El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
16 de mayo de 2004 No.462

SUMARIO

bulletPORTADA - Aumentan los sacerdotes diocesanos, disminuyen los religiosos
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Autoridad perdida
bulletNIÑOS - Amar a María
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - Cristo, Señor del cosmos y de la historia
bullet¿Se vale matar para vivir?
bulletINTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Mis papás tienen problemas
bulletPINCELADAS - Mira que te mira Dios
bulletJÓVENES - Un joven perdona a sus profesores
bullet¡Júrame que eres virgen!
bullet LOS VALORES DE LOS MEXICANOS - El ser humano como materia prima
bulletCULTURA - Escuela: vocación y profesión
bulletLa falacia «Da Vinci»
bulletCOMUNICACIÓN - La televisión mexicana y su estiércol
bulletDEBATE - Los «fracasos» de los métodos naturales, ¿son fracasos?
bulletCOLUMNA ABIERTA - Sí a la paz

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PORTADA
Aumentan los sacerdotes diocesanos, disminuyen los religiosos
Zenit / El Observador
Aumenta el número de los católicos en el mundo pero disminuye ligeramente su porcentaje. Ésta es la conclusión más clara a la que llega la versión del Anuario Estadístico de la Iglesia 2002.

El volumen, preparado por la Oficina Central de Estadística de la Iglesia, y publicado en estos días por la Librería Editora Vaticana, recoge los datos relativos a las fuerzas de la Iglesia en el período comprendido entre los años 1978 -inicio del pontificado de Juan Pablo II- y 2002.

Unos suben, otros bajan

Otra de las conclusiones más claras es la superación de la crisis de sacerdotes diocesanos, pero la confirmación de la crisis de vocaciones religiosas (tanto masculinas como femeninas).

Por lo que atañe al número de fieles católicos, el volumen constata un crecimiento continuo: de 757 millones, en 1978, a mil 070 millones en 2002. Por continentes, el aumento fue del 150.97 por ciento en África; 74.47 por ciento en Asia; 49.55 por ciento en Oceanía; 45.75 por ciento en América; y 5.09 por ciento en Europa.

Sin embargo, este aumento no es tan importante como el aumento demográfico de la población mundial: en 1978 el 17.99 por ciento de los habitantes de la tierra eran católicos; en 1990 el 17.68 por ciento; y en 2002 el 17.20 por ciento.

América sigue siendo la esperanza

Por lo que se refiere a la distribución, la mitad de los católicos del mundo se encuentran en América (49.92 por ciento), el 26.15 por ciento en Europa; el 12.84 por ciento en África; el 10.3 por ciento en Asia; y el 0.78 por ciento en Oceanía.

El número de sacerdotes disminuyó en el mundo entre 1978 y 2002 en 3.78 por ciento: mientras que en 1978 eran 420 mil 971, en 2002 había 405 mil 058.

Si se analizan con más detención los datos, se puede constatar que aumenta en 1.85 por ciento el número de sacerdotes diocesanos -en 1978 eran 262 mil 485, y en el 2002, 267 mil 334-; pero disminuyen los sacerdotes religiosos en 13.10 por ciento -en 1978 eran 158 mil 486, y en 2002, 137 mil 724.

¿Cuántas divisiones tiene la Iglesia?

Los religiosos profesos no sacerdotes disminuyeron en 27.67 por ciento: de 75 mil 802 en 1978 pasaron a 54 mil 828. Las religiosas profesas, que en 1978 eran 990 mil 768, en 2002 eran 782 mil 932, es decir, una disminución de 20.98 por ciento.

Los diáconos permanentes experimentaron un crecimiento del 441.12 por ciento, pues su ministerio fue reintroducido tras el concilio Vaticano II. En 1978 haba 5 mil 562 diáconos permanentes, mientras que en 2002 eran 30 mil 097.

Ha aumentado decididamente el número de candidatos al sacerdocio (estudiantes de filosofía y teología), tanto en centros diocesanos como en religiosos: de 63 mil 882 en 1978 pasaron a 113 mil 199 en 2002 (el 65 por ciento son diocesanos y el 35 por ciento religiosos).

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«Todos somos responsables»: Juan Pablo II

Es por demás urgente, hoy en especial, que se difunda y eche raíces la convicción de que todos los miembros de la Iglesia, sin exclusión alguna , tienen la gracia y la responsabilidad de ocuparse de las vocaciones. La primera responsabilidad corresponde al obispo, coadyuvado por los sacerdotes, pero también ha sido confiada una responsabilidad muy especial a la familia cristiana. La pastoral vocacional y la pastoral familiar se desarrollan al unísono.

(Resumen de Pastores Dabo Vobis, capítulo 4, números 12 y 15)

EL OBSERVADOR 462-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Autoridad perdida
Por Jaime Septién

Hemos visto cómo se pierde, poco a poco, en todos los ámbitos, la noción de autoridad. Los hijos no obedecen a los padres; los padres se burlan de las leyes, los alumnos descreen de los maestros; los fieles fustigan a los sacerdotes y los sacerdotes cuestionan a los obispos. Quizá el único eslabón que permanece sin romperse es la fidelidad de los obispos mexicanos al Papa. Pero una cosa es expresarle fidelidad y otra, muy diferente, es llevar a cabo las obligaciones que emanan de su magisterio.

Desde luego, buena parte de culpa de esto recae en los hijos, en nosotros, los padres, en los políticos, en los alumnos, en los maestros, en los sacerdotes o en los obispos que no hemos entendido bien nuestros deberes. Pero otra parte muy importante de la culpa recae en los medios de comunicación. Lo que vemos a diario en la tele o en el cine son hijos que mandan a sus padres; padres que, para avanzar, transan; alumnos rebeldes pero populares; maestros que abusan de su poder y de la ignorancia; sacerdotes que abandonan su ministerio por unas faldas y obispos que mandan como si fueran príncipes.

Obviamente, con este material en la cabeza justificamos nuestras andanzas y elaboramos una teoría sobre los demás que muy poco tiene que ver con la realidad. Pensamos, pues, que no hay más que hacer sino entrarle a la corriente y hacer con nosotros mismos lo que nosotros queramos. Y ése es el problema: que componemos nuestra vida como un programa de televisión, con un mando a distancia, creyentes que lo único que cuenta es el placer personal, el hacer las cosas «como yo quiera, a la hora que yo quiera y de la manera como a mí se me pegue la gana».

Desde luego, está el sentimiento. Lo hemos puesto hasta arriba de la escala de nuestra «autenticidad». Las películas y las telenovelas nos machacan diciéndonos: «tú has lo que te salga de adentro, lo que te guste, lo que sientas muy profundo en tu corazoncito». Y vamos y lo hacemos así. Que «no me sale» ir a misa, pues no voy. Que mis padres están rucos, pues no obedezco. Que la Iglesia «siento que se quedó en la Edad Media», pues la utilizo para la boda y el velorio. Que el maestro me pide una tarea, pues no lo hago, porque, finalmente, ¿quién es el maestro para andar mandándome a mí». Lo mismo pasa con la autoridad, incluso con la autoridad legítima.

Resultado: el caos. La cohesión social echa pedazos; los diputados y senadores como chivos en cristalería; el Presidente mandando en un país imaginario; los maestros haciendo como que enseñan, los alumnos haciendo como que aprenden; los padres de familia humillados y ofendidos, los sacerdotes desesperados y los obispos tratando de enseñar la doctrina con una sociedad repelente a la doctrina. El país de la simulación. Y conste que no se pide un autoritarismo ni en la política, ni en el aula, la casa o el templo. Se pide una vuelta de tuerca: que comencemos por entender que toda autoridad legítima viene de Dios y que es nuestro deber primero obedecerle. En la obediencia está el principio de la libertad, no al revés (que la libertad es desobedecer), como nos lo enseñan los medios a cada rato.

EL OBSERVADOR 462-2

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NIÑOS
Amar a María

¿Cómo amar a María? ¡Es muy fácil!

Es imposible conocer a María y no quererla. Pero también es verdad que, para querer a una persona y conocerla, hace falta tratar con ella.

No se consigue amar a una persona de un día para otro. Hace falta cultivar ese amor. Pues igual con la Virgen. Si cada día me esfuerzo por tener un detalle con Ella, visitarla, rezar el Rosario, poco a poco me iré acercando a Ella y conseguiré que forme parte de mi vida.

Lo importante no es saber mucho sobre Ella, sino que sea nuestra amiga, nuestra confidente; que sepa que cuenta con nosotros para la salvación del mundo.

Te proponemos que todos los días, al hacer tus oraciones, le digas a María que cuenta contigo y que te ayude a amarla cada día más.

(Adaptado de www.monaguillos.net )

EL OBSERVADOR 462-3

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EL RINCÓN DEL PAPA
Cristo, Señor del cosmos y de la historia

En audiencia general Juan Pablo II meditó el cántico del primer capítulo de la carta de san Pablo a los Colosenses versículos 12 al 20.

«Muchos estudiosos consideran que el himno podría ser la cita de un canto de las Iglesias de Asia Menor, incluido por Pablo en la carta dirigida a la comunidad cristianas de Colosas. El apóstol nunca viajó a este centro de la Frigia, región de la actual Turquía. La Iglesia local había sido fundada por un discípulo originario de aquellas tierras, Epafras.

«En el himno emerge la grandiosa figura de Cristo, Señor del cosmos: 'Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia'; es más, 'todo fue creado por Él y para Él'

«Cristo es también el Señor de la historia de la salvación, que se manifiesta en la Iglesia y se realiza en 'la sangre de su cruz' (v. 20). No sólo el horizonte exterior a nuestra existencia está marcado por la presencia eficaz de Cristo, sino también la realidad más específica de la criatura humana, es decir, la historia. Ésta no está a la merced de fuerzas ciegas e irracionales, sino que, a pesar del pecado y el mal, se rige y está orientada -por obra de Cristo- hacia la plenitud. Por medio de la Cruz de Cristo, toda la realidad está 'reconciliada' con el Padre.

«El himno traza, de este modo, un estupendo cuadro del universo y de la historia, invitándonos a la confianza. No somos una mota de polvo inútil, perdida en un espacio y en un tiempo sin sentido, sino que formamos parte de un proyecto surgido del amor del Padre.

San Juan Crisóstomo subraya el carácter gratuito de Dios, al 'compartir la suerte del pueblo santo en la luz' (v. 12). '¿Por qué la llama suerte?', se pregunta Crisóstomo, y responde: 'Para demostrar que nadie puede conseguir el Reino con sus propias obras. También en este caso, como en la mayoría de las veces, la suerte tiene el sentido de fortuna. Nadie puede tener un comportamiento capaz de merecer el Reino, sino que todo es don del Señor'».

EL OBSERVADOR 462-4

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¿Se vale matar para vivir?
Por Umberto M. Marsich, s.x.

En el mes de diciembre pasado la Cámara de Diputados aprobó, con los votos del PAN, PRI y PVEM, la creación del Instituto Nacional de Medicina Genómica con el objeto de impulsar decididamente la investigación científica que conduzca a la posibilidad de prevenir enfermedades y lograr una mejor calidad de vida. Se trata de un organismo necesario también en nuestro México, que alienta muchas esperanzas de mejor salud y bienestar para muchos.

Sin embargo, en el mismo mes de diciembre todos los diputados habían acordado poner límites jurídicos al mismo organismo, como, por ejemplo, el de no poder experimentar con embriones humanos: «en ningún caso -se expresaba en este candado ético- podrán ser sujetos de investigación las células troncales humanas de embriones vivos o aquellas obtenidas por trasplante nuclear (clonación humana)».

Hasta aquí todo iba muy bien. Sin embargo, por los conflictos desagradables y decepcionantes de los últimos meses entre los partidos y sus principales protagonistas, el día 27 de abril, sorpresivamente y a la luz de falaces e irracionales argumentaciones, los partidos de oposición, del Senado primero y de la Cámara de Diputados sucesivamente, aprobaron una nueva resolución en la que se suprime el párrafo-candado aprobado anteriormente. Con esto se elimina la salvaguarda de la vida, objeto último de la investigación médica y de la dignidad de los embriones humanos, que ahora pasan a ser «material biológico» disponible para todo tipo de experimentación.

¿Los embriones humanos son menos humanos que los legisladores?

Puede ser que, para los señores senadores y diputados, la vida de los embriones sea menos humana que la de ellos; sin embargo, habría que demostrarlo científica y filosóficamente. La teoría más segura hoy, entre científicos y filósofos serios y no ideologizados, es considerar la fecundación como el momento en que inicia la vida humana, a la que, desde luego, habrá que respetar en cualquier etapa sucesiva, trátese de mórula, de cigoto o de feto.

La vida humana y los derechos básicos son valores universalmente reconocidos como «no negociables», aun cuando se trata de embriones sobrantes, o sea, de aquéllos que han sido producidos en probeta y no han podido ser implantados en algún útero de mujer. Lo aberrante, sea de esta técnica de producción humana (FIVET) como del uso liberalizador que se quiere permitir respecto al destino de los embriones, no lo puede quitar ni siquiera una ley. Sería ésta totalmente ilegítima.

El mal moral sigue siendo tal aun cuando una ley civil lo permite, liberalizándolo o legalizándolo como, por ejemplo, en el caso del aborto o de la eutanasia. Una cámara de senadores y de diputados no puede considerarse democrática o moderna porque ha logrado convertir un delito en derecho. Más que de conquista de modernidad se trata de derrota de la razón y la conciencia.

Atacan a los defensores de la vida

Falso, ideológico e irracional es también atacar a quienes defienden los valores básicos de la vida, de la dignidad, del matrimonio y de la familia en cuanto reflejarían creencias opresoras y obsoletas de la Iglesia católica.

La lógica y la razón, sin embargo, nos dan a entender que estos valores, antes de ser asumidos por la Iglesia católica, han pertenecido siempre al patrimonio de la humanidad. No son propiedad eclesial; son propiedad de todo ser humano y lo son desde siempre, exceptuando el presente y a los señores senadores y diputados federales mexicanos.

La Iglesia no es obsoleta

Fomentar el desarrollo de la medicina a través de un mayor conocimiento del genoma humano es, indudablemente, una loable iniciativa. La Iglesia, a pesar de innumerables críticas e incomprensiones, ha sido muy positiva con respecto a los avances científicos en general y médicos en particular. Su inconformidad se ha dado sólo cuando la ciencia y la técnica, en lugar de servir a la vida en el respeto de la dignidad humana, han actuado en su contra.

La Iglesia no es una institución «anticuada» porque se opondría a la ciencia y a la técnica, y tampoco es «obsoleta» porque no modificaría sus criterios morales. Más bien es «antigua». Sus dos mil años de historia, el extraordinario e indiscutible carisma de su Fundador, y la profundidad sustentada de su doctrina ética, la hacen más creíble, sabia y siempre actual.

La otra clonación, prohibida

En la misma semana en la que, por un lado, se han abierto puertas jurídicas a la manipulación y destrucción de la vida humana a través de la clonación, de otro lado han prohibido y castigado la clonación, pero de tarjetas de crédito. En la balanza parece más delito clonar tarjetas de crédito que matar seres humanos. Ironía de la vida.

EL OBSERVADOR 462-5

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INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Mis papás tienen problemas
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA
Mis papás desde desde hace mucho tiempo han tenido problemas, algunas veces muy fuertes (golpes, agresiones verbales, psicológicas, etc) y han estado casi a punto de divorciarse. Los dos tienen un carácter muy fuerte y muchas veces deciden estar juntos pero creo que es por los hijos. Pasa algún tiempo (semanas y, si va bien, meses) pero luego vuelven las broncas. Yo creo que están muy lastimados y que no han sabido perdonarse e iniciar de nuevo.
Y esta situación a mí me duele mucho, pues estoy lejos de casa y a veces me entero, por mí hermana, que mis papás siguen teniendo problemas y graves. Me preocupa que en casa pueda pasar algo muy feo, me preocupan mis hermanos, ya que son ellos los que viven esas situaciones de tensión. Y me duele mucho que mis papás sufran.
Otra cosa que me inquieta es que no me digan que están mal. Pues cuando llamo a casa para saber cómo están me dicen que «bien», que no pasa nada, que todo está normal. Cuando yo escucho por la bocina que se les quiebra la voz, o cuando nada más hablo con uno de ellos, ya sea con mamá o con papá, o cuando mí hermana y mí hermano me dicen que «mis papás se volvieron a pelear», me doy cuenta de que las cosas van mal, y lo peor de todo esque no puedo hacer nada por ellos... nada mas que orar.
Muchas veces me decepciono y pierdo la esperanza de que serán un «buen» matrimonio, aunque yo sé que no existe el matrimonio perfecto. Pero sí el que sabe enfrentar sus problemas y busca soluciones a la luz del Señor Jesús

RESPUESTA
Por qué tus papás no saben enfrentar sus problemas, no lo sé, y tal vez ellos tampoco. Pero no vale la pena que te decepciones por ello. A lo que me refiero es a que necesitas aceptar a tus papás como son. No digo que apruebes su actitud, solamente que, por salud mental, tenemos que aceptar la realidad tal cual es. A partir de esto, puedes hacer algo, pero debes tener bien claro cuales son tus limitaciones. Pídele a Dios lo que dice la oración de la serenidad: «Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar aquellas que puedo; y sabiduría para reconocer la diferencia».

En cuanto a tu familia, lo mejor para tus hermanos sería, es evidente, que tus papás resolvieran sus problemas y que formaran un hogar amoroso y seguro para todos. Pero si no lo quieren o no lo pueden hacer, no es justo que sigan dañando a sus hijos. Si no se separan «por los hijos», lo absurdo es que quedándose juntos sin resolver los problemas, los perjudican más. Ese vivir en tensión, con miedo, en un ambiente violento favorece una larga lista de trastornos emocionales en los hijos, entre los que destacan la drogadicción, la depresión y la codependencia. A veces el mal menor es la separación. Tus papás podrían acudir al tribunal eclesiástico a plantear su problema, esto, claro, en el supuesto de que al menos uno de los dos haya hecho todo lo posible por arreglar las cosas.

Por lo que dices, no puedo saber cuál o cuáles son las causas del problema, ni qué podrían hacer tus papás al respecto. Con afán de resolver los problemas, tus papás deberían acudir a una terapia de pareja. También les ayudaría un encuentro matrimonial. (Serían las dos cosas, no una o la otra). Y, por supuesto, tener un director espiritual. Pero, en todo caso, hacer todo esto es asunto de ellos. Esta parte es difícil, pero necesaria: los hijos necesitan desprenderse emocionalmente de los problemas de sus padres. No deben permitir que los usen en sus pleitos, tienen que zafarse de sus manipulaciones, del intento porque tomen partido o sientan compasión por la «víctima». Deben amarlos, claro, y ayudarlos en la medida de lo posible, pero no cargar con sus vidas y sus responsabilidades. Ojalá tus hermanos pudieran lograr esto aún viviendo con ellos. Es más fácil para ti, que vives lejos, que para ellos, que los ven cada día. A tus hermanos les serviría mucho tener un apoyo externo, que no tiene que ser el mismo para todos. Un sacerdote, un psicólogo, un grupo, algún familiar (tíos, abuelos…) en cuya casa puedan encontrar un ambiente amoroso aunque sea unas horas al día... Tendrían que ver las posibilidades y qué es lo mejor para cada quien. Esto les serviría para ver las cosas desde otra perspectiva y protegerse internamente del daño que reciben en casa. Cada uno de los hijos necesita enfocarse en su propio desarrollo, restaurar su autoestima y tener fortaleza y serenidad. Ustedes, los hijos, pueden y deben desprenderse emocionalmente de los conflictos de sus padres a tal punto que puedan vivir su vida, cumplir con su misión en ésta, ser felices y capaces de amar y ser amados. Por supuesto, el apoyo entre los propios hermanos es importante. Aunque estés lejos, tú puedes hacer mucho por tus hermanos permitiéndoles que expresen lo que les ocurre, ayudándoles a encontrar alternativas y manifestándoles el cariño que les tienes.

La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com
 

EL OBSERVADOR 462-6

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PINCELADAS
Mira que te mira Dios
Por Justo López Melús *

Así decía una copla antigua. Pero no nos mira como un guardia de circulación, a ver si cometemos la más pequeña infracción de tráfico para castigarnos. Nos mira con los ojos benévolos de un padre, para protegernos de los peligros.

Un maestro tenía preferencia por un discípulo, pues superaba a todos en inteligencia y bondad. Esto provocó los celos de los demás. Los sometió a una prueba: «Cada uno de vosotros tome uno de estos pájaros, vaya donde nadie lo vea, lo mata y me lo trae». Todos los discípulos lo hicieron, menos el preferido, que le devolvió el pájaro vivo. «Yo no lo he matado, pues en todas partes a donde he ido Dios me estaba viendo». Entonces los discípulos pidieron perdón.

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 462-7

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JÓVENES
Un joven perdona a sus profesores

Señor, yo perdono a mis profesores e instructores, tanto del pasado como del presente.
Yo perdono a aquéllos que me dieron exámenes y me calificaron injustamente, por esperar mucho de mí.
Por humillarme.
Por insultarme.
Por no elogiarme porque hiciera un trabajo bueno.
Por olvidarse de mí.
Por compararme con hermanos y hermanas mayores.
Por no enseñarme nada.
Por tratarme como a un niño.
Por reírse de mí.
Por no atenderme.
Por mentirme.
Por confundirme.
Señor, yo de verdad los perdono.

Yo también los perdono por no importarles mis problemas.
Por mandarme a la oficina del director.
Por llamarme «niño problema».
Por castigarme injustamente.
Por expulsarme o suspenderme.
Por juzgarme.
Por desaprobarme.
Por acusarme falsamente.
Por maltratarme emocional o moralmente.
Por gritarme o maldecirme.
Yo los perdono en tu nombre, Señor.

Señor, también los perdono por lastimar a mis amigos.
Por enseñar material que es muy difícil de entender.
Por dar mucha tarea.
Por tener favoritismo.
Por ser un mal ejemplo.
Por humillar a mi familia.
Por llamar a mis padres.
Por causar problemas familiares.
Por no respetarme como a una persona.
Por no tratarme como un hermano e hijo de Dios.
Y por llamarme «tonto» o «estúpido».

Yo, Señor, con el corazón en la mano, los perdono hoy y te pido que tengas misericordia con ellos.
Perdónalos, Padre bueno, y ayúdalos a comprender más a los jóvenes.

(Enviado por Rosa María López)

EL OBSERVADOR 462-8

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¡Júrame que eres virgen!
Por Cristina Ferrer

Se cree que los jóvenes son irresponsables, revoltosos, incapaces de comprometerse con grandes ideales. Hoy más que nunca la abstinencia sexual voluntaria es una meta a la que cada día más adolescentes aspiran.

«¡Es que no te lo creo! ¡En pleno siglo 21, todavía sigues virgen! ¡Pero si eso es algo medieval!» La cámara en close up, mostraba el rostro de la chica a punto de romper en llanto. De la manera más auténtica, se atrevió a declarar ante el público del programa de televisión que ella pretendía jugársela por la virginidad antes del matrimonio. ¡Casi se la comen a insultos y descalificaciones los demás asistentes al foro juvenil invitados a reflexionar sobre sexo!

¿De veras es tan extraño en la actualidad encontrar jóvenes que, con plena autonomía, han optado por no entregar su cuerpo antes del matrimonio?

Decidir qué hacer con el propio cuerpo es uno de los derechos que tenemos las personas. A mayor grado de madurez, más posibilidades tenemos de encauzar nuestros instintos básicos hacia nobles ideales. Y preferir no tener relaciones sexuales -¡aunque se tengan ganas!- hasta contar con una relación estable y compartir un proyecto en común, como lo es formar una familia, es una tendencia que en la actualidad está de moda.

Por lo menos así lo aseguran investigaciones en Estados Unidos, en donde chicos y chicas no se avergüenzan de declarar abiertamente que son vírgenes, según publicó recientemente el New York Times. En una encuesta realizada en diversas preparatorias de ese país en 2001, más de la mitad afirmó que aún eran vírgenes. Cifra bastante más alta que la reportada en la década de los '90, en donde sólo 4 de cada diez afirmaban no haber tenido relaciones sexuales.

Por pura necesidad

¿Por qué? Por un lado, la información sobre la posibilidad de contraer alguna enfermedad venérea o de infectarse (ETS) con el virus del SIDA o de embarazarse ha redimensionado el significado de «libertad» sexual.

Ser libre para muchos jóvenes implica hacer todo lo que uno quiera. Pero olvidan que la libertad es la posibilidad que tienen los seres humanos de elegir lo que es mejor para uno. Y si yo sé que una relación sexual puede acabar con mis planes a futuro por un embarazo, o con mi vida -en el caso de desarrollar el síndrome de la inmunodeficiencia autoadquirida, VIH- pues con mayor razón, la decisión de ser casto antes del matrimonio es una de las libres que puedo tomar. Muchas chicas se preocupan por mantener sano su cuerpo. Puro, limpio. Y son capaces de hacer grandes sacrificios y ejercer su fuerza de voluntad, por ejemplo, para no aumentar unos kilitos de más. Con apabullante convicción rechazan refrescos o comida chatarra e ingieren litros de agua con tal de lograr su meta, su ideal. También hay chicos que se levantan más temprano que el resto de sus amigos para correr kilómetros y participar en una maratón. Y no se desvelan, siguiendo una dieta estricta en carbohidratos apoyados por la decisión de llegar hasta el final.

Hace poco, una cadena de donas en el D.F. ofreció a los primeros clientes que llegaran a la inauguración, un paquete de 12 donas. Decenas de muchachos estuvieron dispuestos a pasar la noche haciendo cola para recibir el codiciado premio. Nadie les obligó, pero soportaron el intenso frío del invierno y las incomodidades de dormir en el coche ¡por 12 donas!

Sí, los jóvenes son capaces de grandes sacrificios. ¿Por qué hay quienes piensan que ellos no son capaces de aguantarse las ganas de tener sexo y que la única solución a los embarazos adolescentes y al avance de las ETS es ofrecerles preservativos? ¿Qué no son capaces de abrazar otros ideales? La virginidad y la castidad son valores, pero también, en la actualidad, son el medio más eficaz para probarte a ti mismo de lo que eres capaz.

El sacrificio y el esfuerzo abonan el ideal por el que estás dispuesto a jugártela. Sobre todo, por un ideal que involucra tu proyecto de vida. Puedes escoger entre jugar a la ruleta rusa, creyendo que nada te pasará, y acostarte con quien se te pegue la gana.

Y también tienes el poder de decidir qué es lo que quieres hacer con tu vida y qué hacer con tu cuerpo. Hoy sabemos que una experiencia sexual involucra a toda la persona, cuerpo y espíritu. Sabemos que el lenguaje sexual tiene su propia gramática y que hay que aprender su código poco a poco. Por lo mismo, no basta con ser «astuto» y tener sexo «cuidándote». Es decir, usando algún tipo de preservativo porque se sabe que todos los métodos anticonceptivos fallan...

Hoy, los jóvenes piden a gritos asumir su propia responsabilidad. ¡Qué mejor manera de demostrar de lo que son capaces convenciéndote que eres capaz de hacer lo que te propones y poner de moda entre tus amigos lo sexy que es decir NO al sexo!

Fuente: www.mexicounido.org.mx

EL OBSERVADOR 462-9

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LOS VALORES DE LOS MEXICANOS
El ser humano como materia prima
Por Antonio Maza Pereda

Mientras dormíamos… o más bien, mientras nos tenían dormidos con los escándalos que una y otra vez llenan los medios, el H. Senado de la República se negó a ratificar la prohibición de usar células troncales humanas para la clonación terapéutica. Ahora los diputados deberán modificar la ley en cuestión para que permita esa experimentación. Si a estas alturas, ya se mareó usted con los terminajos, déjeme decirle que yo estoy igual. Vamos a ver si, juntos, podemos darle sentido a ese galimatías.

Las células troncales son obtenidas de un embrión humano de 4 ó 5 días de gestado. O sea, de acuerdo con nuestra Constitución (tan pisoteada, la pobre), esos embriones ya son seres humanos con todos sus derechos. De cada uno de esos seres humanos (me resisto a decirles blastocistos o embriones) se obtienen entre 100 y 150 células troncales. Claro, sin esas células, ese ser humano no puede seguir viviendo. Con las células troncales se pueden formar hasta 220 diferentes tipos de células. A eso es a lo que se llama clonación terapéutica. Estas células pueden ser usadas para curar muy diversas enfermedades, un fin noble sin duda.

Pero, ¿un fin noble justifica medios inhumanos? La más elemental ética nos dice que no. Destruir seres humanos para mejorar la salud de otros seres humanos no es lícito. Sólo olvidando mañosamente que el blastocisto ya es un ser humano se puede justificar su destrucción.

El tema, por supuesto, es importante de por sí; pero creo yo que abre la puerta a asuntos más graves. Si podemos usar a seres humanos de cuatro días de gestados como materia prima para desarrollar terapias, ¿por qué no usar a seres humanos de cualquier edad o sus partes para otras aplicaciones terapéuticas o comerciales?

Un dato muy claro de que unos restos antiguos son ya de seres humanos, es el respeto con que se trata al cuerpo humano cuando muere. Una señal clara de humanidad es el que se sepulten los cuerpos con todo el honor que se merecen. A todos nos repugna el pensar en temas como el canibalismo (salvo casos realmente extremos) o en el uso de partes de seres humanos para usos utilitarios. Todos (espero) rechazamos lo que los nazis hacían con los cuerpos humanos de los muertos en los campos de concentración, usados como materia prima para hacer jabón o botones que hacían mucha falta en la Alemania en guerra. También nos horrorizan los experimentos que hacían los nazis con seres humanos para «hacer avanzar a la ciencia». Si mañana nos dijeran que del hígado humano, por ejemplo, se puede obtener un gran medicamento, sin duda muchos objetaríamos el que se use materia prima humana para salvar a los enfermos. No es casual que haya tantas salvaguardas para evitar el tráfico de órganos humanos y su uso contra la voluntad de la persona que tiene esos órganos.

Hoy, para evitar que México se atrase en la ciencia, nuestro Senado pide que se usen seres humanos, que se les destruya, para generar soluciones médicas. Claro, es más fácil decir que se «extraerán» células de un blastocisto que decir que se destruirá un ser humano, el cual ya no podrá seguir viviendo sin esas células. Evidentemente el Senado, que no resolvió en este período de sesiones los temas que afectan los grandes intereses nacionales, como las reformas fiscal, energética y del Estado, consideró mucho más urgente resolver este tema. ¿No podría haberse analizado más a fondo? ¿No se podría haber puesto a discusión pública el tema? ¿No se podría haber buscado opciones que no implicaran destruir a seres humanos? Ustedes perdonen, pero este desprecio por la vida humana, por el ser humano, verdaderamente me aterra.

EL OBSERVADOR 462-10

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CULTURA
Escuela: vocación y profesión
Por Carlos Díaz

Existen al menos tres profesiones en las cuales coinciden la vocación y la profesión: sacerdocio, medicina y magisterio. Las tres buscan sanar: el cuerpo (medicina), el alma (sacerdocio), el espíritu (magisterio); las tres, pues, tienen algo de rabínicas, incluso de sagradas (heilen: sanar y a la vez salvar). En las tres hay también una dimensión diacónica, servicial. Las tres, en definitiva, son, por todo ello, profesiones de autoridad (auctoritas), si recordamos las raíces etimológicas de este término: augeo (auge), auxi (auxilio), auctum (elevación, conversión en autor), auctoritas (ejercicio de la autoridad).

También en el caso del maestro, a pesar de su menor prestigio social, y de su importancia decreciente, su vocación es la de vivir ayudando a los demás a realizar su proyecto existencial, pese a la dificultad de la tarea y la humana fragilidad. El maestro asume su profesión para hacer que el alumno llegue a ser más (magister) sirviéndole ministerialmente, es decir, autoaminorándose el maestro mismo (minus, ministerio).

Tanto es el valor de estas tres profesiones, que a sacerdocio, medicina y magisterio le han salido reactiva y continuamente impugnadores. Como reacción frente al poder que confieren estas profesiones, a veces ejercidas pésimamente, han alzado su voz el anticlericalismo, el antimedicinalismo y el antimagisterio, las cuales voces sin embargo no son más que formas de homenaje y reconocimiento a la importancia de aquello que impugnan.

El poder del magisterio sigue existiendo, pero ahora sólo en una élite de docentes universitarios cosmopolitas, grandes popes, animales prestigiosos, los cuales reunen tres características: primero, publican en inglés, la lengua del imperio; después, trabajan inter campus, es decir, exportándose informáticamente a todos los centros neurálgicos de las mejores universidades (videoconferencias interactivas en tiempo real, etc), haciendo omnipresente su publicitado mensaje, contra el que no cabe competir por los medios clásicos del libro y de la enseñanza cara a cara; finalmente, aplican sus saberes a las necesidades del Imperio mismo que así les entroniza y tecnotroniza, pues los expertos oficiales han de estar concertados con los programas institucionales a los que sirven de legitimación teórica.

Normalmente, estos hiperintelectuales o megaprofesores abandonan a los alumnos de los primeros cursos, y solamente ejercen un magisterio selectivo y mínimo. Los expertos de los refinados cuerpos de conocimiento reclaman un estatus no sólo de especialistas en tal o en cual sector, sino con frecuencia jurisdicción absoluta sobre la totalidad del sector en cuestión: pontifican sobre lo divino y lo humano; salen en la red, luego existen. Tienden, por ello, a considerarse expertos universales sobre un plano de gran abstracción, pues cuanto más abstractas resultan las legitimaciones, menos posibilidad existe de que se modifiquen según las cambiantes exigencias pragmáticas. Son «intelectuales bonitos», áulicos, palatinos, grandes catedráticos, tolerantes con todo aquello que a su vez les tolera el Imperio, al que ellos ponen altavoz. Estos «cuerpos de especialistas» presiden la provisión de cargos, la distribución de becas, las fundaciones, los premios, el ranking de las profesiones, la publicación de lo culturalmente correcto, el poder de decir lo que vige y rige, e incluso de lo que ha de venir en el futuro, y todo ello indefectiblemente al servicio de lo económicamente correcto, que en última instancia paga para eso. Y andan rodeados por una corte de aduladores, que a su vez habrá de repetir con pedísecua habilidad los mismísimos arcanos que sus maestros para alcanzar su estatus el día de mañana.

Pero su pretendida ciencia pura no está por encima del capitalismo que les nutre, ni fuera de las universidades en que se enclasan, ni más allá del poder que les tienta, aunque sí, desde luego, dentro del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, de los que, próximos o remotos, son sus satélites. Estos consejeros, redactores y turiferarios del Imperio elaboran todo tipo de directrices sobre la vida y costumbres de los demás. Ahora bien, estos voceros de su amo a su vez son la voz de los periodistas, de las televisiones, e incluso de los aparatos ideológicos del Estado. Y así, de arriba abajo, su influencia llega hasta la más modesta escuela primaria y hasta el más humilde hogar, cuya televisión repite las campanadas primeras. Resulta casi imposible luchar contra esta pirámide de sacrificios.

Nada más lejos de este monopolio «educativo» que la búsqueda del principio de beneficencia, que consiste en trabajar no sólo para cubrir un horario con el que ganarse la vida, sino para hacer el bien (bene facere), a veces sin demasiado beneficio crematístico. Para su propio infortunio, esas gentes jamás podrán imaginar la felicidad que gratuitamente se agrega a aquel cuya vida está regida por el principio de beneficencia. Sin embargo, en lugar del principio de beneficencia se instaura el principio de maleficiencia: yo hago un club de ajedrez para enseñar este juego, pero termino utilizándolo para captar amigos de buenas posiciones sociales. No pocas instituciones docentes, médicas y sacerdotales nacieron con la vocación de servicio a los pobres y han terminado siendo clubs de élites burguesas. Ojo con esto, porque si una generación no se da cuenta de lo que hace, la siguiente sabrá lo que no va a poder hacer ya.

Del principio de maleficiencia se deriva el de la presencia de bienes meramente extrínsecos. Muchas veces nuestras instituciones están montadas sobre bienes extrínsecos: publicidad, eficacia, buen nombre, funcionalidad, que implacablemente van ahogando cada vez más el proyecto original, hasta que al fin lo pervierten. También aquí la tarea es la de reganar para la institución bienes intrínsecos conforme al ideario, un ideario que sea de verdad realizado, ya que, si el ideario no se realiza, no tiene ya otra salida que no sea la de metamorfosearse en bestiario hipócrita.

EL OBSERVADOR 462-11

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La falacia «Da Vinci»
Entrevista con la escritora Amy Welborn
Primero fue El Código Da Vinci. Ahora viene Decodificando a Da Vinci («De-coding Da Vinci»). Éste último, de la escritora católica estadounidense Amy Welborn, apunta a desenmascarar los errores de la novela de Dan Brown.

«El Código Da Vinci», ¿no es más que una novela de ficción? ¿Por qué piensa que es importante escribir un libro así? «El Código Da Vinci» es, ciertamente, una obra de ficción. Pero, dentro del marco de esta novela, el autor, Dan Brown presenta muchas afirmaciones sobre la historia, la religión y el arte. Las presenta como verdad, no como parte de su mundo de ficción. Por ejemplo, que los primeros cristianos no creían que Jesús fuera divino, y que Jesús y María Magdalena estaban casados. Coloca estas afirmaciones en boca de los personajes eruditos, y las enmarca con frases como «dicen los historiadores» o «consideran los estudiosos». Además, Dan Brown ha afirmado repetidamente en entrevistas que lo que hace en su libro es presentar una «historia perdida» hasta ahora para los lectores. Esto ha dejado intranquilos a algunos lectores, y requiere una respuesta.

¿Qué es lo que más ha intranquilizado a la gente, como usted dice? El libro se basa en un Jesús profesor mortal de sabiduría, que intentaba reintroducir la noción del «sagrado femenino» en la conciencia y experiencia humanas. Tuvo seguidores y se casó con María Magdalena, que es considerada la líder de este movimiento. A esto se opuso otro partido -el «partido de Pedro»- que trabajó para suprimir la verdad, que se logró en última instancia con las acciones del emperador Constantino que «divinizó» a Jesús en el concilio de Nicea en el 325.
Es esta sugerencia de que la Iglesia se ha empeñado en una ocultación destructiva de la verdad lo que ha intranquilizado a los lectores, así como la idea de que Jesús no fue considerado divino por sus primeros seguidores.

¿Cómo responde usted a estas afirmaciones en su libro? Lo primero que hago es precisar las contradicciones inherentes a estas declaraciones. Por ejemplo, Brown dice que el «partido de Pedro» se opuso a María Magdalena y la demonizó. Pues bien, en los primeros siglos en que esto estaba supuestamente ocurriendo tenemos muchos ejemplos de Padres de la Iglesia que sostenían que María Magdalena recibiera una alabanza particular. María Magdalena es honrada como santa en el catolicismo y en la ortodoxia. ¿Cómo es que se la demonizó?
Los lectores necesitan entender que las fuentes de las que depende Brown son, sobre todo, escritos gnósticos que datan de finales del primer siglo como muy pronto, y con toda probabilidad de mucho más tarde. Ignora completamente los escritos del Nuevo Testamento, que incluso los eruditos más escépticos datan del primer siglo, al igual que el testimonio de los Padres Griegos y Latinos, así como la evidencia litúrgica de estos tres primeros siglos. Así, no hay razón para considerar como algo serio nada de lo que Brown afirma de los orígenes cristianos.

¿Son defendibles las afirmaciones que hace Brown sobre la obra artística de Leonardo? En absoluto. Son evidentes sus errores, iniciando con el nombre mismo del artista. Brown se presenta a sí mismo como una especie de devoto y experto en historia del arte. Pero se refiere constantemente al artista en cuestión como «Da Vinci», como si éste fuera su nombre. No lo es. Es el indicativo de su ciudad natal. Uno que proclama ser experto en arte y se refiere al artista como «Da Vinci» es tan creíble como una persona que proclame ser historiador de la Iglesia refiriéndose a Jesús como «de Nazaret».

¿Es «El Código Da Vinci» anticatólico?Lo es en este sentido: Dan Brown considera culpable al catolicismo por supuestos crímenes que, si fuera consecuente, harían culpable a todo el cristianismo. Después de todo no es únicamente el catolicismo el que cree que Jesús es divino.

(Resumido de Zenit)

EL OBSERVADOR 462-12

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COMUNICACIÓN
La televisión mexicana y su estiércol
Por Mayela Fernández de Vera / Grupo Inter Mirifica

Uno de los «avances o logros» que ha tenido la televisión mexicana es la difusión del lenguaje vulgar y obsceno. Adal Ramones tuvo una influencia muy negativa en la apertura de este lenguaje en la televisión porque su programa surgió como escuela de muchos y como refrendo del vocabulario de otros. En este momento la persona más popular es la que se atreve a ser más irreverente con el público, por lo que parece que conducirse correctamente y hablar del mismo modo no tuviera sentido.

La mayoría de los comunicólogos sueñan con aparecer en una pantalla de televisión o conducir un programa de radio; con la forma en que se está mercadeando la vulgaridad, será mejor que no se esfuercen en conocer las reglas del lenguaje ni la ética profesional ni el respeto al público que les escucha. Para tener un programa, vender y tener satisfechos a sus jefes bastará con ser lo suficientemente prosaicos como para escandalizar, y vaciar a todas las familias que lo vean o lo escuchen, una tonelada de estiércol verbal, que es lo que hacen en los programas actuales que no merecen la pena ni nombrarse.

Verdaderamente la televisión abierta mexicana tiene una pobreza indignante: el dominio de la basura sobre el intelecto de millones de mexicanos que parecen decir: «Entre usted, señor, a llenarme la casa de fango».

EL OBSERVADOR 462-13

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DEBATE
Los «fracasos» de los métodos naturales, ¿son fracasos?
Por P. Fernando Pascual

Para muchos, los métodos naturales de regulación de la natalidad «no funcionan». Incluso en algunos libros o revistas estos métodos son presentados como poco eficaces, pues un elevado número de parejas que optan por algunos de estos sistemas (el método Billings, el método sintotérmico, etc.) tarde o temprano (a veces más temprano que tarde) se encuentran con la sorpresa de un hijo no esperado...

Toca a los médicos juzgar sobre la «eficacia» real de los métodos naturales, aunque hay estudios que hablan de un elevado nivel de seguridad de algunos de esos métodos. Hay que reconocer, sin embargo, que en el método natural para regular la propia fertilidad la pareja parte de una actitud mental de respeto y de apertura ante la posibilidad de una nueva vida. Además, muchas parejas, en el conocimiento de su fertilidad, aceptan, en un momento determinado, tener relaciones sexuales completas cuando es posible un embarazo, lo cual no es un fracaso del método, sino, simplemente, un gesto de amor más consciente de la relación profunda que existe entre vida sexual y procreación humana.

Otras veces, sin embargo, la pareja intenta, con la ayuda de métodos naturales, no tener hijos por motivos más o menos correctos. Puede ocurrir, sin embargo, que por alguna causa no prevista, o por error en el uso del método, se produzca la «sorpresa» de un hijo. Sin embargo, tal hijo era «previsible», formaba parte del horizonte que es propio del haber aceptado un método natural, aunque en principio se creía que no iba a producirse una concepción.

En otras palabras: un hijo concebido fuera de lo previsto no ha de ser considerado como un fracaso del método natural. Usar un método natural implica asumir una actitud de apertura a la vida, un espíritu de acogida de un posible hijo como parte de la expresión del amor mutuo y del respeto a la riqueza de cada uno de los esposos.

Aquí radica la diferencia más profunda entre un uso correcto de los métodos naturales (puede darse un uso egoísta y, por lo tanto, inmoral) y el uso de los métodos anticonceptivos.

En el método natural los esposos se respetan en su riqueza e integridad. El marido escucha y dialoga con la esposa para ver si conviene o no conviene tener relaciones sexuales cuando está cercana la ovulación. Este diálogo enriquece a la pareja. Permite a los esposos descubrirse y aceptarse de un modo profundo, serio, responsable, con el horizonte abierto a una posible nueva vida quizá ahora no esperada, pero no por ello excluida de modo sistemático, firme, casi impositivo. Todo ello implica una gran generosidad y un fuerte amor, generosidad que muchas veces puede ser el resultado de una profunda vida de fe y de oración, para quienes son cristianos: Dios no puede dejar de apoyar, de mil modos, a aquellos esposos que viven su amor dentro del hermoso proyecto de Dios sobre la sexualidad humana.

En los métodos anticonceptivos, en cambio, se excluye a través de métodos mecánicos o químicos la llegada de una vida que no es ni esperada ni deseada. Este deseo de excluir un posible hijo implica rechazar la fecundidad del esposo (por ejemplo, usando el condón masculino o femenino) o de la esposa (con diversas píldoras anticonceptivas, la espiral, dispositivos subcutáneos, etc.). El espacio para el diálogo de la pareja, en lo que se refiere a su vida más íntima, queda empobrecido, pues los esposos creen que cualquier relación ha sido modificada y «hecha» infecunda (así sea realizable siempre sin «riesgos») precisamente porque se ha intervenido para dañar o mermar la fecundidad propia de uno de los esposos (o de los dos al mismo tiempo).

Conviene añadir, además, que en algunos métodos mal llamados anticonceptivos se da también un efecto interceptivo o antigestativo. En estos casos, si las técnicas han fracasado en su fin anticonceptivo y se ha producido una concepción por sorpresa, algunas de esas técnicas producen una serie de efectos que impiden que el embrión pueda anidar en el útero o, incluso, si ya ha anidado, fuerzan su desprendimiento y su muerte por culpa de los mecanismos abortivos de esas técnicas. Esta eficacia, repetimos, no es anticonceptiva, sino abortiva, con lo que esto implica de injusticia hacia esa nueva vida privada de su desarrollo natural.

El que llegue un hijo no esperado no es un fracaso de los métodos naturales, sino, en cierta forma, un «éxito» de los mismos. Nunca un niño puede ser considerado como fruto de un error, como un fracaso o una derrota en la vida de una pareja que se respeta y que se ama profundamente. Si, además, los esposos tienen fe cristiana, verán en ese nuevo hijo o hija una invitación de Dios a crecer en el amor hacia el prójimo más prójimo que nadie puede encontrar en el camino de su vida: cada uno de sus hijos.

Por lo tanto, el hijo que nace gracias al respeto de la fecundidad de la pareja que es propio de los métodos naturales inicia su existencia en el contexto de un amor maduro y generoso; un amor que permite a los esposos vivir su mutua donación en el máximo respeto de sí mismos y en la apertura a ese posible hijo que pueda nacer como resultado de esa fecundidad que acompaña a quienes confían en Dios y viven, con esperanza, su vida matrimonial con una entrega absoluta y sincera.

EL OBSERVADOR 462-14

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COLUMNA ABIERTA
Sí a la paz
Por Walter Turnbull

Caminando por el centro, me encuentro con un auto que exhibe en sus ventanillas dos -al menos- letreros que, con letras sencillas y claras pregonan «SÍ A LA PAZ».

Hermosa declaración. Creo que en eso casi todos -desgraciadamente hay gente a la que la guerra le gusta o la beneficia- estamos de acuerdo. «La paz -dice Juan Pablo II en un Ángelus reciente- es el don por excelencia de Cristo crucificado y resucitado, fruto de la victoria de su amor sobre el pecado y la muerte...».

Todo el mundo pide la paz. Las miss universo prometen trabajar por la paz; los deportistas, en las olimpiadas, ofrecen contribuir a la paz; los rockeros y los bohemios, en sus canciones, piden la paz; los medios de comunicación, igual; los hi-ppies predicaban amor y paz, y los gobernantes no digamos.

A todos les preocupa la guerra en Afganistán, en Iraq, en África, en Medio Oriente, en la antigua Yugoslavia, en Colombia y en Chiapas. Grandes conflictos en lugares lejanos. La culpa la tienen Bush, Bin Laden, Hussein, los terroristas, los fundamentalistas, los guerrilleros, los explotadores, Fox... grandes personajes en sitios inalcanzables. No hay nada que podamos hacer, más que quejarnos de la guerra y apoyar la paz.

Y mientras protestamos por la guerra en Medio Oriente, hacemos la guerra en medio de nuestra comunidad:

* El padre intolerante que critica al dictador hace la guerra al hijo, y el hijo irreflexivo que critica al terrorista practica el terrorismo en su casa.
* El bohemio infiel y el esposo fastidioso que critican al tirano que hace infeliz a su pueblo, traicionan y hacen infeliz a la esposa.
* El periodista que se escandaliza por la guerra tiene guerra declarada contra todo el que pueda servirle de blanco.
* El aventurero enamorado que se duele por la desgracia de las mujeres en zonas de guerra destroza la vida de la novia incauta.
* La mujer liberada que se indigna por las matanzas asesina a su hijo.
* El conductor prepotente usa su auto como un tanque de guerra y amenaza la vida de todos los de alrededor.
* El muchacho alivianado que desaprueba la invasión de Iraq, invade las casas de sus vecinos con su música insoportable.

Y la lista puede seguir interminable: guerra entre compañeros de escuela, guerra entre comerciantes, guerra entre hermanos, guerra entre partidos políticos y entre partidarios del mismo partido, guerra contra el derechohabiente, guerra contra el moralista, contra el anciano, contra el alumno, contra el maestro, contra el niño por nacer...

La paz del mundo se construye con la paz entre los hombres. Los grandes protagonistas de grandes conflictos son hombres como nosotros que crecieron en un ambiente de guerra. Todos podemos construir la paz desde nuestro ambiente y con nuestras capacidades.

Dice más adelante Juan Pablo II en el mensaje del Angelus: «El Señor nos envía también a nosotros a llevar a todos su paz, fundada en el perdón y la remisión de los pecados».

El perdón de cada uno, el respeto, la misericordia, la generosidad, la santidad de cada uno puede repercutir en el ambiente y extenderse a la familia, al barrio, a la ciudad, al mundo.

Es un buen principio que todos digamos: SÍ A LA PAZ. Me pregunto si todos estamos trabajando por ella donde Dios nos ha puesto.

EL OBSERVADOR 462-15

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FIN

 
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