El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
2 de enero de 2005 No.495

SUMARIO

bulletPORTADA -Vencer el mal con el bien, propuesta del Papa en tiempos de terrorismo y violencia
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - El espíritu del Quijote
bulletFAMILIA -Un nuevo año, la misma autora
bulletJuegos y juguetes
bulletPINCELADAS- Los calcetines
bulletREPORTAJE - Don Quijote: 400 años del «caballero errante de los caballeros»
bulletCervantes, sin más
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA ¿Qué le agrada a Dios?
bulletENTREVISTA -El celibato sacerdotal no es una imposición, sino un don
bulletFLOR DE HARINA - Los Magos de Oriente
bulletDEBATE -Riesgos de las «técnicas orientales»
bulletAnte la Iglesia
bulletComentarios necesarios sobre la tristemente famosa obra «El Código Da Vinci» (VII)
bulletAÑO DE LA EUCARISTÍA - «Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios»

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PORTADA
Vencer el mal con el bien, propuesta del Papa en tiempos de terrorismo y violencia
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 2005)
En un escenario internacional marcado por el terrorismo, por la violencia en Tierra Santa e Iraq y las guerras olvidadas de África, Juan Pablo II ha lanzado un llamamiento a vencer el mal con el bien.

El texto, que se envía tradicionalmente a los líderes del mundo y a las mayores organizaciones internacionales, como las Naciones Unidas, tiene por lema el consejo que el apóstol Pablo dejaba en su carta dirigida a los primeros cristianos de Roma: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (12, 21).
«No se supera el mal con el mal. En efecto, quien obra así, en vez de vencer al mal, se deja vencer por el mal», subraya el pontífice en su misiva. «La paz es el resultado de una larga y dura batalla, que se gana cuando el bien derrota al mal».
«El mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo por mecanismos deterministas e impersonales. El mal pasa por la libertad humana», afirma el vicario de Cristo. «El mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen», aclara.

La gramática de la ley moral universal

Desde esta perspectiva, el Papa se pregunta: «¿cómo no pensar en el querido continente africano, donde persisten conflictos que han provocado y siguen provocando millones de víctimas? ¿Cómo no recordar la peligrosa situación de Palestina, la tierra de Jesús, donde no se consigue asegurar, en la verdad y en la justicia, las vías de la mutua comprensión, truncadas a causa de un conflicto alimentado cada día de manera preocupante por atentados y venganzas? ¿Qué decir del trágico fenómeno de la violencia terrorista que parece conducir al mundo entero hacia un futuro de miedo y angustia? En fin, ¿cómo no constatar con amargura que el drama iraquí se extiende por desgracia a situaciones de incertidumbre e inseguridad para todos?».
Para que el bien venza sobre el mal, la misiva pontificia propone redescubrir la «ley moral universal», así como «el bien común». La «gramática» de la ley moral universal «une a los hombres entre sí inspirando valores y principios comunes, si bien en la diversidad de culturas, y es inmutable», explica.
El bien común, exige «respeto y promoción de la persona y de sus derechos fundamentales, así como el respeto y promoción de los derechos de las naciones en una perspectiva universal».
«La pertenencia a la familia humana otorga a cada persona una especie de ciudadanía mundial, haciéndola titular de derechos y deberes, dado que los hombres están unidos por un origen y supremo destino comunes», asegura.

El destino universal de los bienes

«Basta que un niño sea concebido para que sea titular de derechos, merezca atención y cuidados, y que alguien deba proveer a ello -reconoce-. La condena del racismo, la tutela de las minorías, la asistencia a los prófugos y refugiados, la movilización de la solidaridad internacional para todos los necesitados, no son sino aplicaciones coherentes del principio de la ciudadanía mundial».
El pontífice reafirma, por último, «el principio del destino universal de los bienes», que permite «afrontar adecuadamente el desafío de la pobreza, sobre todo teniendo en cuenta las condiciones de miseria en que viven aún más de mil millones de seres humanos».
Exige, por tanto, el cumplimiento del compromiso «prioritario» adoptado por la comunidad internacional de «reducir a la mitad el número de dichas personas antes de terminar el año 2015» y la solución «el problema de la deuda externa de los países pobres».
Considera, por tanto, que estas naciones, especialmente las africanas, deben ser ayudadas con «financiaciones externas -públicas y privadas-, otorgadas en condiciones accesibles, en el marco de las relaciones comerciales internacionales, reguladas de manera equitativa».

(Zenit.org-El Observador)

EL OBSERVADOR 495-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
El espíritu del Quijote
Por Jaime Septién

Este año 2005 se cumple el cuarto centenario de la primera publicación de una novela maravillosa; un relato que todos, tarde o temprano (ojalá más temprano que tarde) deberíamos leer: el Quijote. Su autor, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), ha pasado a la historia como un genio literario. A muchos se les olvida que Cervantes fue católico, un hombre que, por ejemplo, el 2 de julio de 1613 recibió el hábito de la Orden Tercera de San Francisco; también que en los últimos años de su vida fue pensionado por el arzobispo de Toledo (don Bernardo de Sandoval y Rojas); que su cadáver fue vestido con el hábito franciscano a su última morada: el convento de las Trinitarias Descalzas en Madrid.

Don Quijote, «el caballero de la triste figura», ha servido a las más variadas interpretaciones. En realidad se trata de un personaje bueno; uno que se tomó en serio la tarea de los caballeros andantes: deshacer problemas y enderezar los caminos de la gente hacia el ideal supremo del amor; defender al desprotegido y batallar, con todas las fuerzas del ingenio, en contra de los monstruos, encantadores, malandrines, bandoleros y estafadores de diversa procedencia, para hacer que el mundo vuelva a ser habitable, recupere la Edad de Oro, donde las palabras «tuyo» y «mío» no existían; una edad desaparecida, de paz y justicia, que el hombre recuerda en su corazón y que es consigna de los bien nacidos hacer resurgir desde las cenizas. De Don Quijote decía Dostoievski (1821-1881) que era «el más generoso de cuantos héroes ha habido en este mundo» y de la novela aconsejaba que nadie debiera olvidarse llevarla consigo el día del Juicio Final. También que era un libro triste. Y es cierto: la tristeza del Quijote tiene que ver con que la pureza, el ideal, la castidad, la misericordia y el perdón no triunfan nunca en la humanidad y que, por el contrario, es el mal el que triunfa, haciendo de los puros, mochos; de los idealistas, desadaptados; de los castos, locos, y de los misericordiosos, maniáticos. Los hombres divididos entre lo tuyo (que deseo) y lo mío (de lo que no me puedo desprender) ven en el comportamiento quijotesco la expresión mas acabada de su propia vaciedad. Están dispuestos -como Sansón Carrasco, «el Caballero de la Blanca Luna», quien derrotó en su último duelo a Don Quijote en Barcelona y lo obligó a regresar a su pueblo- a hacer que los «locos» del amor, de la presencia de Cristo, de la paz y de la concordia, «entren en razón», abandonen la santidad y se «reintegren al mundo», es decir, se vuelvan mediocres y perversos.

Ahora que celebramos el cuarto centenario del Quijote, mucho honraremos el alma del caballero, de su escudero Sancho Panza y de su autor, Miguel de Cervantes, leyendo pasajes de la obra, adaptaciones para niños, para jóvenes, para aprendices y gente sencilla, o leyendo la obra completa, y extrayendo de ella su luminosa enseñanza: que la locura del amor es la única que permite al hombre vivir sobre esta Tierra.

EL OBSERVADOR 495-2

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FAMILIA
Un nuevo año, la misma autora
Por Yusi Cervantes Leyzaola

Quizá yo no sería capaz de estos caminos
si no estuviera Dios, como una aurora,
rompiéndome la niebla y el cansancio.

Pedro Casaldáliga

Respiro el aire frío de la mañana, tomo un sorbo de una bebida caliente. La barca está a punto de partir. El año viejo terminó, pese a estar presente en mis pensamientos y afectos. La barca es la misma, sin embargo, y recorreré en ella los mismos mares, casi. Alguno será nuevo, otros quedarán atrás, en muchos llegaré más lejos, y todos, sin excepción, tendrán algo distinto. Porque la corriente de la vida no se detiene y todo lo transforma. Todo, menos a Dios.

Después de las fiestas y antes de subir a la barca, mil preguntas se agolpan en mi mente. ¿Cómo manifestar el amor de Dios a quienes no se sienten amados por él? ¿Cómo ser instrumento de su paz? ¿Cómo evangelizar a la gente atrapada en la trivialidad? ¿Qué respuestas dar a quienes sienten atracción por la muerte? ¿Cómo dar un testimonio de Dios a las víctimas de la injusticia, la pobreza y la violencia? ¿Cómo evangelizarme yo misma?

Recuerdo a una chica que siente atracción por lo dark, por la magia, por la muerte, por la oscuridad. En el fondo, la suya es una búsqueda espiritual. No escudriña la luz porque la cree inalcanzable. No sabe que la luz habita en su corazón, que ella misma, creada a imagen y semejanza de Dios, es luz para los demás. Que su presencia ilumina la vida de quienes están cerca de ella; que su sonrisa, su inteligencia, su valor y su ternura son estrellas que hacen al mundo más hermoso, que su presencia acrecienta nuestra esperanza.

Esta chica ha sentido dolor, tristeza, angustia... Pese a esto, o quizá por esto, es más fácil llegar a ella que a esa otra chica cuyas mayores preocupaciones en el mundo son vestir a la moda, si el chico que le gusta le habla o no, o a dónde va a salir el próximo fin de semana. Pero aunque una nos guste más que la otra, las dos son igualmente valiosas, las dos son amadas por Dios, a las dos debemos llevar la fuerza transformadora del Evangelio.

Hay mucha gente hoy en día buscando respuestas en otras religiones, en disciplinas desconocidas para nosotros, en el mundo oculto, el esoterismo o en francas supersticiones. Hay cosas valiosas en muchas de estas, para nosotros, nuevas alternativas, pero también hay cosas peligrosas o negativas. En todo caso, la mejor respuesta no es condenar, sino preguntarnos por qué la gente tiene que buscar fuera lo que deberíamos ofrecer nosotros. No estamos acogiendo, no estamos dando un testimonio del amor de Dios, no estamos evangelizando con suficiente empeño.

La barca está a punto de partir, y para inspirar este viaje, voy a grabar junto al timón la definición de evangelización del papa Pablo VI: «Se trata de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación» ( Evangelii Nuntiandi , n.19).

Tengo una parte en esta tarea, y más vale que me dé prisa. Algunas barcas ya han zarpado, otras están por hacerlo, pero ninguna va a hacer mi parte. Tomo un último sorbo de la bebida ya no tan caliente. La aurora nos llama. Le pido al Señor que tomé el mando, que maneje el timón. Subo a la barca para emprender la ruta de un año nuevo.

EL OBSERVADOR 495-3

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Juegos y juguetes
Por María Velázquez Dorantes

«En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta» (Pablo Neruda).

Lleno de deseos, de esperanzas y de sueños, el juego y los juguetes representan para el niño uno de los ensueños con mayor relevancia en estas épocas.

Se dice que jugar es humano; cada cultura, cada pueblo, cada civilización lleva acabo está acción con diferentes juguetes. México ha pasado del trompo de madera, el papalote de colores, el balero, las muñecas de trapo, la pelota, los soldaditos y los trastes de barro -llenos todos de la esencia popular del mexicano, con el arco iris de colores que dejan las manos artesanas en ellos- a las nuevas importaciones que le han quitado el encanto a nuestros juguetes originales. Sin embargo, tanto el juguete mexicano como el extranjero se combinan: ya sea una muñeca de porcelana con un juego de cocina de barro, hacen que las «comadritas» se sienten a entablar un sueño como los grandes.

Todo el encanto de los los juguetes debería seguir impulsando a las nuevas generaciones a idealizar un mundo mejor y seguir anhelando ser algún día grande como mamá y papá; porque, visto desde está perspectiva, el juguete ha inspirado a muchos a conservar el papel fundamental de la familia, de los valores, de las costumbres, de las tradiciones, de la unión grupal.

Frente a la creación de juguetes con un toque de violencia, aún podemos rescatar la rica tradición del juguete, y esto se logrará cuando no se haya dejado ir el niño que cada individuo lleva dentro de sí. Aún es posible enseñarles a los niños con qué jugaban sus abuelos, sus padres, y desvelarles el encanto de los juguetes que han hecho historia.

EL OBSERVADOR 495-4

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PINCELADAS
Los calcetines
Por Justo López Melús *

Una acción, un gesto sencillo, vale más que mil palabras. Las palabras valen cuando van detrás de las acciones, cuando las explican y acompañan. Las palabras solas se las lleva el viento. Las acciones, los gestos, aun sin palabras, convencen y pesan. Un apretón de manos, una palmada en el hombro, una mirada alentadora.

Una escritora preguntaba a sus hijas, ya mayores, si recordaban qué dos palabras les inculcaba que repitieran con frecuencia cuando eran niñas. No lo acertaban. Las palabras eran «perdón» y «gracias». «Lo que sí recordamos -le dijeron- son los calcetines». La madre quedó extrañada: «Mira, mamá, estábamos llenas de sueño. Sacábamos un pie de las sábanas y nos ponías un calcetín y luego el otro... De eso sí que tenemos un buen recuerdo».

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 495-5

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REPORTAJE
Don Quijote: 400 años del «caballero errante de los caballeros»

En marcha triunfal que no tiene término, pasa ante nosotros, cuatro veces secular, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Nació entre penurias e infracciones legales y morales, quizás concebido en punitiva prisión, sin saber que le haría un lugar a su progenitor en el solio que ocupan sólo excelsas autoridades: Dante de Italia, Shakespeare de Inglaterra, Moliere de Francia y Goethe de Alemania, cada uno de ellos el más conspicuo exponente de su respectiva literatura nacional. Y muy poco tiempo tuvo que pasar para que la historia del Caballero de la Triste Figura se convirtiera, para muchos, hasta hoy, en la mejor novela del mundo.

El Quijote cumple este enero 400 años (en realidad la primera edición del libro quedó impresa hacia la Navidad de 1604, pero aparece fechada en el 1605 de inminente comienzo; por otra parte, la obra, o parte de ella, había circulado ya en forma limitada, probablemente en manuscrito, dando lugar a denuestos como el que Lope de Vega dirigió a Cervantes). Se encargó del alumbramiento el empresario editor Francisco de Robles y la impresión fue realizada en el taller de imprenta de don Juan de la Cuesta.

Para publicar un libro se requería, en aquella época, una licencia, el famoso «privilegio real», que obtuvo Cervantes apenas tres meses antes de que concluyera la impresión. Además, acostumbraban los escritores dedicar sus libros a un cortesano muy encumbrado, buscando cobijo en el prestigio de éste. El Quijote fue dedicado a don Alfonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, séptimo duque de Béjar, marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares, vizconde de la Puebla de Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos. Y aquí viene la jugarreta del destino: de aquel señorón, con todos sus títulos, no queda hoy recuerdo significante. Qué bien dijo Antonio Espina: «Los príncipes que dominaban la tierra en la época de Cervantes murieron, se llevaron consigo su poder al otro mundo, y hoy sólo viven como sombras en los debates eruditos de las academias y en las fichas de los archivos [hoy figura, mañana sepultura, dice el refrán]. Las fronteras que trazaron con su espada los más famosos capitanes de entonces [...] han sido borradas y deshechas múltiples veces a través de los siglos por otras espadas victoriosas. Todo se derrumbó. Todo se convirtió en polvo. Pero el Quijote sigue en pie. Es luz que nunca se apaga. Vive con actualidad sin fecha en el alma de todos los hombres de espíritu, y su valor sustantivo como patrimonio moral e ideológico de España no puede agostarse jamás».

Se estima que el Quijote ha tenido más de dos mil quinientas ediciones y que, después de la Biblia, es la obra más traducida a diversas lenguas, algunas bien extrañas. Han escrito sobre él, en todas las épocas y lugares, miles y miles de ensayistas, críticos y eruditos. Y a su autor se le puede reconocer con una sola palabra: Cervantes.

En cada línea del Quijote, uno puede encontrar, con poco esfuerzo, un trozo de su propia vida, puede hallar en cualquier párrafo algún secreto que guardaba. Se trata de «una novela moderna, contemporánea. Porque guarda la rara virtud de las grandes obras: no es historia, sino humanidad; no es un hombre del siglo XVI o XVII: somos todos los hombres» (Enciclopedia Monitor), y si cada generación descubre de nuevo el Quijote es porque éste es fuente inagotable de nuevos hallazgos e interpretaciones. El estadounidense Mark Van Doren apoya esto afirmando que el Quijote es una historia sencilla y misteriosa de la cual se habla como de ninguna otra: «algo extraño les sucede a los lectores. No leen el mismo libro, o si lo leen, tienen distintas ideas sobre él. Uno siente la tentación de decir que nunca se han hecho tantas teorías sobre cualquier cosa, como las que hay sobre Don Quijote».

Se nos ha querido hacer tragar la imagen de un Cervantes pobre diablo, escritor más bien mediocre, que un día hizo de comadrona para que viniera al mundo don Quijote. Una vez nacida, la criatura se habría impuesto al creador, del cual se independizó. Esto último fue una obsesión de Unamuno, antes que nadie. Podríamos parafrasear a éste: «No se comprende aquí ya ni la genialidad». (J.J.G.G.)

EL OBSERVADOR 495-6

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Cervantes, sin más

Presunto heridor, soldado, esclavo, contable, excomulgado rigoristamente por motivos de índole económica, encarcelado, pobretón irredimido, casi autodidacto, pero, con todo ello, por su legado final, «uno de aquellos seres que el cielo concede de cuando en cuando a los hombres para consolarlos de su miseria y pequeñez», Miguel de Cervantes (el segundo apellido que usó, Saavedra, le quedaba lejos en el parentesco) fue bautizado en Alcalá de Henares el 9 de octubre de 1547, pero la fecha exacta de su nacimiento no se ha podido averiguar.

Tuvo una infancia y una adolescencia más bien tristes, pues su familia se vio involucrada en una serie de conflictos que menguaron su reputación moral y social y su economía. Hay pistas -unos sonetos, especialmente, y los comentarios a los mismos- que hacen suponer que en 1566 estudiaba en Madrid. En 1569 una ordenanza real le acusaba de haber herido a un tal Antonio de Sigura, y se dice que, como había huido, Miguel quedaba condenado en rebeldía a que le cortaran públicamente la mano derecha y a ser desterrado del reino por diez años. Así fue a dar a Roma, donde formó parte del séquito del cardenal Acquaviva. En 1571 toma parte en la batalla de Lepanto, durante la cual recibe dos disparos de arcabuz en el pecho, en tanto que un tercero le hace perder el uso de la mano izquierda (antes había salvado la derecha). Herido, pero con cartas de Juan de Austria avalando su bizarría, regresaba a España cuando fue capturado por los piratas en alta mar, junto con su hermano Rodrigo. Estuvo cautivo cinco años y medio. Intentó evadirse cuantas veces pudo. Por fin, en 1580, los padres trinitarios lograron comprar, a un precio muy alto, su libertad. Este mismo año le hallamos en Madrid, ocupado en empleos de poca importancia.

Busca obtener un cargo en América, «común refugio de los pobres de espíritu», según dijo él mismo en una de sus obras. Se casa con Catalina de Salazar y Palacios, que le aporta una pequeña dote; al poco le nace una hija, Isabel de Saavedra, de otra mujer, Ana Franca de Rojas. Lo nombran comisario encargado de proveer fondos para la Armada Invencible. Sus cuentas no convencen y Cervantes, mísero, ha de trasladarse con su familia a Valladolid, en donde está la corte. A los 57 años obtiene licencia para publicar la primera parte del Quijote (la segunda parte la publicará en 1615). Sus últimos años los pasa en Madrid, finalmente entregado a la tarea de escribir, después de que la mayor parte de su vida la pasó apurado, sospechoso de varios delitos, sin dinero. Poco antes de morir ingresó a la Cofradía de Esclavos del Santísimo Sacramento y después a la Orden Tercera de San Francisco, cada vez más acercado a la vida de devoción.

La obra de Cervantes no se puede explicar si no tenemos muy presente su vida azarosa y la azarosa grandeza del imperio español en que le tocó vivir. Gracias al Cielo, el gran cúmulo de desventuras no hizo de Cervantes un amargado. En toda su obra hallamos una línea de pensamiento madura y meditada, una intención, un propósito. Algo del joven que luchó en Lepanto, ocurrente y de buen humor, lo hallamos en el Quijote. Nunca perdió su amor a España, ni su prodigiosa imaginación. (J.J.G.G.)

EL OBSERVADOR 495-7

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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA
¿Qué le agrada a Dios?
Por Claudio de Castro S.

A veces pienso esto: ¿Qué agrada a Dios de los que estamos llamados a la santidad? La humildad.

San Agustín decía: «Si quieres ser santo, sé humilde. Si quieres ser más santo, sé más humilde. Si quieres ser muy santo, sé muy humilde».

Ésta es una gracia especial difícil de cultivar. Sé, por experiencia, que cuando queremos y no podemos, el buen Dios provee lo medios.

¿Qué más le gusta a Dios? Que confiemos. Dios se pone feliz cuando confiamos en Él. A Dios le encanta cuando lo pones por encima de todas las cosas, y de una forma un otra te lo hace saber.

Se aprende a confiar en Dios con el tiempo y el corazón. Si tan sólo confiáramos un poquito más, tendríamos más serenidad, más presencia de Dios en nuestras vidas.

Un día decidí que aprendería a confiar en Dios. Estaba cansado de luchar inútilmente. A mis 47 años puedo asegurarte que nunca he quedado defraudado. Dios siempre me ayuda y me cuida como un Padre amoroso.

Cuando paso una tribulación suelo pensar: «Dios sabrá lo que es mejor para mí». Hago lo que me corresponde y lo dejo actuar. Sí, dejo que Dios actúe de acuerdo con su voluntad.

Te cuento mi experiencia, lo que vivo a diario, porque descubrí un tesoro inmenso y quisiera que también lo tengas tú: el amor de Dios.

EL OBSERVADOR 495-8

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ENTREVISTA
El celibato sacerdotal no es una imposición, sino un don
Habla Amedeo Cencini, presbítero y consultor de la Santa Sede
El padre Amedeo Cencini, religioso de los Hijos de la Caridad (canosiano), es profesor en la Universidad Salesiana y en el Instituto de Psicología de la Universidad Gregoriana de Roma. Desde 1995 es consultor de la Congregación para la Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

Usted ha hablado recientemente de una nueva perspectiva en la formación afectiva de los candidatos al sacerdocio. ¿A qué se refiere?
Al hablar de «nueva perspectiva» en la formación para el celibato, pretendo referirme a una concepción del celibato sacerdotal, no solamente como una característica exclusiva del sacerdote de rito católico, y mucho menos de una imposición de la Iglesia, sino como un don recibido «para edificación de la comunidad», para recordar a todos que en «el corazón de cada hombre y cada mujer hay un espacio reservado para Dios y que sólo el Eterno puede habitarlo». Se trata de una exigencia de amor en la criatura que sólo el Creador puede plenamente realizar.
Puede parecer singular, pero el sacerdote célibe recuerda con su elección que se trata de un tipo de «virginidad universal» que todos pueden y deben vivir, dentro de la vocación en la que se encuentran. Sé que no es una verdad evidente, pero precisamente por esto es necesario el testimonio radical de personas que llevan hasta extremas consecuencias esta verdad y que dan testimonio fuerte y coherente de ella.

¿Por qué debe ser célibe el sacerdote?
Se sabe que no existe un nexo esencial entre el sacerdocio y el celibato, pero por motivos de congruencia, nuestra Iglesia católica, después de un discernimiento histórico nada simple y muy contrastado, ha establecido como decisiva la elección del celibato sacerdotal.
A esto diré que la Iglesia no impone a nadie el celibato, simplemente que elige a los sacerdotes entre aquellos que han recibido este carisma. La motivación «clásica» del celibato sacerdotal es de naturaleza escatológica (como signo de un estado futuro), cristológica (porque Cristo eligió ser célibe) y eclesiológica (como signo de la Iglesia esposa de Cristo o como gesto que exige la dedicación total o esponsal a la Iglesia).
Es obvio que lo más importante es que el célibe haga suyas estas motivaciones y viva su celibato como una elección de amor, con corazón agradecido y sin egoísmos y con una actitud profundamente espiritual. Si el sacerdote no es profundamente espiritual, es un célibe pobre.

¿Qué aporta a la comunidad de fieles esta condición?
Para la comunidad de los fieles, un sacerdote célibe, convencido y contento de serlo es el testimonio de la primacía del amor de Dios, y recuerda que cada afecto humano nace del amor divino, y que si quiere permanecer fiel y profundo, debe reconocer y respetar ese espacio del que hablábamos antes. El amor humano y el amor divino no compiten entre sí. En resumen, los carismas se encuentran entre ellos para que se reconozcan en aquel más grande, el carisma del amor.

En alguna ocasión se ha escuchado decir que el celibato, como la vida de virginidad, no es bueno para un desarrollo de la persona, que supone la causa de problemas relacionados con la homosexualidad y la práctica pederasta. ¿Qué opina?
Ésta es una de las cosas más estúpidas y tendenciosas que se pueden decir. Los escándalos recientes de ciertas iglesias no deben llevar al engaño, porque no existe ninguna prueba científica que demuestre que en el ámbito del celibato eclesiástico este tipo de problemas (homosexualidad y, mucho menos, pedofilia) sea más frecuente que en otros ámbitos. No quiere decir que estos episodios no traten de temas graves y que necesitan una máxima atención de nuestra parte.
El problema fundamental es el de la formación. En la formación inicial, en la que es necesario un cuidadoso discernimiento, hay una atención específica al área de la afectividad y sexualidad, y la atención en la formación permanente no se debe poner sólo en una vigilancia constante, sino en un crecer positivamente en un amor maduro, en la experiencia progresiva de una relación con Dios, que de verdad puede llenar el corazón y hacerlo siempre más capaz de amar, y amar de una manera divina. Porque no se debe olvidar que el célibe ama a Dios por encima de cualquier otra criatura «para amar a cada criatura con el corazón y la libertad de Dios», el sumo amante.

¿Se da hoy más que en otras épocas de la historia una sexualidad inmadura?
La problemática sexual con todas sus consecuencias, graves e inquietantes, es un problema general que embiste a la sociedad actual. Existe un «desorden amoroso» dificilísimo de digerir. Pero no creo que exista una sustancial y real diferencia respecto al pasado. Probablemente es que hoy todo es más visible y exhibido, y se ofrece un, cada vez más complicado, clima de anomalía y pasotismo ético. Por eso el testimonio de un sacerdote célibe, convencido y contento de su celibato, es hoy particularmente necesario. Debe interrogarse continuamente si su celibato consigue dar testimonio de la nostalgia de Dios, si es capaz de dar a entender que amar a Dios no es una ley, ni fatiga, o renuncia, o violencia a la naturaleza, que es bueno porque te abre el corazón y te abre de par en par hacia los otros.

En cuanto al tema de la homosexualidad, y a raíz de algunos escándalos en seminarios, ¿qué papel debe jugar la dirección espiritual o el formador si percibe en un seminarista este tipo de problema?
Lo primero que hay que hacer normalmente es aclarar de qué tipo de homosexualidad se trata. No siempre el hecho de advertir una cierta atracción es signo de verdadera homosexualidad. Existe una homosexualidad estructural, ligada a la falta de identificación con el progenitor del mismo sexo en los primeros años de vida, con una tendencia fortísima y que normalmente persiste a lo largo de toda su vida porque tiende a extenderse a toda la personalidad.
Una homosexualidad no estructural, con raíces más recientes, puede ser en la preadolescencia. Parece mucho más fácil de tratar en el ámbito educativo; en el fondo no es verdadera homosexualidad ni se extiende a toda la personalidad. Evidentemente a cada uno de estos dos tipos le sigue un proceso de discernimiento diferente. Es indispensable, por tanto, hacer un buen diagnóstico antes de tomar cualquier decisión.
Es muy diferente el caso de quien presentase tendencias pedófilas; la pedofília, como es sabido, es reincidente, y por esto, nadie con estas tendencias puede ser admitido en un camino de formación del que estamos hablando.

Usted ha dicho alguna vez: «Si creemos en serio en nuestros ideales, no tiene sentido tener miedo de nuestros instintos; al contrario, debemos servirnos de ellos para amar y vivir aún mejor los mismos ideales. Con más coraje y fantasía». ¿Podría explicar esta frase suya?
La sexualidad constituye siempre la materia prima para vivir bien la propia la virginidad. Si se muestra el celibato como un significado sólo de renuncia a cualquier cosa buena y nos mostramos como los seres más miserables del mundo, privamos a la comunidad creyente de un testimonio indispensable.

¿Qué significa «ser virgen o célibe por el Reino de Dios»?
Amar a Dios por encima de cualquier otra criatura (que es lo mismo que decir con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas), para amar con el corazón y la libertad de Dios a cada criatura, sin ligarse a ninguna y sin excluir a ninguna (que es lo mismo que decir sin proceder con criterios selectivos-electivos en el amor humano), es más, amando en particular a quien es tentado de no sentirse amado o de hecho no ser amado.

(Fuente: Zenit.org-El Observador)

EL OBSERVADOR 495-9

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FLOR DE HARINA
Los Magos de Oriente
Por el Pbro. Justo López Melús

En el Evangelio no figura ni el número, ni los nombres, ni que fueran reyes. Según la tradición más antigua, serían reyes y serían tres, y se les ha dado los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar.

Dice un antiguo adagio que, cuando un dedo señala una estrella, todos los tontos sólo miran al dedo. Pudo haber varias reacciones cuando la estrella apareció en el firmamento de Belén. Quizá algunos, como los tontos del adagio, no levantaron la vista y no vieron la estrella. Quizá algunos la vieron, pero no quisieron seguirla, pues era un riesgo muy grande aventurarse. Quizá otros se pusieron en camino, pero se cansaron pronto, pues tenían negocios más importantes. Por fin, algunos como Melchor, Gaspar y Baltasar la vieron, se pusieron en camino, superaron todas las dificultades y llegaron a Belén.

El premio fue maravilloso. Entraron en la casa y vieron al Niño con María, su Madre, y le ofrecieron sus dones. Fue el premio a la constancia e intrepidez.

Yo creo que, si se mirase constantemente a los cielos, se acabaría teniendo alas. Lo mismo que, si se mirase siempre exclusivamente a la tierra, acabarían brotando cuatro patas.

Una leyenda moderna nos da el nombre de cuatro magos:

Melchor, Gaspar, Baltasar y Artabán se pusieron en camino siguiendo la estrella para venerar al Rey recién nacido. Vendieron sus bienes, y Melchor, Gaspar y Baltasar compraron oro, incienso y mirra. Artabán compró un rubí, esmeraldas y diamantes. Seguían felices, cuando Artabán oyó los gemidos de un hombre, se bajó y lo llevó en su camello a una posada y le pagó al posadero con el rubí.

Perdió la pista de sus compañeros y la luz de la estrella. Pero él siguió días y días. Paró en un oasis y oyó que se acercaba una caravana. Eran traficantes de esclavos. Sintió lástima y dijo a los caravaneros:
- Os los compro, a todos ellos.
Y les dio las esmeraldas y los diamantes. Y a los esclavos les dijo:
- Sois libres. Podéis ir a vuestra casa.
Artabán pensó: «No me queda nada para mi Rey».
Entonces vio el cielo estrellado y oyó una voz que le decía:
«De los cuatro magos que salisteis en busca mía, has sido el primero en encontrarme y obsequiarme».

EL OBSERVADOR 495-10

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DEBATE
Riesgos de las «técnicas orientales»
Por fray Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.

Ante la fascinación orientalizante que existe en buena parte de nuestra sociedad occidental, como fruto de la profunda decadencia de valores que sufre actualmente y que le conduce hacia un desmedido afán de novedad, de originalidad y de entusiasmo por lo exótico; y ante el hecho cierto de que se puede descubrir esa misma fascinación en ámbitos católicos, incluso dentro de comunidades religiosas, debido a un mal entendido "ecumenismo" y al deseo de un "diálogo interreligioso" ajeno a cualquier norma de prudencia, es conveniente exponer unas breves notas acerca de los riesgos principales que de estas actitudes se pueden derivar para un católico. En especial, queremos advertir de la ingenuidad con que muchas personas enfocan los denominados "métodos orientales", considerando equivocadamente que se trata de simples técnicas de respiración y de relajación, sin otras cuestiones de mayor fondo.

Uno de los errores más difundidos hoy en Occidente en torno a los "métodos orientales", y más en particular el yoga, es creer que se trata de simples métodos de relajación o de ejercicios gimnásticos muy aptos para descargar al hombre moderno de su tensión psicológica, afectiva, laboral, etc., sin caer en la cuenta de que conllevan todo un trasfondo filosófíco-religioso y que su fin no es una simple relajación física y psíquica, sino un vaciamiento de sí mismo (el "vacío mental" de que advierte el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2726). El documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe del 15-10-1989, Algunos aspectos de la meditación cristiana, deja ver el peligro que pueden causar.

No se puede olvidar que el yoga nace como un método del brahmanismo-hinduismo que busca la inactividad, la supresión de los actos (a los que se considera fuente de sufrimientos), con el fin de "quemar" el karma y escapar a la reencarnación, uniéndose al Ser (Brahmán). Aquí hay que considerar: a) Que se entra en un determinismo fatalista opuesto al concepto cristiano del libre albedrío. b) Que esta idea determinista del karma y la reencarnación conducen a la configuración de una sociedad de tipo hermético y con graves injusticias: la denominada "sociedad de castas" (brahmanes, kshatriyas, vaishyas y shudras y parias), inaceptable desde la perspectiva de las virtudes cristianas de caridad y justicia. c) Que el concepto de reencarnación es abiertamente ajeno e incluso contrario a la fe cristiana. d) Que el Ser Supremo (Brahmán) del hinduismo no es asimilable al Dios cristiano, pues el Dios cristiano es unidad de esencia y Trinidad de Personas, mientras que aquel otro es más bien un ser absoluto impersonal. e) Que esa unión con el Ser Absoluto a la que aspira el yoga, ya en esta vida terrena, implica la disolución del alma humana en dicho Absoluto, lo cual es una plasmación clara de ese panteísmo. Precisamente, la Santa Sede tuvo que advertir también de los peligros y errores en que incurrían en este sentido las obras de algunos autores católicos, como el jesuita Anthony de Mello, por realizar una mezcla de elementos de las religiones orientales con el cristianismo. La doctrina católica acerca de la unión del alma humana con Dios, por el contrario, sostiene que, tanto en el éxtasis místico como en la visión beatífica eterna, no hay un aniquilamiento de la sustancia del hombre, sino que permanece en esa unión perfecta de voluntades, pero conservando aún la individualidad inviolable de su propia sustancia, y ello por el respeto enorme que Dios guarda hacia la individualidad humana, hacia la libertad humana.

Algunas de estas prácticas orientales han sido recogidas y desarrolladas por otras corrientes filosóficas y religiosas surgidas del hinduismo, en especial el jainismo y el budismo.. La liberación definitiva de la realidad a la que está sometido el hombre y todo el cosmos es conocida como nirvana en el budismo y mokhsaen el jainismo.

El jainismo cuenta con la ahimsao "no violencia" (concepto que tuvo gran aceptación dentro del movimiento pacifista de los años 60 en Occidente) y grandes austeridades (tapas) que contemplan incluso la muerte voluntaria por inanición, algo totalmente reprobado por el catolicismo, dada la valoración que éste otorga a la vida humana como un don de Dios.

En el budismo la reencarnación tiene como motor el deseo de vivir. Así que, para extinguir el deseo de vivir, se propone el ascetismo, la meditación y el yoga, medios con los que se podrá llegar a alcanzar el nirvana o liberación.

La Iglesia reconoce lo positivo de estas corrientes filosóficas y religiosas nacidas, en su entraña más profunda, del deseo de hallar la Verdad, de buscar a Dios, deseo que el mismo Creador ha puesto en la mente y el corazón de todos los hombres, y por ello pueden servir de cauce para acercarse a Él a aquellas personas que no han conocido la Revelación. Pero eso no significa que sus doctrinas estén exentas de errores, ni que los católicos deban contribuir a su difusión, sino que, por el contrario, el deber auténtico de caridad ha de mover a anunciar, también hacia los seguidores de esas corrientes, la plenitud de la Verdad revelada en y por Aquél que se ha manifestado a Sí mismo como "el Camino, la Verdad y la Vida".

Promover actividades en las cuales se incluyan prácticas derivadas de esas corrientes orientales, aun cuando se trate de presentarlas de un modo desvinculado respecto de ellas, es un riesgo en el que no debe incurrir precipitadamente una comunidad religiosa o parroquial, y menos aún cuando en los últimos años han sido tan claras las disposiciones de la Iglesia, pues puede engendrar, cuando menos, un estado de confusión que conduzca a formas de sincretismo y de relativismo religiosos. Convendrá actuar con precaución, claridad de criterios y un discernimiento prudente y oportuno a la hora de realizar actividades que, en mayor o en menor medida, partan de dichas corrientes.

(Resumido de ARBIL.org)

EL OBSERVADOR 495-11

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Ante la Iglesia
Por P. Fernando Pascual

Quien se pone delante de la Iglesia católica necesita dar una respuesta a la pregunta: ¿viene de Dios o viene de los hombres?

¿Viene de Dios? Si viene de Dios, si Jesús, Hijo del Padre, la ha fundado, merece ser tratada con el máximo respeto. La Iglesia sería entonces la expresión de un cariño inmenso de Dios, de un deseo de ofrecer a los hombres un camino de salvación, de felicidad, de paz.

Si viene de Dios, habría que aceptarla tal y como la quiso Jesús. Con sus enseñanzas y con su jerarquía (Papa, obispos, sacerdotes). Con sus sacramentos y con la gran celebración del domingo, día del Señor. Con el mandamiento del Amor, que lleva a plenitud la Antigua Alianza con sus preceptos, y que nos invita a vivir como hermanos, hijos del mismo Padre, hermanos en Cristo.

Si viene de Dios, no tiene sentido «exigir» a la Iglesia que «adapte» a los nuevos tiempos su doctrina sobre la anticoncepción, o sobre el aborto, o sobre el divorcio, o sobre el matrimonio. No tiene sentido pedirle que ordene mujeres o que cambie sus enseñanzas y disciplina sobre el celibato de los sacerdotes. No tiene sentido querer una Iglesia a nuestra medida.

Pero si no viene de Dios, si es simplemente una invención humana, entonces vale lo que vale algo inventado, pensado, construido por los hombres. No tendría una credibilidad absoluta, no tendría valor el escuchar todo lo que enseña con respeto: valdría sólo aquello que pueda ser aceptado por nuestra razón. Lo demás podríamos rechazarlo libremente, dejarlo de lado según nos parezca a cada uno.

El dilema es claro y tajante. No es posible un camino intermedio. A la Iglesia católica la aceptamos como a la verdadera Iglesia de Cristo, como a la llamada de Dios que nos invita a ser sus hijos, o la dejamos de lado, como algo opcional que se escoge o rechaza sólo si convence como puede convencer un vendedor ambulante que ofrece un objeto mudable, pobre y caduco como todo lo simplemente humano...

Yo creo en la Iglesia con esa seguridad que nace del amor. No es fácil probar mi postura (si fuese fácil, seguramente habría muchos más católicos en el mundo), pero no por ello dejo de quererla. El amor me lleva a estudiarla, a conocerla desde dentro. Me permite saborearla en la caridad de tantos sacerdotes y laicos, en la frescura de los chicos y chicas que se entregan completamente a Dios, en la alegría de los monjes y monjas de clausura, en la fecundidad de los esposos que acogen cada hijo que Dios les envía, en los ancianos que no dejan de testimoniar que Dios perdona y ayuda a quien a Él se acerca.

Creo en ella. Humilde y débil, como el Papa Juan Pablo II. Grande y bulliciosa, como en los congresos que reúnen a miles de católicos, como en las multitudes (o en los grupos pequeños) que llenan cada domingo las iglesias del planeta. Creo en ella, como la Virgen María, que dice su sí, que acepta, que acoge el mensaje de un ángel que revela misterios grandes y pide encargos difíciles, pero posibles desde la venida del Espíritu.

Creo en la Iglesia. Quizá no puedo convencer a otros de su verdad y su grandeza. Quizá no siempre los católicos hemos sabido ser testigos del tesoro divino presente en ella. Pero ello no quita la belleza del Amor de Dios encerrado en su Iglesia. Un Amor que se ofrece a todos, que puede tocar cada corazón que se abre, sencillo, fresco, a Cristo Salvador.

Sólo pido, a quien no la acepta ni la ame, que respete mi postura, que no critique a mi amada Iglesia, que me deje en mi certeza: Dios la ha querido, Dios la ha regalado, Dios nos la ofrece para que tú, yo, cualquier otro, pueda acogerla como es, pueda caminar cogido de su mano, sin críticas malignas, sin deseos de cambiarla en sus valores más profundos.

Sólo así descubriremos su verdad y seremos capaces de defenderla con amor que no es fanatismo. Con un amor que es también tender una mano y dialogar con sencillez y confianza con quien no puede comprender que Dios nos ama y nos perdona en el Cristo presente, vivo, palpitante, en su Iglesia milenaria. Una Iglesia cargada de años y rebosante de juventud por el continuo amor del Padre y la fuerza del Espíritu.

EL OBSERVADOR 495-12

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Comentarios necesarios sobre la tristemente famosa obra «El Código Da Vinci» (VII)
La cuarta de las grandes mentiras: la Iglesia es asesina
Por Walter Turnbull

Llegamos a la cuarta gran mentira (entre un montón de mentiras de tamaño normal) del Código DaVinci:
La malvada Iglesia católica, inventada por Constantino en el 325, persiguió a los tolerantes y pacíficos adoradores de lo femenino -incluyendo a la «diosa», María Magdalena-, matando a millones de brujas y a los misteriosos templarios en la Edad Media y el Renacimiento, destruyendo todos los evangelios gnósticos que no les gustaban y dejando sólo los cuatro evangelios que les convenían, bien retocados. En la novela el maquiavélico Opus Dei trata de impedir que los héroes saquen a la luz el secreto, llegando incluso al asesinato.

En este caso, más que al error o a la mentira, Dan Brown recurre a la calumnia. Acusa a la Iglesia de todas las maldades que a usted se le puedan ocurrir. Traición, machismo, engaño, persecución, discriminación, asesinato, genocidio, conspiración, destrucción de cultura, etc. Si hubiera hecho lo mismo con cualquier otra agrupación del mundo, Dan Brown estaría en la cárcel sepultado bajo una montaña de demandas. Para él (como para tantos comecuras liberales) la historia de la Iglesia católica es un gigantesco complot.

Ya vimos brevemente que la persecución contra María Magdalena y sus seguidores no tiene ningún fundamento histórico, y en cambio tiene muchas contradicciones. La «destrucción de libros» es perfectamente explicable, y que no fue el papa Clemente V quien eliminó a los templarios por motivos doctrinales, sino el rey de Francia, Felipe el Hermoso, por razones económicas y políticas.

El asunto de las cinco millones de brujas quemadas en la hoguera es fascinante. Es bueno recordar que toda la información que se tiene en las culturas sajonas y protestantes sobre la Inquisición está basada datos falsos publicados en un libro fantasioso escrito con la intención de desprestigiar a la Iglesia (igual que el Código DaVinci), y hasta la fecha, siempre que los enemigos de la Iglesia hablan de la Inquisición, siguen creyendo y manejando los mismos datos.

Vamos a los números. Según los protagonistas de la novela, «durante trescientos años la Iglesia quemó en la estaca la asombrosa cifra de cinco millones de mujeres», por ser mujeres. Esta afirmación causa risa entre los que saben del tema. Aun los historiadores mas adversos a la Iglesia católica afirman que el número de los procesados por brujería entre 1400 y 1800 no fue mayor a las 40 mil personas, y de éstos no todos fueron condenados, mucho menos todos quemados, y no todos fueron mujeres. La mayoría no murieron a manos de oficiales de la Iglesia, ni siquiera de católicos. La mayor parte ocurrió en Alemania, sobre todo en las zonas calvinistas y luteranas, y a manos de tribunales civiles. Tenemos el dato, por ejemplo, de que fueron más los católicos muertos por la «inquisición anglicana» durante el reinado de Isabel I en Inglaterra, que todos los muertos a manos de la inquisición católica durante trescientos años. Por otro lado, la brujería ha sido perseguida y castigada con la muerte por egipcios, griegos, romanos, vikingos, etc. El paganismo siempre mató brujos y brujas. La idea del neopaganismo feminista de que la brujería era una religión feminista precristiana y que fue perseguida por machismo, es un absoluto embuste.

Aunque al final del libro, en un giro inesperado, el magnánimo Dan Brown absuelve a la Iglesia, es un hecho que, durante toda la obra, hace ver a un miembro del Opus Dei como un asesino auspiciado por ella. Cualquier aprendiz de publicidad -y Dan Brown también- sabe que lo que cala en la mente de las personas no son las ideas y los argumentos, sino las imágenes y el tiempo que se pasa contemplándolas. Así pues, una imagen de un asesino que es miembro del Opus Dei, que a su vez es parte de la Iglesia -que, además, es mentirosa, violenta, maquiavélica, y todas las linduras que ya mencionamos-, deja en la memoria del lector -o en el espectador- una certeza inequívoca: la Iglesia en general, y el Opus Dei en particular, son una secta destructiva dispuesta al asesinato y otras técnicas mafiosas cuando así conviene a sus intereses.

Pretende ignorar Dan Brown que muchísimos cristianos (ahí sí, millones), entre ellos muchos papas, han dado su vida a lo largo de la historia por abrazarse a los principios que la Iglesia predica hasta el día de hoy. Si eso lo hubieran hecho con la intención de engañar a alguien para propio beneficio, habría sido un engaño suicida, el engaño más absurdo de la historia, diría yo.

EL OBSERVADOR 495-13

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AÑO DE LA EUCARISTÍA
«Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios»
Reflexiones sobre la Eucaristía
Por el Pbro. Raniero Cantalamessa, OFMCap., predicador de la Casa Pontificia

La historia del «Adoro te devote» es bastante singular. Es atribuido frecuentemente a santo Tomás de Aquino, pero los primeros testimonios de tal atribución se remontan a no menos de cincuenta años desde la muerte del Doctor Angélico, ocurrida en 1274. Aunque la paternidad literaria está destinada a permanecer hipotética (como también para los otros himnos eucarísticos que se atribuyen a su nombre) es cierto que el himno se sitúa en el surco de su pensamiento y de su espiritualidad.

El texto permaneció casi desconocido durante más de dos siglos, y tal vez así habría seguido si san Pío V no lo hubiera introducido entre las oraciones de preparación y de acción de gracias de la Misa impresas en el Misal por él reformado de 1570. Desde aquella fecha el himno se ha impuesto en la Iglesia universal como una de las oraciones eucarísticas más amadas por el clero y por el pueblo cristiano. El nuevo Ritual Romano, editado por orden de Pablo VI, lo acogió según el texto crítico establecido por Wilmart entre los textos para el culto eucarístico fuera de la Misa.

El abandono del latín corre el riesgo de volver a echarlo en el olvido del que lo rescató san Pío V; por esto es deseable que el año de la Eucaristía contribuya a volver a resaltarlo. Existen de él versiones métricas en los principales idiomas; una, en inglés, por obra del gran poeta jesuita Gerard Manley Hopkins.

Orar con las palabras del «Adoro te devote» significa hoy para nosotros introducirnos en la cálida ola de la piedad eucarística de las generaciones que nos han precedido, de los muchos santos que lo han cantado. Significa tal vez revivir emociones y recuerdos que nosotros mismos hemos experimentado al cantarlo en ciertos momentos de gracia de nuestra vida.

Visus, tactus, gustus in te fallitur,
sed audítu solo tuto creditur.
Credo quidquid dixit Dei Filius;
nil hoc verbo veritatis verius

Traducida la segunda estrofa del «Adoto te devote» dice:

La vista, el tacto, el gusto, se equivocan sobre ti,
pero basta con el oído para creer con firmeza.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:
nada es más cierto que esta palabra de Verdad.

La única observación acerca del texto crítico de esta estrofa se refiere al último verso. Así como está, tanto en el canto como en la recitación, se está obligado por la métrica a partir en dos la palabra veritatis (veri - tatis), por lo que parece preferible la variante que cambia el orden de las palabras y lee Nil hoc veritatis verbo verius.

No es que los sentidos de la vista, del tacto y del gusto, por sí mismos, se engañen acerca de las especies eucarísticas, sino que somos nosotros los que podemos engañarnos al interpretar aquello que ellos nos dicen. No se engañan, porque el objeto propio de los sentidos son las apariencias -lo que se ve, se toca y se gusta-, y las apariencias son realmente las del pan y del vino. «En este sacramento -escribe santo Tomás- no hay ningún engaño. Los accidentes de hecho que se perciben por los sentidos están verdaderamente, mientras el intelecto que tiene por objeto la sustancia de las cosas es preservado de caer en engaño por la fe» .La frase «basta con el oído para creer con firmeza, auditu solo tuto créditur», se refiere a la afirmación de Romanos 10,17, que en la Vulgata sonaba: «Fides ex auditu, la fe viene de la escucha». Aquí, sin embargo, no se trata de la escucha de la palabra de Dios en general, sino de la escucha de una palabra precisa pronunciada por Aquél que es la Verdad misma. Por esto me parece importante mantener, en el último verso, el adjetivo demostrativo «esta palabra» (hoc verbo).

Está claro de qué palabra se trata: de la palabra de la institución que el sacerdote repite en la Misa: «Esto es mi cuerpo» (Hoc est corpus meum); «Éste es el cáliz de mi sangre» (Hic est calix sanguinis mei). La misma palabra con la que, según el autor del Pange lingua, «el Verbo hecho carne transforma el pan en su carne» (verbo carnem éfficit).

Un pasaje de la Suma de santo Tomás, que nuestro himno parece haber puesto simplemente en poesía, dice: «Que el verdadero cuerpo y sangre de Cristo está presente en este sacramento, es algo que no se puede percibir ni con los sentidos ni con el intelecto, sino con la sola fe, la cual se apoya en autoridad de Dios». Por esto, comentando el pasaje de San Lucas 22,19: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros», Cirilo dice: «No pongas en duda si esto es verdad, sino más bien acepta con fe las palabras del Salvador: porque siendo Él la verdad, no miente» .

Sobre esta palabra de Cristo se ha basado la Iglesia al explicar la Eucaristía; ella es la roca de nuestra fe en la presencia real. «Aunque los sentidos te sugieren lo contrario -decía el mismo san Cirilo de Jerusalén- la fe debe hacerte seguro. No debes, en este caso, juzgar según el gusto, sino dejarte guiar únicamente por la fe».

San Ambrosio es, entre los Padres latinos, quien escribió las cosas más penetrantes sobre la naturaleza de esta palabra de Cristo: «Cuando se llega al momento de realizar el venerable sacramento, el sacerdote no usa ya palabras suyas, sino de Cristo. Es, por lo tanto, la palabra la que obra (conficit) el sacramento... El Señor dio una orden y fueron hechos los cielos..., dio un mandato y todo empezó a existir. ¿Ves qué eficaz (operatorius) el hablar de Cristo? Antes de la consagración no estaba el cuerpo de Cristo, pero después de la consagración yo te digo que ya está el cuerpo de Cristo. Él ha hablado y se ha hecho, ha dado un mandato y ha sido creado (cfr. Sal 33,9)».

El santo doctor dice que la palabra «Esto es mi cuerpo» es una palabra «operativa», eficaz. La diferencia entre una proposición especulativa o teórica (por ejemplo, «el hombre es un animal racional») y una proposición operativa y práctica (por ejemplo: fiat lux, hágase la luz) es que la primera contempla la cosa como ya existente, mientras la segunda la hace existir, la llama al ser. Si hay algo que añadir a la explicación de san Ambrosio y a las palabras de nuestro himno es que esa «fuerza operativa» ejercitada por la palabra de Cristo es debida al Espíritu Santo. Era el Espíritu Santo el que daba fuerza a las palabras pronunciadas en vida por Cristo, como declara en un caso Él mismo a sus enemigos (cfr. Mt 12,28). Fue en el Espíritu Santo, dice la carta a los Hebreos, que Jesús «se ofreció a sí mismo a Dios» en su pasión (cfr. Hb 9,14) y es en el mismo Espíritu Santo por lo mismo que Él renueva sacramentalmente este ofrecimiento en la Misa.

En toda la Biblia se observa una maravillosa sinergia entre la palabra de Dios, la dabar, y el aliento, la ruach, que la vivifica y la conduce: «Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, por el soplo de su boca toda su mesnada» (Sal 33,6); «Su palabra será una vara que herirá al violento, con el soplo de sus labios matará al malvado» (Is 11,4). ¿Cómo se puede pensar que esta mutua compenetración se haya interrumpido precisamente en el momento culminante de la historia de la salvación?

Ésta fue, al principio, una convicción común tanto a los Padres latinos como a los Padres griegos. A la afirmación de San Gregorio Nacianceno: «Es la santificación del Espíritu Santo lo que confiere al pan y al cáliz la energía que los hace cuerpo y sangre de Cristo», le hace eco, en occidente, la de san Agustín: «El don no es santificado de forma que se convierta en este gran sacramento más que por obra del Espíritu de Dios».

EL OBSERVADOR 495-14

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FIN

 
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