El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
18 de septiembre de 2005 No.532

SUMARIO

bulletPORTADA - En El Observador le apostamos a no ser mediocres
bulletLa propuesta de Benedicto XVI para un México en «proceso de transición»
bulletVISTAZOS RÁPIDOS A LOS DOCUMENTOS DE JUAN PABLO II - Familiaris consortio (2/3)
bulletLA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO - Cristo, artífice de reconciliación
bulletFAMILIA - Cómo descubro y acepto ser alcohólico
bulletPINCELADAS - El panadero y los panes
bulletREHABILITAR LA POLÍTICA CON LA ÉTICA (III) - Imperativos morales de la política
bulletVALORES CRISTIANOS - A la defensiva
bulletENTREVISTA - Por culpa del relativismo, cada quien pretende hacerse a su gusto una imagen de Jesús, incluso del Jesús real, histórico
bulletAyudar a damnificados del huracán Katrina
bulletACTUALIDAD - La gracia y la desgracia
bulletLecciones a la arrogancia

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PORTADA
En El Observador le apostamos a no ser mediocres
Entrevista realizada por la agencia internacional Zenit a Jaime Septién, director de El Observador.
ROMA. El semanario El Observador, empresa periodística católica surgida en México de la iniciativa de laicos, se ha convertido, al cumplir sus diez años de vida, en una de las publicaciones con el mayor número de suscriptores del país y con lectores en toda América. Y su edición en internet es ya un punto de referencia para el periodismo en castellano.
Al hacer con Zenit un balance de estos diez años de vida, su director, Jaime Septién, que se encuentra en Roma, explica algunas claves de este «milagro» periodístico.

¿De dónde surge la idea de un semanario católico hecho por laicos en México?
De la necesidad que existe en mi país de provocar una visión católica de las cosas. Creemos firmemente mi esposa y yo, porque ambos somos los impulsores del periódico, junto con los obispos De Gasperín (Querétaro) y Szimansky (San Luis Potosí), entre otros, que México se conforma con ser el segundo país con mayor número de católicos del mundo, pero, a la hora de la verdad, pareciera ser que los católicos desaparecemos de la vida pública.

¿Cuáles son los principales atributos que quisieras ver reconocidos en El Observador?
Ante todo, claridad. Manejo correcto del lenguaje. El lenguaje es algo muy importante y muy descuidado en tiempo como los nuestros, tiempos del chat. Segundo, profundidad. Prefiero que me tilden de pesado a que me señalen como un «ligero». Y, tercero, fidelidad. Fidelidad a la Iglesia, al magisterio, a la doctrina. Son tres factores que a la prensa católica se le suelen olvidar. Unos son fieles, pero cubren la información con un lenguaje deleznable. Otros son muy elegantes, pero absolutamente contestatarios. Y otros repiten de una manera obstinada el dogma de los católicos «modernizados»: Dios sí, Iglesia no.

¿Qué críticas podrías hacerle a tu periódico en el tiempo en estos diez años de vida?
Muchas. Hemos dejado de hacer cosas que deberíamos haber hecho hace seis o siete años y hemos seguido haciendo cosas que nada tienen que ver con el periódico. Pongo dos ejemplos. Hace tiempo debimos haber incursionado en el mundo editorial. Pero hasta este año hemos comenzado a editar libros entre El Observador y el Instituto Emmanuel Mounier, de España. Y lo segundo, bueno, hemos insistido demasiado en circular en diócesis cuyos obispos están conformes con el periódico oficial o institucional que ellos editan.

¿Son un periódico institucional de algunas diócesis?
No. No gravitamos sobre las finanzas de la Iglesia, somos una empresa católica al servicio de la Iglesia. En eso mi mujer, Maité, insiste mucho: que todo lo que hagamos sea traspasado por el espíritu de la catolicidad: desde los convenios publicitarios hasta la contratación de personal. Guardamos cercanía con los obispos, pero también la necesaria independencia como para poder tocar temas que los órganos oficiales diocesanos no pueden tocar: cuestiones de política, economía...

¿Qué añade El Observador en el panorama de los medios católicos en castellano?
Añadir, no mucho. Sería vanidad creer que estamos inventando el catolicismo en prensa, o algo así. Lo que es verdad es que hemos ido integrando una serie de alianzas estratégicas y una serie de posibilidades tecnológicas que nos han puesto en muchos lugares diferentes del mundo.

¿Podrías darnos alguna pista de por dónde van esas alianzas?
Por ejemplo, la asociación con ustedes, con Zenit; la puesta en marcha de la página electrónica www.periodismocatolico.com, la asociación editorial con la gente que comanda el filósofo español Carlos Díaz... Muy pronto, si Dios quiere, haremos algo de radio y de televisión. Andamos en tratos con EWTN, con Mariavisión, con Radio Católica Mundial, con quien se deje y se pueda. Es la libertad del laico la que nos permite andar dando tantos brincos.

¿No crees que pueden correr peligro de dispersarse?
Peligros de fracasar siempre los habrá, y más en terreno tan resbaladizo como el que pisamos todos los que nos dedicamos a este apasionante oficio de ser periodistas por ser católicos. Pero siempre hemos tenido la idea de pedir cosas grandes a Dios. Así lo decía san Ambrosio: ¡pide cosas grandes cuando estés rezando! Claro, si pedimos a Dios cosas grandes corremos el peligro de que nos las conceda. En El Observador le apostamos a no ser mediocres, en el sentido que subrayaba Chesterton: el de estar ante la grandeza y no darnos cuenta.

EL OBSERVADOR 532-1

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La propuesta de Benedicto XVI para un México en «proceso de transición»
Los diez puntos principales del discurso dirigido por el Papa al primer grupo de obispos mexicanos en «visita ad limina apostolorum», el jueves 8 de este septiembre.

1.
La Conferencia del Episcopado Mexicano está llamada a ser un signo vivo de la comunión eclesial, orientada a facilitar el ministerio de los obispos y fortalecer la colegialidad.

2. La nación mexicana ha surgido como encuentro de pueblos y culturas cuya fisonomía ha quedado marcada por la presencia viva de Jesucristo y la mediación de María, «Madre del Verdadero Dios por quien se vive» (Nican Mopohua).

3. Los profundos anhelos de consolidar [en México]una cultura y unas instituciones democráticas, económicas y sociales que reconozcan los derechos humanos y los valores culturales del pueblo, deben encontrar un eco y una respuesta iluminadora en la acción pastoral de la Iglesia.

4. La preparación al Gran Jubileo contribuyó a que los católicos mexicanos conocieran, aceptaran y amaran su historia como pueblo y como comunidad creyente. Deseo recordar aquí la exhortación de mi predecesor: «Es necesaria, para cada uno y para los pueblos, una especie de 'purificación de la memoria', a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse más».

5. Se trata de un reto que requiere una formación integral, en todos los ámbitos de la Iglesia, que ayude a cada fiel a vivir el Evangelio en las diversas dimensiones de la vida. Las formas tradicionales de vivir la fe han de madurar en una opción personal y comunitaria.

6. Las familias requieren un acompañamiento adecuado para poder descubrir y vivir su dimensión de «iglesia doméstica». El padre y la madre necesitan recibir una formación que les ayude a ser los 'primeros evangelizadores' de sus hijos.

7. Una manifestación de la riqueza eclesial es la existencia de más de cuatrocientos institutos de vida consagrada, sobre todo de mujeres, y muchos de ellos fundados en México, que evangelizan en todo el país y en los diversos ambientes, culturas y lugares.

8. Hay también una presencia creciente de movimientos laicales, nacionales e internacionales, que promueven la renovación de la vida matrimonial y familiar, así como una mayor vivencia comunitaria.

9. La Iglesia en México refleja el pluralismo de la sociedad misma, plasmada en muchas y diversas realidades, algunas muy buenas y prometedoras y otras más complejas.

10. La sociedad actual cuestiona y observa a la Iglesia, exigiendo coherencia e intrepidez en la fe. Signos visibles de credibilidad serán el testimonio de vida, la unidad de los creyentes, el servicio a los pobres y la promoción de su dignidad. En la tarea evangelizadora hay que ser creativos, en fidelidad a la Tradición de la Iglesia y de su magisterio. La Iglesia en México ha de aprovechar la colaboración de sus fieles, la preparación de los hombres de cultura y las oportunidades que las instituciones públicas concedan.

EL OBSERVADOR 532-2

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VISTAZOS RÁPIDOS A LOS DOCUMENTOS DE JUAN PABLO II
Familiaris consortio (2/3)
Exhortación apostólica sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual.
Por Walter Turnbull

¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!

De la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma.

La familia cristiana es también la primera comunidad llamada a anunciar el Evangelio a la persona humana. La evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la Iglesia doméstica. En los lugares donde resulta prácticamente imposible una verdadera creencia religiosa, la Iglesia doméstica es el único ámbito donde los niños y los jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis.

Dios quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel de Dios y del Señor Jesús. Es deber de las parejas cristianas de nuestro tiempo ser un signo en el mundo de la incansable fidelidad de Dios.

El matrimonio de los bautizados es un sacramento. El matrimonio sacramental no es un invento, sino una exigencia del pacto de amor conyugal, para que sea vivida la fidelidad al designio de Dios.

Con el sacramento del matrimonio, el amor conyugal es purificado y santificado con el don especial de la gracia y la caridad, los esposos son fortificados y consagrados para cumplir sus deberes de estado. El Espíritu Santo ofrece a los esposos un «corazón nuevo», y los hace capaces de amarse como Cristo nos amó, de compartir el amor pleno y definitivo de Cristo. De este modo los cónyuges pueden y están llamados a participar realmente en la indisolubilidad que une a Cristo con la Iglesia su esposa. El amor conyugal alcanza así la plenitud a la que está ordenado, la caridad conyugal.

El sacramento hace de las características propias de todo amor conyugal expresión de valores cristianos.

Por este sacramento, la misma existencia cotidiana de la familia se transforma en sacrificio espiritual aceptable a Dios; y, al cumplir su misión, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios. A los padres, en su misión educativa, el sacramento del matrimonio los consagra a la educación cristiana de los hijos, los llama a participar de la misma autoridad y del mismo amor de Dios y los enriquece en los dones del Espíritu Santo para esta misión. Así el deber educativo recibe la dignidad de un verdadero ministerio de la Iglesia, al servicio de la edificación de sus miembros.

EL OBSERVADOR 532-3

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La voz del vicario de Cristo
Cristo, artífice de reconciliación

El himno que abre la Carta de san Pablo a los Colosenses, donde «entra en escena de forma directa y solemne Cristo, definido imagen de Dios invisible», fue el tema central de reciente catequesis de Benedicto XVI en audiencia general.

San Pablo, explicó el Papa, aplica el término griego eikon (imagen) tanto a Cristo, que es imagen perfecta de Dios, como al ser humano, que, sin embargo, con el pecado llegó a «transferir la gloria del Dios incorruptible a imágenes que representan al hombre corruptible (...). Por eso, debemos modelar continuamente nuestra imagen sobre la del Hijo de Dios».

«Cristo es proclamado a continuación primogénito de toda criatura, precede toda la creación y es para ella el principio de cohesión, (...) de mediación (...) y de destino en el que converge todo lo creado».

Agregó Benedicto XVI que el apóstol Pablo pasa del mundo de la creación al de la historia: «Cristo es la cabeza del cuerpo, es decir de la Iglesia, y lo es ya a través de su encarnación. Efectivamente entró en la comunidad humana para regirla y componerla en un cuerpo, es decir en una unidad armoniosa y fecunda. La consistencia y el crecimiento de la humanidad tienen en Cristo su raíz, su eje vital, su principio».

Por último, el himno celebra «la plenitud» que Cristo posee como don de amor del Padre. Una plenitud que «irradia tanto en el universo como en la humanidad, transformándose en fuente de paz, de unidad y de perfecta armonía. La reconciliación y la pacificación se realizan mediante la sangre de la Cruz, a través de la cual somos justificados y santificados. Derramando su sangre y entregándose, Cristo difundió la paz, que en el lenguaje bíblico es síntesis de bienes mesiánicos y plenitud salvífica extendida a toda la realidad creada».

(Fuente: VIS)

EL OBSERVADOR 532-4

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FAMILIA
Cómo descubro y acepto ser alcohólico
Cuando se tiene un problema y se quiere resolver, lo primero es averiguar cuál es el problema, sólo que yo no sabía cuál era el mío; además, la negación es una de las primeras características del alcohólico. ¿Alcohólico yo?

Mis síntomas

Después de casi 29 años de actividad alcohólica empezaba a sospechar que tenía problemas con mi forma de beber; me volví demasiado agresivo, siempre me sentía vacío (con un terrible hueco en mi alma), me enojaba por todo y por nada, vivía preocupado, lleno de temores, y si estaba sobrio me sentía inquieto,irritable y descontento; verdaderamente no sabía qué me pasaba. Realmente, en la actividad alcohólica, ¿cuál diversión? Había vivido una vida llena de sufrimiento.

Alcohólicos Anónimos

Un día una persona me sugirió ir a Alcohólicos Anónimos. Ahora sé que Dios se manifestó a través de ella. Claro que a mí no me pasaba por la cabeza que mi problema era el alcohol, pero yo estaba tan desesperado por la forma en que me sentía que al otro día estaba sentado escuchando atentamente una junta de información en un grupo de A. A. y desde entonces he asistido diariamente a una junta.
Esa noche admití que mi problema era la impotencia ante el alcohol y que por eso mi vida se había vuelto ingobernable. Sólo así descubrí y acepté que esto era el primer paso hacia mi recuperación (primero de los Doce Pasos del maravilloso programa de Alcohólicos Anónimos).
Alcohólicos Anónimos me enseñó que sí se podía dejar de sufrir y cambiar la bebida por una vida feliz, que el mejor día que había tenido en la actividad no se podría comparar con el peor estando en Alcohólicos Anónimos; que a pesar de que, afortunadamente, cuando yo llegué al grupo, no había perdido ni mi trabajo ni mi familia, sólo era cuestión de tiempo, porque ahora sé que el alcoholismo es una enfermedad incurable, progresiva y mortal, esto ya determinado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). También le llaman la enfermedad de las pérdidas, ya que se pierde todo: el trabajo, la familia, la economía, la dignidad y, finalmente, la vida.

En busca de la libertad

He aprendido, como se menciona en alguno de los capítulos del libro de Alcohólicos Anónimos, que si me esmero en mi recuperación y crecimiento, me sorprenderé de los resultados antes de llegar a la mitad del camino, ya que voy a conocer una libertad y una felicidad nuevas.
Ya no me lamentaré por el pasado ni desearé cerrar la puerta que me lleva a él. Comprenderé el significado de la palabra serenidad y conoceré la paz. Sin importar lo bajo a que haya llegado, percibiré cómo mi experiencia puede beneficiar a otros.
Desaparecerá ese sentimiento de inutilidad y lástima por mí mismo. Perderé el interés en cosas egoístas y me interesaré en mis compañeros. Se desvanecerá mi ambición personal. Mi actitud y mi punto de vista sobre la vida cambiarán. Se me quitará el miedo a la gente y a la inseguridad económica. Intuitivamente sabré manejar situaciones que antes me desesperaban.
De pronto comprendí que Dios está haciendo por mí lo que por mí mismo nunca pude hacer.
Me doy cuenta de que mi alcoholismo sólo era un síntoma de mi verdadera enfermedad, de la perversa enfermedad del alma, ya que era la fuga para ahogar los sentimientos de miedo, frustración y depresión que durante mi niñez, adolescencia y ahora de adulto nunca logré trascender; es decir, no sé cuándo ni por qué me quedé atorado en alguna de estas etapas y no aprendí a madurar ni a manejar mis emociones de acuerdo con las circunstancias.

Aprendiendo a quererme

Agradezco a Dios, a mi esposa y a mis hijos porque siempre han estado conmigo. Ahora, a través del programa de Alcohólicos Anónimos, estoy aprendiendo a conocerme, a quererme, a creer en mí, a crecer como persona; estoy aprendiendo a recuperarme, ya que me doy cuenta de que estaba perdido, que vivía dormido, sin un rumbo fijo y sin una meta definida. Ahora entiendo lo que decía Séneca: «A la persona que no sabe el puerto al que quiere llegar, ningún viento le es favorable». También sé que debo aprender a apaciguar esos fantasmas atormentadores del pasado.

Dios, ayúdame

Finalmente menciono algo que se encuentra en el libro de Alcohólicos Anónimos (libro azul):
«Encontramos que Dios no impone condiciones muy difíciles a quienes le buscan. Para nosotros el Reino del Espíritu es amplio, espacioso, siempre inclusivo, nunca exclusivo o prohibitivo para aquellos que lo buscan con sinceridad. Nosotros creemos que está abierto a todos los seres humanos».

Oración

Dios, ayúdame a aceptarme a mí mismo tal como soy, sin juicios.
Ayúdame a aceptar mi mente tal como es, con todas mis emociones, mis esperanzas, mis sueños y mi personalidad única.
Purifica mi mente de mis propios juicios personales, para que pueda vivir con paz y amor.
Hoy, Señor, ayúdame a empezar mi vida de nuevo con el poder del amor por mí mismo.
Ayúdame a explorar la vida, a arriesgarme y a amar incondicionalmente.
Permíteme abrir mi corazón al amor, a fin de compartirlo dondequiera que vaya.
Amén.

Juan Carlos

EL OBSERVADOR 532-5

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PINCELADAS
El panadero y los panes
Por Justo López Melús *

El apóstol, sacerdote o seglar, corre el peligro de dar consejos, impartir doctrina e instruir en la oración, pero luego no practicar lo que enseña. Sabe indicar el camino, pero luego no lo recorre; prepara un pan delicioso, pero no lo saborea. Ha de empezar por disfrutar ese pan delicioso para despertar el hambre en los demás. Jesús ya se quejaba de los que no hacían lo que decían.

Llegó un beduino a la ciudad y entró en una panadería:
— ¿Son suyos esos panes tan deliciosos?
— Sí, claro.
— ¿Y estos bollos tan apetitosos?
— Sí, acabo de amasarlos.
— Y esas hogazas tan tiernas?
— Todo es mío, totalmente mío.
— Pues, ¿por qué no se los come, señor panadero? Tiene usted cara de hambre. Y, si no le parece mal, podría usted regalarme un pan a mí.

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 532-6

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REHABILITAR LA POLÍTICA CON LA ÉTICA (III)
Imperativos morales de la política
Por Humberto Mauro Marsich s.x.

La política como «quehacer humano», o sea, como actividad que involucra el juicio de la conciencia y el ejercicio de la libertad y de la voluntad, debe ser considerada siempre como actividad moral y, desde luego, sujeta a los imperativos morales de toda acción humana y al juicio de la conciencia personal y colectiva. Como en cualquier otra actividad humana, tampoco en la política existe «neutralidad ética». El servir a los demás políticamente, nos obliga a un mayor rigor ético, o sea, a actuar con más responsabilidad moral. Si el ejercicio de la política en nuestro México provoca desaliento y desconcierto, una vez más es por carencia de moralidad. La política no puede ser considerada humana si no está sometida a las normas trascendentales y universales de la ética natural y, por estar encuadrada dentro de los valores que rigen la vida humana, no puede estar en conflicto con ellos. La política, por su naturaleza, hunde sus raíces en la ética. Como la ciencia sin conciencia se revierte inevitablemente en contra del hombre, así una política sin ética se revierte en contra de la sociedad misma.

La dimensión ética obliga al político a poner a la persona humana en el centro de sus decisiones: «Este carácter central de la persona, entendida como principio y fin inmediato de la vida social, nos permite a los cristianos encontrar una base común para la actividad pública con todos aquellos que, aun sin creer en el Dios de Jesucristo, participan en la construcción de una sociedad más justa y equitativa» (Obispos españoles, Los cristianos en la vida pública,1986).

Por eso mismo no puede existir conflicto objetivo entre valores éticos y auténtica vida política. La llamada «razón de estado» no tiene justificación objetiva si se entiende como la aceptación de la incompatibilidad entre realización política y valores morales. No hay razón de estado que justifique pisotear los valores morales.

El bien común es el fin último de la política y se define siempre, en relación con la dignidad de la persona humana y de la comunidad de los hombres, como «todo aquello que permite la realización de toda la persona y de todas las personas y que favorece el desarrollo integral de las personas, de las familias y de las asociaciones en sus exigencias materiales y espirituales». Si el poder se contrapone a su fin, que es el bien común, se desautoriza automáticamente. Cuando se privilegian intereses partidarios y sectoriales y cuando se da prioridad a los bienes económicos, la política puede volverse nefasta y perversa. Es bien común aquel que abarca a todo el hombre y a todos los hombres en sus exigencias tanto del cuerpo como del espíritu.

Los políticos serán auténticos cuando procuren dicho bien por las vías más adecuadas y escalonadamente, de tal forma que, respetando el recto orden de los valores, ofrezcan al ciudadano la prosperidad material y, al mismo tiempo, los bienes del espíritu (PT, 57).

El concepto de bien común hoy en día ha dilatado sus confines y ha asumido las dimensiones planetarias. O es bien para todo el género humano y para todas las naciones de la tierra o deja de ser bien común. La consecución de ello debe prevalecer sobre el bien común de un estado particular. Todo ser humano deberá ser leal hacia sus conciudadanos; sin embargo, en lo esencial, deberá ser leal también hacia toda la familia humana y sus integrantes.

Por naturaleza debe ser la política el factor de organización y de control de la economía; sin embargo, lo que sucede hoy en la economía globalizada es lo contrario. Es el poder económico que controla, condiciona, impone normas y aplasta al poder político. La riqueza se convierte, con frecuencia, en poder político, reforzando así la situación del más fuerte y aumentando siempre más el abismo entre países industrializados y países en vía de desarrollo, o sea, la brecha entre pobres siempre más pobres y ricos siempre más ricos. Hoy lo que sobresale es la dependencia del poder político al poder económico, sobre todo al poder de los organismos internacionales puestos para vigilar la economía mundial. A este punto debemos asumir nuestro compromiso político para que se libere el poder político del poder económico. La financiarización de la economía poco a poco ha despojado al poder político de su autonomía, debilitando, inclusive, la soberanía de las naciones.

EL OBSERVADOR 532-7

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VALORES CRISTIANOS
A la defensiva
Por Antonio Maza Pereda

Hay veces en que uno, como católico, se siente bajo ataque. Lo que creo, mi forma de actuar, lo que valoro, es negado por un mundo que, al parecer, me sobrepasa. A veces el ataque es abierto y formal: se niega la existencia de Dios, la realidad histórica de Jesús o, al menos, su divinidad; se tilda de imposible, absurda y atrasada la moralidad que propone la Iglesia. Se ataca a mi Iglesia y se le presenta llena de defectos, con un pasado criminal y como el cobijo de corruptos y pederastas. Otras veces el ataque no es directo: se proponen maneras de pensar y de actuar contrarias a lo que me propone la doctrina católica, modos de actuar que me gritan en la cara, a veces sin palabras: «Así soy exitoso, así soy feliz. ¿Qué derecho tienes a querer cambiarme?».

Me dan miedo los argumentos en contra de Jesús y de la Iglesia. Me siento, muchas veces, incapaz de responderlos. A veces es mi preparación la que no me alcanza; otras veces es mi manera de presentar mis argumentos, no suficientemente convincente. Esta conciencia de mi propia limitación hace que a veces me quede callado, y después el remordimiento me acosa. Atacaron a mi Maestro, a mi Rey y no quise o no pude defenderlo. Hablaron mal de mi madre, la Iglesia, y me quedé callado. O me dejaron callado: lo mismo da. Pero me dan más miedo los ataques de hecho, los que no proceden de ningún razonamiento, los que vienen de las costumbres y los modos de ser que nos ha propuesto el mundo, los medios, una parte de la sociedad. Porque el prepararme más, el decidir ser más valiente en la defensa de mi fe, está en mi mano, pero, ¿cómo responder a la sinrazón? ¿De qué manera puedo argumentar cuando se niega incluso la posibilidad del argumento? ¿Cómo responder a una sociedad que se ha acostumbrado a razonar y a discurrir sólo desde las emociones y las impresiones?

Frecuentemente, esos ataques vienen de gente cercana, gente que admiro y respeto, gente que quiero. Y entonces mi remordimiento es doble: no sólo le fallé a mi Señor y a mi Iglesia: dejé en el error a gente que quiero. Y yo sé que esa manera de pensar les hace daño, que están arriesgando su felicidad, pero me siento impotente para sacarlos de ese error. Y ellos, a veces sin palabras, a veces incluso con mucho amor, me están diciendo: «Déjame. Así soy feliz».

Señor Jesús, mi Rey, compadécete de mí. Dame la fuerza y la constancia para conocer cada día mejor tu doctrina, para poder defenderla; para entender mejor cada día a mi Iglesia y su historia, para que pueda responder con caridad pero con precisión a los ataques que le hacen. Haz que mi palabra sea convincente. Haz que, en el fragor de la batalla, no se me olvide la caridad, no se me olvide que si quiero convencer a quienes atacan mis convicciones es porque los amo, porque quiero lo mejor para ellos. Haz que no se me olvide que el Amor, así, con mayúscula, es lo que importa. Dale a mis palabras fuerza y poder de convencimiento. Que no sea yo el que convenza, que no sea yo el que triunfe; que sea yo solamente el vehículo para que Tú los conquistes. Y si fallo, Señor, no les tengas en cuenta sus errores: piensa que fui yo quien no estuvo a la altura de lo que se necesitaba para llevarlos a tu amor.

EL OBSERVADOR 532-8

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ENTREVISTA
Por culpa del relativismo, cada quien pretende hacerse a su gusto una imagen de Jesús, incluso del Jesús real, histórico
Habla el doctor en teología José Luis Plascencia Moncayo, S. D. B.
Por María Velázquez Dorantes
Salesiano de Guadalajara desde 1965, José Luis Plascencia Moncayo se ordenó como presbítero hace 31 años. En 1978 lo enviaron a estudiar la licenciatura en teología fundamental en la Universidad Gregoriana de Roma. Tras regresar a Guadalajara, trabajó en el Seminario. Hizo su tesis doctoral sobre Dostoievsky y está a punto de cumplir treinta años como maestro de teología. En el 2004 se fue a Roma a trabajar a la Universidad Salesiana.

¿Por qué decide tomar como punto de referencia las obras de Fédor Dostoievsky?
Realmente mi inquietud fue siempre —por los menos desde los 18 años— tratar de profundizar en lo que es la teología como ciencia de la fe en la perspectiva del problema de Dios, puesto que a mí me fascinaba junto con el tema de las religiones. A raíz de esto, pensé que Dostoievsky era un campo muy propicio para ahondar en el problema de Dios. De hecho, el trabajo que hice de licencia de teología fue sobre el problema de Dios en Dostoievsky; ligeramente distinta a la tesis doctoral, que es cristológica, aquélla fue más centrada en el problema de Dios.

¿Considera que la cristología es una parte fundamental de la teología?
Claro, de la teología sí, porque sería como el eje del estudio de Dios, porque se complementan, y en ese sentido se abre una doble dimensión en la teología dogmática —que trata de ahondar en la fe para los creyentes— y en la teología fundamental —que trata de dialogar en la fe para dialogar hacia fuera— con las artes, con las religiones, con la filosofía, con el ateísmo, con la cultura. Por eso se ubica la cristología en el tema de la teología.

¿Cómo encontrar la figura de Jesús en el escritor Fédor Dostoievsky?
Para Dostoievsky, Jesucristo fue, desde el principio de su vida, como el centro de ésta misma; pero, sobre todo, cuando era más joven no tenía muy clara la idea, como que en esos momentos Jesús era como un héroe, un revolucionario de la humanidad, un poco hasta en el campo social, pero,sobre todo, en el campo del corazón de la persona. Para mí fueron fundamentales en él los cuatros años que pasó en Liberia porque el único libro que pudo leer fue el Nuevo Testamento, y comprendió y vivió más a fondo quién era Cristo para él. De hecho, al salir preso de allí, escribió una famosa carta donde dice que su credo es creer que no hay nada más noble, más sublime, más grande y más humano que Cristo, y que si Cristo estuviera lejos de la verdad preferiría estar con Cristo que con la verdad. Esta centralidad de Cristo lo fue acercando cada vez más incluso a la Iglesia, porque parece que en ese tiempo no era muy practicante, muy fervoroso, y se acercó más a la vivencia de la Iglesia ortodoxa. Puesto que era ortodoxo, no es un autor católico sino más bien anticatólico, pero en la práctica no debería ser ningún obstáculo; de hecho, los más grandes estudios sobre el tema teológico que se han hecho en Dostoievsky son todos católicos.

¿La literatura es una fuente para encontrar a Jesús?
Sí, pero esencial no. Primero, porque más bien es de la línea de la teología fundamental. El teólogo dogmático quizás nunca ha leído a Dostoievsky, quizá no lo necesita o al menos cree no necesitarlo porque considera que en el ahondamiento de la fe hacia adentro no hace falta un literato. En cambio, para verlo hacia fuera, sobre todo para comprender al hombre y descubrir en el hombre esa huella de Dios y la imagen de Cristo, pues sí, yo diría que es indispensable Dostoievsky.

¿Cómo es la relación con Jesús en el hombre de la actualidad, comparada con el hombre de los tiempos de Dostoievsky?
Yo creo que es muy semejante a lo que sucedió en los tiempos de Dostoievsky. Por una parte, porque, sobre todo en los jóvenes de hoy, tal vez les simpatiza Cristo Jesús, pero no les simpatiza tanto la Iglesia. Creo que es uno de los puntos típicos de los jóvenes de hoy, casi, casi como diciendo: Cristo sí, Iglesia no. Y, en ese punto, Cristo llevó a Dostoievsky a una vivencia eclesial. Por ora parte, es cierto que la situación actual frente a Cristo Jesús a veces se ve muy mediada por ese pluralismo que a ratos es relativismo, en el que hay gente que dice: pues mi figura de Jesús es así y la tuya es otra. O sea que cada quien pretende tener su propia imagen de Jesús, incluso del Jesús real, histórico. Pero no podemos decir que fue a la vez esto o lo otro, sino que fue un judío concreto, y, en ese sentido, debe ser igual para todos. Sin embargo, hay proliferación de libros que hablan sobre Jesús en un plano esotérico. No hablemos de «Código Da Vinci»; en este caso, el problema no es el «Código Da Vinci» porque es un libro que ni como novela se sostiene, no vale nada; el problema es que tanta gente crea que la Iglesia no ha dicho la verdad sobre Cristo. Este punto yo lo veo peligroso porque esa expresión del relativismo se confunde con el pluralismo; el pluralismo es sano, qué bueno que exista una diversidad de acercamientos a Jesús, pero el relativismo es decir: «Bueno, pues tú piensas que es así,, yo pienso que es asá, yo pienso que vivió en no sé dónde», y es momento de decir: «Espérate, ¿en qué nos vamos a basar?».

¿Se está buscando a un Jesús que se adapte a las comodidades del hombre?
Exacto. Por ejemplo, en el siglo XIX se escribieron vidas de Jesús que pretendían que los Evangelios no son muy fiables, sino que cada quien proyecta en Jesús sus propios ideales del hombre y de la salvación. Pero más bien hay que ver quién fue este Jesús para comprender cuál es el ideal de hombre y de salvación que Él nos presenta. Más que proyectarnos en Él es mejor dejarnos cuestionar por Él.

¿Jesús cuestiona al hombre consigo mismo?
Sí, pero precisamente no nos confrontamos o lo hacemos a nuestra medida. Hay personas que dicen: de Jesús me gusta esto, pero esto no. Aquí, sin embargo, la situación es que lo aceptas o no lo aceptas. Es cuestión de aceptar a Jesús en esta vida. Incluso Tolstoi decía: Me gusta mucho Jesús en este punto, pero Jesús me resulta irrelevante. Así se comprendió que Tolstoi no era un cristiano sino sólo un admirador de las enseñanzas de Jesús.

EL OBSERVADOR 532-9

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Ayudar a damnificados del huracán Katrina

INTERNACIONAL
León, Gto., 6 de septiembre de 2005.

Comunicado de prensa
A los señores cardenales, arzobispos y obispos.
A las pastorales sociales y Cáritas de la república:

Reciban un saludo en el Señor Jesús, hermano nuestro, quien se hizo solidario con su pueblo.
El pasado 29 de agosto el huracán Katrina afectó los estados de Louisiana, Mississippi y Alabama, causando graves daños principalmente en Nueva Orleáns, dejando un saldo de miles de muertos y 229 mil personas damnificadas, por lo que se declaró un área de 230 mil kilómetros cuadrados como «zona federal de desastre». Las organizaciones financieras han calculado la afectación en 50 mil millones de dólares, aproximadamente.
Ante esta realidad debemos ser solidarios en favor de las víctimas que han sido gravemente perjudicadas. Considero que la forma eficaz de apoyar será enviando aportaciones económicas, con el fin de agilizar y optimizar la ayuda. Esto se puede conseguir por alguna colecta, o bien por el medio que consideren más oportuno en su propia Iglesia particular.
Para enviar lo destinado a este fin pueden depositarlo en la cuenta de la Federación Nacional de Cáritas Mexicana:

Nombre: Caritas Mexicana, I. A. P.
Cuenta: Banamex
Número: 100
Sucursal: 746

Agradezco su atención y respuesta solidaria a este llamado. Aprovecho la ocasión para reiterarles mi aprecio fraterno y asegurarles mi plegaria ante nuestro Buen Pastor.

+ José G. Martín Rábago, obispo de León y presidente de la CEM.

Contribuciones mediante tarjeta de crédito directamente con Cáritas de los Estados Unidos
Llevando ayuda. Creando esperanza.
Cáritas católicas son las agencias a través de los Estados Unidos que están trabajando para resolver las necesidades inmediatas de los evacuados, así como planeando la ayuda para las necesidades a largo plazo de las víctimas. Catholic Charities USA (Cáritas Católica de los Estados Unidos) está recogiendo donaciones económicas para financiar la emergencia de estas agencias católicas locales y los esfuerzos a largo plazo de la recuperación del desastre.
Catholic Charities USA ha sido comisionada por los obispos católicos de los Estados Unidos para representar a la comunidad católica en épocas del desastre doméstico, responde en emergencia y ayuda a largo plazo según lo necesitado.
http://www.catholiccharitiesusa.org/news/katrina.cfm

EL OBSERVADOR 532-10

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ACTUALIDAD
La gracia y la desgracia
Por Pablo Castellanos

Es difícil discernir el sentido de los acontecimientos, sobre todo de los que son considerados por nosotros como una desgracia. Nuestra manera de pensar nos lleva a afirmar que ahí donde hay una desgracia no está Dios, o si está, enconces Él es el causante de ella.

Nuestra actitud natural es reprochar a Dios lo malo que sucede en nuestra vidas. Si Dios no está en algún acontecimiento es que no está en todo, es alguien que se distrae, peor aún, que nos abandona porque no le interesamos, porque no nos quiere. Afirmar esto último es una gran ofensa a Dios. Seguramente ofende más a Dios quien afirma que no nos ama, que quien dice que no existe. En el paraíso Satanás ante nuestros primeros padres no negó que Dios existiera, simplemente insinuó que no quiere nuestro bien. Simplemente introdujo la sospecha de que Dios no nos ama, y que, por lo tanto, no debemos confiar en Él.

Algo semejante sucede cuando pensamos que todo lo que no nos gusta en nuestra vida, es un castigo de Dios. Como si Dios fuera un señor con un matamoscas pendiente de ver dónde nos paramos para aplastarnos, un perseguidor obsesivo que quiere pescarnos en falta. De esta manera afirmamos también que Dios no nos ama. Y que, por lo tanto, la actitud adecuada ante Él es el miedo que termina agobiándonos, porque ¿quién no será encontrado en falta? Abatimiento y tristeza, junto con un rigorismo imposible, nos perseguirían entonces, como a los duros y tristes jansenistas de antaño.

Todo esto viene a cuento ante situaciones tan espectaculares como el huracán que asoló a Nueva Orleáns. No ha faltado quien diga: ¡vaya, hasta que les tocó a los gringos, ya se lo merecían, para que vean lo que se siente! Además, es un justo castigo, han hecho tanto mal que éste y otros castigos divinos los están empezando a alcanzar...

No podemos alegrarnos del mal ajeno, aun si se tratara de nuestros enemigos, a los que el mandamiento nuevo nos invita a amar. De lo contrario, a lo sumo, haríamos lo mismo que los paganos, ¿y qué mérito tendríamos?

Acontecimientos como el del huracán que azotó Nueva Orleáns o el Tsunami pueden ser vistos desde diferentes puntos de vista; los análisis económicos y políticos son los más abundantes, luego vienen los ecológicos, mediáticos y los que se centran en el impacto psicológico o más bien emocional del problema, y en el tema de la salud. Pero la pregunta hecha al principio vuelve a repetirse de distintas maneras, ¿Dónde estaba Dios?

Dios puede retirar algunas gracias y dones con que nos sostiene y dejarnos ver que aquello que hemos tomado como absoluto y definitivo, no lo es. Nuestras capacidades corporales o psicológicas, nuestra salud y habilidades, nuestros bienes externos como el dinero, las posesiones y toda clase de riquezas, no se sustentan por sí mismas, son dones que estamos recibiendo constantemente, pero que nosotros atribuimos a nuestro esfuerzo y dedicación; son también dones que Dios nos ha otorgado y que generalmente nos apropiamos según nuestra voluntad, sin tener en cuenta la voluntad de Dios que nos los ha confiado.

Entonces estos acontecimientos, más que castigos, son ocasiones de gracia y verdad,oportunidades para que se manifieste el verdadero valor de las cosas que convertimos en ídolos. Podemos calcular por estos acontecimientos qué tan dramática es nuestra situación, a qué grado puede llegar nuestra adhesión a lo que sustituye a Dios en nuestra vida, que tenemos que ser liberados con la fuerza de un tsunami o un huracán. La suave lluvia de gracias que ya no notamos, tiene que convertirse en huracán con consecuencias difíciles desde el punto de vista humano.

Tal vez las gracias más valiosas son estas gracias difíciles con que somos liberados de lo que más nos cierra y nos pone en peligro de perderlo todo y de perdernos a nosotros mismos. Perderlo todo es perder al Único de quien depende todo, perder a Aquél que es el único verdadero Todo.

Pero es conveniente no perder la perspectiva. Los que perecieron en el huracán Katrina no eran peores que nosotros, y lo que allá sucedió es también un acontecimiento en que estamos involucrados. De un modo humano, porque gracias a los modernos medios de comunicación hoy nos enteramos instantáneamente de lo que sucede en el mundo, somos espectadores y participantes; pero también esto lo permite Dios para que descubramos que, como miembros los unos de los otros, en esta familia que es la humanidad, somos solidarios y responsables los unos de los otros, y la caridad es llamada a actuar ante estos acontecimientos. Pero también somos responsables y solidarios en el misterio de la comunión de los santos en donde la gracia de unos se comunica a los demás, y la infidelidad y la cerrazón a la gracia también afecta a los demás. Si Dios nos permite conocer estos acontecimientos y ser parte de ellos es porque también están dirigidos a nosotros como un llamado a abandonar nuestros ídolos e ilusiones, revisar nuestra fidelidad y poner nuestra confianza en Él.

EL OBSERVADOR 532-11

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Lecciones a la arrogancia
Por Jaime Septién

ROMA. La prensa y la opinión pública europeas han recibido, con estupor y algo de orgullo, la petición de ayuda del gobierno estadounidense ante la tragedia de Nueva Orleáns. Estupor, puesto que no es, precisamente, Estados Unidos un país acostumbrado a pedir, ni siquiera a pedir ayuda. Han construido una potencia (por las buenas y por las malas) que, hasta el momento, pasaba por ser autosuficiente.

Orgullo, porque Europa (Italia, para no ir más lejos) no se olvida que fue, principalmente, el ejército estadounidense quien le liberó del dominio nazi y el gobierno de ese país quien evitó que muchos seres humanos murieran de hambre tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, también existe amargura y desprecio, puesto que la arrogancia estadounidense, sobre todo tras el brutal atentado de las Torres Gemelas, ha traído en jaque a los pueblos europeos, primero España, después Inglaterra y, ahora, parecería ser que la mira del radicalismo de Al Qaeda se centra en Roma, corazón de la cristiandad y de la cultura de Occidente.

Es bueno aprender de las catástrofes. Todos recordamos que una crisis es la ocasión privilegiada para crecer, madurar, ser mejores. Nueva Orleáns y el ciclón «Katrina» pasarán a la historia de los desastres naturales, como México, DF y el temblor de 1985, o el sudeste asiático y el tsunami de la Navidad de 2004. Ni del temblor ni del tsunami se puede decir que no haya habido una lección aprendida. Esperemos que de Nueva Orleáns se desprenda un bien.

Es decir, que el dinero y el poder ni lo compran todo ni lo valen todo en la vida; que existe la solidaridad entre los pueblos y que uno, por más acaudalado que sea, en alguna parte de su vida va a necesitar de la mano de los demás; va a necesitar pedirle algo a los demás, no siempre va a poderse valer con independencia y absoluto sentido de la suficiencia.

México fue el terremoto que abrió el camino hacia la organización ciudadana. Copada por un gobierno dubitativo, la acción social encontró cauces diferentes a los oficiales y estableció redes de encuentro, trabajo y apoyo que aún persisten, si bien en áreas diferentes a las puramente derivadas de aquellos movimientos que cimbraron la capital los días 19 y 20 de septiembre de 1985.

El tsunami del sudeste asiático fue, sin lugar a dudas, la puerta de entrada a un nuevo universo de solidaridad mundial a favor de la ayuda a las familias, a los pequeños, a las ciudades devastadas. Miles de millones de pesos recolectados por gente común para gente común que vivía en lugares desconocidos para la mayoría de los donantes, pero que, a través de la comunicación, había entrado en sintonía con el caos y la muerte.

¿Será Nueva Orleáns el principio del fin de la —tan proclamada— autosuficiencia económica de EU? ¿La desaparición de la ciudad, el inmenso charco que se ha formado en los estados sureños, la muerte de miles, darán a Estados Unidos un «baño» de humildad? Puede ser. De verdad, puede ser. Porque aquí su presidente no puede pedir la cabeza de «Katrina». Aquí no puede más que derramar lágrimas de impotencia y aprender que nadie es tan rico como para no necesitar nada ni tan pobre como para no dar algo.

Es el principio de la solidaridad que le hace falta al mundo. Y, por supuesto, a Estados Unidos de América.

EL OBSERVADOR 532-12

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FIN

 
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