El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
17 de abril de 2005 No.510

SUMARIO

bulletENTREVISTA - El impacto de Juan Pablo II, según George Weigel
bulletCOLUMNA HUÉSPED - Que Juan Pablo II busque a mi hijo
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - «Quédate con nosotros»
bulletSEXUALIDAD Y FAMILIA - Intimidad emocional en la pareja
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Palabra y sentido
bulletCOLUMNA ABIERTA - Hablan los «especialistas»
bulletTEMAS DE HOY - El nuevo Papa
bulletAdiós y bienvenida
bulletMEMORIA - Homilía del cardenal Ratzinger en la misa de exequias de Juan Pablo II

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ENTREVISTA
El impacto de Juan Pablo II, según George Weigel
Zenit.org- El Observador
El mundo ha podido apreciar que Juan Pablo II ha sido el «mayor testigo cristiano» del siglo XX, dice George Weigel, autor de Testigo de Esperanza: Biografía del papa Juan Pablo II». Hace una panorámica de la vida del pontífice.

¿Qué ha hecho Juan Pablo II por la Iglesia en el panorama internacional?
El papado ha defendido siempre su dimensión universal. Juan Pablo II ha dado a esta propuesta un significado real, convirtiéndose en una referencia moral unipersonal para el mundo entero. Y haciendo esto, ha recordado al mundo que «los asuntos mundiales» no pueden eximirse de un atento examen desde el punto de vista del juicio moral.

¿Cuál ha sido su mayor logro en geopolítica, doctrina social, teología, y eclesiología? El papel crucial de Juan Pablo II en el colapso del comunismo europeo —con la chispa que encendió una revolución de conciencia que provocó la revolución política no violenta de 1989— fue un logro impresionante.
Pero no deberíamos olvidar el papel del Papa en la resolución de la disputa entre Argentina y Chile, ni en la preparación del camino a la democracia en Iberoamérica, ni su apoyo a las transiciones democráticas en Filipinas y Corea del Sur. Tampoco la defensa de la universalidad de los derechos humanos, en su discurso de 1995 a las Naciones Unidas.
La «teología del cuerpo» me parece en cambio que ha sido el mayor logro creativo, teológicamente hablando, de Juan Pablo II.
Su teología de la divina misericordia debe ser todavía explorada, así como su mariología. En cuanto a la eclesiología, pienso que es importante que Juan Pablo II haya «reequilibrado» a la Iglesia, en un momento en el que las conferencias nacionales de obispos podían haber desembocado en sínodos virtualmente autónomos, según el modelo ortodoxo.

¿Cuál piensa que haya sido la mayor «tarea inconclusa» de este pontificado? Las iniciativas ecuménicas de Juan Pablo II, especialmente con la Ortodoxia. Realmente parecía que él creía, en 1978, que la brecha del segundo milenio entre Roma y el Oriente cristiano podía cerrarse al alba del tercer milenio. Obviamente esto no ha sucedido.

¿El mundo ha sido capaz de apreciar este extraordinario pontificado? Ha sido apreciado como un hombre de cultura, de grandes simpatías humanas, de gran coraje, integridad y compasión. Me pregunto, sin embargo: ¿Ha sido apreciado por lo que en realidad era, el mayor testigo cristiano del siglo pasado? Todo lo que el Papa ha realizado brotaba de un hecho fundamental: era un hombre que creía con cada una de las fibras de su ser en que Jesucristo es la respuesta a la pregunta que es en sí cada vida humana.

La cultura de la muerte ha avanzado. ¿Es demasiado esperar que un Papa pueda cambiar todo esto, al menos en el curso de su vida? Sí. Y deberíamos recordar siempre, como lo hizo Juan Pablo II, que la Iglesia no es solamente el Papa.
Los fracasos a la hora de superar la cultura de la muerte son los fracasos de todo el pueblo eclesial que tiene en su mano la posibilidad de construir o no una cultura de vida.

EL OBSERVADOR 510-1

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COLUMNA HUÉSPED
Que Juan Pablo II busque a mi hijo
Por Benjamín Clariond / Buenas Noticias

Se llama Francesca. A juzgar por su voz se trata de una mujer joven, del norte de Italia. En medio del tráfico de una ciudad enloquecida por los millones de peregrinos, ella empieza a contarnos su historia.

Tiene pocos segundos, pues Radio Radicalestá recibiendo un sinnúmero de llamadas... Todos quieren contar su experiencia del Papa, todos desean compartir lo que este gigante de la fe representó para sus vidas. ¡A ver qué nos dice esta chica!

De pronto, cesan las preocupaciones viales, y parece como si todos los que esperábamos en el semáforo de la calle Gregorio VII nos quedáramos prendados de lo que va relatando Francesca, con voz entrecortada.

«Ahora el Papa se ha ido al Cielo. Yo, sinceramente, no he sido la mejor de sus hijas..., de hecho, hace tiempo que dejé de ir a la iglesia. Aunque he vuelto a rezar en las últimas semanas, porque Juan Pablo II contaba con mis oraciones».

Y continúa: «Yo sólo deseo decirle al Papa que lo quiero, y pedirle un favor... que ahora que entre en el Paraíso, busque a mi hijo. Que busque y encuentre a ese bebé que yo no tuve la valentía de traer al mundo, y que con toda su bondad —que yo he sentido siempre— le suplique que me perdone. Que le diga a mi hijo que pida por mí, para poder abrazarlo un día en el Cielo, pues cometí la barbaridad de no querer tenerlo aquí en la Tierra... Hoy, después de tantos años, me he acercado a pedirle perdón a Dios».

La Iglesia ha sepultado al Papa. Pero con su historia, Francesca nos confirma que, si bien una lápida cubre hoy el cuerpo de Juan Pablo II, su espíritu, su ejemplo evangélico y su mensaje de misericordia están más libres que nunca.

A la luz de estos ejemplos podremos darnos cuenta de cómo este hombre ha transformado el mundo. No sólo en el aspecto cultural, social o político, sino también, y sobre todo, cómo ha llegado a nuestro mundo interior para curar nuestras heridas.

¡Cuántas Francescas han sido cambiadas por la palabra valiente de este hombre! ¡Cuántas vidas se han salvado gracias a la promoción audaz de la cultura de la vida!

Hoy también, el Papa, desde la ventana de la casa del Padre, nos bendice. Y si estamos atentos, quizás podamos ver que ahí está con él, el hijito de Francesca. Ya ha perdonado a su madre. Ahora pide para que también ella llegue al Cielo, y desde este momento defienda y celebre la vida, tomando la estafeta de Juan Pablo II.

EL OBSERVADOR 510-2

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EL RINCÓN DEL PAPA
«Quédate con nosotros»
A propósito de la Pascua 2005 el papa Juan Pablo II escribió estas palabras, que fueron leídas en su representación ante la comunidad cristiana reunida en la plaza de San Pedro el pasado Domingo de Resurrección:

«Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor! (cfr. Lc 24,29). Con estas palabras, los discípulos de Emaús invitaron al misterioso Viandante a quedarse con ellos al caer de la tarde aquel primer día después del sábado en el que había ocurrido lo increíble. Según la promesa, Cristo había resucitado; pero ellos aún no lo sabían. Sin embargo, las palabras del Viandante durante el camino habían hecho poco a poco enardecer su corazón. Por eso lo invitaron: 'Quédate con nosotros'. Después, sentados en torno a la mesa para la cena, lo reconocieron 'al partir el pan'. Y, de repente, Él desapareció. Ante ellos quedó el pan partido, y en su corazón la dulzura de sus palabras.

«Queridos hermanos y hermanas: la Palabra y el Pan de la Eucaristía, misterio y don de la Pascua, permanecen en los siglos como memoria perenne de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. También nosotros hoy, Pascua de Resurrección, con todos los cristianos del mundo repetimos: Jesús, crucificado y resucitado, ¡quédate con nosotros! Quédate con nosotros, amigo fiel y apoyo seguro de la humanidad en camino por las sendas del tiempo. Tú, Palabra viviente del Padre, infundes confianza y esperanza a cuantos buscan el sentido verdadero de su existencia. Tú, Pan de vida eterna, alimentas al hombre hambriento de verdad, de libertad, de justicia y de paz.

«Quédate con nosotros, Palabra viviente del Padre, y enséñanos palabras y gestos de paz: paz para la tierra consagrada por tu sangre y empapada con la sangre de tantas víctimas inocentes».

EL OBSERVADOR 510-3

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SEXUALIDAD Y FAMILIA
Intimidad emocional en la pareja
Por Nancy Escalante / Almas, A. C. / Especial para El Observador

El ser humano ha nacido para amar y ser amado. El amor en el matrimonio, en la unión conyugal, se manifiesta tanto en la intimidad emocional como en la intimidad matrimonial, que es la relación sexual entre los esposos.

A través de la intimidad emocional y de su máxima expresión de entrega mutua que es la relación sexual es como el matrimonio subsiste y se alimenta, ya que ambos aspectos nutren el matrimonio y unen a los cónyuges.

Después de la boda nace el matrimonio, el cual va creciendo y hay que cuidar que no «enferme» (por así decirlo) cuidando la intimidad emocional y matrimonial en la pareja ya que son aspectos imprescindibles en la relación, debido a que son considerados como componentes del amor total.

Hablando de intimidad emocional, el amor y conocimiento son dos formas de trascendencia que van interrelacionados entre si. Sólo conociendo al otro verdaderamente es como logramos amarlo, y para esto es necesario superar nuestras propias barreras para de esta manera auto revelarnos y darnos a conocer al otro y así lograr la unión más fuerte. «No se puede amar lo que no se conoce». A medida que uno se adentra en el interior de la otra persona y lo vamos descubriendo es como se produce una mayor atracción y el amor crece y se torna más real.

El amor entre dos personas por lo regular surge de la atracción física y es así como del plano físico vamos transitando al psicológico y de este al espiritual. Y en esta travesía es como vamos descubriendo un poco más la espiritualidad del otro.

La intimidad matrimonial es el escenario de la máxima demostración de amor y entrega entre los esposos y de ejercicio de la intimidad emocional. Es por está razón que es un aspecto sumamente importante para la estabilidad matrimonial y un alimento que nutre y dinamiza al matrimonio.

Alcanzar la intimidad emocional es una tarea, un reto de la vida de una persona en pareja; es un proceso de tiempo que se logra por medio de la auto revelación, la entrega, la confianza, y que los miembros de la pareja luchen juntos para lograrlo. En este proceso de la pareja es común e incluso necesario que se den ciertos ajustes, los cuales algunas veces se manifiestan como crisis, para después lograr la estabilidad e ir alcanzando el amor maduro, el cual esta asociado con el logro de la intimidad emocional.

EL OBSERVADOR 510-4

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CARTAS DEL DIRECTOR
Palabra y sentido
Por Jaime Septién

La Misa funeral del papa Juan Pablo II ha sido un triunfo de la Iglesia. La unión de todos los credos, de todas las razas y de todas las ideologías en San Pedro, mostró la capacidad de convocatoria que —aún—tiene la pureza. Sin embargo, la transmisión televisiva, que fue la vía por la que millones de seres humanos participamos en la solemnísima ceremonia, dejó en evidencia tres deficiencias (a quienes la vimos en México): en el uso del español; en el conocimiento de la liturgia y en la cultura católica.

1. El español usado por los y las comentaristas de las cadenas mexicanas o hispanoamericanas fue un muestrario de horrores. A una le oí decir, con el mayor desparpajo, que «estábamos disfrutando del cadáver del Papa». A otro lo escuché afirmar que teníamos «la fortuna de participar en directo del espectáculo organizado por el Vaticano». Me refiero, nada más, a los errores de presentación, porque si voy a los errores sintácticos...

2. Las televisoras están acostumbradas a transmitir un espectáculo: el futbol, las carreras, un bombardeo, el fuego de los cañones... Pero no tienen idea de lo que es la Santa Misa. Vimos una transmisión acelerada, llena de cortes y de movimientos de cámara. El altar, el celebrante, las lecturas, la espléndida profundidad de la liturgia católica, les pasó a kilómetros de distancia.

3. Kierkegaard decía que era más fácil encontrar un genio que un cristiano; ahora es más fácil encontrar un despliegue monumental de tecnología que una lectura católica de la muerte y el legado de Juan Pablo II. Durante las exequias, nadie —en la tele—parecía comprender el hondo sentido ecuménico, el fervor eucarístico, la exigencia moral y el martirio en el dolor asumido del Papa, a la vez un genio y un cristiano cabal. Como siempre, se nos fue la ocasión en lágrimas, lamentos y frases simplonas que Karol Wojtyla tanto aborrecía.

Si el catolicismo no se hace lenguaje, enfrenta un enorme riesgo de ruptura, de desvanecimiento en el Polo Norte del olvido. Cada palabra de la liturgia, cada palabra del Credo, del Padre Nuestro o del Catecismo, tiene una larga historia de reflexión y de Revelación. Es decir, usar bien el lenguaje y conocer a fondo qué se celebra ante el altar, nada menos que la memoria de Cristo, su Presencia entre nosotros, es adentrarnos en el misterio de la fe.

Lo contrario, usar el lenguaje para «entretener» al televidente, para «divertirlo», para hacerlo sentir «parte de la historia», me parece un flaco favor al televidente, a la historia y, en este caso, al Papa Juan Pablo II. Hay que recordar que éste, antes de ser sacerdote, fue actor y quiso estudiar filología (la ciencia de las palabras). Durante toda su vida fue dramaturgo y poeta. Sabía que las palabras, cuando pierden su sentido, son palabrería, ruido, incapacidad de comunicación y, por tanto, de comunión. Y lo que más le importaba al Papa era eso: comunicar bien el Evangelio para lograr que todos seamos uno.

EL OBSERVADOR 510-5

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COLUMNA ABIERTA
Hablan los «especialistas»
Por Walter Turnbull

La Iglesia —dice un «especialista»— sigue una estrategia pendular en la elección de los papas.

Si organizáramos un campeonato, sería difícil decidir cuál de las barbaridades que han dicho los «expertos en religión» a propósito de la muerte de Juan Pablo II es la mejor; pero una definitivamente buena es la del señor Juan Luis Hernández, «especialista» en Iglesia y política, que ha aparecido repetidas veces en la televisión desde la hospitalización del Papa hace un par de meses.

Según este «conocedor», la Iglesia sigue una estrategia pendular en la elección de los papas, eligiendo alternativamente a un conservador y a un liberal, a modo de equilibrar fuerzas y mantener contenta a la mayoría, o lo eligen según las necesidades del mercado, según lo que exija en ese momento la moda o la política.

Se imagina este señor a un peculiar grupo de oscuros (qué útil es esa palabra cuando se habla de la Iglesia) frailes encapuchados, de manos huesudas y malignas expresiones maquiavélicas, reuniéndose en lo oscurito para disertar sobre los posibles candidatos y, llegado el momento, manipular las elecciones para entronizar a su campeón, como si fueran políticos mexicanos en tiempos de la dictadura hereditaria o directivos de una transnacional. Bien se aplica aquí ese dicho que dice que «cree el león que todos son de su condición».

Cualquiera que se informe someramente —ya no digamos un experto— del procedimiento para la elección de un papa, podrá darse cuenta de una cosa: es la elección más transparente que existe. No hay partidos, no hay campañas, no hay debates, no hay propaganda, no hay sistemas que se puedan caer, no hay tortibonos a cambio de votos, no hay cabildeo, no hay casillas de votación en pueblos fantasmas, no hay boletas falsificables... Son ciento y tantos cardenales que se reúnen, votan y cuentan. ¿En qué momento supondrá este señor que se realiza esa deliberación y cómo supondrá que le hacen esos estrategas para imponer a su elegido? ¿Estarán todos los cardenales de acuerdo en esa farsa? Porque yo jamás he oído de un cardenal que se queje por un fraude electoral. ¿Habrá en el proceso una caja negra que nadie ha notado, salvo nuestro «experto»?

El papa, ciertamente, es elegido de acuerdo con un plan brillantemente trazado y según las necesidades del momento. No hablamos de un proyecto de conservación del poder o de necesidades definidas por la mercadotecnia. Hablamos del plan de salvación y las necesidades de la humanidad. Hablamos de una elección llevada a cabo por el Espíritu Santo por medio de los cardenales. Jesús, para designar a su sucesor, no eligió al que le caía bien: eligió al que le indicó el Espíritu Santo. Yo quiero creer que, en todos los casos, desde que la Iglesia existe, el Espíritu Santo ha elegido al vicario de Cristo que hacía falta en ese momento, no para manipular a las masas, sino para el servicio de la humanidad entera. Papas santos y perversos, inteligentes y tontos, carismáticos y odiosos, elocuentes y tímidos, dinámicos y apáticos, todos han sido la persona oportuna en el momento necesario para conservar intacto y comunicar al mundo el tesoro de la verdad. Claro que es muy difícil de comprender y de creer para el que no conoce a Dios, no cree en la acción del Espíritu Santo y, sobre todo, no conoce a la Iglesia.

EL OBSERVADOR 510-6

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TEMAS DE HOY
El nuevo Papa
Por el Dr. Joaquín Antonio Peñalosa
Se publicó en Señal 1222, 14 octubre 1978


El nuevo papa sabe que es un hombre. El nuevo papa sabe que le espera una tarea casi sobrehumana. El nuevo papa sabe que desplegará su trabajo dentro de una Iglesia y un mundo que viven en tensión. Esta vez la barca de Pedro tampoco bregará por un lago serenamente azul.

Y sin embargo, el papa se presenta como una gran esperanza. No confundamos la esperanza con una ilusión sentimental y romántica, apta para débiles. La esperanza es la virtud que empuja al hombre a luchar a pesar de la tragedia, es la obstinación de quienes se atreven a pensar que el mundo será mejor mañana, es el generoso coraje de quienes se deciden a poner la mano en el arado sabiendo que sus hijos recogerán la cosecha.

1. La primera tarea del papa es la Iglesia, de la que queda constituído supremo maestro, pontífice y pastor.
Maestro, será guardián y difusor de la verdad revelada, el que confirme en la fe a sus hermanos, ponga luz donde exista oscuridad y seguridad donde haya duda. A él y no a los teólogos se le ha confiado la misión de ser el centro de la unidad doctrinal, el que garantice la autenticidad y fidelidad a la enseñanza de Cristo.
Será el centro de la unidad disciplinar para que la Iglesia no se atomice en sectas más o menos larvadas, el pastor de 700 millones de hombres de toda lengua, raza y nación, cuyo progreso espiritual debe promover y acrecentar. No es la Iglesia un club de justos, pero sí un hospital de pecadores que busca la recuperación y la victoria de los valores del espíritu. Tarea nunca como hoy tan difícil, ésta de hacer a la Iglesia más una y más santa.

2. El segundo quehacer del papa será poner todo su empeño en la unidad de los cristianos -evangélicos ortodoxos, católicos- desde el momento en que un cristianismo dividido, enfrentado en no pocas ocasiones, se resuelve en escándalo y antitestimonio de su propia doctrina. No se puede predicar el amor fuera de casa, si dentro de casa no se practica.

3. La tercera tarea del papa mira al mundo, a sus problemas y necesidades, a sus grandes anhelos y expectativas. Su función no será la del político ni la del diplomático, sino la del animador del bien común, la del servidor que pone su fuerza moral, que es la única que tiene; de parte de la paz, la libertad y la justicia.
Defenderá la vida, los derechos del hombre, la armonía de los pueblos conforme atacará la violencia, el racismo, la discriminación, la injusta distribución de los bienes económicos y culturales. Lo que tratará de salvar es al hombre, al hombre total sin dicotomías bobas de cuerpo y alma. La tierra nunca será un paraíso, pero tampoco tiene por qué ser un infierno.

Nada nuevo hará el nuevo papa. Lo mismo que hicieron Juan XXIII y Paulo VI, pero con la novedad de su estilo y la diversidad de circunstancias en que vive este siglo que corre a su término.

Si preguntáramos al hombre de la calle —este ser que no existe y en todas partes está—, cómo quisiera al nuevo papa, diríamos seguramente que lo quiere un hombre actual, a la medida del momento, abierto a toda la problemática del día, audaz y prudente, piedra firme y nave caminante, tan comprensivo que nada de la humanidad le sea extraño, tan dialogante que sepa escuchar las voces aun de los que disienten, experto en poner puentes donde haya abismos y que si su sede es el Vaticano, reemprenda la peregrinación por la tierra que inició Paulo VI. El hombre de la calle quisiera un papa muy peregrino, físicamente presente en los diversos sitios donde su persona sea necesaria, como un buen cura que visita su gran parroquia, cerca de los pobres y necesitados.

A pocos hombres se les pide tanto. Porque ser papa dejó hace tiempo de considerarse un honor para convertirse en un servicio.

EL OBSERVADOR 510-7

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Adiós y bienvenida
Por Yusi Cervantes Leyzaola

No somos capaces de comprender la dimensión de la figura de Juan Pablo II en la historia, aunque desde ahora nos damos cuenta de lo enorme que es. Será dentro de varias décadas, y en los próximos siglos, cuando se verá con mayor claridad la trascendencia y el peso de este pontificado. Seguramente la historia lo ligará con las figuras de Juan XXIII y de Pablo VI, y, por supuesto, con el concilio Vaticano II. Hablaremos de él durante mucho, mucho tiempo.

Pero Juan Pablo II ha partido ya a la casa del Señor. Sentimos un enorme vacío, y surgen temores: ¿quién puede llenar ese hueco? Lo vemos con ojos humanos y consideramos que el próximo papa tiene la enorme carga de continuar la labor del fallecido papa. ¿Quién tiene la capacidad y la fuerza necesaria?

Se extienden las opiniones más diversas: necesitamos un papa latinoamericano porque la mayor parte de los católicos estamos en esta región; no, la Iglesia no está preparada, hace falta un papa europeo. El papa deberá ser joven para que tenga energía física y mente abierta; no, el papá deberá ser mayor porque no conviene otro pontificado largo. ¿Qué es mejor para la Iglesia? ¿Un teólogo, un pastor, un político, un hombre tradicional, un innovador…?

Lo bueno de todo esto es que la elección del papa no se hace con criterios humanos. Los cardenales pueden tener las ideas más diversas, pero a la hora de votar quien decide es el Espíritu Santo. Por eso estamos tranquilos, confiados y llenos de esperanza.

No importa cómo sea el próximo papa, sin duda alguna será el adecuado. Con su elección Dios nos estará dando pistas de cuál es su voluntad respecto de la Iglesia. Y lo mejor de todo es que el papa no tendrá que llenar el hueco que deja Juan Pablo II. Más aún, no hay tal hueco. Juan Pablo II cumplió su misión y ésta terminó exactamente con su último aliento.

El nuevo papa tendrá una labor de continuidad, los temas básicos serán los mismos, pero su misión será diferente, así como lo serán su lugar en la Iglesia y en la historia. No tendrá que competir y no deberemos compararlo con el papa Wojtyla.

Un círculo se ha cerrado y la vida de la Iglesia, nuestra vida, sigue adelante.

Éstos son tiempos de gracias abundantes, en los que el Espíritu del Señor está presente de manera especial. Necesitamos abrir el corazón y ser fieles a sus indicaciones.

EL OBSERVADOR 510-8

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MEMORIA
Homilía del cardenal Ratzinger en la misa de exequias de Juan Pablo II
«Está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice»

«Sígueme», dice el Señor resucitado a Pedro, como última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. «Sígueme». Esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse como la clave para comprender el mensaje que deja la vida de nuestro difunto y amado papa Juan Pablo II, cuyos restos depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud.

Con estos sentimientos y este espíritu, hermanos y hermanas en Cristo, nos encontramos en la plaza de San Pedro, en las calles adyacentes y en otros diferentes lugares de la ciudad de Roma, poblada en estos días por una inmensa multitud silenciosa y orante. Saludo a todos cordialmente. En nombre del colegio de los cardenales saludo con deferencia a los jefes de Estado, de gobierno y a las delegaciones de los diferentes países. Saludo a las autoridades y a los representantes de las Iglesias y comunidades cristianas, al igual que a los de las diferentes religiones. Saludo a los arzobispos, a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles, llegados de todos los continentes; de forma especial a los jóvenes a los que Juan Pablo II definía como el futuro y la esperanza de la Iglesia. Mi saludo alcanza también a todos los que en cualquier lugar del mundo están unidos a nosotros a través de la radio y la televisión, en esta participación conjunta en el solemne rito de despedida del querido pontífice.

«Sígueme».Cuando era joven estudiante, Karol Wojtyla era un apasionado de la literatura, del teatro, de la poesía. Mientras trabajaba en una fábrica química, rodeado y amenazado por el terror nazi, escuchó la voz del Señor: ¡Sígueme! En este contexto tan particular comenzó a leer libros de filosofía y de teología, entró después en el seminario clandestino creado por el cardenal Sapieha y después de la guerra pudo completar sus estudios en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica de Cracovia. Muchas veces, en sus cartas a los sacerdotes y en sus libros autobiográficos, nos habló de su sacerdocio, en el que fue ordenado el 1 de noviembre de 1946. En esos textos interpreta su sacerdocio a partir de tres frases del Señor. Ante todo, ésta: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Juan 15, 16). La segunda palabra es: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan 10, 11). Y por último: «Como el Padre me amó, Yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Juan 15, 9).

En estas tres frases podemos ver el alma entera de nuestro Santo Padre. Realmente ha ido a todos los lugares sin descanso para llevar fruto, un fruto que permanece. Levantaos, vamos, es el título de su penúltimo libro. «Levantaos, vamos». Con esas palabras nos ha despertado de una fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y hoy. «Levantaos, vamos», nos dice hoy también a nosotros. El Santo Padre fue además sacerdote hasta el final porque ofreció su vida a Dios por sus ovejas y por toda la familia humana, en una entrega cotidiana al servicio de la Iglesia y, sobre todo, en las duras pruebas de los últimos meses. Así se ha convertido en una sola cosa con Cristo, el buen pastor que ama sus ovejas. Y, finalmente, «permaneced en mi amor»: el Papa, que buscó el encuentro con todos, que tuvo una capacidad de perdón y de apertura de corazón para todos, nos dice hoy también con estas palabras del Señor: «Permaneciendo en el amor de Cristo, aprendemos, en la escuela de Cristo, el arte del verdadero amor».

«Sígueme». En julio de 1958 comienza para el joven sacerdote Karol Wojtyla una nueva etapa en el camino con el Señor y tras el Señor. Karol fue, como era habitual, con un grupo de jóvenes apasionados de canoa, a los lagos Masuri para pasar unos días de vacaciones juntos. Pero llevaba consigo una carta que le invitaba a presentarse ante el primado de Polonia, el cardenal Wyszynski, y podía adivinar el motivo del encuentro: su nombramiento como obispo auxiliar de Cracovia. Dejar la docencia universitaria, dejar esta comunión estimulante con los jóvenes, dejar la gran liza intelectual para conocer e interpretar el misterio de la criatura humana, para hacer presente en el mundo de hoy la interpretación cristiana de nuestro ser, todo aquello debía parecerle como un perderse a sí mismo, perder aquello que constituía la identidad humana de ese joven sacerdote. Sígueme. Karol Wojtyla aceptó, escuchando en la llamada de la Iglesia la voz de Cristo. De este modo, se dio cuenta de que es verdadera la palabra del Señor: «Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará» (Lucas 17, 33). Nuestro Papa, todos lo sabemos, nunca quiso salvar su propia vida, guardársela; se entregó sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y por nosotros. De esa forma experimentó que todo lo que había puesto en manos del Señor se lo devolvía de una nueva manera: el amor a la palabra, a la poesía, a las letras, fue una parte esencial de su misión pastoral y dio nueva frescura, actualidad nueva, atracción nueva al anuncio del Evangelio, precisamente cuando éste es signo de contradicción.

«Sígueme». En octubre de 1978 el cardenal Wojtyla escucha de nuevo la voz del Señor. Se renueva el diálogo con Pedro narrado en el Evangelio de esta ceremonia: «Simón de Juan, ¿me quieres?...

Apacienta mis ovejas».
A la pregunta del Señor: Karol, ¿me quieres?, el arzobispo de Cracovia respondió desde lo profundo de su corazón: « Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro querido Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo arraigamiento en Cristo, pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal. Éste no es el momento de hablar de los diferentes aspectos de un pontificado tan rico. Quisiera leer solamente dos pasajes de la liturgia de hoy, en los que aparecen elementos centrales de su anuncio. En la primera lectura dice san Pedro —y el Papa nos dice con san Pedro—: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que, en cualquier nación, el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos» (Hechos 10, 34-36). Y en la segunda lectura, san Pablo —con san Pablo nuestro Papa difunto— nos exhorta intensamente: «Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona, manteneos así firmes en el Señor» (Filipenses 4, 1).

¡Sígueme! Junto al mandato de apacentar su rebaño, Cristo anunció a Pedro su martirio. Con esta palabra conclusiva, que resume el diálogo sobre el amor y sobre el mandato de pastor universal, el Señor recuerda otro diálogo, que tuvo lugar en la Última Cena. Esa vez, Jesús dijo: «'Adonde Yo voy, vosotros no podéis venir'. Pedro dijo: 'Señor, ¿a dónde vas?'. Le respondió Jesús: 'Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde'» (Juan 13, 33.36). Jesús va de la Cena a la Cruz y a la Resurrección y entra en el misterio pascual; Pedro, sin embargo, todavía no le puede seguir. Ahora, tras la Resurrección, llegó este momento, este «más tarde». Apacentando el rebaño de Cristo, Pedro entra en el misterio pascual, se dirige hacia la Cruz y la Resurrección. El Señor lo dice con estas palabras, «cuando eras joven…, ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras» (Juan 21, 18). En el primer período de su pontificado el Santo Padre, todavía joven y repleto de fuerzas, bajo la guía de Cristo, fue hasta los confines del mundo. Pero después compartió cada vez más los sufrimientos de Cristo, comprendió cada vez mejor la verdad de las palabras: «Otro te ceñirá...». Y precisamente en esta comunión con el Señor que sufre, anunció el Evangelio infatigablemente y con renovada intensidad el misterio del amor hasta el fin.

Él nos ha interpretado el misterio pascual como misterio de la divina misericordia. Escribe en su último libro: El límite impuesto al mal «es, en definitiva, la divina misericordia» (Memoria e identidad, página 70). Y reflexionando sobre el atentado, dice: «Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha conferido un nuevo sentido al sufrimiento; lo ha introducido en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor y obtiene también del pecado un multiforme florecimiento de bien» (página 199). Alentado por esta visión, el Papa ha sufrido y amado en comunión con Cristo, y por eso el mensaje de su sufrimiento y de su silencio ha sido tan elocuente y fecundo.

Divina Misericordia: El Santo Padre encontró el reflejo más puro de la misericordia de Dios en la Madre de Dios. El, que había perdido a su madre cuando era muy joven, amó todavía más a la Madre de Dios. Escuchó las palabras del Señor crucificado como si estuvieran dirigidas a él personalmente: «¡Aquí tienes a tu madre!». E hizo como el discípulo predilecto: la acogió en lo íntimo de su ser (eis ta idia: Juan 19,27) — Totus tuus. Y de la madre aprendió a conformarse con Cristo.

Ninguno de nosotros podrá olvidar que en el último domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre, marcado por el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano e impartió la bendición Urbi et Orbi por última vez. Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendícenos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén.

EL OBSERVADOR 510-9

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FIN

 
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