El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
9 de mayo de 2004 No.461

SUMARIO

bulletPORTADA - Se inicia una nueva y terrible forma de esclavitud en México
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Madre: los misterios del hombre
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - Tu rostro buscaré, Señor
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR - Nulidad de un matrimonio anterior
bulletPINCELADAS - No alardear de santidad
bulletENTREVISTA - Por qué se puede negar la Comunión a los legisladores que favorecen el aborto
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA - La comunión espiritual
bulletCOLUMNA HUÉSPED - Educar, tarea hermosa y urgente
bulletPANTALLA CHICA - La evasión por televisión
bulletA PROPÓSITO DE L'OSSERVATORE... (I) - Nació tras la derrota de las tropas pontificias
bulletALACENA - Gianna Beretta, una doctora que dijo «no» al aborto de su bebé
bulletPICADURA LETRÍSTICA - Los terrores por la salud (I)
bulletDILEMAS ÉTICOS - Tener una madre cerca

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PORTADA
Se inicia una nueva y terrible forma de esclavitud en México
Habla la Asociación de Médicos Católicos sobre la clonación
La investigación sobre las células estaminales embrionarias nuevamente ha despertado un debate entre los legisladores mexicanos sobre la licitud ética de asesinar embriones humanos con fines experimentales, en el Instituto Nacional de Medicina Genómica de México. Por un lado, algunos legisladores justifican la muerte de los embriones alegando que servirá para curar enfermedades o, simplemente, niegan que los embriones concebidos sean seres humanos. Por el otro, científicos y expertos han explicado a los legisladores que no es necesario matar para conseguir las mismas células y defienden la vida en su fase inicial. Sin embargo, hasta ahora muchos se preguntan por qué un debate tan específico ha cobrado nuevamente magnitud en México.

¿Qué son las células estaminales? Las células estaminales están contenidas en los embriones humanos de sólo días de concebidos. A este tipo de células se les llama pluripotenciales porque pueden convertirse en prácticamente cualquier órgano y permiten al embrión desarrollarse y convertirse en un cuerpo totalmente formado. Un embrión de cinco días de concebido es una esfera hueca formada por alrededor de cien células. Teóricamente, si se aprende cómo hacerlas crecer y manipular, se podrían originar tejidos u órganos nuevos en el laboratorio para implantarlos en pacientes y curar enfermedades.

¿Qué ocurre al extraer células estaminales del embrión? El embrión ya no puede seguir desarrollándose y muere. Ante esta nueva polémica la Iglesia denuncia una nueva forma de racismo, según la cual, la vida de algunos mexicanos no sería más que un fármaco para otros. Basándonos en el estatuto biológico, legal y antropológico del embrión humano y en los principios fundamentales bioéticos y científicos, es ilícito matar a un inocente incluso cuando se trata de reportar un beneficio a la sociedad mexicana.

La clonación terapéutica será la gran arma del Instituto de Medicina Genómica, ya que el desarrollo de esta técnica podría llevar a la creación de una «sub-categoría de mexicanos» destinados básicamente a la conveniencia de algunos otros.

¿Qué modificaciones a la ley se hicieron al respecto?Quienes están tan empeñados en la creación de dicho Instituto de Medicina Genómica han logrado modificar el texto aprobado por el Congreso de la Unión en diciembre de 2003 al suprimir la ultima parte del inciso primero del articulo 7 bis de la ley de Institutos de Salud: «...En ningún casó podrán ser sujetos de investigación las células troncales humanas de embriones vivos o aquellas obtenidas por trasplante nuclear». Al suprimir este texto se enmascara la realidad de la creación de un ser humano con el fin de destruirlo para producir cadenas de células estaminales o para llevar a cabo una experimentación de otro tipo.

¿Qué argumenta el Senado de la República para permitir la clonación humana?Que las aplicaciones terapéuticas de las células estaminales podrían ayudar a los mexicanos a tratar enfermedades como la diabetes, el mal de Alzheimer, los accidentes cerebrovasculares, el infarto del miocardio, la esclerosis múltiple, males vinculados con la sangre, los huesos y la médula ósea, así como quemaduras graves con injertos de piel, lesiones de la médula espinal, y tratamientos para pacientes con cáncer que han perdido células y tejido por radiación y quimioterapia. Sin embargo, todo esto queda sólo en el plano de las promesas.

Varios institutos de investigación internacionales han advertido que se están creando demasiadas expectativas al respecto. La cura de todas las enfermedades no existe, por ello es totalmente inadecuado aumentar las esperanzas de enfermos y familiares diciéndoles que si se permite la manipulación de embriones se curarán muchas enfermedades, cosa que puede ser falsa.

¿Y la Asociación de Médicos Católicos qué opina? Que con la modificación de la ley se ha se iniciado una nueva y terrible forma de esclavitud en México con una intención eugenésica latente; que es aberrante invertir en tales investigaciones enormes fondos públicos, provenientes de las Secretarías de Hacienda y Crédito Público, Salud y del Consejo Nacional para las Ciencias y Tecnología, sustrayéndolos de soluciones a las tragedias nacionales tales como el desabasto en medicamentos básicos, la saturación del sistema de salud o la malnutrición de miles de mexicanos; que es absurdo seguir buscando el apoyo de la opinión pública para estos proyectos prometiendo el inminente tratamiento de muchas enfermedades crónicas, aunque no haya certeza alguna de verdadera aplicación clínica; y que no es posible, como mexicanos, exponer el carácter sagrado de la vida humana a las manipulaciones genéticas.

EL OBSERVADOR 461-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Madre: los misterios del hombre
Por Jaime Septién
Para mi madre, de quien aprendo sobre la Gracia.

Leí como una exhalación, para después meditarlo sorbo a sorbo, el libro Pensamientos de Luz, que es una antología de textos poéticos y filosóficos de Karol Wojtyla-Juan Pablo 11, realizada por uno de sus traductores al español, el profesor Bogdan Piotrowski.

De «Abrahán» a «Voluntad», Pensamientos de Luz (Ediciones Levántate, Granada, España: 2004), nos muestra que el Papa es, de verdad, una de las grandes aportaciones a la filosofía de los últimos cien años. Lo mismo que a la poesía religiosa. Entre sus divisiones alfabéticas, me topé con estas tres que hablan del ser que es vehículo de la vida, sostén del futuro, techo para la intemperie de nuestros sueños, es decir:

Madre
1. «Madre mía, aquí te confieso mi construcción y te abro la tapa de las nostalgias y esta avalancha eslava que cae sobre mí»
        … y cuanto David, 1939
2.«Ya sé, madre, ya sé, tú dices -no termines-. No termino, madre mía. Sólo me estrecharé contra ti»
        …y cuanto David, 1939
3.«Hay instantes en que el primer y profundo fulgor en las pupilas les revela a las madres los misterios del hombre»
        Madre, 1950

Yo alcanzo a ver en estos tres fragmentos, tres ideas centrales en la visión sobre la madre, que, por reflejo, provienen de la Madre de Dios y se extienden hacia nuestra Santa Madre la Iglesia. Los dos primeros fragmentos son de un poema (…y cuanto David) de 1939, cuando la experiencia de la pérdida personal de la madre de Karol estaba fresca, como también lo estaba el inicio de la Segunda Guerra Mundial. El poema Madre, de 1950, muestra a un sacerdote en plenitud de su ministerio, abrazando la vocación en medio del hombre.

Las tres ideas centrales sobre la presencia de la madre en nuestras vidas -según el Papa- son las siguientes:

La madre es impulso a la vida, ancla de la esperanza y apertura a la identidad personal, a la tradición y a la historia.

La madre es tarea de amor impuesta al corazón del hijo. Tarea que sólo termina cuando el hijo se abre a la Gracia.

La madre es una mirada, un regazo, el viento fresco de la tarde. Cosas que no se pueden contar, pero que importan mucho.

Vida, amor y misterio: ¿se puede decir algo más grande de la madre humana, que es reflejo de la Madre celestial y de la Esposa de Cristo, es decir, la Iglesia? Como en tantas otras materias, el Papa -con su pensamiento- nos abre el camino de la luz. Es decir: de la felicidad.

EL OBSERVADOR 461-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
Tu rostro buscaré, Señor

Juan Pablo II, en audiencia general, comentó la segunda parte del salmo 26 (versículos 7 a 14):

«Comienzan con un grito lanzado al Señor: 'ten piedad, respóndeme' (v. 7); después expresan una intensa búsqueda del Señor con el temor doloroso de sentirse abandonado por Él (cfr. vv. 8-9); por último, presentan ante nuestros ojos un horizonte dramático en el que los mismos afectos familiares desfallecen (cfr. v. 10), mientras aparecen 'enemigos', 'adversarios', 'testigos falsos' (v. 12).

«Pero también ahora, como en la primera parte del salmo, el elemento decisivo es la confianza del que ora en el Señor que salva en la prueba y ofrece su apoyo en la tempestad. En este sentido, es bellísimo el llamamiento que se dirige a sí mismo al final el salmista: 'Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor' (v. 14).

«Nos limitamos ahora a destacar tres símbolos de gran intensidad espiritual. El primero, de carácter negativo, es el de la pesadilla de los enemigos (cfr. v. 12). Son descritos como una bestia que acecha a su presa y, después, de manera más directa, como 'testigos falsos' que parecen resoplar violencia por la nariz, como las fieras ante sus víctimas. Por tanto, en el mundo hay un mal agresivo, que tiene por guía e inspirador a Satanás.

«La segunda imagen ilustra claramente la confianza serena del fiel, a pesar del abandono incluso por parte de los padres: 'Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá' (v. 10). También en la soledad y en la pérdida de los afectos más queridos, el orante nunca está totalmente solo porque sobre él se inclina Dios misericordioso.

«Tercer y último símbolo: 'Buscad mi rostro', 'Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro' (vv. 8-9). El rostro de Dios es, por tanto, la meta de la búsqueda espiritual del orante. Al final emerge una certeza indiscutible, la de poder 'gozar de la dicha del Señor' (v. 13)».

EL OBSERVADOR 461-3

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
Nulidad de un matrimonio anterior
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA:
Estoy casada por el civil con mi marido. Mi esposo es divorciado, se casó con su primera esposa por matrimonio civil y religioso por presión de las dos familias, ya que ella estaba embarazada. Amo a mi familia, tenemos una buena relación que ha permitido un sano desarrollo de mis hijos y de nuestro crecimiento como personas y como pareja. Él quiere solicitar a la Iglesia la anulación de su matrimonio, ya que ambos queremos tener un matrimonio religioso. No conocemos cuáles son los procedimientos para solicitarlo y si habrá posibilidades de que lo declaren nulo. Le agradeceré toda la orientación que pueda brindarme.

RESPUESTA:
Qué bueno que han tomado la decisión de tratar de arreglar la situación de su matrimonio. Efectivamente, parece ser que en el primer matrimonio de su marido faltó el consentimiento pleno, y existe la posibilidad de que su primer matrimonio sea nulo, pero es la Iglesia quien debe determinarlo después de un minucioso análisis del caso. Su esposo tiene que acudir al Tribunal Eclesiástico que les corresponda, ahí les darán toda la información que necesita. Le pedirán un recuento detallado de su primer matrimonio, desde los trámites para llevarlo a cabo, la influencia de las familias, la luna de miel, el domicilio conyugal, cómo se desarrolló la vida en común, cuándo y por qué se originaron las dificultades, la razón y la fecha de la separación y muchos datos más. Tendrá que presentar pruebas tales como testigos (mientras más cercanos, mejor) y documentos. Todo esto se hace con la asesoría de un abogado del tribunal y, ya con todo preparado, se introduce el caso ante el propio tribunal. La Iglesia hace en verdad una profunda investigación y una minuciosa revisión de cada caso porque, por un lado, el vínculo del matrimonio es sagrado y la Iglesia debe tener la absoluta certeza de que éste nunca existió para declarar nulo un matrimonio. Por otro lado, la Iglesia desea que sus hijos divorciados que cargan el yugo de un matrimonio no válido puedan soltarlo y ser libres. Y si deciden volver a casarse, que puedan recibir el sacramento del matrimonio y tener una vida conyugal según el plan de Dios.

Algunas personas piensan que la Iglesia es hoy más flexible en cuanto a declarar nulos los matrimonios. Lo que ocurre en realidad es que, a causa de la mentalidad menos cristiana de nuestros tiempos, hay más matrimonios inválidos, lo sepan o no los involucrados. El sacerdote Raúl Soto, experto en derecho canónico y, en el momento de la entrevista, oficial de matrimonios en el arzobispado de la ciudad de México, explicaba hace algunos años a la revista Señal que «los que se casan ya con la intención de divorciarse si les va mal, están excluyendo la indisolubilidad, propiedad fundamental del matrimonio…». También contrae matrimonio inválidamente «el que se casa con el pacto de no tener nunca un hijo, o el de vivir con dos señoras al mismo tiempo».

El padre Soto mencionaba, entre las circunstancias (antecedentes o concomitantes al matrimonio) que son causas de nulidad las enfermedades mentales, las enfermedades psicosexuales (como la homosexualidad), la impotencia, el error substancial (por ejemplo, si alguien ocultó estar casada por lo civil y tener hijos anteriores), el dolo (por ejemplo, una muchacha que finge estar embarazada o alguien que oculta ser estéril), la ignorancia grave de lo que es el matrimonio, el miedo o la violencia física provenientes de causa externa, la falta de discreción acerca de los derechos o deberes esenciales del matrimonio, la falta de madurez patológica, la incapacidad para las cargas matrimoniales, los vicios de la voluntad, el excluir de antemano alguna de las propiedades fundamentales del matrimonio -indisolubilidad, fidelidad, prole y sacramentalidad-, tener una intención prevalente no matrimonial (como para poder vivir en otro país), la simulación total y el matrimonio condicionado.

Ojalá el asunto se resuelva favorablemente para ustedes y puedan, finalmente, unirse en matrimonio, un anhelo que seguramente es grande en ustedes.

La psicóloga Cervantes responderá por este medio las preguntas que le envíen a El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

EL OBSERVADOR 461-4

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PINCELADAS
No alardear de santidad
Por Justo López Melús *

No hay nada tan contradictorio como alardear de santidad y humildad. Decía un estudiante: «Yo no soy el más listo, pero soy el más humilde de la clase». Un político pedía al rey un título de nobleza. El rey se las ingenió para negárselo fomentando su vanidad: «No puedo conocedértelo -le dijo-, pero puedes decir a tus amigos que te lo he ofrecido y lo has rehusado».

Un paciente que se tenía por santo fue al médico: «Doctor, tengo un horrible dolor de cabeza». El médico le preguntó: «¿Bebe mucho alcohol?». «Nada en absoluto». «¿Y consume tabaco?». «Me repugna». «Perdone: ¿sale usted por las noches a echar una canita al aire?». «Nunca, ¿por quién me ha tomado?». «Y ese dolor de cabeza, ¿es agudo y punzante?». «Muchísimo». «Bien, lo que le pasa es que lleva usted la aureola, la corona, demasiado apretada. Aflójela un poco».

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 461-5

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ENTREVISTA
Por qué se puede negar la Comunión a los legisladores que favorecen el aborto
Zenit / El Observador
En una rueda de prensa en el Vaticano el viernes 23 de abril el cardenal Francis Arinze afirmó que los políticos que apoyen inequívocamente el aborto no deben comulgar y los sacerdotes deben negarles el sacramento. El pasado enero el obispo de La Crose, Wisconsin (EU), monseñor Raymond Burke, publicó un decreto por el que prohibía recibir la Comunión a los legisladores católicos que apoyen el aborto o la eutanasia. En la siguiente entrevista el teólogo estadounidense Thomas Williams, decano de Teología en el Ateneo «Regina Apostolorum», deja más claro este tema.

¿La Iglesia está comenzando a adoptar una postura de línea dura sobre la recepción de la Comunión?

La Iglesia siempre se ha tomado este tema con seriedad. En términos muy duros san Pablo amonestaba a la Iglesia en Corinto: «Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa». Esto está en 1 Corintios 11, 27-28.
El Código de Derecho Canónico de 1983, haciéndose eco de las enseñanzas del concilio de Trento, en su canon 11, establece que, sin una razón muy seria, una persona que sea consciente de haber cometido un pecado mortal debería abstenerse voluntariamente de la comunión.

¿Pero no hay una gran diferencia entre animar a quienes están en situación de pecado de abstenerse de la Comunión y prohibir la Comunión a determinadas personas?

Sí, por supuesto. Mientras que cualquier persona que sea consciente de haber cometido un pecado grave de cualquier clase, oculto o público, debería abstenerse de la santa Comunión, sólo los pecados graves cometidos abierta o públicamente proporcionan argumentos para que los sacerdotes y obispos no admitan a la Comunión.
La referencia a la ley canónica pertinente se puede encontrar en el canon 915. En su totalidad, este breve canon dice: «No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave».

Entonces, en el caso de los políticos favorables al aborto, ¿estaríamos hablando de una situación de pecado grave manifiesto? ¿Qué significa?

El lenguaje técnico del código que se refiere a aquellos que «obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» debe ser analizado cuidadosamente.
Cuatro elementos esenciales entran en juego, siendo todos ellos necesarios para satisfacer las condiciones planteadas en el canon 915. El primer elemento es «gravi peccato», en pecado grave. Esto sólo puede tomarse en referencia a la materia de la acción -o de la omisión- sin implicar necesariamente un juicio de culpabilidad subjetiva. «Pecado grave» en este caso simplemente significa mala conducta de una naturaleza seria.
El segundo requisito se refiere a un pecado «manifiesto». Esta estipulación limita la sanción a los pecados de naturaleza pública, y reitera la dimensión pública y eclesial de la santa Comunión.
Tercero, para rehusar dar la Comunión a una persona debe persistir -«perseverante»- abiertamente en este comportamiento pecaminoso. Decir que una persona persiste en un pecado público significa que de alguna manera deja claro que planea seguir adelante en su comportamiento pecaminoso.
Finalmente, el Código habla de persistencia obstinada. El adverbio latino «obstinate» significa aquí que se ha informado a la persona debidamente del mal de su comportamiento pero elige deliberadamente persistir en él de todos modos.
Se da el caso de la persistencia inculpable en hacer el mal, cuando una persona no es consciente de que una cierta actividad habitual es pecaminosa. Pero, una vez que se le ha llamado la atención sobre el mal de sus acciones, su persistencia se califica como obstinada.
Juzgando de acuerdo con las consideraciones precedentes, queda claro que un político, que vota de manera que deja de defender la vida humana inocente de forma constante y que todo indica que su intención es seguir haciéndolo a pesar de las advertencias de las autoridades eclesiásticas, se puede decir que persiste obstinadamente en un comportamiento objetivamente malo de naturaleza pública. Y en este sentido cumple los requisitos del canon 915.

La notificación de monseñor Burke dice que no respaldar la dignidad inviolable de toda vida humana «es un grave pecado público y escandaliza a todos los fieles». ¿Por qué habla de escándalo?

Con el término común «escándalo» se hace referencia a menudo a algo impactante y vergonzoso; la palabra viene del griego «skandalon», un bloque que se tambalea, y significa propiamente «la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal», como nos dice el Catecismo en su número 2284.
Debido a su preeminencia pública y a su autoridad moral, los políticos pueden, con su ejemplo, inducir a otros al bien o al mal.

El cardenal Arinze indica que «la norma de la Iglesia es clara. La Iglesia católica existe en los Estados Unidos y allí hay obispos. Déjenlo que la interpreten». Si la norma es clara, ¿por qué es necesaria la interpretación?

Una cosa es la norma objetiva, otra la aplicación a los casos específicos. Según el Código de Derecho Canónico, es competencia del obispo local determinar cuándo se presentan tales situaciones y dar los pasos apropiados para corregir las causas.

¿Pueden ser vistas estas sanciones como política partidista?

En el caso específico de los políticos católicos que disienten abiertamente de la postura de la Iglesia a favor de la vida, es particularmente necesaria la prudencia.
Especialmente en las actuales circunstancias, cuando los principales partidos políticos se diferencian en estas materias, se debe tener mucho cuidado para evitar la apariencia de partidismo político, garantizando al mismo tiempo un mensaje inequívoco tanto de la posición de la Iglesia sobre el aborto como de la importancia que tiene para ella este tema por su centralidad de cara al bien común.
Cuando un partido político toma una postura contra la vida como componente fundamental de su programa, la Iglesia no tiene otra opción que condenarla. Si los pastores de la Iglesia dejaran claro a los políticos que el aborto es verdaderamente una cuestión no negociable y sobre la que están preparados a «dar guerra», ejercerían una considerable presión moral y política sobre los políticos para dar a este tema moral el peso que merece.
Si el apoyo público al aborto no constituye razón pastoral suficiente para justificar el negar la Santa Comunión, resulta difícil imaginar cuándo sería apropiada esta medida.

EL OBSERVADOR 461-6

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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA
La comunión espiritual
Por Claudio de Castro S.

Hace algunos años descubrí una práctica piadosa que no he dejado hasta el día de hoy. Es la comunión espiritual. Muchos santos y sacerdotes nos hablaron sobre esta devoción de piedad, alentándonos a practicarla. San Josemaría Escrivá también escribió sobre este admirable misterio que nos confiere las gracias de la comunión Eucarística.

¡Qué fuente de gracias es la Comunión espiritual! - Practícala frecuentemente y tendrás más presencia de Dios y más unión con Él en las obras. ( Camino)

Por el deseo sincero de recibirlo, Jesús te confiere la gracia. Lo da todo por las almas que tanto ama. Basta que lo deseen. Su misericordia no tiene límites.

Cuando, por algún motivo, no he podido recibir la comunión Eucarística, me queda la comunión espiritual.

Yo la recomiendo mucho, sobre todo a los que no pueden comulgar.

A veces, mientras conduzco el auto, hago un alto y repito la fórmula que me enseñaron un día para hacer la comunión espiritual. También, durante la Misa, al momento en que el sacerdote eleva la Hostia consagrada. ¡Qué momento! Jesús sabe encender nuestros corazones y siembra en nuestras almas el deseo fervoroso de recibirlo... ¡dulce huésped del alma!

Es una oración, sencilla en sí misma, pero, ¡cuán eficaz!:

«Yo quisiera, Señor, recibiros
con aquella pureza,
humildad y devoción
con que os recibió
vuestra santísima Madre,
y con el espíritu y fervor de los santos».

Debiéramos repetirla con frecuencia, cada vez que podamos, y vivir más íntimamente unidos a Nuestro Señor.

EL OBSERVADOR 461-7

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COLUMNA HUÉSPED
Educar, tarea hermosa y urgente
+ Por Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

En ciertos estilos de pensamiento se concede tanta importancia a los condicionantes sociales, que se atribuye más protagonismo a la sociedad que a las personas. Esta manera de pensar no es muy compatible con la visión cristiana de nuestro ser personal. ¿Qué valor tendría una vida personal que fuera simplemente producto de la sociedad que le rodea? ¿De dónde podría venir esta sociedad omnipotente? En la fiesta de Epifanía quedó promulgado en nuestra Iglesia el Directorio de Pastoral Familiar. Hoy quiero ofrecer unas reflexiones complementarias acerca de la importancia y las exigencias de una verdadera educación.

Dios nos hace libres

Los cristianos tenemos una idea humilde y realista de nuestra libertad. No somos «creadores» de nuestra vida. Dios es el único creador. Su sabiduría y su amor son nuestra más profunda verdad. El nos ha hecho libres, de modo que, dentro del marco de la naturaleza y de la historia, sí seamos hacedores y responsables de nuestra vida. En cierta medida, todo nace de nosotros, por eso el mundo es histórico, maleable, tarea y responsabilidad nuestra. Hoy, en nombre de una mal entendida libertad y de una engañosa felicidad, se nos invita a vivir desentendidos de nosotros mismos, entregados a una espontaneidad que termina sometiéndonos a lo menos personal y menos humano de nosotros mismos y de los demás. Detrás de todo ello puede estar no una verdadera libertad, sino precisamente el miedo a ser verdaderamente libre.

Para ser libre hay que aprender a pensar, a elegir el bien verdadero en la vida concreta, hace falta crearse un proyecto de vida que responda a la verdad de nuestro ser en una comunión de benevolencia con los demás y con la creación entera. Y para llegar hasta aquí, desde las primeras manifestaciones de nuestra conciencia, necesitamos la ayuda de otras personas en las que podamos confiar, que quieran transmitirnos su experiencia vital y nos ayuden a aprender la sabiduría suprema del ser hombre.

Educar no es sólo enseñar cosas

Esto es exactamente el objetivo de la educación. Educar no es simplemente enseñar cosas útiles, sino ayudar a aprender a vivir en la verdad y en el bien, con amor, esperanza y perseverancia. Educar es ayudar a conocerse, a poseerse, a hacerse cargo de lo que es nuestra vida en el mundo para ser capaces de desarrollarla lo mejor posible, hacia adentro y hacia fuera, en la sinceridad de la propia conciencia y en el complejo entramado de relaciones interpersonales en que vivimos.

La verdadera educación sólo se puede llevar a cabo en el marco de una relación de amor y confianza que sea de ida y vuelta entre educador y educando. Por eso los primeros educadores, los imprescindibles educadores, son los padres. Nadie entra tan pronto y tan hondamente en nuestro interior como nuestra madre y nuestro padre, cada uno a su manera, con sus palabras, su cariño, sus alabanzas o correcciones. Sólo el amor verdadero e incondicional favorece la comunicación y hace posible una influencia profunda sin coacción, en un proceso de creciente libertad.

En la organización actual de la vida familiar no hay muchas facilidades para educar. Los padres conviven poco con los hijos, no hay tiempo para la intimidad, los hijos crecen en otras manos desde muy temprano, los personajes ficticios de la TV desplazan la verdad del padre, de la madre y de los hermanos. Y sustituyen una influencia por otra infinitamente menos amorosa y por eso mismo menos verdadera. El amor verdadero que quiere educar no da siempre la razón sino que intenta ayudar pacientemente a descubrir la verdad de las cosas y orientar nuestra libertad por los caminos de la verdad, del bien y del verdadero crecimiento. Halagar, dar siempre la razón, no negar nunca nada, puede ser una forma muy cómoda de no complicarse la vida, pero en el fondo es una secreta renuncia al verdadero amor.

Crecer como «huérfanos psicológicos»

Sin esta solicitud prudente y bien proporcionada, los niños y los jóvenes crecen en una peligrosa orfandad espiritual. Con psicología de huérfanos y de hijos únicos. Actitudes tan profundas como el amor a la verdad, la responsabilidad de la propia vida, la apertura respetuosa y benevolente hacia los demás, no aparecen espontáneamente, ni se ven hoy especialmente favorecidas por el ambiente. En estos momentos resulta especialmente urgente ayudar a los jóvenes a entender y educar su afectividad, su ser masculino o femenino, de manera que la sexualidad quede incorporada y humanizada dentro de un proyecto personal de vida. El desprestigio de la castidad denuncia una grave carencia de nuestra educación. Algunos se reirán de esta afirmación. El tiempo y la experiencia pondrán las cosas en su sitio.

Una buena educación sólo termina cuando el educando consigue tener ante sí un ideal concreto de vida, un referente existente, con el que se pueda establecer una relación personal y verdadera. Para los cristianos este referente vivo y operante, imprescindible, es Jesucristo, ideal absoluto, hombre perfecto y Dios verdadero para nosotros. Por lo cual, pensando y hablando en cristiano, no hay verdadera educación si los padres, con la ayuda de otros educadores, no son capaces de llevar a sus hijos al descubrimiento, la elección y la estima de Jesucristo como modelo y norma viviente de su pensamiento, de sus deseos y de sus acciones.

La verdadera educación sólo se logra por el camino de la trasferencia afectiva y de la imitación amorosa. Por eso si los padres no viven ante sus hijos como cristianos practicantes y consecuentes, no podrán ofrecerles una educación completa y con firmes fundamentos. Las deficiencias de los padres en la práctica sacramental, en la vida moral, en sus relaciones con otras familias cristianas, en una buena información católica, en todo lo que es un clima cristiano dentro de casa, van a provocar debilidades y vacíos que nadie podrá llenar. Es un deber del obispo invitar a los padres jóvenes, más o menos cristianos, a reflexionar sinceramente sobre esta cuestión.

Los padres deben asumir sus responsabilidades

El acierto en la educación es un asunto de primera importancia para el bien de las personas, de la Iglesia y de la sociedad en general. La Iglesia, los sacerdotes, los educadores, tenemos que invitar y animar a los padres cristianos a asumir con plena responsabilidad y fortaleza su papel de primeros e insustituibles educadores de sus hijos, en verdadera humanidad y auténtica vida cristiana. Este debe ser el primer compromiso de una familia cristiana y su mejor aportación a la Iglesia y a la sociedad. Y esta será su mayor alegría. Con la ayuda de Dios y la de todos los que creemos en la paternidad de Dios.

EL OBSERVADOR 461-8

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PANTALLA CHICA
La evasión por televisión
Por Mayela Fernández de Vera / Grupo Inter Mirifica

Muy probablemente, uno de los principales móviles para ver televisión es la evasión de la realidad, ya sea personal, familiar o social. Cuando el hombre quiere olvidarse de quién es y cuáles son sus responsabilidades concretas, puede utilizar este recurso fácil; la tele le brinda un ambiente artificial que puede adormecerlo y hacerlo quedar sujeto a las exigencias del mundo publicitario y de la programación de las televisoras. Como la conciencia y el propio criterio están en desuso, la mente se adapta totalmente a los contenidos de escándalos, amarillismo y morbo, sometiéndose a las demandas del consumismo. El televidente que busca evadirse de su mundo, termina esclavo del mundo ficticio y vacío de la televisión, sobre todo si selecciona programas que fomentan la frivolidad y la ausencia de valores humanos; es uno más de los que ignoran su naturaleza humana y se convierten en borregos, formando parte de la masa.

La evasión es un juego peligroso que se disfraza de ingenuidad. Si el tiempo con el que contamos para ganar el cielo es limitado, vale la pena reflexionar sobre el costo que la evasión representa para nosotros, cuando llenamos nuestros días mirando la televisión.

EL OBSERVADOR 461-9

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A PROPÓSITO DE L'OSSERVATORE... (I)
Nació tras la derrota de las tropas pontificias
Por Alfonso Martínez Gil

Abordo un tema que me resulta ameno, instructivo, y que es de interés general: la historia de L'Osservatore Romano. Los comienzos de este diario, como los de otros en muchos países, fueron tormentosos y difíciles, con tropiezos financieros y políticos. Y lo grandioso de todo esto es que, después de 143 años, la historia de este periódico continúa siendo de actualidad.

El primer número de L'Osservatore, de donde proviene el nombre de nuestro Observador, se publicó el primero de julio de 1861 en la urbe romana. Tomó su nombre del de una hoja privada que se publicaba desde 1849 y estaba financiada por un grupo católico francés.

Su nacimiento está estrechamente vinculado con la derrota bélica sufrida por las tropas pontificias en Castelfidardo, en 1860. Después de este acontecimiento, mientras el poder temporal del Pontífice quedaba muy reducido en su extensión territorial y en toda Europa no parecía existir una potencia dispuesta a defenderlo, gran número de intelectuales católicos comenzaron a llegar a Roma con el firme propósito de ponerse al servicio de Pío IX.

Aquí resulta conveniente hacer un paréntesis que nos permita retroceder en el tiempo para recordar y entender mejor cual era la situación que prevalecía en la Europa de mediados del siglo XIX y, en especial, en Italia y en los Estados Pontificios.

En 1846 ocupa la silla de Pedro el papa Pío IX, de nombre Juan María Mastai Ferreti, en sustitución de Gregorio XVI. Había recibido la ordenación sacerdotal en 1819, pero con dispensa, pues sufría ataques epilépticos y era necesario que otro presbítero lo aistiera en la celebración de la Santa Misa. Se curó del todo y comenzó su carrera diplomática primero como Delegado Apostólico en Chile en 1823. Desempeñó en Italia los obispados de Spoleto y de Imola. En 1840 es cardenal y en 1846, papa.

En su gestión de supremo Pastor se enfrenta a muy graves problemas: la masonería, el comunismo, el socialismo y el filosofismo se camuflaron en bloque para atacar a la Iglesia. Esta agitación religiosa se agravó con el asesinato del primer ministro pontificio, Rossi, y continuó con la rápida fuga del papa disfrazado de simple clérigo a Gaeta.

Acudió a la defensa papal el ejército francés. Pío IX regresó a Roma, pero por poco tiempo, debido a que las tropas galas debieron abandonar la ciudad para atender el conflicto armado con Alemania. Aquí ya no hubo remedio: el colosal despojo de los Estados Pontificios, iniciado por Cavour, continuado por Garibaldi y coronado por Cadorna, llegó a su término en 1870 con la declaración de la república de Italia; todo ello secundado por Víctor Manuel II, rey del Piamonte.

(Continuará)

EL OBSERVADOR 461-10

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ALACENA
Gianna Beretta, una doctora que dijo «no» al aborto de su bebé
Será canonizada el próximo domingo, 16 de mayo

«La tendremos que someter a una intervención quirúrgica, o de lo contrario su vida está en riesgo mortal». Quizá estas fueron las palabras del médico que atendió a Gianna Beretta, una italiana, quien estando enferma de cáncer, decidió seguir adelante con el embarazo de su cuarto hijo antes que someterse a una operación que la pudo haber salvado, a costa de la vida del no nacido. Transcurridos 31 años, el papa Juan Pablo II beatificó el 24 de abril de 1994 a Gianna, convirtiéndola en un símbolo de la defensa de la vida.          Y ahora estamos a sólo una semana de que el vicario de Cristo la declare santa.

¿Quién fue?
Gianna fue la séptima de trece hijos, de una familia de clase media de Lombardía (al norte de Italia), estudió medicina y se especializó en pediatría, profesión que compaginó con su tarea de madre de familia. Quienes la conocían dicen que fue una mujer activa y llena de energía, que conducía su propio vehículo, esquiaba, tocaba el piano y disfrutaba yendo con sus esposo a los conciertos en el conservatorio de Milán.
El marido de Gianna, el ingeniero Pietro Molla, recordó hace algunos años a su esposa como una persona completamente normal, pero con una indiscutible confianza en la Providencia.
El ingeniero Molla atestigua que el último gesto heroico de Gianna fue una consecuencia coherente de una vida gastada día a día en la búsqueda del cumplimiento del plan de Dios. «Cuando se dio cuente de la terrible consecuencia de su gestación y el crecimiento de un gran fibroma -recuerda el esposo de Gianna- su primera reacción, razonada, fue pedir que se salvara el niño que tenía en su seno».

Su oblación
El ingeniero Molla manifestó que «le habían aconsejado una intervención quirúrgica… Esto le habría salvado la vida con toda seguridad. El aborto terapéutica y la extirpación del fibroma, le habrían permitido más adelante tener otros niños». «Gianna eligió la solución que era más arriesgada para ella».
El anciano viudo de la beata señaló que en aquella época era previsible un parto después de una operación que extirpara solo el fibroma, pero ello sería muy peligroso para la madre, «y esto mi esposa como médico lo sabía muy bien».Gianna falleció el 28 de abril de 1962, con 39 años de edad, una semana después de haber dado a luz. «Al buscar entre los recuerdos de Gianna algo para ofrecerle a la priora de las carmelitas descalzas de Milán, recuerda el esposo de la beata Gianna Beretta, encontré en un libro de oraciones una pequeña imagen en la que, al dorso, Gianna había escrito de su puño y letra estas pocas palabras: «Señor, haz que la luz que se ha encendido en mi alma no se apague jamás».
Con ésta y otras anécdotas, combinadas con emotivas reflexiones, Pietro Molla ha revelado perfiles desconocidos de Gianna. Pietro la define con una sola frase: «Mi esposa era una santa normal».
«Jamás creí estar viviendo con una santa. Mi esposa tenía infinita confianza en la Providencia y era una mujer llena de alegría de vivir. Era feliz, amaba a su familia, amaba su profesión de médica, también amaba su casa, la música, la montaña, las flores y todas las cosas bellas que Dios nos ha donado», confiesa mientras sus ojos brillaban de intensa emoción. «Siempre me pareció una mujer completamente normal pero, como me dijo monseñor Carlo Colombo, la santidad no está sólo hecha de signos extraordinarios. Está hecha, sobre todo, de la adhesión cotidiana a los designios inescrutables de Dios», agregó.
Pietro Molla todavía recuerda cuando monseñor Colombo lo llamó para pedirle introducir la causa de beatificación de Gianna. «Mi respuesta positiva fue muy sufrida. Sentimos que teníamos que exponer algo muy nuestro. La historia de mi esposa y su figura de mujer fueron cada vez más conocidas… A nosotros y a la familia de mi esposa nos seguían llegando numerosas cartas de todas partes del mundo. Nos escribían mujeres alemanas y estadounidenses que llamaban a Gianna 'mamá'; que declaraban que en ella encontraban a una amiga y que afirmaban que se dirigían a ella cuando tenían necesidad de ayuda y que la sentían muy cercana…».

La oración que Gianna Beretta escribiera en el reverso de aquella imagen pidiendo que la luz de la gracia no se apagase en ella jamás, se hizo, según su esposo, realidad: «Ahora veo que esta luz, que ha alegrado durante un tiempo lamentablemente brevísimo mi vida y la de mis hijos, se difunde como una bendición sobre quien la conoció y la amó. Sobre quienes le rezan y se encomiendan a su intercesión ante Dios. Y esto me hace revivir, de manera acongojada, el privilegio que el Señor me concedió de compartir con Gianna una parte de mi vida».

Todas las madres
Sobre los sentimientos que lo embargan en lo relativo a que su esposa llegara a la gloria de los altares, dice Pietro Molla :. «Mis sentimientos tienen múltiples matices, de sorpresa, casi de maravilla, de agradecimiento a Dios y de aceptación jubilosa, ciertamente feliz y singular, de este don de la Divina Providencia, que también considero un reconocimiento a todas las innumerables madres desconocidas, heroicas como Gianna, en su amor materno y en su vida».
Los Molla-Beretta sin embargo, esperan que la beatificación, que ha convertido a Gianna en un estandarte vivo de la santidad en la vida familiar moderna y de la defensa de la vida del no nacido, no cambie su vida cristiana cotidiana.
«Espero, dice Pietro, que Gianna pueda descansar en el cementerio de su localidad natal junto a su hija Mariolina y junto a las demás mamás que la llamaban con ternura 'nuestra doctora', junto a las muchas mujeres que Gianna curó y a las cuales dio, con amor, su tiempo y profesionalidad».
«Para mí y para mis hijos, Gianna seguirá siendo algo muy íntimo. Una espléndida esposa, una tiernísima madre. Si alguien tiene que hablar, que hable la Iglesia…».

(Con información de ACI)

EL OBSERVADOR 461-11

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PICADURA LETRÍSTICA
Los terrores por la salud (I)
Por J. Jesús García y García

La salud es la primera de las libertades.
HENRI-FRÉDÉRIC AMIEL

Un terror concerniente a la salud consiste en la hipocondría («afección caracterizada por una gran sensibilidad del sistema nervioso con tristeza habitual y preocupación constante y angustiosa por la salud», que dice la Real Academia Española). Nos sentimos enfermos aunque no lo estemos.

Conectado estrechamente al anterior hasta casi ser el mismo, existe el terror que nos causa el pensar que, al llegar a cierta edad -cuando no durante toda la existencia en casos especiales-, esté uno tan achacoso que no le alcance dinero alguno para comprar los a cada minuto más «carisimísimos» medicamentos y los no menos inasequibles honorarios de algunos caritativos médicos. De allí que el automedicarse no sea una actitud cicatera ni un arbitrario boicoteo a los galenos, sino una inevitable práctica a la que uno ha de recurrir a pesar de sí mismo. Eso o el acudir a los remedios comadreros.

Hace años (tantos que no recuerdo), el humorista Russell Baker publicó su relato «Todas las cosas buenas que mataron al pobre Gumbacher». Lo resumo:

Oficialmente Gumbacher murió de coliosorus gravis, enfermedad más conocida como consunción progresiva, pero en realidad murió aterrado por los esfuerzos combinados de varios miles de campañas nacionales que, teniendo por objeto prolongarle la vida, le causaron mayor número de terrores de los que puede soportar el organismo humano. La víspera de su muerte instaló en su alcoba un nuevo acondicionador de aire, pero a la mañana siguiente leyó en el periódico que, según indicios médicos, el aire trastornaba los «ciclos naturales del cuerpo» y producía un «síndrome respiratorio», similar al asma, que causaba nocivos efectos sobre la actividad de las hormonas y el equilibrio mental. El temor de contraer este padecimiento lo mató en pocos momentos.

Por años las máquinas publicitarias de la organización sanitaria le habían dirigido amedrentadoras amenazas, como la de que cada huevo que comía lo acercaba a la tumba. Dejó de comer grasas y alimentos fritos, porque podían provocarle un fatal ataque al corazón, y comenzó a adelgazar. Pero la sociedad contra el cáncer le advirtió que la pérdida de peso podía ser una de las siete señales con que se anuncia la mortífera enfermedad y volvió a los alimentos fritos (preferible el ataque al corazón que el cáncer), mas no se pudo sacudir el terror de encima.

Cotidianamente la ciencia descubría la letalidad de algo que Gumbacher había usado o consumido toda su vida. Prensa y radio (la televisión era incipiente) lo atormentaban diciéndole que podía caer víctima de diabetes, alcoholismo, enfisema, nefritis y glaucoma, o incluso todas esas cosas al mismo tiempo.

Un día los periódicos le revelaron que las píldoras de sacarina reducen en meses la longevidad media, y añadieron que el respirar el aire de aquella su gran ciudad equivalía a fumarse dos cajetillas de cigarros al día (era lo que fumaba entonces, pero descubría ahora que, con el simple respirar, duplicaba la dosis). Aquello lo llevó a tomarse una semana de descanso. Dormía 10 horas por la noche y comenzaba a sentirse mejor cuando, una mañana, cometió el error de abrir el periódico: «Vinculado el sueño a los ataques del corazón -decía el diario-; a la persona que duerme 10 o más horas por la noche puede estar acercándosele, en pleno sueño, una apoplejía o un ataque al corazón, según estudios hechos a 800 mil personas de ambos sexos».

Gumbacher redujo a seis sus horas de sueño, pero fue inútil. Tenía un trabajo sedentario y se pasaba los ratos de ocio preocupado por su salud. «Tienen cuatro veces más probabilidades de morir de un ataque al corazón los que pasan la mayor parte del tiempo sentados», decía un nuevo encabezado. Durante unos días nadó y tomó el sol. Naturalmente, la sociedad contra el cáncer le informó inmediatamente que la exposición a los rayos solares era una de las causas del cáncer de la piel.

¿Qué podía hacer Gumbacher sino morir? Y al hacerlo aportó una prueba fehaciente de que todo intento de prolongar la vida puede ser fatal.

El terror pánico, tanto a los remedios como a las enfermedades, merece llamarse aprensión («aprensión. escrúpulo, recelo de ponerse alguien en contacto con otra persona o con algo de que le pueda venir contagio, o bien de hacer o decir algo que teme que sea perjudicial o inoportuno // Opinión, figuración, idea infundada o extraña». RAE). La aprensión, en este caso, suele venir aparejada con una aversión a los médicos.

Jean Baptiste Poquelin, «Molière», fue uno de los más sañudos enemigos de los médicos. Bien ridiculizados los dejó en sus comedias El amor médico, El médico a palos, El señor de Pourceaugnac y El enfermo imaginario. Precisamente murió actuando en El enfermo imaginario (por algunos titulada El enfermo de aprensión), terminada apenas la cuarta representación de esa obra (la medicina se cobró venganza en el autor-actor).

Se dice que el único médico que logró granjearse la simpatía de Molière fue cierto doctor Mauvillain, tal vez por estar dotado de espíritu excepcional, y por ello dispuesto a reconocer los límites propios con rara objetividad. Molière lo presentó a Luis XIV y, sin ambages, el rey preguntó: «Y bien, ¿qué hace por vos este señor?» «Bueno, Majestad -respondió Molière-, discutimos los dos; él me prescribe remedios, yo no los tomo y así me curo». Y tal forma de pensar la dejó confirmada en uno de sus parlamentos teatrales: «...casi todos los hombres mueren por los remedios y no de sus enfermedades».

EL OBSERVADOR 461-12

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DILEMAS ÉTICOS
Tener una madre cerca
Por Sergio Ibarra

Los brazos que nos cargaron cuando llegamos a este mundo fueron unos brazos femeninos, los brazos de mamá…esos brazos…esos,

esos que te cobijaron,
esos que te dieron calor,
esos que te dieron atención,
esos que te curaron,
esos que te cuidaron para que sobrevivieras,
esos que te hicieron conocer de ternura,
esos que te enseñaron a ser incansable,
esos que te brindaron alimento, esos que vigilaron tus sueños,
esos que te tomaron para nunca dejarte,
esos que te iluminaron el camino,
esos que llenaron su vida con tu presencia,
esos que te convirtieron en un ser humano,
esos que te asistieron en los momentos duros y de dudas,
esos que te buscaron cuando no querías ver a nadie,
esos que advirtieron peligros,
esos que se dieron cuenta cuando te enamoraste,
esos que supieron de tus decepciones desde antes,
esos que te dieron paz cuando el mundo se venía encima,
esos que te comprendieron y entendieron en tus decisiones,
esos que te acompañaron en tus fracasos e hicieron suyos tus logros,
esos que no exigieron más que volvieras a ellos cuando te fuera posible,
esos que lloraron por ti y contigo,
esos que tuvieron siempre una caricia incondicional,
esos que soñaron por ti,
esos que trabaron por ti,
esos que dejaron todo para ti,

Es en esos brazos, que muchos hemos tenido o tuvimos en nuestra vida, en los que hoy los dilemas éticos están pensando. La manifestación de la mujer en este mundo es una muestra de Dios. Esos brazos son un mensaje claro de que las mujeres son la mitad de Dios, como bien Rembrandt lo pintó en su obra inmortal: «El Regreso del Hijo Pródigo». Donde las manos del padre muestran la fuerza del padre y la ternura de la madre, componente esencial, tan especial, tan lleno de corazón, para darle vida a otras vidas. Esos brazos se movieron con un corazón, el de la madre. Las madres tienen un verdadero oráculo personal, un corazón firme, un corazón al que siguen a lo largo de su vida, capaces de predecir, de anticiparse a los muchos hechos que sus hijos enfrentan, a detectar cuando algo no anda mal, o cuando algo anda demasiado bien. La madre nos enseña a no buscar broncas y conflictos, pero también a salir a su encuentro para vencerlos.

Por esto, y el montón de cosas que seguramente se están omitiendo, tener cerca o haber tenido a una madre cerca en tu vida es un gran dilema; con esos ejemplos, es un privilegio, es un abrazo de Dios el que recibimos; lo mínimo que nos dejan, a cada quien, es el tremendo reto de seguirles. Y claro que les mandamos un abrazo a TODAS y cada una de las madres. Sin ellas, este mundo sería un desastre, así de simple.

EL OBSERVADOR 461-13

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FIN

 
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