El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
29 de agosto de 2004 No.477

SUMARIO

bulletPORTADA - Culpabilizar a la Iglesia del atraso social es un recurso político
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Católico y empresario
bulletFAMILIA - Una muerte digna y humana
bulletPINCELADAS - Despiste de los sabios
bulletDOCUMENTOS - La civilización del amor
bulletNUESTRO PAÍS - ¿Dónde está el respeto a la ley en México?
bulletENTREVISTA - La relación entre hombre y mujer, según el último documento de la Santa Sede
bulletPICADURA LETRÍSTICA - Por fin, ¿descendemos o no del mono?
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA - Qué bueno es Dios
bulletCARTAS DESDE BARCELONA - Llamando a Dios
bulletHACIA EL 48º CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL - Comprender a partir del Misterio

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PORTADA
Culpabilizar a la Iglesia del atraso social es un recurso político
Entrevista con el obispo de Querétaro
Zenit / El Observador

En México, como en muchos países de Iberoamérica, existe una clara tendencia de algunos líderes políticos de culpabilizar a la Iglesia católica del retraso y el subdesarrollo en el que se debate 40% de la población. El buque insignia de estos ataques tiene que ver con la doctrina de la Iglesia en torno a los métodos naturales de contracepción, lo que ha causado un crecimiento poblacional explosivo -según opinan críticos de esta postura- y aumentado la pobreza en el subcontinente.
Para comprender mejor la naturaleza de esos ataques constantes, Zenit-El Observador entrevistó al obispo de Querétaro, monseñor Mario De Gasperín Gasperín.

¿Cuál es, a su juicio, el origen de esta reiteración constante de algunos líderes políticos en México e Iberoamérica en el sentido de culparla por el retraso y la pobreza de amplias capas de la población?
Yo creo que es la ignorancia. La mayoría de las veces esos ataques no tienen un fundamento real en lo que señalan. Porque eluden el núcleo de la doctrina social de la Iglesia, que no es otro sino la defensa de la dignidad de la persona humana, de toda persona humana. La Iglesia no se opone al desarrollo, lo que hace es defender la vida humana en todas sus manifestaciones, desde la concepción hasta la muerte natural.

Sin embargo, el cartelito de «culpable» se le sigue asignando por parte de políticos que, incluso, como hace undías declaró un gobernador saliente, deploran que siga el medioevo en temas como el control de la natalidad...
Sí, es verdad que se trata, cuando menos en México, de una costumbre. Hay mucha pobreza porque hay una tasa de natalidad enorme. Como la Iglesia se opone a los anticonceptivos, al condón y a los métodos de «planificación», luego entonces la Iglesia es culpable. Pero es una cortina de humo, un desviar la atención a los errores propios de los políticos que son los directamente responsables del atraso, la ignorancia, la falta de servicios de salud, en una palabra, de la pobreza.

Lo curioso es que muchos de ellos se declaran católicos...
Si son católicos, deberían conocer su fe. Tan no la conocen que pueden opinar de manera tan disparatada de una de las verdades de fe de la Iglesia: que la vida humana no es negociable, bajo ninguna circunstancia...

Desde luego, a ustedes, los obispos, deben molestar estos ataques. ¿Qué le pediría usted a quienes hoy vinculan postura de la Iglesia sobre contracepción artificial y pobreza?
Que primero nos conozcan, sepan lo que hacemos, la verdad revelada que forma parte de nuestra fe y los valores que defendemos. Yo pediría que primero nos conozcan y después nos ataquen. Que se tomen el trabajo de conocer el por qué de la defensa de la vida que sostiene la Iglesia católica.

EL OBSERVADOR 477-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Católico y empresario
Por Jaime Septién

La historia de don Lorenzo Servitje Sendra (México, 20 de noviembre de 1918) es sencilla: surgió del esfuerzo personal y familiar; fundó Bimbo y desde los 45 años combina la tarea de producir junto a la labor social. Ahora, con 85 y medio de edad, es reconocido. Le acaban de dar una condecoración, la Woodrow Wilson, por ser un ciudadano entregado a las mejores causas de su sociedad; «ciudadano corporativo», aunque sería mejor llamarlo «católico». Es el primer mexicano que la recibe.

Cuando la mayoría ya estarían retirados, cumpliendo sueños inacabados, pero casi siempre personales, don Lorenzo organiza marchas en contra de la delincuencia, promueve asociaciones para favorecer lo mejor que hay en los medios, soporta financieramente asociaciones de empresarios cristianos e impulsa redes de familia o institutos generadores de ideas-fuerza para el cambio social, como el IMDOSOC.

Cuando existe en el interior de un ser humano el fuego cristiano, no hay edad ni circunstancias «favorables» o «indispensables» para volcarlo en amor al prójimo. El liderazgo de don Lorenzo ha sido ganado a pulso. Él mismo define al líder con una virtud: amor por los demás. Se es líder mediante el testimonio. Es difícil construirse una prominencia social a base de imagen, mercadotecnia o relaciones públicas. Bimbo, la empresa de su vida, es referencia obligatoria para los mexicanos. Se ha colado en el habla cotidiana. La gente va y pide a la miscelánea «un pan Bimbo», refiriéndose a cualquier pan de caja. Detrás de esto hay mercadotecnia, sí, organización, también; pero, sobre todo, compromiso con el consumidor: no venderle gato por liebre; no tomarlo nunca como materia de explotación, sino como un socio de la organización empresarial, de la cadena comercial y de la economía de consumo.

San Agustín enseñaba que lo superfluo del rico es producto del robo al pobre. En una sociedad de robo institucionalizado, el rico puede volverse cada vez más rico, a condición de que el pobre se vuelva cada vez más pobre (pero no tanto como para dejar de consumir). El empresario católico, como don Lorenzo, sabe esto, se duele con esto, busca restituir, desde organizaciones, donaciones y participación, el tejido social roto por la injusticia.

El lema de Bimbo resume toda la filosofía del éxito de la empresa y del empresario: ser altamente productivos y plenamente humanos. Lo uno va de la mano con lo otro. Se llama responsabilidad comunitaria; se llama ciudadanía de pleno derecho. Se llama cristianismo. Nadie pide que se sustraiga la utilidad de la propiedad. Sin utilidad no hay empresa. Pero una cosa es atesorar la utilidad y otra, muy diferente, desparramarla para hacer crecer al hombre. La lección pedagógica de don Lorenzo Servitje perdurará en la memoria de México.

EL OBSERVADOR 477-2

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FAMILIA
Una muerte digna y humana
Por Eulogio López / Hispanidad.com

Un médico profesor en una prestigiosa universidad de Medicina se dirige a sus alumnos. Les habla de la necesidad de mantener la mente abierta y de revisar viejos clichés que el paso del tiempo amenaza con declarar obsoletos. Les habla, en suma, de la necesidad de que la humanidad, y en concreto la profesión médica, comience a aceptar la necesidad de una muerte digna, y más que digna, liberadora, en algunos casos límites. Para convencer a su auditorio, el doctor les cita un caso real, el de uno de sus pacientes, precisamente aquel que le ha hecho repensar sus opiniones acerca de la eutanasia:

«Miren ustedes, mi paciente no es capaz de valerse por sí mismo: no puede hablar ni entiende nada de lo que le dices, y sufre tremendas depresiones, acceso incontrolable de llanto que, a veces, duran minutos, incluso horas, con grandes espasmos de dolor. No controla su aparato urinario y defeca sobre sí mismo, por lo que hay que estar cambiándole de ropa casi continuamente. Su digestión resulta problemática, y es rara la ingesta que no termina en vómito. Sinceramente, ¿es esto vida? ¿No sería mejor liberar a mi paciente de su propio horror y liberar a su familia del sufrimiento de estar pendiente de una persona sufriente, con la que la convivencia es sencillamente imposible?».

El doctor sometió a votación su propuesta, y la mayoría de los médicos presentes, tras referirse a la eutanasia activa, eutanasia pasiva y un sinfín de consideraciones, decretaron que sí, que lo más humano era librarle de su horror.

El director del curso se empeñó, entonces, en enseñar una foto del paciente. Introdujo una diapositiva en la máquina y, sobre la pantalla del proyector, todos los presentes pudieron contemplar un bebé de seis meses, mofletudo y rebosante de salud.

No, no es broma. Lo narrado sucedió en un aula de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, y muchos de los alumnos ya se habían decidido por la tesis humanista: la de liberar a la criatura (nunca mejor dicho) de sus afanes y dolencias.

El suceso fue trasladado a imágenes por el periodista Pablo Caruso en la cadena de televisión de la famosa Madre Angélica, EWTN, en el programa «Se puede», que se recibe vía cable o bien en internet ( www.ewtn.com ). Al final, Caruso hablaba de que todo en la vida depende del amor que pongas en las cosas y de que a la persona nunca se le puede considerar, ni al principio ni al final de su vida, como un impedido o alguien incapaz de producir y de contrarrestar.

EL OBSERVADOR 477-3

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PINCELADAS
Despiste de los sabios
Por Justo López Melús *

Suelen ser famosos los despistes de los sabios. Como el de aquel profesor que una vez se fue a clase con pijama y gorro de dormir. Y el de aquel sacerdote que fue al pueblo en moto a celebrar Misa y subió al altar con los ornamentos y el casco.

Viajaban en un avión sólo tres pasajeros: un sabio, un boy scout y un obispo. El avión sufrió una avería y el piloto dijo que él se largaba, pero que únicamente había tres paracaídas y que uno era para él. Los otros tres que se las arreglaran con dos. Entonces dijo el sabio: «Yo soy necesario para el pueblo, así que uno es para mí». Cogió uno y se lanzó. El obispo dijo al boy scout; «Hijo mío, yo ya soy viejo, no me importa morir, así que el paracaídas es para ti». El boy scout le replicó: «No será necesario, señor obispo. Quedan dos paracaídas porque ese tipo ha saltado con mi mochila».

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 477-4

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DOCUMENTOS
La civilización del amor
Por el Card. Angelo Sodano

La doctrina social de la Iglesia ha crecido, en estos últimos tiempos, como un árbol vigoroso, buscando presentar al mundo, en formas breves y sintéticas, la riqueza del mensaje cristiano.

Un típico ejemplo de este magisterio social está en la expresión que hoy trataremos de profundizar: es la expresión «la civilización del amor», con la cual el papa Pablo VI, de feliz memoria, quiere denominar la civilización cristiana, y que después ha sido repropuesta con vigor por el actual Sumo Pontífice Juan Pablo II.

La civilización

Etimológicamente, el término «civilización» deriva del latín civilitas que, a su vez, traducía el término griego de politeia. Significaba, sustancialmente, el modelo de vida de Roma y de las grandes ciudades, como distinta de la vida rural. La vida de la ciudad era considerada como más evolucionada, más perfecta. Semejante al concepto de civilización, está también el de «cultura», que deriva, en cambio, de una metáfora rural, y significa el resultado que se obtiene de cultivar la tierra, con el cuidado y el trabajo paciente de la agricultura. Aunque refiriéndose a dos sectores distintos de la vida humana, la urbana y la rural, los dos términos coinciden en subrayar la huella del hombre en su ambiente, para hacer más humana la vida.
Sin embargo, hay que decir inmediatamente que, a juicio de varios estudiosos de tradición latina, los dos términos, aunque semejantes, no coinciden plenamente. Se dan en algunos pueblos culturas imperfectas o desviadas, que no pueden ser clasificadas como civiles.
Si una determinada cultura, por ejemplo, exalta la fuerza bruta, o está impregnada de agnosticismo, exalta la lucha de clases, o desprecia al recién nacido y la mujer, esta cultura no puede subir al grado de civilización.
Es justo reconocer que en algunos ambientes anglosajones y, todavía antes, en el ambiente alemán, el término civilización se confunde frecuentemente con el de «cultura», tanto es así que la misma palabra de «civilización» se traduce muchas veces en alemán como «cultura».
Establecido esto, la civilización se podría definir como sigue: el conjunto de expresiones sociales, religiosas, artísticas y tecnológicas que son fruto de la acción del hombre y que, como tales, son expresiones de la perfección del mismo hombre; civilización quiere decir el conjunto de manifestaciones en las que el ser humano y la sociedad expresan lo mejor de sí, la propia perfección. Podemos decir que la civilización expresa las relaciones siempre vivas del hombre con el mundo natural, con los demás hombres y con Dios: es un alto estilo de vida que caracteriza a un determinado pueblo.

Dos características

a) Permanencia. Por una parte, la civilización es un punto de llegada de la humanidad y, por lo tanto, expresa una perfección y un bien que se han de conservar y defender; o también, una referencia a valores universales compartidos y compartibles que van preservados en la conciencia y en la vida. En realidad, la civilización valoriza e introduce en la organización de la vida humana, además de los elementos indispensables a la supervivencia, los aspectos más altos del espíritu humano: la aspiración a la verdad y la búsqueda de un sentido de la vida.
Según la lengua náhuatl, de los indios aztecas del México precolombino, «verdadero» es sinónimo de «estable, enraizado». Lo que se funda en las raíces no puede ser removido de la conciencia y de la vida humana. Lo que es inestable no puede ser verdadero, y esto vale también para la ley moral. También en la Biblia encontramos expresiones semejantes en el salmo 119, 151-152: «Pero Tú, Señor, estás cerca, todos tus preceptos son verdaderos. Desde tiempo conozco tu testimonio que has establecido por siempre». La estabilidad y permanencia deriva de las manifestaciones más altas del espíritu humano, cuando conoce la verdad, cuando entra en contacto con Dios, que es la verdad. La referencia a Dios es esencial para cada civilización, y todo lo que tiene valor permanente y debe ser conservado tiene que ver con la relación del hombre con Dios, realidad absoluta.
La característica de perfección y bien universal propia de la civilización significa también la promoción de unión entre los pueblos y no división, la promoción de la paz.
b) Dinamicidad. Por otra parte, la civilización tiene un carácter dinámico, porque está siempre en transformación, como la vida del hombre en la historia. Decimos que es siempre perfectible, como la cultura está íntimamente atormentada por la continua exigencia de trascendencia, siempre llamada a una realización plena del hombre y de la sociedad humana. En este sentido, la civilización no puede considerarse un punto estático, al cual se llega de una vez por todas.
Ninguna situación histórica determinada colma la perfección a la que puede aspirar el ser humano. La mutabilidad de la civilización no se refiere sólo al perfeccionamiento, sino también a la condición de fragilidad, porque la civilización puede degenerar con la pérdida de valores importantes, adquiridos en la vida de los pueblos. La civilización está amenazada por las fuerzas que la destruyen.

La civilización «cristiana»

Examinemos ahora la expresión «civilización cristiana». La vocación misma del cristianismo lo impulsa a ponerse junto a la palabra civilización. Si la civilización quiere decir «perfección y bien del hombre», el cristianismo está llamado a configurar la civilización. La civilización occidental ya conoce a Cristo y ha percibido el inmenso beneficio aportado por Él en la vida humana, en la historia y en el destino definitivo del hombre.
Ha habido y hay fuertes intentos de cancelar el nombre de Cristo de la civilización y de la historia, de la vida familiar, civil y religiosa de la humanidad, de las expectativas y del destino final del hombre. La Iglesia es muy consciente de esto y, a pesar de sus propias dificultades internas y externas, conociendo a Cristo, custodia su verdad.
El modo de intervenir del cristianismo en la cultura y en la civilización se denomina «inculturación». «Es el traspaso del mensaje evangélico al lenguaje antropológico y a los símbolos de la cultura en la que se introduce». El resultado de tal obra puede ser definido como civilización cristiana, o como la aceptación en la vida y en las costumbres de los pueblos de la luz aportada por la fe en Cristo.

Dos ejemplos

a) Europa cristiana. La formación de una Europa cristiana que, desde la vivencia y la conciencia de sus pueblos, es decir desde su civilización, ha sabido formular los principales derechos de la persona, es indicada por Juan Pablo II en la exhortación Ecclesia in Europa. El cristianismo, durante un proceso de siglos, ha aportado vida y luz y ha hecho coincidir en una síntesis superior, cultural y civil, tradiciones humanas diversas y también distantes de los pueblos europeos, muchas de las cuales habrían terminado en el olvido.
«La fisonomía espiritual de Europa se ha ido configurando gracias a los esfuerzos de grandes misioneros y al testimonio de santos y mártires, a la labor asidua de monjes, religiosos y pastores» (Ecclesia in Europa, n. 25); pero también gracias a intervenciones sobrenaturales y milagrosas, acaecidas y testimoniadas en tantos punto del continente europeo.
b) La evangelización de México y de la América Hispana. El segundo ejemplo que queremos citar es la evangelización de México y de Hispanoamérica, iniciada durante el siglo XVI. La penetración del Evangelio ha producido, de hecho, una nueva forma de ser y de vivir del pueblo, que no existía anteriormente: la luz de la fe, nuevas costumbres de vida, la convivencia pacífica de las poblaciones europeas e indígenas; y hasta en lo físico: una nueva raza, la mestiza, ahora difundida en todas partes, que nació de la mezcla entre indios y europeos, sobre todo españoles.
Múltiples fueron los factores que intervinieron: podríamos también citar aquí la obra de muchos misioneros. Mas hubo un factor muy importante para la evangelización de México, y fue el milagro de la aparición de la virgen de Guadalupe a san Juan Diego, como ha puesto de manifiesto el papa Juan Pablo II con la canonización del santo indio. El lenguaje utilizado, la simbología y las imágenes son completamente familiares a los ojos del pueblo indígena. El éxito en términos de conversión y aceptación del Evangelio y de la fe cristiana fue inmediatamente notable, registrado por numerosos documentos y, sobre todo, por los resultados en la vida social. El modelo mexicano ha tenido resonancia y consecuencias positivas en otras regiones de Hispanoamérica.
(Resumido de la revista Sacerdos, mayo-junio de 2004)

EL OBSERVADOR 477-5

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NUESTRO PAÍS
¿Dónde está el respeto a la ley en México?
Por Roberto Servitje S. / yoinfluyo.com

Leí con interés cuatro artículos que publicó Signo de los tiempos en su edición de julio de 2004. Obviamente que coincido con lo que ahí se expresa: hay que combatir, hay que cambiar conductas, hay que cuidar mucho a quienes tienen autoridad, como a los partidos políticos.

Me llamó la atención el artículo de una señora en el que dice que la corrupción tiene mil caras, y enuncia algunas, terminando con el hecho de pasarse un alto y destacando que es nuestra calidad moral la que tendría que evitar esas violaciones y menciona nuestra calidad de cristianos.

Coincido en que esa debería ser nuestra motivación para no prestarnos a violar la ley ni cometer arbitrariedades o francamente acciones de corrupción. Repito que coincido plenamente. Por diversas razones paso muchos días del año en los Estados Unidos y lo que ahí vemos y cómo actuamos mucho tiene que ver con la cultura y los propios valores; pero la realidad es que allá no se nos ocurre ocupar un espacio para minusválidos, ni pasarnos un alto, ni exceder la velocidad establecida, ni mucho menos ofrecer una mordida a un policía. ¿Por qué? Porque además de los valores personales y las propias convicciones, las leyes se respetan, porque hay sanciones y sanciones fuertes y, finalmente, porque es casi seguro que al que viola la ley, lo detengan.

Mi punto es que en México, sobre todo en el D.F., no hay ley, no se respeta casi nada, cada quién hace lo que le parece y no hay autoridad, y cuando la hay, no tienen la personalidad para ejercerla y por ello disimulan. Da mucha tristeza ver cómo los taxis, los microbuses y aún los particulares violan las más elementales leyes de tráfico frente a la policía y no pasa nada. Me comentaba un alto jefe de la policía que en el D.F. no levantan infracciones porque no tienen modo de controlar su cobro.

Hay en esta ciudad centenares de letreros que dicen "prohibido estacionarse" y a veces hay vehículos estacionados hasta en segunda fila. Yo quitaría esos anuncios, pues si no se puede hacer efectiva la prohibición eso se convierte en una burla y, como ha dicho Giuliani, si las pequeñas violaciones no se sancionan, poco a poco, o mejor dicho, bien pronto, se violan otras más serias.

Los valores y la moral personal deberían bastar, pero como humanos que somos, necesitamos leyes y orden. ¿Quién va a ser el valiente que meta orden?

Por lo pronto, quienes sí tenemos cultura, principios y valores hagamos un serio esfuerzo por respetar la ley, aunque otros no lo hagan.

EL OBSERVADOR 477-6

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ENTREVISTA
La relación entre hombre y mujer, según el último documento de la Santa Sede
Entrevista con el secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe

Las diferencias entre el hombre y la mujer no son motivo de rivalidad ni pueden ser eliminadas; fundamentan una relación de colaboración en la misma dignidad, afirma un documento de la Santa Sede. Es la propuesta central de la «Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración entre el hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo», publicada el 31 de julio por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En esta entrevista, concedida a «Radio Vaticano», el arzobispo Angelo Amato, SDB, secretario de dicho dicasterio, explica los motivos por los que la Santa Sede ha publicado el documento.

Después de Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988) y de la Carta a las mujeres (29 de junio de 1995) de Juan Pablo II, ¿qué hay de nuevo sobre la mujer en esta intervención de la Congregación para la Doctrina de la Fe?
La novedad está en la respuesta a dos tendencias bien marcadas de la cultura contemporánea. La primera tendencia subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer, que para ser ella misma debería presentarse como antagonista del hombre. Se plantea, por tanto, una rivalidad radical entre los sexos, según la cual, la identidad y el papel de una parte constituye una desventaja para la otra.
Para evitar esta contraposición, una segunda corriente tiende a eliminar las diferencias entre los dos sexos. La diferencia corporal, llamada «sexo», es minimizada y considerada como un simple efecto de condicionamientos socio-culturales. Se subraya al máximo, por tanto, la dimensión estrictamente cultural, llamada «género».
De aquí nace la contestación del carácter natural de la familia, compuesta por el padre y la madre, la equiparación de la homosexualidad con la heterosexualidad, la propuesta de una sexualidad multiforme.

¿Cuál es el origen de esta última tendencia?
Esta perspectiva nace del presupuesto, según el cual, la naturaleza humana no tendría en sí misma características que la determinan de manera absoluta como hombre o mujer. Por este motivo, toda persona, libre de toda predeterminación biológica, podría moldearse según le plazca. Ante estas concepciones erróneas, la Iglesia confirma algunos aspectos esenciales de la antropología cristiana fundados en la revelación de la Sagrada Escritura.

¿Y qué dice la Biblia sobre esto?
La parte más amplia del documento se dedica precisamente a ofrecer una meditación sapiencial de los textos bíblicos sobre la creación del hombre y la mujer. El primer texto de Juan 1, 1-2, 4, describe la potencia creadora de Dios que realiza las distinciones en el caos primigenio (luz, tinieblas, mar, tierra, plantas, animales), creando por último al ser humano «a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó» (Génesis 1, 27).
También la segunda narración de la creación, Génesis 2, 4-25, confirma la importancia esencial de la diferencia sexual. Al primer hombre, Adán, Dios le pone a su lado a la mujer, creada de su misma carne y envuelta en el mismo misterio.

¿Qué quiere decir esto?
El texto bíblico ofrece importantes indicaciones. El ser humano es una persona, en la misma medida el hombre y la mujer. Se encuentran en una relación recíproca.
En segundo lugar, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad y de la feminidad, está llamado a existir en la comunión y en el don recíproco. Por este motivo, el matrimonio es la primera y fundamental dimensión de esta vocación.
En tercer lugar, si bien trastocadas y obscurecidas por el pecado, estas disposiciones originarias del Creador nunca podrán ser anuladas.
La antropología bíblica sugiere, por tanto, que hay que afrontar con una actitud de relación y no de competencia los problemas que a nivel público o privado afectan a las diferencias de sexo (n. 8).

El documento, ¿ofrece otras indicaciones?
La carta hace también consideraciones teológicas sobre la dimensión esponsalicia de la salvación. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, se configura una historia de salvación que pone en juego la participación de lo masculino y lo femenino, a través de las metáforas de esposo-esposa y de alianza. Se trata de un vocabulario nupcial que orienta al lector tanto hacia la figura masculina del Siervo que sufre, como a la figura femenina de Sión (Cf. n. 9). En el Nuevo Testamento estas representaciones encuentran su cumplimiento: por una parte, en María, elegida hija de Sión, que recapitula la condición de Israel-esposa en espera del día de la salvación; por otra parte, en Jesús, que recapitula en su persona el amor de Dios por su pueblo, como el amor de un esposo por la esposa.
San Pablo desarrolla este sentido nupcial de la redención, concibiendo la vida cristiana como un misterio nupcial entre Cristo y la Iglesia, su esposa. Integrados en este misterio de gracia, los esposos cristianos, a pesar del pecado y de sus consecuencias, pueden vivir su unión en el amor y en la recíproca fidelidad.
La consecuencia es que el hombre y la mujer ya no experimentan su diferencia en términos de rivalidad o de oposición, sino en términos de armonía y colaboración.

¿Cuál es la aportación de la mujer a la vida de la sociedad?
La mujer, a diferencia del hombre, tiene su propio carisma, llamado «capacidad de acogida del otro» (n. 13). Se trata de una intuición, ligada a su facultad física para dar la vida, que la orienta al crecimiento y a la protección del otro. El «genio de la mujer» le permite lograr pronto la madurez, el sentido de responsabilidad, la resistencia en las adversidades. Este bagaje de virtudes lleva a las mujeres a estar activamente presentes en la familia y en la sociedad con la propuesta de soluciones, en ocasiones innovadoras, a los problemas económicos y sociales.

¿Cómo se concilia en la mujer el trabajo con su papel en la familia?
Se trata de un problema importante. La sociedad debería evaluar adecuadamente el trabajo ejercido por la mujer en la familia y en la educación de los hijos, reconociendo su valor tanto a nivel social como económico.

¿Cómo se articula hoy la contribución de la mujer a la vida de la Iglesia?
En la Iglesia, el papel de la mujer es particularmente central y fecundo. Desde el inicio, la Iglesia se ha considerado como una comunidad ligada a Cristo por una relación de amor. En esto, la Iglesia, esposa de Cristo, ha siempre visto en María a su madre y a su modelo. De ella aprende algunos comportamientos fundamentales, como la acogida en la fe de la palabra de Dios y el conocimiento profundo de la intimidad con Jesús y de su amor misericordioso.
La referencia a María, con sus disposiciones de escucha, de acogida, de humildad, de fidelidad, de alabanza y de espera, pone a la Iglesia en continuidad con la historia espiritual de Israel. Estas actitudes son comunes a todo bautizado. De hecho, sin embargo, es propio de las mujeres vivirlas con particular intensidad y naturalidad. De este modo, la mujer tiene en la Iglesia un papel de máxima importancia, convirtiéndose en testigo y modelo para todos los cristianos de la manera en que la esposa tiene que corresponder al amor del Esposo (n. 16). De este modo, contribuye de manera única a manifestar el rostro de la Iglesia como madre de los creyentes.

¿Cuál es la conclusión?
En realidad se pueden sacar dos conclusiones: redescubrimiento y conversión: redescubrimiento de la dignidad común del hombre y de la mujer, en el recíproco reconocimiento y en la colaboración; conversión, por parte del hombre y de la mujer, a su propia identidad originaria, «imagen de Dios», cada uno según la gracia que ha recibido.

EL OBSERVADOR 477-7

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PICADURA LETRÍSTICA
Por fin, ¿descendemos o no del mono?
Por J. Jesús García y García
«Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos».
FRIEDRICH W. NIETZSCHE

Según indicios más bien superficiales, hoy yacería en el descrédito la celebérrima hipótesis de Darwin sobre la evolución. Yo permanecí mucho tiempo sordo a los debates evolucionistas, pero guardé, sin embargo, varios recortes sobre esa materia y, tras alguna búsqueda, junté un buen mazo de artículos y notas informativas, la mayoría de los cuales está en sintonía con una idea vertida en el primero.

En efecto, el artículo «El evolucionismo ha muerto y Darwin no ha estado en el entierro» (Isidro-Juan Palacios, Próximo milenio, marzo de 1995), empieza con este juicio rotundo: «El evolucionismo quiso ser una ciencia, pero no lo ha logrado. Desde que en el siglo pasado Darwin fijara sus coordenadas fundamentales, los evolucionistas han ensayado toda suerte de artes, incluso las del engaño, para sacar adelante sus teorías. En vano. Hoy, el último bastión en que se apoyaba el sistema y su filosofía del progreso ha muerto». Y señala que a los antidarwinianos se les censura indiscriminadamente por defender «trasnochados postulados creacionistas, ya superados», de los cuales habría sido parte la versión del obispo Ussher (o de quien haya sido) de que la creación del universo quedó concluida el 28 de octubre del año 4004 antes de Jesucristo a las 9 de la mañana (¿según cuál huso horario?, preguntaría un socarrón). Mucha gente tiende a creer, por esos detalles, que sólo los de filiación «reaccionaria» están en contra del evolucionismo. Pero no es así. Cada vez hay más hombres de ciencia auténticos que contradicen la famosa teoría. En su Descent of man, el propio Charles Darwin, años después de haber publicado El origen de las especies, llegó a retractarse sobre el dato de la llamada «selección natural» con la que quiso explicar el mecanismo desencadenante o propiciatorio de la evolución («Me pasé», dijo en sustancia).

La controversia entre creacionistas y evolucionistas está lejos de concluir. Veamos a los Estados Unidos: allí un creciente número de colegios está excluyendo de sus programas la enseñanza del darwinismo, dando como razón el que la evolución de las especies no ha sido probada (y como dijo don Teofilito: «ni lo será»); pero, por otro lado, hay instituciones trabajando a brazo partido por hacer triunfar el Día de Darwin, a celebrar todos los 12 de febrero. En ese mismo país, una encuesta de Gallup en 1999 reveló que el 47% de los pobladores cree que fueron creados por Dios tal y como dice la Biblia, mientras que el 40% cree que el hombre se desarrolló a partir de formas de vida menos avanzadas, hace millones de años, pero que Dios guió todo el proceso; únicamente el 9% aceptó que el hombre evolucionó sin otra fuerza que la natural. Pero si volteamos a Europa nos encontramos con que sólo el 13% cree que el hombre fue creado directamente por Dios, frente a un 87% que, sin meterse en más líos, opina que «viene del mono».

El evolucionismo, entendido como eventual causa de variaciones físicas de los seres vivos, es irreprochable. No sólo es afirmación de los científicos sino admisión de los eclesiásticos (Pío XII, en la encíclica Humani Generis, reconoció que el evolucionismo era una hipótesis digna de ser estudiada, que se puede admitir el posible origen del cuerpo humano a partir de una materia viva preexistente, siempre que se mantenga que el alma es directamente creada por Dios; y Juan Pablo II en un mensaje a la Academia Pontificia de ciencias, confirma que no hay incompatibilidad entre evolución y creación). Pero hay sujetos que han entrevisto en los elementos de juicio aportados por el evolucionismo algo así como una posibilidad de deshacerse de Dios.

Darwin, hombre creyente, no había pensado (al menos al principio) en eliminar a Dios de su sistema. Éste fue transformado en arma de combate contra la religión por Ernst Heinrich Haeckel y Thomas Henry Huxley. Ambos coincidían en un pensamiento que era toda una consigna para ellos: la vida nació de la substancia bruta un día en que la Tierra se enfrió lo suficiente, ya que Dios no existía.

Pero la evolución al modo de Darwin y socios presenta una discontinuidad notable en la serie de los seres vivientes y da lugar a numerosas y profundas lagunas. Si esa evolución fuera una realidad, aparecerían tipos intermedios (eslabones perdidos) por todas partes, dada la enorme variedad y complejidad de formas existentes y, además, con el transcurso del tiempo, todos los seres tenderíamos la homogeneidad, pero la enorme cantidad de fósiles encontrados no sólo no rellena los espacios vacíos, sino que acentúa aún más los perfiles fijos de cada tipo. El hombre estaría, ahora, en un estado transitorio, y quién sabe qué nuevas formas le esperarían en un más o menos lejano futuro.

Lourdes Sierra («El pariente cercano», en la publicación Mural) toma la defensa de los evolucionistas. Veamos su clase de argumentos: Darwin «asestó un duro golpe a la vanidad del ser humano y por eso quizás nunca será perdonado [...] Lo que él propone finalmente en su libro El origen de las especies es, en pocas palabras, lo siguiente: 1) Que la evolución ocurre en todos los seres vivos; 2) Que el cambio evolutivo es gradual, requiriéndose de miles a millones de años; 3) Que el mecanismo para la evolución es un proceso llamado selección natural que separa lo favorable de lo desfavorable y que ocurre al azar sin un propósito, y 4) Que los millones de especies que habitan la Tierra descienden de una forma de vida original y simple. Darwin, así, rompía con el paradigma de la creación instantánea hecha por un diseñador inteligente».

En este asunto es agobiante la cantidad de cosas que uno debe dejar en el tintero.

EL OBSERVADOR 477-8

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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA
Qué bueno es Dios
Por Claudio de Castro S.

Anoche jugabamos Luis Felipe y yo. Claudio Guillermo entró al cuarto y me dijo:
- Papá, no te muevas.
Y, ¡zasss!, tomó esta foto.

Hoy domingo me levante temprano. A esta hora de la mañana parece que los únicos despiertos en la casa somos José Miguel, Luis Felipe, Vida y yo.

José Miguel lee un libro, Luis Felipe mueve sus manitas y pies, Vida prepara el desayuno y yo les escribo.

Dentro de poco despertaré a los demás para irnos a Misa. Últimamente pienso mucho en san José. Era un miembro de la familia de Nazaret que tenía casi olvidado. Cada mañana, al despertar, saludo a Dios; le digo: «gracias». Hay tanto por qué agradecer. Luego, cuando me levanto, paso frente a un cuadro de la Virgen y la saludo. También saludo a Jesús. Pero a san José...

Ser papá a esta edad me ha despertado un sentimiento de comprensión y afecto por san José. Estoy convencido de que a Jesús le encanta la idea que san José forme parte de nuestras vidas.

Tuvo que hacer tanto por Jesús y María. Imagina esta responsabilidad: cuidar al Hijo de Dios.

Con los días crece mi admiración por san José, fue un hombre admirable, y le pido que me ayude a ser un buen papá.

Qué bueno es Dios, a pesar de todas las cosas que no podemos comprender y que nos ocurren. ¡Qué bueno es Dios!

EL OBSERVADOR 477-9

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CARTAS DESDE BARCELONA
Llamando a Dios
Por Javier Menéndez Ros

Al entrar en la basílica del Tibidabo, desde donde se puede disfrutar de una de las mejores vistas de Barcelona, se puede ver, al lado de un confesionario, un curioso cartel, que ha sido el causante de estas líneas. Dice algo parecido a ésto: « Si quiere confesarse presione el timbre y un sacerdote acudirá lo antes posible».

La primera vez que lo leí no pude por menos que sonreírme para mis adentros , dejando volar mis fantasías e imaginando que un grupo de sacerdotes estarían de guardia en el piso de arriba. Ahora echando una partidita de cartas, luego viendo la tele y a ratos, quizás, meditando el evangelio. Y cuando escuchasen el timbre compulsivo del deber uno de ellos se deslizaría ágilmente por uno de esos palos por los que solían descolgarse los bomberos y acabaría colándose por un agujero abierto en lo alto del confesionario, mientras se encendía una lucecita del mismo indicando que el sacerdote estaba listo para el sacramento.

Pasados los días seguí pensando en el cartelito aquel y me vinieron pensamientos quizás menos divertidos pero indudablemente más profundos. Pensé que, para llamar a Dios, no necesitamos ciertamente apretar ningún botón. Él está siempre listo para nosotros. Él pasa interminables esperas en el calor solitario del sagrario; habla, busca compañía y pocas veces la encuentra. Dios viene a nosotros como el sol que, fiel a su diaria cita, se levanta en el cielo y así, cada vez que el sacerdote consagra la forma y ésta se transforma en el cuerpo del Señor, es el propio sol, la calidez de Dios que nos ofrece su amor infinito a los hombres. Dios también está cuando, gracias a la confesión, arrepentidos de nuestras ofensas, nos dejamos abrazar por Él y sentimos su perdón.

Para llamar a Dios no necesitamos marcar ningún número de móvil, ni siquiera sabernos su dirección de e-mail. Basta con que mire a mi hermano, al que dice que cree en Dios y al que cree que puede vivir sin Él, al que dice seguirle y al que sigue sin hablar de Él, pero especialmente le siento en aquellos que sufren, en los enfermos, en los desheredados de la tierra, en los que no encuentran sentido a sus vidas y en aquellos que, como los niños, aún conservan un corazón sencillo, aquellos que aún tienen una risa limpia que es capaz de volar por el mundo derritiendo el hielo de las almas.

Hoy he llamado a Dios porque me encontraba solo y le he visto en una mirada cálida, en una sonrisa abierta, en unas manos entrelazadas. Hoy he hecho silencio en mi interior y Dios me ha hablado sin recurrir ni a la tele, ni a la radio, ni al móvil. Me ha hablado sin palabras, pero cuánto me ha dicho. Los hombres ponemos cien palabras a una idea, a un sentimiento. Dios nos pone en nuestro corazón la idea y el sentimiento.

Hoy he acallado los mil ruidos que el mundo me sugiere, he dejado descansar mi vista en tu mar, Señor, he querido mecerme entre tus olas de plata, y he escuchado tu voz cálida cantada por la brisa mientras sentía el beso del agua en mi frente de arena. Hoy te he llamado y, antes de que el aire repitiera tu nombre, Tú ya estabas ahí, porque clavado a la cruz sólo esperas que te mire sin avergonzarme, que te acompañe sin dormirme, que calle para escucharte.

EL OBSERVADOR 477-10

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HACIA EL 48º CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL
Comprender a partir del Misterio
Por el Pbro. Prisciliano Hernández Chávez , C. ORC

La Escritura Santa entera parece profecía evidente para nosotros en nuestro hoy. Pero no bastó para el otro tiempo, aquel tiempo de Jesús. El mismo Pablo, experto en la Escritura veterotestamentaria, fue perseguidor de Jesús y de sus discípulos (cfr. Hech 9,5). Leyó la Biblia con una venda en los ojos. Ante el encuentro con el Resucitado, se convirtió al Señor y a su Iglesia-Corpus Christi. Desde esta experiencia aparece la irradiante profundidad, la realidad plena.

Para los mismos discípulos, no fueron los textos sino el encuentro con el Resucitado quien les abrió sus inteligencias para que comprendieran la misma Escritura.(Lc 24, 45).

Existía el libro de la Creación. Desde la protología del Génesis, el hombre se unea su mujer y se hacen una sola carne (Gén 2,4). Nadie vislumbró en las bodas humanas la unidad de Cristo con la Iglesia. Su cuerpo es la Iglesia (cfr. Col 2,13).

Las ofrendas y sacrificios eran signos oscuros. Su opacidad se ilumina a partir de la realidad última: la pascua de Cristo; Él es el Cordero que quita el pecado del mundo. Sabed que os han rescatado de vuestra vana conducta heredada, no con plata y oro corruptibles sino con la preciosa sangre de Cristo Cordero sin mancha ni tacha…(1Pe 1,19).

La Iglesia es también el cuerpo de Cristo. No se puede conocer a la Iglesia por la sociología, la psicología o la historia. Su sentido está en el misterio. Sin pretensiones, la comunidad cristiana tiene que ser el instrumento de la redención de todos,como leemos en la carta a Diogneto. Es la Iglesia el Sacramento fundamental de la presencia de Cristo. La Iglesia viene del Cristo pascual, va hacia Él, es inteligible a partir de Él quien es el Protosacramento del Padre. Cristo es el misterio escondido desde antes de la creación del mundo y que se ha manifestado (cfr. Col 1,25-27).

Todo el mensaje de Jesús, el por qué Él es superior al templo, a la ley, al sábado, quedará plenamente aclarado a partir de su resurrección (cfr. Jn 8,28).

A través de su glorificación, Cristo es el ésjaton del mundo (Col 1,19), todo fuecreado por Él y para Él. Se condensa en Él la totalidad del poder creador y santificador. Todo lo que es participación recibe en Él su plena significación y explicación.

Sólo a partir del Cristo pascual, se ha de leer el Libro de la Eucaristía. La Eucaristía es un relato que se lee a partir del fin.

En los Evangelios sinópticos la Eucaristía se sitúa en la institución dentro de la perspectiva escatológica y del banquete del Reino y en su cumplimento.(cfr. Mc 14,25; Lc 22, 14-18).

En el cuarto Evangelio, Jesús se autonombra como el pan de la vida (Jn 6, 35). Y en el relato de la Cena resalta el lavatorio de los pies, el mandato nuevo del amor.

Su misterio personal explicará el por qué Él es el pan de la vida, el pan eucarístico para que el mundo tenga vida.

El misterio del Cristo pascual, tiene un sacramento y ese es la Eucaristía. Su misterio se apodera de las realidades pan-vino-ofrendas-nuestro ser, para hacerlas símbolo y realidad de su presencia.

El libro de la Eucaristía pide lectores con inteligencia sentiente o afectiva -en lenguaje de Zubiri- bajo la acción sapiencial del Espíritu Santo, en la fe de la Iglesia y en la praxis de los santos.

María Santísimaocupa un lugar eminente como Proto-Iglesia, como Israel de Dios, como Tierra Santa. Por su «sí» en ofrenda permanente, de la Anunciación al Calvario, de la Resurrección a Pentecostés, de su comunión con el Discípulo amado, hasta su Dormición-Asunción gloriosa e intercesión transhistórica e intradivina, ella es el aval de toda la humanidad. Por ella, en palabras de Hans Urs von Baltasar, Dios, desde la altura soberana de su omnipotencia, puede hacer surgir de la nada de la virginidad estéril … la maternidad de la Virgen que fecunda el mundo entero; y esto lo realiza únicamente por su Hijo encarnado que llega a incorporar el milagro de la omnipotencia y de omnifecundidad divinas en la Eucaristía al conjunto de la creación del Padre. Sólo entonces, cuando la Palabra definitivamente muda logró hacer de todo su cuerpo la semilla de Dios, se hizo definitivamente carne la Palabra, en el seno de la Virgen-Madre María-Iglesia, cuya respuesta espiritual y corporal es más fecunda que todos los intentos desesperados por hacer fecundo el pecado del mundo, que ahora sí queda definitivamente estéril (Teodrámatica, 4 La Acción, pág 337).

Para acercase a una comprensión -jamás del todo conceptuable, ni agotable- de la Eucaristía, san Agustín nos dice: si ignoras, gusta.

Por eso no se puede hablar o anunciar la Eucaristía si no es desde la experiencia orante y degustativa, en la participación litúrgica o en la oración adorante ante el sagrario o la Custodia. Esto exige espacios de silencio y de escucha. Exige una postura receptiva, atenta y orante.

En este misterio admirable es necesario que se dé la contemplatio antes del tradere, la contemplación antes de la entrega o del Anuncio. La Eucaristía misma es el Anuncio, cuya visibilidad se percibe no sólo en el pan y el vino consagrados, sino en su prolongación en la historia de la Iglesia, que son los cristianos santos; transformados en Jesús, en ellos se trasparenta el Cristo real de la Eucaristía en la realidad de su entrega como pan partido y sangre derramada ; en el «sí» al Padre y en el «sí» a los hermanos, dos «síes» del mismo «sí» martirial cruento o incruento de la vida.

EL OBSERVADOR 477-11

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FIN

 
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