El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
21 de diciembre de 2003 No.441

SUMARIO

bulletCARTAS DEL DIRECTOR - La Revelación frente a frente
bulletA todos los niños, de Su Santidad el Papa
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - Cristo es nuestra paz
bulletGracias, María, en esta Navidad
bulletEl Verbo se hizo carne
bulletINTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Elegí la carrera equivocada
bulletEl mejor regalo
bulletPINCELADAS - Saber decir "sí"
bulletCOLUMNA HUÉSPED - La Navidad que viene...
bullet¿Qué celebramos esta noche?
bulletDos poemas para el tiempo de posadas
bulletNochebuena
bulletCONTEXTO ECLESIAL - La fiesta de la Navidad

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CARTAS DEL DIRECTOR
La Revelación frente a frente
Por Jaime Septién

A la memoria de la señora Gloria Septién de Lainé. Descanse en paz.

Estamos en una guerra entre una fe que debe hacerse cultura y una cultura que rechaza, sistemáticamente, la fe cristiana. Por ello el papa Pablo Sexto dijo (con enorme clarividencia): «la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo».

El enemigo a vencer es sutil y escurridizo. Recibe diferentes nombres, pero todos se refieren al triunfo de la materia sobre el espíritu; del mundo frente al cielo; de la razón ante la fe y del hombre ante Dios. A falta de un nombre definitivo llamémosle materialismo.

La guerra en la que estamos metidos es la de considerar o no que el hombre es hijo de Dios o producto de la naturaleza. «Si Dios no existe, todo está permitido», escribió Dostoyevski. Y aquí todo es todo: el desprecio, la explotación sexual, el uso del otro...

Los principios básicos de una guerra como ésta tienen que ver con el anhelo de trascendencia, propio del corazón humano y su negación por el mercantilismo que todo lo quiere con un precio en dinero, prestigio o poder. Vendiendo placer sin riesgos.

La estrategia del enemigo consiste en hacer despreciables los bienes superiores, proponiéndolos al gran público como inalcanzables, como utopías producto de mentes enfermas. Lo único que vale es lo que se tiene, lo que se toca, lo objetivamente comprable. Lo demás es de santurrones y crédulos.

El principal campo de batalla está, justamente, en la cultura dominante, en la que propician los medios de comunicación social; es en ellos donde la fe tiene que integrarse; es a partir de ellos donde la fe tiene que encontrar cabida: en los nuevos «areópagos».

Las únicas armas que pueden eliminar al enemigo son las armas propias de la fe encarnada en obras. «La fe cristiana se basa en la revelación», escribió el Cardenal Schönborn. Pues bien, la revelación ha de ser el motor de la lucha contra el enemigo del todo-aquí, nada-en-la-otra-vida.

La victoria tiene que ser nuestra porque es el mandato de Jesús a sus discípulos y, por extensión, a todos nosotros. Las fuerzas del maligno no van a prevalecer sobre la Iglesia: creemos en la resurrección y en la vida eterna. Y queremos que el mundo se salve

Pero los católicos no estamos ganando la guerra, sencillamente porque:
1.En lugar de luchar dejamos que las cosas corran.
2.Nos es indiferente cualquier ataque contra la fe.
3.Creemos que las cosas «progresan» para bien.
4.Dejamos que otros se enfrenten al poder establecido.
5.Creemos que ni el mal ni el diablo existen.
6.Pensamos que la salvación es algo personal.
7.Estamos seguros de que «somos buenos».
8. No tenemos mucha confianza en nuestra fe.

Finalmente, la lucha se da entre un sistema que promete una (engañosa, ilusoria) «seguridad» (el que posee, es; el que no posee, no es) y otro de una gozosa incertidumbre (el cristianismo) en el cual impera el Misterio, la Gracia y el Perdón. Y, como dijo Julián Marías (Sobre el cristianismo, Editorial Planeta-Testimonio): «Esto es lo que el hombre de nuestro tiempo parece no poder soportar. A la inseguridad prefiere cualquier cosa, incluso la aniquilación».

Ser aniquilados en nuestro más íntimo tesoro -Cristo que se hizo hombre- con tal de «pasarla bien», de «no hacer olas». El sentido último de la Navidad se nos escapa, aunque podría no ser así. El sentido último de la Navidad es la lucha porque la Encarnación sea para todos una luz que ilumine las tinieblas de todo el año. Y que sepamos pelear por ello.

EL OBSERVADOR 441-1

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A todos los niños, de Su Santidad el Papa
¿Qué alegría es mayor que el amor?
¡Queridos niños!:

La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por esto es su fiesta! Les escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como ustedes. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos.

Queridos niños pequeños: deseo encomendar a su oración los problemas de sus familias y de todas las familias del mundo. El Papa espera mucho de sus oraciones. Debemos rezar juntos y mucho para que la humanidad sea cada vez más la familia de Dios, y pueda vivir en paz. He decidido pedirles a ustedes, queridos niños y muchachos, que se encarguen de la oración por la paz. Lo saben bien: el amor y la concordia construyen la paz; el odio y la violencia la destruyen.

Les deseo unas fiestas gozosas y serenas; espero que en ellas vivan una experiencia más intensa del amor de sus padres, de los hermanos y hermanas, y de los demás miembros de sus familias. Que este amor se extienda después a toda su comunidad, mejor aún, a todo el mundo, gracias a ustedes, queridos muchachos y niños. Así, el amor llegará a quienes más lo necesitan, en especial a los que sufren y a los abandonados. ¿Qué alegría es mayor que el amor? ¿Qué alegría es más grande que la que Tú, Jesús, pones en el corazón de los hombres, y particularmente de los niños, en Navidad?

¡Levanta tu mano, divino Niño, y bendice a estos pequeños amigos tuyos, bendice a los niños de toda la tierra!

(Extracto de la
Carta de Navidad a los Niños, 1984)

EL OBSERVADOR 441-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
Cristo es nuestra paz

«El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz! He aquí el gozoso anuncio que se oyó aquella noche en Belén. Escuchemos una vez más las palabras del ángel: 'Les traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor' (Lc 2, 10-11). La Iglesia se hace eco de los ángeles, y reitera su extraordinario mensaje, que sorprendió en primer lugar a los pastores en las alturas de Belén.

«Cristo es nuestra paz. Cristo, el 'niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre' (Lc 2, 10-12), Él es precisamente nuestra paz. Un Niño indefenso, recién nacido en la humildad de una cueva, devuelve la dignidad a cada vida que nace, da esperanza a quien yace en la duda y en el desaliento. Él ha venido para curar a los heridos de la vida y para dar nuevo sentido incluso a la muerte. En aquel Niño, dócil y desvalido, que llora en una gruta fría y destartalada, Dios ha destruido el pecado y ha puesto el germen de una humanidad nueva, llamada a llevar a término el proyecto original de la creación y a transcenderlo con la gracia de la redención.

«¡Cristo es nuestra paz! Hombres y mujeres del tercer milenio: ustedes que tienen hambre de justicia y de paz, ¡acojan el mensaje de Navidad que se propaga por todo el mundo! Jesús ha nacido para consolidar las relaciones entre los hombres y los pueblos, y hacer de todos ellos hermanos en Él. Ha venido para derribar «el muro que los separaba: el odio» (Ef 2, 14), y para hacer de la humanidad una sola familia. Sí, podemos repetir con certeza: ¡Con el Verbo encarnado ha nacido la paz! Paz que se ha de implorar, porque sólo Dios es su autor y garante. Paz que se ha de construir.

«Como los pastores, acudamos a Belén, quedémonos en adoración ante la gruta, fijando la mirada en el Redentor recién nacido. Supliquemos a Cristo el don de la paz para cuantos sufren».

(Del mensaje
Urbi et Orbi del 25 de diciembre de 2001)

EL OBSERVADOR 441-3

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Unas cuantas líneas para la mujer que hizo posible la Navidad
Gracias, María, en esta Navidad
Por Roberth Phoenix

En esta Navidad quisiera darte gracias, María, pequeña niña que hace casi dos mil años dijiste que sí, pues con eso cambiaste la historia de la humanidad y la historia personal de muchos de nosotros. Muchas gracias porque con tu sí, la voluntad de Dios se hizo en ti, y, por consecuencia, en la humanidad misma, al engendrar al hijo de Dios, Aquel que sería nuestro Salvador.

Gracias por nueve meses en que lo llevaste en tu vientre y lo alimentaste con amor y protección, donde tus cuidados para el Mesías le permitieron venir al mundo en una noche fría, iluminada sólo por las estrellas que Dios puso en el firmamento. Gracias por que diste a luz a un niño pequeño, un hermoso varón, que con su llanto de niño, hizo cantar a los ángeles del Cielo, el pequeño Jesús, el pequeño Dios en el hombre, el hombre llorando en Dios.

Gracias, María, por abrazarlo y acurrucarlo en tus brazos, meciéndolo con un amor y una ternura infinitas; por llenarlo de besos como tu hijo que era, besos que también nos has dado a nosotros.

Gracias, María, por compartir tu vida con san José, tu santísimo esposo, pues junto con él, el pequeño niño que estaba en tu vientre encontró un padre y un hogar amoroso que lo recibiría con los brazos abiertos.

Gracias, María, por traerlo al mundo en una cueva, donde los animales eran tus únicos compañeros, pues así nos demostrarte que el nacimiento de Jesús en nuestras vidas se puede dar hasta en las condiciones más adversas e insospechadas, y que Él se convierte en la alegría más grande que podemos experimentar.

Gracias, Mamita, linda por aceptar a los pastores y a los magos de oriente con sus regalos para tu pequeño, pues nos compartiste a tu hijo a todos: a los ricos, a los pobres, a los desdichados, a los que estamos en búsqueda de la verdad.

Gracias, María santísima, porque en Navidad siempre nos acordamos de tu Hijo, pero nos olvidamos de ti, y por eso en ésta navidad quiero invitarte a que, juntos tu y nosotros, celebremos el cumpleaños de tu Hijo, nuestro Señor, nuestro Salvador.

Gracias, María, por darnos el mejor regalo que jamás hubiéramos podido solicitar a la misericordia del Padre eterno: el regalo del amor, de la salvación, de la paz divina encarnada en un pequeño bebé, Jesús.

Y tú que estás leyendo, tómate sólo un pequeño momento para darle gracias a María, tu Madre, por compartirte a su hijo Jesús, y después celebra su cumpleaños con Él. Feliz Navidad.

EL OBSERVADOR 441-4

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El Verbo se hizo carne
Por Santiago Martín

La Encarnación del Hijo de Dios, como el resto de las verdades que nos enseña una fe revelada como es la nuestra, es tan maravillosa que corremos el riesgo de no valorarla suficientemente.

El Verbo, la Palabra, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se hizo carne en el vientre de la más maravillosa de las criaturas, María de Nazaret, un día del mes dedicado por los romanos a Marte, es decir, en un momento concreto de la historia. La Virgen María, que mantuvo su virginidad en la concepción, en el parto y después del parto, fue el recipiente que acogió o donó la carne humana al mismísimo Dios. El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros.

La Encarnación del Hijo de Dios, como el resto de las verdades que nos enseña una fe revelada como es la nuestra, es tan maravillosa que corremos el riesgo de no valorarla suficientemente. La rutina, el haberlo oído desde niños por haber crecido en un contexto católico, o incluso el que esté ligada a las fiestas navideñas, hace que en el resto del año no pensemos en lo que significa la encarnación del Señor o su nacimiento como verdadero ser humano.

No ser consciente de la grandeza de este regalo nos hace perder la oportunidad de disfrutarlo como se merece y de agradecerle a Dios el don que nos ha hecho. El propósito de este mes, por lo tanto, será contemplar el amor de Dios manifestado en la encarnación de Cristo. Dios, desde su mundo perfecto, viene al complicado y duro mundo de los hombres. Viene a visitarte. Viene a ayudarte. Viene a salvarte. Siendo el Todopoderoso, se hace esclavo para darles la libertad a los que padecen la esclavitud del pecado. Es más que suficiente para darle gracias y caer rendido de amor a sus pies.

(Fuente: periodismocatolico.com)

EL OBSERVADOR 441-5

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INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Elegí la carrera equivocada
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA
Me encuentro muy mal, no sé qué hacer. Al salir de la prepa yo quería estudiar biología marina pero mis padres no me apoyaron. Pero antes mi mamá me mandó con una psicóloga para que me orientara a escoger mi carrera. Ella me aplicó varios tests y me dijo que las carreras para las que yo tenia habilidad eran biología marina, ciencias de la comunicación y mercadotecnia; me dijo también que salió que yo soy una persona para dedicarme a actividades al aire libre.
Después de salir de la prepa mi papá me trajo a Guadalajara y tuve que decidirme por una carrera, rápido en un día, y me sentí presionada por él y decidí la licenciatura en idiomas, que es lo que estoy estudiando ahora, pero ya me di cuenta de que no me gusta y me quiero salir para estudiar ciencias de la comunicación. Voy a perder un semestre, eso para mi no importa, pero yo no sé qué hacer y como decírselo a mi papá, ya que en cuanto me salga voy a tener que trabajar, algo que creo que le va a molestar, pero tengo mucho miedo ya de que nadie de mi familia me apoya, y lo peor es que ellos quieren que siga estudiando aquí en Guadalajara, pero aquí esa carrera la tienen en universidades que son muy caras. Entonces me tengo que ir a otro estado, algo que ellos no quieren. Dame un consejo que me oriente acerca de qué hacer para que la carrera que decida sea firme.

RESPUESTA

Lo que tienes qué hacer, antes que nada, es hablar con tus papás, aun con miedo. Pero no vayas como niña asustada, sino como mujer joven que está tomando decisiones importantes en su vida. Plantéales la situación y pídeles que te ayuden a encontrar la solución. Tienes que decirles que idiomas no te gusta, que estás perdiendo tiempo y dinero, que lo que quieres realmente es ciencias de la comunicación (explícales por qué, qué es lo que te atrae de esa carrera y cómo se relaciona con tus cualidades) y dales información detallada de en dónde se puede estudiar (en Jalisco y en otros estados) y cuánto cuesta.

No sé por qué sientes que no te apoyan. Si el problema es que no pueden solventar ese gasto, podrían pensar en una beca, al menos parcial, o en que tú trabajes al mismo tiempo que estudias para aportar una parte del dinero necesario.

¿Qué parte de las ciencias de la comunicación es la que te gusta? Porque tal vez podrías también estudiar periodismo. Y habría que investigar también dónde lo podrías estudiar.

En cuanto a los estudios que te hicieron, tal vez hizo falta una prueba de personalidad laboral, para orientarte más hacia el tipo de carrera, porque biología marina, ciencias de la comunicación y mercadotecnia requieren tipos de personalidad muy distintos. Sin embargo, si ya estás segura de que ciencias de la comunicación es tu carrera, no hace falta aplicarte más pruebas. Finalmente lo que hacen éstas es mostrar lo que ya tienes en tu interior y no son el único camino para descubrir cuál es tu vocación.

No le des más vueltas y habla con tus papás. Yo creo que sí te van a apoyar, aunque no sé en qué medida. Pero, aun si se diera el caso de que no lo hicieran, necesitas saberlo para tomar las decisiones que hagan falta. La decisión que tomes va a repercutir en el resto de tu vida, por eso necesitas tomarla con madurez y serenidad. Sé que puedes hacerlo.

EL OBSERVADOR 441-6

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El mejor regalo
«Les dejo un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como yo los he amado.
Así reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: si se aman unos a otros».
(Juan 14, 34-35)

Lo más valioso que tenemos es a nosotros mismos.

No es motivo de vanagloria porque no es mérito nuestro. Somos valiosos porque somos creaturas de Dios: Él nos diseñó, Él nos formó. Podemos multiplicar nuestros talentos, es cierto, y esa parte sería mérito nuestro, pero los primeros talentos nos fueron dados. Las cualidades, la familia en la que nacimos y las circunstancias y encuentros significativos a lo largo de la vida nos han sido dados. Así que, con profunda humildad, hemos de reconocer que el mérito en lo valioso de nuestro ser es del Creador.

Pero no termina aquí el asunto, pues más allá de nuestro valor como seres creados por Dios, tenemos el valor inmenso que nos otorga el ser amados por Él. Nos ama no como hace con otras creaturas, como a las aves o a las flores, por ejemplo, sino de una forma muy especial, porque nos ha creado a su imagen y semejanza. Y, por si fuera poco, nos adoptó como hijos. ¿Cuál es el valor de un hijo o una hija de Dios? Podemos alabar a Dios, como hizo María, guardadas las debidas distancias: «Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de gozo porque se ha dignado hacer en mí maravillas».

En el momento en que fuimos creados teníamos la absoluta certeza de ser creaturas de Dios, infinitamente amados y de ser un don del cielo para la humanidad. Con frecuencia esta certeza se va oscureciendo, se va olvidando, a causa de la incapacidad de los padres, en un primer momento, y luego de la comunidad de dar al ser humano que llega el amor incondicional que requiere. Falta de cariño, falta de contacto físico, percibir al niño como una carga, abusos físicos o emocionales, violencia en cualquiera de sus formas, autoritarismo, un ambiente inseguro… estas son algunas de las causas por las que una persona puede ir perdiendo la certeza básica de ser un regalo infinitamente valioso para la humanidad, un don del cielo.

Sin embargo, ya hemos crecido. Ahora podemos darnos cuenta de que los mensajes equivocados que recibimos (cualquiera que nos hiciera disminuir la certeza de nuestro valor) eran eso: mensajes equivocados. Este es el momento para encontrar la verdad, para reconocernos como hijos de Dios. Y asumir las consecuencias.

Reconocernos como hijos de Dios implica la necesidad de amarnos unos a otros. Si somos cristianos, este amor va más lejos: significa amarnos unos a otros como Jesús nos ama.

El mejor regalo que podemos hacer es darnos a nosotros mismos.

Podemos pensar en mil cosas valiosas para dar a quienes amamos. Desde una flor a una joya, desde una tarjeta hasta una casa nueva… Pero ningún objeto material puede tener, ni lejanamente, el valor que tenemos como seres humanos. El don de nosotros mismos es el regalo más generoso y más profundo que podemos dar.

¿Pero qué de nosotros mismos?

Cumplir con nuestras obligaciones es apenas una pequeña parte, lo mismo que cuidar de nuestros seres queridos. Dedicar atención y tiempo de calidad es ya algo más grande. Escuchar, comprender, aceptar y respetar al otro es parte fundamental del amor, no cabe duda; sin embargo, no es todavía el completo don de nosotros mismos.

El más completo don de nosotros mismos significa compartir con otro ser humano todo lo que somos: los pensamientos más íntimos, nuestros sueños y anhelos, los sentimientos más profundos, los proyectos, una sonrisa, el gozo por la vida, las caricias, y hasta la mera presencia amorosa, todo esto con la certeza interna de estar compartiendo un tesoro, nuestro tesoro, lo más valioso que tenemos, que es a nosotros mismos. (Y.C.L.)

EL OBSERVADOR 441-7

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PINCELADAS
Saber decir "sí"
Por Justo López Melús *

Se cuenta de un niño, el pequeño Plácido, que solamente lograba tartamudear: "Sí, sí...". Le acompañaron sus padres al monasterio, preocupados por su dificultad para hablar. San Benito los acogió amablemente, con hospitalidad benedictina, y los consoló diciendo: "Aunque en toda su vida no supiera decir más que sí, ya es suficiente. Con eso basta".

Ciertamente. Cuando un alma responde "sí" a Dios, Él baja al mundo. Sí: una palabra que cambia la vida y el curso de la historia. En cambio, aunque Cristo naciera mil veces en Belén, si no nace en ti, seguirás eternamente perdido.

* El autor es Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 441-8

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COLUMNA HUÉSPED
La Navidad que viene...
Por Miguel Ángel Loma
Cuando intentan que la Navidad pierda su significación, un poco de ironía sirve para denunciar tales pretensiones y nos recuerda qué es lo que celebramos.

Escribo por si alguien pudiese ayudarme a descifrar una extraña tarjeta de felicitación navideña que acabo de recibir y cuyo contenido me ha resultado de lo más enigmático. Es más, si deduzco que se trata de una felicitación navideña es porque pone claramente «Feliz Navidad»; si fuera por las imágenes y el texto que contiene, pensaría que se trataba de una tomadura de pelo, de un despiste o de un error. Verán, en la tarjeta aparecen un hombre y una mujer vestidos con ropajes antiguos y arrodillados en torno a un niño recién nacido y casi desnudo, del que parece emanar como una luz... (una luz, sí, pero sin que aparezca por allí un arbolito de navidad, ni bombillitas de colores, ni una bola luminosa con la palabra peace).

El remitente, ayuno de toda originalidad, desaprovecha la oportunidad que ofrecen estas tarjetas para incluir un parrafito de pensamiento agnóstico, capturado del último libro leído en verano; una de esas citas a las que por más vueltas que le das nunca sabes lo que significa. No; el remitente se limita a escribir: «Un Niño (así, con mayúsculas) nos ha nacido. Feliz Navidad». El entorno donde se ubican los personajes se las trae: un lugar que tiene una pinta de establo, pesebre o algo así, con un look tercermundista que echa para atrás. Por no hablar de los animales que aparecen por allí: ¡un buey y una mula! (No sé yo qué relación tendrán estos bichos tan vulgares y catetos con el glamour de la fiesta navideña).

Como soy persona culta, abierta y tolerante, no censuro que el nacimiento de un niño se llegue a considerar por alguien como motivo central de una felicitación navideña, pero confieso (valga la expresión) que lo encuentro fuera de lugar y me sorprende la relevancia que se pretende darle al desconocido niño, porque un niño nacido en un entorno social tan hostil y carente de medios no puede tratarse de un niño con mucho futuro; seguro que acabará mal...

Pues ya ven, aparte de esa extraña familia con su extraño niño, ya no aparece nada ni nadie más en la tarjeta que pudiéramos relacionarlo con la Navidad: ni un trineo, ni un muñeco de nieve, ni una paloma picassiana, ni la palabra solidaridad en las «diferentes lenguas del Estado», ni una silueta de un paquetito de regalos, ni una guirnalda, ni un espumillón, ni una campana... De verdad que son ganas de confundir. Me parece muy atrevido jugar con estas cosas, porque si seguimos desvirtuando el significado de nuestras «fiestas lúdico invernales» no sé adónde iremos a parar.

En fin, que estaría muy agradecido si alguien conoce la posible relación que pueda tener con el evento lúdico navideño la enigmática familia esa tan pobretona del niño pequeñín que aparece medio en cueros, o si he sido objeto de una maldita broma por algún desalmado iconoclasta.

Sé que puede resultar increíble (o como dicen en Gran Hermano: ¡muy fuerte!), pero por más que busqué y rebusqué por la tarjeta alguna huella del genuino espíritu navideño, no encontré rastro alguno de nuestro amadísimo Papá Noel (de Mamá, tampoco). Nada, ni una botita, ni un gorrito colorado, ni un pelillo de su blanca barba, ni siquiera un bendito cuerno de alguno de sus renos voladores. Repito que, si no se trata de una broma, tolero y respeto lo del niño; allá cada uno con sus excentricidades... Pero no me digan que no hay que ser mezquino para omitir la más mínima referencia al auténtico protagonista de estas fiestas.

(Fuente: Arbil)

EL OBSERVADOR 441-9

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¿Qué celebramos esta noche?
Por Antonio Maza Pereda

Una hermosa costumbre, entre muchas, que tienen los judíos, es el modo como celebran la pascua, una de las mayores fiestas de la Antigua Alianza. Cuando están celebrando la cena pascual, tienen como costumbre que el más pequeño de la casa pregunte: ¿Porqué hacemos esto? Y el mayor de la casa, padre o abuelo, le responde: «Esto es por lo que Yavheh hizo por nosotros, cuando nos sacó de Egipto…1»y continúa explicando todo lo que Dios hizo para librar al pueblo de Israel de la esclavitud.

Nosotros, los católicos, tenemos costumbres distintas pero, al parecer, nos vendría bien en las Navidades copiar esta hermosa costumbre; preguntarnos los unos a los otros: «¿Qué celebramos esta noche? Recordar, y recordarle a nuestros hijos que esta noche es diferente de todas las demás noches. Sí, el mundo celebra hoy muchas cosas, y nosotros también las celebramos y les damos un sentido más profundo, a veces diferente.

El mundo celebra la ocasión de darle regalos a nuestros seres queridos, y también nosotros. Pero a la vez celebramos el mayor de los regalos que alguien haya dado nunca: cuando Dios nuestro Padre nos regaló a su Hijo hecho niño, para que nos redimiera. Celebramos, como todo el mundo, la paz; pero también celebramos a quién nos trae la paz verdadera, la que el mundo no puede ni podrá dar nunca. Sí, celebramos la reunión de las familias, y también celebramos el que Dios quiso nacer en una familia, para mostrarnos que ese es el mejor lugar donde puede estar un niño y, naciendo en una familia, santificar a la más humana y querida de todas las instituciones. Nos alegramos y prendemos luces, pero también celebramos al que es la Luz del Mundo, la alegría que no se acaba: a Jesús, nuestra esperanza. Festejamos a los niños y también recordamos con ternura a aquel Niño: Jesús, débil y fuerte a la vez, tierno y poderoso, el Cordero de Dios y el León de Judá. Como los judíos, nuestros ancestros en la fe, esta noche celebramos nuestra liberación: la liberación del pecado y de la muerte que este Niño vino a realizar. Y, gracias a esta noche que celebramos ahora, sabemos que el pecado y la muerte ya no nos harán sus esclavos, porque hubo alguien, verdadero Dios y verdadero Hombre, que los derrotó y que volverá para resucitarnos y llevarnos al Cielo para siempre.

Hoy celebramos al mayor de todos los seres humanos, al que dividió la historia en dos: antes y después de su nacimiento. Al que es Amigo que no falla, el Rey que no se nos muere, nuestra fuerza, nuestra luz, nuestra alegría. A Jesús, el hijo de María, el hijo de David en José, su padre adoptivo; el Hijo del Hombre, el Hijo por excelencia, por ser el Hijo único de Dios y que, al adoptarnos como sus hermanos nos hace a todos hijos del mejor de los padres, y hermanos los unos de los otros.

Sí, hermana, hermano: esta es una noche como no hay otra noche; una noche para celebrar, gozar y estar felices porque, no importa lo que pase allá afuera, hoy nació el que nos dará la paz, la vida, la alegría que no se acaba y que el pecado nos había arrebatado. ¡Feliz Navidad!

EL OBSERVADOR 441-10

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Dos poemas para el tiempo de posadas
Por Mons. Joaquín Antonio Peñalosa

El burrito pide la posada

Si pudiera hablar mi lengua, si fuera tan orgulloso,
yo que apenas un burrito, perdido en la milpa, solo...
Hoy me han cargado una carga con un rosal y una rosa:
nunca tuviera mi lomo menos peso y más aroma.
Adelante iba José arreando yuntas de sombras,
atrás ángeles-espejos anticipaban la aurora.
Y arriba, sobre mi espalda, luz de luz, rosa de rosa,
Dios escondido en la Virgen, hostia dentro en su custodia.
En la procesión nocturna mis patas eran las andas;
candeleros los maizales y el palio las nubes blancas.
Mi aliento era el incensario; mi hocico carbón en brasa.
Soy su servidor el burro que anduvo nueve jornadas.
Al filo de nieve y luna vengo pidiendo posada,
¿quién me renta una parcela para una Rosa en su Rama?

La piñata de los ángeles
Que se rompa la nuez y se rompa la esfera,
que se rompió el anuncio, la realidad empieza.
Empieza un nuevo día y un nuevo testamento,
que se rompa la nube y llueva su misterio.
Que se rompa el buñuelo en los labios del Niño,
que el pandero se rompa y que se rompa el frío.
Todo en este minuto un cambio se realiza,
todo menos el vientre virginal de María.
Que los ángeles niños rompan ya la piñata,
la que compró Miguel en el puesto, tan cara.
Que se suban al techo a colgarla en la reata,
que venden los ojillos con oscura mascada
y que preste José, por un rato, su vara;
que les den dos, tres vueltas cerca de la piñata
y en un golpe de gritos brinque ya su descarga
de confeti y almendra, de limon y naranja.
Que se rompa la nuez, que se rompa la esfera,
que se rompió el anuncio, la Navidad empieza.

EL OBSERVADOR 441-11

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Nochebuena
Por Manuel Lozano Garrido (Lolo)

Son las seis de la tarde del 24 de diciembre.
Te hablo, pues, a una hora en que ya están puestos todos los belenes del universo. Tal vez quede una mujer que barre los recortes de musgo, mientras otra extiende su mantel y cuida la sopa de almendras.
Por las aceras van los hombres con la alegría de las pagas extraordinarias, y en la calle de abajo se ha sentido la explosión de la primera zambomba. El mundo tiene un sobrefondo de voces blancas, y ya no hay multas ni señales de tráfico para los serafines.
Te lo mereces todo, Cristo, porque ya es atarse de pies y manos en la carne de un niño, y meterse a punta de ternura en los dominios de la crueldad.
Y ellos también, que es bien difícil sobrellevar los 364 latigazos de un calendario.
Bien está un día de holguras en el corazón y de caricias en la frente.
Que te vayan los niños y te jueguen a hacer con los ojos auroras de ternura.
Que te lleguen los mozos y apuren sus bengalas de ilusión.
Que los matrimonios renueven, en tu llanto de recién nacido, su manantial de dulzura.
Que los ancianos crezcan sobre las palpitaciones que estremecen su raíz de tronco fuerte.
A las seis de la tarde del 24 de diciembre, con todos los belenes del mundo puestos, quiero que te alcance la oración de un hombre que ha de cenar con sol y comida de régimen, a lo más sin otro símbolo de fiesta que una leve estrella de purpurina.

Tomado de Dios habla todos los días.

EL OBSERVADOR 441-12

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CONTEXTO ECLESIAL
La fiesta de la Navidad

Hasta el siglo II la única fiesta que celebraban los cristianos era la Pascua de Resurrección y poco importaba festejar el día en que nació Jesús, lo que hasta veían como un acto reprobable. En los siglos posteriores surgió el deseo de conmemorar también el natalicio de Cristo pero se encontraron con el problema de que en los Evangelios nada se decía sobre el día y el año, y tampoco había una referencia cierta, como ocurre en el caso de la Pasión y Resurrección del Señor, que relacionaba con la pascua judía.

Por la falta de documentos exactos comenzaron a aparecer fechas muy disímiles que oscilaban entre los meses de noviembre y junio. San Clemente de Alejandría (150-215) decía que podría haber nacido el 18 de noviembre o el 19 ó 20 de abril, o bien el 20 de mayo, e incluso al antipapa Hipólito (217-235), que no obstante murió reconciliado con la Iglesia, se le atribuye haber fijado el día 25 de diciembre en su Comentario al libro de Daniel. Pero el papa san Fabián (240-250) salió al cruce de toda polémica y prohibió por el momento cualquier intento de establecer una fecha, mientras que Orígenes (+ 253), hacia el 245, tronaba diciendo que constituía un pecado tratar a Cristo como si fuese un faraón, pues entre los egipcios estaba la costumbre de celebrar el nacimiento de su soberano considerado un dios.

Sin embargo ya en el siglo II, y a pesar de las dudas, los cristianos orientales comenzaron a celebrar la Navidad los primeros días de enero, el 8 o el 6 con preferencia de este último, como la fiesta de la Epifanía o de la Manifestación del Señor, englobando en ella varios episodios: la Natividad, la Adoración de los Magos, el Bautismo del Señor, etc.

La fiesta del 6 de enero, que comprendía los primeros misterios de la vida de Cristo, en el siglo IV ya había pasado a casi toda la Iglesia universal. Pero en Roma, dada la falta de certeza absoluta de la fecha, se vio la oportunidad de asestar un duro golpe al paganismo. El emperador Aureliano (270-275), había establecido en el año 274 d.C., que el 25 de diciembre, coincidente con el solsticio de invierno, se celebrase el Dies Natalis Solis Invicti (=Día del nacimiento del sol invencible), con que concluían las Saturnalias, fiesta en honor al dios Saturno que duraba una semana en que los romanos banqueteaban y se intercambiaban regalos y que fue degenerando cada vez más en una especie de carnaval signado por el libertinaje y el desenfreno. La Iglesia romana, entonces, trasladó definitivamente la memoria del Nacimiento de Cristo a ese día separándolo de la Epifanía. De la contraposición de la fiesta cristiana a la pagana podemos leer dos textos de la época. Uno dice: "¡Oh, qué maravillosamente actuó la Providencia, que en el día en el que nació el Sol… Cristo debía nacer", y en otro: "No obstante, Nuestro Señor, también nace en el mes de diciembre… en la octava antes de la calenda de enero -25 diciembre- …, Pero ellos lo llaman el 'Nacimiento del Invencible'. ¿Quién hay que sea tan invencible como Nuestro Señor…? O, si ellos dicen que es el día del nacimiento del Sol, Él es el Sol de Justicia". Los cristianos tampoco tuvieron problemas en aceptar esto, pues en la Escritura se hablaba del nacimiento de Cristo simbólicamente como la llegada del Sol: "Por la entrañable misericordia de Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1, 78-79).

También entre los pueblos paganos del Norte y centro de Europa se celebraban las fiestas de Yule u otras similares durante el solsticio de invierno, en donde, además de invocar la propiciación de los dioses, se festejaba el retorno de la Tierra al Sol.

Algunos autores miran al Concilio de Nicea (325), en donde la Iglesia condenó al arrianismo y definió que el Hijo es engendrado, no creado, y consubstancial al Padre, como el punto de partida de la determinación de la fecha del 25 de diciembre y que la aceptación oficial fue el año 345 durante el pontificado de san Julio I (342-352), promovida luego esta decisión por san Gregorio Nacianceno (+ 389) y san Juan Crisóstomo (347-407). Otros toman de referencia a Filocalus, que en el 354, a partir de su calendario y diversos datos recopilados, determinó que el Redentor nació un viernes 25 de diciembre, o bien señalan que el día fue fijado entre el 354 y el 360 cuando ocupaba la cátedra petrina san Liberio (352-366), sin dar otra referencia.

A pesar de ser una fiesta instaurada en la Iglesia latina, a fines del siglo IV, san Juan Crisóstomo la implantó en Antioquía, de allí pasó a Constantinopla, y en Jerusalén consta que en el 385 se celebraba con gran solemnidad y procesiones desde la Ciudad Santa hasta Belén. Hacia el 430 la fiesta se instauró en Alejandría continuando su difusión a otras Iglesias del Oriente próximo.

(Resumido de
www.iveargentina.org )

EL OBSERVADOR 441-13

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