El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
Periodismo católico para la familia de hoy
30 de julio de 2006 No.577

SUMARIO

bulletSemana de Oración por la Concordia y la Paz del 31 de julio al 6 de agosto
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - La paz les dejo...
bulletNo dejemos que el odio crezca
bulletPINCELADAS - Corazón de madre
bulletDiez consejos del papa Benedicto XVI a la gente joven
bulletNUESTRO PAÍS - «Ella no vino a enfrentar a los unos contra los otros, sino a unir y concordar»
bulletDEBATE - La señal de la cruz, símbolo bíblico de quienes se salvan.

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Importante iniciativa del Episcopado Mexicano
Semana de Oración por la Concordia y la Paz del 31 de julio al 6 de agosto

Tras las elecciones del pasado 2 de julio, la Iglesia católica mexicana ha venido llamando a la paz, el entendimiento y la concordia. Ahora lo hace con una iniciativa que hemos de tomar como obligatoria los católicos del país. Este es el documento completo de la Conferencia del Episcopado Mexicano.

Después de que México celebró la jornada electoral más reñida de su historia democrática, todos los mexicanos hubiéramos querido una culminación del proceso sin mayores complicaciones; sin embargo, lo cerrado de los resultados -de manera particular en lo que se refiere a la elección para la Presidencia de la República- ha dado lugar a impugnaciones y cuestionamientos que han golpeado fuertemente a instituciones consideradas por todos, como el soporte y la garantía de nuestra naciente democracia.

Ha concluido el conteo de votos, pero falta la calificación legal del proceso; sólo entonces tendremos un Presidente electo. Estas tareas corresponden al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que deberá tomar sus decisiones con base en la ley. Para fortuna de la sociedad, este organismo goza de una merecida reputación de imparcialidad y autonomía, que nos permite esperar su veredicto con confianza.

México es un país cada vez más plural en el que debemos alcanzar una convivencia pacífica y respetuosa, puesto que todos buscamos el progreso, la justicia, el respeto a los derechos humanos y el bien de la Patria. Más allá de las diferencias ideológicas, compartimos una historia, unos valores, un destino que ahora está en juego en este proceso. Si bien, en una familia caben legítimamente las diferencias y divergencias, no es concebible el odio, y mucho menos la violencia que siempre es condenable y estéril.

Vivimos en un país con instituciones en el que debemos tener cabida todos los mexicanos. La contienda electoral nos ha hecho más sensibles a la necesidad de trabajar para erradicar la corrupción, la ignorancia y las profundas desigualdades sociales. Estas son las tareas que nos quedan pendientes y que todos los actores políticos reconocen. Nos corresponde encontrar los caminos que nos ayuden a superar los lamentables niveles de pobreza, porque si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los así llamados ricos. Necesitamos fortalecer la convivencia pacífica en nuestro país, porque cuando ésta se destruye se causan enormes sufrimientos a todos, pero principalmente a los que menos tienen.

La Iglesia Católica pide a todas las mujeres y hombres de buena voluntad, respetar la ley y trabajar por la reconciliación, el diálogo y el entendimiento; hace un apremiante llamado a la serenidad, a la tolerancia y a la moderación. Exige a las autoridades actuar con verdad y justicia, y pide a las fuerzas políticas comportarse con madurez, generosidad y honestidad.

Por tal motivo, los Obispos de México convocamos del 31 de julio al 6 de agosto, a celebrar una intensa Jornada de Oración por la Reconciliación, la Concordia y la Paz, e invocamos la protección del Sagrado Corazón de Jesús, a quien hemos consagrado nuestra Patria, y la intercesión de Santa María de Guadalupe, Reina de México, para que se mantenga la unidad de nuestro país.

EL OBSERVADOR 577-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
La paz les dejo...
Por Jaime Septién


Tanto el Papa Benedicto XVI como nuestros obispos mexicanos nos han invitado a usar la herramienta de la oración para interceder –cada uno desde su hogar—por la paz y la reconciliación del mundo y de México.

Uno y otros creen en algo que a nosotros, los católicos, nos cuesta mucho trabajo comprender: el poder disuasorio de la oración. ¿Qué quiere decir "disuasorio"? En una frase: la capacidad de la oración para que los violentos den marcha atrás en sus propósitos de romper la precaria armonía entre los hombres.

El Papa, desde el lugar donde pasa sus vacaciones, ha estado pendiente –casi se diría "con el corazón en un hilo"—de la escalada de violencia entre Israel y Líbano (o, más bien, entre el ejército israelí y las guerrilla palestina). Ha clamado, como lo hizo en repetidas ocasiones Juan Pablo II, por el entendimiento, la misericordia ante el sufrimiento de la población civil y la composición pacífica entre los pueblos y las personas.

Por otra parte, los obispos mexicanos, atentos al conflicto que se ha desatado posterior a las elecciones, han convocado a una semana de oración –del 31 de julio al 6 de agosto—con el único ideal de que las pasiones no se desborden, que haya respeto de los partidos y los ciudadanos a las instituciones electorales y que la pluralidad de la que goza el país no se convierta en causa de desmanes que, seguramente, querrán armar algunos inconformes con el veredicto sobre la Presidencia de la República.

Ambas iniciativas, la del Santo Padre y la de nuestros obispos, son poderosas. Se inclinan a la raíz de nuestra fe; a la esencia misma del cristianismo que implica un estar en Cristo para vivir la vida del Padre. El vehículo privilegiado en la comunicación trascendente es la oración. Sin embargo, no cualquier forma de oración; no cualquiera repetición mecánica de lo aprendido cuando niños. Rezar por la paz nos exige cambiar nuestra intimidad a favor de la paz.

Lo dice muy claramente el místico español Juan de los Ángeles (1536-1609): "Lo primero y principal (para la oración jaculatoria) es la pureza del corazón, que sin ella no somos hábiles ni estamos dispuestos para recibir la influencia de la divina gracia, mediante la cual se establece nuestra ánima en Dios y se obra en nosotros la perfecta abnegación y mortificación de las pasiones y afectos de humanidad".

¡Ésa es la diferencia entre repetir palabras y orar por la paz del mundo: la conversión del propio corazón, la humildad del que acepta que no es nada ante la inmensidad de Dios pero le suplica que, siendo nada, Él haga todo! La paz que nos dejó Jesucristo no es la paz de los satisfechos; no: es la paz que se pelea desde el alma, para gloria de su Reino y para la vida de los hombres.

EL OBSERVADOR 577-2

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No dejemos que el odio crezca
Por Antonio Maza Pereda


Estamos finalizando un proceso electoral muy dividido. Claramente, no hay una mayoría absoluta y hay diferendos; comprensiblemente, quien no ganó las elecciones quiere hacer impugnaciones de todo tipo y buscar las instancias que la Ley Electoral ofrece en tales casos.
Pero hay algo para reflexionar a fondo. Una cosa es aceptar que habrá diferendos y otra es que ocurran casos de ataques personales que produzcan odio entre los mexicanos. Y, desgraciadamente, hemos visto instancias que apuntan en ese sentido. No viene al caso repetirlas aquí; basta con leer la prensa para ver múltiples ejemplos de casos que demuestran odio o que incitan al odio.

De acuerdo; no estamos acostumbrados a la democracia ni a la política. Por setenta años, a la mayoría de la población se le tuvo al margen de la decisión política y hoy no estamos acostumbrados a esta clase de diferencias.

Es claro, creo yo, que muchos millones de mexicanos votaron por candidatos diferentes del que nosotros preferimos. ¿Quiere decir esto que hay millones de mexicanos malos, o tontos, que no podemos aceptar? ¿Es válido enojarnos contra otros que no opinaron como nosotros? ¿Acaso millones de mexicanos se confabularon para quitarnos nuestros derechos? Claramente no. Yo estoy dispuesto a creer que si habrá muchos, tal vez miles de personas que no sean de buena fe, pero también estoy seguro que más de cuarenta millones de mexicanos votaron pensando en lo mejor para México y que la mayoría de ellos no coincidieron conmigo en cuanto al partido o candidato que mejor representan con lo que ellos piensan lo mejor para México. Y no veo porqué odiarlos. Claro, me dirá alguno: Usted quiere seguir el Evangelio, que dice que no debemos odiar a nuestros enemigos. Yo le respondería a esa persona: Ni siquiera podría considerar enemigo al que votó diferente que yo; solo se trata de alguien que opina diferente, en un tema que es totalmente opinable.
No, no podemos, no debemos considerar a otros mexicanos como nuestros enemigos. La inmensa mayoría, son gente buena, seguramente mejores que yo mismo. ¿Quién soy yo para atacarlos? Sus ideas políticas no me parecen correctas, pero eso no me autoriza a atacar a las personas que las sostienen. Puedo y debo sostener mis convicciones, pero no puedo considerar mis enemigos a las personas que tienen ideas políticas diferentes.

En esto está la esencia de la democracia. Si todos pensáramos siempre igual, no necesitaríamos votaciones ni elecciones. Si siempre estuviéramos de acuerdo, no necesitaríamos un sistema democrático ni, en muchos casos, no necesitaríamos leyes. Necesitamos la democracia porque es muy probable, casi siempre, que no nos podamos poner de acuerdo. Y debemos tener un mecanismo para resolver nuestras diferencias.

¿Somos democráticos? ¿Amamos a nuestro País? Entonces no cabe el odio entre nosotros. Quienes estén sembrando el odio, solo demuestran que ni son democráticos ni les importa nuestro país.

EL OBSERVADOR 577-3

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PINCELADAS
Corazón de madre
Por el P. Justo López Melús


Jagmar da Costa es una mujer brasileña que sufrió varias puñaladas en el tórax, cabeza y brazos de parte de su hijo. Pero aún sufría más por la locura de su hijo. Por eso ha pedido a la policía y a los jueces que perdonen a su hijo. Insistía que actuó contra ella porque estaba con un problema de nervios. ¡Benditas entrañas maternales! Las personas de buen corazón siempre saben perdonar, y aun excusar, al ofensor.

Una antigua leyenda cuenta que el hijo de una madre viuda se enamoró de una mala mujer. Para demostrar que la amaba por encima de todo, le exigió que le trajera en sus manos el corazón de su madre. El joven cometió el horrible crimen, envolvió el corazón y salió hacia la casa de su amante. Tropezó y cayó, y cuentan las crónicas que salió del corazón de la madre una dulce voz: «¡Hijo mío!, ¿te has hecho daño?». Sí, un cuento inverosímil, melodramático, pero que nos alecciona sobre la grandeza del corazón de la madre.

EL OBSERVADOR 577-4

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Diez consejos del papa Benedicto XVI a la gente joven

1) Dialogar con Dios
.- Alguno de ustedes podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia: «Había perdido consciente y deliberadamente la costumbre de rezar». Recobren la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios.
2) Contarle las penas y alegrías.- Abran su corazón a Dios. Déjense sorprender por Cristo. Denle el «derecho a hablarles». Presenten sus alegrías y penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz la mente de ustedes y toque sus corazones.
3) No desconfiar de Cristo.- Queridos jóvenes, la felicidad que buscan, la felicidad que tienen derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en ustedes, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios.
4) Querer ser santos.- Más allá de las vocaciones de especial consagración, está la vocación propia de todo bautizado: todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.
5) Dios: tema de conversación con los amigos.- Son tantos nuestros compañeros que todavía no conocen el amor de Dios, o buscan llenarse el corazón con sucedáneos insignificantes. Por lo tanto, es urgente ser testigos del amor contemplado en Cristo. Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús, capaces de comunicar esta experiencia a los demás.
6) El domingo, ir a Misa.- No se dejen disuadir de participar en la Eucaristía dominical, y ayuden también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros.
7) Demostrar que Dios no es triste.- Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marcha igualmente sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente, no.
8) Conocer la fe.- Ayuden a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino: Jesucristo. Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los demás hacia Él. Por esto es tan importante el amor a la sagrada Escritura.
9) Ayudar: ser útil.- Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos dónde y cómo somos necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos cuenta bien pronto de que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás que preocuparse sólo de las comodidades que se nos ofrecen.
10) Leer la Biblia.- El secreto para tener un «corazón que entienda» es formarse un corazón capaz de escuchar. Esto se consigue meditando sin cesar la Palabra de Dios y permaneciendo enraizados en ella. Queridos jóvenes, los exhorto a adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla a mano, para que sea para ustedes como una brújula que indica el camino a seguir.

Resumido de www.opusdei.es 

EL OBSERVADOR 577-5

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NUESTRO PAÍS

«Ella no vino a enfrentar a los unos contra los otros, sino a unir y concordar»
Homilía pronunciada por Mons. Mario De Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis a la Basílica de Guadalupe

Hermanos peregrinos.

Hermanas y hermanos en nuestra santa fe católica.

1. Iniciamos, con el favor de la Providencia divina, nuestra peregrinación número 116 a pie al Tepeyac. Nos espera nuestra Madre para estrecharnos contra su regazo, para hablarnos al corazón, para sanar nuestras heridas sociales y espirituales y para conducirnos hacia el Corazón de su Hijo Santísimo Jesucristo, Nuestro Salvador. Porque todos venimos buscando la fuente de nuestra eterna salvación.

2. Nuestra salvación está en Jesucristo, en nadie más. Él es el único salvador del mundo. Las multitudes, nos dice el evangelio, iban tras de Jesús para escuchar su palabra y formar, en torno a él, la nueva familia de los hijos de Dios, lo que hoy llamamos la Iglesia. Pero llegó a su pueblo, donde se había criado, a Nazaret, y sus paisanos decían con desprecio: Ése es el carpintero, el hijo de María, el carpintero, el hijo de José. Tenían al Salvador entre ellos, había crecido como vecino y compañero de barrio, como obrero que se ganaba honestamente su pan en su taller, pero no lo conocían en verdad. Para ellos era simplemente, y lo decían con desprecio, el carpintero como su padre José. Ignoraban en verdad quién era Jesús: el Hijo de Dios. Jesús les respondió: Ningún profeta es reconocido como tal en su tierra y se alejó de ellos, sin hacer allí ningún milagro, a los pueblos vecinos. Sus paisanos, por su incredulidad, desperdiciaron la gracia salvadora de Dios que les ofrecía Jesús.

3. Hermanos peregrinos, ¿Cuánto tiempo hace que camina Jesús en medio de nosotros? ¿Cuánto tiempo hace que nuestra Madre la Iglesia nos lo ofrece, como María a sus paisanos, y que nosotros no le hacemos caso? ¿Es Jesús, de verdad, para cada uno de nosotros el Salvador, nuestro Señor? ¿Es nuestra Iglesia católica en verdad nuestra Madre? ¿Son los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Misa dominical, nuestra fuente de vida? ¿Son los Mandamientos de Dios el camino por donde conducimos nuestros pasos? ¿Es nuestra familia una iglesia doméstica donde se adora a Dios, se observan sus leyes y se transmite la vida junto con la fe católica a los hijos?

4. Hago estas preguntas porque, en la primera lectura del profeta Ezequiel, escuchamos un reclamo muy fuerte de Dios a su pueblo: "Yo te envío -le dice al profeta- a los israelitas, a ese pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Ellos, te escuchen o no, porque son un pueblo rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos". Hermanos peregrinos: Esta es la misión de la Iglesia: Anunciar la salvación, la palabra de Dios y cada uno sabe si la escucha o la rechaza; pero, sea como sea, cada uno debe saber que hay una salvación que se le ofrece y que, si se pierde -Dios no lo quiera-, será por su propia responsabilidad. Nuestra iglesia, nuestra parroquia, nuestro párroco, nuestros catequistas nos ofrecen la salvación. Cada uno es responsable de aceptarla o no, como Jesús lo hizo con sus paisanos de Nazaret.

5. Han sucedido, hermanos peregrinos, muchas cosas importantes en nuestra vida nacional. Hemos escuchado propuestas, promesas, críticas, insultos y agravios de unos contra otros. Nosotros hemos dado, espero que todos, nuestro parecer y nuestro voto para determinar el destino que queremos para nuestra patria y para nosotros mismos. Ahora es necesario que escuchemos la voz de Dios que se ha expresado por las autoridades e instituciones que nos hemos dado y que, durante esta peregrinación, meditemos en el mensaje de nuestra Señora de Guadalupe y veamos qué es lo que Ella pide y exige de nosotros para llamarnos hijos suyos. Ella no vino a enfrentar a los unos contra los otros, sino a unir y concordar; Ella no vino a dividir a los pueblos, sino a unirlos en un abrazo bajo su corazón maternal; Ella no vino a enfrentar a los ricos contra los pobres, sino a hacer que nos veamos y nos ayudemos como verdaderos hermanos; Ella no vino a aplaudir al poderoso o al opresor sino a levantar al humilde y devolverle su dignidad de hijo de Dios; Ella no vino a malograr la vida, sino a darnos al Dios verdadero por quien todos viven y para que vivamos todos; Ella no vino a dividir la familia sino a curar al tío Bernardino, para que se reintegrara a su hogar lleno de salud. El mensaje de Santa María de Guadalupe es de concordia, de reconciliación, de fraternidad, de respeto a la dignidad humana, de unidad y de paz.

6. Esta es hora de que también los poderosos de este mundo, los que se han enseñoreado de las plazas, de las calles, de los micrófonos y de los medios de comunicación y que casi nos han aturdido con tantas palabras, es hora, digo, de que también ellos escuchen la voz de Dios y el mensaje de santa María de Guadalupe. México es la patria y la tierra y el suelo de todos, no de un grupo ni de una facción. Es la Casa común, que todos, al unísono, debemos edificar y donde Santa María de Guadalupe es la Dueña de esa casa. Hace muy pocos días lo expresó un escritor mexicano, el señor Carlos Fuentes, cuando dijo: "Santa María de Guadalupe, patrona de México: Ella es la única realidad verdadera en México. Ella es todo lo que realmente la gente cree". Eso nosotros lo sabemos, lo vivimos desde hace muchos años, pero le agradecemos al escritor recordárnoslo.

7. Ahora, en este momento de la vida nacional, es ocasión propicia para que retomemos en nuestra vida diaria y en nuestra oración el mensaje guadalupano, para que seamos, con santa María de Guadalupe, factores de unidad, constructores de fraternidad, y metamos todos juntos, con responsabilidad solidaria, el hombro a este país que es la patria que Dios nos dio y que Santa María de Guadalupe bendijo al posar en ella sus plantas benditas. Ella puede transformar los cactus en rosales y los pedruscos en diamantes y la aridez del desierto en manantiales de agua y de vida. Por eso oramos con el salmo de la misa: "En ti, Señor, que habitas en lo alto, tenemos fijos nuestros ojos. Como el esclavo fija sus ojos en las manos de su señor... como la esclava los fija en las manos de su señora; así tenemos los ojos en el Señor, esperando su misericordia. Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad, porque estamos hartos de injurias, saturados de desprecios, de insolencia y de burlas. Señor, ten piedad de nosotros". Santa María de Guadalupe Reina de México, salva nuestra patria y conserva nuestra fe. Amén.

EL OBSERVADOR 577-6

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DEBATE
La señal de la cruz, símbolo bíblico de quienes se salvan

La señal de la cruz y el porte o uso de crucifijos molestan a muchos. Incluso algunos sostienen que la señal de la cruz es a la que se refiere el Apocalipsis cuando habla de la marca en la frente de los adoradores de la bestia (Ap 13, 14-18; 14, 9; 16, 2), pero justamente la señal de la Cruz es usada en la Biblia como signo de los protegidos del Señor en el libro de Ezequiel:

«Gritó con todas sus fuerzas en mis oídos: '¡Castigos de la ciudad, acérquense! ¡Que cada uno lleve en la mano su instrumento de muerte!'. Aparecen entonces seis hombres desde el lado de la Puerta Alta, que mira al norte: cada cual lleva en la mano un instrumento de muerte, y en medio de ellos veo a un hombre con un traje de lino, que tiene en la cintura una tablilla de escriba. Vienen a ponerse al lado del altar de bronce, e inmediatamente la Gloria del Dios de Israel, que hasta entonces descansaba sobre los querubines, se eleva en dirección a la puerta del Templo.

Llama al hombre con traje de lino, que lleva en su cintura una tablilla de escriba, y le dice: 'Recorre Jerusalén, marca con una cruz en la frente a los hombres que se lamentan y que gimen por todas esas prácticas escandalosas que se realizan en esta ciudad'. Luego dice a los otros, de manera que yo lo entienda: 'Recorran la ciudad detrás de él y maten. No perdonen a nadie, que su ojo no tenga piedad. Viejos, jóvenes, muchachas, niños y mujeres, mátenlos hasta acabar con ellos. Pero no tocarán a los que tienen la cruz. Comenzarán por mi Santuario'»
(Ez 9, 1-6).

Ya lo decía Pablo: «Bien es cierto que el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios» (1 Co 1, 18).

Y en otra parte Pablo advierte lo orgulloso que se siente por la cruz de Cristo: «En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por Él el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6, 14).

Signo no exclusivo

Es la memoria de Nuestro Señor y de la elección que en nosotros hace Dios.Pero es bueno dejar claro algo: la cruz no es distinción entre católicos y no católicos. En Corea del Sur, por ejemplo, confesiones no católicas la usan en sus templos, hasta el punto que uno no puede distinguir cuándo un templo es católica y cuándo es protestante sin entrar en él o acercarse a leer los avisos que tenga.

Mirar la cruz

El propio Jesús nos recuerda que, lo mismo que Moisés hizo por orden de Dios una serpiente para que fuera mirada para obtener sanación (cfr. Núm 21, 4-9), tendremos al Hijo de Dios crucificado para mirarlo:

«Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en Él tendrá por Él vida eterna» (Jn 3, 14-15).

Eso sí: cada vez que miremos la cruz pensemos desde luego en el sacrificio de Jesucristo por nosotros, y en la salvación. O de lo contrario un símbolo maravilloso puede convertirse en instrumento de idolatría, como ocurrió al final con la serpiente de bronce (cfr. 2 Re 18, 1-4).

Fuente: México siempre Fiel

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¿Por qué la cruz?

«Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre» (Mt 24,30). La cruz es el símbolo del cristiano, que nos enseña cuál es nuestra auténtica vocación como seres humanos.

Hoy parecemos asistir a la desaparición progresiva del símbolo de la cruz. Desaparece de las casas de los vivos y de las tumbas de los muertos, y desaparece sobre todo del corazón de muchos hombres y mujeres a quienes molesta contemplar a un hombre clavado en la cruz. Esto no nos debe extrañar, pues ya desde el inicio del cristianismo san Pablo hablaba de falsos hermanos que querían abolir la cruz: «Porque son muchos y ahora os lo digo con lágrimas, que son enemigos de la cruz de Cristo» (Flp 3, 18).

Los enemigos de la cruz

Unos afirman que es un símbolo maldito; otros que no hubo tal cruz, sino que era un palo; para muchos el Cristo de la cruz es un Cristo impotente; hay quien enseña que Cristo no murió en la cruz. La cruz es símbolo de humillación, derrota y muerte para todos aquellos que ignoran el poder de Cristo para cambiar la humillación en exaltación, la derrota en victoria, la muerte en vida y la cruz en camino hacia la luz.

Jesús, sabiendo el rechazo que iba producir la predicación de la cruz, «comenzó a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho...ser matado y resucitar al tercer día. Pedro le tomó aparte y se puso a reprenderle: '¡Lejos de ti, Señor; de ningún modo te sucederá eso!' Pero Él dijo a Pedro: ¡Quítate de mi vista, Satanás!¡...porque tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres!» (Mt 16, 21-23). Pedro ignoraba el poder de Cristo y no tenía fe en la resurrección, por eso quiso apartarlo del camino que lleva a la cruz, pero Cristo le enseña que el que se opone a la cruz se pone de lado de Satanás.

Satanás, el orgulloso y soberbio, odia la cruz porque Jesucristo, humilde y obediente, lo venció en ella «humillándose a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz», y así transformo la cruz en victoria: «...por lo cual Dios le ensalzó y le dio un nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 8-9).

¿Amarías el cuchillo con que mataron a tu papá?

Algunas personas, para confundirnos, nos preguntan: «¿Adorarías tú el cuchillo con que mataron a tu padre?» ¡Por supuesto que no!:
1º. Porque mi padre no tiene poder para convertir un símbolo de derrota en símbolo de victoria; pero Cristo sí tiene poder. ¿O tú no crees en el poder de la sangre de Cristo? Si la tierra que pisó Jesús es Tierra Santa, la cruz bañada con la sangre de Cristo, con más razón, es Santa Cruz.

2º. No fue la cruz la que mató a Jesús sino nuestros pecados. «Él ha sido herido por nuestras rebeldías y molido por nuestros pecados; el castigo que nos devuelve la paz calló sobre Él y por sus llagas hemos sido curados» (Is 53, 5). ¿Cómo puede ser la cruz signo maldito, si nos cura y nos devuelve la paz?

3º. La historia de Jesús no termina en la muerte. Cuando recordamos la cruz de Cristo, nuestra fe y esperanza se centran en el resucitado. Por eso para san Pablo la cruz era motivo de gloria (cfr. Gál 6, 14).

¿Cristo es «maldito»?

Otros objetan que la Biblia dice: «Maldito el que cuelga del madero».

Sucede que los malditos que merecíamos la cruz por nuestros pecados éramos nosotros, pero Cristo, el Bendito, al bañar con su sangre la cruz, la convirtió en camino de salvación.

Al ver al crucificado, el centurión pagano se hizo creyente; Juan, el apóstol que lo vio, se convirtió en testigo de esto (cfr. Juan 19, 35-37).

Aun así, muchos continúan rechazando y hasta odiando la cruz, «porque la predicación de la cruz es locura para los que se pierden... pero es fuerza de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1, 18).

La cruz es la síntesis del Evangelio

San Pablo resumía el Evangelio como la predicación de la cruz (cfr. 1 Cor 1,17-18). Por eso los papas y los grandes misioneros han predicado el Evangelio con el crucifijo en la mano: «Así, mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos [porque para ellos era un símbolo maldito], necedad para los gentiles [porque para ellos era señal de fracaso], mas, para los llamados, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 23-24).

Hoy hay muchos católicos que, como los discípulos de Emaús, se van de la Iglesia porque creen que la cruz es derrota. A todos ellos Jesús les sale al encuentro y les dice: «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lucas 24, 25-26).

La cruz es, pues, el camino a la gloria, el camino a la luz. El que rechaza la cruz no sigue a Jesús (cfr. Mateo 16, 24).

Nuestra razón, dijo Juan Pablo II, nunca va a poder vaciar el misterio de amor que la cruz representa, pero la cruz sí nos puede dar la respuesta última que todos los seres humanos buscamos: «No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que san Pablo pone como criterio de verdad y, a la vez, de salvación» (JP II, Fides et ratio, n. 23).

Fuente: www.aciprensa.com 

EL OBSERVADOR 577-7

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FIN

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