El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
14 de marzo de 2003 No.453

SUMARIO

bulletPORTADA - Indicaciones del Papa al mundo de los negocios
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - ¡Basta ya!
bulletSONETOS DE CUARESMA - Pastor que con tus silbos amorosos...
bulletSobre la marcha
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - agua es un derecho de todos
bulletPINCELADAS - Las gafas de san José
bulletDOCUMENTOS - «¡Familia, sé lo que eres!»
bulletLOS VALORES DE LOS MEXICANOS - ¡Que se vayan todos!
bulletCULTURA - El amor, nombre y don: cinco tesis
bulletCOLUMNA ABIERTA - Las 4 M's de la liberación femenina
bulletLOS LECTORES HABLAN - Habituados a la maldad
bulletDESDE EL ÁFRICA NEGRA - Tradición y creatividad

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Indicaciones del Papa al mundo de los negocios
Es obligatorio que el dinero tenga una ética
Los mexicanos estamos hartos de la corrupción. Pero la corrupción no solamente es política, aunque sea la que más se ve. También hay corrupción en el mundo de los grandes y los pequeños negocios; en las empresas trasnacionales y en las misceláneas de las esquinas. ¿Es un mal combatible? Para la Iglesia católica, para Juan Pablo ll, la respuesta es sí. He aquí un extracto del reciente mensaje de Su Santidad a los empresarios cristianos, a los grandes y los pequeños que, al final de la vida, todos tendremos que responderle por igual al mismo Juez.
El Observador / Redacción

Señoras y señores empresarios. Todos los cristianos tenemos que esforzarnos por testimoniar los valores del Reino de Cristo en el mundo del comercio. Dios confió a mujeres y hombres el dominio y la administración de los bienes de la tierra, para que, mediante el trabajo e iniciativas económicas creativas, beneficiara a los demás. Como dice la Lumen Gentium, «ninguna actividad humana, ni siquiera en el orden temporal, puede sustraerse al imperio de Dios». Todos los cristianos con algún negocio deben, entonces, armonizar la legítima búsqueda del beneficio económico con la solidaridad con los demás y la eliminación del azote de la pobreza que aflige a tantas familias del mundo.

Llamados a ser la diferencia. Hoy más que nunca es necesario que las finanzas y la economía tomen conciencia de la necesidad de comportarse con la más profunda de las éticas, la que asegura que la actividad comercial sea sensible al hombre y a la sociedad. Pero cuidado con creer que el comercio solamente busca el beneficio como su único objetivo. El Evangelio hoy nos lanza el desafío de respetar tanto la dignidad de empleados y clientes como el bien común. Seamos, pues, diligentes, laboriosos, prudentes, confiables y leales en todas nuestras relaciones interpersonales; solamente así -como lo dije en mi encíclica Centesimus Annus- podremos enfrentar decisiones difíciles y dolorosas.

Que no los consuma el consumismo. En un mundo tentado por el consumismo y el materialismo los ejecutivos, comerciantes, empresarios, trabajadores cristianos están llamados a afirmar la prioridad del «ser» sobre el «tener». En los procesos de venta y publicidad, debemos respetar los valores de los grupos y las personas para contribuir a la unidad de la familia humana. Los que comercian deben testimoniar -en todas las escalas-el poder liberador y transformador de la verdad cristiana, que nos inspira a poner nuestros talentos y capacidades intelectuales, nuestras posibilidades persuasivas, nuestra experiencia y nuestras habilidades al servicio de Dios, de nuestro prójimo y del bien común.

EL OBSERVADOR 453-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
¡Basta ya!
Por Jaime Septién


Nosotros no somos eso. Nosotros, los mexicanos de a pie, los que nos ganamos la vida con honestidad, los que nos reconocemos hijos predilectos de Santa María de Guadalupe, estamos asqueados de que un puñado de corruptos y cobardes encaramados en la política y en el dinero, nos quieran quitar la esperanza.

Con la complacencia y la participación de empresarios carcomidos por la avaricia (los hay, y a puños), hemos visto salir a últimas fechas una trama de vídeos clandestinos y de grabaciones debajo de la mesa que nos han estallado en la cara toda la podredumbre acumulada por la impunidad con que se han movido los políticos y los partidos en México.

Aberración y suciedad: tal pareciera que este tráfico de asquerosidades, que este mugroso sometimiento a la dictadura del poder y del dinero fuese la herencia de los mexicanos. Pero es mentira. Esto no es así. En el sustrato hay un pueblo que tiene hambre y sed de justicia; que se la ha jugado por la democracia y por la libertad. Y que no desea seguir viendo en la televisión como se transa con su dignidad, con el hambre, con la conjetura de una oportunidad de empleo, con el futuro de sus hijos.

¡Basta ya! Los obispos lo han reclamado. Los sacerdotes y el pueblo fiel, también. Y esos mismos que ahora se llenan las bolsas del saco con dinero sucio nos intentaron callar de mala manera. Aducían que sólo ellos "sabían de política"; que las sotanas deberían regresar a la sacristía y los laicos "mochos, gazmoños, pudibundos" deberían irse a la adoración de la vela perpetua. Sinvergüenzas: ¿ahora que hemos visto de lo que están hechos muchos de ellos, tendrán todavía cara para volver a despotricar en contra de la Iglesia católica, la única institución que merece el respeto mayoritario de los mexicanos?

¡Basta ya! Con México no se juega. Ni se negocia. Esta nación, por la que la Madre de Dios no hizo nada igual con otra, es mucho más que la recua de asnos que la han ultrajado. Asnos y asnas, que hay que decirlo todo. Yo he visto campesinos pobres con el corazón enhiesto. Yo he visto mujeres heroicas sacar adelante su familia con doble o triple jornada de trabajo. Yo he visto curas y monjas, religiosos y religiosas, laicos de todos los estratos sociales, luchando sin tregua por acercarle el pan al hambriento, el agua al sediento, el vestido al desnudo.

Ellos son México; ellos son los que honran este país elegido por la Virgen para dejarnos una teología de la reconciliación cuando apenas despuntaba el encuentro de dos mundos. Ellos son la esperanza. No esos niños irresponsables metidos a políticos, esos lagartos mentirosos, esas lenguaraces líderes que por una parte promueven abortos y, por la otra exigen respeto a su vida privada. Para tal ralea hay un sitio: el basurero de la historia. No las primeras planas de los periódicos ni los titulares de las noticias en la televisión.

No nos van a hacer claudicar. Si, como decía Reyes Heroles, "lo que resiste apoya", vienen días de sol para México. Pues de tanto resistir la maldad, la justicia -impulsada por la gente-va a resurgir en nuestra Patria. Ya lo verán.

EL OBSERVADOR 453-2

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SONETOS DE CUARESMA
Pastor que con tus silbos amorosos...

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
Tú, que hiciste cayado de ese leño
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, que por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados...
pero ¿cómo te digo que me esperes
si estás para esperar los pies clavados?

FÉLIX LOPE DE VEGA

EL OBSERVADOR 453-3

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Sobre la marcha

Tiene razón Claudio Fournier, nuestro caricaturista argentino: en la cursi entrega de once «oscares» a El Señor de los Anillos, a todos -pero a todos- «se les olvidó» quién estaba detrás del triunfo de la trilogía: un escritor católico, huérfano de padre, con una madre católica, casado con una esposa (la misma toda su vida) católica, padre de un sacerdote católico y que, no obstante la fama, jamás faltó a Misa los domingos: J. R. R. Tolkien. ¿Alguien sabe por qué «se les olvidó»?

Santiago Norte

EL OBSERVADOR 453-4

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EL RINCÓN DEL PAPA
El agua es un derecho de todos

El agua es un «don de Dios» y un «derecho de todos», asegura Juan Pablo II en un mensaje que ha enviado a los obispos de Brasil con motivo de la Campaña de Fraternidad 2004.

En el mensaje el Papa aclara que «en cuanto don de Dios, el agua es un instrumento vital, indispensable para la supervivencia y, además, un derecho de todos».

«Es necesario prestar atención a los problemas que se derivan de su evidente escasez en muchas partes del mundo, no sólo en Brasil», afirma.

«El agua no es un recurso ilimitado -reconoce-. Su uso racional y solidario exige la colaboración de todos los hombres de buena voluntad con las propias autoridades gubernamentales para proteger eficazmente el ambiente, considerado como don de Dios».

«Se trata de una cuestión que, por tanto, debe solucionarse estableciendo criterios morales basados necesariamente en el valor de la vida y en el respeto de los derechos y de la dignidad de todos los seres humanos».

La Cuaresma, recuerda, es «un período en el que todo cristiano del país es invitado a reflexionar de manera particular sobre las diversas situaciones sociales de la población brasileña que requieren mayor fraternidad».

(Fuente: Zenit)

EL OBSERVADOR 453-5

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PINCELADAS
Las gafas de san José
Por Justo López Melús *

A José María Javierre -uno de los mejores hagiógrafos del siglo XX- se le nota que tiene cariño a su santo patrono. Se imagina a san José como alcalde pedáneo de Nazaret. ¡Qué buen alcalde, qué gran defensor de la familia, qué bien nos vendría en nuestros días!

Se cuenta de la superiora de un convento que puso al pie de la estatua del santo las facturas de unas obras, con una carta urgente pidiéndole ayuda. Novena tras novena, y el dinero no llegaba. Hasta le puso sus gafas al pie de la estatua, para que se animara a leer. Pasó por allí el obispo, y la superiora le contó sus apuros y cómo, para forzar al santo, le había colocado allí sus gafas. Al obispo le pareció aquello una superstición; le mandó retirar las gafas y dejarse de bobadas. Y añadió: «Si tanto apuro tiene, yo mismo voy a darle el dinero». Y cuentan que entre la monja y el santo se intercambiaron una sonrisa y un guiño de complicidad.

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 453-6

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DOCUMENTOS
«¡Familia, sé lo que eres!»
Declaración del encuentro anual de obispos de América, celebrado en Texas (EU)
En el marco de su XXXII encuentro anual, celebrado en San Antonio, Texas, del 16 al 19 de febrero del presente año, los obispos de la Iglesia Católica en América han difundido un mensaje en el que afirman el valor fundamental y la importancia de la familia. Participaron en la reunión miembros de las conferencias episcopales de Canadá, los Estados Unidos e Hispanoamérica. Presentamos un resumen de este documento.

En este nuevo milenio todo el continente americano sufre un profundo cuestionamiento acerca de los fundamentos de la sociedad en general y, en particular, de su unidad fundamental, la familia. La familia y sus miembros enfrentan desafíos cada vez mayores. Aun cuando hoy la gran mayoría de las parejas opta por el matrimonio y tener hijos, el matrimonio generalmente es postergado, muy poco estable y con grandes posibilidades de romperse. Esta falta de estabilidad afecta tanto a los niños como a los adultos. Hoy día frecuentemente se considera un compromiso de por vida como algo difícil y especial. Dado el contexto social y cultural de tanta incertidumbre, mucha gente joven vacila ante el hecho de iniciar una familia.

A pesar de las dificultades, la familia es el ámbito donde los hombres y mujeres se forman y donde los hijos descubren la misión que Dios les ha confiado en el mundo. La familia es la estructura social más antigua de la humanidad. En el continente americano, desde Canadá hasta la Patagonia argentina, en medio de una gran diversidad cultural, afirmamos el valor y la importancia de la familia. En el corazón de cada pueblo y cultura, la familia es también el «camino de la Iglesia».

Familia, sé lo que eres: la Iglesia en el hogar o la «Iglesia doméstica»

Cuando una familia está fundada en el sacramento del matrimonio, ésta se introduce en la alianza eterna de Dios. La familia se convierte en un templo del amor y una comunidad de bautizados llamados a ser transformados por Dios a través del servicio a la vida. Jesús nos abre un camino y nos muestra que el amor es nuestro servicio y ofrenda al mundo. La familia, como «Iglesia doméstica», tiene la misión de ser la principal educadora de los hijos. A pesar de todas sus dificultades, la familia refleja la ternura, la fidelidad y misericordia de Dios. Ella abre las puertas al Redentor y se constituye en mensajera del amor compasivo de Cristo, en primer lugar para los niños, pero también para toda la humanidad. Para que esto sea una realidad es necesario que los padres den lugar al Espíritu de Dios en el corazón de su familia. Cuando Dios es mencionado con frecuencia, cuando la historia de la vida de Jesús es contada con entusiasmo y cuando cada oportunidad de oración es celebrada, los hijos desarrollan una vida de intimidad con Dios en forma lenta pero segura. La familia es de veras una casa de Dios.

Un santuario de la vida

La Iglesia considera a la familia como «el santuario de la vida». Acogiendo a los hijos como un don de Dios, la familia realiza su misión como unidad fundamental de la sociedad y de la Iglesia. Los padres, mediante su palabra educadora y sus gestos cotidianos de bondad, ternura y perdón, cultivan en sus hijos la auténtica libertad de los hijos e hijas de Dios. Así los hijos crecen en «el respeto hacia los demás, el sentido de justicia, la apertura de corazón, el diálogo y el servicio generoso, que promueve la justicia, la paz y la solidaridad». Esta es la tarea que Dios les confía a los padres cristianos, ayudados tantas veces por los abuelos, cuya presencia en la cadena de transmisión de la fe y de los valores es muy valiosa. Aun cuando la familia esté herida o debilitada a causa de alguno de sus miembros, la familia sigue siendo -tanto para los hijos como para sus padres- el primer lugar donde pueden encontrar acogida, renovación, seguridad emocional y amor. Y esto puede permanecer si la familia está rodeada y apoyada por los parientes más cercanos y por otras familias sanas que sean conscientes de la necesidad de ser solidarias unas con otras. En el plan de Dios, aun con su propia vulnerabilidad, la familia es siempre dadora de vida, de vida en abundancia (Jn.10,10). «Es en la familia misma donde podemos encontrar la 'Buena Nueva' del amor que se sobrepone al temor y trae esperanza al mundo» .

Sal de la tierra y luz del mundo

Dios confió el jardín del mundo a una familia para que allí pudiese crecer la vida, la justicia y la paz. La familia, por medio de la «creatividad del amor», hace presente el amor compasivo de Cristo. Fiel a su misión, la familia sabe crear nuevas formas de solidaridad. Enraizada en la fe de Jesucristo y alimentada en le esperanza de su Resurrección, la familia está llamada a transformar el mundo: «reconocer a Dios en cada momento y en cada cosa; contemplar a Dios en cada persona; buscar su voluntad en todo lo que ocurre» .

Las familias, siguiendo a Jesús en el transcurso de su vida cotidiana, van transformando el mundo con mucha sencillez y humildad. Día a día, con gestos que inspiran a los demás, ellas se hacen portadoras de valores cristianos de generosidad y amor en el corazón del mundo. En la medida que evangelizan su medio, las familias convierten la vida diaria en un extraordinario lugar de encuentro con el Dios que invita a los cristianos a ser luz del mundo y sal de la tierra (Mt.5,13-14). La Iglesia ayuda a que las familias se encuentren entre sí y se conviertan en fuerza para la transformación del mundo.

«Buena Noticia» para todo el mundo

Dificultades, agotamiento, conflictos y preocupaciones cotidianas, son parte de la vida de todas las familias. Cuando los padres -a pesar de sus problemas, de sus imperfecciones y debilidades- escogen la bondad y no la agresión, la ternura y no la violencia, el perdón y no la amargura, ellos proclaman la victoria del amor, la victoria de la Cruz del Señor. Cuando esto ocurre, los miembros de la familia se hacen testigos de la increíble novedad de Cristo, en quien el amor ha triunfado sobre la muerte de una vez para siempre. En esto consiste el misterio de la vida de familia -seres humanos que transforman el mundo viviendo la vida de Jesús, una plenitud de vida que realiza las más profundas esperanzas del hombre. Esto no es sólo un desafío y una aventura, esto es «Buena Noticia». Al recordar que el matrimonio y la familia son una buena noticia, reconocemos que en ella se manifiesta la gratuidad del amor de Dios, a través del amor entre los esposos y la alegría que da el don de los hijos. Estos se convierten así en una alegre noticia para sus padres y para la comunidad.

Animamos a las parejas a celebrar el sacramento del matrimonio, que une permanentemente a un hombre y una mujer, y a construir la vida de familia en el proyecto de Jesús. Ayudarles a tomar conciencia de que son una verdadera iglesia doméstica, cuyos miembros han de asumir la responsabilidad de convertirse en testigos del evangelio de la vida en la Iglesia y en la sociedad. a través del matrimonio y la familia. La Iglesia católica está presente y acompaña a las parejas desde la preparación a la vida matrimonial y a lo largo de toda la vida.

Para ello, vemos que es necesario capacitar más a los obispos y a todos los agentes pastorales: presbíteros, religiosos y laicos para el necesario acompañamiento de los matrimonios y las familias. Al mismo tiempo es preciso ayudarse con equipos de laicos profesionales para mejorar dicho acompañamiento.

En este nuevo milenio la familia navega por mares bastante agitados. Las parejas y familias acarrean pesadas cargas. Sin embargo, cuando eligen perseverar fielmente y vivir en la fe y la esperanza, ellas crean el espacio privilegiado donde las personas pueden nacer y crecer en la experiencia del amor incondicional. Padres, madres e hijos se revelan mutuamente a Dios y lo revelan al mundo - el Dios Uno que nos acompaña en nuestra vida cotidiana, que nos hace plenos más allá de toda medida, está con nosotros «cada día hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20).
Encomendamos a los matrimonios y familias de nuestro continente americano al cuidado de la Sagrada Familia de Nazareth, para que, inspirados en el amor tierno de María y la fidelidad de José, sean testigos alegres del Evangelio de la Familia.

EL OBSERVADOR 453-7

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LOS VALORES DE LOS MEXICANOS
¡Que se vayan todos!
Por Antonio Maza Pereda

Hace poco comentaba con ustedes esta frase, que expresaba el agobio de los argentinos con su clase política. Me preguntaba, y les preguntaba, qué faltaba para que los mexicanos llegáramos al mismo grado de hastío, cansancio, asco y vergüenza que me provocan los que dicen representarnos y gobernar en nuestro nombre.

Hoy le escribo a usted mientras se comenta el tercer o cuarto video (dudo que sea el último) que se da a la opinión pública, documentando lo que era un secreto a voces: que la clase política está más corrompida de lo que aparentaba. Por supuesto, no podemos caer en el simplismo de creer que todos, lo que se dice todos nuestros políticos, son corruptos. Pero una cosa sí es muy clara: la actuación de los partidos, como grupo, dista mucho de haber sido clara. Ellos deberían haber sido los primeros en expulsar a sus miembros corruptos, sin esperar que renunciaran. En vez de ello, se dedicaron a distraer a la población, sembrando dudas, trayendo a cuenta otros temas e incluso defendiendo a sus miembros, presentándose como víctimas.

Tal vez recordará: no hace mucho, cuando se debatía sobre lo costoso que son los partidos políticos, nuestras autoridades electorales y nuestro Congreso decían que era necesario dar mucho dinero a los partidos políticos para evitar que les llegaran aportaciones de orígenes dudosos. ¿Sirvió de algo? ¿Gastamos incontables millones de los impuestos que a usted y a mí nos descuentan, del IVA que a todos nos quitan, para darlo a grupos que no se conforman con su presupuesto, que no tienen llenadero?

¿Hasta donde vamos a aguantar esta situación? ¿Qué tanto, me pregunto, somos también responsables por no hacer saber a todos los políticos con toda claridad que ya no estamos dispuestos a seguir aguantando cosas como estas? Esto, créame, no se resuelve absteniéndose de votar.

Creo que lo mejor que les podría pasar a los partidos (a todos) y a nuestro país, es que les quitaran el registro como partidos políticos. Que se les prohiba usar sus nombres e imagen y que se les obligue a rehacerse, mediante alianzas o mediante la inclusión de nuevos miembros, para asegurar que sean partidos nuevos, en gran medida. Complementariamente, a todos se les darían los mismos recursos (pocos) para su operación y en dos años (elecciones del 2006) podríamos tener ya otra estructura de partidos. No como castigo. Solo como una medida de salud pública y para asegurar que nadie tiene ventajas sobre los demás partidos y que todos empiezan desde la misma posición a ganarse una membresía.

Es muy posible que esta propuesta sea loca, más fruto del disgusto y de la desesperación que de la razón. No lo dudo. Pero creo, querido lector, que no soy el único que ya no aguanta más. Algo hay que hacer.

EL OBSERVADOR 453-8

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CULTURA
El amor, nombre y don: cinco tesis
Por Carlos Díaz

1. Toda relación comienza con un vocativo
La edad nos va haciendo más refractarios a la petición: miedo al rechazo, malas experiencias anteriores, temor a quedarnos sin nada... Sin embargo, quien no sabe pedir no sabrá dar ni agradecer. La gratitud es la respuesta a la gratuidad. Quien nos ayuda merece agradecimiento. Pero esta lógica a veces falla, pues muchos de los que se hartan de pedir son remisos a la hora de agradecer: suplican con un pliego y apenas agradecen con una postal. Por el agradecimiento, conocer algo como dado significa reconocer la presencia del dador en el don. El mismo cultivarse puede así ser contemplado como un cálido homenaje al otro. Agradecer significa también con-memorar, tener presente siempre en el presente el ayer de la memoria dispuesta a decir gracias; por ende, agradecer conlleva experimentar el dolor contrito cuando no se ha sabido decir gracias.

2. Si el vocativo es llamada, el genitivo es respuesta
Como respuesta al vocativo interpelador surge el genitivo; si desde la vertiente mendicante el vocativo es la relación en su forma de petición, desde la vertiente donante el genitivo es la relación en la forma de respuesta. El vocativo es el niño, el genitivo es la madre, padre, hermano mayor, comunidad de cuidadores a cuyo amoroso anticipo el niño aprende a responder. Hay un genitivo lejano, el del educador o preceptor que enseña desde fuera, y un genitivo cercano que vincula y nutre desde la propia entraña. El genitivo es la relación entre la palabra que solicita y la que responde con responsabilidad por el otro. Este trastorno del egoísmo puede formularse así: los deberes del otro no son derechos para mí, mis deberes sí son derechos para el otro, y esto sin que se produzca la autoabsorción mía por el otro, propia de la mala relación. De ahí el necesario cuidado de sí mismo tanto como del otro, la autoafirmación heterorrealizante que expresa la reconciliación de las dos subjetividades. En la relación esponsal (spondere) se expresa el matrimonio como respuesta (re-spondeo), hasta que la muerte separe. El responso fúnebre no son unas palabras mágicas formuladas sobre el cadáver yacente, es la respuesta definitiva de una comunidad creyente que se despide del difunto respondiendo del difunto, a la vez que implorando que Dios responda de él. El responso es respuesta última, canto póstumo, salutación postrera a una vida asumida en fidelidad. La buena experiencia de esa relación vocativo-genitivo se traduce en el dativo, en el para ti, pues quien ha experimentado en su propia carne la calidez del afecto ¿cómo podría ignorar que tal don merece per-donarse y trans-mitirse?

3. El dativo, don de la relación vocativo-genitivo
La posesión no es un derecho de conquista, sino un poder de dominio sobre un mundo ya ordenado. No se posee más que lo que se acoge. Es lo mismo que decir que sólo se posee lo que se ama. Sólo se posee aquello a lo que uno se entrega, y en ciertos casos no es paradójico decir que sólo se posee lo que se da. El dativo es el caso maduro, sin miedo al vacío de la propia desposesión. La persona abnegada es capaz de aceptar sufrimiento o pérdida en beneficio de las personas o causas que ama, por encima del sufrimiento que esto pueda acarrear; por tanto, en la abnegación hay la felicidad de poder dar y la alegría de enriquecer aquello que uno ama. A diferencia del masoquista, el abnegado realiza el sacrificio porque éste resulta irremediable, no por encontrar placer en él. Hay más gozo en dar que en recibir, y más aún en regalarse que en regalar. La vida se nos da, y la merecemos dándola. Sólo se posee lo que se da; por el contrario, el poseedor puede llegar a ser poseído por lo que él posee, cuando en él el «mí» ahoga al yo. La madurez crece en relación de proporcionalidad directa con la donatividad, en la medida en que se es lo que se ama, y se ama aquello por lo que uno está dispuesto a trabajar oblativa, donativamente.

4. Ablativo: un caso que da de qué hablar
Quien gozó de una vida dativa termina haciendo del dativo un ablativo; al fin y al cabo, el ablativo es un dativo hecho hábito vital: para ti, contigo, hacia ti, desde ti, en ti... Todas las preposiciones, todas las circunstancias conspiran en favor de los demás cuando se ha hecho de la propia vida un don en cualquier tiempo y lugar. Y por eso el ablativo no pasa desapercibido: «ven, quiero que conozcas a una persona buena». Ese ablativo pasa a ser «hablativo» (de él todo el mundo habla) y el último «adiós» es resumen y compendio de muchos «a Dios». La antítesis misma de la incapacidad para crear vínculos estables, y por ende la auténtica posibilidad de producirlos, es la fidelidad. Quien se limita a una relación superficial no deviene mayormente capaz de fidelidades de altura y por eso, mientras fidelidad y entrega caminan juntas, en el otro extremo se dan la mano superficialidad, egoísmo e infidelidad. Una sola incapacidad tiene el ablativo: es incapaz de acusativo.

5. El nominativo: el nombre personal al final
No la actividad dominadora sino la pasividad gratuita, no el mérito que conquista sino la gracia que convoca, no el atesoramiento sino la entrega es lo que al final constituye el nombre de la persona. Ahora bien, el modo de ejercicio de esa pasividad no es el de la mera inacción, sino el apasionamiento combatiente que se ejerce en la com-pasión, en la mística activa, donde el comparecer deviene ahora compadecer, y se muestra como un «desde ahora mismo», un ahora que es mano que acoge y sostiene (maintenant: main tenant). Hacerme cargo del otro en la larga avenida de la vida me hace decir con Dostoievski: «todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que todos los otros», por eso los derechos de los demás son derechos de ellos sobre mí y mis derechos son deberes hacia ellos. Trátame como a una persona, no como a una cosa. Trata al otro como te gustaría que te trataran a ti: Llamamos humano lo que respira compasión y bondad, y calificamos de inhumano todo lo que lleve signo alguno de crueldad y dureza. Al dañar a un hombre se viola al género humano, y por eso el ser hombre consiste en la compasión o misericordia.

Y corresponderá a los demás, cuando nosotros descansemos en la horizontalidad de la muerte, según hayamos manejado los dones recibidos, el honor de nominarnos a nosotros. La muerte concede a los otros la última palabra (respondente) sobre mí, que tuve la primera palabra (vocativa) hacia ellos. Pero, por encima de la palabra de la comunidad sobre mí, Dios -teonominativamente- tiene la última e infalible palabra sobre los que tienen la última palabra sobre mí. Aquél que fundó la palabra, Aquél que al crear puso nombre a las realidades, es el mismo Aquél que cerrará la palabra. En definitiva, poner el nombre es manifestación de creación en quien lo pone, y de gracia en quien lo recibe, un don gratuito aunque en modo alguno por ello superfluo. Nadie es nadie hasta que no es querido por alguien, de ahí la frase de Amado Nervo: «es para mí una cosa inexplicable el por qué se siente uno capaz de ser bueno al sentirse amado». Amar a otro, amarle de verdad, amarle allí donde la pequeña manía nada tiene ya que ver con la grande y verdadera pasión, amarle más allá del juramento de fidelidad a la belleza y más allá del dictado de su obsesión y de su despotismo, escribía Gabriel Marcel, significa decirle: mientras yo viva tú no has de morir. Alarguemos ahora la afirmacion de Marcel: aunque también yo tu enamorado/a muriese, aunque me llegara el final a mí que soy mortal y entonces también tú desaparecieses con mi muerte, sin embargo, si existiera ese Ser que -inmortal Él- desde siempre nos amara y nos amara para siempre, entonces nosotros dos seríamos rescatados para la eternidad amorosa y la muerte no prevalecería jamás sobre nuestra vida. Pues, así como en la tierra es ya el amor lo que nos constituye y salva, y el desamor lo que nos destituye y condena, así también en el cielo si existiera el Dios Amor garantizaría la eternidad amándonos más allá del tiempo y de la humana caducidad: desde siempre, para siempre, por los siglos de los siglos. Como escribiera santo Tomás, «el amor es el nombre de la persona», y en nombre de ese nombre, que es don, todo lo bueno se nombra. Si el nombre de quien vive con criterio de humanidad es amor, el antinombre de quien vive en inhumanidad es odio. La respuesta humana al misterio del «qué es el hombre» no es el mero «yo pienso», sino un «yo (te) quiero». Lo que singulariza al mundo humano es que en él ocurre entre ser y ser algo que no encuentra par en ningún otro rincón de la naturaleza. Sus raíces se hallan en que un ser busca otro ser, en cuanto que este otro ser concreto, para comunicar con él en una esfera común a los dos, pero que sobrepasa el campo propio de cada uno. Es la esfera del «entre». El personalismo comunitario no comienza por el cartesiano «pienso, luego yo existo», sino por el soy amado, luego existo.         

EL OBSERVADOR 453-9

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COLUMNA ABIERTA
Las 4 M's de la liberación femenina
Por Walter Turnbull

Interrumpimos esta Cuaresma para recordar el Día Internacional de la Mujer. Otra vez llegó y otra vez provocó muchos comentarios de todos los tipos, desde los más sensatos hasta los más disparatados.

Hoy se habla mucho de liberación, emancipación, dignificación de la mujer. Muy buenos deseos, que, desgraciadamente, en muchos casos han llevado a nuevas y más destructivas formas de esclavitud y de humillación. Mujeres que luchan por convertirse en objetos sexuales, mujeres que luchan por convertirse en hombres, mujeres que luchan por desaparecer de la tierra a las mujeres...

Los católicos, como siempre, vemos en el mensaje de Cristo la única solución a los problemas de opresión no sólo de las mujeres, sino también de los hombres. Los mismos preceptos que la Iglesia viene predicando desde hace 2,000 años -las bondades de la sexualidad, el respeto a la persona, el amor al prójimo, la unidad, la igualdad de todos, la redención del hombre a la dignidad de hijo de Dios- son los que verdaderamente pueden liberar a la mujer -y al hombre- de la lacra del machismo.

Les comparto la idea que escuché de un sacerdote marista mucho más preparado que yo, que, a su vez, lo escuchó de otro sacerdote marista más preparado que él. El original debe haber sido excelente; yo me conformo con presentarles la idea.

Hay cuatro regalos que la Iglesia ha hecho a la causa de la promoción de la mujer. Para que usted lo recuerde, para que usted lo memorice, las cuatro comienzan con «M».

María.- Por supuesto. En muchas religiones antiguas ha habido deidades femeninas, dioses con forma de mujer. María es la mujer de carne y hueso que ocupa un lugar principal e imprescindible para la historia de la salvación. Es la corredentora, es la puerta, es la colaboradora de Dios en la destrucción del demonio y en el nacimiento de la Nueva Jerusalén, desde la anunciación hasta el Apocalipsis pasando por la cruz y por el nacimiento de la Iglesia. En el cristianismo Dios quiere poner en manos de una mujer la realización de su proyecto. En la exaltación de María, Dios eleva a todas las mujeres.

Monogamia.-Posiblemente ha habido otras culturas en las que se ha propuesto la monogamia, pero es sabido que en la gran mayoría fue normal que un hombre tuviera varias mujeres y que la mujer fuera una posesión del hombre. Lo que hoy nos parece obvio -aunque en la práctica muy pocos lo siguen- es aportación a la cultura de nuestra querida Iglesia. Es el cristianismo el que propone como una novedad que el hombre tenga una mujer y la tenga para toda la vida. Fidelidad, indisolubilidad, exclusividad en la relación de pareja, son propuestas por la cultura católica, y hoy que el mundo quiere regresar al concubinato, la Iglesia sigue defendiendo, contra viento y marea, el derecho de la mujer a ser la única esposa para siempre. Y vaya junto con la monogamia el respeto a su persona, a su libertad, a su superación. Si no lo creen pregúntenle a las mujeres en los países en los que no ha afianzado el cristianismo.

Maternidad.-Otra vez, encontramos en otros pueblos el culto a la fertilidad: la mujer como fábrica de guerreros, de campesinos, de esclavos. El cristianismo propone a la mujer como colaboradora en la creación de hijos y en la salvación de espíritus; la mujer que educa, que cuida, que guía, que lleva a Dios. El amor incondicional, que sirve, que trabaja, que se sacrifica por amor. El amor que sirve a Cristo en el hijo y que lleva al hijo a Cristo. La maternidad como camino de realización y de salvación. «...la maternidad la salvará...» (1 Tm. 2, 15). Tristemente hoy muchos ven la maternidad como una amenaza. La Iglesia ve en la maternidad la más sublime de las empresas en que un ser humano se puede emplear.

Monjas.- Son comunes en muchas culturas desde hace mucho tiempo los conventos, monasterios, logias, congregaciones, asociaciones de hombres que querían alcanzar algún objetivo sin que el mundo les estorbara. Hasta la fecha los masones o los del Ku Klux Klan están integrados por puros hombres. La mujer no era considerada digna de estas actividades. La mujer tenía que depender de un hombre. La Iglesia católica funda los monasterios. Mujeres que declinan su derecho a una pareja para entregarse de lleno a Dios. Mujeres que, sin la necesidad de un hombre, encuentran un camino de realización en el servicio. Mujeres que educan, que curan, que cuidan, que oran. Mujeres que con su trabajo han hecho por la humanidad más que todos los gobiernos y todas las ideologías mesiánicas juntos. «Una monja, ¡qué desperdicio de vehículo!», decía un amigo mío muy ensartado en la New Age (a quien, por cierto, guardo mucho cariño y admiración). Yo, que conozco someramente lo que las monjas hacen por el mundo, me pregunto: ¿Qué sería del mundo sin las monjas?

Dicen que cuando los científicos llegan a la cima del conocimiento se encuentran ahí sentados a los teólogos. Cuando los feministas y liberales logren de veras hacer algo por el bien de la mujer, se encontrarán con la doctrina de la Iglesia.

EL OBSERVADOR 453-10

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LOS LECTORES HABLAN
Habituados a la maldad

En la Misa del domingo en que tocó el Evangelio sobre las tentaciones de Jesús, el sacerdote dijo algo que me llamó mucho la atención y que me ha dejado refleccionando durante lo que va de la semana: que los seres humanos ya estamos muy habituados a la maldad.

He pensado en ello, y veo que, por desgracia, es verdad: ya estamos habituados a lo malo, lo negativo. Lo veo en los niños; en sus juegos es muy común decir: «te voy a matar»; es lo «normal». Los adolescentes, lo mismo; va uno por alguna secundaria y se ven muchachos de no más de 16 años fumando, parejitas besándose en plena calle, muchachas mal habladas, con blusitas tapando lo esencial y pantalones más abajo de la cadera, perforaciones en todos lados y sintiendose muy «en la moda», sin gota de principios morales en algunos casos, ya no digamos religiosos. Hombres que, sin temor alguno, matan, roban y venden hasta su patria para llenarse la bolsa de algunos dólares. Como dijo alguien, piensan que jamás se van a morir.

Eso me preocupa sobremanera, y es lo que me ha dado vueltas: ¿qué futuro existe para nuestros hijos? Recuerdo cuando los que somos de la década de la música disco escuchabamos hablar de droga; era algo lejano, era sólo de los «mafiosos»; pero ahora la droga la venden afuera de las secundarias. Como dijo el sacerdote el domingo, se ve la maldad «normal», eso sin mencionar los programitas de TV que transmiten nuestras «brillantes» televisoras a las horas infantiles; Los Simpson, por ejemplo, en EU es un programa para adultos, y aquí lo pasan para niños. A las películas aquí en México les bajan una clasificación; por ejemplo, la verdadera clasificación de El Señor de los Anillos es B, y aquí la pasaron como A. ¿Por qué lo hacen? Simple y sencillamente para vender más; a los dueños de los cines no les importa quién va a ver las películas, sino llenarse los bolsillos de dinero, y el mejor mercado, claro, son los niños y los adolescentes, y los dejan pasar hasta cuando hay películas clasificadas como C.

Queremos hacer algo pero no nos dejan; gritan más los que no tienen moral ni principios. Me tocó ver en una ocasión, mientras hacía cola en el banco, un conocido programa de televisión Azteca: Con sello de mujer; con la conductora estaba una «especialista» en sexualidad a la que la gente hace preguntas que rayan en el morbo, y la «sexologa» contesta de igual forma, «animando y aconsejando» a las adolescentes a que tomen la pastilla del día siguiente. Son cosas indignantes, fuera de todo contexto ético.

Mel Gibson filmó una película que habla del Amor verdadero, de entrega total; una película que nos hará pensar en que este mundo sería diferente si los seres humanos volviéramos nuestra mirada a Dios, a ese Dios que nos creó, que murió y resucitó por nosotros; ese Dios que en los momentos de desesperación, de soledad, de tristeza, está junto a nosotros, que nos ama, que jamás nos va a abandonar; un Dios que, queriendonos tanto, no dudó en darnos a su propia Madre. Solamente tenemos que abrir nuestros ojos para darnos cuenta de que Él es el único Camino que nos lleva a la Luz, a la Verdad. Como Jesús mismo dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre si no es por Mí. Busquemos ese camino, que es el verdadero, pero para eso hay que renunciar a los dioses del dinero, del poder, de la carne y del placer, pues son dioses falsos.

No hay que quedarse callados ni ser tibios ante lo que se ve y se escucha. Quise dar mi opinión. Soy Lic. en Ciencias Sociales, trato con adolescentes; por eso me preocupa más, pues veo cómo se dejan influenciar por lo que ven y escuchan. Desgraciadamente no tienen el hábito de la buena lectura; lo que leen es a Harry Potter, lectura nada positiva. Es muy triste.

Guadalupe García.
(Carta resumida)

EL OBSERVADOR 453-11

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DESDE EL ÁFRICA NEGRA
Tradición y creatividad
Por el Pbro. Jean-Pierre Roth, M.A

Si encuentra usted en la calle una persona con zapatos colgados al cuello, ¡no se vaya a extrañar! Aquí, el ir descalzos es una de las numerosas formas de marcar la cuaresma en la tradición católica oriental. Esta tradición es vigente no solamente en el Tigray, la parte norte de Ethiopia, sino también en la capital, Addis Abeba. Según la tradición oriental, este momento del año litúrgico dura cincuenta días y, entre otras expresiones, se manifiesta por la abstención total de proteína animal. En otras palabras, no solo nada de carne, sino también, nada de ningún derivado de vida animal como la leche, el queso o los huevos. Durante esta temporada, un acento especial está puesto en la oración de los salmos. La comunión a la Eucharístia durante la Misa se hace en ayuno, aun cuando la celebración tenga lugar por la tarde, lo que es generalmente el caso.

Para los ya entrados en años, estas tradiciones orientales nos pueden recordar, de una forma u otra, algunas exigencias que conocimos antes de los cambios decididos por el último concilio Vaticano II. Hoy, en el rito latino, la ley de abstención de carne durante la cuaresma es de dos días solamente. Parece tan poco que unos pueden extrañar aquel tiempo en el cual la fe católica se expresaba de una manera más visible que ahora y fomentaba una mayor consciencia de la identidad de uno. Podía favorecer también el sentido vivo de pertenencia a un grupo constituido.

¿Cómo entender esos cambios que terminaron con siglos de tradición arraigada en la gente? Para los que no los conocieron es algo definitivamente obsoleto y parte de un pasado que fue. Para los demás puede generar o nostalgia por haber perdido expresiones externas de la fe, o tristeza por haber perdido algo de su identidad propia, o, al revés, alegría de sentirse liberado de obligaciones. Cualquiera que sea la postura, lo que me parece ser la raíz de esos cambios no es una voluntad de suprimir sino de profundizar. Que lo tomemos como una invitación de la Iglesia a personalizar lo que se había vuelto rito social.

Además, hay iniciativas que muestran que si es posible tener los dos aspectos juntos, el social y el personal. Desde hace tiempo mi parroquia de origen (hablo de lo que conozco) organiza cada viernes de la Cuaresma lo que llamamos «la sopa de Cuaresma». Unas amas de casa la preparan y se reunen en un ambiente muy familiar aquellos que quieren limitar la comida de este día a este ingrediente. Ofrecen por ello el precio de una buena carne asada, por ejemplo, y eso va a alimentar proyectos para los más pobres. Aquí la comunidad de los estudiantes, animada por el rector, logró algo muy sorprendente. Hace dos años decidieron poner algo de dinero de un lado cada semana de este tiempo. Por Pascua, compartieron lo juntado con los niños más pobres que ellos conocían en los alrededores y, finalmente, con la ayuda de organizaciones caritativas, fue el inicio de una casa que acoge y apoya ahora a más de 30 niños y niñas. ¿Quién dice que los milagros ya no existen?

«Vuélvete conmigo»(Joel 2,12) Este grito de Dios que atravesa toda la historia de nuestros ancestros en la fe resuena también en nuestros días. La mejor manera de hacerle caso es recordar que el camino que lleva a Dios cruza el de la gente.

EL OBSERVADOR 453-12

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FIN

 
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