El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
-Periodismo católico-
7 de mayo de 2006 No.565

SUMARIO

bulletPORTADA - México tendrá un obispo santo: Rafael Guízar Valencia
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Democracia y amor al prójimo
bulletELECCIONES 2006 - ¿Hay criterios de evaluación para saber por qué persona votar?
bulletResumen del mensaje de los obispos mexicanos al Pueblo de Dios
bulletLA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO - Tradición apostólica: transmisión de bienes de salvación
bulletORIENTACIÓN FAMILIAR - Me siento rechazado por mi divorcio
bulletRESUELVE TUS DUDAS - Lectores y monaguillos, ¿cómo deben vestir?
bulletPINCELADAS - La vieja y la cebolla
bullet¿COOOMO DIJO? - Abortar para seguir trabajando
bulletELECCIONES 2006: EL PUNTO DE VISTA CATÓLICO - De ningún modo el cristiano debe abdicar de la participación en la política
bulletENTREVISTA - Más que hablar de «periodismo religioso» hay que referirse a la «información periodística especializada»
bulletDOCUMENTOS - El Papa habla de la vocación en el misterio de la Iglesia

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PORTADA
México tendrá un obispo santo: Rafael Guízar Valencia
Zenit.org – El Observador

Benedicto XVI autorizó el pasado 28 de abril la promulgación del decreto que reconoce un milagro atribuido a la intercesión del beato Rafael Guízar Valencia, obispo de Veracruz, gran evangelizador en México en tiempos de la persecución religiosa del siglo pasado.

Rafael Guízar Valencia (26 de abril de 1878 – 6 de junio de 1938) nació en Cotija de la Paz (Michoacán). Su hermano Antonio fue obispo arzobispo de Chihua-hua.

Recibió la ordenación presbiterial en Zamora, el 1 de junio de 1901. Fue director espiritual del seminario de Zamora, donde impartió clases de teología dogmática. Nombrado misionero apostólico por el papa León XIII, se dedicó a evangelizar los pueblos que visitaba, inspirado en un sencillo «Catecismo» que él mismo escribió.

Misionó en plena «bola»

En tiempos de la revolución mexicana de 1910 se dedicó a atender a los moribundos y a sus familias. En 1913 misionó entre los soldados, en la ciudad de México, Puebla y Morelos. Auxilió a los heridos del ejército de Carranza e incluso logró filtrarse como capellán en el ejército de Zapata. Disfrazado de vendedor de baratijas, en medio de la lluvia de balas, se acercaba a los que agonizaban y les ofrecía la reconciliación con Dios, les impartía la absolución sacramental y muchas veces les daba el Viático,que llevaba consigo de manera oculta para que no lo descubrieran como sacerdote.

Durante la persecución religiosa de los años veinte, el padre Guízar tuvo que emprender el camino del destierro a Estados Unidos, Guatemala y Cuba.

Es nombrado obispo

En julio de 1919 se encontraba en La Habana cuando recibió la noticia de que el papa Benedicto XV le nombró obispo de Veracruz.

Entre sus obras como obispo, reconstruyó el seminario diocesano, estableciéndolo en Xalapa, para trasladarlo después a la ciudad de México, cuando las tropas anticlericales se apoderaban de los inmuebles de la Iglesia.

Al estallar la persecución religiosa bajo el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles, tuvo que viajar a la ciudad de México con muchos de sus seminaristas, y pidió a los sacerdotes de Veracruz continuar con sus servicios desde el anonimato.

Logró mantener activo el seminario; las autoridades lo buscaron y, para salvar la vida, abandonó nuevamente el país; pasó de los Estados Unidos a Cuba, Guatemala y Colombia.

El regreso a México

El 7 de mayo de 1929 el presidente Portes Gil declaró su buena voluntad de diálogo con los obispos. Al oír esta noticia, monseñor Guízar Valencia decide regresar a su patria, a su diócesis y a su seminario.
En 1931, ante la ley del gobernador de Veracruz, Adalberto Tejeda, que limitaba el número de sacerdotes a uno por cada cien mil habitantes, monseñor Guízar tuvo que salir desterrado por tercera vez a Puebla y a la ciudad de México. Más tarde regresó, a pesar de que se había dictado contra él una sentencia de muerte.
Después de una dolorosa enfermedad, falleció en una casa contigua al edificio de su seminario, en la ciudad de México, y auxiliado espiritualmente por su hermano Antonio.

Fue beatificado el 29 de enero de 1995, por Juan Pablo II.

EL OBSERVADOR 565-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Democracia y amor al prójimo
Por Jaime Septién


La gran contribución de la Iglesia católica en materia de política consiste en que la fe cristiana le da un sentido, una serie de referencias y una esperanza a esta actividad de la que el papa Pío XI se refería como «el campo de la más vasta caridad, la caridad política».

a) En cuanto al sentido de la política, la fe en Cristo orienta toda la existencia hacia una comunidad, hacia una comunión, hacia el entendimiento que proviene de saberse y saber a todos los hombres hijos del mismo Padre.

b) En cuanto a las referencias, la fe cristiana y la doctrina de la Iglesia las posee muy claras: el primado de la dignidad de la persona humana, la opción preferencial por los pobres, el poder concebido como un servicio, el respeto a los adversarios, la apertura a toda la experiencia humana y el considerar que los bienes no tienen un destino personal, egoísta, individualizado, sino un destino universal.

c) Finalmente, en cuanto la esperanza, la fe cristiana —fincada en la resurrección de Jesús—le da un carácter divino a todas las acciones que emprendemos para hacer más humano al mundo. Es una certeza fundada en Dios de que nada se perderá de aquello que hagamos por amor, ni siquiera la ofrenda de un simple vaso de agua fresca dado al peregrino sediento que toca a nuestro hogar.

Si bien es cierto que la Iglesia jamás ha santificado a la democracia, reconoce en este régimen político un servicio a la perfección de la persona y un camino para generar las condiciones del bien común, pues, idealmente, la democracia está fundada en el equilibrio de los tres poderes y arraigada en la soberanía popular de ciudadanos iguales en derechos y todos regidos por la ley, sin excepciones, en particular aquellos —como los diputados—encargados de hacer la ley.

Juan Pablo II expresó en alguna ocasión una frase decisiva para los católicos: la democracia no es, solamente, un sistema político, «es la fórmula que responde mejor a la naturaleza racional y social del hombre y, en definitiva, a las exigencias de la justicia social». Lo recuerdo no sólo por el placer de evocar al Grande Juan Pablo ll, sino por si por ahí quedaba algún católico nostálgico de alguna forma de dictadura… Y es que la democracia —para ser activa y realmente humanizadora— necesita ciudadanos conscientes de sus derechos pero, también, absolutamente conscientes de sus deberes.

Hay que recalcar que la democracia es un constante aprendizaje que comienza en la vida familiar, se desarrolla en la escuela, se aprende a vivir con pasión en la juventud y se explaya con la participación de los adultos en la solución de los problemas de la ciudad, del Estado y del país. No es un saber «que cae del cielo», sino una disposición para estar siempre atentos a los demás. Si bien no es una definición de la democracia que provenga de la Biblia, podemos decir que en ella y sólo en ella es posible el mandamiento del amor, el mandamiento nuevo con que Cristo resumió su doctrina y la de su Iglesia: el amor al prójimo.

EL OBSERVADOR 565-2

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ELECCIONES 2006
¿Hay criterios de evaluación para saber por qué persona votar?

+ Debe considerarse la historia de la persona a la que se va a elegir, con especial énfasis en su capacidad de servicio a los demás. ¿Ha participado en alguna obra de caridad? ¿Actúa solamente por intereses personales? ¿Es un tipo que se la juega por su gente o si puede y le estorba la tira a la basura como si fuera un objeto? «Árbol que crece torcido jamás su tronco endereza», reza un dicho.

+ Debe valorarse la capacidad del candidato, especialmente en cuestiones de administración pública. Hay que recordar que el puesto de representación popular es un mandato de la sociedad para que administre bien los recursos que la misma sociedad produce. Si el sujeto es un botarate —como muchos que hemos conocido— y le dejamos que agarre de donde hay, ¿no estaremos dejando la Iglesia en manos de Lutero?

+ Se debe poner especial atención en la coherencia personal; la capacidad de defender con actos los dichos y decir con palabras los actos. En pocas palabras, que no sea «candil de la calle y oscuridad de su casa». No es muy difícil descubrir esto. Hay que ver lo que hizo y lo que dice que hizo en su vida pública anterior. Porque si no hizo lo que dice que hizo, por supuesto que no va a hacer lo que dice que va a hacer.

+ Ver si el candidato conoce de verdad los problemas de nuestro entorno. Si los conoce y le duelen de verdad. Puestos a luchar por los pobres, todos son unos campeones en potencia. En la lucha real, la mayoría son un fiasco. ¡Salen con cada pretexto! Porque hemos tenido muy buenos teóricos que eran terribles a la hora de ejercer la política.

EL OBSERVADOR 565-3

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Resumen del mensaje de los obispos mexicanos al Pueblo de Dios
Consolidemos nuestra vida democrática

1)
Los obispos de México, reunidos en nuestra LXXXI Asamblea Plenaria, haciéndonos portavoces del Señor Resucitado, los saludamos con sus mismas palabras: «La paz esté con ustedes».

2) Al interior de la Conferencia Episcopal hemos culminado un proceso de evaluación, revisión y proyección del funcionamiento de los servicios que requerimos como Iglesia en México.

3) Hemos podido concluir este largo proceso de tres años, que supuso un esfuerzo especial para potenciar la comunión de las diócesis, de modo que las Iglesias particulares se organicen en provincias eclesiásticas más funcionales.

4) Junto a los temas centrales que ocuparon nuestra asamblea, tuvimos la visita del secretario de Gobernación y el secretario de Relaciones Exteriores y recibimos a tres de los candidatos a la presidencia de la república.

5) Esto nos permitió conocer de cerca sus propuestas y presentarles de nuestra parte las preocupaciones que tenemos respecto al futuro de nuestra patria, tales como la defensa de los derechos humanos, la vida, la familia, la educación y la libertad religiosa.

6) Pedimos que todos los candidatos asuman con madurez y respeto la voluntad de los mexicanos manifestada en la votación, acatando conforme a las leyes el juicio de las autoridades del IFE y del TRIFE.

7) Por otra parte, la revisión que el Congreso de la Unión de los EUA está realizando en torno a las leyes migratorias ha despertado la conciencia y la solidaridad de millones de hermanos nuestros que viven dramas familiares y laborales que ponen en riesgo su vida, su salud y sus derechos.

8) Agradecemos a nuestros hermanos obispos de Estados Unidos, a las organizaciones civiles y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, las muestras de solidaridad en defensa de los derechos humanos y laborales de los migrantes.

9) También en nuestra patria debemos buscar una actitud consecuente ofreciendo un trato digno a los hermanos centroamericanos y de otros países que transitan por nuestras comunidades.

10) Invitamos a todos a orar para que estos procesos sociales que estamos viviendo se fortalezcan con la presencia de Jesucristo el Señor, Dueño de la historia, Alfa y Omega, Principio y Fin.

EL OBSERVADOR 565-4

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LA VOZ DEL VICARIO DE CRISTO
Tradición apostólica: transmisión de bienes de salvación

La comunión eclesial y el concepto de tradición fueron los temas de la catequesis de Benedicto XVI durante reciente audiencia general de los miércoles:

«La comunión eclesial, suscitada y sostenida por el Espíritu Santo y custodiada y promovida por el ministerio apostólico, no se refiere sólo a los creyentes de un momento histórico determinado sino que abarca también todos los tiempos y generaciones».

«Gracias al Paráclito —explicó el Papa—, la experiencia del Resucitado, que experimentó la comunidad apostólica en los orígenes de la Iglesia, podrá ser vivida también por las generaciones futuras, transmitida y actualizada en la fe, en el culto y en la comunión del Pueblo de Dios. (...) La tradición apostólica de la Iglesia consiste en esta transmisión de los bienes de la salvación» y «el Espíritu Santo será quien actualice la presencia salvífica del Señor mediante el ministerio de los apóstoles (...) y de toda la vida del pueblo de la nueva alianza».

«Esta actualización permanente de la presencia activa de Jesús en su pueblo, actuada por el Espíritu Santo y expresada en la Iglesia a través del ministerio apostólico y la comunión fraternal, es lo que en sentido teológico se llama Tradición, que no es la simple transmisión material de cuanto se comunicó al principio a los apóstoles, sino la presencia eficaz del Señor Jesús, (...) que acompaña y guía en el Espíritu a la comunidad por él reunida».

«La Tradición —concluyó— es la comunión de los fieles con sus legítimos pastores que el Espíritu Santo alimenta a lo largo de la historia. (...) Es la continuidad orgánica de la Iglesia, (...) es la presencia permanente del Salvador que nos sale al encuentro, nos redime y nos santifica por medio del Espíritu».
Fuente: VIS

EL OBSERVADOR 565-5

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ORIENTACIÓN FAMILIAR
Me siento rechazado por mi divorcio
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA

Después de vivir casado durante casi seis años, mi esposa decidió terminar nuestro compromiso; nos divorciamos ya hace casi tres años. Si bien lo más difícil ha pasado, ahora vivo una situación por demás confusa. Cuando todo terminó me acerqué a Dios, como antes no lo había hecho ya de adulto, pues uno de mis más grandes errores fue el de no estar cerca de Él cuando decidí proponerle matrimonio, pues nunca ni siquiera una vez asistimos a Misa siendo novios, mucho menos de casados; sólo fuimos a lo que más le interesaba a ella, el evento social... Ahora es demasiado tarde, todo se vino abajo, ella vive con otra persona desde hace tiempo y tiene un niño de un año. Yo creo que nunca me quiso y que vive una vida despreocupada, y no creo que intentar regresar con ella sea la solución pues el amor era pasión y la vida entre nosotros no era ni cristiana ni tolerable por su dominio en la vida de pareja. Decidí promover mi anulación matrimonial, pero ella tiene casi todos los papeles necesarios para el trámite y no ha querido entregármelos, y me siento muy confundido porque no he encontrado a alguien que me oriente al respecto; siento como si me rechazaran por haberme pasado lo que le cuento; a veces mejor pienso en dejar todo así y entonces viene una decisión: la de vivir solo y no pensar en nadie más, o de alejarme de la Iglesia y buscar a alguien con quien compartir mi vida... Cada que pienso en esto me confundo y mi mente se pierde sin encontrar una solución.


RESPUESTA

Efectivamente, le hace falta encontrar quién le asesore en estos asuntos. En el tribunal eclesiástico debe haber quién pueda hacerlo. Investigue también quién en su diócesis ha estudiado derecho canónico. No creo que el que su esposa no quiera darle los papeles sea un obstáculo insalvable. Tal vez podría conseguir que otra persona se los pidiera. De algunos probablemente puede conseguir copias. En todo caso, plantee este asunto en el tribunal.

Por otro lado, no debe sentirse rechazado. Desgraciadamente, hay personas que asumen una actitud negativa respecto a estas cuestiones, pero nunca olvide que ni Cristo ni su Iglesia lo rechazan por haber pasado lo que pasó. Los divorciados siguen siendo hijos de la Iglesia. Incluso lo son los divorciados vueltos a casar; aun cuando no puedan recibir los sacramentos, la Iglesia les pide que se mantengan cerca de la vida de la Iglesia, de la liturgia, en la vida de oración y educando a sus hijos en la fe. Y al resto de los católicos nos pide que los acojamos con amor. Pero ese no es su caso. Usted siga adelante con los trámites de nulidad. Tenga paciencia. ¿Para qué se acongoja con situaciones que a lo mejor no ocurren? No desista en su empeño por acercarse a Dios.

La psicóloga Cervantes responderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

EL OBSERVADOR 565-6

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RESUELVE TUS DUDAS
Lectores y monaguillos, ¿cómo deben vestir?
Pregunta:
¿Es correcto que los servidores del ministerio de liturgia, lectores y monaguillos realicen su servicio en tenis y las mujeres con pantalón? ¿Hay algún documento que emita los lineamientos de cómo vestir y comportarse al brindar un servicio a Nuestro Señor Jesucristo? Anteriormente en mi parroquia no se permitía el uso de tenis, zapatos abiertos, uso excesivo de pulseras, collares y aretes y, en el caso de las mujeres, deberían ir con falda larga y todos uniformados (en la medida de lo posible). Desafortunadamente estas buenas prácticas se han perdido, hemos olvidado que vamos a brindar un servicio, a un banquete. A las fiestas vamos mejor vestidos.
Mary

Respuesta:
Existen reglamentos estrictos respecto a lo que se debe hacer en una Misa. Respecto a cómo debe ser el vestido, la música, la decoración, la lectura de la Palabra, etc., existe el criterio de que se debe hacer con el máximo decoro posible, entendiendo decoro como una conciencia y una actitud de dignidad de acuerdo con la situación que se vive. Ciertamente en nuestros días y en nuestra sociedad se ha perdido mucho ese decoro: se nos olvida vestir de acuerdo con la importancia de la ocasión; vestimos para ir a Misa como si estuviéramos de compras o en el jardín. Nuestras expresiones externas, incluyendo el vestido, deberían manifestar el mayor respeto y reverencia ante la magnitud del Misterio que se celebra y actualiza: nada menos que el Misterio Pascual. Toda nuestra actitud debe reflejar nuestra fe en la presencia de Cristo.
Sin embargo, no existe una reglamentación exacta para el tipo y el tamaño de cada pieza de ropa, ni para el común de los fieles ni para el ministerio de lectura. El pudor y el respeto nos deben guiar. «Así mismo, que las mujeres —y, obviamente, también los hombres—, vestidas decorosamente, se adornen con pudor y modestia, no con oro o perlas o vestidos costosos», dice San Pablo (1Tim. 2,9). Lo que en un lugar puede ser recomendable, en otro puede ser difícil o inconveniente. No se puede generalizar respecto a los tenis, los zapatos abiertos o los pantalones. «En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; y en todo, caridad», decía San Agustín.

En todo caso, el criterio más acertado respecto a la forma adecuada de vestir y de comportarse para los ministros de lectura en cada situación, será el juicio del sacerdote celebrante, siempre y cuando él esté a su vez en obediencia a su superior, y el superior al obispo de su diócesis y el obispo a la Santa Sede.

Walter Turnbull

EL OBSERVADOR 565-7

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PINCELADAS
La vieja y la cebolla
Por el P. Justo López Melús

Había una vez una vieja muy mala, cuenta Dostoievski, y murió. Llegaron los demonios y la echaron al lago de fuego, pero el ángel de la guarda se presentó a Dios y le dijo: «Esta mujer una vez arrancó de un huerto una cebolla y se la dio a un pobre». Y Dios le respondió: «Toma esta cebolla y échala al lago para que se agarre de ella. Si la saca del lago, irá al Paraíso; pero si la cebolla se rompe, tendrá que quedarse en el Infierno».

El ángel fue hacia la mujer y le dijo: «Toma esta cebolla y agárrate fuerte, a ver si te puedo sacar». Ya casi la había sacado cuando otros pecadores se dieron cuenta y se agarraron a la mujer para salir también. Pero la mujer era mala y les pateaba gritando: «Esta cebolla es mía, y me va a sacar, no a ustedes». Entonces la cebolla se rompió y la mujer volvió a caer en el lago para siempre. «No estamos destinados a salvarnos solos» (Beato Mosén Sol).

EL OBSERVADOR 565-8

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¿COOOMO DIJO?
Abortar para seguir trabajando

El papa Benedicto XVI
ilustra tres principios innegociables para la Iglesia y los cristianos en la vida pública. Primero, defensa de la vida en todas sus fases, desde el momento de la concepción hasta su muerte natural. Segundo, reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como unión entre un hombre y una mujer, basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes de unión. Tercero, la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos en materia religiosa.

Qué preocupante —sobre todo para las mujeres— es ver que la primera mujer en el país que participa en un debate por la presidencia de la República se aparta totalmente de los principios fundacionales de la identidad y de la nación mexicana, principios que emanan de la identidad católica. Se le hizo fácil borrar de un plumazo al 88.7 por ciento de mexicanos (por cierto, la mayoría mujeres) que conserva su identidad católica, que permanece fiel a sus principios fundacionales, que no desea, ni remotamente, negociar con ello.

Esta candidata propone legalizar el aborto en aras de que la mujer que desee seguir trabajando pueda hacerlo, tras un embarazo, imaginamos que no deseado, que le impida seguir con sus proyectos personales, obviamente. Estar en contra de la prueba de embarazo para emplear una mujer –como lo estamos los católicos—no significa despenalizar el aborto.

Si se despenaliza: ¿no le estaría haciendo «el juego» la candidata a aquellos malos patrones, desleales y mezquinos, malos mexicanos, que exigen a las mujeres certificado de no gravidez para darles un empleo en el que, finalmente, les van a pagar menos que a los varones? ¿No será mejor al revés; pugnar por eliminar esa práctica con leyes que la penalicen en lugar de matar al más indefenso de los seres humanos que es el niño no nacido?

Y por propuestas como ésta, alejadas radicalmente de nuestra identidad mexicana, que atentan directamente contra la dignidad de la persona humana, hemos pagado 76 millones de pesos, que es el presupuesto del partido político que la impulsa a la primera magistratura.

México necesita avanzar, el trabajo de un candidato debe ser dar soluciones, no confundir con argumentos que representan intereses poco claros, disfrazando la verdad, elevando a rango de valor lo que es un anti- valor y hacer creer a los mexicanos que es lícito atentar contra la naturaleza humana sin que luego se nos cobre la factura.

No se vale que, con el pretexto de ser la primera mujer que se presenta a debatir por el puesto de mayor responsabilidad en el gobierno mexicano, imagine que hay que tener cierta consideración con ella, porque eso sí sería una flagrante actitud misógina; la exigencia tiene que ser la misma y la altura en igualdad de condiciones.

EL OBSERVADOR 565-9

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ELECCIONES 2006: EL PUNTO DE VISTA CATÓLICO
De ningún modo el cristiano debe abdicar de la participación en la política
Por el P. Humberto Marsich s.x.


Como pastores, los obispos manifiestan su conciencia de que no es fácil vivir las realidades de fe encarnándolas en el campo de la política; sin embargo, siguen invitando a los laicos para que vivan su militancia política y partidista en el marco de una profunda espiritualidad que incluya oración, sacramentos, comunión eucarística, acercamiento a la Palabra de Dios y estudio de la Doctrina Social de la Iglesia.

Desde hace casi un cuarto de siglo la Comisión Episcopal de Pastoral Social de México invitaba a los católicos mexicanos a buscar un cambio de actitudes y una más profunda renovación del hombre deteriorado y corrupto. Además, aclaraba que la participación en las elecciones y en la vida políticamente activa debía ser asumida por los cristianos como un deber civil y religioso: «esta obligación —escribía la comisión— es seria a tal punto que quien se abstuviera por sola pereza, estaría ofendiendo a sus hermanos los hombres y, consiguientemente, a Dios». El Vaticano II también señalaba, a su tiempo, que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común» (G.S.31). Sin embargo, hay que señalar que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer, con el propio voto, la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral (Congregación para la Doctrina de la Fe, Algunas cuestiones..., n.4).

El primer objetivo del laico no es actuar en cuanto católico para hacer avanzar los intereses de la Iglesia, sino, como miembro de una sociedad humana cuyo fin es temporal, favorecer la convivencia civil. En la ciudad del hombre los fines y los medios no son los eclesiales ni los religiosos. En cuanto ciudadano que actúa en nombre propio, el laico no puede invocar a su favor la autoridad de la Iglesia (G.S., n.43). En efecto, no es tarea de la Iglesia regir los destinos de la comunidad política, y mucho menos formular soluciones concretas para cuestiones temporales que Dios deja al juicio libre y responsable de cada creyente, comunidad y pueblo, los cuales viven en contextos geográficos, económicos, tecnológicos y culturales distintos (O.A., n.4).

El cristianismo, consciente del deber de evangelizar la totalidad de la existencia humana, otorga a los laicos la responsabilidad de evangelizar, sobre todo, la economía, la cultura y, desde luego, la política; pero debe quedar bien claro que ningún partido político, por más inspirado que esté en la doctrina de la Iglesia, puede arrogarse la representación de todos los fieles o de la Iglesia.

Para el cristiano, a la luz de cuanto hemos venido exponiendo, la política no es una prohibición sino un deber. Sabe que en el Evangelio no encontrará un código de moral política donde se puedan conseguir soluciones técnicas a los problemas, sino un espíritu que le haga superar la cómoda neutralidad y le impulse a luchar y a rectificar su actividad. Se trata de un espíritu que cuestiona toda política para encontrar y combatir las estructuras inhumanas existentes. Sabemos que este espíritu es universal y está por encima de todo tipo de opción partidista, sea de izquierda o de derecha. Lo que sí se nos pide es ponernos incondicionalmente del lado de los más pobres, de los desafortunados, de los desposeídos; si esto significa ser de izquierda, el Evangelio es de izquierda.

EL OBSERVADOR 565-10

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ENTREVISTA
Más que hablar de «periodismo religioso» hay que referirse a la «información periodística especializada»
Habla Mª José Pou Amérigo, doctora en Ciencias de la Información y profesora de Información Religiosa Especializada en la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia (España)
Por María Velázquez Dorantes

Es especialista en el análisis del discurso periodístico, en especial, el referido a la realidad religiosa, sobre el que ha publicado diversos trabajos: El Nuevo Catecismo en la prensa, 1993; El declive periodístico de Woj-tila. Los rumores en torno a la salud del Papa en la prensa española, 1997. El ciberperiodismo en la agonía y muerte del Papa. El weblog y la intervención no profesional, 2005; Enfermedad del Papa y credibilidad periodística, 2005. Entre otros más.
También ha sido profesora de Familia y Medios de Comunicación en el Instituto Pontificio Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia, y en la actualidad imparte un curso de doctorado sobre el tema dentro del programa «La protección de la Familia en el siglo XXI»

¿Cómo definir al periodismo religioso?
Yo prefiero hablar de «Información Periodística Especializada» (IRE) y distinguirla del «periodismo religioso» aunque, a menudo, usamos ambas con el mismo significado. La primera se refiere a toda información, publicaciones, secciones y periodistas que tratan sobre el hecho religioso, mientras que la segunda se reduce al periodismo al servicio de los fines religiosos.
La diferencia radica, a mi modo de ver, en la finalidad y el destinatario, esto es, la IRE tiene como objetivo ofrecer una visión completa de la realidad social en la que necesariamente hay una presencia de las creencias tanto a nivel individual como colectivo. Es, por tanto, un servicio a la sociedad en su conjunto. La segunda, en cambio, presta un servicio a los creyentes de una comunidad y busca propagar una fe. El primer tipo de información es el que suele haber en la prensa generalista y el segundo en las publicaciones dependientes de una entidad religiosa.


¿Cuáles son las fortalezas de un periodismo religioso para los medios de comunicación y cuáles son las debilidades?
Lo señalado antes es, a mi modo de ver, el problema de raíz en el tratamiento de lo religioso, esto es, la consideración del factor religioso como inherente al ser humano y a la sociedad humana. Es un error considerar que lo religioso debe quedar en el ámbito privado y, por tanto, el periodista debe ignorarlo. La realidad nos demuestra que lo religioso está presente, hoy más que nunca, en la vida social y que tratarlo es un modo de ayudar al lector a ser consciente del mundo que le rodea. Por ejemplo, es impensable un análisis de la geopolítica mundial actual sin tener presente la religión. El problema es que se presenta siempre vinculado al conflicto, por lo que la reacción lógica es procurar su extirpación de la vida social. Además, hay cierto desconocimiento de las comunidades religiosas, de los principios que rigen sus opciones vitales, etc. Pero creo que el principal problema es la forma de interpretar la realidad.

¿Cómo puntualizar las fuentes de información religiosa?
En ocasiones las fuentes vinculadas a entidades religiosas intentan utilizar el mismo registro que en su ámbito habitual y creo que se produce una incomprensión mutua. No se puede hablar igual en un púlpito que ante una cámara de TV. No porque se tenga que cambiar el contenido, ni mucho menos, sino porque se tiene que adaptar la forma. Del mismo modo el profesional ha de estar preparado –de ahí la importancia de incluir este contenido en la formación de los periodistas- para entender la realidad religiosa. Nadie se plantea informar de una crisis en la Bolsa sin saber nada de economía; en cambio, sí se siente uno capacitado para ofrecer información religiosa sin saber qué significa, quién es quién, qué importancia tiene.

¿Cuáles son los retos de un periodista religioso ante la información, los medios de comunicación y el campo laboral?
Lo más importante es reconocer un campo de especialización con mucho futuro, habida cuenta de los fenómenos de interculturalidad y multiconfesionalidad religiosa del mundo contemporáneo. Un buen periodista del siglo XXI requiere conocer el mundo religioso sin prejuicios, porque un periodista con prejuicios sufre miopía. El periodista y el universitario son personas abiertas a una comprensión amplia y profunda de la realidad. Por ello, un periodista que ha pasado por las aulas universitarias tiene un doble compromiso con su entorno: comprender y hacer comprender.

EL OBSERVADOR 565-11

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DOCUMENTOS
El Papa habla de la vocación en el misterio de la Iglesia
Mensaje íntegro del papa Benedicto XVI para este domingo 7 de mayo, Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.

Venerados hermanos en el episcopado; queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones me brinda la ocasión para invitar a todo el pueblo de Dios a reflexionar sobre el tema de «La vocación en el misterio de la Iglesia». El apóstol san Pablo escribe: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo (...). En Él nos ha elegido antes de la creación del mundo, (...) predestinándonos a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 3-5). Antes de la creación del mundo, antes de nuestra venida a la existencia, el Padre celestial nos eligió personalmente, para llamarnos a entablar una relación filial con Él, por medio de Jesús, Verbo encarnado, bajo la guía del Espíritu Santo.
Muriendo por nosotros, Jesús nos introdujo en el misterio del amor del Padre, amor que lo envuelve totalmente y que nos ofrece a todos. De este modo, unidos a Jesús, que es la Cabeza, formamos un solo cuerpo, la Iglesia.

Misterio fascinante

El peso de dos milenios de historia hace difícil percibir la novedad del misterio fascinante de la adopción divina, que está en el centro de la enseñanza de san Pablo. El Padre, recuerda el Apóstol, «nos dio a conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio (...) de hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef 1, 9-10). Y añade con entusiasmo: «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 28-29).
La perspectiva es realmente fascinante: estamos llamados a vivir como hermanos y hermanas en Jesús, a sentirnos hijos e hijas del mismo Padre. Es un don que cambia radicalmente toda idea y todo proyecto exclusivamente humanos. La confesión de la verdadera fe abre de par en par las mentes y los corazones al misterio inagotable de Dios, que impregna la existencia humana. ¿Qué decir, entonces, de la tentación, tan fuerte en nuestros días, de sentirnos autosuficientes hasta tal punto de cerrarnos al misterioso plan de Dios sobre nosotros? El amor del Padre, que se revela en la persona de Cristo, nos interpela.


Responder a la llamada

Para responder a la llamada de Dios y ponerse en camino no es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia de su pecado permitió al hijo pródigo emprender el camino de regreso y experimentar así la alegría de la reconciliación con el Padre. Las fragilidades y los límites humanos no constituyen un obstáculo, con tal de que nos ayuden a tomar cada vez mayor conciencia de que necesitamos la gracia redentora de Cristo. Ésta es la experiencia de san Pablo, que afirmaba: «Con sumo gusto seguiré gloriándome en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo» (2 Co 12, 9).
En el misterio de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, la fuerza divina del amor cambia el corazón del hombre, capacitándolo para comunicar el amor de Dios a los hermanos. A lo largo de los siglos numerosos hombres y mujeres, transformados por el amor divino, han consagrado su vida a la causa del Reino. Ya a orillas del mar de Galilea muchos se dejaron conquistar por Jesús: buscaban la curación del cuerpo y del espíritu, y fueron tocados por la fuerza de su gracia. Otros fueron elegidos personalmente por Él y se convirtieron en sus apóstoles. Encontramos también a personas, como María Magdalena y otras mujeres, que lo siguieron por su propia iniciativa, solamente por amor, pero, al igual que el discípulo Juan, también ellas ocuparon un lugar especial en su corazón.
Esos hombres y mujeres, que conocieron a través de Cristo el misterio de amor del Padre, representan la multiplicidad de las vocaciones que desde siempre están presentes en la Iglesia. El modelo de quienes están llamados a testimoniar de manera especial el amor de Dios es María, la Madre de Jesús, asociada directamente, en su peregrinación de fe, al misterio de la Encarnación y de la Redención.
En Cristo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo, todos los cristianos forman el «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para anunciar sus alabanzas» (1 P 2, 9). La Iglesia es santa, aunque sus miembros necesitan purificarse para lograr que la santidad, don de Dios, resplandezca plenamente en ellos.

Llamados a la santidad

El concilio Vaticano II pone de relieve la llamada universal a la santidad, afirmando que «los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propios méritos, sino por su designio de gracia. El bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos» (Lumen gentium, 40).
En el marco de esta llamada universal, Cristo, Sumo Sacerdote, en su solicitud por la Iglesia llama también, en cada generación, a personas que cuiden de su pueblo; en particular, llama al ministerio sacerdotal a hombres que desempeñen una función paterna, cuyo manantial está en la paternidad misma de Dios (cfr. Ef 3, 15). La misión del sacerdote en la Iglesia es insustituible.
Por tanto, aunque en algunas regiones exista escasez de clero, es necesario tener siempre la certeza de que Cristo sigue suscitando hombres que, como los Apóstoles, abandonando cualquier otra ocupación, se dediquen totalmente a la celebración de los misterios sagrados, al anuncio del Evangelio y al ministerio pastoral.
En la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, mi venerado predecesor Juan Pablo II escribió al respecto: «La relación del sacerdote con Jesucristo, y en Él con su Iglesia, en virtud de la unción sacramental se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio. En particular, «el sacerdote ministro es servidor de Cristo, presente en la Iglesia misterio, comunión y misión. Por el hecho de participar en la unción y en la misión de Cristo, puede prolongar en la Iglesia su oración, su palabra, su sacrificio, su acción salvífica. Así es servidor de la Iglesia misterio, porque realiza los signos eclesiales y sacramentales de la presencia de Cristo resucitado»» (n. 16).
Otra vocación especial, que ocupa un lugar de honor en la Iglesia, es la llamada a la vida consagrada. A ejemplo de María de Betania, que, «sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra» (Lc 10, 39), muchos hombres y mujeres se consagran a un seguimiento total y exclusivo de Cristo. Aun prestando diversos servicios en el campo de la formación humana y de la solicitud por los pobres, en la enseñanza o en la asistencia a los enfermos, no consideran estas actividades como el objetivo principal de su vida, pues, como subraya bien el Código de derecho canónico, «la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración debe ser primer y principal deber de todos los religiosos» (can. 663, 1).
En la exhortación apostólica Vita consecrata, Juan Pablo II afirmó: «En la tradición de la Iglesia la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el bautismo, se desarrolla en el don de una configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los consejos evangélicos» (n. 30).
Recordando la recomendación de Jesús: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37), sentimos vivamente la necesidad de orar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. No sorprende que, donde se ora con fervor, florezcan las vocaciones. La santidad de la Iglesia depende esencialmente de la unión con Cristo y de la apertura al misterio de la gracia que obra en el corazón de los creyentes. Por eso quisiera invitar a todos los fieles a cultivar una íntima relación con Cristo, Maestro y Pastor de su pueblo, imitando a María, que guardaba en el corazón los misterios divinos y los meditaba asiduamente (cf. Lc 2, 19). En unión con ella, que ocupa un lugar central en el misterio de la Iglesia, oremos:

Oración

Oh, Padre, haz surgir entre los cristianos numerosas y santas vocaciones al sacerdocio, que mantengan viva la fe y conserven el grato recuerdo de tu Hijo Jesús mediante la predicación de su Palabra y la administración de los sacramentos, con los que renuevas continuamente a tus fieles.
Danos ministros santos de tu altar, que sean custodios atentos y fervorosos de la Eucaristía, sacramento del don supremo de Cristo para la redención del mundo.
Llama a ministros de tu misericordia, que, mediante el sacramento de la Reconciliación,
difundan la alegría de tu perdón.
Haz, oh Padre, que la Iglesia acoja con alegría las numerosas inspiraciones del Espíritu de tu Hijo y, dócil a sus enseñanzas, promueva las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada.
Sostén a los obispos, a los sacerdotes, a los diáconos, a los consagrados y a todos los bautizados en Cristo, para que cumplan fielmente su misión al servicio del Evangelio.
Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.
María, Reina de los Apóstoles, ¡ruega por nosotros!

EL OBSERVADOR 565-12

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FIN

 
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