El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
24 de octubre de 2004 No.485

SUMARIO

bulletPORTADA -El Papa gobierna ahora la Iglesia «desde el Calvario», dice su biógrafo George Weigel
bulletCARTAS DEL DIRECTOR -De la Misa a la mesa
bulletEL RINCÓN DEL PAPA -Cristo, punto cardinal hacia donde todo converge en el Cielo y en la Tierra
bulletFAMILIA -Novio alcohólico e infiel
bulletPINCELADAS -El cirujano y los alumnos
bulletDOCUMENTOS - DOMUND 2004: Eucaristía y misión
bulletLOS VALORES DE LOS MEXICANOS -¿Cuándo perdimos la política?
bulletConclusiones del 48 Congreso Eucarístico Internacional
bulletCOMUNICACIÓN -Ante el secularismo se necesitan periodistas católicos profesionales
bulletFLOR DE HARINA -Florecillas de santa Teresa (II)
bulletTOMA Y LEE -Los sacerdotes y nosotros
bulletCULTURA -Ni reverenditis ni titulitis
bulletEl nuevo libro del Papa, Memoria e identidad, saldrá a la venta en primavera
bulletAÑO DE LA EUCARISTÍA -«Quédate con nosotros, Señor»
bulletGeorge Weigel y la actual fragilidad física de este Papa
bulletCONTEXTO ECLESIAL -Mane nobiscum Domine, una carta apostólica para el Año de la Eucaristía
bulletLa Iglesia en Iberoamérica ha perdido al 10% de sus fieles
bulletSe publicará un compendio de la doctrina social de la Iglesia

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PORTADA
El Papa gobierna ahora la Iglesia «desde el Calvario», su biógrafo George Weigel
Juan Pablo II, que el 16 de octubre cumplió sus 26 años de pontificado, se ha convertido en el tercer pontífice de la historia con más tiempo en la Cátedra de Pedro.

Si bien es hoy el número once entre los papas más ancianos, el pontificado de Karol Wojtyla ha superado en duración al resto de sus predecesores, con la excepción del de San Pedro y del de Pío IX (31 años, 7 meses, 21 días).

En 26 años de pontificado, Juan Pablo II ha pronunciado, escrito y transmitido más de 90 mil páginas recopiladas en 55 volúmenes por la Librería del Vaticano.

La Prefectura de la Casa Pontificia, como suele hacer todos los años, ha publicado con motivo de este aniversario las cifras relativas a las audiencias papales. Hasta la fecha, Juan Pablo II ha recibido en 2004 a un millón 512 mil 300 personas; 387 mil 100 en las audiencias generales de los miércoles, 140 mil 200 en audiencias particulares, 368 mil en las ceremonias litúrgicas y 617 mil en el Ángelus de los domingos.

Desde el 16 de octubre de 1978 hasta ese mismo día de 2004, ha recibido a 426 jefes de Estado, reyes y reinas, 187 primeros ministros, 190 ministros de Exteriores y recibido las cartas credenciales de 642 embajadores.. Estas cifras no tienen en cuenta los encuentros que tuvieron lugar al final de diversas ceremonias litúrgicas en el Vaticano, en Italia, o en otros países.

Fe eucarística y misión contemplativa

Al perder capacidad de acción y movimiento en los últimos años, en esta etapa del pontificado parece tener más visibilidad el aspecto místico del desempeño de su ministerio petrino. Como dice en declaraciones a Zenit-El Observador su biógrafo, George Weigel, el Papa ahora gobierna a la Iglesia «desde el Calvario».

En este contexto, Juan Pablo II ha querido comenzar el vigésimo séptimo año de su pontificado con la convocación del Año de la Eucaristía, inaugurado el domingo 17 de octubre.

Joaquín Navarro-Valls, portavoz de la Santa Sede, ha explicado a los micrófonos de «Radio Vaticano» que el Papa ha preparado esta iniciativa «desde hace tiempo», pues quiere que toda la Iglesia viva «con particular devoción y conciencia el carácter central de la vida cristiana».

Juan Pablo II tiene previsto publicar en la próxima primavera su quinto libro como Papa, «Memoria e identidad», un texto de reflexión filosófica sobre el siglo XX, que fue presentado hace unos días en la Feria del Libro de Frankfurt.

Por el momento no se ha confirmado todavía ningún viaje internacional, después del último, realizado este mes de agosto al santuario de Lourdes (Francia).

La Santa Sede ha confirmado la intención del Papa de viajar a Colonia (Alemania), el próximo mes de agosto, para participar en la Jornada Mundial de la Juventud.

(Fuente: Zenit-El Observador)

EL OBSERVADOR 485-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
De la Misa a la mesa
Por Jaime Septién

El Pan Eucarístico es el pan que se reparte entre los pobres. Los pobres tienen hambre de Eucaristía y hambre de pan. No existe Misa sin misión ni misión sin Jesús. El Pan Eucarístico es el pan de la caridad. «Cristiano es el que da la mano; el que no da la mano no es cristiano» (San Vicente de Paúl). Podemos resumir en grandes trazos las ideas del 48 Congreso Eucarístico Internacional que recién concluyó en Guadalajara.

«El mundo tiene necesidad de luz» exclamaba el papa Juan Pablo ll al cierre del Congreso. Y esa luz es la Eucaristía y el trabajo de todos los que componemos la Iglesia. Nunca más la caridad sin Jesús encarnado; nunca más ese peregrinaje a tientas de los hijos de la Luz. «!Misterio de vida! ¿Qué aspiración puede ser más grande que la vida? Y sin embargo, sobre este anhelo humano universal se ciernen sombras amenazadoras...», nos decía el Vicario de Cristo al finalizar las jornadas que congregaron gente de 87 países y millones de almas unidas en el Santísimo Sacramento.

La Eucaristía no es rito vacío, no es magia, no es metáfora. Es la forma que tiene Cristo para interpelarnos; para que no cerremos el corazón a la petición de ayuda de los más pobres. A ellos al mismo tiempo hay que darles de comer y darles de beber el alimento que sostiene el cuerpo y el alimento de la vida que no se acaba «abriéndonos a la lógica del amor y del compartir», afirmaba el Papa.

Lógica que va contra la «lógica» de la globalización, donde unos pocos controlan la vida de millones de pobres. Vivir la Eucaristía es transformar al mundo desde Cristo. Él se entregó por nosotros, ¿por qué nosotros hemos de regatearle entregarnos a los demás por Él? La Misa ha de ser el principio de la jornada hacia la mesa de los que nada tienen. La Misa como principio de una vida plena, la única vida que vale la pena de ser vivida.

Finalmente, los que tuvimos la gracia de participar en la fiesta de la Iglesia sobre Jesús Eucaristía —como periodista un servidor— hemos salido de esta cita convencidos de que el siglo XXl que comienza será el Siglo de la Eucaristía o no será. Y que la Iglesia, nuestra Santa Madre Iglesia, está, de verdad, en buenas manos.

EL OBSERVADOR 485-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
Cristo, punto cardinal hacia donde todo converge en el Cielo y en la Tierra

En audiencia general Juan Pablo II comentó el cántico con el que comienza la Carta a los Efesios (1, 3-10), himno a «Dios salvador»:

«Comienza con el eterno proyecto divino, que Cristo está llamado a cumplir. En este designio brilla ante todo el hecho de que seamos elegidos para ser 'santos' e 'irreprochables', no tanto a nivel ritual sino 'por el amor'. Se trata, por tanto, de una santidad y de una pureza moral, existencial, interior.

«Para nosotros, sin embargo, el Padre tiene una meta ulterior: a través de Cristo nos destina a acoger el don de la dignidad filial, convirtiéndonos en hijos en el Hijo y hermanos de Jesús (cfr. Rm 8, 15.23; 9,4; Gal 4, 5). Este don de la gracia se difunde a través del 'Hijo amado', el Unigénito por excelencia.

«Por este camino el Padre realiza en nosotros una transformación radical: una plena liberación del mal, pues con la sangre de Cristo 'hemos recibido la redención', 'el perdón de los pecados' a través del 'tesoro de su gracia'. La inmolación de Cristo en la cruz, acto supremo de amor y solidaridad, infunde en nosotros un sobreabundante haz de luz, de 'sabiduría y prudencia'. Somos criaturas transfiguradas: cancelado nuestro pecado, conocemos en plenitud al Señor. Y dado que en el lenguaje bíblico el conocimiento es expresión de amor, éste nos introduce profundamente en el 'misterio' de la voluntad divina.

«Un 'misterio', es decir, un proyecto trascendente y perfecto, que tiene como objeto un admirable plan salvífico: 'recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra'. El texto griego sugiere que Cristo se convirtió en el kefalaion, es decir, en el punto cardinal, el eje central hacia el que converge y en el que encuentra sentido todo ser creado».

EL OBSERVADOR 485-3

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FAMILIA
Novio alcohólico e infiel
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA
Tengo 23 años, acabo de terminar mi carrera. Todo iba bien con mi novio, nos íbamos a casar, estábamos esperando que yo terminara mi carrera. Él se fue a USA hace un año y desde hace un mes tenemos problemas por una novia que hace ya tiempo él tenía. Ella es casada pero se me hace que a él no le importa porque me acaban de decir que ella tiene un hijo de mi novio. Ella ya es mamá de tres hijos. En verdad no sé qué hacer, si dejarlo o seguir con él, pero siento que no va a ser lo mismo. La verdad, no tengo por qué reclamarle nada pues yo también, cuando él se fue, anduve con otra persona, pero ahora ya no; yo, igual que él, a veces me acuerdo de un novio de hace tiempo. Como ahora estoy más apegada a Dios no le puedo reclamar nada, porque no estoy limpia. Si Dios me perdona a mí, ¿por qué yo no a él? En verdad, no sé qué hacer. Él tiene 30 años y es alcohólico. Yo digo que toma porque esa novia se le casó. Él conmigo, según dice, me trae muy en serio. Yo voy a su casa, ya la familia de él me conoce. Tenemos de ser novios cuatro años. El hijo que supuestamente tiene con esa exnovia es de año y medio. Ella es casi de su misma edad. Ella sabe que él anda conmigo, eso me lo contó una amiga de ella y mía. Por favor, deme un consejo.

RESPUESTA
Vamos a suponer que, efectivamente, ese hijo es suyo, pero él está arrepentido y ya no ha tenido ninguna relación con esa mujer. Te pide sinceramente que lo perdones y se propone que jamás vuelva a ocurrir algo así. Tú consideras que debes perdonarlo. Y visto así, podría parecer lo más lógico. Sin embargo, hay varios puntos a considerar.

-Sí, efectivamente debes perdonarlo. Dios nos pide que perdonemos setenta veces siete, es decir, siempre. Pero perdonarlo y casarte con él son cosas muy diferentes. Puedes perdonarlo, quedar libre de resentimiento, incluso comprenderlo, sin casarte con él. Si es que no casarte con él es lo mejor, y eso es algo que tienes que considerar cuidadosamente.

-Por lo que cuentas, parece que el vínculo entre ustedes no es muy firme. Hace un año tú andabas con otra persona, piensas en otro novio; él tiene ese hijo, y si no es suyo, de cualquier manera, entiendo por tu carta, él ha tenido relaciones íntimas con esa mujer en quien aún piensa. ¿Cómo van a casarse así? Para el matrimonio se requiere que para él no exista más mujer que tú y que para ti no exista más hombre que él. Necesitan estar tan llenos uno del otro que no quede espacio para nadie más. Si de entrada ambos están pensando en otras personas, no se casen. No hay suficiente amor entre ustedes para construir algo tan importante y delicado como es el matrimonio.

-Si él tiene un hijo y con todo decides aceptarlo, debes considerar que, lo asuma o no, él tiene una responsabilidad con ese hijo. Eso puede crear ciertas dificultades en la familia que construyas con él, pero si hay un verdadero amor, es posible superarlas. El problema es, como te digo, que sospecho que entre ustedes no hay un verdadero amor.

-El hecho de que él sea alcohólico es motivo más que suficiente para no casarse. Si él entrara a un grupo de Alcohólicos Anónimos, detuviera su enfermedad y emprendiera su recuperación, sería otra cosa. Pero mientras eso no suceda, él está incapacitado para asumir la responsabilidad del matrimonio. Los alcohólicos son inmaduros emocionalmente, no saben amar, son dependientes. Han perdido la voluntad frente al alcohol. Él puede jurarte que no va a ser infiel, pero el alcohol toma las decisiones por él y bajo sus efectos hace cosas que sobrio no haría. Así que es muy probable que si en una borrachera se encuentra a esa mujer, o a otra dispuesta a seguirlo, podría terminar en una cama con ella.

El alcoholismo es una enfermedad progresiva. Quizá creas que ahora puedes lidiar con ella, pero imagínate el cuadro dentro de varios años. Mira a tu alrededor: las esposas y los hijos de alcohólicos sufren mucho. Los alcohólicos suelen estar ausentes de la vida familiar, aun cuando estén en casa. Muchos son violentos cuando están bajo los efectos del alcohol. Pierden su trabajo, son apáticos, gastan el poco dinero que hay en alcohol. Bajo los efectos del alcohol tienen conductas inadecuadas: tienen relaciones sexuales con otras mujeres, manejan con imprudencia, provocan accidentes, son inoportunos, no respetan los horarios ni la necesidad de descanso de los demás, no llegan a casa… ¿Eso quieres para tu vida? Y no vayas a creer que al casarse a tu novio se le va a quitar el problema, porque no es así. El matrimonio no cura el alcoholismo; pero, al contrario, el alcoholismo sí que destruye matrimonios. Por cierto, eso de que tu novio bebe porque la exnovia se le casó es un pretexto. Los alcohólicos encuentran toda clase de motivos para beber: porque la novia se fue, y también porque volvió; porque se sienten solos, pero también para celebrar que están acompañados; porque los despidieron del trabajo o porque les aumentaron el sueldo; porque su historia es muy triste o porque le temen al futuro... pretextos sobran. Esas no son las verdaderas razones por las que beben. Ellos beben porque padecen una enfermedad incurable, progresiva y mortal, y no están dispuestos a hacer lo necesario para detenerla.

Por cierto, si Dios ya te perdonó de lo que sea que hayas cometido, tú estás limpia. Y no por haber tenido errores en el pasado tienes que aceptar ahora una relación que no es buena. Tú tienes derecho a tener una relación sana, plena, de verdadero amor. No te conformes con menos. Ten mucho cuidado.

La psicóloga Cervantes responderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

EL OBSERVADOR 485-4

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PINCELADAS
El cirujano y los alumnos
Por Justo López Melús *

Las personas sensatas suelen tener un gran espírtu de observación. Es lo que los orientales llaman «tercer ojo». Los santos sabían descubrir a Dios en la naturaleza. San Ignacio, en su ancianidad, golpeaba las florecillas diciendo: «No girtéis, ya sé que me habláis de Dios».

Un cirujano decía a sus alumnos: «Dos cualidades se necesitan para ser cirujano: no sentir náuseas y capacidad de observación». Entonces él metió un dedo en un líquido nauseabundo y lo chupó. Luego pidió que lo repitieran los alumnos... «Habéis hecho bien lo primero —les dijo—, no sentir náuseas. Pero no lo segundo. No habéis observado que el dedo que chupé no era el que metí en el líquido».

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 485-5

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DOCUMENTOS
DOMUND 2004: Eucaristía y misión
Mensaje de Juan Pablo II para hoy, domingo 24 de octubre, 78ª Jornada Mundial Misionera

Queridos hermanos y hermanas:

1.El compromiso misionero de la Iglesia constituye, también en este comienzo del tercer milenio, una urgencia que en varias ocasiones he querido recordar. La misión, como he recordado en la encíclica Redemptoris missio, está aún lejos de cumplirse y por eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (cfr. n.1). Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar en la historia, está llamado a compartir la «sed» del Redentor (cfr Jn 19, 28). Los santos han advertido siempre con mucha fuerza esta sed de almas que hay que salvar: baste pensar, por ejemplo, santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones, y monseñor Comboni, gran apóstol de África, que he tenido la alegría de elevar recientemente al honor de los altares.

Los desafíos sociales y religiosos a los que la humanidad hace frente en estos tiempos nuestros motiva a los creyentes a renovarse en el fervor misionero. ¡Sí! Es necesario promover con valentía la misión ad gentes, partiendo del anuncio de Cristo, Redentor de cada criatura humana. Reunida alrededor del altar, la Iglesia comprende mejor su origen y su mandato misionero. «Eucaristía y misión», como bien subraya el tema de la Jornada Misionera Mundial de este año, forman un binomio inseparable. A la reflexión sobre los lazos que existen entre el misterio eucarístico y el misterio de la Iglesia, se une este año una elocuente referencia a la Virgen Santa, gracias a la celebración del 150 aniversario de la definición de la Inmaculada Concepción (1854-2004). Contemplamos la Eucaristía con los ojos de María. Contando con la intercesión de la Virgen, la Iglesia ofrece a Cristo, pan de la salvación, a todas las gentes, para que le reconozcan y le acojan como único salvador.

2.Volviendo idealmente al Cenáculo, el año pasado, precisamente el Jueves Santo, he firmado la encíclica Ecclesia de Eucharistia, de la que quisiera tomar algunos pasajes que nos pueden ayudar, queridos hermanos y hermanas, a vivir con espíritu eucarístico la próxima Jornada Misionera Mundial.

«La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía» (n. 26): así escribía observando cómo la misión de la Iglesia se encuentra en continuidad con la de Cristo (Cfr Jn 20, 21), y obtiene fuerza espiritual de la comunión con su Cuerpo y con su Sangre. Fin de la Eucaristía es precisamente «la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo» (Ecclesia de Eucharistia, 22). Cuando se participa en el Sacrificio Eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención, y consecuentemente, la urgencia de la misión de la Iglesia, cuyo programa «se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (Ibíd., 60).

Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios: una, santa católica y apostólica. Al mismo tiempo, comprende mejor su carácter de sacramento universal de salvación y de realidad visible jerárquicamente estructurada. Ciertamente «no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía» (Ibíd.., 33; cfr. Presbyterorum ordinis, 6). Al término de cada santa Misa, cuando el celebrante despide la asamblea con las palabras «Ite, misa est», todos deben sentirse enviados como «misioneros de la Eucaristía» a difundir en todos los ambientes el gran don recibido. De hecho, quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor misericordioso del Redentor.

3.Para vivir de la Eucaristía es necesario, además, demorarse largo tiempo en oración ante el Santísimo Sacramento, experiencia que yo mismo hago cada día encontrando en ello fuerza, consuelo y apoyo (cfr Ecclesia de Eucharistia, 25). La Eucaristía, subraya el concilio Vaticano II, «es fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen gentium, 11), «fuente y culminación de toda la predicación evangélica» (Presbyterorum ordinis, 5).

El pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, transformados por la fuerza del Espíritu Santo en el cuerpo y sangre de Cristo, son la prueba de «un nuevo cielo y una nueva tierra» (Ap 21, 1), que la Iglesia anuncia en su misión cotidiana. En Cristo, que adoramos presente en el misterio eucarístico, el Padre ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y sobre su historia.

¿Podría realizar la Iglesia su propia vocación sin cultivar una constante relación con la Eucaristía, sin nutrirse de este alimento que santifica, sin posarse sobre este apoyo indispensable para su acción misionera? Para evangelizar el mundo son necesarios apóstoles «expertos» en la celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía.

4.En la Eucaristía volvemos a vivir el misterio de la Redención culminante en el sacrificio del Señor, como lo señalan las palabras de la consagración: «mi Cuerpo que es entregado por vosotros... mi Sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 19-20). Cristo ha muerto por todos; el don de la salvación es para todos, don que la Eucaristía hace presente sacramentalmente a lo largo de la historia: «haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19). Este mandato está confiado a los ministros ordenados mediante el sacramento del Orden. A este banquete y sacrificio están invitados todos los hombres, para poder, así, participar de la misma vida de Cristo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en Mí y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y Yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por Mí» (Jn 6, 56-57). Alimentados de Él, los creyentes comprenden que la tarea misionera consiste en el ser «una oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo» (R m 15, 16), para formar cada vez más «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32) y ser así testigos de su amor hasta los extremos confines de la tierra.

La Iglesia, Pueblo de Dios en camino a lo largo de los siglos, renovando cada día el sacrificio del altar, espera la vuelta gloriosa de Cristo. Es cuanto proclama, después de la consagración, la asamblea eucarística reunida alrededor del altar. Con fe cada vez renovada, confirma el deseo del encuentro final con Aquél que vendrá a llevar a cumplimiento su designio de salvación universal.

El Espíritu Santo, con su acción invisible, pero eficaz, conduce al pueblo cristiano en este su diario camino espiritual, que conoce inevitables momentos de dificultad y experimenta el misterio de la Cruz. La Eucaristía es el consuelo y la prueba de la victoria definitiva para quien lucha contra el mal y el pecado; es el «pan de vida» que sostiene a todos cuantos, a su vez, se hacen «pan partido» para los hermanos, pagando a veces incluso con el martirio su fidelidad al Evangelio.

5.Se conmemora este año, como he recordado, el 150 aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. María fue «redimida» de modo eminente en previsión de los méritos de su Hijo» (Lumen gentium, 53). Consideraba en la carta encíclica Ecclesia de Eucharistia: «Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor» (n. 62).
María, «el primer tabernáculo de la historia» (Ibíd., 55), nos muestra y nos ofrece a Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida (cfr Jn 14, 6). «Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 57).

Es mi deseo que la feliz coincidencia del Congreso Internacional Eucarístico con el 150 aniversario de la definición de la Inmaculada ofrezca a los fieles, a las parroquias y a los Institutos misioneros la oportunidad de afianzarse en el ardor misionero, para que se mantenga viva en cada comunidad «una verdadera hambre de la Eucaristía» (Ibíd., n. 33). La ocasión es igualmente propicia para recordar la contribución que las beneméritas Obras Misionales Pontificias ofrecen a la acción apostólica de la Iglesia. Éstas cuentan con todo mi aprecio y les doy las gracias, en nombre de todos, por el precioso servicio que ofrecen a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Invito a apoyarlas espiritual y materialmente, para que también gracias a su aportación el anuncio evangélico pueda llegar a todos los pueblos de la tierra.

Con tales sentimientos, invocando la materna intercesión de María, «Mujer eucarística», os bendigo de corazón a todos.

EL OBSERVADOR 485-6

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LOS VALORES DE LOS MEXICANOS
¿Cuándo perdimos la política?
Por Antonio Maza Pereda

«¡Éste hombre ya enloqueció! —estará pensando usted— No sólo no hemos perdido la política; la política encuentra el modo de encontrarse cada vez más presente en nuestra vida diaria, en nuestro trabajo, en la escuela, en todos lados. Y no para bien: ¡Ojalá no tuviéramos tanta política!».

Le doy la razón, en parte; pero sigo creyendo que hemos perdido la política como católicos y como mexicanos. La hemos perdido y la hemos dejado en manos de una casta muy especial: la de los políticos. Hemos perdido el concepto de la política como un servicio a la comunidad. Hemos perdido el concepto de la política como una noble actividad. Hemos perdido el sentido de responsabilizarnos por la cosa pública.

¿Cuándo fue que política se volvió una mala palabra? ¿Cuándo empezamos a decir que algo se politiza, para indicar que ya se perdió la racionalidad, el sentido del bien común en algún tema? ¿Cuándo nos dejamos convencer de que no es de buen gusto hablar de política y de religión? ¿Cuándo empezamos a sentir que entrar a la política era rebajarse y que nosotros, católicos, no nos deberíamos de contaminar con algo tan sucio? ¿Cuándo empezamos a equiparar política con corrupción? No lo sé. Pero, claramente, ese día fue el día en que perdimos la política como un instrumento para el bien común.

¿Cuándo nos dejamos convencer de que separar Iglesia y Estado, era igual a que los católicos no participaran en política? No sólo eso, también nos convencimos de que eso era lo mejor para el país, de que así se evitarían intromisiones indeseables y de que, de esa manera, tendríamos un gobierno más justo, más equilibrado. Casi ciento cincuenta años han pasado de que los católicos aceptamos ese experimento. Hoy, después de tantos años de que los católicos hemos dejado la política en manos de otros, le pregunto a usted: Esta no intervención de los católicos en ese campo, ¿nos ha traído mejores gobiernos? ¿Mayor justicia? ¿Una vida pública más sana? ¿Mayor participación de la población en la cosa pública? ¿Gobernantes dignos y probos? Usted tiene la respuesta: la política no ha dejado de volverse cada vez más sucia.

Claro, tampoco voy a decir que basta con que haya católicos gobernando para que el gobierno mejore. No, no se trata solo de tener católicos gobernantes. Ya hemos tenido malas experiencias. Se trata de que los católicos, todos los católicos, los ochenta y ocho millones de católicos que hay en este país, nos interesemos y nos responsabilicemos por la política. Que exijamos una política limpia, enfocada al bien común, con justicia para todos. Y que actuemos: ya está visto que los reclamos, así sean marchas de millones de ciudadanos, le importan muy poco a los políticos. Que actuemos a todos los niveles, que dejemos de pensar que no hay que hablar de política, que no hay que participar, no vaya a ser que nos ensuciemos. No debemos de aceptar los dogmas secularistas nada más porque sí, porque no los han puesto en los periódicos y los libros de texto obligatorios. Ya es hora de recuperar la política; quedó en muy malas manos y, en esas manos, no va a mejorar.

EL OBSERVADOR 485-7

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Conclusiones del 48 Congreso Eucarístico Internacional

Al concluir el 48 Congreso Eucarístico Internacional, ha quedado un ambiente de compromiso entre todos los asistentes a este cónclave de la Iglesia universal.

Tras el trabajo de los diferentes grupos lingüísticos, la reflexión del simposio previo y las diversas catequesis, fueron presentadas al cardenal Jozef Tomko, Legado Pontificio, siete conclusiones como fruto del Congreso y como recomendaciones para vivir el Año de la Eucaristía.

El documento que condensa las conclusiones de los distintos grupos lingüísticos fue presentado y votado en asamblea general el sábado 16 de octubre al medio día. Se cuestionó a la asamblea en cada uno de los aportes principales, con un «¿es importante?», que fue respondido con un tumultuoso '¡sí!'

Las siete conclusiones son:

1. Urge resaltar la importancia de la Eucaristía dominical, parte central del Congreso.
2. Resaltar nuevamente la fiesta y la procesión del Corpus Christi (el Cuerpo y la Sangre de Cristo).
3. Revalorar la adoración eucarística en todas sus formas, incluida la Adoración Nocturna.
4. Buscar la Comunión frecuente y digna, acompañada del sacramento de la Reconciliación.
5. Fortalecer el espíritu de misión que nace de la Eucaristía.
6. Compartir con los pobres la mesa y la Misa, en servicio de caridad; unir el compromiso espiritual con la necesidad del pobre.
7. Renovar en la Eucaristía la fe, el sacrificio, la comunión y el servicio, como un signo para la Iglesia Católica y el mundo.

En estas siete conclusiones está contenida la experiencia de Guadalajara, una experiencia de fe en la Eucaristía que ha dejado frutos abundantes en esa arquidiócesis, en México y en la Iglesia universal.

(Fuente: Zenit.org-El Observador)

EL OBSERVADOR 485-8

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COMUNICACIÓN
Ante el secularismo se necesitan periodistas católicos profesionales

En un mundo caracterizado por el «secularismo dogmático» o el «sectarismo fundamentalista», el presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales considera que hacen falta periodistas católicos y profesionales.

El arzobispo John Foley habló del asunto en Bangkok, en la inauguración del congreso mundial que reunió a los miembros de la Unión Católica Internacional de Prensa (UCIP), que se celebró tras la Convención Mundial de Jóvenes Periodistas (9 al 12 de octubre).

La UCIP reúne a periodistas, editores y profesores de comunicación que trabajan en todos los tipos de medios —los miembros menores de 35 años constituyen la «Red Internacional de Jóvenes Periodistas»— ofreciendo un foro mundial de todos los profesionales de los medios seculares y religiosos en todas partes del mundo.

Fundada el 15 de diciembre de 1927, el arzobispo Foley recordó que la UCIP nació en la época de «la subida al poder del fascismo en Italia, de la toma de poder del comunismo en Rusia y de la fuerza creciente del nazismo en Alemania».

En 1930 se celebró el primer congreso mundial de la UCIP, que desde entonces se organiza cada tres años.

En esos años, siguió diciendo, «las corrientes intelectuales en Francia, España e Inglaterra mostraban poca simpatía por la Iglesia católica, y el anticatolicismo se difundía en la sociedad norteamericana».

«¿Nuestra situación actual es tan diferente?», se preguntó el arzobispo estadounidense.

«Vivimos en ambientes donde el secularismo dogmático o el sectarismo fundamentalista es a menudo hostil a la fe católica y a la mezcla de devoción cristiana y dedicación profesional de los periodistas católicos», afirmó

Por eso, concluyó, «necesitamos una organización profesional católica que respete y afirme nuestra doble vocación, como cristianos católicos y como profesionales de la comunicación».
Juan Pablo II se hizo presente en Bangkok enviando un mensaje, leído por el nuncio apostólico en Tailandia, el arzobispo Salvatore Pennacchio, en el que invita a discernir los retos que plantea la cultura actual, en particular el pluralismo religioso, a la luz de la fe y, en particular, de la doctrina social de la Iglesia.

(Fuente: Zenit.org - El Observador)

EL OBSERVADOR 485-9

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FLOR DE HARINA
Florecillas de santa Teresa (II)
Por el Pbro. Justo López Melús

Santa Teresa tenía un sentido común extraordinario. En una ocasión un amigo le recomendó a la santa una postulante, ponderando su mucha devoción. La santa le cortó: «Pero, ¿tiene sentido común? Porque nosotras le enseñaremos a ser piadosa, pero si no tiene sentido común no hay nada que hacer».
En otra ocasión dijo la santa a un grupo de novicias que, por darse a la devoción, desatendían los quehaceres domésticos: «Aquí no necesitamos más santas, que ya hay bastantes. Lo que ahora necesitamos son brazos robustos para fregar el suelo».

Una religiosa adusta observó una vez: «Mejor estaríamos en el coro rezando que contando niñerías». La santa le replicó: «Pues, hermana, váyase ella a rezar, mientras yo y mis hijas nos recreamos en el Señor....».

Otra vez una priora prohibió contar chistes para evitar actos de amor propio, y la santa exclamó: «Dios mío, a dónde hemos llegado! No nos basta ser tontos por naturaleza, que aspiramos a ser bobos por gracia».

Una vez obligó la superiora a santa Teresa a suspender los ayunos diciéndole: «Bajo santa obediencia le mando que almuerce hoy tortilla de torreznos». Y santa Teresa contestó: «¿Obediencia y torreznos? ¡Sea muy enhorabuena!». Y añadía con su habitual gracejo: «Cuando perdiz, perdiz, y cuando oración, oración».

Caminaban juntos Teresa y Juan de la Cruz; alguien les gastó una broma y fray Juan se sonrojó. Santa Teresa le dijo: «¿Qué pasa, padre mío? ¿No se sonroja la dama y se sonroja el galán?». En otra ocasión preguntó la santa a su escribano cuántos eran sus honorarios. El oficial contestó: «Un beso». Y la santa se lo dio diciendo: «Nunca me ha salido una escritura tan barata».

EL OBSERVADOR 485-10

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TOMA Y LEE
Los sacerdotes y nosotros

Si tiene un aire jovial, es un ingenuo.
Si es grave y austero, es un gruñón.
Si es apuesto, ¿por qué no se casó?
Si es feo, nadie lo quiso.
Si es gordo, no se priva de nada.
Si es delgado, es un avaro.
Si es pequeño, parece acólito.
Si tiene auto, está demasiado apegado a los bienes materiales.
Si va a pie, no vive con su tiempo.
Si va al café, es un borracho.
Si se queda en casa, es un hermético.
Si visita a sus feligreses, se mete en todo.
Si permanece en su parroquia, no se interesa por sus ovejas.
Si va a ver a los pobres, es revolucionario.
Si va a ver a los acomodados, es un mundano.
Si va a ver a los ricos, es un interesado.
Si delega el trabajo a sus vicarios, es un flojo.
Si controla sus actividades, es un tirano.
Si enseña el catecismo, está obsesionado con el infierno.
Si no lo enseña, no quiere a los niños.
Si predica largo, es aburrido.
Si predica corto, no prepara nada.
Si alza la voz, grita demasiado.
Si habla normal, no se escucha nada.
Si habla del infierno, es un anticuado.
Si habla de cruz, es un integrista.
Si pide nuestra cooperación, corre detrás del dinero.
Si no la pide, hay que revisar sus cuentas.
Si organiza fiestas, derrocha el dinero de los fieles.
Si sale a hablar con los fieles después de Misa, no es piadoso.
Si se queda rezando, no tiene contacto fácil.
Si retiene mucho tiempo en el confesionario, cansa y escandaliza.
Si confiesa rapidito, despacha a la gente.
Si comienza la Misa a la hora, seguro que su reloj adelanta.
Si comienza con retraso, hace perder el tiempo a todo el mundo.
Si construye la capilla, echa el dinero por la ventana.
Si no construye, no le interesa la capilla.
Si se ocupa de los muchachos, quiere que todo el mundo se vaya al convento.
Si se ocupa de los matrimonios, no se preocupa por las vocaciones.
Si es joven, le falta experiencia.
Si es mayor, tiene la edad de retirarse.
Si está entre los dos, se encuentra en la edad crítica.
En resumen, haga lo que haga, no tiene razón.
Pero si lo envían a otra parte… ¡ay, caray!
¿Por qué mejor no rezamos por él?

EL OBSERVADOR 485-11

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CULTURA
Ni reverenditis ni titulitis
Por Carlos Díaz

En una vieja librería evangélica de Madrid, y en un anaquel lleno de polvo (esos lugares donde a un bibliófilo le encanta estar), casi perdido, cayó en mis manos el folleto que paso a continuación a comentar, porque tan excelentemente sigue descubriendo el viejo vicio social de la obediencia ciega a los «superiores», o mejor a la «superioridad», que confiere la entrada en posesión de Su Majestad el Título, que es su propio ego, de ahí que me anime a transcribir parte de su contenido:

«La reverenditis es una enfermedad que afecta los centros intelectuales y espirituales de la personalidad del ministro, en la que se produce gradualmente una hipertrofia del ego y una sensibilidad morbosa a la adulación. Por otro lado, a medida que se hipertrofia el ego, sobreviene una amnesia paulatina y una anestesia ante las enfermedades y problemas de la humanidad. La reverenditis es una enfermedad causada por el mismo virus que causa entre la gente profana la llamada 'titulitis'. Se inicia insidiosamente en la infancia del individuo cuando éste desea que sus padres, hermanos y amigos le llamen en la forma más agradable, con los diminutivos más tiernos y con los epítetos más ardientes. La enfermedad tiene una recrudescencia cuando el muchacho, en los juegos de su niñez, imagina que es un gran policía o un jefe indio, un general muy valiente, o un héroe del deporte.

«En algunos individuos estos ataques de la enfermedad producen inmunidad para toda la vida, pero en otros predispuestos adoptan formas malignas. El muchacho adolescente continúa en ese caso buscando los títulos. Va a las escuelas superiores y a la universidad, no con el fin de aprender u obtener recursos intelectuales para hacer bien a sus semejantes. Estudia, se desvela, se sacrifica, no por un motivo altruista, sino por adquirir el codiciado título. Una de las características de la enfermedad es que los síntomas se exacerban a medida que el individuo llega al fin de sus estudios. El aquejado de esta enfermedad muestra una sed insaciable de alabanzas, busca las formas y títulos con la misma ansia que busca el agua el aquejado de diabetes. Pero la cosa no queda allí, sino que el pobre enfermo, generalmente, manda imprimir tarjetas de visita en las que aparecen con tipo muy notable antes de su nombre sus títulos académicos. Vagan solos con la mirada fija y a veces la gente les oye hablar solos, pasan los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio, obsesionados por la idea de obtener otros títulos. El pronóstico de esta dolencia es, por lo general, grave, ya que el virus no reacciona ni a los consejos ni a las amonestaciones, sino que se hace sumamente resistente a estos tratamientos humanos»1.

Vanidad máxima: tratar de llenar con el yo hinchado el propio vacío. Vanidad, por cierto, que no es exactamente de la que habla el Eclesiastés, sino sobre todo el eclesiástico —versión clerical— y el levítico —version laical—.

1Orea, David: Reverenditis. Estudio de una enfermedad vieja. El Predicador Evangélico, Buenos Aires, junio, 1959.

EL OBSERVADOR 485-12

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El nuevo libro del Papa, Memoria e identidad, saldrá a la venta en primavera

Memoria e identidad. Conversación entre milenios es el título del nuevo libro de Juan Pablo II, cuya presentación, a cargo del portavoz de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, acaba de tener lugar en la Feria Internacional del Libro de Franc-fort (Alemania).

La editorial Rizzoli tiene los derechos sobre el libro para todo el mundo. El volumen saldrá a las librerías de varios países simultáneamente en la primavera 2005.

El libro, en el que el Papa afronta los temas más importantes ligados a la historia del siglo XX, surgió de una larga conversación que mantuvo en 1993 con dos profesores de filosofía polacos, Krzysztof Michalski y Jozef Tischner, en la residencia pontificia de Castelgandolfo. Los dos intelectuales «hacían preguntas al Papa y él respondía», explicó Navarro-Valls. La conversación fue grabada y posteriormente transcrita. El manuscrito se guardó varios años hasta que el Papa volvió a leerlo y decidió convertirlo en libro tras hacer algunas correcciones.

La democracia contemporánea, la libertad humana, los conceptos no idénticos de nación, de patria y de Estado, las relaciones más que funcionales entre nación y cultura, los derechos humanos y la relación entre Iglesia y Estado son temas que aborda Juan Pablo II en este tomo, una obra de filosofía de la historia.

El hilo conductor es el mismo del pensamiento de Juan Pablo II: el gran misterio del ser humano, tema siempre presente en toda la obra filosófica y literaria de Karol Wojtyla, así como en sus escritos magisteriales.

Si bien situaciones y hechos que conciernen a otros continentes están presentes en este nuevo libro, el Papa piensa sobre todo en Europa.

En Memoria e identidad el Papa, prosigue Navarro-Valls, busca tanto los momentos terribles de nuestra historia reciente como «los innumerables frutos positivos».

El autor contribuye a la comprensión de los grandes interrogantes históricos de nuestra época llevando al lector a plantearse la cuestión de encontrar el sentido más profundo de la historia.

Asimismo, hace una reflexión teológica y filosófica acerca de cómo la presencia del mal muchas veces termina siendo una invitación a hacer el bien. «Sucede que el mal, en ciertos momentos de la existencia humana, se revela como útil. Útil en la medida en que crea una ocasión para hacer el bien», dice el Papa en un fragmento de su libro.

Si bien «explícitamente el Papa aún no ha mencionado» adónde irán destinados los beneficios de las ventas de Memoria e identidad, «creo que se adoptará el mismo criterio utilizado en libros precedentes», apuntó Navarro-Valls, esto es, «a obras de caridad».

Este libro se dirige en particular a los jóvenes, que están siempre en el corazón del vicario de Cristo.

(Fuente: Zenit.org - El Observador)

EL OBSERVADOR 485-13

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AÑO DE LA EUCARISTÍA
«Quédate con nosotros, Señor»
Extracto de la carta de Juan Pablo II para el Año de la Eucaristía: Octubre 2004 - Octubre 2005

«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón mientras Él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (v. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.

 «Les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura» (Lc 24,27)

El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz!¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la vida cristiana?
Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El sacramento eucarístico es un mysterium fidei por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz.
La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental de su misterio a la declaración de la dimensión propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos de Emaús, Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor».

«Lo reconocieron al partir el pan» (Lc 24,35)

Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo de la «fracción del pan». Una vez que las mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados, los signos «hablan».
Es importante que no se olvide ningún aspecto de este sacramento. En efecto, el hombre está siempre tentado a reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del Misterio. La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones.
No hay duda de que el aspecto más evidente de la Eucaristía es el de banquete. La Eucaristía nació la noche del Jueves Santo en el contexto de la cena pascual. Por tanto, conlleva en su estructura el sentido del convite: «Tomad, comed... Tomó luego una copa y... se la dio diciendo: Bebed de ella todos...» (Mt 26,26.27). Este aspecto expresa muy bien la relación de comunión que Dios quiere establecer con nosotros y que nosotros mismos debemos desarrollar.
Sin embargo, no se puede olvidar que el banquete eucarístico tiene también un sentido profunda y primordialmente sacrificial. En él Cristo nos presenta el sacrificio ofrecido una vez por todas en el Gólgota. Aun estando presente en su condición de resucitado, Él muestra las señales de su pasión, de la cual cada Santa Misa es su «memorial», como nos recuerda la liturgia con la aclamación después de la consagración: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...». Al mismo tiempo, mientras actualiza el pasado, la Eucaristía nos proyecta hacia el futuro de la última venida de Cristo, al final de la historia. Este aspecto «escatológico» da al sacramento eucarístico un dinamismo que abre al camino cristiano el paso a la esperanza.

«Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20)

Todos estos aspectos de la Eucaristía confluyen en lo que más pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia «real». Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas está realmente presente Jesús. Una presencia —como explicó muy claramente el papa Pablo VI— que se llama «real» no por exclusión, como si las otras formas de presencia no fueran reales, sino por antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de su sangre. Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia da a los diversos aspectos —banquete, memorial de la Pascua, anticipación escatológica— un alcance que va mucho más allá del puro simbolismo.

Celebrar, adorar, contemplar

¡Gran misterio, la Eucaristía! Misterio que, ante todo, debe ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas establecidas, con la participación del pueblo, la colaboración de los diversos ministros en el ejercicio de las funciones previstas para ellos, y cuidando también el aspecto sacro que debe caracterizar la música litúrgica.
Un objetivo concreto de este Año de la Eucaristía podría ser estudiar a fondo en cada comunidad parroquial la Ordenación General del Misal Romano. El modo más adecuado para profundizar en el misterio de la salvación realizada a través de los «signos» es seguir con fidelidad el proceso del año litúrgico.
Hace falta, en concreto, fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, los movimientos y todo el modo de comportarse. A este respecto, las normas recuerdan el relieve que se debe dar a los momentos de silencio, tanto en la celebración como en la adoración eucarística. En una palabra, es necesario que la manera de tratar la Eucaristía por parte de los ministros y de los fieles exprese el máximo respeto.
La adoración eucarística fuera de la Misa debe ser durante este año un objetivo especial para las comunidades religiosas y parroquiales. Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo.
Que este año se viva con particular fervor la solemnidad del Corpus Christi con la tradicional procesión. Que la fe en Dios que, encarnándose, se hizo nuestro compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición.

«Permaneced en Mí, y Yo en vosotros» (Jn 15,4)

Cuando los discípulos de Emaús le pidieron que se quedara «con» ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía encontró el modo de quedarse «en» ellos. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. «Permaneced en Mí, y Yo en vosotros» (Jn 15,4). Esta relación de íntima y recíproca «permanencia» nos permite anticipar en cierto modo el Cielo en la Tierra. Se nos da la comunión eucarística para «saciarnos» de Dios en esta Tierra, a la espera de la plena satisfacción en el Cielo.

Un solo pan, un solo cuerpo

Pero la especial intimidad que se da en la «comunión» eucarística no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente fuera de la comunión eclesial. La Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina «con Cristo» en la medida en que se está en relación «con su cuerpo». Para crear y fomentar esta unidad Cristo envía el Espíritu Santo. Y Él mismo la promueve mediante su presencia eucarística. En efecto, es precisamente el único Pan eucarístico el que nos hace un solo cuerpo. El apóstol Pablo lo afirma: «Un solo pan y un solo cuerpo somos, pues
todos participamos de un solo pan» (1 Co 10,17). En el misterio eucarístico Jesús edifica la Iglesia
como comunión, según el supremo modelo expresado en la oración sacerdotal: «Como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17,21).

«Un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32)

En cada Santa Misa nos sentimos interpelados por el ideal de comunión que el libro de los Hechos de los Apóstoles presenta como modelo para la Iglesia de todos los tiempos. La Iglesia congregada alrededor de los Apóstoles, convocada por la Palabra de Dios, es capaz de compartir no sólo lo que concierne a los bienes espirituales, sino también los bienes materiales (cfr. Hch 2,42- 47; 4,32-35). En este Año de la Eucaristíael Señor nos invita a acercarnos lo más posible a este ideal.

El Día del Señor

Es de desear que en este año se haga un especial esfuerzo por redescubrir y vivir plenamente el domingo como día del Señor y día de la Iglesia. Escribí en la carta apostólica Dies Domini. «Precisamente en la Misa dominical es donde los cristianos reviven de manera particularmente intensa la experiencia que tuvieron los Apóstoles la tarde de Pascua, cuando el Resucitado se les manifestó estando reunidos. En aquel pequeño núcleo de discípulos, primicia de la Iglesia, estaba en cierto modo presente el Pueblo de Dios de todos los tiempos».
Que los sacerdotes presten una atención todavía mayor a la Misa dominical.

«Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén» (Lc 24,33)

Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, «se levantaron al momento» (Lc 24,33) para ir a comunicar lo que habían visto y oído. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio. Entrar en comunión con Cristo en el memorial de la Pascua significa experimentar al mismo tiempo el deber de ser misioneros del acontecimiento actualizado en el rito. La despedida al finalizar la Misa es como una consigna que impulsa al cristiano a comprometerse en la propagación del Evangelio y en la animación cristiana de la sociedad.
La Eucaristía no sólo proporciona la fuerza interior para dicha misión, sino también, en cierto sentido, su proyecto. En efecto, la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura. Para lograrlo, es necesario que cada fiel asimile, en la meditación personal y comunitaria, los valores que la Eucaristía expresa, las actitudes que inspira, los propósitos de vida que suscita. ¿Por qué no ver en esto la consigna especialque podría surgir del Año de la Eucaristía?

Acción de gracias

Un elemento fundamental de este proyecto aparece ya en el sentido mismo de la palabra «eucaristía»: acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su «sí» incondicional a la voluntad del Padre, está el «sí», el «gracias», el «amén» de toda la humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre.
En este Año de la Eucaristía los cristianos se han de comprometer más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La «cultura de la Eucaristía» promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión del Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas», sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces. Quien aprende a decir «gracias» como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador.

Al servicio de los últimos

Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor afirmando de modo radical el criterio del servicio: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). No es casual que en el Evangelio de Juan no se encuentre el relato de la institución eucarística, pero sí el «lavatorio de los pies» (cfr. Jn 13,1-20): inclinándose para lavar los pies a sus discípulos, Jesús explica de modo inequívoco el sentido de la Eucaristía.
¿Por qué, pues, no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo?

EL OBSERVADOR 485-14

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George Weigel y la actual fragilidad física de este Papa

¿Cómo ha cambiado el pontificado de Juan Pablo II durante estos años en los que ha empeorado su estado de salud? Zenit-El Observador ha planteado la pregunta a George Weigel, biógrafo del Papa, al celebrarse el 26° aniversario de este pontificado.

Weigel (Baltimore, 1951) es conocido sobre todo por su libro Testigo de esperanza, considerado como la biografía de referencia de este pontífice. El texto ha sido publicado en diez idiomas y está preparándose la edición en chino.

¿Cómo han cambiado las limitaciones físicas de Juan Pablo II su pontificado? Creo que el sufrimiento del Papa ha subrayado el carácter evangélico de su pontificado. Quizá la frase más sabia sobre Juan Pablo II la escribió en el día en que tomó posesión de la Cátedra de Pedro el periodista francés André Frossard, quien desde su cotidiano parisino afirmaba: «No es un Papa de Polonia, es un Papa de Galilea».
El mundo está testimoniando ahora que este «Papa de Galilea» no guía la Iglesia desde un trono, sino por el camino de la cruz, del Calvario. Al invitar a la Iglesia y al mundo a recorrer el «Vía Crucis» con él, Karol Wojtyla sigue predicando a Jesucristo hasta el final.

En un mundo que tiene dificultades de relación con la enfermedad y el sufrimiento, ¿qué lecciones puede sacar de la manera en que el Papa vive sus limitaciones físicas? El Papa está enseñando al mundo que no hay seres humanos desechables: cada quien cuenta, e infinitamente, desde el momento de su concepción hasta la muerte natural.

¿Cuál es el efecto que tiene sobre la Iglesia y el mundo la imagen de un Papa que se mueve en una silla de ruedas? Uno de los más antiguos títulos de los Papas es «servus servorum Dei», es decir, siervo de los siervos de Dios. La Iglesia y el mundo están viendo a un Papa que vive su vida hasta el final, al servicio de las verdades sobre las que ha fundamentado su propia vida. Espero que este testimonio inspire a toda la Iglesia a realizar actos de entrega de uno mismo a los demás.

¿Qué le diría a quien afirma que la renuncia es una opción que debería considerar seriamente Juan Pablo II? Le sugeriría que escuchara al Papa, quien en muchas ocasiones ha dicho que renunciará a llevar este fardo cuando Dios se lo quite.

¿Cómo ha cambiado el aspecto fundamental de este pontificado tras iniciativas como la del Año del Rosario o la del Año de la Eucaristía? No creo que haya cambiado —el punto central sigue siendo la nueva evangelización como respuesta de la Iglesia a la crisis de la civilización mundial de nuestro tiempo—, pero quizá podemos decir que ha profundizado en su carácter de espiritualidad.
Si la nueva evangelización no se arraiga en la oración, no puede tener éxito. La Iglesia transmite el Evangelio al mundo a través de la experiencia vivificante de la Eucaristía y del ritmo de su oración.

Una última pregunta: En los primeros años de su pontificado, Juan Pablo II era visto como un protagonista geopolítico. ¿Es hoy más místico? Siempre se han dado las dos dimensiones. El hombre que hoy vemos, el que guía la Iglesia desde el Calvario, es el mismo que desempeñó un papel decisivo en la caída del comunismo europeo. El liderazgo del Papa siempre se ha caracterizado por su rica y compleja vida interior.

(Fuente. Zenit.org-El observador)

EL OBSERVADOR 485-15

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CONTEXTO ECLESIAL
Mane nobiscum Domine, una carta apostólica para el Año de la Eucaristía

Ya fue presentada en idioma italiano, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, la carta apostólica Mane nobiscum Domine («Quédate con nosotros, Señor»), dirigida a los obispos, al clero y a los fieles de la Iglesia con motivo del Año de la Eucaristía (octubre 2004-octubre2005). La carta, firmada con fecha del 7 de octubre, festividad de Nuestra Señora del Rosario, consta de una introducción, cuatro capítulos y una conclusión.

El prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos recordó que el vicario de Cristo anunció la celebración de un Año de la Eucaristía en toda la Iglesia en el curso de la Misa celebrada en la basílica de San Juan de Letrán, el 10 de junio de 2004, solemnidad del Corpus Christi. El cardenal definió la carta como «hermosa e incisiva» y agregó que «ayudará y guiará a la Iglesia para celebrar este especial año con el máximo fruto».

El hilo conductor de la carta, explicó el purpurado, es «la historia de los dos discípulos en el camino de Emaús». Efectivamente la carta se abre así: «'Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está anocheciendo. Ésta fue la invitación que los dos discípulos que se encaminaban a Emaús la misma tarde del día de la Resurrección dirigieron al Viandante que se había unido a ellos durante el camino. Apesadumbrados, no imaginaban que aquel desconocido fuera efectivamente su Maestro, que ya había resucitado».

«En el Año de la Eucaristía —agregó el cardenal—, la Iglesia estará particularmente comprometida en vivir el misterio de la Sagrada Eucaristía. Jesús sigue caminando entre nosotros y nos introduce en los misterios de Dios, abriéndonos al significado profundo de las Sagradas Escrituras. En el cenit del encuentro, Jesús parte para nosotros 'el pan de vida'».

(Fuente: Zenit.org-El Observador)

EL OBSERVADOR 485-16

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La Iglesia en Iberoamérica ha perdido al 10% de sus fieles

Durante el recientemente celebrado Congreso Eucarístico Internacional de Gudalajara se analizaron diversos problemas, entre ellos el elevado número de católicos que han abandonado la Iglesia y las injusticias que sufren sus habitantes en el contexto de la globalización.

A esto se refirió el cardenal Claudio Hummes OFM, arzobispo de São Paulo (Brasil). Por una parte, el purpurado insistió en que en América ha disminuido en un diez por ciento en las últimas décadas el número de fieles católicos, quienes han virado hacia otras religiones históricas o sectas de nuevo cuño.
Por otra parte, reconoció que la globalización financiera está golpeando de forma inmisericorde a los pueblos más pobres del mundo, en especial, de América.

«Va creciendo la exclusión social de cientos de millones de personas y países enteros van siendo excluidos de la participación del nuevo orden económico mundial, porque estos países no tienen capital propio suficiente para atraer nuevas inversiones», denunció el cardenal.

Por este motivo, confió en que el Congreso Eucarístico Internacional se convierta en una plataforma de relanzamiento de la fe en la Eucaristía. Dijo que espera que, «junto con todo el pueblo de Dios, se renueve la fe y seamos instrumentos de amor, especialmente para los más pobres, los pecadores y los que se alejaron de la práctica religiosa».

El cardenal Claudio Hummes mostró su dolor al constatar que, en lugar de iniciar el tercer milenio en la paz de Cristo, la humanidad lo ha iniciado en un tenso ambiente de guerra y terrorismo.

(Fuente: Zenit.org- El Observador)

EL OBSERVADOR 485-17

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Se publicará un compendio de la doctrina social de la Iglesia

El día de mañana, 25 de octubre, la Santa Sede hará público un Compendio de la doctrina social de la Iglesia, según ha revelado el cardenal Renato R. Martino, presidente del Consejo de la Justicia y la Paz.
El documento, redactado por ese organismo vaticano e introducido por una carta del cardenal Angelo Sodano, presentará de manera sistemática los principios de la doctrina social de la Iglesia en diferentes campos de la vida pública.

La publicación tendrá lugar en concomitancia con la apertura de la asamblea plenaria del Consejo de la Justicia y la Paz. Es la primera vez en la historia que la Iglesia católica publicar un compendio de estas características sobre la doctrina social.

(Fuente: Zenit.org- El Observador)

EL OBSERVADOR 485-18

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FIN

 
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