El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
20 de noviembre de 2005 No.541

ESPECIAL NUEVOS BEATOS MEXICANOS

SUMARIO

bulletPORTADA - En el siglo pasado la Iglesia mexicana llegó a su madurez, justamente, por la sangre de los mártires
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Por Dios y por la patria
bulletDOCUMENTOS - Encíclica de Pío XI sobre la persecución religiosa en México
bulletESPECIAL - Se perseguía a los católicos por el «delito» de ser católicos
bulletHermanos Huerta Gutiérrez
-Ezequiel: esposo, cantor y organista
bullet-Salvador: esposo y mecánico tornero
bulletHermanos Vargas González
-Jorge: laico y soltero
bullet-Ramón: estudiante de medicina
bulletJosé Anacleto González Flores, el defensor de la Iglesia
bulletMiguel Gómez Loza: esposo y abogado
bulletLuis Magaña Servín: curtidor
bulletLuis Padilla Gómez: profesor
bulletJosé Sánchez del Río sólo tenía 14 años cuando se convirtió en mártir de Jesucristo Rey del Universo
bulletLos mártires de San Joaquín:
-José Trinidad Rangel Montaño: sacerdote
bullet-Leonardo Pérez Larios: empleado comercial
bullet-Andrés Solá Molist: sacerdote español
bullet-Un mártir veracruzano, Ángel Darío Acosta Zurita: sacerdote
bulletLa presencia de Benedicto XVI en las beatificaciones de este domingo

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PORTADA
En el siglo pasado la Iglesia mexicana llegó a su madurez, justamente, por la sangre de los mártires
El Observador / Zenit
ROMA. El padre Luis Alfonso Orozco es originario de León y, actualmente, es profesor en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Su libro El Martirio en México durante la Persecución Religiosa es un estudio muy acucioso de la vida de los mártires mexicanos que este domingo son beatificados en Guadalajara. Por ese motivo, El Observador y Zenit han querido tomar la opinión de un experto en estos tiempos aciagos del país.


¿Son mártires «cristeros» o mártires de la persecución religiosa? ¿Hay alguna diferencia? El mártir es el que da su vida por confesar su fe. Las circunstancias del martirio son muy variadas. En concreto, en México, a estas personas —sacerdotes, campesinos o jovencitos, como José Sánchez del Río— les tocó vivir en circunstancias particularmente complejas como fueron las que motivaron la persecución religiosa. La Iglesia, en su juicio teológico e histórico, no los eleva a los altares por haber participado en «la Cristiada», sino porque confesaron su fe en Cristo.

¿Puede la Iglesia beatificar a alguien que tomó las armas? La Iglesia, ante este hecho, tiene que hilar muy fino. Yo creo que no está completamente excluido que una persona que defendió su fe con el recurso de las armas pudiera llegar también a los altares. En los primeros siglos hay muchos mártires que antes de ser cristianos eran soldados romanos.

Sobre «la Cristiada» pesan demasiados mitos… Sí, desde luego. Hay o había una historia oficial en la que el tema cristero o la guerra cristera era reducida, manipulada o confundida. Se le metía en el tema más amplio de la Revolución Mexicana: había zapatistas, villistas, carrancistas y cristeros: gente de huarache y sombrero que se iba «a la bola». Pero «la Cristiada» no es eso. Es importante distinguir. Para mí «la Cristiada» es una verdadera epopeya de la defensa de la fe.

¿Hay alguna característica general que una a los nuevos beatos mexicanos? Son el tercer grupo de mártires de «la Cristiada» que sube a los altares. Y la característica de este grupo es que la mayoría son seglares, laicos. Grupo heterogéneo, interesante, pero en estos trece beatos se refleja la variedad, la riqueza del martirio en la Iglesia.

¿Qué importancia tiene el mensaje de los mártires para nuestro tiempo? El pueblo cristiano está llamado a confesar su fe en Jesús, mas no todo cristiano está llamado a ser mártir. El martirio es un don que Dios nos da. Juan Pablo II decía que en estos tiempos al cristiano tal vez no se le pedirá el testimonio de la sangre sino el testimonio de la fidelidad: el ser fiel a la palabra dada, a los compromisos adquiridos, al testimonio público de lo que somos. Quien es fiel a Cristo, quien es fiel a su conciencia en estos tiempos difíciles, en cierto modo es, también, un mártir.

¿El martirio en México puede generar una serie de condiciones de mejoría para el pueblo? En mi caso particular, una de las motivaciones que me indujo a llevar adelante la investigación sobre el martirio en México durante la persecución religiosa es la frase inmortal de Tertuliano, que por el siglo III después de Cristo afirmó: «La sangre de los mártires es semilla de vida cristiana». Se ha ido verificando, a lo largo de la historia de la Iglesia, que, precisamente, ahí donde hubo una persecución, ahí donde hubo mártires, después esos lugares, esas iglesias particulares, crecieron y florecieron.

¿Su sangre no es en vano? Su testimonio no cae en vacío. Esa sangre generosa se une, en cierto modo, a la sangre de Cristo derramada en la cruz. La sangre de los mártires contribuye —con su parte— a la obra de la redención iniciada por Cristo. En México, en el siglo XX, la Iglesia mexicana llegó a su madurez, justamente, por la sangre de estos mártires. La fe popular, la unidad familiar que se vive en México, también es su consecuencia. No cabe duda que de los hechos martiriales la fe del pueblo mexicano sale muy fortalecida.

EL OBSERVADOR 541-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Por Dios y por la patria
Por Jaime Septién

Uno de los pasajes más intensos que he leído de la epopeya cristera es el del momento final, frente al piquete de soldados que lo iban a fusilar, de Anacleto González Flores, hoy elevado, con absoluta justicia, a los altares.

«General —le dijo Anacleto al jefe de armas—, perdono a usted de todo corazón; muy pronto nos veremos ante el tribunal divino; el mismo Juez que me va a juzgar a mí será su Juez: entonces tendrá usted un intercesor en mí con Dios».

¿Habrá mayor grandeza que las de estas palabras dichas al borde de la muerte, tras haber sido torturado, separado de su esposa e hijos, por el delito de defender, pacíficamente, la fe católica? Es la grandeza del creyente; la inmensidad de un amor que no se apaga con las balas, que crece entre los odios y las tinieblas: es la Presencia de Cristo como Cordero, humillado, ofendido y triunfante.

Más tarde, en un raro arranque de sensibilidad, uno de los soldadotes que fusilaron a Anacleto le dice a la esposa del «Maistro»: «Señora, matamos a un justo. Nos avergonzamos de haber matado a un hombre tan santo. Si las piedras lloraran lo habrían hecho a la hora de su muerte». Así mataba México a sus mejores hombres. El demonio de la mentira se había colado en las huestes de Calles. Ellos, como las piedras, no lloraron nunca. Pero el daño que le hicieron al país sigue vigente. La herida no cierra. Los doce beatos que van junto con Anacleto a los altares son honra de la Iglesia, pero una bofetada en el rostro del jacobinismo insultante que todavía quiere volver por sus fueros invocando leyes marchitas, constituciones macilentas, consignas inmorales, capaces de soliviantar la sangre de los apocados, aquellos para los que la fe en Jesús resucitado lastima su razón o su aburrimiento intelectual.

«Señora, matamos a un justo». Ese nuevo centurión resume la historia de México. Por un lado, la reciedumbre, el corazón exultante, la religiosidad honda de sus hombres y sus mujeres; por el otro, la estulticia, la ceguera, el rencor de algunos de sus dirigentes, tipos de poder, soberbios y podridos en el laberinto de sus yerros. ¿Cuántos justos nos han ultimado las balas del odio a Cristo? ¿Cuántos Anacletos, José Luises, Salvadores o Ezequieles?

Con ellos hubiéramos podido construir una patria digna, pujante, generosa; con ellos hubiéramos andado un camino muy diferente al que nos han hecho andar generaciones de pillos; una patria con Dios y no este remedo de patria a la que le hace falta todo, a la que le «sobran» 60 millones de pobres...

La gesta cristera tuvo como finalidad entregar la sangre para fecundar la semilla de Dios. No fue una batalla por el poder. Ahora, a 76 años de distancia de «los arreglos», los trece beatos de la Cristiada reclaman reconciliación, perdón, unidad. Es la hora que su martirio sirva para algo. Que su sangre por defender a Cristo nos ilumine y nos redima de tanta mugre acumulada.

Si no aprendemos de ellos, vamos a estar condenados a repetir los mismos cuentos, las mismas batallas y a celebrar a los mismos poetas; a cantar las mismas canciones, a matar a los mismos héroes y a perdernos en los mismos infiernos del desamor. Y eso no se merece el legado de tantos Anacletos, José Luises, Salvadores o Ezequieles. No se lo merece su dolor regado por Dios y por la patria.

EL OBSERVADOR 541-2

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DOCUMENTOS
Encíclica de Pío XI sobre la persecución religiosa en México
Durante la persecución religiosa, impuesta por el gobierno de nuestro país, muchos hombres y mujeres fueron victimados por los enemigos de la fe católica. Entre otros, se distinguieron en su fidelidad a Jesucristo nueve cristianos laicos, cinco de ellos casados: Anacleto González Flores, Ezequiel Huerta Gutiérrez, Salvador Huerta Gutiérrez, Luis Magaña Servín, Miguel Gómez Loza; y cuatro jóvenes solteros: Luis Padilla Gómez, Jorge Vargas González, Ramón Vargas González y Leonardo Pérez Larios. También el niño michoacano José Luis Sánchez del Río, y tres sacerdotes: José Trinidad Rangel, de Guanajuato; Ángel Darío Acosta Zurita, de Veracruz, y el español claretiano Andrés Solá. A estos trece heroicos cristianos, que con la gracia de Dios alcanzaron la gloria del martirio en los años 1927, 1928 y 1931, el papa Juan Pablo II con un decreto los reconoció oficialmente el 22 de junio de 2004 como verdaderos mártires, dignos de ser venerados; y el papa Benedicto XVI ha autorizado que en Guadalajara, Jal., este domingo 20 de noviembre, festividad de Cristo Rey, sea la ceremonia de la beatificación. A su debido tiempo el papa Pío XI denunció la persecución en México, y hasta escribió una encíclica que aquí resumimos:

A los venerables hermanos, patriarcas, primados, arzobispos, obispos y demás ordinarios, en paz y comunión con la sede apostólica.

De las tristísimas condiciones del catolicismo en los Estados Unidos Mexicanos (...).
A fines del año pasado, hablando en el Consistorio al Sacro Colegio de Cardenales, hicimos notar que no podía esperarse alivio alguno a las tristes e injustas condiciones en que se hallaba la religión católica en México, sino de «un auxilio especial de la Misericordia Divina»; y vosotros no tardasteis en secundar nuestro pensamiento y nuestros deseos, muchas veces manifestados, exhortando a los fieles confiados a vuestros cuidados pastorales a mover con fervorosas oraciones al Divino Fundador de la Iglesia para que pusiese remedio a tan grandes y acerbos males. A tan grandes y acerbos males, hemos dicho, pues contra nuestros carísimos hijos mexicanos otros hijos desertores de la milicia de Cristo y hostiles al Padre común de todos, han movido hasta ahora y mueven todavía una despistada persecución.

Es cierto que en los primeros siglos de la Iglesia y en tiempos posteriores se ha tratado atrozmente a los cristianos; pero quizá no ha acaecido en lugar ni tiempo alguno que un pequeño número de hombres, conculcando y violando los derechos de Dios y de la Iglesia, sin algún miramiento a las glorias pasadas, sin ningún sentimiento de piedad para con sus conciudadanos, encadenaran totalmente la libertad de la mayoría con tan premeditadas astucias, enmascaradas con apariencia de leyes.

No queremos, pues, que a vosotros y a todos los fieles falte un solemne testimonio de nuestra gratitud por las preces privadas o por las solemnidades públicas hechas con este fin (...). No os parezca, empero, venerables hermanos, haber ordenado en vano tales plegarias, viendo que el gobierno de México, en su odio implacable contra la religión, ha continuado aplicando, con dureza y violencia aún mayores, sus inicuos decretos; porque en realidad, el clero y la multitud de los fieles, socorridos con más abundantes efusiones de la gracia divina en su paciente resistencia, han dado tan ejemplar espectáculo que merecieron con todo derecho, que Nos, en un documento solemne de nuestra autoridad apostólica, los propusiéramos como ejemplo ante los ojos del mundo católico.

El mes pasado, con ocasión de la beatificación de numerosos mártires de la revolución francesa, nuestro pensamiento volaba espontáneamente a los católicos mexicanos que, como aquéllos, se mantienen firmes en el propósito de resistir pacientemente a la arbitrariedad y al poderío extraño, antes que separase de la unidad de la Iglesia y de la obediencia a la sede apostólica. ¡Oh gloria verdaderamente ilustre de la Divina Esposa de Cristo, que siempre en el curso de los siglos puede contar con hijos tan nobles y generosos, prontos, por la santa libertad de la fe, a la lucha, a los padecimientos y a la muerte!

Al narrar las dolorosas calamidades de la Iglesia mexicana, venerables hermanos, no empezaremos desde muy atrás. Basta recordar que las frecuentes revoluciones de estos últimos tiempos dieron lugar, generalmente, a trastornos y persecuciones contra la religión; como en 1914 y 1915, cuando hombres que parecían tener aún algo de la antigua barbarie se enfurecieron contra el clero secular y regular, contra las vírgenes sagradas y contra los lugares y objetos destinados al culto, de modo tan despiadado que no perdonaron injuria, ignominia ni violencia alguna (...).

Hechos son éstos dolorosos y graves, pero los que vamos a añadir, venerables hermanos, son tan contrarios a los derechos de la Iglesia como el que más, y mucho más dañosos a los católicos de aquella nación. Examinemos ante todo las leyes dadas en 1917, que llaman Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Por lo que se refiere a nuestro asunto, proclamada la separación del Estado y de la Iglesia, a ésta, como a persona despojada de todo honor civil, no se le reconoce ya derecho alguno y le está prohibido adquirirlo en adelante; mientras se da facultad a las autoridades civiles de entrometerse en el culto y en la disciplina externa de la Iglesia. Los sacerdotes son considerados como profesionistas u obreros, pero con esta diferencia: que sólo deben ser mexicanos por nacimiento, y no exceder el número establecido por los legisladores de cada uno de los Estados políticos y civiles, igualándolos en esto a los malhechores y a los dementes. Se prescribe, además, que (...) los sacerdotes deben informar al presidente municipal de su toma de posesión de un templo, o de su translación a otra parte. Los votos religiosos, las órdenes y congregaciones religiosas no están permitidos, excepto en el interior de los templos y bajo la vigilancia del gobierno; se decreta que los templos son propiedad de la nación; los palacios episcopales, las casas curales, los seminarios, las casas religiosas, los hospitales y todos los institutos de beneficencia quedan arrebatados al dominio de la Iglesia. Ésta no retiene dominio sobre cosa alguna (...).

Los sacerdotes quedan incapacitados para adquirir por testamento, excepto en los casos de estricto parentesco. Ningún poder se reconoce a la Iglesia en cuanto al matrimonio de los fieles, y éste sólo se juzga válido según el derecho civil (...).

Verdaderamente, venerables hermanos, que aquellos que aprobaron, y dieron su sanción a dichas leyes:

- o ignoraban que compete por derecho divino a la Iglesia, como sociedad perfecta, fundada por Jesucristo, Redentor y Rey para la salvación común de los hombres, la plena libertad de cumplir su misión, (aunque parece increíble tal ignorancia después de veinte siglos de cristianismo en una nación católica y entre hombres bautizados),
- o más bien, en su soberbia y demencia, creyeron que podían disgregar y echar por tierra «la casa del Señor, sólidamente construida y firmemente apoyada sobre la roca viva»,
- o, por último, estaban poseídos de un ciego furor de dañar de todas las maneras posibles a la Iglesia.

(...) A causa de la ley promulgada por el presidente de la República el dos de julio de este año, casi no ha quedado libertad ninguna a la Iglesia en aquellas regiones; y el ejercicio del ministerio sagrado se ve de tal manera impedido que se castiga, como si fuese un delito capital, con penas severísimas.

Es increíble, venerables hermanos, cuánto nos entristece esta grande perversión del ejercicio de la autoridad pública.

Dado en Roma. 18 de noviembre de 1926.
Pío Papa XI

EL OBSERVADOR 541-3

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ESPECIAL

Se perseguía a los católicos por el «delito» de ser católicos
El general Plutarco Elías Calles se convirtió en presidente el 1º de diciembre de 1924. Calles quería que se cumpliera la Constitución de 1917, sobre todo las leyes anticlericales.

Sin derecho a poseer, enseñar u opinar

En 1927 promulgó una ley con la que la Iglesia estaba paralizada. Ésta tenía que ocultarse para dirigir colegios privados o tener cualquier propiedad, y las posesiones que de hecho tenía eran declaradas propiedad del Estado, el cual decidía cuándo y cómo la Iglesia las usaría para fines religiosos.
A ninguna publicación religiosa se le permitía comentar desfavorablemente algún acto del gobierno. A los misioneros extranjeros no se les permitió evangelizar. Sólo de manera oculta se formó una generación de religiosos mexicanos en seminarios, quienes estaban al margen de la ley. Esto permitió que la Iglesia no desapareciera por falta de ministros y de educación cristiana para los niños.
A cada gobierno estatal se le permitió que decidiera cuántos sacerdotes habría para cubrir las necesidades de la gente. El ministerio religioso fue declarado profesión pública como la medicina y el derecho, y los sacerdotes recibían su licencia para practicar dentro del Estado. Si no tenían licencia, no podían ejercer su ministerio.
Para la Iglesia de México esto no era una separación entre la Iglesia y el Estado. La Iglesia se convirtió en un departamento de Estado; al hacerlo así recibía su misión evangelizadora del Gobierno. En otras palabras, la Iglesia de México dejaba de ser parte de la Iglesia católica y se convertía en una Iglesia del Estado mexicano.

Obligaban a casarse a los sacerdotes

Los obispos formaron un Comité Episcopal. Como secretario fue nombrado Pascual Díaz, de Tabasco, quien, por las leyes de ese estado que exigían a todos los clérigos casarse, se fue a vivir a la ciudad de México.
Este Comité decidió que, a partir del 31 de julio, todos los templos dejaran de funcionar hasta que las leyes fueran revisadas o anuladas.

Defensores de la fe

Mientras tanto, los seglares católicos de México también se organizaron en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), las Damas Católicas, los Caballeros de Colón, la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, etc. Se lanzó un boicot de compradores católicos que se negaban a adquirir cualquier tipo de lujo que vendieran los simpatizante del gobierno.
Dos ingeniosos jóvenes instalaron una estación de radio ambulante, que cada noche colocaban en una casa diferente, para emitir mensajes y unir a los católicos.
En otra ocasión, la capital se vio nublada por muchísimos globos en el cielo, los cuales habían sido soltados en señal de protesta contra el gobierno.

El Congreso contra la democracia

El arzobispo Ruiz, de Morelia, y el obispo Díaz, de Tabasco, hablaron con Calles. El ultimátum del presidente fue: «Sólo tienen dos opciones: o van al Congreso o toman las armas». Fueron al Congreso con una petición avalada por los nombres y las firmas de dos millones de ciudadanos mexicanos, pero el Congreso no resolvió nada.
Así, poco a poco, todo el resto del año, la gente comenzó a rebelarse. Pero hasta los cultos privados fueron prohibidos, los sacerdotes y monjas extranjeros fueron perseguidos y expulsados, y los laicos católicos más entusiastas fueron arrestados y sus propiedades expropiadas con los más variados pretextos.
Los obispos habían fracasado en sus planes, y a muchos laicos les pareció que ya sólo quedaba la otra alternativa que les diera Calles.
En Jalisco, Guanajuato y Michoacán los hombres jóvenes comenzaron a tomar las montañas con cualquier tipo de armas. Luego esto se repitió en Coahuila, Chihuahua, Oaxaca, Colima, Nayarit y Zacatecas.
Las muchachas se arriesgaban juntando dinero, haciendo municiones y conduciendo en la noche grandes camiones hacia los campamentos de las montañas para llevar equipo y suministros a los levantados en armas.
Entre 1927 y 1929 multitudes de hombres, jóvenes de buena familia y con educación, perdieron sus vidas en batalla. Pero muchos otros —sacerdotes y seglares— sufrieron y resistieron sin pelear.

Espías se hacían pasar por sacerdotes

En febrero de 1927 Calles ordenó a todos los sacerdotes que dejaran sus actividades y se reportaran en la ciudad de México; pero, como ninguno lo hizo, el presidente inventó que los sacerdotes dirigían la rebelión. Entonces comenzó la persecución abierta contra todos los miembros de la jerarquía católica y contra quienes los ayudaban. Los sacerdotes huían casi todo el tiempo, y cuando se les atrapaba eran asesinados o encarcelados; los sótanos de la ciudad de México estuvieron repletos de sacerdotes y monjas, algunos de ellos torturados
A la gente que era sorprendida en Misas clandestinas se le fusilaba. A otros muchos se les mantenía en prisión hasta que pagaban cientos de pesos por ser liberados y bajo promesa de mantener la boca cerrada. Después el procedimiento se extendió hasta llegar a un edicto de confiscación sobre las propiedades de católicos considerados como rebeldes. El gobierno ni siquiera tenía que aportar pruebas para acusar a alguien.
El gobierno hasta llegó a quemar imágenes religiosos, y los agentes de Calles se disfrazaban de sacerdotes para confesar a campesinos y averiguar si apoyanban el movimiento de rebelión.
En este contexto cientos de mexicanos —entre ellos nuestros 13 nuevos beatos— sufrieron el martirio por el solo «delito» de ser católicos.

Datos consultados en el libro «Mártires mexicanos. Relatos sobre la persecución religiosa en México», de Wilfrid Parsons. Lea el volumen íntegro en http://www.universidadabierta.edu.mx/Biblio/P/Parsons%20Wilfrid-Martires.htm

EL OBSERVADOR 541-4

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ESPECIAL
Hermanos Huerta Gutiérrez
Ezequiel: esposo, cantor y organista


Nació en Magdalena, Jalisco, el 7 de enero de 1876. Fue bautizado con el nombre de José Luciano Ezequiel.
Los Huerta Gutiérrez se fueron a vivir a Guadalajara hacia 1884. Ahí Ezequiel se adiestró en musica. Pronto fue reconocido como intérprete del armonio y del órgano tubular, y por su hermosa voz de tenor dramático.
En su feliz matrimonio con María Eugenia García procrearon diez hijos, pero dos murieron muy pequeños.
Ezequiel decidió incrementar su vida interior tomando el hábito de la Tercera Orden de Penitencia de san Francisco de Asís. Organizó su vida en torno a la Eucaristía.
Durante la persecución religiosa, para proteger a las Carmelitas Descalzas del monasterio de La Hoguera, permutó con las monjas su casa, y aceptó ser custodio del templo de San Felipe Neri mientras el culto permaneciera suspendido.
El 2 de abril de 1927 Ezequiel cuidaba a los niños mientra su esposa acudía al velatorio de Anacleto González, cuando cinco empistolados entraron al hogar y apresaron al músico. Ya en la cárcel, a él y a su hermano Salvador los acusaron de fabricar parque para los cristeros.
Los torturaron suspendiéndolos de los dedos pulgares y los azotaron para que dijeran dónde se ocultaban dos sacerdotes. Ezequiel respondió cantando el himno: «Que viva mi Cristo/ que viva mi Rey/ que impere doquiera/ triunfante su Ley». Lo callaron a golpes hasta dejarlo inconsciente. Reza al recuperar el conocimiento; sabe que su muerte es inminente y se prepara a ella.
A media noche llevaron a Ezequiel y a Salvador al cementerio de Mezquitán. Mirando a los soldados Salvador dijo a su hermano: «Los perdonamos, ¿verdad». Respondió Ezequiel: «Los perdonamos». El primero en ser ejecutado fue Ezequiel, y los cadáveres de ambos fueron arrojados en una misma fosa.

EL OBSERVADOR 541-5

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Salvador: esposo y mecánico tornero

Nació en en Magdalena, Jalisco, el 17 de marzo de 1880. Fue bautizado con con el nombre de José Salvador.
Ya instalada en Guadalajara la familia Huerta Gutiérrez, Salvador, al terminar la secundaria, manifestó que sus aptitudes no lo inclinaban por las cuestiones académicas. Se aplicó con empeño y destreza a las cosas prácticas. Aprendió el manejo del torno mecánico en la modalidad automotriz. Trabajó como operario en una compañía de origen alemán; fue también técnico de bombas en las minas de Zacatecas y oficial en los talleres de los Ferrocarriles Nacionales, en Aguascalientes. En la mina donde trabajaba se reventó el cable del elevador, muriendo todos los ocupantes menos él.
En 1907 se casó con Adelina Jiménez. Su matrimonio fue una luna de miel continua. Engendraron diez hijos.
Salvador montó en Guadalajara un taller de mecánica automotriz que llegó a ser considerado el mejor de la ciudad. Se ganó, por este motivo, el sobrenombre de «mago de los carros».
Sufrió muchos accidentes: una mujer lo arrolló con su auto, y recibió quemaduras y heridas graves, todo sin quejarse, ofreciendo sus padecimientos por los de su esposa: «Adelina, yo le pido a Dios que me dé todos los sufrimientos, pero que a ti te devuelva la salud». Todos los días asistía a Misa y comulgaba. En 1921 se inscribió en la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento.
El 1º de abril de 1927, tras la muerte de Anacleto, le dijo a su hermano Ezequiel, que estaba muy preocupado por lo que padecía el pueblo católico: «No te apures, si nos quieren matar, pues que nos maten».
Al día siguiente llegaron a su taller algunos agentes de la policía con el pretexto de solicitarle un servicio. Pero las intenciones eran otras: lo encarcelaron, torturaron y ejecutaron junto a su hermano Ezequiel.

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Hermanos Vargas González
Jorge: laico y soltero


Nació en Ahualulco de Mercado, Jalisco, el 28 de octubre de 1899. Su padre fue un honrado médico, don Antonio Vargas, y su madre una valerosa mujer, muchas veces comparada con la madre de los Macabeos, doña Elvira González. Fue el quinto de once hermanos.
Fue bautizado con el nombre de Jorge Ramón, aunque durante su vida utilizó únicamente el primero.
La familia se trasladó a Guadalajara. Tras la suspensión del culto público refugiaron al padre Lino Aguirre, futuro obispo de Culiacán. Jorge compartió con él su recámara.
Al año siguiente su mamá dio albergue al proscrito Anacleto González, y Jorge volvió a compartir su cuarto.
El 1º de abril fueron capturados. Jorge fue conducido junto con Anacleto y sus hermanos Ramón y Florentino al Cuartel Colorado.
Consciente de que su muerte estaba cercana, Jorge lamentó no haber comulgado siendo ese día viernes primero, pero su hermano Ramón le reconvino: «No temas, si morimos, nuestra sangre lavará nuestras culpas».
Cuando iban a ser ejecutados, Florentino fue separado de sus hermanos y llevado al panteón de Belén; pero no lo mataron sino que, después de amedrentarlo, lo dejaron libre.
Los demás fueron pasados por las armas. Tal vez antecedió a la muerte algún tipo de tormento, ya que el cadáver de Jorge presentó un hombro dislocado, rastros de contusiones y huellas de dolor en el semblante. Murió con un crucifijo en la mano.
Don Antonio Vargas, sin saber de la muerte de sus hijos, llegó a su domicilio cuando iban saliendo los féretros. Al conocer cómo y por qué murieron, exclamó: «Ahora sé que no es el pésame lo que deben darme, sino felicitarme porque tengo la dicha de tener dos hijos mártires».

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Ramón: estudiante de medicina

Nació en Ahualulco de Mercado, Jalisco, el 22 de enero de 1905. Fue bautizado en con el nombre de Ramón Vicente, utilizando durante su vida únicamente el primero de éstos. Ocupó el séptimo lugar entre los once hijos de don Antonio Vargas Ulloa y de doña Elvira González Arias.
Tres notas lo distinguieron del resto de su familia: el color rojo de su pelo, que le ganó el sobrenombre de «Colorado»; su elevada estatura y su jovialidad.
Una vez radicado con su familia en Guadalajara, siguió los pasos de su padre al ingresar en la Escuela de Medicina. Allí destacó por su buen humor, su camaradería y su bien definida identidad como católico. En cuanto estuvo capacitado, atendió la salud de los menesterosos sin cobrar por sus servicios.
Tenía 22 años de vida y estaba a punto de terminar la carrera de medicina cuando en su hogar refugiaron a Anacleto González Flores, el cual advirtió muy pronto las cualidades de Ramón y le pidió que atendiera a los heridos en alguno de los campamentos de la resistencia activa. Con la misma franqueza, le contestó Ramón: «Por usted hago lo que sea, Maistro, pero irme al monte, no». Era enemigo de las armas.
La mdrugada del 1º de abril de 1927 Ramón, creyendo que alguien necesitaba un medicamento, abrió la puerta de la casa, que alguien golpeaba con insistencia, dando paso a los agentes del gobierno. En la calle, gracias a la prisa y al tumulto, y porque se parecía físicamente poco a sus familiares, pasó por en medio de sus captores sin que lo advirtieran. Mas, al llegar a la esquina, su honestidad lo hizo regresar para ser reaprehendido.
Cuando el general ordenó que fuera separado el menor de los Vargas González, Ramón pidió que mejor indultaran a Florentino.
A punto de ser fusilado, hizo la señal de la cruz y cayó por tierra.

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José Anacleto González Flores, el defensor de la Iglesia

Nació el 13 de julio de 1888 en Tepatitlán, Jal. Fue el segundo de doce hijos de de don Valentín González Sánchez, de oficio tejedor, y doña María Flores Navarro. Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento.
Su infancia fue modelada por la rigidez de su padre, la ternura de su madre y la pobreza del hogar. Don Valentín inculcó a sus hijos el amor por las letras, la disciplina y el deseo de aprender un oficio. Doña María se encargó de enseñarles la religión.
En su adolescencia Anacleto llegó a pertenecer a la banda de música del pueblo. También gustaba de reunirse con sus amigos para llevarle serenata a las muchachas.
Se dedicó al oficio de vendedor ambulante de los rebozos que fabricaba con su padre.
Cuando tenía 17 años asistió a una pláticas cuaresmales que le dejaron profunda huella; comenzó a practicar obras de misericordia, en especial la visita a los enfermos y la ayuda a los necesitados. El rezo diario del rosario, así como la Confesión y Comunión frecuentemente, formaron parte de su vida espiritual desde entonces. También dio catecismo a los niños del barrio. De la boca de éstos surgió el apodo con el que se le conoció siempre: «El Maistro Cleto».
Tenía un gran apetito intelectual, y un canónigo allegado a su familia, don Narciso Cuellar, le propuso cursar el bachillerato en el Seminario Auxiliar de San Juan de los Lagos. Este mismo sacerdote le solventó el pago de la pensión de la escuela.
Llegó a discernir que su vocación no era el sacerdocio, por eso en 1913, al acabar el bachillerato, declinó la oferta que le hizo el Seminario de enviarlo a Roma a continuar su formación. Al preguntársele la razón, respondió: «Quiero ser licenciado para luchar por la Iglesia y por la patria».
Se fue con algunos muchachos a Guadalajara y se inscribió en la Escuela Libre de Derecho, sostenida por la Sociedad Católica. En 1914, siguiendo las directrices de la encíclica Rerum Novarum, fundó algunos sindicatos católicos.
Para suplir un poco la falta de instrucción ética y religiosa, ausente en las escuelas oficiales, creó los siguientes círculos de estudios: Donoso Cortés, de oratoria; Agustín de la Rosa, de apologética; Aguilar y Marocho, de periodismo; Ozanam y Mallincrodt, de materias libres, y León XIII, de sociología. Al mismo tiempo, Anacleto se ganaba el pan dando clases particulares de latín y de historia.
Cuando Guadalajara fue tomada por las tropas de Álvaro Obregón, se cerraron las escuelas y fue impedido el culto religioso. Anacleto tuvo entonces que desempeñar oficios tan ínfimos como la venta al menudeo de cigarrillos, tahonero de panadería y sobrestante en una construcción. A finales de 1914 se fue a vivir al municipio de Concepción de Buenos Aires, Jal., y se ocupó de la catequesis infantil y de la atención de una pequeña tienda de comestibles propiedad de su hermano Severiano.
Volvió a Guadalajara en 1916 y fundó un centro de catequesis para los niños del barrio del Santuario de Guadalupe y participó activamente en la fundación de la A.C.J.M. (Acción Católica de la Juventud Mexicana).
Asistía a diario a la Eucaristía, ingresó a la Congregación Mariana de Señor San José y a la venerable Orden Tercera Franciscana Seglar.
Para ofrecer a los católicos criterios para refutar el discurso de los revolucionariosque habían incluido en la nueva Constitución disposiciones que lesionaban la libertad religiosa, fundó y editó en 1917 el semanario La Palabra. También publicó su primer libro, Ensayos, una colección de discursos y conferencias.
Ese mismo año se declararon inválidos los créditos escolares expedidos por planteles académicos no reconocidos por el Estado, por lo que, a los 30 años de edad tuvo que empezar sus estudios de nuevo. En 1922 consiguió alcanzar su título y licencia como abogado.
A su despacho de abogado acudían muchos pobres a solicitar sus servicios, y él les hacía el trabajo sin cobrarles, o hasta les brindaba ayuda económica. Gustó del decoro y de la limpieza, pero nadie le conoció en vida más de dos trajes. Nunca admitió ningún apoyo de sus amigos pudientes.
Sostuvo un noviazgo de cuatro años con María Concepción Guerrero Figueroa, una pobre hospiciana sin padres conocidos, y se casó con ella el 17 de noviembre de 1922. Pero las ilusiones de suesposa por alcanzar prestigio social y comodidades no tardaron en chocar con la sobriedad de su marido.
Desde 1918 Anacleto se convirtió en el líder nato de los católicos jaliscienses. Cuando el Congreso del Estado proclamó los decretos anticlericales, él encabezó la resistencia que los echó por tierra. Sus discursos le valieron varias veces la cárcel, la primera vez en 1919.
En 1924 el gobierno estatal clausuró el Seminario Conciliar de Guadalajara, y Anacleto organizó un comité de defensa, germen de lo que sería su última gran obra: la Unión Popular, creada a principios de 1925. Se trató de activar a todos los católicos de Jalisco aplicando un estatuto simplísimo que comprometiera al mayor número posible de personas. Las poblaciones se dividieron en parroquias, zonas y manzanas, cada cual con sus respectivos jefes, todos coordinados por Anacleto. Como órgano de difusión de la Unión Popular, creó el semanario Gladium, que en pocos meses alcanzó un tiraje de cien mil ejemplares distribuidos por correos propios.
En mayo de 1925, como recompensa por sus esfuerzos en favor de la Iglesia, el Vaticano condecoró a Anacleto con la cruz Pro Eclessia et Pontifice.
Entre tanto, en la ciudad de México, para contrarrestar las hostilidades del gobierno de Calles, se fundó la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa. Aceptando las propuestas de la Liga, la Unión Popular implementó una táctica de resistencia pacífica similar a la utilizada en 1918: boicot económico, manifestaciones públicas de luto, aislamiento y repudio para los adictos al gobierno y la masonería.
Cuando Calles decidió coartar al la libertad de culto y los obispos decidieron suspender el culto público, las convicciones de Anacleto lo llevaron a sostener la resistencia pacífica. Entonces la Liga le envió un ultimátum para que la Unión Popular apoyara la resistencia armada, pero Anacleto se negó: «En este garito, con esta baraja sucia, me jugaré mi última carta por Dios».
Anacleto veía acercarse la inmolación. El gobierno lo buscaba, y cada vez era más difícil esconderse. Estaba refugiado en la casa de los Vargas González cuando, la madrugada del 1º de abril de 1927, los agentes del gobierno supieron su paradero y lo aprehendieron a él y a otros católicos. Anacleto, al ver sitiada la casa, alcanzó a destruir la documentación más comprometedora.
Fue llevado al Cuartel Colorado. El general Ferreira ordenó que lo torturaran. Lo suspendieron de los pulgares hasta que se le descoyuntaron los dedos, lo flagelaron, le destrozaron la boca y los dientes con la culata de un máuser y le desollaron las plantas de los pies y de las manos con una navaja. Ferreira quería saber nombres de personas comprometidas con la resistencia, centros de acopio y, sobre todo, el paradero del arzobispo Francisco Orozco y Jiménez. Ningún dato pudo arrancarle a Anacleto.
La noticia de su captura corrió por toda por la ciudad, y el magistrado Francisco González logró obtener un amparo en favor de los reos. Aun así, a las dos de la tarde los prisioneros fueron conducidos al paredón. Tras un simulacro de juicio, acusados del secuestro y asesinato del estadounidense E. Wilkins, se les condenó a sufrir la pena capital.
Apuñalaron a Anacleto por la espalda con una bayoneta, perforándole los pulmones y quitándole la vida. Sus últimas palabras fueron: «¡Yo muero, pero Dios nunca muere! ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!».

EL OBSERVADOR 541-9

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Miguel Gómez Loza: esposo y abogado

Al lado de la figura luminosa de Anacleto González Flores, aparece otra, la de Miguel Gómez Loza. Si no fueron hermanos en la carne lo fueron en el espíritu y en el martirio. Compartieron ideales y profesión, pero, sobre todo, los unió su fidelidad a la causa católica.
Miguel nació en Paredones, Jalisco, hoy El Refugio,el 11 de agosto de 1888; fue el menor de los dos hijos del matrimonio formado por Petronilo Loza y Victoriana Gómez. Perdió a su padre siendo niño, haciéndose cargo del hogar la madre, a la que profesaron, él y su hermano, verdadera devoción, tanto que decidieron invertir sus apellidos, de Loza Gómez en Gómez Loza, como homenaje.
Fue acólito, sacristán y catequista; más tarde realizó actividades cívico-sociales en beneficio de la comunidad, por ejemplo, el establecimiento de cajas de ahorros.
Cuando se fue a Guadalajara, se integró al grupo estudiantil de «La Gironda», que dirigía Anacleto. Poco después Miguel estuvo por primera vez preso, acusado de retirar libelos contra la religión de lugares públicos, sustituyéndolos por otros que expresaban lo contrario. En su vida fue encarcelado en más de 60 ocasiones.
Se inscribió en la Universidad Morelos, donde recibió el apodo «el Chinaco» por interrumpir en las aulas la disertación de un señor que ponderaba la trayectoria política de Benito Juárez.
Pronto definió el que sería su campo de acción: el sindicalismo cristiano. Creó una bolsa de trabajo, cajas de ahorro, cooperativas de consumo y el círculo de estudios para obreros «León XIII».
En 1916 se inscribió en la Escuela Católica de Derecho, posteriormente Escuela Libre de Leyes. Participó como socio fundador de la A.C.J.M. En 1917 fundó los círculos obreros «José de Jesús Ortiz», para jóvenes operarios; «Niños Héroes», para aprendices de artesanos; y «Don Bosco», para tipógrafos.
Cuando unos bolcheviques, el 1º de mayo de 1921, colocaron en el asta de la Catedral la bandera rojiginegra, Miguel personalmente retiró la bandera y la hizo pedazos, todo en la presencia de decenas de adversarios, quienes lo molieron a golpes.
En 1922 hizo su examen profesional para obtener el título de abogado y contrajo nupcias con su primer y única novia, Mª Guadalupe Sánchez Barragán, con quien tendría tres hijas.
La Santa Sede le reconoció su destacado apoyo a la causa católica, otorgándole la cruz Pro Ecclesia et Pontifice.
Después del martirio de Anacleto, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa expidió un nombramiento a favor de Miguel Gómez Loza, confiriéndole la gubernatura provisional del estado de Jalisco para los municipios adeptos a dicha resistencia.
El 21 de marzo de 1928, en la ranchería El Lindero, las tropas anticatólicas encontraron a Miguel y a su secretario. Mientras intentaban huir, Miguel, portador de documentos relativos a la resistencia activa de los católicos, intentó destruirlos antes de caer muerto por los disparos recibidos en el pecho y la espalda.

EL OBSERVADOR 541-10

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Luis Magaña Servín: curtidor

Nació en Arandas, Jal., el 24 de agosto de 1902. Fue el primero de tres hermanos. Hijo de Raimundo Magaña Zúñiga y Mª Concepción Servín. Su padre, curtidor de pieles, transmitió el oficio a su primogénito. De la primera parte de la niñez, se recuerda que posó como modelo para el Niño Jesús de una imagen de la Virgen del Refugio que pintaba para la parroquia un diestro en el oficio.
Desde adolescente gustó de la religión. Acudía todos los días a la Misa de cinco de la mañana. Ingresó a la ACJM cuando ésta se fundó en Arandas. El 6 de enero de 1926 se casó con Elvira Camarena Méndez, jovencita de ese mismo pueblo.
En febrero de 1928 un grupo de soldados federales al mando del general Zenón Martínez ocupó la plaza de Arandas, posesionándose del templo parroquial y del curato. El militar decidió dar un escarmiento a los católicos ejecutando a dos de éstos. Informándose, acerca de los pobladores, eligió a José Refugio Aranda y a Luis Magaña Servín.
El mediodía del día 9, los emisarios de Martínez llegaron al domicilio de Luis pero no dieron con él porque se ocultó en un subterráneo que unía su domicilio particular con el de sus padres. Para no irse con las manos vacías, hicieron prisionero a Delfino, el segundo hijo de los Magaña Servín.
Se reunieron Luis y sus padres para deliberar sobre el caso, y Luis tomó la firme determinación de presentarse ante los captores. Para entonces ya tenía un hijo, y venía otro en camino, pero se vistió con sus mejores prendas y pidió al general Martínez la libertad de su hermano a cambio de la suya. El militar aceptó el trato, y sin mayores trámites ordenó que se formara en el atrio del templo para ser ejecutado con el otro prisionero.
Eran las tres y media de la tarde. A Luis le ataron las manos, pero no quiso ser vendado. Hizo uso de la palabra en los siguientes términos: «Yo no he sido nunca ni cristero ni rebelde, como ustedes me acusan. Pero si de cristiano me acusan, sí lo soy, y por eso estoy aquí para ser ejecutado. Soldados que me van a fusilar, quiero decirles que desde este momento quedan perdonados y les prometo que al llegar ante la presencia de Dios serán los primeros por los que yo pida. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!».
Sus palabras fueron interrumpidas por la descarga de los fusiles.

EL OBSERVADOR 541-11

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Luis Padilla Gómez: profesor

Nació en Guadalajara, Jal., el 9 de diciembre de 1899. Fue el último de los siete hijos de los esposos Dionisio Padilla del Castillo y Mercedes Gómez. Se le bautizó como José Dionisio Luis. Tuvo un hermano gemelo que falleció poco después de nacer.
En 1916 se afilió a la A.C.J.M.
Mientras practicaba en León, Gto., los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, experimentó de tal modo la presencia de Dios, que calificó esa jornada como la mejor de su vida. Por notas autógrafas parece que su niñez se tradujo en miedo a la vida y en baja autoestima, además era tartamudo; por eso fueron fundamentales esos ejercicios, que le dieron la certeza de ser objeto del amor de Dios.
Entró al Seminario, pero tenía dudas vocacionales y decidió salirse cuando terminó los tres años de filosofía. Se dedicó entonces a saciar su sed intelectual.
Comulgaba todos los días y frecuentaba la adoración ante Jesús Sacramentado. Corrigiendo su tartamudez, dictó conferencias, impartió cursos, fue declamador, catequista y activo acejotaemero. Colaboró en el en el Seminario de Guadalajara como profesor de literatura, y como corrector de estilo en la prensa católica.
En 1926 pensó regresar al Seminario, pero no fue posible debido a la persecución religiosa. Presidente diocesano de la A.C.J.M. y secretario de la Unión Popular, apoyó la resistencia católica, pero no el uso de las armas.
La madrugada del 1º de abril de 1927 un grupo de agentes federales escaló los muros de la casa de Luis y se lo llevaron. Fue interrogado y enviado al Cuartel Colorado. Caminó al paredón de fusilamiento junto con Anacleto González y los hermanos Jorge y Ramón Vargas.
Cuando le llegó su turno, pidió que lo dejaran confesarse por última vez, pero su solicitud no fue atendida.
Entonces, arrodillado y con los brazos en cruz, perdonó a sus verdugos y recitó el acto de contrición, que interrumpieron los disparos.

EL OBSERVADOR 541-12

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José Sánchez del Río sólo tenía 14 años cuando se convirtió en mártir de Jesucristo Rey del Universo

Nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Mich. Fue el tercero de cuatro hijos del matrimonio de Macario Sánchez Sánchez y María del Río.
Al estallar la cristiada sus dos hermanos mayores, Macario y Miguel, se alistaron en las filas de defensa de la libertad religiosa en la región de Sahuayo. Pero a José no lo admitieron debido a su corta edad.
Durante una peregrinación que José hizo a la tumba de Anacleto González, pidió por su intercesión la gracia del martirio. E insistió más en ser admitido en las filas cristeras. Su madre se oponía, pero José le respondió: «Mamá, nunca como ahora es tan fácil ganarnos el Cielo».
Fue a Cotija para entrevistarse con el general cristero Prudencio Mendoza. Le dijo que si no tenía fuerzas suficientes para cargar el fusil, podía ayudar a los soldados con las espuelas, engrasaría las armas, prepararía la comida y cuidaría los caballos. El General lo admitió.
Además de servir a la tropa, pronto José se convirtió en su clarín y abanderado.
Como el gobierno perseguía a los familiares de los cristeros, José, para proteger a su familia que era conocida y de dinero, hizo que todos sus compañeros lo llamaran José Luis.
En un enfrentamiento con las federales, el 6 de febrero de 1928, casi lograron tomar prisionero a Guízar Morfín porque le mataron el caballo; pero José, bajándose del suyo, se lo ofreció: «Mi general, tome usted mi caballo y sálvese; usted es más necesario y hace más falta a la causa que yo». El general Guízar pudo escapar, pero los federales apresaron a José y lo llevaron a la cárcel de Cotija, donde escribió a su madre y de alguna manera logró hacerle llegar la carta.
Al día siguiente, martes 7 de febrero, fue trasladado a Sahuayo y puesto a disposición del diputado federal Rafael Picazo Sánchez, quien le asignó como cárcel el templo parroquial.
Picazo le presentó varias oportunidades para huir: le ofreció dinero para que se fuera al extranjero, y luego le propuso mandarlo al Colegio Militar. José, sin titubear, lo rechazó.
Picazo sabía que los Sänchez del Río tenían dinero porque había sido su vecino, así que les pidió cinco mil pesos en oro para que rescataran a José. Don Macario Sánchez de inmediato trató de juntar esa cantidad, pero cuando José lo supo, pidió a su familia que no pagaran el rescate porque él ya había ofrecido su vida a Dios.
Esa primera noche de prisión en la parroquia, contempló como se profanaba el templo. Ahí se verificaba todo tipo de desórdenes y libertinajes de la soldadesca; además servía de albergue al caballo de Picazo, y el presbiterio era el corral de sus finos gallos de pelea. Ya entrada la noche, José logró desatarse, mató a los gallos, cegó al caballo y volvió a su rincón. Al día siguiente Picazo se enfrentó a José, quien respondió: «La casa de Dios es para venir a orar, no para refugio de animales». Y al ser amenazado, José respondió: «Estoy dispuesto a todo. ¡Fusílame para que yo esté luego delante de Nuestro Señor y pedirle que te confunda!». Ante esta respuesta uno de los ayudantes golpeó a José en la boca tumbándole los dientes.
El viernes 10 de febrero lo trasladaron al Mesón del Refugio, donde le anunciaron su muerte. Escribió para que su tía Magdalena le llevara el Viático. A las once de la noche le desollaron los pies con un cuchillo, lo sacaron del mesón y lo obligaron a caminar a golpes hasta el cementerio. Los vecinos escucharon cómo José iba gritando por el camino: «¡Viva Cristo Rey!».
Ya en el panteón, el jefe de la escolta ordenó que lo apuñalaran. A cada herida José volvía a gritar: «¡Viva Cristo Rey!».
Por crueldad le preguntaron si quería enviar un mensaje a su papá. José respondió: «¡Que nos veremos en el Cielo! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!». Para acallar aquellos gritos, el jefe sacó su pistola y le disparó en la cabeza. José cayó bañado en sangre. Eran las once y media de la noche del viernes 10 de febrero de 1928.
Carta de José
La envió a su madre cuatro días antes de su martirio:
«Cotija. Lunes 6 de febrero de 1928.
«Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir; pero nada importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios; yo muero muy contento porque muero en la raya al lado de Nuestro Señor. No te apures por mi muerte, que es lo que me mortifica. Antes, dile a mis otros hermanos que sigan el ejemplo del más chico, y tú haz la voluntad de nuestro Dios. Ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú recibe por último el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba».

EL OBSERVADOR 541-13

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Los mártires de San Joaquín
José Trinidad Rangel Montaño: sacerdote


Vino al mundo en el rancho El Durazno, municipio de Dolores Hidalgo, Gto., el 4 de junio de 1887, en el seno de una familia de condición muy humilde. Sus padres fueron don José Eduwiges Rangel y doña Higinia Montaño.
A los 14 años manifestó su deseo de ser sacerdote, pero habiendo encontrado oposición y dificultades de tipo económico, fue hasta los 20 años de edad que ingresó al Seminario, y cuando la persecución carrancista obligó al cierre de estas casas de formación en numerosas diócesis del país, se vio obligado a concluir sus estudios sacerdotales en Estados Unidos. Fue ordenado como presbítero en 1919.
Perteneció a la diócesis de León. Se desempeñó como vicario de Silao y párroco de Jaripitío, entre otros cargos. En la persecución callista encontró refugio en una casa de León que se transformó en un oratorio secreto, donde se celebraba la Misa, se adoraba al Santísimo Sacramento y se confesaba a los fieles. Lo mismo pasó a hacer en otro hogar de San Francisco del Rincón, donde fue descubierto mientras celebraba los oficios de la octava de Pascua. Era el viernes 22 de abril.
Fue detenido y llevado a la prisión de la ciudad de León, en donde dos días después se le unirían el padre Andrés Solá y el laico Leonardo Pérez Larios.
Fue fusilado, por odio a la fe, en un charco de chapopote, el 25 de abril de 1927, en el rancho San Joaquín. Aunque la causa real de su martirio fue porque celebraba el sacrificio de la Santa Misa contradiciendo a las autoridades del país, el gobierno estableció falsamente que su ejecución se debía a que el padre Trinidad Rangel había nada menos que descarrilado un tren en el trayecto de éste a Guadalajara.
Con su muerte glorificó a su Rey y Señor, Jesucristo.

EL OBSERVADOR 541-14

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Leonardo Pérez Larios: empleado comercial

Nació en Lagos de Moreno el 28 de noviembre de 1883; vivió cerca de Encarnación de Díaz y posteriormente en León, Gto., donde trabajó como dependiente en una tienda de ropa; joven piadoso, guiaba y cantaba el rosario en su casa y ayudaba en el arreglo de los templos. Se distinguió por su gran devoción a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen María.
En León ingresó a una asociación mariana de jóvenes en que se hacía un voto privado y temporal de castidad, una hora semanal de adoración al Santísimo, rezar vísperas, cultivar vocaciones y solemnizar las festividades.
Permaneció de soltero hasta los 43 años, cuando fue martirizado.
Visitaba diariamente al Santísimo Sacramento, incluso en tiempos de persecución.
Fue detenido mientras estaba en oración ante el Santísimo, el 24 de abril de 1927, en el oratorio de la casa de las señoritas Alba. Era el Domingo de la Octava de Pascua, y se estaba rezando la Hora Santa.
Los soldados pensaron que era sacerdote, tanto por su manera de vestir como por la devoción con que oraba ante el Santísimo Sacramento. No opuso resistencia alguna y, al ser llevado a la prisión, era injuriado por el jefe militar.
Se le acusó, pues, de ser sacerdote y de estarse preparando para celebrar la Misa y de ser culpable, además, del descarrilamiento del tren de Guadalajara.
Aceptó el «vía Crucis» de su martirio. El día 24 de abril fue transportado en un camión recolector de basura hacia la estación del tren en León, Gto., para ser llevado al lugar de su ejecución cerca de Lagos de Moreno Jalisco, su tierra natal. Fue fusilado al día siguiente, 25 de abril de 1927, en San Joaquín, junto con los padres José Trinidad Rangel y Andrés Solá, en aquel mismo charco de chapopote.

EL OBSERVADOR 541-15

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Andrés Solá Molist: sacerdote español

El padre Solá vino de España a colaborar en las actividades eclesiásticas de la diócesis de León, Gto. Nació en un pequeño pueblo del municipio de Taradell, Barcelona (España), el 7 de octubre de 1895.
Perteneció a la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (claretianos).
Fue destinado por sus superiores a México, a donde llegó el 20 de agosto de 1923. Dejó patria y familia y puso todas sus cualidades al servicio de la predicación, haciéndose notar por su entusiasmo y cuidado pastoral.
Ejerció el ministerio en el Seminario menor de Toluca y como predicador notable. Fue enviado a León en 1924, con el cargo específico de predicador. Por breve tiempo fue como misionero al pueblo de Axtla en San Luis Potosí.
De vuelta a León en el año de 1925, a pesar de las persecuciones desatadas contra la Iglesia mexicana en todo el país —prohibían que sacerdotes extranjeros ejercieran su ministerio—, pero especialmente en la zona del Bajío, el padre Solá decidió ejercer ocultamente su apostolado en casas de amigos. No quiso retirarse de México mientras pudiera ejercer fielmente el ministerio que sus superiores le habían encomendado, pues no debía dejar sin pastor a su grey.
Así, destacó por su audacia e intrepidez, arriesgando su vida en el cuidado y atención a los fieles que estaban privados de sacerdotes y sacramentos.
Después de dos años de ministerio, fue capturado. Al preguntársele, declaró valientemente que era sacerdote, y fue atormentado por los militares.
Su final fue del todo semejante al del sacerdote mexicano José Trinidad Rangel Montaño ; incluso compartieron actividades en la casa de León habilitada como oratorio, y fue ajusticiado el mismo día, en el mismo lugar y bajo idéntica acusación.

EL OBSERVADOR 541-16

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Un mártir veracruzano, Ángel Darío Acosta Zurita: sacerdote

Nació en Naolinco, Ver., el 20 de diciembre de 1908, hijo de Leopoldo Acosta y Dominga Zurita.
A pesar de las limitaciones y los sacrificios propios de su condición humilde, desde pequeño se distinguió por su carácter noble, tranquilo, reflexivo, dócil, servicial, bondadoso, responsable, sociable, extrovertido y cariñoso con su madre. Tenía fama de ser un excelente deportista, y le gustaba en especial el futbol.
Le fue dada la motivación para el sacerdocio por el obispo de Veracruz, que era entonces Mons. Rafael Guízar y Valencia. Él mismo lo ordenó el 25 de abril de 1931 y lo envió como vicario cooperador a la parroquia de la Asunción en la capital jarocha, donde el joven presbítero mostraría su fervor y su bondad.
Apenas tres meses después de su ordenación, el 25 de julio de 1931, el padre Acosta fue sacrificado por los esbirros del gobernador Adalberto Tejeda, quienes se introdujeron al templo y dispararon contra los sacerdotes que atendían una reunión catequística de niños y a muchos adultos que se acercaban a la Confesión. Un sacerdote fue gravemente herido, otro resultó ileso porque estaba detrás del púlpito, y el padre Darío, que salía del bautisterio porque acababa de bautizar a un niño, cayó acribillado por las balas, muriendo instantáneamente. Sólo alcanzó a exclamar: «¡Jesús!».

EL OBSERVADOR 541-17

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La presencia de Benedicto XVI en las beatificaciones de este domingo
Relicarios dignos para nuestro mártires

La presencia del papa Benedicto XVI dentro de la beatificación de los 13 mártires mexicanos, hoy domingo 20 de noviembre, en el estadio Jalisco de la ciudad de Guadalajara, será a través un mensaje especial, enviado por él para este acontecimiento.

Por otra parte, la diócesis de Guadalajara estuvo realizando colectas en los templos para realizar el digno relicario que contendrá desde ahora los restos de los ocho mártires jaliscienses, Anacleto González Flores y compañeros.

Dicho relicario fue confeccionado en metales y cerámica por el artista Jesús Guerrero Santos. Al centro tiene una magnífica flor en colores plata, azul y rojo; lleva una imagen de la Virgen de Guadalupe y, simulando ocho pétalos, se encuentran los ocho espacios para las reliquias de estos ejemplos de vida cristiana. El relicario mide exactamente 1.50 metros de alto, 0.90 de ancho y 0.50 metros en la base.

En la ceremonia se repartiran folletos para seguirla a detalle, y 500 seminaristas prestarán el servicio de ministros extraordinarios de la Comunión, llevando la Eucaristía a los más de 57 mil asistentes que se darán cita en la ceremonia.

Fuente: www.beatificacionesmexico.com.mx

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FIN

 
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