El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
2 de mayo de 2004 No.460

SUMARIO

bulletPORTADA - Nuevo libro resalta la participación en la historia de México de la morenita del Tepeyac
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Mexicanos, malditos, sinvergüenzas
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - Confiar en Dios en el peligro
bulletINTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Mi novio quiere tener relaciones sexuales
bulletDOCUMENTOS - Mensaje de Juan Pablo II con ocasión de la 41ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA - Los sacerdotes
bulletCOMUNICACIÓN - La Pasión de Cristo: Prejuicios bien alimentados
bulletCOLUMNA ABIERTA - Resurrección
bulletCONTEXTO ECLESIAL - Lo que se debe observar o evitar en la Santa Misa

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La Virgen de Guadalupe: una biografíade José Manuel Villalpando
Nuevo libro resalta la participación en la historia de México de la morenita del Tepeyac
Cuando «todo» parecía haberse dicho sobre el acontecimiento del Tepeyac, el historiador José Manuel Villalpando realiza una fascinante recorrido histórico desde 1531 a la fecha, analizando el papel que ha jugado en nuestra historia y nuestra identidad la Santísima Virgen de Guadalupe. Un libro de lectura «obligatoria» para los mexicanos.

José Manuel Villalpando (México, 1957) es, quizá, el mejor historiador de la actualidad en nuestro país. Autodefinido «tan guadalupano como mexicano» (en entrevista con El Universal), acaba de sacar a la luz pública un documento de excepción: el análisis riguroso del papel que ha jugado el personaje más importante de los últimos 473 años de la vida de una nación nueva, México, que surgía de entre las brumas y los enconos de la Conquista (1521): la Virgen de Guadalupe.

¿Tiene biografía, es decir, relato de vida en el mundo, una Virgen celestial? ¿Es, acaso, una persona de carne y hueso? La respuesta que da Villalpando a ambas preguntas es sí. Cuando menos en México, sí: la Virgen es un personaje que ha movido conciencias, ha unido esfuerzos, ha participado en revoluciones de Independencia, guiado al pueblo peregrino hacia una morada, ha dado una casa a los sin techo y un camino de reconciliación a los sin esperanza.

«No hizo cosa igual con ninguna otra nación», sentenció el papa Benedicto XlV en 1752. Pero tampoco ha habido pueblo en el mundo como el nuestro, que haya hecho algo ni siquiera similar con la mismísima Madre de Cristo. Mentalidades borrascosas, anticlericales, masónicas y deslenguadas se doblegan ante ella. Lo mismo que los creyentes, los apenas creyentes y los no creyentes: todos -según nos enseña a ver Villalpando- convergen en un mismo punto: que la Morenita es la madre de los mexicanos: desde el primer arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga (enlistado hoy como Siervo de Dios) hasta el cardenal y arzobispo primado Norberto Rivera Carrera; desde san Juan Diego hasta la beata madre Lupita; desde el virrey Luis de Velasco hasta el presidente Vicente Fox, todos han conocido la influencia de la Guadalupana. Más, mucho más, el pueblo fiel, que 14 días más tarde de la última aparición a san Juan Diego, ya le había levantado una ermita en el cerro pedregoso del Tepeyac.

El Observadorrecomienda ampliamente la lectura de esta obra. No se encontrará en ella ni una decidida defensa de las apariciones ni una trasnochada duda -estilo el ex abad de la Basílica-; se encontrará el ejercicio de la historia en su máxima expresión. Historia apasionada y apasionante, como debe ser una ciencia en la que los mexicanos hemos destacado, a pesar de las consignas oficialistas que la ensombrecieron en el pasado. (JSC)

EL OBSERVADOR 460-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Mexicanos, malditos, sinvergüenzas
Por Jaime Septién

Me parece sintomático que Hollywood se gaste cien millones de dólares para hacer la película The Alamo y Samuel P. Huntington publique el libro Quiénes Somos, donde analiza -en su capítulo nueve- la amenaza que, en su opinión, representa para Estados Unidos la presencia hispana, concretamente la inmigración mexicana.

Con bastante tino, Letras Libres, que encabeza Enrique Krauze, edita el capítulo del libro de Huntington en su número de abril. Tras la lectura del alucinante trabajo de este connotado profesor y politólogo, que saltó a la fama con su libro Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order, Krauze responde llamando a Huntington «falso profeta». Después, un artículo de Stephen Schwartz, acaba zarandeando sus «predicciones» de que lo peor que les puede pasar a los angloparlantes es convertirse en una comunidad bilingüe, con el horroroso español de por medio y con 25 por ciento de la población hispana aferrada a sus extrañas costumbres del taco, la Virgen de Guadalupe y la familia con todo e hijos.

Justo cuando este debate se produce en los círculos intelectuales, asociados a la difusión y al periodismo, en las salas de cine se proyecta una nueva (la número mil) versión de la batalla celebrada en El Álamo, entre mexicanos comandados por Antonio López de Santa Anna y colonos tanto como mercenarios gringos. La diferencia entre ésta y la de John Wayne es la tecnología. En el fondo la idea de que Texas se ganó en buena lid, que hubo una resistencia heroica y que los mexicanos somos rateros, torpes, y delincuentes en potencia o en acto, es exactamente la misma.

Ya el cine estadounidense ha dado muestras de estar comprometido en la explotación de esta veta. Seguro vende. Pero, quizá, no interese tanto la venta. The Alamo ganó siete millones de dólares en su primera semana -la semana «caliente»- de exhibición: nada para los patrones de la industria. Lo que interesa, es reforzar -por medio del gran público- las tesis emergentes de los círculos académicos, como las de Huntington. Se trata de ir creando el caldo de cultivo para lograr que penetren políticas discriminatorias en contra de una etnia, de una cultura, en este caso de los mexicanos para tener el respaldo del ciudadano medio a la hora de «arrear parejo».

Añádase el odio contra el extranjero (árabe, mexicano, da lo mismo) tras el ataque a Nueva York; la proximidad de las elecciones de noviembre y la penetración real del español en Estados Unidos, para que la cosa no pinte nada bien, en especial para los 10 millones de compatriotas nuestros que han ido allá a trabajar porque aquí les hemos negado ese derecho.

EL OBSERVADOR 460-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
Confiar en Dios en el peligro

Juan Pablo II comentó en audiencia general los versículos 1-6 del salmo 26:

«Tiene como telón de fondo el templo de Sión, sede del culto de Israel. De hecho, el salmista habla explícitamente de la 'casa del Señor', del 'templo', de la 'morada'. En el original hebreo estos términos indican más precisamente el 'tabernáculo' y la 'tienda', es decir, el corazón mismo del templo, en el que el Señor se revela con su presencia y palabra. Se evoca también la 'roca' de Sión, lugar de seguridad y de refugio, y se alude a la celebración de los sacrificios de acción de gracias.

«La primera parte del salmo está marcada por una gran serenidad, basada en la confianza en Dios en el día tenebroso del asalto de los malvados. Las imágenes utilizadas para describir a estos adversarios, que son el signo del mal que contamina la historia, son de dos clases. Por un lado, parece presentarse una imagen de caza feroz: los malvados son como fieras que avanzan para agarrar a su presa y desgarrar su carne, pero tropiezan y caen. Por otro lado, se presenta el símbolo militar de un asalto de toda una armada: es una batalla que estalla con ímpetu sembrando terror y muerte.

«La vida del creyente es sometida con frecuencia a tensiones y contestaciones, en ocasiones también al rechazo e incluso a la persecución. Sin embargo, él no está solo y su corazón mantiene una paz interior sorprendente, pues -como dice la espléndida antífona de apertura del Salmo - El Señor es mi luz y mi salvación. Repite continuamente: ¿a quién temeré?... ¿quién me hará temblar?... mi corazón no tiembla... me siento tranquilo.

«Pero la tranquilidad interior, la fortaleza de espíritu y la paz son un don que se obtiene refugiándose en el templo, es decir, recurriendo a la oración personal y comunitaria. Entonces podrá gozar de la dulzura del Señor, contemplar y admirar el misterio divino, participar en la liturgia del sacrificio y elevar sus alabanzas al Dios liberador».

EL OBSERVADOR 460-3

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INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Mi novio quiere tener relaciones sexuales
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA:

Tengo problemas con mi novio, puesto que él es muy insistente en tener sexo conmigo. Yo ya he hablado con él seriamente y le he explicado que yo no deseo tener sexo, que me siento mal. Cuando le digo esto, él se pone muy serio y a veces se enoja, porque dice que yo quiero cambiar su forma de ser, y que no quiere que seamos novios de «manita sudada». Siempre discutimos sobre esto, pues él defiende su punto de vista, y yo el mío. Es una lucha sin fin.
Sin embargo, creo que yo también tengo la culpa, pues a veces me rindo, y acepto tener sexo con él, aún sabiendo que después me voy a sentir muy mal, pero lo hago casi siempre por evitar discusiones y malos ratos con él.

RESPUESTA:

El acto sexual es el punto más alto de una relación íntima, de mutua entrega, que involucra no solamente a los cuerpos sino al ser humano en forma completa. Por eso su lugar es el matrimonio, es ahí donde el hombre y la mujer pueden sentirse completamente libres y seguros para abrirse y conocerse profundamente en cada uno de los aspectos de su ser.

Te sientes mal teniendo relaciones sexuales antes del matrimonio, y eso es lógico. No es sólo porque lo prohíbe la Iglesia o porque así te lo enseñaron tus padres: es porque aún no estás en la situación de compromiso definitivo, de completa unión que se encuentra en el matrimonio.

Tu novio ve las cosas de otro modo. Y como él, buena parte de la sociedad. Aun estando en desacuerdo con él, debes respetar que él tenga otro punto de vista. Puedes exponer tus razones, y si no lo convences, no puedes obligarlo a cambiar de opinión. Pero él tampoco puede forzarte a cambiar de opinión y mucho menos debe forzarte a actuar en contra de tu forma de pensar. Y eso es precisamente lo que ha estado haciendo. Tu novio está faltando al respeto que te debe al presionarte a hacer lo que no quieres hacer. ¡No es cualquier cosa! ¡Es tu cuerpo, tu intimidad! Nuestro cuerpo es sagrado, y cuando se entrega en el acto sexual debe hacerse como una manifestación de amor, no de miedo; debe ser un acto libre, no presionado.

En una relación de pareja hay cosas en las que podemos ceder y otras en las que definitivamente no podemos hacerlo. Y cuando tú decides no tener relaciones sexuales por tus principios, por tu seguridad y porque no quieres hacerlo, esta decisión es uno de los puntos no negociables. Bastaría con el último argumento: el hecho de que no quieras tendría que ser suficiente para no tener relaciones.

Él podría decir que tu deberías respetar su posición, y que el hecho de que él sí quiera tendría que ser suficiente para que tú cedas. Pero no es así. Cada paso de la unión de una pareja debe darse porque los dos lo quieren y deciden, y si alguno no está de acuerdo, entonces no pueden dar ese paso. ¿Empezar el noviazgo fue decisión de solamente uno de ustedes? Cada tomarse de las manos, cada beso, cada decisión de la pareja, y si más adelante así lo eligen, el matrimonio, involucra a dos partes, hombre y mujer. No pueden ser comunidad de amor si solamente uno toma las decisiones. Así que, dile a tu novio, la de tener relaciones sexuales debe ser una decisión de los dos. Y si tú decides no tenerlas, pues no las tienen. Si él no está de acuerdo, está en completa libertad de irse. No tengas miedo. Si se va, será señal de que no es capaz de tenerte el respeto necesario en la relación de pareja, y esto va más allá de la sexualidad. Alguien que te respeta lo hará en todos los aspectos de la vida. Si él no quiere o no puede respetarte, mejor termina con la relación, aunque te duela. Más vale cortar a tiempo que sufrir luego el resto de tu vida por una mala decisión.

Y no permitas que te manipule con sus enojos. Si él se pone mal, como dices, pues que se ponga mal, el problema es de él, no tuyo. Él decide ponerse mal. No te sientas culpable. Por cierto que negarte a tener relaciones sexuales no significa pedirle que cambie su forma de ser. Su carácter, su temperamento, sus pensamientos pueden seguir siendo los mismos. No le estás pidiendo que cambie su forma de ser, sino solamente esperar a expresar su amor a través de la sexualidad hasta el matrimonio. Nada más.

Aclara bien tus ideas, no permitas que tu novio te manipule y no vuelvas a tener relaciones sexuales nada más porque él te presiona. Si tú no te respetas a ti misma, te será mucho más difícil exigir que te respete él.

La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

EL OBSERVADOR 460-4

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DOCUMENTOS
Mensaje de Juan Pablo II con ocasión de la 41ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
«Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies»

La Jornada se celebra el día de hoy, 2 de mayo, cuarto domingo de Pascua.

Venerados hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y hermanas:

1.«Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10, 2). Estas palabras de Jesús, dirigidas a los Apóstoles, muestran la solicitud que el buen Pastor tiene siempre por sus ovejas. Lo hace todo para que «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Después de su resurrección, el Señor confiará a sus discípulos la responsabilidad de proseguir su misma misión, para que se anuncie el Evangelio a los hombres de todos los tiempos. Y son muchos los que han respondido y siguen respondiendo con generosidad a su constante invitación: «Sígueme» (Jn 21, 22). Son hombres y mujeres que aceptan poner su existencia totalmente al servicio de su Reino.
Con ocasión de la XLI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebra tradicionalmente el IV domingo de Pascua, todos los fieles se unirán en una ferviente oración por las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al servicio misionero. En efecto, nuestro primer deber es pedir al «Dueño de la mies» por los que ya siguen más de cerca a Cristo en la vida sacerdotal y religiosa, y por los que Él, en su misericordia, no cesa de llamar para esas importantes tareas eclesiales.

Oremos por las vocaciones

2. En la carta apostólica Novo millennio ineunte recordé que, «a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecta una exigencia generalizada de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de oración» (n. 33). En esta «necesidad de oración» se inserta nuestra petición común al Señor para que «envíe obreros a su mies».
Constato con alegría que en muchas Iglesias particulares se forman cenáculos de oración por las vocaciones. En los seminarios mayores y en las casas de formación de los institutos religiosos y misioneros se celebran encuentros con esa finalidad. Numerosas familias se convierten en pequeños «cenáculos» de oración, ayudando a los jóvenes a responder con valentía y generosidad a la llamada del Maestro divino.
¡Sí! La vocación al servicio exclusivo de Cristo en su Iglesia es don inestimable de la bondad divina, don que es preciso implorar con insistencia, confianza y humildad. El cristiano debe abrirse cada vez más a este don, vigilando para no desaprovechar «el tiempo de la gracia» y el «tiempo de la visita» (cfr. Lc 19, 44).
Reviste particular valor la oración unida al sacrificio y al sufrimiento. El sufrimiento, vivido como cumplimiento en la propia carne de lo que falta «a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24), se convierte en una forma de intercesión muy eficaz. Muchos enfermos, en todas las partes del mundo, unen sus penas a la cruz de Jesús, para implorar vocaciones santas. También a mí me acompañan espiritualmente en el ministerio petrino que Dios me ha encomendado, y dan a la causa del Evangelio una contribución inestimable, aunque a menudo totalmente escondida.

Oremos por los llamados al sacerdocio y a la vida consagrada

3.Deseo de corazón que se intensifique cada vez más la oración por las vocaciones; una oración que ha de ser adoración del misterio de Dios y acción de gracias por las «maravillas» que Él ha hecho y sigue haciendo, a pesar de la debilidad de los hombres; una oración contemplativa, llena de asombro y gratitud por el don de las vocaciones.
La Eucaristía está en el centro de todas las iniciativas de oración. El Sacramento del altar tiene un valor decisivo para el nacimiento de las vocaciones y para su perseverancia, porque en el sacrificio redentor de Cristo los llamados pueden encontrar la fuerza para dedicarse totalmente al anuncio del Evangelio. Conviene que a la celebración eucarística se una la adoración del santísimo Sacramento, prologando así, en cierto modo, el misterio de la santa Misa. Contemplar a Cristo, presente real y sustancialmente bajo las especies del pan y el vino, puede suscitar en el corazón de quienes están llamados al sacerdocio o a una misión particular en la Iglesia el mismo entusiasmo que, en el monte de la Transfiguración, impulsó a Pedro a exclamar: «Señor, es bueno estar aquí» (Mt 17, 4; cfr. Mc 9, 5; Lc 9, 33). Se trata de un modo privilegiado de contemplar el rostro de Cristo con María y en la escuela de María, a quien, por su actitud interior, puede definirse muy bien como «mujer eucarística» (Ecclesia de Eucharistia, 53).
Quiera Dios que todas las comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración», donde se ore para que no falten obreros en el vasto campo de trabajo apostólico. También es necesario que la Iglesia acompañe con constante solicitud espiritual a aquellos que Dios ha llamado y que «siguen al Cordero a dondequiera que vaya» (Ap 14, 4). Me refiero a los sacerdotes, a las religiosas y a los religiosos, a los eremitas, a las vírgenes consagradas, a los miembros de los institutos seculares, en una palabra, a todos los que han recibido el don de la vocación y llevan «este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4, 7). En el Cuerpo místico de Cristo existe una gran variedad de ministerios y carismas (cfr. 1 Co 12, 12), todos destinados a la santificación del pueblo cristiano. En la solicitud recíproca por la santidad, que debe animar a cada miembro de la Iglesia, es indispensable orar para que los «llamados» permanezcan fieles a su vocación y alcancen el grado más elevado posible de perfección evangélica.

La oración de los llamados

4.En la exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis subrayé que «una exigencia imprescindible de la caridad pastoral hacia la propia Iglesia particular y hacia su futuro ministerial es la solicitud del sacerdote por dejar a alguien que tome su puesto en el servicio sacerdotal» (n. 74).
Por tanto, sabiendo que Dios llama a los que quiere (cfr. Mc 3, 13), cada ministro de Cristo tiene el deber de orar con perseverancia por las vocaciones. Nadie es capaz de comprender mejor que Él la urgencia de un relevo generacional que asegure personas generosas y santas para el anuncio del Evangelio y la administración de los sacramentos.
Precisamente desde esta perspectiva es sumamente necesaria «la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión» (Vita consecrata, 63). De la santidad de los llamados depende la fuerza de su testimonio, capaz de implicar a otras personas, impulsándolas a consagrar su vida a Cristo. Esta es la manera de contrastar la disminución de las vocaciones a la vida consagrada, que amenaza la existencia de muchas obras apostólicas, sobre todo en los países de misión.
Además, la oración de los llamados, sacerdotes y personas consagradas, reviste un valor especial, porque se inserta en la oración sacerdotal de Cristo. En ellos Él ruega al Padre para que santifique y mantenga en su amor a los que, aun estando en este mundo, no pertenecen a él (cfr. Jn 17, 14-16).
El Espíritu Santo haga que la Iglesia entera sea un pueblo de orantes, que eleven su voz al Padre celestial para implorar vocaciones santas para el sacerdocio y la vida consagrada. Oremos para que aquellos que el Señor ha elegido y llamado sean testigos fieles y gozosos del Evangelio, al que han consagrado su existencia.
5.A ti, Señor, nos dirigimos con confianza. Hijo de Dios, enviado por el Padre a los hombres de todos los tiempos y de todas las partes de la Tierra, te invocamos por medio de María, Madre tuya y Madre nuestra: haz que en la Iglesia no falten las vocaciones, sobre todo las de especial dedicación a tu Reino.
Jesús, único Salvador del hombre, te rogamos por nuestros hermanos y hermanas que han respondido «sí» a tu llamada al sacerdocio, a la vida consagrada y a la misión. Haz que su existencia se renueve de día en día, y se conviertan en Evangelio vivo.
Señor misericordioso y santo, sigue enviando nuevos obreros a la mies de tu Reino. Ayuda a aquellos que llamas a seguirte en nuestro tiempo: haz que, contemplando tu rostro, respondan con alegría a la estupenda misión que les confías para el bien de tu pueblo y de todos los hombres.
Tú, que eres Dios, y vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

EL OBSERVADOR 460-5

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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA
Los sacerdotes
Por Claudio de Castro S

Pienso mucho en los sacerdotes porque sin ellos no tendríamos a Jesús Sacramentado. Sin ellos nadie administraría los sacramentos: ¿cómo salvarnos entonces?

Por naturaleza somos pecadores y, al menos para mí, es un gran consuelo el sacramento de la Reconciliación. Saber que entro sucio, lleno de pecados a ese cuartito donde espera paciente un sacerdote, tal vez cansado de pasar tanto tiempo allí, y que yo salgo con el alma limpia, dispuesto a ser mejor. Con la gracia que te fortalece y te ayuda a luchar contra el pecado.

Es una vida hermosa la del sacerdote que se entrega por Cristo. Y es una vida dura también. Por eso siempre nos piden que recemos por los sacerdotes, que los apoyemos. Que «jamás» hablemos mal de un sacerdote.

Mi esposa me cuenta que monseñor Escrivá comparaba al sacerdocio con el vino bueno. No importa si el vino es vaciado en una botella fina o en un frasco poco elegante. El vino seguirá siendo de la mejor calidad. Igual es el sacerdote. Tiene siempre en sí a Cristo, y el sacramento que administra es válido siendo su conducta ejemplar o poco edificante.

No dejo de pensar que Cristo habita en ellos, y que nos habla con frecuencia; por esto hay que escucharlos con cariño y respeto.

«Quien les escucha a ustedes-les dice Jesús-, me escucha a Mí; quien les rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado». (Lucas 10, 16)

Qué felices si todos los sacerdotes fueran santos, a pesar de sus debilidades, que todos las tenemos, como seres humanos.

Dios hace su obra en nuestra pequeñez. Allí está el caso simpático del cura de Ars, Juan Vianney, patrono de los sacerdotes, a quien sus profesores consideraron incompetente para confesar porque no tenía la ciencia necesaria y era poco aventajado en los estudios. Resultó que las personas hacían largas filas desde la madrugada para poder confesarse con este santo sacerdote.

Dios da la gracia que necesitamos para el apostolado que nos confiere. Tal vez por eso resuenan las palabras de María: «Hagan lo que Él les diga». Y podemos hacerlo sin miedos, seguros. El camino será difícil, pero espléndido a la vez. Lleno de Dios. Y triunfos constantes. Y almas que se salvarán en el camino. Porque para Dios «nada es imposible».

EL OBSERVADOR 460-6

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COMUNICACIÓN
La Pasión de Cristo: Prejuicios bien alimentados
Por Ignacio Aréchaga
¿Sería mejor no haber filmado El pianista ni La lista de Schindler para evitar el riesgo de alimentar los prejuicios antigermanos y de perpetuar el estereotipo de la culpabilidad alemana por los crímenes nazis? Si hemos de aplicar los mismos criterios con que algunos juzgaron La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, sí. Cuando la película era todavía un proyecto, empezó ya la campaña para desacreditarla como antisemita. No sé por qué nadie se preocupó de si podía provocar sentimientos antirromanos.


Muchas películas recuerdan tragedias del pasado, sin que a nadie les atribuya intenciones aviesas. Como ha escrito la comentarista Barbara Amiel, judía, "un cristiano comprometido como Mel Gibson no hace un film sobre el núcleo central de su fe para engendrar odio contra los judíos, del mismo modo que los judíos que construyen un monumento al Holocausto no lo hacen para crear odio contra los gentiles o incluso contra los alemanes. (...) Un filántropo que da dinero para financiar una película sobre los supervivientes del Holocausto se quedaría horrorizado si le dijeran que estaba generando odio por conmemorar un suceso que marca un hito en su historia moderna".

Frente a la actitud de esta judía, contrasta el extremismo de algunos ataques, como los del rabino Marvin Hier, fundador del centro Simon-Wiesenthal, quien tilda al film de antisemita: "El mensaje del film es irresponsable e incendiario... Corre el riesgo de envenenar millones de espíritus, sobre todo en Oriente Medio y en Europa, donde se observa un recrudecimiento del antisemitismo". Como tantos aspirantes a censores, Hier exagera el poder de una película. En cualquier caso, parece más lógico pensar que el antijudaísmo en Oriente Medio no se alimenta de películas sobre lo que sucedió en Palestina hace dos mil años; le basta ver en el telediario lo que ocurre en la Palestina actual.

Un crítico de cine bien conocido como Michael Medved, judío, ha advertido que "las reacciones exageradas e histéricas hacia el film provocarán mucho más antisemitismo que la película misma".

Los intentos para rodear el film de un aura de catolicismo reaccionario han utilizado estratagemas ridículas. Entre otras, insistir en que el padre de Mel Gibson -un viejo algo cascarrabias de 85 años, que no ha tenido ninguna influencia en el film- es un católico tradicionalista que supuestamente ha puesto en duda la magnitud del Holocausto. O sea, nada de culpabilidad colectiva del pueblo judío, pero se sugiere la tesis de la responsabilidad colectiva de la familia Gibson.

Los ataques más constantes han provenido de grupos católicos a los que les molesta el mensaje religioso tradicional de la película. En su campaña agitaron el espectro de que la cinta podía "arruinar" todo lo que se ha hecho en los últimos cuarenta años para estrechar las relaciones entre judíos y cristianos. Pero muy frágiles tendrían que ser estos logros para que se desmoronaran por una película.

Más frágiles han demostrado ser las actitudes de estos católicos ante la libertad de expresión artística. Los que otras veces han criticado la inoperancia de la Iglesia para utilizar los medios de comunicación de masas, dicen ahora que hay que desconfiar de la "teatralización" de la Pasión y que la muerte de Cristo no es un "espectáculo".

Cuando un cineasta como Martin Scorsese recreaba su particular visión de la vida de Cristo, si alguien se molestaba y reclamaba fidelidad al texto evangélico se le respondía que la libertad de expresión no admite censuras ni imposiciones religiosas; ahora, en cambio, se invoca a teólogos y rabinos para que juzguen de la ortodoxia de la película y digan lo que habría que cambiar o cortar, aunque sean frases del Evangelio. Al final va a tener razón Mel Gibson cuando dice que estos críticos "no tienen un problema con mi película, tienen un problema con los cuatro Evangelios".

(Resumido de Aceprensa)

EL OBSERVADOR 460-7

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COLUMNA ABIERTA
Resurrección
Por Walter Turnbull

Todavía estamos gozosos, radiantes, regocijados por la resurrección de Cristo. La victoria de Cristo sobre la muerte, la victoria del bien sobre el mal. Todavía nos queda el sabor de haber entonado el «Resucitó» en la Vigilia de Pascua. Todavía suenan en los templos los esperados cantos de resurrección. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Nuestro amigo Jesús resultó ser Dios. Nuestro hermano Jesús está sentado a la derecha del Padre. La muerte y el sepulcro no lo pudieron aprisionar. Jesús es «El Señor».

«Ahora sí vas a restablecer el reinado de Israel», exclamaron animados los apóstoles. Nuestro líder es invencible.

Pero ese no era el plan de Dios. Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. «Como dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de sus caminos y mis proyectos están por encima de los suyos». Ese misterio glorioso, ese inconmensurable acontecimiento es sólo parte de una maravillosa secuencia de acontecimientos que llevan a la consumación del plan de Dios.

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que... nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor... Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegara el momento culminante: hacer que todas las cosas tuvieran a Cristo por cabeza, las del cielo y las de la tierra. (Recomendamos repasar completo el cántico de Efesios 1, 3-10).

Poco sería -comparado con el plan de Dios- que Cristo se hubiera encarnado, hubiera muerto y hubiera resucitado si eso no redundara en una invitación para nosotros, si no provocara un cambio en nosotros. Si sólo en Jesús quedara la manifestación de la gloria del Padre, mucha sería nuestra admiración, pero «vana sería nuestra fe».

El cuerpo de Cristo, a partir de la última cena, empieza a comportarse en forma extraña e inexplicable: adopta la apariencia de un pedazo de pan y una copa de vino, muere y revive en medio de una descarga de radiación, cambia de aspecto ante las santas mujeres y ante los discípulos de Emaús, puede comer pero también puede atravesar paredes, puede aparecer y desaparecer repentinamente, puede elevarse hasta las nubes... y lo más importante para nosotros: puede volver a hacerse presente en un pedazo de pan y puede ser comido para resucitar dentro de nosotros y que nosotros formemos parte de Él.

No es una alegoría, no es una figura poética, no se refiere a que lo vamos a recordar y lo vamos a tratar de imitar. Se refiere exactamente a eso: «Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí». Y por medio de la Iglesia, nosotros vivimos en Él. «Le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, la plenitud del que lo llena todo en todo».

Formar parte de Cristo, que Cristo se adueñe de nuestra vida, reproducir en nosotros a Cristo. Pensar como Jesús piensa, sentir como Jesús siente, amar como Jesús ama, actuar como Jesús actúa. Experimentar en nosotros su paz y su gozo. Es la vocación a la que hemos sido llamados por la voluntad del Padre. Es también un proyecto y un trabajo de toda la vida. Suena absurdo, suena utópico, suena inalcanzable, pero es la realidad. Así son los planes de Dios.

EL OBSERVADOR 460-8

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CONTEXTO ECLESIAL
Lo que se debe observar o evitar en la Santa Misa
La Iglesia de Cristo, a través de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, acaba de publicar la instrucción «Redemptionis Sacramentum, sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía». Dado que el documento es muy extenso, resumimos a continuación algunas disposiciones. Para mayor comprensión conviene acudir al texto íntegro.

La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente un sacerdote ordenado que la presida. La comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado. Por tanto, solamente con precaución se emplearán términos como «comunidad celebrante» o «asamblea celebrante».

El fiel laico que es llamado para prestar una ayuda en las celebraciones litúrgicas debe estar debidamente preparado y ser recomendable por su vida cristiana, fe, costumbres y su fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia. No se elija a ninguno cuya designación pueda suscitar el asombro de los fieles.

Es muy loable que se conserve la benemérita costumbre de que niños o jóvenes, denominados normalmente monaguillos, estén presentes y realicen un servicio junto al altar. A esta clase de servicio al altar pueden ser admitidas niñas o mujeres, según el juicio del obispo diocesano.

No está permitido omitir o sustituir, arbitrariamente, las lecturas bíblicas prescritas ni, sobre todo, cambiar las lecturas y el salmo responsorial, que contienen la Palabra de Dios, con otros textos no bíblicos.

La lectura evangélica se reserva al ministro ordenado. No está permitido a un laico, aunque sea religioso, proclamar la lectura evangélica en la celebración de la santa Misa.

La homilía la hará normalmente el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante o, a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico. La prohibición de admitir a los laicos para predicar dentro de la celebración de la Misa también es válida para los seminaristas.

En la santa Misa y en otras celebraciones de la sagrada liturgia no se admita un Credo o Profesión de fe que no se encuentre en los libros litúrgicos debidamente aprobados.

El pan que se emplea en el santo Sacrificio de la Eucaristía debe ser ázimo, de sólo trigo y hecho recientemente, para que no haya ningún peligro de que se corrompa. No es válido el pan elaborado con otras sustancias, aunque sean cereales. Es un abuso grave introducir en la fabricación del pan para la Eucaristía otras sustancias como frutas, azúcar o miel.

El vino debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas. En la misma celebración de la Misa se le debe mezclar un poco de agua. Está totalmente prohibido utilizar un vino del que se tiene duda en cuanto a su carácter genuino o a su procedencia. No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas.

Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica.

No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia.

La proclamación de la Plegaria Eucarística es propia del sacerdote. Por tanto, es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos.

Mientras el sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales, salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado.

En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.

Consérvese la costumbre del rito romano de dar la paz un poco antes de distribuir la sagrada Comunión. Conviene que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él. El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración.

La fracción del pan la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el diácono o por un concelebrante, no por un laico.

Debe vigilarse que no se acerquen a la sagrada Comunión, por ignorancia, los no católicos o, incluso, los no cristianos. Corresponde a los pastores advertir en el momento oportuno a los presentes sobre la verdad y disciplina que se debe observar estrictamente.

Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.

Para que aparezca mejor que la Comunión es participación en el Sacrificio que se está celebrando, es deseable que los fieles puedan recibirla con hostias consagradas en la misma Misa.

No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

Para que en el banquete eucarístico la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies también los fieles laicos. Esto se debe excluir totalmente cuando exista peligro, incluso pequeño, de profanación de las sagradas especies; cuando resulte difícil calcular la cantidad de vino para la Eucaristía, y donde el acceso ordenado al cáliz sólo sea posible con dificultad.

No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada.

Quien arroja por tierra las especies consagradas, o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre en excomunión latae sententiae.

Si se diera la necesidad de que instrucciones o testimonios sobre la vida cristiana sean expuestos por un laico a los fieles congregados en la iglesia, es preferible que se haga fuera de la Misa. Por causa grave, sin embargo, está permitido dar este tipo de instrucciones o testimonios después de que el sacerdote pronuncie la oración después de la Comunión. Pero no puede hacerse una costumbre.

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No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente, activa y fructuosa de los fieles en el santo Sacrificio del altar. Sin embargo, en algunos lugares los abusos litúrgicos se han convertido en una costumbre, lo cual no se puede admitir y debe terminarse.

No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo.

Finalmente, los abusos se fundamentan con frecuencia en la ignorancia, ya que casi siempre se rechaza aquello de lo que no se comprende su sentido más profundo y su antigüedad.

El misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del rito romano, que se debe cuidar con decisión.

Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, sino que introducen elementos de discordia y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos.

Todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación. Esto es una tarea gravísima para todos.

Cualquier católico, sea sacerdote, sea diácono, sea fiel laico, tiene derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico ante el obispo diocesano o el ordinario competente que se le equipara en derecho, o ante la Sede Apostólica.

EL OBSERVADOR 460-9

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