El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
-Periodismo católico-
4 de junio de 2006 No.569

SUMARIO

bulletPORTADA - La Iglesia apela a los principios básicos de dignidad y solidaridad para orientar el debate sobre política migratoria en Estados Unidos
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Meter las narices donde sí nos importa
bulletELECCIONES 2006 - Juan Pablo II y la democracia
bulletRESUELVE TUS DUDAS - La cruz y la muerte
bulletNUESTRO PAÍS - ¡Pensemos en México!
bulletENTREVISTAS - «Juan Pablo II: el amigo de toda la humanidad», primera película internacional en dibujos animados sobre el Papa
bulletDICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA - Jaime Luciano Balmes
bulletEl síndrome de la maledicencia

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PORTADA
La Iglesia apela a los principios básicos de dignidad y solidaridad para orientar el debate sobre política migratoria en Estados Unidos
Parte de la solución de los problemas de la inmigración hacia Estados Unidos exigirá un renovado compromiso de solidaridad, afirma Mary Ann Glendon. Presidenta de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales y profesora de derecho de Harvard, escribe que semejante compromiso de solidaridad es necesario para maximizar las ventajas y minimizar las desventajas de la inmigración para todos los implicados.

Su comentario llega en pleno debate en los Estados Unidos, en los que con frecuencia los medios de comunicación dan particular espacio a las voces más alarmistas.

Glendon afirma que, aunque hay un debate abierto, especialmente en los Estados Unidos, sobre qué hacer ante el gran flujo de inmigrantes, ha sido silenciado durante mucho tiempo el debate respecto a la relación entre este fenómeno y el «invierno demográfico» que se está produciendo en Europa y el norte de América.

La presidenta de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales indica que, a causa de la experimentación social, así como lo que ella llama la «cultura de la autosatisfacción» en estas regiones, «las personas tienen menos hijos y la estructura social básica de la familia está siendo gradualmente alterada».

El aspecto que a menudo se deja de lado es que las sociedades que aceptan menos niños tendrán que aceptar más inmigrantes.

Quién hará el trabajo del invierno demográfico

«La cuestión no es quién realizará los trabajos que los estadounidenses no desean hacer —escribe Glendon—. La cuestión es quién llenará las filas de una fuerza laboral que la generación que se jubila dejó de reponer».

Sin embargo, para que cualquier proceso de asimilación sea exitoso, los estadounidenses deberán evitar el que los inmigrantes queden encerrados en subgrupos culturales, como el «latino», aclara. Glendon concluye pidiendo a todos los participantes en el debate que reexaminen los cinco principios de la declaración conjunta de los obispos estadounidenses y mexicanos, titulada «Juntos en el camino de la esperanza ya no somos extranjeros».

La Iglesia como maestra en humanidad

Estos principios básicos para la inmigración que deben guiar los próximos trabajos de la Conferencia entre las Cámaras de Representantes y Senadores de Estados Unidos, donde se decidirá el futuro de millones de mexicanos, son:

1.- Las personas tienen derecho a encontrar oportunidades en su tierra natal.
2.- Cuando no hay oportunidades en la patria, las personas tienen derecho a emigrar para mantenerse a sí mismas y a sus familias.
3.- Los estados soberanos tienen el derecho de controlar sus fronteras, pero las naciones económicamente prósperas tienen la obligación de admitir flujos de migración.
4.- Debe protegerse a quienes buscan refugio y asilo.
5.- Deben respetarse la dignidad y los derechos humanos de los inmigrantes indocumentados.

EL OBSERVADOR 569-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Meter las narices donde sí nos importa
Por Jaime Septién

Por curioso que pareciera a un observador externo, en México los católicos somos mayoría y, sin embargo, dejamos que una minoría no católica, pero ruidosa y altanera, tome decisiones que van en contra de lo que (supuestamente) tendríamos que defender con uñas y dientes: la dignidad de la persona, su libertad, su condición de criatura.

Escasa presencia tenemos en la vida pública del país; escasa intervención en los debates, en los medios, en la política, en la economía… Nos da mucho miedo que se nos etiquete. Como si el catolicismo fuera contagioso, una lepra que hay que evitar, a toda costa, propagarla a los demás; algo que ha de vivirse en privado, de puertas adentro, temerosos de ser hallados con las manos en el rosario.

Hace pocos días hubo en Madrid un foro de laicos. Ahí un profesor (Pedro Escartín Celaya), dio cinco puntos para que podamos avanzar los católicos en nuestra presencia pública. Son interesantes. Los resumo:

1. Tener claro que fe y vida pública no se contraponen, antes lo contrario, la fe tiene que vivirse al aire libre para ser efectiva
2. La fe ha de mostrarse a los otros de una manera cordial, agradecida e íntegra, como si de verdad fuésemos representantes de Jesús (de hecho lo somos pero nos gusta hacernos patos)
3. Son los laicos los encargados de lujo para llevar la fe a los rincones más alejados de la vida pública; al taller, a las cocinas, a la sierra, a los establos, a las oficinas
4. La fe no se puede volver relativa ni acomodarse a los análisis de la realidad hechos desde fuera de la fe. Si hoy todos van a favor del aborto —por ejemplo—, no transar con la protección a la vida: asumirla y defenderla
5. Entender que el Evangelio es una tremenda novedad, algo que el mundo está ávido de conocer, un camino de verdad que contribuye al mejoramiento real del hombre. Hacer que la novedad se haga cultura y vida según las Bienaventuranzas.

Se trata de meter las narices donde sí nos importa; sin miedo a que, de vez en cuando, nos las rompan. O el católico se arriesga o será un triste católico, un subproducto de la cultura de masas, un emisor sin chiste, una mojiganga deslavada, un títere de los vientos de la televisión. Por lo demás, ¿qué arriesga quien busca la salvación de su alma y de las almas de los demás? ¿Qué arriesga quien juega en la cancha de la verdad revelada?

EL OBSERVADOR 569-2

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ELECCIONES 2006
Juan Pablo II y la democracia

Juan Pablo ll expresó en alguna ocasión una frase decisiva para los católicos: la democracia no es, solamente, un sistema político, «es la fórmula que responde mejor a la naturaleza racional y social del hombre y, en definitiva, a las exigencias de la justicia social».

Solamente quienes están inconformes con la igualdad de los seres humanos están inconformes con la democracia: son esos que quieren volver a los tiempos del dominio de unos cuantos sobre la plebe embrutecida. Y es que la democracia –para ser activa y realmente humanizante—necesita ciudadanos conscientes de sus derechos pero, también, absolutamente conscientes de sus deberes. Es difícil hablarle de deberes a quienes hemos sido educados en conseguir los caprichos como sinónimo de conseguir la libertad. Pero hay que hacerlo, hay que tener en la cabeza que la democracia requiere ciudadanos virtuosos, gente cuya ética no se corrompa, no se venda al mejor postor, no sea de contentillo. Requiere de un pueblo y unos dirigentes que respeten mutuamente su dignidad y los derechos humanos que, por ser derechos humanos, son iguales para todos los humanos.

Hay que recalcar que la democracia es un constante aprendizaje que comienza en la vida familiar, se desarrolla en la escuela, se aprende a vivir con pasión en la juventud y se explaya con la participación de los adultos en la solución de los problemas de la ciudad, del Estado y del país. No es un saber «que cae del cielo», sino una disposición para estar siempre atentos a los demás. Si bien no es una definición de la democracia que provenga de la Biblia, podemos decir que en ella y sólo en ella es posible el mandamiento del amor, el mandamiento nuevo con que Cristo resumió su doctrina y la de su Iglesia: el amor al prójimo.

EL OBSERVADOR 569-3

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RESUELVE TUS DUDAS
La cruz y la muerte

Pregunta: Los Viernes Santos no se celebra Eucaristía, sólo la Palabra, la adoración de la cruz y otro rito. Pero, según el Catecismo, sólo se adora a Dios, a la Virgen y los santos se les venera; entonces, ¿por qué se dice «adoración de la cruz», si ésta no es Dios?
Alejandro

Respuesta:
Siendo ligüísticamente estrictos, sí es un error llamar a esa ceremonia «adoración de la cruz». En realidad no se adora a la cruz, se adora a Jesucristo crucificado. Cuando san Pablo dice: «¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Ga. 6, 14), en realidad no se refiere a la cruz propiamente dicha, sino a la Crucifixión, a Dios crucificado. Igualmente, cuando decimos que asistimos a «la adoración de la cruz» y nos hincamos ante ella, en realidad nos estamos hincando ante Jesucristo, recordando su crucifixión. La costumbre fue acuñando la expresión «adoración de la cruz» solamente por practicidad, sin ninguna intención de prácticas idólatras.
Walter Turnbull

Pregunta: Algunas veces siento curiosidad porque sé que cuando murió Juan Pablo II, Benedicto se refirió a este fallecimiento como de alguien que nos mira ya desde la ventana de la casa del Padre. Por la vida que llevó resulta obvia esta afirmación. En contraste, me he encontrado a personas que hablan sobre amigos o parientes muertos no como de aquéllos por quienes se mantenga la incógnita de la salvación, sino que afirman: «Mi hermano regresó a la casa del Padre», o «No ha muerto, sino que ha nacido al Cielo»; no sé si lo hacen para disipar el dolor, pero tampoco se aclara o se comenta que se debe pedir la misericordia de Dios y, aunque hayan muerto, aclarar que se debe rezar por ellos para ayudarles a llegar al Cielo por esos designios misteriosos de Dios...
Juliana

Respuesta: Cuando una persona muere, la doctrina católica nos dice que pasa por un juicio particular sobre todas sus acciones en este mundo y, especialmente, sobre el estado de su alma en el último momento: en gracia o en pecado. Según el resultado del juicio, viene a continuación una retribución inmediata, ya sea la felicidad plena al lado de Dios, un proceso de perfeccionamiento comúnmente llamado Purgatorio o el castigo eterno comúnmente llamado Infierno. Que un hombre puede llegar al Cielo inmediatamente después de su muerte y de su juicio particular, lo sabemos por las palabras de Cristo al «buen ladrón»: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso» (Lc. 23, 43). Tenemos también la prueba de los milagros realizados por la intercesión de los santos después de su muerte, seña de que están en compañía de Dios. Lo más probable es que la mayoría de los humanos necesitemos algo de Purgatorio antes de entrar al Cielo, suponiendo que entremos.
Efectivamente, la costumbre de hablar de todos los difuntos como si ya estuvieran en el Cielo el mismo día de su muerte es un detalle de delicadeza de parte de los presentes y una expresión de optimismo de parte de los allegados; pero lo técnicamente correcto en todos los casos sería orar por su entrada al Cielo lo más pronto posible. La conciencia de la culpa y la costumbre de orar por los muertos se han perdido en este mundo secularizado (como tantas otras expresiones de piedad), y es algo que los predicadores sabios recomiendan mucho.

Walter Turnbull

EL OBSERVADOR 569-4

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NUESTRO PAÍS
¡Pensemos en México!
Comunicado del Consejo Nacional de Laicos con motivo de las elecciones en julio del 2006

El 2 de julio elegiremos presidente, senadores y diputados. Renovaremos parte de los gobiernos estatales y municipales. De esta elección dependerá el fortalecimiento de nuestra incipiente democracia, y el bienestar de la siguiente generación.

Los elegidos serán nuestros mandatarios, nosotros somos los mandantes; ellos habrán de rendirnos cuentas transparentes y oportunas de su función en el cumplimiento de lo que queremos:

+ Seguridad en las calles, orden y respeto a la ley.
+ Oportunidades de trabajos dignos con estabilidad económica.
+ Servicios públicos de alta calidad.
+ Educación moderna que forme con valores universales.

El presidente que elijamos será, en primer lugar, quien habrá de cumplir nuestro mandato, mediante su propia honradez y habilidad de negociación para promover el bien común, encauzar y alentar nuestra capacidad de trabajo y solidaridad innata.

Nuestra realidad

Entre 191 países evaluados por la ONU, somos la nación número 14 en territorio, la 11 en población, la 12 en recursos naturales, la 6 en energéticos, y la economía 11 del mundo.
Pero, frente a estos dones del Creador, millones de hermanos viven en pobreza. Somos la nación número 53 en desarrollo humano, la 54 en esperanza de vida, la 83 en mortalidad infantil, la 72 en escolaridad. Nuestra economía ha crecido, pero somos la nación número 58 en ingreso personal y la 121 en distribución equitativa del ingreso.

Hemos logrado elecciones libres, pero la participación es escasa (todavía muchos esperan todo del gobierno), y nuestra conciencia ciudadana se opaca por la propaganda electorera, sus denuestos y manipulaciones.

La ausencia de una política oficial de educación con valores propicia la corrupción, la delincuencia, y adormece el respeto a la dignidad humana y a la vida.

Ahora es nuestra oportunidad

Votando, libre y concientemente, podremos sancionar la falta de propuestas o la indefinición de medios para lograrlas; así superaremos la demagogia y la manipulación mediática.

Nuestra próxima elección será un paso adelante si votamos considerando no sólo al candidato, sino observando también al equipo que le acompaña (ellos serán quienes realicen las promesas), recordando sus antecedentes personales y de partido, sus actitudes ante la dignidad de la persona, la familia y el derecho fundamental a la vida, buscando en ellos la evidencia de congruencia en valores de honradez, legalidad y servicio preferencial a los más necesitados.

¿Y si no voto? Si no voto o vendo mi voto traiciono la solidaridad fraterna que nos debemos, pierdo el derecho a opinar sobre mi propia situación y la de México.
Por eso: ¡vota pensando!... ¡PENSANDO EN MÉXICO!

Consejo Nacional de Laicos, A. C.

EL OBSERVADOR 569-5

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ENTREVISTAS
«Juan Pablo II: el amigo de toda la humanidad», primera película internacional en dibujos animados sobre el Papa
Entrevista a José Luis López-Guardia, alias Cavin Cooper, productor de la película
Por Juliana Valencia

¿Qué motivó, tras la muerte de Juan Pablo II, la idea de hacer una película de dibujos animados sobre su vida?
Mostrar partes importantes que no se han mostrado de esta excepcional figura, y, al mismo tiempo, rendirle un lindo tributo a un gran personaje que llevó una vida de servicio y entrega. Con una personalidad humilde y cautivante que le hizo ganar el aprecio y el respeto universal, ya que lo quiso y lo sigue queriendo todo el mundo a pesar de su ausencia.

¿Por qué Juan Pablo II en caricaturas?
Hemos realizado un «biopic» (biographical picture) en una gran producción con dibujos animados, un documental, música y un libro. No ha sido fácil, pues la intención era conseguir con respeto la mayor similitud a su imagen y no queríamos que fuese una caricatura, sino un fiel reflejo de su persona. Todo el proyecto fue iniciativa nuestra y lo quisimos presentar en el Vaticano, pues queríamos tener el apoyo y la credibilidad de que el proyecto seguía con fidelidad a Juan Pablo II. Realmente nos sorprendió que el Vaticano nos aprobara el proyecto tan rápidamente.

¿Qué lo inspiró a escogerlo a él?
Juan Pablo II fue una de las personalidades más carismáticas del siglo XX. Su trascendencia social y política supera su propio cometido religioso. Cada una de las efemérides de su vida se convierte en un aprendizaje e iniciación hacia la vida, y esto es un motivo importante que transmitir a todos los niños y familias del mundo. Y con los dibujos animados es posible reflejar esto, y acercarse a todos los núcleos familiares.

¿A nivel personal, cómo lo ha afectado la creación de Lolek?
Nuestra producción presenta los detalles más desconocidos de su dura infancia. La pérdida prematura de su madre Emilia Kaczorowsky, la de su hermana Olga y la de su hermano Edmund, unidas a la de su padre Karol, refuerzan su vocación sacerdotal a la que llega en plena guerra mundial. Su afición por el deporte, su decisión de convertir el teatro en un arma de resistencia ante los nazis invasores, convirtiendo la palabra en un arma pacífica e indestructible, le conducen a un liderazgo innato en su entorno social. Me sentí muy identificado con el pequeño Lolek y le tomé un cariño muy especial, pues yo de pequeño me quedé huérfano de padre. Me tuve que poner a trabajar de pequeño y muy duramente en diferentes turnos de fábricas para sacar adelante a mis hermanos y mi mamá enferma. Pero, por suerte, siempre recordé las palabras que mi padre nos había dicho: «Unas de las bases importantes en cada ser humano son la fe y la constancia; con ellas se consigue salir adelante ante las dificultades y sin miedo».

¿Cuál es la cercanía suya con las Escrituras y/o con la Iglesia?
La vida sin religión no se concibe... Mi familia ha jugado un papel importante en mi cercanía a las Escrituras y a la Iglesia; es ahí donde la persona vive las primeras experiencias como creyente y su cercanía a Dios.
En la familia se transmite a los hijos que Dios está con ellos en los éxitos y en los fracasos. En ella es donde se adquiere el hábito de los pequeños gestos de amor y de ternura, los sacrificios que benefician al otro, las generosidades y el compartir. Tienen que saber los niños que Dios es el impulso que nos lanza hacia los demás y nos convierte en un permanente regalo. Por lo tanto, la vida que vivimos y la del más allá consiste sencillamente en la cercanía a Dios.


¿Cuáles aspectos de la personalidad del Papa destaca?
Especialmente sus mensajes y su especial ternura hacia la juventud, y que con un alto contenido poético transmitió sus pensamientos en sus palabras. Entre ellas selecciono la frase: «No tengáis miedo».
No se puede valorar su personalidad sin remontarse a su juventud, marcada por la tragedia y los horrores de la guerra, el holocausto, el fascismo y el comunismo. Karol Wojtyla vivió experiencias que además de reafirmar su carácter, lo erigieron en una de las figuras más importantes de nuestra era.


¿Qué se espera hacer con los ingresos?
Pues, en principio, recuperar la alta inversión de esta producción y seguir haciendo muchas más producciones en la misma línea y objetivos de la compañía. Pero lo que más nos satisface es haber logrado crear, más que un producto digno, un mensaje al mundo. Desde un principio esta producción fue un alto riesgo. Pero quizás nosotros nunca vimos el riesgo, ya que desde un principio creímos en este proyecto, y de igual manera así lo creyeron y apoyaron en el Vaticano. Llegar al final de la producción ha sido toda una satisfacción. La gran aceptación internacional en todos los medios de comunicación nos ha animado mucho a todos al ver que no íbamos tan errados al crear una producción como ésta.

¿Usted, cuando niño, quería trabajar en Disney?
Cuando era bien pequeño, tras ver las películas «Blancanieves y los siete enanos» y «Bambi», decidí que de mayor quería ser un «Artista Disney».
En 1977 conseguí mi primer contrato para Disney Comics, y posteriormente logré trabajar en los viejos Studios-Walt Disney en California.


¿Cómo ha sido el acercamiento con el Centro Televisivo Vaticano?
La colaboración oficial y su apoyo han sido excelentes y el acercamiento muy cordial con el Centro Televisivo Vaticano desde un principio, desde el día en que el Vaticano dio luz verde a nuestro proyecto.
Ellos han estado interesados en colaborar e informarnos en todo lo que nuestras investigaciones no alcanzaron. La documentación aportada por ellos, con un fondo documental de más de quince mil horas, ha sido un elemento muy importante para conseguir la credibilidad y la notoriedad inherente a toda producción.


Luego de producir caricaturas en el medio secular ¿por qué se aventura en un personaje tan cercano a la Iglesia?
En nuestra productora (CAVIN Cooper Productions) uno de los principales pilares y objetivos es transmitir a los niños aquellos principios éticos, sociales y humanos que son necesarios para que construyan un mundo mejor... siempre creímos que la figura de Juan Pablo II encajaba en nuestro objetivo principal. La animación es la única forma para presentar y resaltar esos valores.

EL OBSERVADOR 569-6

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DICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA
Jaime Luciano Balmes (1810-1848)
Por Sebastián Sánchez / Argentina

Sacerdote, escritor y filósofo español. Ingresó en el seminario en 1817 y se doctoró en Sagrada Teología en la Universidad de Cervera. Recibió el Orden Sagrado en 1834.

En 1841 fundó la revista apologética La Civilización, y desde 1843 dirigió La sociedad, en la que abordó todo tipo de cuestiones políticas, sociales, económicas y religiosas. En 1844 comenzó a dirigir la revista El pensamiento de la nación, con la que tomó parte activa en la vida política española, en especial con su intento de conciliar a los sectores carlistas e isabelinos. En 1848 ingresó en la Real Academia Española y ese mismo año, afectado por un mal pulmonar, se retiró a Vic, su ciudad natal, donde murió, los ojos fijos en los cuadros de la Virgen de la Soledad y de Jesucristo crucificado que tenía en su alcoba.

Resulta difícil, ante la ingente opera omnia de nuestro autor, reseñar todos sus escritos, por lo que nos detenemos sólo ante los fundamentales. En 1838 publicó su primer opúsculo apologético: El celibato del clero católico, al que seguirían muchos otros de ese género, entre los que encontramos Observaciones sobre los bienes del Clero (1839), La religión demostrada al alcance de los niños (1839), y el magnífico El protestantismo comparado con el catolicismo (1842). Asimismo, la prosa política no le fue ajena como demuestran sus Consideraciones políticas sobre la situación en España (1840). Entre sus escritos filosóficos se destacan El Criterio (1843), Filosofía fundamental (1846), y el resumen de la misma, Filosofía elemental (1847). Su última obra, Pío IX (1847), fue ampliamente discutida en España pues equívocamente se pretendió filiarlo con un catolicismo liberal que jamás profesó.

El Doctor Vicense es, indudablemente, uno de los príncipes de las letras hispánicas. Fue sabio, filósofo y gran político pero, por sobre todos esos títulos, fue sacerdote de la Iglesia de Cristo. Lo señala su mejor biógrafo, el P. Ignacio Casanovas SJ: «todas sus actividades no eran sino aplicaciones de su ministerio sacerdotal, por el cual se sentía llamado a levantar en peso todo el universo y elevarlo hasta Dios [...] todas son aplicaciones del instaurare omnia in Christo».

Desde ese esencial cristocentrismo, Balmes enseñó el origen divino del poder civil y la necesaria resistencia a quienes lo desvirtúan convirtiéndose en tiranos. Al respecto transcribimos un párrafo esclarecedor, muy a tono con nuestros tiempos:

«Si el poder supremo abusa escandalosamente de sus facultades, si las extiende más allá de los límites debidos, si conculca las leyes fundamentales, persigue la religión, corrompe la moral, ultraja el decoro público, menoscaba el honor de los ciudadanos, viola el derecho de propiedad, enajena el patrimonio de la nación, desmembra a las provincias, llevando a sus pueblos a la ignominia y a la muerte, ¿también en este caso prescribe el catolicismo obediencia? ¿también veda el resistir? ¿también obliga a los súbditos a mantenerse quietos, tranquilos, como corderos entregados a la bestia feroz?» (El Catolicismo comparado, Tomo II, p. 289).

EL OBSERVADOR 569-7

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El síndrome de la maledicencia
Por el P. Fernando Pascual

Existen «epidemias» en el mundo del espíritu. Pensemos, por ejemplo, en el chismorreo, en los insultos, en la calumnia. En cuestión de pocos días (a veces en pocas horas) un hombre o una mujer pierden su fama, el afecto de sus amigos o conocidos, incluso tal vez de sus familiares más cercanos.

Todo inicia con una alusión que alguien susurra en un rato de cotilleo. Luego, la suposición se convierte en sospecha. Alguno hace de la sospecha certeza, y la certeza (fundada, a veces, sólo en una mezcla de imaginación, mentiras y rencores profundos) se propaga como la peste: ¡qué difícil es detener una maledicencia, una calumnia!

Los cristianos deberíamos actuar contra cualquier nuevo brote de maledicencia con firmeza. En algunas situaciones deberíamos ser tan firmes y tajantes como los médicos que luchan contra reloj para cortar el avance de un nuevo virus. Un virus puede destruir una vida, y eso es muy grave. Pero sólo quien ha sufrido el veneno de la calumnia, quien se ha visto insultado, señalado, abandonado por culpa de una mentira que corre veloz de boca en boca, o de una a otra página o foro de internet, puede comprender que hay formas de muerte moral más dolorosas que la misma enfermedad física.

¿Podemos tomar medidas radicales, firmes, profundas, contra la mentira, el chismecillo, la calumnia espontánea o promovida de modo organizado y sistemático?

La primera cosa que podríamos hacer es mirar nuestros corazones. Si guardamos rencores, si la envidia asoma de vez en cuando su cabeza repugnante, hemos de pedir a Dios un corazón bueno, que sepa perdonar, que sepa amar. Quien no ama a su hermano no puede amar a Dios (cfr. 1 Jn 4,20). Del corazón malo sólo salen malas cosas. Los virus de la maledicencia y de la calumnia se originan en mentes que viven fuera del Evangelio, en fuentes incapaces de ofrecer el agua del amor (cfr. St 3,10-18).

Por lo mismo, hemos de decidirnos a no ser nunca los primeros en lanzar una crítica contra nadie. ¿Para qué voy a decir esto? ¿Es sólo una imaginación mía? ¿Me gustaría que alguien dijese algo parecido de mí?

Al contrario, necesitamos aprender a ser ingeniosos para alabar y defender a los demás. Esto es posible si tenemos un corazón realmente cristiano, bueno, comprensivo, misericordioso. En ocasiones veremos fallos, pero el amor es capaz de cubrir la muchedumbre de los pecados (cfr. 1 Pe 4,8). Cuando sea posible, podremos corregir al pecador, pero siempre con mansedumbre, como nos enseña san Pablo: «Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado. Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo» (Ga 6,1-2).

Después, como ante una epidemia grave, hemos de levantar una barrera firme, decidida, contra cualquier chisme o calumnia que toque los muros de nuestra alma. Nunca divulgar nada contra nadie, mucho menos una suposición, una mentira como tantas otras lanzadas por ahí (a través de la prensa, de internet, a viva voz). Incluso cuando sepamos que alguien ha sido realmente injusto (lo sepamos por haberlo visto, no sólo de oídas), ¿para qué divulgarlo? ¿Es esto cristiano? ¿No es mejor amonestar a solas al hermano para ver si puede convertirse, si puede cambiar de vida? Tendríamos que ser firmes como muros: delante de nosotros nadie debería poder hablar mal de otras personas.

De un modo especial deberíamos defender el buen nombre del Papa, de los obispos, de los sacerdotes, de todos los demás bautizados. Todos somos Iglesia. El amor debe ser el distintivo de los cristianos. Andar continuamente con quejas y lamentaciones, con rencores y espíritu de lucha mundana, no soluciona nada y fomenta ese veneno que originará nuevos odios, chismes y, en ocasiones, calumnias. ¡Qué triste la imagen de una comunidad «cristiana» en la cual unos acusan a los otros, los denigran, les ponen la zancadilla a sus espaldas!

La distinción de los discípulos de Jesús será siempre la misma: el amor (cfr. Jn 13,35). Desde el amor y con amor podremos (¡sí se puede!) eliminar cualquier nuevo brote de calumnia entre cristianos. Podemos... si oramos humildemente, si se lo pedimos a Cristo con todo el corazón.

Entonces podremos vivir, de verdad, como cristianos, porque estaremos dentro del amor. «Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo» (Ef 4,31-32).

Perdonarnos y amarnos: ese será el mejor remedio para erradicar, dentro de nuestra amada Iglesia, el síndrome de la maledicencia, para vivir con salud, en autenticidad, nuestra fe en el Señor Jesús.

EL OBSERVADOR 569-8

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FIN

 
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