El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
2 de octubre de 2005 No.534

SUMARIO

bulletDos encuentros con Benedicto XVI
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - El objetivo de Benedicto XVI
bulletLA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO - Sacerdotes: en la Eucaristía está el secreto de la santidad
bulletFAMILIA - Píldoras anticonceptivas, ¿buenas o malas?
bulletFAMILIA - ¿Castidad en el matrimonio?
bulletPINCELADAS - Aún queda gente buena
bulletREHABILITAR LA POLÍTICA CON LA ÉTICA (V) - Hacia una ética política
bulletVALORES CRISTIANOS - ¿Necesitamos un periodismo católico?
bulletCOLUMNA ABIERTA - Diagnóstico sobre México
bulletINTERNACIONAL - Día mundial de las personas sin hogar

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Dos encuentros con Benedicto XVI
Arturo A. Szymanski R., arzobispo emérito de S.L.P.

Cuando fue elegido el papa Benedicto XVI, no faltó alguien de la prensa que, queriéndose hacer chistoso o por odio a la fe, llamó al nuevo Papa, hasta entonces el cardenal Joseph Ratzinger, con el apelativo de «Pastor Alemán». Ese periodista, quizá queriendo ser noticia, fue una voz profética pues Dios habla aún por la boca de la burra de Balaam.

Tuve la dicha de encontrarme con el papa Benedicto los días 12 y 15 de septiembre de este año en Castel Gandolfo con motivo de la visita ad limina de los obispos mexicanos, y pude ver en él a un hombre de Dios que, en el sentido cristiano, sí es un buen pastor y un buen alemán.

El 12 de septiembre, en mi primera entrevista con Su Santidad, a quien anteriormente había saludado varias veces, primero como teólogo del cardenal prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, me encontré con una persona serena, tranquila, acogedora, que me trató con la humildad y sencillez de un hermano.

El Papa me recibió al medio día, siendo yo el último de los cinco obispos con quienes se entrevistó esa mañana. Cada obispo podía hacerse acompañar de tres personas que saludaban al Papa, recibían algunas palabras de él y se sacaban la foto del recuerdo. Después permanecía el obispo solo con el Papa hablando sobre su diócesis. Sacadas las fotos de rigor, me quedé un rato solo con el Santo Padre, lo que se me permitió por haber sido el coordinador de la visita ad limina de todos los obispos mexicanos. Yo también guardo en mi corazón lo que me dijo en nuestro sencillo diálogo, en el que él procedió con gran afecto, amabilidad y paciencia, escuchándome atentamente y diciéndome palabras de aliento al saber que yo tenía 45 años de obispo y al recordar nuestro trato en el tiempo de concilio. Su entrevista fue para mí un gran aliciente que me impulsará para el resto de mi jornada en esta vida. ¿Es o no es un gran pastor?

Un mensaje para vivirlo todos los días

Pero también es un «gran alemán». A pesar de encontrarse en época de vacaciones trabajaba con envidiable fortaleza. Si así trabaja en tiempo de vacaciones, ¿qué no hará en el tiempo ordinario? Y eso que está en sus 79 años de edad, tiempo en que muchos se pasan descansando, recordando el pasado o quejándose de sus achaques.

El Papa parece admirable en su claridad de mente y su constancia, resultado de la vida de un hombre que sabe lo que es vivir sirviendo a Dios y a sus semejantes. He aquí un gran alemán que desde el día de su elección es el Padre de todos nosotros.

El segundo encuentro mío con el Papa fue el 15 de septiembre, fiesta litúrgica de «Nuestra Señora de los Dolores» y día del «Grito» de nuestra patria. Ese día nos reunimos en Castel Gandolfo con el Santo Padre todos los miembros del segundo grupo de obispos mexicanos, a los que nos había recibido individualmente durante la semana. Yo, mientras esperábamos al Papa, pensaba en México, donde tantos hermanos nuestros, la mayoría sin saberlo, acompañaban a la «Virgen de los Dolores» en su fiesta, y todos se preparaban para la celebración del «Grito», y me preguntaba: ¿Se tendrá conciencia de lo que la Independencia significa para cada mexicano y a qué nos compromete?

Al llegar el Papa, después del saludo oficial presentado por el arzobispo de Morelia que presidía el grupo por ser el arzobispo residencial más antiguo en funciones, el Santo Padre nos dio su discurso programático que se debe conocer completo no tanto para hablar de él sino para vivirlo.

Lo que el Papa dijo sobre la situación de México, que quizá escandalizó a más de algún fariseo, es basado en la realidad que los obispos le presentaran en sus informes quincenales que habían enviado a la Santa Sede con meses de anticipación.

La frase de su exhortación, que a mi juicio debemos tener siempre presente, es: «Los pecados sociales de nuestra época ponen de manifiesto una profunda crisis debida a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social».

Este es el recuerdo de mis dos entrevistas con el Papa que me confirmaron que el Espíritu Santo no se equivocó al dar al mundo al papa Benedicto XVI y de que si lo seguimos en sus sabias enseñanzas, cambiará el modo de ser de los cristianos y así colaboraremos para hacer un mundo y un México mejores.

No cabe duda que Benedicto XVI es el Papa que nuestro tiempo necesita. Oremos todos los días por él.

EL OBSERVADOR 534-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
El objetivo de Benedicto XVI

Jaime Septién

Este mes de septiembre ha sido fecundo en discursos del Santo Padre a México. La visita ad limina de los obispos, la entrega de cartas credenciales del nuevo embajador ante la Santa Sede y la cobertura periodística que ha dado a estos acontecimientos Zenit-El Observador —cobertura nunca antes experimentada en la prensa católica del país— han contribuido a diseminar el mensaje del Papa a los mexicanos, mensaje que podría resumirse así: o son fieles al Evangelio o las estructuras de pecado se irán imponiendo sobre ustedes, hasta dejarlos sin identidad, sin armonía, sin desarrollo, sin Dios y sin futuro.

El objetivo de Benedicto XVI, rápidamente calificado de «ingerencia en los asuntos internos» por los francotiradores de siempre, es muy sencillo: que en nuestro país exista una cosa tan olvidada como es la congruencia: si 88 por ciento de los mexicanos nos confesamos miembros de la fe católica, ¿por qué el crecimiento brutal del narcotráfico, la violencia, la corrupción, el secuestro, la discriminación, la migración, la pobreza y el desamparo de millones de mexicanos?

Por unos cuantos laicistas radicales, liberales jacobinos, masones de tres al cuarto, que han tenido el poder político o el poder mediático, los católicos nos hemos dejado arrasar en nuestras creencias, arrinconar y humillar en nuestra fe y mutilar en nuestro derecho a profesar en público lo que creemos. Con un grito de un partiducho de rompe y rasga, ya estamos repitiendo (como pericos) la cancioncita de que «la Iglesia nada tiene que hacer en la vida política y lo mejor que pueden hacer los mochos es meterse al templo a rezar y venerar al santo patrono de la localidad».

Y, de pronto, viene Benedicto XVI y nos sacude con ese tono tan fino, tan apegado al Evangelio, tan de Jesucristo: el que dice amar a Dios a quien no ve y no ama a su hermano al que sí ve, ése es un hipócrita. Mal que nos pese, nos hemos ido convirtiendo en un país de hipócritas indiferentes al dolor del prójimo. Si no es así: ¿por qué aumenta la pobreza; la corrupción, el abandono de miles de familias que solamente en el Norte ven una esperanza? No somos ni frío ni calor; somos, a la vista de los resultados, una comunidad de mediocres. Y Jesús abominaba de los mediocres, los vomitaba y los sigue vomitando copiosamente.

He tenido el privilegio de estar con el Papa; de saludarlo, de intercambiar breves palabras con él. He platicado con multitud de obispos que lo están visitando este mes, con funcionarios del Vaticano, con políticos y dignatarios italianos, con profesores y académicos mexicanos en Roma... La conclusión es la misma: el sucesor de Juan Pablo II no se anda ni se andará por las ramas; va a profundizar en la liturgia, va a relanzar la oración, va a imponer una seriedad absoluta a la teología, sí, pero sobre todo, le va a devolver a los católicos su dimensión profética, le va a recordar a los creyentes que una fe que no se hace obras es una fe muerta o, en todo caso, moribunda.

México ocupa un lugar especial en el catolicismo del Tercer Milenio. Al Papa le gustaría vernos a la altura de las circunstancias. Es decir, a la altura de la responsabilidad del «hecho guadalupano». No, desde luego, ocupando lugares de postín en cuanto a corrupción, secuestro, desigualdad...

EL OBSERVADOR 534-2

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LA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO
Sacerdotes: en la Eucaristía está el secreto de la santidad

«¡Queridos hermanos y hermanas!

«Mientras el Año de la Eucaristía llega a su fin, quisiera retomar un tema particularmente importante, que era particularmente grato a mi venerado predecesor Juan Pablo II: la relación entre la santidad, camino y meta del camino de la Iglesia y de todo cristiano, y la Eucaristía. En particular, mi pensamiento se dirige hoy a los sacerdotes para subrayar que en la Eucaristía está precisamente el secreto de su santificación. En virtud de la sagrada ordenación, el sacerdote recibe el don y el compromiso de repetir sacramentalmente los gestos y las palabras con las que Jesús, en la Última Cena, instituyó el memorial de su Pascua. Entre sus manos se renueva este gran milagro de amor, del que está llamado a convertirse en testigo y anunciador cada vez más fiel.

«Por este motivo el presbítero tiene que ser ante todo adorador y contemplativo de la Eucaristía a partir del mismo momento en que la celebra. Sabemos bien que la validez del sacramento no depende de la santidad del celebrante, pero su eficacia para él mismo y para los demás será mayor en la medida en que él lo viva con fe profunda, amor ardiente, ferviente espíritu de oración.

«Nos dirigimos ahora a María, rezando de manera especial por los sacerdotes de todo el mundo para que saquen de este año de la Eucaristía el fruto de un renovado amor al sacramento que celebran. Que por intercesión de la Virgen Madre de Dios puedan vivir y testimoniar siempre el misterio que es puesto en sus manos para la salvación del mundo».

EL OBSERVADOR 534-3

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FAMILIA
Píldoras anticonceptivas, ¿buenas o malas?
Yusi Cervantes y Claudia Felix

PREGUNTA:
Siempre pensé que, además de por los motivos religiosos que explica, es un acierto de la Iglesia no estar de acuerdo con el uso de los anticonceptivos a causa de los daños que provocan;, pero hace poco leí un artículo en una prestigiosa revista que dice maravillas de la píldora, con no sé cuantos beneficios para la mujer. Aunque no lo recomiendan, casi casi se queda una con la idea de que debería tomarlas para mejorar su salud. ¿Es cierto?

RESPUESTA:
Yo también leí ese artículo y me pareció parcial, tendencioso. Me provoca dudas acerca de su intención. ¿Está defendiendo los intereses de los laboratorios que producen esos anticonceptivos? ¿Tiene que ver con las políticas internacionales a favor de la disminución de la natalidad en los países en desarrollo?

La verdad es que las píldoras anticonceptivas sí tienen efectos secundarios, algunos más graves que otros. Como no soy experta en el tema, le pedí a la química Claudia Felix que nos hable de este asunto:

Las píldoras anticonceptivas suelen ser los fármacos más comunes y los métodos anticonceptivos más usados por las mujeres para el control de la natalidad. Están hechas de diferentes hormonas (estrógeno o progesterona), y con diferentes combinaciones.

Estas píldoras evitan el embarazo afectando el funcionamiento normal de los órganos reproductores internos de la mujer como lo son el útero, ovarios, el cuello uterino y la vagina, necesarios para que se induzca a un embarazo. Las hormonas encargadas de estimular la producción de un óvulo maduro en los ovarios durante el ciclo normal de ovulación son la hormona Folículo – estimulante (FSH) y la hormona Luteinizante (LH). Durante el ciclo menstrual normal las hormonas estimulan al ovario y hacen que el óvulo madure. El revestimiento uterino se engrosa, preparándose así para la implantación del óvulo fecundado y el moco cervical se fluidifica para facilitar la llegada del espermatozoide al óvulo. El estrógeno contenido en el cuerpo hace que la glándula pituitaria libere la LH estimulando al ovario a producir un huevo maduro (óvulo).

Los niveles bajos de estrógeno contenidos en las píldoras anticonceptivas suprimen la producción de FSH y LH «engañando» a la glándula pituitaria para que piense que la mujer está embarazada. En consecuencia no habrá ovulación lo cual impide el embarazo. La progesterona, que también esta contenida en estas píldoras, crea un moco cervical espeso que dificulta la llegada del espermatozoide al útero; también impide que el óvulo fecundado se adhiera al revestimiento uterino (endometrio) debido a los cambios en la estructura celular de éste.

Los efectos secundarios suelen ser:
+ Náuseas, dolor de cabeza, e infecciones por hongos vaginales.
+ Ciclo breve menstrual, o menos flujo de sangre durante este.
+ Formación de coágulos, ocasionando problemas cardiacos o cerebrales.
+ Depresión anímica, hipertensión arterial, o la retensión de líquidos.
+ Embarazo ectópico o falta de la menstruación.
+ Alto riesgo de desarrollar cáncer de mama.
+ Alto riesgo de desarrollar cáncer cervical.

La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

EL OBSERVADOR 534-4

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¿Castidad en el matrimonio?
Rosario Alfaro / Almas

La castidad matrimonial no se refiere a no tener relaciones sexuales. Se refiere a vivir el sacramento del Matrimonio con la dignidad que éste tiene, esto es:

1. Siendo fiel, es decir, teniendo relaciones sólo con tu esposo o esposa.
2. Que todas las relaciones sexuales conserven los dos fines:
a) Unión.- Que sean una expresión de amor. El unir al matrimonio en una relación afectiva profunda de amor, de donación esponsal, que les ayude a un mutuo perfeccionamiento,
b) Procreación.- Colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas.

Tal vez muchos piensen que vivir esto es una cosa sumamente díficil, más en la actualidad, en donde vemos muchas amenazas para el matrimonio, desde el adulterio, la separación, el divorcio, la unión libre, los swingers, la anticoncepción y la fecundación artificial, entre otros.

Pero, a pesar de cualquier circunstancia díficil que se esté viviendo, en el fondo todos deseamos que el matrimonio se viva de una manera distinta a la actual, pero a veces nos sentimos impotentes para lograr este cambio, por eso acerquémonos a Dios para que Él nos ayude en esta vocación. Y, sobre todo, para que nos enseñe a amarnos a nosotros mismos y a nuestro cónyuge.

«El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor» (Paulo VI, Humanae vitae, n. 8)

EL OBSERVADOR 534-5

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PINCELADAS
Aún queda gente buena

P. Justo López Melús

Doña Julia era una anciana viuda, risueña y simpática, que vivía en el cuarto izquierda. Mientras los vecinos comentaban los problemas de la vida, ella sonreía. Hasta que un día, ella, que iba justita, perdió un billete de mil pesetas. Estaba segura de que lo había perdido en el ascensor, pues allí había sacado el monedero. Aunque con pocas esperanzas, puso una nota en el ascensor y además encomendó el asunto a san Antonio.

Pronto la visitó el señor del tercero derecha: «Doña Julia, acabo de encontrar el billete de mil pesetas». Doña Julia se echó a llorar mientras le decía: «Resulta que también lo encontró el señor de al lado, y la pequeña del primero, y el matrimonio del cuarto derecha, y la sirvienta del segundo izquierda... Pero, antes de que ustedes lo encontraran, ya lo había encontrado yo en el bolsillo del abrigo». O sea que aún queda gente buena por ahí.

EL OBSERVADOR 534-6

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REHABILITAR LA POLÍTICA CON LA ÉTICA (V)
Hacia una ética política
P. Humberto Mauro Marsich s.x.

La política, en cuanto arte y actividad humana que desciende de la capacidad del hombre para otorgarse reglas según las cuales organizar y expresar su propia existencia en interdependencia estrecha con los demás seres humanos, es esencialmente acción moral. Por esta razón aquellos que por vocación se dedican a ella deben ser seres humanos dotados de máxima calidad moral. El hombre político y el ejercicio humano de la política tendrán siempre más sentido, motivación y función, cuanto más sean sustentados por la adhesión y la referencia constante a principios éticos y culturales profundos, a valores e ideales, o sea, a reglas firmes que sean respetuosas del hombre y de cada una de sus capacidades de expresión personal y de convivencia social. Cuanto más falten esta adhesión y referencias tanto más la acción del hombre político será incoherente, nefasta y repugnante. El hombre político será ético si logra organizar el consenso de la sociedad y si busca siempre satisfacerlo con equidad y lejos de sus propios intereses personales o de grupos de poder.

En una sociedad donde el hombre político carece de referencias éticas y de responsabilidad moral, la política llegará a ser desprestigiada y odiada y su ejercicio se convertirá en un instrumento de indebida ocupación del poder, hasta los niveles más altos.

Luigi Sturzo, sacerdote italiano fundador del Partido Popular, a la pregunta «por qué la política es tan desprestigiada hasta volverse como sinónimo de fraude», contestaba refiriéndose a la falta de ética de los políticos; o sea, a la falta de búsqueda del verdadero bien común de un pueblo, y sugería la urgencia de introducir la autoridad de la moral en la política, los valores de la conciencia de la vida privada en la vida pública y el respeto del prójimo en el dominio de las relaciones políticas y económicas.

Según Luigi Sturzo, el hombre político es seguramente «hombre de poder», pero del poder de interpretar las necesidades y las carencias reales de la comunidad civil hasta ser su representante, en contra de los intereses particulares y de los egoísmos de grupos sociales. Los partidos políticos, además, deben entender que su función es servir, es buscar el bien común, con profundo sentido de justicia, y que la toma del poder no puede ser el objetivo principal de su ejercicio. Esto es lo que ha influido para que la política se haya deteriorado y desacreditado.

Para muchos, la política partidista actual, por falta de integridad moral y de formación humana y social, es mera politiquería. Los señores o señoras de la política manifiestan descaradamente su incoherencia, su inmoralidad y su incapacidad cuando buscan el poder como instrumento de autoafirmación social, como oportunidad de enriquecimiento fácil e indebido y como plataforma para llevar a cabo, arbitrariamente, venganzas y actos de corrupción. Cuando la política se convierte en negocio de familia, a costa del bien común, y cae en mano de gente sin escrúpulos y sin ninguna vocación de servicio, obviamente se desvirtúa y el poder adquirido pierde legitimidad. Prosperan entonces las corruptelas, se pierde la confianza en la autoridad y se alimentan inseguridad jurídica y desestabilización social. Esto es lo que nos está pasando en nuestro México lindo y querido...

Por esta razón el hombre político no puede no manifestar, en su acción, fuerte dosis de humanidad y de valores morales. Justamente los antiguos pensadores romanos, refiriéndose al ejercicio de toda actividad profesional, sin exclusión de la profesión política, pedían a todos la obediencia a tres imperativos morales: «honeste vivere, alterum non laedere, unicuique suum tribuere» (vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada quien lo que le corresponde). Al político hoy le pedirían también el cumplimiento de los grandes principios deontológicos universales, que son: primero, «obra según ciencia y conciencia», o sea, con fidelidad a los principios morales naturales inscritos en la conciencia de cada quien por ser humano y con conocimiento y estudio del arte de la política; segundo, «actúa siempre con probidad y honestidad» , o sea, con bondad, generosidad y moralidad.

EL OBSERVADOR 534-7

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VALORES CRISTIANOS
¿Necesitamos un periodismo católico?

Antonio Maza Pereda

Una vez más, ante noticias escandalosas sobre declaraciones de uno de nuestros obispos, mismas que él dice (y yo le creo) que fueron malinterpretadas, vale la pena cuestionarnos la necesidad de que exista el periodismo católico en México.

El tema no es nuevo. Aquí mismo he dicho muchas veces que en México hay católicos periodistas, pero pocos periodistas católicos. Salvo casos aislados y beneméritos, como El Observador, no hay una auténtica prensa católica en el país. La prensa, sujeta a concesiones y licencias en las que aún priva un criterio jacobino, se supone que debe ser laica. En nombre de la libertad de expresión, se nos priva a los católicos, que somos el 88% de los habitantes de este país, la posibilidad de tener periódicos de alcance nacional. ¡Cómo es posible que en el segundo país con más católicos en el mundo, no haya un periódico como el National Catholic Register, de los Estados Unidos, por ejemplo!

Hace algún tiempo escribí, para un evento sobre periodismo católico, lo siguiente:

«Quien solo conociera a nuestro país por lo publicado en los diversos medios, llegaría a la conclusión de que este es un país secularizado, donde la Iglesia Católica no ha influido en la cultura, si entendemos con Octavio Paz a la cultura como creación y participación común de valores (1). De esa participación común hemos estado, en buena medida, excluidos los católicos».

Las dificultades, ciertamente, son muchas. Tal vez no sería fácil encontrar una plantilla completa de reporteros y editorialistas con esta orientación. Darles una remuneración adecuada no sería sencillo. Obtener financiamiento y publicidad sería un problema: incluso los empresarios católicos no quieren aparecer como financieros de esfuerzos de este tipo. El apoyo de los propios católicos no puede verse como algo que ocurriría en automático. Habría que ganarse los lectores a pulso, uno por uno, prácticamente arrebatándolos a los actuales medios. No podría contarse en absoluto con que el apelativo de católico fuera garantía de que los católicos adquirieran masivamente ese periódico.

Pero todo eso es otro asunto. Hace falta en México una gran prensa católica. Hace falta, al menos, un gran diario católico con alcance nacional. No un periódico confesional, vocero de la jerarquía: necesitamos una expresión del criterio de intelectuales católicos laicos, del punto de vista de la opinión católica, que incluye pero no se restringe a la de la jerarquía.

Se necesita, pero, ¿se podrá hacer? Creo que el apoyo fundamental es el de los lectores. Si hay lectores, puede haber publicidad, apoyo económico, posibilidad de atraer a grandes plumas, en resumen: de construir un gran periódico.

Escribía yo para el evento que mencioné antes: «A juzgar por la clara decadencia en los valores sociales, reflejados en la corrupción, la violencia, y otros males que sufre nuestro país, el resultado de una prensa laica en el mejor de los casos y anticatólica en el peor, es bastante cuestionable, por decirlo de un modo suave. A todo un pueblo se le ha estado despojando sistemáticamente de sus valores, es decir, de su cultura, en nombre de principios que la mayoría no suscribe».

Urge organizarnos. Urge actuar. Hagámoslo.

1) Paz, Octavio.
El Laberinto de la soledad. Pag. 29. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2000.

EL OBSERVADOR 534-8

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COLUMNA ABIERTA
Diagnóstico sobre México

Walter Turnbull Plaza
Benedicto XVI habla de México con todo su celo pastoral y su acostumbrada precisión... y los ataques no se hacen esperar.

El pasado 15 de septiembre (aniversario del inicio de nuestra independencia política con respecto a España, ¡válganos el cielo!), durante la visita ad limina del segundo grupo de obispos mexicanos, Benedicto XVI tuvo a bien hacer unas juiciosas observaciones sobre México.

Habló de la separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos católicos como un gravísimo error, y de la necesidad de que descubran su compromiso de fe y colaboren para transformar las estructuras sociales a fin de que sean más acordes con la dignidad de la persona.

Habló de una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales, de propuestas de pensamiento que ocasionan indiferencia hacia los valores del Evangelio e incluso comportamientos contrarios a la visión cristiana de la vida, de alejamiento de la fe, abandono de las prácticas religiosas y pérdida progresiva de la propia identidad de creyentes.

Y habló también de un deterioro de las sanas formas de convivencia y la gestión de la cosa pública, y de que se hayan incrementado los fenómenos de la corrupción, impunidad, infiltración del narcotráfico y del crimen organizado; de violencia, indiferencia y desprecio del valor inviolable de la vida; de una situación de pobreza y de un afán ilimitado de riqueza y de poder.

Yo lo dije antes de que fuera elegido el actual pontífice: el nuevo papa estará perfectamente enterado de la situación en China, en Bosnia, en Estados Unidos y en Chiapas. Usted, como mexicano, ¿podría dar un mejor diagnóstico de los problemas que aquejan a México? Qué buen provecho nos haría que todos los mexicanos consideraran estas palabras ahora que estamos en plena estampida (malamente llamada pre-campañas) por el poder.

Obviamente la lluvia de reacciones airadas entre personajes importantes no se hizo esperar: «¿Quién se cree Ratzinger para juzgar a México?».

Es algo que todos sabemos y que todos los días lo publican los medios para generar escándalo y aparecer como profetas, y casi nadie hace nada al respecto. Pero cuando lo menciona el Papa con afán de poner un remedio, se rasgan las vestiduras. No cabe duda: la verdad no peca, pero incomoda. Cristo, que es la Verdad, incomodó —e incomoda— a muchísimos.

La Iglesia siempre ha sido depositaria y maestra de la verdad, y Benedicto XVI nos lo viene a refrendar. Esa verdad que todos ignoramos o quisiéramos ignorar, nos la pone enfrente; y nos pone también las armas para trabajarla: más compromiso con el hermano y más atención a Dios.

En lugar de indignarnos tanto, los que nos decimos católicos (después de todo, la observación fue dirigida a nosotros) deberíamos reconocer a Benedicto XVI su conocimiento de la situación y su preocupación por México. Deberíamos escuchar sus recomendaciones y tratar de ponerlas en práctica.

EL OBSERVADOR 534-9

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INTERNACIONAL
Día mundial de las personas sin hogar
Por Gilberto Hernández García

Seguramente, cualquier día de la semana, en cualquier ciudad, nos habremos encontrado a un hombre, a una mujer deambulando en la calle, tendiéndonos la mano en cualquier esquina, durmiendo en una banca de cualquier jardín o plaza pública o en alguna central de autobuses. Pues bien, ellos forman parte de ese colectivo que bien pudiéramos llamar «los sin techo».

Se consideran «sin techo» todas aquellas personas que no tienen acceso a una vivienda personal, permanente y adecuada, o sea que entran en esta categoría quienes viven en la calle, en edificios abandonados, parques; quienes están alojados en albergues, instituciones, centros de acogida; los que viven en cuevas, infraviviendas, o en condiciones de hacinamiento; los alojados temporalmente, y de manera forzosa, en casa de amigos o familiares; las personas que son incapaces de conservarla por razones económicas: desahucios, embargos; quienes no puedan conservarla porque son incapaces de llevar una vida independiente y necesitan de cuidados y ayuda, pero no el ingreso en una institución: personas con graves dificultades físicas, psíquicas, etcétera.

En suma, los sin hogar son un enorme grupo de hombres y mujeres que viven en diáspora permanente, desterrados, olvidados y tantas veces vulnerados por su comunidad de referencia. El fenómeno de las personas sin hogar es común a todos los países del mundo. La gran mayoría viven en los países menos desarrollados y su situación está asociada estrechamente con la pobreza general. Sin embargo, millones de personas sin hogar viven en países industrializados en medio de sociedades opulentas.

Sin hogar no es lo mismo que sin techo, ni lo mismo que mendigo, ni equivalente a pobre, aunque a veces convivan estos atributos en la misma persona. Sin hogar significa sin vivienda, pero, sobre todo, nombra esa ausencia permanente por no tener alguien al lado que espere, que acompañe y dé cariño. Según Naciones Unidas, una de cada seis personas en el mundo, casi mil millones de seres humanos, no tienen un techo digno donde cobijarse. De entre ellos, alrededor de cien millones son niños que viven en la calle, bien de manera permanente o bien durante el día o temporalmente, huyendo de sus familias que no les ofrecen abrigo afectivo. En Iberoamérica hace tiempo que se distingue entre niños de la calle o niños en la calle; a los segundos les queda normalmente un mínimo soporte familiar al que agarrarse.

En los países ricos el fenómeno se relaciona más con la soledad, con el individualismo o con la falta de sensibilidad pública a la hora de asignar partidas presupuestarias hacia núcleos humanos en riesgo de exclusión. Drogas, alcohol, rupturas familiares, enfermedades mentales, desempleo o carencias educativas terminan por empujar a las calles a una cantidad enorme de ciudadanos.

Es paradójico que países con una fuerte red de recursos sociales como Francia, Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos posean las mayores tasas de personas sin hogar del mundo occidental. Los dos primeros sobrepasan largamente el medio millón de personas durmiendo en sus calles mientras Alemania casi llega al millón.

En Estados Unidos la demanda de acceso a recursos sociales para personas sin hogar creció a lo largo del año pasado una media del 13%. Algunos países de gran tradición católica y menos desarrollo industrial han recurrido a la familia como soporte que amortigüe sus carencias en materia de protección a los más débiles. Sin embargo, sus sociedades empiezan a asemejarse más y más a sus vecinos del norte: menos hijos, más divorcios, nuevos modelos de familia.

La celebración de un día como este, dedicado a los que carecen de hogar, es una fuerte llamada de atención a la solidaridad humana. También una oportunidad para reflexionar en torno al valor de la familia como núcleo primario de la sociedad, y, no está por demás, sobre la justicia social que en nuestro país tiene aún cuentas pendientes.

EL OBSERVADOR 534-10

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FIN

 
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