El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
31 de julio de 2005 No.525

SUMARIO

bulletPORTADA - Católicos y vida pública: grave y a la vez esperanzador diagnóstico pre-sinodal
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - ¿Para qué recordar?
bulletLA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO - Por qué la Iglesia es santa
bulletPINCELADAS - Las penas con humor son menos
bulletJÓVENES - La Jornada Mundial de la Juventud - «Hemos venido a adorarle»
bulletDESDE EL CENTRO DE AMÉRICA - ¿Por qué confesarme?
bulletCOLUMNA HUÉSPED - El embarazo ¿es una enfermedad?
bulletENTREVISTA - La influencia de los iberoamericanos es el futuro de la Iglesia en EU
bulletCULTURA - En favor de una razón cálida
bulletEl valor del agradecimiento

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


PORTADA

Católicos y vida pública: grave y a la vez esperanzador diagnóstico pre-sinodal
Por Juan C. Sanahuja / Noticias Globales
En octubre se llevará a cabo en Roma la Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos, que reunirá a representantes de los episcopados de todo el mundo. A tal efecto, el 7 de julio pasado se ha dado a conocer el documento de trabajo (Instrumentum laboris) sobre el cual se desarrollarán las deliberaciones. En él se hace referencia a importantes temas.

Dice el documento:

«Es necesario verificar si la ley de la oración corresponde a la ley de la fe, es decir, preguntarse en qué cree y cómo vive el Pueblo de Dios para que la Eucaristía pueda ser cada vez más la fuente y la cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia y de cada uno de los fieles, mediante la liturgia, la espiritualidad y la catequesis en los ámbitos culturales, sociales y políticos.

«Algunos reciben la Comunión, aun negando las enseñanzas de la Iglesia o sosteniendo públicamente opciones inmorales, como el aborto, sin pensar que están cometiendo un acto de grave deshonestidad personal y causando escándalo. Además, existen católicos que no comprenden por qué es pecado sostener políticamente un candidato abiertamente favorable al aborto o a otros actos graves contra la vida, la justicia y la paz. De esta actitud resulta evidente, entre otros aspectos, que está en crisis el sentido de pertenencia a la Iglesia y que no es clara la distinción entre pecado venial y mortal.
«En muchas respuestas se observa que ciertos católicos no se distinguen mucho de otras personas en cuanto, también ellos, ceden a la tentación de la corrupción, en sus diversas expresiones y niveles.

«De las respuestas a los Lineamenta emergen también algunas sugerencias para superar la dicotomía entre la enseñanza de la Iglesia y la actitud moral de los fieles. En primer lugar, se señala la conveniencia de dar siempre más relieve a la necesidad de la santificación y de la conversión personales y de enfatizar aún más la unidad entre la enseñanza de la Iglesia y la vida moral. Además, los fieles deben ser continuamente estimulados a tomar conciencia de que la Eucaristía es fuente de la fuerza moral, de la santidad y de todo progreso espiritual. Finalmente, se considera de fundamental importancia poner de manifiesto en la catequesis el vínculo entre la Eucaristía y la construcción de una sociedad justa, a través de la responsabilidad personal de cada uno en la participación activa de la misión de la Iglesia en el mundo. En este sentido, una especial responsabilidad corresponde a los católicos que ocupan cargos relevantes en política y en varias actividades sociales».

EL OBSERVADOR 525-1

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


CARTAS DEL DIRECTOR
¿Para qué recordar?
Por Jaime Septién

Entre los antiguos griegos, la memoria (Mnemosine) era la madre de todas las musas; solamente ella reconocía los secretos de la belleza y del saber; de la justicia y de la verdad. Vinculada a la prudencia, la memoria guiaba a una sociedad hacia su propio conocimiento: hacia su identidad.

Paulatinamente, hemos venido perdiendo ese concepto fundamental. Ahora la memoria parece más un trebejo inútil que una herramienta humana que nos introduce a la verdad de lo que somos como individuos, como sociedad, como historia. Engolfados en la ola de la novedad, padecemos una amnesia perniciosa.

Si bien es cierto que memoria y olvido van de la mano, en la era de las imágenes y del progreso tecnológico, cuando todo nos impulsa hacia delante y nada hacia atrás, los individuos, las sociedades, los mismos historiadores, parecemos haber caído en una modorra muy cercana a la indiferencia: me acuerdo de lo de ayer, pero hasta ahí: antes de ayer es un territorio inexplorado y, además, inútil…

Esto viene a cuento porque he recibido un correo electrónico en el cual el autor, con una pésima ortografía, me indicaba algo muy cierto: que México está perdiendo capacidad de recordar. Lo bueno y lo malo. Y en política, lo malo (que está cegando nuestra visión para los logros del presente). Como que nos preparamos para una elección presidencial (la del 2006) sin la sabiduría necesaria para aquilatar nuestro voto.

Por supuesto que el autor del mensaje electrónico está a favor de la actual administración y en contra de los que gobernaron México por más de siete décadas. No siempre con razón, y exagerando bastante la nota. Así no se puede hacer memoria. Nunca el cargar las tintas hacia un bando de la contienda política ha resultado beneficioso para el crecimiento de la opinión pública. Aunque tenga la virtud de hacernos despertar.

En efecto, si México es un país que «exporta» mil cien compatriotas diarios a Estados Unidos, no es, ni con mucho, una historia de éxito. Es una historia de fracaso acelerado los últimos treinta años, por decir lo menos. Fracaso no sólo por exceso de demagogia, sino por exceso de mala memoria. Por ejemplo, de un plumazo, la historia oficial borró 300 años del Virreinato en el país. Y al borrarlos de la memoria histórica, también los borró de la memoria social y acabó borrándolos de la memoria individual.

El resultado es catastrófico: los niños de este país repiten como loros que hubo 300 años de colonización y pillaje. Cuando lo que hubo —y no lo digo yo— fueron tres siglos en los que México llegó, a principios del siglo 19, a ser la primera potencia económica del continente, quizá del mundo. Que hubo saqueo, bandidaje, proliferación de la ignorancia y explotación, desde luego. Pero al ver el gusano y no la manzana, se nos ha perdido, quizá para siempre, la manzana.

Con respecto al 2006 y las elecciones, estoy convencido de que el país saldrá ganando si y sólo si cada uno de nosotros deja de confiar en la imagen que le presentan las diversas opciones y candidatos, y se adentra en un estudio serio, en una grave reflexión, en una investigación personal y grupal de lo que ha sido y lo que es ahora México. Habrá cumbres que se podrán escalar y abismos en los que no podemos volvernos a meter.

Habrá una sociedad madura, exigente, capaz de imponer, proponer y participar con el gobierno en turno en la construcción de las instituciones que el país requiere para ganar confianza y credibilidad en sí mismo. Un país de instituciones es un país con memoria. Que no se nos olvide...

EL OBSERVADOR 525-2

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


LA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO
Por qué la Iglesia es santa

«El Evangelio (...) nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cfr. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del 'Día de la reconciliación', ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

«En el Antiguo Testamento las palabras 'el Santo de Dios' indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cfr. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama 'el Santo de Dios' está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: El pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 51).

«Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. (...) Cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2, 20)».

(De la homilía en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo)

EL OBSERVADOR 525-3

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


PINCELADAS
Las penas con humor son menos
Por Justo López Melús *

Hay días que vas a desayunar y cada comensal te trae la noticia de algún terremoto. A veces dan ganas de gritarles: «Por favor, ¿hay alguna buena noticia que comunicar? Se nos va a indigestar el desayuno». Porque es un poco exagerado el cine de aquel director andaluz «to'ér mundo é güeno», pero tampoco es verdad aquello de que «to'er mundo anda mosqueao».

Los andaluces nos dan ejemplo. Siempre supieron echar un pellizco de gracia en las letanías de sus males. Como aquel personaje de Muñoz Seca que, si no podía reír, por lo menos pedía perdón: «M i madre está con el tifus, / mi mujer con pulmonía, / mis hijos con la gangrena... / Perdone que no me ría». Hasta a la muerte la tratan con su gota de humor: «La vida es mal asunto, / porque a lo mejor te acuestas / y te levantas difunto». Y aquellos otros versos: «Qué bonito es un entierro / con su cajita de pino / y su muertecito dentro».

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 525-4

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


JÓVENES
La Jornada Mundial de la Juventud - «Hemos venido a adorarle»
Por Roberth Phoenix

En este 2005 celebraremos la Jornada Mundial de la Juventud que lleva como lema «Hemos venido a adorarte» (Mt 2,2), en Colonia, Alemania, y que contará con la presencia de Benedicto XVI. Así que esto me hizo pensar: ¿qué es la juventud? Después de todo, juventud es un término que ni siquiera existe legalmente. Conocemos al mayor de edad, pero no al joven. Psicológicamente, la juventud se subdivide en distintas etapas donde comprendemos al pre-adolescente, al adolescente, al joven, al adulto joven, etc. El aspecto médico marca los cambios hormonales propios de los adolescentes, ¿pero qué pasa con el joven?, qué es exactamente la juventud?

Juan Pablo II decía que la juventud es un tiempo dado por la Providencia al hombre, en el cual busca, como el joven del Evangelio, la respuesta a las interrogantes de la vida. Dice también que es un tiempo de opciones para descubrir nuestra vocación, y, por último, asegura que es un tiempo de ensayar y errar.

Dios, que ha creado todas las cosas y acompaña a todas sus criaturas a lo largo de su existencia, ha tenido la iniciativa de hacerse presente en el caminar y en la vida de los jóvenes. No quiere dejarlos solos, especialmente en las situaciones más difíciles. Esta presencia de Dios en el caminar y en la vida de los jóvenes es un llamado para que sean protagonistas de su plan de salvación, para que descubran su identidad de hijos de Dios y respondan comprometiéndose con el proyecto que Él tiene para su pueblo.

Los jóvenes que Dios llama hoy a ser protagonistas de las luchas de su pueblo tampoco escapan a los problemas y sufrimientos del mismo pueblo al que pueden ayudar a liberar. Sus actitudes de valentía, fidelidad, lucidez, amor y generosidad se entremezclan muchas veces con actitudes de miedo, traición, duda, egoísmo, tentación de abandono y postergación. Sin embargo, Dios sigue llamando.

Así como Jesús es presentado hoy como el Hombre para los hombres, del mismo modo el joven, para comprometerse, debe descubrir la presencia de Dios que lo llama. Si en este momento los jóvenes conocen a Cristo y tienen un encuentro personal con Él, descubrirán el misterio de su propia vida. La opción decida y valiente de seguir al Señor será el mejor proyecto de vida a que la juventud puede aspirar. Y serán menos los jóvenes que se dejen guiar por las ofertas de un mundo hedonista y liberal que promueve el mal uso de la libertad, causando la esclavitud y denigración del hombre.

Miles de jóvenes han procurado y continúan procurando hoy vivir el seguimiento de Jesús en América. Su experiencia de fe vivida y compartida fue expresada así en Cochabamba, durante el Primer Congreso Latinoamericano de Jóvenes: «Creemos en Jesús vivo y presente cuando reafirmamos nuestro compromiso para la formación integral y permanente de los jóvenes, aceptando asumiendo y anunciando el Evangelio desde nuestra vivencia personal y comunitaria y siendo protagonistas de la historia. Creemos en Jesús vivo y presente en la Iglesia joven, comunitaria, profética y misionera, que tiene propuestas de vida transformadoras y respetuosas de cada persona y asume un compromiso evangélico y liberador».

Juan Pablo II afirma: «Lo que hoy se requiere es una Iglesia que sepa responder a las expectativas de los jóvenes. Jesús desea dialogar con ellos y proponerles, a través de su cuerpo que es la Iglesia, la perspectiva de una elección que comprometa sus vidas. Como Jesús con los discípulos de Emaús, así la Iglesia debe hacerse compañera de viaje de los jóvenes, con frecuencia marcados por incertidumbres, resistencias y contradicciones, para anunciarles la 'nueva' siempre maravillosa de Cristo Resucitado».

Para Juan Pablo II la nueva evangelización es algo operativo y dinámico. Es, ante todo, una llamada a la conversión y a la esperanza, que se apoya en las promesas de Dios y que tiene como certeza inquebrantable la resurrección de Cristo, primer anuncio y raíz de toda evangelización. Es también un nuevo ámbito vital, un nuevo Pentecostés donde la acogida del Espíritu Santo hará surgir un pueblo renovado constituido por hombres libres conscientes de su dignidad y capaces de forjar una historia verdaderamente humana.

La encarnación de Jesucristo se inserta en el corazón de la humanidad a través de una cultura concreta, mostrando así que toda evangelización exige una inculturación. El universo juvenil actual se caracteriza, entre otras cosas, por un dinamismo cultural vertiginoso, donde existe gran pluralidad de culturas juveniles en permanente y rápido proceso de cambio y evolución. La evangelización requiere, por tanto, un especial esfuerzo de inculturación y una actitud de constante apertura, renovación y actualización que responda a esa mutabilidad cultural. Esta adaptación a las culturas de la juventud no es un falseamiento del Evangelio, sino una respuesta a la exigencia de vivirlo, pensarlo y anunciarlo en clave juvenil, de manera que pueda hacerse vida en la realidad y en la cultura de los jóvenes.

La mejor manera de evangelizar a los jóvenes es permitir que los propios jóvenes se hagan Iglesia y ayuden a toda la Iglesia a ser una Iglesia joven y de los jóvenes, que sea un pueblo de Dios que camina, que se articula en comunidades vivas y que se organiza para la transformación de la realidad, que rompa con los esquemas de la evangelización tradicional para compartir a un Cristo joven y contemporáneo, acorde con el nuevo milenio.

EL OBSERVADOR 525-5

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA
¿Por qué confesarme?
Por Claudio de Castro S.

— ¿Por qué confesarme?— me preguntó un amigo.
— Para recibir la gracia santificante –le respondí –. Por el perdón de tus pecados. Por la misericordia de Dios. Por Jesús, quien te espera en el confesionario, ilusionado, dispuesto a limpiar tu alma, y dejarla inmaculada, pura, agradable a Dios.
Los santos apreciaron enormemente este sacramento y lo frecuentaban cada vez que podían, pues eran conscientes de sus debilidades.
Este amigo me ha confiado: —Yo me confieso sólo ante Dios.
— Ay, amigo mío, te pierdes la gracia santificante, la seguridad de que tus pecados fueron perdonados, la alegría de la reconciliación. No sabes lo maravilloso de una buena confesión.
Siempre que entro a un confesionario me digo: «Escucha. Jesús te va a hablar». Y ciertamente lo hace.
Los mejores consejos los he recibido de un sacerdote, casi siempre durante la confesión.
Recuerdo con afecto algunos de sus consejos:
+ «Haz todo el bien que puedas».
+ «Que de ti se diga: 'Pasó por el mundo haciendo el bien'».
+ «Santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta».
+ «Acude a la santa Comunión siempre con el alma pura, limpia de todo pecado, para que agrades a nuestro Señor».
Hace poco me encontré con un sacerdote que me había confesado la tarde del día anterior. Le agradecí sus buenos consejos y le comenté cuánto me ayudaron.
— ¿Usted se confesó conmigo? –preguntó sorprendido
— Sí — respondí— ¿No lo recuerda?
Me miró dándome la mano y exclamó emocionado:
— ¡Cuánta grandeza esconde este sacramento, que Dios me permite olvidar los pecados que han sido confesados!

EL OBSERVADOR 525-6

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


COLUMNA HUÉSPED
El embarazo ¿es una enfermedad?
Padre Humberto Mauro Marsich s.x.

Desde cuando el hombre y la mujer habitan el planeta tierra el embarazo ha sido parte trascendente y feliz de su vida. Gracias a que nunca hubo ensañamiento, por parte de los organismos de salud de todo el mundo, para impedir este fenómeno, en el mundo seguimos existiendo. Es cierto que «menos burros más elotes» y, por lo tanto, el egoísmo y la irresponsabilidad humana tratan, de un lado, de incrementar el ejercicio sexual sin peligros de embarazos y, de otro lado, de implementar una política que, por coherencia, reduzca, a como dé lugar, los niños por nacer.

En estos días me estoy divirtiendo y leo todas las ideas que, los defensores de los derechos, los escritores del libre pensamiento y los autores de la cultura de la libertad, publican en los periódicos de difusión nacional, acerca de esta ya famosísima «píldora del día siguiente» o «contracepción de emergencia». En realidad es, sin lugar a dudas, un método anticonceptivo más, más efectivo y más práctico. Es un síntoma más de una cultura que, queriendo aparecer más libre, más tolerante y más respetuosa de la libertad de conciencia de cada quien, no se da cuenta de su alejamiento progresivo de lo que debería ser, es decir, instrumento de promoción de los valores naturales fundamentales como la vida, la sexualidad y la familia.

Que la Secretaría de Salud, «iluminada» por las reflexiones de hombres y mujeres de ciencia y de política y preocupada de no quedar excluida de la modernidad, haya decidido incluir este método dentro de su cuadro básico de medicamentos gratuitos, es totalmente lógico y congruente. Lo que no considero inteligente ni oportuno es, en primer lugar, haber considerado el embarazo como una enfermedad de la que hay que curarse y, en segundo lugar, la ausencia total de un esquema de antropología que, por lo menos, no reduzca al ser humano a una máquina sin responsabilidades y a un conjunto de órganos y suma de tejidos. Sin referencia alguna a sus dimensiones espirituales, morales y sociales llegaremos, poco a poco, a considerar «persona humana» solamente a aquellos que tengan vida propia, sana y productiva...

La Secretaría de Salud, por su naturaleza, debería tratar de reducir y sanar las enfermedades de sus ciudadanos y, por esta razón, no entiendo el por qué considere, como medicamento, lo que no sana. La píldora en cuestión no sana de ninguna enfermedad a menos que se considere el embarazo como tal.

Si uno de los problemas más acuciantes, hoy, es el embarazo indeseado, sobre todo de adolescentes y de mujeres violadas, no entiendo por qué la Secretaría de Salud adopta, para solucionarlo, exactamente la estrategia más equivocada. Proporcionando anticonceptivos y condones, a largo plazo, en lugar de reducir los embarazos, los incrementará. La Secretaría se apela al ejemplo de los demás países como para justificarse, sin embargo, no toma en cuenta las consecuencias nefastas que, en dichos países, esa liberalidad y ese espíritu de falsa modernidad, han inducido. En pocas palabras: la píldora del día siguiente no es la panacea de todos los males relacionados con la procreación. Es absurdo querer solucionar un problema moral con una solución técnica. Técnicamente podríamos solucionar el problema de los robos a casa habitación cortando las manos de los ladrones, sin embargo, ni a la Secretaría de Salud, se le ocurrió pedir, a su consejo de expertos, la autorización para aplicar gratuitamente esta intervención médica. De hecho no es parte del cuadro de medicamentos básicos.

A problemas morales hay que buscarles soluciones morales aun cuando, éstas, son más difíciles y requieran proyectos sociales de mayor envergadura, de largo plazo y pidan más recursos económicos. Lo que urgen, en nuestros países, no son píldoras del día anterior o del día siguiente, sino proyectos serios de educación moral, de formación integral y a la luz de antropologías claras, sólidas y permanentes. También pediría a los escritores y a los periodistas de no considerar la inconformidad, con este tipo de decisiones morales de nuestros gobernantes y de nuestras Secretarías, como un acto de intolerancia religiosa. No se trata de cuestiones de fe religiosa, sino de problemas de racionalidad natural y de visiones antropológicas que nada tienen que ver con el credo que se profesa. También los jacobinos, recocidos y descontinuados de hoy, deberían entender que el dar vida no es una enfermedad y que el darlo en condiciones de irresponsabilidad y de violencia no es problema de salud social sino de moralidad personal y pública.

Si hemos llegados a tener una ética débil que promociona píldoras para impedir la transmisión de la vida, que legaliza uniones libres y que reconoce el derecho de unión conyugal a quienes nunca podrán ser cónyuges, lo debemos a aquel pensamiento débil que prospera en el mundo de hoy y que, seguramente, no fue la religión a promover.

En lugar de ensañarnos en contra de la vida deberíamos hacerlo en contra de este pensamiento que va socavando el alma del hombre, contaminando su mente y debilitando su voluntad.

EL OBSERVADOR 525-7

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


ENTREVISTA
La influencia de los iberoamericanos es el futuro de la Iglesia en EU
Habla el arzobispo de San Antonio, Texas, monseñor José H. Gómez S. T. D.
Por Jaime Septién, enviado especial

SAN ANTONIO (Texas). - El arzobispo de San Antonio, José H. Gómez, expresó a El Observador su convicción de que el catolicismo hispano está fecundando a la cultura de los Estados Unidos.
Mexicano de nacimiento (Monterrey, 1951), el arzobispo Gómez fue anteriormente obispo auxiliar de Denver.
Recién comienza su ministerio en una de las arquidiócesis con mayor concentración de católicos en Estados Unidos; un sitio privilegiado, dice, pues desde ahí se puede extender la convivencia y el respeto a la fe hacia el resto del país.
Trabajador incansable por la fraternidad de los sacerdotes hispanos en los Estados Unidos (unos dos mil 300), también ha sido impulsor del seminario de formación de los sacerdotes hispanos en la ciudad de México y, ahora, encabeza el Comité ad hoc para la traducción de la Biblia a las comunidades hispanas de Estados Unidos que, en conjunto, son ya la primera minoría del país (con 45 millones de personas).

¿Está influyendo la inmigración hispana a la cultura y al catolicismo en Estados Unidos?
Creo que sí. La presencia de los hispanos en Estados Unidos es un hecho de gran valor para la cultura. De alguna manera, los valores que traen —que traemos— los inmigrantes, están haciendo que la cultura estadounidense vuelva a sus raíces cristianas.

¿Piensa usted que los valores de los inmigrantes hispanos sean valores que puedan fecundar a la cultura estadounidense?
Aquí se ha perdido mucho por el secularismo. Los valores de los inmigrantes son muy básicos, de un catolicismo profundo donde la fe, la familia, las manifestaciones de piedad, todo eso, es parte de nuestra vida diaria.

¿Podría citar un ejemplo de su arquidiócesis?
Todos los Viernes Santos tenemos un vía crucis viviente, como los que hay en México. Y eso es algo inusitado para la cultura de los Estados Unidos, pues asisten más de veinte mil personas por las calles del centro de la ciudad de San Antonio. Es algo impresionante: toda la ciudad está pendiente de lo que pasa ese día... Esa es una manera como a través de prácticas de piedad popular, los inmigrantes ya están influyendo en la cultura de Estados Unidos.

¿Está la Iglesia católica de Estados Unidos intentando mostrarle a la sociedad que la inmigración es una oportunidad y no un obstáculo para el desarrollo de este país?
Absolutamente. Los obispos de Estados Unidos, desde hace muchos años, han dicho que la presencia de los inmigrantes es una gran bendición para la Iglesia. Yo creo que es una realidad. Quizá antes los iberoamericanos estaban más localizados en zonas específicas como California, Texas, Florida... Pero ahora ya no; hoy en día se encuentran en todo el país. Y la influencia que ellos tienen en la cultura es profunda, aunque toma tiempo para que esas manifestaciones se hagan realidad. Por lo demás, yo creo que la influencia de los latinos es el futuro de la Iglesia católica de los Estados Unidos.
¿Qué papel ha de jugar la Iglesia en la acogida de los inmigrantes, pues no debemos olvidar que los estados tienen los medios legales para defender sus fronteras y controlar la seguridad interna?
La Iglesia católica siempre estará abierta a recibir a los inmigrantes, porque ve en ellos a una persona humana. Cierto que los gobiernos de los estados tienen el derecho de establecer controles de la migración; sin embargo, para la mayoría de los norteamericanos, es evidente que hace falta una verdadera reforma migratoria en la que colabore tanto el gobierno de Estados Unidos como los gobiernos de Iberoamérica.

¿Entonces, la Iglesia seguirá actuando como hasta ahora?
Sí, y además hay que tener en cuenta que los inmigrantes, normalmente, el primer lugar al que van es la Iglesia. Culturalmente, tienen confianza en lo Iglesia y no la tienen en las instituciones gubernamentales o, incluso, en las instituciones sociales. Para nosotros recibirlos, ayudarlos, tratarlos como personas, es básico y eso es lo que creo que todos los obispos de Estados Unidos estamos haciendo.

Está en curso —y usted encabeza el proyecto— la traducción de una Biblia para las comunidades hispanas de Estados Unidos. ¿Es necesaria?
Es un proyecto largo —va a tardar como diez años—, muy interesante, que surgió de una iniciativa de monseñor Gabino Zavala (obispo auxiliar de Los Ángeles), y que se está haciendo en conjunto con el CELAM. También estamos tratando de invitar a los obispos de Canadá. Un poco en el espíritu de Ecclesia in America de Juan Pablo II. Queremos que sirva para facilitar la Palabra de Dios a todas las personas de habla hispana en Estados Unidos. Hay que tener en cuenta que en la cultura estadounidense, por su raíz protestante, el uso de la Biblia es prioritario. Es, pues, necesario que les demos la oportunidad a los hispanoamericanos de conocer la Biblia desde el punto de vista católico y puedan profundizar sus valores de fe y los apliquen a la vida diaria. Desde luego, de lo que se trata es de ayudar a la comunidad hispana en tres aspectos: la catequesis, la oración personal y la liturgia.

¿Puede ser ésta una forma de ayudar de la Iglesia de América a la Iglesia de Estados Unidos?
Absolutamente de acuerdo. En la traducción de la Biblia la mayoría de los traductores son de Hispanoa-mérica. Aunque tenemos que asegurarnos que el lenguaje sea apropiado para los iberoamericanos, nos dará a nosotros la oportunidad de tener una distribución grande de la Biblia en un lenguaje que pueda entender la comunidad hispana en este país.

¿Entre Denver y San Antonio hay diferencias o los problemas que presenta el catolicismo hispano son, básicamente, los mismos?
Hay muchas diferencias. En Denver hay mucha presencia iberoamericana, pero de inmigrantes nuevos; en cambio, en San Antonio existe la tradición católica y hay una mezcla de culturas mucho más profunda. En San Antonio la mayoría de los hispanoamericanos son perfectamente bilingües.
La arquidiócesis de San Antonio es una arquidiócesis muy católica: cerca de 60 por ciento de la población lo es; muy por encima del 20 por ciento que es el promedio de las demás ciudades. En marzo de 2006 vamos a celebrar el 275 aniversario de la catedral de San Fernando, lo que da una idea de las raíces profundas del catolicismo en San Antonio.

¿Puede ser San Antonio una plataforma para la expansión del catolicismo en los Estados Unidos de América?
Sin duda alguna. En San Antonio, la relación entre las culturas, entre la cultura mexicana y la anglosajona, así como con las demás culturas que forman el mosaico de Estados Unidos —la alemana, la polaca, la italiana, ahora la oriental— es impresionante. A través de los años ha habido una colaboración intensa y una aceptación de todos por todo en la arquidiócesis de San Antonio, que no se ve en otras partes del país. Por eso creo que es como un modelo de lo que va a ser la sociedad estadounidense en el futuro.

EL OBSERVADOR 525-8

  [SUMARIO] [SIGUIENTE] [INICIO]


CULTURA

En favor de una razón cálida
Por Carlos Díaz

Mi pequeñísima reflexión se reduce en última instancia a glosar filosóficamente el Evangelio, cuya cálida racionalidad agapeística considero fundante, pues consiste en acercarse a la verdad amando profundamente a Dios, al prójimo y a mí mismo, esto es: en devolver bien por mal; en mantener esperanza hasta en el dolor; en poner alegría donde hubo tristeza; en promover consuelo donde se da aflicción, etc, aspiraciones razonables y deseables para la humanidad, inteligencia cálida que, a pesar de todos los intentos académicos, los filósofos no han podido en última instancia menospreciar, pues nada podría considerarse racional si caminase en dirección contraria a los macarismos de las Bienaventuranzas.

Con el Evangelio en la mano me cuadran libre e intelectualmente las aventuras epistemológicas que afronto en mi calidad de preferidor racional, aventuras que una vez situadas en la estela de Jesús de Nazareth me resultan fascinantes; sin el Evangelio las cuentas teóricas no me salen plenamente ni para las razones del corazón, ni para las razones de la razón, ni para esta vida, ni para la otra: casi nunca logro llegar con ellas a fin de mes, quizás porque no me sepa administrar bien, o porque gaste demasiado. Hallándome, pues, en la convicción raciovital de que nada encuentro más racional que creer razonablemente en Dios, y no explicándome tampoco (a pesar de haberlo intentado fervientemente muchas veces) cómo sería posible creer en Dios pero pensar como si no creyera en Dios, hoy me considero «alma naturalmente cristiana», de tal forma que si no está mal definir al humano como animal racional, sólo en plenitud cabría designarle como animal cristiano o cristianable. Nada conozco más misterioso pero tampoco nada más profundamente explicativo de lo real que el Dios trinitario cristiano. Desde él el Logos amoroso y creador del Padre nos acompaña en el Hijo, y se derrama incesantemente por medio del Espíritu Santo en los corazones de todos los seres humanos cuyo logos se encuentra animado por la buena voluntad de los pneumáticamente hermanados.

La fe, que nos ha sido regalada por gracia, una vez recibida la hemos trabajado muchas horas; un conjunto de experiencias, razones y convicciones raciovitales han ido entrelazándose y condicionándose poco a poco recíprocamente en un relato donde los argumentos o pruebas inferenciales y demostrativas objetivas no van sin la intrahistoria de una subjetividad que les torna relevantes. El pensar se constituye así en un vivir mediado por una sucesión de elecciones raciovitales, a la par contexto de descubrimiento y contexto de verdad, articulando las razones de credibilidad (que responden a los signos de credibilidad) y el asentimiento de fe (don y tarea). Los signos de credibilidad, que se traducen en razones de credibilidad, van orientando la abertura del deseo, el cual cristaliza en una convicción que no ofrecía antes y que, leídos ahora desde la convicción, dicen más que antes. Cuanto más enraizada está la convicción, tanto más hablan los signos y menos funcionan como razones lógicamente necesarias. Una cosa, por tanto, es considerar tales razones (signos) antes de la decisión, otra cosa es considerarlos después de la decisión tomada (elección), y otra en plena elección, haciéndose. Puede ocurrir que, en la medida en la que la convicción va penetrando el ser de la persona que vive en ella o de ella, vaya decreciendo la necesidad lógica de las razones. Sin embargo, a más convicción, también hay más necesidad vital de comunicación. A dicha necesidad —no lógica sino vital— responden las razones de credibilidad de una convicción afirmada y elegida.

EL OBSERVADOR 525-9

  [SUMARIO] [INICIO]


El valor del agradecimiento
Por el Pbro. Fernando Pascual

La gratitud es un valor propio de almas grandes. Agradecer significa encontrar un motivo para dar gracias. Y encontrarlo es posible si tenemos los ojos bien abiertos y el corazón despierto para descubrir los miles de gestos que nos brindan los demás a todas horas.

Pero hay gratitudes particulares, más profundas, que tocan nuestros tuétanos y llegan hasta el centro del corazón. Una de esas gratitudes es la de los hijos hacia los padres. Si vivimos, es porque ellos se amaron y nos amaron. El que nos acogiesen fue un gesto más de ese amor que juraron el día de su matrimonio, y que continuó ese día en que mamá dijo a papá: «Creo que estoy esperando...». Un misterio se desarrolló en sus entrañas, ese misterio salió a luz, y siguió creciendo y madurando gracias, sobre todo, al amor que nos tuvieron.

Quizá se han dado errores en las relaciones entre padres e hijos. Pueden haberse dado momentos de incomprensión, puede haberse producido algún que otro pequeño enfrentamiento en la edad de la adolescencia o juventud, pero lo que debemos los hijos a nuestros padres sigue en pie, a pesar de todo. No podríamos ni imaginarnos como seres humanos fuera de ese cariño que acunaron y con el que creyeron y creen todavía en nuestras existencias.

Pero, más a fondo, deberíamos dar gracias a Dios. Los padres saben que el nacimiento de cada hijo depende de ellos, pero también escapa mucho a sus previsiones. Lo saben de modo especial los que sufren año tras año al ver que el deseado hijo (sobre todo si se trata del primero) no llega. Lo saben los que han estado en la cabecera del niño pequeño y enfermo, que ha luchado horas o días entre la vida y la muerte. Lo saben los padres que han visto cómo el chico o la chica iba alejándose cada vez más de casa en busca de aventuras peligrosas, sin saber si iba a volver bien o quedaría estrellado en alguna curva maliciosa...

El vivir es un misterio más grande que todas las previsiones, y sabemos que hay Alguien que teje los hilos, que los entrelaza, que permite que titubeen y tiemblen por días o meses, y luego los vuelve a solidificar para que todo siga su curso normal, que no es sino un milagro prolongado: nuestra propia aventura personal. Ese Alguien es, sí, el Señor de la vida y de la muerte, pero es, sobre todo, un Padre. Y a Él le debemos todo. Incluso los males que permite pueden ser motivo para agradecerle el hecho de vivir y de sabernos amados, a pesar del dolor y de la dificultad, del abandono y de la traición, de la enfermedad y de la muerte...

La gratitud con los padres es un deber de cariño elemental. La gratitud con Dios es un homenaje que arranca de lo más profundo del corazón. La gratitud a los demás (tantos hombres y mujeres que se cruzan con benevolencia a lo largo de los vericuetos de la vida) es señal de ojos abiertos y corazones humildes.

Nuestro mundo necesita una buena dosis de gratitud y un poco menos de reivindicaciones. Sí: hay que pedir lo que nos falta y nos corresponde, pero sin olvidar que también hay que agradecer lo que a veces «nos ha sobrado» y lo que más valía: el amor que muchos nos han regalado. También cuando quizá perdimos la ruta: hasta el criminal más perverso puede recordar el amor que le dio su madre encanecida y temblorosa. También cuando nos abandonó la suerte y caímos «en desgracia», y nos abandonó un ser querido, el esposo o la esposa, un hijo o una hija. También cuando nos cerraron las puertas y todo parecía oscuro.

Sólo quien haya experimentado en esos momentos de prueba la fuerza del amor de Dios y de los que son realmente amigos puede comprender lo que significa poder decir, hoy y siempre, simplemente esta breve y joven palabra: ¡gracias!

EL OBSERVADOR 525-10

[SUMARIO] [INICIO]


FIN

 
De acuerdo con las normas internacionales de Propiedad Intelectual y Derechos de Autor, podrá reproducir parcial o totalmente la información, pero siempre citando nuestra fuente. La reproducción de los artículos y/o noticias firmados con Zenit.org-El Observador requieren permiso expreso de zenit.org
La publicación de algún artículo no implica compromiso. Los artículos firmados son responsabilidad del autor.
Los artículos publicados en esta Web son una selección de la edición impresa.
D.R. Clip Art de Querétaro, S. de R.L. de C.V. 1995-2006