El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
11 de abril de 2004 No.457

SUMARIO

bulletPORTADA - Jesucristo y el hombre, fraternidad verdadera
bulletPINCELADAS - Amenazados de resurrección
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - La tumba vacía cambió la historia
bulletCARTAS DEL DIRECTOR -Ir a la plaza pública
bulletLa Resurrección de Cristo
bulletNIÑOS - El mejor día del año
bulletREPORTAJE - Pruebas de la resurrección de Cristo
bulletListos para resucitar
bulletDEBATE -La Iglesia y la educación sexual: mucho más que sólo decir «no»

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PORTADA
Jesucristo y el hombre, fraternidad verdadera
Por P. Croizier

Para ser hermanos no basta tener la misma naturaleza y parecerse. Es preciso tener el mismo padre, nacer del mismo hogar, sentir aspiraciones comunes y compartir con los demás la mismo herencia de sentimientos, gustos, inclinaciones, etc., que caracterizan a la familia. Ya sabemos que todos venimos de Adán... Pero el buen señor está tan lejos que apenas basta a hacernos parientes unos de otros..., ni siquiera al uso de los pueblos donde todos son primos.

Mas en virtud de la caridad formamos todos, vivos y muertos, una sola familia. Y añadamos que todos recibimos la vida de un mismo Padre: «Padre nuestro, que estás en los cielos», y que nuestro Hermano mayor que nos ha ganado este privilegio nos trató a los hombres de «hermanos» y categóricamente nos dijo: «Todos vosotros sois hermanos». De suerte que en la economía del Cristianismo todos formamos una familia en el estricto sentido de la palabra. Porque tenemos: un mismo Padre, que está en los cielos; un mismo Hermano, que es Jesús, Hijo de María; una misma vida, nacida y sustentada por la gracia, que establece entre nosotros un parentesco más estrecho que el de la comunidad de sangre; un mismo Espíritu; los mismos derechos y los mismos títulos, y la esperanza de la misma herencia, que es la visión beatífica.

Todos fuimos marcados con la misma señal, que es el carácter del Bautismo, y así todos tenemos el mismo aire de familia. Y todos rezamos el mismo Credo, participamos del mismo culto, y alimentamos nuestra vida sobrenatural con los mismos sacramentos. Monseñor d'Hulst resume: «Son todos los hombres hermanos porque Jesucristo es hermano de todos. Sólo Él puede llamarse en sentido propio hijo de Dios; pero por la Encarnación se ha hecho hijo del hombre, y al entrar así en nuestra raza hizo entrar consigo la filiación divina. El día de la Resurrección dijo a Magdalena: «Ve a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Jn 20, 17).

¿Se quiere ser más claro? Nada más conmovedor y más de lo íntimo del corazón, ni tampoco más consolador. Porque, a pesar de todos los testimonios divinos que nos aseguran que somos hijos del mismo Padre, ¿quién hubiera osado reclamar este derecho en presencia de la Majestad de Aquél que reina en el empíreo? Pues precisamente Jesús se hizo hombre con el fin de enseñarnos a orar diciendo: «Padre nuestro, que estás en los cielos». Y añade el Salvador: «cuando pidieran alguna cosa en mi nombre no es menester que les diga que intercederé por ustedes, porque mi corazón los ama»; y la razón de esto es que Cristo no sólo es nuestro hermano, sino que por la gracia vive íntimamente unido a nosotros. Él es la Cabeza del cuerpo místico del cual somos nosotros miembros. Estamos en Él. Él habita en nosotros y nosotros en Él. «Yo estoy en el Padre y ustedes en Mí y Yo en ustedes». De esta suerte, Jesús es la fuerza que nos sostiene, la vida que nos anima. «Vivo yo, mas no yo sino Cristo es quien vive en mí», decía san Pablo. Y san Agustín: «Fuimos hechos, no ya cristianos, sino Cristo. ¿Entiendes lo que es la gracia de Dios en ti? Admírate y salta de gozo. Fuimos hechos Cristo. Él es la cabeza, nosotros los miembros. El cuerpo entero somos Él y nosotros».

Dígasenos si hay fraternidad en el mundo que se parezca a ésta.

(Tomado de Democracia y caridad, Editorial Excelsa, Buenos Aires, 1945)

EL OBSERVADOR 457-1

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PINCELADAS
Amenazados de resurrección
Por Justo López Melús *

Me dicen que estoy amenazado de muerte, escribía un periodista. De muerte corporal, a la que amó Francisco de Asís. ¿Quién no está amenazado de muerte? Lo estamos todos desde que nacemos. Amenazados de muerte. ¿Y qué? A todos los perdono anticipadamente. Y a todos los sigo amando desde mi cruz.

¿Amenazado de muerte? Hay en ello un error. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de amor. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de resurrección. Porque, además del Camino y la Verdad, Cristo es la Vida, aunque esté crucificado en la cumbre del basurero del mundo.

* Operario Diocesano en San José de Gracia en Querétaro.

EL OBSERVADOR 457-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
La tumba vacía cambió la historia
«No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado (Mc 16,6).


«Al alba del primer día después del sábado, como narra el Evangelio, algunas mujeres van al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús que, crucificado el viernes, rápidamente había sido envuelto en una sábana y depositado en el sepulcro. Lo buscan, pero no lo encuentran: ya no está donde había sido sepultado. De Él sólo quedan las señales de la sepultura: la tumba vacía, las vendas, la sábana. Las mujeres, sin embargo, quedan turbadas a la vista de un joven vestido con una túnica blanca, que les anuncia: No está aquí. Ha resucitado.

«Esta desconcertante noticia, destinada a cambiar el rumbo de la historia, desde entonces sigue resonando de generación en generación: anuncio antiguo y siempre nuevo. Ha resonado una vez más en esta Vigilia pascual, madre de todas las vigilias, y se está difundiendo en estas horas por toda la tierra.

«¡Oh sublime misterio de esta Noche Santa! Noche en la cual revivimos ¡el extraordinario acontecimiento de la Resurrección! Si Cristo hubiera quedado prisionero del sepulcro, la humanidad y toda la creación, en cierto modo, habrían perdido su sentido. Pero Tú, Cristo, ¡has resucitado verdaderamente!

«En esta noche de Resurrección todo vuelve a empezar desde el principio; la creación recupera su auténtico significado en el plan de la salvación. Es como un nuevo comienzo de la historia y del cosmos, porque Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto (1 Co 15,20).

«En esta Noche Santa ha nacido el nuevo pueblo con el cual Dios ha sellado una alianza eterna con la sangre del Verbo encarnado, crucificado y resucitado».

(Tomado de la homilía que pronunció Juan Pablo II en la Vigilia Pascual celebrada en la noche del Sábado Santo de la Pascua 2003)

EL OBSERVADOR 457-3

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CARTAS DEL DIRECTOR
Ir a la plaza pública
Por Jaime Septién

A todos los católicos, más aún a los periodistas y a los sacerdotes, se nos presenta hoy el grande desafío de comunicar la fe, que es la base de la religión. No de la religiosidad, de la religión misma. Empujados, por un mercado de opiniones contradictorias, a escondernos en el templo, a socorrernos del silencio de la sacristía, olvidamos cuáles fueron las tácticas de los primeros cristianos, de San Pablo, por ejemplo: ir y predicar al corazón mismo de la cultura extraña; a la plaza pública, desde donde ha de resonar el mensaje; utilizando las formas más avanzadas de transmisión, los lenguajes más atrevidos y, al mismo tiempo, las convicciones más profundas.

El problema central tiene que ver, directamente, con la fe. Religión sin fe es catálogo de buenas intenciones, metodología para ser «buenos»; una ética de situación o, quizá, una tentativa del esfuerzo personal para armonizar «lo humano» con el hombre. Nada más. Sin embargo, en todos los lugares de la Iglesia católica, desde hace lo menos 30 años, una lectura equivocada del concilio Vaticano ll ha hecho creer a propios y extraños que la fe nuestra apenas si guarda parecido a aquella vieja y empolvada fe de antaño, la de nuestros abuelos, la fe plagada de certezas. La hemos sustituido con una religión ligera, buena para la digestión, que ni engorda ni enflaca, y que está dispuesta, en todo momento, no a dar razones de la verdad sino, en el mejor de los casos, a proponer «una» verdad más de la barra de ensaladas contemporánea, donde cada quien escoge los ingredientes, los mezcla a su gusto y se los lleva a comer a donde mejor le plazca.

Es cierto que la fe de nuestros abuelos, la fe del carbonero, la fe que era pura certeza, mostraba un idealismo optimista. Pero la hemos transformado en otro idealismo optimista: el de la fe que es pura duda, pura pregunta, pura especulación. Hasta hace poco, una «novela» como El Código Da Vinci, hubiera levantado oleadas de condena por parte de los fieles laicos. Hoy, este engendro que golpea sin misericordia (ni ciencia histórica) la divinidad de Cristo (puesto que asegura «fue producto de una votación en el concilio de Nicea») es recomendado por cientos de católicos de los de Misa dominical y confesión por Cuaresma. El celo por la casa de Dios poco o nada nos consume. Y sus ministros, sus guardianes, están a veces más ocupados en dirigir boletines, construir casas, administrar bienes temporales de toda índole que en salvar almas.

Las preguntas que debemos hacernos son, pues: ¿Cómo comunicar la verdad espléndida de nuestra fe cristiana? ¿Cómo hacer frente al obstáculo que plantea una sociedad egoísta, recalcitrante contra el espíritu, adoradora de la materia, de lo que deja, de lo que da prestigio? ¿Qué papel tiene Cristo hoy? A esas tres interrogantes diré, de manera muy escueta: a) con fuerza de convicción; b) con entrega, y c) ser el faro de la verdad, de la verdad que nos hará libres

EL OBSERVADOR 457-4

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La Resurrección de Cristo
Miguel Rivilla San Martín

1-Es el NUCLEO fundamental de la fe cristiana
2-Es el ACONTECIMIENTO mayor de la historia de la salvación.
3-Es la FIESTA principal de los cristianos, antes que cualquier otra.
4-Es el ARTÍCULO esencial del Credo.
5-Es el CIMIENTO de nuestra esperanza tras la muerte.
6-Es la META personal a la que todos somos llamados.
7-Es el DÍA en que actuó el Señor,
8-Es el REGALO mayor de Dios a la Humanidad
9-Es la VICTORIA más rotunda sobre el Mal y la Muerte.
10-Es la RAZÓN última del AMOR entre todos los hombres.
11-Es la NOTICIA más maravillosa y gratificante.
12-Es la PASCUA del SEÑOR.
13-Es el DOMINGO sin OCASO.
14-Es la OCASIÓN MEJOR para felicitarnos los cristianos

EL OBSERVADOR 457-5

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NIÑOS
El mejor día del año

Si alguien te preguntara cuál es el mejor día del año, ¿tú que le contestarías? ¿Que el mejor día es el de tu cumpleaños? ¿Que no hay nada mejor que el día de Navidad porque toda la familia se reúne? ¿O quizá que el mejor de todos es el día de Reyes porque recibes hermosos juguetes?

Todos esos días son muy hermosos, pero hay una fecha que es mejor que todos los demás días del año: el día de hoy, Domingo de Resurrección. ¿Por qué? Porque nunca hubo ni nunca habrá algo más importante que la resurrección de Jesús. Él, al resucitar, venció al último de los enemigos: la muerte. Eso quiere decir que nosotros, aunque un día tendremos que morir, no estaremos para siempre en la tumba, porque Cristo, cuando el mundo se acabe, también nos resucitará a nosotros.

¡Cristo ha resucitado, aleluya!
¡Verdaderamente ha resucitado, aleluya!

EL OBSERVADOR 457-6

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REPORTAJE
Pruebas de la resurrección de Cristo
Por Miguel Ángel García Olmo

David Flusser, junto con otros importantes investigadores hebreos (Geza Vermes, Paul Winter...) se han acercado respetuosamente al estudio del Jesús histórico, judío al fin y al cabo como ellos. Pues bien, el profesor Flusser -de la Universidad Hebrea de Jerusalén-, afirma sin ambages que hay pruebas concluyentes de que la resurrección de Aquél a quien los cristianos confesamos como el Señor de la Vida se produjo en realidad, y que este controvertido suceso tiene naturaleza de hecho histórico. Algo cuya sola mención produce entre ateos, hiperracionalistas, militantes agnósticos en general y algún cristianillo moderno el mismo efecto que el de un coctel doble de dinamita, cinzano y trinitrotolueno en proporción de 14 a uno. En efecto, tenemos la inclasificable experiencia de habernos enzarzado creyentes y no creyentes en la discusión de tan peliagudo asunto.

Lo cierto es que el estudioso hebreo, especialista en historia y literatura rabínicas del siglo I, ya había vertido sus conclusiones en Jesús, el libro que publicara en 1997 (CenturyOne Bookstore), y que expone el resultado de treinta años de investigaciones basadas en el cotejo exhaustivo de los datos que arrojan el caudal de manuscritos hallados junto al mar Muerto y otros descubrimientos arqueológicos, con la tradición rabínica y el literal de los evangelios.

En lo que respecta a la Resurrección, sus afirmaciones -sorprendentes si se piensa que provienen de un no cristiano- son del tenor siguiente:

+ Si Jesús fue muerto y sepultado, es claro que resucitó al tercer día y no tenemos ningún motivo para dudar de que el Crucificado se apareciera a Pedro. Flusser lo justifica aludiendo a la realidad, históricamente comprobada, del sepulcro que aparece vacío la mañana del primer día de la semana, así como al testimonio de las 500 personas que en la primera mitad del siglo I afirmaron haber visto a Cristo. El hecho de que entre estos 500 hubiese gentes de todo tipo, y el que uno de los que testificaron fuese incluso un encarnizado enemigo del naciente cristianismo (Pablo: «Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara») confiere al relato, a juicio de este experto, el marchamo de la autenticidad.

+ También presenta como prueba incontrovertible de la Resurrección el testimonio de los soldados romanos custodios del sepulcro en el que yacía Jesús. Es justamente por ser ésta una fuente totalmente neutral, por lo que los sacerdotes judíos entendieron que era preciso manipular la versión que estos soldados pudieran dar, para acabar cayendo en la incongruencia que ya señalara san Agustín: ¿como podían los soldados saber que habían sido los discípulos quienes sustrajeron el cuerpo si estaban dormidos?

+ Flusser advierte que Cristo ya había mostrado su poder de resucitar a los muertos en diversas ocasiones reflejadas en los evangelios. El caso de Lázaro no admite discusión: llevaba cuatro días sepultado y olía, y Jesús lo devolvió a la vida. El escenario de este hecho inaudito se sitúa en Betania, una población distante apenas tres kilómetros de Jerusalén. Todo el mundo pudo ver a Lázaro ir de aquí para allá vivo y coleando. Tan es así que el evangelista lo refleja contándonos que a partir de ese momento muchos creyeron en Jesús.

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Testimonio válido

El documento histórico que da testimonio de la existencia de un grupo que aseguró haber visto a Jesús resucitado es la Biblia. En la primera carta de san Pablo a los Corintios (15, 3-8) se lee: «Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un aborto».

La primera carta de Pablo a la comunidad de Corinto fue inequívocamente redactada apenas veintitantos años después de que Jesucristo desapareciese de la tierra acendiera a los Cielos. Haber afirmado en falso -por parte de un líder religioso que estaba cobrando enorme popularidad y carisma entre el pujante cristianismo- que hubo 500 personas presentes durante una aparición de Cristo resucitado, y haberse tirado el farol de poner por testigos a los que evidentemente quedaban vivos tras el lapso no demasiado largo de veinte años, habría supuesto el descrédito total de Pablo, de confirmarse la falsedad.

La Resurrección es algo tan gordo, serio y comprometido que, a poco que se hubiese suscitado cualquier sombra de sospecha, muchos se habrían lanzado sin demora a comprobar la veracidad del caso de los 500, localizando e interrogando a los supervivientes. La superchería cristiana se habría venido abajo estrepitosamente, desvaneciéndose para siempre entre las brumas del tiempo. Pero, ya ven, «somos de ayer y ya hemos llenado todo vuestro mundo: ciudades, islas, fortalezas, urbes, mercados, el campo, las tribus, las compañías, el palacio, el senado, el foro. ¡Sólo os hemos dejado los templos!» (Tertuliano, siglos III-IV).

EL OBSERVADOR 457-7

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Listos para resucitar
Por Mariano de Blas

La gran noticia para los hombres necesitados de redención, para los hombres muertos, es: ¡Cristo ha resucitado! Cristo ha muerto y ha resucitado también para cada uno de los hombres.

Al hablar de los hombres muertos no me refiero a los que duermen en la paz de los cementerios, sino a los que caminan por las calles con el alma muerta, con las ilusiones rotas, a los que han perdido toda esperanza. No sé si decir que semiviven o semimueren. Para ellos Cristo ha venido en esta Pascua a abrirles la puerta de su sepulcro y a gritarles: «¡Sal fuera!» -como a Lázaro-, «¡sal a la luz, a la paz, a la felicidad!».

Es posible resucitar con Cristo. Resucitar significa dejar a sus pies todos los pecados, infidelidades, debilidades. Para todo esto hay perdón. Dejar a sus pies todas las dudas, problemas, dificultades, los «no puedo», los «no sé que será de mí vida». Para todo esto hay respuesta y hay ayuda: «Venid a mí todos los que andáis con problemas y dificultades. Yo os ayudaré».

Resucitar significa también dejar a sus pies todas las ilusiones muertas. ¡Qué fácil dejamos morir nuestros sueños e ilusiones más queridas! Él nos dice que todo se puede reparar mientras dura la vida: «Yo soy la resurrección y la vida». Dejar a los pies del Maestro todos los propósitos, los buenos deseos de superación, de ser mejor. Él los convertirá en una realidad.

Resucitar es tener el alma llena de certezas: la certeza de que Él te ama.

¡Cristo ha resucitado para ti...! ¡Hoy Dios es tuyo. Debemos resucitar! «No se les nota rostros de resucitados», decía Niestzche de los cristianos. Si no estamos alegres es porque no amamos. Si no amamos, de cristianos no nos queda nada.

(Resumido de churchforum.com)

EL OBSERVADOR 457-8

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DEBATE
La Iglesia y la educación sexual: mucho más que sólo decir «no»
Visiones parciales de la enseñanza católica impiden conocer su auténtico punto de vista

Se ataca con frecuencia a la Iglesia católica por sus supuestas opiniones poco científicas y represivas sobre salud y educación sexual. Un ejemplo típico ha sido el comentario de Nicholas Kristof en la página editorial del New York Times del pasado 26 de noviembre, que acusaba al Vaticano de ser «reaccionario» y de estar «cada vez más fuera de tono» con respecto a los temas sexuales en el mundo en desarrollo. La política del Vaticano sobre condones y educación sobre el sexo seguro, afirmó Kristof, está «a la par con la Iglesia del papa Urbano VIII que puso a Galileo bajo arresto domiciliario, excepto que ésta tendrá resultados más mortales».

Un fallo frecuente en este tipo de críticas es el centrarse en algunos puntos críticos -no a los preservativos, no a las relaciones prematrimoniales, etc...- mientras se deja de lado el contexto más amplio de las enseñanzas de la Iglesia. De hecho, sus enseñanzas sobre temas sexuales se encuentran dentro del contexto mucho más amplio de la antropología de la persona humana y de la naturaleza profunda de la relación de amor entre un hombre y una mujer.

La Iglesia intentó hace poco explicar sus argumentos, en un comunicado al gobierno escocés como reacción a las recomendaciones hechas el año pasado por un grupo de expertos de política de salud sexual.

Los expertos, que fueron convocados por las autoridades públicas, en un informe al Ejecutivo escosés defendieron cambios como un acceso más rápido al aborto y condones libres y el establecimiento de centros de salud sexual en los colegios. El arzobispo de Glasgow, monseñor Mario Conti, como respuesta, publicó el texto del comunicado de la Iglesia donde advierte que las posturas de tales expertos «son una amenaza real y grave a los derechos de los padres, a la labor de los colegios católicos y a la moralidad de la sociedad».

Definir valores

De entrada, el comunicado de la Iglesia desafía los valores que subyacen tras el informe de noviembre. Este último utiliza términos como «respeto, igualdad, accesibilidad a los servicios clínicos, aprender a lo largo de la vida y bienestar sexual», pero nunca los definen, llevando así a una debilidad de pensamiento.

La Iglesia también apoya conceptos como respeto e igualdad. Pero esto «no significa que todo aspecto de las elecciones vitales de un individuo tenga igual valor y respeto», dice el texto de la Iglesia. Asimismo, el «concepto de igualdad no puede extenderse a ideas y prácticas que son contrarias al bien común».

Otro concepto borroso en el informe de noviembre es la «inclusión». No queda claro, explica el comunicado de la Iglesia, si esto significa que no se debe excluir a nadie de la ciudadanía o de la parte justa de recursos. No queda claro si significa que todos los puntos de vista filosóficos, políticos y religiosos son considerados en igual lugar en la política del gobierno, incluso si éstos resultan ofensivos para la mayoría de ciudadanos, como son la circuncisión de niñas o la promoción de la homosexualidad.

El papel de la familia

El comunicado de la Iglesia también toca el papel de la familia. Observa que el informe de noviembre reconoce la necesidad de comunicación entre padres e hijos sobre temas sexuales. Sin embargo, el informe presentaba una moralidad negativa subyacente, que la crítica católica parafraseaba, como «nadie tiene el derecho a desaprobar el comportamiento sexual de los demás, ni debería hacer comentarios al respecto, o enseñar a sus hijos a hacer juicio sobre esta área de la vida». En otras palabras, el informe de noviembre quita a los padres el derecho a enseñar a sus hijos.

«Sexo seguro»

El documento eclesial insiste en que es un error ver las relaciones sexuales a través de un prisma meramente médico. La defensa del «sexo seguro», observa, «es en realidad la promoción de la idea de que la promiscuidad es una actividad libre de riesgos».

Aparte del aumento de enfermedades sexuales que resulta de la promiscuidad, la Iglesia observa que hay otras razones más profundas para la abstinencia del sexo fuera del matrimonio. «Están conectadas con la integridad personal y el genuino respeto por los demás; incluso en el contexto de la promoción de la salud este comportamiento considerado debería promoverse positivamente».

La Iglesia citaba cierto número de estudios que muestran con abrumadora evidencia, desde varios campos, los beneficios de practicar la abstinencia hasta el matrimonio, no sólo para el marido y la mujer sino también para los niños que crecerán en un ambiente familiar estable. «Es incumbencia del Estado el promover lo que es bueno y positivo, mientras que debe tratar con sensibilidad lo que es dañino», defendía el comunicado.

Tal política es compatible con el respeto por aquellos que escogen vivir de forma diferente, afirmaba la Iglesia, porque la tolerancia hacia su comportamiento es compatible con la elección de una política de sanidad pública que promueva el modelo de relaciones humanas que mejor sirve a los individuos y a la sociedad. Asimismo, defendía el comunicado, «no resulta discriminatoriamente injusto contra algunos individuos que se haga notar que algunos comportamientos no llevan a la salud sexual, mientras que otros comportamientos la aseguran». Tal política no es una cuestión de imposición de una moralidad, sino una realidad objetiva. La promiscuidad, la homosexualidad y el sexo practicado con menos de 16 años tienen riesgos, observaba la Iglesia.

El comunicado deja claro que las relaciones sexuales implican una serie amplia de consideraciones sobre la persona y la sociedad. Sin esta visión plena, las políticas corren el riesgo de sólo poner vendas a los síntomas.

(Fuente: Zenit)

EL OBSERVADOR 457-9

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FIN

 
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