El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy

7 de agosto de 2005 No.526

SUMARIO

bulletPORTADA - La Iglesia Católica de Estados Unidos, a la defensa de los inmigrantes mexicanos
bulletCOLUMNA HUÉSPED - ¡Por nuestros jóvenes!
bulletLA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO - Cultura, razón y libertad
bulletPINCELADAS - Puso su espalda de taburete
bulletDEBATE - ¿«Cristianos» o «protestantes»?
bulletCuando la opinión sustituye a la fe
bulletINTERNACIONAL - Menos lobos, Caperucita
bulletFLOR DE HARINA(Sal 147, 14) - Caminar, caminar

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PORTADA
La Iglesia Católica de Estados Unidos, a la defensa de los inmigrantes mexicanos
Por Jaime Septién / Enviado especial

SAN ANTONIO TX. Cuando el obispo de San Bernardino, California, monseñor Gerald R Barnes, presidente del Comité de Migración de la Conferencia del episcopado de Estados Unidos, calificó al actual sistema de inmigración de la Unión Americana como «moralmente inaceptable», quizá tenía en mente las muertes de cientos de mexicanos que, año con año, cruzan la frontera del Norte, buscando mejores condiciones de vida para sus familias.

Mejorar el empleo; dignificar las relaciones
Los obispos estadounidenses, junto con los mexicanos, han iniciado una campaña conjunta para presionar al senado de este país, en vistas a lograr una reforma migratoria que considere la dignidad humana, los derechos de los inmigrantes, la normalización de los contratos de trabajo y la legalización de su estancia en Estados Unidos. La moneda está en el aire. El Comité Judicial del Senado habrá de definir, este año, si entra a una reforma a fondo o las cosas siguen como están, esto es, en contra de los indocumentados mexicanos.
Los obispos se oponen. Piden más ayuda a México, para evitar la migración, especialmente al sector agrícola, y que nuestro país genere más empleos. El TLC, dijo el obispo Barnes, no ha mejorado los niveles de vida de los mexicanos; lo mismo opinaron prelados de Estados Unidos consultados por El Observador durante la reunión anual celebrada en Chicago.

Una constante sangría demográfica
La pérdida de población de México por la migración hacia los Estados Unidos ha ido en ascenso constante. De 27 mil 500 que se iban «al otro lado» hacia 1970, han pasado a 500 mil en este 2005. Ello significa que cada día cruzan la frontera, de manera ilegal, un promedio de mil 100 mexicanos, reduciendo en 27 por ciento el crecimiento demográfico del país en los últimos 35 años.
Desde luego que en Estados Unidos las cosas no se miran con tranquilidad. Tres de cada cuatro mexicanos que viven en el país del Norte son indocumentados. Esto representa una población cercana a ocho millones de personas, de los once millones de mexicanos que pueblan el vasto territorio de la nación americana. Con una variante moderna: ya no solamente son ciudades como Los Ángeles o Houston las receptoras de inmigrantes mexicanos. Ahora son los estados del sureste (las dos Carolinas, Georgia, Tennessee, Alabama y Arkansas) los que registran el crecimiento más explosivo de «hispanos».

El destino no es dorado para todos
Si tres de cada cuatro mexicanos que están en EE UU son indocumentados, uno de cada cuatro viven en pobreza extrema. El «sueño americano» se convierte muy a menudo en pesadilla. Por ello, en el mes de mayo pasado, la Conferencia del Episcopado de este país lanzó una campaña nacional contra la discriminación de los inmigrantes y por su integración total a la vida legal de una nación que -en palabras del cardenal Theodore McCarrick, de Washington, se ha hecho en base a sucesivas y fecundas migraciones.
La campaña lanzada por los obispos invita a no ser más extraños entre católicos, a caminar juntos hacia la jornada de la esperanza. Más tarde, en junio, se reunieron en El Paso (Texas), obispos de ambos lados de la frontera para repudiar las medidas salvajes contra la migración (como los cuerpos paramilitares llamados «Minuteman» quienes, por cierto, van a cazar inmigrantes durante octubre en el Estado de Texas) y exigir a los gobiernos de Fox y Bush algo más que palabras: empleos, derechos humanos, respeto y reformas realistas.

La Iglesia católica: maestra en humanidad
Los obispos sabían de lo que estaban hablando: si un tratado de integración comercial no incluye la dignidad de la persona, es un tratado moribundo, incompleto. Después de todo, será la Iglesia la única que alce la voz contra las violaciones en la frontera. Ella trata de proteger el bien de la sociedad. Y el de sus fieles. Ocho de cada diez personas que cruzan la frontera son católicos.
Y como subrayó el arzobispo de San Antonio, José H. Gómez, a El Observador: de ellos depende, en buena medida, el futuro del catolicismo en Estados Unidos.

EL OBSERVADOR 526-1

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COLUMNA HUÉSPED
¡Por nuestros jóvenes!
Antonio Maza Pereda

«Les escribo a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y la palabra de Dios permanece en ustedes y han vencido al demonio» 1 Juan, 1,14

Seguramente a muchos de nosotros estas palabras de San Juan nos suenan raras. Evidentemente -pensamos- las cosas eran diferentes en esos tiempos. Entonces los jóvenes eran distintos; ahora son más «reventados», más rebeldes, más inconformes. A los jóvenes de hoy solo les importan el sexo, las drogas y el rock and roll. Así pensamos. Pero, al ver esas palabras de San Juan, no cabe duda: si quedaron en la Biblia es porque son de un valor permanente.

En primer lugar, hay que reconocer que el mundo se ha lanzado por los jóvenes. Ha tratado de excitar en ellos las pasiones al máximo. Les ofrece niveles nunca antes vistos de pornografía, de drogas (blandas o duras, aceptables o inaceptables por la sociedad) y, tal vez más grave aún, promueve un modo de razonar que casi ya no merece ese nombre; casi podríamos decir que es lo contrario de la recta razón. Sí, la apuesta del mundo es muy clara. Van por los jóvenes y van con todo. Es tal la fuerza de los mensajes, la saturación de los ambientes con toda clase de propuestas contrarias a nuestros valores, que no es de extrañarse que muchos caigan en esas trampas largamente planeadas.

Sin embargo, muchos no caen. Muchos, me atrevo a decir que la mayoría, son buenos, son idealistas, están en búsqueda de valores superiores. No son cínicos; aprecian profundamente la sinceridad y la congruencia, y rechazan en nosotros, los no tan jóvenes, el conformismo que perciben en muchos y el cinismo de algunos. Tienen toda la razón. Es fácil criticarlos, pero si a nosotros nos hubiera tocado crecer en un mundo así, probablemente no seríamos mejores.

¿Y nuestra Iglesia? No cabe duda de qué, en los últimos 28 años, el Papa se lanzó con todo por los jóvenes. No fue el primero, pero sí ha sido el que se lanzó más en grande. Las jornadas mundiales de la juventud son tal vez el hecho más visible de esta apuesta por ellos, pero de ninguna manera es el único. Nuestro actual Papa, Benedicto XVI ha querido seguir por ese camino. Los jóvenes han respondido. Para sorpresa de muchos, millones de jóvenes se han congregado para escuchar a un anciano que, sin concesiones, ha dicho el mensaje de nuestra fe.

Ese mensaje, sin embargo, no es solo para los jóvenes. El Papa nos está diciendo a los demás, que también apostemos por los jóvenes católicos. Nos está demostrando con hechos que ellos responden, cuando se les trata con respeto, con integridad y sin ocultarles la verdad. ¿Cómo responder a este claro mensaje del Papa?

Desde luego, con la oración por el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud, en Colonia, en este mes de agosto. Más allá de esta jornada: escuchándolos, atendiendo sus inquietudes, mostrándoles como en Cristo y en la Iglesia están muchas de las respuestas que están buscando. Pero ellos nos escucharán solo si ven que somos auténticos. Y ahí está lo más difícil. «Demuéstrennos con sus vidas que Cristo vive», nos dicen. ¿Estaremos a la altura de ese reto?

EL OBSERVADOR 526-2

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LA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO
Cultura, razón y libertad

«Podemos sentir hoy un inmenso agradecimiento al papa Juan Pablo II que, con su experiencia personal y cultural, destacó siempre en sus enseñanzas el lugar central e insustituible del hombre, así como su dignidad fundamental, fuente de sus derechos inalienables. Hace veinticinco años el Papa declaró en la sede de la UNESCO que, 'en el campo de la cultura, el hombre es siempre el hecho primero: el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura' . Uno de los puntos fundamentales de su reflexión ante ese «areópago de las inteligencias y de las conciencias» 'Construyan la paz, empezando por su fundamento, el respeto de todos los derechos del hombre, los que están ligados a su dimensión material y económica, y los que están ligados a la dimensión espiritual e interior de su existencia en este mundo'.

«Anunciar la novedad liberadora del Evangelio a todos los hombres, unirse a ellos en todo lo que atañe a su existencia y expresa su humanidad, es el desafío permanente de la Iglesia. Esta misión, que la Iglesia ha recibido de su Señor, se une fundamentalmente a vuestro proyecto y justifica claramente que la Santa Sede, mediante la presencia de un observador permanente, haya deseado siempre participar en vuestra reflexión y en vuestro compromiso. La Iglesia católica lo seguirá haciendo, movilizando todas sus fuerzas, que son, ante todo, de naturaleza espiritual, para contribuir al bien del hombre en todas las dimensiones de su ser.

«En este mundo, donde el hombre debe aprender cada vez más a reconocer y respetar a su hermano, la Iglesia quiere dar su contribución al servicio de la comunidad humana, iluminando siempre profundamente la relación que une a cada hombre con el Creador de toda vida».

(De una carta de Benedicto XVI al cardenal Jean-Louis Tauran, archivero y bibliotecario de la santa Iglesia romana, con motivo del Coloquio «Cultura, razón y libertad» celebrado en la sede de la UNESCO de París).

EL OBSERVADOR 526-3

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PINCELADAS
Puso su espalda de taburete
Por Justo López Melús *

Hay una pedagogía mejor que la corrección y el consejo. Es sufrir por el discípulo. Un discípulo se escapaba todas las noches para acudir a una casa de prostitución. Para saltar las altas paredes del monasterio colocaba un taburete junto a la pared. A la vuelta, de nuevo saltaba sobre él y lo recogía para la noche siguiente. Nadie hablaba de ello. Pero el Maestro lo sabía. Pensó reprenderle, pero sabía que las reprensiones no cambian a la persona. Pensó expulsarlo, pero sabía que eso era condenarlo.

Y pensó otro remedio. El discípulo colocó el taburete y saltó a su cita sensual. Entonces el maestro quitó el taburete y se puso él agachado esperando la vuelta del discípulo. Éste volvió y saltó sobre la espalda del Maestro. El Maestro se incorporó sin una queja, y le saludó con una inclinación. Nadie se enteró. Nadie pidió perdón y nadie se sintió obligado a otorgarlo. Pero el discípulo no volvió a salir nunca más. Todo cambió. El Maestro había sufrido por él.

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 526-4

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DEBATE
¿«Cristianos» o «protestantes»?
Carlos Alberto Jardón/Redimir
El término «cristiano» fue inventado desde hace casi dos mil años para referirse no a los protestantes sino a los miembros de la Iglesia de Cristo, es decir, la católica.

«Que ninguno de ustedes tenga que sufrir por asesino o ladrón, por malhechor o por meterse en asuntos ajenos. Pero si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar ese nombre» (1 Pedro 4, 15-16). Hoy escuchamos hablar mucho de los «cristianos» en las conversaciones cotidianas. Hasta se oye decir erróneamente a los católicos: «Yo no soy cristiano, sino católico» o «Tengo un amigo que es cristiano».

¿De dónde viene el término «cristiano»? Significa, primariamente, «alguien que cree en Cristo y le sigue». Cristiano es aquel que confiesa haber hallado a Dios en la persona de Jesucristo, o más bien, el que sostiene que Dios mismo le ha llamado y le ha encontrado por medio de Jesús. Aparece por primera vez en la Biblia en Hechos 11, 26: «En Antioquía fue donde por primera vez se llamó a los discípulos [de Jesús] 'cristianos'» ; y otras dos veces en Hechos 26, 28 y 1 Pedro 4, 16.

A lo largo del tiempo, cuando de la Iglesia única se separaban grupos con su particular interpretación de la Biblia y las enseñanzas de Jesús, se les fueron dando nombres que los relacionaban con su fundador o sus enseñanzas. Por ejemplo, los montanistas (siglo II), por su líder Montano; los arrianos (siglo IV), por Arrio de Alejandría; los luteranos (siglo XVI), por seguir las tesis de Lutero; los calvinistas, por Calvino; los presbiterianos, por su forma de gobierno fundado en un consejo de presbíteros; los bautistas, por su énfasis en el bautismo sólo de los adultos; los pentecostales, por su énfasis en la recepción del Espíritu Santo y sus dones como en Pentecostés, etc.

En nuestros días son, principalmente, dos tipos de agrupaciones las que hacen énfasis en decir que ellos son los «cristianos»:

En primer lugar, los grupos surgidos de los movimientos restauracionistas del siglo XIX en Estados Unidos, que pretendían restaurar la Iglesia primitiva y pronto se comenzaron a autonombrar «cristianos» o «discípulos» y rechazaron todos los credos de las demás sectas; formaron la secta «Iglesia Cristiana/Discípulos de Cristo», de la que se separaron posteriormente las sectas «Iglesias de Cristo» y, más recientemente, la secta «Iglesia Internacional de Cristo» o «Movimiento de Boston».

Por otro lado, los protestantes pentecostales de «la tercera ola», los neopentecostales, surgidos al final de la década de los 50´s y principios de los 60´s entre las principales denominaciones protestantes sin dejar de ser bautistas, presbiterianos, metodistas, luteranos, etc. Pero luego muchos comenzaron a rechazar sus tradiciones religiosas, formando grupos independientes de las sectas principales y comenzandoa decir que eran simplemente «cristianos».

¿De dónde viene el término católico? La palabra católico viene del griego katholikos que quiere decir universal. Jesús, al dar su último mandamiento a los Doce Apóstoles, les dijo: «Vayan y prediquen el evangelio a toda criatura» Mc 16, 15. Del mandato de Jesús proviene la idea de universalidad de la Iglesia, por eso desde los primeros tiempos se comenzó a llamar «católica» o «universal». Del año 110, de Ignacio de Antioquía, discípulo de san Juan, nos viene el testimonio escrito más antiguo que tenemos del uso del adjetivo «católica» para referirse a la Iglesia: «Donde esté el Obispo, esté la muchedumbre, así como donde está Jesucristo está la Iglesia católica» (A los Esmirniotas 8, 2).

Posteriormente, en tiempo de las persecuciones, cuando los oficiales romanos preguntaban a los primeros cristianos a qué iglesia pertenecían, decían sin dudar «a la católica». En los tres primeros siglos de la Iglesia los cristianos decían: «cristiano es mi nombre, católico mi sobrenombre». Así que la Iglesia desde sus comienzos se ha llamado «cristiana» o «católica», indistintamente. Y aunque podemos llamar «cristianos» por el Bautismo a los no católicos, debemos tener conciencia de que la Iglesia católica es la única que conserva toda la doctrina entregada «de una vez a los santos» (Judas 3).

Los católicos actuales tenemos las mismas doctrinas de los primeros discípulos de Jesús, es decir, creemos en lo mismo que creían esos a quienes se llamó «cristianos» en el siglo I. Así, si los miembros de alguna iglesia debe llevar tal nombre, ésos son los católicos.

No se puede ser cristiano y creer al mismo tiempo que Jesús es el arcángel Miguel, o creer que la Trinidad son en realidad tres dioses. No se puede ser cristiano totalmente si se niega que la voluntad de Jesús es una sola Iglesia y que duraría hasta el fin del mundo (Mt 16, 18ss.). No se puede ser cristiano cabal si no se acepta que durante la Eucaristía el pan y el vino son transformados por el poder del Espíritu Santo en cuerpo y sangre de Cristo (Jn 6; 1 Cor 11, 23-32).

Si alguien nos pregunta a los católicos si somos «cristianos», digamos que sí: somos los cristianos completos. Es un error decir «nosotros no somos cristianos, sino católicos»; al negarnos ese nombre que viene de la Biblia y que siempre nos ha pertenecido, le damos la razón a tantos grupos que se lo apropian. Ellos dicen: «Ya ven, los mismos católicos aceptan que no son cristianos». Comencemos a llamar pan al pan y vino al vino. Si nos encontramos a un no católico en la calle y nos dice que es «cristiano» debemos cuestionarle acerca de su grupo: si es mormón es mormón, si es pentecostal es pentecostal. NO existen los «cristianos» a secas.

Tal vez Dios nos esté llamando a los católicos a recuperar el sentido del nombre de «cristianos», tan desvirtuado ya que cualquier grupo lo reclama para sí. Es un nombre que nos pertenece.

EL OBSERVADOR 526-5

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Cuando la opinión sustituye a la fe
Por Joseph Ratzinger, cardenal

Todo lo que hacen los hombres puede ser anulado por otro. Todo lo que proviene de un gesto humano puede no agradar a otros. Todo lo que una mayoría decide puede ser abrogado por otra mayoría. Una Iglesia que descanse en las decisiones de una mayoría se convierte en una Iglesia puramente humana. Queda reducida al nivel de lo factible y lo plausible, de lo que es fruto de la propia acción y de las instituciones y opiniones propias. La opinión sustituye a la fe.
Efectivamente, en las fórmulas de fe acuñadas por uno mismo que yo conozco, el significado de la expresión creo no va nunca más allá del significado pensamos. La Iglesia hecha por sí misma tiene al final el sabor del «sí mismos» que a los otros «sí mismos» no agrada nunca y pronto revela su pequeñez.

No dividir a la Iglesia en una disputa de partidos
Como los corintios, también nosotros corremos peligro de dividir a la Iglesia en una disputa de partidos, donde cada uno hace su idea del cristianismo. Y así, tener razón es más importante para nosotros que las justas razones de Dios respecto a nosotros, más importante que ser justos delante de Él. Nuestra idea propia nos encubre la Palabra del Dios vivo, y la Iglesia desaparece detrás de los partidos que nacen de nuestro modo personal de entender. La semejanza entre la situación de los corintios y la nuestra no se puede pasar por alto.
Pero Pablo no quiere simplemente describir una situación, sino sacudir nuestra conciencia y volvernos nuevamente a la debida integridad y unidad de la existencia cristiana. Por eso debemos preguntarnos: ¿qué hay de verdaderamente falso en nuestro comportamiento?, ¿qué hemos de hacer para ser no el partido de Pablo, de Apolo o de Cefas o un partido de Cristo, sino Iglesia de Jesucristo?

Si no fuera por la Iglesia institucional...
Tengo que reprochar la radical absurdidad que no raramente encuentro en expresiones de sacerdotes buenos y diligentes cuando comentan: «Sí, el cristianismo, como lo presentamos, sería aceptado por la juventud, pero la Iglesia institucional nos hecha todo a perder». No quiero detenerme en la tonta expresión «Iglesia institucional»; el mayor peligro de esta absurdidad radica en la oposición que la misma expresión encierra. Que a un grupo de jóvenes le sea más simpático su sacerdote que el obispo, es normal. Pero que acerca de esta situación se construya la oposición de dos conceptos de Iglesia, esto ya no es normal. De hecho, si la adhesión al cristianismo no tiene en cuenta la totalidad de la Iglesia sino su imagen simpática representada por un sacerdote o un dirigente laico, en este caso la adhesión está construida sobre arena, sobre una distinción realizada por cuenta propia: es más importante la capacidad específica del animador que el poder en el cual está inserto.

La Iglesia no es una organización humanitaria
El Evangelio no ha perdido su contenido y tampoco Cristo se ha marchado. No existen estrategias para fabricar la esperanza: Cristo es la esperanza. Es necesario retornar a su presencia y desde ella empezar nuevamente. Lo que es central debe seguir siéndolo. La Iglesia ha equivocado el camino cuando se ha esforzado por mostrarse útil y buena como organización humanitaria, sin el testimonio de Cristo y de Dios. Está claro que el compromiso social de la Iglesia es de máxima importancia, como tarea que le fue encomendada por el Señor. Pero debe ser evidente que la Iglesia no es una mera organización de acción social, sino que su acción nace de una fuerza de amor más profunda que se comunica con toda sencillez y que la Iglesia existe no porque nosotros queramos estar en el candelero, sino porque «el amor de Cristo nos empuja».

(Fuente: ARVO.net)

EL OBSERVADOR 526-6

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INTERNACIONAL
Menos lobos, Caperucita
Por Bruno Ferrari

Seguramente uno de los cuentos más populares en el mundo es el de Caperucita Roja. En diferentes idiomas, este cuento ha pasado de generación en generación y, desde luego, la imagen del lobo vestido como la abuelita tratando de aprovechar la oportunidad para devorar a aquella inocente niña quedó en la mente de todos nosotros perfectamente impresa.

De la misma manera, en la política internacional, el populismo ha tenido un abrumador éxito, disfrazándose como inocente defensor de los valores del pueblo y, a veces, como un movimiento pacífico. De esta forma se ha convertido en el arma más eficaz para lastimar e, incluso, aniquilar la democracia. Este populismo irresponsable, al igual que lo hiciera el lobo del cuento con la casa de la abuelita, se ha ido adueñando, casi imperceptiblemente, de varios países de América; entra como lo hiciera el lobo, por la ventana, y se ha hecho cargo de frenar los esbozos de democracia que parecieran haber surgido en estos pueblos hermanos.

Su avance es muy difícil de atacar porque no pertenece a ninguna ideología; el único interés del populista no es otro más que hacerse del poder, llevándolo a extremos increíbles y, por supuesto, crear mecanismos que le permitan al mismo populista mantenerse controlando ese poder. Las más de las veces el pretexto es la igualdad entre «pobres y ricos», el hambre de un pueblo utilizada para lucrar con él ofreciéndole lo que sea, no importa que no exista una doctrina, lo que importa es la forma y precisamente la popularidad que pueda conquistarse.

Sin duda alguna, el exponente más claro que tenemos en América es el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien hizo suyas, un poquito revolcadas y tropicalizadas, las ideas de Fidel Castro, ideas que hasta hace poco se pensaba que estarían tan cerca de la tumba como el mismo comandante en jefe.
Chávez, pues, representa en sí el milagroso despertar de la agonía de todas estas ideas; incluso, hay quien se atreve a decir ahora que, sumadas las ideas bolivarianas de Chávez a las anacrónicas ideas de Castro, éstas podrían, eventualmente, conquistar todo el continente.

De diferente forma y con distintos matices, el populismo entró de lleno con las repercusiones que ya conocemos en Argentina, Brasil, República Dominicana, Ecuador e, incluso, hay quien afirma que Chile, aun teniendo una economía mucho más sólida, corre el riesgo de convertirse en un pueblo guiado por el populismo.

La politización del derecho, disfrazada como la redistribución de la riqueza de ricos en favor de los pobres, sigue siendo un importante instrumento de conquista para el populismo, sobre todo si se tiene en cuenta que las reformas iniciadas en la década de los noventa, aunque ciertamente lograron frenar en muchos casos la inflación, nunca vinieron acompañadas con el desarrollo que se esperaba, precisamente por miedo a las repercusiones políticas; quizá por ello nunca se dieron las descentralizaciones que se esperaban ni se dio lugar a una verdadera economía libre, soportada en instituciones sólidas que la hicieran competitiva.

Realmente, el populismo es el otro lado del péndulo del incipiente capitalismo de tecnócratas y economistas, asistidos en muchos de los casos por el autoritarismo. En fin...

El populismo es, para la realidad mundial, un enemigo tan serio o más que el mismo terrorismo, y si seguimos con la analogía de la Caperucita Roja, México no puede ser una excepción. Desde la llegada de Andrés Manuel López Obrador como jefe al Gobierno del DF no hemos visto más que populismo.

Hoy el populismo se encuentra, al igual que el lobo, disfrazado de inocencia y a punto de devorar el futuro de México.

EL OBSERVADOR 526-7

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FLOR DE HARINA(Sal 147, 14)
Caminar, caminar
Por el Pbro. Justo López Melús

El recuerdo de los seres queridos, de los que confían en nosotros, es un gran estímulo de superación. Saint-Exupéry cuenta, en Tierra de hombres, las proezas de la aviación civil en sus primeros vuelos. Habla de un piloto que hacía la ruta Santiago-Mendoza, y que un día cayó en los macizos de los Andes, solo, a muchos kilómetros del primer puesto de auxilio.

Sobrevivió milagrosamente a la caída. Pero, ¿de qué valía caer con suerte, si por fuerza había de sucumbir luego en aquellas soledades salvajes?

Era imposible que se orientara, que pudiera avanzar por un terreno tan accidentado, sin explorar aún. Y, sobre todo, las temperaturas bajísimas, polares. Cuando la noche se cierne sobre la cordillera lo transforma todo en hielo.

Después de dos días de infructuosa búsqueda, la compañía lo dio por muerto.

Pero he aquí que, más muerto que vivo, más resucitado que vivo, apareció. Había caminado sin interrupción durante cinco días y cuatro noches. Caminar, caminar, caminar... Venciendo minuto a minuto la terrible, terca sensación de tumbarse y dormir, de tumbarse y acabar.

¿Qué es lo que le impulsó a continuar? ¿El instinto de conservación?

No. Ese instinto, a las pocas horas, se había desvanecido por completo. Era algo más indómito y aparentemente mucho más tenue y artificioso: sólo este pensamiento, taladrándole las sienes, empujando sus pies hinchados:

«Si las personas a quienes amo creen que vivo, creen que sigo caminando».

Sus primeras palabras al reunirse con sus compañeros fueron: «Lo que yo hice, os lo juro, nunca ningún animal lo hubiera hecho».

EL OBSERVADOR 526-8

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FIN

 
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