El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
10 de septiembre de 2006 No.583

SUMARIO

bulletCOLUMNA HUÉSPED - Católicos: miembros activos de la sociedad
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Buscar la mesura
bulletPINCELADAS - Los inventos, fruto del esfuerzo
bulletTRIBUNA LAICA - La política no es todo, ni lo más radical y decisivo en la vida de las personas y de la misma «polis»
bulletMIRADA JOVEN - Algo en común: ser joven
bulletRESUELVE TUS DUDAS - ¿Qué dice la Iglesia de los «góticos»?
bulletNUESTRO PAÍS - La paz está a nuestro alcance
bulletINTERNACIONAL - Rostros rechazados
bulletENTREVISTA - Habla Benedicto XVI: «Es hermoso que la experiencia de la comunidad se convierta en experiencia de fe»
bulletDOCUMENTOS - Cuando se quiere quedar bien con todo el mundo...
bulletDICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA - Alberto Caturelli

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COLUMNA HUÉSPED
Católicos: miembros activos de la sociedad
Por Mons. José H. Gómez / Arzobispo de San Antonio, Texas
Numerosos analistas y expertos han tratado, en las últimas elecciones, de «decodificar» el «secreto» del voto católico. Las especulaciones sobre qué es el «voto católico» abarcan todo el espectro de lo posible: algunos señalan que tal voto simplemente no existe; otros creen, en cambio, que éste es decisivo para determinar los resultados de una elección.

Para nosotros, el «voto católico» no reviste ningún misterio: consiste en que el católico participe de la vida democrática de manera plena; sin dejar su identidad católica fuera de la casilla de votación. La participación en la vida democrática, especialmente mediante el voto, pero también mediante los diversos canales de expresión que nuestro sistema permite, es una responsabilidad de todo católico.

¿Por qué? Porque, como creyentes, consideramos que tanto la construcción de una sociedad justa es necesaria, así como el destino sobrenatural de la persona humana. Esta convicción nos impulsa naturalmente a la construcción del bien común.

Respetar las leyes y participar en sociedad

Por «bien común», nos explica el Compendio del Catecismo, se entiende el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible, a los grupos y a cada uno de sus miembros, el logro de la propia perfección. (Compendio 407).

Para la Doctrina Social de la Iglesia, el bien común es más que el bienestar de los individuos aislados: supone el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona, el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la persona y la sociedad, y la paz y la seguridad de todos.

Como nos explica el Compendio del Catecismo, toda persona, «según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, participa en la realización del bien común, respetando las leyes justas y haciéndose cargo de los sectores en los que tiene responsabilidad personal, como son el cuidado de la propia familia y el compromiso en el propio trabajo. Por otra parte, los ciudadanos deben tomar parte activa en la vida pública, en la medida en que les sea posible» (Compendio 410.)

Los tres principios de la Doctrina

Esta doctrina del Catecismo implica tres cosas muy prácticas: Primero, el bien común se construye no sólo en el ámbito público; se construye, ante todo, en el «micro ambiente» de nuestra vida cotidiana: la propia familia y la comunidad.

Segundo, estamos llamados a respetar y hacer respetar la ley y el bien moral en los ambientes donde actuamos laboralmente. No es necesario ser un gran empresario, un político o una «persona influyente» para respetar la ley y contribuir al mejoramiento de la vida social.

Tercero, el católico debe procurar participar, según el máximo de sus posibilidades, en el proceso de elección de sus autoridades. Un católico responsable, es un ciudadano que vota… y que vota en conciencia, iluminado por lo que el recordado papa Juan Pablo II describió como las «dos alas» con las que vuela el pensamiento humano: la fe y la razón.

Que la cruz brille como fuente de amor

La conciencia de la inalienable dignidad de todo ser humano debe movernos también a actuar políticamente, de tal forma que ayudemos a desterrar las desigualdades económicas y sociales inicuas, que afectan a miles de hermanos y hermanas nuestras, que viven en condiciones de total contraste con el Evangelio.

Estas diferencias no sólo nos alientan sino que nos obligan a vivir como miembros activos de nuestra sociedad, impulsando en cada ambiente el respeto absoluto por la vida y la dignidad de todo ser humano.

EL OBSERVADOR 583-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Buscar la mesura
Por Jaime Septién

Para los antiguos griegos, la mesura era parte de la belleza estética y, también, de la belleza moral. Lo des-mesurado era lo in-civilizado; lo grotesco, incluso lo «bárbaro». Mesura entendida como justo medio entre el exceso o el defecto. La doctrina de Aristóteles sobre las virtudes como el punto de equilibrio entre dos extremos, nació de esta genial apreciación.

Dos pensadores latinos, Lucano y Horacio, nos legaron sendas sentencias sobre la mesura que, en tiempos de des-mesura como los que estamos pasando en México, vienen como bocanadas de aire fresco y acicates a la reflexión:

Guardar la medida y atenerse a los límites, seguir a la naturaleza, consagrar la vida a la patria y no creerse nacido sólo para sí mismo, sino para el mundo entero. (Lucano)

Hay una medida en las cosas, hay límites marcados fuera de los cuales lo justo no puede subsistir. (Horacio)

La mesura (la medida) nos hace virtuosos, la des-medida nos convierte en lobos para los demás. La sociedad se ha dado una medida con la ley. Mediante ella –cuando es justa–sabemos cómo atenernos a los límites, reconocemos los límites. Es un pacto, un acuerdo que impide que unos atropellen a los otros, que los violentos se hagan con el poder porque son violentos.

De la mesura nace la justicia. Dar a cada quien lo suyo es tan importante como el que cada quien respete lo de los demás. En la batalla por la presidencia de la república, por ejemplo, lo que debería desvelarnos a todos –especialmente a los que ganaron y los que perdieron– tendría que ser la construcción de un marco de convivencia que evitara la des-mesura, el des-borde de la ley, la in-justicia.

Cuando no hay medida y se cree que uno ha nacido para satisfacerse a uno mismo; cuando el bien de la comunidad pasa por que la comunidad reconozca mi propio bien; en fin, cuando hay un desacato a la ley, una burla a las instituciones y un contumaz no atenerse a los límites, la barbarie toca a la puerta de la nación.

Volver a la mesura, sembrarla, es, hoy por hoy, el acto más revolucionario de todos por los que podemos optar los mexicanos. La única salida.

EL OBSERVADOR 583-2

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PINCELADAS
Los inventos, fruto del esfuerzo
Por el P. Justo López Melús

Los grandes inventos, más que fruto del talento de los inventores, son fruto de la voluntad férrea de éstos, de su perseverancia y del buen aprovechamiento del tiempo. Stephenson, por ejemplo, el inventor de la locomotora, empezó trabajando de minero con su padre. Watt, inventor de la máquina de vapor, tenía que buscarse el sustento fabricando flautas y brújulas. Herschel, el gran astrónomo y descubridor de Urano, se ganaba la vida tocando en una orquesta, y en los descansos observaba los astros.

Franklin, inventor del pararrayos, vivía de la venta de libros. Tintoretto, Caravaggio y Giotto, grandes pintores, sobrevivían con diversas tareas, para luego dedicarse a pintar. Copérnico era hijo de un panadero, Kepler de un tabernero alemán, Newton y Laplace eran originarios de una casa de labradores. Si todos ellos no hubiesen luchado con energía contra las adversidades, no habrían desarrollado tanto su talento.

EL OBSERVADOR 583-3

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TRIBUNA LAICA
La política no es todo, ni lo más radical y decisivo en la vida de las personas y de la misma «polis».
Parte inicial de la conferencia «Católicos y vida pública en América Latina», dictada por el doctor Guzmán M. Carriquiry Lecour, subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos, en el segundo Congreso Iberoamericano Católicos y Vida Pública realizado en la sede central de la Universidad Santo Tomás, de Chile, en junio próximo pasado.

La Iglesia no puede jamás ser ajena a las vicisitudes de la vida pública de pueblos y naciones. Esto es propio de la lógica de la Encarnación. La Iglesia es pueblo universal de Dios —una «etnia sui generis», la definió elocuentemente el papa Pablo VI— que vive en el seno de todos los pueblos, dentro de los más diversos Estados pero trascendiéndolos, asumiendo críticamente las diferentes culturas sin confundirse con ninguna de ellas.

Desde sus orígenes, la «Carta a Diogneto» así presentaba a los cristianos: «...ni por región ni por su lengua ni por sus costumbres se distinguen de los demás hombres... De hecho, no viven en ciudades propias, ni tienen una jerga que los diferencie, ni un tipo de vida especial... participan de todo como ciudadanos y en todo se destacan como extranjeros. Cada país extranjero es su país, y cada patria es para ellos extranjera... Obedecen las leyes establecidas, y con su vida van más allá de las leyes... Para decirlo brevemente, como el alma en el cuerpo así están los cristianos en el mundo».

Preocupación por perfeccionar esta tierra

La presencia y el servicio de los cristianos en el mundo —afirmó el Concilio Ecuménico Vaticano II (GS, 1, 39)— implica la solidaridad «con los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias» del propio tiempo, «sobre todo de los pobres y cuantos sufren», bien conscientes de que «la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino mas bien avivar la preocupación por perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar una vislumbre del siglo nuevo».

Ciertamente, la Iglesia no queda definida por las muy diversas coyunturas históricas que le toca vivir. Menos aún la define el poder. Si todo es política —como se gustaba decir en tiempos de borrachera de hiper-politización—, la política ciertamente no es todo, ni lo más radical y decisivo en la vida de las personas y de la misma «polis».

La Iglesia no tiene una finalidad política, no tiene una vocación de poder. No tiene como referencia de sí la conquista o el sostén de un poder político. La salvación del hombre no es fruto de la política (y cuando la política pretende ser salvífica no hace más que generar infiernos). Desde el «dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios», la Iglesia no sólo ha desacralizado sino también relativizado la política.

No servirse de la Iglesia para estrategias particulares de poder

El Reino de Dios no puede ser producto de la política ni la fe puede quedar subalterna y funcional al primado de la política. Si la Iglesia se redujese a mero actor político, a una parte política entre otras, degeneraría su ser y misión. Más aún, debe superar siempre la sutil tentación de dejar absorber excesivamente su presencia y su mensaje en las mallas estrechas de las contingencias y estrategias políticas, sabiendo que nunca faltarán quienes pretendan servirse de ella para sus propias estrategias de poder.

Aun dentro de filas cristianas, no faltan quienes terminan considerándola y hasta juzgándola según sus intervenciones políticas. De tal modo, mas que el testimonio a Cristo por medio de su Cuerpo, que es la Iglesia, ésta puede quedar considerada sólo como institución de poder mundano, coyunturalmente interesante, aliada eventual.

Otra cosa es la misión de la Iglesia. Su «cometido fundamental en todas las épocas, y particularmente en la nuestra, es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús» (Juan Pablo II, Redemptor hominis). «Evangelizar —escribió Pablo VI— es la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda; es su servicio original, insustituible, a todos los hombres, de todos los tiempos y lugares».

Funciones, luces y energías de la acción de la Iglesia

Esto no quiere decir que la Iglesia pueda desinteresarse de la vida pública de las naciones, que no abrace la totalidad de las dimensiones de la existencia y convivencia humanas —entre las cuales la política es dimensión fundamental y englobante—, que no esté ella misma implicada en la vida y destino de las naciones. Si bien «la misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social» sino de «orden religioso», «precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina» (Gaudium et spes); o, como dirá después la exhortación apostólica «Evangelii Nuntiandi»: «entre evangelización y promoción humana —desarrollo, liberación— existen, en efecto, vínculos profundos», de orden antropológico, teológico y de caridad.

En el plan de Dios, en su designio de salvación de los hombres, la Iglesia es sacramento de la comunión para la que todos los hombres han sido creados y destinados, derribando los muros de división. Comunica la fuerza de la resurrección de Jesucristo, la máxima revolución del amor, ruptura de toda cadena de esclavitud, victoria sobre la muerte y certeza de un destino bueno para los hombres.

El Evangelio de Jesucristo «es buena noticia sobre la dignidad de la persona humana». Es un «mensaje de libertad y fuerza de liberación». No hay, pues, construcción verdaderamente humana si Cristo no es reconocido y puesto como la «piedra angular». Desde esa luz, bien se entienden las primeras palabras del pontificado de Juan Pablo II: «Abrid de par en par las puertas a Cristo... Abrid a su potestad salvadora los sistemas económicos y políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo».

Esto no es añadido político a la misión de la Iglesia,, sino que deriva intrínsicamente de ella.

Zenit org.-El Observador.

EL OBSERVADOR 583-4

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MIRADA JOVEN
Algo en común: ser joven
Esa diversidad tiene un factor en común, un llamado, una vocación, un sueño, una esperanza: son jóvenes.
Por María Velázquez Dorantes

Es la población más creciente, con mayor dinamismo social y es una de las estratificaciones consideradas como el futuro de muchos países del mundo. Se caracteriza por sus alegrías, movilizaciones, compromisos, preguntas y afirmaciones.

Todos los días salen a estudiar, a trabajar, a conversar; llevan en sí mismos un mundo diferente. Se enfrentan a las ideas de los medios de comunicación, a los pensamientos de las generaciones predecesoras; pero, sobre todo, observan su rostro tratando de descifrar como será su día.

Les gusta la música, son hábiles para los mensajes del celular; los videojuegos y la televisión han sido medios con los que ha interactuado por mucho tiempo; la novedad para expresarse y comunicarse es la Internet; asisten a reuniones sociales de diferente tipo, se caracterizan por su lenguaje.

Las luchas de género los han invadido, algunas veces confundiéndoles, otras convenciéndoles, y todos los días construyen un sentido de vida, un estilo, algo que publicitariamente se denomina «marca propia».

Distraídos, enajenados, reflexivos, respetuosos, amigos, compañeros, solitarios; les gustan diferentes géneros cinematográficos; algunos no están interesados en la política y algunos más ya son militantes de algún partido.

Esa diversidad, ese compendio de rostros interculturales con los que al tomar el autobús, en la escuela, en los centros de trabajo, por las calles, en los parques, en las librerías, en los antros, nos enfrentamos todo el tiempo, tiene un factor en común, un llamado, una vocación, un sueño, una esperanza: son jóvenes.

Jóvenes que pueden construir un mundo que vaya más allá de su mente, que lleve a cabo las acciones de un joven comprometido, que sepa exigir mayor responsabilidad y respeto por la vida, mejor tolerancia y aceptación.

Porque todos esos emblemas que los definen y caracterizan tiene ese común denominador: ser joven. De espíritu y de físico, de corazón y de mente, al mismo tiempo, de expectación. Hoy son la mayoría y merecen ser atendidos y escuchados por los demás. Cada joven es un mundo diferente, y todos unidos lograrán transformar el mundo en el que nos desenvolvemos.

EL OBSERVADOR 583-5

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RESUELVE TUS DUDAS
¿Qué dice la Iglesia de los «góticos»?

Pregunta:
Un saludo a todo el equipo de El Observador. Les mando este mensaje para ver si pueden responder una gran duda que tengo.

Existen muchas «subculturas» como los «cholos», los «skates», y bueno... pero entre todos yo me identifico con los «góticos». Y, aunque muchas personas creen que son satánicos, la verdad es que no tiene nada que ver. ¿Qué opina la Iglesia de ellos? ¿Es malo que se vistan así?

Espero que respondan pronto mi pregunta. Hasta luego y gracias por su tiempo. Luis

Respuesta: Hemos estado leyendo información sobre los «góticos». Aunque hay de todo, como en todos los grupos, parece que lo esencial se resume a cierto estilo en el vestido y en el arte (música, literatura, iconografía...) que se expresa en ropa negra, maquillaje blanco, y una fascinación por lo oscuro, sombrío, misterioso y simple, que evoca la época medieval, tal vez como una reacción contra el mundo colorido y ruidoso de la cultura moderna «light». Todo parece indicar que, efectivamente, no tienen relación oficial con ningún culto satánico ni con ninguna práctica violenta. Incluso tienen fama de ser gente pacífica y tolerante. Dicen que mucha de su música se centra en aspectos negativos de la cultura occidental que la sociedad prefiere ignorar.

No creo que exista ninguna declaración oficial de la Iglesia sobre los góticos. Sobre la forma de vestir o de arreglarse, la doctrina moral (no un documento oficial) se opone a arreglos autodestructivos (tatuajes, horadaciones, etc.) o a vestidos (o desvestidos) que se pongan con la intención de provocar excitación o de molestar a otros. Desde luego no existe ningún mandamiento contra el vestirse de negro o pintarse de blanco a secas.

Ahora bien:

Aunque oficialmente la cultura gótica no exige ninguna vinculación con el satanismo, su imagen, que recuerda la de los vampiros de la literatura, se presta para que se acerquen a ella personas que sí lo practican. Por otro lado, su literatura y sus testimonios reflejan una gran tendencia a solazarse en la depresión, la ansiedad, el enojo, y una fascinación por la muerte. Algunos han encontrado en su posición una actitud de rechazo y desprecio contra la sociedad, de la que tienden a aislarse para convivir sólo con otros góticos. Sus valores, aunque no sean francamente anti-cristianos, no son los que predica la doctrina de Cristo, que más bien promueve la alegría, la esperanza, el agradecimiento por la vida, el amor a todos, la convivencia, la participación social, la libertad respecto a las modas.

Puede no ser conveniente que, por ciertos gustos, te encasilles en un grupo que no comparte todos tus valores cristianos, y en el que muy probablemente encontrarás gente francamente contraria a ellos. No tienes a fuerzas que identificarte con ninguna subcultura. Si eres cristiano, tu grupo es el cristianismo. Si tu afición a lo gótico se resume sólo a cierta forma de vestir y el gusto por cierta corriente en el arte, y no amenaza tus valores cristianos, entonces no creo que haya ningún problema. Si, en cambio, tu afición representa una postura de rechazo y separación, desaliento, abandono, suicidio, negación... entonces puede que sí lo haya. Sólo tú puedes saber hasta dónde te estás comprometiendo. Como siempre, la mejor opinión la tiene tu director espiritual, o el sacerdote que tengas más cerca.

EL OBSERVADOR 583-6

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NUESTRO PAÍS
MENSAJE DEL ARZOBISPO DE OAXACA
La paz está a nuestro alcance
Por Mons. José Luis Chávez Botello

Voy a limitarme a la situación que vivimos en Oaxaca. Esta semana es de suma importancia para el futuro de Oaxaca y del país; hay signos alentadores, lo que se acuerde en la mesa de diálogo marcará de manera positiva o negativa a toda la sociedad oaxaqueña. Urge que los actores principales de esta mesa centren toda su atención en lo que van a negociar para bien de la sociedad: precisar y jerarquizar bien las demandas justas y realistas sustentadas por una reflexión sólida, por la consulta, la escucha y asesoría adecuada. Es lo más importante en este momento: que no se distraigan en otras acciones en el Estado.

Todos tenemos que aprender de este conflicto; los conflictos sociales son síntomas de enfermedades graves no atendidas que exigen acciones de emergencia; no olvidemos que una intervención quirúrgica exige un ambiente adecuado sin contaminación, con apoyo de oxígeno, de anestesia y, sobre todo, de médicos capaces que procuran ante todo la salud del enfermo. Lo que hemos padecido en este conflicto es ya suficiente para ver y tomar conciencia de las causas de fondo que deben tocarse con decisión y responsabilidad.

Esto exige un ambiente de serenidad, de reflexión honesta que propicie dar pasos graduales hacia soluciones justas, realizables y dignas para llegar después a las soluciones de fondo en las que deberán intervenir también los diferentes sectores de la sociedad: como en la reforma constitucional del Estado, la reforma electoral, la ley de transparencia, ciudadanizar varios servicios públicos, la ley de educación, etc.

Distender el conflicto

En ambiente de violencia, de descalificaciones, de posturas cerradas en demandas o condiciones secundarias, la mesa corre el riesgo de terminar con soluciones incompletas, incorrectas o sin solución; un resultado así alimentaría los enfrentamientos, la frustración, la división, la violencia y la desesperación en no pocos.

Por lo mismo, todos los sectores y miembros de la sociedad debemos confiar en esta mesa de negociación, alimentar la esperanza, tomar medidas de distención a todos los niveles y despertar la confianza en los demás. ¡La paz está a nuestro alcance! De aquí un llamado a todos:

1. En lo personal. Si queremos cambiar para mejorar en serio a Oaxaca, tenemos que cambiar primero nosotros mismos desde el corazón, desintoxicarlos de resentimientos, de rencores y de prejuicios; la reforma más importante es la reforma de actitudes de todos y cada uno de nosotros.

2. En los barrios, colonias y comunidades no permitamos la división y enfrentamientos entre nosotros mismos; somos miembros del mismo cuerpo social, la enfermedad o daño a un miembro perjudica a todo el cuerpo; dejemos de vernos como enemigos, esforcémonos por crear espacios de tranquilidad y convivencia. Realicemos acciones de acercamiento y de comprensión mutua; todos tenemos la oportunidad de sacar lo bueno que llevamos y despertar lo bueno que hay en el corazón de los demás. Aprovechemos la celebración de las fiestas patrias para fortalecer a este nivel la unidad y nuestra identidad nacional.

Los padres de familia y las diferentes organizaciones tienen mucho que aportar en este nivel. Mi reiterada exhortación a los MCS para que se conviertan en caminos amplios y seguros por donde transite la verdad, se prevenga de los riesgos amenazantes y se alimente la esperanza. Que nadie desaproveche esta oportunidad de construir.

3. A los actores principales en el conflicto pedimos nos den más signos palpables de distención que oxigenen la esperanza y la confianza de todos. Que el gobierno federal facilite e impulse el camino de solución en todo lo que le corresponde; que el magisterio y la APPO, además de la disponibilidad mostrada, vayan levantando barricadas y bloqueos ¿No sería esperanzador poder celebrar unidos, en una ciudad limpia y en paz, nuestras fiestas patrias? La ciudadanía colaboraría con gusto en la limpieza de nuestra ciudad para este acontecimiento, la sociedad siempre tiene la capacidad de organizarse. ¡Necesitamos celebrarlo! Aprovechemos la memoria histórica para fortalecer los lazos de identidad y de unidad, que es lo más importante.

4. A todos los católicos los invitamos a redoblar en esta semana la oración tanto en familia como en las comunidades; que nuestros templos y capillas se vean más concurridos. Recuerden que la oración nos abre a Dios y a los demás, nos permite escucharle, nos serena, nos ayuda a ver con objetividad y nos mueve a asumir nuestro compromiso por el camino de la justicia; la oración auténtica siempre nos lleva a limpiar el corazón, a convertirnos, a perdonar, a vernos y reconocernos como hermanos; que los atrios de nuestros templos sean un espacio de reencuentro, de sanación y fortalecimiento mutuo. Oremos especialmente por todos los actores de la mesa de diálogo para que el Señor los ilumine y fortalezca su voluntad para decidir con valor lo que más construya la vida en Oaxaca.

Así, todos en Oaxaca acompañemos a la mesa de diálogo en México con nuestras mesas de diálogo entre nosotros, con nuestra mesa de la Eucaristía. Así la Iglesia de Oaxaca, desde su misión, seguirá mostrando que siempre está por la vida, por la justicia, por la verdad y la paz auténtica.

San Marcial Oaxaca, 3 de Septiembre de 2006.

EL OBSERVADOR 583-7

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INTERNACIONAL
Rostros rechazados
P. Fernando Pascual

Cada rostro nos habla, nos interpela, nos revela algo de la vida y del corazón de un ser humano. Rostros de niños, de jóvenes, de personas adultas, de ancianos: rostros distintos, llenos de riqueza y de misterios.

Hay «rostros», sin embargo, casi invisibles. El rostro de un feto en el seno de su madre, el rostro de un pobre del que se rehúye la mirada, el rostro de un asesino que provoca desprecio.

Hay rostros rechazados antes de nacer. Su historia termina anónimamente. Sus labios y sus ojos no serán nunca vistos por sus padres, su historia quedará cerrada definitivamente por culpa de la «habilidad» de un mal médico que usa su saber «curativo» precisamente para lo más opuesto a su ética profesional: para eliminar vidas.

En cada aborto un rostro es destruido. No nos atrevemos a mirarle a la cara, incluso hay quienes censuran como «inhumanas» y «ofensivas» las fotos de algunos fetos abortados. Sobre ellos corre una ola de silencio, de indiferencia, de desprecio: muchos prefieren mirar a otro lado, no reconocer que un hijo es eliminado en cada aborto.

Hay quienes buscan, para evitar tanto horror, tanta injusticia, adelantar el tiempo del aborto, hacerlo de forma precoz, antes de que el embrión llegue a tener rostro, antes de que adquiera «forma humana». Pero adelantar un crimen no elimina la injusticia.

Muchos se horrorizan al ver la imagen de un niño de pocos meses asesinado por sus padres. Las fotos dejan un impacto profundo en la opinión pública, pues ante tanta barbarie, ante un delito miserable, hay que ser muy duros para sentirse indiferentes.

Pero muchos han llegado a mirar con indiferencia el drama del aborto. Como si en cada aborto no fuese destruida una vida humana. Como si el hecho de tener un rostro invisible (quizá incluso aún no formado) fuese justificación suficiente para el silencio culpable de sociedades homicidas. Muchos ni quieren ni se atreven a mirarle abiertamente, a darle un nombre, a reconocer en cada embrión, en cada feto, a un hermano nuestro, a un hijo necesitado de respeto y, sobre todo, de amor materno.

Cada año, millones de hijos sin rostro son eliminados. Incluso ante presiones de grupos que dicen, falsamente, defender los «derechos» de la mujer. Como si no hubiese, entre tantos hijos asesinados, millones de rostros femeninos. Valiosos, muy valiosos, como valiosos son los millones de rostros masculinos eliminados en hospitales muy modernos o en casas particulares.

Quizá algo cambiaremos si damos un rostro, una forma, incluso un nombre, a los hijos más pequeños. Quizá entonces millones de madres dejarán de optar por abortos criminales para abrirse al respeto, al amor, a la acogida, de sus hijos más pequeños. Quizá más médicos usarán su ciencia para asistir embarazos difíciles, para ayudar a las madres a atender dignamente a sus hijos. Quizá más organismos nacionales e internacionales dejarán de promover el aborto entre los pobres para ayudarles a crecer económica y socialmente.

Entonces millones de rostros, en unos meses, llenarán de llantos y sonrisas un planeta necesitado de justicia, de esperanza, de hijos acogidos y muy necesitados de cariño verdadero.

EL OBSERVADOR 583-8

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ENTREVISTA
Habla Benedicto XVI: «Es hermoso que la experiencia de la comunidad se convierta en experiencia de fe» (IV y última)
Entrevista al papa Benedicto XVI realizada por Radio Vaticano el 5 de agosto en Castel Gandolfo, en preparación al viaje apostólico a München, Altötting y Regensburg (Alemania, 9-14 septiembre de 2006)


Santo Padre, en tiempos más recientes se habla de una nueva fascinación del catolicismo. ¿De qué y de dónde la vitalidad y la capacidad de futuro de esta institución por otra parte antiquísima?
Diría que ya todo el pontificado de Juan Pablo II ha impactado a los hombres y les ha reunido. Aquello que ha ocurrido en ocasión de su muerte permanece como muy especial históricamente: cómo cientos de miles de personas se dirigían disciplinadamente hacia la Plaza de San Pedro, permanecían de pie por horas, y en lugar de desfallecer resistían movidas por una fuerza interior. Y después, lo hemos revivido en ocasión de mi pontificado y después en Colonia. Es muy hermoso que la experiencia de la comunidad se convierta al mismo tiempo en una experiencia de fe, que se haga experiencia de la comunidad no solamente en un lugar cualquiera, sino que esta experiencia se convierta en más viva y dé al catolicismo su luminosidad intensa precisamente allí donde son los lugares de la fe. Naturalmente, esto debe durar también en la vida cotidiana. Las dos cosas deben ir juntas. Por una parte los grandes momentos, en los que se experimenta que es hermoso estar aquí, que el Señor está presente y que nosotros formamos una gran comunidad reconciliada más allá de todos los confines. Pero después, desde aquí es menester también coger el empuje para resistir durante las fatigosas peregrinaciones cotidianas, y vivir a partir de estos puntos luminosos y orientarse hacia ellos, y saber invitar también a otros a formar parte de la comunidad en camino. Pero quiero aprovechar esta ocasión para decir: yo me siento enrojecer por todo aquello que se hace en preparación a mi visita, por todo aquello que la gente está haciendo. Mi casa ha sido pintada nuevamente, una escuela profesional ha rehecho el recinto. El profesor de religión evangélico ha colaborado para mi recinto. Estos son pequeños particulares, pero son la señal de lo muchísimo que se hace. Todo esto lo encuentro extraordinario, y no me refiero a mi mismo, lo considero signo de una voluntad de pertenecer a esta comunidad en la fe y de servir todos a otro. Demostrar esta solidaridad y dejarse inspirar en esto por el Señor: es una cosa que me afecta y por ello quiero también dar gracias de todo corazón.

Usted ha hablado de la experiencia de la comunidad. Usted vendrá a Alemania por segunda vez. En la Jornada Mundial de la Juventud, y posiblemente también por el campeonato mundial de fútbol, la atmósfera en un cierto sentido ha cambiado. Se tiene la impresión de que los alemanes se hayan convertido en más abiertos al mundo, más tolerantes, más alegres. ¿Qué cosa desea usted todavía para nosotros los alemanes?
Diría que, naturalmente, con el final de la Segunda Guerra Mundial comenzó una transformación interior de la sociedad alemana; también de la mentalidad alemana, que ha sido reforzada, además, por la reunificación. Nosotros nos hemos introducido mucho más profundamente en la sociedad mundial y, naturalmente, hemos sido transformados por esta mentalidad. Y de esta forma salen a la luz también aspectos del carácter alemán que antes los demás desconocían. Y, posiblemente, hemos sido caracterizados un poco como si todos fuéramos siempre disciplinados y reservados, cosa que también tiene su fundamento. Pero si ahora se ve mejor aquello que todos estamos viendo, lo encuentro hermoso: los alemanes no solamente son reservados, puntuales y disciplinados, también son espontáneos, alegres y hospitalarios. Esto es muy bonito. Y esto deseo: que estas virtudes crezcan todavía, y que reciban empuje y permanencia también en la fe cristiana.

Su Predecesor ha declarado beatos y santos a un grandísimo número de cristianos. Algunos piensan que demasiados. Aquí mi pregunta: las beatificaciones y las canonizaciones aportan a la Iglesia algo de nuevo, sólo si las personas pueden ser consideradas como verdaderos modelos. Alemania da relativamente pocos santos y beatos respecto a otros países. ¿Se puede hacer algo para que esta dimensión pastoral se desarrolle, y para que la necesidad de beatificaciones y canonizaciones den un verdadero fruto pastoral?
Al inicio yo también era de la idea de que la gran cantidad de beatificaciones casi nos aplastase y que a lo mejor era necesario elegir más figuras que entrasen más claramente en nuestra conciencia. Entre tanto, he descentralizado las beatificaciones, para que se hagan más visibles estas figuras en los lugares específicos a los que estas pertenecen. Quizá un santo de Guatemala no interesa en Alemania y viceversa, uno de Altötting quizá no interesa en Los Ángeles, ¿no es así? Además, creo que esta descentralización sea afín a la colegialidad del episcopado, con su estructura colegial, y que sea una cosa oportuna justamente para poner de relieve que los diferentes países tienen sus propias figuras y que éstas son eficaces en particular en sus propios países. También he observado que estas beatificaciones en diferentes lugares tocan a innumerables personas y que la gente dice: «¡Finalmente es uno de nosotros!» y va a él y vuelve inspirada. El beato pertenece a ellos, y nosotros estamos contentos de que haya muchos. Y si gradualmente también nosotros, con el desarrollo de la sociedad mundial, les conocemos mejor, es hermoso. Pero sobre todo es importante que también en este campo exista la multiplicidad y por eso es importantísimo que también nosotros en Alemania aprendamos a conocer a nuestras propias figuras y a alegrarnos de ellas. Cerca de éstas están las canonizaciones de las figuras más grandes, que son de relieve para toda la Iglesia. Yo diría que cada conferencia episcopal debería elegir, debería ver qué es apto para nosotros, qué nos transmite realmente algo, y deberían volverse visibles estas figuras –no demasiado numerosas- que dejan una profunda impresión. Pueden hacerlo a través de la catequesis, la predicación, quizá se podrían presentar también a través de una película. Puedo imaginarme películas muy hermosas. Yo, naturalmente, sólo conozco muy bien a los Padres de la Iglesia: una película sobre Agustín, también una sobre Gregorio Nacianceno y su particular figura, su escapar continuo de las responsabilidades cada vez mayores que le venían asignadas, etc.… Hay que estudiar: no existen sólo situaciones desagradables en torno a las cuales hablan tantas películas nuestras, sino que hay figuras maravillosas de la historia, que no son para nada aburridas, y que son de gran actualidad. Por último, hay que intentar no cargar demasiado a la gente, y hacer visible para muchos las figuras que son actuales y que nos inspiran.

¿Historias en las que haya también humor? ¿Qué papel juega en la vida de un Papa el humor y la ligereza del ser?
Yo no soy un hombre al que le vengan en mente continuamente chistes. Pero saber ver también el aspecto divertido de la vida y la dimensión feliz y no tomarse todo de forma trágica, esto lo considero muy importante, y diría que es también necesario para mi ministerio. Un escritor dijo que los ángeles pueden volar porque no se toman demasiado en serio. Y nosotros quizá podríamos volar un poco más, si no nos diéramos tanta importancia.

Cuando se tiene un deber tan importante como el suyo, se viene de forma natural observando. Los demás hablan de usted. Y, leyendo, me sorprendió lo que dicen muchos observadores, que el papa Benedicto es una personalidad diferente del cardenal Ratzinger. ¿Cómo se ve a si mismo?
He sido ya seccionado en diferentes ocasiones: como profesor durante un primer periodo y el periodo intermedio, como cardenal primero y en el periodo sucesivo. Ahora llega una nueva división. Naturalmente las circunstancias y las situaciones y también los hombres influyen, ya que se asumen responsabilidades diferentes. Pero –digamos así- mi personalidad fundamental y mi visión fundamental han crecido, pero en todo aquello que es esencial se han quedado idénticas, y yo me alegro de que ahora se pongan de relieve aspectos, que antes nadie notaba.

¿Se podría decir qué su deber le gusta, qué no es un peso para usted?
Esto sería decir demasiado, porque en realidad es cansado, pero de todas formas intento encontrar la felicidad también en esto.

EL OBSERVADOR 583-9

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DOCUMENTOS
Cuando se quiere quedar bien con todo el mundo...
Comentarios acerca del libro Biología 1 (para Secundaria), de Saúl Limón, Jesús Mejía y José E. Aguilera, publicado por la Editorial Castillo.
Por el Padre Humberto M. Marsich, Misionero Javeriano.

Introducción

Los temas de la sexualidad humana y de la reproducción son hoy, indudablemente, muy controvertidos. Lo que debemos de tomar en cuenta cuando elegimos algún texto escolar es, sobre todo, la filosofía subyacente. Puesto que nuestra escuela, según lo sugiere el nuevo proyecto educativo, adopta los principios morales y los valores éticos cristianos, de consecuencia el manejo de temas tan delicados como los de la sexualidad y la reproducción humana debe inspirarse en la filosofía moral cristiana, que es, seguramente, la más seria, la más fundamentada y la más sabia, por tanto la más racional.

Comentarios

1. Los autores del texto en cuestión tratan de quedar bien con todo mundo y reconozco que toman en cuenta también el enfoque ético de los problemas; sin embargo, no lo hacen siempre con claridad e inclusive lo excluyen en ciertas ocasiones. Aconsejo a los maestros complementar los enfoques éticos con la enseñanza de una biología más formativa que informativa.

2. Dentro del bloque cuatro considero satisfactoria la exposición acerca de:
a) Las potencialidades de la sexualidad humana.
b) El sexo y las características sexuales primarias y secundarias.
c) El género.
d) Vínculos afectivos.

3. En cambio no podemos compartir el planteamiento que se hace acerca del erotismo y autoerotismo (la masturbación). Acerca del erotismo habrá que aclarar mejor la función que en la vida y actividad sexual tiene el goce-placer y la satisfacción emocional. Su función es de ser medios para incentivar el encuentro amoroso entre un hombre y una mujer en vista de un proyecto de vida en común (matrimonio) y no es la de ser fin de la sexualidad. Además, la frecuencia de la masturbación no la convierte absolutamente ni en algo normal (moralmente permitido) o natural (según la naturaleza humana, que no es de sola biología) ni en algo sin importancia moral.

En la masturbación, actividad sin interlocutor sexual, hay un ensimismamiento que podría, inclusive, desde el punto de vista psicológico, favorecer el surgimiento de posibles patologías sexuales. Si bien es cierto que, desde el punto vista moral, no debemos dramatizar las experiencias masturbatorias sino manejarlas con serenidad y delicadeza —sobre todo en la época de la adolescencia, en la que se viven verdaderas tempestades hormonales—, también lo debe ser la firmeza en valorarla como experiencia de riesgo para el crecimiento integral y la integración armónica de la sexualidad en la personalidad del adolescente, y de pecado moral que habrá que confesar.

4. Cuestionamos también el manejo que se hace en el texto de la experiencia erótica. No es suficiente el recíproco consentimiento, la aparente decisión libre, para que podamos justificar moralmente cualquier contacto sexual, incluyendo el coito. La relación sexual es momento cumbre de una experiencia sexo-amorosa y debe de estar defendida, si quiere ser auténtica, y hecha pública a través de la institucionalidad social, o sea el matrimonio.

El sexo es parte de un lenguaje amoroso de difícil y progresivo aprendizaje y cada etapa amorosa debe respetar su propio lenguaje corporal, evitando, desde luego, el quemar etapas usando expresiones corporales desproporcionadas a la relación que se vive, y aplastar sus significados. El lenguaje sexual completo, como lo es el coito, es exclusivo de una relación matrimonial. En el texto no aparecen clarificadas ni siquiera las auténticas y únicas finalidades de la sexualidad humana, o sea la finalidad unitiva-amorosa y la finalidad procreadora, las cuales deberían permanecer siempre asociadas.

El hedonismo y el consumismo que hoy dominan nuestras culturas y que se imponen con fuerza en nuestras mentes, lo que logran es manejar temas sexuales con mucha ligereza, superficialidad e irresponsabilidad. El texto adoptado, tristemente, lo está comprobando.

El concepto de salud sexual, que en el texto aparece sólo bajo el enfoque de salud sexual física y psicológica, debe de ser complementado, a nuestra manera de ver, también por la salud sexual moral que abarca los elementos anteriormente expresados.

7. El tema de las infecciones de transmisión sexual es oportuno que sea explicado; sin embargo, habrá que hacerlo con un lenguaje sereno y con la certeza de que no constituyen verdaderas amenazas si cada quien vive su sexualidad inspirándose en la castidad y en la continencia que, en realidad, son virtudes que protegen el amor del egoísmo, del desorden y de la pasión desenfrenada canalizándolo hacia el matrimonio y la fidelidad.

8. El sexo seguro no consiste en tenerlo protegido artificialmente. Esto es pura ilusión y espejismo. Seguro es el sexo cuando es asumido con responsabilidad y vivido según los dictámenes de la naturaleza sexual humana y no animal.

9. Es bueno adelantarnos, con respecto a los adolescentes, acerca de los métodos anticonceptivos; sin embargo, se debería hacerlo después de haber señalado positivamente el proyecto de Dios acerca de la sexualidad humana, del amor, del matrimonio y de la familia, y clarificando su ilicitud moral.

En ningún lado se habla de la vocación y misión, a la que están llamados los matrimonios, o sea, la misión de colaborar con Dios en el maravilloso don de transmitir responsablemente, eso sí, la vida. La procreación humana es algo verdaderamente noble, sublime, trascendente y divino. No podemos hablar de la procreación así no más, diciendo, indirectamente, que se trata de una amenaza a la humanidad (explosión demográfica)o de una enfermedad de la que hay que protegerse a como dé lugar (anticoncepción y aborto).

10. Con respecto al tema de la reproducción asistida o artificial y de la bioética (células estaminales, clonación, etc.), se nos hace demasiado pronto tratarlos en un primer año de secundaria. En ningún renglón se menciona la urgencia de que la biotecnología también se sujete, en cuanto actividad humana, a un mínimo ético y a límites legales. Se habla de la ciencia y de los avances científicos como si no tuvieran repercusión moral ni social; como si la ciencia no tuviera conciencia.

Conclusión

Ojalá que los maestros católicos tomen en serio estas consideraciones para replantear, definitivamente, los temas mencionados y mal tratados por los autores del texto en cuestión. Y que, para el próximo año, se haga un discernimiento preventivo y más detenido acerca del texto a adoptar.

EL OBSERVADOR 583-10

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DICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA
Alberto Caturelli (1927)
Por Sebastián Sánchez / Argentina

Filósofo argentino. Se doctoró en la Universidad de Córdoba, en la que ofreció clases hasta su jubilación. En la Casa de Trejo, como se conoce a aquella universidad, tuvo grandes profesores que forjaron su personalidad filosófica, como Nimio de Anquín, Rodolfo Mondolfo o Alberto Fragueiro.

Se formó primeramente en la escolástica tomista, a la que añadió luego la influencia de San Agustín, de los Padres y de los grandes pensadores contemporáneos, varios de los cuales se contaron entre sus amistades personales, como Michele Federico Sciacca.

Como digno hijo de la Iglesia, Caturelli ha sido fiel a la vocación laical y no ha rehuido la obligación política, entendida ésta en su sentido más diáfano y primigenio.

Su militancia en las filas del nacionalismo católico le valió no pocas penurias, entre las que se cuenta un atentado a su hogar durante los trágicos años setenta.

No obstante, la vocación del doctor Caturelli ha sido eminentemente intelectual, de modo que ha dedicado su vida a excogitar cristianamente y, si se nos permite la expresión, hasta «cristocéntricamente», la antropología, la religión, la metafísica y las realidades terrenas como la patria, uno de sus temas dilectos.

En 1983 fue distinguido con el Premio Consagración Nacional en Filosofía. Es doctor honoris causa de varias universidades europeas y americanas y miembro de redacción de distintas revistas filosóficas internacionales. Asimismo, es miembro de una veintena de sociedades y academias. Pero, sin duda, uno de sus máximos galardones es el de haber sido nombrado por Juan Pablo II miembro de la Academia Pontificia para la Vida, en justo reconocimiento a sus múltiples trabajos en torno a la persona humana y los numerosos ataques que hoy recibe.

Una descripción detallada de sus trabajos es prácticamente imposible. A las decenas de libros publicados le siguen algunos centenares de artículos científicos editados en revistas de tres continentes. Ante ello, sólo enumeramos sus obras principales: Donoso Cortés (1958), El hombre y la historia (1959), América bifronte (1961), La universidad (1963), La filosofía, (1966), La filosofía en la Argentina actual (1971), La Iglesia católica y las catacumbas de hoy (1974), Metafísica del trabajo, (1982), La metafísica cristiana en el pensamiento occidental (1983), Michele Federico Sciacca: metafísica de la integridad (1990), El Nuevo Mundo (1991), La libertad (1997), La patria y el orden temporal: Malvinas, (1993), Historia de la filosofía en la Argentina: 1600 – 2000 (2001), La historia interior (2004) y su magnífica reflexión Dos, una sola carne. Metafísica, teología y mística del matrimonio y la familia (2005).

Compartimos hoy una reflexión suya sobre nuestra Hispanoamérica, explicitada en su obra El Nuevo Mundo:

«Cabe meditar un momento en la expresión insistentemente utilizada por el Papa (Juan Pablo II) para calificar a Iberoamérica: 'continente de la esperanza' (…) se trata de una expresión con un contenido sobrenatural específicamente dirigido a Iberoamérica. La frase alude directamente al destino del Nuevo Mundo.

Al decir 'continente' no se refiere a ninguna nación en particular, ni a un grupo de naciones, sino a la totalidad de Iberoamérica como un corpus vivo. Al decir 'esperanza', alude a aquella tensa espera de la beatitud desde la cual y en la cual se desarrolla la historia de un continente católico. Es un continente peregrino o en peregrinaje que, en cuanto tal, es partícipe (y heredero legítimo) de la misionalidad de la Iglesia. Para eso ha sido destinado, es decir, enviado. No se trata entonces, principalmente, de la Iglesia en Iberoamérica sino de Iberoamérica en la Iglesia. En ella Iberoamérica ha recibido un llamado al que debe responder. Y su respuesta es su destino histórico. Es el alba que se avecina. Con la tenue claridad del horizonte por la cual suspira el centinela, Iberoamérica está en estado de vigilia ante el amanecer que llega y que en cierto modo lleva consigo».


EL OBSERVADOR 583-11

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FIN

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