El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
19 de octubre de 2003 No.432

SUMARIO

bulletPORTADA - «El Papa ha cumplido su parte; me pregunto si nosotros lo hemos hecho»: Rodrigo Guerra López, filósofo
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - El milagro de la beata Teresa de Calcuta
bulletNIÑOS - Carta de Juan Pablo II para los niños
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - La madre Teresa de Calcuta escuchaba el grito de Jesús en la cruz: «Tengo sed»
bulletFAMILIA - Cuando tú y yo aprendamos a compartir (Anécdota que contaba la madre Teresa)
bulletPINCELADAS - Amiga de la vida
bulletDOCUMENTOS - Mensaje de Juan Pablo II para hoy, Jornada Mundial de las Misiones 2003
bulletJÓVENES - ¿Darías tu vida por los más pobres entre los pobres?
bulletGRANDES FIRMAS - Una santa del pueblo
bulletALACENA - Pequeños datos que seguramente usted desconocía de Juan Pablo II
bulletTEMAS DE HOY - El papa Wojtyla, un hombre con muy buen humor

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PORTADA
«El Papa ha cumplido su parte; me pregunto si nosotros lo hemos hecho»: Rodrigo Guerra López, filósofo

¿Es posible hacer un balance del Pontificado de Juan Pablo II en su 25 aniversario?
No es fácil. Sin embargo, creo que su pontificado ha sido un esfuerzo por volver la mirada hacia lo esencial, es decir, ayudar al mundo y a la Iglesia a reencontrar en la humanidad de Jesús el camino para descubrir aquello que rebasa lo humano: Dios existe y está en medio de nosotros.

Parece que hay una paradoja: la figura del Papa fascina a las multitudes y a los medios de comunicación y al mismo tiempo pareciera que su voz es desoída. ¿A qué se debe esto?
Juan Pablo II es vicario de Cristo y, como tal, no puede hacer más que una propuesta al anunciar que ser cristiano tiene sentido. La libertad es una condición esencial para la recepción de la verdad del Evangelio. Cuando existe libertad existe también el riesgo de no acoger la propuesta. Sin embargo, lo que conviene destacar es que el esfuerzo que realiza Juan Pablo II consiste precisamente en afirmar que Jesús no olvida a nadie aun cuando las personas en ocasiones le demos la espalda. La fascinación que suscita el Papa me parece que no se debe a su personalidad, a su oratoria o al «marketing», sino más bien a que la verdad del Evangelio desafía la conciencia y la conmueve. El que esta verdad sea desoída en ciertos ambientes tengo la impresión que se debe más a la incongruencia de nosotros los cristianos de a pie. Muchas veces no creemos que el amor, la comunión y el perdón son verdadera fuente de renovación personal y social. El Papa sí ha cumplido su parte. Me pregunto si nosotros lo hemos hecho.

¿Qué tipo de renovación personal ha promovido Juan Pablo II durante su pontificado?
Estamos en una época de cambios rápidos y profundos a nivel global. El «renovarse para ponerse al día» es un lugar común. Juan Pablo II, sin embargo, no usa alguna moda administrativa o algún humanismo «light» para promover el cambio. En este tema es fácil ver cómo el Papa vuelve a lo esencial: el núcleo afectivo de la persona, el corazón, sólo puede colmarse en sus expectativas con un encuentro definitivo. La hipótesis cristiana corresponde al anhelo más hondo del corazón. Sin embargo, el corazón, por su propio ímpetu no puede, ¡es incapaz!, de alcanzar lo que más desea. Es momento de descubrir la importancia de la gratuidad, la primacía de la gracia. La persona se renueva con la gracia. Ella es la que hace crecer en virtud y no viceversa, como quieren algunos neopelagianos.

¿Y en el ámbito social, donde, quizá, haya sido menos escuchada su propuesta de volver a lo esencial, de volver a la primacía de la persona?
En el ámbito sociopolítico sucede algo análogo: quienes asumen el poder más pronto que tarde suelen volverse autoreferenciales, es decir, medidas-de-sí-mismos. Escuchar y aprender del otro les resulta difícil debido a que el poder exalta la eficacia y oscurece la capacidad para leer lo cualitativo, lo humano, lo auténticamente «digno». La nueva síntesis de la doctrina social de la Iglesia, articulada por Juan Pablo II, sostiene justo que el Estado y el mercado sólo pueden servir y pervivir si la persona, sus derechos y su cultura se colocan al centro. No basta afirmar con la palabra que la persona es digna. Es necesario entender cómo la doctrina social de la Iglesia puede ser usada como teoría crítica al momento del diseño, por ejemplo, de políticas públicas.

¿Es esta «nueva síntesis de la doctrina social de la Iglesia» parte del legado de Juan Pablo II para la posteridad?
En efecto, el fracaso especulativo y práctico, tanto de los colectivismos como de los neoliberalismos, muestra, de manera elocuente, que no basta la buena intención y una cierta capacidad técnica para la transformación del Estado y de la sociedad. Los más pobres no pueden continuar esperando. Fácilmente la anarquía y el sin-sentido pueden emerger en el escenario público cuando no nos atrevemos a sustituir el Estado-liberal-de-Derecho por un Estado-social-de-Derecho. Juan Pablo II a través de su Magisterio ha hecho un aporte cualitativamente nuevo al interior de la controversia sobre el Estado: el Estado tiene que rearticularse con la cultura para, así, colocar a lo social como eje sustantivo.

¿Dónde se muestra con mayor claridad esta postura del Santo Padre?
En el Capítulo Quinto de la Encíclica «Centesimus annus». Ahí muestra que el Estado y sus hombres deben adquirir capacidad para «leer» lo social en términos culturales. Evidentemente, no nos referimos a la cultura entendida como museos, conciertos y ballet. Nos referimos a la cultura como ethos de un pueblo: valores, símbolos, creencias, historia. Nos referimos a los motivos cualitativos que hacen que una sociedad pueda ser «sujeto» y no «objeto» del poder. El Papa le llama a este desafío: necesidad de crear «subjetividad social».

Finalmente, ¿qué perfil pastoral tendría que asumir el sucesor de Juan Pablo II para conducir a la Iglesia hacia el futuro?
Han comenzado a aparecer programas de radio y televisión en los que se analizan los escenarios de la sucesión pontificia. Llama la atención que tanto críticos como algunos defensores suelen dejar de lado que el propio Juan Pablo II ha afirmado que el Concilio Vaticano II debe ser la agenda de los cristianos en el mundo actual. El Concilio Vaticano II es una fuente de asombro y de sorpresa continua para el que lo toma en sus manos. En América Latina sus enseñanzas se encuentran proyectadas en los documentos del CELAM: Medellín, Puebla, Santo Domingo. No sé qué perfil asumirá el próximo Papa. Sin embargo, me parece muy deseable que quien suceda a Juan Pablo II sea un Papa «conciliar», abierto al diálogo Iglesia-mundo, es decir, a los gozos y esperanzas de los hombres y las mujeres de hoy. Me parece que es también muy deseable que siga viendo a nuestro continente como el «Continente de la Esperanza». El caminar de la Iglesia Latinoamericana es el caminar de una Iglesia pobre pero cierta de que Jesús es el Señor de la historia. Más aún, cierta de que Jesús se identifica con los pobres, como dice el Papa en Novo millennio ineunte, en el número 49. Tal vez sea necesario leer de nuevo este documento para vislumbrar algo del futuro que nos espera como Iglesia y como sociedad.

EL OBSERVADOR 432-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
El milagro de la beata Teresa de Calcuta
Por Jaime Septién

Uno mi voz al coro de la Iglesia que, regocijado, da gracias a Dios por la beatificación de la madre Teresa. El milagro que la lleva a las alturas, como lo muestra el cartón de Fédor que acompaña estas líneas, y que fue proféticamente inserto en EL OBSERVADOR la semana de la muerte de la madre Teresa, es el milagro del amor.

En toda esta edición especial de EL OBSERVADOR usted habrá de encontrar mil testimonios sobre esta pequeñita monja albanesa de nacimiento, india de nacionalidad, católica de corazón y, por tanto, perteneciente a la humanidad completa. No voy aquí a agregar citas. Solamente diré que su beatificación y muy próxima canonización era el gran signo que esperaba nuestro tiempo para la conversión de los corazones.

Por ello la urgencia del Papa. A los 25 años de su pontificado, con la salud precaria, Juan Pablo II quiere dejar constancia, con su estimada Madre Teresa, que la salvación del mundo pasa por acoger a Cristo en los pobres y en los niños, víctimas de la corrupción de la humanidad «civilizada».

La madre Teresa le decía a Clinton: «no mate a los niños (por el aborto); si no los quiere, regálemelos». También le dijo a un periodista (impresionado por el beso de la madre Teresa a un leproso, le había confesado que él no haría tal cosa ni por un millón de dólares): «yo tampoco». Exacto: sólo por amor a Jesús.

He ahí el camino. Juntos el del amor total de santa Teresa de Jesús y el de la entrega apasionada de Santa Teresita del Niño Jesús. Tres Teresas colosales. La primera, la de Ávila, la que necesitaba el mundo frente a la Reforma. La segunda, la de Lisieux, la que necesitaba el mundo frente al racionalismo indiferente. La tercera, la de Calcuta, la que necesita el mundo de hoy, egoísta, asqueado del otro, mareado de desamor.

¡Qué grande es el nombre de Jesús en la entraña de la santidad! ¡Qué alejados de la huella mínima de la última de las tres Teresas colosales; de la que este domingo 19 de octubre el Papa lleva de la mano a los altares de la Iglesia: Doctora del dolor; de la fe expresada en obras; de la cultura católica: ¡Madre Teresa de los olvidados del mundo!

EL OBSERVADOR 432-2

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NIÑOS
Carta de Juan Pablo II para los niños

La Primera Comunión

Queridos amigos: la Primera Comunión es un encuentro inolvidable con Jesús, un día que se recuerda siempre como uno de los más hermosos de la vida. La Eucaristía es el más importante de los sacramentos. En ella el Señor se hace alimento de las almas bajo las especies del pan y del vino. Los niños la reciben solemnemente la primera vez -en la Primera Comunión- y se les invita a recibirla después cuantas más veces mejor para seguir en amistad íntima con Jesús.

Para acercarse a la Sagrada Comunión, como saben, se debe haber recibido el Bautismo: este es el primer sacramento y el más necesario para la salvación. ¡Es un gran acontecimiento el Bautismo! En los primeros siglos de la Iglesia, cuando los que recibían el Bautismo eran sobre todo los adultos, el rito se concluía con la participación en la Eucaristía, y tenía la misma solemnidad que hoy acompaña a la Primera Comunión. Más adelante, al empezar a administrar el Bautismo principalmente a los recién nacidos -es también el caso de muchos de ustedes, queridos niños, que, por tanto, no pueden recordar el día de su Bautismo- la fiesta más solemne se trasladó al momento de la Primera Comunión. Cada muchacho y cada muchacha de familia católica conoce bien esta costumbre: la Primera Comunión se vive como una gran fiesta familiar. En este día se acercan generalmente a la Eucaristía, junto con el festejado, los padres, los hermanos y hermanas, los demás familiares, los padrinos y, a veces también, los profesores y educadores.

El día de la Primera Comunión es además una gran fiesta en la parroquia. Recuerdo como si fuera hoy mismo cuando, junto con otros muchachos de mi edad, recibí por primera vez la Eucaristía en la iglesia parroquial de mi pueblo. Es costumbre hacer fotos familiares de este acontecimiento para así no olvidarlo. Por lo general, las personas conservan estas fotografías durante toda su vida. Con el paso de los años, al hojearlas, se revive la atmósfera de aquellos momentos; se vuelve a la pureza y a la alegría experimentadas en el encuentro con Jesús, que se hizo por amor Redentor del hombre.

¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos, que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés; santa Agueda; san Tarsicio, un muchacho llamado el mártir de la Eucaristía porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo. Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos entre los santos de la Iglesia.

Jesús y su Madre eligen con frecuencia a los niños para confiarles tareas de gran importancia para la vida de la Iglesia y de la humanidad. El Redentor siempre atiende su oración. ¡Qué enorme fuerza tiene la oración de un niño!

(Carta resumida. Vaticano, 13 de diciembre de 1994)

EL OBSERVADOR 432-3

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EL RINCÓN DEL PAPA
La madre Teresa de Calcuta escuchaba el grito de Jesús en la cruz: «Tengo sed»

A dos días de la partida de la madre Teresa de Calcuta a la Casa del Padre, el papa Juan Pablo II, amigo personal de la religiosa, le dedicó el rezo dominical del Angelus en la plaza San Pedro, y de ella dijo lo siguiente:

«La querida religiosa reconocida universalmente como la Madre de los Pobres, nos deja un ejemplo elocuente para todos, creyentes y no creyentes. Nos deja el testimonio del amor de Dios. Las obras por ella realizadas hablan por si mismas y ponen de manifiesto ante los hombres de nuestro tiempo el alto significado que tiene la vida».

«Misionera de la Caridad. Su misión comenzaba todos los días antes del amanecer, delante de la Eucaristía. En el silencio de la contemplación, la madre Teresa de Calcuta escuchaba el grito de Jesús en la cruz: tengo sed. Ese grito la empujaba hacia las calles de Calcuta y de todas las periferias del mundo, a la búsqueda de Jesús en el pobre, el abandonado, el moribundo».

«Misionera de la Caridad, dando un ejemplo tan arrollador que atrajo a muchas personas, dispuestas a dejar todo por servir a Cristo, presente en los jóvenes».

«Ella sabía por experiencia que la vida adquiere todo su valor cuando encuentra el amor y, siguiendo el Evangelio, fue el buen samaritano de las personas que encontró, de toda existencia en crisis y despreciada».

EL OBSERVADOR 432-4

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FAMILIA
Cuando tú y yo aprendamos a compartir
Anécdota que contaba la madre Teresa

«En una ocasión, por la tarde, un hombre vino a nuestra casa para contarnos el caso de una familia hindú de ocho hijos. No habían comido desde hacía ya varios días. Nos pedía que hiciéramos algo por ellos. De modo que tomé algo de arroz y me fui a verlos. Vi cómo brillaban los ojos de los niños a causa del hambre. La madre tomó el arroz de mis manos, lo dividió en dos partes y salió. Cuando regresó le pregunté qué había hecho con una de las dos raciones de arroz. Me respondió: 'Ellos también tienen hambre'. Sabía que los vecinos de la puerta de al lado, los musulmanes, tenían hambre. Quedé más sorprendida de su preocupación por los demás que por la acción en sí misma. En general, cuando sufrimos y cuando nos encontramos en una grave necesidad no pensamos en los demás. Por el contrario, esta mujer maravillosa, débil, pues no había comido desde hacía varios días, había tenido el valor de amar y de dar a los demás, tenía el valor de compartir. Frecuentemente me preguntan cuándo terminará el hambre en el mundo. Y yo respondo: 'Cuando tú y yo aprendamos a compartir'. Cuanto más tenemos, menos damos. Cuanto menos tenemos, más podemos dar.

«En una ocasión, en Calcuta, no teníamos azúcar para nuestros niños. Sin saber cómo, un niño de cuatro años había oído decir que la madre Teresa se había quedado sin azúcar. Se fue a su casa y les dijo a sus padres que no comería azúcar durante tres días para dárselo a la madre Teresa. Sus padres lo trajeron a nuestra casa, entre sus manitas tenía una pequeña botella de azúcar, lo que no había comido. Aquel pequeño me enseñó a amar. Lo más importante no es lo que damos, sino el amor que ponemos al dar».

(Fuente: mision-de-maria.com.ar )

EL OBSERVADOR 432-5

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PINCELADAS
Amiga de la vida
Por Justo López Melús *

Eso es la madre Teresa de Calcuta: «La vida es una oportunidad, aprovéchala. La vida es belleza, admírala. La vida es un sueño, hazlo realidad. La vida es un reto, afróntalo. La vida es un deber, cúmplelo. La vida es un juego, juégalo. La vida es precisa, cuídala. La vida es riqueza, consérvala. La vida es amor, gózalo. La vida es un misterio, desvélalo.

«La vida es tristeza, supérala. La vida es un himno, cántalo. La vida es un combate, acéptalo. La vida es una tragedia, domínala. La vida es una aventura, arrástrala. La vida es felicidad, merécela. La vida es servicio, ejercítalo. La vida es la vida, defiéndela».

* Operario Diocesano en San José de Gracia en Querétaro.

EL OBSERVADOR 432-6

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DOCUMENTOS
Mensaje de Juan Pablo II para hoy, Jornada Mundial de las Misiones 2003

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Desde el inicio, quise poner mi pontificado bajo el signo de la especial protección de María. En diversas ocasiones he invitado a toda la comunidad de los creyentes a revivir la experiencia del Cenáculo, donde los discípulos «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de (...) María, la madre de Jesús» (Hch 1, 14). Ya en mi primera encíclica, Redemptor hominis, escribí que sólo en un clima de oración ferviente es posible «recibir al Espíritu Santo, que desciende sobre nosotros, y convertirnos de este modo en testigos de Cristo hasta los últimos confines de la tierra, como los que salieron del Cenáculo de Jerusalén el día de Pentecostés» (n. 22).

La Iglesia toma cada vez mayor conciencia de que es «madre» como María. Ella es «la cuna -afirmé en la bula Incarnationis mysterium, con ocasión del Gran Jubileo del año 2000- en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos» (n. 11). Por este camino espiritual y misionero desea proseguir, acompañada siempre por la Virgen santísima, estrella de la nueva evangelización, aurora luminosa y guía segura de nuestro caminar (cf. Novo millennio ineunte, 58).

María y la misión de la Iglesia en el Año del Rosario

2. En octubre del año pasado, al entrar en el vigésimo quinto año de mi ministerio petrino, como prolongación ideal del Año Jubilar, convoqué un año especial dedicado al redescubrimiento de la oración del Rosario, tan querida en la tradición cristiana; un año que se debe vivir bajo la mirada de María, la cual, según el misterioso designio divino, con su «sí» hizo posible la salvación de la humanidad y desde el cielo sigue protegiendo a los que acuden a ella especialmente en los momentos difíciles de la existencia.

Es mi deseo que el Año del Rosario constituya para los creyentes de todos los continentes una ocasión propicia para profundizar en el sentido de la vocación cristiana. En la escuela de la Virgen y siguiendo su ejemplo, toda comunidad podrá cultivar mejor su dimensión «contemplativa» y «misionera».

La Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra precisamente al final de este particular Año Mariano, si se prepara bien, podrá dar un impulso más generoso a este compromiso de la comunidad eclesial. El recurso confiado a María con el rezo diario del Rosario y la meditación de los misterios de la vida de Cristo pondrán de relieve que la misión de la Iglesia se debe sostener, ante todo, con la oración. La actitud de «escucha», que sugiere la plegaria del rosario, acerca a los fieles a María, la cual «conservaba estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). La recurrente meditación de la palabra de Dios es un entrenamiento para vivir «en comunión vital con Jesús a través -podríamos decir- del corazón de su Madre» (Rosarium Virginis Mariae, 2).

Iglesia más contemplativa: el Rostro de Jesús contemplado

3. Cum Maria contemplemur Christi vultum! Me vuelven a menudo a la mente estas palabras: contemplar el «rostro» de Cristo con María. Cuando hablamos del rostro de Cristo nos referimos a sus rasgos humanos, en los que resplandece la gloria eterna del Hijo unigénito del Padre (cfr. Jn 1, 14): «La gloria de la divinidad resplandece en el rostro de Cristo» (ib., 21).

Contemplar el rostro de Cristo lleva a un conocimiento profundo y comprometedor de su misterio. Contemplar a Jesús con los ojos de la fe impulsa a penetrar en el misterio de Dios-Trinidad. Dice Jesús: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). Con el Rosario nos encaminamos por este itinerario místico «en compañía y a ejemplo de su santísima Madre» (Rosarium Virginis Mariae, 3). Más aún, María misma se convierte en nuestra maestra y guía. Bajo la acción del Espíritu Santo, nos ayuda a adquirir la «tranquila audacia» que capacita para transmitir a los demás la experiencia de Jesús y la esperanza que sostiene a los creyentes (cf. Redemptoris missio, 24).

¡Contemplemos siempre a María, modelo insuperable! En su espíritu todas las palabras del Evangelio encuentran un eco extraordinario. María es la «memoria» contemplativa de la Iglesia, que vive con el deseo de unirse más profundamente a su Esposo para influir aún más en nuestra sociedad. ¿Cómo reaccionar ante los grandes problemas, ante el dolor inocente y ante las injusticias perpetradas con arrogante insolencia? Siguiendo dócilmente el ejemplo de María, que es nuestra Madre, los creyentes aprenden a reconocer en el aparente «silencio de Dios» la Palabra que resuena en el silencio por nuestra salvación.

Iglesia más santa: el Rostro de Cristo imitado y amado

4. Todos los creyentes están llamados, por el bautismo, a la santidad. El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Lumen gentium, subraya que la vocación universal a la santidad consiste en la llamada de todos a la perfección de la caridad.

Santidad y misión son aspectos inseparables de la vocación de todo bautizado. El esfuerzo por llegar a ser más santos está estrechamente vinculado al de difundir el mensaje de la salvación. «Todo fiel -recordé en la Redemptoris missio- está llamado a la santidad y a la misión» (n. 90).

Contemplando los misterios del Rosario, el creyente se siente impulsado a seguir a Cristo y a compartir su vida hasta poder decir con san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).

Si todos los misterios del Rosario constituyen una significativa escuela de santidad y de evangelización, los misterios de luz ponen de relieve aspectos singulares de nuestro «seguimiento» evangélico. El Bautismo de Jesús en el Jordán recuerda que todo bautizado es elegido para llegar a ser en Cristo «hijo en el Hijo» (Ef. 1, 5; cf. Gaudium et spes, 22). En las bodas de Caná, María invita a la escucha obediente de la palabra del Señor: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). El anuncio del Reino y la invitación a la conversión son una clara consigna para todos a emprender el camino de la santidad. En la Transfiguración de Jesús, el bautizado experimenta la alegría que le espera. Al meditar en la institución de la Eucaristía, vuelve repetidamente al Cenáculo, donde el Maestro divino dejó a sus discípulos el tesoro más precioso: Él mismo en el Sacramento del Altar.

Las palabras que la Virgen pronuncia en Caná constituyen, en cierto modo, el fondo mariano de todos los misterios de luz. En efecto, el anuncio del Reino que se acerca, la llamada a la conversión y a la misericordia, la Transfiguración en el Tabor y la institución de la Eucaristía, encuentran en el corazón de María un eco singular. María mantiene sus ojos fijos en Cristo, conserva como un tesoro cada una de sus palabras y nos indica a todos cómo ser auténticos discípulos de su Hijo.

Iglesia más misionera: el Rostro de Cristo anunciado

5. En ninguna época la Iglesia ha tenido tantas posibilidades de anunciar a Jesús como hoy, gracias al desarrollo de los medios de comunicación social. Precisamente por esto, la Iglesia está llamada a reflejar el Rostro de su Esposo con una santidad más resplandeciente. En este esfuerzo, nada fácil, sabe que la sostiene María. De ella «aprende» a ser «virgen», totalmente dedicada a su Esposo, Jesucristo, y «madre» de muchos hijos que engendra para la vida inmortal. Bajo la mirada vigilante de la Madre, la comunidad eclesial crece como una familia renovada por la fuerte efusión del Espíritu y, dispuesta a aceptar los desafíos de la nueva evangelización, contempla el rostro misericordioso de Jesús en los hermanos, especialmente en los pobres y necesitados, en los alejados de la fe y del Evangelio. En particular, la Iglesia no teme proclamar ante el mundo que Cristo es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6); no teme anunciar con alegría que la «buena noticia tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo» (Rosarium Virginis Mariae, 20).

Urge preparar evangelizadores competentes y santos; es necesario que no decaiga el fervor en los apóstoles, especialmente para la misión «ad gentes». El Rosario, si se redescubre y valora plenamente, presta una ayuda espiritual y pedagógica ordinaria y fecunda para formar al pueblo de Dios a trabajar en el vasto campo de la acción apostólica.

Una valiosa consigna

6. La tarea de la animación misionera debe seguir siendo un compromiso serio y coherente de todo bautizado y de toda comunidad eclesial. Una función más específica y peculiar compete, ciertamente, a las Obras Misionales Pontificias, a las que expreso mi gratitud por todo lo que generosamente están llevando a cabo.

A todos quisiera sugerir que intensifiquen el rezo del santo Rosario, de forma individual y comunitaria, para obtener del Señor las gracias que la Iglesia y la humanidad más necesitan. Mi invitación se dirige a todos: niños y adultos, jóvenes y ancianos, familias, parroquias y comunidades religiosas.

Entre las numerosas intenciones, no quisiera olvidar la de la paz. La guerra y la injusticia tienen su origen en el corazón «dividido». «Quien interioriza el misterio de Cristo -y el Rosario tiende precisamente a eso- aprende el secreto de la paz y hace de él un proyecto de vida» (Rosarium Virginis Mariae, 40). Si el Rosario marca el ritmo de nuestra existencia, podrá transformarse en instrumento privilegiado para construir la paz en el corazón de los hombres, en las familias y entre los pueblos. Con María podemos obtenerlo todo de su Hijo Jesús. Sostenidos por María, no dudaremos en dedicarnos con generosidad a la difusión del anuncio evangélico hasta los confines de la tierra.

Con estos sentimientos, os bendigo a todos de corazón.

EL OBSERVADOR 432-7

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JÓVENES
¿Darías tu vida por los más pobres entre los pobres?

La beata Teresa de Calcuta fundó una orden religiosa como respuesta a la llamada de Cristo para que lo diera a conocer a los más pobres entre los pobres mediante su humilde servicio de amor.

Pero no sólo hay una rama femenina, es decir, la de las Misioneras de la Caridad; también los varones se pueden agregar a esta experiencia única de servicio cristiano incorporándose a los Hermanos Misioneros de la Caridad, congregación también iniciada por la madre Teresa.

Los miembros, hombres y mujeres, no sólo trabajan en la India, sino en otros 118 países, incluido México. Atienden a moribundos, leprosos, deficientes mentales, discapacitados en general, enfermos de SIDA, viciosos, niños abandonados y personas de la Tercera Edad, entre otros; es decir, a los que el mundo desprecia.

¿Y el dinero? ¿De dónde?

Hay quienes creen que para ayudar a los pobres hay que ser rico, pero se equivocan. La madre Teresa comprendió que para entender las necesidades del pobre era conveniente hacerse realmente pobre.

Comenzó una escuelita para niños, pero como no tenía sillas ni pizarrón ni gis, enseñaba escribiendo en la arena del suelo. Poco a poco fue teniendo material para atender a la gente, pero todo era regalado; alguien le donó una mesa, otra persona regaló un baúl, también le dieron cajas de madera para usarlas como asientos, y un hombre le cedió el segundo piso de su vivienda.

Y hasta la fecha la orden de las Misioneras de la Caridad y de los Hermanos Misioneros de la Caridad se sostiene del mismo modo: todas sus casas, muebles y equipo en general han sido donados por alguien.

Si la madre Teresa llegó a viajar en avión, en autobús o en tren fue porque las empresas de transporte le obsequiaban boletos, no porque ella tuviera los bolsillos llenos de dinero, y el que llegaba a recibir lo empleaba para atender a los pobres. Más aún, rechazaba toda clase honores que pudieran brindársele, y así, al recibir el Premio Nobel de la Paz 1979, solicitó que no le hicieran el tradicional banquete, sino que mejor se destinara en más ayuda a los pobres lo que éste habría podido costar.

En pocas palabras, la beata Teresa de Calcuta nunca se preocupó por el dinero porque sabía que por la providencia de Dios la ayuda económica llegaría de los ricos, del gobierno y de innumerables personas e instituciones. En 1964, al viajar a la India, el papa Paulo VI le dejó un lujosísimo Ford Lincoln blanco especialmente diseñado, regaló del pueblo estadounidense para el Pontífice; pero como la madre Teresa no iba a pasearse en semejante auto, lo remató y con el dinero obtenido abrió una casa para enfermos mentales.

Tres vestidos y un par de sandalias

Los miembros de las órdenes religiosas hacen tres votos a la hora de consagrarse: voto de pobreza, voto de castidad y voto de obediencia. La madre Teresa introdujo un cuarto para su congregación: voto de servicio a los mas pobres.

Este servicio a los pobres significa uno mismo hacerse pobre. Por eso las Misioneras de la Caridad visten el sari blanco con franjas azules, vestimenta clásica de las mujeres pobres de la India; y los Hermanos Misioneros de la Caridad, aunque sean sacerdotes, usan ropa de trabajador y también lavan y alimentan a la gente que recogen en la calle, tal como hacen las hermanas.

A cada hermana se le permite tener tres saris: uno para usar, uno para lavar y uno para remendar; también un par de sandalias, dos juegos de ropa interior, un rosario, un pequeño crucifijo que se usa pegado al hombro izquierdo, una cuchara de metal, un plato, una bolsa confeccionada por niños pobres, y una Biblia. En los países fríos también pueden usar saco, abrigo y sombrilla, pero éstos son propiedad comunal, no individual; y nunca llevan medias, ni aun en la nieve.

Por cierto, la ropa interior que usan se confecciona con costales viejos, y tiene que ser lavada por lo menos diez veces antes de que sea suficientemente suave para poderse usar. La ropa siempre se lava a mano; se han rechazado cortésmente todos los ofrecimientos de lavadoras automáticas hechos a la congregación.

Por si fuera poco, a los que se dejan cautivar por este camino iniciado por la madre Teresa de Calcuta no se les permite recibir cartas ni regalos personales, y no pueden leer libros a menos que sean religiosos. ¿Televisión y radio? ¡Ni los tienen!

Muchos jóvenes se dejan atraer por este radical estilo de vida

Al ver este panorama podría creerse que habrá muy pocos candidatos a vivir el Evangelio de esta manera tan «loca» y radical, pero no es así: en 1997, en una de las últimas entrevistas que le hicieron a la madre Teresa, ella informó que nomás de la rama femenina la orden contaba ya con tres mil 604 hermanas que habían ya pronunciado sus votos religiosos, más 411 novicias y 260 aspirantes a religiosas.

Alegres, siempre alegres

Vivir la radicalidad del Evangelio no tiene que ser motivo de tristeza. De hecho, siempre que aparecen las Misioneras de la Caridad en cualquier parte del mundo el lugar se llena de alegre bullicio. Y esto fue así desde el principio. El hombre que donara la mitad de su casa para que la orden comenzara a trabajar en Calcuta, cuenta que a las hermanas se les podía oír reir por toda la casa, y que cuando no estaban trabajando o rezando se la pasaban jugando.

En cuanto a las privaciones, eso no asusta a ninguna. «Yo dormiré esta noche sobre una mesa -cuenta alegremente una hermana italiana-. Cambiamos cada mes, y el pasado yo estaba en una cama; pero tenemos tantas hermanas viviendo aquí que debemos dormir en las sillas, las mesas y hasta en el piso. Aun así yo duermo muy bien».

Y tú, ¿serías de los valientes jóvenes dispuestos a darlo todo por los pobres?

EL OBSERVADOR 432-8

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GRANDES FIRMAS
Una santa del pueblo
Por el cardenal Carlo Maria Martini

Un día cualquiera de los años 80 apareció sobre mi mesa de trabajo un mensaje. Lo enviaba la madre Teresa de Calcuta. Decía simplemente lo siguiente: «Mañana mis hermanas llegan a Milán». Eso era todo. Sin preparativo ni presentación previa alguna. Y eso que se habían barajado varias hipótesis sobre la llegada de las Misioneras de la Caridad a Milán. Pero ella había decidido que al día siguiente sus hermanas comenzarían a trabajar en la ciudad. Y así lo hicieron.

Llegaron las hermanas y lo único que traían era un pequeño sagrario que les había dado personalmente la madre Teresa, diciéndoles: «Esto es lo más importante». Para todo lo demás la gente proveerá. Y de hecho, la gente se lanzó inmediatamente a ayudar a las pequeñas monjitas de sari blanco y azul que se ocupaban de los más abandonados.

Así era la madre Teresa. Cuando había tomado una decisión la llevaba adelante de una manera fulminante y segura. No tenía miedo de nada. Y no daba marcha atrás fácilmente porque sabía que todo lo que hacía estaba inspirado por una absoluta gratuidad, mirando sólo al bien de los más pobres. Recuerdo otra anécdota. Me encontraba en un país del África central en el que reinaba una dictadura. Varios sacerdotes habían sido encarcelados. Las actividades de los misioneros estaban vigiladas y habían sido reducidas a su mínima expresión. Imposible acercarse al presidente de la república, que parecía encerrado en una torre de marfil. A duras penas conseguí hablar con un ministro para subrayar la injusticia de la situación. Supe después que esos mismos días había llegado la madre Teresa en un pequeño avión. E inmediatamente había conseguido audiencia con el presidente para exponerle sus planes y su voluntad. Cuando se trataba del bien de sus pobres no se arrugaba ante nadie y sabía enfrentarse con desenvoltura a las más altas instancias.

Admiraba en ella su capacidad de saberse dedicar a fondo a su causa y, al mismo tiempo, saberse limitada en sus objetivos. Era consciente de que no podía solucionarlo todo: tenía que optar y ella tenía muy claras sus opciones.

En los años 70, recuerdo que participé en unas discusiones en Roma con varias personas de su entorno, que habrían querido ampliar el campo de su actividad, sobre todo en Europa, iniciándose en los problemas de la recuperación social de las personas marginadas a través de programas culturales de reinserción social. Pero la madre Teresa se mantuvo siempre firme en sus posiciones.

Pensaba que a ella y a los que con ella trabajasen les tocaba ocuparse inmediatamente de los más desgraciados, de los más miserables, dejando a otros el cuidado de llevar adelante otros programas. Decía: «Nosotras no somos asistentas sociales». Apreciaba cualquier programa social, pero pensaba que su parte era la de la caridad que se inclina hacia el moribundo abandonado y hacia el hambriento sin techo.

Su vocación era socorrer a personas y situaciones que otros consideraban irrecuperables. Jamás la vi dudar sobre este punto. Tenía muy claro que cada cual tiene su propia misión y ella sabía perfectamente cuál era la suya. Esta resolución suya se fundamentaba en un maridaje fascinante, en su extraordinaria dulzura, ternura y humildad. Sabía hablar a las grandes multitudes, manteniendo siempre la compostura, tranquila y serena, como si estuviese participando en una conversación familiar.

Recuerdo que una vez escuché de sus labios, grabado en un magnetofón, un mensaje que debía proclamarse ante 80 mil personas en un estadio. Había prometido asistir en persona, pero se había puesto enferma en el último momento. Hablaba con tranquilidad, con dulzura, sin preocuparse de hacer un gran discurso a la multitud. Decía sencillamente las cosas que le salían del alma. Por eso la gente la entendía y la consideraba creíble.

¿Tenía algún secreto la madre Teresa? Claro que sí, tenía un secreto que nunca guardaba para sí: era su capacidad de ver en el rostro del más pobre y abandonado el rostro del Señor Jesús. Y toda su labor estaba sostenida por una oración intensa y por un constante deseo de santidad. Ésta era la exhortación con la que firmaba todas sus cartas a los amigos: «Be holy», sé santo. Quería que sus hermanas participasen de su ardor espiritual. Y en cuanto a los numerosísimos laicos colaboradores, no necesitaba hacerles grandes discursos. Sabía que poniéndoles en contacto con los más pobres y haciéndoles trabajar al lado de sus hermanas pronto comprenderían al menos algo de su secreto.

Me parece que hay en su figura algunas afinidades con la del papa Juan XXIII. Ambos eran sencillos y espontáneos. Ambos eran capaces de hacerse entender por cualquiera y sin necesidad de pronunciar muchas palabras.

Además, desde la diversidad de sus roles, han hecho surgir un retrato de hombre y de mujer cristianos plenamente creíbles, incluso para poder ser aceptados por todos, superando cualquier limitación cultural o religiosa.

Incluso por lo que respecta al papel de la mujer en la sociedad, la madre Teresa no se perdía en discursos abstractos. Conocía muchas situaciones dramáticas y hacía todo lo posible para remediarlas y para hacer crecer una conciencia nueva sobre la dignidad femenina. Y lo hacía sobre todo, con su ejemplo. Mostraba, con su delicadeza y ternura hacia los más débiles y con su firmeza ante los poderosos, cuánta fuerza hay en el corazón de una mujer y cuánta dignidad se encierra en una conciencia totalmente dedicada a un gran ideal.

EL OBSERVADOR 432-9

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ALACENA
Pequeños datos que seguramente usted desconocía de Juan Pablo II

En Navidad suele obsequiar a algunas amistades, a los cardenales y a todos los trabajadores del Vaticano una botella de vino y un pan dulce de limón con pasas.

Todos los viernes santos va a confesar a la basílica de San Pedro.

Bautiza en su capilla privada a los hijos de sus amigos o a los de sus más modestos colaboradores, y ahí mismo casó a una mecanógrafa con un cerrajero.

Ha realizado tres exorcismos durante su pontificado; el más conocido fue en 1982, a una joven mujer que se revolcaba en el piso durante la audiencia general en el Vaticano.

El 6 de mayo del 2001 se convirtió en el primer vicario de Cristo que ora en una mezquita, en Damasco, Siria.

El 14 de noviembre del 2002 visitó el parlamento italiano, dando un discurso centrado en el terrorismo internacional y la globalización; y fue tan elocuente que, al verlo por la televisión, el mafioso italiano Benedetto Marciante, capo de la Cosa Nostra y acusado de homicidio y de extorsión, se entregó a la policía romana.

Una montaña del polo sur llevará el nombre del papa Juan Pablo II como homenaje a sus 25 años de pontificado.

(Guido Adolfo Rojas Zamorano / Encuentra. com)

EL OBSERVADOR 432-10

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TEMAS DE HOY
El papa Wojtyla, un hombre con muy buen humor

Aunque alguna vez expresó que él es de los que más bien se ríen «por dentro», razón por la cual ha habido ciertos «biógrafos» que aseguran que desde niño, a causa de la muerte de su madre, se convirtió en un amargado, Karol Wojtyla es un hombre de auténtico y extraordianario buen humor, lo cual no es sinónimo de caerse de la risa todo el día, sino de saber encarar las cosas de manera optimista.

Durante el Sínodo de obispos de Roma, el cardenal de Cracovia, Karol Wojtyla, propuso a varios cardenales ir a esquiar al Terminillo.

-¿A esquiar?
-Sí, claro. En Italia, ¿no esquían los cardenales? -inquirió Wojtyla.
-Pues... francamente, no.
-En Polonia, en cambio, el 40% de los cardenales esquían.
-¿40%? Si en Polonia sólo hay dos cardenales.
-Claro, pero no me negarán que Wyszynski vale por lo menos el 60%.


Cuando al principio de su pontificado eligió al estadounidense monseñor James Harvey para la Prefectura de la Casa Pontificia, y al sacerdote polaco Stanislaw Dziwsz como su secretario, a algunos en la curia romana les desagradó que no hubiera elegido italianos. Pocos días después de tales nombramientos, el Papa y monseñor Harvey se dirigían hacia una audiencia, cuando de pronto, Juan Pablo II, que estaba al corriente de los cuchicheos, empezó a musitar en italiano: "Il Prefetto... americano... impossibile! (¡El prefecto... un estadounidense... ¡Imposible!) "Un aggiunto... Polacco... peggio ancora!"(¡Un adjunto... polaco...! ¡Peor todavía!"). Y es que para ser Papa saber reírse de uno mismo y de las situaciones es imprescindible.


El papa reza a Dios y le ruega: - Señor, ¿Polonia volverá a ser libre e independiente algún día?
- Sí -responde Dios-, pero no mientras haya un papa polaco...
Entonces el papa le pregunta: -Pero, Señor, después de mí, ¿volverá a haber alguna vez un papa polaco?
Y Dios le responde: - No, mientras yo viva...
Este chiste se lo contó el propio Juan Pablo II al gran intelectual converso al catolicismo Andrè Frossard.


Cuando algunos comenzaron a escandalizarse por el hecho de que el Papa saliera tanto del Vaticano, un periodista le dijo:
- Algunos creen que usted viaja demasiado.
Entonces Juan Pablo II respondió:
- Sí, yo también estoy convencido de que viajo demasiado.


En 1999, visitando Estados Unidos, Juan Pablo II, en un encuentro con jóvenes, recibió unos regalos, entre ellos un palo y una camiseta de hockey, ésta última con el nombre de «Juan Pablo II» y el número 1.
El Pontífice, conmovido por el gesto, se levantó hacia un micrófono y bromeó diciendo: «Estoy preparado para volver otra vez y jugar hockey... Pero, pero, pero, la cuestión es si estoy dispuesto... Después de este encuentro, creo que un poco más».
El Papa concluyó deseando una buena noche a todos: «Que duerman bien». Pero antes de abandonar el recinto, quiso hacer una última broma y agitó su bastón como si fuera un palo de hockey.


En su visita a Cuba, a Juan Pablo II le preguntaron los periodistas cómo se encontraba al comenzar este cansado viaje, el cual compararon con su primera visita a Polonia.
- Tengo más años que en 1979 -respondió el Papa-. La providencia me mantiene. Ahora bien, si quiero saber noticias sobre mi estado salud, especialmente sobre mis achaques, entonces lo leo en los periódicos.
Y en la Misa que celebró en la plaza de la Revolución, fue constantemente interrumpido por ovaciones y gritos de «Lo sé, lo he visto, el Papa trae a Cristo» . Entonces el Pontífice dijo: «Son un auditorio muy activo, me gusta que aplaudan porque así aprovecho para descansar».


En la celebración de su octogésimo cumpleaños (año 2000), al ser visitado por miles de peregrinos polacos, le entonaron un tradicional saludo de ese país, el Stolat. A través de él le desearon al Pontífice que viviera cien años, ante lo cual Juan Pablo II respondió con humor: «¿Cien años? Es como ponerle límites a la Divina Providencia».


Cuando estaba por cumplir 82 años de edad un grupo de jóvenes italianos le regalaron un pastel de tamaño descomunal. Divertido con la gigantesca sorpresa, Juan Pablo II comentó sonriendo: «¡Qué valor! ¡Para este pastel hace falta un apetito verdaderamente juvenil!».


En el 2002, en su visita a Polonia, bromeó con los miles de jóvenes polacos que le pedían «quédate, quédate», afirmando entre risas: «Vaya, vaya, me está, animando a que renuncie a Roma».
En ese mismo viaje, pero durante la ceremonia de bienvenida, tranquilamente bromeó a cossta de su estado de salud: «Quiero ofrecer una disculpa. El presidente está de pie, el cardenal está de pie, y yo estoy sentado. Lo siento pero debo reconocer que alguien colocó algún tipo de barrera aquí y no me puedo levantar», dijo refiriéndose al atril portátil que había sido fijado delante de su silla, desde el cual leyó su discurso.


Al volar en el 2002 a Azerbaiyán, el Papa dijo a su vocero, Joaquín Navarro-Valls, y a sus otros acompañantes en el momento de abordar el avión: «Una vez más los estoy forzando a viajar...».


Ese mismo año, al finalizar una misa celebrada el Castelgandolfo, un grupo de mexicanos le gritaba: «Juan Pablo II te quiere todo el mundo»,. El pontífice les preguntó: «Cómo lo saben?».


Durante el encuentro del Papa con la juventud en Cuatro Vientos (Madrid), bromeó sobre la edad que tenía: «¿Cuántos años tiene el Papa?». A lo que la muchachada respondió: «Eres joven, eres joven».
El Papa agregó: «Les doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56». Sonrió, y la juventud gritó co fuerza: «El Papa es joven». Entonces él volvió a decir: «56. ¿Entonces cuántos años tiene el Papa? Casi 83. Un joven de 83 años».


Al referirse a la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en el año 2005 en Alemania, dijo: «Doy las gracias al cardenal de Colonia, Joachim Meisner, por su invitación, pues estoy convencido de que esta invitación también se dirige también a mí, aunque como ven, ya no soy tan joven».


Finalmente, cuando se le insiste en que baje el ritmo de trabajo y de viajes y que descanse algo más, el papa Juan Pablo II suele contestar con buen humor: «Ya descansaré en la vida eterna».

EL OBSERVADOR 432-11

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FIN

 
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