El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
20 de junio 2004 No.467

SUMARIO

bulletPORTADA - Carta de la Paz dirigida a la ONU
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - La reforma de la verdad
bulletFAMILIA - En el origen del apego está el miedo
bulletPINCELADAS - Gente «a rayas»
bulletDOCUMENTACIÓN - Anuncio del «Año de la Eucaristía»
bulletJÓVENES - La «magia» entre los jóvenes y el Papa ha vuelto a funcionar en Suiza
bulletNUESTRO PAÍS - Una interminable campaña electoral desgasta a México, constatan obispos
bulletCULTURA - El fracaso de lo verdadero
bulletNo son para las hienas
bulletPANTALLA CHICA -Ataquemos la raíz
bulletPICADURA LETRÍSTICA - La mentira y Fidel Castro
bulletEl objetivo de las sectas satánicas es eliminar a Dios de la sociedad
bulletEl diablo sí existe y opera en nuestra sociedad
bulletCONTEXTO ECLESIAL - Nuestros sacerdotes

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Carta de la Paz dirigida a la ONU
«Sin resentimientos, desde la libertad, las evidencias y la amistad, puede construirse la paz»
Publicamos la Carta de la Paz dirigida a la ONU en 1993, escrita por personas con inquietud por la paz y dirigida a aquellos que tengan sensibilidad por la paz y quieran trabajar por ella. Se ha difundido en más de 80 países. Ante los difíciles momentos por los que atraviesa nuestro país y el mundo entero, El Observador la propone a sus lectores en un ejercicio de cristianismo y cultura católica, tan necesario para superar los resentimientos históricos.


La mayoría de las personas desean en lo más profundo de su ser, la paz. Sin embargo, son patentes las trágicas y continuas quiebras de la paz entre los distintos pueblos del mundo. No es fácil la tarea de buscar soluciones adecuadas para alcanzarla. Muchos son los obstáculos.

Esta Carta desea indicar algunos principios que puedan ayudar a superar estos obstáculos y, a la vez, ofrecer unos fundamentos sobre los que construir más sólidamente la paz.

I.- Los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la historia, por la sencilla razón de que no existíamos.

II.- ¿Por qué, pues, debemos tener y alimentar resentimientos unos contra otros si no tenemos ninguna responsabilidad de lo acontecido en la historia?

III.- Eliminados estos absurdos resentimientos, ¿por qué no ser amigos y así poder trabajar juntos para construir globalmente un mundo más solidario y gratificante para nuestros hijos y nosotros mismos?

IV.- Es fructuoso conocer la historia lo más posible. Pero vemos que no podemos volverla hacia atrás. Vemos, también, que si la historia hubiera sido distinta -mejor o peor-, el devenir habría sido diferente. Se habrían producido a lo largo de los tiempos otros encuentros, otros enlaces; habrían nacido otras personas, nosotros no. Ninguno de los que hoy tenemos el tesoro de existir, existiríamos. Esto no quiere insinuar, en absoluto, que los males desencadenados por nuestros antepasados no fueran realmente males. Los censuramos, repudiamos y no hemos de querer repetirlos.
La sorpresa de existir facilitará que los presentes nos esforcemos con alegría para arreglar las consecuencias actuales de los males anteriores a nosotros.

V.- Los seres humanos, por el mero hecho de existir (pudiendo no haber existido), tenemos una relación fundamental: ser hermanos en la existencia. Si no existiéramos, no podríamos siquiera ser hermanos consanguíneos de nadie. Percibir esta fraternidad primordial en la existencia nos hará más fácilmente solidarios al abrirnos a la sociedad.

VI.- Al organizar en la actualidad las nuevas estructuras sociales que se consideran oportunas para construir una sociedad más firme y en paz, es peligroso, muchas veces, basarlas sobre otras estructuras antiguas, aunque en su momento las vieran convenientes. Es más sólido fundamentar las nuevas estructuras sobre unidades geográficas humanas. Sin embargo, evitando el riesgo de que éstas se encierren en sí mismas, ya que ello desemboca, casi siempre, en desavenencias de toda índole y hasta en guerras.

VII.- El ser humano es libre, inteligente y capaz de amar. El amor no se puede obligar ni imponer, tampoco puede existir a ciegas sino con lucidez. Surge libre y claramente o no es auténtico. Siempre que coartemos la libertad de alguien o le privemos de la sabiduría, estaremos impidiendo que esta persona pueda amarnos. Por consiguiente, defender, favorecer, desarrollar la genuina libertad de los individuos -que entraña en sí misma una dimensión social corresponsable- así como su sabiduría, es propiciar el aprecio cordial entre las personas y, por tanto, poder edificar mejor la paz.

VIII.- Los representantes actuales de las instituciones que han perdurado en la historia no son responsables de lo sucedido en el pasado, pues ellos no existían. Sin embargo, para favorecer la paz, esos representantes han de lamentar públicamente, cuando sea prudente, los males e injusticias que se cometieron por parte de esas instituciones a lo largo de la historia. Asimismo, han de resarcir en lo posible, institucionalmente, los daños ocasionados.

IX.- Los progenitores son responsables de haber dado la existencia a otros seres.Por tanto, con la colaboración solidaria de la sociedad, tienen que propiciar, hasta la muerte de sus hijos (en especial los discapacitados psíquicos o los de voluntad débil), los medios y apoyos suficientes -principalmente dejarles en herencia un mundo más en paz- para que éstos desarrollen su vida con dignidad humana, ya que no han pedido existir.
Por otra parte, los jóvenes tienen derecho a ser motivados y entusiasmados en la alegría de existir, por el ejemplo de sus padres, familia y la sociedad. Igualmente, para trabajar ahondando en las técnicas y ciencias, a fin de ellos poder, a su vez, colaborar para conseguir un mundo más en paz. Asimismo, es evidente que no se podrá construir la paz global mientras en el seno de la sociedad e incluso dentro de las familias exista menosprecio hacia más de la mitad de sus integrantes: mujeres, niños, ancianos y grupos marginados. Por el contrario, favorecerá llegar a la paz el reco-nocimiento y respeto de la dignidad y derechos de todos ellos.

X.- Un creciente número de países reconocen ya en la actualidad que todos tenemos el derecho a pensar, expresarnos y agruparnos libremente, respetando siempre la dignidad y los derechos de los demás. Pero, igualmente, cada ser humano tiene el derecho a vivir su vida en este mundo de modo coherente con aquello que sinceramente piensa. Las democracias, pues, han de dar un salto cualitativo para defender y propiciar, también, que toda persona pueda vivir de acuerdo con su conciencia sin atentar nunca, por supuesto, a la libertad de nadie ni provocar daños a los demás ni a uno mismo. Sin resentimientos, desde la libertad, las evidencias y la amistad, puede construirse la paz.
Gracias, amigos y amigas...

EL OBSERVADOR 467-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
La reforma de la verdad
Por Jaime Septién

Cuando escuchamos que en México los números de la economía son fuertes, pero que dependen demasiado de los números de Estados Unidos, la tristeza nos invade: ¿por qué, si tanto nos llenamos la boca de ser un país soberano, somos -hasta en los frijoles- tan insuficientes?

El vecino del norte hace su tarea. Con métodos bastante discutibles, pero, a la hora de ponerse de acuerdo, trabajan en armonía y orden, y sacan adelante las acciones que el momento les reclama. Nosotros, no. Aquí estamos privilegiando, en la política y en la vida de la ciudad, la imposición autoritaria de «mi» verdad, a costa de «la» verdad.

La reconciliación, el acuerdo, el diálogo para echar a andar un país que se encuentra varado, es reclamo de todos los mexicanos de a pie. Vemos con recelo cómo unos cuantos «servidores públicos» no quieren ponerse a trabajar al mismo tiempo. Sin embargo, se nos olvida que todos somos políticos y, por lo tanto, podemos ponernos de acuerdo y hacer lo que ellos no hacen: comenzar la reconciliación y el acuerdo: hablar con la verdad.

Cierto pensador chino -Chuang-Tse-, preguntado por sus alumnos cuál sería la primera de las reformas si en sus manos estuviera llevar a cabo alguna para desterrar la miseria y el hambre de su territorio, no dudó en contestar: «la reforma del lenguaje». Y es cierto: si las palabras las usamos para hacerle daño a otro; si no tenemos pudor frente a la mentira; si basamos el éxito en el engaño, ¿cómo vamos a poder ponernos de acuerdo? La mentira no sólo corrompe el lenguaje, también la vida en común para la que estamos hechos.

México está metido, desde hace décadas, en un problema de verdades a medias, estadísticas y opiniones. Verdades a medias que son mentiras completas; estadísticas que muestran, tan sólo, la postura temporal de una dudosa mayoría (o la ignorancia de una monstruosa mayoría) y opiniones que no pasan de ser eso, opiniones. Por lo demás, la culpa no recae sólo en los dirigentes. Tampoco nosotros sabemos muy bien ponernos de acuerdo en la casa, en la escuela, en el trabajo o en la asociación, incluso cuando ésta se dedica a fines altruistas. Comenzar por ahí, por educarnos en el sacrificio de ceder y concordar; de unir fuerzas y emparejar visiones a largo plazo. Comenzar por la educación primaria en el respeto al otro. Comenzar por descubrir que siempre hay algo más importante que el orgullo egoísta para que nuestra comunidad mejore. Quizá nuestro testimonio mueva a las autoridades a dar un paso adelante, un paso diferente, para dejar el horroroso lugar desde el que operan ahora.

EL OBSERVADOR 467-2

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FAMILIA
En el origen del apego está el miedo
Por Yusi Cervantes Leyzaola

En el origen del apego está el miedo, y el miedo, además, alimenta y hace permanecer al apego.

El miedo es una emoción necesaria. Nos permite darnos cuenta de que existen los peligros y defendernos de ellos. Podemos huir o luchar, pero con frecuencia el miedo nos paraliza. Como seres racionales que somos, también podemos experimentar un miedo anticipado, prevenir el peligro y protegernos de él. Cuando los mecanismos del miedo están alterados, podemos sentir un miedo desproporcionadamente grande respecto al peligro real; o, por el contrario, no sentirlo en absoluto y volvernos temerarios. Un conductor que maneja un automóvil en una autopista tranquila a no más de 110 Km. por hora y se siente asustado por ello, probablemente está sintiendo un miedo excesivo; pero ese otro que va a 180 Km. por hora, y se siente muy tranquilo, no está experimentando el miedo necesario para proteger su vida y la de las personas con quienes se cruza en el camino.

El miedo más grande, me parece, es el de no ser amado. Se trata, en su origen, de un asunto de vida o muerte, y así es como puede quedar en nuestra fantasía inconsciente. ¿Cómo surge este miedo? Un bebé, cuando nace, necesita ser amado. Depende por completo de sus padres. El tener su amor es un asunto de vida o muerte, porque si no lo tuviera en lo absoluto, literalmente, moriría. De modo que cualquier amenaza de no tener ese amor le provoca un miedo profundo. El niño necesita ser amado, de modo que decide que tiene que hacer algo para lograr ese amor. Desde esa corta edad llega a la creencia equivocada de que el amor hay que merecerlo y de que es necesario portarse bien, ser niño bueno para obtener la atención y la aprobación de los padres. Este es el campo propicio para que se desarrollen los apegos no sanos.

Es necesario que los niños están apegados a sus padres, es parte de su proceso de crecimiento. Un apego no sano, por el contrario, es el de una persona adulta que ha sido incapaz de desarrollar plenamente su individuación y crea dependencias emocionales respecto a otras personas, objetos o circunstancias.

En un proceso normal, o más bien, ideal de crecimiento, el bebé nace, y lee en la mirada de los padres que es bienvenido, que su presencia en el mundo les provoca una gran dicha, que lo consideran un regalo, un don del cielo. El bebé se siente seguro. El mundo es buen lugar para vivir. Él es una persona adecuada, tiene derecho a estar aquí. Si el bebé entra, tal vez en brazos de su madre, en una habitación donde se encuentran familiares y amigos, la habitación se ilumina, hay sonrisas, alguien se levanta y acaricia al bebé, le hace gracias... ¿Qué hizo el bebé para lograr esto, para merecer estas muestras de alegría y cariño? Nada, sencillamente existir. Para cuando el niño cumple dos años está tan seguro de que es amado y de que el mundo es un lugar seguro para vivir, que puede arriesgarse a ser cada vez más autónomo. Puede pararse frente a un hombre cinco veces más grande que él, y de quien depende para vivir, y con todo, decirle: «¡no quiero!», puede hacer un berrinche fenomenal y sabe que los padres siguen ahí, con su amor inalterable. A los cinco años puede explorar y experimentar; sus padres son respetuosos de su creciente ejercicio de la libertad, y el niño se siente seguro y protegido por los límites que ellos le marcan. En la edad escolar el niño descubre, día con día, sus capacidades y talentos, desarrolla su responsabilidad y continúa en su camino hacia la independencia. Sabe que sus padres se alegrarán con él por sus logros, y que lo apoyarán a superar sus fracasos, pero que el amor y la aprobación de sus padres no depende de sus calificaciones, de sus logros, ni de su conducta en general. En la etapa de la adolescencia el chico debe cuestionar las ideas, los valores y las normas de sus padres para luego formar sus propias ideas, valores y normas. Si hasta este momento ha sido guiado, respetado y amado, este momento crítico en la vida de todo ser humano será superado con éxito, con un mínimo de malestar en la familia. Para cuando esta persona llega a la edad adulta, es un ser humano independiente, libre, seguro de sí mismo, con un firme amor por sí mismo y capaz de amar en forma auténtica y sin apego. Ya no necesita apegarse a sus padres, ni a ninguna otra persona. No depende de la aprobación, de la atención o de la presencia de otras personas para ser feliz.

Este desarrollo ideal, sin embargo, rara vez ocurre en forma perfecta. La inmensa mayoría de los seres humanos encontramos dificultades en este proceso. Puede ser desde que el bebé no haya sido deseado, que la noticia de su existencia haya sido mal recibida, que durante la gestación la madre se haya sentido angustiada o deprimida. Puede ser que al nacer el bebé en la mirada de los padres haya leído «Esta es demasiada responsabilidad para mí» «Eres una carga», «No eres bienvenido». Puede ser porque los padres eran demasiado jóvenes, o tenían conflictos, o la madre estaba enferma, no importa, el mensaje es el mismo. En la mente del bebé se va formando la idea de «no merezco ser amado», «necesito luchar por ganar la atención». Después pueden venir un sin fin de errores y de mensajes equivocados. Por ejemplo, el de una educación autoritaria, que no permite al niño desarrollar su independencia; la violencia, mental, emocional o física, que lastima gravemente la seguridad del niño; la sobreprotección, que es una forma de manifestarle al niño que no sirve; y especialmente, toda forma de amor condicionado: si te portas bien y haces lo que quiero, te quiero mucho. ¿Y si no…?

La persona que no recibió amor incondicional, perdió su centro. Vive para complacer a otros, con tal de obtener su atención, su afecto, su aprobación, que no un verdadero amor. No logró su independencia ni su individuación, siente que necesita de los demás para ser feliz, y se apega a ellos como cuando era bebé, con un sentimiento, probablemente inconsciente pero igualmente fuerte, de que el ser aprobado y aceptado es un asunto de vida o muerte. Esta dependencia puede trasladarse al trabajo, al éxito, al prestigio, al poder, a los bienes materiales… pero en el fondo sigue siendo el mismo asunto: el miedo a no ser aceptado.

Vivir sin apego significa amar desde la libertad, no desde el miedo. Yo te amo porque lo decido, porque me da la gana, porque para mí es un inmenso placer amarte... y si me correspondes, el gozo es inmenso; pero si no, de todos modos estoy bien, y disfruto de tu presencia cuando es posible.

Vivir con apego significa amar, o pretender amar, desde el miedo. Tengo miedo de amarte, de que me lastimes, sin ti no puedo vivir, no puedo respirar, te necesito... ¡Qué horror!

Vivir sin apego es conservar el poder sobre mí mismo. Vivir con apego es otorgar el poder sobre mí mismo a otras personas, a las cosas o a las circunstancias.

Es difícil soltar a las personas que amamos. Estamos llenos de mensajes equivocados. El miedo nos paraliza. Escuchamos, e incluso lo creemos, que podemos ser libres interiormente, que podemos ser felices aun si las personas de quienes estamos apegados no nos amaran. Que podemos ser felices aun en el utópico caso de que ningún ser humano nos amara. Pero no lo hemos experimentado. Sería como dar un salto al vacío. Para lograrlo, no podemos sentarnos a esperar a que pase el miedo, podríamos quedarnos sentados toda la vida. El miedo no va a desaparecer tampoco a base de reflexión y de argumentos lógicos. No. Las cosas en las que creemos hay que hacerlas pese al miedo, con todo y miedo; ya desaparecerá éste al enfrentarse a la realidad. Si soltamos el apego, pese al miedo, descubriremos el gran gozo de permitirnos ser auténticamente nosotros mismos y de, por primera ver, amar verdaderamente.

(Participación en la mesa redonda sobre el miedo, del Seminario de Cultura Mexicana, corresponsalía Querétaro, febrero de 2004)

EL OBSERVADOR 467-3

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PINCELADAS
Gente «a rayas»
Por Justo López Melús *

Solemos dividir a las personas en santos y pecadores. Pero eso es falso. Todos somos pecadores. Preguntaba un predicador a unos niños: «Si los buenos fueran blancos y los malos fueran negros, ¿de qué color seríais vosotros?». Una niña le respondió muy agudamente: «Yo tendría la piel a rayas».

Un hombre sincero lo comprobaba en sí mismo. Entró un día en una iglesia y todos, sacerdotes y fieles, rezaban: «Señor, hemos dejado de hacer cosas que deberíamos haber hecho, y hemos hecho cosas que deberíamos haber dejado de hacer». El hombre sintió verdadero alivio al escuchar aquella oración, y exclamó: «¡Gracias, Dios mío, al fin he encontrado a los míos».

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 467-4

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DOCUMENTACIÓN
Anuncio del «Año de la Eucaristía»
Homilía de Juan Pablo II en el día del Corpus Christi
Publicamos la homilía que pronunció Juan Pablo II en la celebración eucarística en el día del Corpus Christi, que tuvo lugar en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, en la que convocó el «Año de la Eucaristía», que será celebrado por la Iglesia católica de octubre de 2004 a octubre de 2005.

1. «Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Corintios 11, 26).
Con estas palabras san Pablo recuerda a los cristianos de Corinto que la «cena del Señor» no es sólo un encuentro convivial, sino también -y sobre todo- el memorial del sacrificio redentor de Cristo. Quien participa en él -explica el apóstol- se une al misterio de la muerte del Señor, es más, se convierte en su «heraldo».
Se da, por tanto, una íntima relación entre «celebrar la Eucaristía» y anunciar a Cristo. Entrar en comunión con él, memorial de Pascua, significa al mismo tiempo, convertirse en misioneros del acontecimiento que actualiza el rito; en un cierto sentido, significa hacerlo contemporáneo a toda época, hasta cuando el Señor vuelva.

2. Queridos hermanos y hermanas: revivimos esta estupenda realidad en la solemnidad del Corpus Domini de hoy, en la que la Iglesia no sólo celebra la Eucaristía, sino que la lleva solemnemente en procesión, anunciando públicamente que el sacrificio de Cristo es para la salvación del mundo entero.
Agradecida por este inmenso don, se reúne en torno al santísimo Sacramento, pues en él está la fuente y la cima de su ser y actuar. «Ecclesia de Eucharistia vivit!». La Iglesia vive de la Eucaristía y sabe que esta verdad no expresa sólo una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio que es ella misma (Cf. carta encíclica «Ecclesia de Eucaristia», 1).

3. Desde que, en Pentecostés, Pueblo de la Nueva Alianza «comenzó su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza» (ibídem). Pensando precisamente en esto, he querido dedicar a la eucaristía la primera encíclica del nuevo milenio y con alegría anuncio ahora un especial «Año de la Eucaristía». Comenzará con el congreso eucarístico mundial, que se celebrará del 10 al 17 de octubre de 2004 en Guadalajara (México) y terminará con la próxima asamblea ordinaria del sínodo de los obispos, que se celebrará en el Vaticano del 2 al 29 de octubre de 2005, cuyo tema será «La eucaristía fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia».
Mediante la Eucaristía, la comunidad eclesial es edificada como nueva Jerusalén, principio de unidad en Cristo entre personas y pueblos diferentes.

4. «Dadles vosotros de comer» (Lucas 9, 13).
La página evangélica que acabamos de escuchar ofrece una imagen eficaz de la íntima relación que existe entre la Eucaristía y esta misión universal de la Iglesia. Cristo, «pan vivo bajado del cielo» (Juan 6, 51; Cf. «Aclamación antes del Evangelio»), es el único que puede saciar el hambre del hombre en todo tiempo y en todo lugar de la tierra.
Él, sin embargo, no puede hacerlo solo y de este modo, como en la multiplicación de los panes, involucra a los discípulos: «Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente» (Lucas 9, 16). Este signo prodigioso es una imagen del misterio de amor más grande todavía que se renueva cada día en la santa Misa: a través de los ministros ordenados, Cristo entrega su cuerpo y su sangre por la vida de la humanidad. Y cuantos se alimentan dignamente en su mesa, se convierten en instrumentos vivos de su presencia de amor, de misericordia y de paz.

5. «Lauda, Sion, Salvatorem.!» - « Alaba, Sión, al Salvador, tu guía y tu pastor, con himnos y cánticos». Íntimamente conmovidos, sentimos resonar en el corazón esta invitación a la alabanza y a la alegría. Al final de la santa misa, llevaremos en procesión el divino Sacramento hasta la basílica de Santa María la Mayor. Contemplando a María, comprenderemos mejor la fuerza transformadora que tiene la Eucaristía. Poniéndonos a su escucha, encontraremos en el misterio eucarístico el valor y el vigor para seguir a Cristo, Buen Pastor, y para servirle en los hermanos.

EL OBSERVADOR 467-5

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JÓVENES
La «magia» entre los jóvenes y el Papa ha vuelto a funcionar en Suiza

Juan Pablo II regresó a Roma feliz por su encuentro con los jóvenes en Berna (Suiza).

El éxito de la peregrinación apostólica se puede constatar leyendo las páginas de la prensa suiza. Por el ejemplo, el diario Le Temps, el día de la llegada papal, el 5 de junio, titulaba en apertura: «Juan Pablo II en Suiza, un aire de desamor».

Sólo dos días después, el mismo diario comenzaba su artículo principal constatando: «La magia ha vuelto ha funcionar una vez más. Entre el papa Juan Pablo II y los jóvenes hay un amor duradero, sin duda alentado por el elixir de la fe».

Para el encuentro en la BernArena no se esperaban más de tres mil o cuatro mil jóvenes, pero asistieron 14 mil. Y el domingo, cuando apenas se atrevían a esperar la llegada de 40 mil personas, fueron 70 mil las que participaron en la Eucaristía.

«Esta visita, ¿habrá reconciliado a los católicos suizos, con frecuencia desconfiados y reticentes ante el centralismo romano, con su Papa?», se preguntaba el periódico Le Temps. Y es que en la primera visita pastoral del Papa a Suiza, el 17 de junio de 1984, «sólo» participaron 45 mil personas en la Misa final.

El Papa habló a los jóvenes de su propia juventud

El discurso del Papa a los jóvenes estuvo lleno de eslóganes en los que marca el futuro para la Iglesia en el país. Una de estas frases podría concentrar su mensaje para el futuro de los católicos: «No te contentes con discutir; no esperes ocasiones que quizá no lleguen nunca para hacer el bien. ¡Ha llegado la hora de la acción!».

También habló de su propia juventud: «También yo, como vosotros, tuve 20 años. Me gustaba hacer deporte, esquiar, recitar. Estudiaba y trabajaba. Tenía deseos y preocupaciones. En aquellos días ya lejanos, en tiempos en que mi tierra natal estaba herida por la guerra y después por el régimen totalitario, buscaba qué sentido darle a mi vida. Lo encontré en el seguimiento del Señor Jesús».

Invitó seguidamente a los jóvenes a llenar su vida de sentido en la escucha y el seguimiento de Jesús, ya sea formando una familia «fundada sobre el matrimonio como pacto de amor entre un hombre y una mujer que se comprometen en una comunión de vida estable y fiel» o en la vida consagrada.

Entregarse hasta el fin

Luego de alentar a los jóvenes a que descubran la vocación al seguimiento radical de Cristo, les dijo: «Sé bien que ante una propuesta así experimentas dudas. Pero te digo: ¡No tengas miedo! ¡Dios no se deja vencer en generosidad! Después de casi sesenta años de sacerdocio, estoy contento de ofrecer aquí, ante todos vosotros, mi testimonio: ¡es bello poder entregarse hasta el final por la causa del Reino de Dios!».

«Cristo se acerca a cada uno de ustedes, como al joven de Naín, y les dirige la palabra que quema y despierta: '¡levántate!' ¡Acoge de pie la invitación que te dirige!».

(Con información de ACI y Zenit)

EL OBSERVADOR 467-6

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NUESTRO PAÍS
Una interminable campaña electoral desgasta a México, constatan obispos

La Iglesia católica de México, a través de obispos y cardenales, ha lanzado una señal de alarma frente al ambiente político que vive el país, motivado, en parte, por el excesivo adelanto de la sucesión en la presidencia de la república.

Los obispos han manifestado que las candidaturas adelantadas producen desgaste político, derraman cantidades brutales de dinero y distraen a la nación de los grandes problemas que la aquejan y obstaculizan el camino hacia las reformas pendientes en el ámbito laboral, energético y en materia de derechos humanos (incluida la libertad religiosa).

Las elecciones generales para suceder al actual presidente del país, Vicente Fox Quesada, del Partido Acción Nacional, no tendrán verificativo hasta el primer domingo del mes de julio de 2006. Sin embargo, a dos años de este acontecimiento, los actores políticos de los principales partidos ya han iniciado labores de proselitismo.

Tanto el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y obispo de León, José Guadalupe Martín Rábago, como el arzobispo primado de México, cardenal Norberto Rivera Carrera, enfatizaron la conveniencia de que los partidos políticos regulen para siempre las precampañas políticas.

Monseñor Martín Rábago, presidente de la CEM, fue muy claro al recordar, en rueda de prensa, que los servidores públicos no pueden vivir con lealtades divididas.

«Si viven divididos entre alcanzar puestos políticos y la responsabilidad que les corresponde -señaló-, lo más probable es que no sean eficaces en el ejercicio de sus tareas y eso vaya en detrimento del desempeño público».

Agregó que México «es un país pobre y necesitamos conseguir todavía tantas reformas y tantos trabajos que están pendientes, por lo que empezar a desgastarnos es tanto como disminuir el sexenio a un periodo de tres años y no dejar que siga adelante una realización de proyecto de país».

También en rueda de prensa el cardenal Norberto Rivera Carrera -quien ayer cumplió 62 años- urgió a los partidos y a sus dirigentes a que acuerden reglas para los precandidatos, «porque de lo contrario, nos vamos a pasar el año entre destapes, elecciones y reclamos».

El purpurado consideró que el país está amenazado en estos momentos al dejarse llevar por el populismo. Sin embargo, es importante que sean las leyes y las instituciones las que determinen el rumbo de México.

EL OBSERVADOR 467-7

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CULTURA
El fracaso de lo verdadero
Por Carlos Díaz

Cuando los seres humanos no buscan ya la verdad porque no creen en ella, el fracaso adviene. Ningún fracasado admite mirar cara a cara a la verdad. El maestro puso el examen: «Situación de Europa al borde de la primera guerra mundial». El alumno, impávido y sereno, se pasó las dos horas en una suerte de nirvana tibetano, al borde de la levitación, y sin escribir una sola palabra. Cuando avisó 'señores, queda un minuto', él tomó la pluma y escribió unas cuantas palabras; se levantó, entregó la hoja y se retiró con ese aire galano y sosegado del que sabe que ha cumplido con su deber. Había escrito: «La situación era tensa». Asepsia para no tomar partido no le faltaba a este alumno, capacidad de síntesis menos aún, pero la verdad quedaba huérfana una vez más.

Declarado el siniestro total, nada impide que el fracasado pueda terminar poniéndose el mundo por pasarela, no exagero. ¿Qué es la sociedad de los fracasados, sino la prolongación de la pasarela por otros medios? En casi todas las pasarelas Groucho Marx nos manda su mensaje con guiño de pícaro: «Estos son mis principios, y si usted no está de acuerdo con ellos, no se preocupe... tengo otros». Por supuesto, de tal estética tal ética, y tal dietética, y tal cosmética, y tal patética y tal y tal: hay verdades de verano, verdades de otoño, ofertas políticas de primavera, ofertas políticas de invierno, todo según su gusto y necesidad.

Al fracaso de la verdad se llega también por las urnas. Aquella votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro, que creía que no tenía nada que perder y había votado sinceramente por la calandria, y el del hombre que, cómo no, había votado por sí mismo.

Al fracaso de la verdad de todos se va asimismo por el fracaso de la verdad de cada uno. Cada uno de los quince mil ciudadanos debía aportar su botella de vino para la fiesta común. Pero... una sola jarra en quince mil litros de vino... nadie notaría la diferencia, nadie... Nadie la hubiera notado, salvo por un detalle: todos pensaron lo mismo.

Dígame cuánto vale la verdad... ¿Verdad plena, relativa, estadística, parcial?... Si usted se la lleva, nunca más volverá a estar en paz... Gracias, disculpe. Quizás más adelante...

Como los hombres no suelen querer la verdad desnuda, sino disfrazada, no hay más remedio que recurrir a la parábola para decirla. Así por ejemplo, se dice que no es que fuera feo, sino que la cara le quedaba mal a la fisonomía. O se exagera notoriamente («¡daría mi brazo derecho por ser ambidiestro!»). O se recurre a informaciones como las de aquel penal de condenados a muerte, donde se leía: «no fumar, el tabaco provoca cáncer». O se ponen excusas tan torpes como ésta: si hubiésemos sabido que usted iba a venir, hubiésemos matado un caviar. O se dice lo que al ser dicho queda contradicho: empieza la clase de lengua, ¡silencio, por favor!. Todo lo cual puede a su vez conducir a respuestas tan desesperadas como la del paciente que sentía gran dolor en la pierna derecha, a quien el médico le contestó que eran cosas de la edad, a lo que el paciente redarguyó: «¡Si así fuera me dolerían las dos piernas, ya que ambas tienen la misma edad!». A este paso, ¿qué diferencias podrían apreciarse entre la verdad que proclaman los cuerdos y la verdad que sale del avellanado caletre de los locos? Quiero recordar que en el 1995 hubo elecciones en Argentina y, aunque los internos del psiquiátrico no pueden votar, se organizaron unas elecciones paralelas en el hospital siendo los resultados exactos a los de la nación: o los locos están en condiciones de votar, o el pueblo argentino está bastante loco.

EL OBSERVADOR 467-8

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No son para las hienas
Por Jean-Pierre Roth

El nomadismo de chiquillos de uno u otro sexo en las calles de grandes ciudades es desgraciadamente un fenómeno muy presente en Etiopía. Hace poco participé en un encuentro en Addis Abeba cuyo enfoque era una mayor comprensión de este hecho en el país. De lo que se comentó algo me tomó de sorpresa: de quinientos niños contestando a una encuesta, ¡más de cuatrocientos dijeron estar felices en la calle! Me puse a dudar: ¿Cómo estar feliz durmiendo en una banqueta? ¿Comiendo de lo que se rescata del basurero de los restaurantes? ¿Con la sola seguridad de algunos pasillos en caso de lluvia? Si realmente les gusta vivir en la calle, ¿por qué dedicar tiempo y esfuerzo al asunto?

Al recapacitar descubrí que la respuesta estaba en mí: si tuviera un hijo o hija no podría estar a gusto con la idea de que viviera en tal situación. No podría aceptar que pudiera estar expulsado en la selva y expuesto al peligro de las hienas cuando algunas autoridades necesitan presentar calles «limpias» a algunos visitantes. No podría estar tampoco a gusto con la idea de que tiene que dormir con perros de la calle para protegerse del frío de la noche. Pienso que no hay nada extraordinario en eso sino, al contrario, algo muy natural, como expresión de la identidad humana. Que tenga hijos o no, hombre o mujer, cualquier adulto humano confrontado con tal peligro latente y tal precaridad conoce esos sentimientos.

Desde siglos, la Iglesia trabaja para aliviar la situación de jóvenes marginados por la razón que sea. Y más de veinte años antes de que se firmara la Convención de las Naciones Unidas reconociendo y afirmando los derechos de los niños, el concilio Vaticano II ya había firmado un documento expresando el derecho de cualquier niño a recibir educacíon y alfabetización. ¡Qué bueno! Uno se siente apoyado en su disgusto ante tal cruda realidad y retado a no quedarse en los solos sentimientos!

Antes de ser «de la calle», son jóvenes. A la mayoría, felices en la calle, no les ha caído todavía el veinte de que, dentro de poco, como adultos, se van a encontrar totalmente desamparados en el mundo que exige una educación formal para salir adelante. Los que sí se dieron cuenta de la importancia de la escuela, quieren despertar a sus compañeros; como Daniel, un huérfano abandonado en alguna calle y ahora uno de los mejores de su salón de farmacista. Su ejemplo, y muchos otros, nos enseña que valoran y aprovechan el apoyo que reciben. Y si una u otra experiencia pudiera hacer pensar lo contrario, vale recordar al Señor Jesús que acogió con cariño a los niños, regañó a los discípulos que los querían rechazar y los presentó como ejemplo de los invitados al Reino (cfr. Mateo 19,13-15).

¿Sería que su presencia nos sirve de reto para no volvernos robots programados y útiles, pero incapaces de un solo gesto de gratuidad y cariño?

EL OBSERVADOR 467-9

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PANTALLA CHICA
Ataquemos la raíz
Por Mayela Fernández de Vera / Grupo Inter Mirifica

Con la difusión de las humillantes fotografías con que los verdugos estadounidenses han hecho sufrir a prisioneros iraquíes, no podemos dejar de expresar que es lacerante la bajeza, la crueldad a la que se ha llegado en la humanidad. Esta humanidad que tiene todo para destrozarse y para repararse, para realizar cosas terribles y grandiosas.

Cuando se ven bajo la lupa escrupulosa de los medios de comunicación, parece inconcebible el morbo y la crueldad para lastimar y ridiculizar a un ser humano. Estas actitudes son seguramente recrudecidas por la terrible experiencia que viven los soldados, que son verdugos pero también esclavos del infierno absurdo de la guerra.

En la actualidad, cualquier mueca puede ser observada por millones, todo se ve dentro de la «pecera» de la televisión; presentar la miseria de unos cuantos parece buen material amarillista para vender a los que gustan de él y escandalizar a los que no se dan cuenta de que esas cosas que pasan no suceden por espontaneidad, que todo mal tiene su causa. Como sucede en los juicios universales, todos somos responsables, o todos culpables o todos grandiosos. Si somos masa, no pasa nada, algunos masa son malos, algunos masa somos buenos. Cuando llegamos a compadecernos del individuo, a darnos cuenta de que un ser humano ha sido deformado en su conciencia desde niño, por sus condiciones específicas de pobreza, de maltrato, de abandono, de malas influencias, podemos pensar en que tal vez no podríamos haber hecho nada para que aquel niño sufriera las penas que tuvo, que nadie tuvo influencia en su mente para llegar a ser un hombre cruel; sin embargo, respecto a las imágenes en contra de la dignidad del ser humano, allí, los padres, los maestros, el gobierno, con respecto a la televisión, sí podrían haber sido un factor menos para que aquel niño que pasaba horas entreteniéndose con la tele no aprendiera a burlarse de lo sagrado, no se divirtiera con los malos, con los que matan, con los que violan, que se acostumbrara a jugar con el ser humano. Es muy importante que los niños y jóvenes no contaminen sus cabezas con programas de violencia y pornografía. Los adultos tampoco estamos exentos de ser influenciados poco a poco por lo que es podredumbre televisiva.

Definitivamente, estas fotografías difundidas mundialmente sobre degradación y violencia son una prueba contundente de que el hombre se destruye a sí mismo y que el mayor mal existe en las mentes de los hombres, mucho antes de que se lleven a cabo acciones tan terribles. Hemos sido creados buenos porque Dios nos ama, por eso tenemos que atacar las cosas que están mal de raíz; haciendo esto se realizarán efectos desencandenantes de bien, que es lo que el mundo espera y merece.

Como dice Victor Frankl, en su libro El sentido de la vida, es el mismo hombre el que ama y el que mata. Si tienes bajo tu custodia un niño, enséñale a amarse a sí mismo y a los demás, porque llegará a ser hombre algún día.

Cuida lo que tus niños ven en televisión.

EL OBSERVADOR 467-10

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PICADURA LETRÍSTICA
La mentira y Fidel Castro
Por J. Jesús García y García

La verdad es lo que nunca dicen los demás.
RODOLFO USIGLI

Se afirma que hubo personajes que no mintieron jamás (dos o tres santos y el general y político ateniense Arístides, por ejemplo). Con todo respeto, es cosa que no creo.

Yo les preguntaría: ¿No dijeron alguna vez -una siquiera- una mentirita pequeña? ¿Una inocua (que no hace daño), una «piadosa», dicha por ligereza, a modo de broma o expresando sólo la mitad de lo que se piensa? Ya no digamos por miedo a un castigo, por temor ante un peligro cierto, o respaldando por disciplina la mentira de otro.

Que durante toda la vida se haya salvado de la mentira quien gozó del uso de razón lo considero más que improbable (opinión muy mía). Lo que pasa es que necesitamos formarnos un concepto de lo que es la mentira y cuándo ésta es grave.

Mentira es toda aquella expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa, nos dice el diccionario; es la no conformidad de la mente con la realidad, nos diría una filosofía «simplificada»; consiste en decir falsedad con intención de engañar (Catecismo de la Iglesia Católica, n.2482); es, en fin, todo lo que contradice la verdad y la rectitud y, por lo tanto, se puede mentir no tan sólo de palabra, sino aun con el silencio, con la hipocresía, con un comportamiento astuto y falaz.

Hay quienes dicen que cuando una persona falta a la verdad bromeando, jugando o divirtiéndose, no incurre en mentira. En rigor sí hay mentira, pero se puede suponer que ésta no es grave, que es fácilmente perdonable. Por algo existen los pecados veniales y los mortales. La mentira llega a ser pecado mortal «cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad» (C.I.C., n.2484). Atenta contra los demás «en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales» (C.I.C., n.2486). Ahora bien, «la gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete y los daños padecidos por los que resultan perjudicados» (C.I.C.n.2484).

Fidel Castro (uno quiere olvidarlo, pero no falta quien se lo recuerde), ese tirano y déspota que, con 45 y medio años en el poder, ha superado en perniciosos «merecimientos» a Perón, a Pinochet, a Stroessner, a Somoza, a Trujillo, a Porfirio Díaz, a Franco (¡qué fauna, ¿eh?!); que en responsabilidad de asesinatos o violación general de derechos humanos sólo tendría que inclinarse ante Stalin, Mao, Tito, Hitler, Mussolini y Truman, ha tenido la desvergüenza de proclamarse depositario de la verdad. Sólo él la posee y, por supuesto, quienes no coinciden con él, mienten. Digo que no le asiste la razón. Es un mentiroso mayor, un mentiroso de tomo y lomo, de siete suelas, ante el cual Fox es un mentiroso mediocre (de poco «mérito», tirando a malo).

Hay noticias de una plétora de mentiras castristas, pero una de las mayores es, a mi juicio, la que, precisamente, ha roto irreparablemente el tejido de las relaciones sociales en Cuba. Sucede que el entonces carismático caudillo, congregador de multitudes, orador capaz de hacer que sus seguidores lo escucharan durante siete horas seguidas sin cansarse, tuvo el siguiente detalle: en discurso pronunciado el 30 de diciembre de 1959, reproducido en el periódico Revolución, de La Habana, vociferó: «Yo no sé por qué las calumnias contra nuestra Revolución de que es comunista; de que está infiltrada de comunismo. ¡Yo no sé de qué forma se podrá hablar! ¿Es que alguien pueda pensar que encubrimos oscuros designios? ¿Es que acaso alguien pudiera afirmar que hemos mentido alguna vez al pueblo? ¿Es que acaso pudieran pensar que somos comunistas y no lo decimos porque somos hipócritas?».

Y menos de dos años después, en discurso del primero de diciembre de 1961, dijo ufano: «Creo en el marxismo, creo absolutamente en el comunismo. Creía en él el primero de enero cuando el triunfo de la Revolución. Creía el 26 de julio, cuando atacamos a los militares en el cuartel Moncada. Soy comunista desde los tiempos de la Universidad; como se ve, mucho antes de estar en la Sierra Maestra».

Ya se nos dijo cómo se mide la gravedad de la mentira. Que Castro haya mentido de modo tan sostenido y en materia tan grave no a una persona o a dos sino a un pueblo -su pueblo nada menos- pero también de paso a la opinión pública mundial, lo sienta en la podredumbre. Pero él estaba en la posición comunista de que «el fin justifica los medios». Ése es el Castro «intachable» al que adoran tantos mexicanos «de izquierda».

Siguen sin ser respetados los derechos humanos en Cuba, aunque ahora ya no se den las masivas ejecuciones de otrora y hayan disminuido algunas otras formas de represión. Una inspección será muy útil para poner en claro las cosas. Pero ello viene muy tarde...

Qué bueno hubiera sido que Arístides no mintiera. Aristides adeo fuit veritatis diligens, ut ne ioco quidem mentiretur: «Arístides fue de tal modo amante de la verdad que ni siquiera en broma mentía» (traducción libérrima).

EL OBSERVADOR 467-11

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El objetivo de las sectas satánicas es eliminar a Dios de la sociedad

El italiano Don Oreste Benzi, fundador de la Asociación Comunidad Papa Giovanni XXIII, comprometido desde hace tiempo en la difícil recuperación de chicos pertenecientes a sectas satánicas, afirma: «En estos últimos años me he topado con la obra de algunas sectas satánicas y ocultas. He conocido el horror de los rituales satánicos y la explotación también sexual de jóvenes inocentes implicados en tales rituales. Los miembros satánicos y los hombres pertenecientes al ocultismo son a menudo personas insospechables, y su intento es el de destruir moral y psíquicamente a quien trabaja contra ellos, a quien se afana para obstaculizar su labor»

¿Por qué existen las sectas satánicas? ¿Qué quieren los adeptos del Maligno? «El objetivo de las organizaciones ocultas y satánicas es sencillamente eliminar la presencia de Dios de la sociedad» afirma don Oreste. «Para seguir estas organizaciones e intentar contrastarlas se requiere una fuerte coherencia y un gran valor por parte de las autoridades, y a los ciudadanos se les pide un gran sentido cívico para que los que conocen estos hechos los denuncien».

«El fenómeno del satanismo está unido a plagas igualmente dañinas y peligrosas como son la prostitución, la pedofilia y la trata de niños. A menudo son las personas más indefensas, como los niños, los que caen en la red de las sectas».

Y advierte: «Quien cae en la trampa, quien está implicado en estos grupos, una vez dentro es muy difícil que logre salir de ello».

(Fuente: Fides)

EL OBSERVADOR 467-12

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El diablo sí existe y opera en nuestra sociedad
Hablan el padre Gabriele Amorth, conocido exorcista, y el padre Bonifacio Honings, teólogo moralista.

Fue Jesús quien enseñó a los primeros discípulos y por lo tanto a todos los cristianos que el mal, el demonio, existe y es necesario siempre rezar al Padre para ayudar al hombre a derrotarlo. «Líbranos del mal» son las palabras conclusivas del Padrenuestro.

El mundo que nos circunda está saturado de sangre y violencia, manifestaciones evidentes de la obra continua e incansable del maligno. ¿Por qué nos asombra tanto que el maligno sea una realidad existente y operante en nuestra sociedad?

El demonio existe, y existe «desde siempre», declara el padre Gabriele Amorth, conocido exorcista. «La acción del demonio está presente al menos a partir de Adán y Eva. Él es puro espíritu. Creado bueno por Dios, se rebeló y se hizo malvado. Su actividad es doble: ordinaria y extraordinaria. La ordinaria está dirigida hacia cada hombre y consiste en la tentativa continua de inducir el hombre al pecado. La actividad extraordinaria consiste en los fenómenos de posesión que afectan hoy a muchos hombres. En particular son tres las formas de ocultismo con las que Satanás logra poseer a los hombres: la magia, las sesiones de espiritismo y el satanismo. También hoy ciertas canciones, ciertos videojuegos y cierta televisión son usados por el demonio para entrar en la vida del hombre».

El padre Bonifacio Honings, profesor emérito de teología moral en la Pontificia Universidad Lateranense y Urbaniana, dice a su vez que la obra del maligno «siempre continuará», pero que «los cristianos no tienen que perder la certeza de que con la oración es posible la victoria sobre Satanás».

(Fuente: Fides)

EL OBSERVADOR 467-13

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CONTEXTO ECLESIAL
Nuestros sacerdotes
Por Antonio Maza Pereda
Este artículo responde a una carta que envía el Sr. José de Jesús Rangel, donde expresa sus inquietudes sobre lo que percibe como la poca respuesta de los sacerdotes frente a los ataques que se hacen a la Iglesia.

Estimado amigo:

Muchas gracias por compartir conmigo sus inquietudes que resumo en dos: la impotencia al ver cómo ciertos medios, ciertos funcionarios atacan a la Iglesia y a sus dirigentes y, por otro lado, su percepción de que sacerdotes y obispos no responden a esos ataques como sería adecuado. Y detrás de esas inquietudes adivino un profundo y fuerte amor por la Iglesia.

Déjeme empezar por decirle que un buen número de años de tratar en diversas obras de apostolado con sacerdotes de todo el país y con algunos obispos me han dejado una impresión ambivalente. No ha sido una relación fácil. Es claro que tenemos, seglares y clérigos, una visión diferente del mundo, una jerarquía de valores desigual, un sentido del tiempo que difiere mucho. A esto, agregue usted la condición humana, tan llena de miserias, que hace que ninguno de nosotros, seglares o clérigos, sea un dechado de comprensión y de prudencia. El resultado puede ser explosivo y, en particular en el caso de los seglares varones, ser un motivo (o pretexto) para el alejamiento de la Iglesia.

Por otro lado, esos largos años de trato con nuestros clérigos, religiosos y religiosas, han creado en mí una intensa admiración y un profundo cariño por ellos. Veo la entrega de la mayoría, las condiciones en que viven, en muchos casos en una profunda y real pobreza; he visto su ancianidad con frecuencia desvalida y no puedo dejar de admirar su capacidad de sacrificio.

Veo su inmensa carga de trabajo y conozco de cerca la angustia de muchos de ellos por lo poco que pueden hacer. Este país tiene 88 millones de católicos. No sé el número de curas que tiene este país, pero creo que me voy muy largo si tiene 16 mil. Eso nos daría cinco mil quinientos católicos por sacerdote. Si esos católicos se confesaran cada tres meses, usando diez minutos por confesión, ocuparían al sacerdote casi diez horas diarias. Agregue usted misas, bautizos, matrimonios, unciones de enfermos y verá que solo los sacramentos harían que nuestros sacerdotes no tuvieran tiempo de comer o de dormir. Súmele usted organización de su parroquia, atención a los grupos seglares, horas robadas al sueño para estudiar y mil otras cosas. Claro, la realidad es que solo una minoría se confiesa frecuentemente. Es cierto que pocos asisten a la misa diaria. Pero también es cierto que hay curas que tienen parroquias con veinte mil, treinta mil, cincuenta mil o más feligreses por sacerdote. La carga no es solo numérica; es también emocional. Me consta la angustia de muchos sacerdotes al ver la enorme cantidad de almas que no pueden alcanzar.

Ante estas situaciones, la mayor parte de los curas que conozco simplemente no les daría el tiempo de ponerse a responder los ataques a la Iglesia y, de todos modos, en su jerarquía de valores, a eso le darían una importancia mucho menor que, por ejemplo, atender a la ancianita que le viene a preguntar por décima vez una duda de fe, y que el cura sabe muy bien que el problema real es que se siente sola y quiere conversación. Por otro lado, al ver los curas (la mayoría, al menos) las cosas desde otra dimensión del tiempo y de la eternidad, muchas veces dejarán en manos de Dios la defensa de la Iglesia. Por supuesto, a nosotros los seglares nos costará mucho entenderlos. Para nosotros, no es posible dejar pasar un ataque, una calumnia. En todo caso, somos los seglares los que tenemos que asumir la defensa de nuestra Iglesia. Gracias por su carta y que Dios lo bendiga.

EL OBSERVADOR 467-14

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FIN

 
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