El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
31 de diciembre de 2006 No.599

SUMARIO

bulletPORTADA - «La persona humana, corazón de la paz»
bulletEstrenamos año
bullet¿Cómo le fue este año que se acaba?
bulletFAMILIA - Precisiones sobre el artículo Testimonios de hombres con atracción sexual a personas de su mismo sexo
bulletPINCELADAS - Oasis en el desierto
bulletAtrapada detrás de un cristal
bulletINTERNACIONAL - Una mirada al corazón de la paz
bulletDOCUMENTOS - La persona humana, corazón de la paz

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PORTADA
«La persona humana, corazón de la paz»

El Observador presenta los diez puntos principales del mensaje de Su Santidad Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz 2007


1. «Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas». Al ser humano se le ha confiado la tarea de madurar en su capacidad de amor y de hacer progresar al mundo, renovándolo en la justicia y en la paz.

2. La paz es un don de Dios y, al mismo tiempo, una tarea que exige de cada uno una respuesta coherente con el plan divino. «El criterio en que debe inspirarse dicha respuesta no puede ser otro que el respeto de la 'gramática' escrita en el corazón del hombre por su divino Creador».

3. «Las normas del derecho natural no han de considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser acogidas como una llamada a llevar a cabo fielmente el proyecto divino universal».

4. La consecuencia es clara: «no se puede disponer libremente de la persona. Quien tiene mayor poder político, tecnológico o económico no puede aprovecharlo para violar los derechos de los otros menos afortunados».

5. «Además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, hay muertes provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz?»

6. «Respecto a la libre expresión de la propia fe, hay un síntoma preocupante de falta de paz en el mundo, que se manifiesta en las dificultades que tanto los cristianos como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas». Esta es una circunstancia negativa para la paz.

7. La paz también está amenazada por muchas desigualdades injustas. «Por un lado, las desigualdades en el acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la casa o la salud»; por el otro, el no reconocimiento «de la igualdad esencial entre las personas humanas, que nace de su misma dignidad trascendente». Estas desigualdades constituyen una tremenda herida infligida a la paz.

8. Atenta contra la paz el trato de las mujeres como si fueran objetos y sin el debido respeto a su dignidad. Persisten en algunas culturas concepciones antropológicas «que todavía asignan a la mujer un papel de gran sumisión al arbitrio del hombre».

9. «La destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y el acaparamiento violento de los recursos de la tierra generan fricciones, conflictos y guerras, precisamente porque son fruto de un concepto inhumano de desarrollo».

10. «A partir de la convicción de que existen derechos humanos inalienables vinculados a la naturaleza común de los hombres, se ha elaborado un derecho internacional humanitario, a cuya observancia se han comprometido los estados, incluso en caso de guerra. Lamentablemente, y dejando aparte el pasado, este derecho no ha sido aplicado coherentemente en algunas situaciones bélicas recientes». Dirijo «un llamamiento apremiante al Pueblo de Dios, para que todo cristiano se sienta comprometido a ser un trabajador incansable a favor de la paz y un valiente defensor de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables», es decir, para que todos seamos «audaces constructores de la paz».

EL OBSERVADOR 599-1

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Estrenamos año
Por el P. Joaquín Antonio Peñalosa (1921-1999)

Estos días que estrenamos un año y encendemos una esperanza, todos nos deseamos felicidad, pero nadie dice cómo vamos a ser felices este año. ¿Se admiten sugerencias?

1. Felices los que dan lo que son, lo que saben y lo que tienen; porque sólo tenemos lo que damos. «Lo que se da, florece; lo que se vende, se pudre». Sabio proverbio francés.

2. Felices los que no viven quejándose del destartalado autobús en que viajamos, sino que entre todos nos ponemos a componerlo.

3. Felices los pobres, porque luchan por no ser pobres.

4. Felices los que cuidan el bosque donde «son pájaros todas las hojas», las manadas de árboles, los pájaros de lindos plumajes, el río de aguas doradas; porque habitarán una casa limpia y perfumada.

5. Felices los que visitan a sus vecinos, los ayudan y quieren. Que dice mi mamá que si le presta su televisor. Con todo gusto, y llévale también la videocasetera.

6. Felices los que trabajan para descansar y descansan para trabajar. Porque «unos nacen jubilados», como observó el dramaturgo Samuel Beckett.

7. Felices los que entienden que la autoridad que poseen se justifica únicamente como servicio. Yo soy tu jefe, ¿en qué puedo servirte?

8. Felices los maridos cardiacos de 82 años que dicen a su mujer artrítica de 75: Hoy te quiero más que el día en que nos casamos. Porque «el infierno es dejar de amar», según la atinadísima observación de Georges Bernanos, el novelista francés.

9. Felices los que suman ideas y esfuerzos. Felices los que dividen, porque eso es compartir. Felices los que multiplican, porque con eso se puede dividir.

10. Somos felices, dijeron unos niños, porque nuestros papás nos dieron la vida sin arrepentirse; que si no estaríamos pudriéndonos en un cajón, en vez de estar saboreando este helado de fresa con chispas de chocolate.

11. Felices los que saben que una simple rosa puede ser su jardín, y un simple amigo su mundo.

12. Felices los que no ponen su corazón en las riquezas, sino que ponen riquezas en su corazón. Muy bien dicho, Sor Juana Inés.

13. Felices los que se dan tiempo para contemplar una dalia, un atardecer de fuego o la llaga de un enfermo que gime.

14. Felices los que, estando ante una bizca, no la ven de frente, sino de perfil, que es por donde está guapísima.

15. Felices los que tienen el buen gusto de nacer en México, porque serán llamados mexicanos en esta vida y en la otra. (Mira, dijo Dios, ahí viene otro mexicano queriendo entrar al paraíso. Con papeles o sin papeles, éstos son unos expertos en cruzar fronteras y llegar al otro lado).

EL OBSERVADOR 599-2

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¿Cómo le fue este año que se acaba?
Por Antonio Maza Pereda

Un año más. Un año más cerca de la casa del Padre. Un año más de construir una Vida que no se acaba. O, para quien no cree, un año menos. Una vida que se acaba. Unas fuerzas que, irremediablemente, cada año se hacen menores, que se agotan. Dos maneras de vivir: una, construyendo una eternidad; la otra, apurando con ansia una vida que se nos acaba, que se nos agota y, lo más triste, sintiendo que el fin es irremediable, mientras para los otros ya viene el principio de una Vida que no se acaba.

Así es. Hay dos maneras de vivir la vida: con miedo o con esperanza; con alegría o con tristeza. ¿Cómo llegamos a este fin de año? Así mismo, hay dos maneras de vivir la religión: con miedo o con esperanza. Dos maneras de relacionarse con Dios: con alegría o con temor. Y, a lo mejor, tenemos esas dos maneras de vivir mezcladas, entreveradas, confundidas. A ratos con temor, a ratos con esperanza. A ratos con una relación cariñosa, amorosa con Dios; a veces escondiéndonos de Él, porque le tenemos miedo.

Los antropólogos irreligiosos han creado un concepto (que, por cierto, no demuestran) diciendo que la religión nació del temor a las fuerzas de la naturaleza. Dicen que, después, conforme el hombre se civilizó, fue purificando y haciendo más abstracto el concepto de lo divino: de muchos dioses a un solo dios; de dioses materiales a un dios espiritual. Y, según ellos, mientras más sepa el ser humano, menos necesitará de Dios porque no tendrá miedos o, por lo menos, los conocerá plenamente. Muy interesante, pero no concuerda con la realidad. Aún en culturas muy primitivas, tienen un dios supremo, no material, creador de todo y que nos da todos los bienes. Sí, hay religiones basadas en el temor, pero también en todas las religiones hay un elemento muy fuerte de agradecimiento. Una sana antropología explica el sentimiento religioso por el agradecimiento, no por el temor; el agradecimiento por haber sido creados y por haber recibido todo lo necesario para la Vida que no se acaba. El amor con que correspondemos a quien nos creó por amor.

Amiga, amigo: éste es un buen momento para agradecer. Se completa un año más. Hemos recibido de Dios toda clase de bienes, algunos clarísimos; otros, difíciles de comprender. Pero todo lo que hemos recibido ha sido para acercarnos a Dios, a esa Vida que no se acaba, a esa casa que Jesús nos está preparando. Decían los antiguos: No es bien nacido quien no es agradecido. Es cierto. Hay que agradecer, hay que saber ser agradecido. Hay que buscar las razones, muchas razones, para estar agradecidos. Seguramente encontraremos varias en este recuento del fin de año. Tal vez ya las agradecimos antes: no importa; hay que repetir ese agradecimiento. Tal vez las habíamos ignorado, tal vez olvidamos agradecerlas en su momento. No importa; nunca es tarde para agradecer. Y, ya que estamos en esto, agradezcamos a Dios por todo el bien que nos ha hecho y agradezcamos también a los que nos rodean: familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo. Mucho debemos: mucho hay que agradecer.

Sé que Dios lo ha llenado de bienes en este año que acaba. Le deseo paz y bien para este año que viene.

EL OBSERVADOR 599-3

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FAMILIA
Precisiones sobre el artículo Testimonios de hombres con atracción sexual a personas de su mismo sexo
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA
Tengo una duda respecto a su artículo «Testimonios de hombres con atracción sexual a personas de su mismo sexo». Ahí habla de una reunión donde dieron su testimonio personas homosexuales de Courage y también personas que viven con una pareja homosexual. Usted dice que «Fue enriquecedor constatar que existen parejas homosexuales estables, fieles, amorosas, congruentes con su pensamiento y sus decisiones». ¿Eso significa que está de acuerdo con esa clase de vida?

No. Yo he defendido siempre la posición de la Iglesia, quien considera a los hombres y mujeres homosexuales como hijos de Dios, llamados a la santidad y nos dice que «deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza». Reprueba, eso sí, los actos homosexuales; y afirma que las relaciones sexuales pueden realizarse únicamente entre los esposos. Es decir, la castidad es para todos, hombres y mujeres, heterosexuales u homosexuales.

En el artículo que menciona trato de compartir los testimonios que recibimos. No pretendía hacer juicios ni dar opiniones, sino solamente dar fe de una experiencia. Me pareció que el testimonio de los muchachos de Courage es tan fuerte, honesto y profundo que ofrece una verdadera propuesta de vida cristiana para quienes tienen este tipo de atracción sexual. Hablan de que al encontrarse con Cristo y decidir vivir de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, han encontrado paz y felicidad. Son muy conscientes de que son hijos de Dios, amados por Él, y gracias a Él, han recuperado su libertad interior y el sentido de sus vidas. En el artículo menciono también la gran esperanza que nos trajeron estos muchachos a un grupo de profesionistas orientados al servicio a los demás. Queremos ayudar a las personas homosexuales, y testimonios como los de Courage nos animan.

Muy diferente fue el testimonio de los otros invitados. Tenían una gran riqueza humana, pero les faltó la dimensión espiritual. Sin embargo, tenemos que reconocer y agradecer la valentía y la generosidad con la que hablaron de su historia a un grupo de profesionistas católicos en su mayoría, siendo que, desgraciadamente, a lo largo de su vida han sufrido rechazos y humillaciones de parte de personas de nuestra religión. Fue enriquecedor porque nos mostraron una cara poco conocida del mundo gay. Se habla de la alta tasa de parejas, infidelidades, promiscuidad y adicciones, con el consecuente vacío interior y depresión que viven una gran parte de las personas con atracción por el mismo sexo. Nuestros invitados manifestaron amar a sus parejas, ser fieles a ellas, sentirse felices. Tal vez podríamos argumentar que ese amor no puede compararse al de los esposos, hombre y mujer: unitivo, complementario y fecundo. Pero no se trataba de juzgarlos, sino de aprender. A mí me confronta el no haber considerado lo suficiente las grandes diferencias entre unas personas y otras. ¿Qué ocurre para que unas personas caigan en lo que se ha venido a llamar «el estilo de vida gay» y otras sean capaces de estabilidad y fidelidad? No tengo la respuesta, pero las preguntas también enriquecen, porque nos mueven a conocer, a investigar.

Sigo pensando que el mejor camino, el más pleno, es el de la castidad. Sigo defendiendo que debemos tratar con respeto, más aún, con amor, a las personas con atracción por el mismo sexo, y esto incluye aceptarlas y acogerlas aunque no estemos de acuerdo con sus decisiones. También pienso que es urgente que estudiemos alternativas para ayudar a las personas que así lo decidan a luchar por lograr su identidad heterosexual. En este sentido, la asociación estadounidense NARTH esta haciendo un gran trabajo.

¿Courage es para lograr que las personas homosexuales dejen de serlo?

No, Courage no persigue directamente esto. Su principal objetivo es «ayudar a las personas que sufren de atracción, deseo y sentimientos sexuales hacia personas de su mismo sexo, y guiarlos a tener una relación más cercana con Jesucristo y bajo las normas de la Santa Iglesia Católica Romana». Las metas de Courage son:

1. Tener vidas castas de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica Romana acerca de la homosexualidad. (Castidad)

2. Dedicar la propia vida a Cristo a través del servicio a otros, la lectura espiritual, la oración, la meditación, la dirección espiritual individual, asistencia frecuente a Misa y la recepción asidua de los sacramentos de la Reconciliación y la Santa Eucaristía. (Oración y dedicación)

3. Fomentar un espíritu de compañerismo en el cual todos puedan compartir pensamientos y experiencias y así asegurar que nadie tenga que enfrentar los problemas de la homosexualidad solo. (Compañerismo)

4. Estar consciente de la verdad de que amistades castas no son solamente posibles sino necesarias en una vida cristiana casta y, obrando así, proveer ánimos al formarse y sostenerse unos a otros. (Apoyo)

5. Tener vidas que puedan servir como buenos ejemplos para otros. (Buen ejemplo)

Al aceptar esta nueva forma de vida, al ser sanados por el amor de Dios y la amistad honesta de los compañeros, muchos miembros de Courage han logrado llegar a la heterosexualidad. Courage apoya estos procesos.

Más información en: http://www.courage-latino.org/

La psicóloga Cervantesresponderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador.

EL OBSERVADOR 599-4

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PINCELADAS
Oasis en el desierto
Por el P. Justo López Melús

Cuando Dios creaba el mundo, después de los astros, la tierra y el mar, creó también a las personas. Eran bellas criaturas, pero sin alma. «Hay que crear el alma», dijo Dios. Entonces Dios bajó a la tierra y dio un alma a cada persona. Alguna le salió deteriorada, y un día una de ellas dijo una pequeña mentira. Dios se dio cuenta y les dijo que no se debía mentir. «Por cada mentira, arrojaré un granito de arena», dijo Dios.

Los hombres no hicieron caso. La tierra era toda verde, no importaba un granito de arena; pero las mentiras se multiplicaron y el fraude y el engaño invadieron el mundo. Cayeron del cielo torrentes de arena y el vergel de la tierra se convirtió en un desierto. Sólo de cuando en cuando, donde todavía vivía alguna buena persona, quedaron algunos oasis. Los santos son como un enclave divino en la tierra, hermosos oasis que alegran la vista y producen numerosos frutos.

EL OBSERVADOR 599-5

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Atrapada detrás de un cristal
Este año que empieza, nuevo, blanco y sin errores, abramos la ventana
Alejandra Hoyos González Luna. Canadá

Me quedé atrapada mirando detrás de la ventana. Viendo como transcurría la vida. Viéndola pasar, pasar de largo, justo frente a mi ventana.

A veces nos dedicamos a observar la vida, la analizamos y hasta la evaluamos, pero siempre a través del cristal. No nos atrevemos a montarnos en ella y dirigirla; dejamos que ella nos lleve hacia donde ella quiere. Y así pasan las horas, los días, los meses; y llega otro año. Otro año, en el que guardamos los propósitos en el viejo baúl, que ya no cierra de todas las metas sin cumplir y de los sueños fallidos. Y todo, ¿por qué? Por no detenernos, por no frenar la vida que nos lleva, por no decir: ¡Alto!, quiero tomar las riendas de mi propia vida.

Este año que empieza, nuevo, blanco, sin errores, abramos las persianas y corramos el cerrojo de nuestra ventana. Saquemos los propósitos y los sueños del polvo del olvido. Dejemos de ver pasar los minutos, los segundos. Dejemos de ver cómo caen uno tras otro, desperdiciados, en la alcantarilla. Pensemos en algo. En algo simple y pequeñito, en una meta que esté a nuestro alcance, que nos haga ser actores de nuestra propia vida. Si es necesario, rompamos el cristal a martillazos. El cristal, que no nos deja vivir la vida. Dejemos de verla pasar, pasar de largo. Salgamos detrás de la ventana.

EL OBSERVADOR 599-6

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INTERNACIONAL
Una mirada al corazón de la paz
Por fray Gilberto Hernández García, O.F.M.

El 1º de enero de 1968, por iniciativa del papa Pablo VI, se celebró el primer «Día de la Paz», con el deseo de que «después, cada año, esta celebración se repitiese como presagio y como promesa, al principio del calendario que mide y describe el camino de la vida en el tiempo, de que sea la paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura».

Contexto de la aparición de esta Jornada

Cuando Pablo VI hacía el anuncio público de lo que después sería la Jornada Mundial de la Paz, nuestro mundo se encontraba inmerso en la llamada «Guerra fría», donde la escalada armamentista tenía en vilo al mundo entero; eran tiempos de serios conflictos bélicos en el Medio Oriente; el inicio de la Primavera de Praga y su posterior aplastamiento; el recrudecimiento de la absurda guerra de Vietnam; las revueltas estudiantiles en Europa y la masacre de Tlatelolco; además, paradójicamente, sería el asesinato de Martin Luther King, activista por los derechos de los negros y la paz.

En ese contexto el papa Montini señalaba que esta iniciativa: «interpreta las aspiraciones de los pueblos, de sus gobernantes, de las entidades internacionales que intentan conservar la paz en el mundo, de las instituciones religiosas tan interesadas en promover la paz, de los movimientos culturales, políticos y sociales que hacen de la paz su idea, de la juventud ?en quien es más viva la perspicacia de los nuevos caminos de la civilización, necesariamente orientados hacia un pacífico desarrollo?, de los hombres sabios que ven cuán necesaria es hoy la paz y al mismo tiempo cuán amenazada está».

En la octava de Navidad

La institución de la Jornada Mundial de la Paz en el día de la octava del nacimiento del Salvador no es fortuita; al contrario, tiene un profundo significado: El mensaje de la Navidad es un mensaje de paz, como lo proclama el coro de los ángeles que alaba a Dios con estas palabras: «¡Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor!». Sin embargo la paz que se desea y que se ofrece es aquella que buscan los hombres y mujeres de buena voluntad, muchas veces sin saberlo, y que atañe al ser y al obrar de cada persona humana, en su ámbito privado y en la acción que desarrolla en el mundo, por la responsabilidad con la creación y con la familia humana. Pero no podemos perder de vista que sólo Nuestro Señor es la Paz, que solamente en Él se puede encontrar, Él es quien nos procura la paz, quien la hace deseable y nos la propone como un bien al que tenemos que esforzarnos por acceder.

Versión número 40

Ahora estamos en la versión número 40 de esta celebración anual de la Iglesia católica, y la situación mundial no es más halagadora que en aquel entonces; sin embargo, se advierte como una urgente necesidad no perder de vista este hondo anhelo de la familia humana. En esta Jornada el papa Benedicto nos invita a volver los ojos a la persona humana, cuya dignidad es «una condición esencial para la paz de la familia humana».

El mensaje de este año

En la parte central de su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, «La persona humana, corazón de la paz», Benedicto XVI manifiesta su convicción de que «respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones». Y nos presenta la paz como un don y tarea que implica la salvaguarda de la niñez; el respeto a los derechos fundamentales del hombre y la mujer, «entre los que destacan la libertad personal, el derecho a la vida y a la expresión de la propia fe»; la justicia; el reconocimiento de la igualdad esencial entre las personas humanas, particularmente de la mujer frente al hombre; la integridad y respeto a la creación porque toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana.

EL OBSERVADOR 599-7

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DOCUMENTOS
La persona humana, corazón de la paz
Mensaje del papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz 2007

1.
Al comienzo del nuevo año, quiero hacer llegar a los gobernantes y a los responsables de las naciones, así como a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, mis deseos de paz. Los dirijo en particular a todos los que están probados por el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la amenaza de la violencia y la fuerza de las armas o que, agraviados en su dignidad, esperan en su rescate humano y social. Los dirijo a los niños, que con su inocencia enriquecen de bondad y esperanza a la humanidad y, con su dolor, nos impulsan a todos trabajar por la justicia y la paz. Pensando precisamente en los niños, especialmente en los que tienen su futuro comprometido por la explotación y la maldad de adultos sin escrúpulos, he querido que, con ocasión del Día Mundial de la Paz, la atención de todos se centre en el tema: La persona humana, corazón de la paz. En efecto, estoy convencido de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones.

La persona humana y la paz: don y tarea

2.
La Sagrada Escritura dice: «Dios creó el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas. Al mismo tiempo, por la gracia, está llamado a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y amor que nadie más puede dar en su lugar. En esta perspectiva admirable, se comprende la tarea que se ha confiado al ser humano de madurar en su capacidad de amor y de hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la paz. San Agustín enseña con una elocuente síntesis: «Dios, que nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nosotros». Por tanto, es preciso que todos los seres humanos cultiven la conciencia de los dos aspectos, del don y de la tarea.

3. También la paz es, al mismo tiempo, un don y una tarea. Si bien es verdad que la paz entre los individuos y los pueblos, la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad, supone un compromiso permanente, también es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios. En efecto, la paz es una característica del obrar divino, que se manifiesta tanto en la creación de un universo ordenado y armonioso como en la redención de la humanidad, que necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación y Redención muestran, pues, la clave de lectura que introduce a la comprensión del sentido de nuestra existencia sobre la tierra. Mi venerado predecesor Juan Pablo II, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas el 5 de octubre de 1995, dijo que nosotros «no vivimos en un mundo irracional o sin sentido [...], hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos». La "gramática" trascendente, es decir, el conjunto de reglas de actuación individual y de relación entre las personas en justicia y solidaridad, está inscrita en las conciencias, en las que se refleja el sabio proyecto de Dios. Como he querido reafirmar recientemente, «creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad». Por tanto, la paz es también una tarea que a cada uno exige una respuesta personal coherente con el plan divino. El criterio en el que debe inspirarse dicha respuesta no puede ser otro que el respeto de la "gramática" escrita en el corazón del hombre por su divino Creador.

En esta perspectiva, las normas del derecho natural no han de considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser acogidas como una llamada a llevar a cabo fielmente el proyecto divino universal inscrito en la naturaleza del ser humano. Guiados por estas normas, los pueblos ?en sus respectivas culturas? pueden acercarse así al misterio más grande, que es el misterio de Dios. Por tanto, el reconocimiento y el respeto de la ley natural son también hoy la gran base para el diálogo entre los creyentes de las diversas religiones, así como entre los creyentes e incluso los no creyentes. Éste es un gran punto de encuentro y, por tanto, un presupuesto fundamental para una paz auténtica.

El derecho a la vida y a la libertad religiosa

4.
El deber de respetar la dignidad de cada ser humano, en el cual se refleja la imagen del Creador, comporta como consecuencia que no se puede disponer libremente de la persona. Quien tiene mayor poder político, tecnológico o económico no puede aprovecharlo para violar los derechos de los otros menos afortunados. En efecto, la paz se basa en el respeto de todos. Consciente de ello, la Iglesia se hace pregonera de los derechos fundamentales de cada persona. En particular, reivindica el respeto de la vida y la libertad religiosa de todos. El respeto del derecho a la vida en todas sus fases establece un punto firme de importancia decisiva: la vida es un don que el sujeto no tiene a su entera disposición. Igualmente, la afirmación del derecho a la libertad religiosa pone de manifiesto la relación del ser humano con un Principio trascendente, que lo sustrae a la arbitrariedad del hombre mismo. El derecho a la vida y a la libre expresión de la propia fe en Dios no están sometidos al poder del hombre. La paz necesita que se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible: así se evitarán intromisiones inaceptables en ese patrimonio de valores que es propio del hombre como tal.

5. Por lo que se refiere al derecho a la vida, es preciso denunciar el estrago que se hace de ella en nuestra sociedad: además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz? El aborto y la experimentación sobre los embriones son una negación directa de la actitud de acogida del otro, indispensable para establecer relaciones de paz duraderas. Respecto a la libre expresión de la propia fe, hay un síntoma preocupante de falta de paz en el mundo, que se manifiesta en las dificultades que tanto los cristianos como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas. Hablando en particular de los cristianos, debo notar con dolor que a veces no sólo se ven impedidos, sino que en algunos estados son incluso perseguidos, y recientemente se han debido constatar también trágicos episodios de feroz violencia. Hay regímenes que imponen a todos una única religión, mientras que otros regímenes indiferentes alimentan no tanto una persecución violenta, sino un escarnio cultural sistemático respecto a las creencias religiosas. En todo caso, no se respeta un derecho humano fundamental, con graves repercusiones para la convivencia pacífica. Esto promueve necesariamente una mentalidad y una cultura negativa para la paz.

La igualdad de naturaleza de todas las personas

6.
En el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que, trágicamente, hay todavía en el mundo. Entre ellas son particularmente insidiosas, por un lado, las desigualdades en el acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la casa o la salud; por otro, las persistentes desigualdades entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales.

Un elemento de importancia primordial para la construcción de la paz es el reconocimiento de la igualdad esencial entre las personas humanas, que nace de su misma dignidad trascendente. En este sentido, la igualdad es, pues, un bien de todos, inscrito en esa "gramática" natural que se desprende del proyecto divino de la creación; un bien que no se puede desatender ni despreciar sin provocar graves consecuencias que ponen en peligro la paz. Las gravísimas carencias que sufren muchas poblaciones, especialmente del continente africano, están en el origen de reivindicaciones violentas y son, por tanto, una tremenda herida infligida a la paz.

7. La insuficiente consideración de la condición femenina provoca también factores de inestabilidad en el orden social. Pienso en la explotación de mujeres tratadas como objetos y en tantas formas de falta de respeto a su dignidad; pienso igualmente ?en un contexto diverso? en las concepciones antropológicas persistentes en algunas culturas, que todavía asignan a la mujer un papel de gran sumisión al arbitrio del hombre, con consecuencias ofensivas a su dignidad de persona y al ejercicio de las libertades fundamentales mismas. No se puede caer en la ilusión de que la paz está asegurada mientras no se superen también estas formas de discriminación, que laceran la dignidad personal inscrita por el Creador en cada ser humano.

La ecología de la paz

8. Juan Pablo II, en su Carta encíclica Centesimus annus, escribe: «No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado». Respondiendo a este don que el Creador le ha confiado, el hombre, junto con sus semejantes, puede dar vida a un mundo de paz. Así pues, además de la ecología de la naturaleza, hay una ecología que podemos llamar «humana», y que a su vez requiere una «ecología social». Esto comporta que la humanidad, si tiene verdadero interés por la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología humana. La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres. Una y otra presuponen la paz con Dios. La poética oración de san Francisco conocida como el "Cántico del Hermano Sol", es un admirable ejemplo, siempre actual, de esta multiforme ecología de la paz.

9. El problema cada día más grave del abastecimiento energético nos ayuda a comprender la fuerte relación entre una y otra ecología. En estos años, nuevas naciones han entrado con pujanza en la producción industrial, incrementando las necesidades energéticas. Eso está provocando una competitividad ante los recursos disponibles sin parangón con situaciones precedentes. Mientras tanto, en algunas regiones del planeta se viven aún condiciones de gran atraso, en las que el desarrollo está prácticamente bloqueado, motivado también por la subida de los precios de la energía. ¿Qué será de esas poblaciones? ¿Qué género de desarrollo, o de no desarrollo, les impondrá la escasez de abastecimiento energético? ¿Qué injusticias y antagonismos provocará la carrera a las fuentes de energía? Y ¿cómo reaccionarán los excluidos de esta competición? Son preguntas que evidencian cómo el respeto por la naturaleza está vinculado estrechamente con la necesidad de establecer entre los hombres y las naciones relaciones atentas a la dignidad de la persona y capaces de satisfacer sus auténticas necesidades. La destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y el acaparamiento violento de los recursos de la tierra generan fricciones, conflictos y guerras, precisamente porque son fruto de un concepto inhumano de desarrollo. En efecto, un desarrollo que se limitara al aspecto técnico y económico, descuidando la dimensión moral y religiosa, no sería un desarrollo humano integral y, al ser unilateral, terminaría fomentando la capacidad destructiva del hombre.

Concepciones restrictivas del hombre

10.
Es apremiante, pues, incluso en el marco de las dificultades y tensiones internacionales actuales, el esfuerzo por abrir paso a una ecología humana que favorezca el crecimiento del «árbol de la paz». Para acometer una empresa como ésta es preciso dejarse guiar por una visión de la persona no viciada por prejuicios ideológicos y culturales, o intereses políticos y económicos, que inciten al odio y a la violencia. Es comprensible que la visión del hombre varíe en las diversas culturas. Lo que no es admisible es que se promuevan concepciones antropológicas que conlleven el germen de la contraposición y la violencia. Son igualmente inaceptables las concepciones de Dios que impulsen a la intolerancia ante nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos. Éste es un punto que se ha de reafirmar con claridad: nunca es aceptable una guerra en nombre de Dios. Cuando una cierta concepción de Dios da origen a hechos criminales, es señal de que dicha concepción se ha convertido ya en ideología.

11. Pero hoy la paz peligra no sólo por el conflicto entre las concepciones restrictivas del hombre, o sea, entre las ideologías. Peligra también por la indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre. En efecto, son muchos en nuestros tiempos los que niegan la existencia de una naturaleza humana específica, haciendo así posible las más extravagantes interpretaciones de las dimensiones constitutivas esenciales del ser humano. También en esto se necesita claridad: una consideración "débil" de la persona, que dé pie a cualquier concepción, incluso excéntrica, sólo en apariencia favorece la paz. En realidad, impide el diálogo auténtico y abre las puertas a la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa a la persona misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y la violencia.

Derechos humanos y organizaciones internacionales

12.
Una paz estable y verdadera presupone el respeto de los derechos del hombre. Pero si éstos se basan en una concepción débil de la persona, ¿cómo evitar que se debiliten también ellos mismos? Se pone así de manifiesto la profunda insuficiencia de una concepción relativista de la persona cuando se trata de justificar y defender sus derechos. La aporía es patente en este caso: los derechos se proponen como absolutos, pero el fundamento que se aduce para ello es sólo relativo. ¿Por qué sorprenderse cuando, ante las exigencias "incómodas" que impone uno u otro derecho, alguien se atreviera a negarlo o decidera relegarlo? Sólo si están arraigados en bases objetivas de la naturaleza que el Creador ha dado al hombre, los derechos que se le han atribuido pueden ser afirmados sin temor de ser desmentidos. Por lo demás, es patente que los derechos del hombre implican, a su vez, deberes. A este respecto, bien decía el mahatma Gandhi: «El Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los deberes». Únicamente aclarando estos presupuestos de fondo, los derechos humanos, sometidos hoy a continuos ataques, pueden ser defendidos adecuadamente. Sin esta aclaración, se termina por usar la expresión misma de «derechos humanos», sobrentendiendo sujetos muy diversos entre sí: para algunos, será la persona humana caracterizada por una dignidad permanente y por derechos siempre válidos, para todos y en cualquier lugar; para otros, una persona con dignidad versátil y con derechos siempre negociables, tanto en los contenidos como en el tiempo y en el espacio.

13. Los Organismos internacionales se refieren continuamente a la tutela de los derechos humanos y, en particular, lo hace la Organización de las Naciones Unidas que, con la Declaración Universal de 1948, se ha propuesto como tarea fundamental la promoción de los derechos del hombre. Se considera dicha Declaración como una forma de compromiso moral asumido por la humanidad entera. Esto manifiesta una profunda verdad, sobre todo si se entienden los derechos descritos en la Declaración no simplemente como fundados en la decisión de la asamblea que los ha aprobado, sino en la naturaleza misma del hombre y en su dignidad inalienable de persona creada por Dios. Por tanto, es importante que los Organismos internacionales no pierdan de vista el fundamento natural de los derechos del hombre. Eso los pondría a salvo del riesgo, por desgracia siempre al acecho, de ir cayendo hacia una interpretación meramente positivista de los mismos. Si esto ocurriera, los organismos internacionales perderían la autoridad necesaria para desempeñar el papel de defensores de los derechos fundamentales de la persona y de los pueblos, que es la justificación principal de su propia existencia y actuación.

Derecho internacional humanitario y derecho interno de los Estados

14.
A partir de la convicción de que existen derechos humanos inalienables vinculados a la naturaleza común de los hombres, se ha elaborado un derecho internacional humanitario, a cuya observancia se han comprometido los Estados, incluso en caso de guerra. Lamentablemente, y dejando aparte el pasado, este derecho no ha sido aplicado coherentemente en algunas situaciones bélicas recientes. Así ha ocurrido, por ejemplo, en el conflicto que hace meses ha tenido como escenario el Sur del Líbano, en el que se ha desatendido en buena parte la obligación de proteger y ayudar a las víctimas inocentes, y de no implicar a la población civil. El doloroso caso del Líbano y la nueva configuración de los conflictos, sobre todo desde que la amenaza terrorista ha actuado con formas inéditas de violencia, exigen que la comunidad internacional corrobore el derecho internacional humanitario y lo aplique en todas las situaciones actuales de conflicto armado, incluidas las que no están previstas por el derecho internacional vigente. Además, la plaga del terrorismo reclama una reflexión profunda sobre los límites éticos implicados en el uso de los instrumentos modernos de la seguridad nacional. En efecto, cada vez más frecuentemente los conflictos no son declarados, sobre todo cuando los desencadenan grupos terroristas decididos a alcanzar por cualquier medio sus objetivos. Ante los hechos sobrecogedores de estos últimos años, los estados deben percibir la necesidad de establecer reglas más claras, capaces de contrastar eficazmente la dramática desorientación que se está dando. La guerra es siempre un fracaso para la comunidad internacional y una gran pérdida para la humanidad. Y cuando, a pesar de todo, se llega a ella, hay que salvaguardar al menos los principios esenciales de humanidad y los valores que fundamentan toda convivencia civil, estableciendo normas de comportamiento que limiten lo más posible sus daños y ayuden a aliviar el sufrimiento de los civiles y de todas las víctimas de los conflictos.

15. Otro elemento que suscita gran inquietud es la voluntad, manifestada recientemente por algunos estados, de poseer armas nucleares. Esto ha acentuado ulteriormente el clima difuso de incertidumbre y de temor ante una posible catástrofe atómica. Es algo que hace pensar de nuevo en los tiempos pasados, en las ansias abrumadoras del período de la llamada "guerra fría". Se esperaba que, después de ella, el peligro atómico habría pasado definitivamente y que la humanidad podría por fin dar un suspiro de sosiego duradero. A este respecto, qué actual parece la exhortación del Concilio Ecuménico Vaticano II: «Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones». Lamentablemente, en el horizonte de la humanidad siguen formándose nubes amenazadoras. La vía para asegurar un futuro de paz para todos consiste no sólo en los acuerdos internacionales para la no proliferación de armas nucleares, sino también en el compromiso de intentar con determinación su disminución y desmantelamiento definitivo. Ninguna tentativa puede dejarse de lado para lograr estos objetivos mediante la negociación. ¡Está en juego la suerte de toda la familia humana!

La Iglesia, tutela de la trascendencia de la persona humana

16.
Deseo, por fin, dirigir un llamamiento apremiante al Pueblo de Dios, para que todo cristiano se sienta comprometido a ser un trabajador incansable en favor de la paz y un valiente defensor de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables. El cristiano, dando gracias a Dios por haberlo llamado a pertenecer a su Iglesia, que es «signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana» en el mundo, no se cansará de implorarle el bien fundamental de la paz, tan importante en la vida de cada uno. Sentirá también la satisfacción de servir con generosa dedicación a la causa de la paz, ayudando a los hermanos, especialmente a aquéllos que, además de sufrir privaciones y pobreza, carecen también de este precioso bien. Jesús nos ha revelado que «Dios es amor» (1 Jn 4,8), y que la vocación más grande de cada persona es el amor. En Cristo podemos encontrar las razones supremas para hacernos firmes defensores de la dignidad humana y audaces constructores de la paz.

17. Así pues, que nunca falte la aportación de todo creyente a la promoción de un verdadero humanismo integral, según las enseñanzas de las Cartas encíclicas Populorum progressio y Sollicitudo rei socialis, de las que nos preparamos a celebrar este año precisamente el 40o y el 20o aniversario. Al comienzo del año 2007, al que nos asomamos ?aun entre peligros y problemas? con el corazón lleno de esperanza, confío mi constante oración por toda la humanidad a la Reina de la Paz, Madre de Jesucristo, «nuestra paz» (Ef 2,14). Que María nos enseñe en su Hijo el camino de la paz, e ilumine nuestros ojos para que sepan reconocer su Rostro en el rostro de cada persona humana, corazón de la paz.

Vaticano, 8 de diciembre de 2006.

EL OBSERVADOR 599-8

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FIN

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