El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
29 de Febrero de 2004 No.451

SUMARIO

bullet«La fuerza de Juan Pablo II se basa en la verdad de su testimonio»: Jesús Colina
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - ¿A quién se parece Jesús?
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - La sangre de Cristo es el don más grande de Dios
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR - Problemas matrimoniales
bulletPINCELADAS - La escritura de los santos
bulletDOCUMENTOS- Discurso de Juan Pablo II al nuevo embajador de nuestro país ante la Santa Sede
bulletMIRADA JOVEN - Modernos para escribir
bulletCULTURA - La cruz
bulletDEBATE - Dos pensamientos sobre la Iglesia
bulletTESTIMONIO - Lo que Gibson buscaba con La Pasión lo ha conseguido: golpea

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HABLA UNO DE LOS MEJORES PERIODISTAS CATÓLICOS
«La fuerza de Juan Pablo II se basa en la verdad de su testimonio»: Jesús Colina
El Observador / Redacción
¿Cuál es el secreto que el Papa guarda en su interior para producir los enormes cambios que se han generado en sus 25 años de su pontificado? El Observador ha tomado la opinión de un extraordinario periodista católico a este respecto. Su respuesta es síntesis de cercanía y perspicacia. Resumen de una conferencia a lectores y suscriptores de nuestro semanario, Jesús Colina, fundador y director de la agencia informativa Zenit, en Roma, nos lleva de la mano hacia el interior de una obra, de una acción y un compromiso: Juan Pablo II, el hombre más importante de nuestro tiempo.


¿Por qué viaja tanto el Papa?

El Papa Juan Pablo II tiene un secreto: convertir la fe en cultura a través de la comunicación del Evangelio. Cuando era estudiante, en Polonia, montaba obras de teatro como resistencia material ante la invasión nazi. El teatro le enseñó a «desaparecer» a favor del texto. Así, el Papa hoy mismo «desaparece», se borra a sí mismo, para darle paso a la Palabra de Dios en su misión de salvación del mundo.

Es, al mismo tiempo, profeta y testigo. Vive lo que cree y cree lo que vive. Su mensaje es así de simple, pero así de revolucionario. Por lo que respecta al anuncio, el del Papa tiene que ver con la recuperación y el respeto, en todos lados, de la dignidad de la persona humana. Por eso viaja tanto: porque quiere encontrarse cara a cara con el rostro del hombre. Y en el encuentro, anunciar a Cristo.

¿Puede el cristianismo ser una minoría?

La transformación del mundo que ha producido su pontificado es gigantesca. Su autoridad moral es, hoy mismo, el único referente de la paz y el fiel de la balanza para conservar el precario equilibrio de fuerzas con el que se mueve la humanidad. Sin la participación de Juan Pablo II, el conflicto en Iraq fácilmente hubiera podido derivar en un conflicto entre religiones. Lo que hizo el Papa fue hacer que se escuchara con claridad y firmeza en el mundo islámico, que el Jefe de la Iglesia católica, con mil cien millones de militantes bajo su responsabilidad, desaprobaba la guerra tanto como la invocación -dentro de ella- del nombre de Dios.

La Providencia trabaja sobre Juan Pablo II, sobre todo cuando se plantea desafíos. Últimamente, se ha planteado el tema de la Eucaristía como forma de unión de los cristianos. Ante la globalización y el multiculturalismo, la identidad cristiana se está perdiendo, y el cristianismo corre peligro de convertirse -como en Europa- en una minoría. Si las comunidades cristianas no tienen como motor a la Eucaristía, estarán desunidas y no vivirán a Cristo como un encuentro real y verdadero. Redescubrir el poder unificador de la Eucaristía es un tema muy querido para el Papa. Ha visto cómo, por ejemplo, los conversos del protestantismo al catolicismo en Estados Unidos tienen en la Eucaristía una razón para volver al camino de Roma. Pero no todos los católicos son capaces de ver esto. Hay que lograr que sí lo vean.

¿Tiene México un lugar privilegiado?

El segundo desafío es la nueva evangelización. Utilizar nuevos métodos sin olvidar la persuasión del testimonio. México e Iberoamérica tienen un papel esencial. Los pueblos evangelizados de América son, ahora, la esperanza de reevangelizar Europa y otros continentes. El Santo Padre lo entiende así. Por ello ha puesto su mirada en México. Sabe que desde aquí puede (y debe) haber un movimiento responsable de esparcir la semilla de la palabra de Cristo en la realidad de los pobres y los oprimidos de todo el mundo. Y de volver la mirada del hombre entero a la única verdad que salva: la verdad del Evangelio.

El tercer desafío es el ecumenismo. El Papa está tendiendo puentes para unir a todas las iglesias separadas. Sin perder su identidad, la Iglesia católica está decidida a vivir en comunión con las demás iglesias, porque todos, finalmente, tenemos que anunciar a Cristo. El cuarto -y último- desafío tiene que ver con la preocupación constante de Juan Pablo II para que la pasión de creer se transforme en una norma de vida. Es decir, que los creyentes sean agentes del cambio cultural que requiere el mundo.

¿Es su fragilidad limitación?

El evangelio ilumina el compromiso por la justicia social que es el cometido de este Papa. Y no hay justicia sin caridad. La gran lección de Juan Pablo II es que no bastan las palabras ni los discursos si no van acompañados de la caridad. En todo su pontificado, el papa Wojtyla se ha preocupado por hacer obras de misericordia. En cada viaje así lo hace. Nunca deja a nadie con la mano tendida y el corazón lleno de Cristo. Débil como está, se ha ofrecido a vivir la fragilidad de todos entregándose a vivir la libertad de la fe.

(Resumen de J.S.C.)

EL OBSERVADOR 451-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
¿A quién se parece Jesús?
Por Jaime Septién

El estreno de La Pasión de Cristo ha venido precedido de un intenso jaloneo de prensa. Hay quien dice que es antisemita. Hay quien la juzga una obra maestra. Mel Gibson, su director, es un hombre comprometido. Católico del rito tridentino. De los de armas tomar. Eso no es lo importante. Lo que me temo que puede llegar a suceder es que empecemos a identificar la densidad de la figura de Cristo con el un metro 86 de estatura, 78 kilogramos de peso, pelo negro y ojos azules del actor Jim Caviezel, como antes lo hicimos con Montgomery Cliff o Jeffrey Hunter de Rey de Reyes (1961) o Max von Sydow de La más grande historia jamás contada (1965).

Cristo no fue así Las precarias condiciones de vida que privaban en Palestina, junto con el oficio de su padre en la tierra, san José, un carpintero, anulan toda posibilidad de ese Jesús de Hollywood. Y dado que tenemos un corazón tan inclinado al sentimiento, se puede correr el riesgo de favorecer la balanza a favor de un tipo de valor belleza física de Jesús, antes que comprender la inmensidad avasalladora de su testimonio de amor y obediencia. No digo que esto sea así; digo que puede ser así.

Cuentan los que han visto la película de Gibson que, de verdad, golpea. Eso es lo que quiso lograr en el espectador: sacudirlo en su fibra más íntima. Una flagelación de 15 o 20 minutos, sin descanso, no puede sino atravesarnos el alma, como la lanza de Longinos al costado del divino cuerpo yerto, de donde manó agua y surgió la Iglesia. Pero, ¿alcanzaremos a comprometernos en nuestra vida con Cristo-Hijo-de-Dios y con su humillación para darnos la gloria, o se nos saltarán las lágrimas con el dolor propiciado a Jim Caviezel, con todo y que se trata de una representación? La pregunta, en serio, no es ociosa.

Estamos poco habituados -por la influencia del cine y la televisión- a mirar el fondo de las cosas. Las representaciones gravitan más que las realidades sobre la mayoría del público espectador. Incluso habrá quien sentirá lástima del actor y defenderá al director de La Pasión como si se tratara de otro evangelista. No hay que ir tan lejos. Si esta película, que está hecha con todo el conocimiento y el amor a Cristo, se queda en la frontera de la actuación, los efectos especiales o las tesis a favor o en contra de los judíos, incluso, si solamente nos golpea por la visión directa de la carnicería romana desatada contra el Hijo de Dios, será un fracaso. Uno más de la larga lista de fracasos humanos para releer al Jesús histórico y «ponerlo al día» con respecto a nuestro entorno y al tiempo presente.

A la pregunta sobre la apariencia física de Jesús hay que responder con una de esas respuestas tan hondas como simples de la sabiduría cristiana: Jesús se parece, siempre, a la pureza.

EL OBSERVADOR 451-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
La sangre de Cristo es el don más grande de Dios

Juan Pablo II, en audiencia general, se refirió al cántico del primer capítulo de la Carta de san Pablo a los Efesios (3-10) con estas palabras:

«El espléndido himno de bendición comienza con un 'antes' precedente al tiempo y a la creación: es la eternidad divina en la que ya toma vida un proyecto que nos sobrepasa, una 'predestinación', es decir, el designio amoroso y gratuito de un destino de salvación y de gloria.

«En este proyecto trascendente, que engloba la creación y la redención, el cosmos y la historia humana, Dios había establecido, en su benevolencia, recapitular todas las cosas en Cristo, es decir, restablecer el orden y el sentido profundo de todas las realidades, las del cielo y las de la tierra. Ciertamente Él es cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, pero también el principio vital de referencia del universo.

«Esta especie de salmo del Nuevo Testamento se concentra sobre todo en la historia de la salvación, que es expresión y signo vivo de la benevolencia, del amor divino.

«San Juan Crisóstomo, en su primera homilía sobre la Carta a los Efesios, al comentar este cántico, dice que significa que Dios desea apasionadamente y anhela ardientemente nuestra salvación. 'Y, ¿por qué nos ama hasta llegar a este punto? ¿Por qué nos quiere tanto? Sólo por su bondad: la gracia, de hecho, es propia de la bondad'. Y concluye el santo: 'No hay nada más grande que esto: la sangre de Dios ha sido derramada por nosotros. El que ni siquiera haya perdonado la vida de su Hijo es algo más grande que la adopción divina como hijos y que los demás dones; el perdón de los pecados es algo grande, pero más grande es todavía el que esto haya tenido lugar mediante la sangre del Señor'».

EL OBSERVADOR 451-3

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
Problemas matrimoniales
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA:
Le escribo con el fin de solicitarle un consejo acerca de un problema que se ha presentado en la familia. Resulta que mi hermano, desde hace ya buen tiempo, hemos sabido que tiene problemas dentro de su matrimonio. Hemos escuchado varias veces que tienen la intención de separarse pero pasa el tiempo y parece que sus problemas se han resuelto porque no lo vuelven a mencionar. Sin embargo, últimamente mi hermano nos ha manifestado que los problemas siguen y que él ya no aguanta la situación, por lo que a veces se ha sentido tentado a tomarle la palabra a su esposa y aceptar el divorcio. Él no quiere porque tienen hijos, que serían los que mas sufrirían con esta decisión. Mi hermano dice que él está dispuesto a acudir a terapia de pareja pero que cuando se lo menciona a mi cuñada ella le contesta que no está loca y que no tiene por qué ir a terapia si el que está mal es mi hermano. Le preguntamos a mi hermano si quería que habláramos con mi cuñada para que acudieran a terapia juntos, pero él dice que no sabe si seria peor porque ella podría pensar que él está de chismoso y le podría provocar más problemas. Yo sé que el divorcio no es la solución mas adecuada y que siempre hay que agotar todas las instancias antes de tomar una decisión tan difícil, por eso le pido un consejo de cómo podemos nosotros los familiares ayudar sin que parezca que nos estamos entrometiendo en su matrimonio. ¿Cómo se le puede ayudar a una persona para que acuda a una terapia o cómo decirle que acuda a ella sin que se sienta agredida o de que otra forma les podemos ayudar?

RESPUESTA:

Efectivamente, la posición de la familia política es muy delicada. Lo que pueden o no hacer depende mucho de la calidad de la relación que tengan con su cuñada. Ustedes pueden acercarse a ella, crear un clima de confianza y favorecer que ella se abra con ustedes (esto siempre y cuando su hermano esté de acuerdo). Entonces deberán escucharla sin juzgar y sin tomar partido, y si ella lo pide, dar un consejo. Si ella manifiesta que quien está mal es el hermano de ustedes, pueden sugerir que ella le pida a él que acudan a terapia de pareja para tratar ese asunto y otros que puedan surgir. Si ella les hace notar algún error de su hermano o si ustedes mismos se han dado cuenta, díganselo a él. Al acudir a ustedes, él ya abrió la puerta para esto.

Parece que ella está a la defensiva, pero lo más probable es que los errores los cometen ambos, y así debería planteárselo su hermano, explicarle que le pide que acudan a terapia de pareja no porque ella está mal, sino porque el matrimonio está mal y que ambos han fallado.

Para hablar con su cuñada y convencerla de la conveniencia de la terapia, sería más adecuado que lo hiciera alguien cercano a ella, tal vez sus padres o una amiga de ella. El hermano de ustedes podría pedirles que hablaran con ella, siempre y cuando ellos ya estén enterados de que hay problemas. Su hermano no deberá dar más información de la que ellos tienen porque eso sería una gran indiscreción y su esposa se sentiría ofendida.

Por otro lado, alguien podría invitar a su hermano y a su esposa a un encuentro matrimonial, planteándolo como una oportunidad de crecimiento para la pareja y sin darse por enterados de que tienen problemas. Ustedes pueden investigar si alguna pareja cercana a ellos ya han tenido su encuentro y pedir que los inviten.

Pero todo esto no es más que un apoyo externo. La parte central son ellos, la pareja, y depende de ellos el solucionar o no sus conflictos. Su hermano debe saber que no puede cambiar a su esposa, pero sí puede cambiar él mismo. Él puede acudir a terapia solo y plantear ahí sus problemas matrimoniales. En esta terapia, él irá descubriendo cuál es su parte en el conflicto y aprenderá a comunicarse mejor. Si él cambia sus actitudes equivocadas, probablemente favorecerá un mejor clima en la familia y tal vez ella finalmente se decida a acudir a la terapia, o incluso sin ésta, por la sola influencia de los cambios de su hermano, ella también podría cambiar. En todo caso, el objetivo principal de una terapia individual para su hermano deberá ser su propio crecimiento. Si él va para que su esposa cambie no va a funcionar.

Y ustedes, como familia, lo mejor que pueden hacer es orar por ellos, amarlos y acogerlos, estar cerca, ser cordiales, apoyarlos en lo que puedan y respetarlos siempre.

La psicóloga Cervantes responderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al tel. 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

EL OBSERVADOR 451-4

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PINCELADAS
La escritura de los santos
Por Justo López Melús *

Los santos canonizados no nacieron santos. Se hicieron. O, más bien, dejaron que Dios obrara en ellos. Jesús, en el Evangelio, llama a todos a la conversión. Pero, si pienso en mí, pienso en los demás... Quizá noto algunos arreglitos y pequeños retoques, pero difícilmente se da una verdadera conversión. Y, sin embargo, todo es posible para Dios.

Moretti, grafólogo italiano, ha publicado un libro interesante sobre la escritura de 58 santos. Sólo tres (san Pío X, san Juan Berchmans y santa Margarita María de Alacoque) mostraban en su escritura una inclinación natural al bien. En los demás (incluidos santa Teresa, Asís, Loyola y Borromeo) la escritura descubría sus malas inclinaciones. Pero su generosa colaboración con la gracia divina nos deparó estos gigantes de la santidad.

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 451-5

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DOCUMENTOS
«Es de desear que la Iglesia en México pueda gozar de plena libertad en todos los sectores donde desarrolla su misión pastoral y social»
Discurso de Juan Pablo II al nuevo embajador de México ante la Santa Sede

Señor Embajador:

1.Con sumo gusto le recibo las cartas credenciales que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de los Estados Unidos Mexicanos ante la Santa Sede, a la vez que le doy mi cordial bienvenida en este acto con el que inicia esta misión que su gobierno le ha confiado. Le agradezco sus atentas palabras, así como el saludo que me ha transmitido de parte del señor presidente de la república, Lic. Vicente Fox Quesada, a lo cual correspondo renovándole mis mejores deseos para su persona y su alta responsabilidad.

Le ruego, señor Embajador, que se haga portavoz de mi afecto y cercanía hacia el querido pueblo de México, que he tenido la dicha de visitar cinco veces, iniciando en su tierra, hace ya veinticinco años, mis viajes como sucesor del apóstol Pedro. Quiero aprovechar esta oportunidad para reiterar el mensaje de aliento que dirigí a todos los mexicanos durante mi último viaje a Ciudad de México, en julio de 2002, animándolos a «comprometerse en la construcción de una Patria siempre renovada y en constante progreso» (Discurso de bienvenida, 30.VII.2002).

2. Ha pasado más de una década desde el restablecimiento, en septiembre de 1992, de las relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede. A lo largo de estos años, caracterizados por rápidos y profundos cambios en el entramado político, social y económico del país, la Iglesia católica, fiel a su propia misión pastoral, ha seguido promoviendo el bien común del pueblo mexicano, buscando el diálogo y el entendimiento con las diversas instituciones públicas y defendiendo su derecho a participar en la vida nacional. Ahora, en el presente marco legal, gracias al nuevo clima de respeto y colaboración entre la Iglesia y el Estado, se han producido avances que han beneficiado a todas las partes. Sin embargo, es necesario seguir trabajando para hacer que los principios de autonomía en las respectivas competencias, de estima recíproca y de cooperación con vistas a la promoción integral del ser humano inspiren, cada vez más, el futuro de las relaciones entre las autoridades del Estado, de un lado, y los pastores de la Iglesia católica en México y la Santa Sede, de otro.

Es de desear que la Iglesia en México pueda gozar de plena libertad en todos los sectores donde desarrolla su misión pastoral y social. La Iglesia no pide privilegios ni quiere ocupar ámbitos que no le son propios, sino que desea cumplir su misión en favor del bien espiritual y humano del pueblo mexicano sin trabas ni impedimentos. Para ello es preciso que las instituciones del Estado garanticen el derecho a la libertad religiosa de las personas y los grupos, evitando toda forma de intolerancia o discriminación. En este sentido, es de desear también que en un futuro no lejano y al amparo de un desarrollo legislativo acorde con los nuevos tiempos, se den pasos adelante en aspectos, entre otros, como la educación religiosa en diversos ambientes, la asistencia espiritual en los centros de salud, de readaptación social y asistenciales del sector público, así como una presencia en los medios de comunicación social. No se debe ceder a las pretensiones de quienes, amparándose en una errónea concepción del principio de separación Iglesia-Estado y del carácter laico del Estado, intentan reducir la religión a la esfera meramente privada del individuo, no reconociendo a la Iglesia el derecho a enseñar su doctrina y a emitir juicios morales sobre asuntos que afectan al orden social, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o el bien espiritual de los fieles. A este respecto, quiero destacar el valiente compromiso de los pastores de la Iglesia en México en defensa de la vida y de la familia.

3. La noble aspiración por un México cada vez más moderno, próspero y desarrollado, exige el esfuerzo de todos para construir una cultura democrática y consolidar el estado de derecho. A este respecto, recientemente los obispos mexicanos, movidos por una actitud de asidua colaboración, han dirigido una apremiante llamado a la unidad nacional y al diálogo entre los responsables de la vida social, señalando que «se deben dejar de lado los intereses partidistas y proponer, a partir de puntos comunes, las iniciativas de reforma que se encaminen a la consecución del bienestar general de la población» (CEM, La construcción de la nación mexicana es una tarea de todos, 10 diciembre 2003).

El doloroso y vasto problema de la pobreza, con sus graves consecuencias en el campo de la familia, la educación, la salud o la vivienda, es un desafío urgente para los gobernantes y responsables de la vida pública. Su erradicación requiere ciertamente medidas de carácter técnico y político, encaminadas a que las actividades económicas y productivas tengan en cuenta el bien común, y muy especialmente a los grupos más deprimidos. Sin embargo, no hay que olvidar que todas esas medidas serán insuficientes si no están animadas por valores éticos auténticos. Deseo animar, además, los esfuerzos emprendidos por su gobierno y otros responsables de la vida social mexicana para fomentar la solidaridad entre todos, evitando males que se derivan de un sistema que pone el lucro por encima de las personas y las hace víctimas de injusticias. Un modelo de desarrollo que no afronte con decisión los desequilibrios sociales no puede prosperar en el futuro.

4.Especial atención requieren los pueblos indígenas, tan numerosos en México, y relegados a veces al olvido. En la basílica de Guadalupe, al canonizar al indio Juan Diego, tuve oportunidad de señalar que «la noble tarea de edificar un México mejor, más justo y solidario, requiere la colaboración de todos. En particular, es necesario apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico. ¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México» (Homilía, 31.VII. 2003).

Otra preocupación que siente la Iglesia y la sociedad en México es el creciente fenómeno de la emigración de muchos mexicanos a otros países, en especial a los Estados Unidos. A la incertidumbre de quien parte en busca de mejores condiciones se añade el problema del desarraigo cultural y la dolorosa dispersión o alejamiento de la familia, sin olvidar las funestas consecuencias de tantos casos de clandestinidad. Para paliar el conocido «efecto llamada», que genera un flujo intenso de emigrantes, lo cual se trata de contener con severas restricciones, la Iglesia recuerda que las medidas desarrolladas en los países receptores deben ir acompañadas de una decidida atención en el país de origen, que es donde se gesta la emigración. Por eso se han de detectar y remediar, ante todo, las causas por las que muchos ciudadanos se ven obligados a dejar su tierra. Por otra parte, los mexicanos residentes en el extranjero no deben sentirse olvidados por las autoridades de su país, que están llamadas a facilitarle atenciones y servicios que les ayuden a mantener vivo el contacto con su tierra y sus raíces. Quiero subrayar también la importancia que han adquirido los encuentros entre obispos de las diócesis fronterizas de México y Estados Unidos buscando medidas conjuntas para mejorar la situación de la población emigrante, pues las parroquias y demás instituciones católicas constituyen el principal punto de referencia y de identidad que encuentran en el extranjero.

5.Señor Embajador, al finalizar este encuentro le reitero mis mejores deseos para el desempeño de la alta función que hoy comienza. Con el corazón puesto en la celebración del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, que tendrá lugar el próximo mes de octubre en Guadalajara y en el que participarán miles de fieles llegados de muchos países del mundo, le ruego que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante el señor Presidente y demás autoridades de México. Invoco abundantes gracias divinas sobre usted, su distinguida familia y sus colaboradores, así como sobre todos los hijos e hijas de la querida nación mexicana, amparada maternalmente bajo el manto de estrellas de la Virgen Morena del Tepeyac, Santa María de Guadalupe, Reina de México y Emperatriz de América Latina.

EL OBSERVADOR 451-6

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MIRADA JOVEN
Modernos para escribir
Por María Velázquez Dorantes

Hoy en día nos enfrentamos al proceso universal de la comunicación, donde los filósofos letrísticos, los periodistas, los escritores, los comunicadores y todos aquellos encargados de transmitir mensajes a la sociedad, así como de compartir los pensamientos, las ideologías y aquella opinión pública a la que se afrontan, necesitan transformarse en conocedores de los términos modernos de la escritura.

La denominada globalización y la era informativa post moderna que los medios de comunicación han presentado a la sociedad actual han creado la necesidad de conocer y manejar un lenguaje universal para concluir la tarea de la comunicación.

Un punto importante de ser modernos en la escritura es reconocer que día a día se realiza el intercambio de ideologías culturales por los distintos medios masivos de la comunicación. El enfrentarse a un medio como lo es la internet obliga a todos los responsables sociales a la adaptación de la lengua; en cuestión de segundos la información de un colombiano llega al conocimiento de un mexicano o de un español, y es aquí donde el lenguaje debe tomar conciencia para poder expresarse correctamente.

Los grupos sociales ya no se enfrentan sólo a la narcotización de los mass media, sino que se está buscando un sentido estricto de la información, es decir, se necesita comprender y reflexionar qué se está diciendo, por qué se está diciendo y cuáles son las causas psicosociales, culturales, económicas y políticas, así como sus consecuencias a través de una locución moderna.

Ser modernos para escribir convierte a las plumas en los vanguardistas sociales que llevan a cabo todo el proceso de la comunicación sin el factor de distorsión del mensaje, visto desde el ángulo de la responsabilidad social.

Ser para la sociedad un medio moderno que pueda ser comprendido y analizado desde los cinco continentes, implica una amplia gama de conocimientos, pero, sobre todo, la ampliación de expresiones comunes.

EL OBSERVADOR 451-7

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CULTURA
La cruz
Por Carlos Díaz

Jesús es el único modelo en la toma de decisiones: su conducta nos sitúa ante la disyuntiva de pensarnos como seres para la muerte o como seres que ofrecen la muerte para la vida. Existe un grado de riesgo, pero de la misma manera que el hombre arriesga, dentro de ciertos límites, con trabajos, aventuras o competiciones, también nosotros: se trata de una ofrenda de la vida que se entrega por los demás y que merece la pena. Dicho recurso se convierte en el argumento del pobre, que se siente pobre e impotente frente al poder de la autoridad política o mundial y frente a su incapacidad para solucionar realmente los verdaderos problemas de la humanidad. Toda decisión tiene cierto margen de riesgo que también estamos dispuestos a asumir desde la responsabilidad que se nos ha conferido, con la cruz.

El suplicio de la cruz sólo se utilizaba para las clases bajas de la sociedad y los esclavos. Normalmente los ciudadanos romanos estaban exentos de él, a menos que la gravedad de su delito les hiciera ser considerados desposeídos de sus derechos civiles. Se aplicaba también a los extranjeros sediciosos, a los criminales y a los bandidos. Fue lo que ocurrió en Judea con motivo de diferentes revueltas políticas en época de Jesús. Las fuerzas romanas lo aplicaron en muchas ocasiones en contra de los judíos.

A la crueldad propia del suplicio de la crucifixión -suplicio de muerte lenta que daba curso a numerosos gestos de sadismo- se unía su carácter infamante (Celso), escandaloso e incluso 'obsceno'. El crucificado quedaba privado normalmente de sepultura y era abandonado a las bestias salvajes y a las aves de presa. La cruz era un «signo de vergüenza», un «poste infame», un «madero criminal» (Séneca), «el suplicio más cruel y más repugnante» (Cicerón). «La muerte en cruz, suprema infamia», dice Orígenes. Se le atribuía por eso un gran poder de disuasión. Era casi una forma de sacrificio humano y tenía como objetivo deshumanizar al máximo la muerte y quitarle al ajusticiado toda dignidad en su manera de morir. Éste, por lo general, se debatía en medio de gritos atroces. En la tradición judía, el que cuelga del madero es maldito de Dios (Dt 21,23). Pablo retomará este tema diciendo que Cristo se ha hecho «maldición por nosotros», porque está escrito: «Maldito el que está colgado de un madero» (Gal 3,13). Salvo raras excepciones, el tema de la crucifixión está ausente de la mitología griega, aunque Platón, pensando en Sócrates, percibiera la grandeza del justo sufriente. Cuando san Pablo habla de «locura» y de «escándalo» a los ojos de los paganos y de los judíos, no está incurriendo en ninguna exageración retórica. Los judíos tienen exactamente la misma reacción: «Ponéis vuestra esperanza en un hombre que ha sido crucificado». En la colina romana del Palatino se ha encontrado, entre otras pintadas, una caricatura que representa a un hombre en oración, levantando los brazos en gesto de adoración delante de la imagen de un crucificado con cabeza de burro. Una inscripción dice: «Alexamenes adora a su Dios». Esta sátira revela la reacción popular de los paganos. La crucifixión de Jesús constituirá durante mucho tiempo una objeción radical a la predicación del cristianismo.

EL OBSERVADOR 451-8

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DEBATE
Dos pensamientos sobre la Iglesia
Por Walter Turnbull

Con todo este lío de la píldora del día siguiente, dos pensamientos sobre la Iglesia se me vienen a la mente

1.- Gente encumbrada del gobierno y del mundo liberal, a todo lo largo y ancho del planeta, se desvive por demostrar que la pastillita no es abortiva y arremeten contra la Iglesia por sostener su afirmación de que sí lo es.

Pregunto yo: Si son gente que apoya el aborto, ¿por qué se molestan tanto en demostrar que la pastilla no lo es? Si no son católicos, ¿qué les importa lo que diga o deje de decir la Iglesia?

A mí, por ejemplo, que no pertenezco al club deportivo «London», y que me encanta la ropa de color, me importa un pepino si el club deportivo «London» prohíbe a sus socios el uso de ropa de color. No me afecta. Usted no me verá metiendo mis narices en los reglamentos del club, ni alegando que el negro no debe ser considerado como color. Sin embargo, los paganos promotores del aborto -y de la tolerancia-, no dejan de meterse con la Iglesia para que acepte que la famosa píldora no es abortiva.

¿Será que se preocupan mucho por los derechos de los pobres incautos que podrían ser engañados por la Iglesia y los quieren proteger? Aquí entre nos, no lo creo. Existen muchas violaciones muy graves contra los derechos humanos en nuestra sociedad y uno no ve que a los liberales les importe mucho.

Mi impresión es que, en el fondo, a todos les interesa lo que la Iglesia dice. Todo el mundo, en el fondo, para su gusto o para su disgusto, lo reconozca o no, se da cuenta de que la Iglesia es la voz de la Verdad; por eso es el enemigo común. Sin tener el valor para cortar por lo sano y olvidarse de lo que la Iglesia diga, prefieren esperar ilusamente que la Iglesia cambie su moral para que ellos puedan hacer lo que les plazca sin perder la amistad con Dios. Quieren tener su propia moral, y seguir siendo católicos.

2.- El óvulo fecundado, el embrión, la mórula, el feto... ¿Son vida humana?

¿En qué momento de la gestación le pone Dios el alma al cuerpo? (Santo Tomás de Aquino, siendo quien es, alguna vez pretendió definir en qué momento le era asignada el alma al hombre y en qué momento a la mujer).

¿Puede Dios remediar lo que el hombre destruye con un aborto?

No lo podemos saber; ni usted, ni yo, ni el secretario de salud, ni los expertos de la ONU, ni nadie. Está más allá de nuestra ciencia y de nuestra inteligencia. Todo son adivinanzas, suposiciones, conjeturas, especulaciones...

Por eso Dios nos dio una Iglesia como garante de la verdad con San Pedro llevando el timón y el Espíritu Santo iluminando a San Pedro. Por eso es necesaria la Iglesia. Por eso los católicos nos sentimos seguros en medio de tanta confusión.

«Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo...»(1Co 3, 7).

Sabemos que el aborto es un asesinato porque lo dice la Iglesia, porque lo dice el Papa, porque lo dice Dios.

Gracias sean dadas a Dios por la Verdad, por el Papa y por la Iglesia.

EL OBSERVADOR 451-9

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TESTIMONIO
Lo que Gibson buscaba con La Pasión lo ha conseguido: golpea
Por Vittorio Messori
Vittorio Messori fue uno de los pocos periodistas europeos que pudo ver la producción cinematográfica de Mel Gibson titulada La Pasión antes de su estreno en Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia el pasado 25 de febrero En este artículo resumido relata el famoso periodista católico el impacto que le produjo la película.


Somos apenas una docena, de muchos países, conscientes de nuestro privilegio: por invitación de Mel Gibson somos los primeros en Europa en ver la cinta. Ni siquiera el Papa ha visto más que una versión provisional, a la que le faltaba, entre otras cosas, parte de la banda sonora. Pero sí, esta tarde somos los primeros.

Llorando en silencio

Cuando terminan de pasar los títulos de crédito, cuando el técnico le da al interruptor que enciende las luces, la salita sigue en silencio. Dos mujeres lloran, silenciosamente; el monseñor que tengo a mi lado está palidísimo, con los ojos cerrados; el joven secretario atormenta nervioso un rosario. Durante larguísimos minutos nadie se levanta, nadie se mueve, nadie habla. Así que lo que nos anunciaban era cierto: The Passion of The Christ nos ha golpeado; el efecto que Gibson pretendía se ha realizado en nosotros, primeros cobayas. Yo sigo desconcertado y mudo: durante años he pasado por la criba, una por una, las palabras del griego con las que los evangelistas narran aquellos hechos; ninguna minucia histórica de aquellas horas en Jerusalén me es desconocida, he estudiado un libro de cuatrocientas páginas que tampoco Gibson ha ignorado. Lo sé todo. O mejor, ahora descubro que creía que sabía: todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes que logran transformarlas en carne y sangre.

Mel lo ha dicho con orgullo y humildad a la vez: «Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso. (...) Si no lo logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman».

En efecto, en el set ha ocurrido más de lo que se sabe, y muchas cosas quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos adúlteros, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energía extraordinarias, extras que se arrodillaban al paso del extraordinario Caviezel-Jesús, hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz, y que no han herido a nadie. Y después, casualidades leídas como signos: la Virgen con el rostro de la actriz judía de nombre Morgenstern, que -se dieron cuenta después- es, en alemán, la «Estrella de la mañana» de la letanía del Rosario.

Comprender con el corazón

Gibson se ha acordado de la advertencia del beato Angélico: «Para pintar a Cristo, hace falta vivir con Cristo». En la ciudad de Matera, en los estudios de Cinecittà, cada tarde un sacerdote con sotana negra de larga fila de botones celebraba una Misa en latín, según el ritual de san Pío V. Aquí está la razón verdadera de la decisión de hacer hablar a los judíos en su propia lengua popular, el arameo, y a los romanos en un latín vulgar, de militares.

Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada en el concilio de Trento: la Misa es, sobre todo, sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no el «comprender las palabras», como quieren los nuevos liturgos, de cuya superficialidad se lamenta Mel, porque le parece blasfema. El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender. Si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación, como recuerda la profecía de Isaías que se presenta como prólogo a toda la película.

El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado: pasado un rato, se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones, en las escenas que se bastan a sí mismas.

La «catolicidad» radical de la película reside sobre todo en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las Escrituras lo describen.

Una «catolicidad» radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas iglesias protestantes) también en el aspecto «eucarístico», reafirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión está siempre unida al vino de la Misa, y la carne martirizada, al pan consagrado. Y está también en el tono fuertemente mariano: la Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá andrógino) son omnipresentes, la una con su dolor silencioso; el otro -o la otra- con su complacencia maligna.

De Anna Caterina Emmerich, la vidente estigmatizada, Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias: Claudia Prócula, la mujer de Pilatos, que ofrece, llorando, a María los paños para recoger la sangre de su Hijo, está entre las escenas de mayor delicadeza del filme, que, más que violento, es brutal. Como brutal fue, recuerdo, la Pasión.

Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos bastan para recordar que no fue aquella la última palabra: del Viernes Santo, a la Resurrección, que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura de las palabras de san Juan. Un «vaciamiento» del sudario, dejando un signo suficiente para «ver y creer» que el reo ha triunfado sobre la muerte.

¿Antisemitismo?

Queda clarísimo que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel estado no es la culpa de éste o de aquél, sino el pecado de todos los hombres, sin excluir a ninguno. A la obstinación de Caifás en pedir la crucifixión hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los verdugos romanos; a las vilezas políticas de Pilatos, se opone el coraje del miembro del Sanedrín -episodio añadido por el director- que se enfrenta al Sumo Sacerdote gritándole que aquél proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío el Juan que sostiene a la Madre, no es judía la piadosa Verónica, no es judío el impetuoso Simón de Cirene, no son judías las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación, no es judío Pedro, que, perdonado, morirá por el Maestro?

Al comienzo de la película, antes de que se se desencadene el drama, la Magdalena pregunta, angustiada, a la Virgen: «¿Por qué esta noche es tan diferente a cualquier otra?». «Porque -responde María- todos los hombres son esclavos, y ahora ya no lo serán más».

(Fuente: La Razón)

EL OBSERVADOR 451-10

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