El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
25 de septiembre de 2005 No. 533

SUMARIO

bulletBenedicto XVI a los obispos: «Muchos mexicanos, aun confesándose católicos, viven alejados de la fe»
bulletCon el Papa, los católicos de México estamos comprometidos
bulletLA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO - La Cruz y la Eucaristía
bulletPINCELADAS - Yo sigo a mi rey
bulletJÓVENES - Creo en la misericordia divina
bulletREHABILITAR LA POLÍTICA CON LA ÉTICA (IV) - El reto político del cristiano
bullet¿A quién debe extrañar?
bulletVALORES CRISTIANOS - ¿Católicos y patriotas?
bulletVISTAZOS RÁPIDOS A LAS ENCÍCLICAS DE JUAN PABLO II - Familiaris consortio (3/3)

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Benedicto XVI a los obispos
«Muchos mexicanos, aun confesándose católicos, viven alejados de la fe»

Cuando el Santo Padre Benedicto XVI recibió en visita ad limina al grupo de obispos mexicanos de la zona Noreste Centro, pronunció uno de los conceptuosos discursos con que ha venido sopesando la situación que vive la fe en nuestra patria. A los pastores de las circunscripciones eclesiásticas de Monterrey, Morelia y San Luis Potosí les dijo llanamente algo que escandalizó a algunos políticos: «México tiene ante sí el reto de transformar sus estructuras sociales para que sean más acordes con la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales». Citó aquí la Constitución Gaudium et spes: «la separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo».

Calando en el asunto

«Sigue siendo motivo de gran preocupación —prosiguió— que en algunos ambientes, por el afán de poder, se hayan deteriorado las sanas formas de convivencia y la gestión de la cosa pública, y se hayan incrementado, además, los fenómenos de la corrupción, impunidad, infiltración del narcotráfico y del crimen organizado. Todo esto lleva a formas de violencia, indiferencia y desprecio del valor inviolable de la vida. A este respecto, en la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America se denuncian claramente los 'pecados sociales' de nuestra época, los cuales ponen de manifiesto 'una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social' (n. 56)».

También la pobreza

Hizo alusión Su Santidad a la situación de pobreza en que vive una gran parte de nuestra gente. Los valores de los fieles, señaló, «se ponen en peligro con la migración al extranjero, donde muchos trabajan en condiciones precarias, en un estado de indefensión y afrontando con dificultad un contexto cultural distinto a su idiosincrasia social y religiosa».
Más adelante reflexionó sobre el hecho de que «por encima de los factores económicos y sociales, existe una apreciable unidad que viene de una fe común, que favorece la comunión fraterna y solidaria», la cual, insinuó, debe preservarse, pese a las innumerables propuestas de pensamiento y de costumbres contrarias a la visión cristiana de la vida. Aquí fue donde puntualizó que algunos, «aun confesándose católicos, viven de hecho alejados de la fe, abandonando las prácticas religiosas y perdiendo progresivamente la propia identidad de creyentes, con consecuencias morales y espirituales de diversa índole».

Hacer más viva la fe de todos los católicos

Es tarea apremiante, sentenció, formar «de manera responsable la fe de los católicos para ayudarlos a vivir con alegría y osadía en medio del mundo. 'La perspectiva en que debe situarse el camino pastoral es la santidad' (Novo millennio ineunte)».
Su exhortación final nos llama a «revisar nuestras mentalidades, actitudes y conductas, y ampliar nuestros horizontes, comprometiéndonos a compartir y trabajar con entusiasmo para responder a los grandes interrogantes del hombre de hoy».

EL OBSERVADOR 533-1

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Con el Papa, los católicos de México estamos comprometidos
Mario de Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro

La visita llamada ad limina apostolorum es la que hacen los obispos de todo el mundo a Roma para venerar los sepulcros de los santos apóstoles Pedro y Pablo, martirizados uno en el monte Vaticano y otro en las afueras de la ciudad. Oran también en la antigua basílica dedicada a la Virgen María, llamada La Mayor, y en la basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa de Roma y, por eso, la madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del orbe . En el centro de esta visita está el encuentro personal de cada obispo con el sucesor de san Pedro, el papa Benedicto XVI, para manifestarle obediencia, respeto y veneración. Se visitan también las llamadas congregaciones romanas, o sea, los organismos con que el Papa gobierna la Iglesia en todo el mundo.

Esta visita ad limina la realizó su servidor del 9 al 16 de septiembre, en compañía de los obispos de las regiones pastorales de Monterrey, Michoacán y San Luis Potosí a la que pertenece nuestra diócesis de Querétaro. Con seis meses de anticipación los obispos enviamos un informe detallado a la Santa Sede para ser estudiado y analizado, y así el Papa, debidamente informado, pueda conocer el estado espiritual y pastoral de cada diócesis.

Finalmente, el Santo Padre entabla un diálogo fraterno con el obispo diocesano, escucha sus preocupaciones y le ofrece sus orientaciones. De este modo, la diócesis se encuentra presente en las preocupaciones y oraciones del Papa y manifiesta su comunión jerárquica con el sucesor de Pedro. En esta visita el obispo no va solo, con él va la Iglesia diocesana, según aquello de san Cipriano: El obispo está en la Iglesia y la Iglesia en el obispo.

El Papa está muy bien informado sobre la situación de México y, por eso, su mensaje debe ser recibido con aprecio y tomado en cuenta por todos. No deja de sorprender cómo a ciertos personajes les extraña lo que dice el Papa, cuando deberíamos agradecerle su preocupación por nuestros problemas: violencia, narcotráfico, migrantes, sed de poder, corrupción, pobreza, etcétera, y sus sabias recomendaciones para superarlos y salir del atolladero en que nos encontramos. A los hijos de la Iglesia nos extrañaría si no lo hiciera. Con el pastor de la Iglesia universal, los católicos de México estamos comprometidos en buscar el bien del país.

EL OBSERVADOR 533-2

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LA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO
La Cruz y la Eucaristía

Benedicto XVI, en torno a la fiesta litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz, que se celebró el 14 de septiembre, dijo:

«En el año dedicado a la Eucaristía, esta celebración cobra un significado particular: nos invita a meditar en el profundo e indisoluble lazo que une la celebración eucarística con el misterio de la Cruz. Cada santa Misa, de hecho, actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la 'hora' de la muerte en la cruz —escribe el querido Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia— 'vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella' (n. 4). La Eucaristía es, por tanto, el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al Cielo, y la Cruz es la manifestación impactante del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios ha salvado al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Por este motivo, el signo de la Cruz es el gesto fundamental de la oración del cristiano. Hacerse el signo de la Cruz es pronunciar un 'sí' visible y público a quien murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Omnipotente, más fuerte que toda la potencia y la inteligencia del mundo.

«Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar ante la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, hace esta aclamación: 'Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!'. Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, junto a Tomás, llena de maravilla, puede repetir: 'Señor mío y Dios mío'. La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la Cruz, que no es un incidente en el camino, sino el pasaje por el que Cristo entró en su gloria y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad».

EL OBSERVADOR 533-3

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PINCELADAS
Yo sigo a mi rey

Por Justo López Melús *

La lealtad es una de las cualidades más nobles del alma humana. Es algo de lo que no puede prescindir quien se considera un digno caballero. San Ignacio afirmaba que «los que más se quieran afectar y señalar en todo servicio de su rey... harán oblaciones de mayor estima y mayor momento... Y si alguno no aceptase la petición de tal rey, cuánto sería digno de ser vituperado por todo el mundo y tenido por perverso caballero».

La caravana del sultán transportaba por el desierto una gran carga de oro y piedras preciosas. Un camello se cayó y se desparramaron joyas y brillantes. El sultán no podía con todo e invitó a sus criados a que se quedaran con lo que pudieran. Mientras, el príncipe siguió su camino y oyó que alguien caminaba a sus espaldas. Se volvió y dijo: «Y tú, ¿no te quedas a recoger nada?». El joven respondió: «Yo sigo a mi rey. Lo demás, en comparación, no vale nada para mí».

* Operario Diocesano en San José de Gracia de Querétaro.

EL OBSERVADOR 533-4

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JÓVENES

Creo en la misericordia divina
Por el Pbro. Fernando Pascual

Los católicos acogemos un conjunto de verdades que nos vienen de Dios. Esas verdades han quedado condensadas en el Credo. Gracias al Credo hacemos presentes, cada domingo y en muchas otras ocasiones, los contenidos más importantes de nuestra fe cristiana.

Podríamos pensar que cada vez que recitamos el Credo estamos diciendo también una especie de frase oculta, compuesta por cinco palabras: «Creo en la misericordia divina». No se trata aquí de añadir una nueva frase a un Credo que ya tiene muchos siglos de historia, sino de valorar aún más la centralidad del perdón de Dios, de la misericordia divina, como parte de nuestra fe.

Dios es Amor, como nos recuerda san Juan (cfr. 1Jn 4,8 y 4,16). Por amor creó el universo; por amor suscitó la vida; por amor ha permitido la existencia del hombre; por amor hoy me permite soñar y reír, suspirar y rezar, trabajar y tener un momento de descanso.

El amor, sin embargo, tropezó con el gran misterio del pecado. Un pecado que penetró en el mundo y que fue acompañado por el drama de la muerte (cfr. Rm 5,12). Desde entonces, la historia humana quedó herida por dolores casi infinitos: guerras e injusticias, hambres y violaciones, abusos de niños y esclavitud, infidelidades matrimoniales y desprecio a los ancianos, explotación de los obreros y asesinatos masivos por motivos raciales o ideológicos.

Una historia teñida de sangre, de pecado. Una historia que también es (mejor, que es sobre todo) el campo de la acción de un Dios que es capaz de superar el mal con la misericordia, el pecado con el perdón, la caída con la gracia, el fango con la limpieza, la sangre con el vino de bodas.

Sólo Dios puede devolver la dignidad a quienes tienen las manos y el corazón manchados por infinitas miserias, simplemente porque ama, porque su amor es más fuerte que el pecado.

Dios eligió por amor a un pueblo, Israel, como señal de su deseo de salvación universal, movido por una misericordia infinita. Envió profetas y señales de esperanza. Repitió una y otra vez que la misericordia era más fuerte que el pecado. Permitió que en la Cruz de Cristo el mal fuese derrotado, que fuese devuelto al hombre arrepentido el don de la amistad con el Padre de las misericordias. Descubrimos así que Dios es misericordioso, capaz de olvidar el pecado, de arrojarlo lejos. «Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para quienes le temen; tan lejos como está el oriente del ocaso aleja Él de nosotros nuestras rebeldías» (Sal 103,11-12).

La experiencia del perdón levanta al hombre herido, limpia sus heridas con aceite y vino, lo monta en su cabalgadura, lo conduce para ser curado en un mesón. Como enseñaban los Santos Padres, Jesús es el buen samaritano que toma sobre sí a la humanidad entera; que me recoge a mí, cuando estoy tirado en el camino, herido por mis faltas, para curarme, para traerme a casa.

Enseñar y predicar la misericordia divina ha sido uno de los legados que nos dejó el papa Juan Pablo II. Especialmente en la encíclica Dives in misericordia («Dios rico en misericordia»), donde explicó la relación que existe entre el pecado y la grandeza del perdón divino: «Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que 'Dios amó tanto... que le dio su Hijo unigénito', Dios, que 'es amor', no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal» (Dives in misericordia, n. 13).

Además, Juan Pablo II quiso divulgar la devoción a la divina misericordia que fue manifestada a santa Faustina Kowalska. Una devoción que está completamente orientada a descubrir, agradecer y celebrar la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo. Reconocer ese amor, reconocer esa misericordia, abre el paso al cambio más profundo de cualquier corazón humano, al arrepentimiento sincero, a la confianza en ese Dios que vence el mal (siempre limitado y contingente) con la fuerza del bien y del amor omnipotente.

Creo en la misericordia divina, en el Dios que perdona y que rescata, que desciende a nuestro lado y nos purifica profundamente. Creo en el Dios que nos recuerda su amor: «Era yo, yo mismo el que tenía que limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados» (Is 43,25). Creo en el Dios que dijo en la cruz «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), y que celebra un banquete infinito cada vez que un hijo vuelve, arrepentido, a casa (cfr. Lc 15). Creo en el Dios que, a pesar de la dureza de los hombres, a pesar de los errores de algunos bautizados, sigue presente en su Iglesia, ofrece sin cansarse su perdón, levanta a los caídos, perdona los pecados.

Creo en la misericordia divina, y doy gracias a Dios, porque es eterno su amor (cfr. Sal 106,1), porque nos ha regenerado y salvado, porque ha alejado de nosotros el pecado, porque podemos llamarnos, y ser, hijos (cfr. 1Jn 3,1).

A ese Dios misericordioso le digo, desde lo más profundo de mi corazón, que sea siempre alabado y bendecido, que camine siempre a nuestro lado, que venza con su amor nuestro pecado. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento» (1Pe 1,3-5).

EL OBSERVADOR 533-5

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REHABILITAR LA POLÍTICA CON LA ÉTICA (IV)
El reto político del cristiano
Por Humberto Mauro Marsich s.x.

Fe y política son realidades que el cristiano no debe confundir ni tampoco separar. Si se confunden, la política podría sacralizarse; si se separan, la política podría empobrecerse en sus contenidos y en sus protagonistas. Puesto que la politicidad, o sea el tener que relacionarse con los demás seres humanos y compartir con ellos proyectos sociales, es una dimensión natural del ser humano, no puede ser rechazada por el cristiano. Politizar la fe, o desprivatizarla, como afirmaba la teología política de los años sesenta (cfr. J.B.Metz), no significa buscar recetas políticas técnicamente elaboradas con el mensaje evangélico, o sacralizar alguna forma de régimen en particular o de partido político en especial, sino asumir el espíritu evangélico del amor, de la justicia y de la solidaridad social, para contribuir en la construcción de una ciudad del hombre y de una civilización más humana y equitativa.

La política es un deber también para el cristiano, el deber de servir a los demás. Como respuesta a su propia fe, el cristiano tiene la obligación de participar en la organización y en la vida política, escribía Paulo VI (OA, n. 24).

Todas estas ideas deben ayudarnos a salir de nuestra burbuja egoísta. En efecto, si la política no la hacen las manos limpias la harán las manos sucias. Cualquiera que sea el nivel de participación política de un ciudadano, algo bien importante es tener presente que no se trata de aprovechar, ni de manipular, ni de aplastar, ni de lucirse, sino de «servir».

La enseñanza evangélica se encarna también, en el orden de la política, con una precisa doctrina que, fundamentada sobre la primacía del amor, se articula en una moral muy exigente, por lo que se refiere al uso de los bienes, a la opción por los pobres, al respeto de la naturaleza y a la no-violencia.

La doctrina social cristiana fomenta la militancia política y partidista, o sea la opción libre del laico cristiano por un partido u otro, tomando en cuenta cuál partido favorece más el bien común de la comunidad y cuál no se contrapone a su fe. El cristiano debe evitar la idolatría de un partido; debe condenar la corrupción y el fraude electoral. Más bien está llamado a ser testigo de Cristo en un mundo que hay que humanizar y fermentar con espiritualidad y moralidad.

A la Iglesia le corresponde participar en política cuando se trata de colaborar en proyectos que el estado o los particulares lancen en promoción del bien común, de la educación, de la justicia y del bienestar social. Es también su papel inspirar el compromiso de los laicos mediante el anuncio del evangelio social y crear conciencia política para que todos cumplan con sus obligaciones cívicas, como la de votar. Y le corresponde también alzar la voz cuando los derechos humanos son aplastados. Si guardara silencio, en estos casos, se haría cómplice del mal social.

EL OBSERVADOR 533-6

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¿A quién debe extrañar?
Mario de Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro

Las preocupaciones que el papa Benedicto XVI manifestó a un grupo de obispos mexicanos con ocasión de su visita ad limina apostolorum causaron extrañeza, por no decir malestar, a ciertos personajes de la vida pública oficial y, consiguientemente, se escuchó en todos los tonos la consabida cantaleta de que la Iglesia se mete en política y que el Papa se entromete en asuntos internos de nuestro país.

El referido mensaje del Papa fue pronunciado el preciso quince de septiembre, fiesta de nuestra Señora de los Dolores, que dio precisamente nombre a ese grito libertario del párroco de la iglesia del mismo nombre y desencadenó nuestra gesta emancipadora. Al día siguiente, diez y seis de septiembre, fuimos recibidos por el Papa los últimos obispos del grupo. Los comentarios en los pasillos de la residencia papal de Castel Gandolfo eran, esos sí de extrañamiento, ante una reacción para ellos incomprensible de parte de personajes públicos de un estado que se dice democrático, que proclama la libertad —entre ellas la religiosa— como uno de los derechos fundamentales del hombre y que se precia de moderno.

Habrá que repetir e insistir que ni la Iglesia ni el Papa ni la jerarquía se entrometen en terreno ajeno, sino que emiten, según su competencia, deber y misión, juicios morales sobre aquello que afecta la conducta de los hombres e impide la vivencia y práctica cristiana de sus hijos. Lo que la Iglesia pide, y sólo eso, es libertad para anunciar el Evangelio y guiar la conducta moral de sus hijos para que se rijan por los mandamientos de la ley de Dios y advertirlos de todo lo que los aparta de ese fin. A la Iglesia preocupa no el régimen político o económico de un país, sino que sus hijos gocen de las condiciones indispensables para que puedan amar y adorar al Dios verdadero y amar y servir a sus hermanos como Cristo nos mandó y enseñó. En una palabra, la libertad y la dignidad humanas.

Los obispos de la frontera norte del país, ¿no estarán, no deben estar y no deben manifestar al pastor de la Iglesia universal su preocupación ante la situación de violencia, corrupción, narcotráfico, pobreza, discriminación, menosprecio de la vida y de la dignidad humana que viven día con día sus fieles, en especial las mujeres, y que les impide llevar no sólo una vida cristiana sino mínimamente humana? ¿No es deber del pastor de la Iglesia universal asumir estas dolencias y manifestar su solidaridad y ofrecer un consejo sabio y experimentado? El papa Benedicto, que padeció en carne propia en su país la opresión de un régimen totalitario, ¿no podrá ofrecernos un consejo acertado a los católicos mexicanos? El Papa ni habla de memoria, ni habla sin conocimiento, ni se entromete en nada. Simplemente cumple con su deber y nosotros, los católicos, se lo agradecemos y lo aplaudimos de corazón.

EL OBSERVADOR 533-7

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VALORES CRISTIANOS
¿Católicos y patriotas?
Por Antonio Maza Pereda

¿Se puede ser patriota, buen patriota y, a la vez, ser católico? La pregunta no es mala. En otros tiempos, los jacobinos que gobernaron el país tenían el argumento de que los católicos estaban sometidos al gobierno de un soberano extranjero, es decir, del Papa y, por lo tanto, no podrían ser buenos patriotas. Y esto no sólo ocurría en México. Cuando Estados Unidos eligió al primero y hasta ahora único presidente católico de ese país, una gran parte del debate era si ese presidente se arrodillaría frente al Papa. Y no vayamos muy lejos: recuerden el escándalo que hizo cierta prensa porque nuestro Presidente besó el anillo del Papa.

No hemos avanzado mucho. Recientemente hubo algún mini escándalo porque algunos obispos, entre ellos el cardenal primado de México, hablaron de patriotismo. ¡Horror! ¡La Iglesia metiéndose en los asuntos del Estado!

Y, pese a todos los prejuicios, en muchos templos católicos la bandera nacional tiene un lugar de honor, a veces en el altar mayor, a veces en el altar de la Virgen de Guadalupe. Y antes era mucho más frecuente. El pueblo, el pueblo sencillo y fiel no ve ninguna contradicción entre ser católico y amar a la patria. Todavía más, a lo mejor la pregunta debería plantarse al revés: ¿Se puede ser católico y no amar a la patria? Reflexionemos sobre el mandato de amar al prójimo como a nosotros mismos. ¿Será acaso que nuestros compatriotas son prójimos? Quitando familia y amigos cercanos, ¿quién merece más el nombre de prójimo? Y cuando amamos a la patria, ¿no nos estamos amando a nosotros mismos, en un modo de lo más puro y desinteresado que puede haber?

Tristemente, nuestra vida pública ha sido dominada por personas que quisieron reclamar para su facción el monopolio de la patria. Abusivamente dijeron que sólo ellos eran patriotas y, muchas veces, en nombre de intereses de la nación, hicieron grandes negocios para sus intereses privados y de grupo, mientras se presentaban como los más puros de los patriotas. Todo ello mientras despreciaban a otros grupos y, por cierto, a los católicos, por no ser, según ellos, suficientemente patriotas.

En este mes de la patria no faltará quien, poniéndose en un plan de superioridad, se burle de los «patrioteros» que celebramos a la patria. No les hagamos caso. Sí, hay que celebrar a la patria, porque la patria merece que la celebren. Y hay que celebrarla buscando su bienestar y su progreso, luchando porque este hogar común de los mexicanos sea un hogar acogedor para todos, donde a nadie se excluya y se busque el bien común.

En este septiembre celebremos a la patria, oremos mucho por ella y honrémosla con nuestros actos.

EL OBSERVADOR 533-8

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VISTAZOS RÁPIDOS A LAS ENCÍCLICAS DE JUAN PABLO II
Familiaris consortio (3/3)

Exhortación apostólica de Juan Pablo II sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual
Por Walter Turnbull


Sobre la mujer.- La igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas. Por otra parte, la verdadera promoción de la mujer exige que su trabajo en casa sea reconocido por todos y estimado por su valor insustituible. Se debe superar la mentalidad según la cual el honor de la mujer deriva más del trabajo exterior que de la actividad familiar. Pero esto exige que los hombres estimen y amen verdaderamente a la mujer con todo el respeto de su dignidad personal, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones adecuadas para el trabajo doméstico.

Sobre la paternidad.- El cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida. Con esto los esposos realizan la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan los dos significados (unitivo y procreativo) del acto conyugal, manipulan y envilecen la sexualidad humana, alterando su valor de donación total.

Sobre la oración en familia.- La oración en familia es una oración en común. A ellos se aplican particularmente las palabras de Cristo: «Os digo en verdad que si dos de vosotros conviniéreis sobre la Tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los Cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos». Los padres cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en la plegaria, sobre todo a través del ejemplo concreto.

Sobre la educación.- Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos. El derecho-deber educativo de los padres se califica como insustituible e inalienable y, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros. Los padres deben formar a los hijos en los valores esenciales de la vida humana. Enseñar a sus hijos un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene». Debe haber también una educación sexual clara y delicada, basada en la educación al amor como don de sí mismo, y es del todo irrenunciable la educación para la castidad.

EL OBSERVADOR 533-9

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FIN

 
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