal puede ser razonablemente invocado. Una cosa es que cada ciudadano pueda desarrollar libremente actividades de su interés y que tales actividades entren genéricamente en los derechos civiles comunes de libertad, y otra muy diferente es que actividades que no representan una contribución significativa o positiva para el desarrollo de la persona y de la sociedad puedan recibir del estado un reconocimiento legal específico y cualificado. Las uniones homosexuales no cumplen ni siquiera en sentido analógico remoto las tareas por las cuales el matrimonio y la familia merecen un reconocimiento específico y cualificado. Por el contrario, hay suficientes razones para afirmar que tales uniones son nocivas para el recto desarrollo de la sociedad humana.

De orden jurídico.- Dado que las parejas matrimoniales cumplen el papel de garantizar el orden de la procreación y son, por lo tanto, de eminente interés público, el derecho civil les confiere un reconocimiento institucional. Las uniones homosexuales, por el contrario, no exigen una específica atención por parte del ordenamiento jurídico porque no cumplen dicho papel para el bien común.

Es falso el argumento según el cual la legalización de las uniones homosexuales sería necesaria para evitar que los convivientes, por el simple hecho de su convivencia homosexual, pierdan el efectivo reconocimiento de los derechos comunes que tienen en cuanto personas y ciudadanos. En realidad, como todos los ciudadanos, también ellos, gracias a su autonomía privada, pueden siempre recurrir al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco.

Conclusión

La Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio significaría aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual.

Texto completo en la página oficial del Vaticano.

EL OBSERVADOR 422-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Pensar en Dios
Por Jaime Septién

Comentaba el filósofo francés Jean Guitton –el gran amigo y consultor laico de Pablo VI—que estando con el menos creyente de sus amigos, el eminente biólogo Jean Rostand, éste le dijo de buena a primeras: «Tienes mucha suerte; tú crees en Dios, por consiguiente puedes no pensar en Dios. Yo, que no creo en Él, estoy obligado a pensar siempre en Él».

Se trata de una antigua historia que, seguramente, se repite hoy mismo, en cualquiera de nuestros amigos que se dicen ateos. No hay gente más preocupada por la existencia divina que aquellos que niegan, con énfasis, la existencia divina. ¿Por qué? Yo no lo sé. A lo más llego a intuir que ellos intuyen que están equivocando el camino y que el suyo no los va a llevar a ninguna parte.

Pascal es famoso entre otras cosas por su «apuesta» de la existencia de Dios y del comportamiento del hombre, que puedo resumir así: «si Dios existe y soy bueno, al morir voy al paraíso; si Dios no existe y no soy bueno, no pasa nada; pero si Dios existe y no soy bueno, voy al infierno. Mejor apostar a que Dios existe y hacer el bien porque Dios existe». Entiendo que he simplificado la «apuesta» de Pascal y que todo esto puede sonar muy acomodaticio, muy convenenciero. Pero funciona con exactitud para la hora de las definiciones personales; para la hora en que cada uno de nosotros, en nuestra insobornable intimidad, nos enfrentamos con la vida eterna.

Pensar en Dios podrá ser, para el creyente, una especie de placer embriagador. Pero para el no creyente, es, de hecho, una tortura. En su identidad humana, el no creyente tiene también una habitación para la esperanza. Se ha declarado muchas veces que la esperanza (en la salvación, en la vida más allá de la vida, en el amor de Dios) es el motor que llena de brío a la santidad humana. Y es cierto. El que espera ver a Dios un día se aferra a la Gracia. Por el contrario, el que cree que no cree, o el que, de plano, no cree que pueda creer, ¿a qué espera? El vacío, el absurdo del placer repetitivo y abismal, no son formas de llenar nada, sino son formas de vaciarlo todo.

Se trata de tener o no tener una roca sólida desde la cual plantar nuestra existencia en el mundo. El que construye sobre cimientos firmes (y Dios es El Cimiento) puede aventurarse en el amor; mientras que el que construye sobre arenas movedizas, sobre pantanos, lo único que puede llegar a tener en su vida es el poder efímero de la posesión de un objeto o de una persona, convertida, por su inclemencia, en objeto.

Pensar en Dios casi ni es necesario para el que cree en Dios. Puesto que su creencia es real. Puesto que todo lo real es racional. No es la pura fe lo que salva. Es la razón de la fe, es decir, la razón de la esperanza.

EL OBSERVADOR 422-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
«Misericordia, Dios mío»

Juan Pablo II comentó en reciente audiencia general el salmo 50, conocido como el Miserere.

«El mensaje de esperanza del Miserere, que el Salterio pone en labios de David, pecador convertido, es éste: Dios 'borra', 'lava', 'limpia' la culpa confesada con corazón contrito.

«El orante testimonia de manera clara otra convicción, relacionada con la enseñanza reiterada por los profetas: el sacrificio más grato que se eleva hasta el Señor como delicado perfume no es el holocausto de toros o de corderos, sino más bien el 'corazón quebrantado y humillado'.

«El salmo concluye de manera inesperada con una perspectiva totalmente diferente, que parece incluso contradictoria. De la última súplica de un pecador se pasa a una oración en la que se pide la reconstrucción de toda la ciudad de Jerusalén, transportándonos de la época de David a la de la destrucción de la ciudad, siglos después. Por otra parte, tras haber expresado en el versículo 18 el rechazo divino de las inmolaciones de los animales, el salmo anuncia en el versículo 21 que a Dios le agradarán estas mismas inmolaciones.

«Está claro que este pasaje final es un añadido posterior de tiempos del exilio, que en cierto sentido quiere corregir o al menos completar la perspectiva del Salmo de David. Lo hace en dos aspectos: por una parte, no quiere que el salmo se reduzca a una oración individual; era necesario pensar también en la situación penosa de toda la ciudad. Por otra parte, quiere redimensionar el rechazo divino de los sacrificios rituales; este rechazo no podía ser completo ni definitivo pues se trataba de un culto prescrito por el mismo Dios en la Torá. Quien completó el salmo tuvo una válida intuición: comprendió la necesidad en que se encuentran los pecadores, la necesidad de la mediación de un sacrificio. Los pecadores no son capaces de purificarse por sí mismos; no son suficientes los buenos sentimientos. Se necesita una mediación exterior eficaz. El Nuevo Testamento revelará en sentido pleno esta intuición, mostrando que, con la entrega de su vida, Cristo ha realizado una mediación de sacrificio perfecto».

EL OBSERVADOR 422-3

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FAMILIA
Viviendo la castidad en el matrimonio
La opción libre de vivir la castidad fuera y dentro del matrimonio no es una decisión fácil. Si uno no mira al Cielo, esta opción se hace aún más difícil, perdiendo ese regalo tan increíble que Dios confiere al matrimonio. Para una familia —que decidió permanecer en el anonimato— ese regalo fue recuperado a tiempo, no sin ser ese camino «doloroso pero edificante». Con 13 años de matrimonio y 3 niños de 2, 4 y 6 años de edad, ellos conciben su unión matrimonial como el camino a esa santidad a la que están llamados. Éste es su testimonio:

«Mi suegro fue consistentemente infiel a su esposa y la golpeaba con regularidad, y como mi esposo era el único varón fue objeto de la furia de su padre. Mi padre murió cuando era adolescente, siendo víctima de abusos sexuales de un familiar y un vecino, abusos que mi madre jamás creyó e insinuaba que yo era la culpable de todo», relata la joven mujer. «Esos dolorosos hechos tuvieron lamentables repercusiones en mi vida matrimonial, porque ahora yo veo cómo yo hería a mi esposo, que ya de por sí estaba herido. No podíamos darnos uno al otro».

«Nosotros tuvimos una actividad sexual antes de casarnos, utilizando la píldora anticonceptiva como método de prevención, incluso dentro del matrimonio. En ese tiempo manteníamos la puerta de nuestra alcoba firmemente cerrada a Dios, y por varias razones nunca consideramos la regulación natural de la fertilidad. Teníamos la impresión de que los que la usaban eran orgullosos, como si el practicarla les hiciera automáticamente superiores moralmente».

«Sin embargo, luego de recibir consejería por un deseo creciente de suicidarme, comenzamos a tener hijos. Pensé que usar mi sexualidad para traer vida al mundo me sanaría. Ser los padres de nuestro hijo fue fácil y maravilloso. Cuando nuestra hija tenía un año yo estaba nuevamente sin control. Volví a la consejería con la determinación de averiguar si yo en verdad era culpable del abuso y encararme a mí misma. En este momento, también decidimos poner todo en manos de Dios y no usar anticonceptivos. Tres semanas más tarde estaba embarazada. A pesar de que poner las cosas en manos de Dios fue un paso bien encaminado, no controlar la natalidad no era la respuesta correcta. No estábamos actuando responsablemente; estábamos tratando de hacer a Dios responsable de nuestras vidas. Además, la ausencia del control de la natalidad no lleva al respeto mutuo».

«Cuando nuestro tercer hijo, mi esposo sugirió darle una oportunidad a la regulación natural de la fertilidad, ya que la Iglesia la recomendaba. Algunos amigos la practicaban y parecía tener una relación particularmente íntima. Cuando asistimos a una charla sobre el método, mis sospechas de que éste era para las personas santas se confirmaron. Cada pareja dijo claramente que eran vírgenes antes del matrimonio, como si esto fuera un prerrequisito. Si ésta hubiera sido mi única introducción al programa de la regulación natural nunca lo hubiera intentado. Estas charlas nos aislaron aún más de la Iglesia, cuyas doctrinas estábamos tratando con ahínco de abrazar.

Tuve la suerte de tener una amiga muy especial en quien pude confiar mi inquietud de no sentirme digna para el programa de regulación natural. Fue con su apoyo que decidimos darle una oportunidad al método.

«No somos la misma pareja ahora. Hemos alcanzado esa 'comunidad de vida y amor' que se define en Gaudium et spes. El respeto hacia nosotros mismos y entre nosotros, requerido por la regulación natural de la fertilidad, ha ayudado a nuestra sanación. Puede que esto parezca poco probable, pero algo tan sencillo como no trabajar en el día del Señor puede enriquecer la vida de la familia, como también la regulación natural puede enriquecer al matrimonio. He llegado a comprender la virtud de la sexualidad y este cambio en mí ha permitido que nosotros dos nos entreguemos mutuamente sin restricciones.

«Este nuevo respeto ha abierto nuestros corazones el uno hacia el otro, y ya no somos dos personas heridas. Estamos seguros de nuestro amor, seguros de que nuestra unión es el plan de Dios para nosotros. Y esa semana cuando nos abstenemos es un regalo a Dios. Le hemos ofrecido nuestra sexualidad a Él en una forma auténtica igual como lo hacen los sacerdotes siendo célibes. Parece negativo y limitante decir que las parejas casadas no pueden hacerlo. Seamos justos y abramos la castidad para todos.

«La regulación natural de la fertilidad fue la respuesta a todas las preguntas de nuestras vidas que difícilmente hubiéramos podido hacer. Pensamos que estábamos buscando métodos de control de la natalidad sofisticados y lo que encontramos fue el uno al otro y a nuestra familia. Nos hemos convertido en mejores católicos, mejores cónyuges y mejores padres ya que hemos amoldado esta área de nuestra vida a las doctrinas de nuestra Iglesia. Y cada matrimonio merece este regalo tan increíble».

(Resumido de ACI)

EL OBSERVADOR 422-4

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FAMILIA
Consejos para evitar la crisis de la comunicación en el matrimonio
Por Gloria Elena Franco

La crisis en el matrimonio puede originarse a veces por una defectuosa comunicación. La crisis en sí misma supone una ruptura de la comunicación. Esta ruptura se manifiesta de forma abierta cuando el trato y el diálogo dejan de existir. O puede aparecer de forma velada cuando se continúa la relación a base de monosílabos.

En todo caso lo que se pretende es que estos momentos de desacuerdo conyugal (normales por otra parte en la convivencia matrimonial) sean transitorios y leves, gracias a la buena voluntad de los cónyuges.

1.- Tiempo de oro.- Dedícale tiempo al otro, pero no confundas la calidad con la cantidad.

2.- Salidas frecuentes.- Sal con tu cónyuge con alguna frecuencia. No te limites a «sacar» a tu mujer de casa, preocúpate de «salir con ella» a algo que le agrade.

3.- Oír y escuchar.- Cuando él-ella te hable, no te limites a oír: deja de trabajar o deja el periódico a un lado, mírale a los ojos. Él o ella se enterará de que escuchas.

4.-Como novios.- Mantén viva la ilusión del primer día de noviazgo. Conquístale a diario. Preocúpate de tu arreglo personal.

5.-La importancia de las celebraciones.- Recuerda las fechas importantes. Si las celebran juntos, ¡mejor!

6.-Siempre alabanzas.- No critiques a tu cónyuge ante las amistades, menos aun cuando no esté presente.

7.- «Es una sorpresa».- Sorprende con pequeños detalles inesperados: un regalo, una cena especial, una noticia agradable.

8.-Un beso al despedirse.- No olvides despedirte antes de salir. Un beso todos los días es una práctica muy recomendable

9.- Con la verdad por delante.- Sé siempre sincero, pero no lo manifiestes de forma desagradable.

10.- «Quiero estar contigo».- Prefiere a tu cónyuge antes que a las amistades; demuéstraselo a menudo.

(Resumido de Edufam)

EL OBSERVADOR 422-5

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PINCELADAS
Agitar el frasco
Por Justo López Melús *

Antes los frascos de la medicina llevaban una advertencia: agítese antes de usarlo. Si no, toda la esencia quedaba en el fondo y no producía efecto alguno. Era inútil haber tomado aquella medicina. Algo parecido con tanta bebida descafeinada. Y quién dice bebida: tantos «alimentos» sin grasas y sin vitaminas proporcionan hombres light, ligeros, frívolos y superficiales, sin brío y sin energías para enfrentarse a la vida.

Se cuenta de Hitler, uno de los grandes enemigos del cristianismo, que cuando estudiaba en el colegio tenía notas más bien mediocres en las demás asignaturas, pero era el que mejores notas sacaba en religión. ¿Qué sucedió para que la olvidara tan pronto? Se ve que no la asimiló, y quedaron los posos perdidos en el fondo. No agitó el frasco.

* Operario Diocesano en San José de Gracia en Querétaro.

EL OBSERVADOR 422-6

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REPORTAJE
La controvertida Biblia latinoamericana
Por Diana Rosenda García Bayardo

Para que no nos ocurra como a Lutero y a los protestantes, que prefirieron ignorar a san Pedro, que advierte que la Biblia «no es de interpretación privada» (2 Pe 1 ,20), y acabaron dividiéndose en miles de sectas protestantes, la Iglesia católica tiene cuidado de que a las manos de sus hijos llegue la auténtica Biblia.

Y es que no cualquier libro que diga en su portada «Biblia» es realmente la Biblia. Por ejemplo, los jehovistas, es decir, los miembros de la secta no cristiana autodenominada Testigos de Jehová, emplean en la actualidad una aparente Biblia que llaman Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, y que no es más que una adulteración del libro sagrado. Por ejemplo, donde se habla de la cruz de Cristo, dice «madero de tormento» porque los jehovistas creen que Jesús no fue crucificado sino clavado en un palo. Así pues, su biblia no es la Biblia.

Conociendo esto se entiende por qué la Iglesia es tan cuidadosa respecto de la Palabra de Dios, y para que que el fiel, al leerla, no acabe creyendo lo que su imaginación le dicte sino la fe que nos transmitieron los Apóstoles, pide que las auténticas traducciones de la Biblia contengan notas a pie de página para entender correctamente lo que Dios quiere decir.

De las diversas versiones de la Biblia en lengua española que circulan entre los católicos la Biblia latinoamericana es, sin duda, la más popular en México. Mas, desde el principio ésta causó fuerte controversia precisamente por sus notas a pie de página, muy de la corriente de la teología de la liberación.

El 30 de octubre de 1976 la Conferencia Episcopal Argentina emitió una Declaración acerca de los peligros que entraña la edición de la Biblia latinoamericana por su carácter conflictivo y polémico y la complacencia de esta versión con el marxismo.

Pero también aparecieron los defensores. Por ejemplo, el 16 de diciembre de 1976 los obispos de Puerto Rico declararon: «A nuestro parecer la así llamada Biblia Latinoamericana no conlleva peligro para la fe, ni contiene ideologías contrarias al Evangelio».

El asunto llegó hasta la Santa Sede, y en 1977 se hicieron públicas las conclusiones a las que había llegado la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe al revisar la Biblia latinoamericana. El texto dice: «La Congregación para la Doctrina de la Fe, aun considerando que en la llamada Biblia Latinoamericana la traducción de los textos originales sea fiel, es del parecer que las ambigüedades y las imprecisiones de las introducciones y de las notas deben ser eliminadas o aclaradas por la jerarquía local y, además, que deben ser consideradas tendenciosas, y por tanto deben ser eliminadas, algunas fotografías, por ejemplo: la de los rascacielos de Nueva York con la respectiva descripción: 'Ven que te mostraré la Ciudad Grande. Todos se han prostituido en ella...'; la de la plaza comunista de La Habana con la correspondiente descripción: 'El creyente participa en la vida política...'».

A pesar de las recomendaciones del organismo vaticano, sólo la Conferencia Episcopal Argentina hizo caso, publicando el 9 de diciembre de 1978 un Suplemento que debía de venderse de manera obligatoria en las librerías católicas con cada ejemplar de la Biblia latinoamericana para así alejar del peligro espiritual a sus lectores. El resto de los católicos iberoamericanos seguirían expuestos a los peligros de los comentarios de esta versión de la Biblia; pero, afortunadamente, pocos los leen.

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Algunos ejemplos de errores en la Latinoamericana

El Pbro Miguel Antonio Barriola, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, ha revisado detenidamente la Biblia en cuestión. Resumo sólo algunos de sus señalamientos; los comentarios textuales de la Biblia latinoamericana aparecen en letra cursiva.

De Mt 13, 36, refiriéndose a los «responsables» de la Iglesia: «Su celo en reprimir a los que consideran extraviados, para preservar así lo que para ellos es bueno, está tal vez viciado desde dentro. ¿Querrían acabar con todos los errores? Pero en realidad no creen más que en la fuerza y en la autoridad». Los «responsables» de la Iglesia tienen la obligación de corregir los errores, tal como lo hicieron el mismo Jesús y sus apóstoles. Cuando se alerta sobre errores el Magisterio no busca «preservar lo que para él es bueno», sino aquello que coincide con la genuina fe de la Iglesia.

De Mc 7, 24: «El Evangelio no conservó todo lo que Jesús dijo e hizo, pero en ninguna parte se ve algo que sea como un llamado a 'cambiar de religión'». ¿Acaso Cristo no se lamenta de todos los que no oyen su voz (Jn 6,54)? ¿No se entristece al ver a la muchedumbre errante como ovejas sin pastor, mandando rogar para que se envíen obreros a la mucha mies (Mt 9, 36 – 38)?

De Mc 8, 27: «Jesús tenía que sufrir porque tal es el destino de los hombres después del pecado». Tal como suena, pareciera que Jesús sufre por haber pecado Él mismo.

De Lc 7, 36: «Jesús se aburría [en la mesa del fariseo Simón]». El contexto nada insinúa de un presunto «aburrimiento» de Jesús.

De Lc 10, 38: «En ciertas religiones no cristianas la gente aprende a poner su espíritu en paz y silencio... mientras nosotros a veces entramos en oración con todas nuestras preocupaciones vanas, y después nos vamos de nuevo con ellas». Pareciera suponer que «lo ordinario» entre los cristianos fuera una oración agitada y distraída, mientras que en otras religiones el panorama normal sería la paz y serenidad. ¿Todos los defectos se acumularían sobre los cristianos y todas las virtudes sobre los que no lo son? Pero el fin de la oración no es un «nirvana»; si así fuera, la plegaria de Cristo en Getsemaní merecería reproche.

De Lc 16, 19: «Lázaro... se hace prostituta, carterista... hasta que una muerte prematura le permita encontrar a alguien que lo quiera en la compañía de Abraham y de los ángeles». Circunstancias de extrema necesidad empujan a muchos al robo y la mala vida, pero aquí parecen justificarse tales caminos, que desembocarían con la entrada al Cielo.

De Jn 4, 24: «Dios no necesita nuestros rezos, sino la sencillez y la nobleza de nuestro espíritu». Estrictamente hablando, tampoco Dios necesita de nuestro espíritu. Dios no requiere rezos, sacrificios y culto; pero los ha ordenado.

De Hech 14,8: «Quien tenía una religión estaba sometido a la autoridad indiscutible de las costumbres y tradiciones sociales ligadas a esa religión. En cambio, muchas veces, los no creyentes de nuestras sociedades modernas han sido liberados de numerosos prejuicios y confusiones». Simpatía para con los arreligiosos, como si ellos no pudieran padecer cadenas esclavizantes.

De Rom 11, 25: «Los cristianos han dado un gran paso en este siglo, al tomar conciencia del carácter no violento del Evangelio». En toda época hubo cristianos que vivieron la no violencia del Evangelio.

De Gal 2, 1: «Dios es pura libertad... Él no puede encerrarnos en ritos o maneras de vestirse». Dios es libérrimo. Pero no lo son sus fieles. Para ellos manda, entre otras cosas, la celebración de la Eucaristía, que no puede realizarse de cualquier modo (con Coca- Cola en vez de vino, por ejemplo).

De Hebr 8,6: «Aquella celebración [la Misa]... no es lo esencial de la vida cristiana en la Tierra. Aquí abajo debemos seguir los pasos de Jesús... su vida real fue mucho más allá de una bella liturgia en la que nadie ciertamente arriesga su vida». La Eucaristía, si bien no agota toda la preocupación de la vida cristiana, es fuente y cumbre de todo en la Iglesia; no se debe desprestigiar, no contándola entre «lo esencial» de una existencia creyente. Tampoco hay lugar a contraponer «vida real» con una «bella liturgia».

De Ap 18,1: «El plan de salvación está siempre en peligro: los mayores obstáculos vienen de la misma Iglesia, a menudo tan ciega a las exigencias del Evangelio, cuando se empeña en conquistar el mundo... No es, pues, de extrañar que la Virgen María... intervenga de vez en cuando para manifestarse a los pobres...Las apariciones están indicando que la Iglesia no ha cumplido su misión sino muy parcialmente». La Iglesia se empeña por «conquistar el mundo» para Cristo y es el cometido mismo de su existencia. María, en sus apariciones, jamás afirma que «los mayores obstáculos» para el plan de salvación «vienen de la misma Iglesia».

De Sant 4, 1: «¡Qué pecado tan grande cuando, en la misma Iglesia, ciertos grupos cristianos se dedican a espiar, examinar y denunciar lo que otros cristianos dicen y escriben con intenciones apostólicas!». Una cosa es espiar por envidia o maldad y otra "examinar" y sacar a la luz errores manifiestos o herejías.
(D. R. G. B.)

EL OBSERVADOR 422-7

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¿Padres viejos y achacosos?

Hoy te desesperas porque tus padres están viejos y achacosos. Se han convertido en una intromisión en tu apretada agenda, en una vergüenza cuando estás con tus amigos.

Comprende. Ahora tus padres están viejos. Es tu oportunidad de reflexionar y crecer en el amor. Los he puesto en tus manos para que aprendas a amar. El problema no son ellos. Eres tú, que has olvidado lo que es amar. Se te ha endurecido el corazón y ahora es el momento de recapacitar. Ahora te llamo al amor para con ellos. El amor todo lo vence.

Si ellos derraman su comida sobre su ropa, si les cuesta atarse los zapatos, así fuiste tú y ellos te amaron.

Si les cuesta hablar y repiten lo mismo, así fuiste tú y ellos te amaron.

Si tienen sus manías y sus achaques, recuerda: así fuiste tú y te amaron.

Si te parecen inútiles y si no comprenden las nuevas tecnologías, recuerda: así fuiste tú y ellos te amaron.

Si caminan muy despacio y sacarlos a pasear requiere de tu paciencia, recuerda: así fuiste tú y ellos te amaron.

Si se hacen las necesidades en la cama, recuerda; así fuiste tú y te amaron.

Si te gritan y se incomodan sin razón, recuerda los lloriqueos que ellos soportaron de ti.

Si te dicen que no quieren vivir, comprende: sólo te están demostrando su dolor y frustración porque sienten ser una molestia en tu vida. Es tu oportunidad para demostrarles con tu amor que ellos son más bien un don porque los amas. Ellos te están enseñando a amar.

Recuerda: no hace mucho fuiste pequeño y ellos estuvieron a tu lado. Las mismas cosas de que te quejas las hiciste tú y ellos lo comprendieron todo. ¿Sabes por qué? Porque te amaron.

La misión de tus padres contigo no ha terminado. Yo me serví de ellos para darte vida y formarte en un hombre adulto, ahora te los pongo en tus manos para que te liberes de ti mismo y entres en la madurez del amor.

No temas. Yo estoy a tu lado. Aprende a interpretar lo que te digan a la luz de mis enseñanzas y tendrás paz.

Tu Señor y Salvador,
Jesucristo.

«Por Pascual Briceño. Fuente: Catholic.net)

EL OBSERVADOR 422-8

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CULTURA
El laicismo contra la democracia
Por Carlos Díaz

Una forma de mala voluntad democrática es el laicismo. No hay que confundir lo laico con lo laicista. Es laico lo que orienta el quehacer personal y comunitario sin remitir expresamente a Dios, pero sin negarlo tampoco, reconociendo la existencia de unos valores mínimos comunes humanos compartidos en un pluralismo no impositivo sino dialogado y argumentado, aunque los unos defiendan el origen meramente humano de dichos valores asegurando que -si Dios existe- los querrá porque son valores y otros, por el contrario, que son valores porque Dios los quiere. El laicismo, por el contrario, niega a todo creyente el derecho a tener cualquier opinión racional incluso en aquellos asuntos en los que el creyente es miembro de la sociedad civil, pretendiendo recluirle en la sacristía, actitud que no deja de ser paradójica cuando se ejerce tras haber urgido insistentemente al creyente para que saliese a la calle a protestar contra la dictadura y a dar la cara por las libertades.

Por una democracia dialógica

Como dice A. Cortina, «a las alturas de este siglo nada de lo moralmente exigible en los mensajes de las grandes religiones puede indigestar a cualquier no creyente que se encuentre en la etapa postconvencional de su conciencia moral, es decir, en esa etapa en que sabe distinguir entre las normas convencionales de la sociedad en la que vive y los principios morales universalistas, como puedan ser el kantiano («obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca como un simple medio»), los principios supremos utilizados por actuales pragmatistas («todos los hombres merecen igual consideración y respeto»), o el principio de la ética dialógica («una norma sólo será correcta si todos los afectados por ella están dispuestos a darle su consentimiento tras un diálogo celebrado en condiciones de simetría»). En nada puede contradecir un creyente a quien afirma que los hombres son fines en sí mismos, que merecen un trato igual, y que nadie puede decidir sobre ellos sin consultarlos, que pueda resultarle un vino 'intragable' por fuerte. Todos han aceptado ya como una gozosa conquista, el reconocimiento de la dignidad de los hombres». «Un creyente se encuentra 'en casa' en una ética cívica que defiende la libertad, la igualdad, la solidaridad, los derechos humanos de las tres generaciones y una actitud dialógica como la descrita; sólo que, desde su experiencia religiosa, son éstos los mínimos que él quiere asegurar desde los máximos: desde su vivencia de la paternidad de Dios y de la fraternidad de los hombres. Fe y razón son dos niveles distintos de exigencia: el de las premisas últimas, religiosas en el caso del creyente, y el de las conclusiones, compartidas por unos y otros por ser tenidos como valiosos, que componen la ética cívica. A estos dos niveles he llamado ética de máximos, referidas a las premisas diferenciadoras, y éticas de mínimos a las conclusiones compartidas».

Va siendo hora de abandonar, pues, ciertos jacobinismos anacrónicos, perezosos, dañinos.

EL OBSERVADOR 422-9

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COMUNICACIÓN
La televisión debe respetar el sentido de la liturgia vaticana, dice un experto en celebraciones

En un artículo firmado por el P. Virgilio Fantuzzi S.J., la Civiltá Cattolica, una de las revistas más influyentes en el mundo católico cercano a la Santa Sede, advierte que, muy frecuentemente, el mal uso del lenguaje televisivo lleva a distorsionar el sentido de las celebraciones litúrgicas que preside el Papa, dificultando su comprensión a los fieles que las siguen por televisión.

El P. Fantuzzi recurre a algunos ejemplos, como son la profusión de cámaras que enfocan al público, que "lógicamente no resiste la tentación de saludar, sea cual sea el momento de la celebración"; el hecho de enfocar detalles curiosos, como la genuflexión de la Guardia Suiza durante la consagración, en vez de concentrarse en la consagración misma; la inoportuna superposición de la voz locutor o traductor sobre el canto del diácono o del mismo Papa durante la proclamación de la Epístola o el Evangelio; entre otras decisiones televisivas.

Según algunos productores de televisión, la profusión de tomas durante la Misa son formas de "ayudar" a la celebración previniendo que el televidente se "aburra"; pero según ha venido argumentando el maestro de ceremonias de Juan Pablo II, Mons. Piero Marini, la distorsión de las celebraciones pontificias afecta a todos los católicos, porque la liturgia del Papa siempre es "un punto de referencia para toda la Iglesia".

En efecto, antes de la televisión, explicó recientemente Mons. Marini a un periodista norteamericano, sólo unos pocos peregrinos veían celebrar al Romano Pontífice.

"Hoy cualquier persona, católica o no, formará su idea de la sagrada liturgia sobre el molde de las ceremonias papales", dijo el prelado.

Por eso "debe existir una previa coordinación entre los responsables litúrgicos y los televisivos, de manera que se tenga claro el orden de prioridades", concluyó Mons. Marini.

(Fuente: ACI)

EL OBSERVADOR 422-10

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CRÍTICA DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN
La agenda de las emergencias
Por Santiago Norte

Hoy por hoy, la agenda internacional y nacional, incluso local, de las emergencias la llevan los medios de comunicación. Eso les cura en salud. Porque enfocan el ritmo de la ayuda humanitaria y se hacen los que no cierran los ojos ante desgracias humanas terribles. Pero los cierran. Y de qué manera.

Como dice Abbas Guillet, director del departamento de Gestión de la Fundación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, «la ayuda humanitaria se rige por la repercusión mediática de las crisis, frente a carencias objetivas mucho mayores». Un ejemplo muy claro es el caso de Afganistán. O el de Iraq. Hoy llueven recursos internacionales tras las intervenciones armadas para derrocar al «eje del mal». El hambre es la misma que antes de llegar Estados Unidos.

La razón es obvia: hemos visto la guerra por televisión. Antes no habíamos visto por televisión la vida cotidiana de un par de países avasallados por dictaduras francamente antediluvianas. No era relevante para los medios. Ahora sí lo es, y la movilización internacional de comida no se ha hecho esperar. Con ello, la televisión estadounidense, que mintió con singular alegría durante las operaciones militares, salva su imagen, justifica su «humanitarismo» y, de paso, se sacude las críticas de los intelectuales que habían denunciado oportunismo salvaje de parte de la industria televisiva.

«¿Por qué ves en mí una máquina despiadada de hacer espectáculo de la guerra —parece decir la dirigencia de las empresas como CNN— si he motivado que miles de bocas iraquíes sean alimentadas por la ayuda del televidente mundial?» El problema es que ahí no está el problema. Está en otro lado. Está antes de que lo «suba» a la palestra la televisión, cuya ética de catástrofes sigue basándose en el espectáculo. Una hambruna brutal en Etiopía no retrata bien hasta cuando el número de muertos humanos rebasa el número de muertes de las vacas. Mejor aún si hay guerra tribal de por medio. Pero si el hambre viene de siete años atrás, no importa. En esos siete años no hubo espectáculo digno de ser contado. Por lo tanto, no hubo noticia.

En el medio nacional, lo mismo. Cuando nuestras televisoras «suben» el tema de la solidaridad con el mexicano desprotegido es que ha habido, segurito, un desastre natural considerable. La pobreza extrema que padece 50 o 60 por ciento de la población no es un desastre mediático digno de referencia. Es apenas una referencia sociológica. Pero no vende La colecta tiene que venir cuando un ciclón pega o hay un terremoto y muchas víctimas. Entonces todo el mundo dice: «qué bien que actuó la televisión». Y la televisión contentísima, por cierto. Aunque la ética del verdadero humanismo siga sin tener prioridad, y los muertos reales sigan siendo anécdota de la más absurda soledad.

EL OBSERVADOR 422-11

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Nueva película sobre santa Teresita del Niño Jesús

El actor y director católico Leonardo Defilippis realizó recientemente una película sobre santa Teresa de Lisieux. El pre-estreno de la cinta, titulada simplemente Teresa, tuvo lugar en Dallas, y luego fue presentado en el Vaticano, donde fue bendecida por Juan Pablo II y se llevó a cabo, según el propio director, «la mejor proyección que hemos hecho. Hubo una mezcla de risas y llanto a lo largo de la tarde hasta el momento final de la muerte de la santa, momento en el que brotaron las lágrimas».

El sitio web oficial del film es www.theresemovie.com 

EL OBSERVADOR 422-12

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FIN

 
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