El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
20 de agosto de 2006 No.580

SUMARIO

bulletCOMUNICADO DE PASTORAL FAMILIAR - La Iglesia opta por una educación sexual vinculada a la moral
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Que brille la luz de Dios
bulletEl punto no es el qué sino el cómo de la educación sexual
bulletFAMILIA - Aumenta el número de familias sin hijos, ¿por qué?
bulletPINCELADAS - Serenidad en la tormenta
bulletENTREVISTA - Habla Benedicto XVI: «Debemos redescubrir no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, Jesucristo» (I)
bulletTodo sobre ruedas
bulletDICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA - Miguel Antonio Caro

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COMUNICADO DE PASTORAL FAMILIAR
La Iglesia opta por una educación sexual vinculada a la moral

La familia es el lugar preferente para la educación sexual, la cual es un derecho inalienable y una obligación de los padres

Hemos tenido noticia por los medios de comunicación y por algunos padres de familia y organizaciones civiles que se pretende implementar una Reforma de la Escuela Secundaria (RES), en cuyos programas se contempla impartir una educación sexual con un cierto enfoque antropológico en que el ejercicio de la sexualidad se desvincula del recto orden de la naturaleza, del amor responsable, de la transmisión de la vida y del matrimonio. Los libros de texto ya se han impreso y están en fase de distribución en los estados.
Nos sentimos en la urgencia de decir una palabra acerca de este tema tan importante para el desarrollo y la madurez psicoafectiva de nuestros jóvenes.

Educación integral


1. Ante todo hay que recordar que la educación sexual constituye una parte importante de la educación progresiva en el descubrimiento y para el ejercicio responsable del amor. Por tanto, debe ser oportuna e integral y debe hacer descubrir la belleza del amor y el valor humano del sexo.

El Estado y la escuela, después de la familia


2. La familia es el lugar preferente para la educación sexual, la cual es un derecho inalienable y una obligación de los padres; el Estado y, en concreto, la escuela, tienen una función subsidiaria en este campo y, en general, en la educación; es grave que los padres de familia no hayan sido claramente convocados y consultados acerca del enfoque y de los contenidos que se pretende transmitir a sus hijos en dichos libros de texto.

¿Información o educación sexual?

3. La Iglesia católica se opone firmemente a un sistema de información sexual desvinculado de los principios morales; dicha postura no es sino un estímulo para introducirse en la experiencia del placer sexual, abriendo el camino al vicio desde los años de la inocencia.

Los libros de la SEP deben ser retirados

4. Por estas razones consideramos que las autoridades de la Secretaría de Educación Pública deben retirar los libros de secundaria cuestionados para revisar los contenidos de educación sexual criticados por los padres de familia.

+ Rodrigo Aguilar Martínez, obispo de Tehuacán
y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Familiar

EL OBSERVADOR 580-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Que brille la luz de Dios
Por Jaime Septién


La visión espiritual del papa Benedicto XV1 es analizada, desmenuzada y puesta al día por Robert Moynihan, analista, filósofo y periodista, editor de una de las revistas más críticas del universo católico: Inside the Vatican (Dentro del Vaticano), en un libro que acaba de publicar: Que brille la luz de Dios.

Lo he leído con un asombro creciente: la capacidad del Papa —del cardenal Ratzinger—para explicar las verdades (y las bellezas) de la fe en pocas y muy precisas frases es, por decir lo menos, inigualable en el campo actual de la teología cristiana. Moynihan ha entrevistado muchas veces a Benedicto XVI. De esas entrevistas surge el perfil de un santo y de un sabio tranquilo. Un Papa para el convulsionado mundo de hoy.

Participé en la televisión internacional hace año y medio, en el transcurso del cónclave y después en la elección, así como en la transmisión de la primera Misa. Desde el momento en que salió al balcón de San Pedro, me di cuenta que el Espíritu Santo había elegido al Papa que necesitaba la humanidad confusa del siglo XXI. Lo dije ante un auditorio internacional. Tras leer este libro, lo repito.

Es imposible resumir en pocas frases el legado de sabiduría y profundidad que en él se atesora, fruto de los encuentros del autor con Benedicto XVI y de la recopilación de documentos escritos por el Papa en el transcurso de su vida sobre su fe, sobre el mundo de hoy y el peregrinaje cristiano. Quisiera extraer nada más cinco frases en las que puede meditar el lector y, más adelante, le muevan a comprar el texto (editado en Nueva York por la casa editorial Vintage):

1. «La pobreza más profunda no es la pobreza material, sino la pobreza espiritual, la incapacidad de ser feliz, la convicción de que la vida es absurda y contradictoria».

2. «El auténtico problema de nuestro tiempo es la 'crisis de Dios', la ausencia de Dios, disfrazada por una religiosidad vacía».

3. «No se puede dar a conocer a Dios sólo con palabras (…) Anunciar a Dios es introducir la relación con Dios, enseñar cómo orar. La oración es la fe en acción».

4. «Dios habla sin levantar la voz. Pero nos ofrece todo tipo de signos (…) La vida está en realidad llena de esas silenciosas indicaciones».

5. «Sólo Cristo llena de significado nuestra vida entera (…) El cristianismo no es un sistema intelectual, un conjunto de dogmas, una moral. El cristianismo es más bien un encuentro, una historia de amor; es un hecho».

Podría seguir con cientos de citas como éstas cinco. Regáleme el lector un pequeño espacio más para comunicarle lo que el Papa considera que es nuestra verdadera grandeza como seres humanos: «Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de Él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos».

EL OBSERVADOR 580-2

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El punto no es el qué sino el cómo de la educación sexual
Por Javier Algara


Algunos reporteros nos piden nuestra opinión, a quienes estamos de algún modo relacionados con la educación pública, acerca de por qué los católicos se oponen a que se imparta educación sexual en las escuelas. Esta interrogante nace a raíz del debate en torno a algunos textos de biología publicados por la SEP.

En principio, ni la autoridad eclesiástica ni los padres de familia católicos están en contra de que sus hijos sean educados sobre la sexualidad. Este tema incluso ha sido tratado abiertamente por los dos últimos obispos de Roma con especial atención. A lo que, obviamente y con justa razón, se oponen ellos es a que la sexualidad humana sea vista y enseñada como si se tratara de la sexualidad de cualquier otro miembro del reino animal.

Al enseñarla podemos tomar dos actitudes. Una, la de ceñirnos a detallar los procesos químicos, físicos y mecánicos que gobiernan la vida animal en su nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte. Podemos añadir a ello pormenores de estímulo-reacción para subrayar la instintiva inevitabilidad del atractivo sexual. O recomendar los métodos para evitar las consecuencias indeseadas de este último. E intentar analizar al hombre bajo la misma lupa.

La otra actitud es la de reconocer que, no obstante las múltiples coincidencias entre el ser humano y el reino animal, hay unas características propias de la vida del hombre que lo sitúan en una dimensión absolutamente distinta. La vida humana, si ha de ser bien estudiada por la biología, no puede negar esta distinción elemental, ni simplemente dejar la responsabilidad de hacerlo a otras ciencias, ni mucho menos desdeñar el tema por estar «matizado de tintes religiosos». No se requiere ser religioso para darse cuenta de la diferencia. Ya Aristóteles, que nunca basó sus teorías en revelación divina alguna, había reconocido el abismo que separaba a ambos reinos. Y lo que buscan estos padres de familia descontentos es que la sexualidad humana sea enseñada dentro de este segundo esquema; piensan que únicamente así sus hijos tendrán una visión coherente de su propia realidad como personas y de su finalidad trascendente. Afirman que esta enseñanza sólo puede ser impartida a la par de los padres.

Encontrar el sentido de esta realidad es encontrar el sentido de la propia vida, dentro de la historia y el tiempo, y fuera de ellos. Y tal sentido consiste en ser imagen de Dios, precisamente en la realidad personal masculina o femenina, y a través de la vivencia de ésta en la comunión del amor. «El hombre llega a ser imagen y semejanza de Dios no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comunión de las personas que el hombre y la mujer forman desde un inicio», afirmó en una catequesis Juan Pablo II en 1979.

Si el libro de biología puede expresar la maravilla de la sexualidad humana en el contexto del amor genuinamente humano —y los docentes son capaces de explicarla confiable y adecuadamente, apoyados con el ejemplo de padres que la viven—, ¿quién se va a oponer a que lo hagan?

EL OBSERVADOR 580-3

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FAMILIA
Aumenta el número de familias sin hijos, ¿por qué?

La vida sin hijos es una realidad social en aumento para un creciente número de adultos estadounidenses. Ésta es la conclusión de la edición 2006 del informe sobre el matrimonio publicado por National Marriage Project, que tiene su sede en Rut-gers, la Universidad Estatal de Nueva Jersey (EU).

Hasta hace poco tiempo la mayor parte de la vida adulta trascurría con los hijos jóvenes que formaban parte del hogar. Sin embargo, la combinación de una edad tardía para casarse, menos hijos y una esperanza de vida más larga ha dado como resultado que una parte significativamente mayor de la vida adulta trascurra sin que haya niños en el hogar.

El informe, titulado «Vida sin Hijos», tiene como autores a Barbara Dafoe Whitehead y David Popenoe. Comienzan observando el gran número de recientes publicaciones que se quejan de las dificultades en la crianza de los hijos. Muchas entrevistas muestran también que los padres informan de menores niveles de felicidad en comparación con quienes no son padres. De hecho, un creciente número de parejas casadas ven actualmente a los hijos como un obstáculo para su felicidad marital.

El problema no es tener hijos, sino criarlos

Esto no quiere decir que la mayoría de las parejas rechacen tener hijos. Sin embargo, existe una sensación cada vez mayor de agitación a la hora de adquirir las responsabilidades de la paternidad. Por supuesto que nunca ha sido fácil criar a los hijos, pero hay buenas razones por las que un número creciente de padres sienten que aumenta la presión, explica el informe.

El debilitamiento de los lazos conyugales contribuye a las dificultades de tener hijos. Las mujeres que cohabitan, explica el informe, pueden posponer la maternidad hasta que tengan una mejor sensación del futuro de su relación a largo plazo. Si esperan demasiado, sin embargo, esto las coloca en el riesgo de no tener nunca hijos. Tener un matrimonio infeliz es otra fuente de incertidumbre. Las parejas que se preocupan sobre si se divorciarán son las que más probablemente no tengan hijos.

Cambio en las familias

Citando informes de la Oficina del Censo de aquella nación, Whitehead y Popenoe presentan cuánto han cambiado las estructuras familiares.

- En 1970 la edad media a la que las mujeres contraían matrimonio era de menos de 21 años. Actualmente está un poco por encima de los 26. En el caso de las mujeres que han cursado carreras universitarias de cuatro años la edad es incluso mayor.

- En 1960 el 71% de las mujeres casadas tenían su primer hijo en los primeros tres años de matrimonio. En 1990 esta proporción se ha dividido por la mitad, hasta el 37%. Así, tras casarse, las parejas actualmente pasan más años sin tener hijos.

- Además, un creciente número de mujeres no tienen ni un solo hijo. En el 2004, casi una de cada cinco mujeres estadounidenses en sus primeros cuarenta no tenía hijos. En 1976, era sólo una de cada diez.

- La proporción de hogares con hijos ha descendido desde la mitad de todos los hogares en 1960 a menos de un tercio actualmente.

En general, hace unas décadas la vida antes de tener hijos era corta, con poco tiempo entre el fin de la escolarización y el comienzo del matrimonio y la vida familiar. La vida después de los hijos también era reducida, con pocos años antes del fin de la edad laboral.

La cultura contemporánea ha reflejado rápidamente los cambios en la vida familiar, observa el informe. Cada vez es más común encontrarse con que los años dedicados al cuidado de los hijos son presentados como menos satisfactorios, comparados con los años anteriores y posteriores.

La vida adulta sin hijos es presentada como si tuviera un significado y un propósito positivo, y como si estuviera llena de diversión y libertad. La vida con los hijos, por contraste, es vista llena de presiones y responsabilidades.

En general, la vida sin los hijos se caracteriza por centrarse en uno mismo. «De hecho, el mandato cultural para los jóvenes sin hijos y los mayores libres de ellos es 'cuídate a ti mismo'», comenta el informe.

La TV se ríe de los padres

La cultura tradicional celebraba normalmente el trabajo y el sacrificio de los padres, pero esto ahora ha cambiado. Cada vez más, la imagen popular de los padres es negativa. Los nuevos estereotipos van del hiper competitivo padre deportivo que grita a sus propios hijos, a aquél que ignora los problemas que sus hijos indisciplinados causan a otros en los lugares públicos.

Los programas televisivos se han reído mucho de los padres, observa el informe. Desde hace poco las madres también están siendo mostradas como inadecuadas, incapaces de sobrellevar sus responsabilidades, o siendo excesivamente indulgentes y negligentes.

En contraste, algunos de los programas de televisión más populares en Estados Unidos en los últimos años, como «Friends» y «Sex and the City», han celebrado la vida glamorosa de los solteros jóvenes de ciudad.

Prejuicios contra los hijos

Qué puede traer esto en el futuro, se pregunta el informe. Para empezar, menos apoyo político a las familias.

En términos culturales este prejuicio en contra de los hijos es probable que aumente. El entretenimiento y los pasatiempos para adultos —juego, pornografía y sexo— son uno de los sectores de la economía que más rápido crece y de los más lucrativos.

Por el contrario, ser un padre devoto es cada vez más un motivo de descrédito despiadado, observa el informe. De hecho, la tarea de ser madre es ahora vista por un creciente número de personas como indigna del tiempo y los talentos de una mujer educada.

«Es bastante duro criar hijos en una sociedad que está organizada para apoyar esta tarea tan esencial», observa el informe. «Considere cuánto más difícil se hace cuando una sociedad es indiferente, en el mejor de los casos, y hostil en el peor, a aquellos que se ocupan de la siguiente generación», concluye.

Zenit-El Observador

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PINCELADAS
Serenidad en la tormenta
Por el P. Justo López Melús

No se trata de elogiar la apazeia de los clásicos, ni la insensibilidad de los estoicos. Se trata de cultivar la serenidad y el equilibrio de los hombres maduros, la paz y el sosiego de los que ponen su confianza en el Señor, en medio de la tormenta. Ni perder la calma en la adversidad ni echar las campanas a volar en la prosperidad. A los hombres maduros se les conoce por su ecuanimidad y serenidad.

Abauzit era un sabio naturalista de Ginebra, que durante 22 años estuvo midiendo la presión del aire, anotándola cuidadosamente. La nueva criada creyó que eran unos papeles viejos y los quemó. Abauzit aguantó la tempestad, y luego dijo con sosiego: «Has quemado 22 años de trabajo. En adelante, por favor, no toques nada de este cuarto».

Después de una tremenda tragedia de la Armada Invencible, dijo serenamente Felipe II: «Yo no he enviado mi Armada a luchar contra los elementos». A los embajadores que temblaban en su presencia les decía: «¡Sosegaos!». Pues, eso.

EL OBSERVADOR 580-5

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ENTREVISTA

Habla Benedicto XVI: «Debemos redescubrir no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, Jesucristo» (I de IV)
Entrevista al Papa realizada por Radio Vaticano el 5 de agosto en CastelGandolfo, en preparación al viaje apostólico a München, Altötting y Regensburg (Alemania, 9-14 de septiembre de 2006)

Santo Padre, en septiembre usted visitará Alemania. «El Papa tiene nostalgia de su patria», así han dicho sus colaboradores. ¿Qué temas desearía tocar en particular durante la visita?
Ciertamente. El motivo de la visita es precisamente que quería volver a ver los lugares, las personas con las que he crecido, que me han marcado y han formado parte de mi vida. Personas a las que quería agradecer. Y, naturalmente, también expresar un mensaje que vaya mas allá de mi tierra, como es coherente con mi ministerio. Simplemente he dejado que las conmemoraciones litúrgicas me indicaran los temas. El asunto fundamental es que debemos redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, porque cuando vemos a Jesucristo vemos a Dios. Y partiendo de esto debemos encontrar los caminos para encontrarnos en la familia, entre las generaciones y también entre las culturas y los pueblos, entre los caminos de la reconciliación y la convivencia pacifica en este mundo, y los caminos que conducen hacia el futuro. Y estos caminos hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz desde lo alto. Por tanto, no he decidido temas muy específicos, pero, por así decirlo, es la liturgia la que me guía a expresar el mensaje fundamental de la fe, que naturalmente se inserta en la actualidad de hoy, en la que, sobre todo, queremos buscar la colaboración de los pueblos y los caminos posibles hacia la reconciliación y la paz.

Su visita hace que la atención se dirija a la situación de los católicos en Alemania. Ahora todos los observadores concuerdan en que la atmósfera es buena, pero los antiguos problemas permanecen: cada vez menos practicantes, cada vez menos bautizados, cada vez menos influencia en la vida social. ¿Cómo ve la actual situación de la Iglesia en Alemania?
Ante todo diría que Alemania forma parte de Occidente, si bien con sus características particulares, y en el mundo occidental hoy vivimos una ola de un nuevo iluminismo drástico o laicidad, o como se le quiera llamar. Creer se ha vuelto más difícil, porque el mundo en el que nos encontramos está hecho completamente por nosotros mismos y en el que, por decirlo así, Dios ya no aparece directamente. Ya no se bebe directamente de la fuente, sino del recipiente que se nos presenta ya lleno, etc. Los hombres se han construido el propio mundo, y encontrar a Él en este mundo se ha convertido en algo muy difícil. Esto no es específico de Alemania, sino que es algo que se constata en todo el mundo, de manera particular en el occidental. Por otra parte, Occidente viene hoy tocado fuertemente por otras culturas, en las que el elemento religioso de origen es muy poderoso, y quedan horrorizadas por la frialdad que encuentran en Occidente en lo que respecta a Dios. Y esta presencia de lo sagrado en otras culturas, aunque si velada de muchas maneras, toca nuevamente al mundo occidental, nos toca a nosotros, que nos encontramos en el «cruce» de tantas culturas. Y también de lo más profundo del hombre en Occidente, y en Alemania, surge la pregunta de algo «más grande». Vemos que en la juventud aparece la búsqueda de ese «más»; vemos cómo en cierto modo el fenómeno religión -como se dice- vuelve, también si se trata de un movimiento de búsqueda a menudo indeterminado. Pero con todo esto la Iglesia está de nuevo presente, la fe se ofrece como respuesta. Pienso que justamente esta visita, como ya la de Colonia, será una oportunidad para que se vea que creer es algo bello, que el gozo de una gran comunidad universal posee una fuerza que arrastra, que tras ella hay algo de importante y que, por lo tanto, junto a los nuevos movimientos de búsqueda existen también nuevas desembocaduras de la fe que nos llevan los unos hacia los otros y que son positivas también para la sociedad en su conjunto.

Hace exactamente un año usted estaba en Colonia con los jóvenes. En este próximo viaje, ¿lleva quizá un mensaje especial para ellos?
Quisiera decir, antes que nada, que estoy muy contento de que haya jóvenes que quieran estar juntos, que quieran estar juntos en la fe, y que quieran hacer el bien. La disponibilidad al bien es muy fuerte en la juventud; basta pensar en las diversas formas de voluntariado. El compromiso para ofrecer en primera persona una contribución propia ante las necesidades de este mundo es una gran cosa. Un primer impulso puede ser por lo tanto alentar a esto: ¡id adelante! ¡Buscad las ocasiones para hacer el bien! ¡El mundo necesita de esta voluntad, necesita de este compromiso! Y luego quizás una palabra sería: ¡el valor de decisiones definitivas! En la juventud hay mucha generosidad, pero ante el riesgo de comprometerse por toda la vida, ya sea en el matrimonio o en el sacerdocio, se experimenta miedo. El mundo está en movimiento de manera dramática: ahora puedo disponer continuamente de mi vida entera con todos sus imprevisibles eventos futuros: con una decisión definitiva, ¿no ato mi libertad y no me privo de la libertad de movimiento? Despertar el valor de osar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el crecimiento, el camino hacia adelante y el alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las únicas que no destruyen la libertad, sino que le ofrecen la justa dirección en el espacio. Arriesgar esto, este salto -por así decir- en el definitivo, y con eso acoger plenamente la vida, esto es algo que con dicha quisiera poder comunicar.

La esperanza de la paz en Oriente Medio: ¿Qué posibilidades ve usted para la Santa Sede en relación a la actual situación? ¿Qué influencia puede ejercer ésta en el desarrollarse de la situación en Oriente Medio?
Naturalmente no tenemos ninguna posibilidad política, y no queremos ningún poder político. Pero queremos hacer un llamamiento a los cristianos y a todos aquellos que se sienten de alguna manera interpelados por la palabra de la Santa Sede, para que sean movilizadas todas las fuerzas que reconocen que la guerra es la peor solución para todos. No aporta nada bueno para nadie, ni siquiera para los supuestos «vencedores». En Europa lo sabemos muy bien, como consecuencia de las dos guerras mundiales. La paz es lo que todos necesitan. Existe una fuerte comunidad cristiana en el Líbano, hay cristianos también entre los árabes, hay cristianos en Israel, y los cristianos de todo el mundo se empeñan por estos países tan queridos a todos nosotros. Existen fuerzas morales listas a hacer comprender que la única solución es que debemos vivir juntos. Estas son las fuerzas que nosotros queremos movilizar: los políticos deben encontrar los caminos para que esto pueda acontecer lo más pronto posible y, sobre todo, de forma duradera.

¿Cómo puede mostrarse en los tiempos actuales el ministerio de Pedro? ¿Cómo ve usted la relación de tensión y equilibrio entre el primado del Papa por un lado y la colegialidad de los obispos por otra?
Una relación de tensión y equilibrio existe naturalmente, y nosotros decimos que así debe ser. Multiplicidad y unidad deben siempre encontrar nuevamente su relación recíproca, y esta relación debe incluirse de una manera siempre nueva en las cambiantes situaciones del mundo. Hoy en día existe una nueva polifonía de las culturas, en la cual Europa ya no es más la única que determina, sino que las comunidades cristianas de los diversos continentes están adquiriendo su propio peso, su propio color. Debemos aprender siempre de esta fusión de los diversos componentes. Por esto hemos desarrollado diversos instrumentos; las llamadas «visitas ad limina» de los obispos, que han existido siempre, son en la actualidad mucho más aprovechadas para hablar con todas las instancias de la Santa Sede y también conmigo. Yo hablo personalmente con cada obispo. Ya he hablado con casi todos los obispos de África y con muchos de los de Asia. Ahora vendrán los de Europa central, Alemania, Suiza, y en estos encuentros, en los que precisamente el centro y las afueras se encuentran juntos en un intercambio franco, yo pienso que crezca la correcta relación recíproca en esta tensión equilibrada. Además, tenemos otros instrumentos, como el Sínodo, o el Consistorio, que mantendré regularmente y que querría desarrollar. En ellos, aun no teniendo un orden del día importantísimo, se discutirán juntos los problemas actuales, intentando encontrar soluciones. Por un lado sabemos que el Papa no es un monarca absoluto, pero tiene que —por decirlo de alguna forma— personificar la totalidad que se une en escucha de Cristo. Pero la conciencia de la necesidad de una instancia unificadora, que garantice también la independencia de las fuerzas políticas y que los «cristianismos» no se identifiquen demasiado con la nacionalidad, esta conciencia precisamente, que necesita de una tal instancia amplia y superior, que cree unidad en la integración dinámica del todo, y por otro lado que acoja y promueva la multiplicidad, esta conciencia es muy fuerte. Por eso creo que se trata una adhesión íntima al ministerio petrino que se expresa en la voluntad de desarrollarlo ulteriormente, de forma que responda tanto a la voluntad del Señor, como a las necesidades de los tiempos.

EL OBSERVADOR 580-6

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Todo sobre ruedas
Por Jorge David García, L.C. / Buenas Noticias


En aquel jueves brumoso se precipitó la borrasca de mayo. Tomé un taxi. El chofer, César, sin despegar los labios, miraba al frente. Di el envite para barajar una conversación amena y César resultó ser de lo más afable.

A la hora de frenar tiró de una palanca. Me admiré al descubrir que sólo conducía con las manos. Sus pies reposaban inmóviles, como atrofiados. Con una pizca de disimulo y curiosidad le aseguré a César que «era un taxista muy especial».

Sin pena me contestó que así era; pues, aunque minusválido, conducía su cochecillo desde ocho años atrás. Me atolondré por un instante. Para salir al paso le felicité y estuve al filo de decirle: «Es usted el mejor taxista minusválido que he conocido».

Pero más bien di rienda suelta a lo que me quedaba de catecismo: que Dios se vale aun del mismo mal para salvarnos; que obliga al mal a transformarse en bien; que hiere y da la medicina; y una retahíla de esas cosas que desfilan por nuestra boca cuando nos preconizamos «consoladores» de los dolientes.

Su voz me cortó en seco y sin sombra de altivez siguió: «Sí, Diosito sabe por qué hace las cosas. Yo no sé adónde hubiera corrido con los dos pies. Y le agradezco por ello».

Enseguida me poseyó el asombro; aquél que también sobrecogió a Jesús al oír a la mujer siro-fenicia, y al centurión. Me sentí pequeño. Su sonrisa iluminó mi catecismo. Todo aquello era verdad. Cuando Dios arrebata los pies, nos da ruedas. Cuando rompe nuestro caparazón, nos pone alas. Cuando nos embadurna las pupilas con cieno, nos quita las escamas, y vemos.

Sí, aquel día vi. El rostro de César me recuerda que la vida siempre vale la pena. Siempre.

EL OBSERVADOR 580-7

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DICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA
Miguel Antonio Caro (1843 – 1909)
Por Sebastián Sánchez / Argentina


Escritor, filólogo y político colombiano. Aunque no obtuvo títulos académicos, tanto por sus trabajos de filología y lingüística como por su noble erudición es considerado uno de los clásicos de la lengua en Hispanoamérica. Formado por los jesuitas de Bogotá, Caro sostuvo fielmente la filosofía tradicionalista hispano - católica en la línea de Balmes, Donoso Cortés y Menéndez Pelayo.

Muy dado a la polémica, siempre en defensa de la Cristiandad hispana, frecuentó el periodismo y desde su periódico, El Tradicionalista, tomó una decidida posición política, muy crítica del liberalismo radical que por entonces asolaba Colombia y toda Hispanoamérica.
Su férrea dedicación a la política —centrada en la restauración de los principios cristianos— lo llevó a ser presidente de su patria desde 1894 hasta 1898. Durante su mandato tuvo que luchar continuamente frente a las conspiraciones políticas de los radicales, que buscaban desestabilizar el gobierno conservador a toda costa.

Además de su dedicación a la política y la literatura, Caro ejerció una intensa actividad como filósofo y pedagogo. Fue fundador de la Academia Colombiana de la Lengua y responsable de la creación de la Universidad Católica de su patria.

Entre sus obras principales cabe mencionar: Principios de la moral. Refutación del sistema egoísta (1868), Estudio sobre el utilitarismo (1869), Informe sobre los «Elementos de ideología» de Tracy (1870), Del uso en sus relaciones con el lenguaje (1976) y la edición de sus Obras completas (1979-1990), que suman diez volúmenes.

Hoy escogemos un fragmento de su «Conquista y colonización de América por los españoles», acaso uno de los primeros escritos en defensa de la gesta de la Iglesia y de España en América, frente a la leyenda negra que falsifica nuestros orígenes.

«La conquista de América ofrece al historiador preciosos materiales para tejer las más interesantes relaciones; porque ella presenta reunidos los rasgos más variados que acreditan la grandeza y poderío de una de aquellas ramas de la raza latina que mejores títulos tienen a apellidarse romanas: el espíritu avallasador y el valor impertérrito siempre y donde quiera: virtudes heroicas al lado de crímenes atroces: el soldado vestido de acero, que da y recibe la muerte con igual facilidad, y el misionero de paz que, armado solo con la insignia del martirio, domestica los hijos de las selvas y muchas veces rinde la vida por Cristo: el indio que azorado y errante vaga con los hijos puestos al seno (…) o que gime esclavizado por el duro encomendero; y el indio cantado en sublimes versos por un poeta aventurero, como Ercilla, o defendido con arrebatada elocuencia en el Consejo del Emperador por un fraile entusiasta como Las Casas, o protegido por leyes benéficas y cristianas, o convertido al amor y justicia por la paternal y cariñosa enseñanza de religiosos dominicos o jesuitas: la codicia intrépida (no la de sordas maquinaciones) que desafiando la naturaleza bravía corre por todas partes ansiosa de encontrar el dorado vellocino; y la fe, la generosidad y el patriotismo, que fundan ciudades, origen templos, establecen casas de educación y beneficencia y alzan monumentos que hoy todavía son ornamento y gala de nuestro suelo. Singular y feliz consorcio, sobre todo (…) aquel que ofrecen la unidad de pensamiento y uniformidad del sistema de colonización debido á los sentimientos profundamente católicos y monárquicos de los conquistadores, con el espíritu caballeresco, libre y desenfadado, hijo de la Edad Media, que permite a cada conquistador campear y ostentarse en el cuadro de la historia con su carácter y genialidad propios».

EL OBSERVADOR 580-8

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FIN

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