El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
16 de enero de 2005 - No.497

SUMARIO

bulletPORTADA - Los cuatro desafíos de la humanidad, según el Papa en este 2005: vida, pan, paz y libertad
bulletCARTAS DEL DIRECTOR -Vida y muerte de mi padre*
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - María, Reina de la Paz, defiéndenos de todo peligro
bulletPINCELADAS -El poeta y el monasterio
bulletDOCUMENTOS - La integración intercultural
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA - Los días de Dios
bulletLOS VALORES DE LOS MEXICANOS - Llamados a ser felices
bulletENTREVISTA -¿Qué sucede con los niños fallecidos sin el Bautismo?
bulletALACENA - Necesitamos el rostro laical de la Iglesia
bulletFLOR DE HARINA - Severo autoexamen
bulletLa dama y el vagabundo
bulletComentarios necesarios sobre la tristemente famosa obra «El Código Da Vinci» (VIII)
bulletAÑO DE LA EUCARISTÍA - «Pido lo que pidió el ladrón arrepentido»

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PORTADA
Los cuatro desafíos de la humanidad, según el Papa en este 2005: vida, pan, paz y libertad
Los expuso en el amplio análisis que presentó en el tradicional encuentro de inicios de año con los embajadores de los 174 países que mantienen plenas relaciones con la Santa Sede, y con los representantes de la Unión Europea, Rusia, la OLP y de la Orden de Malta.

Vida y familia: un desafío que nos convoca a todos.
Ante todo, el pontífice mencionó que «en estos últimos años el desafío de la vida» se ha ido centrando «particularmente en el inicio de la vida humana, cuando el hombre es más débil y debe ser protegido mejor».
«Concepciones opuestas se enfrentan sobre temas como el aborto, la procreación asistida, el uso de células madres embrionarias humanas con finalidades científicas, y la clonación», constató.
«Apoyada en la razón y la ciencia, es clara la posición de la Iglesia: el embrión humano es un sujeto idéntico al niño que va a nacer y al que ha nacido a partir de ese embrión. Por tanto, nada que viole su integridad y dignidad es éticamente admisible. Una investigación científica que reduzca el embrión a objeto de laboratorio no es digna del hombre», afirmó.
«En algunos países —señaló— la familia está amenazada también por una legislación que atenta contra su estructura natural, la cual es y sólo puede ser la de la unión entre un hombre y una mujer, fundada en el matrimonio».

El pan: vencer al mal de la pobreza injusta El segundo desafío expuesto por Juan Pablo II es el «del pan», en referencia a los «centenares de millones de seres humanos» que «sufren gravemente desnutrición» y de los «millones de niños» que cada año «mueren de hambre o por sus consecuencias».
Explicó que, «para responder a esta necesidad, que aumenta en magnitud y urgencia, se requiere una vasta movilización moral de la opinión pública y, más aún, de los hombres responsables de la política, sobre todo en aquellos países que han alcanzado un nivel de vida satisfactorio y próspero».
Respaldó su propuesta recordando «el principio del destino universal de los bienes de la tierra».

La paz: la evidencia de necesitar a Dios «La paz» fue el tercer desafío enunciado. El Papa mencionó los conflictos en Oriente Medio, África, Asia e Iberoamérica, «en los cuales el recurso a las armas y a la violencia produce no sólo daños materiales incalculables, sino que fomenta el odio y acrecienta las causas de discordia».
«A estos trágicos males se añade el fenómeno cruel e inhumano del terrorismo», recalcó.
«Contra estos males, ¿cómo afrontar el gran desafío de la paz?», preguntó a los embajadores. «Yo seguiré interviniendo para indicar las vías de la paz y para invitar a recorrerlas con valentía y paciencia —prometió—. A la prepotencia se debe oponer la razón, al enfrentamiento de la fuerza el enfrentamiento del diálogo, a las armas apuntadas la mano tendida: al mal el bien».

Libertad, en particular libertad religiosa
Por ultimo, mencionó el «desafío de la libertad», en particular el de la libertad religiosa.
«No hay que temer que la justa libertad religiosa sea un límite para las otras libertades o perjudique la convivencia civil», señaló. «Al contrario, con la libertad religiosa se desarrolla y florece también cualquier otra libertad, porque la libertad es un bien indivisible y prerrogativa de la misma persona humana y de su dignidad».
«No hay que temer que la libertad religiosa —explicó—, una vez reconocida para la Iglesia católica, interfiera en el campo de la libertad política y de las competencias propias del Estado. La Iglesia sabe distinguir bien lo que es del César y lo que es de Dios». Concluyó que ésta «quiere solamente libertad para poder ofrecer un servicio válido de colaboración por el bien del hombre».

(Zenit-El Observador)

EL OBSERVADOR 497-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Vida y muerte de mi padre*
Por Jaime Septién

«Cualquier parte de la jornada es importante para la totalidad de la jornada», solía decir santa Teresa de Ávila. No hay, en nuestra vida, algo que sea de mayor o menor relevancia a la mirada de Dios.

Por eso, toda vida, desde el momento mismo de la concepción hasta su desenlace natural, es digna y completa: porque es el relato de un sueño que sobre cada uno de nosotros ha tenido, desde el principio de los tiempos, nuestro Señor.

La muerte —solamente la muerte— confirma nuestra vocación de eternidad. Es el paso supremo de los creyentes; el misterio al que un corazón abnegado se entrega con los ojos abiertos y con la fe en la Resurrección del Día Final.

Ante tantos que hoy niegan la muerte por vanidad, o la administran por egoísmo, la Iglesia se alza clara y rotunda. La vida humana es un don, un regalo de Dios inviolable, la vida humana es el territorio donde Dios conjuga el verbo amar en todas las personas y en todos los tiempos.

Da exactamente igual que sea en unos meses o en 89 años de vida sobre esta tierra. Importa la intensidad y el cumplimiento de una misión. Esa es la vida en Cristo: honrar al Padre y ser siervos de una misión a cumplir entre los hombres. Mi padre, a quien hoy despedimos frente al altar, fue un ejemplo de confianza en el cumplimiento de una misión de cura, de pro-cura para quienes tuvimos la alegría inmensa de gozarlo. Médico de cuerpos y un poco, como san Lucas, de almas. Como doctor, como hijo, como hermano, como padre, como esposo, como profesionista, jamás nunca torció su camino. Fue intachable porque fue bueno; porque supo combinar —raramente— la capacidad de servir y la capacidad de reír.

Cuando escuchaba la oración de aquel niño que rezaba: «Señor, haz que los malos se hagan buenos y los buenos más simpáticos», pensaba en mi padre. Bondad y simpatía no pueden, no deben ir separadas la una y la otra. Dios nos creó para la felicidad; para encontrar en el trabajo, en la vocación, el milagro asombroso de la felicidad, ese latigazo de infinito que penetra el alma y la hace saltar de gozo como el Bautista en el seno de santa Isabel.

A nombre de mis hermanos y, por supuesto, a nombre de mi madre —una santa, sin la menor duda—, el amor de su vida por casi 64 años de matrimonio; a nombre de sus nietos y sus bisnietos, quiero expresarle a mi padre que lo queremos mucho; que hoy, al primer día de su paso a la eternidad; al primer minuto de su otra jornada, su legado comienza a crecer en nuestro corazón. La herencia es la vocación que germina en el alma. Es decir, que ahora nos toca a nosotros ser más buenos y, desde luego, más simpáticos.

Es decir, que un católico como él lo fue, deja huella. Y que esa huella es compromiso. Y que ese compromiso no es otro sino el de honrar a Dios sirviendo a los hombres.

*Texto leído después de la Comunión, el pasado 7 de enero, en la iglesia de San Pedro y San Pablo, en Tampico, Tamaulipas, durante la Misa de cuerpo presente del doctor Gonzalo Septién González (México, D.F., 30 de diciembre de 1915 - Tampico, Tams., 6 de enero de 2005).

EL OBSERVADOR 497-2

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EL RINCÓN DEL PAPA

María, Reina de la Paz, defiéndenos de todo peligro

En la primera audiencia general de este nuevo año, celebrada en el aula Pablo VI, el vicario de Cristo recordó que en estos días «hemos contemplado el gran misterio del Nacimiento de Jesús, en el que Dios ha entrado definitivamente en la historia, ofreciendo la salvación a los hombres de todos los tiempos y lugares».

«La fiesta de la Epifanía nos recuerda —afirmó— esta universalidad de la salvación: el Hijo de Dios, nacido en Belén, es adorado y reconocido por los Magos venidos desde el Oriente, representantes cualificados de toda la humanidad».

Juan Pablo II subrayó que «el alegre mensaje de la salvación viene así proyectado desde el inicio hacia todos los pueblos del mundo. Confiamos este empeño misionero del pueblo cristiano a María, Madre de la Iglesia. Bajo su protección ponemos el año apenas comenzado, marcado con gran dolor por la dramática situación que están viviendo las poblaciones del sudeste asiático».

«Que la Virgen Santísima interceda por el mundo entero. Se lo pedimos con las palabras del antiguo himno mariano que hemos escuchado al inicio de la audiencia: Santa Madre del Redentor, Reina de la paz, socorre a tu pueblo, defiéndelo de todos los peligros, acompaña a la Iglesia en su camino hacia la Patria eterna. Amén!».

Juan Pablo II recordó al final que ese día se celebraba en Europa la jornada dedicada al luto por las numerosas víctimas del maremoto. Al mediodía, los fieles congregados en el aula Pablo VI observaron junto con el Papa tres minutos de silencio en memoria de las víctimas de Asia, y posteriormente rezaron un Padrenuestro y un Avemaría, seguido de un responso. (VIS)

EL OBSERVADOR 497-3

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PINCELADAS
El poeta y el monasterio
Por Justo López Melús *

Todo cristiano es responsable de la idea que los alejados se forjaron sobre Jesucristo y la Iglesia. Balmes descubre la impresión de un poeta descreído, que yendo de excursión se topó con un monasterio. Lo recibió un monje venerable, afable y cortés, sobrio, de buen gusto y tolerante con sus opiniones.

El poeta quedó impresionado. Cuando luego escriba sobre el viaje, tratará lo religioso con respeto y benevolencia. Para él los monasterios son aquel monasterio, y, más aún, son aquel anciano, discreto y bondadoso. Pero, ¡ay de todos los monasterios del mundo si hubiera sido recibido por un monje de mal talante! Entonces todos serían cobijo de tunantes y groseros como aquel monje.

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 497-4

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DOCUMENTOS
La integración intercultural
Mensaje del papa Juan Pablo II para la Jornada del Emigrante y del Refugiado ( Jornada: 16 de enero de 2005.- Publicación del mensaje: 9 de diciembre de 2004)

Queridos hermanos y hermanas:

1.Se aproxima la Jornada del Emigrante y del Refugiado. En el mensaje anual, que suelo enviaros con esta ocasión, quisiera referirme, esta vez, al fenómeno migratorio desde el punto de vista de la integración.
Muchos utilizan esta palabra para indicar la necesidad de que los emigrantes se inserten de verdad en los países de acogida, pero el contenido de este concepto y su práctica no se definen fácilmente. A este respecto, me complace trazar su marco recordando la reciente Instrucción «Erga migrantes caritas Christi» (cf. nn. 2, 42, 43, 62, 80 y 89).
En ella la integración no se presenta como una asimilación, que induce a suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. El contacto con el otro lleva, más bien, a descubrir su «secreto», a abrirse a él para aceptar sus aspectos válidos y contribuir así a un conocimiento mayor de cada uno. Es un proceso largo, encaminado a formar sociedades y culturas, haciendo que sean cada vez más reflejo de los multiformes dones de Dios a los hombres. En ese proceso, el emigrante se esfuerza por dar los pasos necesarios para la integración social, como el aprendizaje de la lengua nacional y la adecuación a las leyes y a las exigencias del trabajo, a fin de evitar la creación de una diferenciación exasperada.
No trataré los diversos aspectos de la integración. En esta ocasión, sólo deseo profundizar con vosotros en algunas implicaciones del aspecto intercultural.

2. De todos es conocido el conflicto de identidad que a menudo se verifica en el encuentro entre personas de culturas diversas. En ello no faltan elementos positivos. Al insertarse en un ambiente nuevo, el inmigrante con frecuencia toma mayor conciencia de quién es, especialmente cuando siente la falta de personas y valores que son importantes para él.
En nuestras sociedades, marcadas por el fenómeno global de la migración, es preciso buscar un justo equilibrio entre el respeto de la propia identidad y el reconocimiento de la ajena. En efecto, es necesario reconocer la legítima pluralidad de las culturas presentes en un país, en compatibilidad con la tutela del orden, del que dependen la paz social y la libertad de los ciudadanos.
En efecto, se deben excluir tanto los modelos asimilacionistas, que tienden a hacer que el otro sea una copia de sí, como los modelos de marginación de los inmigrantes, con actitudes que pueden llevar incluso a la práctica del apartheid. Es preciso seguir el camino de la auténtica integración (cf. «Ecclesia in Europa», 102), con una perspectiva abierta, que evite considerar sólo las diferencias entre inmigrantes y autóctonos (cf. «Mensaje para la Jornada mundial de la paz» de 2001, n. 12).

3.Así surge la necesidad del diálogo entre hombres de culturas diversas en un marco de pluralismo que vaya más allá de la simple tolerancia y llegue a la simpatía. Una simple yuxtaposición de grupos de emigrantes y autóctonos tiende a la recíproca cerrazón de las culturas, o a la instauración entre ellas de simples relaciones de exterioridad o de tolerancia. En cambio, se debería promover una fecundación recíproca de las culturas. Eso supone el conocimiento y la apertura de las culturas entre sí, en un marco de auténtico entendimiento y benevolencia.
Además, los cristianos, por su parte, conscientes de la trascendente acción del Espíritu, saben reconocer la presencia en las diversas culturas de «valiosos elementos religiosos y humanos» (cf. «Gaudium et spes», 92), que pueden ofrecer sólidas perspectivas de entendimiento mutuo. Obviamente, es preciso conjugar el principio del respeto de las diferencias culturales con el de la tutela de los valores comunes irrenunciables, porque están fundados en los derechos humanos universales. De aquí brota el clima de «racionabilidad cívica» que permite una convivencia amistosa y serena.
Los cristianos, si son coherentes consigo mismos, no pueden pues renunciar a predicar el Evangelio de Cristo a todas las gentes (cf. Mc 16, 15). Obviamente, lo deben hacer respetando la conciencia de los demás y practicando siempre el método de la caridad, como ya recomendaba san Pablo a los primeros cristianos (cf. Ef 4, 15).

4.La imagen del profeta Isaías que he recordado varias veces en los encuentros con los jóvenes de todo el mundo (cf. Is 21, 11-12) podría utilizarse también aquí para invitar a todos los creyentes a ser «centinelas de la mañana». Como centinelas, los cristianos deben ante todo escuchar el grito de ayuda que lanzan tantos inmigrantes y refugiados, y luego deben promover, con un compromiso activo, perspectivas de esperanza, que anticipen el alba de una sociedad más abierta y solidaria. A ellos, en primer lugar, corresponde descubrir la presencia de Dios en la historia, incluso cuando todo parece estar aún envuelto en las tinieblas.
Con este deseo, que transformo en oración al Dios que quiere reunir en torno a sí a todos los pueblos y a todas las lenguas (cf. Is 66, 18), envío a cada uno con gran afecto mi bendición.

Vaticano, 24 de noviembre de 2004

EL OBSERVADOR 497-5

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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA

Los días de Dios
Por Claudio de Castro S.

Solíamos pasar las vacaciones del verano en Costa Rica.

En aquella época nos quedábamos en la casa de mi abuela, a una cuadra de la pulpería «El Pato Cojo», en San José.

Crecimos en medio de la algarabía y la alegría de sabernos amados por Dios. Éramos mis tres hermanos y ocho primos, mis tíos, mi madre y mi abuela.

Mi primo Mario era el músico que tocaba el piano, Rodrigo la batería, Marta María y Oscar Julio, la guitarra. Los demás éramos aún muy pequeños para tocar un instrumento.

Las fiestas era siempre familiares. La orquesta, familiar; los invitados, familiares. Ésta es la ventaja de las grandes familias. Por las noches, en la gran mesa se jugaban juegos en los que participábamos todos.

Tengo 47 años y aún me veo caminando de la mano de mi tía Marta por las calles estrechas del barrio hacia La Dolorosa, para participar de la Misa dominical. Terminada la Misa, teníamos un compromiso: regresar temprano a casa para irnos todos de paseo con tío Julio a una finca, donde había una gran piscina, árboles frutales, y extensiones de hierba fresca para correr. Tía Marta preparaba con mi abuela y mi madre el almuerzo. Tortillas, huevo duro, frijoles molidos y jamón, que sabían a gloria. Sobre todo cuando el hambre se te despertaba después de horas de juego y de corretear por aquellos prados.

El domingo siempre fue mi día favorito. Día de familia, día de Dios.

Me toca ahora, con mi familia, continuar aquella hermosa tradición: hacer del domingo un día especial. En el que podamos disfrutar de la bendición del Padre celestial.

Retomar la infancia y volverla a vivir con nuestros hijos. Cuando usábamos nuestras mejores ropas y sabías que te esperaba Jesús en la santa Misa, y luego te regalaría un hermoso día de paseo con aquellos que te amaban más.

Me encanta saber que Dios es mi Padre. Es tan bueno con nosotros.

Me encanta vivir en su presencia, tenerle cercano, consciente que nos ama y que todo lo hace para nuestro bien.

¡Qué bueno eres, Señor!

EL OBSERVADOR 497-6

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LOS VALORES DE LOS MEXICANOS

Llamados a ser felices
Por Antonio Maza Pereda

Para ningún católico debería de ser una sorpresa el oír que nuestra religión es un llamado de Dios a ser felices. Y, sin embargo, es frecuente que no nos veamos a nosotros mismos como un pueblo llamado a la felicidad. Aún más: ¿Nos ve felices la gente? ¿Nos vemos así nosotros mismos? ¿Tenemos claro que el llamado de Jesús a la santidad es un llamado a la felicidad, no sólo en la otra vida, sino también en ésta?

Creo, salvo su mejor opinión, que la respuesta a estas preguntas es bastante dudosa. Hemos enfatizado demasiado el sufrimiento, la abnegación y, en parte, con razón. Pero eso no es todo; los santos han sido siempre personas inmensamente felices, ya desde esta vida. Esa felicidad, sin duda, es la que les hacía atractivos, carismáticos, gente a la que otros querían seguir e imitar.

La Iglesia, por supuesto, siempre lo ha reconocido así. ¿Recuerda usted la palabra beato? Es un reconocimiento de que una persona ha vivido muy santamente su vida; es un paso previo a la canonización, al reconocimiento de que una persona es un santo o santa. Bueno, pues esa palabra viene del latín y, originalmente, significa feliz, bienaventurado.

¿Por qué, entonces, no damos imagen de felicidad? Puede que seamos felices pero, ¿lo demostramos? Nuestro mundo del siglo XXI no es un mundo feliz. La avidez con que se busca la diversión, el placer, el entretenimiento, está señalando una enorme ansia de felicidad, un enorme vacío en el alma de nuestros hermanos y hermanas contemporáneos.

Acabamos de pasar las Navidades y yo quisiera preguntarle a usted y a todos los que me rodean: ¿Tuviste realmente una feliz Navidad? Esa felicidad, ¿sigue viviendo en tu alma? Me temo que la respuesta rara vez es un ¡sí! entusiasta. Muchas veces esa felicidad fue incompleta, no llenó nuestras expectativas, nos dejó un vacío. ¿Por qué? Tal vez, solo tal vez, deberíamos preguntarnos en qué pusimos nuestra felicidad. ¿Pusimos la felicidad en las reuniones? ¿En el cariño de los familiares? ¿En los regalos? ¿En las comidas y las bebidas? Todas esas cosas son muy buenas, y es bueno disfrutarlas; pero rara vez son perfectas, sin falla. No falta, por desgracia, el mal rato, la decepción con algún familiar o amigo… ¡Qué sé yo! ¿Pusimos nuestra felicidad en que Cristo nació para salvarnos? ¿En que podemos ser libres del pecado y de la muerte? ¿En que Dios nos ama tanto que nos dio a su propio Hijo para que nos salvara? Ese convencimiento, ¿nos hace felices?

Amigos y amigas: los católicos tenemos la obligación de ser felices, si es que queremos convertir a un mundo triste y desilusionado. Ser felices de veras, no parecerlo. En tiempos de los primeros cristianos, la gente se admiraba cuando los veía, y decía: «Miren como se aman» En este siglo XXI, la gente se convertirá, estoy convencido, cuando nos vean a los católicos y se digan unos a otros: «Miren, qué felices son». Eso será lo que los convertirá, no los sabios discursos ni los grandes tratados. Será el hecho, indiscutible, de que se es muy feliz al ser católico, si se pone el corazón en donde está la verdadera felicidad; no en donde el mundo nos la propone. Porque el católico debe buscar la felicidad de un modo radicalmente diferente de como la buscan otros; si la buscamos como la busca el mundo, no seremos más felices que los demás.

EL OBSERVADOR 497-7

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ENTREVISTA

¿Qué sucede con los niños fallecidos sin el Bautismo?
Responde el teólogo Peter Gumpel, S.J.

¿A qué lugar del Cielo van las almas de los niños que mueren antes del parto o, poco después, y por lo tanto antes de ser bautizados? ¿Dónde van los niños abortados?
Preguntas de este tipo se hacen cada vez más frecuentes, hasta el punto que el mismo Juan Pablo II, el 7 de octubre pasado, pidió a la Comisión Teológica Internacional que profundizara en el estudio de la cuestión.
El padre Peter Gumpel, S.J., teólogo e historiador, que ha estudiado este asunto desde los años cincuenta, afirma que «el destino de las almas que van al Cielo sin bautizar parece un problema marginal, pero en realidad está en la encrucijada de algunas tesis dogmáticas. Según la doctrina católica, todos nacen con el pecado original, nadie puede entrar en la visión beatífica si no supera el pecado original. La vía normal es la de ser bautizado, es un medio infalible para asegurar la plena felicidad en la visión beatífica».

Pero, ¿qué sucede a quienes mueren sin Bautismo?
Aunque en la historia ha habido opiniones diversas, el supremo Magisterio de la Iglesia ofrece documentos y afirmaciones muy precisos. En especial, en la lucha entre san Agustín y Pelagio, este último negaba el pecado original, mientras que Agustín, doctor de la Iglesia, afirmaba su existencia. En el tiempo de san Agustín existía la doctrina según la cual fuera de la Iglesia no hay salvación, por lo que los no bautizados, adultos o recién nacidos, se creía que no podían entrar en la visión salvífica.
En este contexto, san Agustín habla de los niños muertos sin Bautismo, y piensa que su destino es el Infierno, diciendo que están sujetos a las llamas del Infierno, aunque añade que son «llamas mitigadísimas». Ante esta consideración tan dura se presenta el problema de si san Agustín no habría considerado una suplencia al Bautismo por el agua. Por ejemplo el Bautismo de deseo.
Los catecúmenos que habían mostrado su voluntad de entrar en la Iglesia, mediante el Bautismo, quizá se podían salvar. Incluso los catecúmenos no bautizados con el agua, pero que sufrían el martirio por la fe en Cristo, podían sin duda salvarse. En este caso se introduce el concepto de Bautismo de sangre.
San Agustín no consideró la cuestión de las personas que desean entrar en la Iglesia.


Santo Tomás de Aquino propone una visión distinta de la san Agustín; ¿en qué cambia?
Santo Tomás y los escolásticos abandonan la teoría de san Agustín por la de que los niños no bautizados irían al Infierno, aunque fuera éste en forma mitigada, y construyen una forma intermedia, conocida como «limbo». Se trata de una construcción teológica para explicar la situación de los seres humanos que mueren y no están en el Cielo.

Esta teoría del «limbo» ¿ha sido alguna vez presentada por la Iglesia como materia de fe?
En 1954 realicé un estudio, que considero exhaustivo, en el que examiné todos los argumentos a favor de la tesis expresada por el Magisterio infalible hecho con autoridad. Estudié todos los concilios ecuménicos y llegué a la conclusión de que el «limbo» no es una respuesta obligatoria. Ha sido una opinión que se ha repetido a lo largo del tiempo, sin hacer un examen histórico crítico de los concilios ecuménicos.
Antes del Vaticano II se preparó un esquema titulado «Para salvar en su pureza el depósito de la fe».De modo especial, por impulso de la Facultad Teológica de Nápoles, en el documento se incluyó el undécimo capítulo, que condenaba formalmente a quienes atacaban al «limbo». Cuando el proyecto llegó a la Comisión general preparatoria, la comisión más importante para la preparación del Concilio, hubo tales objeciones, por parte de los cardenales y otros obispos, que se decidió cancelar este capítulo. La comisión citó para ello explícitamente el estudio que realicé y que luego fue publicado.

¿Qué dice sobre este tema el «Catecismo de la Iglesia Católica»?
El «Catecismo de la Iglesia Católica», publicado en 1992, dedica el número 1261 a los niños muertos sin Bautismo y allí se lee que se puede esperar que puedan llegar a la visión beatifica.
Se trata de un elemento de máxima importancia, que abre la vía a un punto de vista más abierto, y se trata de un pronunciamiento del Magisterio ordinario de la Iglesia. No podemos decir con certeza que se salvarán. Podemos esperar, y el hecho de que podamos esperar, como dice el Catecismo, es una clave interpretativa. Nadie espera o puede esperar legítimamente algo si está seguro de que es imposible.

¿Cuál es el fundamento de esta esperanza?
La primera consideración que hay que hacer es que cada ser humano, aunque haya estado como embrión o como feto en el útero, forma parte de la familia humana y, ontológicamente, en su ser, tiene una relación con todos los hombres y, por tanto, también con Jesucristo, que es la cabeza de la nueva humanidad, el nuevo Adán.
Por la Sagrada Escritura conocemos la voluntad salvífica de Dios. Cristo es el redentor de todos y quiere que todos se salven. Además Cristo ha fundado la Iglesia, un organismo visible, y ha instituido el sacramento del Bautismo. Y, siendo el Bautismo un medio infalible, debemos hacer todo lo posible por bautizar a las personas.
Pero, ¿qué hacemos con aquellos que, sin que nadie tenga la culpa, no pueden recibir el Bautismo de agua? Tiene que haber otro medio para mantener el designio salvífico de Dios. No sabemos cuál es este medio. Hay muchas teorías. Por ejemplo, ¿los niños pequeñitos seguirán siendo así o, después de la muerte, tendrán un estado diverso? ¿Es posible que tengan una iluminación divina, con la posibilidad de elegir a favor o contra Dios?
Otros recuerdan el deseo de aquellos padres, buenos católicos, que han concebido un niño y que, ciertamente lo habrían llevado a bautizar si hubiera sido posible, y se preguntan si no basta el deseo de los padres, o si basta el deseo de la Iglesia.
Ciertamente si nosotros no podemos indicar con certeza con qué medio podrían ser salvados, queda el hecho de su unión con Cristo y la voluntad salvífica universal. Éste es el punto central.


¿Por qué el Papa ha pedido a la Comisión Teológica Internacional que profundice este estudio?
Hoy el problema es más complejo porque, con las leyes que han legalizado el aborto, a muchos niños que podrían haber deseado el Bautismo se les quita la vida. La cuestión es de índole pastoral porque, cuando escribí aquellos artículos en 1954, había pocos casos; pero hoy, con la multiplicación del número de abortos y los intentos de manipulación de los fetos, el número de seres humanos implicados ha aumentado mucho.

Queda por último el misterio del alma y su destino...
Sí. Nosotros nos tomamos en serio un ser humano pequeñísimo, apenas concebido, y lo llamamos persona humana. Si es así, ¿cuál será su estado final, será un feto? ¿Crecerá? Es cierto que está ya separado del cuerpo, pero si decimos que tiene un alma, ¿como será esta alma? ¿Quedará esta alma en estado de feto, de niño, o se desarrollará?
Como cristianos rechazamos netamente cualquier aproximación eugenésica. Los niños minusválidos, por ejemplo, no quedan con su limitación cuando entran en la visión beatífica, porque ya no hay cuerpo, y el alma no tiene minusvalías.
El alma de estos niños no tiene los obstáculos del cuerpo, y puede llegar al pleno desarrollo de sus facultades mentales. Por tanto, son muchas las razones por las que vale la pena tener esperanza.

(Fuente: Zenit.org-El Observador)

EL OBSERVADOR 497-8

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ALACENA
Necesitamos el rostro laical de la Iglesia
Llamado de don Mario de Gasperín, obispo de Querétaro
Por Yusi Cervantes Leyzaola
«Las familias se encuentran en un gran desvalimiento, en soledad, faltas de apoyo, como en un pozo, gritando a la Iglesia que acuda a ayudarlas».

La fuerza de las palabras

Las palabras de don Mario de Gasperín resuenan con fuerza en el salón de la Casa de Pastoral de la diócesis de Querétaro, donde se reúnen representantes de diversas organizaciones y movimientos de laicos convocados por el Secretariado Diocesano para la Pastoral de los Laicos.
La fuerza de las palabras de don Mario no está en el volumen o en el tono de su voz, que es suave y amable, como de costumbre, sino en la gravedad del asunto que plantea.
El obispo de Querétaro comenzó su participación platicando a los laicos ahí reunidos —unas 40 personas— que ha estado haciendo visitas pastorales a las parroquias de la diócesis y que en todas ellas ha encontrado esa demanda de las familias.

La planificación familiar y la enseñanza de la Iglesia

El pastor de la diócesis queretana pone un ejemplo:
«Las familias de campesinos reciben apoyos del gobierno que incluyen clases de planificación familiar. En un país donde más del 80 por ciento somos católicos, la Secretaría de Salud no propone como alternativa el método Billings. Ofrece solamente métodos que dañan la dignidad de la persona, contrarios a las enseñanzas de la Iglesia.
«Las parejas saben esto, pero no saben a quién acudir. Las enfermeras y médicos que les dan esos cursos les hacen firmar diciendo qué método de los que les muestran van a usar.
«La Iglesia ¿qué les ofrece? Hay parroquias donde se celebran 20 matrimonios al mes, pero solamente seis matrimonios al año toman el curso del método Billings».

Las escuelas destrozan la salud sexual

Otro ejemplo es la educación sexual. «¿Quién instruye a los niños? No son los padres, sino los maestros en las escuelas. Los padres se dan cuenta hasta que la chica está embarazada o cuando encuentran el condón en la mochila del hijo.
«En las escuelas hacen destrozos con la salud sexual de los niños. Hay maestros de primaria que explican a los niños cómo es su propia vida sexual.
«Los chicos tienen relaciones sexuales, luego se van a amancebar, ya no van a la iglesia. Vamos a tener iglesias vacías —afirma don Mario—. Ya ahora, con frecuencia celebro Misa y le doy la Comunión a solamente dos o tres viejitas.

Un derecho y una obligación de los papás

«La educación sexual es un derecho y una obligación de los padres que hemos cedido al gobierno.
«Los católicos estamos pagando impuestos, pero no somos capaces de exigir que se respeten nuestros derechos».

Los católicos no somos ciudadanos de segunda

«No somos ciudadanos de segunda. Según el artículo 18 de la Declaración de los Derechos Humanos, tenemos derecho a elegir el tipo de educación que reciben nuestros hijos. ¿Pero quién ejerce ese derecho?
«Está bien que los laicos recen más, pero no basta. La función de los laicos es fecundar al mundo con la luz del Evangelio».

El trabajo de los laicos es diferente al de la jerarquía

«Son los laicos los que deben dar la cara al mundo. La jerarquía no puede hacer el trabajo de los laicos. Temas como el aborto y la clonación, ¿dónde los va a tratar el sacerdote? ¿En las homilías?».
El señor obispo no lo menciona directamente, pero está implícito: no le corresponde a los sacerdotes dar la educación sexual, ni enseñar el método Billings, ni defender la vida y los derechos de la familia en los foros sociales y políticos.

¿Dónde están los seglares católicos?

¿Y dónde están los médicos, las enfermeras y los maestros católicos? ¿No habrá católicos entre los médicos y enfermeras que dan esos cursos o entre los que recomiendan métodos anticonceptivos en el Seguro Social y en las Clínicas de Salud? ¿No los habrá entre los maestros de escuelas oficiales? ¿Y entre las autoridades de las secretarías de Salud y Educación?
Don Mario se enfoca en la familia, pero podemos llevar la cuestión más lejos: ¿Dónde están los políticos, los periodistas, los guionistas, los empresarios, los abogados, los psicólogos católicos?

La mayor parte de la culpa es nuestra

«De veras necesitamos el rostro laical de la Iglesia —enfatiza don Mario de Gasperín-». Mira a los laicos que escuchan y agrega: «Lo necesitan más ustedes, porque ustedes tienen hijos. Pero parece que la fe es un suéter sobrepuesto. Cuando se requiere, nos lo quitamos y lo colgamos. Lo peor es que los católicos nos hemos automarginado de la vida económica, política y social. La mayor parte de la culpa es nuestra, y pongan al obispo en primer lugar.
«Predicamos el Kerigma. ¿Qué significa que el Señor reine en nuestras vidas? ¿Quién es nuestro señor? Si es Jesucristo, tenemos que cambiar. Sin embargo, obedecemos a muchos señores. Es triste la situación.
«Pero contamos con la palabra del Señor, con sus carismas, con la Comunión, Pan vivo. Contamos con la fuerza del Señor, con la fuerza de la oración, con el sacerdocio, con el magisterio, con el Papa. Tenemos abundancia de recursos que no usamos por pereza, por descuido, por falta de conocimientos…».

Los recursos de la Iglesia para el servicio del hombre

Don Mario de Gasperín retoma el tema de la riqueza de la Iglesia:
«La Iglesia es espacio de libertad, de dignidad. Da una lección constante de igualdad, de fraternidad. La vida, los valores nobles los defiende la Iglesia. La gratuidad, los valores del perdón y la reconciliación los aprendemos en la familia cristiana. Es inmenso el servicio que la Iglesia presta a la sociedad. Es inmenso el servicio que los católicos prestan a la Patria».
Y termina, en este contexto de la misión de la Iglesia —incluida especialmente la misión de los laicos— y refiriéndose al desvalimiento de tantas familias:
«Las familias están esperando de la Iglesia que les abra el camino hacia una vida en verdad cristiana».

EL OBSERVADOR 497-9

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FLOR DE HARINA
Severo autoexamen
(Santa Teresita II)
Por el Pbro. Justo López Melús

Los escritos de santa Teresita nos muestran un alma de muchos quilates, una psicología muy rica y profunda. Van der Meersch llama la atención sobre el «severo autoexamen» que Teresita hacía de las intenciones más profundas de sus actos. Y esto refleja un grado muy alto de santidad, porque hasta en los mejores actos suele colarse la vana complacencia, las segundas y terceras intenciones. Sobresalir en esto bastaría para la canonización. Y así actuaba aunque la interpretaran mal.

Teresita estaba siempre dispuesta a servir y a ayudar. Llega la Superiora y pide una voluntaria para un trabajo difícil. Teresa desea ofrecerse. Pero piensa: «Quizá a otra hermana le gustaría ser la primera en brindarse». Teresa se entretiene ex profeso y otra hermana se adelanta. Y la Superiora reprende a Teresa: «Ya me parecía a mí que esta perla no sería para usted». Teresa baja los ojos y acepta la reprensión en silencio. No quería para ella «todas las coronas», dice en otro contexto San Francisco de Sales.

«Los actos extraordinarios —escribía Teresa— me están prohibidos. Entonces he decidido aprovechar todas las ocasiones que se me ofrecen para aspirar a la perfección». He aquí cinco pequeños detalles: * En el lavadero, una hermana la salpicaba con agua sucia, y nunca se quejó. * Otra hermana tintineaba con las medallas del rosario. Teresa aguantó hasta encontrarlo melodioso. *Una anciana inaguantable se impresionaba por las sonrisas que le dirigía Teresa. Cuando descubrió la enfermedad mortal, quedó serena y en paz. * En verano les ponían en el comedor una jarra de sidra para dos. La otra se la bebía toda. Teresa no pedía agua, para no mostrarle que ella también tenía sed.

¡Pequeños detalles! ¿Nos atrevemos a probarlo?

Anima a las almas pequeñas a vivir el «santo abandono» en las manos de Dios, a no desanimarse, pues ella confiesa que también se distraía en la oración y se dormía en el rosario. Pero suplía durante el día con ardientes jaculatorias. «La tierra es tu bajel, no tu morada», canta en una de sus tiernas poesías. La morada, insiste, está en el cielo. Pero no concibe un cielo inactivo y de exclusivo disfrute personal: «Quiero pasar mi cielo haciendo bien a la tierra», y promete «una lluvia de rosas» a sus devotos. «No muero, entro en la vida», había escrito poco ates de morir. Dicen que Goethe, al morir, se quejaba: «Luz, luz, más luz». En cambio, Teresita clamaba gozosa: «¡Soy hija de la Luz!». Sus últimas palabras, mirando al Crucifijo, fueron: «¡Dios mío, os amo!».

EL OBSERVADOR 497-10

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La dama y el vagabundo
Por Walter Turnbull
La dama y el vagabundo es sólo una bonita película. La realidad es muy diferente.


He visto la película muchas veces desde que era niño (¿Qué, no van a decir uuuuh?). Divertida, emocionante, tierna. Al final se imponen la nobleza, el heroísmo, la conciencia del deber, la fraternidad, el amor de familia... y, sobre todo, la frescura de los héroes contra la rigidez de la malvada tía.

El síndrome se repite varias veces en Walt Disney (y en muchos otros). La reina se enamora del vagabundo por todas las cualidades con las que supera a los perros de casa. Golfo es guapo, es fuerte, es ágil, es hábil para pelear, es simpático, es astuto, es jovial, es afable, es interesante, es misterioso, es versátil, conoce todos los ambientes y situaciones imaginables, tiene miles de relaciones, sobre todo es inmensamente libre... y al final hasta resulta cariñoso y responsable... Un verdadero sueño.

Lo vuelvo a decir y tal vez tenga que decirlo muchas veces más: los malosos son atractivos. Supongo que la mayoría de los hombres nos hemos sentido perturbados alguna vez por la aparición de una vampiresa, y la mayoría de las mujeres por la de un golfo. Para aquellos que, por su voluntad o contra ella, han sido toda su vida gente decente, la impresión es mucho más fuerte. Siempre nos cautiva lo nuevo, lo desconocido, lo emocionante. Yo, en lo personal, a veces me siento acomplejado por no ser más de mundo, por no conocer más cosas, por no tener más experiencia, por no ser más como el de la pantalla (afortunadamente entonces me acuerdo de santa Teresita, que pensaba que Dios, sabiéndola débil, había querido preservarla del peligro no dándole ninguna oportunidad de acercarse).

Como en la película, los golfos resultan tiernos. «Es que es tan lindo conmigo...», «es que me dice cosas tan bonitas...», «es que con todos los demás es un patán, pero conmigo es tan caballeroso...» (Nomás faltaba, digo yo, que te tratara mal y tú anduvieras con él).

El problema es que la vida real no es película de Walt Disney. En la película Golfo sienta cabeza en un instante por amor a Reina, y se convierte en un marido responsable, cariñoso y fiel; en la vida real, el golfo casi nunca sienta cabeza, siempre huye al primer inconveniente (normalmente el embarazo), y cuando se queda es más para dar problemas que para arreglarlos.

Cierto es que no podemos juzgar por las apariencias, y todos tenemos esperanzas de salvación hasta el último minuto (¡Bendito sea Dios!), y muchos grandes santos han sido antes grandes pecadores. La misma doctrina parece favorecer a los golfos. Y en el Cielo (ahí sí no parece, sino que es un hecho) hay más fiesta por un pecador que se convierte que por mil justos que nunca se pierden. Además, nos consta que hay mujeres que se han santificado sufriendo como unas mártires para evangelizar a un marido impío.
Lo que yo me pregunto es si las reinas que se enamoran de golfos (o viceversa) están dispuestas a ser mártires por el Reino de Dios, o creen que, en un golpe de suerte, en su caso va a ocurrir como en la película.

La conversión puede venir, eso nadie lo duda, pero hay que ser un poco prácticos. Yo invitaría a las reinas que no quieran ser mártires a que inviertan el orden: que vean si primero pueden lograr que venga la conversión, y ya después se le entreguen al golfo. No se pueden garantizar los resultados, pero las probabilidades de buen funcionamiento de la pareja aumentan mucho.

EL OBSERVADOR 497-11

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Comentarios necesarios sobre la tristemente famosa obra «El Código Da Vinci» (VIII)
La estrategia de Brown

Por Walter Turnbull
La tremenda influencia que ha tenido «El Código DaVinci» se debe, entre otras cosas, a tres herramientas de las que Dan Brown hace uso generoso:

La vulgar mentira

«Miente, que algo queda», reza la famosa consigna de Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler. Efectivamente, los rumores, las calumnias, las difamaciones, las campañas de desprestigio funcionan basados en ese principio, y funcionan muy bien.
Dan Brown, en su propia página web, dice: «... el secreto que revelo se ha susurrado durante siglos... Mi sincera esperanza es que El Código Da Vinci, además de entretener a la gente, sirva como una puerta abierta para que empiecen sus investigaciones». Secreto... susurrado... puerta... empiecen... investigaciones... Palabras todas ellas que no hablan de un acervo de verdades completo, claro, bien acabado, demostrable, sino de verdades ocultas, verdades a medias, posibilidades, proyectos de verdad, teorías por comprobar, investigaciones pendientes... Brown no se compromete a comprobar sus afirmaciones, él simplemente se limita a generar la duda o la acusación, y aunque la afirmación nunca se compruebe, la mente conserva la imagen deformada de la realidad.

Mensaje subliminal

La famosa programación subliminal, con todas sus variantes, consiste básicamente en hacer que la gente vea u oiga algo sin darse cuenta de que lo ve o lo oye. A veces el mensaje se disimula y otras veces se distrae al público con otro mensaje más llamativo. Son famosos el caso de cuerpos desnudos escondidos en la figura de un camello, y una película en la que, cada cierto número de cuadros, aparecía un cuadro con un mensaje comercial; el público no notaba la aparición de ese cuadro, pero sí sentía las ganas de comprar lo anunciado. Este sistema no funciona siempre ni funciona al 100%, pero funciona bastante bien la mayoría de las veces. En este caso, Brown nos distrae con una cautivante historia de aventura y romance, mientras va dejando caer sus teorías y sus acusaciones como por accidente, como sin darse cuenta, sin que el lector, absorto en la trama, pueda detenerse a masticar la idea. El resultado es que, como dice el dicho, se la traga entera.
Si todas esas tesis se plantearan en una publicación científica o realmente histórica, el lector estaría atento a verificar la confiabilidad de los datos, y el autor tendría que demostrarla, pero en una novela de ficción todo se deja pasar como si fuera inofensivo.

Apariencia de erudición

La primera página del libro lleva el título de «Fact», algo así como «hecho» (aunque dos párrafos más adelante aparece la primera falsedad). En una nota al principio del libro, Dan Brown declara: «todas las descripciones de arte, arquitectura, documentos y rituales secretos en esta novela son fidedignas». El libro se trata de vender como erudición, investigación histórica, documentación, historia del arte y de la religión. Los personajes que enuncian las acusaciones presumen ser autoridades intelectuales: un profesor y un historiador.
Un par de ejemplos:
En una parte del libro, el profesor Langdon habla a sus alumnos: «Está perfectamente documentado que Leonardo era un ferviente devoto de los antiguos cultos a la diosa». ¿Sabe el lector en qué consiste la perfecta documentación? En la calenturienta interpretación que Brown hace de algunos cuadros de Leonardo: la última cena, las dos versiones en óleo de «la Virgen de las rocas» y la Mona Lisa. Fuera de eso, no existe el más mínimo rastro ni en sus escritos ni en sus biografías de la mentada devoción.
La información que maneja Brown sobre el priorato de Sión parece estar basada en una historia de ficción publicada en 1982 llamada El enigma sagrado, que contiene la historia del priorato, pero, por supuesto, tampoco aporta ninguna prueba. Lo más parecido a una prueba son unos papeles descubiertos en la Biblioteca Nacional de París, supuestamente autentificados por numerosos especialistas y que confirmaban la antigüedad y la presencia de grandes genios entre los grandes maestres del priorato. En realidad, estos papeles no sólo no fueron autentificados, sino que ningún historiador serio les ha dado crédito jamás. El autor es un tal Philippe Toscan, que en 1967 fue arrestado por consumo de LSD. En 1989 el entonces gran maestre del priorato reconoció que los papeles eran un fraude y que todas las teorías expuestas en El enigma sagrado eran producto de la imaginación.
Es decir, para 1990, trece años antes de la publicación de El Código DaVinci, ya se sabía que todo era falso; sin embargo, Dan Brown sostiene como verdades reveladas todas las teorías que el propio inventor ya había desmentido.

EL OBSERVADOR 497-12

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AÑO DE LA EUCARISTÍA
«Pido lo que pidió el ladrón arrepentido»
Reflexiones sobre la Eucaristía
Por el Pbro. Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia


En una laude de Japone de Todi, compuesta en torno al año 1300, el autor imagina una especie de contienda entre los distintos sentidos humanos a propósito de la Eucaristía: tres de ellos (la vista, el tacto y el gusto) dicen que es sólo pan, «sólo el oído» se resiste, asegurando que «bajo estas formas visibles está escondido Cristo».
En la tercera estrofa del himno Adoro te devote, de santo Tomás de Aquino, se lee:
«En la Cruz se escondía sólo la divinidad, / pero aquí también se esconde la humanidad. / Creo y confieso ambas cosas, / pido lo que pidió el ladrón arrepentido».

Nacer para poder morir

En la galería Tetriakov de Moscú el cuadro de la Virgen de la Ternura de Vladimir que estrecha hacia sí a Jesús Niño, durante el régimen comunista llevaba la leyenda: «Maternidad». Pero los expertos saben qué significa en esa imagen la mirada preocupada y dibujada de tristeza de la Madre que parece casi querer proteger al Niño de un peligro amenazador: anuncia la pasión del Hijo que Simeón le ha hecho entrever en la presentación en el templo.
El arte cristiano ha expresado en mil modos este vínculo entre el nacimiento y la muerte de Cristo. En algunos cuadros de pintores célebres Jesús Niño duerme en las rodillas de la Madre o tendido sobre un paño, en la postura exacta en la que se le representa habitualmente en el descendimiento de la cruz. Los artistas han expresado en tal modo una profunda verdad teológica. «El Verbo se hizo carne —escribe san Agustín— para poder morir por nosotros» . Nace para poder morir. En los Evangelios mismos los relatos de la infancia nacieron en un segundo tiempo, como premisa de los relatos de la Pasión.
«La Eucaristía —escribe el Papa (Ecclesia de Eucharistia, n. 55)— mientras remite a la Pasión y la Resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la Anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor».

Eucaristía y Calvario

En la tercera estrofa del Adoro te devote el autor se traslada espiritualmente al Calvario. Expresa la relación subjetiva entre lo que sucede en quienes asistieron a la muerte del Señor y lo que debe ocurrir en quien asiste a la Eucaristía; la relación entre quien vivió el acontecimiento y quien celebra el sacramento.
Es una invitación a hacerse «contemporáneos» del acontecimiento conmemorado. Hacerse contemporáneos, en el sentido fuerte y existencial del término, significa no considerar la muerte de Cristo a la luz del después; quiere decir prescindir, al menos por un momento, del halo de gloria que la resurrección le ha conferido e identificarse con aquellos que vivieron el «escándalo» de la cruz.

El buen ladrón

Entre todos los personajes presentes en el Calvario el autor escoge a uno en particular con quien identificarse: el buen ladrón. Un profundo y franco sentimiento de humildad y contrición invade toda la estrofa que quien canta es invitado a hacer suyo. En el estilo alusivo del himno el episodio entero del buen ladrón y todas las palabras por él pronunciadas en la cruz son evocadas por el autor, no sólo la oración final: «Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino».
Él, ante todo, reprocha al compañero que insulta a Jesús: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, Éste nada malo ha hecho» (Lc 23,40ss). El buen ladrón hace una confesión completa de pecado. Su arrepentimiento es de la más pura calidad bíblica. El verdadero arrepentimiento consiste en acusarse uno mismo y excusar a Dios, atribuirse a sí la responsabilidad del mal y proclamar «Dios es inocente». La fórmula constante del arrepentimiento en la Biblia es: «Tú eres justo en todo lo que has hecho, rectos tus caminos y justos tus juicios, nosotros hemos pecado» (cfr. Dn 3, 28 ss).
Con el «nada malo ha hecho» el buen ladrón (o, en todo caso, el Espíritu Santo que ha inspirado estas palabras) se muestra aquí un excelente teólogo. Sólo Dios, en efecto, sufre como inocente; cualquier otro ser que sufre debe decir: «yo sufro justamente», porque aunque no se sea responsable de la acción que le es imputada, no está nunca del todo sin culpa. Sólo el dolor de los niños inocentes se parece al de Dios.
Existe una profunda analogía entre el buen ladrón y quien se acerca con fe a la Eucaristía. El buen ladrón en la cruz vio a un hombre, además condenado a muerte, y creyó que era Dios, reconociéndole el poder de acordarse de él en su Reino. El cristiano está llamado a hacer una acto de fe, desde cierto punto de vista aún más difícil: «En la Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad».
Pero el orante no duda un instante; se eleva a la altura de la fe del buen ladrón y proclama que cree tanto en la divinidad como en la humanidad de Cristo: «Creo y confieso ambas cosas». Dos verbos: creo y confieso. No se trata de una repetición. San Pablo ha ilustrado la diferencia entre creer y confesar: «Con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación» (Rm 10,10).

Confesar y creer

No basta creer en lo secreto del corazón, también hay que confesar públicamente la propia fe. En el tiempo en que fue escrito nuestro himno, la Iglesia había instituido hacía poco tiempo la fiesta del Corpus Domini justamente con este objetivo. En el fondo existía ya el recuerdo de la institución de la Eucaristía el Jueves Santo; si se instituyó esta nueva fiesta no es tanto para conmemorar el acontecimiento como para proclamar públicamente la propia fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y de hecho, con las manifestaciones que la han caracterizado (procesiones, adornos de flores...), la fiesta ha llevado a cabo justamente esta tarea.
No basta, pues, creer, también hay que confesar. Debemos añadir inmediatamente: ¡no basta confesar, también hay que creer! El pecado más frecuente en los laicos es creer sin confesar, ocultando la propia fe por respetos humanos; el pecado más frecuente en nosotros, hombres consagrados de la Iglesia, puede ser el de confesar sin creer. Es posible de hecho que la fe se convierta poco a poco en un «credo» que se repite con los labios, como una declaración de pertenencia, una bandera, sin nunca preguntarse si se cree verdaderamente en lo que se dice, se escribe o se predica.

(Resumido de Zenit.org-El Observador)

EL OBSERVADOR 497-13

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FIN

 
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