El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
19 de noviembre de 2006 No.593

SUMARIO

bulletPORTADA - Ser esclavo en el siglo XXI requiere una sola condición: ser vulnerable
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Llegar hasta donde sea posible
bulletVivir sin Dios
bullet«Dios ama también a los homosexuales», dice obispo español
bulletPINCELADAS - Ata tu camello
bulletREPORTAJE - ¿Beneplácito o prohibición ante los símbolos religiosos?
bulletComunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano ante la llamada ley de «sociedades de convivencia» en el DF
bulletINTERNACIONAL - Don't mess with your faith (No te metas con la fe)
bulletENTREVISTA - La Iglesia y los medios de comunicación
bulletDICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA - Gonzalo Fernández de la Mora y Mon
bulletMuy cerca, el estreno de The Nativity Story

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PORTADA
Ser esclavo en el siglo XXI requiere una sola condición: ser vulnerable
(El Observador / Fides)

«Paradójicamente, pocos saben que la esclavitud todavía existe. Pocos conocen la existencia de un Comité de las Naciones Unidas que se reúne cada año en Ginebra para discutir las formas modernas de esclavitud», afirma el padre Dámaso Masabo, procurador general de la Orden de la Merced, en su relación en el congreso «Las esclavitudes del tercer milenio y la respuesta de los mercedarios», que se llevó a cabo esta semana en Roma.

«La esclavitud es un negocio en expansión y el número de esclavos está en aumento», recuerda el padre Masabo, citando un estudio reciente. Se usan esclavos para hacerse ricos y, cuando ya no sirven y se deja de usarlos, se eliminan y basta. Ésta es la nueva esclavitud, basada en grandes beneficios y vidas de poco precio».

Migraciones, principal mercado de esclavos

El religioso, al describir esta triste realidad, afirma que hoy «la esclavitud no viene expresada en los mismos términos que antes: el esclavo no debe ser necesariamente de cierto color o tener la mandíbula fuerte para ser vendido o comprado. Actualmente la pregunta se formula en los siguientes términos: «¿es suficientemente vulnerable para ser reducido al estado de esclavo?».

La esclavitud moderna es, por lo tanto, intrínsecamente ligada a las migraciones que afectan a millones de personas en todo el mundo. Masabo recuerda, en efecto, que «las migraciones han aumentado sensiblemente durante los últimos 40 años. Tienden a ser temporales, suscitando así movimientos repetidos; esto constituye un mercado fructuoso para las agencias de reclutamiento. Los flujos migratorios, con el tráfico de seres humanos, adquieren un aspecto que puede ser definido con una sola palabra: provecho. Se supone que del 15 al 30% de los emigrantes desprovistos de documentos han recurrido a los servicios de los traficantes».

El religioso señala, además, que «la falta de estructuras económicas, políticas y sociales para garantizar a las mujeres las mismas oportunidades en el mundo del trabajo ha contribuido, ciertamente, a la feminización de la pobreza, que ha provocado a su vez una feminización de las migraciones, obligando a las mujeres a abandonar sus casas en busca de soluciones económicas vitales».

Los más vendidos: mujeres y niños

Sujetos de las nuevas formas de esclavitud son, por lo tanto, sobre todo las mujeres y los niños. Las cifras dadas por el padre Masabo son impresionantes: actualmente más de 27 millones de personas sufren esclavitud en el mundo, cifra superior a los 11 millones 698 mil deportados y capturados en África entre 1450 y 1900. Según la ONU, 4 millones de mujeres son vendidos cada año para ser obligadas a prostituirse y reducidas a esclavas u obligadas a realizar matrimonios forzados; 2 millones de niños entre 5 y 15 años son introducidos cada año en el comercio sexual.

Las parroquias, centros de formación

En respuesta a estas situaciones, los mercedarios crean espacios de libertad y realización personal para las masas de gente que la sociedad posmoderna continúa abandonando a su suerte», afirma el padre Masabo. «En las parroquias, escuelas y otras instituciones los mercedarios llevan una fuerte dosis de este espíritu redentor y constituyen un marco privilegiado de formación para dar testimonio con palabras, hechos y signos vivos de la acción del Espíritu de Dios, que actúa en el mundo contemporáneo a través del carisma libertador de la Merced».

En pleno siglo XXI, los mercedarios mantienen así vivo el espíritu de su congregación religiosa que nació en el siglo XIII para liberar a los esclavos cristianos.

EL OBSERVADOR 593-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Llegar hasta donde sea posible
Por Jaime Septién

Para Maité, en su cumpleaños

Nos conformamos con poco los católicos. Alguna iniciativa por aquí, alguna protesta por allá. No demasiado. Y la ignorancia religiosa sigue viento en popa. Contra eso se rebela el papa Benedicto XVI. En pocas palabras, nos dice que no se vale ser hijos de la luz y andar dando tumbos entre las tinieblas.

Dios salvó al género humano en su conjunto, lo constituyó un pueblo, una comunidad en la que todos tenemos que ver con todos, no por la sangre o por la raza, sino por nuestra condición de hijos del mismo Padre. Nos debería importar todo lo que le sucede a nuestros hermanos: su dolor es el nuestro; su alegría también.

Como establece la Lumen gentium, la condición del pueblo de Dios es la dignidad y la libertad. Dignidad quiere decir que toda vida humana es sagrada. Libertad, que siempre hay una ventana para aceptar el amor de Dios o rechazarlo. La ley de Dios es el amor. Todo lo que se mueve hacia el amor proviene de Dios. Es la raíz que está plantada en nosotros, de la que hablaba san Agustín cuando exclamó aquello de "ama y haz lo que quieras".

El viejo Brecht solía decir que un hombre que lucha una semana es bueno, uno que lucha un mes, es mejor; pero uno que lucha durante toda la vida, ése es un ser humano imprescindible. Él no era católico. Pero nosotros sí. Y deberíamos hacernos imprescindibles para el mundo, luchando todo el tiempo, desde el amor, para construir comunidad y hacer el bien. En lugar de levantar los hombros y decir "¿a mí qué?", comenzar por decir "a mí eso me importa".

"Eso" pueden ser muchísimas cosas. La vida está compuesta por infinidad de momentos que nos llaman a darnos a los otros. La vida está llena de oportunidades de amar y hacer lo que queramos. La vida es un regalo de libertad para aceptar el mandamiento nuevo de Jesús: amar a Dios amando al prójimo. La vida está llena de hombres y mujeres que llegan hasta donde les es posible.

EL OBSERVADOR 593-2

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Vivir sin Dios
Por el P. Humberto Marsich, s.x. / Madrid

Lo que me motiva a escribir estas reflexiones es la próxima llegada al mercado, también en México, de la última obra del biólogo evolucionista y conocido ateo militante, Richard Dawkins: The God delusion («La ilusión de Dios» o, mejor, Dios es una ilusión).

Creo que todos ya nos hemos dado cuenta del complot planetario en contra de las religiones. Hay multinacionales que se ven afectadas en sus intereses económicos por las doctrinas religiosas, y hay autores que han descubierto que los temas religiosos que provocan escándalo venden y son, así, una gran mina de dinero (Código de Vinci, Ángeles y demonios, etc.). Esta obra de Dawkins se inscribe dentro de esta categoría, pero con el aspecto de científica.

El autor intenta probar «la inexistencia de Dios» a la luz de dos recientes acontecimientos: el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 y el ascenso al poder de la derecha religiosa en EU. En los dos casos, quien queda pésimamente mal es Dios. No puede existir un ser superior que esté en el origen de tanta muerte y sea el causante de tanto mal moral y físico. Sea en la América de los Bush, como en los países islámicos, lo que prevalece es el mismo fanatismo teocrático. Bush y Bin Laden están de la misma parte: la parte de la fe ciega y de la violencia religiosa contra la razón y la paz.

Lo que no ha percibido el autor es que también nosotros, los creyentes, no compartimos ese concepto de Dios violento. Este tipo de Dios es inexistente y no es Aquel en quien creemos.

Presintiendo la debilidad probatoria de la inexistencia de Dios por estos acontecimientos, el autor recurre al «darwinismo». Puesto que el hombre es producto de la evolución, no puede ser obra de Dios. Dios, creador del universo en seis días, como lo describen las Escrituras, es irreal. Lo que nos sorprende en este razonamiento es su falta de conocimientos bíblicos y exegéticos. No somos tan ingenuos como para creernos literalmente los relatos bíblicos.

A manera de burla, con respecto al creacionismo bíblico, Dawkins pregunta: ¿Quién ha creado a Dios?

El impulso a creer en una religión no es solamente la influencia familiar y social, como lo afirma el autor. Es también de orden racional. La racionalidad antropológica de la fe, de un lado, y la creencia en la Revelación, del otro, son los dos pilares que sustentan nuestra opción creyente en Dios, en la trascendencia de la existencia y en el fundamento, en última instancia divino, del bien y del mal moral.

Otra tesis del autor consiste en afirmar que la moralidad es producto de la evolución y que el mundo sería seguramente mejor sin el entorno de las «obsesiones religiosas» acerca de los pecados de la carne y las tentaciones del placer sexual. En pocas palabras: sin Dios y sin la religión estaríamos mucho mejor.

Se trata de una tesis que evidencia, una vez más, la pobreza antropológica del autor al no darse cuenta de que la moralidad, en sí, no es producto de factores externos al ser humano, sino es manifestación de su identidad de ser, dotado de libertad, de conciencia, de inteligencia y de voluntad.

Lo malo es que, gracias a la polémica y al morbo que el título solapa, «The God delusion» será el best seller más vendido de la próxima Navidad: un libro contra Dios y contra la religión.

EL OBSERVADOR 593-3

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«Dios ama también a los homosexuales», dice obispo español
Por monseñor Demetrio Fernández, obispo de Tarazona

Porque son personas, creadas por Dios para su gloria. Dios ama todo lo que Él ha creado y no desprecia a ninguna de sus criaturas. No hay personas de primera y personas de segunda. Ni menos aún, personas desechables. «Existo, luego Dios me ama inmensamente», puede decir toda persona, sea cual sea su condición, sea cual sea su situación.

En el principio, Dios creó al hombre, varón y mujer los creó. «Y vio Dios que era muy bueno». Dios no se arrepiente de ninguna de las criaturas que Él trae a este mundo. Y todos venimos a este mundo como fruto de un amor personal y creativo de Dios, en el que colaboran nuestros padres como pro-creadores, pero el Creador sigue siendo insustituiblemente Dios. Dios no se ha equivocado al crearnos a cada uno de nosotros.

Dios crea el alma espiritual, de manera única e irrepetible, como el principio que anima todo nuestro ser. No somos pura materia, o simple conjunto de reacciones químicas. Somos personas libres e inteligentes, que tienen alma, creada por Dios y dada directamente a cada uno. Somos un fruto del amor de Dios, y en nuestro propio crecimiento influyen muchas personas que nos rodean.

Pero en el origen de la historia de la humanidad entró el pecado, por iniciativa humana. La tentación del demonio fue sugerirle al hombre y a la mujer: «Seréis como dioses», y, fascinados por esta pretensión engañosa, ellos se apartaron de Dios, desobedecieron su santa ley, pecaron contra Dios y trastornaron toda la naturaleza creada. Este es el pecado original, con el que todos nacemos.

El pecado original introdujo un apagón universal, que sólo la luz de Cristo ha podido restaurar. A partir del pecado original, la naturaleza entera sufre un trastorno, un desequilibrio, que nos afecta a todos. Y dentro de la naturaleza, el hombre nace herido por el pecado. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, constata que esta imagen está enmarañada, desdibujada. No todo lo que al hombre se le ocurre, es bueno. Más aún, tiene muchas ocurrencias y sentimientos que van contra Dios, y que le hacen daño a sí mismo y a los demás.

Uno no elige su propio sexo, por más que lo diga el parlamento. Sea cual sea su inclinación (dejemos ahora lo que haya de biológico, psicológico o educacional), debe aceptarse a sí mismo como es y debe vivir su sexualidad en un clima de castidad, que le enseñe a amar gratuitamente. La sexualidad humana también esta dañada por el pecado, y debe ser redimida por un amor creciente, para el que todo hombre cuenta con la gracia de Dios.

También una persona con inclinación homosexual es amada por Dios y está llamada al amor, que no necesariamente se expresa por el ejercicio de la sexualidad. Un mundo supererotizado hace más difícil vivir la castidad sin represión, pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, y la redención de Cristo es gracia abundante para vivir la castidad con libertad, en la situación personal en la que cada uno se encuentre. La Virgen María, que fue librada de todo pecado, incluso del pecado original, es madre que nos ama a cada uno y entiende de estos temas. Mirándola a ella entendemos mejor la nueva humanidad a la que Dios nos llama. Ella es «dulzura y esperanza nuestra».

La ley de identidad de género recientemente aprobada en las Cortes, por la que uno puede cambiar de sexo, es contraria a la verdad del hombre. Es una distorsión del plan de Dios, no ayuda a las personas con dificultad en este campo y siembra la confusión en el ambiente social donde vivimos. A un niño o a un joven hoy le es más difícil vivir el plan de Dios con estas leyes que enrarecen el ambiente. Por eso hemos de buscar la luz donde se encuentra, en Cristo resucitado, hombre nuevo también para estos temas de sexualidad que a tanta gente perturban.

EL OBSERVADOR 593-4

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PINCELADAS
Ata tu camello
Por el P. Justo López Melús

No conviene acudir a instancias superiores cuando basta con acudir a las inferiores. Ni apelar al jefe si nos lo puede resolver el secretario. A Moisés le aconsejaba su suegro que eligiera jefes para los asuntos menores, y que él se reservara para los mayores. Esta misma actitud hay que tener en la oración. No se debe importunar a Dios con cosas que tú mismo puedes hacer; lo contrario favorece la pereza.

— Maestro —decía un discípulo—, es tan grande mi confianza en Dios que ni siquiera até mi camello cuando le vine a visitar. Lo dejé al cuidado de la Providencia de Dios. No quiero faltar a la confianza en el Señor.

— ¡Vuelve y ata tu camello al poste, loco! —le reprendió el maestro—. No hay que molestar a Dios con algo que tú puedes resolver.

EL OBSERVADOR 593-5

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REPORTAJE
¿Beneplácito o prohibición ante los símbolos religiosos?
Por Víctor Corcoba Herrero / Periodismocatolico.com

Hay un hecho verídico. Cada vez que la globalización no respeta la identidad propia y cultura de los pueblos, se avivan los conflictos. En este sentido, los visibles símbolos religiosos también forman parte de esa credencial a la que debemos dar más beneplácito que prohibiciones. Son puntos de referencia inherentes a la espiritualidad de las personas. Téngase en cuenta, además, que cuanto más se prohíbe, más se acrecienta el deseo. Se podrán obstruir las puertas de la libertad, constreñir voluntades, pero hay ventanas en el fondo del alma que nadie puede abrirlas ni cerrarlas. En toda vida hay una realidad sensible que conviene respetar. Todos nos movemos a través de signos y símbolos, mediante lenguajes, lenguas y habla. Lo mismo sucede con la religiosidad, en relación con el Ser Supremo; al ser humano hay que considerarlo en su creencia y quererlo como tal.

¿Usarlos o no usarlos?

El uso del velo islámico o del crucifico en los cristianos, aquél que no quiera no tiene por qué rendirle honores, pero creo que sí debemos ser tolerantes con aquellas gentes que lo llevan. Significa mucho para ellos. Para unos, los símbolos serán signos de la Alianza, signos asumidos por Cristo o los profetas, signos sacramentales purificadores e integradores. Para otros, sin embargo, los símbolos nada estimulan. Todos ellos, o sea la humanidad entera, aunque se disienta, pienso que han de ser flexibles a la autonomía de la decisión. En cualquier caso, no le corresponde a ningún poder humano decidir por nosotros, ni señalarnos la vida que hemos de tomar. Sí le incumbe, no obstante, garantizar libertades ideológicas, religiosas y de culto, sin otra limitación en sus manifestaciones que la necesaria para el mantenimiento del orden público.

Los gobiernos europeos tendrán que mantener la mente abierta a las religiones y a todos sus símbolos y signos. Prohibirlos por ley sería nefasto. Hacerse el sordo a todas estas muestras espirituales, relegando la religiosidad a un segundo plano, conlleva dificultades de entendimiento por propio raciocinio, cuestión que genera efectos negativos, en términos armónicos, sobre los aspectos de la realidad globalizada. En el universo todo tiene su presencia y su presente: lo visible y lo invisible, lo poético y lo prosaico, lo cósmico y lo histórico. Estoy seguro de que el conocimiento de la simbología de las religiones puede ser una pieza clave para ayudarnos a profundizar en los deberes que llevan consigo los preceptos gloriosos; que, al fin y al cabo, no es otra cosa que el amor en su más puro verso.

A cambio de esta absurda retirada de símbolos religiosos, sean de una creencia u otra, es un contrasentido que se nos proponga como devocionario de gozos, rayando la imposición en ocasiones, un consumo feroz y emplearse a fondo en la lucha por el poder y el dominio al precio que sea ¿Habrá fanatismo mayor? La nueva faz de Europa transformada por los flujos migratorios, deberá ser más comprensiva con aquellos que simbolicen su religión y más respetuosa con aquellas gentes que planteen las constantes preguntas de todos los tiempos, las cuestiones de fondo sobre los interrogantes acerca del Creador, la salvación, la esperanza, la vida; en definitiva, sobre todo lo que éticamente tiene un valor que nos humaniza.

Subrayo el beneplácito ante los símbolos religiosos. Y respaldo lo de «prohibido prohibir», en cuanto a la simbología religiosa. Las heridas del alma son las que más duelen. Debiera ser primera ley de urbanidad la del acatamiento respecto a la conciencia y a las convicciones. A propósito, recuerdo unas palabras de Rowan Williams, arzobispo de Canterbury y cabeza de la Iglesia anglicana, verdaderamente concluyentes: «El ideal de una sociedad sin ningún signo visible de religión, sin cruces al cuello ni largos rizos (judíos ortodoxos) o turbantes (sijs) o velos (islámicos) es políticamente peligroso». Estas declaraciones nos recuerdan que todo ser humano es, por naturaleza, religioso. La historia nos dice que siempre ha sentido la curiosidad de acercarse al Creador, conocer sus designios y proyectos. Las religiones todas son caminos de acceso a ese descubrir y todas, cuando son en verdad puras, también son como ese horizonte de amor a conquistar.

Pluralismo religioso

Esta pluralidad de religiones ha de llevarnos a reconocer un pluralismo religioso en el que se aprenda a convivir con toda esta grafía. Es una buena manera de erradicar de nuestra Europa la discriminación o antisemitismo por motivos étnico-religiosos e, indirectamente, los conflictos religiosos que puedan despuntar.

Un disparate

Sería un disparate, pues, desterrar los símbolos religiosos como pudiera ser obstaculizar la efervescente religiosidad popular católica que actualmente vive el pueblo español, donde una gran variedad y riqueza de expresiones corpóreas, gestuales y alegóricas se abrazan.

En consecuencia, estimo que nada cuesta tener una actitud positiva de apertura a la simbología religiosa para lo mucho que se pone en juego: la paz en el mundo.

El peligro está sólo en la mente

A mi juicio, tan peligroso es el trastorno patológico de la religión como el desprecio a los signos religiosos; en el primero, lo que está enfermo es la mente; en el segundo, la sociedad. Los sistemas ateos de la modernidad, la forma de vida que algunos nos presentan, constituyen aterradores ejemplos de ello.

Cuando se lanzan piedras contra los símbolos y las tradiciones religiosas más puras y profundas, quedan a la intemperie valores como puede ser el mismísimo derecho a la libertad personal.

EL OBSERVADOR 593-6

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Comunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano ante la llamada ley de «sociedades de convivencia» en el DF

Respetar la naturaleza es algo que todos queremos; lo vemos en el acertado cuidado de la ecología que con tanta insistencia se ha sembrado en nuestro entorno. La Iglesia ha sido siempre respetuosa de la ley natural, porque es en la misma naturaleza del hombre donde se encuentra su plenitud y no sólo en las leyes positivas. El mismo cuerpo humano expresa la diferencia fundamental y complementaria entre un hombre y una mujer.

Los obispos de México apoyamos leyes que dignifiquen al ser humano, que lo engrandezcan y que lo hagan gozar del innato deseo de felicidad que Dios ha sembrado en sus corazones. Apoyamos con certeza leyes cuyo objetivo es perseguir siempre la bondad que hace libre a los seres y que los ubica en igualdad de condiciones.

El matrimonio es la base de la familia, como la familia es el vértice del matrimonio. Es imposible separar una de otra. La familia no está en función de la sociedad y del Estado, sino la sociedad y el Estado están en función de la familia. Es la comunidad humana fundamental. Conforme sea la familia, será la nación, porque así es el hombre. El futuro del hombre se decide en la familia.

Cuando el valor de la familia esté amenazado por presiones sociales y económicas, la Iglesia reaccionará reafirmando que la familia entre un hombre y una mujer es necesaria no sólo para el bien privado de cada persona, sino también para el bien común de toda sociedad, nación y Estado.

Esta iniciativa de ley pretende legitimar las relaciones de las sociedades de convivencia, y, veladamente, quiere dar origen a una legislación que fomenta mecanismos que aprueben los matrimonios entre personas del mismo sexo, incluso con el derecho de adoptar niños, pues la naturaleza les imposibilita engendrarlos entre sí. Una ley como ésta sólo ve y pretende dar soluciones incompletas y momentáneas a un problema que es más complejo de lo que aparenta ser.

Ciertamente la Iglesia católica ve con verdadero amor a todos los hombres y mujeres sin importar preferencias ni inclinaciones, pero, fieles a la misión de pastores, nos oponemos tajantemente a actitudes que dañen al mismo hombre en su proyecto integral de vida.

Proponemos a los legisladores legislar en favor de la dignidad del ser humano y de la familia, ya que la familia es la verdadera medida de la grandeza de una nación, del mismo modo que la dignidad del hombre es la auténtica medida de la civilización.

+ Carlos Aguiar Retes,
obispo de Texcoco y secretario general de la CEM

EL OBSERVADOR 593-7

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INTERNACIONAL
Don't mess with your faith (No te metas con la fe)
Por José H. Gómez /arzobispo de San Antonio, Texas

Con la frase Don't mess with Texas los tejanos queremos expresar, entre otras cosas, que aquí buscamos respetar la ley, que nuestros policías y jueces son estrictos, y que creemos en el viejo adagio romano: Dura lex est lex, «la ley, para ser ley, debe ser dura».

El aprecio por la ley no es porque sea dura — en algunas ocasiones, como en la pena de muerte, puede ser, incluso, exageradamente dura — sino porque garantiza la convivencia social, el bienestar de todos.

La ley moral, que la Iglesia enseña en nombre de Jesucristo, es similar, sólo que infinitamente más importante que las leyes humanas para nuestras vidas: de ella depende nuestra felicidad aquí en la tierra y nuestra salvación eterna.

El Compendio del Catecismo de la Iglesia nos explica que «la ley moral es obra de la sabiduría divina» que pone en el corazón del ser humano «los caminos y las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida, y prohíbe los caminos que apartan de Dios» (Compendio, n. 415)

Las normas que anidan en el corazón de la persona, y que no son, como muchas veces erróneamente se presentan, una imposición de Dios, permiten a cada persona discernir el bien y el mal, mediante la razón. Por ello, el Catecismo nos recuerda que «la ley natural es universal e inmutable»; tanto así que ella es la que proporciona los fundamentos «de los deberes y derechos fundamentales de la persona, de la comunidad humana y de la misma ley civil» (Compendio, n. 416)

Aunque la ley moral está inscrita en todos los corazones, no siempre los seres humanos escuchamos nuestro propio corazón, y frecuentemente hacemos cosas que van contra nuestra propia naturaleza.

Por eso es que san Agustín decía que «Dios escribió en las tablas de la Ley lo que los hombres no alcanzaban a leer en sus corazones».

Y es así como contamos nosotros con el Decálogo, los Diez Mandamientos, que constituyen no sólo la síntesis de la forma de ser más humano, sino que constituyen el pilar sobre el que se ha cimentado durante siglos y en numerosas culturas, las leyes humanas.

Los Diez Mandamientos parecen, a primera vista, una larga lista de «no».

Sin embargo, Jesucristo nos ha revelado la plenitud de esa ley: esos «no» son, en realidad, la expresión antigua de una ley completamente nueva; aquella que se resume en el mandamiento de amar a Dios y al prójimo, y de amarnos como Cristo nos ha amado.

También esta ley ha sido inscrita por Dios en el corazón de los seres humanos: es la gran ley de libertad que recibimos mediante el bautismo y que debemos aplicar en toda nuestra vida.

La Ley de Dios, pues, nos hace libres, y con ello nos trae la felicidad y la salvación.

San Vicente de Paul, ese gran santo francés de la caridad, cuya fiesta acabamos de celebrar el 27 de septiembre, decía luego de ver la apacible muerte de su amigo, el obispo san Francisco de Sales: «La ley de Dios nos santifica, nos hace libres, nos llena de gozo, y da sentido a nuestra vida ¿Cómo no seguirla? ¿Por qué no yo? Si él (San Francisco de Sales) pudo ser santo, ¿por qué no yo?».

Esa misma pregunta debe mover nuestros corazones hoy y toda nuestra vida, porque la ley de Dios es la que nos permite cumplir con ese llamado que tenemos todos a ser santos; y, como decía el novelista francés León Bloy, «sólo existe una tristeza, y es la de no ser santos».

Pidámosle a todos estos santos que comprendieron el poder liberador y santificador de la ley de Dios, que nosotros seamos capaces de escucharla, conocerla cada vez mejor, y sobre todo, seguirla, para que así, luego de una vida plenamente vivida, podamos llegar al día definitivo siendo capaces de decirle a Dios las palabras de san Pablo: «Señor, he combatido el buen combate, he alcanzado la meta, he mantenido la fe».

EL OBSERVADOR 593-8

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ENTREVISTA
La Iglesia y los medios de comunicación
Entrevista con Hugo Valdemar Moreno, vocero de la arquidiócesis de México
Por fray Gilberto Hernández García, ofm

La Iglesia católica en México está teniendo una presencia cada vez más notoria en los medios de comunicación social; algunas veces porque los acontecimientos de su actividad pastoral la trascienden o -¿lamentablemente?- porque algunos hechos de sus miembros la colocan en posición de curiosidad morbosa; pero también tiene la oportunidad de hacer presencia en estos modernos areópagos para proclamar su palabra, que no es otra sino aquella misma Palabra hecha carne.

El padre Hugo Valdemar Romero es el director general de Comunicación social de la arquidiócesis Primada de México; de alguna manera él es el encargado de mantener la relación institucional del Cardenal Norberto Rivera con los medios de comunicación nacionales. Platicamos con él al término de su participación en un foro sobre Iglesia, comunicación y evangelización.

Se quiera o no, hoy en día la Iglesia católica está presente en los medios de comunicación social como noticia. ¿Cuál es la imagen de la Iglesia que se desprende de la cobertura sobre los acontecimientos que la involucran?

La imagen que nos hacemos por lo que percibimos en los medios acaba por convertirse en estereotipo. En este caso la imagen estereotipada de la Iglesia no permite descubrirla como es en realidad, el pueblo de Dios con sus pastores, sino que se percibe ante todo como una institución, y fundamentalmente identificada con los obispos, la jerarquía, lo que llaman «el alto clero», y particularmente el cardenal Norberto Rivera, que lo tienen como si fuera el jefe de la Iglesia en México, cosa que no lo es, pero en el imaginario colectivo es como si fuera el que manda en toda la Iglesia mexicana, porque es el que aparece más mediáticamente, porque tiene el título de primado, porque cada lunes sale en los noticiarios. Pero vemos que eso no corresponde a la realidad de lo que es la Iglesia.

Como se ve, es una imagen muy parcial, es muy institucional y, por supuesto, muy politizada; se percibe a la Iglesia como una instancia que incide mucho en el aspecto de la política, que opina de los conflictos, de las situaciones, y eso va en detrimento de percibir a la Iglesia en lo que es propio, es decir, su acción pastoral. Por un lado se resalta mucho un aspecto en detrimento del otro.


Ahora bien, la Iglesia está participando cada vez más en los medios de comunicación para cumplir con su tarea de evangelizadora ¿Cómo percibe la presencia de la Iglesia en los medios?

Ha habido una apertura lenta; sin embargo, yo la veo consistente, es decir, va creciendo. En la ciudad de México es más difícil tener participación, aunque aquí están todos los medios. Es difícil, por lo mismo que son medios nacionales, a diferencia del interior de la República, donde las relaciones, por ejemplo, entre la Iglesia y los dueños de los medios o la clase política, pueden ser más estrechas y hay una presencia en los medios locales. De hecho, si nos ponemos a hacer un recuento de los programas que tiene la Iglesia, los espacios que nos ofrecen las televisoras, las páginas «web» de las diócesis, de movimientos, de los grupos que empiezan a abrirse, ya no es tan insignificante. Quizá pasa un poco inadvertido a nivel de una percepción global, pero ya hay una presencia fuerte y sigue avanzando.

Parece que se gana en presencia, pero ¿los contenidos y las formas están a la altura de las exigencias de estos tiempos?

Aquí, como primer paso, hay un error: se ha pensado en tener el medio antes que el contenido. Posiblemente debería ser al revés, primero pensar en los contenidos para el medio que se va a usar.

Por esa razón, en la mayoría de las veces los contenidos dejan mucho que desear en cuanto el manejo del lenguaje del medio que se usa. Pocos programas podemos tomarlos realmente como modelo; sin embargo, también soy consciente de que, en la medida que se va haciendo este tipo de programas y experiencias, se va aprendiendo y se va mejorando.


Hay una realidad insoslayable: los laicos son los que están dando la cara en la tarea de evangelizar con los medios. ¿Qué pasa con los sacerdotes, los religiosos y religiosas?

No hay que olvidar que la Iglesia no tenía la posibilidad de acceder a medios electrónicos; esto se viene dando desde la reforma que se hizo con Salinas de Gortari en 1992, es decir, es muy reciente esta apertura y por lo tanto es todavía una situación extraña a los sacerdotes y que les da miedo porque no saben cómo hacerlo. Es hasta ahora que empieza a haber esa apertura, ese perder el miedo, esa participación; pero todavía se percibe un gran temor a enfrentar los medios o a salir en los medios; hay una gran reticencia, incluso algo así como un prejuicio; se tiene pánico prácticamente a enfrentarlos. Cosa que no sucede con los laicos, porque es mucho más natural a su ámbito.

También es cierto que empieza a haber una preocupación en los seminarios por formar a sus estudiantes en medios de comunicación. Empieza a emerger poco a poco esta posibilidad de que los sacerdotes accedan, den su mensaje, participen y lo puedan hacer adecuadamente. Repito: tenemos esta deficiencia porque no teníamos la posibilidad. Ahora la tenemos pero hay que capacitar a la gente y abrir la mentalidad para que se pueda acceder.


¿Qué retos vislumbra en el campo de las comunicaciones para la Iglesia en México?

El reto que tenemos aquí en México es que, tarde o temprano, las leyes van a cambiar y vamos a tener de manera legal la posibilidad de acceder a los medios. Lo que yo percibo, en general, es que no estamos preparados para esa apertura legal. Ante eso se percibe un temor, incluso en muchos de los obispos, de que al abrirse la posibilidad, los grupos protestantes, las otras iglesias nos van a llevar una enorme ventaja. Pero creo que no nos puede frenar el miedo; finalmente el avance se tiene que dar, es parte constitutiva de la libertad religiosa, en la que en México todavía estamos rezagados. Ha habido incluso presión internacional para que haya esta apertura como en cualquier país democrático.

Aquí me parece que, lejos de quedarnos congelados en el miedo —¿porque no tenemos los recursos, o no tenemos la gente capacitada?—, más bien hay que hacer lo que algunos ya están haciendo: pienso en la arquidiócesis de Guadalajara, que ha venido realizando una labor estupenda, con un equipo de sacerdotes que los están capacitando, que están asumiendo el reto, que están pensando en el futuro, y no le tienen miedo, al contrario, están tratando de conquistar ese futuro. Por lo que respecta a la arquidiócesis de México, no tengo dificultad con el cardenal Rivera porque tiene mucha conciencia de la importancia de los medios y está muy interesado; estamos haciendo un gran esfuerzo en este ámbito. En otras diócesis o en muchas comunidades religiosas existe el interés, quizás solamente hace falta incentivarlo más y concientizarnos de que es inminente la apertura y que tenemos que dar una respuesta adecuada.

EL OBSERVADOR 593-9

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DICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA
Gonzalo Fernández de la Mora y Mon (1924 – 2002)
Por Sebastián Sánchez / Argentina

Filósofo español. Se licenció en filosofía y letras y en derecho en la Universidad de Madrid, y muy joven se incorporó a la carrera diplomática. Supo ostentar también importantes cargos en el gobierno español y destacó singularmente como periodista, sobre todo en el periódico ABC. Asimismo, en el año 1983, fundó una revista, Razón española, que habría de convertirse en uno de los principales medios de difusión del pensamiento católico español.

Pero el aspecto más destacado de Fernández de la Mora fue su prolífica actividad intelectual en la que, tomando apoyo en los clásicos, enmarcó su obra en las líneas más actuales del pensamiento conservador europeo. En ese quehacer abordó una amplia gama de temas entre los que destacan la teoría del Estado y la Filosofía. En el ámbito de los estudios políticos son particularmente importantes sus aportes sobre el fenómeno «partitocrático» y sus nefastas consecuencias en la vida de la comunidad. En el mismo sentido, su escrito La envidia igualitaria ha dejado huella perdurable entre quienes procuran comprender las claves originarias de la vida contemporánea. En lo estrictamente filosófico, se le debe la creación de un nuevo movimiento, el razonalismo, que difundió a través de Razón española y que resulta ser el opuesto absoluto del racionalismo. En efecto, el pensamiento razonalista, a diferencia del anterior, incluye la dimensión metafísica y trascendente como parte inescindible de todo recto pensar.

Fernández de la Mora publicó más de veinte libros, entre los que sobresalen El crepúsculo de las ideologías (1965), Pensamiento español (7 volúmenes, 1964-1970), La partitocracia (1976), La envidia igualitaria (1984) y Sobre la felicidad (2001). Su obra ha sido traducida al italiano, portugués, francés, inglés, alemán y griego.

Compartimos hoy uno de los párrafos finales de su magnífica La envidia igualitaria:

«El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada, es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen 'progresistas' las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor».

EL OBSERVADOR 593-10

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Muy cerca, el estreno de The Nativity Story

New Line Cinema (la productora de la trilogía de El Señor de los Anillos y de La Pasión de Cristo) anuncia el estreno el próximo 1º de diciembre de The Nativiy Story (La Historia de la Navidad), película que narra la historia de María, José y el nacimiento de Jesús.

Protagonizan la película Keisha Castle-Hughes, como María, y Oscar Isaac, como José. Dirigida por Catherine Hardiwick y producida por Mike Rich, quien dedicó once meses para documentarse.

Según el sitio de internet www.thenativitystory.com, los cineastas se comprometieron para asegurar la autenticidad, no sólo de la historia del nacimiento de Jesús, sino de las locaciones y los sets. Una parte de la película se filmó en Matera, Italia; además, se utilizaron escenarios de La Pasión, de Mel Gibson.

Mike Rich aseguró en una entrevista que se basó en los evangelios según san Mateo y san Lucas, y explicó que su intención es narrar la historia teniendo en cuenta la perspectiva de los personajes.

En la página de internet pueden verse trailers, fotos y más información de la película que se estrenará a finales de este año.

Fuente: Prensa CEM

EL OBSERVADOR 593-11

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FIN

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