El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
4 de diciembre de 2005 No. 543

SUMARIO

bulletA CUARENTA AÑOS DEL CONCILIO - La inauguración de una nueva edad
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - ¿Somos o no somos de Cristo?
bulletESPECIAL - Concilio Vaticano II: Cuarenta años después... y siempre
bulletESPECIAL - ¿Concilio ecuménico? ¿Qué es eso?
bulletESPECIAL - Diez palabras clave del último concilio
bulletESPECIAL - Los 16 documentos del Vaticano II
bulletESPECIAL - Los enemigos del concilio Vaticano II no se han acabado
bulletESPECIAL - ¿Un Vaticano III?
bulletESPECIAL - «Yo estuve en el Concilio». Testimonio de tres padres conciliares mexicanos
bulletHomosexualidad y admisión al sacerdocio
bulletFAMILIA - Harry Potter, ¿bueno o malo?
bulletPINCELADAS - La flor de la alegría

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A CUARENTA AÑOS DEL CONCILIO
La inauguración de una nueva edad
El Observador / Redacción

El 8 de diciembre de 1965 la Iglesia católica (de Occidente) concluía su vigésimo primer concilio ecuménico y, con ello, ponía su reloj a la hora del mundo. No podría hablarse de un «cambio», porque Jesucristo es el mismo siempre. Pero sí de una «adecuación» del Evangelio a la realidad del siglo XX, el siglo de las guerras y, también, el siglo de los mártires.
El concilio ecuménico es la forma más solemne con la que el colegio episcopal (los obispos de todo el mundo) ejerce su potestad suprema sobre toda la Iglesia. El beato Juan XXIII convocó el Vaticano ll movido por el Espíritu Santo. A los tres meses de haber sido elegido como sucesor de Pedro, el «Papa bueno» tuvo la ocurrencia, en enero de 1959. Todos lo miraron asombrados. El anterior concilio, el Vaticano I, había culminado en 1870. La empresa era titánica. Y podía generar una ruptura al interior de la Iglesia. No la hubo.

Urgía convocar al colegio episcopal

La segunda guerra mundial, el holocausto del pueblo judío, la ascensión del comunismo y del capitalismo salvaje, la división del mundo en dos bloques y la irrupción de una tensión entre corrientes conservadoras y progresistas (la llamada «Nueva Teología») en la Iglesia, hicieron necesaria, urgente, la convocatoria al colegio episcopal para conciliar lo interno y proponer a Jesús como el camino de salvación del mundo.
Quizá la corriente que más crecía en aquel año de 1959 dentro de la Iglesia y que la amenazaba era el ecumenismo. Se buscaba el diálogo, el encuentro, en algunos casos hasta la fusión con otras religiones, pero sin identidad católica: el encuentro por el encuentro mismo. También crecía el papel de los laicos, sus exigencias, mientras que la teología repensaba las fuentes de la Escritura y el pensamiento de los Padres de la Iglesia.

Cuatro años de bendiciones

Se creía que el Vaticano ll iba durar dos o tres meses; duró cuatro años (1962-1965). De los 70 esquemas de discusión elaborados por la comisión preparatoria se desecharon la mayoría. Los dos mil 540 obispos de los cinco continentes (entre ellos el obispo Wojtyla), los 480 teólogos «peritos» (entre ellos el padre Ratzinger), así como los auditores y los representantes de la Reforma y la Ortodoxia, trabajaron en diez sesiones, produjeron 16 documentos. Es decir, tocaron todos los temas de la vida de la Iglesia y le hicieron sentir al mundo que Cristo estaba vivo.
Desde luego, ni todos estuvieron conformes ni todos entendieron cómo aplicar las enseñanzas del concilio Vaticano ll. Los comentarios de los padres conciliares mexicanos (incluidos en este número de El Observador) hacen notar que aún queda mucho camino por andar en lo que respecta a las aplicaciones en la realidad de la Iglesia de los documentos de aquellos tres años intensos y subyugantes. La Tradición, lejos de tambalearse, salió fortalecida. Hubo infidelidades, hubo quienes no le entendieron y hubo quienes apenas si lo tomaron en cuenta, pero, en general, hubo consenso de que el Vaticano ll inauguraba una nueva edad, una nueva era, salía con el rostro rejuvenecido a reconquistar el mundo, a darle la vida de Jesús, el eterno viviente.

EL OBSERVADOR 543-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
¿Somos o no somos de Cristo?
Por Jaime Septién

Uno de los mensajes más bellos del final del concilio Vaticano ll fue el dirigido a los jóvenes del mundo (de aquél y de hoy): «La Iglesia está preocupada porque esa sociedad que van a construir respete la dignidad, la libertad, el derecho de las personas, y esas personas son ustedes...».

Quizá nada exprese mejor el mensaje del Concilio que estas frases —entre doloridas y esperanzadoras— que los obispos dirigían a la juventud de los sesenta: «La Iglesia confía en que encuentren tal fuerza y tal gozo que no estén tentados, como algunos de sus mayores, de ceder a la seducción de las filosofías del egoísmo o del placer; o a las de la desesperanza o de la nada y que frente al ateismo, fenómeno de cansancio y de vejez, sabrán afirmar su fe en la vida y en lo que da sentido a la vida: la certeza de la existencia de un Dios justo y bueno».

Yo aún no nacía cuando Juan XXIII, desde la basílica de San Pablo Extramuros, en Roma, convocaba al Concilio. Era un niño de apenas seis años cuando Pablo VI cerraba el Concilio en la basílica de San Pedro aquel 8 de diciembre de 1965. Sin embargo, al ir creciendo en la fe y en la vida de la Iglesia, viví los mismos encantos y desencantos, tropezones y exaltaciones que millones de jóvenes de los sesenta, que millones de adultos de los cuarenta y los cincuenta. El Concilio no fue un encuentro al interior de la Iglesia: fue un encuentro del hombre con su Salvador.

De pronto, la humanidad entera; más aún, los comulgantes de la Iglesia, nos percatamos de que la Iglesia misma —y con ella Cristo—nos miraba con confianza y amor. En nuestras manos (no en la de los sacerdotes, no en las de los obispos, no en las del Papa exclusivamente) estaba el futuro. La Iglesia era la nueva primavera de un mundo en crisis. Y éramos nosotros, los laicos, los de a pie, los encargados de transmitir el mensaje. Muchos nos revolvimos contra esa responsabilidad. Pero, a la larga, nos dimos cuenta de que la Iglesia estaba viva, no entre los muros y el sagrario sino entre el corazón y los anhelos de verdad del mundo.

Juan Pablo ll: «Se puede decir, con toda propiedad, que el concilio Vaticano ll representa el fundamento y la puesta en marcha de una gigantesca evangelización en el mundo moderno, llegando a una encrucijada nueva en la historia de la humanidad, en la que tareas de una gravedad y amplitud inmensa aguardan a la Iglesia».

Aún hoy nos interpela el mensaje del Vaticano ll. ¿Somos o no somos capaces de hacer que en nosotros, en nuestra Iglesia el mundo vea el rostro de Jesús? ¿Somos o no somos capaces de amar al prójimo como a nosotros mismos? ¿Somos o no somos capaces de llorar con el que llora, gozar con el que ríe, avanzar con el que se derrumba y trabajar por el desalentado, el pobre, el olvidado de la Tierra? ¿Somos o no somos de Cristo?

EL OBSERVADOR 543-2

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ESPECIAL
Concilio Vaticano II: Cuarenta años después... y siempre
El próximo jueves 8 de diciembre se cumplen 40 años de la clausura del concilio ecuménico Vaticano II. No sin razón ha sido considerado por propios y extraños como el acontecimiento fundamental de la historia cristiana del siglo XX, pues su repercusión no alcanzó sólo a la Iglesia sino a otras religiones.

En 2002 Juan Pablo II calificaba al resultado del último concilio como «brújula segura para los creyentes del tercer milenio, ya que representa el punto de constante referencia, y de tal modo que bien puede llamarse el Catecismo del Vaticano II». De este modo, eI Papa nos recordaba el 40 aniversario de la apertura del concilio Vaticano II.
Ahora, ya con Juan Pablo el Grande en la Gloria, y con Benedicto XVI pastoreando la Iglesia de Jesucristo, recordamos la clausura de aquel concilio que en realidad no acaba, que sigue siendo de máxima actualidad para todos los cristianos.
La preocupación que impulsó al papa Juan XXIII a convocar el concilio del siglo XX se solía concretar en el término aggiornamento, la puesta al día de la Iglesia ante un mundo lleno de avances en el campo de la ciencia y de la técnica, que habían revolucionado la vida de la humanidad y que requería una Iglesia adaptada a la nueva situación. El diálogo con el mundo moderno era, ciertamente, un objetivo prioritario; tanto es así, que la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual se convirtió en un punto neurálgico del Vaticano II, pero sin olvidar, lógicamente, que su primera mirada la dirigía la Iglesia sobre sí, precisamente para ser ella misma, es decir, para reconocer la presencia que la constituye, que no es otra que Cristo Señor, el verdadero protagonista del concilio.

Las tres partes que componen todo concilio

En estos 40 años han sido muchos los que, con frecuencia, se han olvidado de ese protagonismo, porque más bien se quedaron en la anécdota sin entrar en la realidad del concilio. ¿Qué necesitaba, y sigue necesitando, el mundo moderno sino al Único capaz de salvarlo? ¿Y qué necesitaba, y necesita, sino que la Iglesia sea lo que es: el Cuerpo de Cristo?
A lo largo de estos 40 años se han podido comprobar esas tres partes de las que todo concilio se compone, según decía con su profunda fe y realismo el papa Juan en los primeros momentos de la preparación del Vaticano II: la primera, la del demonio, que revuelve los papeles; luego, la de los hombres, que los confunden; y, por fin, la del Espíritu Santo, que acaba iluminando y poniendo cada cosa y a cada cual en su sitio.

¡Sorpresa!

La sorpresa de todo el mundo fue enorme cuando, el 25 de enero de 1959, el papa Juan XXIII, a los 77 años de edad y con sólo tres meses de haberse convertido en el vicario de Jesucristo, habló de su intención de convocar un nuevo Concilio.
Este papa sencillo, de origen campesino, que había sido elegido como papa «de transición» después del importante y largo pontificado de Pío XII, lanzaba una idea que él definía «como una flor espontánea de una primavera inesperada».
En su oración para preparar el concilio, el Papa Bueno se refería con acierto a «un nuevo Pentecostés». No debía ser un concilio para combatir algún error doctrinal o alguna ideología anticristiana. Debería ser un concilio de diálogo, de apertura, de reconciliación y de unidad. Por eso el título de «ecuménico»; pero su apertura se extenderá mucho más allá de las coumidades cristianas, llegando a interpelar, como era costumbre del Papa Bueno, a todos los hombres de buena voluntad.
Al asumir la conducción de la nave de Pedro, como «pastor y navegante», Juan XXIII encontraba una Iglesia institucional muy encerrada, atrincherada en su ciudadela santa, con mentalidad muy eurocéntrica. Pero esta misma Iglesia estaba siendo provocada por una serie de fermentos internos y externos que le exigían definirse.
Estaban los fermentos internos, como el renacimiento de los estudios bíblicos en los años 30, la renovación catequística y litúrgica, la Acción Católica y los nuevos impulsos misioneros.
Estaban los fermentos «externos» pero muy cercanos a la misión de cada cristiano y de la Iglesia entera: el ansia de la reconstrucción y del progreso después de la segunda guerra mundial, el nacer de los dos grandes bloques y el comienzo de la guerra fría, el tema del armamentismo y de la falta de recursos para los países más pobres, el neo-colonialismo y el racismo, la explotación del tercer mundo, etc.
El anuncio oficial del concilio no se formuló hasta el año 1961. En el momento de su apertura, el 11 de octubre de 1962, se pensaba en una o a lo sumo dos asambleas, pero habría cuatro, hasta el año 1965, ya que la complejidad y variedad de los temas exigieron un esfuerzo mucho mayor del que se había calculado. La segunda sesión, con la desaparición de Juan XXIII, fue inaugurada por Paulo VI el 29 de septiembre de 1963. La sesión de clausura se celebró solemnemente el 8 de diciembre de 1965.
El concilio Vaticano II ha sido más universal que ninguno, pues todos los continentes estuvieron representados, y se abre a todas las culturas. Incluso el número de padres conciliares fue notable. En la clausura del concilio de Trento eran poco más de 200; en el Vaticano I alrededor de 760, en el Vaticano II toman parte en la ceremonia de apertura 2,540 padres.

Con información de Alfa y Omega, Chasque.net y Rincón del vago.com

*********

El buen humor de Juan XXIII y el concilio Vaticano II

Cuando Juan XXIII proyectó el concilio y comenzaron algunas reticencias, uno de sus más cercanos colaboradores le dijo:

Santidad, eso no se puede hacer para 1963.
Y el Papa no dudó un instante la respuesta:
Estupendo, entonces lo haremos en 1962.
Y así se hizo.

En una audiencia concedida a un grupo de obispos durante la primera sesión del concilio, Juan XXIII advirtió cómo algunas personas estaban preocupadas por el lenguaje violento que muchos obispos usaban en el Concilio:
Pero ¿de qué se preocupan? —les dijo—. No son un grupo de monjas que tienen que estar siempre de acuerdo con la madre superiora.

EL OBSERVADOR 543-3

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¿Concilio ecuménico? ¿Qué es eso?
Un concilio ecuménico es una junta o congreso que reùne a obispos y otros eclesiásticos de la Iglesia entera para deliberar y decidir sobre dogmas y disciplina. Para que un concilio sea ecuménico debe ser convocado por el Papa, presidido por él o por un delegado suyo. El más antiguo concilio ecuménico fue el concilio de Jerusalén, convocado por san Pedro hacia el año 50, en el cual se relevó a los paganos convertidos al cristianismo de las observancias judaicas. La Iglesia ha celebrado otros 21 concilios ecuménicos, que a continuación enlistamos. Los datos considerados para cada uno de ellos son: a. Fecha de apertura y de clausura del concilio. b. Número aproximado de asistentes. c. Papa que convocó el concilio. d. Objetivo principal del concilio.

1. Nicea I
a.
20 de mayo de 325 / 25 de julio de 325.
b. Unos 300.
c. San Silvestre I.
d. Condena del arrianismo. Se formuló el Credo niceno.

2. Constantinopla I
a.
Mayo de 381 / julio de 381.
b. Unos 150.
c. San Dámaso I.
d. Condena del macedonianismo. Credo niceno-constantinopolitano.

3. Éfeso
a.
22 de junio de 431 / 17 de julio de 431.
b. Unos 198.
c. San Celestino I.
d. Condena del nestorianismo. Proclamación de la maternidad divina de María.

4. Calcedonia
a.
8 de octubre de 451 / 1 de noviembre de 451.
b. Unos 600.
c. San León I.
d. Condena del monofisitismo.

5. Constantinopla II
a.
5 de mayo de 553 / 2 de junio de 553.
b. Unos 164.
c. Virgilio.
d. Condena de los «tres capítulos» monofisitas y nestorianos.

6. Constantinopla III
a.
7 de noviembre de 680 / 16 de septiembre de 681.
b. Unos 174.
c. San Agatón I.
d. Condena del monotelismo.

7. Nicea II
a.
24 de septiembre de 787 / 23 de octubre de 787.
b. Unos 350.
c. Adriano I.
d. Condena de los iconoclastas.

8. Constantinopla IV
a.
5 de octubre de 869 / 28 de febrero de 870.
b. Unos 102.
c. Adriano II.
d. Contra Focio.

9. Letrán I
a.
18 de marzo de 1123 / 6 de abril de 1123.
b. Unos 300.
c. Calixto II.
d. Contra el nombramiento de clérigos y obispos al antojo de laicos. (Las investiduras).

10. Letrán II
a.
4 de abril de 1139 / 30 de abril de 1139.
b. Unos mil.
c. Inocencio II.
d. Cisma de Anacleto II. Cuestiones de disciplina y buenas costumbres.

11. Letrán III
a.
5 de marzo de 1179 / 19 de marzo de 1179.
b. Unos 300.
c. Alejandro III.
d. Confirmación de la paz entre el papa y el emperador. Reglas de la elección papal.

12. Letrán IV
a.
11 de noviembre de 1215 / 30 de
noviembre de 1215.
b. Unos 800.
c. Inocencio III.
d. Organización de una Cruzada. Condena de
albigenses y valdenses. Cuestiones de fe y moral.

13. Lyon I
a.
28 de junio de 1245 / 17 de julio de 1245.
b. Unos 150.
c. Inocencio IV.
d. Deposición del emperador. Reformas disciplinarias.

14. Lyon II
a.
7 de mayo de 1274 / 17 de julio de 1274.
b. Unos 200.
c. Gregorio X.
d. Unión con griegos. Cruzada. Cuestiones de fe y moral.

15. Viena
a.
16 de octubre de 1311 / 6 de mayo de 1312.
b. Unos 114.
c. Clemente V.
d. Supresión de los templarios. Cuestiones de fe y moral.

16. Constanza
a.
5 de noviembre de 1414 / 11 de noviembre de 1417.
b. Unos 400.
c. Juan XXIII (el cual sería depuesto).
d. Gran Cisma de Occidente. Condena de Juan Hus y otros.

17. Basilea y Ferrara - Florencia
a.
Basilea: 23 de julio de 1431 / 7 de mayo de 1437. Ferrara: 18 de septiembre de 1437 / 1 de enero de 1438. Florencia: 16 de enero de 1439 / 25 de abril de 1442.
b. Difícilmente cuantificable.
c. Eugenio IV.
d. Unión con la Iglesia de Oriente.

18. Letrán V
a.
10 de mayo de 1512 / 16 de marzo de 1517.
b. Unos 100.
c. Julio II y León X.
d. Contra el seudoconcilio de Pisa.

19. Trento
a.
13 de diciembre de 1545 / 4 de diciembre de 1563.
b. Distinto número según sesiones.
c. Paulo III, Julio III y Pío IV.
d. Protestantismo. Cuestiones doctrinales y disciplinarias.

20. Vaticano I
a.
8 de diciembre de 1869 / 18 de julio de 1870.
b. Unos 650.
c. Pío IX.
d. Infalibilidad del papa. Principios básicos sobre la fe.

21. Vaticano II
a. 11 de octubre de 1962 / 8 de diciembre de 1965.
b. Unos 2500, consideradas todas las sesiones. Asistieron invitados de las iglesias separadas.
c. Juan XXIII.
d. Renovación interna de la Iglesia y aggiornamento.

EL OBSERVADOR 543-4

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Diez palabras clave del último concilio

1. Aggiornamento .- La palabra expresa el esfuerzo de toda la Iglesia para estar al día en la lectura de los «signos de los tiempos» que se presentan en la realidad.
2. Colegialidad.- Los obispos no son subalternos del Papa sino que son responsables pastorales de su Iglesia local. La colegialidad se expresa por medio de algunos organismos a nivel mundial, como el sínodo de los obispos, y, a nivel nacional, como las conferencias episcopales.
3. Diálogo.- El concilio ha promovido un diálogo hacia todas las direcciones. De aquí en más el diálogo será herramienta fundamental del anuncio y de la misión de la Iglesia.
4. Comunión.- El proyecto de Dios es un proyecto de comunión. La Iglesia católica se define como una comunión de Iglesias locales. A nivel más profundo, la Iglesia es comunión con Dios y entre los hombres. La pluralidad y la diversidad son entendidas como elemento positivo.
5. Libertad religiosa.- Una de las más grandes innovaciones del Vaticano II es la afirmación de la libertad religiosa, que va asociada a la libertad de conciencia.
6. Liturgia.- Un deseo de los dos mil 500 obispos presentes en el concilio era llegar pronto a una reforma litúrgica cercana al pueblo, que permitiera su participación. Redescubriendo las antiguas tradiciones litúrgicas, el pueblo vuelve a ser protagonista de las celebraciones y de la vida eclesial.
7. Ecumenismo.- Las diferentes iglesias, en comunión imperfecta pero real con la Iglesia católica, forman parte de la única Iglesia de Cristo. La finalidad del camino ecuménico es la búsqueda de un diálogo serio para favorecer la unidad de los cristianos.
8. Palabra de Dios. - La Palabra de Dios es fundamento de toda la vida cristiana. El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio. Todo el Pueblo de Dios puede y debe acercarse a la Biblia para que ésta ilumine su vida.
9. Pueblo de Dios.- Esta definición de la Iglesia valoriza la condición cristiana de todos los integrantes de la Iglesia, laicos y ministros. Propone también una nueva inserción en la historia y en el mundo, y una nueva configuración de relaciones en el interior de la Iglesia.
10. Presencia.- La Iglesia se percibe como presencia frente a Dios y frente a los hombres. En el mundo esta presencia es una presencia de servicio.

Fuente: Conferencia Episcopal Española / www.sereismistestigos.com


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Los 16 documentos del Vaticano II

Juan XXIII lo dijo bien claro cuando arrancó el concilio para presentar de una manera nueva el mensaje cristiano: «Preocupémonos por lo que une, y dejemos aparte lo que nos divide».

La última vez que el concilio vio y escuchó a Juan XXIII fue el 8 de diciembre de 1962. El papa estaba pálido. Los médicos le habían desaconsejado asistir a la celebración de clausura de la primera sesión. Los obispos le miraban en silencio, conmovidos. Sus últimas palabras para ellos fueron las siguientes: «Un largo camino queda por recorrer, pero ustedes saben que el pastor supremo los seguirá con afecto en la acción pastoral que desarrollarán en cada una de sus diócesis. Nos esperan, ciertamente, grandes responsabilidades, pero Dios mismo nos sostendrá en el camino».

El lunes de Pentecostés, el 3 de junio de 1963, el Papa Bueno moría, pero el nuevo papa, Paulo VI, retomaba con entusiasmo la antorcha del concilio, convocando inmediatamente una segunda sesión para los últimos meses del mismo año. La tercera y cuarta sesión serán, respectivamente, en los últimos trimestres de 1964 y 1965.
Los siguientes 16 decomentos son el fruto inmediato de los cuatro años de diálogo:

Cuatro Constituciones

Constitución: Es un documento que posee un valor teológico o doctrinal permanente.
1 Dei Verbum (El Verbo de Dios) . Sobre la divina revelación.
2 Lumen gentium (Luz de las gentes). Sobre la Iglesia.
3 Sacrosanctum concilium (Sacrosanto concilio). Sobre la sagrada liturgia.
4 Gaudim et spes (Con gozo y esperanza). Sobre la Iglesia en el mundo actual.

Tres declaraciones

Declaración: Es la expresión de una etapa en la investigación y la aclaración.
5Gravissimum educationis (La importancia de la educación). Sobre la educación cristiana.
6 Nostra aetate (Nuestra e´poca). Sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas..
7 Dignitatis humanae (La dignidad humana) . Sobre la libertad religiosa.

Nueve decretos


Decreto: Es una decisión o un conjunto de decisiones que tienen un alcance práctico normativo o disciplinar.
8 Ad gentes (A las gentes). Sobre la actividad misionera de la Iglesia.
9 Presbyterorum Ordinis (El Orden de los presbíteros). Sobre el ministerio y la vida de los presbíteros.
10 Apostolicam actuositatem (La actividad apostólica). Sobre el apostolado de los laicos.
11 Optatam totius (Depende de todos). Sobre la formación sacerdotal.
12 Perfectae caritatis (La caridad perfecta). Sobre la adecuada renovación de la vida religiosa.
13 Christus Dominus (Cristo Señor). Sobre el ministerio pastoral de los obispos.
14 Unitatis redintegratio (La restauración de la unidad). Sobre el ecumenismo.
15 Orientalium Ecclesiarum (de las Iglesias orientales). Sobre las Iglesias orientales católicas.
16 Inter mirifica (Entre los maravillosos ...). Sobre los medios de comunicación social.

EL OBSERVADOR 543-6

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Los enemigos del concilio Vaticano II no se han acabado
Cada vez que Dios suscita una obra en miras de nuestra salvación, el Maligno se alebresta y trata de meter su cuchara. A eso hay que agregar las incomprensiones, muy propias de la naturaleza humana. Por eso nada tiene de extraño que en torno al concilio Vaticano II hubiera y haya diversos opositores.

Ya lo dijo William Shakespeare: «aunque seas casto como el hielo y puro como la nieve, no escaparás de la calumnia». Por eso se ha dicho de todo contra la Iglesia y contra el concilio Vaticano II. En palabras de Paulo VI: «Nosotros hubiésemos creído que el día siguiente del Concilio hubiese sido un día de sol para la Iglesia. Pero encontramos nuevas tormentas».

Ataques a Juan XXIII

En torno al Papa Bueno se dice lo siguiente:
a) El conclio no tuvo validez, porque el Papa que lo convocó, Angelo Roncalli, pertenecía a la secta de los masones desde que era nuncio en Turquía, de manera que se trató de un vicario de Cristo ilegítimo.
b) El conclilio fue una farsa, ya que Juan XXIII ni siquiera pertenecía a la Iglesia católica, sino a la orden de los rosacruces. Además era un médium, ya que en 1935, en un ritual de iniciación en un templo rosacruz, se puso a hablar con una voz que no era la suya y a decir largas profecías.

Respuesta: Absolutamente todos los documentos que «demuestran» que Angelo Roncalli perteneció ya sea a los masones o bien a los rosacruces aparecieron por arte de magia no en tiempos del Papa sino años después de su muerte. Por ejemplo, Las Profecías del Papa Juan, de Pier Carpi, se publicó hasta el año 1976 (algunas revistas New Age andan diciendo que en 1968), es decir, 13 años después del deceso del pontífice y 41 años después de que dichas «profecías» fueran pronunciadas. Si los enemigos del Papa Bueno estaban seguros de la falsedad de éste, ¿por qué esperaron tantos años para delatarlo? ¿Por qué no mostraron las «pruebas» en vida del Papa para que éstas adquirieran carácter legítimo?
Muy al contrario de lo que afirman sus calumniadores, Juan XXIII fue un auténtico cristiano, muerto «en olor de santidad». Su causa avanzó pronto y, tras la realización de un milagro por su intercesión, fue beatificado el año 2000. En el 2001, cuando sus restos fueron exhumados, se halló que su cuerpo estaba incorrupto después de 38 años de sepultura. Se trata de un fenómeno que no ocurre entre rosacruces, masones, budistas, protestantes, etc., sino exclusivamente en la Iglesia católica, pero sólo en algunos hombres y mujeres de probada santidad, como santa Bernardita, san Vicente de Paul, etc.

Los «dueños» del concilio

Según esto, el concilio no estuvo en manos de los católicos:
a) Los judíos.- Judíos radicales anticristianos, de esos que san Pablo llama «enemigos de todos los hombres» (2 Tim I, 15), tomaron el control del concilio Vaticano II, y hasta convencieron al papa Roncalli de que se admitiera un texto absolviendo a los judíos del deicidio del Viernes Santo. Además, Paulo VI estuvo muy contento con eso porque era de ascendencia judía, y hasta en ocasiones vestía el efod, insignia propia del sumo sacerdote en la religión judía.
b) Los protestantes.- Aquellos hermanos separados que fueron invitados, convirtieron lo que debió ser un concilio católico en un concilio protestante, ya que lograron, entre otras cosas, que la Misa dejara de ser Sacrificio para converirse en apenas un memorial, según el deseo de Lutero, expresado en 1523: «La Misa no es un Sacrificio... Hay que llamarla Bendición Eucarística o Cena del Señor, o Memorial del Señor. Dadle cualquier otro título que queráis, con tal de que no lo manchéis con el título de Sacrificio».

Respuesta: Las acusaciones se contradicen, pues si se acepta que el control lo tuvieron los judíos, entonces los protestantes no lo tuvieron, y viceversa. En cuanto a la «cena del Señor» que celebran los protestantes, no es mas que un recuerdo de lo que hizo Jesús en la Última Cena. Pero cuando el Vaticano II afirma que la Eucaristía es «memorial» no por eso la está convirtiendo en un simple recuerdo al estilo protestante, sino que afirma aquello que dijo Jesús: «Hagan esto en memoria Mía». El concilio en ningún momento enseña que, por el hecho de que la Misa sea memorial, deja a la vez de ser el verdadero Sacrificio de la Cruz.

La «Virgen» y «Jesús» satanizan el concilio

Según los mensajes de «Nuestra Señora de las Rosas, María, Auxilio de las Madres», en las apariciones a la seglar Veronica Lueken, en Bayside (Brooklyn, EU), el concilio Vaticano II fue una puerta abierta al error:
«Habéis empezado con buenas intenciones en vuestro concilio, pero os engañaron en vuestra búsqueda de paz y hermandad. Permitisteis que toda clase de error lentamente entrara en la Casa de mi Hijo, la Iglesia» (5 de junio, 1976).
«Hijos míos, el concilio Vaticano II fue iniciado con buenas intenciones, pero las puertas fueron abiertas a toda clase de herejes» (25 de julio, 1977).
«Satanás estuvo presente; él escuchó con oídos cuidadosos durante el gran concilio. ¡Él atendió cada movimiento, y colocó a sus agentes entre vosotros!» (14 de agosto, 1974 )
Verónica también recibió mensajes de «Jesucristo», entre ellos:
«Sí, hija mía, aún con el segundo concilio Vaticano. Comenzó con las mejores resoluciones, pero entonces Satanás se apoderó de la escena» (25 de julio, 1985 ).
«Satanás entró en mi Iglesia sobre la tierra. Él trajo consigo a sus agentes, y Satanás mismo, —el engañador de toda la humanidad— se sentó también en el concilio (Vaticano II) y manipuló a todos los de afuera a entrar y distorsionar mis doctrinas y distorsionar la verdad» (18 de junio, 1986).

Respuesta: Nadie niega, comenzando por el propio Juan XXIII, que el concilio Vaticano II fue atacado por Satanás desde antes de que comenzara, y tampoco se descarta la posibilidad de que algunos de los padres conciliares, en lugar de dejarse guiar por el Espíritu Santo, obedecieran a intereses ajenos a la Iglesia, y es que en ella siempre hubo y siempre habrá pecadores (pensemos en san Pedro, que negó a Jesús) y traidores (Judas cambió a Dios por 30 monedas de plata). Pero la promesa divina está ahí: «Tú eres roca, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Las apariciones de Bayside desdicen este pasaje al asegurar que en el concilio los poderes de Satanás se apoderaron de la Iglesia.
Las apariciones a Verónica Lueken ya han sido condenadas por la Iglesia. Curiosamente, otras apariciones —también desaprobadas—, las de «La Dama Blanca de la Paz», en Peña Blanca, Chile, cuyo vidente fue Miguel Angel Poblete, condenan como «falsas apariciones» las de Bayside. ¿Debemos creerle a Verónica o debemos creerle a Miguel? A ninguno.

Juan Pablo y Benedicto, los «enemigos»

Como no se pudo destruir a la Iglesia hablando mal del Vaticano II, se echó a andar un nuevo plan: alabar el concilio y criticar a los últimos Papas.
De Juan Pablo II se ha dicho que durante su pontificado desmontó la democratización eclesiástica y el diálogo, que habían sido promovidos por el concilio.
De Benedicto XVI se afirma que también está en contra del Vaticano II, y que hasta piensa regresar a la Misa en latín.

Respuesta: El cardenal Wojtyla, participó formulando uno de los principales documentos del concilio. ¿Cómo iba a convertirse de pronto en enemigo de lo que ´él mismo construyó? Además, el Vaticano II habló de colegialidad, no de democratización. La Iglesia no es una democracia, porque su dueño no es el pueblo, sino Dios.
Quien diga que Juan Pablo II se cerró a la aplicación del concilio y al diálogo francamente desconoce por completo la vida del Papa.

Por su parte, Ratzinger asistió al Vaticano II como asesor teológico del cardenal de Colonia, y pertenece a la generación que ha aplicado el concilio. En cuanto a la Misa en latín, en ningún documento conciliar se acordó la eliminación total del latín, ni se declararon ilícitos los ritos litúrgicos anteriores.

(D.R.G.B.)


EL OBSERVADOR 543-7

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¿Un Vaticano III?
No tendría sentido una concilio Vaticano III cuando aún no se termina de aplicar el Vaticano II

Según una nota de la Agencia EFE, publicada el pasado 22 de noviembre, el concilio Vaticano II «revolucionó y encaminó hacia el tercer milenio a la Iglesia católica, que está dividida entre los que abogan por un Vaticano III y los que piensan que la riqueza de los documentos emanados entre 1962 y 1965 todavía no ha sido asimilada».

El nuevo concilio buscaría, según la misma nota, «dar respuesta a asuntos como el celibato o el sacerdocio de la mujer. Aunque Juan Pablo II los ha dado por cerrados, amplios sectores de la Iglesia piden cambios, así como en otros aspectos de la familia, como es el control de la natalidad». Aunque otros abogan por cuestiones menos controversiales: «Para dar el empujón final a cuestiones aún no encarriladas y buscar nuevas fórmulas de colegialidad para el gobierno de la Iglesia».

En los últimos años algunas personalidades de la Iglesia han propuesto la realización de un Vaticano III. Entre ellos:

+ El cardenal Carlo María Martini, quien lo solicitó durante el sínodo de obispos de Europa como un instrumento colegial «más universal» para que los obispos, «todos juntos», puedan tratar las materias más candentes de la vida social y eclesial, entre ellas la participación de los laicos y las mujeres en la Iglesia, la sexualidad, la disciplina del matrimonio y el ecumenismo.
+ El cardenal Stephen Fumio Hamao, presidente del Pontificio Consejo de la Pastoral para los Migrantes e Itinerantes.
+ El cardenal Karl Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana: «Hace tiempo me parecía inútil pedir la convocatoria de un concilio Vaticano III. Sin embargo, seguramente ha llegado ya el momento de pensar de qué manera deberá tomar la Iglesia sus decisiones en el futuro sobre algunas cuestiones fundamentales de la pastoral». Considera que el primer tema que se debe abordar es el del primado del Papa, ya que es uno de los mayores obstáculos para el diálogo ecuménico. Cree que se «podrían cambiar las normas sobre las que se basa el ejercicio de este primado, aunque quedara intacto el fundamento».
+ El obispo holandés Marti-nus Muskens, de la diócesis de Breda, que se ha pronunciado a favor de la derogación de la ley del celibato y quiere que el asunto se ventile en un nuevo concilio.
+ El presbítero Gustavo Gutiérrez, teólogo peruano, uno de los iniciadores de la teología marxista de la liberación.
+ El cardenal Paulo Evaristo Arns.
+ El obispo emérito de San Cristóbal, Samuel Ruiz.

Razones para un «no»

En contra de un nuevo concilio se han mostrado Benedicto XVI (desde sus tiempos de cardenal) , Dionigi Tettamanzi (arzobispo de Milán) y el colombiano Darío Castrillón Hoyos (prefecto de la Congregación para el Clero), al considerar que es «prematuro», además de que supondría la interrupción de la vida de la Iglesia, y que el Vaticano II aún no se ha agotado.

Andrea Tornielli, en El Siglo de Torreón, hace una interesante aportación sobre la poca atención que se ha puesto al Vaticano II y de lo poco práctico que resultaría, por tanto, el inicio de un Vaticano III.

Escribe: «Existe una gran cantidad de teólogos que continuamente se refieren al Vaticano II, a su 'espíritu', pero que escriben y publican toda índole de afirmaciones contrarias a la letra del mismo Concilio. Un ejemplo claro de lo que está ocurriendo fueron las reacciones suscitadas ante la publicación de la declaración Dominus Iesus (...) que reafirmaba la 'unicidad salvífica de Jesucristo' y repetía que la Iglesia de Cristo sólo puede existir en plenitud en la Iglesia católica. Texto que fue cuestionado por 73 teólogos (...) El documento fue definido por tales teólogos como 'más próximo al Syllabus de Pío IX, que al documento del concilio Vaticano II'. Lo interesante es, sin embargo, que la totalidad de las afirmaciones contenidas en Dominus Iesus se sustenta, precisamente, en textos del concilio Vaticano II. (...) El ejemplo mencionado demuestra cuánto trabajo más habrá que realizar aún para que el Vaticano II sea conocido, profundizado y asimilado en sus verdaderos textos y no sólo en su supuesto 'espíritu', dado que no puede existir un 'espíritu' del Concilio que contradiga la 'letra' del mismo.

«Lo anterior, adicionalmente, evidencia cuán utópicos son los deseos y esperanzas de quienes querrían un nuevo Concilio, un Vaticano III».

Otro ejemplo de la confusión existente y de la necesidad de aclarar las cosas antes de convocar a un nuevo concilio fue lo ocurrido con Kerry, el «católico» que fuera candidato a la presidencia de EU y que se mostraba a favor del aborto.Cuando el arzobispode Denver, Charles Chaput, lo cuestionó al respecto, Kerrry respondió que su libertad de apoyar el aborto se fundamenta en el Vaticano II, porque este le habían enseñado que tenía «libertad de conciencia», y que su «conciencia» le decía que el aborto estaba bien. Monseñor Chaput le respondió sabiamente: Los católicos que apelan al espíritu del Vaticano II y aducen estar escuchando a sus conciencias cuando ignoran la enseñanza católica en temas públicos de vital importancia, deberían revisar lo que el Concilio realmente dijo». (D.R.G.B.)

********


Qué dice el Papa de la realización de un nuevo concilio

Así respondió Joseph Ratzinger, nuestro actual Benedicto XVI, cuando aún era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

«No hemos realizado suficientemente la herencia del Vaticano II; estamos trabajando todavía para asimilar e interpretar bien esta herencia, pues los procesos vitales requieren tiempo. Una medida técnica se puede aplicar rápidamente, pero la vida tiene caminos mucho más largos. Se requiere tiempo para que crezca un bosque, se requiere tiempo para que crezca un hombre... De este modo, estos caminos espirituales, como el de la asimilación de un concilio, son caminos de vida, que tienen necesidad de una cierta duración, y que no se pueden recorrer de un día para otro. Por eso creo que no ha llegado el momento de un nuevo concilio. Éste no es el problema primario, pero sería también un problema práctico. En el Vaticano II tuvimos dos mil obispos y era ya sumamente difícil poder tener una reunión de diálogo; ahora tendríamos cuatro mil obispos y creo que habría que inventar técnicas para el diálogo.

«Quisiera recordar algo que sucedió en el siglo IV, siglo de grandes concilios. Cuando invitaron diez años después de un concilio a san Gregorio Nazianceno a participar en un nuevo concilio, dijo: '¡No! Yo no voy. Ahora tenemos que seguir trabajando sobre el otro. Tenemos tantos problemas. ¿Para qué queréis convocar inmediatamente otro?'. Creo que esta voz algo emotiva nos muestra que se requiere tiempo para asimilar un concilio».

EL OBSERVADOR 543-8

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«Yo estuve en el Concilio». Testimonio de tres padres conciliares mexicanos

Tres preguntas sobre el concilio Vaticano II a 40 años de su realización.

1. ¿Cuál es su recuerdo del cierre del Concilio?
2. ¿Cuál piensa usted que fue la principal aportación del Concilio a la vida de la Iglesia?
3. ¿Qué elementos del Concilio aun faltan por llevar a cabo en la Iglesia?

Don Arturo Szymanski Ramírez, Arzobispo emérito de San Luis Potosí

1.
Mi recuerdo es de una gran alegría que se notaba en todos los que estuvimos en su clausura, y para mí representó una gracia muy especial de Dios, gracia que nunca en mi vida me había esperado pues era una de las personas que, en vivo y a todo color, participaba en el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, en el vigésimo primer concilio ecuménico en la vida de la Iglesia, el primer concilio que quiso ser fundamentalmente pastoral y el único del siglo, ya que el anterior (Vaticano I), se había realizado en el siglo XIX, Creía que se había logrado lo que el hoy beato papa Juan XXIII se proponía al convocarlo: «Abrir las ventanas de la Iglesia para que entrara aire fresco», aunque con cierto temor, de parte de más de alguno, de que entraran otros airecillos.
También se lograba que la Iglesia comenzara a ser noticia lo que antes, por lo menos en México, no lo era.
Creo que siguen siendo válidas las palabras del gran pontífice Paulo VI, del 7 de diciembre de 1965, en la sesión de clausura del Concilio: «La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión del hombre que se hace dios».

2. Sin duda que fueron los documentos de él emanados, que deberán ser conocidos al menos por toda la Iglesia y no sólo por los obispos, presbíteros y religiosos (as). ¿Cuántos entre los miembros de la Iglesia quedarían reprobados al hacerse un examen sobre el conocimiento de los documentos conciliares (4 constituciones, 9 decretos y 3 declaraciones), todos tan importantes para el mundo, y de su profundización y aplicación?
Es mi convicción aún válida de que tener los documentos del Concilio, profundizarlos y aplicarlos, es una necesidad actual si queremos tener una Iglesia verdaderamente «aggiornata» (puesta al día), y esto más ahora.
En el Concilio, aunque hubo puntos de vista encontrados en varias materias, todo se hizo en un plan que tendía a que hubiese mayor caridad entre los cristianos y en especial dentro de la Iglesia ¿Se habrá logrado esto?
El papa Paulo VI, en la clausura del Concilio, dijo: «Esta es la esperanza que nos alienta en la conclusión de este Concilio Ecuménico Vaticano II y el principio de la renovación humana y religiosa que se ha propuesto estudiar y fomentar… y así esperamos que sea para la humanidad entera, a quien hemos aprendido a amar y servir mejor».

3. Esta pregunta juzgo deberíamos hacernos cada uno de los cristianos para ver los pros y los contras que se han vivido después de él. Se me ocurre sería una labor muy positiva si se promoviese esta cuestión a la generalidad de las personas y con ella se lograse que con los documentos del Concilio en la mano se dijese lo que falta por realizar o se ha realizado mal de la constitución Sacrosanctum concilium (sobre la Sagrada Liturgia), el decreto Inter mirifica (sobre los medios de comunicación), la constitución dogmática Lumen gentium (sobre la Iglesia), el decreto Orientalium Ecclesiarum (sobre las iglesias orientales católicas), el decreto Unitatis redintegratio (sobre el ecumenismo), el decreto Christus Dominus (sobre el ministerio pastoral de los obispos), el decreto Perfectae caritatis (sobre la vida religiosa), el decreto Optatam totius (sobre la formación sacerdotal), la declaración Gravissimum educationis (sobre la educación cristiana), la declaración Nostra aetate (sobre las religiones no cristianas), la constitución dogmática Dei Verbum (sobre la Divina Revelación), el decreto Apostolicam actuositatem (sobre el apostolado de los seglares), la declaración Dignitatis humanae (sobre la libertad religiosa), el decreto Ad gentes (sobre la actividad misionera de la Iglesia), el decreto Presbyterorum Ordinis (sobre los presbíteros), y la constitución pastoral Gaudium et spes (sobre la Iglesia y el mundo moderno).
Puse en ese orden los documentos porque así fueron aprobados y estoy seguro que viéndolos con espíritu crítico para captar lo hecho, bien o mal, y lo que falta por hacerse los cristianos tendrán una materia maravillosa para su fortalecimiento y vivencia de la fe.
Cuando uno se pregunta: ¿Es válido hablar seriamente de un tiempo de antes y otro de después del Concilio, ignorando la vida de la Iglesia anterior a él?, esta pregunta tiene una respuesta negativa, según lo expresó el eminente teólogo que nada tenía de conservador Hurs von Balthasar, nombrado cardenal por Juan Pablo II, que dijo: «Hemos de colocarnos en el centro de la Iglesia que no cambia ni cambiará nunca en lo esencial, porque ella es la tradición viva que se apoya en la fidelidad a la fe y en la adaptación pastoral».

Card. Ernesto Corripio Ahumada, Arzobispo emérito de México

1. Alegría, satisfacción, gozo por haber participado en la realización de esta obra que tanto beneficio ha aportado a toda la Iglesia. El haber respondido a muchas de las interrogantes que presentaban todos los participantes, algunas de las preguntas que se suscitaban eran referentes a la Liturgia de Iglesia; y al presentarlas, ante todos, seguían siendo una incógnita, ya que no descubrían el verdadero sentido que tenían esas cuestiones.

2. Poner al alcance de los fieles el profundo significado que encerraban las fórmulas, pronunciadas en los rituales usados por los sacerdotes al administrar cada uno de los sacramentos, y entenderlos en su misma lengua.

3. Hace falta que los fieles profundicen en la riqueza y en los elementos que encierra el documento conciliar, para ser comprendido en todo el sentido que tiene, con todas sus profundas verdades, como las relacionadas con la Sagrada Eucaristía.
Sería necesario ir enumerando, uno por uno, todos aquellos elementos propios del mismo Concilio, para llegar a la consideración de los elementos que deben llegar a profundizarse cada vez más en cada uno de los temas tratados.

Don Samuel Ruiz García, Arzobispo emérito de San Cristóbal de las Casas

1. Recuerdo la clausura del Concilio como un gran momento de la Iglesia: la jerarquía de la Iglesia toda estaba ahí presente, con un gran número de feligreses representando al laicado de todo el mundo.
En ese marco, las palabras del papa Paulo VI clausurando el evento resonaron solemnes: «…el concilio Vaticano II debe ser considerado, sin duda alguna, como uno de los acontecimientos más importantes de la Iglesia. En efecto, ha sido el más grande por el número de padres venidos a la Sede de Pedro, desde todas las partes del globo….; el más rico en temas…; fue, en fin, el más oportuno, porque, teniendo en cuenta las necesidades de esta época, ha atendido sobre todo a las necesidades pastorales y, alimentando la llama del amor, se ha esforzado grandemente por llegar con ánimo fraterno a los cristianos todavía separados de la comunión de la Sede Apostólica, y también a toda la familia humana» (8 de diciembre 1965. Breve pontificio in Spiritu Sancto, Paulo VI).

2. Pienso que la principal aportación ha sido el haber dirigido la Iglesia hacia el mundo. La dimensión pastoral fue lo más importante, pues el Concilio no tuvo como preocupación condenar eventuales errores teológicos, sino dirigirse hacia el mundo para tener un mutuo diálogo iluminador, al darse un nuevo momento histórico en la humanidad. La Iglesia viene definida como un PUEBLO DE DIOS, con una jerarquía orientada hacia el servicio, que habla en su liturgia la misma lengua del pueblo de Dios; con un laicado que participa en el incremento de la Iglesia y en la misión salvífica de la misma; Iglesia esencialmente misionera, cuya actividad tiene como objetivo revelar a los hombres a Cristo haciendo que surjan iglesias «autóctonas», encarnadas en la cultura con el mismo afecto con que Cristo se unió, por su encarnación, a las determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió. El Concilio se dirigió a todos los hombres estableciendo un diálogo con ellos, para dar testimonio de la verdad.
Por otra parte, la emergencia de los pobres hace que sea propuesta la opción de la Iglesia por ellos, como un punto nuclear del Concilio. Los obispos de América Latina, en la reunión del CELAM en Medellín, retoman esta opción y la proclaman como una opción prioritaria con un anuncio del Evangelio que debe ser anuncio liberador.

3. La encarnación de la Iglesia en las culturas es una tarea que no sólo debe aplicarse en la frontera de la Iglesia, sino hacerse una realidad también en la cultura occidental, que no es monolítica. Debe continuarse un respetuoso diálogo con las confesiones cristianas y con las religiones existentes en el mundo, reconociendo en ellas una presencia salvífica de Dios. Tiene que continuar modificando sus estructuras para aparecer y ser una Iglesia de los pobres; haciendo posible que tengan éstos una real participación en el proceso de decisiones al interior de la misma. Debe continuar estimulando el reconocimiento y respeto a los derechos humanos, no sólo en la sociedad; sino al interior de ella misma.

EL OBSERVADOR 543-9

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Homosexualidad y admisión al sacerdocio
El pasado martes la Iglesia hizo pública la «Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las Órdenes Sagradas», que a continuación se resume.

La presente instrucción no pretende tratar todas las cuestiones de orden afectivo o sexual que requieren atento discernimiento a lo largo del período formativo. Contiene únicamente normas acerca de la admisión o no al Seminario y a las Órdenes Sagradas de candidatos con tendencias homosexuales profundamente arraigadas.

1. Madurez afectiva y paternidad espiritual.- A través del sacramento del Orden, el sacerdote representa sacramentalmente a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia. El candidato al ministerio ordenado debe, por tanto, alcanzar la madurez afectiva, que le capacitará para situarse en una relación correcta con hombres y mujeres, desarrollando en él un verdadero sentido de la paternidad espiritual en relación con la comunidad eclesial que le será confiada.

2. La homosexualidad y el ministerio ordenado.- El Catecismo de la Iglesia Católica distingue entre los actos homosexuales y las tendencias homosexuales. Respecto a los actos, enseña que en la Sagrada Escritura son presentados como pecados graves. La Tradición los ha considerado siempre intrínsecamente inmorales y contrarios a ley natural. Por tanto, no pueden ser aprobados en ningún caso.
Por lo que se refiere a las tendencias homosexuales profundamente arraigadas, que se encuentran en un cierto número de hombres y mujeres, son también objetivamente desordenadas.
A la luz de estas enseñanzas, este dicasterio, de acuerdo con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos cree necesario afirmar claramente que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la llamada cultura gay.
De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que pueden derivar de la ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Si se tratase, en cambio, de tendencias homosexuales que fuesen sólo la expresión de un problema transitorio, como, por ejemplo, el de una adolescencia todavía no terminada, éstas deberán ser claramente superadas al menos tres años antes de la ordenación diaconal.

3. El discernimiento de la idoneidad de los candidatos por parte de la iglesia.- El solo deseo de llegar a ser sacerdote no es suficiente y no existe un derecho a recibir la Sagrada Ordenación. Compete a la Iglesia, responsable de establecer los requisitos necesarios para la recepción de los sacramentos instituidos por Cristo, discernir la idoneidad de quien desea entrar en el Seminario, acompañarlo durante los años de la formación y llamarlo a las Órdenes Sagradas, si lo juzga dotado de las cualidades requeridas.
La formación del futuro sacerdote debe integrar, en una complementariedad esencial, las cuatro dimensiones de la formación: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Teniendo presente el parecer de aquéllos a los que se ha confiado la responsabilidad de la formación, el obispo o el superior mayor, antes de admitir al candidato a la ordenación, deben llegar a formarse un juicio moralmente cierto sobre sus aptitudes. En caso de seria duda a este respecto, no debe admitirlo a la ordenación.
El director espiritual, en los coloquios con el candidato, debe recordarle de modo muy particular las exigencias de la Iglesia sobre la castidad sacerdotal y la madurez afectiva específica del sacerdote, así como ayudarlo a discernir si posee las cualidades necesarias. Tiene la obligación de evaluar todas las cualidades de la personalidad y cerciorarse de que el candidato no presenta desajustes sexuales incompatibles con el sacerdocio. Si un candidato practica la homosexualidad o presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas, su director espiritual, así como su confesor, tienen el deber de disuadirlo, en conciencia, de proceder a la ordenación.
Ciertamente, el candidato mismo es el primer responsable de la propia formación. Sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo, a la ordenación.

Conclusión.- Los obispos, las conferencias episcopales y los superiores mayores vigilen para que las normas de esta instrucción sean observadas fielmente para el bien de los candidatos mismos y para garantizar siempre a la Iglesia sacerdotes idóneos, verdaderos pastores según el corazón de Cristo.

EL OBSERVADOR 543-10

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FAMILIA
Harry Potter, ¿bueno o malo?
¡Lo que los padres de familia no sabían sobre este personaje!
Por David Ruiz

Se han vendido unos 76 millones de copias de las novelas de Harry Potter, de la escritora Joanee K. Rowling, y hay traducciones en 42 idiomas.

Los que están en pro de Harry dicen que la creación de Rowling es ingeniosa, con pensamientos provocadores, entretenida, y que extiende la imaginación del niño y del adolescente, y que incluso retiene una cierta moralidad. Además, que el éxito introdujo una generación adicta al mundo de la lectura.

La serie de Harry Potter presenta un mundo de brujería y hechicería en una luz positiva, e incita a niños y adolescentes a que se aventuren en la actividad oculta.

En una entrevista publicada en la revista internacional Newsweek, un portavoz de la Federación Pagana de Inglaterra informó que recibe un promedio de cien preguntas por mes de niños y adolescentes que quieren volverse brujas, un fenómeno inaudito que él atribuye en parte a los libros de Harry.

La propia escritora de los libros ha expresado su sorpresa por el volumen de correos que recibe de niños y adolescentes que le escriben como si los personajes fueran reales y le preguntan cómo ellos podrían entrar en la escuela para volverse brujas y magos.

En realidad, la magia es un esfuerzo por evitar las limitaciones de la naturaleza humana y la autoridad de Dios, con el fin de obtener poder sobre la creación a través de la manipulación. La magia es un rechazo fundamental del orden divino. En el primer libro de Samuel (I S 15, 23) la adivinación se iguala con el espíritu de rebelión. El Catecismo de la Iglesia católica dice que «toda práctica de magia y hechicería, por la cual se intenta dominar los poderes ocultos para ponerlos al servicio de uno y tener un poder sobrenatural encima de otros... es gravemente contrario a la virtud de la religión» (n. 2117; cfr. 2110-2116 y 2138).

En su libro Un exorcista cuenta su historia, el padre Gabriele Amorth, exorcista de la diócesis de Roma, advierte: «El número de aquéllos que son afectados por el Maligno ha aumentado grandemente... Es un hecho muy conocido que, donde la religión retrocede, los procesos de superstición son más evidentes. Nosotros podemos ver la proliferación, sobre todo entre niños, adolescentes y jóvenes, que están influenciados por el espiritismo, la brujería y lo sobrenatural».

El padre Amorth no duda en afirmar que las influencias culturales como las películas, la televisión, la música y los libros no son una parte pequeña en la amenaza contra la vigilancia espiritual. «Yo pude verificar personalmente lo grande que es la influencia de estas herramientas de Satanás para con los niños y adolescentes», escribe. «Es increíble cómo se ha extendido la brujería y el espiritismo en todas su formas, inclusive en las escuelas».

La brujería es uno de los medios más comunes usados por el diablo para ligar a los hombres con ´él y deshumanizarlos. Directa o indirectamente la brujería es un culto a Satanás.

¿Por qué, entonces, nosotros, padres de familia, presumimos que una serie de libros como la de Harry Potter no puede afectar a un lector joven? ¿Por qué asumimos que tales novelas no tienen ninguna consecuencia?

Gabriele Kuby, sociólogo alemán, en su libro Harry Potter, bueno o malo, dice que los libros de esa serie corrompen los corazones de los niños y adolescentes obstaculizando el desarrollo de un sentido bien ordenado del bien y el mal, y que, por tanto, dañan su relación con Dios. Además, según Kuby, en las novelas de Harry el mundo de los humanos es denigrado mientras que el mundo de las brujas y hechiceros es glorificado como si el mal fuese bueno.

El 7 de marzo de 2003 el cardenal Ratzinger (hoy el papa Benedicto XVI) envió una carta a Kuby agradeciéndole por su libro: «Es bueno que usted ilumine a la gente sobre Harry Potter porque ésas son seducciones sutiles que actúan desapercibidamente y por eso distorsionan profundamente la cristiandad en el alma antes de que pueda crecer apropiadamente».

EL OBSERVADOR 543-11

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PINCELADAS
La flor de la alegría
Por el P. Justo López Melús

Sólo encuentra la alegría y la felicidad el que la busca... para los demás. Según una leyenda india, había muchas flores en el jardín de la humanidad, pero faltaba la más hermosa, la flor de la alegría. Un día llegó al jardín un extranjero, vio a los hombres tristes y les dijo: «En la cumbre de la montaña hay una flor preciosa. El que la traiga y la plante en su jardín será feliz».

Desde entonces todos se decidieron a buscar la flor. El primero, el rey. Pero la corona le pesaba mucho y abandonó. Luego un guerrero, pero le pareció poca cosa y no la vio. Después un sabio, pero entre dudas y vacilaciones se desanimó. Y un día un niño se extravió y se encontró con la flor de la alegría. Con sus ojos limpios la distinguió y le cautivó. Y exclamó gozoso: «Llevaré esta florecita a mi madre y se alegrará». Y fue dichoso al ver la alegría de su madre.

EL OBSERVADOR 543-12

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FIN

 
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