El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
10 de abril de 2005 No.509
SUMARIO

SUMARIO

bulletPORTADA - Gracias
bulletCARTAS DEL DIRECTOR- Juan Pablo II o el extraordinario destino del hombre
bulletSobre la marcha
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - Mensaje póstumo de Juan Pablo II para el Regina Coeli del Domingo de la Divina Misericordia
bulletPICADURA LETRÍSTICA - Lolek sin Miedo
bulletDILEMAS ÉTICOS - «Me voy pero no me voy»
bulletANÁLISIS - Juan Pablo II: ideas esenciales de su agenda socio-política
bulletDel universo al verso de Juan Pablo II
bullet«El amor me lo explicó todo»
bulletJuan Pablo II y la familia
bulletVen, siervo bueno y fiel

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PORTADA
Gracias, S.S. Juan Pablo II, por todo lo que nos diste.
Desde tu nueva morada en la casa del Padre, ruega por nosotros y que sepamos seguir a tu amadísimo Señor Jesucristo de la forma en que tú nos enseñaste.
Santa María de Guadalupe, gracias por darnos un Papa como el Santo Padre Juan Pablo II; gracias porque siempre estuviste con él y nunca lo abandonaste. Ahora que ya está contigo en el Cielo, le llevarás de la mano al lugar que Jesús, tu Hijo, le ha preparado.

S.S. Juan Pablo II
(18 mayo 1920 - 2 abril 2005)

«Los ángeles te dan la bienvenida y te llevarán ante el trono de Dios para rezar por la Iglesia»

EL OBSERVADOR 509-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Juan Pablo II o el extraordinario destino del hombre
Por Jaime Septién

La más grande característica del papa Juan Pablo II fue, sin lugar a dudas, su convencimiento de que el hombre y la historia encuentran su última explicación en Cristo. Esparció por todo el mundo este mensaje. De mil maneras. Lo expuso en encíclicas, lo grito en las plazas públicas, lo enseñó con su testimonio. Solamente un profeta de tamaña fe puede transmitir la verdad íntima del Evangelio a tantos otros, acostumbrados al vocerío y al escándalo; a la indiferencia y a vivir gobernados por el miedo.

Desde el pasado 2 de abril, cuando murió, se han escrito y dicho millones de ideas y palabras en homenaje a sus 26 años y cinco meses al frente de la Iglesia. La mayoría —hay que reconocerlo— muy bien estructuradas. Pero existe lo esencial, que no se ha tocado, quizá porque se da por hecho Juan Pablo II creía en Cristo como Redentor del mundo y que el amor tanto como la esperanza tienen su fuente de vida en las fibras del Sagrado Corazón de Jesús. Verdades y misterios que constituyen la identidad del católico, su orgullo y, en última instancia, su alegría de vivir.

El magnetismo ante las multitudes —que tanto se ha referido del Papa— no venía de ninguna otro lugar sino de su creencia profunda en el destino extraordinario del hombre, de todo hombre, es decir, ser llamado a la dignidad de hijo adoptivo de Dios. No había atrás ningún secreto o artilugio para conquistar a las masas. Lo que pasa es que en tiempos de tanta indolencia, de tanta flojera para creer en algo firme; el que se levanta asumiendo la Verdad de Cristo, Dios y Hombre verdadero, atrapa. Juan Pablo II arropó a millones de desvalidos y huérfanos espirituales con la enseñanza de que el Reino de Dios no es ajeno al mundo, que se inserta en la historia humana pero siempre con la mira puesta en la vida futura.

Mostró, por así decirlo, al hombre del Tercer Milenio que «la humanidad está llamada a traspasar el confín de la muerte, e incluso de la sucesión misma de los siglos, para encontrar el refugio definitivo de la eternidad, al lado de Cristo glorioso y en la comunión trinitaria» (Memoria e Identidad, P. 191). ¿Existe alguien capaz de hablar con más claridad al oído atribulado del hombre de esta época? Cuando horizontes de nubes negras se ciernen sobre la Tierra, un Papa que habla del amor y de que el mal nunca prevalecerá sobre la Iglesia («memoria viva de Cristo») porque su Señor actúa en ella, por ella, con ella, debe ser, por fuerza, un Pontífice que deje huella. Juan Pablo II la ha dejado ya: son miles los casos de conversión por su presencia. Serán miles, ojalá millones, los que se conviertan tras de su ausencia.

Su forma de encarar la muerte, sereno y feliz, nos llena de tranquilidad. Con el Libro de la Sabiduría, nosotros también debemos estar seguros de la inmortalidad. Nada de medias tintas; nada de que «a lo mejor no». La identidad del cristiano, evidenciada por Karol Wojtyla a lo largo de su vida –no nada más como Papa—, es una identidad dura, sin fisuras, tremendamente sólida, capaz de afrontar con amor el sufrimiento, el dolor y los abismos. Nos guió a saber despertar en nosotros el amor, sucedáneo del amor de Cristo, piedra sobre la que se edifica la mirada maternal de María, en la memoria de su Iglesia. Todos los cristianos podemos ser como él. La condición —lo dijo cuando se asomó a la multitud por primera vez como Papa— es sencilla: no tener miedo y abrirle a Cristo las puertas de nuestro casa, de nuestra alma.

EL OBSERVADOR 509-2

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Sobre la marcha
¿Qué se puede decir ante un Papa Magno? Decir, muy poco. Hacer, mucho. Todos los que derramamos lágrimas por la muerte de Juan Pablo II, somos, ahora, responsables de mostrar en nuestra vida la presencia de Cristo. Si no, fueron lágrimas de balde.
Santiago Norte

EL OBSERVADOR 509-3

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EL RINCÓN DEL PAPA
Mensaje póstumo de Juan Pablo II para el Regina Coeli del Domingo de la Divina Misericordia

Fue leído por el arzobispo Leonardo Sandri tras la Misa en sufragio del Papa en la plaza de San Pedro.

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Resuena también hoy el gozoso Aleluya de Pascua. La pagina del Evangelio de hoy de Juan subraya que el Resucitado, la noche de ese día, se apareció a los apóstoles y «les mostró las manos y el costado» (Juan 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa pasión impresos de manera indeleble en su cuerpo también después de la Resurrección. Aquellas llagas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la misericordia de Dios, puesto que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16).
Este misterio de amor está en el corazón de la liturgia de hoy, domingo in Albis, dedicado al culto de la Divina Misericordia.

2. A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve a abrir el espíritu a la esperanza. Es amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia!
Señor, que con la muerte y la resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en Ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús, confío en Ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

3. La solemnidad litúrgica de la Anunciación, que celebraremos mañana, nos lleva a contemplar con los ojos de María el inmenso misterio de este amor misericordioso que surge del Corazón de Cristo. Con su ayuda, podemos comprender el auténtico sentido de la alegría pascual, que se funda en esta certeza: Aquel a quien la Virgen llevó en su seno, que sufrió y murió por nosotros, ha resucitado verdaderamente. ¡Aleluya!

EL OBSERVADOR 509-4

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PICADURA LETRÍSTICA
Lolek sin Miedo
Por J. Jesús García y García

«La muerte de un justo es una fiesta, en que la Tierra toda
se sienta a ver cómo se abre el Cielo» (JOSÉ MARTÍ)

No precisamente sentados sino de pie, con el alma en vilo, intentamos contemplar la gloriosa cuanto merecida ascensión al cielo del más grande héroe vivo que tuvo el mundo católico en los últimos 26 años y fracción. Lástima que una espesa cortina de lágrimas nos impidió ver el prodigio, el cual de todos modos se produjo, aunque nos lo haya ocultado nuestra ceguera. En vano fue que nos dijeran que no lloráramos, que más bien estalláramos de alegría porque teníamos ya, de hecho, un nuevo santo en el cielo y porque habían cesado los dolores de la vida y los dolores de la muerte de nuestro padre (no tanto un amigo o un hermano sino, básicamente, un padre, el Santo Padre, nuestro padre que estaba en la tierra y que reiteraba una y otra vez su consejo de oro: «¡No tengan miedo!»). Lloramos mucho y no por Juan Pablo II (él goza ya de una eternidad gloriosa en el regazo amoroso del Padre), sino, lógicamente, por nosotros mismos, que hemos quedado en la orfandad.

A Karol Wojtyla, en su infancia, sus amigos lo llamaban Lolek. Al quedar solo en el mundo, apenas mayor de veinte años, pasó a ser Lolek sin Miedo. Cuando se ha perdido todo se adquiere la valiosa facultad de perder el miedo.

Después de probar muchas y muy variadas actividades, se convirtió en Juan Pablo, el segundo de ese nombre y 264º. de la lista general de vicarios de Cristo, que reinó del 16 octubre de 1978 al 2 de abril de 2005; el Papa de los récords, anécdotas, curiosidades y hechos especiales: el primer Papa no italiano en 455 años; el primero de nacionalidad polaca y venido de un país comunista; el primero en emprender una tarea inmensa para acrecentar la universalidad de la Iglesia lanzándose a una dilatada serie de viajes a través del mundo (104 sin contar los realizados en territorio italiano), lo que ninguno de sus predecesores había al menos soñado; el primero en ser herido de un tiro en la calle; el primero en visitar una sinagoga, una mezquita y un templo anglicano; el primero en celebrar una Misa ante cuatro millones de fieles, en Manila, Filipinas; el que, siendo Papa, sacó a la luz cinco libros y más de 500 artículos y ensayos, así como numerosos documentos: encíclicas (las suyas fueron 14 y una más quedó empezada), exhortaciones apostólicas, constituciones apostólicas, cartas apostólicas y motu proprios; el que emitió el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica; el primero en pedir perdón por los errores cometidos por los cristianos a lo largo de los siglos, en particular por «los pecados cometidos en servicio de la verdad: intolerancia y violencia contra los disidentes, guerras de religión, violencias y abusos en las Cruzadas, métodos coactivos en la Inquisición»; el que duplicó el número de países que sostienen relaciones con el Vaticano; el que convocó a tres jubileos universales y condujo a la Iglesia al tercer milenio; el que proclamó a alrededor de mil 400 nuevos beatos y cerca de 500 nuevos santos; el que nombró a la casi totalidad de los cardenales que ahora están reunidos para nombrar al nuevo ocupante del solio pontificio; el que se consagró enteramente a la Virgen María con la declaración «Totus tuus, Maria»; aquél que suscitó este testimonio de alguien que le fue muy cercano: «La oración es para él como respirar»; el que cumplió el tercer pontificado más largo de la historia de la Iglesia, después de Pedro y de Pío IX... el que, finalmente, al decir del vocero Joaquín Navarro Vals, a pesar de que hablaba perfectamente el inglés, no conoció nunca el significado del término wek-end, ya que ni los domingos descansaba.

Queda allí Juan Pablo II como paradigma de irrepetibilidad. Sabemos que cada uno de nosotros es una unidad distinta e inimitable; que jamás existirán en el mundo dos personas iguales, con las mismas características y responsabilidades: que nadie podrá sustituirnos en la misión rigurosamente personal que Dios nos ha confiado en sus planes inescrutables. Pero solemos decir en México que todos somos iguales ante la ley, pero hay unos más iguales que otros. Del mismo modo, siendo todos irrepetibles, Juan Pablo II es más irrepetible que nadie.

Descanse en paz el Papa Viajero. Recordemos que Vasconcelos decía: «Viajar es ir repartiendo pedazos del corazón». México se quedó con cinco pedazos de esa preciosa víscera cordial.

EL OBSERVADOR 509-5

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DILEMAS ÉTICOS
«Me voy pero no me voy»
Por Sergio Ibarra

Juan Pablo II, un líder en la más amplia extensión de la palabra; un hombre —porque no hay que perder su dimensión humana— con gran energía y sensibilidad; un dignísimo sucesor de Pedro, quien inició la misión de proclamar el Evangelio.

Hemos sido testigos de la labor de este hombre cuyas aportaciones a la paz del mundo y a la búsqueda de la armonía entre los pueblos son incontables. Hemos sido testigos.

Su obra es difícil de cuantificar o calificar dentro de los criterios que la dimensión humana acostumbra. Un hombre que ha acercado el Evangelio a todo lugar donde ha sido necesario, que ha conciliado a la Iglesia católica, que ha tenido la sensatez y el discurso para acercarse a otras religiones y pedir perdón por los errores cometidos.

«ME VOY PERO NO ME VOY».Esta frase la pronunció con motivo de su última visita a nuestro país. Una frase llena de cariño y sabiduría, que encierra el legado.

Queda en cada quien descubrir el compromiso al que nos invitó: decidir el nivel de compromiso con nuestra Iglesia, el compromiso con nuestra comunidad y el compromiso con uno mismo. Queda un dilema que tiene una profundidad inconmensurable para ser dignos seguidores de Jesús. Queda en cada quien el dar prioridad y centrar la atención y las acciones en lo trascendente. En la inmortalidad no hay relojes. Queda lo que hará de Juan Pablo II un papa inmortal. Queda el descubrir lo que está detrás de esta frase:

No te vas, Juan Pablo: se queda algo tuyo con nosotros, y te llevas algo nuestro.

EL OBSERVADOR 509-6

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ANÁLISIS
Juan Pablo II: ideas esenciales de su agenda socio-política
Por Rodrigo Guerra López

El reciente fallecimiento del papa Juan Pablo II ha generado la más amplia reacción de consternación internacional jamás registrada en la historia de la humanidad. Nunca antes la muerte de ningún hombre había convocado tantas miradas simultáneas y tantos sentimientos de admiración y afecto. En cierto sentido se puede decir que su «último viaje apostólico» fue precisamente el que se realizó cuando sus enfermedades se agravaron y cuando eventualmente murió ya que nunca antes el contenido de su Magisterio se había comentado y discutido tanto como ahora.
Dentro de los muy variados temas que Juan Pablo II nos deja destacan los relativos a la nueva síntesis que logró realizar de la Doctrina social de la Iglesia (DSI). En efecto, el Papa reelaboró todo el contenido de la DSI dándole un fundamento cristológico y antropológico, y una proyección que antes no poseía. Desde mi punto de vista hay tres lecciones elementales que el Santo Padre nos deja en estos temas que en ocasiones se pasan por alto o se dan por supuestas y que vale la pena siempre valorar:

1. La primacía de la persona no es una metáfora retórica

En momentos como el actual en que el lenguaje parece construir realidades el Papa nos recordó que la primacía metodológica de la persona humana no responde a un interés de poder, de discurso, de persuasión politiquera sino precisamente al lugar que todo ser humano debe tener en el momento en que vive y convive junto con otros. La persona humana no es un mero recurso discursivo al momento de querer «barnizar» una iniciativa práctica o un proyecto social específico. La persona humana al concebirse como principio y fuente de todo el orden social significa que nadie tiene derecho a humillar al otro, a lastimar al otro en su dignidad, sino que todos debemos respetar con escrúpulo el valor de cada ser humano. Cuando una persona prefiere la lógica del poder por encima del valor inalienable del ser humano le resulta imposible pensar que el amor, el perdón y la paz sean recursos realmente practicables en la vida personal, social y política.

2. La comunión y la solidaridad como métodos de acción sociopolítica

El encuentro con la dignidad humana que acontece en el momento en que la Persona viva de Jesús nos interpela nos introduce en la experiencia de la comunión. La palabra «comunión» significa un modo estable de permanecer en amistad aún con el diverso. Precisamente la comunión trinitaria significa esto: es posible vivir la unidad en y por la diversidad.
Sólo por ignorancia o por prejuicio alguien podría decir que la comunión es sólo un atributo de la divinidad. Precisamente la esencia del cristianismo yace en afirmar que Dios está con nosotros y por lo tanto que su comunión intrínseca puede realizarse entre nosotros y para nosotros. La comunión, la vivencia de una unidad superior a través de nuestras diferencias, es la condición necesaria para anunciar y poner en práctica la solidaridad.
Solidaridad no significa un sentimiento superficial de compasión delante del dolor de mi prójimo. Solidaridad es la determinación firme y perseverante de construir el bien común desde la concreta y real responsabilidad por el otro, en especial, por el más débil, marginado y pobre. Toda la política social de los Estados se torna meramente asistencial y compensatoria cuando la solidaridad no se activa, cuando la solidaridad no se construye de acuerdo a su lógica propia, la lógica del don y de la gratuidad desde la base.

3. Una civilización nueva en la que el amor opere como parámetro de juicio

El proyecto socio-histórico que surge de la DSI no es la construcción de un Estado católico. La Constitución Gaudium et Spes del concilio Vaticano II prohibió que un proyecto sociopolítico concreto pueda arrostrarse para sí el nombre de la Iglesia. Sin embargo, Juan Pablo II no ha renunciado a pensar cómo denominar a una sociedad vivificada por los valores cristianos que permita la construcción de un Estado de «laicidad abierta», es decir, de respeto y promoción efectiva de la libertad religiosa. El Papa denomina a este proyecto «Civilización del amor». Las palabras utilizadas son muy afortunadas: en primer lugar el esfuerzo debe ser civilizatorio, cultural, axiológico. Si el trabajo educativo y cultural no se atiende vanos son los esfuerzos de transformación estructural. En segundo término, el adjetivo «amor» no es una referencia cursi o meramente piadosa. El amor es la dimensión superabundante y difusiva del bien objetivo. El amor supone siempre la justicia. Por ello, trabajar por una «Civilización del amor» significa luchar incansablemente por reconstruir estilos de vida comunionales que permitan animar las estructuras en base a los mínimos de justicia y al impulso que brinda el horizonte de la caridad. La justicia que no se mueve en lo profundo por algo más que ella misma deviene en intolerancia. Por eso, una sociedad auténticamente humana no puede sólo basarse en el derecho sino que para que éste se torne viable se requieren de elementos propiamente metajurídicos que permitan mirar horizontes mayores.
Juan Pablo II al introducir estos tres elementos en la DSI nos lega una sabiduría práctica que no está llamada a agotarse en la reflexión académica sino que debe de concretarse en un estilo nuevo al momento de actuar en la vida social. Las grandes transformaciones históricas de las que el Papa fue partícipe en buena medida tuvieron éxito precisamente gracias a estos ingredientes esenciales que animan y ofrecen caminos por los que podemos avanzar en el presente y en el futuro con confianza.

EL OBSERVADOR 509-7

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Del universo al verso de Juan Pablo II
Por Víctor Corcoba Herrero

Siempre ha sido del verso y la palabra, porque los poetas nacen y brotan como la primavera. Juan Pablo II cultivó los jardines del verbo desde el perfume de la belleza e hizo con ellos un mar de autenticidad al que se llega con el corazón muerto y se sale con el corazón vivo. Su lenguaje es claro y hondo, de verso en pecho. Pienso que todas sus obras han sido injertadas por la poesía. Nos elevan como si fuera un cantautor de la vida, parece que un poeta en guardia es quien nos habla, con las pausas del silencio y los tonos del abecedario. Alaba el amor del Creador recreado en pura mística y sus irrepetibles loas nos invitan a crecer en las ideas del ser y de la existencia:

¿Quién es Él?/ Es como un espacio inexpresable que abarca todo/ Él es el Creador: / Abarca todo llamando a la existencia a partir de la nada, / no sólo en el principio sino para siempre…».

Hay conmoción en su decir, propio de un poeta cristiano que reflexiona en voz alta, sin estridencias, sobre los temas de nuestro tiempo que tanto nos conmueven, siempre cruzando el umbral de la esperanza, evocando vivencias vividas, en continua meditación versátil, sin perder la memoria, ni la identidad.

Se ha dicho que el Papa falleció tras participar en misa de la fiesta de la Divina Misericordia, proclamada por él mismo hace cinco años. Y una vez más, nos trae a la mente, en cierta forma, soplos de versos que nos avivan: el anuncio de la piedad, compasión, clemencia, indulgencia, bondad, gracia, perdón, ternura…de Dios con cada ser humano. Una atmósfera tan espiritual como piadosa, tan poética como clarividente. Todo se funde y se infunde como si de su propio verso manara:

«El final es igual de invisible como el principio. / El Universo fue creado por el Verbo y al Verbo regresa».

El camino de la Divina Misericordia acompaña a Juan Pablo II en estos momentos en los que su poesía es una estela de esperanza que nos renueva y renace, una extraordinaria donación por la que todo el mundo, sin diferencias de credo, siente admiración. Se ha hecho valer y ha sido la persona mejor valorada en el mundo. Ha venido a vernos y nos ha dejado cautivos por la palabra, por ese verso salido del alma y por esa voz en favor de los sin voz.

Ya se sabe, la poesía es eterna, es del tiempo, para el tiempo y para todas las edades. El libro del universo, al que tanto amó Juan Pablo II y que tanto le gustaba respirar desde la soledad de la montaña, donde se confunde el horizonte con el cielo, no tiene fecha de caducidad. Como tampoco la tienen poemas escritos hace miles de años y que todavía hoy nos siguen conmoviendo, llevándonos a reflexionar sobre nuestra ingenuidad y nuestro misterio. Por este motivo, considero que ha sido de suma importancia esa apertura del Santo Padre en relación con el mundo de las letras y de los artistas, pues como él mismo dijo: «la belleza salvará al mundo».

Ahí queda para toda la eternidad su libro de poemas Tríptico romano, en el que el Pontífice medita sobre la vida y la muerte, recuerda cuando fue elegido Papa en la Capilla Sixtina y habla del día en que los cardenales se reunirán para nombrar a su sucesor.

«¡Se permitió al hombre morir una sola vez y, luego, el Juicio! / La transparencia final y la luz. / La transparencia de los hechos / La transparencia de las conciencias / Es preciso que, durante el cónclave, Miguel Ángel / concientice a los hombres / No olvidéis: Omnia nuda et aperta sunt ante oculos Eius. / Tú que penetras todo, ¡indica! Él indicará...».

Desde luego, Juan Pablo II ha sido un verdadero poeta, que nos abrió la ventana del verso, como una invitación a gustar la vida y a degustar del amor, a vivir en paz con todas las culturas y a soñar un futuro en poesía. Ese ha sido su poder, el de saber podar para que la rosa acreciente los pétalos y perfume a toda la humanidad de ese halito creador que el Papa tuvo por bandera, la alborada del verso estrechamente vinculado a su vivencia de fe.

EL OBSERVADOR 509-8

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«El amor me lo explicó todo»
Por el Pbro. Prisciliano Hernández Chávez, CORC

El redoblar de las campanas aunado al dolor acompasado de las lágrimas, anunciaron el último viaje y el gran paso del amadísimo Juan Pablo II, el Magno entre Magnos, hacia la eternidad, ante el postrer llamado del 2 de abril a la 1.37 p.m., hora de México: «Ven, bendito de mi Padre, a tomar posesión del Reino».

Nuestro corazón sintió el desgarrón: algo muy nuestro se fue con él, algo suyo se ha quedado para siempre con nosotros. La crónica de la partida fue escrita en el fondo del alma con lágrimas, con gozo, con nostalgia, con rezos y un concilio de cirios encendidos; la propia de seres entrañables, la del amor sincero y transparente, la del fino amor y del amor recíproco. ¿Cómo no expresar nuestro pesar ante nuestro padre y pastor, tan nuestro y tan de todos, el Papa que vino de Polonia y que inició su itinerario, ex laboris solis, desde México, desde el regazo maternal de Santa María de Guadalupe, su Virgen y nuestra Madre Morenita, hacia la aldea global?

También los papas mueren, y los Magnos también, a pesar de su proclama al amor por la vida, a la persona humana en todos sus estadios en virtud de su absoluta dignidad, desde la concepción hasta la muerte natural.

Quien amó la vida con la pasión de quien tiene corazón de joven, el timonel intrépido de la Iglesia hacia el tercer milenio, ha muerto, aunque vive para siempre en la plena comunión con el Señor de la vida, de la historia y de la eternidad.

Ahora más que nunca, cuando se entrecruzan los límites de nuestra pequeñez y su grandeza, nos preguntamos:¿Cuál sería la clave de su pasión huracanada y a la vez serena y atrayente por la persona humana, por el mundo, por la Iglesia, por la Virgen, por Jesús, por la Eucaristía, por el sacerdocio... en una palabra, por la salvación y la santidad? ¿Cuál sería la clave de su vocación y misión? ¿Cuál sería la clave del núcleo de su identidad personal? Ciertamente fue un buscador incansable de la verdad en todos sus ámbitos: ¿El «Teatro Rapsódico» de la clandestinidad? ¿El nacionalismo polaco pisoteado por los nazis o los soviets? ¿La catedral del pensamiento de Tomás de Aquino? ¿San Juan de la Cruz por aquello de «Oh noche que me has guiado;/ oh noche más amable que la aurora;/ oh noche que has unido al Amado con la amada»? ¿El personalismo de Max Scheler para fundamentar una ética católica? ¿El ideal de Luis María Griñón de Montfort, que le abrió las puertas del amor filial y pleno a la Santísima Virgen María expresado en su consagración-lema totus tuus (soy todo tuyo), dirigido y vivido en su plena comunión con Ella? ¿El rosario? ¿El Angelus? ¿El Via crucis? ¿La santa Misa? ¿La devoción a la Divina Misericordia revelada a la ahora santa Faustina Kowalska?

Cierto que todo esto fue amado, valorado y profundizado; todo influyó para que Dios nos regalara a la Iglesia y a la humanidad este hombre que habría de ser faro en la noche oscura de la historia del tercer tercio del siglo XX de tránsito al nuevo milenio, en los momentos más pavorosos del eclipse de Dios y del eclipse del valor trascendente de toda persona humana.

Este corazón que dejó de latir para el mundo, entrañable e inolvidable, escribió una frase juvenil de los años de la ocupación nazi: el amor me lo explicó todo. Ése fue su secreto. De ahí se deriva su ingente trabajo intelectual, poético y pastoral, en las diversas etapas como obrero, seminarista, sacerdote, obispo y papa. El amor fue el sentido último de su vida. A él consagro toda su vida. Un amor no en abstracto sino un amor en recepción, al experimentar el amor de la Indivisa Trinidad por Jesucristo, de María, de los santos, de sus amigos y fieles; pero también en su vertiente de donación, y de donación total que tuvimos el privilegio de conocer a lo largo de su pontificado de más de 26 años.

Muere, pero no muere del todo —finis, sed non finis—. Para los cristianos, su fe es Cristo Resucitado, tercia san Agustín. Él es nuestra esperanza y Él hizo efectiva la dimensión trascendente del amor del papa Juan Pablo, a tal grado que continuará siendo guía, faro e intercesor.

La Iglesia, en su momento, nos dará la seguridad de tener audiencia con él por su pronta canonización. ¡Dialogar con Juan Pablo II desde la posibilidad de la comunión de los Santos! Dialogar su poesía, su pensamiento; pero, sobre todo, sentir su cercanía y su aliento: no tengan miedo, abran las puertas al Redentor… duc in altum… rema mar adentro… Porque el amor se lo explicó todo; así descubrimos el secreto de su pensamiento y de su labor pastoral, el secreto de su cercanía y de su voluntad indomable.

Gracias, Padre, por el papa Juan Pablo. Gracias, Juan Pablo, por tu entrega. Gracias por tu clave, llave de la proexistencia feliz y el granito de arena de la civilización del amor: el amor me lo explicó todo.

EL OBSERVADOR 509-9

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Juan Pablo II y la familia
Yusi Cervantes

Sucedía a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí en cierto modo el primer seminario, una especie de seminario doméstico.
(Juan Pablo II, Don y misterio, autobiografía)

«Nuestro Dios, en su misterio más intimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo. EI tema de la familia no es pues ajeno al tema del Espíritu Santo». Así habló el Papa Juan Pablo II durante su homilía en Puebla el 28 de enero de 1979, en vísperas de la III Conferencia Episcopal de los obispos latinoamericanos. El tema de la familia fue una preocupación constante en su pontificado. El cardenal Alfonso López Trujillo, en su conferencia La familia en el pontificado de Juan Pablo II, habla de este asunto:

«La proclamación entusiasta del evangelio de la familia y de la vida, como «estupenda noticia» y la profundización en la identidad y misión de la Iglesia doméstica, santuario de la vida, como verdad que humaniza plenamente a los esposos, a los hijos y a la humanidad, ocupan sin duda un puesto privilegiado en el corazón del Pastor universal.
«Como Maestro de la fe, su magisterio ha asegurado y garantizado la identidad y la dinámica evangelizadora de la familia, única institución en el designio creador de Dios, capaz de formar integralmente al hombre. Ha consagrado sus energías no sólo para anunciar, sino también para liberar la verdad, rescatándola de la tormenta de una crisis en una sociedad enferma, que deshumaniza…

«Un avanzado proceso de secularismo, que ha pretendido desterrar a Dios de la sociedad, vacía al hombre y lo precipita a su degradación, arrancando los valores centrales de la familia y de la vida».

Los documentos más importantes de Juan Pablo II sobre la familia, mencionadas por el cardenal, son la exhortación apostólica Familiaris consortio, fruto del Sínodo sobre la familia de 1980, el primero de su pontificado; la Carta a las familias, Gratissimam sane, con ocasión del Año internacional de la familia, en que retoma, profundizándolos, temas centrales para la identidad de la familia y su misión; y la encíclica Evangelium vitae, el más vigoroso anuncio y defensa del evangelio de la vida. Hay que mencionar también escritos como la Mulieris dignitatem -en que subraya la misión irreemplazable de la mujer como esposa, madre, hermana, y el beneficio que aporta a la sociedad en su progresiva inserción, sin discriminación-; la Carta a los niños -en que aboga por un diálogo lleno de ternura por la dignidad del niño, tantas veces conculcada-; y las «Catequesis del amor humano», recogidas con el título de «Varón y Mujer los creó».

Familia, sé lo que eres

En la exhortación apostólica Familiaris consortio sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual, escrita en 1981, el Papa utiliza una frase que resume en buena medida su mensaje en torno a este tema: «Familia, sé lo que eres». El Papa, a lo largo de su pontificado, enseñó acerca de lo que la familia es en la sociedad a la luz de la fe. Exhortó a los pastores a «prestar particular solicitud a este sector, sin duda prioritario, de la pastoral». Exhortó a los gobiernos y a la sociedad en general a respetar los derechos de la familia, entre otras cosas, presentando la Carta de los Derechos de la Familia elaborada por la Santa Sede a los organismos y autoridades interesadas. Finalmente, exhorto insistentemente a las familias de todo el mundo a ser lo que son y a cumplir su misión. En la Familiares consortio, el papa Juan Pablo II menciona cuatro cometidos generales para la familia: la formación de una comunidad de personas, el servicio a la vida, la participación en el desarrollo de la sociedad y la participación en la vida y misión de la Iglesia.

Pero todo parte del amor, que es «la vocación fundamental e innata de todo ser humano». Los esposos hacen un pacto de amor conyugal, que es una elección libre y consciente en la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor querida por Dios mismo y que es fecunda, puesto que el amor conyugal está ordenado a la procreación y educación de los hijos, dones preciosísimos del matrimonio.

Karol Wojtyla perdió a su madre a los 9 años, a su hermano a los 12 y a su padre a los 22. Tal vez estas pérdidas tempranas lo hicieron más sensible acerca del valor de la familia. También era un observador profundo y agudo de las realidades sociales, y tuvo muy claro siempre el papel fundamental de la familia en la formación de sociedades verdaderamente humanas. Su herencia es grande y su palabra nos seguirá iluminando por mucho tiempo más. Desde la casa del Padre nos seguirá acompañando en el camino que señaló, es decir, el de Cristo mismo, que es verdad y vida.

EL OBSERVADOR 509-10

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Ven, siervo bueno y fiel
Por Antonio Maza Pereda

Nuestro querido Juan Pablo II, nuestro Papa amigo, el primero que ha visitado México, ha muerto. Desde que murió, no he podido dejar de pensar en aquella hermosa oración que antes se rezaba en todas las iglesias de México y aún escuchamos de vez en cuando: «Oh Jesús, pastor eterno de las almas, dígnate mirar con ojos misericordia a esta porción de tu grey amada. Señor, gemimos en la orfandad…».

Hoy, en cierta manera, hemos quedado huérfanos. Y, como huérfanos, nos sentimos solos, nos sentimos tristes, nos sentimos abandonados y no tenemos otra opción que voltear los ojos al cielo y pedir: «Danos un Papa santo». Sí, Padre del Cielo, nos regalaste un Papa santo y ahora que pedimos que su sucesor sea, por tu misericordia, tan santo como nuestro Juan Pablo II. Y no porque nos lo merezcamos, sino porque lo necesitamos. Porque somos un pueblo duro, un pueblo difícil, porque necesitamos un pastor santo y fuerte, que nos guíe, que nos acompañe, que nos dé consuelo y que nos exija amar.
Hoy, Señor, te queremos pedir, no sólo por él sino, sobre todo, por nosotros. Él, estamos seguros, ya goza de tu gloria; somos nosotros los que nos quedamos débiles y huérfanos. Ten piedad de nosotros, recuerda tu cariño por los huérfanos y las viudas y no nos dejes en el desamparo. Dale al nuevo sucesor de Pedro, que tu Espíritu Santo nombrará en estos días próximos, todas las gracias necesarias para que guíe a este tu pueblo, tan débil, tan difícil, tan complicado, tan pecador, pero que tanto te ama.

Estoy seguro de que haz recibido a nuestro Juan Pablo en el Cielo; seguramente estás diciendo: «Ven, siervo bueno y fiel, a la morada que te he preparado….». Y él, con esa sonrisa de niño que cautivó nuestros corazones, lo verá todo, se maravillará de todo, te agradecerá tantas bondades, tantas atenciones y delicadezas que tuviste con él, y se asombrará, en su humildad, de que Tú puedas estarlo premiando. Seguramente estará pensando: «Sólo soy un siervo inútil, sólo hice lo que tenía que hacer…».

San Pedro saldrá a su encuentro y lo llevará a conocer a san Gregorio Magno, a san Pío quinto y a san Pío décimo y a otros santos.

Y verá a sus compañeros de escuela y le dirán «Lolek», como cuando era joven. Y su felicidad no tendrá fin, porque verá a Dios cara a cara, porque ya está para siempre en el hogar para el que Dios nos creó.

EL OBSERVADOR 509-11

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FIN

 
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