El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
22 de mayo de 2005 No.515

SUMARIO

bulletBenedicto XVI anunció la apertura de la causa de beatificación de Juan Pablo II
bulletEl Papa pone en manos de la Virgen de Guadalupe su vida y la de las madres
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - País cobarde
bulletLA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO - Dios no es indiferente
bulletINTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Novios de lejos
bulletPINCELADAS - Experiencia ajena
bulletDOCUMENTOS -El obispo de Roma se sienta en su cátedra para dar testimonio de Cristo
bulletJÓVENES -Sin prisas
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA - ¿Qué es lo que Dios quiere de mí?
bulletLOS VALORES DE LOS MEXICANOS -Viviendo en la mentira
bulletREPORTAJE -Por qué los milagros en vida de Juan Pablo II no servirán para su canonización

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Benedicto XVI anunció la apertura de la causa de beatificación de Juan Pablo II
Dispensa los 5 años de espera establecidos por el Derecho Canónico
Zenit.org / El Observador

Benedicto XVI anunció su decisión de dispensar del período de cinco años de espera establecido por el Derecho Canónico para el inicio de la causa de beatificación de Juan Pablo II.

En un encuentro con el clero de la diócesis de Roma, celebrado en la basílica de San Juan de Letrán, el Papa leyó en latín el siguiente anuncio: «El Sumo Pontífice, Benedicto XVI, ha dispensado del período de cinco años de espera tras la muerte del siervo de Dios, Juan Pablo II, sumo pontífice».

Un inmenso aplauso, que resonó en la catedral de la Ciudad Eterna, interrumpió las palabras del vicario de Cristo. Joseph Ratzinger sonreía con evidente emoción.

Con este anuncio, Benedicto XVI, 42 días después de la muerte de Karol Wojtyla, respondía al grito que se apoderó de la plaza de San Pedro del Vaticano el 8 de abril, día de sus exequias: «Santo subito!» («¡Santo ya!»).

El Papa escogió como fecha para hacer el anuncio el 13 de mayo, día de la memoria litúrgica de la Virgen de Fátima, a la que Juan Pablo II, como reconoció en su testamento, consideraba que debía su segunda vida, tras el atentado que sufrió en un 13 de mayo, en 1981.

El proceso exigirá el reconocimiento de un milagro atribuido a la intercesión de Juan Pablo II, realizado tras su muerte.

«Obviamente todo esto requiere tempo —dijo el cardenal Camillo Ruini—, pero esperamos que verdaderamente todo proceda con rapidez y que cuanto antes podamos ver a Juan Pablo II en los altares».

De los 264 papas de la historia, 78 de ellos han sido proclamados santos, y otros diez han sido beatificados.

EL OBSERVADOR 513-1

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El Papa pone en manos de la Virgen de Guadalupe su vida y la de las madres

Ante la Virgen de Guadalupe acudió a orar especialmente por las madres Benedicto XVI el pasado 12 de mayo en los jardines vaticanos. Puso a los pies del monumento mariano una ofrenda floral y recitó la siguiente oración en español, junto al Ave María:

Santa María, que bajo la advocación
de Nuestra Señora de Guadalupe
eres invocada como Madre
por los hombres y mujeres
del pueblo mexicano y de América Latina,
alentados por el amor que nos inspiras,
ponemos nuevamente en tus manos maternales
nuestras vidas.
Tú, que estás presente
en estos jardines vaticanos,
reina en el corazón de todas la madres del mundo
y en nuestros corazones.
Con gran esperanza, a ti acudimos
y en ti confiamos.

Dios te Salve, María, llena eres de gracia,
el Señor está contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte. Amén.
Nuestra Señora de Gua
dalupe,
ruega por nosotros.

En lo más alto de los jardines vaticanos se halla el monumento en mármol blanco a la Virgen de Guadalupe. Representa el momento en que san Juan Diego despliega su tilma ante el obispo de México, Juan de Zumárraga.

El grupo escultórico es obra de A. Ponzelli. Fue un obsequio de los católicos mexicanos a Pío XII en 1939.

EL OBSERVADOR 513-2

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CARTAS DEL DIRECTOR
País cobarde
Por Jaime Septién

Toda discriminación, segregación, apartamento, distancia, diferenciación o violencia (real o simbólica) por razones de sexo, edad, religión o raza es una cobardía. También, una bofetada al rostro igualitario de Jesucristo.

México es un país profundamente discriminatorio. La Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación, que presentó la Secretaría de Desarrollo Social esta semana, así lo atestigua: 9 de cada 10 mujeres, discapacitados, indígenas, homosexuales, ancianos y gente perteneciente a minorías religiosas, opinan que han sido discriminados por su condición. Una de cada 3 personas pertenecientes a esos grupos dice haber sido sujeto a segregación el último año, sobre todo en el trabajo.

Dolorosamente, los indígenas, los que tanto amó Juan Pablo II (en las visitas ad-limina siempre preguntaba por los indígenas de México) son los más discriminados. Cuatro de cada 10 mexicanos estarían dispuestos a organizarse para evitar que se establezca un grupo indígena cerca de su lugar de residencia. O sea que a los indígenas, de lejos y en sus reservaciones...

Las fobias reales de los mexicanos saltan a la vista cuando se trata de la pregunta hipotética sobre con quién no nos gustaría compartir una casa. No lo haríamos, principalmente, con un homosexual (48.4%), con un indígena (20.1%) o con un discapacitado (15%). Pero donde más se refleja la cobardía del segregacionismo es en el trato con las mujeres. Uno de cada 5 varones considera que es «natural» que a las mujeres se les prohíban más cosas que a los hombres; uno de cada 6, que no hay que gastar tanto en la educación de las niñas, porque luego se van a casar; uno de cada 4 pediría examen de embarazo a mujeres que fueran a solicitar trabajo, y uno de cada 2 opina que las mujeres que quieren trabajar, lo hagan en tareas propias de su sexo (barrer, trapear...). Uno de cada 3 opina que es «normal» que los hombres ganen más que las mujeres, aunque tengan el mismo trabajo y la misma responsabilidad. Dos de cada 10 opinan que las mujeres tienen menos capacidad que los hombres para ejercer cargos importantes, y uno de cada 4 (qué vergüenza) cree que muchas mujeres son violadas porque «provocan» a los hombres.

Basta con esto para dibujar a un país que, siendo mayoritariamente católico, no ha entendido que Cristo nos enseñó que todos somos amados por el Padre y que ante Él no existen diferencias de dignidad. Al hacerse plenamente hombre (siendo plenamente Dios), conquistó, para todos, la altísima dignidad de hijos. Nos heredó el valor, pero no hemos sido valientes.

EL OBSERVADOR 513-3

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LA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO
Dios no es indiferente
Benedicto XVI leyó en audiencia general el texto preparado por Juan Pablo II para comentar el cántico del Apocalipsis (15, 3-4):

«La historia no está en manos de potencias oscuras, del azar o de decisiones humanas. Al desencadenarse energías malvadas, al irrumpir con vehemencia Satanás, ante tantos azotes y males, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes de la historia. Él la conduce con sabiduría al alba de los nuevos cielos y de la nueva tierra, que se canta en la parte final del libro bajo la imagen de la nueva Jerusalén».

El himno lo entonan «los justos de la historia, los vencedores de la bestia satánica, los que, a través de la aparente derrota del martirio, son en realidad los constructores del mundo nuevo, cuyo artífice supremo es Dios». Con este cántico «se quiere reafirmar que Dios no es indiferente ante las vicisitudes humanas, sino que interviene eficazmente para hacer presente su proyecto de salvación».

«Esta intervención divina tiene un fin preciso: ser un signo que invita a la conversión a todos los pueblos de la tierra. Las naciones deben aprender a 'leer' en la historia un mensaje de Dios. La aventura de la humanidad no es confusa y carente de significado, ni está sometida a la prevaricación de los prepotentes y perversos».

Hay que «abrirse al temor del nombre del Señor. En el lenguaje bíblico, este 'temor' no coincide con el miedo, sino que es el reconocimiento del misterio de la trascendencia divina. Gracias al temor del Señor no se tiene miedo del mal que irrumpe en la historia y se retoma con vigor el camino de la vida».

«El himno termina con una procesión universal de los pueblos que se presentarán ante el Señor de la historia» y lo «adorarán. Y el único Señor y Salvador repite las palabras pronunciadas la última noche de su vida terrena: 'Tened confianza. Yo he vencido al mundo'».

EL OBSERVADOR 513-4

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INTIMIDADES -LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Novios de lejos
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA
Soy una persona que ha tenido la oportunidad de prepararse mucho, tengo muy buen nivel de estudios, soy educado y caballero ante todo y tengo una buena expectativa de vida. He tenido la oportunidad de viajar y vivir en otros países y he conocido muchas chicas sin llegar a buscar una aventura. El año pasado un amigo mío se casó en Colombia y lo acompañé; fue muy lindo el viaje, era la primera vez que estaba en ese lindo país y quede impresionado de la belleza de las mujeres. Tuve la oportunidad de conocer a varias chicas, pero todo fue solo por diversión, quedé en contacto con ellas, pero.... Una de ellas se «enamoró de mi» y a mi me gustaba mucho, pero sólo eso; entonces le pedí desde México que fuéramos novios y ella aceptó. Yo estaba contento, y me decía: qué bien, tengo facilidad para conquistar chicas, ¿por qué no lo intento con otras?
El caso es que fui por segunda vez a Colombia y aunque había conocido a una chica que me había fascinado su belleza, en cuanto estuve de nuevo con mi novia caí perdidamente enamorado. Las cosas cambiaron, ella ya no está ya tan enamorada de mí, me quiere mucho y me lo demuestra, pero yo la amo y la amo de verdad, a tal grado que he evitado tener ojos para alguien más y he mejorado mucho en el trato hacia ella; le he dado muchas sorpresas que a ella le han encantado y ella me dice que no había conocido a un hombre que hiciera estas cosas bonitas por ella.
Está última vez que fui conocí a su familia, su mamá, su papá y sus hermanas y me quedó claro que me quieren y me valoran mucho. Ella me dice que soy una persona muy valiosa, que intentará amarme como yo la amo a ella y que no dejará pasar la oportunidad; pero ahora que estoy en México, siento la duda de si realmente está haciendo el intento o más bien busca que yo me olvide de ella. Yo podría ir a Colombia una vez al mes o quizá cada dos meses, pero ella no quiere que sea así. Ella es muy tierna, muy dulce, muy amable, pero a veces es tan indiferente (o yo así lo siento) que me pone triste y pensativo. He hablado con su mamá y está convencida de que yo soy una buena persona y un buen partido para su hija, pero mi amada dice que eso puede ser malo porque de tanto que le hablan bien de mí en su casa podría ser contraproducente y lejos de quererme más, pudiera ser menos. No sé cómo actuar. He caído en este camino del enamoramiento, le he dicho a ella que no se preocupe, que no hay problema si quedamos sólo como amigos... Pero la verdad es que tengo miedo de perderla y que no me ame y que ella quiera que sólo seamos amigos, pues aunque sé que me dolería mucho y sufriría por muchos años, al final, si eso es lo mejor, lo aceptaría. Solo que para ella el tiempo no importa, y quizá tome mucho tiempo que ella quiera tomar una decisión, mientras que para mí el tiempo es lento, doloroso, y me está costando mucho trabajo esperar.

RESPUESTA

Enamoramiento no es lo mismo que amor. Si para cuando se acaba el enamoramiento no se ha construido un amor, tal vez lo mejor es terminar el noviazgo. Si ella no te ama como pareja, ¿cómo van a construir una relación sana? Además, no es justo que estés en esta situación, esperando por su decisión.

Que la familia te vea con buenos ojos no basta; es más, tiene poca importancia. Lo que importa es como te ve ella. ¿Y por qué tendría que influir la familia en ella? Eso de que sería mejor que no le hablaran bien de ti porque entonces, por ir en contra de la familia, te va a querer menos me parece un signo grande de inmadurez.

No tengas miedo a perderla, no puedes perder lo que no tienes. Además, el amor no es cuestión de poseer.

¿Hasta dónde todo esto es producto de tu ilusión? El problema más grave es que en realidad no pueden conocerse bien. Viéndose de cuando en cuando puede haber muchas fallas en el conocimiento mutuo. Hace falta una convivencia más frecuente, más cotidiana. No digo que necesariamente una relación de lejos esté condenada de antemano al fracaso, porque hay muchos casos en los que, pese a la distancia, las parejas lograron una sólida relación. Pero es mucho más difícil.

Por otro lado, no creo que puedan quedar como amigos, al menos no en un primer momento. Mientras uno de los dos miembros de una pareja que se separa siga enamorado, lo que resulta no es una amistad. En este caso, tú seguirías ilusionado, haciéndote daño al mal interpretar gestos cariñosos suyos y quizá la presionarías más o menos abiertamente.

Tal vez lo mejor para ti sería terminar de una vez con esta relación. Te va a doler, pero créeme, no serán años. En cambio, te sentirás liberado y dueño de tu tiempo, que ya no será lento y doloroso. Al final, te sentirás agradecido por esta experiencia. La vida continúa, y tú serás más maduro y más generoso.

La psicóloga Cervantes responderá por este medio las preguntas que le envíen a El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

EL OBSERVADOR 513-5

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PINCELADAS
Experiencia ajena
Por Justo López Melús *

El consejo de las personas sensatas podría ayudarnos a evitar muchos descalabros en la vida. Pero suele servir de poco. Muchos drogadictos, alcohólicos, afectados de SIDA..., lamentan, cuando ya no tiene remedio, no haber escuchado los buenos consejos que les dieron.

Suele decirse que hay que escarmentar en cabeza ajena, pero la verdad es que se aprende poco con el fracaso ajeno, y muchos prefieren experimentos fuertes, aunque tengan veneno. La experiencia ajena sirve de poco, y cuando se tiene la propia, ya no se puede usar: si un joven quisiera..., si el anciano pudiera... La experiencia es una señora que nos da un peine cuando ya estamos calvos. La experiencia es un billete de lotería que adquirimos cuando ya se efectuó el sorteo.

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 513-6

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DOCUMENTOS
El obispo de Roma se sienta en su cátedra para dar testimonio de Cristo
Extracto de la homilía de Benedicto XVI al tomar posesión de la cátedra del obispo de Roma en la basílica de San Juan de Letrán el pasado 9 de mayo

Este día, en el que por primera vez puedo sentarme en la cátedra del obispo de Roma, como sucesor de Pedro, es el día en el que en Italia la Iglesia celebra la fiesta de la Ascensión del Señor. En el centro de este día encontramos a Cristo.

¿Qué nos quiere decir la fiesta de la Ascensión del Señor? No nos quiere decir que el Señor se ha ido a algún lugar alejado de los hombres y del mundo. La Ascensión de Cristo no es un viaje en el espacio hacia los astros más remotos. La Ascensión de Cristo significa que ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte que condiciona nuestra vida. Significa que pertenece completamente a Dios. Él, el Hijo Eterno, ha llevado nuestro ser humano a la presencia de Dios, ha llevado consigo la carne y la sangre de forma transfigurada.

El hombre encuentra espacio en Dios a través de Cristo; el ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios. Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. Cada uno de nosotros puede tutearle, cada uno puede dirigirse a Él.

El Señor promete a sus discípulos su Espíritu Santo. En Jesús, Dios se nos dio totalmente a sí mismo, es decir, nos dio todo. Pero nuestra capacidad de comprender es limitada; por este motivo la misión del Espíritu consiste en introducir a la Iglesia de manera siempre nueva, de generación en generación, en la grandeza del misterio de Cristo.

La Iglesia no presenta nada diferente o nuevo junto a Cristo; no hay ninguna revelación pneumática junto a la de Cristo, como algunos creen, no hay un segundo nivel de Revelación. No: «recibirá de lo mío», dice Cristo en el Evangelio (Juan 16, 14). Y, al igual que Cristo sólo dice lo que escucha y recibe del Padre, el Espíritu Santo es intérprete de Cristo. «Recibirá de lo mío». No nos lleva a otros lugares, alejados de Cristo, sino que nos hace penetrar cada vez más adentro de la luz de Cristo.

Por este motivo, la revelación cristiana es, al mismo tiempo, siempre antigua y siempre nueva. Por este motivo, todo se nos ha dado siempre y ya.

El Espíritu Santo es la fuerza por la que Cristo nos hace experimentar su cercanía. Pero Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que se hayan encontrado con Él, que le hayan conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres que, habiéndole tocado con la mano, por así decir, puedan testimoniarle. Fue así como la Iglesia creció desde «Jerusalén… hasta los confines de la tierra». A través de testigos se construyó la Iglesia.

Todo cristiano puede y debe ser testigo del Señor resucitado. En esta red de testigos, al sucesor de Pedro le corresponde una tarea especial. Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16, 16). Ésta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios vivo.

La cátedra de Roma es, ante todo, cátedra de este credo. Desde lo alto de esta cátedra, el obispo de Roma está obligado a repetir constantemente: «Dominus Iesus», «Jesús es el Señor», como escribió Pablo en sus cartas a los Romanos (10, 9) y a los Corintios (1 Cor 12, 3). A los corintios, con particular énfasis, les dijo: «aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra… para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre…; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros» (1 Cor 8, 5). La cátedra de Pedro obliga a sus titulares a decir, como hizo Pedro en un momento de crisis de los discípulos, cuando muchos querían irse: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (Juan 6, 68 y siguientes).

Quien se sienta en la cátedra de Pedro tiene que recordar las palabras que el Señor dijo a Simón Pedro en la Última Cena: «Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22, 32). El titular del ministerio petrino tiene que tener la conciencia de ser un hombre frágil y débil, como son frágiles y débiles sus propias fuerzas, necesitado constantemente de purificación y conversión. Pero puede también tener la conciencia de que del Señor le viene la fuerza para confirmar a sus hermanos en la fe y mantenerles unidos en la confesión de Cristo, crucificado y resucitado.

En la Iglesia, la Sagrada Escritura, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el ministerio de la interpretación auténtica, conferido a los apóstoles, se pertenecen mutuamente de manera indisoluble. Allí donde la Sagrada Escritura es extraída de la voz viva de la Iglesia, se convierte en víctima de las disputas de los expertos. Ciertamente todo lo que éstos pueden decirnos es importante y precioso; pero la ciencia por sí sola no es capaz de darnos, en la interpretación, esa certeza con la que podemos vivir y por la que también podemos morir. Para ello se necesita la voz de la Iglesia viva, de esa Iglesia confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles hasta el final de los tiempos.

Esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir.

El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo.

Pero, al hablar de la cátedra del obispo de Roma, ¿cómo es posible dejar de recordar las palabras que san Ignacio de Antioquia escribió a los romanos? Pedro, procedente de Antioquia, su primera sede, se dirigió a Roma, su sede definitiva. Una sede que se convirtió en definitiva con el martirio que unió para siempre su sucesión con Roma.

Ignacio, por su parte, siendo obispo de Antioquia, se dirigía hacia el martirio que habría tenido que sufrir en Roma. En su Carta a los Romanos, se refiere a la Iglesia de Roma como la «que preside en el amor». No sabemos con certeza lo que realmente quería decir Ignacio al utilizar estas palabras. Pero, para la antigua Iglesia, la palabra amor, «ágape», hacía referencia al misterio de la Eucaristía. Presidir en la doctrina y presidir en el amor, al final, tienen que ser una sola cosa: toda la doctrina de la Iglesia, al final, lleva al amor. Y la Eucaristía, como amor presente de Jesucristo, es el criterio de toda doctrina.

Queridos romanos, ahora soy vuestro obispo. ¡Gracias por vuestra generosidad, gracias por vuestra simpatía, gracias por vuestra paciencia! Como católicos, en cierto sentido, todos somos también romanos. Con las palabras del salmo 87, cantaba Israel y canta la Iglesia: «Se dirá de Sión: 'uno por uno todos han nacido en ella'» (v. 5). Del mismo modo, también nosotros podríamos decir: como católicos, en cierto sentido, todos hemos nacido en Roma. De modo que quiero tratar de ser, con todo el corazón, vuestro obispo, el obispo de Roma.

EL OBSERVADOR 513-7

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JÓVENES
Sin prisas
Por Javier Menéndez Ros / Toulousse
Antes que nada, una advertencia: si tienes prisa no leas lo que sigue y déjalo para cuando tengas un rato tranquilo. Si, por el contrario, crees que puedes leer con tranquilidad estas dos páginas, entonces adelante.

De vez en cuando me sorprendo a mí mismo preguntándome por qué voy apresurado a todos lados y por qué a menudo meto tanta prisa a la gente que me rodea. Desde que me levanto hasta que vuelvo a casa después del trabajo parece que todo ha de ser una carrera contra reloj. El tiempo lo tengo ya calculado para que no sobre ni un minuto, y si, por el contrario, se produce algún retraso, entonces más prisa aún hay que darse.

Hay que conducir de prisa; el tren, el metro o el autobús no van todo lo rápido que me gustaría; ando por la calle dando pasos rápidos y miro con desagrado a quien osa adelantarme. Cuando vivía en Holanda eso me pasaba más a menudo pues especialmente las holandesas de tamaño ciclópeo me pasaban andando con sus grandes zancadas sin despeinarse ni un pelo, y cuando iba en bici era mucho peor, pues hasta las abuelitas holandesas me adelantaban como si nada, con su ritmo cadencioso, pese a mis intentos de acelerar. ¡Aquello era intolerable!

Por la calle tengo que ir rápido, no importa si voy o vuelvo del trabajo, si mi jefe es o no uno de esos que continuamente demanda mi presencia; pero da igual, ahí estoy yo, viendo cómo la vida, los escaparates de las tiendas, los árboles y las personas pasan a toda velocidad.

En la oficina estás perdido si eres lento y no andas por el medio de los pasillos, con paso firme y con cara de estresado. La empresa busca gente de acción; si piensas, parece que estás perdiendo el tiempo.

Pues yo me he hartado ya de tanto correr y decidí el otro día pararme de golpe en la calle, aunque lamentablemente no se me encendieron las luces del freno y una señora casi se estampa conmigo.

Después de eso, me eché a un lado para no entorpecer el ritmo de los apresurados y llegué la sabia conclusión de que algo estaba fallando en mi forma de vida. Y así, fruto de aquel instante y tras unas tranquilas meditaciones, me he puesto unos firmes propósitos que aquí relaciono, por si a alguno le fuesen de utilidad:

- Me levantaré unos minutos antes para no ir con el tiempo justo desde el principio.
- Desayunaré con tranquilidad, disfrutando de un buen café y de lo que caiga.
- Me tomaré el mejor momento del día para hacer silencio en mi interior y escuchar la voz de Dios.
- Conduciré despacio, no porque me vayan a quitar puntos del carnet o porque me pilla el radar sino porque es más seguro y porque, sencillamente, no tengo prisa.
- Aceptaré sin quejarme el ritmo del transporte público, sea el que sea ese día.
- Andaré tranquilamente, aunque me piten con sus miradas otros viandantes; me fijaré en lo que vea y en lo que no vea a mi alrededor, disfrutaré de lo que oiga y de lo que sienta. Notaré el sol cuando me ilumine, el viento cuando pase a mi lado o la lluvia cuando me moje.
- Intentaré leer los correos electrónicos todos enteros, queriendo entender al que escribe y poniéndome en sus circustancias.
- Abriré el libro que estoy leyendo (los libros también existen para algo más que decorar en una librería) y saborearé las palabras del escritor sin querer consumirlas en una lectura rápida.
- Escucharé a quien me hable, dedicándole toda mi atención, desterrando otros pensamientos paralelos.
- Miraré a los ojos sin juzgar, sin presionar, sin violentar, simplemente queriendo que la comunicación fluya sin prisas
- Hablaré despacio, habiendo pensado antes lo que voy a decir.

Y ahora que he escrito estás líneas sin prisas, voy a cerrar los ojos despacio (e invito también al lector a que así lo haga), sintiendo mi respiración, notando el ritmo acompasado del corazón. Y así, con tranquilidad, voy a dormirme y soñaré que he encontrado la paz y que va a ser ella mi compañera diaria que quiero sentir y poder brindarla a los demás.

EL OBSERVADOR 513-8

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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA
¿Qué es lo que Dios quiere de mí?
Por Claudio de Castro S.

Me ha pasado innumerables veces.

Cada vez que confronto un problema muy serio, me preguntó qué es lo que Dios quiere de mí. Cuando no sé qué responder, acudo a Jesús Sacramentado. Él siempre tiene las respuestas. Además, es mi mejor amigo.

Una tarde fui a quejarme con Él. Mi hijo pequeño estaba hospitalizado. Había pasado una semana terrible. Pensaba decirle todas mis molestias. Tenía muchas inquietudes.

Me detuve frente al Sagrario y, antes de que pudiera hablar, sentí que me tocaban el hombro.

Volví a ver y me encontré con un hombre lisiado.
— Ayúdeme —suplicó—. Sufrí un derrame, apenas puedo caminar.
Reaccioné al instante y me disculpé con Jesús:
— He sido un tonto —reconocí—. Qué grande es tu misericordia, Señor.
Atendí a mi hermano enfermo y le agradecí al buen Dios por las gracias con que a menudo nos bendice.

EL OBSERVADOR 513-9

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LOS VALORES DE LOS MEXICANOS
Viviendo en la mentira
Por Antonio Maza Pereda

Podría parecer que este título es una exageración pero, ¿no le parece a usted que en estos últimos tiempos la vida política del país se parece mucho a vivir en la mentira? Vamos a poner un ejemplo. Hace muchos meses las autoridades empezaron a hablar de que un destacado aspirante a la presidencia del país, miembro de un partido de izquierda, había cometido un desacato a una orden de un juez, quien concedió un amparo a un ciudadano en contra del gobierno encabezado por el mencionado político. Se hicieron toda clase de declaraciones: que hubo un complot para impedir que ese político fuera candidato, decían unos; respondían las autoridades que no había tal, que el juez había actuado con total independencia.

Después de un largo y desgastante proceso en el cual hubo de todo: declaraciones y contradeclaraciones, presiones de todo tipo incluyendo una marcha multitudinaria, después de la cual, ¡oh prodigio!, resulta que la Presidencia siempre sí interviene, que renuncia el abogado de la nación, que en unos cuantos días se encuentra que había un error de fondo en el procedimiento —error que no pudo encontrar la comisión de la Cámara de Diputados que tardó tres meses en analizar la documentación— y que no había delito que perseguir. En pocas palabras, que el asunto está enterrado.

¿Cómo es posible que nos crean tan tontos como para tragarnos esa gran cantidad de mentiras? ¿Mintieron antes, mintieron ahora, o mintieron tanto antes como ahora? Y lo peor no es eso; lo peor es que ese arreglo ha sido alabado por los medios y comentaristas como «cordura» y otras muchas alabanzas más.

Después de tantas mentiras, inexactitudes, exageraciones, yo no sabría decir quién tiene la razón. Pero no es posible que resolvamos las cosas, las posibles injusticias de uno y de otro lado, saliéndonos de los cauces que pone la ley.

Estamos llegando al punto donde hablar de un arreglo político generalmente quiere decir un arreglo por fuera de la ley. Hablamos del estado de derecho, y el derecho se atropella por los que deberían custodiarlo. Hablamos de un país de instituciones, y sigue siendo el terreno de los caudillos que manejan la ley a su antojo. Mentiras, mentiras, nada más que mentiras. Se miente sin pudor y se alaba a quien miente. Estamos viviendo en tal grado en la mentira, que ya no se atreve uno a opinar, porque seguro tiene información falsa.

Si la justicia va a depender de que las altas autoridades se brinquen el proceso legal, ¿para qué queremos jueces? Si las leyes se pueden torcer a la conveniencia política del momento, ¿para qué queremos legisladores? Si la verdad se oculta sistemáticamente, ¿cómo tomar la gravísima decisión de elegir a quienes nos gobiernan y nos representan? El pedir que haya verdad en la vida pública no es una postura santurrona de trasnochados. Es una necesidad imperiosa; no podemos tener una auténtica democracia, no podemos tener un buen gobierno, si no vivimos en la verdad. Y no parece que vayamos en esa dirección.

EL OBSERVADOR 513-10

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REPORTAJE
Por qué los milagros en vida de Juan Pablo II no servirán para su canonización
Miles de ellos han sido informados al Vaticano
Por Diana R. García B.

Que Juan Pablo II vivió en la Tierra una vida de santidad, no nos cabe duda alguna. La vida del Papa se ha desarrollado ante los ojos de todos: «todo el mundo ha visto cómo ha muerto, todos somos testigos de sus virtudes heroicas», ha expresado el secretario de la Congregación para las Causas de los Santos, monseñor Edward Nowak. En palabras del cardenal portugués José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para la Causas de los Santos, «con Karol Wojtyla la santidad se ha hecho universal» .

Durante la Misa exequial de Juan Pablo II decenas de peregrinos exhibieron grandes mantas en las que se leía: «Santo subito», que significa «santo ya» o «santo de inmediato». Al terminar la homilía del cardenal Ratzinger, miles de fieles de todas las naciones comenzaron a corear durante largos minutos: «Santo, santo, santo». Este acontecimiento tiene gran relevancia, pues si bien la Iglesia no es una democracia —es el Señor es el que decide, no nosotros—, bien podría decirse que una canonización es el proceso «más democrático» que Dios se ha inventado.

Santo es todo aquel que ha llegado al Cielo, pero no a todos los santos se les conoce ni se les llega a iniciar un proceso para determinar sus virtudes heroicas. Para iniciar una canonización —en sentido literal canonizar significa incluir un nombre en el canon o lista de los santos— es indispensable que sean los fieles, y no las autoridades eclesiásticas, los que sean movidos por Dios para considerar que una persona fallecida es santa, y que respalden dicha reputación de santidad demostrándole veneración mediante oraciones, uso de reliquias, solicitud de favores divinos por su intercesión, etc.

Sin embargo, la simple aclamación popular no es suficiente para declarar santo a alguien. Hoy se necesita que hayan transcurrido cinco años de la muerte de la persona antes de que sus virtudes o martirio puedan discutirse de manera oficial en la Iglesia. Tal vez parezca mucho tiempo; pero hasta 1917 el derecho canónico exigía que pasaran por lo menos cincuenta años. Lo que se pretendía entonces y lo que se pretende ahora es asegurar que la reputación de santidad de que goza un candidato es duradera y no llamarada de petate.

Refiriéndose a la percepción general que se tiene sobre Juan Pablo II, el director de la publicación Palabra, José Miguel Pero-Sanz, dice: «Cuando la Iglesia, desde la cabeza hasta el último fiel sostiene que alguien es santo, eso es asistido por el Espíritu Santo». Pero no todos piensan igual. Juan María Laboa, jesuita y profesor emérito de la Universidad Pontificia Comillas, teme que las peticiones de los fieles para canonizar al recién fallecido pontífice hayan sido fruto del «ambiente sentimental y entusiasta» del momento. Sin embargo, hay que considerar que este presbítero tiene una visión muy peculiar del asunto al considerar que ser santo o beato «no tiene tanta importancia». Y tiene razón en cuanto a que los santos no tienen ninguna necesidad de ser venerados; como dijera san Pablo, ellos han corrido ya la carrera y ganado la corona. Pero los que sí tenemos necesidad de los santos como intercesores y, sobre todo, como modelos de vida cristiana, somos los que aún peregrinamos en el mundo.

Por eso para Juan Pablo II declarar santo o beato a un cristiano no era una bagatela; esto se lee en el número 37 de la Tertio millennio adveniente: «En estos años se han multiplicado las canonizaciones y beatificaciones. Ellas manifiestan la vitalidad de las Iglesias locales, mucho más numerosas hoy que en los primeros siglos y en el primer milenio»; son «demostración de la omnipotente presencia del Redentor mediante frutos de fe, esperanza y caridad en hombres y mujeres de tantas lenguas y razas, que han seguido a Cristo en las distintas formas de la vocación cristiana».

Para que alguien sea declarado beato se requiere la realización de un milagro mediante su intercesión, y otro más antes de ser declarado santo. Un milagro, subraya el cardenal José Saraiva Martins, «es el sello con el que Dios garantiza que una persona está con Dios y que Dios está con esa persona, en comunión». Monseñor Di Ruberto, subsecretario de la Congregación para las Causas de los Santos, agrega que «es de importancia capital conservar la necesidad de los milagros en las causas de canonización porque constituyen una confirmación divina de la santidad de la persona invocada, al margen de posibles errores humanos», y es que «nosotros podemos equivocarnos, engañarnos; los milagros, en cambio, sólo Dios puede realizarlos, y Dios no engaña».

La lista de milagros atribuidos a Juan Pablo II es muy extensa. No cientos sino miles de ellos fueron informados a la Santa Sede inmediatamente después de que falleciera el Papa, y las nunciaturas apostólicas —la de México, por ejemplo— tienen en sus libros de visitas una buena cantidad de testimonios. Sin embargo, se trata básicamente de curaciones sobrenaturales ocurridas en vida del pontífice. Al respecto advierte Darío Chimeno, director de la revista Mundo Cristiano: «Los milagros en vida no sirven para nada», sólo para ratificar su fama de santidad. Y es que una canonización es un ejercicio estrictamente póstumo. La buena noticia es que la cuantificación de los milagros tras la muerte de Juan Pablo II comenzaron la misma noche de su fallecimiento; ahora sólo falta estudiarlos.

Además, con la dispensa de Benedicto XVI, ya no será necesario esperar hasta el 2010 para comenzar el proceso de Juan Pablo II. Monseñor Nowak se siente optimista, y no descarta la posibilidad de que en unos seis meses, durante el Sínodo de los Obispos de octubre, Juan Pablo II puede ser proclamado santo.

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Algunos milagros papales «inservibles»

* El cardenal Francesco Marchisano, días después de la muerte de Juan Pablo II, testimonió: «Yo había sido operado de las carótidas y, por un error de los médicos, la cuerda vocal derecha había quedado paralizada, obligándome a hablar casi imperceptiblemente. El Papa me acarició el lugar de la garganta donde había sido operado, diciéndome que había rezado por mí. Después de algún tiempo volví a hablar regularmente».

* El secretario personal de Juan Pablo II, Estanislao Dziwisz, contó hace tres años que en 1998 un conocido suyo le pidió que permitiera a un amigo estadounidense muy rico y enfermo de cáncer asistir a la Misa del Papa en Castelgandolfo. El hombre se acercó a comulgar durante la Eucaristía. Dziwisz sólo después supo que el hombre ni siquiera era cristiano, sino judío. «Me llamaron algunas semanas más tarde para decirme que el tumor cerebral había desaparecido en unas horas», aseguró don Estanislao.

* En Colombia, la religiosa Ofelia Trespalacios, de 90 años, afirmó que hace 20 se curó de una enfermedad dolorosa e incurable en el oído que le afectaba el equilibrio. Se encontró con el pontífice en el Vaticano en 1985, en una audiencia que le ofreció a las religiosas de su comunidad. «Le dije: 'Santísimo Padre, quiero una bendición para que se me quite la enfermedad'. Me dijo que rezara, me dio la bendición y luego me tapó la cara con su mano. Desde entonces no volví a sufrir nada».

* En Irlanda, en setiembre de 1979, Bernhard y Mary Mulligan tuvieron una hija a la que un doctor había desahuciado. «Los riñones de su hija no funcionan. Ella morirá». La madre llevó a su hija hasta donde iba a pasar el Papa, quien sostuvo a la niña en alto. Al poco tiempo la pequeña sanó.

* Desde que nació y hasta los dos años de edad, la hoy adolescente Angélica María Bedoya padecía hidrocefalia y se encontraba en estado muy grave. Durante la visita del Papa a Paraguay, el entonces obispo de la diócesis de Caacupé, monseñor Demetrio Aquino (ya fallecido), la llevó ante el pontífice en la sacristía, antes de la Misa, y el Papa «tocó la cabeza de la niña y cerró los ojos para rezar por ella». La niña se curó.

* En 1980 Juan Pablo II saludaba a los niños, como era su costumbre. Stefanía Mosca tenía 10 años y sufría de autismo, por lo cual no hablaba y solía negarse a recibir alimentos. El Papa le dio un beso a la pequeña, que rápidamente se curó.

* Un terremoto ocurrido en 1980 provocó un accidente que dejó parapléjico, en silla de ruedas, a Emilio Ceconni. En 1984 el Papa posó las manos sobre la cabeza del joven que, pocos días más tarde, recuperó la movilidad total de sus piernas.

* Ese mismo año el Papa visitó Puerto Rico. Allí estaba Lucía, que a los 17 años sufría de ceguera. El Papa posó sus manos, y cuando la joven regresó a su casa, recobró la vista.

(D.R.G.B.)

EL OBSERVADOR 513-11

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