El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
14 de enero de 2007 No.601

SUMARIO

bulletPORTADA - En el 2007, 250 millones de cristianos serán perseguidos; aumenta la tensión con los islámicos
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Los primeros y los últimos
bulletDILEMAS ÉTICOS - «La ciencia sin religión es coja, y la religión sin ciencia es ciega»: Albert Einstein
bulletLA VOZ DE LOS PASTORES - Un buen propósito de año nuevo: mejorar nuestra comunicación
bulletNo a la pena de muerte
bulletINTERNACIONAL - Pide el Papa inserción real para los migrantes y sus familias
bulletDOCUMENTOS - La familia emigrante necesita una casa común
bulletTEMAS DE HOY - ¿Somos personas nuevas?
bulletENTREVISTA - «Cuántas veces las mujeres son las primeras que llegan al pie de la Cruz»: Rodrigo Guerra López
bulletJÓVENES - La apariencia o la vida
bulletFAMILIA - Los padres de familia y el reto de la educación sexual: entre el desconcierto y la resignación
bulletPINCELADAS - Corazón puro

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PORTADA
En el 2007, 250 millones de cristianos serán perseguidos; aumenta la tensión con los islámicos
En 2007, 250 millones de cristianos afrontarán la persecución simplemente por seguir a Jesucristo, según la organización que vigila los casos de persecución, «Release International» (RI), radicada en el Reino Unido. En especial la organización revela que la persecución está aumentando más rápidamente en el mundo islámico.

«Release International» ha comprobado que la mayoría de las persecuciones se producen en cuatro «zonas» distintas: las del islam, comunismo, hinduismo y budismo.

Incluso los gobiernos de países musulmanes moderados a menudo fracasan en proteger los derechos de sus minorías cristianas, explica RI. Los abusos sufridos por los cristianos incluyen secuestro, conversión forzada, encarcelamiento, destrucción de iglesias, tortura, violación y ejecución.

A la cárcel por decir Jesús

Uno de los países que registra mayores abusos contra la libertad de religión es Arabia Saudita, guardián de los lugares santos islámicos de la Meca y Medina. Arabia Saudita prohíbe todas las demás religiones. Un musulmán declarado «culpable» de convertirse al cristianismo puede afrontar una sentencia de muerte por apostasía. Y cualquiera que conduce a un musulmán a Cristo afronta la cárcel, expulsión o ejecución.

«Hay una conspiración de silencio en torno a los sauditas —dice el directivo de RI Andy Dipper—, probablemente porque occidente quiere su petróleo y su dinero. Pero es un gobierno que recurre a la pena de muerte para aquellos de sus propios ciudadanos que no desean otra cosa que la libertad de escoger su propia fe. Y mientras los sauditas prohíben toda la literatura cristiana, gastan miles de millones de dólares cada año en propagar el Islam en todo el mundo».

Explotación de la ira religiosa

Pero la persecución más violenta en el mundo islámico está más allá del control del gobierno. Desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el mundo se ha hecho dramáticamente consciente de las redes globales extremistas islámicas. Aunque la más conocida es Al Qaeda, hay otras que explotan las tensiones religiosas para sus propios fines políticos, dijo RI a «Christian Today».

«Un número creciente de extremistas interpreta el llamamiento a la 'yihad' como un llamamiento a la violencia. Parecen considerarla como su deber religioso para forzar a los cristianos y a los no musulmanes a convertirse al Islam. Quienes rehúsan deben ser expulsados o muertos», dice RI.

La organización de vigilancia de la persecución añade: «Hay un movimiento creciente para imponer la ley islámica de la 'sharia' que se convierte en una presión creciente sobre los cristianos. En Nigeria, militantes han expulsado a cristianos de sus casas para eliminar la oposición política y preparar el camino para la ley de la 'sharia'».

(Zenit / El Observador)

EL OBSERVADOR 601-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Los primeros y los últimos
Por Jaime Septién

El sacerdote francés Jean-Marie-Robert de Lamennais (1780-1860) escribió o dijo en alguna ocasión que «la fe comienza donde termina el orgullo». Sigue siendo verdad. La fe, que es un don de Dios, rebota en el interior de nuestra alma si le arrebatamos su derecho a instalarse en ella, es decir, si la cuestionamos como si fuera un atributo y no un regalo.

Muchos nos creemos «buenos» porque vamos a misa los domingos y no hemos matado a nadie. Nuestro orgullo nos impide ver el vacío de estas afirmaciones. La bondad se adquiere mediante el sacrificio, mediante la supresión del «yo» para que brille el «tú»; mediante la disponibilidad para darse sin reservas a los demás en nombre de Cristo.

Ahí radica la verdad del cristianismo. Cuando Jesús dijo que los primeros iban a ser los últimos y los últimos los primeros, se refería, con absoluta certeza, a que los primeros en gozar de la Gloria serán aquellos que se hicieron nada a favor de los que —desde el punto de vista del mundo— son «nada»: los más pobres, los más necesitados, los solitarios, los desamparados, los niños, los ancianos...

Cada vez que sacamos el pecho, engolamos la voz y decimos «yo hice», «por mí comes», «por mí existes», le estamos asestando una puñalada al cuerpo resplandeciente de la fe. Cristo se «hizo como el pecado», es decir, como el hombre, para enseñarnos a vivir desde la humildad como grandeza y desde la virtud como camino y vocación de ser-en-el-mundo.

El cristianismo es un riesgo; un enorme riesgo que debemos renovar cada día. El riesgo de caminar sobre las aguas, de morir por los pecados de los otros, de enfrentar al imperio de la mentira y de esperar contra toda esperanza. Lo sensato —para el cristiano—es ir derecho, sin atajos hacia la cruz; lo insensato —en esta lógica del amor y del perdón— es ver la crucifixión desde la tribuna.

EL OBSERVADOR 601-2

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DILEMAS ÉTICOS
«La ciencia sin religión es coja, y la religión sin ciencia es ciega»: Albert Einstein
Por Sergio Ibarra

Es conocida la conmoción que produjeron las ideas evolutivas en la época en que Charles Dar-win (1809-1882) las divulgó y defendió en su obra El origen de las especies. La idea de un mundo cambiante parecía contradecir la creencia en un mundo creado directamente por un Creador, Dios. El surgimiento de nuevos descubrimientos empieza a ser motivo de nuevos cuestionamientos, por ello es necesario revisar nuestra postura ante el dilema de la religión y la ciencia.

San Agustín (354-430) afirmaba que «Dios creó el mundo con el tiempo y no en el tiempo, de modo que Dios, eterno, queda fuera del tiempo». Algo que no puede rebatir la ciencia, pues en el modelo cosmológico la ciencia corrobora que la materia, el espacio y el tiempo son indisociables y que con la explosión primordial se originó el universo, el espacio y el tiempo.

El físico cuántico Werner Heisenberg (1901-1976), premio Nobel, afirmaba: «Creo en Dios y que de Él viene todo. Las partículas atómicas gozan de un orden tal que tiene que haber sido impuesto por alguien. La teoría del mundo creado es más probable que la contraria desde el punto de vista de la ciencias naturales. La mayor parte de los hombres de ciencia que yo conozco ha logrado llegar a Dios». Otro de los fundadores de la moderna física y premio Nobel, Max Planck (1858-1947) decía: «No se da contradicción alguna entre religión y ciencias naturales; ambas son perfectamente compatibles entre sí». Para Albert Einstein (1879-1955) «la ciencia sin religión es coja, y la religión sin ciencia es ciega. Me basta reflexionar sobre la maravillosa estructura del universo y tratar humildemente de penetrar siquiera una parte infinitesimal de la sabiduría que se manifiesta en la naturaleza para concluir que Dios no juega a los dados. El científico ha de ser un hombre profundamente religioso».

Es necesario no confundir la creación y la evolución, pues son asuntos diferentes. La evolución, como teoría científica, no explica la creación del universo ni el origen de la Tierra, ni siquiera el origen de la vida, sino sólo la diversidad de la vida a lo largo del tiempo. ¿Y la creación? Ése es un asunto de Dios.

EL OBSERVADOR 601-3

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LA VOZ DE LOS PASTORES
Un buen propósito de año nuevo: mejorar nuestra comunicación
Por monseñor Rodrigo Aguilar Martínez, obispo de Tehuacán

Confío en que todavía se sienta usted en el espíritu de año nuevo, de buenos propósitos que se ha hecho. Quiero hacer algunos comentarios que le puedan servir para mejorar su comunicación con los demás: en su familia, en su trabajo, en la escuela, con los vecinos.

La calidad de nuestra comunicación es clave para una relación cálida, profunda y duradera.

Todo lo que sucede en torno nuestro y de lo cual nos hacemos conscientes, provoca en nosotros sentimientos concretos; no quedamos indiferentes. Lo que oímos, vemos, tocamos, probamos; en síntesis, todo lo que percibimos nos hace sentir de determinada manera, y no siempre igual. Por otro lado, un mismo hecho percibido por diversas personas puede producirles muy diferentes sentimientos.

Los sentimientos juegan un papel importante en la comunicación. Si estamos alterados, la comunicación quedará afectada. Ayuda mucho identificar y aceptar nuestros sentimientos. Si me siento nervioso o sereno, enojado o tranquilo, triste o feliz, eso se refleja en nuestra comunicación: se manifiesta en el tono y en el ritmo de voz, en los gestos de la cara, en los ademanes. Observando a los demás estos rasgos, alcanzamos a advertir algo de cómo se podrán estar sintiendo, aunque no nos lo digan; pues lo mismo podrán ellos advertir en nosotros.

Los sentimientos son reacciones que brotan involuntariamente, no dependen de nosotros. Pero sí depende de nosotros qué hacemos al identificar cómo nos estamos sintiendo. No se trata de echar la culpa a los demás de cómo nos sentimos, tampoco de culpabilizarnos a nosotros mismos. El hecho es que nos sentimos así. Se trata de aceptar ese o esos sentimientos. Pero luego hay dos maneras equivocadas de reaccionar: por un lado, pretender reprimir el sentimiento, negarlo. Otra manera equivocada es dejarnos llevar por ese sentimiento, por ejemplo de coraje, y agredir de palabra o con acciones a la otra persona.

La manera adecuada de reaccionar es aceptando el sentimiento, no pelear contra eso; pero luego buscar expresarlo adecuadamente, con control personal, siendo dueños de nosotros mismos. No por estar enojado voy a agredir: puedo elegir hablar con calma y hacer ver las cosas con la mayor serenidad posible. La fuerza que ayuda a expresar adecuadamente los sentimientos son los valores que Cristo Jesús nos da en el Evangelio: paz, verdad, justicia, sencillez, bondad, amor.

Estos valores evangélicos se sintetizan en lo que podemos llamar la amabilidad objetiva para nuestra comunicación con los demás: Cada persona es digna de ser amada. Podrá tener aspectos que me desagradan, pero tiene más cualidades que defectos. Si me estoy fijando mucho en algún defecto, eso me va a llevar a parcializar el punto de vista; entonces es bueno ser comprensivo, tener paciencia y valorar alguna cualidad.

La amabilidad objetiva está fundamentada, en último término, en que la otra persona es imagen y semejanza de Dios. Dios ni es basura ni hace basura; todo lo ha hecho bien y al ser humano lo ha hecho muy bien.

Cultivar la amabilidad objetiva nos hace romper la actitud defensiva, bajar la guardia; en cambio nos ayuda a ser positivos, hasta sonrientes, y no de manera estudiada, fingida, sino con sinceridad. Esto lo recibe la otra persona y la hace sentirse aceptada. Cuando es con desconocidos, es formidable ver cómo se rompe el hielo y se establece la comunicación de manera agradable y ágil.

Cuando la persona se siente aceptada, tiende a corresponder, a actuar también de manera positiva; entonces se logra el «clic», el vínculo positivo en la relación.

Hay personas que tienen la dolorosa habilidad para estarse fijando en los defectos de los demás; esto provoca malestar, comunicación difícil, conflictiva. En cambio hay personas que tienen la gozosa virtud de valorar siempre un aspecto positivo, aunque haya también aspectos negativos. Resaltar lo bueno que haya en los demás es una actitud noble, que ayuda a promover los valores en los demás, que mejora la comunicación.

EL OBSERVADOR 601-4

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No a la pena de muerte

A raíz de la ejecución de Saddam Hussein, ha habido reacciones encontradas. Mientras unos la celebran como un triunfo, otros la consideran una violación a un derecho fundamental, que es el derecho a la vida.

Hay países donde aún es legal privar a alguien de la vida. En nuestra legislación mexicana aparecía para casos extremos, como la traición a la patria, pero no se puso en práctica y se ha eliminado.

La razón que se aduce para justificar la pena de muerte es evitar que un delincuente siga causando más daño a la sociedad, y castigar con severidad algunos crímenes.

La Iglesia se ha opuesto a esta práctica y la ha condenado, por ser contraria al mandamiento divino de «no matarás» (Ex 20,13). Jesús supera la antigua ley de Moisés, y nos pide amar incluso a los enemigos (Mt 5,38-48).

Aunque los criminales sean culpables de los peores delitos, son seres humanos y tienen derecho a la vida. Con matarlos no reviven los que ellos mandaron matar. Sus víctimas se pueden sentir vengadas y satisfechos sus enemigos, pero una injusticia no se remedia con otra injusticia.

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 33,11).

Respetemos la vida que Dios nos dio.

+ Felipe Arizmendi, obispo de San Cristóbal de Las Casas

EL OBSERVADOR 601-5

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INTERNACIONAL
Pide el Papa inserción real para los migrantes y sus familias
La Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado se celebra hoy domingo 14, bajo el lema «La familia migrante». El Papa emitió su mensaje
Por Fray Gilberto Hernández García, OFM

En el mes de diciembre muchas de nuestras comunidades, sean grandes ciudades o pequeños pueblos y rancherías, ven cambiar su habitual ritmo de vida. Es el tiempo en que los «norteños» —como cariñosamente llama nuestra gente a los migrantes— vuelven a casa. Es cierto que la dinámica migratoria implica los regresos por las fiestas patronales, sobre todo en las rancherías del Bajío y el occidente del país, o cuando son deportados; sin embargo, la época de fin de año es la que más nos muestra una notable presencia de paisanos en el terruño.

La acción eclesial en favor de estos hermanos

Afortunadamente, muchas diócesis y parroquias han adoptado el «Día del Migrante» para acoger a los que deciden regresar a su tierra y hacerles sentir la cercanía de su comunidad eclesial local. La Santa Sede también destina un día para hacer presente, en la oración, en la reflexión y en la promoción de acciones, a los que, por diversas circunstancias, han tenido que dejar su tierra natal para ir en búsqueda de mejores condiciones de vida; y para la ocasión, el Papa acostumbra dirigir un mensaje que se convierte en línea de acción para los distintos niveles eclesiales. La Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado 2007 se celebra el día de hoy, bajo el lema «La familia migrante». En México y en Centroamérica las comisiones episcopales suelen celebrar a los migrantes el primer domingo de septiembre.

El orden civil se incorpora

También la Organización de las Naciones Unidas ha promovido un Día Internacional del Migrante y lo celebra el 18 diciembre, en recuerdo de que un día como ese, pero de 1990, se adoptó la Convención Internacional para la Protección de los Derechos Humanos de todos los Trabajadores (Migrantes) y sus Familias.

En el mensaje que el Papa Benedicto XVI ha dirigido para la Jornada Mundial del Migrante 2007 destaca la idea de que son muchas las dificultades que encuentra la familia del que emigra: «La lejanía de sus componentes y la frustrada reunificación son, a menudo, ocasión de ruptura de los vínculos originarios. Se establecen nuevas relaciones y nacen nuevos afectos; se olvida el pasado y los propios deberes, puestos a dura prueba por la distancia y la soledad. Si no se garantiza a la familia inmigrada una real posibilidad de inserción y participación, es difícil prever su desarrollo armónico», señala el Pontífice.

Y esta realidad es sumamente palpable en nuestras comunidades: si bien la migración se convierte en una fuente —y con mucha frecuencia la única— de ingresos para la familia, el precio que se paga por el progreso económico incluye la desintegración, el crecimiento de los hijos sin el referente paterno, la infidelidad, la simulación y hasta el abandono.

Tomar ejemplo de la Sagrada Familia

Su Santidad nos ofrece un camino de solución a estos aspectos negativos de la migración: volver la mirada a la Familia de Nazaret y tomarla como ejemplo, porque ella es «modelo, el ejemplo y el consuelo de los emigrantes y peregrinos de cada época y país, de todos los prófugos de cualquier condición que, acuciados por las persecuciones o por la necesidad, se ven obligados a abandonar la patria».

El Papa, en la parte medular de su mensaje, advierte que «la Familia de Nazaret refleja la imagen de Dios custodiada en el corazón de cada familia humana, si bien desfigurada y debilitada por la migración». Así las cosas, la presencia de nuestros paisanos en la casa, en la comunidad, en la parroquia, es una oportunidad para reflexionar en torno al valor de la familia, y para, en los hechos, fortalecer los vínculos familiares.

EL OBSERVADOR 601-6

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DOCUMENTOS
La familia emigrante necesita una casa común
Mensaje completo del papa Benedicto XVI para el 14 de enero, 93ª Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado

¡Queridos hermanos y hermanas!

Con ocasión de la próxima Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado, con la mirada puesta en la Santa Familia de Nazaret, icono de todas las familias, querría invitarlos a reflexionar sobre la situación de la familia emigrante. El evangelista Mateo narra que, poco tiempo después del nacimiento de Jesús, José se vio obligado a salir de noche hacia Egipto llevando consigo al niño y a su madre, para huir de la persecución del rey Herodes (cfr Mt 2, 13-15). Comentando esta página evangélica, mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Papa Pío XII, escribió en 1952: «La familia de Nazaret en el exilio, Jesús, María y José, emigrantes en Egipto y allí refugiados para sustraerse a la ira de un rey impío, son el modelo, el ejemplo y el consuelo de los emigrantes y peregrinos de cada época y país, de todos los prófugos de cualquier condición que, acuciados por las persecuciones o por la necesidad, se ven obligados a abandonar la patria, la amada familia y los amigos entrañables para dirigirse a tierras extranjeras» (Exsul familia, AAS 44, 1952, 649). En el drama de la Familia de Nazaret, obligada a refugiarse en Egipto, percibimos la dolorosa condición de todos los emigrantes, especialmente de los refugiados, de los desterrados, de los evacuados, de los prófugos, de los perseguidos. Percibimos las dificultades de cada familia emigrante, las penurias, las humillaciones, la estrechez y la fragilidad de millones y millones de emigrantes, prófugos y refugiados. La Familia de Nazaret refleja la imagen de Dios custodiada en el corazón de cada familia humana, si bien desfigurada y debilitada por la emigración.

El tema de la próxima Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado —«La familia emigrante»— se sitúa en continuidad con los de 1980, 1986 y 1993, y pretende acentuar ulteriormente el compromiso de la Iglesia no sólo a favor del individuo emigrante, sino también de su familia, lugar y recurso de la cultura de la vida y principio de integración de valores. Muchas son las dificultades que encuentra la familia del emigrante. La lejanía de sus componentes y la frustrada reunificación son a menudo ocasión de ruptura de los vínculos originarios. Se establecen nuevas relaciones y nacen nuevos afectos; se olvida el pasado y los propios deberes, puestos a dura prueba por la distancia y la soledad. Si no se garantiza a la familia inmigrada una real posibilidad de inserción y participación, es difícil prever su desarrollo armónico. La Convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares, entrada en vigencia el 1 de julio de 2003, pretende tutelar a los trabajadores y trabajadoras emigrantes y los miembros de las respectivas familias. Se reconoce, por tanto, el valor de la familia también en lo que atañe a la emigración, fenómeno ahora estructural de nuestras sociedades. La Iglesia anima la ratificación de los instrumentos legales internacionales propuestos para defender los derechos de los emigrantes, de los refugiados y de sus familias, y ofrece, en varias de sus instituciones y asociaciones, aquella advocación que se hace cada vez más necesaria. Se han abierto, para tal fin, centros de escucha para emigrantes, casas para su acogida, oficinas de servicios para las personas y las familias, y se han puesto en marcha otras iniciativas para satisfacer las crecientes exigencias en este campo.

Actualmente, se está trabajando mucho por la integración de las familias de los inmigrantes; no obstante, queda aún tánto por hacer. Existen dificultades efectivas relacionadas con algunos «mecanismos de defensa» de la primera generación inmigrada, que pueden llegar a constituir un obstáculo para una subsiguiente maduración de los jóvenes de la segunda generación. Es, por tanto, necesario predisponer acciones legislativas, jurídicas y sociales para facilitar dicha integración. En estos últimos tiempos ha aumentado el número de mujeres que abandonan el país de origen en busca de mejores condiciones de vida, en pos de perspectivas profesionales más alentadoras. Pero no son pocas las mujeres que terminan siendo víctimas del tráfico de seres humanos y de la prostitución. En las reunificaciones familiares las asistentes sociales, en particular las religiosas, pueden llevar a cabo un beneficioso servicio de mediación, digno de una creciente valorización.

En cuanto al tema de la integración de las familias de los inmigrantes, siento el deber de llamar la atención sobre las familias de los refugiados, cuyas condiciones parecen empeorar con respecto al pasado, también por lo que atañe a la reunificación de los núcleos familiares. En los territorios destinados a su acogida, junto a las dificultades logísticas y personales, asociadas a los traumas y el estrés emocional por las trágicas experiencias vividas, a veces se suma el riesgo de la implicación de mujeres y niños en la explotación sexual como mecanismo de supervivencia. En estos casos, es necesaria una atenta presencia pastoral que, además de prestar asistencia capaz de aliviar las heridas del corazón, ofrezca por parte de la comunidad cristiana un apoyo capaz de restablecer la cultura del respeto y redescubrir el verdadero valor del amor. Es preciso animar, a todo aquél que está destruido interiormente, a recuperar la confianza en sí mismo. Es necesario, en fin, comprometerse para garantizar los derechos y la dignidad de las familias, y asegurarles un alojamiento conforme a sus exigencias. A los refugiados se les pide que cultiven una actitud abierta y positiva hacia la sociedad que los acoge, manteniendo una disponibilidad activa a las propuestas de participación para construir juntos una comunidad integrada, que sea «casa común» de todos.

Entre los emigrantes existe una categoría que debemos considerar de forma especial: los estudiantes de otros países, que se hallan lejos de su hogar, sin un adecuado conocimiento del idioma, a veces carentes de amistades, y a menudo dotados con becas insuficientes. Su condición se agrava cuando se trata de estudiantes casados. Con sus instituciones, la Iglesia se esfuerza por hacer menos dolorosa la ausencia del apoyo familiar de estos jóvenes estudiantes, ayudándolos a integrarse en las ciudades que les reciben, poniéndolos en contacto con familias dispuestas a acogerles y a facilitar el conocimiento recíproco. Como he dicho en otra ocasión, la ayuda a los estudiantes extranjeros es «un importante campo de acción pastoral. Sin lugar a dudas, los jóvenes que por motivos de estudio abandonan el propio país se enfrentan a numerosos problemas, sobre todo al riesgo de una crisis de identidad» L'Osservatore Romano, 15 de diciembre de 2005).

Queridos hermanos y hermanas: pueda la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado convertirse en una ocasión útil para sensibilizar las comunidades eclesiales y la opinión pública acerca de las necesidades y problemas, así como de las potencialidades positivas, de las familias emigrantes. Dirijo de modo especial mi pensamiento a quienes están comprometidos directamente con el vasto fenómeno de la migración, y aquellos que emplean sus energías pastorales al servicio de la movilidad humana. La palabra del apóstol Pablo: «caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14) los anime a donarse, con preferencia, a los hermanos y hermanas más necesitados. Con estos sentimientos, invoco sobre cada uno la divina asistencia, y a todos imparto con cariño una especial bendición apostólica.

EL OBSERVADOR 601-7

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TEMAS DE HOY
¿Somos personas nuevas?
Por Antonio Maza Pereda

Ya entramos a un año nuevo. Dios nos demuestra que todavía cree en la humanidad, a lo mejor más de lo que nosotros confiamos en nosotros mismos, al regalarnos otro año. Y nosotros, de un modo instintivo, nos felicitamos los unos a los otros; de algún modo confiamos en que este año será mejor que los anteriores. Digo que es algo instintivo: no tenemos información para hacer un razonamiento que nos lleve realmente a pensar que este año será mejor; sin embargo, así lo sentimos y lo esperamos.

En realidad, este año puede ser mejor. Y, de cierto modo, depende de nosotros. No estamos sujetos a un destino ciego que nos mueve, no dependemos de fuerzas desconocidas e inevitables. Podemos cambiar a la creación completa, si somos realmente hijos de Dios y actuamos como tales. Hay dos modos como podemos lograr un año mejor. El más fácil, la oración. Se dice de nuestra Madre, María, que es la omnipotencia suplicante, es decir, que todo lo puede lograr cuando le suplica a la Santísima Trinidad. De cierta manera nosotros tenemos esa misma capacidad. Jesús nos dice: «Pidan y recibirán». Claro, nos dice San Pablo, a veces no sabemos pedir lo que nos conviene, y el Padre no nos da lo que pueda hacerle daño a nuestra posibilidad de llegar a la vida eterna. Y, muchas veces, pedimos sin fe. Bien nos dice Jesús que si tenemos fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, podremos mover montañas. Podemos lograr que este año sea mucho mejor si oramos con fe y constancia, pidiéndole al Padre que nos dé un año que acerque más a la humanidad a lograr la salvación.

Otro modo de cambiar el año es un poco más difícil. Si queremos que el año nuevo sea mejor, debemos ser mejores nosotros. No un poquito, aunque todo sirve; Jesús nos pide que seamos realmente nuevos, que volvamos a nacer. Y cuando Nicodemo, su discípulo oculto, le preguntaba como era posible volver a entrar al vientre de su madre, Jesús le dijo que hay que renacer por el agua y el Espíritu Santo. Sí, la gran pregunta es: ¿Verdaderamente, somos personas nuevas? ¿Hemos renacido? ¿Somos mejores que el año pasado? Si lo logramos, y cuando lo logremos, ciertamente este año será verdaderamente nuevo, será mejor.

Posiblemente nos parezca que somos pocos para lograr un cambio, para que realmente el año nuevo sea nuevo, no solo en el calendario, sino en que se haya transformado para bien. ¿Qué pasa si pocos rezamos, qué pasa si solo unos cuantos renacemos? Esto ya nos lo había anunciado Jesús. Nosotros somos la levadura, la sal del mundo. No hemos sido llamados a ser mayorías. ¡Imagínense un pan que solo tuviera levadura, o un guisado que solo tuviera sal! Como la levadura, somos sólo una pequeña parte de la masa, pero podemos transformarla a toda ella, hacerla que crezca, hacerla más digerible para los que la coman. Que no nos preocupe el número, que no nos angustie el hecho de que pocos queremos cambiar al mundo y a la sociedad. Dios actuará y cambiará al mundo, si nosotros ponemos nuestra parte.

Que Jesús nos dé la fuerza, a ustedes y a mí, para hacernos nuevos, para orar con sabiduría y constancia. Y así todo será mejor, se los aseguro.

EL OBSERVADOR 601-8

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ENTREVISTA
«Cuántas veces las mujeres son las primeras que llegan al pie de la Cruz»: Rodrigo Guerra López
Existe un verdadero eclipse de lo masculino; viene por «algunos feminismos sumamente unilaterales» y por «el machismo».

Lo afirma a Zenit-El Observador el filósofo Rodrigo Guerra López, doctor en filosofía por la Academia de Liechtenstein, profesor de la UNIVA-Querétaro y miembro de la Academia Pontificia para la Vida.

Director del Observatorio social del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano), es estudioso de la diferencia entre sexos. Entre sus obras destacan Volver a la persona (Caparrós, Madrid 2002) y Afirmar a la persona por sí misma (CNDH, México 2003).

¿Por qué el tema de la identidad sexual es hoy tan relevante en los debates sociales?

La sexualidad es una perfección que atraviesa todas las dimensiones de la persona humana. Por eso desde siempre ha tenido un interés y una importancia antropológica y cultural enorme. En la actualidad el «ethos» postmoderno ha puesto en crisis el tema de la identidad: social, psíquica y hasta somático-sexual.

En este contexto el ser humano busca nuevos referentes para explicar su sexualidad, para interpretarla, para realizarla. Estas búsquedas, si no se re-articulan de modo adecuado en una antropología integral, pueden lastimar la propia dignidad alienando una estructura humana sumamente delicada.


Son frecuentes los debates en torno a la «vocación», «identidad», «derechos» y «condición» de la mujer. Pero, ¿por qué motivo no se habla de la «condición masculina»?

Precisamente cuando el debate teórico y político sobre la mujer se despliega al margen de una antropología integral, el vínculo esencial mujer-varón y varón-mujer queda como oscurecido. El varón y la mujer son dos rostros, dos realizaciones empíricas de lo humano.

Existe un verdadero eclipse de lo masculino provocado hoy por una doble vía: por una parte están algunos feminismos sumamente unilaterales y por otra está el machismo, aun en sociedades aparentemente «desarrolladas». Ambos fenómenos disuelven el «ethos» propiamente masculino.


Usted afirma —en algunas de sus investigaciones sobre antropología de la sexualidad— que la vocación femenina consiste en «custodiar lo humano». ¿Esta vocación no es compartida por los varones?

«Custodiar lo humano» es una de las modalidades de expresión de la vocación femenina. Sin embargo, muchas perfecciones femeninas son realizadas también por el varón. Esto no nos debe de sorprender debido a que varón y mujer poseemos las mismas facultades y la misma dignidad.

La especificidad femenina se define principalmente por el papel que juegan algunas perfecciones en el momento de la integración y la trascendencia de la persona en acción.

Una misma naturaleza humana está como articulada de dos modos diversos, complementarios y recíprocos. Así pues, la diferencia entre varón y mujer no es de naturaleza, sino de acentos y matices en la realización de lo humano.


¿Se podría decir que otra característica propia de la mujer es su «intuición»?

Varones y mujeres somos capaces de intuir y de razonar. Sin embargo, no es difícil reconocer que el varón suele privilegiar el discurso y el análisis, mientras que la mujer en su desempeño habitual privilegia la comprensión de contenidos mucho más holísticos y esenciales.

Usando el lenguaje de san Agustín, podríamos decir que la mujer despliega con gran fuerza el «
intelectus», mientras que el varón hace lo propio con la «ratio».

Ahora bien, la «ratio» debe estar al servicio del «intelectus», la argumentación al servicio de la comprensión.

Desde este punto de vista, mirar el mundo desde una perspectiva primordialmente masculina es sumamente incompleto. Es necesario incorporar la mirada femenina para una recuperación más global de todos los factores de lo real.

En sus escritos usted recuerda que se ha marginado sistemáticamente a la mujer a lo largo de la historia. ¿Qué es necesario cambiar? ¿Bastan las reformas legislativas?

Las reformas legislativas tendentes a reconocer en plenitud los derechos que goza la mujer son muy importantes.

De nada sirve proclamar retóricamente que la mujer posee dignidad si esto no se traduce en instituciones como el derecho.


Ahora bien, el derecho, para poder ser efectivo, requiere de una cultura, de una educación que lo aprecie, que lo facilite en su ejecución, y que eventualmente lo desarrolle en su expresión.

Una nueva sociedad emerge cuando la cultura que la vitaliza se renueva desde sus fuentes más originarias.

Desde el comienzo del ser humano en la tierra, la mujer ha resultado ser un sujeto privilegiado para la creación de cultura, es decir, para la creación de auténtica «humanidad».

A la luz de estas consideraciones, ¿en qué nos podemos inspirar para entender el papel que le corresponde a la mujer en la Iglesia?

El papa Juan Pablo II ha colaborado como nadie en el esclarecimiento del fundamento teológico de la participación y misión de la mujer en la Iglesia.

La mujer, al igual que María, esta llamada de una manera misteriosa pero real a colaborar en la obra de la Redención.


Ahora bien, es necesario reconocer que existen resistencias para activar pastoralmente la doctrina del documento «Mulieris dignitatem».

La praxis pastoral de la Iglesia sería distinta si tomáramos en serio sus contenidos. Muchos siguen tratando a las mujeres como seres humanos de segunda, como sujetos destinados exclusivamente a labores de servicio asistencial o de educación básica.

No existe fundamento filosófico o teológico riguroso que argumente que la mujer no puede enseñar teología, no puede coordinar una estrategia pastoral, no puede activar una iniciativa política cuando es fiel laica.


¡Cuantas veces las mujeres son las primeras que llegan al pie de la Cruz mostrando de manera ejemplar el seguimiento real de Jesucristo! ¡Cuánto deberíamos aprender de este tipo de gestos! ¡Cuánto deberíamos agradecerlos todos con humildad!

EL OBSERVADOR 601-9

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JÓVENES
La apariencia o la vida
Por Bruno Ferrari

Hace unas semanas la modelo brasileña Ana Carolina Reston, de 21 años, falleció afectada por la popular enfermedad conocida como anorexia, la cual consiste en que a lo largo del tiempo hay un bloqueo psicológico en el ánimo de consumir alimentos, lo que eventualmente desemboca no sólo en la mala nutrición, sino en la muerte.

Ana Carolina Reston, igual que miles de mujeres y hombres en el mundo, se convirtió en una víctima más de una creciente demanda por alcanzar una figura esbelta que, en el caso de ella, le garantizaba, además, un lugar en la terriblemente demandante y excesivamente remunerada profesión de los «top model».

Lamentablemente la anorexia no afecta exclusivamente al modelaje o a la industria de la moda. El bombardeo de tantas imágenes cada vez más cargadas de moda y sensualidad ha hecho que los jóvenes, y no sólo las modelos, sean víctimas cada vez más numerosas de este terrible mal. Éste es un tema de preocupación cotidiana de padres, maestros, amigos y público en general.

Yo considero que es más importante la labor preventiva que el tratamiento médico remedial. Por ello es importante ir a las causas. ¿Cuáles son las razones que pueden llevar a un joven o a cualquier persona a refugiarse en una apariencia estéticamente perfecta, «según la moda»? Para ello, como siempre una de las mejores respuestas se puede encontrar en la formulación de ciertas preguntas: ¿Por qué se puede arriesgar la vida para verse bien? O, simplemente, ¿por qué vale más la imagen que uno proyecta que su propia vida?

Creo que si desde pequeños trabajamos con nuestros hijos en la formulación de estos cuestionamientos y en la importancia de sus respuestas, sin duda habremos creado una educación y una cultura que disminuirá el número de víctimas de anorexia y terminará incluso por cambiar la moda enviando una señal más importante para que prevalezca la salud sobre la apariencia.

EL OBSERVADOR 601-10

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FAMILIA
Los padres de familia y el reto de la educación sexual: entre el desconcierto y la resignación
Por el P. Umberto Marsich, m.j. / Madrid

Observando la realidad, debemos reconocer el enorme desajuste existente entre lo que la Iglesia enseña en su doctrina y lo que la mayoría de la gente vive en la práctica con indiferencia y escepticismo. Pensemos, justamente, en las vivencias sexuales de la mayoría de nuestros jóvenes: todo les parece igual y sin necesidad de límites morales. La imagen que se ofrece de la sexualidad, hoy, escribe López Azpitarte, se ha diversificado en «múltiples rostros» y no parece que el ofrecido por nuestra ética cristiana sea el más atractivo y aceptado. Por eso la educación se nos ha hecho más complicada y difícil. Vivimos en un mundo plural y global donde todas las opciones están puestas en el mercado y hay para todos los gustos e ideologías; parece que todas tengan algo de verdad, sobre todo las que resultan ser menos exigentes y más cómodas. Cuando ya nada se considera cierto, absoluto y definitivo, sino, más bien, todo es relativo y dejado a la libertad de cada quien, no se puede imponer ninguna verdad por encima de las otras opiniones; evitaremos, así, el riesgo de ser tachados de intolerantes, dogmáticos y autoritarios. Estamos dejando, inconscientemente, a la deriva aquellos valores y principios morales que, de alguna forma, también imperfecta por cierto, nos habían formado, sin tanto desconcierto e indiferencia. Como hoy la verdad moral objetiva ya no está garantizada y los principios morales son opcionales, que cada quien actúe y se comporte, entonces, como le parezca. Nadie tendría el derecho, tampoco los padres de familia y los curas, a exigir o prohibir una conducta determinada, ya que todas gozarían, más o menos, de la misma probabilidad.

Las actitudes frente a la nueva situación

Los medios de comunicación y el ambiente dejan caer sus mensajes en todos los rincones, creando con mucha frecuencia fuertes antagonismos entre lo que se recibe en el hogar y lo que se respira afuera. Ante una situación como ésta, los padres de familia, educadores y sacerdotes experimentan un malestar profundo. Aceptan, a lo mejor, que su formación fue demasiado rigorista como para transmitirla de nuevo a las generaciones actuales, pero tampoco llegan a comprender y aceptar la naturalidad con que los hijos actúan en este campo. La ruptura de los esquemas anteriores los deja indefensos, sin saber lo que pueden decir ni qué orientaciones ofrecer. En esta situación nosotros pensamos que la educación deberá evitar, de un lado, crear «niños burbujas», que vivieran siempre en un clima artificial y, de otro lado, deberá potenciar estrategias de «filtro crítico» que induzcan a la reflexión y a una gestión personalizada y responsable de la sexualidad.

Evitemos absolutamente el riesgo de caer en la resignación y en el silencio. La inseguridad que todos percibimos frente a un mundo tan diferente, que ni responde a nuestros principios ni podemos controlar, podría provocar una «tolerancia benévola» para no intervenir y no ser señalados como anticuados e incapaces de entender la cultura de nuestro tiempo. Se trata de posturas de resignación, de falso no intervencionismo y, en pocas palabras, de irresponsabilidad educativa. A veces el aplauso popular, el deseo de no contradecir, el miedo a ser tachados de conservadores, se convierte en una tentación para lavarse las manos y no asumir nuestras responsabilidades. El «no estar a la moda» en lo intelectual es un motivo de crítica y de rechazo social, cuyas consecuencias muchos padres prefieren evitar.

Propuesta de solución

Justamente, afirma L. Azpitarte, «el simple dejar hacer no provoca ninguna maduración ni conduce a una verdadera mayor libertad».

Si hemos llegado al confusionismo ideológico actual ha sido como consecuencia de un relajamiento progresivo, producto de la excesiva tolerancia, del simple dejar hacer y del miedo de ir contra corriente. La nueva situación en la que nos encontramos nos obliga, inevitablemente, a asumir nuestras responsabilidades, a no imponernos con autoritarismo y a prepararnos para dar razón de nuestros valores y principios. Sin incertidumbre ni resignación. La necesidad de un «planteamiento renovado» es una de las tareas más urgentes de la ética y de cualquier proyecto educativo. Al permisivismo absoluto de la cultura mediática contemporánea y al naturalismo biológico de las nuevas ideologías debemos contraponer la riqueza de una visión de la sexualidad fundamentada en los perennes valores de la moralidad humana como el amor responsable, la castidad virtuosa y la dignidad de la persona y de su dimensión sexual. Valores que, naturalmente, no son propiedad de ninguna religión sino del ser humano mismo. En nuestra propuesta, desde luego, no negamos el carácter comunicativo de la sexualidad ni el valor del placer como factor de equilibrio y de felicidad, ni su función constructiva de una personalidad feliz y armónica. Lo que no queremos es que la sexualidad se vea limitada a ser una acción utilitaria para la obtención obsesiva del placer, y pierda por completo su dimensión expresiva y oblativa. Es decir no queremos que se le despoje de todo contenido humano, como si fuera un simple «fenómeno zoológico» o «una necesidad fisiológica». La visión cristiana ya no aparece como el único proyecto ético con validez universal, pero ello no implica abaratarlo ni maquillarlo y renunciar al radicalismo evangélico que le caracteriza Solo así le ganaremos al miedo y al desconcierto frente al reto de educar, dignamente, a nuestros jóvenes para la sexualidad. ¡Ánimo!

EL OBSERVADOR 601-11

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PINCELADAS
Corazón puro
Por el P. Justo López Melús

Los hombres, desde el pecado original, llevan en el globo rojo de su corazón una mancha negra, una piedrecilla como un grumo de sangre, sobre el rubí puro del corazón. Un día, cuenta un profeta, dos ángeles se acercaron a mí, me abrieron el pecho y me sacaron el corazón. Lo abrieron, extrajeron la piedra negra y lo purificaron. El profeta estaba destinado para una misión muy alta, tenía que colaborar en la purificación de los corazones, y para ello tenía que tener muy puro el corazón.

Luego le pesaron el corazón. «Pésalo contra uno —dijo un ángel al otro—. Pésalo contra cien. Pésalo contra mil». Y siempre pesaba más. El profeta tenía seis años cuando le pesaron el corazón. Y pesaba más que mil adultos, más que todo el pueblo. Es normal. El corazón es como los diamantes: más pesado cuanto más puro. Un corazón absolutamente puro pesaría más que el planeta terrestre entero. «Oh, Dios, crea en mí un corazón puro» (Sal 50, 12).

EL OBSERVADOR 601-12

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FIN

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