El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
24 de abril de 2005 No.511

SUMARIO

bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Benedicto XVI: Cristo como identidad del hombre
bulletMIRADAS DESDE LA EUROPA DESENCANTADA - Es el Papa que espera el mundo
bulletEl buen pastor
bulletBIOGRAFIA - Éste es Ratzinger, el nuevo vicario de Jesucristo
bulletBenedicto XVI y los jóvenes: en tiempo de dialogo nuevo
bulletPICADURA LETRÍSTICA - El dogma y la moral antes que todo
bulletTenemos Papa
bulletDILEMAS ÉTICOS - Benedicto XVI: «Tener el coraje de defender la fe»
bulletEl primer mensaje de Benedicto XVI
bullet¿Y sobre esta piedra?
bullet¿Es el Papa o es el papado?
bulletConcedido
bulletComunicado con motivo de la elección del Santo Padre
bulletCULTURA - Si diligis, pasce
bulletENTREVISTA - El nuevo Papa ve muy positivamente la Misa en latín
bulletMIRADA JOVEN - Habemus Papam
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA - Humo blanco
bulletEL RINCÓN DEL PAPA - Adiós a esta columna dedicada a nuestro Juan Pablo II el Grande


Benedicto XVI

«En la alegría del Señor resucitado, confiados en su ayuda permanente, sigamos adelante. El Señor nos ayudará. María, su santísima Madre, está de nuestra parte».

19 de abril de 2005


  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


CARTAS DEL DIRECTOR
Benedicto XVI: Cristo como identidad del hombre
Por Jaime Septién
 
Todos los que hemos cubierto el primer cónclave del siglo XXI, teníamos la certeza que el más calificado sucesor de Juan Pablo II era el cardenal Joseph Ratzinger. Sin embargo expresábamos nuestra duda sobre su edad, su estado de salud o su cansancio, tras haber estado al frente de la Comisión Pontificia para la Doctrina de la Fe desde 1981. Un gran peso se observaba sobre sus espaldas tanto en la misa «Para Elegir Romano Pontífice» como en la ceremonia de juramento de los 115 cardenales electores en la Capilla Sixtina que presidió como decano del colegio cardenalicio.
 
Pero al salir al balcón central de San Pedro y saludar a la multitud, ya revestido con los ornamentos papales, vimos el rostro de Benedicto XVI totalmente cambiado: la fuerza del Espíritu Santo había soplado sobre él y de pronto, seguramente en la «Capilla del Llanto», a donde habría pasado a orar tras haber aceptado conducir a la barca de Pedro en tiempos de zozobra, cayó en la cuenta que el poder de Dios estaba con él. Así lo dijo en sus primeras palabras al mundo, palabras de una humildad avasalladora: acepto porque es el Señor el que me eligió a mí para dar fruto y darlo en abundancia, y me amparo a la protección de María Santísima...
 
Benedicto XVI no es Juan Pablo II. Fue, sí, su más grande colaborador. Pero en la Iglesia no existen fotocopias. Ni imposiciones. Ni totalitarismos. La Iglesia visible –que a través de sus cardenales, representantes de 52 países, nos ha dado una lección de unidad—es jerárquica por institución divina, porque Jesús así lo mandó. Y si Él lo impuso, Él dará la dirección, la fortaleza, el don al Santo Padre para difundir el mensaje de la salvación a los cuatro puntos cardinales. Rompe con demasiadas «suposiciones» de los «enterados» en cosas de la Iglesia: no es italiano; no es popular; no es joven y, sobre todo, no es un hombre que guste de poner parches «para quedar bien».
 
Defiende el depósito de la fe y punto. Lo ha hecho a través de los años; ahora lo hará como el 265 sucesor de Pedro. La elección de su nombre, Benedicto XVI, es de una maestría pasmosa. Benedicto XV, genovés (en el mundo: Giacomo della Chiesa), que reinó de 1914 a 1922, es reconocido como «el gran Papa en la tragedia». Le tocó enfrentar la Primera Guerra Mundial, ayudar a la pacificación, reforzar la fe y tender lazos de unión con el Oriente (es el único Papa que posee un monumento es Estambul, Turquía, erigido por Attatürk en memoria de su humanitarismo). También fue reconocido como «el Papa de las misiones», además de que restituyó el Derecho Canónico.
 
¿Qué nos invita a pensar el Santo Padre con el nombre de Benedicto XVI? Que para la Iglesia católica se acercan grandísimos retos: renovar la fe en medio de la indiferencia; enfrentar la guerra de la cultura que intenta recluir al ámbito privado la religión; tender lazos con la Iglesia católica del oriente, fomentar el ecumenismo, el humanismo, combatir el secularismo, el relativismo, la indiferencia, y reconstruir la dimensión teológica de la liturgia, la actitud misionera de la Iglesa, y enseñar al mundo a reconocer a Cristo como identidad del hombre. Nada de lo que han dicho los medios de comunicación que «debe» ser el papel del Papa. Nada de tonterías. Si algo no va a haber, con Benedicto XV1, será tibieza. Finalmente, es alemán. Y ama a san Benito, cuyo lema fue «ora y labora.

EL OBSERVADOR 511-1

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


MIRADAS DESDE LA EUROPA DESENCANTADA
Es el Papa que espera el mundo
Por Miguel Rivilla San Martín
 
Hay analistas, comentaristas y simples fieles que al manifestar sus expectativas sobre Benedicto XVI, el sucesor de Juan Pablo II, se enredan de tal manera que llegan a confundir la realidad con sus personales deseos.
 
1.- Olvidan que el Papa no es sólo de Europa, sino del mundo entero. El futuro no está en el viejo continente, sino en Asia. El catolicismo europeo ha dejado de ser el referente obligado para la aldea global y quizás sean los católicos hispanoamericanos los que se volverán testigos.
 
2.- Olvidan que la misión del Papa está supeditada, guste o no, por las exigencias del Evangelio, la Tradición de 20 siglos de andadura de la Iglesia y el Magisterio oficial, marcado por los papas anteriores y concilios ecuménicos.
 
3.- Cualquier papa ha de ser fiel a la misión recibida de Cristo: conservar íntegro el depósito de la fe y confirmar en la misma a sus hermanos.
 
4.- El sucesor de Juan Pablo II, Benedicto XVI, será un papa conservador en lo esencial (dogma y moral) e innovador en aspectos pastorales, sociales, mediáticos y modo de ejercer el gobierno de la Iglesia.
 
5.- Por encima de todo, el mundo espera que nuestro papa Ratzinger sea un hombre de Dios, santo, centro de la unidad en la Verdad, que refleje el rostro de Cristo, buen pastor, con predilección por los pobres y pecadores. En resumen, que sea el párroco del mundo, como su antecesor.

EL OBSERVADOR 511-2

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


El buen pastor
Por José Guillermo Ros-Zanet
 
Lunes 18 de abril de 2005. Da comienzo el cónclave. Los cardenales se reúnen en el Vaticano para elegir al nuevo Papa, al nuevo gran pastor, conductor y seguro guía de la cristiandad, y más. El día anterior, domingo 17, celebramos el día del Buen Pastor… Fue el buen signo de un tiempo que comienza y dura y sigue.
 
Juan Pablo II fue el buen pastor no sólo de la cristiandad del mundo sino del mundo de la cristiandad. Y fue ejemplo de vida superior en nuestra edad, y perdurable será su enseñanza.
 
Y en torno a la profundidad de la elección del nuevo papa los diversos medios de comunicación del mundo se volvieron, con muy contadas excepciones, seca exterioridad y ciega desmesura... Y no alcanzaron a expresar, a transmitir el contenido, el significado y el sentido, el alma del cónclave... del encuentro cardenalicio.
 
Se trató de una elección esencial, porque no es igual a ninguna otra. En este encuentro de la vida superior y del Espíritu alientan lo natural y lo sobrenatural a un tiempo, plenitud de bien y verdad y más...
 
Ya lo sabía el destellante san Pablo (el llamado y el elegido por Dios): la sobreabundancia de bien aleja infinitamente al mal en todas sus formas y apariencias. El bien hace mundos y vidas gloriosos.
 
Y el milagro del Pentecostés ocurre en tiempos y lugares de todos los tiempos y lugares propicios y propiciatorios. Ya tenemos un nuevo Papa, pontífice a medida de los tiempos y las circunstancias, del mundo y la vida toda, y más… Porque ellos [los cardenales], en el encuentro, fueron iluminados por el Dios de la historia para escoger al nuevo pontífice que Él ya había escogido.
 
Y ha de volver el hombre, más que nunca, a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Y a la vida toda y al entorno de la vida... Y se unirán, más que nunca, pueblos y naciones.

EL OBSERVADOR 511-3

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


BIOGRAFIA
Éste es Ratzinger, el nuevo vicario de Jesucristo
 
Joseph Ratzinger nació el 16 de abril de 1927, un Sábado Santo, en Marktl am Inn, diócesis de Passau, Alemania, y fue bautizado ese mismo día. En sus memorias, reflexionando sobre el hecho, dice: «Ser la primera persona a ser bautizada en el Agua Nueva de la Pascua era visto como un acto muy significativo por parte de la Providencia. Siempre me he llenado de sentimientos de gratitud por haber sido inmerso en el misterio pascual de esta manera; ...cuanto más lo reflexiono, tanto más me parece apropiado a la naturaleza de nuestra vida humana: aún esperamos la Pascua definitiva, aún no estamos en la plenitud de la luz, pero hacia ella caminamos llenos de confianza».
 
A Ratzinger se le hace difícil decir cuál es propiamente su pueblo natal. Al ser su padre miembro de la policía rural, era frecuentemente trasladado, y toda la familia con él; así, muchas veces tuvieron que ponerse en camino.
 
En 1929 la familia Ratzinger se muda a Tittmoning, pequeño pueblo a orillas del río Salzach, en la frontera con Austria.
 
En diciembre de 1932, debido a la abierta crítica de su padre hacia el nacional-socialismo, la familia Ratzinger se ve obligada a mudarse a Auschau am Inn, al pie de los Alpes.
 
En 1937 el padre de Joseph pasa al retiro y se muda con toda la familia a Hufschlag, en las afueras de la ciudad de Traunstein, donde su hijo pasaría la mayor parte de sus años de adolescente. Es aquí que inicia sus estudios en el Gymnasium de lenguas clásicas, donde aprende latín y griego.
 
En 1939, a los 12 años de edad, entra al seminario menor en Traunstein, dando el primer paso en su carrera eclesiástica.
 
En 1943, cuando tenía 16 años, él y todos sus compañeros de clase son reclutados en el Flak (escuadrón antiaéreo); sin embargo, les es permitido asistir a clases tres veces por semana. En septiembre de 1944, habiendo alcanzado la edad militar, Ratzinger es relevado del Flak y regresa a casa. En noviembre pasa por el entrenamiento básico en la infantería alemana, mas debido a su pobre estado de salud es exceptuado de buena parte de los rigores propios de la vida militar. En la primavera de 1945, mientras se acercan las fuerzas aliadas, Ratzinger deja el ejército y regresa a su casa en Traunstein. Cuando finalmente llega el ejército estadounidense hasta su ciudad, establecen su centro de operaciones en casa de los Ratzinger, identifican a Joseph como soldado alemán y lo envían a un campo de prisioneros de guerra.
 
El 19 de junio de ese mismo año es liberado y regresa al hogar en Traunstein; lo sigue su hermano Georg en julio.
 
En noviembre, tanto él como su hermano mayor Georg, reingresan al seminario.
 
En 1947 Ratzinger entra al Herzogliches Georgianum, un instituto teológico ligado a la Universidad de Munich.
 
En 1951, el 29 de junio, Joseph y su hermano Georg son ordenados presbíteros por el cardenal Faulhaber en la catedral de Freising, en la fiesta de los santos Pedro y Pablo.
 
Desde 1952 hasta 1959 es miembro de la Facultad de la Escuela Superior de Filosofía y Teología, en Freising. En 1953 recibe su doctorado en teología por la Universidad de Munich. Relacionado con el doctorado, publica su primer trabajo importante: «El Pueblo y la Casa de Dios en la doctrina de Agustín sobre la Iglesia». Ratzinger dedica su Habilitationsschrift —trabajo original de contribución a la investigación, con la finalidad de habilitarse para la docencia universitaria— a la revelación y a la teología de la historia de san Buenaventura.
 
En abril de 1959 Ratzinger se inicia como profesor principal de teología fundamental en la Universidad de Bonn. En agosto de ese año su papá es llamado a la Casa del Padre. Desde 1962 hasta 1965 —entre los 35 y los 38 años de edad— Joseph asiste a las cuatro sesiones del concilio Vaticano II en calidad de perito, como consejero teológico principal del cardenal Frings de Colonia.
 
En 1963 se traslada a la Universidad de Münster, y en diciembre de ese año fallece su madre.
 
En 1966 es nombrado profesor de teología dogmática en la universidad de Tübingen. Su nombramiento es fuertemente apoyado por el profesor Hans Küng, teólogo que más tarde se desviaría marcadamente de la fe católica.
 
Ratzinger había conocido inicialmente a Küng en 1957 en un congreso de teología dogmática en Innsbruck. Luego de revisar el trabajo doctoral de Küng sobre Karl Barth, dice Ratzinger: «Tenía muchas preguntas que hacerle al respecto de este libro, pues, a pesar de que su estilo teológico no era el mío, lo había leído con placer y el autor me había suscitado respeto, pues su apertura y su rectitud me gustaron bastante. Así se estableció una buena relación de amistad, aún cuando poco después...una seria discusión comenzó entre nosotros acerca de la teología conciliar».
 
En 1968 un ola de levantamientos estudiantiles barrió Europa, y el marxismo rápidamente se convirtió en el sistema intelectual dominante en Tübingen, adoctrinando no sólo a buena parte de sus estudiantes sino inclusive al cuerpo docente. Siendo testigo de esta subordinación de la religión a la ideología política marxista, Ratzinger anota: «Existía una instrumentalización por parte de las ideologías que eran tiránicas, brutales y crueles. Esa experiencia me dejó claro que el abuso de fe debía ser precisamente resistido si se quería mantener el querer del Concilio».
 
En 1969, desencantado por su encuentro con la ideología radical de Tübingen, se traslada de regreso a Baviera, donde asume un puesto de profesor en la Universidad de Ratisbona. Luego es nombrado decano, vicepresidente. Ese año también es nombrado consejero teológico de los obispos alemanes.
 
En 1972 Ratzinger, von Balthasar, De Lubac y otros lanzan la publicación teológica Communio, una revista periódica de teología católica y cultura.
 
En marzo de 1977 es nombrado arzobispo de Münich y Freising, convirtiéndose en el primer sacerdote diocesano que luego de 80 años asumía el encargo de tan vasta e importante arquidiócesis. Es urgido por su confesor a aceptar el cargo y escoge como su lema episcopal la frase de la carta de Juan: «Cooperador de la verdad», y razona: «Por un lado, me parecía ser la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de todas las diferencias de modo, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la verdad, estar a su servicio. Y, por otro lado, porque en el mundo de hoy el tema de la verdad ha desaparecido casi totalmente, pues aparece como algo demasiado grande para el hombre, y, sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad».
 
Así, es consagrado el 28 de mayo por el obispo de Würzburg, Josef Stange. En junio de ese mismo año es creado cardenal presbítero por el papa Paulo VI, y recibe el título de S. Maria Consolatrice al Tiburtino. Ese año también asistió a la IV Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, en el Vaticano.
En 1978 participó en el cónclave del 25 al 26 de agosto, que eligió a Juan Pablo I, quien lo nombra enviado especial del Papa al III Congreso Mariológico Internacional, en Guayaquil, Ecuador, del 16 al 24 de septiembre. En octubre de ese año participa en el cónclave que elige a Juan Pablo II.
 
En 1980 Ratzinger es llamado por Juan Pablo II a presidir el Sínodo Especial para los Laicos. Poco después, el Papa lo invita a encargarse de la Congregación para la Educación Católica. Ratzinger declina, pues considera que no debe dejar tan pronto su misión en Münich.
 
En 1981, en noviembre, acepta la invitación del Papa para asumir como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y presidente de la Comisión Teológica Internacional.
 
El 15 de febrero de 1982 renunció al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Münich-Freising.
 
En 1983 asistió a la VI Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, en el Vaticano; fue uno de los tres presidentes delegados; miembro del secretariado general, de 1983 a 1986.
 
En 1985 asistió a la II Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, en el Vaticano.
 
Desde 1986 presidió la comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica, que luego de 6 años de trabajo (1986-92) presentó el Nuevo Catecismo.
 
En 1987 asistió a la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
 
En 1990 asistió a la VIII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
 
En 1991 asistió a la I Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos.
 
En 1993 fue elevado a cardenal obispo del título de la sede suburbicaria de Velletri-Segni. En 1994 asistió a la Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, en el Vaticano, y a la IX Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, otra vez en el mismo sitio
 
En 1997 asistió a la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos.
 
En 1998 asistió a la Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos.
 
Elegido vice-decano del colegio cardenalicio, el 9 de noviembre de 1998.
 
Ese mismo año asistió a la Asamblea Especial para Oceanía de Sínodo de los Obispos, en Ciudad del Vaticano, del 22 de noviembre al 12 de diciembre.
 
En 1999 fue enviado especial del Papa a las celebraciones por el XII centenario de la creación de la diócesis de Paderborn, Alemania, el 3 de enero.
 
En octubre de ese mismo año asistió a la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos.
 
En noviembre de 2002Juan Pablo II aprueba su elección como decano del colegio cardenalicio. Hasta la muerte de Juan Pablo II, Joseph Ratzinger era miembro de la Secretaría de Estado; de las Congregaciones Iglesias Orientales, Culto Divino y Sacramentos, Obispos, Evangelización de los pueblos, Educación Católica; así como de los Pontificios Consejos para la Unidad de los Cristianos y del de Cultura; de las Comisiones para América Latina y Ecclesia Dei.
 
Escribió por encargo del papa Wojtyla la reflexión del Via Crucis durante la Semana Santa de 2005.
 
Fue elegido obispo de Roma el 19 de abril de 2005, convirtiéndose en el pontífice número 265, escogiendo llamarse Benedicto XVI.
 
(Fuente: http://www.aciprensa.com/benedictoxvi/biografia.htm)

****************
 
¿Un papa nazi?
 
Los que odian a Benedicto XVI por su impecable labor como guardián de la fe durante el pontificado de Juan Pablo II le han asignado desde hace algunos años diversos sobrenombres para insultarlo y desprestigiarlo; entre ellos el de «Gran Inquisidor», aprovechando tanto la ignorancia como el repudio de las masas a todo lo que les recuerde a la Santa Inquisición, y el de «Panzercardenal», haciendo alusión a lo que algunos creen el gran descubirmiento del pasado «oscuro» y «oculto» del Papa, a saber, su participación en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no es ningún secreto; el propio Benedicto XVI contó en un libro que formó parte de las «juventudes hitlerianas» cuando tenía 12 años, y que todos los niños en esa época estaban obligados a hacerlo. También su reclutamiento en el escuadrón antiaéreo fue forzado. (DRGB)

EL OBSERVADOR 511-4

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


Benedicto XVI y los jóvenes: en tiempo de dialogo nuevo
Por Gilberto Hernández García
 
«¿En realidad son los jóvenes la esperanza?», espetó el periodista italiano Vitorio Messori a Su Santidad Juan Pablo II, de feliz memoria, en una entrevista. La respuesta, recogida en el libro Cruzando el umbral de la esperanza, no es más que la síntesis de lo que el Papa vio y promovió en la juventud: hay valores, hay razones —vividas de modo diverso, tal vez por eso muchas veces incomprendidas— muy profundas en las noveles vidas que son las que deben ir renovando, para bien, la existencia humana.
 
Estos jóvenes…había enfatizado Messori; es decir éstos, con estas características tan suyas que a más de uno desaniman, a más de uno ponen a temblar, pero igualmente a más de uno le entusiasman y le provocan sueños de otro mundo posible desde los jóvenes. Y son ellos, nosotros, los que ahora nos plantamos, ruidosos, eclécticos, inconsistentes, «otros muy otros», delante del nuevo papa, para decirle: «existimos», «nos movemos», «somos».
 
Y bien sabe quiénes y cómo somos. A lo largo de su vida, según leo en los primeros reportes del perfil de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, ha sido un pastor en cercanía a la juventud de su país, Alemania, en la diócesis de Munich, primero, y después, como colaborador del recordado Juan Pablo II.
 
El mundo entero fue testigo de la fidelidad de la juventud a Karol Wojtyla; en los últimos días, las últimas horas, los últimos minutos de la vida del anciano Papa, inundaron con cantos de esperanza la plaza de San Pedro, como ya lo venían haciendo desde las Jornadas Mundiales de la Juventud, como ya se venía viviendo en todas y cada una de las visitas pastorales a lo largo y ancho del mundo: el Papa busca a los jóvenes, los jóvenes van al encuentro del Papa, porque ven en él un fuerte signo de Dios.
 
A Su Santidad, el papa Benedicto XVI, le tocará dar continuidad al camino recorrido por Juan Pablo II en el afán de encontrar a los jóvenes del mundo. Son muy dicientes los hechos que se dieron en los días del pontificado de Juan Pablo II: «la generación X» salió del anonimato, animados en gran medida por las palabras y testimonios del pastor de la Iglesia; de la juventud anónima se dio paso a una juventud más protagónica en el ámbito eclesial y social. Supo darles su lugar, por ejemplo, con la creación de la Jornada Mundial de la Juventud, cuya primera versión se dio en 1987.
 
Porque estos mismos jóvenes, que a lo largo de poco más de un cuarto de siglo hemos vitoreado al vicario de Cristo, somos los mismos, nacidos de y en la posmodernidad, uniformados por la globalización, sufridos por el neoliberalismo, en crisis de utopías; a los que los sociólogos nos dicen, y no sin razón, que somos eclécticos, superficiales, light, pues; sin proyecto de futuro y tremendamente «presentistas». Y, sin embargo, generosos, con sed de trascendencia, queriendo o no con la esperanza de un mundo nuevo, con la fuerza de los pocos años y con unas ganas de que alguien nos diga la verdad, nos muestre el camino –y lo ande con nosotros-, y nos comparta vida.
 
Con éstos, con nosotros, tendrá que dialogar el papa Benedicto XVI. Y la Jornada Mundial de la Juventud, en Colonia, Alemania —su país natal—, a celebrarse en agosto de este año, bien puede ser el inicio, continuado, de esta relación por demás afectiva.

EL OBSERVADOR 511-5

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


PICADURA LETRÍSTICA
El dogma y la moral antes que todo
Por J. Jesús García y García

Dios no es prisionero de su eternidad: en Jesús tiene tiempo para nosotros.
JOSEPH RATZINGER
 
Beatísimo Padre Benedicto XVI: enhorabuena y más enhorabuena. Tras alguna espera y ciertas angustias, lo tenemos a usted como dignísimo nuevo sucesor de san Pedro. Se tilda a Vuestra Santidad de conservador. ¡Alabado sea el Señor! Todos los papas han sido conservadores o debieron serlo: precisamente su más alto deber es preservar, conservar, proteger, mantener incólume la fe de Cristo. Hay quienes, incluso con alguna lágrima sin secar de las que vertieron por la muerte de Juan Pablo II, acusan al ilustrísimo fallecido de haber pospuesto importantes decisiones que habrían «actualizado» a la Iglesia. De sobra conocemos a qué actualizaciones se refieren.
 
Vuestra Santidad no necesita actualizar nada que repercuta en el dogma y en la moral. Habemos muchos (yo quisiera que fuéramos la mayoría, pero no lo sé) convencidos de que no necesitamos ni queremos novedades, actitudes «más liberales» ni relativismos. Hablando de novedades, la más grande de la historia, la única que vale de veras la pena, ocurrió hace dos mil años. «Esto es el cristianismo—ha dicho Javier Larráinzar—: que Cristo es un hoy y siempre, que será todos los días la noticia más fresca, la última información que de primera mano tendremos de Dios y de la esencia mejor del hombre». Y añade renglones más adelante: «Las posturas medias son otra religión».
 
Posturas medias —bajo membretes como «Católicas por el Derecho a Decidir» y otros tanto o más disparatados o engañosos—, encaminadas en realidad a desacralizar a la Iglesia, circulan por ahí desde hace mucho tiempo con propósitos como éstos: despenalizar el aborto, legalizar (y hasta bendecir) los «matrimonios» homosexuales y lesbianos, autorizar la eutanasia, conferir el sacerdocio a las mujeres, abolir el celibato sacerdotal, democratizar a la Iglesia (¡imposible!), permitir el uso del condón y, en general, tolerar el aborto en nombre del supuesto derecho que la mujer tiene sobre su propio cuerpo... Lograr algo de esto o todo ello para «estar de acuerdo con los tiempos» sería el sueño de los llamados liberales.
 
Se pasa por alto que, como dice Francesco Olgiati, «la moral cristiana es un planta, cuya raíz es el dogma. Quien quiere comprender aquélla prescindiendo de éste, es un superficial. Y el mundo está lleno de superficiales que desearía conservar los preceptos del amor del Evangelio, sacrificando su base dogmática». La caridad, dice el propio pensador, quiere ser sustituida por la filantropía: «Las lagrimitas de los corazoncitos tiernos pretenden sustituir lo sobrenatural: la melosidad engañadora ilusiona muchas almas y las convence de que practican la austera severidad de la Cruz, cuando no son sino víctimas inconscientes de un sentimentalismo fatuo».
 
En usted el Cielo nos mandó al guía que quiere para la grey católica en este momento, es decir, el que necesita la Iglesia, el que nos conducirá por los senderos de la salvación; en una palabra, el que administrará en la Tierra los tiempos que en Jesús el señor Dios tiene para nosotros. ¡Sursum corda!

EL OBSERVADOR 511-6

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


Tenemos Papa
Por Yusi Cervantes Leyzaola
 
«El que entra como Papa sale como cardenal», se decía. Pero ahora los pronósticos humanos coincidieron con la inspiración del Espíritu Santo. Obviamente, no es que Dios haya escuchado nuestras opiniones, sino que decidió que el hombre que necesita en este momento la Iglesia es Joseph Ratzinger, desde hoy, Benedicto XVI.
 
Joseph Ratzinger fue un hombre controvertido. Y ahora, como Benedicto XVI comenzará su papado en medio de voces contradictorias. Muchos sectores de la Iglesia deseaban un papa más abierto que Juan Pablo II en muchos sentidos, y se sentirán un tanto decepcionados al encontrarse con este papa que ha recibido calificativos de duro, conservador e intransigente. Están en el ambiente temas como el de la Teología de la Liberación, el papel de la mujer en la Iglesia, el celibato sacerdotal, el divorcio, la contraconcepción, la globalización, las dudas respecto a la democracia, el imperialismos de Estados Unidos, la pérdida de valores sociales, el poderío económico de unos cuantos, la new age, el vacío espiritual en el proyecto de vida y en el corazón de la humanidad… Tal vez el papa Benedicto XVI no de respuesta a estas inquietudes, pero algo sabemos: será firme, no permitirá que la Iglesia se desvíe de su esencia.
 
No es la Iglesia la que se debe adaptar a las nuevas corrientes en el mundo, sino que debe evangelizar esas corrientes. La Iglesia ha de escuchar los signos de los tiempos, es cierto, pero no funciona según lo que opine la mayoría o según el sistema social, político o económico más fuerte del momento. El entonces cardenal Ratzinger alertaba contra el relativismo presente en las sociedades actuales. Este relativismo tal vez sea la causa por la que el Espíritu Santo nos ha dado un Papa que no es transigente ante lo que se desvía del auténtico mensaje cristiano. ¿Qué el mundo quiere más apertura? Está bien, pero está deberá situarse en el auténtico mensaje del Evangelio.
 
Poco a poco conoceremos al papa Benedicto XVI, su interés por promover los principios cristianos, las comunidades cristianas, el diálogo entre fe y razón.
 
Se hablaba en los días previos al cónclave de la posibilidad de que el nuevo Papa fuera latinoamericano, ya que aquí se encuentra la mayor parte de los católicos. Pero el nuevo papa es europeo. Quizá sea porque, pese a los graves problemas latinoamericanos de pobreza, injusticia social y tantos otros, quien más necesita ser evangelizada en estos momentos es Europa, que se descristianiza cada día más y lleva esa influencia al resto del mundo. No tenemos un papa latinoamericano, pero el papa Benedicto XVI podrá encontrar ánimo en nuestra religiosidad y apoyo en los pueblos latinoamericanos para la interminable tares de la evangelización. Tenemos Papa, ofrezcámosle nuestro amor y nuestra obediencia.

EL OBSERVADOR 511-7

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


DILEMAS ÉTICOS
Benedicto XVI: «Tener el coraje de defender la fe»
Por Sergio Ibarra
 
Hace unos 1500 años, un hombre joven de la región de Nursia, en la parte central de Italia, inició una aventura intensa y personal, que influyó al mundo y a la fe europea. Nació en una familia noble en el año 480 D.C. Pronto se fue al centro cosmopolita de aquella época, Roma. Asistió a la escuela y estudió artes. Le tocó vivir la época en que Roma estaba ya en decadencia. El vasto imperio romano se fue muriendo. Las ciudades en decadencia vivían crisis económicas, el país entero se llenó de una ambiente de inseguridad, fueron invadidos por tribus salvajes y por políticos corruptos que se disputaban el poder. Es aquí, en medio de la caída del mundo pagano, en este contexto, cuando san Benito se propuso una misión basada en la fe ante el deterioro moral. Renunció al mundo material y, en contra de lo que estaba sucediendo, se propuso formar una comunidad basada en las mentes de los individuos, no en las armas.
 
Benito se retiró a una vida de meditación en una ermita cristiana. Estableció doce pequeños monasterios. La prosperidad de las comunidades benedictinas pronto alarmó a los patriarcas de la Iglesia y a las autoridades civiles. Las presiones lo forzaron a desplazarse para fundar el monasterio que lo llevaría a la inmortalidad, en la cresta del Monte Casino. Fue en esta época, alrededor del año 530 D.C., que escribió sus famosas Reglas, «conservadoras» ante los ojos del mundo actual, que establecen los principios de la vida monástica. Estas reglas tienen dos objetivos: el primero es dar una dirección para alcanzar un alto nivel de espiritualidad. En esta parte, las Reglas describen las prescripciones de oración, meditación y de reflexión DIARIA. El segundo objetivo, dar al abad una guía para liderear a la comunidad. En este segundo objetivo san Benito deja ver su creencia en lo breve y conciso. Él creía en los principios de la conducta, reglas básicas de dirección, de trabajo y de vida en comunidad. Los tiempos validaron la obra de san Benito. Estas comunidades desarrollaron algo que el mundo moderno parece no valorar: el poder de la longevidad. Han pasado alrededor de 1500 años y los monasterios y comunidades benedictinas han sobrevivido.
 
Este es el santo en quien inspira su nombre nuestro nuevo Papa. Es coherente, a la luz de esta reflexión, escuchar su mensaje firme, su mensaje directo, su mensaje conciso y su mensaje «conservador». Un mensaje en que encomienda su papado a Cristo y a la Virgen. Anunció en la última homilía como cardenal una estrategia para la Iglesia: limpiarla. Y anunció una estrategia para la comunidad mundial: ponerse a salvo de la dictadura del relativismo. Es coherente con las enseñanzas milenarias que dejo san Benedicto. Y si defender con coraje la fe significa defender la vida, significa defender la verdad, significa defender a la Iglesia y significa defender la doctrina cristiana, bienvenido nuestro nuevo papa Benedicto XVI. Por algo Dios lo ha elegido para guiar a unos y otros.

EL OBSERVADOR 511-8

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


El primer mensaje de Benedicto XVI
Pronunciado en latín al final de la Misa concelebrada junto a los cardenales en la Capilla Sixtina el miércoles 20 de abril de 2005
 
¡Venerados hermanos cardenales, queridos hermanos y hermanas en Cristo, hombres y mujeres de buena voluntad!
 
1. ¡Gracia y paz en abundancia para vosotros! En mi espíritu conviven en estos momentos dos sentimientos contrastantes. Por una parte, un sentido de incapacidad y de turbación humana por la responsabilidad ante la Iglesia universal que ayer se me confío de sucesor del apóstol Pedro en esta sede de Roma. Por otra parte, siento viva en mí una gratitud profunda a Dios que, como cantamos en la liturgia, no abandona a su rebaño, sino que lo conduce a través de los tiempos bajo la guía de quienes Él mismo ha escogido como vicarios de su Hijo y ha constituido pastores (Cf. «Prefacio de los apóstoles» I).
 
Queridísimos: este agradecimiento íntimo por un don de la misericordia divina prevalece en mi corazón a pesar de todo. Y lo considero como una gracia especial que me ha concedido mi venerado predecesor, Juan Pablo II. Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras que en este momento se dirigen particularmente hacia mí: «¡No tengas miedo!».
 
La muerte del Santo Padre Juan Pablo II y los días sucesivos han sido para la Iglesia y para el mundo entero un tiempo extraordinario de gracia. El gran dolor por su desaparición y la sensación de vacío que ha dejado en todos se han mitigado gracias la acción de Cristo resucitado, que se ha manifestado durante largos días en la oleada conjunta de fe, de amor y de solidaridad espiritual, culminada en sus exequias solemnes.
 
Podemos decirlo: los funerales de Juan Pablo II han sido una experiencia verdaderamente extraordinaria en la que se ha percibido en cierto sentido la potencia de Dios que, a través de su Iglesia, quiere formar con todos los pueblos una gran familia a través de la fuerza unificadora de la Verdad y del Amor (Cf. «Lumen gentium», 1). En la hora de la muerte, conformado con su Maestro y Señor, Juan Pablo II coronó su largo y fecundo pontificado, confirmando en la fe al pueblo cristiano, reuniéndolo en torno a sí y haciendo que se sintiera cada vez más unida toda la familia humana. ¿Cómo no sentirse apoyados por este testimonio? ¿Cómo no experimentar el aliento que procede de este acontecimiento de gracia?
 
2. Sorprendiendo todas mis previsiones, la Providencia divina, a través del voto de los venerados padres cardenales, me ha llamado a suceder a este gran Papa. Vuelvo a pensar en estas horas en lo que sucedió en la región de Cesarea de Filipo hace dos mil años. Me parece escuchar las palabras de Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y la solemne afirmación del Señor: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos» (Mateo 16, 15-19).
 
¡Tú eres el Cristo! ¡Tú eres Pedro! Me parece revivir esa misma escena evangélica; yo, sucesor de Pedro, repito con estremecimiento las palabras estremecedoras del pescador de Galilea y vuelvo a escuchar con íntima emoción la consoladora promesa del divino Maestro. Si es enorme el peso de la responsabilidad que cae sobre mis pobres hombros, también es desmesurada la potencia divina con la que puedo contar: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mateo 16, 18). Al escogerme como obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su vicario, ha querido que sea esa «piedra» en la que todos puedan apoyarse con seguridad. A Él le pido que supla la pobreza de mis fuerzas, para que sea valiente y fiel pastor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones de su Espíritu.
 
Me dispongo a emprender este ministerio peculiar, el ministerio «petrino» al servicio de la Iglesia universal, abandonado humildemente en las manos de la Providencia de Dios. En primer lugar renuevo a Cristo mi adhesión total y confiada: «¡In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!».
 
A vosotros, señores cardenales, con el espíritu agradecido por la confianza que me habéis demostrado, os pido que me sostengáis con la oración y con la colaboración, constante, activa y sabia. Les pido también a todos los hermanos en el episcopado que estén a mi lado con la oración y con el consejo para que pueda ser verdaderamente el «Servus Servorum Dei». Como Pedro y los demás apóstoles constituyeron por voluntad del Señor un único colegio apostólico, del mismo modo el sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los apóstoles tienen que estar estrechamente unidos entre ellos, como lo reafirmó con fuerza el Concilio (Cf. «Lumen gentium», 22). Esta comunión colegial, si bien en la diversidad de papeles y de funciones del romano pontífice y de los obispos, está al servicio de la Iglesia y de la unidad de la fe, de la que depende notablemente la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Por tanto, quiero proseguir por esta senda en la que han avanzado mis venerados predecesores, preocupado únicamente de proclamar al a todo el mundo la presencia viva de Cristo.
 
3. Tengo ante mí, en particular, el testimonio del Papa Juan Pablo II. Deja una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su enseñanza y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro. Con el Gran Jubileo se ha adentrado en el nuevo milenio, llevando en las manos el Evangelio, aplicado al mundo actual a través de la autorizada relectura del Concilio Vaticano II. El Papa Juan Pablo II presentó justamente ese concilio como «brújula» para orientarse en el vasto océano del tercer milenio (Cf. carta apostólica «Novo millennio ineunte», 57-58). En su testamento espiritual anotaba: «Estoy convencido de que las nuevas generaciones podrán servirse durante mucho tiempo todavía de las riquezas que ha ofrecido este Concilio del siglo XX» (17.III.2000).
 
De modo que, al prepararme también yo al servicio del sucesor de Pedro, quiero reafirmar con fuerza la voluntad decidida de proseguir en el compromiso de realización del Concilio Vaticano II, siguiendo a mis predecesores y en continuidad fiel con la tradición de dos mil años de la Iglesia. Este año se celebrará el cuadragésimo aniversario de la conclusión de la asamblea conciliar (8 de diciembre de 1965). Con el pasar de los años, los documentos conciliares no han perdido su actualidad; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la sociedad actual globalizada.
 
4. Mi pontificado inicia de manera particularmente significativa mientras la Iglesia vive el año especial dedicado a la Eucaristía. ¿Cómo no percibir en esta coincidencia providencial un elemento que debe caracterizar el ministerio al que estoy llamado? La Eucaristía, corazón de la vida cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia, no puede dejar de constituir el centro permanente y la fuente del servicio petrino que me ha sido confiado.
 
La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando por nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con Él, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad por todos, especialmente por los pobres y los pequeños.
 
En este año, por lo tanto, se tendrá que celebrar con relieve particular la solemnidad del Corpus Christi. La Eucaristía será el centro de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia y en octubre, de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, cuyo tema será: «La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia». Les pido a todos que intensifiquen en los próximos meses el amor y la devoción a Jesús Eucaristía y que expresen con valentía y claridad la fe en la esperanza real del Señor, sobre todo mediante la solemnidad y la dignidad de las celebraciones.
 
Se lo pido de manera especial a los sacerdotes, en los que pienso en este momento con gran cariño. El sacerdocio ministerial nació en el Cenáculo, junto con la Eucaristía, como tantas veces subrayó mi venerado predecesor Juan Pablo II. «La existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, «forma eucarística»», escribió en su última carta para el Jueves Santo (n. 1). Contribuye a este objetivo sobre todo la devota celebración cotidiana de la santa misa, centro de la vida y de la misión del cada sacerdote.
 
5. Alimentados y apoyados por la Eucaristía, los católicos no pueden dejar de sentirse estimulados a tender a esa plena unidad que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo. El sucesor de Pedro sabe que tiene que hacerse cargo de modo muy particular de este supremo deseo del divino Maestro. A Él se le ha confiado la tarea de confirmar a los hermanos (Cf. Lucas 22, 32).
 
Plenamente consciente, por tanto, al inicio de su ministerio en la Iglesia de Roma que Pedro ha regado con su sangre, su actual sucesor asume como compromiso prioritario trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo. Ésta es su ambición, éste es su apremiante deber. Es consciente de que para ello no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Son precisos gestos concretos que penetren en los espíritus y remuevan las conciencias, llevando a cada uno hacia esa conversión interior que es el presupuesto de todo progreso en el camino del ecumenismo.
 
El diálogo teológico es necesario. También es indispensable profundizar en los motivos históricos de decisiones tomadas en el pasado. Pero lo que más urge es esa «purificación de la memoria», tantas veces evocada por Juan Pablo II, la única que es capaz de preparar los espíritus para acoger la verdad plena de Cristo. Cada quien debe presentarse ante Dios, juez supremo de todo ser vivo, consciente del deber de rendirle cuentas un día de lo que ha hecho o no ha hecho por el gran bien de la unidad plena y visible de todos sus discípulos.
 
El actual sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esta petición y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la causa fundamental del ecumenismo. Tras las huellas de sus predecesores, está plenamente determinado a cultivar toda iniciativa que pueda parecer oportuna para promover contactos y el entendimiento con los representantes de las diferentes iglesias y comunidades eclesiales. A ellos les dirige también en esta ocasión el saludo más cordial en Cristo, único Señor de todos.
 
6. Regreso con la memoria en este momento a la inolvidable experiencia que hemos vivido todos con motivo de la muerte y del funeral por el llorado Juan Pablo II. Junto a sus restos mortales, colocados en la desnuda tierra, se recogieron los jefes de las naciones, personas de todas las clases sociales, y especialmente jóvenes, en un inolvidable abrazo de afecto y admiración. El mundo entero ha dirigido hacia él su mirada con confianza. A muchos les pareció que esa intensa participación, amplificada hasta los confines del planeta por los medios de comunicación social, era como una petición común de ayuda dirigida al Papa por parte de la humanidad actual, que turbada por incertidumbres y temores, se plantea interrogantes sobre su futuro.
 
La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de la tarea de volver a proponer al mundo la voz de Aquél que dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8, 12). Al emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que su deber es hacer que resplandezca ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia luz, sino la de Cristo.
 
Con esta conciencia me dirijo a todos, también a aquellos que siguen otras religiones o que simplemente buscan una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia y todavía no la han encontrado. Me dirijo a todos con sencillez y cariño para asegurarles que la Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en búsqueda del verdadero bien del ser humano y de la sociedad.
 
Invoco de Dios la unidad y la paz para la familia humana y declaro la disponibilidad de todos los católicos a colaborar en un auténtico desarrollo social, respetuoso de la dignidad de todo ser humano.
 
No escatimaré esfuerzos y sacrificio para proseguir el prometedor diálogo emprendido por mis venerados predecesores, con las diferentes civilizaciones, para que de la comprensión recíproca nazcan las condiciones para un futuro mejor para todos.
 
Pienso particularmente en los jóvenes. A ellos, interlocutores privilegiados del Papa Juan Pablo II, dirijo mi afectuoso abrazo en espera, si Dios quiere, de encontrarme con ellos en Colonia, con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Queridos jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad, seguiré dialogando y escuchando vuestras esperanzas para ayudaros a encontrar cada vez con mayor profundidad a Cristo viviente, el eternamente joven.
 
7. «Mane nobiscum, Domine!». ¡Quédate con nosotros, Señor! Esta invocación, que es el tema señero de la carta apostólica de Juan Pablo II para el Año de la Eucaristía, es la oración que brota de modo espontáneo de mi corazón, mientras me dispongo a iniciar el ministerio al que me ha llamado Cristo. Como Pedro, también yo renuevo a Dios mi promesa de fidelidad incondicional. Sólo quiero servirle a Él, dedicándome totalmente al servicio de su Iglesia.
 
Como apoyo en el cumplimiento de esta promesa, invoco la materna intercesión de María santísima para. En sus manos pongo el presente y el futuro de mi persona y de la Iglesia. Que intercedan también los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos.
 
Con estos sentimientos os imparto a vosotros, venerados hermanos cardenales, a quienes participan en este rito y a cuantos lo siguen mediante la radio y la televisión una especial y afectuosa bendición.

EL OBSERVADOR 511-9

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


¿Y sobre esta piedra?
Por Javier Algara Cossío / San Luis Potosí, S.L.P.
 
Se terminó la espera. El humo blanco disipó la incertidumbre. Tenemos Papa. La aparición de Benedicto XVI en el balcón central de la Basílica de San Pedro liberó el regocijo esperanzado que se había ido acumulando en el corazón de todos los cristianos ante la Sede vacante luego de la muerte de Juan Pablo II. Pero el regocijo popular deberá asentarse para dar paso a la vivencia de la fe de la Iglesia asentada sobre esta «nueva» piedra escogida y labrada por el espíritu Santo. Y quizás veremos en los próximos tiempos que esto último va a ser mucho más que una simple frase sacada del Catecismo Católico.
 
Entre las muchas ideas manifestadas por los conductores televisivos que cubrieron el interregnum, respecto a los retos que enfrenta la Iglesia en el futuro próximo, destacan algunos: la desesperanza, causada por la secularización de gran parte del mundo, los problemas relacionados con el homosexualismo, la eutanasia y el aborto, el relativismo ético, etc. Estos retos no son, sin embargo, ninguna novedad. Los obispos europeos en el documento de su sínodo, «Ecclesia in Europa», por ejemplo, y los de otros continentes en los propios, enumeran ya algunos de ellos. Y no son problemas menores; el destino de la humanidad se juega en ellos. Y estoy seguro que Joseph Ratzinger, al aceptar la misión de ser el sucesor de Pedro, sabía perfectamente lo que le esperaba. Afortunadamente, pudo más en él la conciencia de ser un instrumento al servicio de la Providencia- como lo manifestó desde el balcón de San Pedro- y decidió ponerse en manos de Dios, como María en la Anunciación.
 
De que Benedicto XVI sea un instrumento de la Providencia al servicio del plan de Dios, queda claro si consideramos que las soluciones planteadas por los criterios humanos distan bastante de los que plantea la Iglesia. Muchos opinan que la Iglesia debe adaptarse a las exigencias del mundo, resolver la problemática con instrumentos humanos, so pena de quedarse vacía. Pero la Iglesia, a lo largo de los siglos, y en forma particular durante el pontificado de Juan Pablo II siempre ha dejado en claro que ella no piensa ceder en lo que ella considera ser su misión y la exigencia de la verdad que predica, ni mucho menos combatir el secularismo secularizándose, ni el relativismo relativizándose. Y en esta tarea ha destacado por décadas el nuevo Papa. Contra críticas y calumnias, y a pesar de lo que puedan decir los gurúes del secularismo, él siempre ha mantenido que contra la verdad no hay opinión que valga, por atractiva que sea. La única forma de vencer estas tendencias contrarias a la verdadera naturaleza y fin de la persona humana es precisamente hacer que la verdad brille más fuerte que nunca, aunque esto pueda molestar a quienes prefieren ser ellos mismos su propia verdad.
 
Gracias a Dios por el don que nos hace en Benedicto XVI.
 

EL OBSERVADOR 511-10

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


¿Es el Papa o es el papado?
Por Antonio Maza Pereda
 
Hay mucho que decir sobre reacciones que ha suscitado la muerte del Papa. Desgraciadamente son aprovechadas ellas para criticar de una manera más o menos descarada la actuación de Juan Pablo II. Que si debía de haber hecho eso o lo otro, que si no tomó en cuenta a tales o cuales grupos, que se comportó como político más que como pastor; en fin: críticas de todos los colores y de todos los grados de malicia.
 
Sin embargo, hay un aspecto que me parece poco tocado y, para mi gusto, es muy importante. Se habla del Papa, de su carisma, de su personalidad, de su capacidad mediática y se insinúa, veladamente, que será muy difícil que su sucesor tenga esas características. A mí me sale una duda: ¿fue el Papa o fue la institución del papado? El cariño de las multitudes que rodeaba a Juan Pablo II, ¿era por su persona o era por lo que representa: el sucesor de Pedro, el dulce Cristo en la tierra, como decía santa Catalina de Siena? Yo recuerdo, en una de sus primeras reuniones ecuménicas con dignatarios de diversas iglesias protestantes, que el Papa inició su discurso diciendo: «Yo soy Pedro». Eso era: el sucesor, la Roca. No Juan Pablo II, no Karol Wojtila.
 
Cuando vino el Papa a México por primera vez no lo conocíamos. Nadie sabía si era simpático, cómo era su sonrisa y, muchísimo menos, como era su pensamiento. Bueno, posiblemente exagere, pero en realidad muy pocos tendrían una imagen clara del modo de ser y de pensar del Papa. Pero lo que nos entusiasmaba, lo que nos llenaba de alegría, es que nos visitaba el Papa. Lo mismo hubiera dado que fuera Paulo VI, Juan XXIII, o Juan Pablo I. Era la figura, era lo que representaba el Papa lo que nos atrajo en primer lugar a llenar las calles y gritar nuestro júbilo a los cuatro vientos. Después lo conocimos, después nos simpatizó, después nos enamoramos de su manera de ser, de su bondad, de su alegría y, sobre todo, de su valentía para decirnos, con total autenticidad, lo que consideraba que necesitábamos oír, aunque no nos gustara.
 
Algo parecido ocurre con el actual papa. Por supuesto, no es igual al recién desaparecido; los grandes hombres tienen personalidades muy fuertes y definidas; raramente se parecen los unos a los otros. Es, no cabe duda, muy diferente en su forma de ser, en su personalidad, en sus cualidades. Pero es idéntico en otros aspectos: será la Roca sobre la que se apoya la Iglesia; tendrá el encargo de confirmar en la fe a todos nosotros. Y, si somos congruentes, nuestro cariño por él no será menor que el que le tuvimos a nuestro querido Juan Pablo II.
 
A fin de cuentas, lo importante es la institución del papado; en toda la historia, ha habido papas buenos y papas pecadores. Pero ninguno ha introducido en la Iglesia ningún error de fe o de costumbres. Se podrá haber cometido errores científicos, políticos, pastorales o de muchas otras índoles. Pero nunca un papa ha tenido que corregir un dogma de fe de sus antecesores.
 
Nuestra Iglesia sigue adelante porque es Cristo mismo quien nos prometió que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos. Y estará con nosotros a través, sobre todo, de la gracia y de nuestro papa.

EL OBSERVADOR 511-11

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


Concedido
Por Walter Turnbull
En Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) Dios nos ha concedido justamente el pastor que el rebaño necesita.
 
Siendo Juan Pablo II un gran teólogo, su inconmensurable labor fue principalmente pastoral. Cómo aplicar la doctrina en las situaciones y con las personas concretas. Y es que el asunto teológico y doctrinal estaba, afortunadamente, perfectamente cubierto por una persona de su absoluta confianza, que era como si lo hiciera él mismo. Era el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con él, el depósito de la fe estaba a salvo.
 
Cuando un Papa muere, la sede de San Pedro queda vacía, todos los cardenales abandonan sus funciones y la barca se queda sin timonel. ¿Qué pasaría si hubiera una crisis o una decisión difícil? ¿Quién convoca y quién dirige al colegio de cardenales? «Yo nunca me sentí desprotegida —me comentaba mi esposa—; siempre me dio tranquilidad la presencia de Joseph Ratzinger».
 
Cuando uno se pasea por portales católicos, ocasionalmente encuentra declaraciones de Josph Ratzinger. Siempre oportunas, siempre precisas, siempre excelentes. Intervenía como diciendo: «no molesten a mi jefe, que está muy ocupado, de esto me hago cargo yo.» Y vaya que lo hacía. Algunos han querido contraponer a Juan Pablo II y a Joseph Ratzinger alegando que Juan Pablo II se abrió al diálogo con otras religiones y que, en cambio, Ratzinger escribió la declaración «Dominus Jesús». Ignoran que Joseph Ratzinger escribió la «Dominus Jesús» en el nombre de Juan Pablo II y que en ella habla de la verdad y de la manifestación del Espíritu Santo que hay en todas las religiones.
 
Dios no está para caprichos. Dios ha mandado a su Hijo para ser testigo de la Verdad y su Hijo le ha encomendado a la Iglesia ser guardiana y transmisora de esa Verdad. Con la elección de Joseph Ratzinger como Benedicto XVI la Iglesia, como portavoz del Espíritu Santo, ha optado por la ortodoxia sobre el secularismo, por la verdad sobre el relativismo. Y ya andarán los escandalizados de Dios y los fabricantes de escándalo diciendo que la Iglesia ha regresado a la Inquisición o que la Iglesia va a desaparecer por falta de mercadotecnia. Los que amamos la sana doctrina estamos contentos porque la pureza de la Verdad está garantizada ante la amenaza del pensamiento débil. En estos tiempos de desquiciante confusión, lo que más falta nos hace es una inteligencia iluminada para alumbrarnos el camino.
 
Un teólogo alemán nos trae a la mente un cerebro sin sentimientos, un instrumento frío de la razón, una computadora que camina, que sólo procesa citas y dogmas. ¿Podrá entender a la gente? ¿Podrá acercarse a su rebaño? ¿Tendrá esos derroches de afecto a los que nos acostumbró Juan Pablo II? ¿Podrá ser humilde y sencillo? Para mí ha quedado claro en dos momentos: en esa brillante y hermosa homilía durante la misa por la elección del Papa, y en esa hermosa sonrisa y ese cariñoso saludo en su primera aparición al público.
 
Precisamente en esa homilía, hace unos días, él mismo decía:
 
Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar «zarandear por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud que está de moda.
 
«Adulta» no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la medida para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Tenemos que guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo.(…) En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad, sería como «un címbalo que retiñe» (1 Corintios 13, 1).
 
Nuestro ministerio es un don de Cristo a los hombres para edificar su cuerpo, el mundo nuevo. (…) en este momento, pidamos sobre todo con insistencia al Señor que, después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos dé de nuevo un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría. Amén.
 
Parecería que, inconscientemente, estaba hablando de él mismo. Para mí este hombre, Benedicto XVI, representa exactamente eso: una hermosa fuente de verdad y caridad.
 
Un pastor según su corazón, que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría. ¡CONCEDIDO!
 

EL OBSERVADOR 511-12

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


Comunicado con motivo de la elección del Santo Padre
 
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Los obispos de México, en comunión con la Iglesia Universal, nos sentimos plenamente agradecidos con Dios por el nuevo Pontífice, y confiamos en que Su Santidad Benedicto XVI, conducirá, en fidelidad al proyecto de Cristo, a la Iglesia, en el inicio de este siglo XXI.
 
De descendencia alemana y fiel a la trayectoria de Juan Pablo II, nuestro actual papa Benedicto XVI dará un nuevo impulso a las enseñanzas y doctrina de la Iglesia, y guiará la barca de Cristo hacia puerto seguro. Él es la Piedra donde está edificada la Iglesia, y tendrá, por la fuerza del Espíritu y el amor del Padre, la capacidad de comunicar al mundo de hoy a Cristo vivo para hacer de la Iglesia un lugar de encuentro entre los hombres.
 
Concientes de los retos a los que nos enfrentamos como pueblo de Dios, tenemos la certeza de que el Espíritu Santo nos da la capacidad para encontrar siempre el rumbo correcto. Estamos seguros que el nuevo Pontífice, 265 sucesor de San Pedro, sabrá dar las respuestas apropiadas a los desafíos del mundo moderno.
 
El nuevo Papa, electo por el Espíritu Santo a través de los Cardenales, manifestó ya desde el primer momento su gran humildad al decir que es él un trabajador más y que «Dios trabaja también con elementos insuficientes». Ya desde ahora nos sentimos plenamente identificados con nuestro nuevo guía, quien en nombre de Jesucristo gobernará a la Iglesia con gran fidelidad y amor.
 
Manifestamos, con el sentir del pueblo de México, el más sincero aprecio y respeto por nuestro nuevo Pastor; queremos con nuestra oración, ser un fuerte apoyo en esta misión que Dios le ha conferido, y lo encomendamos confiadamente a nuestra Madre Santísima María de Guadalupe, Reina de México y Emperatriz de América.
 
Por los Obispos de México,
+ José Guadalupe Martín Rábago
Obispo de León - Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano


EL OBSERVADOR 511-13

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


CULTURA
Si diligis, pasce
Pbro. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
 
Aún antes de conocer su elección ya lo amábamos, ya orábamos por él y ahora nos alegramos con toda la Iglesia: ¡Habemus papam! Ha sido el Padre quien por su Hijo y en su mutuo amor personal, el Espíritu Santo, lo eligieron por ministerio del Colegio Cardenalicio. Este ha tenido en custodia las llaves de Pedro para hacerlas llegar de nuestro amadísimo Juan Pablo II a Benedicto XVI, el hasta ahora Cardenal Joseph Ratzinger.
 
Nació en Marktl am Inn, Alemania. Doctor en Teología con la tesis «La Teología de la Historia en San Buenaventura». Catedrático en las facultades de Teología de Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. En 1977 fue nombrado arzobispo de Munich y Cardenal. Desde 1981 ha sido Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional. Calificado por Juan Pablo II como «infatigable buscador de la verdad». Si es indomable en la defensa de la fe, es abierto en lo accidental y cercano en su trato. Para el Cardenal de Colonia, Meisner, -como lo escribió recientemente el P. Santiago Martín-, «que soñaba con un Papa que fuera capaz de vivir felizmente su fe, que estuviera tan preparado teológicamente como doce profesores de Universidad, y que tuviera la inocencia de un niño de siete años, para que todo el mundo percibiera su santidad». Este hombre, ya dije entonces, sólo podía ser uno: Ratzinger…
 
Sobre su quehacer teológico, puede ser reconocido entre los teólogos del siglo XX -al lado de los grandes como H. Urs von Balthasar, K. Rahner, José Alfaro y E. Schillebeeckx,- cuando la teología católica se hace más bíblica, cuando el ambiente teológico está abierto a una mejor comprensión del mundo y se le da esta orientación ecuménica. Ha sido uno de los teólogos del Concilio Vaticano II a través del Cardenal Frings.
 
Para apreciar su capacidad teológica, vale la pena reconocer algunas de sus obras:
 
Curso de Teología Dogmática en colaboración con Johann Auer, nueve tomos, obra profunda y documentada en su fundamento bíblico, en las diversas posiciones a través de la historia con una sistematización interna de las afirmaciones dogmáticas de la Iglesia.
 
Para conocer mejor a nuestro Benedicto XVI, ofrezco junto a algunas de sus obras, una miscelánea de textos, que no pretenden ser los mejores, pero sí indicativos de sus preocupaciones.
 
Teoría de los Principios Teológicos: Cuál es la interpretación genuina y auténtica de la herencia bíblica o, dicho de otra forma, de dónde –dentro de la gran masa de tan múltiples y variadas posibilidades de interpretación- extrae la fe aquella certeza con la que se puede vivir y por la que se puede padecer y morir. Para esto no basta con la seguridad de la mejor hipótesis; cuando lo que está en juego es la vida, que no es una hipótesis, sino algo único e irrepetible… (pág. 9-10); Pero si es cierto que para la humanidad del hombre dedicarse a la filosofía y a la teología son tareas de hecho irrenunciables, entendidas como una búsqueda de la verdad y un estar abierto a ella, entonces hemos llegado a un punto absolutamente central. En realidad, me inclino a pensar que la crisis de la Iglesia y de la humanidad que ahora nos toca vivir se encuadra en el contexto de la expulsión del problema de Dios fuera del ámbito de la razón y una exclusión que primero provocó una retirada de la teología hacia el historicismo y luego hacia el sociologismo y que, al mismo tiempo, llevó al agostamiento de la filosofía… (p. 380-381).
 
Servidor de Vuestra Alegría:Reflexiones sobre la espiritualidad sacerdotal: Lo más hermoso y excelso del servicio sacerdotal es poder ser servidor de este santo banquete (la Eucaristía), poder transformar y distribuir este pan de la unidad. También para el sacerdote tiene este pan una doble significación. También él deberá recordar en primer término la cruz: al final, también el deberá ser grano de trigo de Dios; no puede contentarse tan sólo con dar palabras y acciones exteriores, debe dar la sangre de sus venas, debe darse a sí mismo. (p. 22-23).
 
Palabra en la Iglesia: En la cual ofrece una teología de la predicación, algunos temas básicos de predicación y ofrece finalmente meditaciones y homilías: Y por eso de la figura de Jesús se desprendía para mí siempre un algo optimista y liberador. Pero por otra parte tampoco podía pasar por alto que él exige más y en muchos aspectos de lo que la Iglesia puede hacerlo; que unas palabras radicales como las suyas tan sólo se pueden responder con decisiones radicales, tal como lo realizaron san Antonio o San Francisco de Asís en la aceptación total del evangelio. (p. 112-113)…Aquel que cree con la Iglesia, encuentra a Jesús en la oración y en los sacramentos, sobre todo en la eucaristía (p. 114);…si ya no existiese la idea de la catedral, del espacio del recogimiento, de tranquilidad, el dedo que señala a lo misterioso, a lo eterno… habría que inventarla, pues tenemos necesidad de ella. (p.200).
 
Ser cristiano en la Era Neopagana: Una Iglesia cuyos fundamentos se apoyan en las decisiones de una mayoría, se transforma en una iglesia puramente humana. Se reduce al nivel de lo que es factible y plausible, de todo cuanto es fruto de su propia acción y de sus propias intuiciones u opciones. La opinión sustituye a la fe (p.17). No tenemos necesidad de una Iglesia más humana, sino de una Iglesia más divina; sólo entonces ella será verdaderamente humana. (p. 21) Para la psudomoral liberal, la conciencia es la instancia que nos exime de la verdad. Se trasforma en la justificación de la subjetividad. (p. 33) La idea de la verdad ha sido eliminada en la práctica y substituida por la del progreso. El progreso mismo «es» la verdad. Sin embargo, en esta aparente exaltación se queda sin dirección y se desvanece. Efectivamente si no hay ninguna dirección todo podría ser lo mismo, progreso como regreso. (p.40).
 
Un Canto Nuevo para Señor:Hoy está claro que en la liturgia se ventilan cuestiones tan importantes como nuestra comprensión de Dios y del mundo, nuestra relación con Cristo, con la Iglesia y con nosotros mismos: en el campo de la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia.
 
El tiempo, pues, se ha cumplido. Después de 25 horas y cuatro escrutinios, habemus papam, –tenemos Papa, según el Corazón de Cristo, servidor humilde y sencillo, alegre, que nos confirmará en la fe con su doctrina sólida y su testimonio para vincularnos a Jesús y participar del hogar trinitario, el hogar de la ternura y de la donación en el Espíritu Santo. Nos habrá de señalar al Dios con nosotros, que no es lejano, como se ha demostrado en estos más de dos mil años. Ayudará a la humanidad y a la Iglesia a liberarse de la dictadura del relativismo. Su fe es nuestra fe, pues sin fe no se puede vivir. Aceptamos su proyecto para no temer, pues su vara y su cayado, que es el de Jesús el Buen Pastor, nos dan seguridad aunque pasemos por la cañada oscura epocal. Conoceremos su amor preferencial por los pobres, por los enfermos, por los marginados, los excluidos y las víctimas de la discriminación y del sufrimiento. Porque ama más que éstos, nos apacentará como grey de Jesús y pueblo de Dios. Será heraldo del evangelio, cuyos pies de mensajero son hermosos (Rom 10, 13-16). Será nuestro maestro en la fe. El Espíritu que ha recibido no es de cobardía, sino de fuerza, amor y templanza. Más allá de la condición de personaje, es el Buen Jesús en la tierra, como hermosamente nombraba al Papa Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia. Nos conducirá a la conversión, tantas veces aplazada, lejos de los escenarios del capricho. Nos invitará a reposar nuestro corazón en el de Cristo, para encontrar descanso en nuestras almas. En una palabra, cumplirá, a través de su ministerio pontificio, la profecía de Ezequiel (34, 16): Yo mismo en persona buscaré a las ovejas perdidas, recogeré las descarriadas; vendaré a las heridas, curaré a las enfermas y las apacentaré como es debido. Me amas, le dice Jesús el Buen Pastor, entonces, apacienta, -si diligis, pasce-.
 
Algunos teólogos descarriados que se perfilan como sus más encarnizados enemigos, los invitamos a deponer su soberbia y racionalismo, y acojan la fe humilde que libera y da la verdadera paz; que se dejen apacentar con buenos pastos, no los de la amargura rumiante y de la superficialidad secularista a todas luces banal. Si fue electo Simón, -Joseph Ratzinger, es porque ama más. Ese fue el criterio divino de Jesús Resucitado de ayer para que hoy asuma el ministerio petrino como Benedicto XVI. Si amas, apacienta.
 

EL OBSERVADOR 511-14

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


ENTREVISTA
El nuevo Papa ve muy positivamente la Misa en latín
Resumimos la reveladora entrevista concedida por el cardenal Ratzinger —ahora Benedicto XVI— a Raymond Arroyo, del canal católico EWTN, el 5 de septiembre 2003. La traducción corresponde a la agencia Aciprensa
 
Hablemos por un momento del concilio Vaticano II. Para los de mi generación creo que lo más importante concerniente a la fe de nuestros padres y abuelos es la liturgia, la Misa. Usted ha comentado sobre la reforma, sobre reformar la reforma. ¿Cómo ve eso?
 Diría que la reforma litúrgica no se implementó bien porque era algo general. Ahora la liturgia es algo propio de una comunidad. La comunidad se representa a sí misma y la creatividad del sacerdote o de otros grupos será lo que cree sus propias liturgias. La liturgia actual es más la expresión de sus propias ideas y experiencias que de lo que se encuentran con la presencia del Señor en la Iglesia. Y con esa creatividad y presentación personal de la comunidad, desaparece la esencia de la liturgia.
 Pienso que debemos restaurar algunas ceremonias. La universalidad de la liturgia es esencial.
 
¿Veremos la vuelta a la postura «ad orientem», de cara a Oriente, el sacerdote de espaldas al pueblo durante la Misa, un retorno al latín, más latín en la Misa?
 «Versus orientem». Diría que podría ayudar, ya que es una tradición de los tiempos de los Apóstoles, y no es sólo una norma sino la expresión de la dimensión cósmica e histórica de la liturgia. Celebramos con el cosmos, con el mundo. Creo que en nuestros días este descubrimiento de nuestra relación con el mundo creado puede ser comprendida mejor por las personas que hace 20 años. Entonces, creo que podría ayudar. Los gestos externos no son sólo un remedio de por sí, pero podría ayudar dado que es una interpretación muy clásica de la dirección de la liturgia.
 Pienso que fue bueno traducir la liturgia en las lenguas locales porque la entendemos, participamos también con nuestras mentes. Pero la presencia del latín en algunos elementos ayudaría a darle una dimensión universal, darle la oportunidad a la gente para que vea y diga «Estoy en la misma Iglesia». Así que, en general, las lenguas locales son...
 
¿... Algo bueno?
 ... una solución. Pero algo de latín podría ayudar a tener la experiencia de universalidad.

 Usted está trabajando en nuevas disposiciones litúrgicas que Juan Pablo II ha previsto en su encíclica sobre la Eucaristía. Hemos oído mucho del cardenal Arinze. Para algunos esto puede ser el inicio de la vuelta de la Misa tridentina. ¿Usted cree que será así?
 La antigua liturgia no se prohibió nunca. Sólo necesitamos normas para que, pacíficamente, se aplique de modo que la liturgia reformada sea la liturgia habitual de la Iglesia. Y que quede claro que la otra siempre será válida siempre siguiendo el Magisterio de la Iglesia y del Santo Padre.
 
Es interesante ver como en algunos lugares muchos han seguido el llamado de Juan Pablo II para realizar más frecuentemente la práctica de la antigua Misa.
Sí, creo que es importante estar abierto a la posibilidad de demostrar también la continuidad de la Iglesia. No somos parte de una Iglesia distinta a la de hace 500 años. Siempre es la misma Iglesia. La Iglesia siempre es santa, nunca ha dejado de serlo, es imposible.
 
Algunos sugieren que existe un cisma de facto en la Iglesia de hoy. Muchos que se llaman a sí mismos católicos no creen ni viven una vida de fe. ¿Cómo los atraemos nuevamente?
Diría que ese es un problema pastoral permanente, ayudar a las personas a que compartan la fe de la Iglesia auténticamente. Y siempre ha sido un problema para muchas personas porque su fe es deficiente e insuficiente. Hoy en día esto puede verse mucho más claramente con todo el relativismo y las cosas relacionadas con él. Es un problema tan complicado como en tiempos pasados.
 
También está el problema de la catequización y la evangelización que es mucho más difícil que antes. Pienso que lo primero que debe hacerse es una buena catequesis en la formación en la fe, que se haga presente la fe de la Iglesia. Creo que el Catecismo de la Iglesia Católica es una gran ayuda para observar universalmente lo que es la fe de la Iglesia y lo que no lo es. El nuevo compendio que estamos preparando será otra ayuda para hacer más accesible el gran catecismo en un trabajo práctico de catequización. Éste es el primer punto: la educación es la verdadera base del presente. El otro asunto está en la predicación: que podamos aprender lo que es la fe en las homilías, no sólo algunas ideas o siempre las mismas ideas. Pienso que un peligro real con el que nos topamos es que en las homilías los sacerdotes y también los obispos repiten esencialmente sus ideas favoritas y no presentan la totalidad de la fe. Me parece entonces que una renovación en la predicación también es muy importante.
 
También debe profundizarse la oración en la Iglesia. Creo que la manera de aprender a Dios es la oración. Y tener una escuela de oración es esencial. Con una relación concreta de oración, aprendemos sobre Dios y aprendemos a la Iglesia. Por eso es importante tener libros de oración que presenten la profundidad de nuestra fe.
 
Por esa misma razón la caridad cristiana es importante para concretar nuestra fe; dado que la fe no es sólo una idea, una teoría, sino una realidad existente.
 
Juan Pablo II ha hablado mucho sobre la nueva primavera. Algunos ven que los números crecen y que los creyentes avanzan cantando y bailando, tomados de las manos. Usted ve una imagen distinta. Díganos ¿cómo es esa imagen. ¿Cómo ve la evolución de esta primavera?
 No excluyo este baile tomados de las manos, pero esto es sólo un momento. Mi idea de la primavera de la Iglesia no se refiere a que dentro de poco tengamos muchísimas personas convertidas y que finalmente todas las personas del mundo se conviertan al catolicismo. Ésa no es la manera de Dios. Las cosas esenciales en la historia empiezan con pequeñas comunidades, más convencidas. Así, la Iglesia comienza con 12 apóstoles, pero esta comunidad en sí misma es el futuro del mundo, dado que tiene la verdad y la fuerza de la convicción. Pienso que sería un error pensar que ahora o en diez años, con la nueva primavera, todo el mundo será católico. Este no es nuestro futuro, no es nuestra expectativa. Pero tendremos comunidades realmente convencidas. Ésta es la primavera: una nueva vida de personas convencidas con el gozo de la fe.
 
Pero, ¿pequeños números?
 Números pequeños, me parece. De esos números pequeños tendremos una irradiación de alegría en el mundo. Existe una atracción, como la había en la antigua Iglesia. Incluso cuando Constantino instauró el cristianismo como religión oficial, había un pequeño porcentaje de cristianos, pero era claro que ellos eran el futuro. Podemos vivir en el futuro. Diría que, si tenemos jóvenes que realmente viven la alegría de la fe y viven además la irradiación de esta alegría, tenemos entonces a un grupo de personas que le dicen al mundo: «incluso si no podemos compartirla, si no podemos convertir a nadie en este momento, aquí está la forma para vivir el mañana».
 
¿Ve a los movimientos en la Iglesia como parte de esa conversión?
 Sí. Comunión y Liberación, los Focolares y la Renovación Carismática, por ejemplo. Pienso que son un signo de esta primavera y de la presencia del Espíritu Santo que está regalando estos carismas nuevos a la Iglesia. Esto es para mí motivo de gran esperanza: que la fuerza proveniente del Espíritu Santo esté presente en los laicos y no necesariamente en el clero.
 
Por otra parte, creo que es importante que estos movimientos no se cierren sobre sí mismos o se absoluticen. Tienen que entender que, si bien son una manera, no son «la» manera; tienen que estar abiertos a otros, en comunión con otros. Sólo con esta apertura a no absolutizarse con sus propias ideas, y con la disposición para servir a la Iglesia común, la Iglesia universal, serán un camino para el mañana.
 

EL OBSERVADOR 511-15

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


MIRADA JOVEN
 Habemus Papam
 Por María Velázquez Dorantes

 
Tras el repique de las campanas de la basílica de San Pedro, la señal del humo blanco que salía de la Capilla Sixtina, a través de la fumata, a las 17:50 PM en el Vaticano y a los 10:50 AM en México, se anunciaba al nuevo guía no sólo para una nación, sino para la fortaleza del mundo, al ocupante del solio pontificio número 265.
 
La alegría de recibir a un nuevo Papa se manifestó no sólo en la plaza del Vaticano, sino en cada uno de los corazones de los que estaban deseosos de conocer el nombre del sucesor de Pedro, quien edificó la Iglesia de Cristo.
 
La difícil tarea del cónclave se vio iluminada por el Espíritu Santo, quien permitió que se llegara a una decisión en jornada y media. A las 18:42 horas PM en el Vaticano se anunció con Habemus Papam al cardenal Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II.
 
Las primeras palabras que pronunció el nuevo pontífice, Benedicto XVI, estuvieron dirigidas a su antecesor: «Para el papa Juan Pablo II». Enseguida se escuchó a un hombre dócil: «Sencillo y humilde, trabajador del Señor, el Señor sabe trabajar con instrumentos insuficientes y confío mi persona al Señor y a María nuestra Madre». Después dio su primera bendición papal.
 
El mundo tiene después de un papa polaco a un papa alemán, a un papa que, desde que entró al cónclave como cardenal, era considerado favorito; a un papa que presidió la Misa del funeral de Juan Pablo II; a un papa que tiene el enorme compromiso que ha dejado su antecesor; a un papa que se ha mostrado en contra del aborto; a un papa valiente al aceptar lal gran responsabilidad como dirigente en la Iglesia católica.
 

EL OBSERVADOR 511-16

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA
Humo blanco
Por Claudio de Castro S.
 
Mi hija me ha llamado por celular. Gritaba emocionada: «¡Tenemos Papa! ¡Tenemos Papa! ¡Salió humo blanco!».
 
Encendí la radio y escuché las campanas de San Pedro doblando intermitentes. Qué emoción tan grande. Es el sonido del triunfo de la Iglesia, el Amor que Dios ha depositado en todos nosotros.
 
Nos sentíamos huérfanos de padre con la muerte de Juan Pablo II, y ahora, la alegría.
 
Un papa que guiará la Iglesia por nuevos y santos senderos.
 
Reconoceremos en su mirada el rostro de Jesús. Es el vicario de Cristo. El pontífice con el que Dios nos ha bendecido. Un puente entre Dios y el hombre.
 
Se ve la ventana por la cual saldrá el pontífice. Será un padre para todos nosotros.
 
Esperamos emocionados su salida. ¿Quién será el Papa? ¿Quién es el elegido de Dios?
 
Está por salir el Papa.
 
Nuestro corazón está preparado. Listo para recibir su bendición.
 
Acaban de darlo a conocer: el cardenal Ratzinguer. ¡Qué maravilla!
 
Ha salido al balcón y se escucha el aplauso de la multitud. Los gritos de júbilo.
 
He leído de él palabras llenas de sabiduría. Es un hombre sabio. «El que vive en las manos de Dios, siempre cae en las manos de Dios».
 
También escribió algo que me conmovió: «Ser santo es ser amigo de Dios».
 
¡Dios bendiga al nuevo Papa y a toda la humanidad! ¡Que viva el Papa!

EL OBSERVADOR 511-17

  [SUMARIO] [INICIO]


EL RINCÓN DEL PAPA
Adiós a esta columna dedicada a nuestro Juan Pablo II el Grande
 
Esta columna estuvo dedicada por casi diez años a las catequesis impartidas por Juan Pablo II en las audiencias generales de los días miércoles, o bien, a reproducir sus palabras pronunciadas durante el Angelus dominical o alguna otra celebración eclesial.
 
Aquí aprendimos a disfrutar, gracias al magisterio pontificio de nuestro siempre amado papa Wojtyla, la profundidad y belleza de los salmos y demás cánticos de la Biblia; también comprendimos mejor lo concerniente a las realidades últimas: Purgatorio, Cielo e Infierno; nos adentramos en los diversos tiempos litúrgicos: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua... Este espacio se convirtió en modesto canal para que los cristianos de la región pastoral Bajío pudiéramos acceder a la escuela de la fe que Cristo nos regaló a través de Su Santidad Juan Pablo II.
 
Por tal motivo, y como reconocimiento a su maravilloso, fructífero e irrepetible pontificado, creemos conveniente cerrar este espacio tan suyo y sólo suyo.
 
Otro pontífice ha llegado, Benedicto XVI. El Espíritu de Dios se ha encargado de escogernos un nuevo vicario de Cristo —siempre a la medida de las necesidades de la Iglesia—, portador de otros carismas, otra personalidad y, probablemente, una manera distinta pero igualmente correcta de pastorear el rebaño del Buen Pastor.
 
Así, a partir de la próxima semana, al papa Ratzinger le abriremos otro espacio permanente en nuestro semanario: su propio y personal rinconcito para que Dios nos siga alimentando.
 

EL OBSERVADOR 511-18

[SUMARIO] [INICIO]


FIN

 
De acuerdo con las normas internacionales de Propiedad Intelectual y Derechos de Autor, podrá reproducir parcial o totalmente la información, pero siempre citando nuestra fuente. La reproducción de los artículos y/o noticias firmados con Zenit.org-El Observador requieren permiso expreso de zenit.org
La publicación de algún artículo no implica compromiso. Los artículos firmados son responsabilidad del autor.
Los artículos publicados en esta Web son una selección de la edición impresa.
D.R. Clip Art de Querétaro, S. de R.L. de C.V. 1995-2006