El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
19 de febrero de 2006 No. 554

SUMARIO

bulletPORTADA - La voz de la Iglesia se eleva ante los desafíos que hoy afronta la familia
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Contestar a los laicistas
bulletPINCELADAS - La mejor semilla
bulletLO QUE VALE EL MEXICANO - ¿Una ética republicana?
bulletMIRADA JOVEN - Los jóvenes, ¿atrapados por la TV?
bulletRESUELVE TUS DUDAS - ¿Y la «teología del dolor de Dios»?
bulletENTREVISTA - «Dios es amor»: Una encíclica que interpela a los filósofos
bulletFLOR DE HARINA - Señal de la cruz
bulletTEMAS DE HOY - El fotógrafo
bulletPICADURA LETRÍSTICA - Es cosa seria el chiste
bulletLA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO - Sí podemos amar al prójimo, aunque sea antipático

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PORTADA
La voz de la Iglesia se eleva ante los desafíos que hoy afronta la familia
Zenit org. – El Observador

El futuro bienestar de la sociedad depende de que se robustezca la vida familiar. Este es un mensaje constante del Papa, quien hace poco indicaba que «la sagrada institución del matrimonio es vital para el bienestar de toda nación». Advierte también que «cualquier esperanza de renovación de la sociedad que no se adhiera al plan de Dios para el matrimonio y la familia está destinada a derrumbarse, porque es allí donde se hace realidad, por primera vez, la dignidad dada por Dios a toda persona». Frente a los actuales desafíos al matrimonio es necesario que las autoridades civiles y religiosas trabajen juntas para mantener esta vital institución, insiste.

El matrimonio y la familia, afirma, tienen un «papel insustituible en la educación de la juventud, conjugando autoridad y apoyo afectivo, dando a todos los jóvenes los valores indispensables para su maduración personal y el sentido del bien común, así como todos los elementos necesarios para la vida social».

Verdades elementales

El Papa ha explicado que, al insistir en el apoyo a la familia, la Iglesia no está imponiendo la doctrina o moralidad católicas a una sociedad secular. Más bien, es una cuestión de «verdades elementales que preocupan a nuestra común humanidad».

En clara referencia a los esfuerzos por dar estatus legal a las parejas de hecho y a las uniones del mismo sexo, el vicario de Cristo insiste: «Es un grave error obscurecer el valor y los papeles de la familia legítima fundada en el matrimonio atribuyendo reconocimiento legal a otras formas impropias de unión de las que verdaderamente no hay una necesidad social real».

Sus palabras han tenido eco en el cardenal Camillo Ruini, quien hace un mes insistió en que, en las próximas elecciones italianas, uno de los temas principales que los votantes deberían tomar en consideración debía ser la defensa de la familia y el matrimonio, junto con el respeto a la vida humana.

España y Escocia

También han hablado defendiendo la familia obispos de otros países. La subcomisión para la familia y defensa de la vida de la Conferencia Episcopal Española publicó un mensaje sobre la transmisión de la fe a los hijos. Ese documento habla de las sombras que planean sobre la vida familiar por la «culpable omisión» al no apoyar desde el Estado a las familias en materia de vivienda y educación. Los obispos también renovaron sus críticas a la ley del gobierno socialista que ha dado reconocimiento a las uniones del mismo sexo y ha suavizado las leyes para hacer más fácil el divorcio.

Y en Escocia, el arzobispo Mario Conti publicó una carta pastoral sobre la familia. «Nada es más fundamental para el bien común que la estabilidad de la vida familiar», indicaba. Pero esto está siendo ignorado por los líderes civiles y, por ello, hay «una sociedad en declive moral, una civilización que decae culturalmente». En vez de apoyar a las parejas casadas y a la vida familiar, el gobierno está ampliando las ventajas «a las relaciones que son, por su propia naturaleza, incapaces de proporcionar a los ciudadanos del mañana aquellos valores que determinarán nuestra sociedad».

En Edimburgo, el cardenal Keith O'Brien dijo: «No sin razón las sociedades humanas, a lo largo de la historia y de las culturas, han florecido sólo cuando han construido sus relaciones humanas sobre la roca del matrimonio». Una sombría advertencia que la Iglesia espera que escuchen los gobiernos.

EL OBSERVADOR 554-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Contestar a los laicistas
Por Jaime Septién

La polémica desatada por las declaraciones del escritor Carlos Monsiváis en contra del secretario de Gobernación, Carlos Abascal, ha vuelto a sacar el antiguo tema de la separación de la Iglesia y el Estado y el más moderno del laicismo como sinónimo de no ingerencia de la religión en los asuntos de la política.

En general, lo que algunos exigen es que México sea un Estado laico en el que nadie quiera imponer sus ideas. Mucho menos sus creencias religiosas. Se pide, con demasiada insistencia, sacar a la religión de la vida de las personas, más aún si éstas son parte del gobierno. Ponerla en un rincón, abstenerse de proclamarla en público. Todo ello es un absurdo. El laicismo que ahora impera es el relativismo. Y al relativismo se le contesta de una manera muy simple. He aquí siete dogmas del relativismo laicista y sus respectivas contestaciones (siguiendo a Rebeca Reynaud, del portal Autores Católicos):

1. La verdad no es universal. Lo dices esgrimiendo una verdad de tipo universal, por lo tanto es inválido.

2. Nadie puede conocer la verdad. Salvo tú que lo estás afirmando como si la conocieras de cerca.

3. La verdad es incierta. Por lo tanto, esta verdad que para ti es cierta, goza también del estatus de incertidumbre.
4. Todas las generalizaciones son falsas. Entonces esta generalización que tú haces es, también, falsa.

5. No puede construirse una verdad al lado de un dogma. Lo cual implica, como puede verse, un dogma (y una verdad para ti).

6. No se puede imponer a los demás una verdad. De acuerdo, pero tú lo estás haciendo al prohibirme imponer una verdad.

7. No hay absolutos. Excepto, debo suponer, el absoluto tuyo de venir a decirme que no hay absolutos.

Nuestro deber (y nuestro derecho) como católicos es no estar fuera de la vida pública. La Iglesia es fuente de participación y solidaridad, pero, sobre todo, de caridad y bien común. La vida pública no es, nada más, participar en la política. La verdad del amor de Dios ha de dirigirse a todos los ámbitos, para promover la dignidad de la persona; defender la vida (desde el momento de la concepción hasta la muerte natural), a la familia y trabajar en la ciencia, en los medios de comunicación, en la economía y, por supuesto, en la política.

Nadie nos lo puede impedir. Mucho menos debería poder asustarnos. Está en juego nuestro futuro. Y de la presencia de los cristianos depende si es un futuro de amor o es la guerra.

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PINCELADAS
La mejor semilla
Por el P. Justo López Melús

Había un agricultor que siempre conseguía el primer premio en la feria con su maíz. Llamaba la atención la costumbre que tenía de compartir sus mejores semillas de maíz con los demás agricultores que rodeaban sus campos. Los demás agricultores de la comarca estaban intrigados por aquella prueba de generosidad, ellos que guardaban celosamente sus semillas. No entendían que quisiera compartir con ellos el primer premio.

Por fin le preguntaron por qué lo hacía, y les contestó: «Es por puro interés. Saben que el viento traslada el polen de unos campos a otros. Por eso, si mis vecinos cultivaran un maíz malo, mi propio maíz bajaría de calidad. Por eso quiero que sólo planten el mejor maíz». Efectivamente, la calidad de vida de quienes conviven con nosotros repercute también en nuestra vida. Los hombres no son islas. Todo lo que hacemos o decimos influye mutuamente entre nosotros.

EL OBSERVADOR 554-3

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LO QUE VALE EL MEXICANO
¿Una ética republicana?
Por Antonio Maza Pereda

Recientemente tuvimos en los diarios una polémica entre un afamado escritor y un alto funcionario del Gobierno. El motivo, uno que cada vez se hace más frecuente: el funcionario dijo que, en su opinión, la religión tiene un lugar en la formación de los valores en la nación. El escritor se inconformó y se escandalizó, y dijo que al Gobierno lo que le toca es promover, dijo, una «ética republicana».

Mi primera reacción, además de notar el fuerte olor a siglo XIX de la frase, fue la de preguntarme: ¿Existe tal cosa? Reconozco mi incultura, pero soy un lector curioso e insaciable y nunca he visto un libro, un folleto o un tratado que hable de ética republicana. ¿Se referirá este escritor a la ética de los liberales del siglo XIX? ¿Se referirá a la de los que propugnaron la escuela laica en el siglo XX? ¿Se referirá a las difuntas clases de civismo que nos daban hace casi 40 años y que el propio Gobierno eliminó del curriculum de las primarias y secundarias?

La verdad, en nombre de la laicidad, a nuestras escuelas y a nuestra sociedad se les ha dejado huérfanas de una moral pública. El resultado ha sido claro: los partidos que más han propuesto una «ética laica» —para no decirle republicana— son los que más nos han dado muestra de un proceder alejado de la ética en sus acciones de gobierno.

Con esto no quiero decir que una persona sin religión necesariamente sea una persona sin ética: personalmente conozco personas que no profesan ninguna religión y que viven una ética admirable. No, el problema está cuando, en nombre de una mal entendida libertad de creencias, el Estado calla en materias de ética, por temor a decir cosas políticamente incorrectas, por miedo a ser acusados de «moralina», por temor a aparecer como interventores en la vida privada.

Eso nos ha llevado, al Estado primero y después a muchos ciudadanos, a un mutismo ético: cuando se trata de ética, nos quedamos mudos. Esta actitud —está bien demostrado— lleva a una amnesia moral: se nos olvida qué es lo ético y qué no lo es. Y, siguiendo por ese camino, terminamos cayendo en el relativismo o en el legalismo. Nuestra sociedad es legalista cuando lo único que reconoce como ético es lo que las leyes dicen. Y en parte es cierto: las leyes son los mínimos éticos para asegurar la convivencia social. Pero son los mínimos: frecuentemente no bastan. Para muestra: ¿Cuántos corruptos están libres porque legalmente no se les puede hacer nada? Pero, peor aún, este no hablar de ética o querer excluir de ella los conceptos que aportan las religiones, nos lleva a un relativismo, a creer que cada quién tiene derecho a su propia ética y, en el extremo, a negar a la sociedad el derecho a pedir un comportamiento ético a sus miembros.

No. Hay que hablar de ética y hay que incluir en ella los valores universales que las religiones profesan. Hay que dejarnos de tonterías: la ética pública debe estar basada en los valores que han dado origen a nuestra cultura. No se trata de que sea republicana, monárquica o comunista. La ética pública está por encima de las diversas formas de gobernar que decida adoptar un pueblo; está basada en la naturaleza humana. Tenemos derecho a una Ética Pública y a que se hable de ella, se enseñe y se divulgue mucho y bien. Y tenemos la obligación de apoyarla.

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MIRADA JOVEN
Los jóvenes, ¿atrapados por la TV?
Por María Velázquez Dorantes

La televisión define qué es lo que los jóvenes deben ver y cómo actuar. Es como si una caja los atrapara y les enviara pequeñas órdenes para actuar, para vestirse, para pensar; para estereotiparse. ¿Será que los medios audiovisuales están generando roles en los cuales los jóvenes deben desempeñarse? ¿Será posible pensar que los medios, como la televisión en particular, marginen y clasifiquen el pensamiento de la gente más dinámica, es decir, los jóvenes?

La programación televisiva ofrece en realidad pocas opciones para el desarrollo intelectual y psicosocial de la juventud. La televisión atrapa a los jóvenes con temas sexuales, de morbo, de «diversión grotesca», creando en ellos nuevos paradigmas para definir su «estilo de vida».

Existen investigadores que se mantienen en la posición firme acerca de que la televisión no manipula; sin embargo, sí es influyente en la toma de decisiones, en la adopción de comportamientos.

Recordemos que la televisión, en lugar de entretener, ahora se convierte en un instrumento de ideologías y, por lo tanto, de cultura. No se puede negar que la exposición de los jóvenes frente al televisor es alta y de gran aceptación, ya sea que se trate de televisión abierta o por cable; existen estudios donde se ha demostrado que los jóvenes —y en ese tiempo la publicidad, la programación, los líderes y la música— están emitiendo mensajes que pueden o no convencerlos, porque los jóvenes son receptores activos y, por lo tanto, tiene el poder de decisión frente a ese monitor que los seduce y los atrapa.

Después de un análisis hecho en 1997, donde se creía que había poca programación destinada a los jóvenes, hasta hoy podemos observar que ese invento se ha adueñado de las creencias de los jóvenes; se ha visto como el crecimiento de programas busca la apropiación de la audiencia juvenil y no descansa hasta tener a este público acaparado en sus ratos de ocio y esparcimiento.

No veamos a la televisión como un simple medio de comunicación, pero tampoco como a un monstruo. Mejor analicemos los contenidos de los programas y después observemos cómo es la realidad; entonces podremos medir qué tanta influencia tiene la televisión en la vida de los jóvenes, qué tan atrapados se encuentran ellos y qué soluciones se pueden proponer y, al mismo tiempo, exigir a las cadenas de televisión.

EL OBSERVADOR 554-5

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RESUELVE TUS DUDAS

¿Y la «teología del dolor de Dios»?

Pregunta: Acerca del artículo «¿Sufren Jesús y María en el Cielo?», me surgen varias preguntas:
1. ¿Qué significa que los bienaventurados se «identifiquen» de manera personal con el sufrimiento de la Iglesia?
2. He oído hablar de aspectos como la «teología del dolor de Dios» y la «debilidad de Dios» (hay quien opina que Dios, en su omnipotencia, es capaz de sentir dolor; por ejemplo, Dios Padre ante la muerte de su Hijo).
3. El amar a alguien nos pone débiles, amor y dolor van normalmente juntos, y Dios es Amor.
4. Por otro lado, ¿en dónde queda la coherencia entre una imagen de Nuestro Señor Jesucristo o de Nuestra Señora que derrama lágrimas de sangre, sin que este hecho corresponda a una realidad? Se podría pensar que esto es un engaño (el común de la gente no entiende explicaciones teológicas elaboradas, una explicación como la que usted presenta podría poner en riesgo la piedad popular).
José Luis

Respuesta:
Ya en tus observaciones 2 y 3, tú mismo estás contestando parte de tu pregunta. Efectivamente, Dios Padre, al momento de crear un ser perfectible y ofrecerle su amor, y Jesucristo al momento de despojarse de sí mismo y tomar condición de siervo (Flp 2, 7), se hicieron a sí mismos vulnerables al dolor.

María, por su parte, aunque nunca lo mereció, sufrió mucho a causa del dolor ajeno, comenzando por Jesús y siguiendo con sus discípulos. Que Jesús y María se identifican con el sufrimiento de la Iglesia significa que ellos son parte de la Iglesia y, por lo mismo, propensos a sufrir mientras otros miembros de la Iglesia sigan sufriendo y cometiendo pecados. No creo que pueda haber una explicación más sencilla.

Ciertamente, supongo que ha habido casos de fraudes en imágenes que lloran o que derraman sangre, y esto es un engaño y es completamente incorrecto y debe ser denunciado y prohibido por la Iglesia en el momento en que alguien se da cuenta. Aun así, no podemos decir que no corresponda a la realidad. Es un hecho que Jesús y María son muy sensibles y por lo mismo muy propensos a sufrir por una humanidad que se encuentra gravemente enferma. Solamente se verán libres de sufrimiento cuando todos los miembros de la Iglesia hayan sido glorificados al final de los tiempos. Lo sabemos por revelaciones a videntes probadamente confiables.

Por otro lado, si es cierto que existen situaciones de fraude, también existen manifestaciones milagrosas para las que no se encuentra ninguna explicación natural, y por medio de ellas Jesús y María nos recuerdan que están sufriendo por causa nuestra y piden nuestra conversión.

Walter Turnbull.

EL OBSERVADOR 554-6

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ENTREVISTA
«Dios es amor»: Una encíclica que interpela a los filósofos
¿Qué le puede decir una encíclica papal a un filósofo actualmente? ¿La encíclica «Dios es amor» ofrece algo a la razón o sólo es un mensaje al corazón? El Observador entrevista al filósofo Rodrigo Guerra, director del Observatorio Social del CELAM e Investigador de la Universidad Panamericana (México).

¿Qué pasa cuando un filósofo lee un documento como la Encíclica «Dios es Amor» de Benedicto XVI? ¿El pensamiento y el rigor académico se violentan?
Los filósofos, como muchos otros académicos, solemos ser celosos defensores de la racionalidad. Sin embargo, luego de la crisis de la modernidad ilustrada en la que los modelos excesivamente racionalistas han mostrado su esterilidad, existe una receptividad mayor que en otras épocas en el mundo de la filosofía para dejarse interpelar por el discurso teológico y hasta por el Magisterio Pontificio. Cada filósofo podrá eventualmente reaccionar a la encíclica de manera diversa desde sus propias premisas intelectuales y desde sus muy personales convicciones religiosas. Sin embargo, tengo la impresión que en general la situación actual es de mayor receptividad y rigor en el análisis. En algunos ambientes especializados de América Latina he percibido que el pensamiento de Benedicto XVI comienza a suscitar hasta una cierta simpatía, modesta, un poco tímida si se quiere, pero simpatía al fin.

¿Qué es lo que genera simpatía? ¿Alguna idea, algún concepto, algún lenguaje o estilo usado por el Papa?
Es difícil realizar una generalización. Sin embargo, creo que es posible identificar que precisamente no son las ideas o los conceptos los que en el fondo motivan interés, asombro y simpatía. Sino la propuesta tan nítida que hace el nuevo Papa de que el corazón y la razón anhelan el encuentro con un acontecimiento, con una persona viva que muestre el horizonte de lo definitivo, antes que con una cierta idea o con un cierto compromiso ético. El moralismo con el que en algunos sectores se anuncia o se critica al cristianismo queda vencido cuando la mirada se reorienta hacia el núcleo más elemental y originario de la fe de los primeros: Jesús no se autopropone como una teoría, como un ideal de decencia o como una abstracción. Jesús se muestra como don que irrumpe en la historia y que rebasa las expectativas más profundas que habitan en lo humano sin negar lo humano. La razón, ante este hecho, no puede permanecer indiferente aunque sea escéptica o esté marcada por la sospecha.

Pero el hecho es que existe un fenómeno de gran indiferencia, escepticismo y sospecha en la actualidad tanto en los jóvenes como en muchas élites intelectuales…
Así es. Sin embargo, estos rasgos no son todos los que delimitan el escenario actual. La búsqueda de sentido está más viva que nunca en la población juvenil y es detectada de modo empírico en estudios como la «World values survey», por ejemplo. En el terreno del debate filosófico contemporáneo, si bien es cierto que existe un pensamiento marcado por el desencanto racional y el esteticismo, también existen muchas voces que desde diversos ángulos muestran otro escenario. Pienso en figuras como las de Paul Ricoeur, Karol Wojtyla, Emmanuel Levinas, Robert Spaemman, Jan Patocka, Josef Seifert, Juan Carlos Scannone o Mauricio Beuchot. Todos ellos han hecho un esfuerzo radical y racional por mostrar la importancia que tiene la responsabilidad por el otro en el proceso de reconstrucción del mundo y de la inteligencia de una manera más humana. Benedicto XVI, desde el especial ministerio que ejerce, recupera con su encíclica lo esencial cristiano y se inscribe en la tradición de aquellos que reproponen precisamente que el amor redime a la persona y a su inteligencia. Más aún, que es el amor el que hace inteligible la Verdad definitiva sobre el mundo y sobre Dios.

¿Hay alguna escuela filosófica o teológica particular que se manifieste en la Encíclica de Benedicto XVI?
El Magisterio Pontificio no se enlista en una escuela particular de pensamiento filosófico o teológico sino que su referente principal es su misión eclesial particularísima: preservar el depósito de la fe y ampliar nuestra comprensión de la misma en continuidad con el Magisterio precedente. Habiendo dicho esto, también es posible decir que el perfil personal de cada Papa contribuye a acentuar algunos rasgos en materia de pensamiento. La encíclica de Benedicto XVI utiliza el vigor de la razón para explicar la fe bajo algunas claves muy queridas por él desde su época como profesor universitario. No es difícil detectar que «Dios es Amor» tiene una sintonía muy particular con el modo como Hans Urs von Balthasar y Romano Guardini hicieron teología en el Siglo XX. Así mismo, en el texto es detectable una preferencia por las filosofías que consideran que es preciso amar a las personas por sí mismas y no usarlas como mero medio. Los parágrafos seis y siete de la encíclica son sumamente elocuentes a este respecto, y coherentes con una de sus confesiones autobiográficas. Josef Ratzinger anota: «el encuentro con el personalismo» (como corriente filosófica y teológica) «fue un evento que marcó profundamente mi camino espiritual».

¿La teología de la caridad de Benedicto XVI busca tener incidencia en las estructuras del mundo o es un mensaje dirigido a la conciencia y a la vida privada de los hombres?
El Papa de manera valiente y clara anuncia a Jesús como propuesta religiosa y distingue la acción de la Iglesia de aquella que realiza el Estado. Sin embargo, lanza un llamado fuerte en el parágrafo 29 para aquellos laicos que viven una suerte de cristianismo implícito, intimista, meramente privado: el deber inmediato de actuar a favor de un orden justo en la sociedad es propio de los fieles laicos. Ningún fiel laico puede eximirse de sus responsabilidades políticas. La política no es entendida aquí como mera gestión del poder sino como una forma de caridad: «caridad social». Si el amor, el perdón y la búsqueda de reconciliación no animan por dentro la acción política de los cristianos, esta deja de ser acción cristiana y se diluye en los infinitos juegos y vanidades propios del puro afán de poder.

EL OBSERVADOR 554-7

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FLOR DE HARINA
Señal de la cruz
Por el P. Justo López Melús

Una hermosa oración encierra el profundo simbolismo de la señal de la cruz:

«Señor, yo hago con frecuencia la señal de la cruz, pero no he comprendido todo su sentido. No había pensado que hago sobre mí, no un signo de disminución, no un signo menos, sino un signo más, un gran signo de adición. ¡Ah, Señor!, yo no me achico al hacerme discípulo tuyo, no pierdo nada al seguirte. Al contrario, añado a mis aspiraciones humanas un valor infinito: el valor de tu Redención y de tu Gracia.

«Me parece que con este signo me supero extraordinariamente. Rompo el molde de mis minúsculas aspiraciones. Esa línea horizontal que trazo de un hombro al otro tiende a prolongarse indefinidamente para abrazar a todo el horizonte. La línea vertical, de la frente al pecho, parece unir el cielo con la tierra.

«Señor, este signo indica claramente cuál es mi misión: conquistar todo el universo —y a mí mismo ante todo— para unirlo todo, por medio de Ti, al Padre. Reunir a tu alrededor, Señor, a la creación entera, para que puedas ofrecerla al Padre. Yo me siento engrandecido, Señor, al trazar sobre mí la señal de la cruz. Porque me siento asociado a la obra de la redención, supliendo en mi carne lo que me has reservado de tu pasión (Col. 1, 24).

«Por tanto, te prometo hacerla desde ahora con más respeto. Quiero marcar con ella fuertemente mi frente, mi pecho, mis hombros, para que todos mis pensamientos, mis afectos y mi actividad queden enteramente consagrados a Ti. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén».

EL OBSERVADOR 554-8

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TEMAS DE HOY
El fotógrafo
Por el P. Fernando Pascual

Otra vez me han llamado. Ayer fue una boda. Hoy es un bautizo. Mañana viene un político a hablar al pueblo.

Ante mi cámara pasan personas grandes y pequeñas, famosas y desconocidas, ricos y pobres. Casi todos sonríen, como si quisieran dejar fijo, para siempre, un instante de felicidad. Cuando, en realidad, todo pasa, todo cambia, todo ocurre tan deprisa...

Aquellos jóvenes que se casaban entre caricias hace tres años hoy inician el proceso de divorcio. Hice tantas fotos cuando estaban a la puerta del templo, durante la ceremonia, cuando se besaron en la plaza, mientras partían una tarta... No me llaman ahora, en cambio, para ver cómo entran ante el juez que constatará el fracaso de su amor, la ruina de sus promesas más sinceras...

Aquel niño que dormía tranquilo en brazos de su madre, antes del bautizo, hoy vive preocupado por la moto, los estudios, el trabajo. Me dicen que ya no quiere saber nada de sus padres, que los tiene angustiados porque llega tarde a casa, porque huele a borracheras, porque quizá incluso ya se droga...

Aquel político que era aplaudido mientras defendía la importancia de la moralidad pública acaba de ingresar en la cárcel. Esta vez sí tengo fotos de los dos momentos. Cuando subía a un pequeño podio y dominaba con sus ojos a las masas. Cuando fue conducido ante el juez, las manos esposadas, entre dos policías que apartaban a los que, como yo, buscábamos el lugar de la mejor toma.

He aprendido que las imágenes son sólo eso: imágenes. La vida es mucho más rica, más compleja. Quienes hoy gozan, mañana inician el camino de la decadencia. Quienes son señalados como pérfidos ladrones, pueden un día cambiar su corazón, entrar en el mundo de la justicia, dedicar sus energías a ayudar a los que sufren. Quienes gozan de belleza y fama, mañana sufrirán al ver el paso inexorable de un tiempo que arruga cutis, que margina a los que ya no son ni útiles ni bellos...

Cuántas personas y cuántas situaciones pasan ante mi cámara. Y cuántas no veo nunca. No penetro los corazones, ni sé cuándo unos novios se quieren de veras o se engañan mutuamente, ni cuándo el político que habla de justicia engaña tristemente a sus amigos, ni cuándo el preso es inocente aunque todos lo acusen de delitos nunca cometidos.

No penetro, sobre todo, en esos mil gestos sencillos, cotidianos, que embellecen la vida, que engrandecen corazones. Eso que hace un hijo cuando vela, noche tras noche, por la salud de su madre enferma. Eso que hacen unos padres para aliviar al hijo más pequeño que se apaga poco a poco carcomido de leucemia. Eso que logra, en un monasterio, la oración de una monja que habla a Dios y pide por enfermos, pecadores, moribundos, pobres y ricos de corazón incierto.

Tantas cosas importantes no pasan ante mi cámara. Las pocas que llego a plasmar con un click quedan allí, como imágenes insuficientes para comprender corazones, para captar el misterio de la historia humana.

Cada vida es mucho más rica y más profunda que lo que sale afuera. El corazón dirige cada uno de mis pasos. Hoy decido, en lo íntimo de mí mismo, si seré mejor, si romperé con el pecado, si amaré más a los míos, si seré honesto en mi trabajo. Sin que nadie, más que un Dios que es bueno, pueda penetrar en ese dinamismo profundo que convierte a algunos en miserables dignos de compasión, y a otros en hombres grandes, generosos, buenos...

EL OBSERVADOR 554-9

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PICADURA LETRÍSTICA
Es cosa seria el chiste
Por J. Jesús García y García

Nos gusta reír y todos los pretextos son buenos.
HENRI BERGSON

Sé que Juan Kahan, hace ahora 25 años, estableció lo que en ese momento era un récord mundial contando chistes, pues contó tres mil en 25 horas y 33 minutos. Por su parte, José Ordóñez, colombiano, rompió la marca de Kahan y fue estableciendo otras marcas crecientes, aunque nunca pasó de 65 horas, durante las cuales contó alrededor de 9 mil chistes tomando únicamente un receso de tres minutos en cada hora para alimentarse, tomar agua e ir al baño. El campeón y actual plusmarquista es, hasta donde tengo noticia, Felipe Carbonell, español naturalizado peruano, a quien Guinness le homologó el récord de 100 horas contando chistes en una sesión que empezó el 30 de agosto y terminó el 3 de septiembre de 1990 (cuatro días corriditos).

Los cuenta-chistes —al decir de monseñor Joaquín Antonio Peñalosa, quien publicó tres libros de humor religioso o humor blanco no contradictor de la fe— abren las compuertas de la risa; lo hacen por naturaleza, gracia y excelente memoria. Estas tres condiciones son muy importantes, especialmente la de en medio. Un cuenta-chistes como yo, por ejemplo, a los veinte minutos —o menos— se quedaría sin alguien que quisiera escucharlo un momento más. Se necesita gracia de la buena para captar la atención de un público (aunque éste participe en relevos) durante un día con su noche y hora y media más de pilón, o, peor aún, durante poco más de cuatro días.

El chiste, siguiendo en lo conducente los significados que da la Academia, es un «dicho u ocurrencia aguda y graciosa», un «dicho o historieta muy breve que contiene un juego verbal o conceptual capaz de mover a risa...». Pertenece al género de lo cómico y a la especie de lo humorístico. Algunas veces lo denominan con términos que corresponden a otras manifestaciones de parecido carácter: agudeza, ocurrencia, chanza, humorada, burla, guasa, chuscada, gansada, sátira, gracejo, chirigota, cuchufleta...; pero, aunque sea difícil la diferenciación, ésta parece requerirse. El chiste es el chiste, y apenas chascarrillo es el sinónimo que más precisamente se le acerca. Para mi uso personal amplío el concepto: el chiste es una creación infraliteraria breve, de finalidad lúdica, que se transmite en forma oral o escrita y es casi siempre anónimo; también puede expresarse por medio del dibujo.

Lo que tiene de controvertible el chiste es que puede conducirnos al relativismo moral, ya que suele derribar tabúes, arremeter contra lo que no se debe nombrar socialmente, sacar a lucir lo prohibido. Por el ingenio que despliega aliviana la carga censural, hace de válvula de escape, permite liberarnos de la necesidad de ser lógicos, morales y realistas. De ese modo, momentáneamente, la agresividad, la obscenidad o el absurdo parecen estar permitidos.

De forma explicable, pero no admisible, la libertad de expresión querría tener un carácter ilimitado, y hay quienes vierten chistes en los medios para ridiculizar lo sagrado. Allí está ese hecho del periódico danés que publicó unas caricaturas del profeta Mahoma. Hasta ahora los ridiculizadores de lo sagrado la habían tomado impunemente contra el cristianismo. Eso era muy cómodo, ya que nosotros no podemos reaccionar con violencia, aunque nuestra dignidad sea ofendida. La respuesta musulmana es diferente: le sobra violencia y nosotros no admitimos la violencia ni por desplegarla nos espera en el cielo un coro de huríes para recompensarnos. Pero nadie puede negar que se ha atentado contra la dignidad musulmana ofendiendo sus valores más importantes. Y viene la venganza: ya convocan los islamitas a un concurso de caricaturas sobre el Holocausto. ¿A dónde vamos a parar? Mientras tanto, Francia anuncia que castigará con cárcel a quien cuente chistes sobre gays o lesbianas. Para éstos nada de ridiculización, ¿pero por qué para la religión sí? No se respeta el plano de la responsabilidad social en la comunicación. El chiste es cosa seria.

EL OBSERVADOR 554-10

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LA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO
Sí podemos amar al prójimo, aunque sea antipático

Rompiendo tradiciones, Benedicto XVI ha querido presentar personalmente su encíclica Deus caritas est a los lectores de Famiglia Cristiana, el semanario de mayor tirada en Italia:

«Queridos lectoras y lectores: Me ha dado mucho gusto que... les enviaran a casa el texto de mi encíclica.... Al inicio el texto puede parecer un poco difícil y teórico. Sin embargo, cuando uno se pone a leerlo, resulta evidente que solamente he querido responder a un par de preguntas muy concretas para la vida cristiana. La primera pregunta es la siguiente: ¿es posible amar a Dios?; más aún: ¿puede el amor ser algo obligado? ¿No es un sentimiento que se tiene o no se tiene? La respuesta a la primera pregunta es: sí, podemos amar a Dios, dado que Él no se ha quedado a una distancia inalcanzable sino que ha entrado y entra en nuestra vida....

«El amor no es solamente un sentimiento, pertenecen a él también la voluntad y la inteligencia... El amor, de hecho, no nos lo encontramos ya listo de repente, sino que madura...

«La segunda pregunta es la siguiente: ¿podemos de verdad amar al prójimo, cuando nos resulta extraño o incluso antipático? Sí, podemos, si somos amigos de Dios... Si somos amigos de Cristo queda cada vez más claro que Él nos ha amado y nos ama, aunque con frecuencia alejemos de Él nuestra mirada y vivamos según otros criterios. Si, en cambio, la amistad con Dios se convierte para nosotros en algo cada vez más importante y decisivo, entonces comenzaremos a amar a aquellos a quienes Dios ama y que tienen necesidad de nosotros. Dios quiere que seamos amigos de sus amigos y nosotros podemos serlo, si estamos interiormente cerca de ellos.

«Por último, se plantea también está pregunta: con sus mandamientos y sus prohibiciones, ¿no nos amarga la Iglesia la alegría del eros...? En la encíclica he intentado demostrar que la promesa más profunda del eros puede madurar solamente cuando no sólo buscamos la felicidad transitoria y repentina....

«En la segunda parte se habla de la caridad... ¿Puede la Iglesia dejar este servicio a las demás organizaciones filantrópicas? La respuesta es no... La Iglesia debe practicar el amor hacia el prójimo incluso como comunidad, pues de lo contrario anunciaría de modo incompleto e insuficiente al Dios del amor...

«El mundo espera el testimonio del amor cristiano que se inspira en la fe. En nuestro mundo, con frecuencia tan oscuro, con este amor brilla la luz del Dios».

EL OBSERVADOR 554-11

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FIN

 
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