El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
20 de febrero de 2005 No.502

SUMARIO

bulletPORTADA - Sor Lucía (1907-2005): inconmovible amor a Dios
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - La escuela del nosotros
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - La Cuaresma, combate interior para alcanzar la paz y la felicidad
bulletFAMILIA - Sobre la aventura de ser psicólogo católico en tiempos de crisis
bulletPINCELADAS - Kruschev en el Comité Central
bulletESPECIAL DE CUARESMA - Cuestionario para medir la espiritualidad personal esta Cuaresma
bulletENTREVISTA - ¿Qué llevó España a América? Dos cosas: el caballo y el Padre Nuestro, dice el historiador Luis Suárez Fernández
bulletFLOR DE HARINA - Cambio radical de vida
bulletCOLUMNA ABIERTA - Todo es para nuestro bien
bulletVittorio Messori: Juan Pablo II no tiene intención de renunciar
bullet¿Diálogo sin verdades?
bulletComentarios necesarios sobre la tristemente famosa obra «El Código Da Vinci» (XI)
bulletCONTEXTO ECLESIAL - El nuevo documento vaticano Dignitas Connubii y la nulidad matrimonial
bulletAÑO DE LA EUCARISTÍA - Entendiendo la Eucaristía (II)

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PORTADA
Sor Lucía (1907-2005): inconmovible amor a Dios
El Observador / Redacción

El domingo pasado, 13 de febrero, falleció en el convento de clausura Santa Teresa de Coimbra, Lucía Dos Santos, única superviviente de aquellos tres pastorcitos a quienes la Virgen se les apareció en 1917.

Sor Lucía, que nació el 22 de marzo de 1907 en una localidad cercana a Fátima, Portugal, tenía diez años de edad cuando vio, junto con sus primitos Jacinta Marto y Francisco Marto —beatificados por Juan Pablo II el 13 de mayo de 2000— a la Santísima Virgen María en la Cova (Cueva) de Iría.

Tal como les anunciara la Madre de Dios, mientras que a los hermanitos les tocó una vida muy corta pero con mucho sufrimiento, la de Lucía pudo llegar a una edad avanzada: 97 años.

Estuvo desde los 14 años con las Hermanas Doroteas, pero en 1946, a los 29, se decidió por la vida contemplativa, ingresando en el Carmelo de Santa Teresa de Coimbra, donde profesó sus votos en 1949.

Escribió dos libros: Memorias y Llamamientos del mensaje de Fátima, y en ellos cuenta cómo la Virgen y el Niño Jesús se le aparecieron otras veces en los años sucesivos al acontecimiento de Fátima.

También es autora de un manuscrito inédito titulado Os apelos da Mensagen de Fatima, en el que recoge pensamientos y reflexiones en clave catequética y parenética, pero dijo que no lo publicaría a menos que el Papa estuviera de acuerdo.

En 2001 sor Lucía escribió un comunicado para desmentir que ella hubiera recibido «nuevas revelaciones» —cartas de advertencia al Papa y reinterpretaciones apocalípticas del mensaje de Fátima—, que tan de moda se pusieron tras los atentados del 11 de septiembre. Confirmó tajantemente: «Se ha publicado todo; no hay más secretos». Y agregó: «Si hubiese recibido nuevas revelaciones no las habría transmitido a nadie, pero se las diría directamente al Santo Padre».

A pesar de todo, sigue habiendo malos entendidos en torno al mensaje de Fátima. Por ejemplo, respecto de la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María. Los tres pastorcitos nunca habían oído hablar de ese país. «Nosotros pensábamos que era una mujer muy mala», recordaba sor Lucía en una entrevista que le hiciera la revista católica Christus en 1998. Sin embargo, el deseo de la Virgen se cumplió el 25 de marzo de 1984, y Gorbachov, «sin saberlo, fue un instrumento de Dios para la conversión».

Aun así, hay agrupaciones y sitios de internet que promocionan una campaña internacional de recogida de firmas para que el Papa le consagre a la Virgen la nación rusa porque, dicen, la realizada por Juan Pablo II apenas habría sido un «intento de consagración» incapaz de satisfacer los deseos de Nuestra Señora. A lo anterior respondió sor Lucía en 2001: «Ya he dicho que la consagración deseada por Nuestra Señora se hizo en 1984, y ha sido aceptada en el Cielo».

La vida de sor Lucía puede ser resumida en una frase: su inconmovible amor a Dios, a su Iglesia y a su vicario. En una ocasión los cardenales le preguntaron qué mensaje tenía para este mundo confuso de hoy, a lo que la religiosa respondió sin dudar: «Quien no está con el Papa no está con Dios; y quien quiera estar con Dios tiene que estar con el Papa».

EL OBSERVADOR 502-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
La escuela del nosotros
Por Jaime Septién
Todos estamos hechos de una tela en la que el primer pliegue ya no desaparece nunca.
Máximo d'Azeglio

Cuando decimos: «la familia es la base de la sociedad», estamos afirmando que si la familia está bien, la sociedad está bien, y viceversa.

Por ello se hace muy necesario ir introduciendo el término (y la vivencia) de familias éticas, es decir, familias capaces de educarse todos sus miembros en la aceptación del otro (el que no soy yo); en el conocimiento de la libertad y en el ejercicio de la responsabilidad.

La crisis política que vivimos en México, esa incapacidad de ponernos de acuerdo en los mínimos, proviene de una falla en el sistema de educación formal (la escuela) y, también, de una falla en el más importante de los sistemas educativos que es el informal (la familia).

Esa doble crisis implica no escuchar al otro: profesores para quienes los alumnos son puramente receptores de conocimientos; papás cuyos hijos son objetos no deseados o productos de un engaño, un desliz, una casualidad efímera o un mal menor. Lo mismo, alumnos cuyos maestros son unos amargados prepotentes, e hijos para quienes los padres son un verdadero estorbo para cumplir sus planes de emancipación y libertad irrestricta (aunque subvencionada por los padres).

Claro que no siempre y no todos, pero hay que encontrar una explicación lógica al marasmo en el que se ha convertido la acción política nacional: personas que representan sus intereses y no los de quienes las eligieron, gente que se opone a cualquier iniciativa de bien común por el hecho de que «bien común» es frase de una organización política, etcétera.

No me cabe la menor duda de que este problemón en el que andamos metidos como país consiste —cuando menos en una de sus vertientes primordiales— en la pérdida del sentido de la dignidad de los otros. Si conociéramos la historia íntima de cada quien —decía el novelista inglés Graham Greene— tendríamos compasión hasta de los gusanos y de las estrellas.

Quejarse es facilísimo, pero no arregla absolutamente nada. Lo que sí resuelve, aunque sea en parte mínima, es comenzar a educar-nos en familia.

Y cuando digo educar-nos, estoy diciendo la verdad completa. La educación —lo escribió y practicó el pedagogo brasileño Pablo Freire—es un proceso de liberación recíproca, educadores y educandos, padres e hijos (y, más adelante, gobernantes y gobernados) que se reconocen unos a otros, se entienden y actúan por el bien del conjunto. Nosotros es la persona de la ética. La familia debe de asumirse a sí misma como la escuela elemental del nosotros.

EL OBSERVADOR 502-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
La Cuaresma, combate interior para alcanzar la paz y la felicidad

Publicamos las palabras que, en nombre de Juan Pablo II, leyó el pasado domingo, antes y después de rezar la oración mariana del Ángelus, el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto de la Secretaría de Estado de la Santa Sede:

«¡Queridos hermanos y hermanas!:

«Nos encontramos en este lugar para alabar al Señor. Ante todo, quisiera daros las gracias a vosotros y a cuantos siguen este momento por la radio y la televisión por vuestra cercanía, afecto y, sobre todo, por vuestra oración durante los días de mi hospitalización en el Policlínico Gemelli.

«Siempre siento la necesidad de vuestra ayuda ante el Señor para cumplir la misión que Jesús me ha confiado.

«El miércoles pasado, con el rito de las cenizas, comenzamos la Cuaresma, tiempo litúrgico que todos los años nos recuerda una verdad fundamental: no se entra en la vida eterna sin llevar nuestra cruz en unión con Cristo. No se alcanza la felicidad y la paz sin afrontar con valentía el combate interior. Es un combate que se vence con las armas de la penitencia: la oración, el ayuno y las obras de misericordia. Todo esto hay que vivirlo en el escondimiento, sin hipocresías, en espíritu de amor sincero hacia Dios y los hermanos.

«En la tarde de hoy, como todos los años, comenzaré los ejercicios espirituales, junto a mis colaboradores de la Curia. En silencio y recogimiento pediré al Señor por todas las necesidades de la Iglesia y del mundo. Os pido también a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que me acompañéis con vuestra oración.

«Que María Santísima, quien entre sus preocupaciones cotidianas tenía la mente y el corazón dirigidos permanentemente hacia el misterio de su Hijo, nos guíe para realizar un fructuoso itinerario cuaresmal».

EL OBSERVADOR 502-3

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FAMILIA
Sobre la aventura de ser psicólogo católico en tiempos de crisis
Por Yusi Cervantes Leyzaola

Para empezar, es necesario informar que existimos los psicólogos católicos. Coincido con un compañero, no me gustan las etiquetas; no voy por el mundo presentándome: «Buenas tardes, soy Yusi Cervantes, psicóloga católica», ni dice tal cosa en mi anuncio del directorio telefónico. Sin embargo, en las primeras reuniones que hemos tenido, un grupo de colegas hemos encontrado que es necesario ser más congruentes con nuestra identidad de católicos.

La aventura comenzó para muchos de nosotros en la universidad (me refiero a quienes no estudiamos en universidades de inspiración cristiana). Ahí fue atacada duramente nuestra fe. Se nos dijo que la religión es enajenante, que ser cristiano es un defecto y que nuestra fe en Dios equivale a creer en mitos y supersticiones. Pero no eran solamente los maestros y los compañeros: encontramos ataques a nuestra religión en libros de texto y artículos diversos. Soportamos estoicamente esos ataques, sobrevivimos a las confusiones que a veces éstos nos provocaban, hicimos oídos sordos a las ideas contrarias a nuestra fe; pero, desgraciadamente, no teníamos ni la madurez ni la preparación suficiente como para defender nuestras creencias.

Ya titulados, con frecuencia hemos sido vistos con desconfianza por algunos colegas. Nos consideran poco serios como profesionistas, y desde su punto de vista es lógico: si para ellos la fe entra en la categoría de superstición, entonces equivale, casi, a echar las cartas y cosas de ese tipo. ¿Cómo podrían entonces tomarnos en serio? En cuanto a los posibles pacientes, hay también quienes no confían en un psicólogo que sepan que es católico.

Pero no terminan aquí nuestras dificultades. Así como muchos psicólogos nos atacan por ser católicos, muchos católicos desconfían de nosotros por ser psicólogos. Con frecuencia las personas no acuden a buscar nuestra ayuda porque les han dicho que vamos a destruir su fe y les vamos a sembrar ideas contrarias a su religión. Aquí debo decir que las personas que dan tales consejos tal vez no sepan que los psicólogos, sin importar nuestra fe, tenemos un código de ética que nos dicta el respeto hacia las creencias religiosas de nuestros pacientes, cualesquiera que sean. Y que, por otro lado, existimos los psicólogos católicos que no solamente respetamos la fe de nuestros pacientes, sino que la comprendemos porque la compartimos.

Otro mal consejo que reciben muchas personas que sufren por problemas emocionales es que no acudan a recibir ayuda psicológica porque no es necesaria. «Pídele a Dios, eso es suficiente», les dicen. A este argumento yo respondo que, efectivamente, Dios es todopoderoso y puede, cuando así lo desea, sanar cualquier mal sin la ayuda de ningún medio humano. Pero no suele hacerlo. Nos ha creado en comunidad y desea que nos sirvamos unos a otros. No ir al psicólogo cuando tenemos problemas emocionales equivale a no ir al médico cuando tenemos una hemorragia o, en otro campo, no consultar a un abogado cuando recibimos una demanda legal, y ponernos, en cambio, a rezar. Rezar está bien, por supuesto, es imprescindible, pero también tenemos el deber de procurarnos los medios humanos para resolver nuestros problemas.

Éstos y otros asuntos han surgido en nuestras reuniones. Tenemos muchas inquietudes y deseos de servicio. Pero este es tema para otro artículo. Habrá que esperar a que esté más consolidado nuestro grupo. Por lo pronto, nos parece importante dar a conocer a los lectores de El Observador nuestra existencia e invitarlos a que confíen en nosotros.

La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

EL OBSERVADOR 502-4

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PINCELADAS
Kruschev en el Comité Central
Por Justo López Melús *

Suele decirse que la verdad ni teme ni ofende. Pero, la verdad..., es que decirla es muy peligroso. Regala un caballo a quien diga la verdad, para que huya en él apenas acabe de decirla. Jesús desenmascaró a escribas y fariseos, y acabó crucificado.

Cuando Kruschev denunció en el Comité Central la era «staliniana», uno de los presentes dijo:
— ¿Dónde estabas tú, camarada Kruschev, cuando fueron asesinadas tantas personas?
Kruschev respondió:
— Agradecería que se ponga de pie el que ha hablado.
Pero nadie se levantó. Kruschev continuó:
— Ya tienes respuesta. Yo me encontraba en el mismo lugar en que tú estás ahora

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 502-5

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ESPECIAL DE CUARESMA
Cuestionario para medir la espiritualidad personal esta Cuaresma

La actitud ante la oración o los actos de piedad, la convivencia con los demás o, simplemente, la capacidad para estar en silencio, pueden dar pistas sobre la «temperatura» de la vida espiritual de cada uno. El Catolicismo, órgano oficial de la arquidiócesis de Bogotá, Colombia, acaba de lanzar un cuestionario invitando a esta reflexión. A continuación lo reproducimos:

¿Cómo está su espiritualidad?
Aunque la fe no se puede medir, estas preguntas le pueden ayudar a saber cómo está su vida espiritual:

1. ¿Le cuesta mucho mantenerse en silencio y cuando está a solas prefiere prender todos los electrodomésticos que hay en su casa?

2.¿Acostumbra usted dedicar tiempo para orar en algún momento del día?

3.¿Los domingos asiste a Misa y comparte en familia?

4.¿Aborrece los actos de piedad y le huye a todo lo religioso porque le da aburrimiento?

5.¿Sufre de ansiedad continuamente y el mal genio se apodera de usted con facilidad?

6.¿Vive bien, pero siente que su vida está vacía y algo le hace falta?

7.¿Disfruta con plenitud del tiempo y le alcanza para todo?

8.¿Es tolerante y le encuentra el lado positivo a las situaciones molestas?

9.¿Vive criticando a los demás y se afana por imponer su criterio a como dé lugar?

10.¿Siente que Dios no lo escucha, no lo quiere o se olvidó de usted?

11.¿Es capaz de reconocer sus errores y pedir perdón?

12.¿Da gracias a Dios y a los demás por los favores recibidos?

Si usted contestó...
1)
Sí, 2) No, 3) No, 4) Sí, 5) Sí, 6) Sí, 7) No, 8) No, 9) Sí, 10) Sí, 11) No, 12) No, entonces usted tiene totalmente descuidada su vida espiritual; esto le puede producir un gran desequilibrio. Es hora de volver a Dios.
Si usted contestó...
1)
No, 2) Sí, 3) Sí, 4) No, 5) No, 6) No, 7) Sí, 8) Si, 9) No, 10) No, 11) Sí, 12) Si, aparentemente usted se esfuerza por cultivar su vida espiritual; pero tenga cuidado, pues nadie es tan perfecto.

Si sus respuestas no son «Sí» o «No», sino «A veces», seguramente debe ser más ordenado y paciente, pero va en camino. ¡Ánimo!

Las otras múltiples opciones de respuesta indican que usted está en proceso de conversión. Aproveche la Cuaresma.

EL OBSERVADOR 502-6

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ENTREVISTA
¿Qué llevó España a América? Dos cosas: el caballo y el Padre Nuestro, dice el historiador Luis Suárez Fernández
Por Jaime Septién Crespo / Para El Observador y Zenit

MADRID.- Una de las máximas autoridades en historia antigua de España lo es, sin duda, don Luis Suárez Fernández. Académico de Número de la Real Academia de Historia, catedrático de Historia Antigua y Media de la Universidad Autónoma de Madrid y de la Universidad San Pablo-CEU, es, también, un conferencista notable y uno de los que mejor conocen las relaciones entre España y América, a partir de la difusión del cristianismo.
Justamente sobre estos temas, de absoluta relevancia actual y frente al proceso de firma de la Constitución Europea, en la cual se elimina toda mención del cristianismo, Zenit-El Observador ha conversado con el maestro Suárez Fernández.

¿En qué puede ayudar América, concretamente Iberoamérica, a la construcción de una identidad europea?
América tiene que volver a sus raíces. La gran ventaja que América tuvo es que en el momento de ser descubierta, ser encontrada, podríamos decir, ocurrieron dos cosas: que España y Portugal habían llegado a una madurez política tan grande que permitía enfocar las cosas como un pacto entre rey y reino, y la otra es que, al principio, creyeron que eran pequeñas islas habitadas por poblaciones que estaban en el neolítico. Entonces se descubre que hay dos reinos, desde el punto de vista europeo: México y Perú. Y, por consiguiente, se puede dar el salto de reconocerlos como tales reinos. Ése fue el gran secreto: que España no creó «colonias» en América, sino que creó reinos.

¿Cuál fue la trayectoria hasta la consolidación de la relación entre España y América?
Fue una trayectoria muy larga y llena de obstáculos a vencer. Pero lo que nació en América son naciones. Primero dos reinos, después cuatro, mas tres gobernaciones generales que equivalían a otros tantos reinos... Si se hubiera seguido un proceso normal, como el que se acordó en las Cortes de 1788, se hubiera ido poco a poco a una independencia, a una serie de independencias coordinadas, dejando un mercado común abierto... Entonces, la independencia hubiese sido una independencia política, no una independencia cultural ni económica.

¿Qué resultados se hubieran obtenido de este proceso?
La verdad, resultados muy buenos. Hay que tener en cuenta, por ejemplo, que México en el año de 1800 es el país más rico del mundo, pero con mucho el más rico del mundo. No sabe ni quiere saber u oír hablar de lo que es deuda, porque lo que tiene es un superávit enorme. Esa ruptura, es decir, ese hecho de que la independencia se obtenga por medio de la violencia, de una guerra civil (no nos engañemos, porque las independencias fueron guerras civiles) causó mucho daño. Permitió el aprovechamiento de la economía de los países americanos por parte de Inglaterra y de Estados Unidos que motivó un retraso social. Grandes propietarios que han ganado la guerra y que dejan al resto de la población en una tremenda desigualdad que, anteriormente, no existía y no tenía por qué existir.

¿Qué perspectivas hay ahora, en el siglo XXI?
Esa situación se está venciendo. El siglo XXI va a traer el gran cambio. Europa ve en América un espejo; es donde aprende «cómo soy yo». Ahí aprende cuáles son sus virtudes y cuáles son sus defectos. Ésa es la gran ayuda que América puede prestar a la construcción de Europa hoy, es decir, volver a sus raíces y devolverle esas raíces a Europa.

¿Esto es, devolverle sentido a la cristiandad?
Para mí ése es el núcleo de la cuestión: la cristiandad. ¿Qué llevó España a América? Dos cosas, nada más: el caballo y el «Padre Nuestro». El caballo es el espíritu de la caballería; es decir, el espíritu de conquista por un ideal, mientras que el «Padre Nuestro» es el reconocimiento de que el otro es una persona, no simplemente un individuo. Y sobre esos elementos se puede construir.

Y hay que reconocer que encontraron una receptividad notable hacia lo religioso entre los indígenas...
Indudablemente, porque para los indígenas era la respuesta a muchas dudas que hasta entonces tenían. El cristianismo venía un poco a decir: «bueno, pues lo que yo creía era poco; esto complementa lo que yo creía; me da la explicación de las dudas que traía conmigo». En el siglo XVII Europa se encuentra en una serie de guerras terribles, espantosas. En el XVIII siguen las guerras y América vive en paz, no sabe lo que es la guerra. Casi nunca se ha hablado de esto: las guerras de América, la del Chaco, la de Chile y Perú son anomalías, casos excepcionales, mientras que en Europa era lo contrario. La guerra era lo normal. Y eso tiene sentido por la semilla de la cristiandad sembrada en América.

¿España se daba cuenta de la importancia de lo cristiano durante los tres siglos que duró su gobierno en América?
Creo que sí. Cuando se trataba de enviar a un obispo a tierras de América se era mucho más riguroso que para elegir un obispo en España. Aquí podría ser un mediocre, lo mismo daba. Pero en América, no; a América se mandaba lo mejor que había, por eso figuras como Zumárraga o Vasco de Quiroga...

¿Cómo podría Europa recuperar sus raíces e insertarlas dentro de su Constitución?
La Constitución europea, sin mención al cristianismo, es un hecho consumado. Y por desgracia, porque son los dueños del poder —que además están tomando las precauciones debidas, por ejemplo, insertar a Turquía— son quienes están haciéndola. No reconocer los límites de Europa (Polonia era la frontera de Europa) quiere decir que ya no hay —desde su perspectiva—Europa. Europa no usa caracteres cirílicos; Europa usa, únicamente, caracteres latinos. Están actuando, azuzando, para que Europa sea cualquier cosa. Se trata de evitar que el cristianismo se haga, en Europa, dueño de la situación.

¿No estarán rehuyendo el debate doctrinal?
Claro. Porque a la hora de entrar en un debate doctrinal, el cristianismo tiene todas las ventajas. Y eso les asusta a los dueños del poder. Por ejemplo: la masonería. La masonería es pobre; las fórmulas que la masonería aporta no pueden ser más pobres; tienen que fracasar, no hay más remedio. La masonería puede disolver, pero no puede construir. Y eso es lo que se está tratando de hacer frente a la Europa cristiana: disolverla sin anteponerle nada más que una eventual comunidad sin alma, puramente económica.

EL OBSERVADOR 502-7

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FLOR DE HARINA
Cambio radical de vida
(San Francisco de Asís II)
Por el Pbro. Justo López Melús

Tuvo por padre a Pedro Bernardone, mercader dado por entero a los intereses terrenales. En cambio su madre, Mona Pica, fue una mujer honestísima, según los biógrafos. Llevó Francisco una vida disipada hasta los 24 años. «Se distinguía como organizador de francachelas y ganoso de aplausos, esforzábase en sobrepujar a los demás en el fasto de la gloria mundana, sobresalía en los juegos, en los pasatiempos, en las risas y palabras vanas, en los cantares, en los vestidos muelles y lujosos».

En medio de esa vida frívola, romántica y caballeresca, recibió varias llamadas del Señor, a través de fracasos y enfermedades. De nuevo volvía a las andadas y de nuevo le urgía el Señor. Por eso, «apartándose al poco tiempo del ruido del mundo y del fárrago de los negocios, dirige todo su anhelo a copiar en su interior a Jesucristo».

Su padre quería que le siguiera en el negocio. Pero un buen día, entrando Francisco en la iglesia casi arruinada de San Damián, oyó que la imagen del Cristo le hablaba: «Francisco, ve y repara mi iglesia, que, como ves, amenaza ruina». Francisco toma al pie de la letra las palabras del Crucificado, vende las mercancías y el caballo, entrega el dinero para la iglesia y se queda para repararla y vivir allí. Su padre lo encierra, pero Francisco no cede y tira por la ventana a la calle los paños almacenados para la venta.

Su padre lo arrastra ante el obispo para que renunciase públicamente a su herencia, y en presencia de la multitud que había acudido, pronunció Francisco aquellas memorables palabras: «En adelante podré decir con toda libertad: Padre nuestro que estás en los cielos. No padre Pedro Bernardone, pues a éste, como veis, le devuelvo no sólo el dinero sino aun todos mis vestidos. Desnudo me entregaré en manos del Señor». Era ésta la entrega definitiva al Señor, todavía confirmada al oír el Evangelio el día de san Matías, donde Jesús pide a sus discípulos despojarse de todo. Y se decidió a abrazar la vida evangélica al pie de la letra y a seguir en todo los pasos de Nuestro Señor, sin volver la vista atrás.

EL OBSERVADOR 502-8

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COLUMNA ABIERTA
Todo es para nuestro bien
Por Walter Turnbull

Recuerdo haber escuchado una homilía a mediados de una Cuaresma. Hablaba de la lamentable posibilidad de haber desperdiciado las dos o tres semanas que habían transcurrido, y la oportunidad de aprovechar el tiempo que quedaba: «Hermanos, que el cumplir más firmemente con nuestras prácticas de Cuaresma nos ahorre unos cuantos años de Purgatorio, pienso yo que es una buena oportunidad y una buena inversión...».

Me encantó la forma en que habló del Purgatorio —que a muchos católicos modernos nos suena a oscurantismo— sin titubeos; y también la forma en que habló de las ventajas —para nosotros— de buscar la santidad a través de las obras de piedad.

Tanto se nos ha insistido —y con toda razón— en no buscar a Dios por interés, como una maquinita para solucionar nuestros problemas o para cumplir nuestros caprichos, que a veces nos desviamos al lado contrario: nos centramos en la culpa y en el sacrificio. Olvidamos que Dios nos creó para la felicidad. Avergonzados por nuestros pecados, terminamos por pretender amar a Dios sin esperar nada de Él, como si Dios fuera la criatura y nosotros fuéramos Dios. «No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido...».

En medio de tanta tribulación —enfermedades, crisis económica endémica, guerras interminables, corrupción incurable, terrorismo que avanza, epidemia de inmoralidad— podemos perder la alegría si perdemos de vista nuestro destino final y nos concentramos sólo en lo negativo.

Necesitamos un sano equilibrio. Que los afanes del mundo no nos impidan practicar la oración y el sacrificio y buscar el arrepentimiento y la conversión; y que la visión de nuestras culpas y de nuestra miseria como seres humanos no nos hagan olvidar que el Padre tiene preparada una morada para nosotros, que Dios nos creó para compartir con nosotros su felicidad, y que después del Purgatorio está el Cielo. El vivir esforzadamente la Cuaresma —o lo que quede de ella— es, finalmente, para nuestro bien. Para llegar a la resurrección hay que pasar por la cruz, pero después de la Cuaresma y el Viernes Santo está el Domingo de Pascua.

EL OBSERVADOR 502-9

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Vittorio Messori: Juan Pablo II no tiene intención de renunciar
El Papa no necesita ser Schwarzenegger ni Superman

El periodista católico Vittorio Messori, que escribió con el Papa Juan Pablo II Cruzando el umbral de la esperanza, acaba de declarar una vez más que el vicario de Cristo no tiene «ninguna intención de renunciar a su cargo, por más que su enfermedad avance».

Indicó que «nunca se insistirá bastante en el hecho de que la Iglesia no es una multinacional, y aquél que está en su vértice no es un presidente, a quien se le exige salud, juventud y actitud de manager. Nadie es cristianamente más eficaz que un pontífice como éste, que el avance del Parkinson y las otras heridas en la carne están transformando en un tronco doblado y mudo, pero cuyo espíritu sigue siendo indómito y cuya mirada se centra en Aquél cuya pasión quiere testimoniar».

Por su parte, el arzobispo de París, cardenal Jean Marie Lustiger, declaró que «el Papa no necesita ser como Arnold Schwarzenegger, el gobernador de California, ni parecer un Superman que gobierna la Iglesia. El trabajo del Papa es poner en práctica las palabras de Jesucristo».

(Fuente: ACI)

EL OBSERVADOR 502-10

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¿Diálogo sin verdades?
Por el Pbro. Fernando Pascual

La tolerancia debería ser una virtud fundamental, sobre todo en el ámbito del diálogo.

Pero aquí nos encontramos con problemas no pequeños. Hablar es posible porque tenemos algo que decirnos. Decimos algo porque creemos que vale, que es verdad o, al menos, que está cerca de la verdad, y que eso que decimos puede ayudar a los que nos escuchan.

Sin embargo, algunos pensadores creen que es imposible un verdadero diálogo cuando uno de los interlocutores piensa que posee la verdad. Es decir: si yo sé que es verdad que la luna tiene un ciclo que dura 28 días y me encuentro con otro que dice que el ciclo lunar es de 26 días, no habrá diálogo mientras yo no renuncie a mi pretensión (intolerante) de poseer la verdad.

El diálogo supone, según estos autores, el relativismo. Si dos hablan y uno pretende tener la razón, se suprimiría la libertad: no sería posible ningún diálogo, sino sólo la imposición, nos dicen ellos.

Por lo tanto, según los relativistas, «nadie debe pretender estar en posesión de una verdad única». Esta frase indicaría la condición fundamental para que pueda existir un auténtico diálogo. Pero esta también encierra un enorme problema. ¿Es «verdadera»? El relativista que la dice, ¿cree que posee la verdad al decirla? Si es así, entonces afirma como absoluto algo, y no puede, por lo mismo, dialogar, según su misma mentalidad...

Pensar que uno posee la verdad no sólo no impide el diálogo, sino que es su presupuesto fundamental. A la vez, creer que uno posee la verdad no implica ser intolerante. La intolerancia tiene un origen distinto.

Vamos por partes. ¿Por qué decimos algo? Porque creemos que eso que decimos vale, es verdadero. El esposo pide gasolina para el coche de diesel. La esposa, sin dudarlo, le avisa: «¡El motor es de diesel!». Lo dice porque cree que es verdad, no porque cree que es una opinión sobre la que se puede discutir. Luego, si lo dice a gritos o si, incluso, le da un codazo a su esposo por despistado, es otro asunto...

Otras veces las cosas no son tan claras. Un médico cree que el señor Francisco tiene dolores en la cabeza por culpa de un cáncer en el encéfalo. Otro médico piensa que este dolor de la cabeza tiene una causa psicológica. Los dos pueden encontrarse y dialogar, sin que ninguno tenga certeza absoluta sobre su punto de vista. Sin embargo, cada uno dirá aquellos motivos más fuertes a favor de su dictamen médico, y los dirá porque los cree más cercanos a la verdad.

Un relativista no tiene necesidad ni de hablar ni de escuchar, pues todo lo que cada uno piense vale lo mismo.

Resulta claro, por tanto, que la intolerancia no nace de la pretensión de poseer la verdad. Entonces, ¿de dónde nace? De un error (una falta de verdad) sobre la dignidad de cada hombre.

Un cristiano se encuentra con un no cristiano. Dialogan y discuten. El cristiano debe recordar que Dios ama a todos, y que nos pide el amor a los enemigos y a los no cristianos. Su fe le debe llevar, por lo tanto, al máximo respeto hacia el otro. Igualmente, el no cristiano puede tener principios éticos por los cuales rechaza toda violencia. De este modo, y gracias a convicciones profundas, aceptadas como «verdaderas», es posible una actitud de tolerancia. El relativista no es capaz de este tesoro, pues no puede aceptar el valor «absoluto» y la dignidad de todos, porque cree que aceptar algo como absoluto es «intolerante».

Necesitamos aprender a vivir en el respeto mutuo, pero esto no significa renunciar a las propias convicciones. Conviene saber descubrir lo positivo (verdadero) de cada cultura y corregir todo lo negativo (falso) para construir un mundo más justo y humano. Sólo así vale la pena dialogar.

(Artículo resumido)

EL OBSERVADOR 502-11

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Comentarios necesarios sobre la tristemente famosa obra «El Código Da Vinci» (XI)
«Espiritualidad» de cafetería
Por Walter Turnbull

La religión de la diosa viene a ser la religión de nuestro tiempo.

Por un lado promueve valores muy válidos, como la armonía y la tolerancia, el respeto a la naturaleza y la valoración de la mujer, la no violencia, que muy buena falta nos están haciendo en nuestros días en todos los niveles.

Por otro lado, nos ofrece una espiritualidad sin una verdad absoluta, sin dogmas ni mandamientos, sin obediencia a una autoridad, sin pecado y sin culpa, sin libre albedrío, que no busca un sentido a la existencia y, para rematar, convierte el libertinaje sexual y la promiscuidad en una piadosa práctica religiosa.

El resultado —o el objetivo— de esta doctrina es una ética libertina, individualista, completamente autoindulgente en la que las bajezas se convierten en virtudes; una vida fácil y banal sin responsabilidad moral ni social, sin preocupación por el prójimo, sin compromisos ni esfuerzos, en la que solamente se tiene que hacer lo que se apetece; una conciencia tranquila y un optimismo absoluto respecto al futuro, dado que el mal no existe y el infierno tampoco.

No es de extrañar que esta religiosidad nada exigente y acomodaticia, esta «espiritualidad de cafetería, políticamente correcta» —como le llama J. Antonio Ullate— resulte tan atractiva y tan convincente para nuestra cultura hedonista y egoísta; es la perfecta religión light. El sustituto de religión que el liberal moderno está buscando y que tiene el don de satisfacer todos sus anhelos.

El cristianismo auténtico también busca la realización y la felicidad del hombre y de la mujer, pero las busca por un camino muy diferente. Solamente la Iglesia católica guarda intacta la verdad revelada por Dios que incluye una moral y exige compromiso y esfuerzo, superación de nuestra naturaleza y dominio de nuestras pasiones. «El Reino de los Cielos sufre violencia, y solamente los esforzados entran en él» (Mt 11, 12).

Por eso la Iglesia católica es perseguida, difamada y desacreditada más que ninguna otra, porque es el eterno enemigo de aquellos a quienes incomoda la verdad. Por eso un farsante oportunista hasta se atreve a culparla de todas las tragedias que aquejan a la humanidad.

Acerca de esta nefasta obra (El Código DaVinci) y de tantas otras que, como ésta, han surgido para confundir y para lucrar, no podía ser mas exacta la profecía de san Pablo: «Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por el gusto de oír novedades, apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Tm 4, 3-4).

Para la elaboración de este extracto, he extraído —valga la redundancia— indistintamente, ideas, datos y frases de los siguientes documentos:
Ginés Rodríguez, Pablo J. EL HECHO Y SU CONTEXTO. E-cristians.net, 09/Ene/2003 .
Téllez Girón de Ortiz Izquierdo, Mónica. ERRORES Y MENTIRASen EL CÓDIGO DA VINCI de Dan Brown.
Ullate Fabo, José Antonio(entrevista con). El poder de seducción de «El Código da Vinci». ZENIT.org, 28/Oct/2004.
Vaquero Oroquieta, Fernando José. Las razones del éxito de «El Código da Vinci». entrevista con José Antonio Ullate, autor de un libro sobre la obra de Dan Brown. Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 85, Oct/2004.
Calvo, José Luis. LIBROS. Literatura, historia y conspiraciones. www.pensar.org, Mar/2004
Munilla Aguirre, José Ignacio. De Códigos Da Vincis. periodismocatolico.com, 7/Ene/2005.
Ullate Fabo, José Antonio. La verdad sobre EL CÓDIGO DA VINCI. Madrid, España. LIBROSLIBRES, 2004.

EL OBSERVADOR 502-12

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CONTEXTO ECLESIAL
El nuevo documento vaticano Dignitas Connubii y la nulidad matrimonial

El pasado 8 de febrero fue presentado en la Oficina de Prensa de la Santa Sede el documento Dignitas Connubii («La dignidad del matrimonio»), instrucción que deben observar los tribunales eclesiásticos en las causas de nulidad matrimonial. El documento ha sido redactado por el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos con la colaboración de otros dicasterios. A continuación presentamos diez importantes puntos a considerar respecto de su contenido:

1)
Es un documento de tipo práctico, una especie de vademecum, que sirva de guía inmediata para un mejor cumplimiento del trabajo en los procesos canónicos de nulidad matrimonial.
2) La Dignitas connubii quiere facilitar la consulta y aplicación del Código de Derecho Canónico (CIC) de 1983, pues presenta unido todo lo que hace referencia a los procesos canónicos de nulidad matrimonial.
3)La nueva Instrucción añade, además, los desarrollos jurídicos producidos después del CIC: interpretaciones auténticas del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, respuestas del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, jurisprudencia del Tribunal de la Rota Romana.
4)Sin embargo, no se limita a repetir los textos de los cánones, sino que contiene interpretaciones, aclaraciones sobre las disposiciones de las leyes y de las posteriores disposiciones sobre los procedimientos para su ejecución.
5)Su elaboración se debió a la necesidad de someter la cuestión de la validez o nulidad del matrimonio de los fieles a un proceso verdaderamente judicial en lugar de caer en la tentación de recurrir a vías de supuestas soluciones más simples, tales como la llamada «nulidad de conciencia», en la que la Iglesia no haría más que tomar acto de la convicción de los propios esposos sobre la validez o no de su matrimonio.
6)La Iglesia subraya una vez más su competencia para ocuparse de estas causas, porque en ellas está en juego la existencia del matrimonio de sus fieles, sobre todo teniendo en cuenta que el matrimonio es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo.
7)Desinteresarse de este problema equivaldría a oscurecer en la práctica la misma sacramentalidad del matrimonio, lo que incrementaría aún más en el mundo la actual confusión sobre la identidad natural del matrimonio y de la familia.
8)Aunque en el contexto de la mentalidad divorcista los procesos de nulidad llegan a ser mal-interpretados como «divorcios con el beneplácito de la Iglesia», la diferencia entre nulidad y divorcio es sustancial.
9)Si se manipulan las causas de nulidad, cualquier matrimonio fracasado se convertiría en nulo. En cambio, la declaración de nulidad no es en ningún modo una disolución de un vinculo existente, sino más bien la constatación, en nombre de la Iglesia, de la inexistencia desde el inicio de un verdadero matrimonio.
10)La Iglesia favorece la convalidación de matrimonios nulos, cuando es posible. Juan Pablo II lo ha explicado así: Los esposos mismos deben ser los primeros en comprender que sólo en la búsqueda leal de la verdad se encuentra su verdadero bien, sin excluir a priori la posible convalidación de una unión que, aún sin ser todavía matrimonial, contiene elementos de bien, para ellos y para los hijos, que se han de valorar atentamente en conciencia antes de tomar una decisión diferente». (Discurso a la Rota Romana, 28 de enero de 2002, n. 6)

Los casos de nulidad matrimonial han aumentado enormemente en las últimas décadas, sobre todo en los países de antigua tradición cristiana. Entre los motivos de este incremento se encuentran: el concepto erróneo del matrimonio respecto al ideal propuesto por la Iglesia; un conocimiento más preciso de la psicología humana que permite establecer mejor si el consenso matrimonial era insuficiente, y el hecho de que muchos fieles, al haber conseguido el divorcio civil y la posibilidad de volverse a casar según las leyes civiles, piden una declaración de nulidad porque saben que para un católico un matrimonio válido puede celebrarse sólo siguiendo las leyes de la Iglesia.

En el año 2002 hubo 56 mil 236 procesos ordinarios de declaración de nulidad, de los cuales 46 mil 92 recibieron una sentencia afirmativa. De éstas, 343 se emanaron en África, 677 en Ocea-nía, mil 562 en Asia, ocho mil 855 en Europa y 36 mil 656 en América.

Dignitas Connubii está disponible en el texto oficial en latín, con traducción inglesa y también latino/italiano. Consiste en una introducción, artículos preliminares, y 15 apartados, la mayor parte de los cuales están divididos en capítulos.

(Con información de VIS)

EL OBSERVADOR 502-13

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AÑO DE LA EUCARISTÍA
Entendiendo la Eucaristía (II)
¿Qué contiene la Hostia Santa?

En la Hostia Santa está todo Jesús. Tratemos de darnos cuenta de la extensión de esta verdad: que esté todo Jesús no sólo quiere decir que esté como Dios y como hombre; significa, también, que allí se encierra toda su vida mortal y gloriosa; quiere decir, que allí está no solamente el Ser de Jesús sino también su actividad.

En la Hostia Santa está Jesús, como Hostia, como víctima, como inmolado. Es verdad que Jesús en la Eucaristía está glorioso e impasible, pero también es cierto que el estado eucarístico es un estado victimal, que en la Hostia se encuentra Cristo como una víctima sacrificada por nosotros. Precisamente por eso llamamos a este sacramento Hostia, que quiere decir, víctima.

Si se permite la comparación, la Eucaristía es como una concha divina que encierra una perla de precio inestimable, y esa perla es el sacrificio de Cristo. Ahí está viviente su dolor, ahí está viviente su sacrificio. Y por eso, cuando instituyó este sacramento adorable, clausuró aquella ceremonia, la más grande que han contemplado los siglos, con estas palabras impregnadas con la tristeza de la despedida: "Hagan esto en memoria mía", como si quisiera decir: siempre que te acerques a la santa mesa, siempre que celebres estos misterios, alma querida, acuérdate de cuánto he sufrido por tu amor, de cuánto te he amado y... ¡ámame tú también!

Gracias a la Hostia Santa, el recuerdo de Cristo vive después de veinte siglos en los corazones humanos a pesar de la inconstancia y volubilidad de éstos. Y no es que se le ama como hace veinte siglos, porque cada día se le ama más, a medida que más se conoce y comprende su Eucaristía adorada.
Los hombres, por grandes beneficios que hayan hecho a la humanidad, acaban por ser olvidados y su memoria apenas sobrevive en las páginas insensibles de la historia. Jesucristo es el único hombre que, muerto hace veinte siglos, se le ama todavía y se le ama cada día mejor; porque donde quiera que hay un altar, una mesa eucarística, una Hostia expuesta, ahí se recuerda su amor y los hombres le rinden, en homenaje espontáneo, su corazón.

EL OBSERVADOR 502-14

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FIN

 
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