El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
19 de septiembre de 2004 No.480

SUMARIO

bulletPORTADA - La Iglesia no acepta la píldora del día siguiente: sale a la venta pública esta semana
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Batallas cotidianas
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - María niña es la aurora purísima de la redención
bulletLA SONRISA DEL ÁNGEL - Evangelios de cada día
bulletINTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Cargo con el recuerdo de un ex novio
bulletPINCELADAS - Niña de cinco años
bulletREPORTAJE - La Iglesia católica ante el proyecto de Declaración sobre las normas universales de bioética
bulletJÓVENES - El papa Juan Pablo II es el primer inscrito en la Jornada Mundial de la Juventud 2005
bulletENTREVISTA - Habla Luis Moya, un famoso sacerdote tetrapléjico que visitó al personaje que inspiró una reciente película pro-eutanasia
bulletHACIA EL 48º CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL - El anuncio en la Eucaristía y desde la Eucaristía
bulletLa familia unida es capaz de mover montañas

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PORTADA
La Iglesia no acepta la píldora del día siguiente: sale a la venta pública esta semana
El Observador / Redacción
La llamada píldora de anticoncepción de emergencia (AE) estará al alcance de la mano en cualquier farmacia en estos días de septiembre. La Iglesia señala que hay razones científicas para rechazarla por los daños al cuerpo y al alma de los más jóvenes. La Secretaría de Salud se encoge de hombros. Ha ganado la batalla. Pero: ¿la ha ganado?

Está lista para su distribución y venta en las farmacias de todo el país la píldora del día siguiente. La Secretaría de Salud ha decidido que es una buena posibilidad de evitar los embarazos no deseados. Por su parte, científicos y médicos católicos han definido dos cosas: que es abortiva y que produce o puede producir daños severos en las mujeres que la tomen.

La Iglesia no se vaa quedar callada

Tanto el presidente de la Comisión Episcopal de Educación, Ramón Godínez Flores (obispo de Aguascalientes) como su homólogo de la Comisión Episcopal de Pastoral Familiar, Rodrigo Aguilar Martínez (obispo de Matehuala) han coincidido en que la Iglesia ni acepta ni aceptará la comercialización de la píldora de anticoncepción de emergencia (AE).

Mientras Mons. Godínez indica que la Iglesia seguirá dialogando con el sector salud para evitar la irrupción del fármaco, pues va en contra del quinto y sexto mandamientos de la Ley de Dios, Mon. Aguilar recalca que la Iglesia se opone porque tiene razones científicas que argumentar.

Ambos enfatizan que la píldora de AE es abortiva pues puede funcionar en contra del óvulo que ya haya sido fecundado, evitando que se implante o anide en las paredes de la matriz. Y que existen daños morales -como la lesión de la unidad familiar- y físicos -como obstrucción de venas y arterias, paros cardíacos, disfunciones en el hígado y alta presión arterial.

¿La Secretaría de Salud ya sabe cuándo el ser humano tiene alma?

Hace algunos meses, en El Observador, la psicóloga Yusi Cervantes decía: «Puesto que la píldora del día siguiente tiene como objetivo eliminar al óvulo fecundado, que ya es un ser humano, es abortiva y, por tanto, contraria a los derechos fundamentales de toda persona». Y remataba diciendo: «Todo ser humano tiene derecho a que su vida sea respetada, no importa si es un niño ya nacido, o si su gestación lleva ya cinco meses, tres días o unas horas; en cualquier caso se trata de una vida humana».

Por su parte, la Comisión Episcopal de Pastoral Familiar ha dicho que «el efecto de la 'anticoncepción hormonal postcoital', cuando impide la implantación o anidación, es claramente abortivo, en cuanto que elimina directa y voluntariamente la vida de un ser humano recién concebido».

Todo esto ha sido desoído por la Secretaría de Salud. Ya en el primer trimestre de 2004 había incluido la píldora de AE dentro de la norma oficial de los servicios de planificación familiar. Y está semana la pone al alcance de cualquiera que decida deshacerse de un «producto» no deseado, sin importar que sea un asesinato y que provoque daños en la fisiología de la mujer.

EL OBSERVADOR 480-1

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CARTAS DEL DIRECTOR

Batallas cotidianas
Por Jaime Septién

La generación actual de adolescentes -ellos y ellas- plantea una problema muy complejo a los papás. A saber, el problema de la educación. Educar, se ha dicho, es introducir a la persona en la realidad. «Bajarlo» del mundo del yo al mundo del nosotros. Hacerlo pasar del egoísmo que todo lo quiere para sí, al altruismo en donde son los otros el origen y el fin de mis acciones.

Los padres católicos tenemos un reto más: hacerles ver a los hijos que en esa realidad a la que queremos introducirlos, meterlos de lleno, está el rostro sufriente de Cristo. Es decir, que ahí, en medio del mundo, con todas sus salvajadas y brutalidades, con la miseria y el alcoholismo, con la corrupción y la droga, con la indiferencia y la venganza; ahí es donde está su misión.

Doble y ardua labor. En ella, como en tantas otras tareas de educación de los hijos (y sin que esto quiera decir nada más de lo que quiere decir), está inscrita la presencia de las madres. Santa Mónica, la madre de San Agustín es, me parece, el modelo más elevado de todos: no sólo porque aguantó (y convirtió al final) un marido impropio (como habemos tantos); tampoco porque hizo con sus lágrimas revertir el camino disoluto de Agustín, su hijo. Vamos, ni siquiera porque lo alcanzó a ver obispo de Hipona, sino porque lo encarriló a ser santo.

Las madres son el camino regio a la santidad de los hijos. Por supuesto que los padres han de participar. Pero la historia nos dice que nuestra participación es más modesta. Quizá porque somos -los varones- menos porosos a la Gracia. Lo cierto es que la madre da todo por el amor. Y eso enciende el fuego de la bondad en la antorcha de los hijos. Es la bondad lo que transforma al mundo. Y es la bondad la muestra más clara de una educación católica.

Entiendo que hoy todo se confabula en contra de la bondad. Los medios de comunicación nos dan la pauta para no querer ser buenos. Ya nadie quiere ser bueno. Eso es ser un looser(un «perdedor»). Y los programas de la tele machacan al oído de los jóvenes que lo único que importa es el éxito, coleccionar mujeres u hombres, coches, tarjetas de crédito, millas de viajero, perfumes, casas y placeres de toda índole. Contra eso hay que luchar.

Y enseñar que sólo hay salvación del mundo por vía de la bondad. Que sólo Dios es bondad infinita. Que sólo Dios salva.

EL OBSERVADOR 480-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
María niña es la aurora purísima de la redención

El miércoles 8 de septiembre, al celebrar la Natividad de la Virgen María, Juan Pablo II en la audiencia general recordó esta fiesta litúrgica e hizo un llamamiento en defensa de la infancia:

«La liturgia recuerda hoy la natividad de la bienaventurada Virgen María. Esta fiesta, muy amada por la piedad popular, nos lleva a admirar en María niña la aurora purísima de la redención. Contemplamos a una niña como todas las demás, y, al mismo tiempo, única, la 'bendita entre las mujeres' (Lucas 1, 42). María es la inmaculada 'hija de Sión', destinada a convertirse en madre del Mesías.

«Al contemplar a María niña, ¿cómo es posible dejar de pensar en los numerosos pequeños indefensos de Beslán, en Osetia, víctimas de un bárbaro secuestro y bárbaramente asesinados? Se encontraban dentro de una escuela, lugar en el que se aprenden los valores que dan sentido a la historia, a la cultura y a la civilización de los pueblos: el respeto recíproco, la solidaridad, la justicia y la paz. Por el contrario, entre aquellos muros experimentaron el ultraje, el odio y la muerte, nefastas consecuencias de un cruel fanatismo y de un malsano desprecio de la persona humana.

«La mirada, en este momento, se amplía a todos los niños inocentes que, en todas las partes de la tierra, son víctimas de la violencia de los adultos. Es otro grito de dolor de la infancia ofendida en su dignidad. No puede, no debe dejar indiferente a nadie.

«Queridos hermanos y hermanas: ante la cuna de María niña, tomemos de nuevo conciencia del deber que todos tenemos de tutelar y defender a estas frágiles criaturas y de construir para ellas un futuro de paz».

EL OBSERVADOR 480-3

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LA SONRISA DEL ÁNGEL
Evangelios de cada día
Por Juan Jesús Priego

El tío estaba muy enfermo y el señor y la señora Pérez pensaban en él mientras el autobús se deslizaba por una curva peligrosa a 120 kilómetros por hora. «¿Habrá muerto?», preguntó de pronto el señor Pérez, un hombre calvo y gordo que en otro tiempo se había interesado por la vida de las abejas pero que de un tiempo a la fecha había cobrado un interés casi enfermizo por el destino de los bienes de su tío. «No, no ha muerto», dijo la mujer con una voz entre acongojada y feliz mientras retomaba la revista que, con el susto de la curva, se le había escapado de las manos.

«Si hubiese muerto -continuó- ya nos habríamos enterado. Las malas noticias vuelan, querido». El señor Pérez se limitó a suspirar, visiblemente aliviado.

Era verdad: de haber muerto el tío, cualquier pasajero, salido tal vez de entre los forros de un asiento o de una maleta, se hubiera acercado a ellos y les hubiera dicho en un tono artificialmente dolorido: «Créanme que lo siento, señor y señora Pérez, pero su señor tío...». Sí, si el tío hubiera muerto, el señor y la señora Pérez se habrían enterado ya.

En su libro L'ottismismo, Francesco Alberone traza un retrato perfecto de aquellos seres cuya única ocupación en la vida parece ser la de llevar y traer malas noticias. «Cuando uno de vuestros amigos debe daros una noticia que os hará sufrir, es muy prudente. Estudia el momento más adecuado. No os llama en el corazón de la noche, no os la dice antes de que entréis a un examen... El portador de malas noticias, en cambio, no se preocupa de nada. No piensa en cómo os encontráis, en lo que estáis haciendo. Apenas os ve, os dice la cosa desagradable. Si se trata de algo confidencial, os telefonea por la noche. Os la dice por la mañana, cuando estáis recién levantados, para arruinaros la jornada... En realidad, al portador de malas noticias le gusta deciros esas cosas, ver vuestro embarazo, vuestra ansia. Pertenece al mismo grupo de aquellos que vienen a deciros las cosas malas que se dicen de vosotros. Y os las dicen con riqueza de particulares. Con las palabras exactas. Y, al pronunciarlas, da la impresión de que compartiera el parecer de aquel que las ha dicho, dado que las recuerda tan bien... Un amigo, un verdadero amigo, os habría defendido, se habría indignado. Pero ellos, no. Ellos callaban. Y, obrando así, avalaban el parecer de los otros, se ponían de su parte». Al portador de malas noticias le gusta hacer sentir mal a la gente. Disfruta viendo las manos temblorosas y el corazón abatido. Pues bien, nunca podrá este profeta de desventura comprender lo que significa en su esencia misma el Evangelio, esa Buena Noticia que Jesús vino a traer.

Un cristiano, por el mero hecho de seguir a Jesús, debe ser un experto en el arte de dar buenas noticias. «El Señor me ha dado una lengua hábil para decir al cansado palabras de aliento» (Isaías50,4), decía el profeta. ¡Cuántos hombres y mujeres quieren estar seguros de lo que valen! ¡Cuántos languidecen por no encontrar a alguien que los haga apreciarse a sí mismos!

Yo, cristiano, no puedo darte la noticia de que eres importante para Dios si antes no te hago sentir que eres importante para mí y para los demás; antes de hablarte del Cielo que Dios te tiene preparado, debo aprender a hacerte sentir bien en esta Tierra. Si no me acerco nunca a ti con una buena noticia en los labios, no me creerás cuando quiera hablarte de la Buena Noticia. Desconfiarías, creerías que se trata de una trampa. Y, contra mí, tendrías razón. Nada más que hacer. Humanamente es así.

EL OBSERVADOR 480-4

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INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Cargo con el recuerdo de un ex novio
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA
Tengo un sentimiento reprimido desde hace cuatro años, aproximadamente. Resulta que en la universidad tuve un novio que duré con él cinco meses. Desde el inicio hasta el final fue para mí como un sueño; todo era como si fuera el paraíso, siempre nos llevamos súper bien, nunca tuvimos un problema, nunca discutimos en ese tiempo, todo fue genial; es la única relación de la que puedo decir que no tuve queja alguna. Ya no recuerdo muy bien el por qué se terminó la relación, sólo recuerdo que fue porque a él le dijo una supuesta amiga que yo le había sido infiel; él solo se fue mostrando poco a poco triste y desmotivado; yo le preguntaba qué era lo que tenía y nunca me decía, me respondía: «dime la verdad, ¿qué sucede con nosotros?» Yo le aclaraba la situación de la infidelidad, que no había ninguna, pero nunca me creyó.
Decidió irse a España con su abuela. Recuerdo que esa tarde, cuando me dijo que se iba pronto, me dijo que me quedará con él esa noche, que no tendríamos relaciones, simplemente quería estar conmigo; yo por un momento dudé pero a fin de cuentas le dije que no (llegué a pensar que si le hubiera dicho que sí, estaría con él ahora); cuando se lo dije no le agradó, pero lo aceptó. Nos despedimos bien, se fue y yo me quedé extrañándolo, nunca tuve noticias de él cuando estuvo allá, él nunca me llamó ni nada. Me enteré de que había llegado a México, lo busqué enseguida que llegó, le llamé varias veces a su casa pero nunca lo encontraba, hasta que lo encontré. Primero me contestó muy amable porque no sabía quién hablaba, pero después cuando le dije que era yo, cambió drásticamente su tono de voz (me sentí chinche); intenté entablar una conversación pero fue muy grosero y terminó con: «ya no me busques ni me molestes, que pases una linda noche» (sarcásticamente me lo dijo). Simplemente le dije, tristemente: que estés bien, lo entiendo, adiós. Sólo una vez me lo he encontrado en la calle; iba con su novia, nos topamos en la misma banqueta, nunca me vio a los ojos, ni mucho menos me habló; sentí su mirada de odio Me lo volví a encontrar hace poco, lo vi desde lejos; de ahí se me ocurrió llamarlo a su casa, para saber él cómo estaba, además de saber si ya se habían olvidado los sentimientos negativos de él hacia mí. Le llamé y me contestó su mamá, él no estaba. Sólo le dejé un recado y fue todo. Le he dado vueltas al asunto por mucho tiempo, no me gusta caerle mal a la gente y menos a él, de quien tengo gratos recuerdos. Pensando idealistamente, me gustaría tan sólo tener aunque sea una conversación con él, para que se aclarara todo y para saber sus planes; me gustaría tener una bonita amistad, respetando a su pareja actual; me gustaría simplemente sentirme en paz con él; sé que a él le vale, y eso es lo peor. Intento pensar positivamente y decir: si él está bien, yo debo de estarlo, pero me encantaría que si nos encontráramos en la calle tan sólo me dijera: hola y adiós. Seguro que me siento así por lo mucho que lo quise. Me echo la culpa de todo por no haber tenido más cuidado. Espero en Dios que mi ex novio me perdone algún día, nunca se lo pude decir. Él no creía en Dios, yo intentaba que creyera en Él, le estaba enseñando el Padre Nuestro y el Ave María, fuimos a visitar los siete altares en semana santa, le regalé una medalla de una Virgen; todo lo aceptaba y le gustaba, se esmeraba en aprender. Al término de la relación me regresó la Virgen. Siento que ahora mucho menos cree en Dios y en la Iglesia, pues me imagino que lo relaciona con mi persona; eso me entristece mucho. Desafortunadamente, aún no puedo sanar de ese recuerdo. He tenido un novio después de él; viví el momento, pero mi ex novio aún sigue ahí y no sé por qué; pienso que debería de pensar en las groserías que me hizo cuando lo busqué, pero regresan lo recuerdos bonitos y no puedo; igual y cuando ya tenga 80 años me habré olvidado de todo o seguiré con la «carga del recuerdo».


RESPUESTA
Las relaciones que son como un sueño, donde nunca hay problemas ni discusiones, a mí me parecen sospechosas. No digo que sea imposible que una buena relación sea así, pero sería una rareza. Normalmente los novios tienen diferencias en sus puntos de vista, ideas, principios, gustos, educación e historia. Si no hay ninguna discusión, me parece que uno se somete al otro o que están simulando para quedar bien con el otro; o podría ser que la relación es tan trivial, tan superficial, que los temas difíciles nunca se tocan. En todo caso, no hay una buena comunicación.

Él te traicionó al confiar más en lo que le dijeron que en ti. No te escuchó, no quiso resolver el asunto y se fue. Es decir, no te respetó y no te amó. No tuvo siquiera la delicadeza de ser honesto contigo y aclarar bien las cosas. Él te dejó, no por tu supuesta infidelidad, que no se molestó en comprobar, sino porque en realidad no te amaba. Eso es todo.

Tampoco es cierto que si te hubieras quedado con él aquella noche él no te habría dejado: lo habría hecho de todos modos y te habrías quedado con un dolor todavía más profundo. El verdadero amor no depende de si la novia se acuesta con el novio o no. Ese fue otro gesto egoísta de él: sabiendo que no te amaba y que te iba a dejar, quiso disfrutarte una noche, sin importarle tus sentimientos ni tu dignidad. ¡Y tú suspiras por él! No puede ser.

Creo que él se molesta cuando le hablas o lo encuentras porque no tiene el valor de enfrentarse a sí mismo. Es más cómodo proyectar en ti las culpas, hacerse el enojado, actuar como víctima. Lo malo es que tú te la crees, te sientes culpable y quieres que te perdone, ¿pero de qué? Tú necesitas perdonarlo a él y soltarlo, pero antes debes escuchar tu enojo y tu frustración.

¿Por qué te importa la opinión que él tenga de ti? Él necesita tener una mala opinión de ti porque de lo contrario tendría que reconocer sus culpas y al parecer no está dispuesto a ello. Pero tú, tu bienestar, tu ánimo no pueden depender de lo que él piense de ti. Y tampoco de si él está bien o mal. Tú tienes que estar bien. Punto. Si él es feliz o no, no es tu asunto. Si él se acerca a Dios o no, tampoco te incumbe. Ya no es tu novio. Suéltalo.

Olvídate de la bonita amistad con él. Podría ser un autoengaño de tu parte, un pretexto para estar cerca de él porque no has renunciado a esa relación inexistente. Y, por otro lado, ¿qué clase de amistad puedes tener con una persona que te ha tratado como él ha hecho? No vale la pena.

No lo vas a olvidar, a menos que sufras de amnesia, pero puedes y debes desapegarte de él. Necesitas dominar tu pensamiento. Cuando te sorprendas pensando en ese hombre, busca algo mejor para pensar, lee un libro, ponte a trabajar, háblale a una amiga... Tienes que rescatar tu condición de mujer libre, tu dignidad de hija de Dios. Quizá debas desarrollar tu autoestima y construir una vida personal fecunda. Si no lo haces, corres el peligro de apegarte a otro hombre, y el amor no se trata de eso. El amor es libre y no nos hace perder el centro. Tú lo perdiste con ese novio y necesitas recuperarlo. Amar a una pareja no significa girar en torno a otra persona, sino construir ambos una vida en común. Lo que viviste con ese muchacho fue una ilusión, déjala atrás; sólo entonces podrás abrirte verdaderamente a un amor que sea real.

EL OBSERVADOR 480-5

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PINCELADAS
Niña de cinco años
Por Justo López Melús *

Educar al niño (e-ducere = sacar de dentro, despertar) y sembrar en su alma nobles ideales ha de hacerse desde la más tierna infancia. El gran pedagogo don Andrés Manjón decía que las primeras migajas no se digieren, quedan en el alma para siempre. El alma de un niño es como una tablilla de cera, donde cualquier cosa se puede grabar.

Una madre fue a ver a un sabio para saber cuándo debía iniciar la educación de su hija. «¿Cuántos años tiene la niña?». «Cinco». «¡Cinco! ¡Vaya usted a casa corriendo! Va con cinco años de retraso». En realidad, el retraso era mayor. El tono suave de voz, la paz y el sosiego de la mujer embarazada, lo mismo que la angustia y la ansiedad, ya están influyendo en la criatura.

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 480-6

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REPORTAJE
La Iglesia católica ante el proyecto de Declaración sobre las normas universales de bioética
Intervención del delegado católico ante el comité de la UNESCO
Resumimos la intervención del delegado de la Iglesia católica, el padre Gonzalo Miranda L.C, decano de la facultad de bioética del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), en la undécima sesión del Comité Internacional de Bioética (CIB) de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, que se celebró entre el 23 y el 24 de agosto en París sobre el proyecto de Declaración sobre las normas universales de bioética.

La Iglesia católica ha mostrado desde siempre vivo interés por las cuestiones éticas relacionadas con la vida y la práctica de la medicina; y desde la aparición de esa nueva disciplina que llamamos bioética, ha estado especialmente atenta a su desarrollo y sus implicaciones.
La Iglesia católica, y la Santa Sede en concreto, miran con interés al esfuerzo que se está realizando en la UNESCO en vistas a la redacción de una Declaración de normas universales sobre bioética.

Las dos alas de la reflexión bioética católica

Como dice Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, «la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad».
El católico está convencido de que la fe en un Dios creador y salvador de todos los hombres arroja una luz luminosa y potente sobre toda la realidad humana, individual y social. Esa luz, que para nosotros proviene de modo especial de los libros revelados por Dios, favorece también la comprensión de los problemas éticos presentados hoy por la práctica de la biomedicina y las acciones humanas que inciden sobre la vida.
Pero el católico está convencido también de que el Creador ha dotado al ser humano de la capacidad de comprender la realidad, comenzando por la realidad de su propia humanidad; de ese modo el ser humano puede comprender que ciertos comportamientos son correspondientes a él y otros son contrarios a él.

La biotecnología al servicio del hombre

En las primeras páginas de la Biblia se presenta al ser humano como un ser que ha sido hecho superior a todas las demás creaturas visibles. Creado «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 26), el Creador le confía el resto de la creación y le encarga la custodia y la cultivación del jardín del Edén.
Dios le ha dado al hombre la capacidad de indagar, de descubrir poco a poco las estructuras mismas de la realidad física y de la vida; y le ha dado también la capacidad de desarrollar técnicas que le permiten manipular y aprovechar para su bien la realidad (como ha hecho desde la invención de la rueda hasta las modificaciones genéticas).
La Iglesia católica, por tanto, tiene una visión positiva de la ciencia y la tecnología El papa Juan Pablo II ha dicho que «en el delicado campo de la medicina y la biotecnología la Iglesia católica no se opone de ninguna manera al progreso» . Al contrario, «la ciencia y la tecnología son un producto maravilloso de la creatividad humana que es un don de Dios».
Esta confianza en la razón y en la capacidad científica y tecnológica del hombre no impide comprender que esas capacidades pueden ser utilizadas para el bien del ser humano, o también en su contra. De ahí nace la preocupación ética relacionada con la medicina y la biotecnología.

Por el bien de todos

Una de las preocupaciones fundamentales de la visión católica de la bioética es la de que no se ofendan los derechos de nadie, que no se practique ningún tipo de discriminación injusta. El cristiano está convencido de que todos los seres humanos somos hijos del mismo Dios; está convencido también de que Jesucristo ofreció su vida por la salvación de todos. Como escribió san Pablo a las primeras comunidades de la Iglesia antigua: «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28).
El hombre ha practicado demasiado la discriminación del otro, del diverso; muchas veces lo ha sometido, explotado y eliminado. Poco a poco, con grandes dificultades y contradicciones, la humanidad ha ido progresando en la capacidad de reconocer y respetar al otro. Se ha ido progresando en la comprensión de la igualdad, en la dignidad de todos los seres humanos, prescindiendo de sus condiciones y sus circunstancias.
Todavía quedan pasos que dar en esta dirección, sin duda. Y uno de ellos, fundamental en nuestros días, es la comprensión de que la igual dignidad de los seres humanos no depende tampoco del grado de desarrollo físico o psicológico del individuo.
Parafraseando el texto de san Pablo podríamos decir que «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer; ni nacido ni no nacido». No vale menos el niño recién nacido que el joven o el adulto o el anciano (aunque en cada estadio de desarrollo sean diversas sus capacidades y su inserción en la sociedad); no vale menos el ser humano todavía por nacer que el ya nacido. Desde que comienza a existir, el embrión humano es un miembro de nuestra familia humana, alguien que ha comenzado su existencia humana, como la hemos comenzado un día cada uno de nosotros.
La cuestión del respeto debido al ser humano desde su estadio embrional no depende de la propia visión religiosa; es expresión más bien del principio de la dignidad y la igualdad universal de todos los seres humanos.
Asimismo, la cuestión del estatuto humano del embrión humano no es cuestión de fe ni filosófica: es la ciencia de la embriología humana la que nos muestra que desde el estadio de cigoto en adelante se desarrolla el mismo organismo vivo, es decir, el mismo individuo de la especie humana.
Otra cuestión fundamental es la de la relación entre la ética y el derecho. Tanto que después de la bioética se ha originado el «bioderecho».
Es importante recordar que la ley civil y la moral no se identifican, pero tampoco son ajenas una a la otra.
La ley civil no puede ni debe regular los comportamientos humanos en los que está en juego exclusivamente la moralidad personal de los individuos. Sin embargo, el derecho debe intervenir para regular los comportamientos humanos en los que está en juego la relación entre los individuos, con el fin de garantizar, en la medida de lo posible, el respeto de los derechos de todos. Y debe, sobre todo, procurar proteger a los más débiles e indefensos contra los eventuales abusos de los más fuertes.

El proyecto de Declaración

A propósito del proyecto de la Declaración de normas universales de bioética,de la UNESCO, creo que puede tratarse de un importante instrumento cultural que ayude a progresar en la conciencia y la sensibilidad ética y bioética en todo el mundo.
No sería, en cambio, un instrumento de verdadero progreso si se pretendiera imponer a todos los pueblos una bioética «estandarizada» , prescindiendo de las diferencias culturales y religiosas de cada lugar.
En este sentido sería importante considerar bien cuál habrá de ser el carácter del documento y cuáles serán sus funciones y aplicaciones en relación con las naciones.

EL OBSERVADOR 480-7

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JÓVENES
El papa Juan Pablo II es el primer inscrito en la Jornada Mundial de la Juventud 2005

Sentado ante una computadora en cuya pantalla podía verse el logotipo de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, Juan Pablo II pulsó una tecla y se inscribió como primer peregrino en la página web del acontecimiento que tendrá lugar en Colonia (Alemania) del 16 al 21 de agosto de 2005 (http://www.wjt2005.de).

El simbólico gesto tuvo lugar el pasado jueves 2 de septiembre, cuando el Papa recibió en audiencia en la residencia pontificia de Castel Gandolfo a una representación de 40 jóvenes europeos que le presentaron una carta donde se comprometen en la edificación del continente.

El obispo de Roma les recordó que, «para llevar a cabo esta misión de ustedes son necesarias la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, coherencia y valor, incluso hasta el heroísmo de la santidad».
(Fuente: ACI)

EL OBSERVADOR 480-8

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ENTREVISTA
Habla Luis Moya, un famoso sacerdote tetrapléjico que visitó al personaje que inspiró una reciente película pro-eutanasia
Un sacerdote tetrapléjico (paralítico desde el cuello hasta los pies), Luis de Moya, tuvo oportunidad de visitar a Ramón Sampedro año y medio antes de que éste -también tetrapléjico por un accidente- se quitara la vida (en 1998), una decisión que ha inspirado la película que pretende reavivar el debate sobre la eutanasia: Mar adentro.

Presentada en el Festival de Venecia, la película Mar adentro -dirigida por el cineasta español Alejandro Amenábar- ridiculiza en una escena las palabras y el comportamiento de un sacerdote tetrapléjico que acude a visitar al también inválido Ramón Sampedro.
En esta entrevista concedida a Zenit, el presbítero español Luis de Moya recuerda el encuentro que tuvo con Ramón Sampedro, y se sumerge en la cuestión de la eutanasia desde su condición de tetrapléjico a raíz de un accidente que sufrió hace más de 13 años.
Médico y sacerdote, Luis de Moya se ha encargado de distintas capellanías universitarias en la Universidad de Navarra, una labor a la que sigue dedicándose con las limitaciones propias de su estado.

Hay críticos que han señalado el carácter «caricaturesco», «cruel», «anticatólico» e «históricamente falso» de la escena de la película en la que Ramón Sampedro recibe la visita de un sacerdote también tetrapléjico. ¿Conoció usted personalmente a Ramón Sampedro? ¿Podría relatar su encuentro con él?

Si esa situación verdaderamente cómica -que desata la carcajada unánime de la sala-, en la que un supuesto sacerdote jesuita se desgañita -del modo menos razonable posible-, tratando de convencer a un tetrapléjico de su error, fuera una invención de Amenábar, se podría considerar razonable en una película como tantas, que no pretenden ser históricas.
No es científicamente imposible, desde luego, que a Ramón Sampedro lo visitara en una furgoneta un jesuita tetrapléjico acompañado de unos jóvenes y que el tenor de lo sucedido fuera tan ridículo como se muestra en la película. En mi opinión, sin embargo, es una falsedad, y cómo me gustaría equivocarme por el bien de Alejandro Amenábar. Lo digo porque yo, que no soy jesuita, sino que pertenezco al Opus Dei, y bien lo sabía Ramón Sampedro, sí le visité junto a otras personas desplazándome, como siempre, en mi furgoneta, y tampoco pude subir, como el jesuita, hasta la habitación del enfermo.
Por lo demás, lo que en realidad sucedió es una anécdota contada y publicada por mí en numerosas ocasiones, sobre todo a raíz de la muerte de Ramón Sampedro. Aquél fue mi último contacto con él.

¿Qué le movió a visitar a Sampedro?

Para cuando tuve la oportunidad de ir Galicia, hacía ya años que ambos teníamos un conocimiento bastante preciso de nuestros respectivos puntos de vista sobre la vida y acerca del sentido de la vida en nuestra particular situación.
Mi visita pretendía ser, y de hecho lo fue, de absoluta cordialidad. Hablamos por teléfono a primera hora de la mañana, concretando la cita, en un tono más que amable por su parte, y me aventuré a la visita aún con la duda de si lograría entrar donde él estaba.

Ramón Sampedro permaneció en cama 29 años. No utilizaba la silla de ruedas ni salía de su cuarto, a diferencia de otros tetrapléjicos. ¿Es habitual una reacción de este tipo?

El caso de Sampedro, que se negaba a utilizar la silla, es verdaderamente insólito como saben de sobra las personas que tienen alguna relación con el mundo de los lesionados medulares. Especialmente insólito, además, teniendo en cuenta el nivel de lesión -siendo tetrapléjico muy favorable- con el que quedó después de su accidente. Ramón tenía una interrupción medular a nivel C-7, según el mismo me confirmó de palabra. Baste decir que con esa lesión, de haber querido, podría haber conducido un coche, como hacen otros muchos.
Me parece que a Ramón Sampedro no le faltó el apoyo humano. Recibió una atención exquisita de su familia.
Pero la decisión de la vida es siempre del sujeto y, no pocas veces, totalmente al margen de influencias, apoyos o estímulos. Pero, ¿Ramón Sampedro -entonces- era una persona normalmente equilibrada? Él decía que sí. Algunos especialistas, sin embargo, lo ponen en duda.

Según transmite la película, Ramón Sampedro consideraba su vida indigna de ser vivida. ¿Qué opina al respecto?

Es indudable -me parece que puedo decirlo con fundamento tras nuestros reiterados encuentros- que él pensaba demasiado, no sé si casi de modo exclusivo, en lo que había perdido. No es la movilidad lo más noble y grandioso que tiene la persona. Lo que nos caracteriza en cuanto hombres no se pierde con el movimiento. Las consecuencias negativas de quedar tetrapléjico no disminuyen para nada la humanidad del sujeto ni quedan más lejos que antes los ideales de realización de la persona.
A mí me resultaba tan evidente ser el de siempre que, aunque era bien consciente de mis nuevas limitaciones y de la permanente necesidad de ayuda, no me sentía frenado en absoluto para plantearme objetivos, para exigirme en el rendimiento del tiempo, para incorporar algunos aprendizajes nuevos que me serían muy útiles en lo sucesivo. Este modo de proceder, como bien presuponía antes de ponerme a ello, me sigue haciendo ser feliz cada día.

Usted es sacerdote católico. ¿Por qué la Iglesia está a favor de la vida, aún en condiciones «desesperadas»?

Somos hijos de Dios. La certeza de nuestra filiación divina nos lleva a la persuasión de que jamás nos veremos en una situación imposible. Es más, cualquier momento y circunstancia de nuestra vida puede y debe ser ocasión para amar a Dios y, por tanto, de verdadera grandeza personal y de alegría.

Y la libertad personal, ¿qué papel juega aquí? ¿No es uno libre de decidir el final de la propia vida o de ayudar a que otros mueran por razones «de humanidad»?

Me parece bastante evidente que no. Uno, si quiere, en cualquier momento puede acabar con su vida o, en su caso, inducir a que otros pongan fin a sus días. Sin embargo, no es igualmente razonable escoger esa opción a la de respetar la propia vida hasta su fin natural.
No sería razonable tampoco forzar las cosas para mantener la vida de un modo artificioso y precario a costa de utilizar medios desproporcionados en el caso. La vida humana está destinada de suyo a terminar el tiempo.
Sin embargo, siendo nuestra vida una realidad que nos trasciende, ¿quién soy yo para terminar con ella? En todo caso, para que no haya dudas, se nos dijo: «No matarás».
Por razones «de humanidad» ayudo a morir, debo ayudar a morir, pero no matar por evitar dolor. El dolor es algo unido de modo inevitable a nuestra existencia. Así, ayudar a morir supone acompañar, consolar, utilizar los calmantes apropiados, aunque en ocasiones, sin pretenderlo, lleguen a anticipar el momento de la muerte; y, sobre todo, estimulando siempre a la esperanza con la convencida seguridad de una Vida mejor después.

EL OBSERVADOR 480-9

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HACIA EL 48º CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL
El anuncio en la Eucaristía y desde la Eucaristía
Por el Pbro. Prisciliano Hernández Chávez, C. ORC.
«Yo creo -escribe San Jerónimo- que el cuerpo de Cristo es también su evangelio…, que el pan de Cristo y su carne es la palabra divina y la doctrina celestial».

Por supuesto, más aún que el libro, la Eucaristía está llena del misterio de Cristo. La Escritura se honra como un sacramento de la presencia de Cristo. Las lecturas se leen en la celebración del banquete: se proclama la fe de la Iglesia, aunque viene de la escatología; vine de Cristo resucitado por el Padre; resucita bajo las especies del lenguaje apostólico. El sentido profundo de las Escrituras está contenido en la letra del texto, de la misma manera que la presencia del Señor se transmite en la visibilidad del pan y del vino. El texto sagrado ha de ser proclamado en la actitud de comunión eucarística. No se es dueño del texto; se ha de acoger en la fe y en la vida de la Iglesia. Es texto dialogal. Los desposorios se celebran hoy y están llamando a la unión futura. Cristo en el Evangelio y en la Eucaristía es Cristo Resucitado que proclama su palabra, que se entrega en carne y en sangre. La Palabra y la Eucaristía culminan en el deseo que expresa el Apocalipsis al final: El Espíritu y la Esposa dicen, ven (Ap 22,17). Por eso la liturgia eucarística es el centro de todo el cristianismo. Este es nuestro libro, este es nuestro Anuncio, en la Eucaristía y desde la Celebración Eucarística.

Si Cristo es el Rostro del Padre, Esplendor de su sustancia, su Gloria (cfr. He 1,3), su imagen perfecta, eikon (cfr.Col 1,15), la Eucaristía es el Icono, ante el cual doblamos nuestras rodillas.

Es el Dios humilde, porque se ha encarnado también en el pan, su cuerpo entregado. La majestad de Dios se revela en la debilidad de la muerte. Cuando Jesús declara Yo soy el pan de la vida (Jn 6, 35), señala su doble grandeza «Yo soy-Yahweh, éhjeh asher éhjeh -Él está ahí, de Buber-, y el ser el alimento eterno. La omnipotencia de Cristo y del Padre es el amor. En este encuentro eucarístico podemos decir que es el nuevo modo de ser y de estar con nosotros, en la historia, en nuestra calidad de viandantes, de peregrinos del absoluto.

La gran acusación contra Dios en nuestro tiempo, por la muerte de los inocentes, se convierte en una acusación sumamente injusta. La Eucaristía es el sacramento del amor entregado hasta la muerte y es el sacramento de la resurrección: cuando comulgamos, comulgamos nuestra resurrección; al comulgar comulgamos la pascua de Cristo: ese es el morir para el cristiano.

La existencia es absurda si la muerte es lo que parece ser: seres para la muerte reducidos a la nada, ruptura de toda relación.

En la Eucaristía la muerte se cambia en comunión. La ruptura y la soledad se convierten en presencia, en convivencia, en un nuevo nacer, en comer nuestra resurrección. Cristo es nuestra pascua, luego esa es nuestra muerte. El que comulga tiene parte en el misterio de la salvación del mundo, para que la muerte no tenga más dominio sobre él. Santa Teresita de Lisieux, cuya vocación fue el amor, decía No es la muerte la que vendrá a buscarme, sino el buen Dios. Participar con Cristo en la Eucaristía es participar en su muerte y, también, en su resurrección.

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La moral o la ética cristiana

La Eucaristía es el paradigma de la actividad y del obrar cristianos. Comulgar el cuerpo de Cristo es vivir la vida de Cristo: el que me come vivirá por mí( Jn 6, 57). Se comparte con Cristo su vida, su muerte desde la resurrección. La ley ha de ser la moral del nuevo testamento: amaos como yo os he amado, hasta la muerte. Quien se alimenta de la Eucaristía se empapa del Espíritu Santo, el Espíritu anida en su corazón, para ser observante del comportamiento del hombre nuevo, por la fuerza de la resurrección que es el mismo Espíritu. El pecado se entiende desde esta perspectiva como un rechazo a la misma resurrección. Exige el ser pan para los demás. Su moral es la del don, la de la afirmación donándose; la moral de la acogida. Lo que se recibe se entrega. Somos afirmados en Cristo: se ha de vivir la vida como permanente donación. Es la moral de las bienaventuranzas; ellas se proclaman desde el Icono de la Eucaristía: Él es el Siervo Doliente, el Profeta de las bienaventuranzas, el Pobre, el Perseguido; pero Luz de las naciones; en sus llagas hemos sido curados; Crucificado e inmolado es el nuevo título de su majestad. No es admisible para un discípulo del Señor otro comportamiento y otra actitud diferente de la normativa y del espíritu evangélico de las bienaventuranzas.

No es la moral del temor, ni del garrote, ni la voluntarista; es la moral de los libres: la moral del que vive la resurrección, del que acoge. Merecer es acoger. Santa Teresita decía que el mérito no consiste en hacer ni dar mucho, sino más bien en recibir, en amar mucho (Carta 142). (P.H.CH.)

EL OBSERVADOR 480-10

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La familia unida es capaz de mover montañas
Por Ricardo Córdova / Fundación México Unido

De niños jugábamos a ver quién corría
más rápido. Hoy, yo soy sus piernas.

A finales de noviembre de 2003 una llamada telefónica nos despertó en la madrugada con la noticia de que mi hermano menor, Gerardo, había sufrido un accidente automovilístico.

Tan pronto como pudimos, nos dirigimos al hospital donde se encontraba. Gerardo se encontraba golpeado -tenía puesto un cuello ortopédico rígido hasta el pecho, y estaba hinchado de brazos y piernas-; sin embargo, y a pesar de todo, no se quejaba y se veía poco preocupado por sus lesiones.

La parte médica, tan fría como contundente, fue demoledora: fractura de la quinta vértebra cervical y posible daño permanente en la médula espinal, esguince de tercer grado en el cuello, además del astillamiento del omóplato derecho. Había que operar de inmediato para que el daño no fuera mayor.

Tras angustiantes horas de cirugía el doctor salió para informarnos: «Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Le hemos colocado una placa de titanio en la vértebra dañada. Sólo el tiempo y la perseverancia, sin que esto resulte una garantía, podrán determinar si vuelve a caminar»».

Nadie estaba preparado para escuchar una noticia semejante. Aún así todos estábamos agradecidos de que mi hermano estuviera vivo. A pesar del dolor de saber que su vida se vería modificada para siempre, había una pequeña esperanza de recuperación.

Pronto el cuarto de mi hermano, antes ocupado por su guitarra eléctrica, balones de basquetbol y discos de rock, se vio lleno de material de curación, pañales, sondas y una silla de ruedas que aguardaba en silencio.

Gerardo fue el primero en dar consuelo a quienes no pudieron evitar el llanto ante su nueva realidad, y esto nos motivó muchísimo: si él no se dejaba caer, nosotros no íbamos a defraudarlo. Así, cada miembro de la familia puso lo mejor de su parte: unos la fuerza física; otros, su tiempo y paciencia; otros más, su generoso apoyo económico. Pero todos aportamos amor y solidaridad. Cuando digo que mi familia cambió a partir del accidente, en realidad debería decir que se fortaleció. Después de todo lo que hemos pasado veo con satisfacción que las enseñanzas que nos fueron inculcadas cuando niños han sido fundamentales para que nos mantengamos unidos, para dejar que el amor traiga consuelo y esperanza, para darnos fuerza y ánimo unos a otros.

Hoy mi hermano ya es capaz de mover sus brazos. Al mirarlo, veo que en cada movimiento que él realiza, en cada pequeño logro que alcanza, se encuentra el impulso infatigable de mis padres, el trabajo solidario de mis hermanos y el cariño de mis sobrinos. Mi hermano sabe que cuenta con varios pares de piernas y brazos que lo impulsan, que lo alientan para que su vida siga en movimiento.

EL OBSERVADOR 480-11

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FIN

 
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