El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
18 de diciembre de 2005 No.545

SUMARIO

bulletPORTADA - «En la verdad, la paz». El mensaje papal de año nuevo en diez puntos
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Ética cristiana: misión de los bautizados
bullet¿CÓOOMO DIJO?
bulletMIRADAS DE EL OBSERVADOR
bulletPINCELADAS - Los santos, en los altares
bulletLa nueva evangelización a inicios del tercer milenio, según el papa Benedicto XVI
bulletEl episcopado mexicano lanza la campaña «Fe y política»
bulletENTREVISTA - ¿Fue creado el varón antes que la mujer?
bulletLA SONRISA DEL ÁNGEL - Despedida
bulletLos villancicos: de lo ridículo a lo sublime
bulletTEMAS DE HOY - Mi cartita a «Santa Claus»
bulletCOLUMNA ABIERTA - El diablo o la Virgen
bulletLO QUE VALE EL MEXICANO - Ven, ven Señor, no tardes…

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PORTADA
«En la verdad, la paz». El mensaje papal de año nuevo en diez puntos
Con la anticipación de costumbre, el papa Benedicto XVI ha dado a conocer su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que tendrá efecto el próximo 1 de enero de 2006. Estos son los diez puntos principales:

1.
Rindo un homenaje agradecido a mis amados predecesores, los grandes pontífices Paulo VI y Juan Pablo II, inspirados artífices de paz que, como incansables mensajeros del Evangelio, invitaron repetidamente a todos a reemprender desde Dios la promoción de una convivencia pacífica.

2. El nombre mismo de Benedicto, que adopté el día en que fui elegido para la Cátedra de Pedro, quiere indicar mi firme decisión de trabajar por la paz. En efecto, he querido hacer referencia tanto al Santo Patrono de Europa, inspirador de una civilización pacificadora de todo el Continente, así como al papa Benedicto XV, que condenó la primera Guerra Mundial como una «matanza inútil» y se esforzó para que todos reconocieran las razones superiores de la paz.

3. El tema de reflexión de este año —«En la verdad, la paz»— expresa la convicción de que, donde y cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende de modo casi natural el camino de la paz. Ésta no puede reducirse a la simple ausencia de conflictos armados, sino al fruto de un orden asignado a la sociedad humana por el divino Fundador de la Iglesia.

4. Cuando falta el respeto de aquella «gramática» del diálogo que es la ley moral universal, inscrita en el corazón del hombre; cuando se obstaculiza el desarrollo integral de la persona; cuando muchos pueblos se ven obligados a sufrir injusticias y desigualdades intolerables, ¿cómo se puede esperar la consecución del bien de la paz?

5. ¿Quién y qué puede impedir la consecución de la paz? El Génesis resalta la mentira pronunciada al principio de la historia por la serpiente, el demonio. La mentira está relacionada con el drama del pecado y sus consecuencias perversas, que han causado y siguen causando efectos devastadores en la vida de los individuos y de las naciones. Baste pensar en los sistemas ideológicos y políticos aberrantes que han tergiversado de manera programada la verdad y han llevado a la explotación y al exterminio de un número impresionante de hombres y mujeres.

6. Hay que recuperar la conciencia de estar unidos por un mismo destino, trascendente en última instancia, para poder valorar mejor las propias diferencias históricas y culturales, buscando la coordinación, en vez de la contraposición, con los miembros de otras culturas. Estas simples verdades son las que hacen posible la paz.

7. La verdad de la paz llama a todos a cultivar relaciones fecundas y sinceras, estimula a buscar y recorrer la vía del perdón y la reconciliación, a ser transparentes en las negociaciones y fieles a la palabra dada.

8. El derecho internacional humanitario se ha de considerar una de las manifestaciones más eficaces de las exigencias que se derivan de la verdad de la paz. Se ha de apreciar su valor y es preciso garantizar su correcta aplicación. Hoy la verdad de la paz sigue estando en peligro por el terrorismo.

9. Pero no sólo el nihilismo, sino también el fanatismo religioso, que hoy se llama frecuentemente fundamentalismo, puede inspirar y alimentar propósitos y actos terroristas. Juan Pablo II lo denunció enérgicamente, llamando la atención sobre quienes pretenden imponer con la violencia la propia convicción acerca de la verdad, en vez de proponerla a la libre aceptación de los demás.

10. Ante los riesgos que vive la humanidad en nuestra época, es tarea de todos los católicos intensificar en todas las partes del mundo el anuncio y el testimonio del «Evangelio de la paz», proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es una condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz.

EL OBSERVADOR 545-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Ética cristiana: misión de los bautizados
Por Jaime Septién

Hace pocos días —por medio del Jefe de Redacción de El Observador, don Jesús García— me topé con un libro maravilloso: Silabario de la Moral Cristiana, escrito, a principios de los cuarenta del siglo pasado por monseñor Francesco Olgiati, profesor de la Universidad Católica de Milán.

Un silabario era, en tiempo, el libro de textos en el cual los pequeños aprendían a leer y a escribir. En este texto monseñor Olgiati intenta enseñarnos a leer, a los cristianos, los fundamentos de la ética querida por Dios; enseñarnos a silabear paso a paso los Diez Mandamientos en la práctica de todos los días. Y lo consigue. Voy a dar un ejemplo de ello.

Dice monseñor Olgiati: «La ética cristiana se asemeja a una música espléndida y armoniosa; para que todos la aprendan, la aprecien, queden extasiados por ella y se decidan a unir sus voces, es necesario que un coro educado, numeroso y potente la cante: en tal caso, aun quien no conozca las notas y no sepa leer una página de música, entiende y aprende».

El párrafo me parece sublime. Si lo desmenuzamos nos daremos cuenta de nuestra misión y obligación en tanto bautizados, en cuanto hijos de Dios que queremos que se haga Su Voluntad en el Cielo como en la Tierra. El primer elemento es que la ética cristiana es comparable a una música bella , armoniosa, bonita; ese tipo de música que no necesita explicarse para ser escuchada con gusto por todos.

Los actos buenos son eso, la música callada del alma; la melodía que envuelve el cariño por la vida. Una música así atrae, jala, embelesa a quien la escucha (en nuestro caso, a quien ve o recibe los actos buenos, los que imitan a Cristo). Sin embargo, y este es el segundo elemento destacable del párrafo citado, el coro es importantísimo. Es decir, los cristianos que lleven a cabo algún acto como si estuvieran escuchando el dictado de Jesús tienen que considerarlo de tres maneras: «educado, numeroso y potente».

Es decir, tenemos que ser muchos; tenemos que haber penetrado (mediante el estudio, la devoción, la frecuencia con la Palabra de Dios) en el misterio de la fe y tenemos que ser valientes, con la suficiente presencia pública como para convencer a los incrédulos, sacar adelante a los pesimistas y enchufar a los desperdigados. Mientras más cristianos de verdad haya, mejores sean sus acciones y grande su ambición de evangelizar mediante el testimonio, más almas se ganarán para el Reino.

Entonces, dice monseñor Olgiati, los que no saben leer las notas musicales, en este caso, los que no hayan recibido la Buena Nueva o se resistan a ella por egoísmo, vanidad o soberbia, van a entender muchas cosas, van a aprender lo bueno, a vivir la plenitud y, a la larga, a juntarse al coro de hombres libres, capaces de decir un sí como la Virgen al Ángel de la Anunciación.

Es ese coro inmenso el que le hace falta al mundo. Y la música viene del portal de Belén.

EL OBSERVADOR 545-2

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¿CÓOOMO DIJO?

La sociedad de los valores

Aprovechando la tregua política que ha impuesto el IFE por Navidad,
reflexionemos un poco en lo que estamos haciendo mal –y de lo cual nos avisan los periódicos—y lo que debemos hacer bien el próximo año
El modelo de colaboración y cooperación, en la sociedad moderna, es el de ganar-perder. Alguien está por encima de alguien. Uno ocupa el poder y los demás escuchan, atienden, obedecen: son súbditos casi se diría por definición.
Poco a poco este esquema, este «paradigma», como le llaman los enterados, ha comenzado a cambiar. En una sociedad de valores, genuinamente democrática, el «paradigma» tiene que ser el de ganar-ganar. Esto no quiere decir el fin de la competencia; quiere decir el principio de la solidaridad.
Puesto en una perspectiva cotidiana sonaría así. Llegamos dos bandos de autos a una bocacalle cuyo semáforo está descompuesto. El esquema individualista (ganar-perder) implicaría que pasaran los que miraran más feo. Como todos tenemos capacidad de mirar feo, todos queremos imponer nuestra ley. El resultado es un embotellamiento de los que no se pueden desatar sin un altercado o la intervención de la policía.
Qué diferente es cuando interviene la razón ciudadana, el respeto al valor del tiempo y de la dignidad del otro conductor. Si pasan unos y luego otros, si se alternan los de un sentido y su contrario, el tráfico podrá fluir sin sobresaltos. Aunque no haya semáforo ni guardia de tránsito que nos indique lo que debemos respetar (si supiéramos respetar).
Esto último es ganar-ganar. Porque gano yo y ganas tú; porque no existe la imposición de la fuerza sobre la debilidad, o de la violencia sobre la paz. El esquema vale para la industria, para el gobierno, para el comercio, para la familia, para la escuela, para la sociedad entera. En general, nuestros problemas sociales provienen de que uno quiere comerse todo el pastel y dejarle a los muchos las migajas.
Lejos del idealismo romántico, el nuevo paradigma nos invita a practicar un sano realismo, reconociendo nuestra debilidad, reconociendo nuestra fragilidad, reconociendo nuestros límites. Todos poseemos ansia de poder; moderarla implica entregarla a una causa común, hacer comunitarismo (que no comunismo) y vivir en una sociedad de fines compartidos.
Es la ética del compromiso que tanta falta le hace a una sociedad desmoralizada, dividida y enfrentada, como la nuestra. Olvidarnos del cuento de que «no hay nada que hacer» para empezar a contar con el otro. A lo mejor ahí está el cambio que buscaba Diógenes con su lámpara, o nosotros, con nuestro voto en las elecciones.
En general, nuestros problemas sociales provienen de que uno quiere comerse todo el pastel y dejarle a los muchos las migajas.

EL OBSERVADOR 545-3

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MIRADAS DE EL OBSERVADOR


Salvar vidas: obligación del Estado

Cada vez que triunfa la defensa de la vida, una pequeña victoria se produce para quienes la defienden como lo que es: el valor que da valor a los demás valores. La defensa de la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, exige acciones y hechos, no nada más palabras.
Por ello es tan importante resaltar los compromisos políticos a su favor en algunos contextos y en algunos procesos como, por ejemplo, el italiano. En este país se ha abierto el período de sucesión de Silvio Berlusconi al frente del gobierno. Y uno de los principales actores es el candidato de la coalición de izquierda, ex primer ministro de Italia y ex presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi.
Pues bien, sucede que Prodi acaba de proponer una alternativa realista, clara, convincente, al alud de peticiones que le llegan de la sociedad civil italiana en el sentido de impulsar medidas concretas que reduzcan, de manera significativa, el número de abortos que cada año se propician en aquel país europeo; medidas que estén de acuerdo con la defensa de la vida y con el carácter sagrado de cada ser humano. Así las cosas, Prodi, candidato de unidad de izquierda por «La Unión», ha ofrecido, que en caso de llegar al Palacio del Quirinal, ofrecerá «subvenciones antiaborto» para las embarazadas que estén pasando por situaciones económicas difíciles o que hayan sido abandonadas ya sea por sus parejas o por sus familias( generalmente, por ambas). El objetivo perseguido es extraordinario: evitar que se deshagan –por desesperación—del feto que llevan consigo.
La intención de Romano Prodi sería ofrecer una ayuda mensual del Estado (hay que recordar que el Estado tiene la función de proteger a todos sus ciudadanos) de entre 250 y 300 euros (entre 2 mil 800 y 3 mil 600 pesos) a las mujeres embarazadas pobres (pobreza allá no tiene los mismos parámetros que aquí en México) cuya renta anual no rebase los 480 mil pesos anuales. Según los últimos análisis llevados a cabo en Italia, dos de cada diez abortos que se producen podrían ser evitados si la mujer tuviera medios para llevar a fin el embarazo y poder criar a su hijo.
Si tan sólo fuera por ganar las simpatías de la sociedad civil italiana, la promesa cumplida de Prodi implicaría la diferencia entre la vida o la muerte de varios miles de seres humanos cada año.

Confusiones peligrosas

Al celebrarse en Francia el centenario de la ley que oficializaba la separación de la Iglesia (católica) y el Estado, diversas autoridades políticas, entre ellas el controvertido ministro del Interior Nicolás Sarkozy (firme aspirante a suceder, en 2007, al actual presidente, Jacques Chirac), han abogado por una redefinición del Estado laico o de la laicidad misma.
Lejos de querer volver a un Estado confesional (Francia, hay que recordarlo, era «la hija primigenia de la Iglesia católica»), los franceses quieren impulsar un nuevo rumbo para la laicidad en el sentido de que, si bien el Estado es laico en sí mismo, la sociedad no tiene por qué serlo; la sociedad no es laica: es plural.
La diferencia parece sutil. No lo es. Por un lado, el Estado tiene que permanecer neutral ante el desarrollo religioso de la sociedad; por el otro, debe impulsar el ejercicio de la religiosidad de la gente mediante disposiciones que la protejan y le aseguren su libertad de creencia y de culto. Ni combatir ni decantarse por una «religión oficial»; antes bien, hacer todo lo posible para conservar la multiplicidad religiosa de la sociedad como un bien en sí misma, y garantizarle su aportación (a esta multiplicidad) en términos de bien común.
Iglesia y Estado –lo dijo una y otra vez Juan Pablo 11—deben de mantener niveles elevados de confianza mutua e intensificar la cooperación y el respeto. No la beligerancia, no la distancia: la Iglesia como cooperadora del bien de la sociedad y el Estado como un ente que se acerca a la necesidad espiritual de la gente, que le interesa proteger el desarrollo integral de las personas y que no excluye a nadie, que no determina ni una preferencia ni una discriminación tajante, y que no se opone en absoluto a la religión, sino que la respeta como lo que es: la manifestación íntima del ser humano en su relación con lo que le trasciende.
Que algunos presidentes, dictadores, primeros ministros o congresos de diputados sean partidarios de un régimen que privilegie el ateísmo político es cosa de ellos. Pero sociedades como la francesa, o como la mexicana, no tienen por qué ser medidas con el mismo parámetro. No tienen por qué soportar que, en nombre de una consigna política, les quiten el derecho a lo sagrado. Y eso vale para todos.

EL OBSERVADOR 545-4

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PINCELADAS
Los santos, en los altares
Por el P. Justo López Melús

Una poco conocida comedia de Benavente se titula Los santos para el Cielo y los altares. A los hombres, explica, nos encantan los santos cuando ya están quietecitos y tranquilos en el Cielo y en los altares. Pero cuando están en la vida nos complican, su radicalidad nos molesta, son muy incómodos para nuestra mediocridad. Quizá por eso muchas vidas de santos nos los presentan tan blandos y acaramelados, para que no nos estropeen la digestión.

Pero ellos son la salvación de la Iglesia. El verdadero honor de la cristiandad no son los reyes, ni los jerarcas, ni los templos dorados, sino los santos. El día de mañana no contarán los hombres importantes de la Iglesia. Habrá caído el oropel, y sólo quedará el oro puro de los santos. Pero, sí, de momento molestan. Como decía un humorista: «Vivir con los santos en el Cielo es una gloria, vivir con los santos en la Tierra... es otra historia».

EL OBSERVADOR 545-5

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La nueva evangelización a inicios del tercer milenio, según el papa Benedicto XVI
El actual sucesor de san Pedro, Benedicto XVI, pronunció hace unos días, ante un grupo de obispos polacos, un discurso de suma importancia para toda la Iglesia ya que se refiere a los agentes de la nueva evangelización. A continuación lo extractamos.

1. La nueva evangelización .- Durante su primera peregrinación a Polonia, Juan Pablo II dijo: «Con la cruz de Nowa Huta comenzó la nueva evangelización: la evangelización del segundo milenio. Esta Iglesia lo testimonia y lo confirma. Surgió de una fe viva y consciente y es necesario que siga sirviendo a la fe. La evangelización del nuevo milenio debe tener por referencia la doctrina del concilio Vaticano II. Tiene que ser, como enseña ese Concilio, 'obra común' de los obispos, de los sacerdotes, de los religiosos y de los laicos, obra de los padres de familia y de los jóvenes».
Era la primera o una de las primeras intervenciones de mi gran predecesor sobre el tema de la nueva evangelización. Hablaba del segundo milenio, pero no hay duda de que estaba pensando ya en el tercero. Bajo su guía hemos entrado en este nuevo milenio del cristianismo, tomando conciencia de la constante actualidad de su exhortación a una nueva evangelización. Con estas breves palabras, establecía el objetivo: despertar una fe «viva, consciente y responsable».
Hoy quisiera detenerme junto a vosotros, queridos hermanos, en este tema. Sabemos bien que el primer responsable de la obra de evangelización es el obispo, sobre cuyas espaldas recaen los tria munera [tres ministerios, ndt.]: profético, sacerdotal, pastoral. En su libro ¡Levantaos! ¡Vamos!, Juan Pablo II, remontándose a su propia experiencia, trazó el proyecto del camino del ministerio episcopal para que dé frutos fecundos.

2. Los presbíteros diocesanos .- Los primeros colaboradores del obispo en la realización de sus tareas son los presbíteros; a ellos, antes que a todos los demás, debería dirigirse la solicitud del obispo. Juan Pablo II escribió: «Con su manera de vivir el obispo muestra que 'el modelo de Cristo' no está superado; también en las actuales condiciones sigue siendo muy actual. Se puede decir que una diócesis refleja el modo de ser de su obispo. Sus virtudes —la castidad, la práctica de la pobreza, el espíritu de oración, la sencillez, la finura de conciencia— se graban en cierto sentido en los corazones de los sacerdotes. Éstos, a su vez, transmiten estos valores a sus fieles y así los jóvenes se sienten atraídos a responder generosamente a la llamada de Cristo».
El ejemplo del obispo es sumamente importante: no se trata sólo de un estilo de vida irreprochable, sino también de una delicada atención para que las virtudes cristianas de las que escribió Juan Pablo II penetren profundamente en el alma de los sacerdotes en su diócesis. Por este motivo, el obispo debería prestar particular atención a la calidad de la formación del seminario. Es necesario tener presente no sólo la preparación intelectual de los futuros sacerdotes para sus futuras tareas, sino también su formación espiritual y emotiva.
Es importante que el proceso de formación intelectual y espiritual no termine con el seminario. Es necesaria una formación sacerdotal constante.
El obispo, por su parte, como pastor, está llamado a rodear a sus sacerdotes con cuidados paternos. Debería organizar sus propios compromisos para poder tener tiempo para los presbíteros, para escucharles atentamente y para ayudarles en las dificultades. En caso de crisis vocacional, en la que pueden caer los sacerdotes, el obispo debería hacer lo posible para apoyarles y devolverles el empuje original y el amor por Cristo y por la Iglesia. Incluso cuando es necesaria una advertencia, no debe faltar el amor paterno.

3. Las órdenes religiosas.- Juan Pablo II escribió: «Las órdenes religiosas nunca me han hecho la vida difícil. Con todas tuve buenas relaciones, reconociendo en ellas una gran ayuda en la misión del obispo. Pienso también en la gran reserva de energía espiritual que son las órdenes contemplativas». La diversidad de los carismas y servicios que realizan los religiosos y las religiosas, o los miembros de los institutos laicos de vida consagrada, es una gran riqueza de la Iglesia. El obispo puede y debe alentarles a integrarse en el programa diocesano de evangelización y a asumir las tareas pastorales, según su carisma, en colaboración con los sacerdotes y con las comunidades de laicos.
Las comunidades religiosas y los miembros consagrados, si bien están sometidos según el derecho a sus propios superiores, «en aquello que se refiere a la cura de almas, al ejercicio público del culto divino y a otras obras de apostolado» «están sujetos a la potestad de los obispos», como afirma el Código de Derecho Canónico. Además, el Código pide que los obispos diocesanos y los superiores religiosos «intercambien pareceres al dirigir las obras de apostolado de los religiosos».
Os aliento mucho, hermanos, a rodear con vuestra solicitud a las comunidades religiosas femeninas, que se encuentran en vuestras diócesis. Las religiosas que asumen diversificados servicios en la Iglesia merecen el máximo respeto, y su trabajo debe ser oportunamente reconocido y apreciado. No se les debe privar del adecuado apoyo espiritual y de posibilidades de desarrollo intelectual y de crecimiento en la fe.
En particular, os pido que os preocupéis por las órdenes contemplativas. Que su presencia en la diócesis, su oración y sus renuncias sean siempre para vosotros motivo de apoyo y ayuda. Por vuestra parte, tratad de salir al paso de sus necesidades, incluso materiales.
En los años recientes, por desgracia, se observa una disminución de vocaciones religiosas, particularmente femeninas. Es necesario, por tanto, reflexionar junto a los superiores religiosos, en las causas de esta situación y pensar en cómo es posible despertar y apoyar nuevas vocaciones femeninas.

4. El laicado.- En la reflexión sobre el papel de los laicos en la obra de evangelización nos introducen las palabras de mi gran predecesor: «Los laicos pueden realizar su vocación en el mundo y alcanzar la santidad no solamente comprometiéndose activamente a favor de los pobres y los necesitados, sino también animando con espíritu cristiano la sociedad mediante el cumplimiento de sus deberes profesionales y con el testimonio de una vida familiar ejemplar».
En tiempos en los que, como escribió Juan Pablo II, la cultura «da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera», la Iglesia no deja de anunciar al mundo que Jesucristo es su esperanza. En esta obra, el papel de los laicos es insustituible. Su testimonio en la fe es particularmente elocuente y eficaz, pues tiene lugar en la vida cotidiana, en ámbitos en los que el sacerdote puede llegar con dificultad.
Uno de los principales objetivos de la actividad del laicado es la renovación moral de la sociedad, que no puede ser superficial, parcial e inmediata. Debería caracterizarse por una profunda transformación del «ethos» de los hombres, es decir, por una adecuada jerarquía de valores que conforme las actitudes.
La participación en la vida pública y en la política es tarea específica del laicado. En la exhortación apostólica Christifideles laici, Juan Pablo II recordó que «todos y cada uno tienen el derecho y el deber de participar en la política» (n. 42). La Iglesia no se identifica con ningún partido, con ninguna comunidad política, ni con un sistema político, más bien recuerda siempre que los laicos comprometidos en la vida política tienen que dar un testimonio valiente y visible de los valores cristianos, que deben ser afirmados y defendidos en caso de que sean amenazados. Tienen que hacerlo públicamente ya sea en los debates de carácter político como en los medios de comunicación.
Una de las tareas importantes es la valiente solicitud por conservar la identidad católica. El diálogo promovido por los laicos católicos sobre cuestiones políticas será eficaz y servirá al bien común si tiene por fundamento: el amor por la verdad, el espíritu de servicio y la solidaridad en el compromiso a favor del bien común. Os exhorto, queridos hermanos, a apoyar este servicio del laicado, en el respeto de una justa autonomía política.
No he hecho más que enumerar algunas formas de compromiso del laicado en la obra de la evangelización.
Ahora os deseo que una armoniosa colaboración entre todos los estados de vida en la Iglesia, bajo vuestra guía iluminada, trasforme el mundo con el espíritu del Evangelio de Cristo.

¡Sea alabado Jesucristo!

EL OBSERVADOR 545-6

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El episcopado mexicano lanza la campaña «Fe y política»

Con el propósito de participar y decidir el bien común en la justicia y la paz en las próximas elecciones presidenciales de 2006, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), a través de la Comisión Episcopal de Pastoral Social-Cáritas, acaba de lanzar la campaña «Fe y Política» en todo el país.

La iniciativa está destinada a promover entre los agentes de las diversas pastorales de la Iglesia una presencia activa en los esfuerzos de construcción de una ciudadanía participativa, tanto en los procesos electorales como en la involucración en las políticas públicas y sociales.

El antecedente de esta campaña es el documento Del Encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, editado por la Conferencia del Episcopado Mexicano en el año 2000.

La campaña «Fe y Política» consiste en una serie de acciones para educar en la cultura democrática a la ciudadanía, y darle herramientas para que en las próximas elecciones del domingo 2 de julio de 2006 discierna su voto.

La campaña tocará las 15 regiones pastorales de las que se compone el país e incluirá un paquete de materiales e instrumentos metodológicos dirigidos a los agentes de Pastoral Social sobre la participación ciudadana, para la elaboración de talleres.

Los cuatro módulos de los que consta el taller tienen 31 temas con el método ver-juzgar-actuar, y en ellos se reflexionará sobre las exigencias del bien común, la participación ciudadana, el proceso electoral, el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia, entre otros.

Zenit.org-El Observador

EL OBSERVADOR 545-7

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ENTREVISTA
¿Fue creado el varón antes que la mujer?

Mientras que el libro del Génesis (1, 27) enseña que «creó Dios al ser humano a imagen suya...macho y hembra los creó», san Pablo hace una afirmación extraña: que la mujer no es imagen de Dios, sino sólo el varón: «El hombre... es imagen y reflejo de Dios; pero la mujer es reflejo del hombre. En efecto, no procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre. Ni fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre» (1 Cor 11, 7-9). ¿Fue san Pablo un misógino, o simplemente escribió dentro del contexto socio-cultural en que le tocó vivir? ¿Cómo debe interpretarse lo que enseña el segundo capítulo del Génesis, que muestra a Dios formando a Eva de la costilla de Adán? A esto responde Blanca Castilla de Cortázar, doctora en teología y en filosofía y máster en antropología, secretaria de la Real Academia de Doctores y profesora del Pontificio Instituto Juan Pablo II, en Madrid.


¿Es vigente el relato de la «costilla de Adán», es decir, fue creado el varón antes que la mujer como sugiere Génesis 2?
El relato de Génesis 2 está vigente, pero no tal y como se ha interpretado hasta ahora. En la tradición cristiana ha cristalizado una interpretación literal de este pasaje, sin advertir que es contradictorio con Génesis 1, si aquél se lee también literalmente. Es decir, se trata de un texto revelado y esconde una gran enseñanza, que en parte está por descubrir. San Agustín decía que era el texto más oscuro de la Sagrada Escritura.
Que la mujer proceda del varón encierra una verdad que no es cronológica sino ontológica.
Juan Pablo II afirma que ambos, varón y mujer, fueron creados a imagen de Dios Trino. Pues bien, entre las personas divinas se dan procesiones (están entrelazadas unas con otras). Los Santos Padres del siglo IV, cuando querían explicar, frente al semiarrianismo que negaba la divinidad del Espíritu Santo, que éste procedía del Padre sin ser su hijo, se fijaban en Eva, que procedía de Adán sin ser su hija.
El Génesis 2 describe —mediante el símbolo de la «costilla»— que entre varón y mujer existe una relación de procedencia en el origen. ¿Qué significado puede tener esa procedencia? Adoptando un punto de vista teológico, si el hombre fue creado a imagen de Dios Trino, esa procedencia se podría estudiar analógicamente con la que se da entre las divinas Personas. En la Trinidad, dice la teología, al Padre le corresponde ser principio.
El término principio, aunque etimológicamente viene de prioridad, no siempre la significa, pues ser principio no quiere decir exactamente lo mismo que causa. Ser causa implica prioridad con respecto al efecto. Ser principio sólo marca cierto orden, y no implica necesariamente causalidad.
Por esto, es correcto afirmar —dicen los teólogos— que el Verbo y el Espíritu Santo son principiados, pues si se atribuye alguna autoridad al Padre en atención a que es principio, no por ello atribuimos al Hijo ni al Espíritu Santo cosa alguna que signifique que sean menores. Ser principiado no es sinónimo de ser subordinado.
En Dios hay una sola Naturaleza y tres Personas distintas. Aunque el Padre genere al Hijo, no es su causa, ni tampoco lo es del Espíritu Santo. Los tres son simultáneos. El Padre no sería Padre si no engendrara al Hijo, y el Padre y el Hijo no serían sin el Espíritu Santo.
Estos datos podrían contribuir a dar un nuevo sentido a las referencias simbólicas que están en la base de nuestra cultura occidental. En efecto, la que se habla en Génesis 2 no es causal: Adán no es quien saca de sí mismo a la mujer. La creación de la mujer es obra exclusiva de Dios: Adán estaba dormido, no hacía nada. Es más, Dios quiso expresamente ocultarle el modo en que formó a la mujer, haciéndola mientras dormía, cuando no podía advertir lo que pasaba.
Mediante el símbolo de la costilla extraída por Dios del costado de Adán dormido, se está revelando que entre el varón y la mujer media una relación en el origen de la que se derivan al menos dos consecuencias: en primer lugar se trata de una relación recíproca (no hay mujer sin varón, pero tampoco hay varón sin mujer); de ahí se deduce que los dos términos de dicha relación han de ser simultáneos.
Por tanto, la principialidad del varón con respecto a la mujer reclama una «simultaneidad en el origen», más que una precedencia temporal.

Juan Pablo II propuso leer este segundo relato de la creación a la luz de Génesis 1. ¿Esto soluciona un problema bíblico?
Juan Pablo II afirma que entre ambos pasajes no hay contradicción. ¿Cómo es posible que no haya contradicción entre ellos si parece que afirman lo contrario? El único modo de explicarlo es descubrir que Génesis 2 no anula lo afirmado ya en Génesis 1, sino que está revelando otro aspecto del ser humano. Es decir, en el segundo relato de la creación el autor sagrado no está pretendiendo narrar cronológicamente el modo en que acontecieron los hechos, sino que está explicando —con un lenguaje simbólico— algo más profundo.
Relata Génesis 1 que Dios creó al hombre, a su imagen, y lo hizo varón y mujer (cfr. Gn 1,27). Los creó a la vez, «en un solo acto» afirma el Papa, y les dio una misión común: crecer, multiplicarse, llenar la tierra y dominarla (cfr. Gn 1,28). Ahí queda clara la igualdad en dignidad de ambos y también la igualdad en cuanto a la misión recibida, pues a ambos se les encomienda la misma tarea: la familia y el dominio del mundo. Según esto no parece que haya tareas exclusivamente reservadas a varones o a mujeres; tanto la familia como la cultura las han de hacer entre los dos.
Sería de interés detenerse en su exégesis del Adán de Génesis 2; el Adán solitario de Génesis 2,7 es para Juan Pablo II un Adán genérico, pues las características que en él se describen —la soledad originaria (interpretada como la trascendencia del ser humano respecto al cosmos), la necesidad intrínseca de la apertura al otro («no es bueno que el hombre esté solo»), la llamada al trabajo (ut operaretur) y la ayuda adecuada (concebida como mutua y recíproca)— son idénticamente aplicables al varón y a la mujer.

¿Cuál puede ser el significado de este relato, si no está revelando la creación por separado de varón y mujer?
Es sabido que Juan Pablo II señala que el hombre está creado no sólo a imagen de Dios Uno, en cuanto inteligente y libre, sino a imagen de Dios Trino, en cuanto que es propio de las personas vivir en comunión. Y advierte que del segundo relato de la creación se desprende que es parte de la esencia humana no sólo vivir junto a otra persona, sino vivir uno para el otro.

Si el hombre y la mujer fueron creados a imagen y semejanza de Dios, ¿cree que hay algo que debería cambiar en la Iglesia y en la sociedad para que esto fuera una realidad?
Contestaré desde un punto de vista teórico, sin entrar en cuestiones prácticas.
Hay que llegar a descubrir cuál es el arquetipo divino de la feminidad. Es decir, la mujer, que es persona, está creada a imagen de Dios Trino. Pero aún está por desarrollar dentro de la ortodoxia dónde se encuentra el arquetipo de feminidad en Dios. Esto desde el punto de vista teológico.
En la sociedad está el gran tema de construir una familia con padre y una cultura con madre, lo cual requiere mucha imaginación y mucha flexibilidad.

¿Qué diferencia hay entre igualdad entre sexos y igualitarismo?
La igualdad no tiene por qué anular la diferencia. Sin embargo, como mínimo, el igualitarismo es un empobrecimiento, porque insiste en que hay un solo modelo de ser humano. En el fondo se preconiza que la mujer imite al varón, y justamente no tanto en lo positivo que éste tiene sino en sus errores, en estar ausente de la familia, en dedicarse exclusivamente al trabajo, etc.

Zenit.org- El Observador

EL OBSERVADOR 545-8

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LA SONRISA DEL ÁNGEL
Despedida
P. Juan Jesús Priego

¿Cómo será el día de mañana: diferente a todos los anteriores o una repetición monótona de lo mismo? ¿Será menos dramático y más rico, o, por el contrario, menos hermoso y más incierto? ¿Nos dará por fin todo aquello que los días pasados nos han quitado? ¿Encontraremos lo que aun no hemos hallado y seguimos buscando, o perderemos lo poco que ya teníamos y dábamos por nuestro? Nadie lo sabe. Así como el recuerdo se nutre de pasado, así el futuro se nutre de misterio. Nadie está en grado de saber lo que le ocurrirá hoy mismo por la noche o mañana por la mañana, y las preguntas: «¿Qué me va a pasar?, ¿será este el último día, el último crepúsculo, el último amanecer?», son más universales de lo que podría creerse.

La sabiduría extracristiana, para erradicar los falsos temores (eso que algunos han llamado «la incerteza del futuro»), proponía meditaciones del siguiente tipo: «Es verosímil que hayan de venirnos muchos males, pero no es seguro. ¡Cuántos que no esperábamos vinieron! ¡Y cuántos que esperábamos nunca comparecieron!». Al menos, eso es lo que escribía Séneca a su amigo Lucilio. En efecto, no es seguro que haya de pasarnos lo que tanto tememos. ¿Por qué, pues, vivir angustiados, anticipando lo que tal vez nunca tendrá lugar? «¿Y si al cruzar la calle me desvanezco?», se pregunta el hombre aquejado de ansias anticipatorias; «¿y si al ir a esa ciudad que me causa tanto temor me da un ataque de pánico? Hay que ser previsores, pues ataques como estos me han dado ya innumerables veces». «¿Y si?»... Todo le causa un profundo horror porque todo, según él, puede sucederle. Pues bien, no es nada seguro que le suceda.

El Señor Jesús, a quien sea la gloria y el honor por los siglos de los siglos, recomendaba a sus discípulos la práctica de la serenidad. Dijo un día a los que lo rodeaban en uno de los caminos de la polvorienta Galilea: «No andéis preocupados. Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que todas ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Observad los lirios del campo, cómo crecen: no se fatigan ni hilan. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿qué no hará por vosotros, hombres de poca fe?» (Mateo 6,25ss).

Creer en Dios no es solamente decir en voz alta un cierto número de verdades que hay que creer, sino, sobre todo, fiarse, confiar. «En principio, la fe es una confianza radical y no la adhesión a una verdad», escribe el teólogo dominico francés Jean-Pierre Jossua en uno de sus libros (La fe día a día). Creer en Dios significa, pues, vivir en la firme seguridad de que Él nos sostiene en cada uno de nuestros movimientos y guía cada uno de nuestros pasos. «Así como está el barro en las manos del alfarero, así estáis vosotros en las manos de vuestro Dios» (Jeremías 18,6).

Le preguntaron una vez a Jean Guitton si poseía algún «secreto de la serenidad», y, en caso de tenerlo, en qué consistía éste exactamente. El filósofo respondió que, en efecto, tenía uno, pero que de ninguna manera se trataba de un secreto, pues podía revelarlo abiertamente. La clave de mi serenidad, dijo Guitton, está en decir con todo el corazón y con profundo convencimiento la siguiente plegaria de abandono:

Dios mío,
sé que Tú velas

sobre aquellos que esperan en Ti,
y que nada puede faltar
a los que a Ti piden todas las cosas.
Por lo tanto, he decidido
vivir en el futuro
sin ninguna preocupación,
poniendo en tu seno todas mis inquietudes.
En paz me acuesto y enseguida me duermo,
porque Tú, Señor,
me has afianzado en la esperanza.
        
¿Quién es el hombre justo?, preguntaba el gran teólogo suizo Karl Barth en una de sus meditaciones sobre el Adviento. Y respondía: «El que vive enteramente confiado y deposita en Dios todas sus preocupaciones, ese es el hombre justo».

Vivir en el futuro sin ninguna preocupación. Que este sea también, aunque parezca demasiado ambicioso, nuestro propósito al comenzar cada día que comienza. Adiós.

NOTA: Dada la imposibilidad de encontrar el Epistolario del padre Nieremberg en castellano, utilizo la versión italiana y luego... traduzco al español. Un poco para morirse, pero es así.

EL OBSERVADOR 545-9

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Los villancicos: de lo ridículo a lo sublime

Estamos tan acostumbrados a escuchar y cantar cada año los villancicos navideños que a veces se nos olvida que lo propio del villancico no es lo navideño, sino solamente el ser creación de origen popular. En realidad, en Europa se conservan muchos villancicos no-navideños, incluso de carácter profano.

Los cantos de este tipo elaborados para celebrar el Adviento y la Navidad son muchísimos, por lo que es de lamentar que hoy en día sólo se escuchen unos cuantos, siempre los mismos, que además distan de ser los mejores. Siempre es un gusto escuchar aquello de: Humildes peregrinos / Jesús, María y José. / Mi alma doy por ellos, /mi corazón también.

Y también es hermoso el recogimiento que nos provoca aquello de: La Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va / y nosotros nos iremos / y no volveremos más.

Pero también es una lástima que de pronto, sin decir agua va, nos hayan llegado como moda cosas tan ridículas como aquel paupérrimo villancico: Pero mira como beben / los peces en el río, / pero mira como beben / por ver a Dios nacido. / Beben, y beben y vuelven a beber... y tantos otros, de mediocre factura y sospechoso origen popular.

Así duele más la pérdida o el olvido de muchos otros cantos, procedentes de siglos pasados, que fueron parte del origen de nuestras posadas, y que incluso deberían ser conservados como tesoros históricos. Pocos jóvenes recuerdan composiciones cultas, como Por el valle de rosas, los villancicos de evangelizadores como fray Antonio Margil de Jesús, o la tosca belleza de villancicos totalmente populares, como A que la gusto.

Transcribimos a continuación una composición estilo villancico, de 1611, creada en Puebla por el músico Gaspar Fernández:

Duerme, niño, descansa; duerme, duerme,
guardarete yo el sueño sólo por verte,

duerme, niño, descansa; duerme, duerme.
Niño de mis ojos que en tu cara tienes
nuevo paraíso que el mundo enriquece.
Duerme, vida mía, pues al mundo vienes
por el alma ingrata que en sus culpas duerme.
Guardarete yo el sueño sólo por verte, sólo por verte.
Duerme niño ahora, que cuando despiertes
tiempo ha de faltarte para entretenerte.
En lugar de dijes que tu cuello carguen
¿brazos enemigos han de desgarrarte?
Guardarete yo el sueño sólo por verte, sólo por verte. *

** Del disco Villancicos de la Colonia. Coro de la Catedral de México.
Director: Gullermo López Nava. Clásicos mexicanos.

EL OBSERVADOR 545-10

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TEMAS DE HOY
Mi cartita a «Santa Claus»

San Nicolás:

¡Hola, mi querido amigo! ¡Tanto tiempo ha pasado desde mi última cartita! Mis hermanos y yo nos esmerábamos en hacerlas lo más bonitas posible, «sin faltas de ortografía», decía papá, y «con un bello dibujo», decía mamá; competíamos para ver a quién le quedaba mejor.

Eran cartitas llenas de ilusiones, de luz y alegría, como el árbol de Navidad de la casa, y llenas de amor como el nacimiento «kilométrico» que mamá ponía, con luces, montañas, lagos y cascadas y repleto de peregrinos que iban en procesión hasta la casita aquella de madera en donde estaba el pesebre y en él, el Santo Niño Jesús acompañado siempre de san José y de María Santísima.

¡Ay, san Nicolás, cómo ha cambiado el mundo desde entonces! Ayer, pasando por el frente de una casa, vi a unos niños escribiendo su cartita a «Santa Claus», como ahora te dicen gracias a la mercadotecnia y a nuestros hermanos separados que te pintan de rojo, con renos y esposa, viviendo en el Polo Norte, en lugar de tu hermosa historia, verdadera, como generoso obispo de Bari. Sin embargo, viéndolos allí, llenos de ilusiones, como mis hermanos y yo cuando éramos niños, me hizo recordar y pensar: ¿por qué no puedo yo escribirte también una cartita? Y heme aquí, pidiéndote regalitos, como cuando era pequeña, sólo que ahora, en lugar de juguetes, te pido otras cosas...

Quisiera, querido san Nicolás, que me hicieras el favor de acercarte a Jesús en diferentes etapas de su vida. Primero, a ese Santo Niño, pequeñito, aún en el vientre de María Santísima, y que le hables al oído, y de mi parte le pidas que toque el corazón de todas esas madres egoístas que se prefieren a sí mismas, que se guían por el «qué dirán» y que han decidido abortar o, más claramente dicho, negar la vida a sus propios hijos para mantener su «buena reputación».

Después, al Niño Jesús en el pesebre, pequeño, dulce e indefenso, abrázalo, dale un beso de mi parte y, mientras lo arrullas en tus brazos, pídele por todos esos bebés abandonados en las calles o en las estaciones de autobuses o hasta en la basura con la mezquina razón de «no tengo dinero y mejor me deshago del 'problema' de mantenerlo y educarlo».

También quisiera que te acercaras a Él siendo niño, feliz, alegre, sano, corriendo y jugando en casa de María Santísima y san José, y le pidas, mientras juegas con Él, por todos los niños de la calle, pero, sobre todo, por toda la sociedad, que somos tal vez los culpables de que esos niños vivan —o, más bien, sobrevivan— así, muertos de hambre y drogados la mayoría de las veces.

Acércate también a Jesús cuando era un joven lleno de gracia y virtud y ayudaba en la carpintería a san José. Dale un fuerte abrazo de mi parte y, mientras le ayudas a tallar la madera, pídele por todos esos jóvenes que vagan por la ciudad, cautivos en una droga peor que el cemento o el alcohol: en la del satanismo o, debería decir, en la lepra del satanismo que les ha infectado el alma que poco a poco se les cae a pedazos; esa alma que una vez fue hogar del Espíritu Santo y que ahora sólo alberga mentira, odio, maldad y oscuridad; pero, sobre todo, pídele por los padres de esos jóvenes, que están ciegos en sus ocupaciones, sus negocios o sus egoísmos y que no se han dado cuenta de que sus hijos han cambiado, que ahora visten de negro, que usan collares como de perro amarrados al cuello, que se «peinan» simulando cuernos en lugar de cabello; padres que sólo atinan a decir, para acallar su conciencia: «Es la moda, ya se les pasará».

Y por último, mi querido san Nicolás, te pido que te acerques a Jesús en la cruz, que beses sus santos pies y recojas su sangre preciosísima para que la derrames sobre todo este país, casa de María Santísima, y sobre el mundo entero, para que con ese baño de sangre divina, precio de nuestra redención, todos esos jóvenes, todas esas acciones de maldad, toda esta sociedad cobarde en la cual estamos hundidos, todos esos padres desobligados, todas esas madres egoístas y todos esos gobiernos que no quieren ni mencionar el nombre de Dios o que lo mencionan sólo para justificar sus guerras, quedemos libres, liberados de toda corrupción y maldad pero, sobre todo, de toda potestad de oscuridad para que en este México y en este mundo vuelva a brillar la luz de Cristo en esta Navidad. ¡Gracias!

P. D. En lugar de los dulces y las galletas que solía ponerte en un platito cerca de mi cartita para que tuvieras fuerzas para continuar tu viaje, te dejo en las manos de algún indigente un kilo de arroz o de frijol; ya sabes que mi economía no es muy buena, pero esto sí lo puedo dar. ¡Gracias otra vez!

Esperanza Segura.
Santiago de Querétaro, Qro.

EL OBSERVADOR 545-11

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COLUMNA ABIERTA
El diablo o la Virgen
Por Walter Turnbull
Cuando se reparten papeles para una pastorela nadie quiere ser la Virgen, todos quieren ser el diablo. ¿Por qué será?

Cuando usted se propone montar una pastorela entre aficionados, a nivel parroquial o entre vecinos, sin recompensa económica, sólo por el gusto de hacerla... la persona más difícil de conseguir es la que representa a la Virgen.

Por principio, de la Virgen se espera que sea, si no bonita, al menos agraciadita, y que parezca joven. En segunda, su actuación, aunque sea poca, tiene que ser buena, porque todo lo que la Virgen dice es importante. En tercera, casi nadie lo quiere hacer. Cuando usted reúne un grupo para una pastorela, todos quieren ser el diablo, o cuando mucho, pastor. El ángel y la Virgen son la última elección.

Hay razones que pueden ser buenas. La Virgen, en general, como ya dijimos, sale poco y habla poco. Igual que en el Evangelio. Casi no hay parlamentos largos para la Virgen. El diablo, en cambio, normalmente tiene parlamentos largos y exigentes, propios para el lucimiento personal.

Pero hay otras razones no tan buenas.

Sucede que el demonio, a pesar de querer nuestro mal, ejerce una extraña fascinación sobre nosotros los humanos. Es una consecuencia del pecado original. Es esa inclinación al mal y ese pasajero placer que se obtiene cuando se practica, que la doctrina llama concupiscencia. Los malosos son atractivos, digo yo. Y si no que lo digan los jóvenes decentes a los que les cuesta un chorro de trabajo ligar.

Dice el maravilloso escritor José Luis Martín Descalzo que el deporte más practicado en la actualidad es el de hacernos pasar por más malos de los que somos. Y es que, efectivamente, la maldad siempre promete un cierto grado de felicidad que para un santo es inaccesible. Promete más libertad, menos límites, más variedad de opciones, experiencias más excitantes, más recursos para alcanzar nuestras metas. Después de todo, el demonio es el príncipe de este mundo. «Te daré todos los reinos de la tierra si, postrándote, me adoras» (Mt. 4, 8-9). En los salmos hay varias referencias a la tentación que sienten los buenos de volverse malos al ver el éxito y el bienestar que acompaña a estos últimos. La tentación de ser el diablo definitivamente nos llega a casi todos. Y no es que aceptemos abiertamente la maldad. Más bien es una ingenua esperanza de poder servir al diablo y a Dios, de poder coquetear con el mal estando casados con el bien, de poder probar el mal y en el último minuto soltarlo antes de que nos mate.

Alguna vez le preguntaron a Juan XXIII (creo, y si no fue a él fue otro igual de santo) qué se necesitaba para ser santo. Su respuesta fue: desearlo. Efectivamente, lo primero son las ganas de serlo. Si realmente se tienen ganas, Dios pone lo demás. El problema es que, hoy en día, nadie tiene ganas. Ahorita nos atrae más el pecado, estamos en la etapa del coqueteo.

Qué bonito sería que, al menos en esta época de Adviento y Navidad, practicáramos el deporte de hacernos los buenos. Tal vez el disfrazarnos de Virgen por un rato nos ayude a parecernos un poquito más a ella..

EL OBSERVADOR 545-12

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LO QUE VALE EL MEXICANO
Ven, ven Señor, no tardes…
Por Antonio Maza Pereda

Cómo vivimos este tiempo de Adviento? Adviento significa venida. Es el tiempo en el que recordamos, una vez al año, la primera venida de Jesús. Un tiempo dedicado a la espera, a la anticipación, al gozo de sabernos redimidos por ese Niño que nació hace más de dos mil años y cuyo nacimiento estamos por celebrar. Una antigua y poco recordada costumbre de la Iglesia es hacer esta espera en un ambiente de recogimiento, de ayuno, de oración. Después de todo, vamos a celebrar solemnemente uno de los misterios fundamentales de nuestra fe: la encarnación del Hijo de Dios. De esta encarnación y de la redención nos han venido tantos bienes, que debemos prepararnos, hacernos un poco menos indignos de tan gloriosa ocasión.

Claro, esta es una costumbre que, como otras, se han perdido al perderse el significado de la Navidad, al menos para una parte importante de la sociedad. Si examinamos lo que los medios y las películas nos dicen, lo que la Navidad celebra es la paz, el amor, la familia y su unión, los niños, los regalos y juguetes, los arbolitos y las esferas, la gran cena, las divertidas posadas... Cosas todas muy buenas, pero que no son el verdadero sentido de la Navidad. El mundo, en el sentido bíblico del término, no quiere que recordemos a Jesús. No sea que se nos vayan a molestar los que no son católicos o cristianos, al ver que celebramos el nacimiento de quien nos salvó. Esta verdadera falsificación del sentido de la festividad solo ocurre, por cierto, con la fiesta del nacimiento de Cristo. No ocurre con el Yom Kipur de los judíos, ni con el Ramadán de los musulmanes. ¿Por qué será?

Pero hay otro sentido que aún los más fervientes católicos estamos perdiendo de vista. En el Adviento nos preparamos para celebrar la primera venida de Cristo, pero también para recibir, con igual gozo, su segunda venida, la venida definitiva, en donde juzgará a las naciones y llegará como rey, en su gloria. ¿Quién de nosotros pide que venga Jesús por segunda vez? Nos hemos espantado tanto con las imágenes del Apocalipsis que se nos ha olvidado que de la segunda venida de Jesús nos vendrán incontables bienes, como nos llegaron en la primera. No eran así los primeros cristianos. Las primeras comunidades cristianas esperaban gozosamente la segunda venida de Jesús, con tanta ansia que había quienes dejaban de trabajar (y san Pablo los reprendió por ello) pensando en lo inútil de preocuparse de las cosas del mundo, ante la próxima llegada de nuestro Rey.

Sí, Jesús vendrá a llevarnos a la casa del Padre, a restablecer la justicia, a darnos la verdadera paz. No hay que temer a esta segunda venida; hay que anhelar que ocurra, hay que pedir a Dios que ya sea realidad. Ven, ven Señor, no tardes. Ven que te esperamos. Ven pronto, Señor… esto es parte importante del espíritu del Adviento. Somos un pueblo en espera de que Jesús regrese y devuelva a la creación el equilibrio que perdió por el pecado. Sabemos que Jesús nos ama, sabemos de su inmensa misericordia y, por ello, sabemos que en su segunda venida habrá amor y justicia, en ese exquisito equilibrio que solo en Dios es posible.

¡Ven, señor Jesús! ¡Ven a nuestra sociedad enferma, ven a sanar nuestros corazones, ven a nuestras almas sin esperanza! ¡Ven y llévanos a la patria definitiva! ¡Ven, señor Jesús!

EL OBSERVADOR 545-13

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FIN

 
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